Chantal Maillard: ¿Una diosa como antídoto?

Mujer, naturaleza y economía de subsistencia

thumb_IMG_0127_1024[…] En las zonas rurales [de la India], las diosas parecen tener un fundamento mucho más inmediato. Allí donde la tradición pre-védica está más arraigada, ha habido y sigue habiendo movimientos de mujeres que, como antiguamente, se sienten responsables de la supervivencia del pueblo. Es importante tener en cuenta la presencia de ese principio femenino a la hora de considerar los movimientos de oposición a la industrialización que se han gestado en estas poblaciones, en concreto, los que relacionados con la tala de los bosques, que atañe de cerca de su economía de subsistencia. La mujer india tiene, por lo general, una fuerza poco común. El movimiento feminista indio es amplio y muy bien cimentado; se proyecta hacia realidades candentes, muy alejadas de las discusiones semánticas que les son caras a un amplio sector del feminismo occidental. Puede ponerse como ejemplo el feminismo ecológico de Vandana Shiva, una mujer que participó activamente, en las últimas décadas, en la lucha por la supervivencia de las mujeres campesinas. Vinculada al movimiento Chipko, iniciado por las mujeres de Garhwal (Uttar Pradesh) que protegían los árboles a costa de su vida (1), ella propone, frente al modelo de desarrollo patriarcal basado en una tecnología agresiva, una alternativa no violenta fundamentada en el principio femenino de subsistencia (2). Según Vandana Shiva, los supuestos del “desarrollo patriarcal” son evidentes: dado que se considera improductivo toda producción que no dé ganancias y no genere capital, la naturaleza por sí misma es improductiva. Consecuentemente, la producción que se entienda como economía de subsistencia es una producción “improductiva”.

Movimiento-Chipko_India Movimiento Chipko iniciado por Amrita Devi hace 300 años en Rajasthan, India

La concepción de la naturaleza como fuerza viva está íntimamente unida a la concepción de la mujer como generadora tanto de vida como de medios de subsistencia. Pensar la naturaleza como recurso explotable es típicamente occidental y proviene de considerarla como algo inerte, distinto y separado de lo humano, inferior y controlable. Los indios, en cambio, han pensado siempre la naturaleza como principio femenino, como fuerza vital de inagotable actividad, productividad, creatividad, diversidad, y ha sido siempre evidente para ellos la interrelación de todos los seres. Ambas concepciones de la naturaleza han tenido y tienen consecuencias diametralmente opuestas en la consideración del alimento. Si, por un lado, se entiende que el fin de la producción es satisfacer una necesidad básica, la de alimentarse, el alimento se considera un valor de subsistencia; si, en cambio, se entiende que el fin de la producción es satisfacer una necesidad creada, la ganancia (el capital), alimentarse deja de ser un fin último y el alimento se convierte en valor comercial.

La ideología de género también sufre, con Vandana Shiva, un cambio importante. Ella propone que el modelo de género (ejemplificado tanto por el feminismo de Simone de Beauvoir, que entendía la liberación de la mujer como masculinización de lo femenino, como por el de Marcuse, que la quería ver como feminización del mundo) se sustituya por el modelo de la inseparabilidad de los opuestos: purusa-prakrti. El supuesto sobre el que construiríamos nuestras sociedades, en tal caso, no sería la necesaria dominación de uno u otro polo, ni tampoco la identidad de los géneros (el supuesto de la identidad de género, según Vandana Shiva, es una construcción ideológica, social y política), sino la absoluta y necesaria complementariedad de las diferencias.

¿Una diosa como antídoto?

Chinnamasta standing on Kamadeva and Rati_ Indian-Pahari-About-1825 Todo supuesto es, evidentemente, una construcción ideológica. A estas alturas, no se trata de hallar verdades ni de alzar nuevas banderas, ni de rodear nuestras acciones de un halo de nueva espiritualidad. Se trata de que nuestros símbolos sean activos, “correctamente” activos. Esto significa que la actividad que fomenten ha de estar lo más acorde posible con nuestra naturaleza y, dado que ésta es, según parece, en su mayor medida cultural, significa que han de poder adaptarse a los valores en los que estamos viviendo o queremos vivir.

Nos enfrentamos a las previsibles consecuencias del ejercicio de un tipo de racionalidad profundamente enraizada en la consideración bíblica y patriarcal de la naturaleza como despensa de la humanidad. Es tiempo de modificar nuestros símbolos o de adoptar otros nuevos. Es necesario empezar a pensar desde el círculo, y no desde la línea recta, desde las mareas y no desde el ciclo solar, desde una totalidad relacional en vez de desde las individualidades separadas, desde el grupo y no desde las cápsulas unifamiliares, desde la inteligencia y la capacidad de adaptación del animal y no desde el pobre saber que la razón alcanza para lo que más nos importa.

Cuando nuestros dioses, vivos o muertos, sirven de arma arrojadiza a los gobiernos patriarcales, tal vez sea tiempo de pensar en otros símbolos, una diosa por ejemplo, una diosa conocedora del poder de ilusión, una diosa que nos muestre cuándo conviene construir mundos ilusorios y creer en ellos y cuando conviene destruirlos en provecho de todos. Puede que la gran diosa india, en todas sus facetas, fuese el símbolo con que podríamos aprender a convivir sobre los restos de verdades en que hemos creído. Evidentemente, seguiremos construyendo ficciones –no podemos vivir sin ellas– pero, al menos, que sean habitables. Ojalá Kālī, la gran heterodoxa, ruja sobre nuestro universo, vuelva cenizas nuestros ejércitos, inútiles nuestras armas y nos ayude a construir mundos en que no haya que creer, a los que no haya que defender con las armas.

(1) Históricamente, este movimiento se inició con Amrita Devi, hace trescientos años, en Rajasthan, donde más de 300 personas sacrificaron sus vidas para salvar los árboles abrazándose a ellos.

(2) Vandana Shiva, H; Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo, Madrid, Horas y Horas, 1995

Chantal Maillard. Diosas y esclavas. Función simbólica y social de la mujer en la India (1999), in India, Pre-Textos, 2014 (recogido anteriormente en Contra el arte: 251-274. Pre-Textos, 2009). Recomiendo encarecidamente que leáis este ensayo Diosas y esclavas en su totalidad, así como el que le sigue (en este libro-río que es India), titulado “Naturaleza, materia matricial” al que dedicaremos pronto una entrada en esta bitácora lobuna.

En las imágenes, la gran diosa oscura, Kālī. En la segunda, bajo su aspecto de Cinnamastā, la decapitada: Chinnmastā sentada sobre la pareja Kamadeva-Rati, Indian Pahari. Aprox. 1825

 

Vandana Shiva: El ecofemenismo traerá la biocivilización planetaria

Vandana Shiva

Vandana Shiva, ecofeminista
Tengo 63 años. Soy de Dehradun (India). Soy filósofa de la ciencia y ciudadana profesional de la Tierra. Tengo un hijo de 33 años. ¿ Política? ¡Democracia planetaria verdadera! ¿ Creencias? Las diosas-madre antiguas, el Principio Femenino. El ecofeminismo traerá la biocivilización.

Qué es el ecofeminismo?

La mejor respuesta a la crisis civilizatoria que padecemos. La formulé hace veinte años: cada día es más vigente y necesaria.

¿Ecología más feminismo?

Sí, porque tanto la crisis medioambiental como la socioeconómica son de raíz sexo­genérica.

¿El varón es culpable?

No simplifique: el sistema patriarcal capitalista. Un orden de valores que desvaloriza, esclaviza y explota a las mujeres, cuyo trabajo en casa y en el campo ha sido siempre el verdadero sostén de la humanidad.

¿Desde cuándo sometemos a la mujer?

Hablo de era antropocénica, intrínsecamente destructiva de la naturaleza y de la feminidad, ligada a la violencia y la guerra. No siempre fue así: en la remota antigüedad venerábamos a diosas, representación del respeto a la Tierra Madre.

¿El capitalismo expresa el patriarcado?

Obviamente, es fruto de la prolongada ­explotación masculina, acumulativa y destructiva, con violencia contra las mujeres, los niños, los débiles, las semillas…

¿Las semillas?

Las variedades semillas de los cereales y hortalizas han sido seleccionadas por las mujeres generación tras generación, durante miles de años. Las mujeres son las parteras de la agricultura. Y ahora resulta que nos piratean las semillas…

¿Piratean? ¿Quién?

Grandes corporaciones de agroingeniería alimentaria como Monsanto: modifican algún gen de una variedad de semilla ¡y la patentan, como si no fueran de la vida, como si fuesen suyas! Eso se llama biopiratería.

¿Tan grave es la cosa?

¡Nuestra libertad está en juego! Perdemos variedades de semillas, empobreciendo este patrimonio de la humanidad. Si viniese una plaga, la falta de variedad arrasaría todo, o acabaríamos en manos de una corporación. El 1% de la humanidad domina al otro 99%.

¿Podemos enderezar esto?

Luchando juntos, sí. En India hemos conseguido nuevas leyes que protejan a los campesinos de abusos, y también a las mujeres.

¿Ha mejorado el trato a las mujeres desde su niñez?

Recuerdo a las mujeres en las minas: se enfrentaron a una mafia armada, bloqueando la mina. ¡Las mujeres son valientes! Cada vez que flaqueo, pienso en aquellas mujeres y me vuelven las fuerzas. ¿Y sabe de dónde viene esa fuerza?

¿De dónde?

De la hierba que pisan, de la tierra misma. El poder de la naturaleza está en nosotras.

¿Y no en el varón?

También…, si renuncia al patriarcado, sistema de explotación destructiva de la tierra, de sus minerales, vegetales y animales. Tres aspectos expresan el patriarcado: la colonización, el maquinismo industrial…

Las máquinas nos han reportado prosperidad.

Sólo para los que mandan. No hay progreso con maltrato a la naturaleza, si la agredimos como a un objeto inanimado, eso es esquilmarla, un atraso. Y la tercera expresión patriarcal es el atropello a la sabiduría de la mujer, culminada por el capitalismo

¿Qué puede hacer el ecofeminismo?

Eco viene del griego oikos: casa. De ahí economía: ¡sin el trabajo doméstico femenino, no hay riqueza! Es un trabajo creativo. El capitalismo es extractivo, destruye.

Un ejemplo.

Desde 1995, en India se han suicidado 300.000 campesinos, extorsionados económicamente por los amos de semillas y pesticidas. Es un crimen contra la Tierra y la humanidad. Incluyo los transgénicos.

¿Qué les pasa?

Causan patologías: si hay más niños autistas que nunca, se debe a los transgénicos.

Es una afirmación arriesgada…

La sostengo. Están afectando al desarrollo neuronal de los bebés y propician cánceres en la población. ¡Hay que frenarlos!

Debe de ser usted una bestia negra para muchos.

Me llaman ludita, reaccionaria, incendiaria… Pero no me callarán. De las mujeres vendrá la salvación, seguiremos luchando. Igual que fuimos lectoras de semillas, ahora somos lectoras del presente y predictoras de la biovicilización.

¿Qué es la biocivilización?

Hacernos conscientes de que los humanos formamos parte de la Tierra, que no somos un ente separado. Cambiemos de modelo y diluiremos las miserias del patriarcado: cambio climático, desigualdad, insolidaridad, guerra.

¿Ecofeminismo al poder?

Frenaría el proyecto tóxico de dominación sobre la naturaleza y la mujer, insalubre e irresponsable. La naturaleza viviría, sería sostenible.

Y si no…, nos iremos a otro planeta.

Un concepto muy patriarcal: seguir conquistando y destruyendo… No, respetemos los recursos de la tierra y vivamos a gusto en este planeta: el ecofeminismo es el camino de la biocivilización planetaria.

Biocivilización

Vandana Shiva recibió en 1993 el premio Nobel Alternativo de la Paz, y Zapatero la tuvo como asesora en un grupo de pensadores durante su mandato. Es una mujer fogosa, combativa y vehemente que se crece ante los poderes de los bancos y corporaciones como Monsanto. Doctora en Ciencias Físicas, es una de las ecologistas, feministas y filósofas de la ciencia más prestigiosas a escala internacional, beligerante contra el neoliberalismo y defensora de los derechos de los pueblos. Publicó Ecofeminismo (Icaria) y ha participado en el IV Seminario Internacional de Convivencia Plane­taria: Construimos Biocivilización, organizado por la Associació Imago en Barcelona.

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20160509/401662158815/el-patriarcado-destruira-el-planeta-si-no-lo-frenamos.html?utm_campaign=botones_sociales

https://es.wikipedia.org/wiki/Vandana_Shiva

Dracs, princeses, llobes & llibres per la Diada de Sant Jordi

LLibres_dones & Llops

 

Canviem la història de sempre

No te’ls creguis quan et diguin que les princeses tenen els cabells llargs i rossos i la pell fina com pa d’àngel.
Algunes tenen el cabell curt i rabiosament negre, i van a cavall o en bicicleta pertot arreu, i es fan crostes als genolls i s’empastifen les mans i els peus i neden despullades en l’aigua gelada del riu i després s’eixuguen al sol com llangardaixos.
I fan molt de soroll quan riuen.
Tornen a casa pel bosc, amb els peus descalços i l’olor de la terra adherida per sempre a la pell, als cabells, al ventre.
Tornen a casa amb gana de lloba i mengen pa i olives i mel.
I res ni ningú no els pren la vida.


Sònia Moll

https://twitter.com/soniamoll?lang=ca

(Gràcies a Montserrat pel text!)

 

La risa, señores, es un arma defensiva. Chantal Maillard

Boilly

Louis-Léopold Boilly (1761-1845), Reunión de 35 cabezas expresivas (Reunión de trente-cinq têtes d’expression), 1825. MUba Eugène Leroy, Musée des Beaux-Arts, Tourcoing

[…] Quienes hablamos públicamente de derechos de los animales en este país lo hacemos, hay que decirlo, con cierto miedo al ridículo, con temor a que se nos juzgue culpables de una terrible infracción de la lógica, la moralidad y el sentido común: ¿cómo vamos equiparar los animales con los seres humanos?

La risa, señores, es un arma defensiva. Un residuo del gesto de enseñar los dientes, como decía Darwin. Se ridiculiza para neutralizar, por evitar algún daño, alguna brecha en las murallas. ¿Por qué se sentirá ofendido el individuo humano cuando se le equipara a un animal? Porque los considera inferiores. La inferioridad es una noción sumamente útil: justifica la utilización e, incluso, el exterminio. Hasta hace poco, los occidentales consideraron inferiores a las personas de otras etnias. Ni los pueblos andinos eran seres humanos (como se decretó en Valladolid a mediados del XVI), ni los esclavos africanos de América tenían alma. Tampoco se estaba seguro de que la tuviesen las mujeres hasta bien entrado el siglo XIX. Y aunque eso de tener alma pueda resultarnos a algunos bastante poco relevante, el caso es que marcaba una diferencia lo suficientemente significativa como para evitar que a un sector de la población se le pudiese considerar “sujeto”, es decir, un “semejante”, un ser con conciencia de sí al que nadie puede agredir o violentar sin ser inculpado (recordemos: desde la ética del “semejante” no hay crueldad ni criminalidad salvo con el “próximo”). El “alma” fue algo tan necesario para el capitalismo (después de serlo para los latifundios eclesiásticos) como el flogisto lo fue para la ciencia del XVII o la sustancia invisible para los aristotélicos medievales que condenaron a Galileo[1].

La inferioridad es un requisito conceptual para la dominación. Y se sustenta sobre una serie de comparaciones. En el caso de los animales, éstas se establecieron en Occidente de acuerdo con el dictado bíblico: “Creced y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (claro que el Génesis fue escrito por un hombre y no por un caballo, como decía Kundera). Las justificaciones comparativas fueron formulándose ad hoc, como la existencia del flogisto, para probar algo que había sido decretado de antemano. La semejanza o la desemejanza que validan el aprecio o el desprecio que podamos tenerle a un animal se siguen midiendo desde entonces acorde con valores incuestionables e incuestionablemente antropocéntricos (que si es o no capaz de reír, o de jugar, o de fingir que finge, que si un simio puede efectuar operaciones matemáticas, que si un elefante encuentra placer en pintar, que si el silbido de los delfines es identitario, que si el ADN de la mosca del vinagre se diferencia del humano sólo en un gen…¡vaya, aquí se nos ha colado una observación interesante!) que remiten a la identidad-sujeto con que el individuo humano pretende distinguirse. Si conseguimos probar que un animal tiene conciencia de sí, esto le hará digno de respeto y tal vez incluso merecedor de ciertos derechos. Porque tener conciencia de sí es ser sujeto y sin sujeto, no hay derecho que valga. El “semejante”, de nuevo.

La cuestión, en realidad, no es tanto la evidente ingenuidad con que establecemos este tipo de comparaciones como el esquema que invita a establecerlas: un esquema jerárquico bifocal e infantil: arriba y abajo, superior-inferior. Tenemos, indudablemente, una extraña propensión a verticalidad. Hay otras maneras, no obstante, de proceder. Cabe pensar otros modelos en los que no se proceda ni por derivación (evolucionismo) ni por comparación y equivalencias (estructuralismo). Dentro de un marco realmente ético (que no moral, es distinto), el respeto no se obtiene de acuerdo con el lugar que se ocupe, mayor cuanto más cerca se esté de la cúspide, sino por el hecho de ser lo que se es, y siéndolo plenamente.

No puedo dejar de sorprenderme ante la poca amplitud de nuestro marco de indignación. Admiro demasiado las virtudes del animal perdido en mí y deploro demasiado las macabras inclinaciones del animal humano y la falta de coherencia de una racionalidad que, teniendo la lógica (y por lo tanto la justicia) por fundamento se empeña en proteger a ultranza la propia especie en detrimento de las demás y, consecuentemente, de la suya propia. No me siento superior a ningún ser por el hecho de formar parte de una especie que ha desarrollado su capacidad intelectual a expensas de la noción sistémica que a todo animal pertenece.

Nada es independiente. No puede destruirse una especie sin que la cadena entera padezca las consecuencias y, cuando esto ocurre, también peligra la supervivencia de la especie humana, lo cual es lamentablemente para muchos la única razón del cuidado que habríamos de tener para con el planeta y la única que nos libra, a quienes hablamos de ello, de ver alzarse algunos hombros o dirigírsenos sonrisas complacientes. Razón de especie que remite al cerco limitado de nuestro territorio y sitúa la aplicación de la justicia en el espacio exiguo de nuestra balanza. Así de estrecho es nuestro marco[2].

¿Será demasiado amplio el sentido de la equidad desde el que pudiera entenderse que el derecho a la vida, a la libertad y al territorio de supervivencia no nos concierne tan sólo a los seres humanos?

La muy antigua fórmula de reciprocidad compartida por tantas tradiciones: “no le hagas a los demás lo que no quisieras para ti” podría volver a pensarse desde la ética del “semejante” pues, ¿quienes son “los demás”? Tanto en el Talmud como en el libro de Tobías se trata de los demás hombres, por supuesto. Confucio era bien explícito al respecto: “lo que no desees que te hagan a ti, no lo hagas a los demás hombres“. La ética del Buddha, en cambio, era más abarcante: “Todos los seres vivos desean la felicidad. Todos temen la muerte. Comparándonos con los demás deberíamos abstenernos de herir o de matar”. ¿Será que el budismo no piensa dentro de los parámetros de la equivalencia lógica? No, sigue siendo una equivalencia, sólo que aquí la semejanza no se mide atendiendo al rostro (ese rostro capaz de responder, como diría Derrida) sino atendiendo a algo más radical: la condena a morir y el temor al sufrimiento y a la muerte.

Haber nacido, haber aparecido, haber caído al tiempo, por un tiempo, desde el abismo de la no-vida merece, por el sufrimiento que de hecho implica, el respeto del morituri te salutant. Y el sufrimiento añadido que, en los seres humanos, deriva de su capacidad de anticipar el declinar irremediable, la conciencia del acaecer, la caída, y su rechazo no nos hace más dignos de respeto que cualquier otro ser, tan sólo nos hace más desdichados.

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[1] Ref. en Chalmers, A.: Qué es esa cosa llamada ciencia, Siglo XXI, 1984, p. 77-78.

[2] Ha de quedar claro que la afirmación de la superioridad del ser humano sobre los demás no es propia de todas las culturas, lo es, ante todo, del individuo tecnocrático que habiendo dejado de poner su tekné al servicio de la supervivencia la pone al servicio del beneficio. Esto es lo que distingue las sociedades, fundamentalmente agrarias, basadas en el principio de subsistencia de aquellas otras basadas en el principio de productividad. El concepto, occidental y patriarcal, de la naturaleza como recurso explotable, productivo, inferior y dominable, es algo que no puede desvincularse de la tradición judeo-cristiana.


Texto extraído del articulo de Chantal Maillard, ‘Indignación’, publicado en Indignación y rebeldía, F.Duque y L.Cadahia (eds.), Abada, Madrid, 2013. El texto que recogemos es un fragmento de la segunda parte del artículo: II. El “semejante”, ligeramente ampliado respecto a la publicación que salió esta semana en el diario: http://www.eldiario.es/caballodenietzsche/risa-senores-arma-defensiva_6_505759424.html. Procuraremos desde esta madriguera lobuna ir subiendo la totalidad de este artículo que espolea una reflexión y llama a un despertar, ambos ineludibles si decidimos finalmente, en lugar de expoliar, crecer sin medida y seguir alimentando un sistema injusto e irrespetuoso, “alinear nuestra inteligencia con la inteligencia de la naturaleza”, tal como lo solicitaba Joseph Beuys.


Dead Can Dance. Persephone

Persephone, la diosa que re-suena en el Abajo…

(para acompañar el viaje al Gran Abajo y la postrera salida a la luz o resurrección sin olvidar otras arcaicas versiones, femeninas en este caso, de este descenso-ascenso o catábasis-anábasis…)

Impactante vídeo de Mylène Farmer en total concordancia con la canción de Dead Can Dance (aunque el vídeo fue creado inicialmente para el single de Mylène Farmer titulado Sans Logique, extraído de su disco Ainsi soit je. La canción de Mylène Farmer evoca, de una manera púdica, la esquizofrenia y los trastornos esquizofrénicos desde la mirada de una persona que padece esta enfermedad. Alude a la posibilidad de que el enfermo pueda convertirse en asesino involuntariamente y sin ni siquiera ser consciente de ello. Qué duda cabe que ése sea uno de los viajes más infernales que una.o pueda vivir…)

https://fr.wikipedia.org/wiki/Sans_logique

Dead Can Dance: https://es.wikipedia.org/wiki/Dead_Can_Dance

http://www.el-parnasillo.com/deadcandance.htm

 

Instinto. Jon Turteltaub

“Mi lento viaje hacia [los gorilas] me emocionaba, me sentía un privilegiado, en cierto modo sentía como si regresara a algo que hacía mucho tiempo había perdido y que sólo entonces recordaba… Allí en lo más profundo de aquellos bosques, lejos de todo cuanto conoces, lejos de todo cuanto te han enseñado en la escuela o en los libros, en las canciones o en los poemas, encuentras la paz, la afinidad, la armonía, e incluso la seguridad. Es más peligroso pasar un sólo día en cualquier ciudad que vivir siempre en aquellos bosques. ¿Lo entiendes? Confusión, ¡vivís en la confusión!”

“Sólo debemos renunciar a una cosa: a la dominación. El mundo no es nuestro. No somos reyes ni dioses. ¿Sabremos renunciar? ¿Tan valioso resulta el control, tan tentador ser un dios?”


Instinct, 1999. Director: Jon Turteltaub. Duración: 110 min. Estados Unidos. Guión: Gerald DiPego (Novela: Daniel Quinn) Música: Danny Elfman. Fotografía: Philippe Rousselot. Reparto: Anthony HopkinsCuba Gooding Jr.Donald SutherlandMaura TierneyGeorge DzundzaJohn Ashton. Productora: Spyglass

Sinopsis: Dentro de la inteligente mente de Ethan Powell (Anthony Hopkins) se esconde un terrible secreto, un profundo misterio no resuelto por su familia, enemistada con él, ni por los agentes de la Ley que le han estado siguiendo y que le han arrestado por una serie de crímenes ocurridos en las junglas de Ruanda. Con una vasta educación, la verdad de Powell se oculta tras años de estudio de los gorilas de montaña, hasta el punto de haber convivido con ellos en plena naturaleza y haber sido aceptado como uno de los suyos. Ahora, cautivo en una prisión brutal para enfermos mentales con tendencias criminales, Powell, que no ha hablado una sola palabra durante años, es sometido a tratamiento por parte del psiquiatra Theo Caulder (Cuba Gooding, Jr.). La ilimitada ambición de Caulder le lleva a arriesgar, poniendo su vida al límite, con el fin último de intentar comprender las acciones de este demente acaparador de titulares. Así, ambos hombres se embarcan en un extraordinario viaje, empujados por su insaciable búsqueda de la verdad, independientemente de su coste. (FILM AFFINITY)

https://es.wikipedia.org/wiki/Instinto_(pel%C3%ADcula)

Recordé entonces al escritor D. H. Thoreau y esa pequeña joya de bolsillo titulada Caminar:

“La vida está en armonía con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje. En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación. La perdiz adora los guisantes, pero no los que la acompañan en la cazuela. En fin, que todas las cosas buenas son salvajes y libres”.

Y citando el Visnú-Purana, uno de los textos hinduistas más notable, Thoreau escribe: “Es servicio activo el que no se convierte en servidumbre; es sabiduría la que sirve a nuestra liberación: todos los demás servicios sólo sirven para agotarnos, todas las demás sabidurías sólo son habilidades de artista”.

 

De filósofos y de bestias: Elisabeth de Fontenay

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Como si el hombre hubiera sido la gran idea tras el cerebro de la evolución animal. El hombre no es en absoluto el coronamiento de la creación: “cada ser se encuentra junto a él en el mismo grado de perfección”, escribió Friedrich Nietzsche. Más allá o más acá de nuestro dominio sobre lo vivo, estamos inmersos, para lo mejor y para lo peor, en la experiencia de una comunidad de destino compartido con los animales. Su proximidad está en el horizonte de algunos de nuestros problemas más primordiales. Recordemos, por ejemplo, los episodios de las vacas locas y de la gripe aviar, los cuales, con el escándalo de las condiciones industriales y mercantiles de cría y matanza de los animales, revelaron el peligro de contaminación entre las especies. También se puede evocar la próxima factibilidad de los injertos de órganos animales en humanos o la creación de quimeras, animales híbridos, que vuelven posible en lo sucesivo la ingeniería genética.

Las investigaciones científicas convergentes de paleoantropólogos, primatólogos, zoólogos, etólogos y genetistas, y lo que llamamos teoría sintética de la evolución (el conjunto de teorías contemporáneas de la evolución), no pueden más que echar por tierra, en sus fundamentos implícitos y conformistas, la sacrosanta fe humanista y todavía un poco creacionista que tenemos en la unicidad y la preeminencia de nuestra especie. Estas disciplinas invalidan la idea de la supremacía del hombre, poniendo fin a una arrogancia occidental casi inmemorial. Frente a esta gran crisis de lo específicamente humano, los filósofos se encuentran en primera fila. Todos, desde el comienzo de la filosofía en Grecia, han hablado de la animalidad, unas veces sin mencionarla como un tema explícito, otras veces otorgándole una función capital. Algunos dualistas, como René Descartes e Immanuel Kant, oponen radicalmente lo humano y lo animal. Otros, como Aristóteles, Gottfried Wilhelm Leibniz y Edmund Husserl, imaginan una gradación de la sensibilidad, la memoria y la conciencia entre el animal y el hombre, afirmando que la naturaleza no da saltos. Sin embargo, estos pensadores continuistas no dudan en colocar al hombre aparte y por encima de los otros seres vivos, como si el autor de la clasificación tendiera a excluirse de la clasificación. Un personaje del Político de Platón declara con gracia que si las grullas pudieran hablar se situarían de un lado de la línea de demarcación y pondrían a todos los seres vivos, incluido el hombre, del otro lado…

Este derrumbe de la creencia en lo particular de los humanos pasa en la actualidad por la escritura de filósofos posmodernos, resueltamente antimetafísicos, como Gilles Deleuze y sobre todo Jacques Derrida. Es necesario, sin embargo, mantener firmemente desligadas dos interrogaciones heterogéneas: la del origen del hombre (de orden científico) y la de la significación de lo humano (de orden filosófico y político). La filosofía –pese a que participemos a través de ella en experiencias del pensamiento y que de ahí surjan conceptos capaces de originar normas– no tiene que someter su problemática a las revisiones científicas y todavía menos a las conclusiones eticopolíticas que ciertos paleoantropólogos, primatólogos, genetistas y etólogos proponen, ingenua y a veces temiblemente, a partir de sus resultados.

Los discursos huecos sobre el libre albedrío y la voluntad no quebrantarán estas tentativas –materialistas y reaccionarias– de reducir la dimensión histórica del hombre a lo meramente etológico, o de subordinar lo social a lo “natural”. Solamente una argumentación filosófica y política, atenta a los acontecimientos y al carácter trágico de los conflictos jurídicos entre los seres humanos, evitará que nos hundamos en la confusión y la indistinción entre lo animal y lo humano. El hombre es descrito y explicado por los científicos en tanto que especie, pero, en sus prácticas éticas y políticas, los hombres se proclaman, se declaran como género humano.

Fue el etnólogo y filósofo Claude Lévi-Strauss quien señaló, con mucha razón, que la noción de derechos del hombre está demasiado anclada en una filosofía de la subjetividad, de lo individual, del ser moral. Por eso defendía el principio de un derecho del hombre en tanto ser vivo, derecho de la especie humana entre otras especies. Desde luego, ya no se puede callar la apremiante exigencia de un derecho de los animales, pero ¿habrá por ello que acoger el reclamo exorbitante, y por lo tanto injusto, de una extensión de los derechos humanos a los chimpancés, gorilas y orangutanes? No, porque tomar nota de las continuidades entre hombres y animales obliga al mismo tiempo a reconocer que existen entre ellos saltos cualitativos: los que originan la aparición de lo humano.

Sí, hay que tomar nota de la herida infligida por la animalidad al consenso humanista tradicional, pero también es necesario afirmar mediante la filosofía que el destino de lo humano no se deja descifrar sólo a partir de los conocimientos sobre el origen del hombre y los genes. Salvo que se desee reconstituir una idea de lo particular del hombre en el orden metafísico o teológico, se evitará claramente definir lo humano, pues se sabe desde hace mucho tiempo que no hay una esencia del hombre. No es seguro que el hombre, aquel que se ha podido designar como animal simbólico, pueda definirse por la existencia, el ser para la muerte, la experiencia de un mundo, mientras que el animal se caracterizaría por la pobreza de su estar en el mundo y su incapacidad para representarse la muerte. Resulta cada vez más claro que los animales también cuentan con comportamientos simbólicos y que son capaces de categorizar y transmitir conocimientos prácticos. Esta es la mala jugada que la primatología y la etología asestan al humanismo metafísico.

Ya no podemos creerle a Descartes cuando convertía el lenguaje en el criterio absoluto de lo humano ni a Montaigne cuando decía que a veces hay más diferencias entre un hombre y otro hombre que entre un hombre y un animal. Hay que ser un bruto para rehusar a los animales la capacidad de sufrimiento, el lenguaje, la interioridad, la subjetividad, la mirada. Pero ¿no existe el riesgo de que nos hundamos en la estupidez si nos obstinamos en negar que los hombres sienten, comunican, expresan y producen de manera distinta y mejor que los más humanos de los animales?

ÉLISABETH DE FONTENAY
© Philosophie Magazine
Traducción de Humberto Beck

http://www.letraslibres.com/revista/convivio/la-hora-de-los-animales

Una entrevista en Le Figaro, 23 octubre 2014, “Los monos no pueden hacer la revolución”: http://www.lefigaro.fr/livres/2014/10/23/03005-20141023ARTFIG00033-elisabeth-de-fontenay-les-singes-ne-peuvent-pas-faire-la-revolution.php

En el magazine Clés, “Nuestra relación con los animales queda aún por descubrirse”: http://www.cles.com/debats-entretiens/article/notre-rapport-aux-animaux-reste-decouvrir


Le silence des bètes  le silence des betes 

Élisabeth de Fontenay. Le silence des bêtes. La philosophie à l’épreuve de l’animalité. Paris: Fayard, 1998. Reedición en bolsillo, ed. Seuil, col. Points, 2013.

Publicado en 1998, este libro de referencia analiza cómo, desde los presocráticos hasta Derrida, las diversas tradiciones de la metafísica occidental han abordado el enigma de la animalidad : este libro revela otra historia de la filosofía… En esta época, los animales estaban prácticamente inexistantes en la filosofía francesa. Desde entonces, se multiplicaron los análisis y las reflexiones sobre el desamparo que les está infligido, sobre su estatuto como seres sensibles, sobre su subjetividad, sobre su existencia de seres mudos, sobre su capacidad para comunicar y simbolizar, sobre su derecho a tener acceso a derechos, etc.  Debe poderse deconstruir la arrogancia de lo propio del hombre, sin por ello ofender al género humano…


Elisabeth de fontenay  Elisabeth de Fontenay (1934)

Maître de conférences émérite de philosophie à l’université de Paris 1 Panthéon-Sorbonne, es autora también de Diderot ou le matérialisme enchanté (1981), d’Une tout autre histoire. Questions à J.-F. Lyotard (2006), d’Actes de naissance. Entretiens avec Stéphane Bou (2011) et de La Prière d’Esther(2014).

Sus últimas publicaciones: “Sans offenser le genre humain. Réflexions sur la cause animale“, Albin Michel, 2008 ; “Cahier de L’Herne, Traduire le parler des bêtes“, 2008 (avec M.-C. Pasquier); “L’abstraction du monde” in Regards sur la crise — Réflexions pour comprendre la crise… et en sortir, ouvrage collectif dirigé par Antoine Mercier avec Alain BadiouMiguel BenasayagRémi BragueDany-Robert DufourAlain Finkielkraut…, Paris: Hermann, 2010; Actes de naissance, entretiens avec Stéphane Bou, Paris: Le Seuil, 2011.

Acerca de su libro: “Sans offenser le genre humain”: http://www.marc-villemain.net/elements/pdf/mdl14/Sans-offenser-le-genre-humain-Elisabeth-de-Fontenay.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Élisabeth_de_Fontenay

https://fr.wikipedia.org/wiki/Élisabeth_de_Fontenay


Imagen: Mural pintado por Dedos y su mujer Xochiti, un duo artístico de nombre Nomadic Alternatives, en una pared en East Village o East Handings, en Vancouver. El texto dice lo siguiente: “Estamos aquí / estamos gritando, llorando / y no nos oís / porque habéis olvidado / nuestro lenguaje”.

 

La atracción por lo salvaje. Doug Peacock

Portada-Grizzly   doug-peacock

Esta reseña de Emma Rodríguez del libro de Doug Peacok, Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje, me ha llevado de nuevo a recordar uno de los cuentos con el que hemos ido trabajando: el cuento japonés “El oso de la luna creciente” del libro Mujeres que corren con los lobos. Recordé aquel hombre furibundo, herido, exhausto a su vuelta de la guerra, recordé cómo su parte femenina e intuitiva ha de adentrarse en la montaña para iniciar la sanación, recordé su miedo, su contacto con el oso, recordé la concentración y la sabiduría recobradas en la montaña, recordé su apaciguamiento, su serenidad, viviendo de nuevo en armonía con los ciclos naturales, recordé su despertar espiritual al despojarse de lo superfluo y de sus espejismos, recordé su agradecimiento y su alegría vital en esa vuelta a lo salvaje… (Esta tarea con el cuento del oso fue recogida en nuestro primer Quadern de la lloba. La cólera, podéis leerlo en issuu https://blogdelesllobes.wordpress.com/pagina-inicial/quaderns-de-la-lloba/).
Os dejo con extractos de la larga y jugosa reseña que Emma Rodríguez escribió sobre el libro de Doug Peacock.

Doug Peacock nos habla de la necesidad que tenemos de creer que aún existen esos lugares libres de contaminación, refugios en medio del progreso, de la civilización, del espectáculo en que se ha convertido prácticamente todo. Necesitamos saber que esos lugares sagrados, en cierto modo, evocadores, capaces de conectarnos con las edades primigenias de la humanidad, aún permanecen a salvo, lejos del afán de dominio, de poder, de usurpación, de los estados y de las grandes corporaciones.

Mezcla de memorias, de diario, de manual de supervivencia, de relato de aventuras, Mis años grizzly me cautivó desde las primeras páginas. La fuerza de la narración, los recuerdos y confesiones del autor sobre su experiencia en la guerra de Vietnam, su lucha por labrarse una nueva vida al regreso del horror, una vida fuera de los órdenes y las reglas del sistema, convierten el libro en una de esas obras que me gusta definir como obras de crecimiento, porque en ellas se da cuenta de un proceso vital de aprendizaje y porque cuando las leemos sentimos que estamos accediendo a zonas de luz, de conciencia, imposibles de descubrir por nosotros mismos.

Si os gustan los documentales sobre la naturaleza; si la lucha ecológica os mueve a la acción, a la protesta; si sois de los que consideráis que pocas cosas justifican el maltrato del planeta, de su equilibrio, este es vuestro libro, pero, aún sin cumplir todas estas condiciones, os aseguro que la entrega no os dejará en absoluto indiferentes.


Peacock remite a Thoreau, a quien él mismo cita en un momento dado. Es evidente que el ex-combatiente ha bebido mucho del autor de Waldenaunque sus experiencias y sus riesgos hayan sido mucho más extremospero a mí la entrega me ha llevado a otro libro absolutamente revelador, Alce negro habla, el diario vital, transcrito por John G. Neihardt, de las andanzas, pensamientos y visiones de un legendario sioux. El respeto, la admiración, por los antiguos pobladores de Norteamérica, que también animó a Thoreau, está presente en todo un recorrido marcado por los vestigios, por las huellas, por las creencias, de las distintas tribus de indios, cuyos descendientes ahora se hacinan en reservas y a duras penas conservan la memoria de sus tradiciones, el recuerdo de ese tiempo en el que convivieron en armonía con la naturaleza, con los animales.

Una y otra vez los lugares de poder, el cultivo de los sentidos, de la intuición de los pueblos primitivos, la sabiduría y las leyendas indias, muchas de ellas sobre el carácter sagrado y sanador de los osos, asoman en el relato. Estamos, pues, ante las confesiones y reflexiones de un explorador, de un hombre que encuentra su rumbo allí donde aún es posible sentir que no todo es trabajo, dinero, tecnología. Mis años Grizzly es un libro apasionante, insisto, capaz de sacarnos de nuestras comodidades el tiempo que dura su lectura.

Las pesadillas, los terribles recuerdos de Vietnam lo invaden noche tras noche, y decide echarse al camino, dejar atrás el alcohol y las anfetaminas, habituales vías de escape de los combatientes, y emprender rumbo a las Montañas Rocosas. En sus recorridos por parques como el de Yellowstone o el Nacional de los Glaciares, siguiendo a especímenes de grizzlies que, poco a poco, se le van haciendo familiares, encontró su propio cauce de supervivencia.


En Vietnam el depredador principal era el hombre. Si había obtenido un granito de sabiduría tras vivir la agonía de la batalla, éste no tenía nada que ver con técnicas para matar o hacer la guerra. No había iluminación alguna en el asesinato. Lo que se me había quedado grabado a fuego en lo más profundo de la conciencia eran las pequeñas acciones de gracia, lecciones que yacían latentes en el recuerdo y que ahora poco a poco rescataba de los rincones más anestesiados de mi cerebro. Nunca importaba el porquéLa propia concesión de clemencia era trascendental


[…] En sus recorridos por parques como el de Yellowstone o el Nacional de los Glaciares, siguiendo y observando a especímenes de grizzlies que, poco a poco, se le van haciendo familiares, midiéndose  con la naturaleza, fue como encontró su propio cauce de supervivencia. “Los osos me ofrecieron un calendario a mi regreso de la guerra de Vietnam, cuando un año se difuminaba en el siguiente y yo olvidaba enormes períodos de tiempo al no tener acontecimientos o personas cuyo paso recordar. Tenía problemas con un mundo cuya idea de vitalidad se restringía a la cruda realidad de estar vivo o muerto. El mundo empalideció, como también lo hizo todo lo que había sido mi vida hasta la fecha, y me descubrí ajeno a mi propio tiempo. La naturaleza salvaje y los osos grizzly solucionaron ese problema”, nos cuenta Doug Peacock muy al comienzo del recorrido.

Estar sentado en el corazón de una señora tormenta de montaña, en busca del que algunos consideran el animal más fiero de este continente, infunde una cierta dosis de humildad, una actitud que me obliga a abrirme y tener una receptividad sorprendente (…)  Yo necesito enfrentarme a unos animales enormes y fieros que a veces se alimentan de personas para recordar la concentración total del cazador. Entonces los antiguos sentidos oxidados, entumecidos por los excesos urbanos, vuelven a la vida, y escudriñan las sombras en busca de formas, sonidos y olores. A veces tengo la suerte de mirarme con unos nuevos ojos, de tener una nueva combinación de pensamientos, una metáfora que llama a las puertas del misterio”, nos cuenta Peacock.

“Sentí que algo se transmitía entre nosotros. El grizzly me dio la espalda lentamente, con elegancia y dignidad, y balanceándose se dirigió hacia el bosque, al fondo de la pradera. Entonces volví a escuchar mi respiración pesada, a sentir el flujo de sangre caliente en la cara. Tuve la sensación de que mi vida había sido tocada por un poder y un misterio inmensos”.


En una de sus incursiones tras los osos en el Parque Nacional de los Glaciares, situado en Montana, haciendo frontera con algunas provincias de Canadá, Peacock escribió en las páginas de su diario que el día que le ocupaba, era un fantástico día para estar vivo y lo explica así: “Unos diez años atrás, cuando entré en este mundo de los osos, estaba demasiado descentrado y cabreado para ser capaz de sentirme pleno. En cambio, ese día sólo sentía el calor tibio del sol y la calidad única de esa luz –eso es todo lo zen que puedo ponerme–, aunque la naturaleza sea siempre un refuerzo de esa filosofía”.

Me gusta especialmente este apunte porque da idea de la transformación del protagonista, del sentido de su trayecto. Este es un viaje sobre todo apto para buscadores de sorpresas, de aventuras, de tesoros. El autor cierra su diario en pleno invierno, atravesando el desierto de Piedras Negras, en tierras de México. Entremedias se ha casado; ha tenido una hija; ha intentado ordenar su vida y ha fracasado (Lisa, su mujer, es su compañera en algunas de las excursiones que realiza). Es Navidad y en esa geografía áspera, dura donde se encuentra, es consciente de su fragilidad y celebra haber recuperado su amor por la vida, sus ganas por volver, una vez pasado el tiempo de la hibernación, a encontrarse nuevamente con los grizzlies.

Filmación de un oso Grizzly realizada por Doug Peacock, en el Parque nacional de los Glaciares (estado de Montana, frontera con Canadá), a finales de los años 1970: El Grizzlie feliz



Doug Peacock. Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje. Trad. Miguel Ros Gonzáles. Errata Naturae, 2016



Artículo en Altair Magazine: Doug Peacock, el auténtico “grizzly Man”: http://www.altairmagazine.com/blog/libros-mis-anos-grizzly/

Grizzly Man. Werner Herzog

 grizzly man bears


Grizzly Man (2005) es un lúcido y perturbador documental del cineasta alemán Werner Herzog. El documental explora la vida y la muerte de Timothy Treadwell, un personaje obsesivo, excesivo, sensible e inestable, que vivió durante trece años largas temporadas conviviendo con los osos Grizzly, sin ningún tipo de armas y grabando él mismo todas sus estancias (alrededor de cien horas de metraje) durante las cinco últimas temporadas que estuvo con ellos en Alaska. Herzog usó parte de este material para crear Grizzly Man, la historia de un hombre que mediante su cámara, fundido con ella, pretende explorar las regiones limítrofes –a menudo traspasándolas, pagándolo finalmente con su vida– que separan al ser humano de la naturaleza en estado salvaje, así como las barreras interiores entre lo racional y lo irracional, entre la cordura y la locura. En octubre de 2003, los restos de Treadwell, junto con los de su novia Amie Huguenard, fueron encontrados cerca de la zona donde acampaban en el Parque y Reserva Nacional de Katmai en Alaska. Un oso les había atacado y devorado. Fueron las primeras víctimas de un ataque de un oso en el Parque. El oso sospechoso de las muertes murió posteriormente disparado por oficiales del parque. En Grizzly Man no sólo se muestran los misterios de la naturaleza salvaje sino también los de la naturaleza del ser humano.


Película completa (versión original en inglés):

https://es.wikipedia.org/wiki/Grizzly_Man

http://www.blogdecine.com/criticas/grizzly-man-un-documental-demoledor-de-werner-herzog

Escribir: el largo aullido de Chantal Maillard

 

Escribir es una larga letanía, un conjuro, un grito de rebeldía… Uno de los poemas más intenso y conmovedor de Maillard, escrito en una época de postración debido a la grave enfermedad que padecía. Es la segunda parte de Matar a Platón (Tusquets, 2004), el poemario por el que le concedieron el Premio Nacional de Poesía 2004.


escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir
como quien des-espera
para cauterizar
para tomarle las medidas al miedo
para conjurar
para morder de nuevo el anzuelo de la vida
para no claudicar

escribir
para apuntar al blanco

Aqui tenéis el poema:

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2010/12/15/chantal-maillard-escribir/