El Cazador Celeste. Roberto Calasso

¿Qué es dios y qué no es dios, y qué hay en medio?
EURÍPIDES, Helena

I. EN LOS TIEMPOS DEL GRAN CUERVO

En los tiempos del Gran Cuervo también lo invisible era visible y se transformaba continuamente. Los animales, entonces, no eran necesariamente animales. Podía darse el caso de que fueran animales, pero también hombres, dioses, señores de una estirpe, demonios, antepasados. De modo que los hombres no eran necesariamente hombres; podían ser también la forma transitoria de otra cosa. No había intuiciones que permitieran reconocer lo que aparecía. Era necesario haberlo ya conocido, como se conoce a un amigo o a un adversario. Todo sucedía en el interior de un único flujo de formas, desde las arañas a los muertos. Era el reino de la metamorfosis.

El cambio era continuo, como, más tarde, solo sucedería en la caverna de la mente. Cosas, animales, hombres: distinciones nunca claras, siempre provisorias. Cuando una gran parte de lo existente se retiró hacia lo invisible, no por eso dejó de suceder. Pero se volvió más fácil pensar que no sucedía.

¿Cómo podía lo invisible volver a ser visible? Golpeando el tambor. Esa piel tensa de un animal muerto era la cabalgadura, era el viaje, el torbellino dorado. Conducía hasta allí donde la hierba ruge, donde los juncos gimen, donde ni siquiera una aguja podría clavarse en la espesura gris.

Cuando empezó la caza no había un hombre que perseguía a un animal. Había un ser que perseguía a otro ser. Nadie habría podido decir con certeza cuál era cuál. El animal perseguido podía ser un hombre transformado o un dios o simplemente un animal o un espíritu o un muerto. Un día, a las muchas invenciones los hombres agregaron otra: empezaron a rodearse de animales que se adaptaban a los hombres, en tanto que durante un tiempo muy largo habían sido los hombres los que imitaban a los animales. Se volvieron sedentarios –y ya un tanto envejecidos.

¿Por qué semejante excitación antes de emprender la caza del Oso? Porque el Oso podía ser también el Hombre. Era necesario mostrarse cautos al hablar, porque el Oso oía todo lo que se decía de él, por lejos que estuviera. Incluso cuando se retiraba a su guarida, incluso cuando dormía, el Oso seguía los acontecimientos del mundo. «La tierra es la oreja del Oso», se decía. Cuando se reunían para decidir la caza, el Oso nunca era nombrado. En general, si se hablaba del Oso, no se lo denominaba nunca con su nombre; era «el Viejo», «el Viejo Negro», «el Primo», «el Venerable», «la Bestia Negra», «el Tío». Quien se preparaba para la caza evitaba abrir la boca. Prudentes, concentrados, sabían que el mínimo sonido habría bastado para arruinar la empresa. Si el Oso aparece inesperadamente en el bosque lo aconsejable es apartarse, quitarse el sombrero y decir: «Sigue tu camino, muy honorable.» O bien se intentará matarlo. Todo, en el Oso, es de gran valor. Su cuerpo es una medicina. Cuando lograban abatirlo huían, enseguida, rápidamente. Después reaparecían en el lugar, como por casualidad, como si estuvieran paseando. Descubrían con gran estupor que unos desconocidos habían matado al Oso.

El primer ser divino cuyo nombre se prohibió pronunciar fue el Oso. En este aspecto, el monoteísmo no fue una innovación sino un recomienzo, un entumecimiento. La novedad fue la prohibición de las imágenes.

Hablaban con el Oso antes de atacarlo –o inmediatamente después–, a sabiendas de que el Oso entendía sus palabras. «No hemos sido nosotros», decían algunos. Le agradecían al Oso que se dejara matar. Con frecuencia se disculpaban. Algunos llegaban a decir: «Soy pobre, por eso te estoy cazando.» Algunos cantaban, mientras mataban al Oso, de modo que el Oso, muriendo, pudiera decir: «Me gusta esa canción.» 

Colgaban la calavera del Oso entre las ramas de un árbol, a veces con tabaco entre los dientes. A veces adornado con tiras rojas. Le ataban cintas, juntaban los huesos en un hatillo y los colgaban de otro árbol. Si un hueso se perdía, el espíritu del Oso consideraba responsable al cazador. El hocico iba a parar a un lugar secreto, en el bosque.


Cuando capturaban un osezno lo metían en una jaula. Con frecuencia era amamantado por la mujer del cazador. Así crecía hasta que un día la jaula se abría y «el querido pequeño ser divino» era invitado a la fiesta en la que sería sacrificado. Todos danzaban y batían las manos alrededor del Oso. La mujer que lo había amamantado lloraba. Después un cazador le dirigía al Oso algunas palabras: «Oh, tú, divino, has sido enviado al mundo para que nosotros te cazáramos. Oh, tú, preciosa pequeña divinidad, nosotros te adoramos; escucha nuestra plegaria. Te hemos alimentado y criado con tantas penurias, porque te queremos. Ahora que te has hecho mayor, estamos a punto de enviarte con tu padre y tu madre. Cuando llegues junto a ellos habla bien de nosotros y diles qué amables hemos sido; por favor vuelve a nosotros y nosotros te sacrificaremos.» A continuación lo mataban.


El pensamiento más antiguo, aquel que por primera vez no sintió la necesidad de ofrecerse como relato, se manifestó en la forma de los aforismos sobre la caza. Como un susurro, entre tiendas de campaña y fuegos, se transmitieron como cantilenas:

«La presa es semejante a los seres humanos, pero más santa.»
«La caza es algo puro. La presa ama a los hombres puros.»
«¿Cómo podría cazarlo si antes no lo dibujaba?»
«El mayor peligro de la vida reside en que el alimento de los hombres está hecho enteramente de almas.»
«El alma del Oso es un Oso en miniatura que se encuentra en su cabeza.»
«El Oso podría hablar, pero prefiere abstenerse.»
«Quien habla con el Oso llamándolo por su nombre lo vuelve amable e inerme.»
«Un inepto que sacrifica consigue mayor número de presas que un cazador hábil que no sacrifica.»
«Los animales que se cazan son como mujeres que flirtean.»
«Las hembras de los animales seducen a los cazadores.»
«Toda caza es caza de almas.»

Al principio no estaba claro para qué servía la caza. Como un actor que, en el escenario, intenta meterse en el personaje, trataban de convertirse en predadores. Pero ciertos animales corrían más veloces. Otros eran imponentes y cautelosos. Además, ¿qué era matar? Algo no muy distinto que matarse. Si el hombre se convertía en el Oso, al matarlo se hería a sí mismo. Aún más oscura era la relación entre matar y comer. Quien come hace que algo desaparezca. Esto era incluso más misterioso que matar. ¿Dónde va lo que desaparece? Va a lo invisible, que, al final, está lleno de presencias. No hay nada más animado que la ausencia. ¿Qué hacer, entonces, con todos esos seres? Quizá había que facilitar su pasaje a la ausencia, acompañarlos durante una parte de su viaje. El matar era como un saludo. Como todo saludo, exigía ciertos gestos, ciertas palabras. Empezaron a celebrar sacrificios.

La caza nace como acto inevitable y termina como acto gratuito. Elabora una secuencia de prácticas rituales que preceden al acto (la matanza) y lo continúan. El acto puede solo ceñirse en el tiempo, como la presa en el espacio. Pero el curso de la caza mismo es innombrable e indomable, como el coito. No se sabe qué sucede entre el cazador y la presa cuando se enfrentan. Es verdad, sin embargo, que antes de la caza el cazador cumple gestos de devoción. Después de la caza, siente la obligación de descargarse de una culpa. Acoge en su cabaña al animal muerto como un noble huésped. Frente al Oso apenas troceado, el cazador susurra una plegaria muy dulce, que causa vértigo: «Permíteme también matarte en el futuro.»
 

La presa debe ser enfocada: la mirada la aísla y restringe el campo visual sobre un punto. Es un conocimiento que procede por cesuras sucesivas, recortando figuras a partir de un fondo. Al circunscribirlas, las aísla como blanco. Desde ya, el gesto de recortarlas es el mismo que las hiere. De otro modo no nace la figura. Los mitos son cada vez superpuestos sobre los perfiles recortados. Llevando al extremo este modo de conocimiento, acumulando siluetas, empieza a recomponerse la tela del fondo, de la que fueron arrancados. Este es el conocimiento del cazador.


Con la ganadería y la agricultura, el animal pasa a ser solo animal, separado para siempre del hombre. Para el cazador, en cambio, el animal era todavía otro ser, ni animal ni hombre, cazado por seres que no eran ni animales ni hombres. Cuando tuvo lugar ese acontecimiento que fue el acontecimiento de toda historia antes de la historia, cuando se produjo la separación de algo que iba a llamarse animal por parte de algo que iba a llamarse hombre, nadie pensó que la sabiduría –la vieja y la nueva sabiduría– pudiera ser encontrada sino por alguien que participara de ambas formas de vida. Entre las grutas y los bosques del monte Pelión, Quirón el Centauro se convierte en la fuente de la sabiduría, aquel que, más que ningún otro, podía enseñar la justicia, la astronomía, la medicina y la caza. Era casi todo lo que entonces se podía enseñar.

Para los héroes criados por Quirón, la caza fue el primer elemento de la paideia. Pero esa «educación», esa primera prueba de la aretḗ, de esa «virtud» que más tarde sería evocada con frecuencia, se desarrollaba fuera de los confines de la sociedad. No era útil. La caza que practicaban los héroes no servía para alimentar a la comunidad. Era un ejercicio sanguinario y solitario, practicado sin otro fin. En la caza, el animal se volvía en contra de sí mismo e intentaba matarse. Antes de que los protagonistas de muchas historias de metamorfosis, los grandes cazadores fueron, ellos mismos, el resultado de una metamorfosis. Antes de matar al lobo y a los ratones, Apolo fue lobo y ratón. Antes de matar a las osas, Artemisa había sido osa. El pathos de la caza, la complicidad entre el cazador y la presa, se remonta al origen, cuando el cazador era él mismo el animal, cuando Apolo fue general de un ejército de ratones y el jefe de una manada de lobos. El fundamento de la caza fue un descubrimiento de la lógica: la obra de la negación. Este descubrimiento fundacional y embriagador exigía ser permanentemente corroborado, vuelto a recorrer. Mientras la vida de la ciudad latía, otra –en paralelo– le correspondía en las montañas. Incansables y solitarios, Apolo y Artemisa, e incluso Dioniso, seguían cazando. La energía que desprendían sus gestos era el sobrentendido necesario, la urdimbre escondida detrás de los intercambios del mercado, el sueño de las familias, la fatiga de los campos. Nada de todo eso que constituía la vida de la ciudad hubiera podido existir sin esas carreras, esas emboscadas por los montes, sin esas flechas disparadas y esa sangre. Se diría que la sociedad no se había sentido nunca lo suficientemente viva, y acaso real, sin esa vida paralela y superflua, vagante, de los cazadores perdidos en los bosques. 

Como la oración del monje, la carrera silenciosa de los dioses cazadores mantenía en pie los muros que rodeaban la ciudad. Esa carrera era lo que los cercaba, como un remolino perpetuo.

¿Por qué semejante excitación antes de emprender la caza del Oso? Porque el Oso podía ser también el Hombre. Era necesario mostrarse cautos al hablar, porque el Oso oía todo lo que se decía de él, por lejos que estuviera. Incluso cuando se retiraba a su guarida, incluso cuando dormía, el Oso seguía los acontecimientos del mundo. «La tierra es la oreja del Oso», se decía. Cuando se reunían para decidir la caza, el Oso nunca era nombrado. En general, si se hablaba del Oso, no se lo denominaba nunca con su nombre; era «el Viejo», «el Viejo Negro», «el Primo», «el Venerable», «la Bestia Negra», «el Tío». Quien se preparaba para la caza evitaba abrir la boca. Prudentes, concentrados, sabían que el mínimo sonido habría bastado para arruinar la empresa. Si el Oso aparece inesperadamente en el bosque lo aconsejable es apartarse, quitarse el sombrero y decir: «Sigue tu camino, muy honorable.» O bien se intentará matarlo. Todo, en el Oso, es de gran valor. Su cuerpo es una medicina. Cuando lograban abatirlo huían, enseguida, rápidamente. Después reaparecían en el lugar, como por casualidad, como si estuvieran paseando. Descubrían con gran estupor que unos desconocidos habían matado al Oso.

El primer ser divino cuyo nombre se prohibió pronunciar fue el Oso. En este aspecto, el monoteísmo no fue una innovación sino un recomienzo, un entumecimiento. La novedad fue la prohibición de las imágenes.

Hablaban con el Oso antes de atacarlo –o inmediatamente después–, a sabiendas de que el Oso entendía sus palabras. «No hemos sido nosotros», decían algunos. Le agradecían al Oso que se dejara matar. Con frecuencia se disculpaban. Algunos llegaban a decir: «Soy pobre, por eso te estoy cazando.» Algunos cantaban, mientras mataban al Oso, de modo que el Oso, muriendo, pudiera decir: «Me gusta esa canción.» 

Colgaban la calavera del Oso entre las ramas de un árbol, a veces con tabaco entre los dientes. A veces adornado con tiras rojas. Le ataban cintas, juntaban los huesos en un hatillo y los colgaban de otro árbol. Si un hueso se perdía, el espíritu del Oso consideraba responsable al cazador. El hocico iba a parar a un lugar secreto, en el bosque.


Cuando capturaban un osezno lo metían en una jaula. Con frecuencia era amamantado por la mujer del cazador. Así crecía hasta que un día la jaula se abría y «el querido pequeño ser divino» era invitado a la fiesta en la que sería sacrificado. Todos danzaban y batían las manos alrededor del Oso. La mujer que lo había amamantado lloraba. Después un cazador le dirigía al Oso algunas palabras: «Oh, tú, divino, has sido enviado al mundo para que nosotros te cazáramos. Oh, tú, preciosa pequeña divinidad, nosotros te adoramos; escucha nuestra plegaria. Te hemos alimentado y criado con tantas penurias, porque te queremos. Ahora que te has hecho mayor, estamos a punto de enviarte con tu padre y tu madre. Cuando llegues junto a ellos habla bien de nosotros y diles qué amables hemos sido; por favor vuelve a nosotros y nosotros te sacrificaremos.» A continuación lo mataban.


El pensamiento más antiguo, aquel que por primera vez no sintió la necesidad de ofrecerse como relato, se manifestó en la forma de los aforismos sobre la caza. Como un susurro, entre tiendas de campaña y fuegos, se transmitieron como cantilenas:

«La presa es semejante a los seres humanos, pero más santa.»
«La caza es algo puro. La presa ama a los hombres puros.»
«¿Cómo podría cazarlo si antes no lo dibujaba?»
«El mayor peligro de la vida reside en que el alimento de los hombres está hecho enteramente de almas.»
«El alma del Oso es un Oso en miniatura que se encuentra en su cabeza.»
«El Oso podría hablar, pero prefiere abstenerse.»
«Quien habla con el Oso llamándolo por su nombre lo vuelve amable e inerme.»
«Un inepto que sacrifica consigue mayor número de presas que un cazador hábil que no sacrifica.»
«Los animales que se cazan son como mujeres que flirtean.»
«Las hembras de los animales seducen a los cazadores.»
«Toda caza es caza de almas.»

Al principio no estaba claro para qué servía la caza. Como un actor que, en el escenario, intenta meterse en el personaje, trataban de convertirse en predadores. Pero ciertos animales corrían más veloces. Otros eran imponentes y cautelosos. Además, ¿qué era matar? Algo no muy distinto que matarse. Si el hombre se convertía en el Oso, al matarlo se hería a sí mismo. Aún más oscura era la relación entre matar y comer. Quien come hace que algo desaparezca. Esto era incluso más misterioso que matar. ¿Dónde va lo que desaparece? Va a lo invisible, que, al final, está lleno de presencias. No hay nada más animado que la ausencia. ¿Qué hacer, entonces, con todos esos seres? Quizá había que facilitar su pasaje a la ausencia, acompañarlos durante una parte de su viaje. El matar era como un saludo. Como todo saludo, exigía ciertos gestos, ciertas palabras. Empezaron a celebrar sacrificios.

La caza nace como acto inevitable y termina como acto gratuito. Elabora una secuencia de prácticas rituales que preceden al acto (la matanza) y lo continúan. El acto puede solo ceñirse en el tiempo, como la presa en el espacio. Pero el curso de la caza mismo es innombrable e indomable, como el coito. No se sabe qué sucede entre el cazador y la presa cuando se enfrentan. Es verdad, sin embargo, que antes de la caza el cazador cumple gestos de devoción. Después de la caza, siente la obligación de descargarse de una culpa. Acoge en su cabaña al animal muerto como un noble huésped. Frente al Oso apenas troceado, el cazador susurra una plegaria muy dulce, que causa vértigo: «Permíteme también matarte en el futuro.»
 

La presa debe ser enfocada: la mirada la aísla y restringe el campo visual sobre un punto. Es un conocimiento que procede por cesuras sucesivas, recortando figuras a partir de un fondo. Al circunscribirlas, las aísla como blanco. Desde ya, el gesto de recortarlas es el mismo que las hiere. De otro modo no nace la figura. Los mitos son cada vez superpuestos sobre los perfiles recortados. Llevando al extremo este modo de conocimiento, acumulando siluetas, empieza a recomponerse la tela del fondo, de la que fueron arrancados. Este es el conocimiento del cazador.


Con la ganadería y la agricultura, el animal pasa a ser solo animal, separado para siempre del hombre. Para el cazador, en cambio, el animal era todavía otro ser, ni animal ni hombre, cazado por seres que no eran ni animales ni hombres. Cuando tuvo lugar ese acontecimiento que fue el acontecimiento de toda historia antes de la historia, cuando se produjo la separación de algo que iba a llamarse animal por parte de algo que iba a llamarse hombre, nadie pensó que la sabiduría –la vieja y la nueva sabiduría– pudiera ser encontrada sino por alguien que participara de ambas formas de vida. Entre las grutas y los bosques del monte Pelión, Quirón el Centauro se convierte en la fuente de la sabiduría, aquel que, más que ningún otro, podía enseñar la justicia, la astronomía, la medicina y la caza. Era casi todo lo que entonces se podía enseñar.

Para los héroes criados por Quirón, la caza fue el primer elemento de la paideia. Pero esa «educación», esa primera prueba de la aretḗ, de esa «virtud» que más tarde sería evocada con frecuencia, se desarrollaba fuera de los confines de la sociedad. No era útil. La caza que practicaban los héroes no servía para alimentar a la comunidad. Era un ejercicio sanguinario y solitario, practicado sin otro fin. En la caza, el animal se volvía en contra de sí mismo e intentaba matarse. Antes de que los protagonistas de muchas historias de metamorfosis, los grandes cazadores fueron, ellos mismos, el resultado de una metamorfosis. Antes de matar al lobo y a los ratones, Apolo fue lobo y ratón. Antes de matar a las osas, Artemisa había sido osa. El pathos de la caza, la complicidad entre el cazador y la presa, se remonta al origen, cuando el cazador era él mismo el animal, cuando Apolo fue general de un ejército de ratones y el jefe de una manada de lobos. El fundamento de la caza fue un descubrimiento de la lógica: la obra de la negación. Este descubrimiento fundacional y embriagador exigía ser permanentemente corroborado, vuelto a recorrer. Mientras la vida de la ciudad latía, otra –en paralelo– le correspondía en las montañas. Incansables y solitarios, Apolo y Artemisa, e incluso Dioniso, seguían cazando. La energía que desprendían sus gestos era el sobrentendido necesario, la urdimbre escondida detrás de los intercambios del mercado, el sueño de las familias, la fatiga de los campos. Nada de todo eso que constituía la vida de la ciudad hubiera podido existir sin esas carreras, esas emboscadas por los montes, sin esas flechas disparadas y esa sangre. Se diría que la sociedad no se había sentido nunca lo suficientemente viva, y acaso real, sin esa vida paralela y superflua, vagante, de los cazadores perdidos en los bosques. 

Como la oración del monje, la carrera silenciosa de los dioses cazadores mantenía en pie los muros que rodeaban la ciudad. Esa carrera era lo que los cercaba, como un remolino perpetuo.

Roberto Calasso, El Cazador Celeste, Trad. Edgardo Dobry, Anagrama, 2020.

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/el-cazador-celeste/9788433980748/PN_1035

Maneras de estar vivo. Baptiste Morizot

Hace mucho tiempo surgió una especie que decidió separarse de las otras diez millones de especies que habitaban la Tierra: aunque todas eran necesariamente sus parientes, optó por llamarlas «la naturaleza», y así empezó a verlas como cosas, meros recursos a su disposición.

Este relato es nuestra herencia, y su inimaginable violencia ha dado lugar a la actual y devastadora crisis ecológica. El presente libro pretende dar un golpe de timón frente a esta situación: armar (en el doble sentido de la palabra) una filosofía de los seres vivos que sea tanto una política como una praxis.

Para ello Morizot se aleja de toda creación convencional de pensamiento, pues su filosofía surge de la práctica sobre el terreno y de la experiencia del rastreo. Morizot no es un naturalista al uso. Ni siquiera un biólogo. Es un filósofo que reflexiona sobre lo vivo como ningún otro que hayas leído, un perseguidor que puede pasar largas jornadas rastreando a una manada de lobos o noches enteras esperando a que un oso aparezca en la pantalla de una cámara térmica. Entre el thriller etológico y la filosofía salvaje, con las botas perdidas de barro, oliendo a sudor y a bosque, Morizot trata de ofrecer respuesta a las preguntas que hoy de verdad nos importan:

¿Cómo reconectar con los seres vivos mediante una ecosofía sencilla, resiliente y alegre?

¿Cómo oponer al tecnocapitalismo una reactivación de nuestras propias fuerzas vitales anestesiadas?

¿Cómo sustituir la pulsión de control y domesticación por un ethos del encuentro y la acogida?

¿Cómo comportarse de un modo adecuado con todo aquello que vive y, sin embargo, difiere de nosotros?

¿Cómo construir colectivamente un planteamiento político que aúne la imprescindible convivencia con los otros seres vivos y la lucha sin cuartel contra aquellos que destruyen el tejido de la vida?

Baptiste Morizot, Maneras de estar vivo. LA crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Trad. Silvia Moreno Parrado, Ed. Errata Naturae, 2021.

«Baptiste Morizot, auténtico filósofo de campo, es sin duda la referencia intelectual del actual pensamiento ecológico. No sólo inventa un nuevo cosmopolitismo, sino que dibuja una nueva y esperanzadora diplomacia de lo salvaje». Nicolas Truong, Le Monde

«Baptiste Morizot lidera una batalla cultural para repensar la convivencia entre el ser humano y el animal, uno de los grandes temas del siglo XXI». Mathieu Vidar, France Inter

«Maneras de estar vivo es un ensayo extraordinario. En él, el filósofo Baptiste Morizot, figura emergente del pensamiento ecológico, da un vuelco a los marcos habituales de interpretación de la crisis de la biodiversidad y nos invita a repensar radicalmente nuestra relación con los seres vivos no humanos que nos rodean». Mathieu Dejean, Les Inrockuptibles

«Maneras de estar vivo nos propone un nuevo humanismo descentrado que se desarrolla mediante una forma rica y original de investigación en la frontera de la literatura, la etología y la filosofía». Alexandre Gefen, Le Nouveau Magazine Littéraire

Viajar por las venas del dragón con Chantal Maillard

Desde épocas ancestrales el universo ha sido concebido en China como un sistema de resonancias en el que no existen cosas ni seres sino fuerzas activas en perpetua mutación. No hay nada en él que actúe por separado, nada que no dependa de todo lo demás. Considerar el medio desde esa perspectiva puede sin duda ayudarnos en la elaboración de la ecosofía y la ethopolítica que se precisan actualmente para transformar nuestras sociedades.

Nunca como ahora ha sido tan acuciante la percepción de la necesidad de un cambio de parámetros y tan imperiosa, por tanto, la responsabilidad de educarnos en este sentido. Las enseñanzas iniciales de las tres corrientes de pensamiento de las que se ocupa este libro pueden ayudarnos en este empeño. El buen gobierno (confucionismo), la armonía con el entorno (taoísmo) y la profunda comprensión de nuestra propia naturaleza (budismo) se presentan como tres ingredientes imprescindibles para evitar la catástrofe que se avecina.

Que estas propuestas lleguen alguna vez a ser conjuntamente algo más que una utopía es realmente poco probable, pero quizás valga la pena recuperarlas ahora desde otros lugares.

Chantal Maillard, Las venas del dragón. Confucionismo, taoísmo y budismo. Galaxia Gutenberg, 2021.

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En librerías este próximo miércoles 29

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Retrospectiva de Georgia O’Keeffe en el museo Thyssen

¡Nuestra huesera en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid del 20 de abril al 8 de agosto!

Es la primera retrospectiva en España de Georgia O´Keeffe, la gran artista moderna americana.

El museo presenta la primera retrospectiva en España de Georgia O’Keeffe (1887-1986). A través de una selección de aproximadamente 90 obras, el visitante puede sumergirse en el universo pictórico de esta artista, considerada una de las máximas representantes del arte norteamericano del siglo XX.

La exposición es un recorrido completo por la trayectoria artística de O’Keeffe, desde las obras de la década de 1910 con las que se convirtió en una pionera de la abstracción, pasando por sus famosas flores o sus vistas de Nueva York -gracias a las que fue encumbrada como una de las principales figuras de la modernidad de su país-, hasta las pinturas de Nuevo México, fruto de su fascinación con el paisaje y la mezcla de culturas de este remoto territorio.

Georgia O’Keeffe ha sido organizada por el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el Centre Pompidou y la Fondation Beyeler con la colaboración del Georgia O’Keeffe Museum de Santa Fe, Nuevo México. Después de recalar en Madrid, la muestra viaja a París y Basilea.

https://www.museothyssen.org/exposiciones/georgia-okeeffe

En busca del sueño perdido

¿Por qué soñamos? ¿Para qué? El neurobiólogo brasileño Sidarta Ribeiro se enfrenta a estas preguntas en ‘El oráculo de la noche’, un ensayo que resume los avances de una nueva disciplina: la ciencia onírica. Su libro forma parte de una creciente atención editorial al mundo del descanso nocturno en estos tiempos en que la pandemia ha acentuado el insomnio y la distracción tecnológica

JUAN ARNAU | 30 ENE 2021

'Autorretrato en el agua' (1991), de Robert Stivers.
‘Autorretrato en el agua’ (1991), de Robert Stivers.

Los sueños son como las estrellas, cuando los observamos, vemos un mundo antiguo. Además, son tan delicados que parecen no soportar nuestra mirada y el observador enseguida se transforma en observado. Pero ¿qué es un sueño?, ¿por qué soñamos?, ¿para qué soñamos? Las preguntas se multiplican. ¿Cómo extraer el sentido simbólico de los sueños? Y, más difícil todavía, ¿dónde hemos de buscar ese sentido?, ¿en la vigilia o en el propio sueño?

Para la filosofía de las upanisad, la vida es un viaje a través de diversos estados de conciencia. El sueño, la vigilia y el sueño profundo. El primero nos inspira, en el segundo situamos el significado, el tercero nos borra y borra las cosas. Cada uno tiene sus reglas, y sus cuitas. Hay un cuarto estado, es el modo en el que la mente india concibe la realidad. Se llama moksa: liberación. Para la mentalidad actual la situación es bien distinta. Esa diferencia se expresa en las lenguas modernas, que oponen el sueño a la realidad. “¡Esto no es un sueño, es real!”, decimos cuando algo nos sorprende (una pandemia, una escena surrealista, una goleada). Pero los sueños pueden ser más reales que la realidad misma. Lo vemos en las enfermedades mentales, que comparten con los sueños las alucinaciones, los delirios y cierta “flexibilización de la lógica” (o de la identidad). Desde un punto de vista cualitativo, las alucinaciones que provocan la ayahuasca, la esquizofrenia o los sueños difieren poco. Las dos primeras tienen un mayor grado de intensidad y viveza, son mejores narraciones (y más dolorosas) que la última, si se trata del sueño anodino del burgués.

Los científicos nacidos en culturas con un pasado indígena todavía vivo tienen una actitud más abierta hacia innovaciones retroprogresivas que los del mundo anglosajón (educados en el voluntarismo, el puritanismo, y devotos de un determinismo que deja poco espacio a la inspiración). El neurocientífico brasileño Sidarta Ribeiro es un buen ejemplo de esa mentalidad científica abierta y desprejuiciada. En su libro El oráculo de la noche conviven las narrativas oníricas y esa otra narración que llamamos neurociencia. Un tema fascinante y evanescente que rastrea los avances de una nueva disciplina: la ciencia onírica.

Para la Inquisición, la revelación onírica era blasfema. El racionalismo la deslegitimó como fuente de conocimiento

En el siglo XVI, la cristiandad consideraba la revelación onírica como fuente de blasfemia y la Inquisición se ocupó de aplacarla. La decadencia del sueño como fuente legítima de conocimiento fue ratificada por el racionalismo. Karl Popper sostenía que era imposible una ciencia del sueño porque el sueño era irrefutable, y para que algo sea científico tiene que ser refutable. Un buen ejemplo de esa actitud retrógrada lo tenemos en científicos influyentes como Daniel Den­nett, que se niega a aceptar la existencia de los sueños. Dennett considera que el sueño es un fenómeno de la vigilia, una rápida reelaboración realizada por el cerebro despierto. Pero las evidencias científicas en la última década han puesto en jaque esa opinión.

El arte de la noche puede penetrar en el arte del día. Los sueños son capaces de combinar con éxito ideas científicas. “El yo subliminal sabe discernir y adivinar, tiene tacto y delicadeza y triunfa donde el yo consciente ha fracasado”. Matemáticos como Poincaré (al que pertenece la cita) o Ramanujan (que recibía en sueños fórmulas matemáticas de la diosa Laksmi), químicos como Mendeleev, naturalistas como Wallace o filósofos como Descartes lo experimentaron. Pero al margen de estas excepciones, el sueño pasó a considerarse un pálido reflejo de lo que ocurre en la vigilia. Freud trató de rehabilitar los sueños como “vía regia” para explorar las profundidades de la mente, pero fue vilipendiado por la autoridad científica. La idea de que los síntomas corporales podían proceder de meros pensamientos (y no de lesiones cerebrales) no era aceptable para los neurólogos, y mucho menos la idea de que los pensamientos pueden cambiar el cerebro.

Miedo a la mente

Según la mayoría de los indicios, la esquizofrenia tiene un origen genético. Es decir, se encuentra asociada a experiencias pasadas que dejaron su rastro en la mente. Recuerdos que debían ser bloqueados vuelven cuando no tendrían que hacerlo, lo que aterroriza al paciente, que revive espectros del pasado. La psiquiatría moderna se ha centrado en bloquear esos recuerdos con inhibidores de dopamina y serotonina. Para el mundo antiguo estos delirios eran signos sagrados, presagios o guías, experiencias de contacto con el mundo sutil que hay tras los bastidores de la existencia. La civilización científica fue reduciendo esos diálogos a narraciones más elementales, con el propósito de intervenir en ellas desde fuera, con el objeto de cortar la conversación. Nadie lo ha expresado mejor que Foucault: “El conocimiento no está hecho para comprender, está hecho para zanjar”. Los locos o las personas psicóticas, que antes ardían en las hogueras, hoy se encierran o se atiborran de inhibidores de dopamina. Un signo inequívoco del miedo a la propia mente. El trabajo que antes hacía la Inquisición ahora lo hace el Estado, que asume la tarea de vigilar y castigar a esas personas en instituciones pagadas por los ciudadanos de orden.

A diferencia de la neurología, la psiquiatría trata con trastornos mucho más sutiles que no se revelan al examen neurológico. La investigación moderna ha detectado dos grandes tendencias en los delirios, la psicótica y la neurótica. En ambos casos está en juego la consideración de la identidad personal. El neurótico tiende a sublimar el yo; el psicótico, a diluirlo. Salvación del yo o liberación del yo, un viejo dilema que ya planteó el budismo. Nuestro mundo es esencialmente neurótico, y el antiguo e indígena, psicótico, aunque no faltan interferencias cruzadas entre ambos. En la medicina india tradicional, al esquizofrénico no se le saca de su estado por debajo (con depresores) sino por arriba, alentando su euforia. Los psicóticos han levantado el velo, mientras que los neuróticos viven enterrados en un montón de mantas. Ambos extremos claman por un equilibrio. Los primeros viven en un sueño intenso; los segundos, en uno anodino.

El sueño, que consolida los recuerdos, podría ser un episodio de psicosis indispensable para la salud mental

La tesis de Ribeiro es que el sueño podría ser un episodio de psicosis indispensable para la salud mental. Los estudios de neuroimagen muestran una notable similitud entre el sueño REM y la psicosis. Las fantasías oníricas podrían tener relación con los delirios esquizofrénicos y eso suponía un gran potencial terapéutico: la “vía regia” de Freud para acceder a las profundidades de la mente. Pero cuando se descubren los antipsicóticos, fármacos capaces de bloquear la dopamina del cerebro (muy útil para los familiares de los enfermos), pierde interés esa línea de investigación. Como en el caso de la ficción y la realidad, los dominios de la vigilia y el sueño no parecen completamente separados. Hay estudios que sugieren que la psicosis puede ser resultado de la intrusión del sueño en la vigilia. Lo interesante es que esas incursiones ocurren generalmente en el campo del lenguaje: “La mayoría de los síntomas psicóticos son auditivos, voces sarcásticas, acusadoras o imperativas, a veces incesantes, que suenan dentro de la cabeza”. Parece como si un antiguo yo esgrimiera reproches y reclamara deudas pendientes. La voz del padre de Lacan, aunque esas voces pueden ser más antiguas. Julian Jaynes sostiene que los psicóticos de hoy representan la persistencia, socialmente inaceptable, de una mentalidad antigua. Serían fósiles vivientes de otra forma de conciencia. De un tiempo en que no era infrecuente escuchar voces. De ahí el deseo del esquizofrénico de escapar al bosque o a la montaña. Prefiere el riesgo de la naturaleza al malestar en la cultura.

Memoria renovada

El sueño REM participa en la consolidación de la memoria, cuya eficacia depende del olvido. Los sueños hacen olvidar lo que no importa y dan relevancia a lo importante. La supresión de recuerdos no deseados es un hecho cerebral cuantificable (desactivación del hipocampo y la amígdala). Investigaciones recientes sugieren que los recuerdos no son de fiar. Pierden las patas y ganan alas, reciben con gusto nuevos detalles y asociaciones, pasan por el filtro de la seducción, la censura o el deseo. Sabemos que los recuerdos no se fijan una vez vividos, sino que ofrecen diversas versiones cada vez que son reactivados. Una renovación que depende del mismo proceso (regulación de genes y producción de proteínas) que se activa durante el aprendizaje. Cada vez que rememoramos algo, lo reconstruimos. De ahí que los recuerdos carezcan de lugar. El recuerdo es más una actividad que un objeto. Y dado que se activan cuando dormimos, los sueños los consolidan.

“El alma humana, cuando sueña, desembarazada del cuerpo, es a la vez el teatro, los actores y el auditorio”. A la frase de Addison, Borges añade que es también el autor de la pieza que se representa. Pero se trata de un autor desconocido, que ni uno mismo reconoce. Por eso hay tantos sueños como los géneros literarios (satíricos, alegóricos y proféticos, banales y mudos). Hay sueños inventados por el sueño y sueños inventados por la vigilia. Pensar que los sueños vienen de dentro (del interior del cerebro) es la opción moderna. La antigua fue pensar que carecen de lugar, que nos visitan y nos guían entre bastidores (una idea antigua planteada por el budista Vasubandhu). En las capas más profundas del inconsciente se almacenan incontables imágenes y experiencias compartidas que pueden aflorar en cualquier momento. Un legado viviente al que Jung accedía mediante pacientes que sufrían intensas alteraciones emocionales. En ellas se ponen de manifiesto arquetipos e imágenes primigenias de la psique, que gozan de energía propia y considerable autonomía. Imágenes capaces de dirigir el comportamiento e incluso adueñarse de la voluntad.

La ciencia moderna, hasta hace muy poco, negaba la autoridad de los sueños. La tendencia ahora es recuperar esa voz. Pero hay un riesgo. Cuando las técnicas chamánicas se introducen en el laboratorio, se corre el riesgo de perder sus marcos simbólicos y rituales

Para las culturas antiguas el sueño no significa irrealidad, sino un estado de conciencia particular del que se puede extraer conocimiento. La vigilia convive con el sueño, pero no tiene más realidad que este. Para los amerindios, los sufíes o los budistas, los sueños son el umbral de otro plano de realidad. Un ámbito que existía antes de que naciera el soñante y que lo sobrevivirá. Todas estas tradiciones tienen un largo historial de conocimientos de plantas y hongos. Cada vez resulta más evidente que la criminalización puritana de estas sustancias debe terminar y que las sustancias psicodélicas pueden ayudar al tratamiento de enfermedades mentales. Soñar mejora la salud del cuerpo y la plasticidad neuronal. La molécula de DMT o el té de ayahuasca produce poderosas experiencias visuales y es muy utilizada con fines terapéuticos en Brasil. Produce una purga psíquica que incluye una fuerte autocrítica y revivir actos del pasado. Los psicodélicos serotoninérgicos como el LSD o la psilocibina son los que mejor emulan el estado onírico. Esta última reduce la depresión y la ansiedad cuando se administra en dos dosis durante las sesiones de psicoterapia. Está probado que el MDMA, el principio activo del éxtasis, es una solución efectiva para el estrés postraumático. Cuando no está contaminado con otras sustancias, produce una intensa liberación de serotonina en el propio cerebro desatando “estados de gracia”, un amor intenso por los demás y una felicidad inmensa de existir. Estas dos moléculas están muy cerca de ser aceptadas por la psiquiatría tradicional.

La ciencia moderna, hasta hace muy poco, negaba la autoridad de los sueños. La tendencia ahora es recuperar esa voz. Pero hay un riesgo. Cuando las técnicas chamánicas se introducen en el laboratorio, se corre el riesgo de perder sus marcos simbólicos y rituales. Monjes y chamanes no entienden la necesidad de probar lo que les resulta evidente. Las últimas investigaciones han confirmado el sueño lúcido que, según Ribeiro, ocurre de forma espontánea a todo el mundo al menos una vez en la vida y cuya frecuencia decrece tras la adolescencia. El tráfico entre ambos mundos es cada vez más intenso. El tema es fascinante. Mirar hacia dentro puede ser tan revelador como mirar hacia fuera. Los sueños tienen todavía mucho que decirnos.

https://elpais.com/babelia/2021-01-29/en-busca-del-sueno-perdido.html

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Cómo Louise Bourgeois utilizó el dibujo para aliviar la ansiedad

Louise Bourgeois Dibujos Hauser y Wirth
Louise Bourgeois en su casa de West 20th Street, Nueva York, 2000 | Fotografía: © Jean-François Jaussaud; © The Easton Foundation / Con licencia de VAGA en Artists Rights Society (ARS), Nueva York

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La fundamental artista Louise Bourgeois recurría al dibujo como a un medio de terapia; en tiempos como estos, quizás sus obras complejas y coloridas también puedan ofrecernos algún alivio.

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25 DE MARZO DE 2020 | Belle Hutton

Vivir una pandemia con todos los cambios y desafíos desconocidos con los que nos enfrentamos, se convierte en una época de ansiedad. Cuando la difunta artista Louise Bourgeois sentía llegar una oleada de preocupación, dibujaba. “Sé que cuando termino un dibujo, mi nivel de ansiedad disminuye”, dijo una vez. “Cuando dibujo significa que algo me molesta, pero no sé qué es. Así que el dibujo se convierte en un tratamiento para la ansiedad”. En estos tiempos inciertos, las instituciones de arte de todo el mundo han tenido que cerrar para frenar la propagación del Coronavirus y, por consiguiente, encontrar formas alternativas de presentar el arte en una realidad que, de repente, se hizo mucho más virtual. Para su exposición inaugural en línea, la galería internacional  Hauser & Wirth presenta Louise Bourgeois: Drawings 1947 – 2007, una apuesta que percibimos como una elección pertinente, dado el alivio que la propia artista buscaba al crear sus obras.

Louise Bourgeois: 12 dibujos. 1947-2007

Famosa por sus esculturas de arañas, sus estampados en tela y sus grabados, Bourgeois comenzó a dibujar a una edad temprana ayudando a sus padres en su estudio de restauración de tapices en las afueras de París. Arañas y espirales se repiten a lo largo de los dibujos de Louise Bourgeois –comparó a su amada madre, que murió cuando el artista tenía poco más de veinte años, con una araña– y sus piezas, dibujadas con tinta, acuarela y lápiz, abarcan desde lo abstracto a lo realista. La propia artista dijo acerca de estas variaciones: “Los dibujos más realistas son para mí una forma de concretar una idea. No quiero perderla. Con los dibujos abstractos, cuando me suelto, puedo deslizarme hacia el inconsciente”.

Los dibujos de la exposición de Hauser & Wirth abarcan varias décadas y fueron elegidos por Jerry Gorovoy, un ex-asistente de estudio y amigo de Bourgeois, que es ahora el presidente de la Fundación Easton, creada en nombre de la difunta artista. A lo largo de su vida, Bourgeois recurrió constantemente al arte como a un medio de terapia; utilizaba su creatividad para trabajar con emociones intensas, tanto positivas como negativas. “Como víctima del síndrome de Tourette, siempre sintió que tenía que confesarlo todo, lo que podía resultar incómodo para los demás, una vez se llamó a sí misma la mujer sin secretos”, escribió Gorovoy tras su muerte en 2010 . “En su arte no tenía ningún miedo, mientras que en su vida real decía que era como un ratón detrás del radiador”. Bourgeois describió el arte como una “garantía de cordura”.

Louise Bourgeois Dibujos Hauser y Wirth
Louise Bourgeois trabajando en un dibujo en espiral en su casa en West 20th Street, Nueva York, 1970© The Easton Foundation / Con licencia de VAGA en Artists Rights Society (ARS), Nueva York

La naturaleza terapéutica del arte de Louise Bourgeois es también, de alguna manera, universal, se extiende más allá de su propia relación con la obra, y resuena con los espectadores de una manera única. “La primera vez que vi su trabajo lo sentí tan personal”, dijo la diseñadora Simone Rocha a AnOther el año pasado. La colección Otoño/Invierno 2019 de Rocha se inspiró en Bourgeois y ofreció estampados y bordados de telarañas. “Simplemente sentí que mis sentimientos estaban representados como en una página… Era la misma sensación que con mis diarios de adolescencia pero, obviamente, bajo una forma más hermosa”. Los dibujos también eran como unos diarios para Bourgeois; un lugar en el que atemperaba sus ansiedades, trabajaba con sus recuerdos de infancia y expresaba sus emociones. “He llevado un diario desde que tengo uso de memoria y mis dibujos son realmente otro tipo de diario”, dijo.

Los complejos y coloridos dibujos de Louise Bourgeois –una constante a lo largo de su vida, aunque no tan conocidos como sus famosas series Cells o su gigantesca escultura Maman– fueron una parte importante de su práctica artística, pero también cumplieron un propósito. Creó arte sin descanso hasta su muerte, acaecida a la edad de 98 años, según parece como una forma de permanecer cuerda. En momentos como estos, tomarnos una pausa para mirar los atractivos dibujos de Louise Bourgeois podría ayudarnos también a hacer lo mismo.

La exposición en línea  Louise Bourgeois: Drawings 1947-2007 estará abierta a partir del 25 de marzo de 2020.

https://www.anothermag.com/art-photography/12375/louise-bourgeois-drawings-anxiety-hauser-wirth-online-exhibition

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Había una vez un bosque. Francis Hallé

 

 

Entre el parque del Manu en Perú y la cuenca del río Congo en Gabón, viaje al corazón de un mundo salvaje que ha quedado en su estado original: el nacimiento de una selva tropical donde cada organismo desempeña un papel esencial. Del primer brote hasta el esplendor de los árboles gigantescos del dosel de la corona de la selva, pasando por el desarrollo de lazos ocultos entre plantas y animales, transcurren siete siglos ante nuestros ojos.

Dirigido por Luc Jacquet, el mismo director de la cinta La marcha de los pingüinos que recibió el Oscar al mejor documental,  el largometraje Había una vez un bosque está basado en una idea original de Francis Hallé, botánico de profesión, que se convierte en el protagonista del film, apoyándose en sus conocimientos específicos del mundo de los bosques.

Nominada al Premio César como Mejor Documental, esta película (2013), cuyo principal tema es el bosque, fue rodada en diferentes lugares del mundo para reunir los elementos que hacen que cada bosque sea único, tales como la selva amazónica del Perú y la selva africana de Gabón. Asimismo, para darle vida a este documental –que cuenta con seres inmóviles– el director Luc Jacquet y el operador Benjamin Vial crearon un sistema de travellings inédito que llamaron Arbracam, con una cámara sujetada por cuerdas que la hacen moverse hasta la copa de los gigantescos árboles a casi 70 metros de altura.

«Había una vez un bosque»

 

 

Con motivo del 20 aniversario del Jardín Botánico de Barcelona, Francis Hallé impartió una interesantísima conferencia en la Sala Salvador del Institut Botànic de Barcelona el 17 de octubre de 2019.
Francis Hallé (Seine-Port, 1938), botánico y biólogo francés especialista en bosques tropicales y arquitectura de los árboles, ha dedicado su vida al estudio de los árboles y la ecología forestal en todas las regiones tropicales del planeta. Ha participado en numerosas expediciones científicas, desde inicios de los años sesenta. Profesor durante muchos años en la Universidad de Montpellier, en 1970 propuso con R.A.A. Oldeman la idea de modelos arquitectónicos para describir los formas conocidas de crecimiento de los árboles, idea que, trabajada junto con P.B. Tomlinson, Hoy en día es un concepto fundamental de la morfología vegetal.

https://es.wikipedia.org/wiki/Francis_Hall%C3%A9

https://fr.wikipedia.org/wiki/Francis_Hall%C3%A9

“Había una vez un bosque”, la película completa con subtítulos en castellano:


 

El ciclo. Aullidos sanadores para saludar el solsticio de verano

Lobo_Andoni Canela

Los lobos adoran la noche. En esas horas encuentran la oscuridad donde pueden moverse como fantasmas. Esta noche es la más corta del año. (Y el día más largo con unas 15 horas de luz.) Hoy sábado empieza el verano a las 23.43, hora oficial peninsular, y termina esta primavera tan extraña.

El solsticio de verano marca la entrada del sol en el signo de Cáncer. Se traduce en un movimiento aparente del Sol hacia su punto más al norte en la bóveda celeste. Tras ese momento “reinicia su recorrido” hacia el sur. De ahí el origen etimológico de la palabra, que viene del latín solstitium (sol sistere), que significa “Sol quieto”: parece que el astro se queda quieto para luego volver a bajar en el cielo.

El aullido de un lobo es la esencia misma de la Naturaleza. El espíritu de Lo Salvaje. ¡Que tengáis un buen verano!

 

La fotografía de Andoni Candela de un lobo avistado en la Cordillera Cantábrica en una noche de verano aparece como portada de su libro Durmiendo con lobos que podéis encontrar aquí: https://www.andonicanela.com/producto/durmiendo-con-lobos)

 

Sonando casi a nada | Carlos de Hita

Durante el confinamiento provocado por la pandemia de coronavirus ha habido un silencio en las ciudades y el medio rural que no se conocía desde hace décadas. El naturalista y experto en grabación Carlos de Hita describe la increíble limpieza de la atmósfera sonora en estos días. Y nos ofrece un ejemplo sonoro a través de un amanecer en la alta sierra. “Parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo”, afirma.



Se cuenta del director Leopold Stokovski que, descentrado por las toses y murmullos del público durante un concierto, paró a la orquesta y, encarándose con el patio de butacas, recordó que, así como un pintor traza su obra sobre un lienzo, los músicos trazan la suya sobre el silencio. “Nosotros ponemos la música, ustedes el silencio”, ironizó. Y mandó callar.

Nos acercamos a los dos meses de confinamiento y España, uno de los países más ruidosos del mundo, ha conocido el silencio. Los ciudadanos han abierto las ventanas, se han quitado los auriculares y descubierto, muchos con asombro, que hay vida más allá del ruido. La sociedad entera, que tiende al bullicio por naturaleza, se ha puesto a escuchar. Y lo que oye le ha gustado. Gorriones, estorninos, palomas y tórtolas, vencejos, algunos mirlos. Pero también campanas, carrillones, vientos, el sonido de la lluvia en los charcos y muchas voces en diferentes idiomas. Una atmósfera acústicamente transparente por la que los mensajes se propagan desde la distancia y sorprenden por su calidez inmediata. En consecuencia, muchos han creído que la naturaleza recupera sus dominios, avanza y nos invade. Pero la realidad es que todos esos sonidos estaban ya ahí, como las hierbas que crecen en las aceras y a las que nadie hace caso. El ruido, su ausencia, caracteriza estos momentos históricos.

Esta es la situación en las ciudades. En el campo, por decirlo en pocas palabras, es como si hubiéramos retrocedido 100 años.

 

“Parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo”

 

Se puede definir el silencio de muchas maneras. Para mí, básicamente, es el sosiego, lo que no excluye el sonido, pero sí la perturbación. El tapiz de silencio, pues, no está totalmente vacío. Ahora que, al fin, parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo, bien está recordar a qué suena la naturaleza cuando se expresa a través de una atmósfera limpia.

 

Un tapiz de silencio

Al registrar un sonido, como al hacer una fotografía, grabar un vídeo o pintar un paisaje, la realidad se convierte automáticamente en ficción. Como es natural, cuando un animal habla dirige sus mensajes a sí mismo, a sus competidores por el territorio, a sus compañeros de viaje. Él cuenta su historia, pero yo utilizo su voz para contar la mía. Lo que sigue es el relato personal de un amanecer contra un silencio perfecto, las primeras horas de un día en una primavera silenciosa.

Madrugada del cinco al seis de mayo. El escenario es el valle de Valsaín, en la ladera de Peñalara, a unos 1.400 metros de altitud, en una vaguada donde se entremezclan pinos silvestres y robles melojos. Luna casi llena, atmósfera quieta y templada. De una grabación continua de 24 horas nos interesa solo el final, desde la alta noche hasta que el sol asoma por encima de las cumbres de la sierra. El tapiz, sinónimo del fondo sonoro sobre el que se construye el concierto natural, es el sonograma del vídeo, generado, a su vez, por los sonidos grabados. Vemos y oímos las horas que preceden al coro del alba, la expresión con que se denomina a estas primeras cantatas de la mañana.

 

“Al registrar un sonido, como al hacer una fotografía, grabar un vídeo o pintar un paisaje, la realidad se convierte automáticamente en ficción”

 

El tapiz, su urdimbre, es un murmullo sin matices. Parece plano, pero, en realidad, está formado por la suma de miles de ruidillos, de la brisa, de las aguas, los ecos y las reverberaciones, filtradas por la vegetación y la distancia. Toda la actividad latente del bosque se convierte en este suave relleno. Una línea continua, como una cenefa, enmarca el borde inferior. Es el retumbo de fondo, las ondas sonoras más graves y, por así decir, el margen residual de la acústica del valle. Algunos sonidos sutiles, que nadie se atrevería a calificar como ruido, enriquecen el lienzo. Un murmullo fluye y traza una línea azul: un regato que mana de una tolla, agua discreta que escurre y suena casi a nada.

Como una perturbación del espacio, el viento forma ondas en el tapiz. Crepitan las ramas, una ráfaga sisea en las acículas de los pinos, tabletea en las hojas planas, aún a medio salir, de los robles. Muy lejos, ronronea un chotacabras gris. El bosque apenas levanta su voz, sin amenazar al silencio.

Unas notas moduladas, lejanas, pespuntean la noche. Ululan los cárabos. Para ellos su voz es una llamada de desafío que compartimenta el lienzo, el bosque, en territorios. Para sus presas, roedores y pajarillos, es motivo de tranquilidad, porque cuando el cárabo anda de caza no emite sonido alguno. Para nuestros oídos intrusos, el cárabo es el paso de las horas.

A la vez, unos sutiles pulsos agudos, alfilerazos en la parte alta del cuadro, sobrevuelan el bosque. Son la parte audible de los ultrasonidos de los murciélagos, que navegan, literalmente, de oídas. Ultrasonidos que pueblan otro lienzo, invisible para nosotros, pero que, por definición, no manchan el silencio.

Hay también sonidos broncos que crean el contraste necesario para que el silencio se haga más espeso. Los ladridos de los corzos, como voces asustadas donde nada les amenaza, arrugan el tapiz por unos segundos. Al alejarse ladera abajo sus toses se estiran, reverberan, rellenan el espacio y hacen un dibujo sin líneas del valle.

Hasta que, aún de noche y antes de que el cielo empiece a clarear por el este, aparecen en el bosque algunos trazos sutiles. Un trino, como una fina hebra, se enreda en el lienzo. Es un petirrojo que, somnoliento, lanza varias frases y calla. Pasa un rato antes de que se escuche una serie de notas dobles, espaciadas regularmente: un cuco dice su nombre. La luz se abre paso en los claros del arbolado mientras que las sombras permanecen bajo las copas. Y, como bajo la batuta de un director de orquesta, a medida que sube la luz, suben los colores del lienzo, las voces del bosque. Estalla un chochín, parlotea un petirrojo, silba, rotundo, un zorzal. Y con la aparición de un mirlo llega la música, en sentido estricto, al tapiz forestal.

 

“Como bajo la batuta de un director de orquesta, a medida que sube la luz, suben los colores del lienzo, las voces del bosque”

 

A partir de entonces todo es un griterío. Una voz aislada es un pájaro, pero dos son un conflicto territorial, una pelea a voces. Y muchas voces juntas forman una comunidad. Si se mezclan con otras y se le añade el viento, el agua y la distancia tenemos un bosque. El tapiz es ahora una maraña, una secuencia sonora entrelazada. Ahí está todo. Abajo, el arrullo grave, ronco de las palomas torcaces. Un poco más arriba los graznidos de las cornejas. Ocupando todo el ancho de la banda, los trallazos de los picos picapinos contra la madera. En el centro se amontonan las líneas. Pinzones, mirlos zorzales, carboneros comunes y garrapinos. Y arriba, como coronando la composición, unas crestas de trazos muy finos y apretados, como puntadas de hilo que salen de las gargantas de los más pequeños, reyezuelos sencillos, agateadores comunes y herrerillos. Cierran la secuencia los gritos rápidos de un azor.

Un bullicio. Pero mientras el tráfico se mantenga detenido, por muchos trinos, susurros, gritos, tamborileos, crujidos y rechinos, para la mayoría de los oyentes todo esto seguirá siendo un clamoroso silencio.


Sonando casi a nada