Chantal Maillard: “La palabra esperanza no está en mi diccionario”

Chantal Maillard. Foto de Bernabé Fernández.

EMMA RODRÍGUEZ © 2022 /

La experiencia de leer la poesía de Chantal Maillard es como emprender un recorrido que tiene principio, el momento en que abrimos la primera página de sus libros, pero cuyo final somos incapaces de atisbar porque no sabemos hacia dónde nos dirigirá la lectura, qué nos hemos de encontrar. Aunque esto suceda con toda obra literaria, en la poesía esa sensación de pérdida, de búsqueda, se acentúa, y en el territorio concreto de Maillard, aún más. Tal vez hallemos en alguna esquina de sus páginas un simple reflejo, un fogonazo de luz, un hueco por el que introducirnos, un alivio. Tal vez una palabra capaz de perturbar o aquietar el ánimo. Tal vez la impresión de un paisaje, de un instante, de una ráfaga de viento. Tal vez un momento de silencio, de calma.

Esa sensación de extravío, de tanteo, de la que os hablo, se intensifica aún más cuando accedemos a la continuidad de un discurrir poético lleno de pasadizos que se conectan, de ventanas desde las que observar detenidamente. Un devenir que puede conducirnos, si anhelamos profundizar más, hacia libros de ensayo y diarios salidos de la misma mano. Lo que el pájaro bebe en la fuente y no es el agua es el título de la poesía reunida de Maillard, que Galaxia Gutenberg acaba de poner en las librerías, una hermosa edición que incluye una parte de inéditos y se acompaña de ilustraciones, de sutiles y enigmáticos dibujos, algunos de la propia autora. 

La entrega, que recoge libros publicados entre 2004 a 2020 y traza un itinerario que comienza con Matar a Platón y concluye con Medea, permite un acercamiento con perspectiva a una obra que cultiva el autoconocimiento y el abrazo; que se adentra y nos anima a adentrarnos, a dejarnos llevar por una corriente de imágenes, de momentos que se suceden, de variaciones, de tramas superpuestas, de impactos, de revelaciones, de emociones en las que poder reconocernos, hermanarnos. La compasión es el hilo grueso que va uniendo las distintas partes de un recorrido en el que entran la culpa, el miedo, el grito, la muerte, la pérdida, el duelo… Y también el “esfuerzo por sobrevivir”, la necesidad de sosiego, “la luz, el pájaro, el aire”.

La herida atraviesa un camino de casi dos décadas, como señala en el esclarecedor estudio preliminar Virginia Trueba Mir, quien alude a unos versos incluidos en Medea: “Algo a veces acontece / que lo revuelve todo” para dar cuenta de dos momentos esenciales, definitivos en la vida y en la escritura de Maillard: una grave enfermedad, a finales de 1999, y el suicidio de uno de sus hijos en 2003. Circunstancias dolorosas, extremas, que indudablemente marcan el rumbo y los motivos de una obra que busca sentidos entre las sombras, entre lo que no se deja ver ni tocar. Una indagación en lo profundo del ser, en las eternas preguntas sobre la existencia, realizada mediante el cultivo de un lenguaje sin grandilocuencias, despojado de adornos banales, que parece nuevo en sus hallazgos, en sus combinaciones.

LA COMPASIÓN ES EL HILO GRUESO QUE VA UNIENDO LAS DISTINTAS PARTES DE UN RECORRIDO EN EL QUE ENTRAN LA CULPA, EL MIEDO, EL GRITO, LA MUERTE, LA PÉRDIDA, EL DUELO… Y TAMBIÉN EL “ESFUERZO POR SOBREVIVIR”, LA NECESIDAD DE SOSIEGO, “LA LUZ, EL PÁJARO, EL AIRE”.

Si tuviera que decir a alguien que aún no conozca a Chantal Maillard algo sobre ella, dejaría de lado los datos y detalles biográficos y le llevaría de la mano hasta una de sus piezas, Escribir, que acompaña al relato poético que es Matar a Platón. Intensa, deslumbrante, conmovedora, con unos impactantes cambios de registro, es una especie de autorretrato de la autora, de sus motivaciones, de lo que siente y busca con la escritura. Tomo aquí algunas de sus partes:

“Escribir / para curar / en la carne abierta / en el dolor de todos / en esa muerte que mana / en mí y es la de todos”

“escribir / como quien des-espera / para cauterizar / para tomarle las medidas al miedo / para conjurar / para morder de nuevo el anzuelo de la vida / para no claudicar”

“escribir / “otoño” / para recordar cómo / uníamos castañas con palillos de dientes / y surgían princesas y perros y dragones / y mi madre era hermosa / y ¿quién sabe? tal vez / fue feliz, también ella / ese día”

“escribir / porque es la forma más veloz / que tengo de moverme”

Si ese alguien quisiera saber más, le hablaría de mi propia experiencia. Le diría que ese poema tuvo un efecto sanador sobre mí un día, de los primeros del confinamiento por la pandemia de Covid-19, en que, a través de whatsapp, me llegó, como un milagro, leído por la autora, con su voz característica, con sus silencios. Y también que aún no he olvidado el impacto emocional que me produjo una de sus representaciones escénicas en torno a los textos que componen los diarios de IndiaMaillard (nacida en Bélgica en 1951, con nacionalidad española desde 1969) ama la experimentación, la ruptura de los límites. Su obra crece en muchas direcciones y su efecto, en mi opinión, se aviva cuando se escucha, cuando la vemos escenificada. Entonces el adentramiento puede llegar a ser instantáneo. 

Si ese alguien decidiese entonces tomar en las manos Lo que el pájaro bebe en la fuente y no es el agua y dejarse arrastrar por su corriente, le animaría alegremente a que lo hiciera, pero después de cerrar las puertas al ruido y a las prisas. «Lo que se nos entrega en el registro poemático ha de recibirse, como la música, en el lugar que le corresponde, más cuerpo y menos mente«, señala Chantal Maillard en el diálogo que se abre a continuación, un intercambio de preguntas y respuestas mantenido a través de correo electrónico.

Chantal Maillard durante la escenificación poético-musical de «Matar a Platón».

– La poesía reunida en Lo que el pájaro bebe en la fuente… abarca desde 2004 a 2020, dieciséis años de trayectoria, de vida. ¿Cómo te enfrentas a este recorrido, dónde está la Chantal Maillard de antes de Matar a Platón? ¿Por qué este libro inauguró un tiempo nuevo, supuso un punto de inflexión, como indica en el prólogo Virginia Trueba Mira? 

– La aportación y la compañía de Virginia Trueba y de Miguel Morey en estas páginas ha sido, para mí, un regalo y, para el libro, un complemento indispensable. Un libro de este tipo es itinerario y es bueno que alguien amigo te acompañe al final. Las fechas que constan en portada son las de la publicación del primero y último de los libros reunidos. Si atendemos a las fechas de redacción (1998-2018), el conjunto abarca en realidad dos décadas de mi vida. Pero lo que le proporciona unidad no es la cronología sino el tema. La pregunta por la compasión, la difícil compasión, atraviesa y vertebra el volumen desde el primer verso hasta el último. El daño y el castigo, la ceguera y la inocencia, el yo y sus ausencias, el hambre y la pérdida, todo ello desemboca finalmente en la misma pregunta: ¿Cómo compadecer? No pretendí que así fuera. Lo descubrí al reunir el material. Fuera quedó todo lo anterior.  

 El camino de tu poesía es un camino de autoconocimiento, una senda hacia la comprensión, hacia la compasión. ¿Te resulta fácil mirar atrás? ¿Tu obra, en todas sus vertientes, dice lo que eres, lo que has crecido, lo que has avanzado y aprendido?

– La escritura ha sido siempre, para mí, una vía de descubrimiento. Quien escribe se concentra, la atención se focaliza y las fuerzas se unifican en una sola dirección. (Es todo lo contrario de la dispersión que los dispositivos móviles favorecen ahora, y es por eso que, si no logramos utilizar los nuevos medios adecuadamente, la involución cognitiva está asegurada). Desde que tengo uso de razón quise averiguar de qué iba todo esto de existir y, con el tiempo, la escritura vino a formar parte de un método de observación. Observar el proceso mental y dar cuenta de ello es algo enormemente gratificante. Mis diarios son el testimonio de ese aprendizaje. Un aprendizaje que contradice el término “avance”, en realidad, pues llega un momento en que se trata más de soltar lastre que de acumular, de decrecer en soberbia, en importancia, en ambición, en posesiones. Disminuirse personal y colectivamente, además; el proceso es o debería ser el mismo.           

– ¿Qué te ha ido revelando el discurrir? ¿En qué medida tu lenguaje poético, tus ideales, se han ido transformando con los años?

– Los ideales son la grandilocuencia de las ideas. Suelen expresarse en conceptos que uniformizan y deforman la singularidad de lo existente.  Desde muy pequeña experimenté la necesidad de saber. Algo había que debía comprender, algo en principio muy vago, que tenía que ver con lo que somos, con lo que es la realidad o el existir. No era ningún ideal, era una voluntad encaminada hacia un fin. La naturaleza del saber que buscaba era, en esos inicios, algo bastante vago. (No sabría, hasta mucho más tarde, que Aristóteles había definido la “filosofía primera”, la que pregunta por la raíz de lo real, como “el saber que se busca”). Lo único que sabía, a ciencia cierta, es lo que no era. Así que fui descartando. Busqué en las diversas mitologías, en la filosofía, en la psicología, en las antiguas sabidurías de los distintos continentes y en sus prácticas. Con el tiempo comprendí que la respuesta no se daría por medio del raciocinio, aunque este pudiese servir para desbrozar las vías (léase eliminar opiniones, creencias y demás perturbaciones). Así que bajé de los empíreos, eliminé las mayúsculas, vacié la mochila, invertí la mirada y me puse a la escucha. La voz poemática tiene sus particularidades. Más bien habla al margen de mí. A veces es anciana, a veces sabia, a veces balbucea, a veces danza. Soy yo la que aprende de ella. La vía discursiva se da de otra manera, mucho más explícita y, por tanto, también más limitada.   

«LA ESCRITURA HA SIDO SIEMPRE, PARA MÍ, UNA VÍA DE DESCUBRIMIENTO. DESDE QUE TENGO USO DE RAZÓN QUISE AVERIGUAR DE QUÉ IBA TODO ESTO DE EXISTIR Y, CON EL TIEMPO, LA ESCRITURA VINO A FORMAR PARTE DE UN MÉTODO DE OBSERVACIÓN», SEÑALA CHANTAL MAILLARD.

– El título de la antología es precioso. ¿En qué medida sirve para englobar todo el recorrido? ¿O es una sugerencia, una invitación a adentrarse, a buscar lo no evidente?

– Al final del volumen hay unos textos en prosa. Los hemos elegido porque procuran algunas claves para entender la escritura poética desde mi perspectiva. Uno de ellos responde al título del libro. Y dado que una pequeña dosis de misterio nunca viene mal, no diré aquí nada más al respecto. 

– Empecemos con Matar a Platón. ¿Puedes volver al momento en que lo escribiste? ¿Qué sentías, qué te motivaba? ¿En qué medida la escritura de este libro fue una manera de resistir a las heridas de la enfermedad, de la pérdida, del duelo? 

De este libro, en realidad, tan sólo el poema Escribir, que lo concluye, tiene que ver con el dolor y, concretamente, con el cuerpo malherido. La primera parte, que da título al libro, fue compuesta tres años antes. Recuerdo que lo escribí en quince días, en Isla Canela (Huelva), durante el mes de julio de 1998. Una simple frase de Musil desencadenó la serie de poemas que describen lo que ocurre alrededor de un hombre que es aplastado por un camión. Cada poema es una escena en la que intervienen uno o más personajes. También los espectadores (oyentes o lectores) y el propio autor, incluso, se convierten en parte de la historia. He de decir que me lo pasé muy bien, fue una escritura lúdica, a pesar del tema. Tres años más tarde, en circunstancias muy distintas, utilicé la escritura para desviar mi atención de los dolores insoportables que padecía por aquel entonces.  

«LA VOZ POEMÁTICA TIENE SUS PARTICULARIDADES. MÁS BIEN HABLA AL MARGEN DE MÍ. A VECES ES ANCIANA, A VECES SABIA, A VECES BALBUCEA, A VECES DANZA. SOY YO LA QUE APRENDE DE ELLA. LA VÍA DISCURSIVA SE DA DE OTRA MANERA, MUCHO MÁS EXPLÍCITA Y, POR TANTO, TAMBIÉN MÁS LIMITADA», EXPLICA LA AUTORA.  

– “La palabra herida atraviesa de principio a fin la escritura de Chantal Maillard”, señala Virginia Trueba. “(…) La herida nos precede / no inventamos la herida, venimos / a ella y la reconocemos”, leemos en el poema 26 de Matar a Platón. ¿Puedes reflexionar sobre ello?

– Hay, en el fondo de cada cual, un lugar que a todos pertenece. Cuando penetramos en él con la atención despierta, el yo desaparece. Somos más de una/o, somos todas/os. Ese lugar (intuido a veces con una evidencia que la razón no alcanza) tiene también varios niveles, y cuanto más abajo, más se diluyen las diferencias. Algunas experiencias pueden ser guía, si la conciencia atiende en el proceso. El dolor es una de ellas. La herida nos atañe a todos. Pero me pides explicación… Lo que dice el poema –cuando de verdad dice algo– no ha de explicarse: la explicación mata al poema. Es como llevar al erizo (así llamaba Derrida al poema) bajo la luz para que la mente racional lo diseccione. Por mucho que trate de recomponerlo luego con hilo de sutura, el erizo está muerto. Nunca podremos ver más allá de sus cicatrices, los límites del lenguaje. Lo que podría habernos desvelado se pierde para siempre. Lo que se nos entrega en el registro poemático ha de recibirse, como la música, en el lugar que le corresponde, más cuerpo y menos mente. 

Chantal Maillard. Foto de Bernabé Fernández.

– Cuando leo los poemas aquí reunidos, vistos con la perspectiva del tiempo, de la visión de conjunto, tengo la impresión, de que las heridas personales se van tornando en colectivas; que es en las heridas donde nos hermanamos. Y también en las emociones más intensas que emanan o conducen a ellas: la culpa, el miedo, el vértigo ante el dolor, ante lo desconocido.

– Efectivamente. Por eso entendí que la idea de reunir estos libros y no otros me pareció importante. Si reunimos material en torno a un tema hacemos un libro distinto de sus partes, un libro con un argumento, y el tema es lo que interesa. Si, por el contrario, compilamos el material poético de un autor, el propio autor es lo que se convierte en tema. 

– La poesía como espacio de aproximación, de abrazo, de diálogo. ¿Crees que juntos, en comunidad, somos capaces de entender, de aceptar, de asumir mejor nuestra fragilidad? 

– En comunidad se generan las guerras, en comunidad se juzga, se decreta, se castiga, en comunidad se danza, se copula, se mata. Todo lo que hace el humano lo hace en comunidad. Salvo bajar a los ínferos y comprenderse a sí mismo. Eso se hace en solitario. Otra cosa es que, en la bajada, uno atraviese distintos planos de conciencia y termine encontrándose con el lugar donde se gestan todas las modalidades de la emoción y, por tanto, todas las acciones. Si alguien baja hasta allí, comprenderá que es un lugar común (a todos) y el yo con el que llegó se convertirá en un nosotros. Aceptar la fragilidad es tomar conciencia de que la muerte, que se declina en singular, forma parte de la vida.

– Durante lo más duro del confinamiento, de la pandemia, con tantas pérdidas alrededor, recuerdo un poema que enviaste, una tarde lluviosa, a tus contactos a través de WhatsApp. Para mí, personalmente, esa voz que leía, las palabras con su verdad, fueron un consuelo, una compañía en momentos difíciles. ¿Cómo viviste esa experiencia y cómo estás viviendo todo lo que ha supuesto y sigue suponiendo? ¿Crees que algo así debería habernos transformado, habernos dirigido hacia un sentimiento de comunidad fortalecido, en la dirección de los cuidados, de una mayor conciencia del daño que, con nuestro tipo de vida capitalista, infligimos al planeta? ¿Te sientes desencantada?

– Verás, sólo se decepciona o se desencanta aquel que espera lo que no debería esperar. Si conoces a alguien tendrás cuidado de no pedirle lo que no puede darte. Cuestión de respeto. Si sabes lo que puede dar, sabes también lo que puedes o no puedes esperar. Cuestión de conocimiento. Así que no, no me siento desencantada. Era previsible que esta situación no cambiaría las cosas. Cuantas más penalidades sufre un animal humano, cuantos más temores, más ganas tiene de salir brincando y volver al estado anterior, ese al que llama “vida normal”. La conciencia de la fragilidad es dura de sobrellevar cuando es permanente. En cuanto a mí, no tuve ese problema: la conciencia de mi fragilidad me acompaña, a la fuerza, en todo momento. Y no es un mal.        

– El poema al que he hecho referencia es Escribir.  Largo y profundo es uno de mis favoritos de todo el recorrido. Creo que, en cierto modo, es un autorretrato de Chantal Maillard, de su relación con la escritura. “Escribir para rebelarse”. “Escribir para hacer de la inutilidad un manantial”. “Escribir porque es la forma más veloz que tengo de moverme”. ¿Qué significa para ti? ¿En qué circunstancias, de qué pulsiones, surgió?

– Escribía por todas y cada una de las razones que el poema invoca. A modo de conjuro, de exorcismo, para desviar la mente hacia otra cosa que no fuese el dolor. Escribir era, literalmente, la forma más veloz que tenía de moverme. Gota a gota, día tras día, una gota cada día. Los versos eran, en el cuaderno, como el agua de un grifo que, a pesar de haberse cerrado, sigue goteando en la bañera. Y así, con esa lentitud, daba constancia del tiempo, o lo construía. El verso que citas al final es literal: escribir era la forma más veloz que tenía de moverme

«CUANTAS MÁS PENALIDADES SUFRE UN ANIMAL HUMANO, CUANTOS MÁS TEMORES, MÁS GANAS TIENE DE SALIR BRINCANDO Y VOLVER AL ESTADO ANTERIOR, ESE AL QUE LLAMA “VIDA NORMAL”. LA CONCIENCIA DE LA FRAGILIDAD ES DURA DE SOBRELLEVAR CUANDO ES PERMANENTE».

– Esta composición habla del hecho de escribir, pero en el acto de escribir cabe todo. El poema se abre al miedo, al grito, a la angustia, a la culpa, a la muerte; también al crecimiento, a la luz… Es una especie de narración, una oración. 

– Es simplemente lo único que podía hacer para mantenerme viva. Pero, a veces, la escritura te descubre dimensiones insospechadas. La felicidad, la alegría, son más individuales que la pena o el dolor; más egoístas también. Quizás porque celebran la vida, y esta se perpetúa en las formas individuales. La pena, en cambio, o el dolor, dan cuenta de la caducidad, la involución que toda vida entraña, el morir que nos devuelve al lugar común, indistinto, sin forma, sin límites, del que emergemos al nacer. Evidentemente estas son maneras de decir; todo es, siempre, una manera de decir. Simplemente, lo que ocurrió en esa época, es que la escritura me abrió una dimensión de la que, hasta entonces, salvo en lo teórico, no había tomado conciencia, o no de modo tan abrupto, tan evidente. Todxs estábamos en mí, o mejor dicho, yo era todxs nosotros. Pero todo ello está, como siempre, mucho mejor expresado en el poema. 

– En tu obra, poemas, diarios, ensayos, hay una gran coherencia. Todo se comunica, unas sendas llevan a otras, los hilos se van trenzando, conduciéndonos hacia el sentido, la revelación. Es como un adentrarse para atisbar algo, tal vez un simple reflejo que no somos capaces de ver con claridad, una necesidad de perderse. ¿Es una búsqueda consciente? 

– Ensayo, prosa o poema son formas distintas de aproximación a lo mismo, sin duda, y es cierto que, al final, se traza un laberinto. Los diarios aportan el contexto que el poema pierde –o gana, según se vea– en su elaboración. El ensayo reflexiona: vuelve a flexionarse sobre el tema tratando de reflejar en otro plano mucho más limitado –el del discurso racional en el que, por lo general, nos movemos–, aquello que el poema o la prosa híbrida sugiere o le presenta a la intuición. Entre las tres modalidades hay túneles, pasadizos que permiten, a quienes decidan adentrarse con tiempo y la atención adecuada, unificar los reinos. No es algo que se haga de forma consciente, no. Se va haciendo. Lo único consciente es el procedimiento que a cada modalidad le corresponde. 

– Justo esta antología aparece después de la publicación de Las venas del dragón, una interesantísima aproximación a las filosofías orientales, el confucianismo, el taoísmo, el budismo. En la nota introductoria señalas que mirar a las antiguas sabidurías nos puede ayudar a “revisar nuestros modelos de pensamiento”, para poder remediar, en la medida de lo posible, todo el daño causado al planeta. ¿Cómo inculcar algo de esa sabiduría a sociedades tan anuladas por las prisas, por la productividad, por el ansia, por el ritmo tecnológico?

– Partamos de la base de que Oriente es muchos Orientes, y muy diversos. Solemos meterlos todos en un mismo saco, pero, evidentemente, no es lo mismo el Próximo Oriente que el Extremo Oriente, ni tiene que ver el Cáucaso, por poner un ejemplo, con el sudeste asiático. Las venas del dragón tiene que ver con la antigua China, con su cosmología ancestral y las tres corrientes de pensamiento (dos autóctonas, la tercera, importada de India) que tuvieron allí la oportunidad de encontrarse y desarrollarse conjuntamente a partir del siglo VI a.n.e.. Un gobierno administrado por personas entrenadas en el dominio de sus pasiones (confucianismo), la comprensión de la complejidad natural, transformativa e interdependiente, de la que formamos parte (taoísmo) y un conocimiento de nuestros procesos mentales (budismo) me parecieron ser tres claves imprescindibles para enderezar el rumbo. Esto no será posible si seguimos anclados en una ideología mítica estancada en el antropocentrismo y la idea absurda de una identidad personal permanente. Desde épocas ancestrales, los chinos concibieron el universo como un sistema de resonancias de fuerzas activas en perpetua mutación en el que nada actúa por separado y en el que todo es complementario. En estos momentos, necesitamos urgentemente una eco-sofía: una sabiduría del hábitat (oikos), que reemplace el discurso eco-lógico y una ethopolítica que reemplace en la práctica la eco-nomía: la gestión numérica (nomos) del hábitat. Pensé que, para este cambio, sería útil dar a conocer las líneas de una de las cosmologías más sugerentes que podamos conocer. Lo demás, es cosa de cada cual.          

«EL CONFUCIANISMO, EL TAOÍSMO Y EL BUDISMO ME PARECIERON TRES CLAVES IMPRESCINDIBLES PARA ENDEREZAR EL RUMBO. ESTO NO SERÁ POSIBLE SI SEGUIMOS ANCLADOS EN UNA IDEOLOGÍA MÍTICA ESTANCADA EN EL ANTROPOCENTRISMO Y LA IDEA ABSURDA DE UNA IDENTIDAD PERSONAL PERMANENTE».

– Me ha resultado muy grato, enriquecedor, leer ambos libros casi en paralelo, y volver a pasar las páginas de los diarios de India. Las enseñanzas de la antigua China nutren toda la poesía de Chantal Maillard. La aproximación a ellas es evidente en todos los escalones del recorrido. En Hilos, entrega de 2007se alude a la conciencia de la continuidad, al desprendimiento del yo, al silencio, a la calma, al aquí, al fluir… Los versos de La luz, el aire, el pájaro, resultan muy significativos al respecto. “(…) Aceptad mi silencio: lo mejor / de mí. Huid del soplo que pronuncia, / en mi boca, / la amarga condición de lo humano. / Y, entretanto, dejadme contemplar / el vuelo de la ropa / tendida en las ventanas”. 

– Los versos dicen lo que dicen. No hay retórica en ellos. Cierto es que la experiencia india me aportó mucho en ese sentido. Vivir frente al Ganges, el río que todo se lo lleva: las hojas de baniano con el fuego de las ofrendas, los muertos, la espuma del jabón de los baños matinales, las cenizas de los fogones, las barcas… hace que, al final, termines pareciéndote a él, adoptas su ritmo, su flujo, su calma, cierta indiferencia (o no-diferencia) ante tu propio pasar. Pero ¿quién no ha contemplado alguna vez el vuelo de la ropa tendida? ¿Quién no se ha abandonado alguna vez a sí mismo en un objeto en movimiento, perdido de sí, con la mente en blanco? Para comprender un poema hay que disponerse de una cierta manera, oblicuamente, diría, inclinar el oído. Algo, entonces, acontece. Una resonancia. Y esto es suficiente. 

En cuanto a Hilos, es fundamentalmente una puesta en práctica del método de observación del que doy las claves en la introducción a mis Diarios reunidos (La arena entre los dedos), con uno de los cuales, (Husos, notas al margen) está ligado el libro Hilos. Ambos libros son cuadernos de duelo. La observación de la mente, en tales circunstancias, resulta extremadamente útil.  

– Háblame de Cualpresente en la segunda parte de Hilos. ¿Qué quieres representar, decir, con este personaje al que has recurrido en más de una ocasión? 

– No es ninguna representación. Cual surgió en un momento dado y me acompañó. Digamos que es algo así como un alter ego. Hainuwele lo fue también, en el pasado. Ahora es Medea quien habla. Épocas distintas adoptan voces distintas. Suelo decir que Cual es lo mejor de mí. Inocente, cuasi animal, casi autista entre humanos, se encuentra bien tan sólo en los parajes naturales. Vuelto hacia las nubes, espera la tormenta, en el solsticio danza, atiende al aguijón de la avispa en su cráneo, descansa a la sombra de una vaca… Cual es un ser menguante, y por ello me enseña (todos mis alter ego han sido mis maestros, en realidad). Menguar es reducir el movimiento. El del ánimo, continuamente inquieto, y el de la mente, dispuesta siempre a emitir juicios. Curar la incontinencia de la habladora, como suelo decir. Y, luego, olvidarse en cualquier hueco, en cualquier intersticio de la roca, en cualquier grieta. Recuperar el animal que somos, su inocencia. Adelgazar el . Los poemas de Cual son desapariciones, fugacidades a modo de fotogramas. En Cual menguando también son fugas, en la doble acepción de la palabra.         

Chantal Maillard y la actriz Claudia Faci durante la representación de «Acerca de Cual», breve pieza musical perteneciente al libro «Cual menguando».

– Hablábamos antes del daño al planeta, de la crisis ecosocial en la que estamos inmersos. ¿Ves horizontes de esperanza? ¿Qué puede hacer la poesía al respecto? ¿Crees que una letanía como La tierra prometida puede ayudar a despertar conciencias? Hablas de “un monumento para la memoria”, para no olvidar a tantísimas especies en vías de extinción.

– La palabra “esperanza” no está en mi diccionario. Muchas de las especies citadas en aquella letanía sin duda habrán desaparecido ya. Otras muchas estarán en peligro. La letanía dejaba abierta la posibilidad de que cada lector fuese sumando otras. Me preguntas si la poesía puede hacer algo al respecto. La poesía no; el poema tal vez sí. La poesía es poíesis: construcción, artefacto. El poema es el núcleo, lo que late en las palabras: el corazón del erizo, como decía Derrida, o el hálito del caracol, que es todo pulmón. En el mejor de los casos (cuando hay núcleo), el uso de las fórmulas retóricas o los malabarismos formales estorban, apagan el latido, enturbian el aire. Y muy a menudo, son lo único que hay, y el oyente –o el lector–sale de vacío. ¿Se da cuenta, en esos casos, el que se dice poeta, de que no transmite nada porque atendió más a la personal voluntad de escritura que a lo que realmente debiese de atender? El poema, cuando se da, no hace aspavientos. El caracol (la respiración, el pálpito) es uno con su concha: la forma viene dada, no ha de pretenderse. Para ello, hay que estar a la escucha, y esa es la tarea: ponerse a la escucha. 

Así que, volviendo a tu pregunta: el poema puede hacer algo al respecto, sí, pero su público es limitado. Tengamos en cuenta que, hoy en día, cada persona recibe lo que sabe que le gusta. Una de las consecuencias más nefastas de la industria comercial es la retroalimentación: el individuo recibe tan solo más de lo mismo. Pocas brechas hay por las que nos pueda llegar algo distinto, algo que desconocemos y que nos abra, sorpresivamente, perspectivas diferentes.     

– Sé que se alarga mucho este diálogo y aún no hemos hablado de La herida en la lengua ni de Medea, libro muy reciente, de 2020, con el que se cierra la antología. ¿Hacia qué direcciones nos conducen ambas obras?

– La herida en la lengua podría considerarse como un recorrido del yo al nosotros. Pero también del lenguaje en busca de sí mismo para decir la herida –la propia, la de todos– y termina en un balbuceo. Cómo pasar de la superficie (el lugar de la comunicación) al abajo y allí seguir contando. Cómo decir el abajo desde el abajo. Esa sería la pregunta. Una de ellas. Medea será la que, más tarde, vuelva de sus ínferos para hablar.      

«UNA DE LAS CONSECUENCIAS MÁS NEFASTAS DE LA INDUSTRIA COMERCIAL ES LA RETROALIMENTACIÓN: EL INDIVIDUO RECIBE TAN SOLO MÁS DE LO MISMO. POCAS BRECHAS HAY POR LAS QUE NOS PUEDA LLEGAR ALGO DISTINTO, ALGO QUE DESCONOCEMOS Y QUE NOS ABRA, SORPRESIVAMENTE, PERSPECTIVAS DIFERENTES.»     

– En Medea el gran tema es la compasión. Se trata de una entrega que anima a abandonar los prejuicios, a ponerse en la piel de los otros, incluso de los verdugos, para comprender, para mejor comprendernos. ¿Es en este punto en el que se encuentra ahora Chantal Maillard?  

– No exactamente. La serie –inédita hasta la fecha– que cierra el volumen se llama Después de Medea. Indica una salida. Del yo lingüístico, en principio. El nosotros se amplia más allá de lo humano. El lenguaje de los árboles es algo fascinante. Muchos filósofos pensaron probar la superioridad de nuestra especie por su capacidad de lenguaje. Lo único que probaron con ello, en realidad, es nuestra incapacidad para comprender otros lenguajes. Queremos “entenderlos” y disponemos el oído lingüístico, del mismo modo que lo hacemos para descifrar nuestra sintaxis. No han sabido ladear la cabeza, inclinar el oído.      

Otro momento de Maillard en escena, poniendo voz a los poemas de «Matar a Platón».

– Los versos y textos inéditos en prosa indagan en la búsqueda de lo desconocido, de lo extraño. Hay reflexiones sobre la poesía y la filosofía. ¿Qué las acerca, qué las aleja? “¿Qué tipo de paisaje le corresponde a la poesía y cuál a la filosofía?,” te preguntas. Es una cuestión central en tu trayectoria. ¿Cómo haces convivir ambos territorios; cómo se nutre el uno del otro?

– Sobre filosofía y poesía se ha escrito mucho. Casi siempre buscando un acercamiento. María Zambrano acertó mejor al distinguir entre ellas: la filosofía es búsqueda, la poesía es respuesta, decía. Ciertamente, se trata de dos actitudes diferentes. La primera dispone los instrumentos en la mesa y se dispone a analizar el objeto. Porque la filosofía siempre convierte en objeto aquello que investiga, y el que investiga, en sujeto. De esta manera crea una distancia. Ser objetivo es mirar a distancia. La escritura poemática, en cambio, es una escucha. Y cuanto más logre el que escribe vaciarse de sí mismo –y de su propia voluntad–, mayor será el campo de su atención. Mezclar las dos actitudes: la que investiga y la que atiende, la que busca y la que recibe, no suele dar buenos resultados. La bisagra es un límite extremadamente afilado: un momento de inatención y el pie resbala hacia uno u otro lado. 

– Esta parte final se acompaña de unos dibujos muy misteriosos. ¿Qué supone para ti el dibujo, los trazos sin palabras? ¿Una mayor necesidad de silencio?

– Henri Michaux fue, durante años, en busca de una pre-lengua, una lengua que pudiese decir mejor la realidad tal como la percibía. Fracasó en el intento, así que abandonó el proyecto y se puso a pintar. Yo no sé pintar. Rara vez tengo ese impulso. Pero hay cosas que no caben en la lengua. O para las que no hay fuerzas suficientes. En los meses de tratamiento quimio y radioterápico que siguieron una intervención quirúrgica, me puse a dibujar mis sueños. Relatos oníricos que ocupaban el espacio del folio de acuerdo con la lógica del sueño. La claridad simbólica de mis sueños siempre me ha maravillado. Es otra traducción, no lingüística. Los pequeños dibujos de la primera serie que forman parte de los inéditos no son más que pequeños fragmentos, pero ya dicen más de lo que podría jamás haber escrito.  

– Por último: ¿Quiénes son, además de los maestros orientales antiguos, esos otros autores que acompañan a Chantal Maillard en todo momento? Es evidente que su obra abre muchos diálogos, muchos espacios de complicidad. Yo he atisbado a John Cage y he vuelto a su Silencio; también al filósofo Jean-Luc Nancy y sus reflexiones sobre la fragilidad. He encontrado asimismo paralelismos con Josep Maria Esquirol y con Donna Haraway (su idea de “pensar, imaginar, tejer modos de vida en un planeta herido”). Me parece que este enriquecedor cauce de afinidades es una de las cosas más maravillosas de la creación y del acto de la lectura. ¿Estás de acuerdo?

– El pensamiento ocupa un espacio, es materia también. No ha de extrañarnos que percibamos de algún modo algo de lo que otros tejen en ese espacio; de ahí, quizás, las confluencias. Tengo por principio no leer en las épocas de escritura. Y, a la vejez, prefiero la compañía de los mirlos, los cernícalos que pronto volverán a anidar en mi terraza y de los que estoy aprendiendo el idioma, los árboles, que hablan “claro y distinto” como quería Leibniz que hiciese la razón, y, por supuesto, las nubes, que cada día me dibujan un horizonte distinto. Hay un tiempo para crecer y otro para menguar; un tiempo para hablar y otro para callar. Para acallar la mente es preciso dejar de alimentarla. Y esto es lo que toca ahora.

Chantal Maillard. Foto por Anna Oswaldo Cruz.

Lo que el pájaro bebe en la fuente. Poesía reunida 2004-2020, ha sido publicado por Galaxia Gutenberg. Las composiciones de Chantal Maillard se acompañan de un estudio preliminar de Virginia Trueba Mira y de una posdata de Miguel Morey. En el mismo sello se ha editado el ensayo Las venas del dragón.

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Lo que el pájaro bebe en la fuente y no es el agua: la poesía reunida de Chantal Maillard

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Chantal Maillard reúne sus poemas en Lo que el pájaro bebe en la fuente y no es el agua. Más de 800 páginas al cuidado de una de las grandes conocedoras de su obra, la profesora Virginia Trueba, que introduce el volumen con un pormenorizado estudio preliminar. Lo acompaña una Posdata del filósofo Miguel Morey.

Pasar entre las formas como un animal entre la hierba, quedando tan solo la fragancia en su pelaje. Aspiro a ser el humilde aprendiz de ese animal.Así define Chantal Maillard (Bruselas, 1951) la labor de escritura que arrancó hace casi tres décadas y con la que ha fundado un territorio híbrido, abierto, fronterizo, entre la poesía y la filosofía, el ensayo y la reflexión diarística, lo personal y lo colectivo, lo humano y lo no humano… La obra de Maillard aspira a encarnar el trabajo de la conciencia y al mismo tiempo a curarnos de nuestra ceguera como especie, nuestro orgullo desmedido. Este volumen, que reúne la obra estrictamente poética compuesta en lo que llevamos de siglo, de Matar a Platón (2004; Premio Nacional de Poesía) en adelante, es una lección de vida y pensamiento, capaz de iluminarnos y darnos consuelo, alivio. Lo dice ella misma: ‘Escribo para que el agua envenenada pueda beberse’.

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«Lo que bebe el pájaro lo encontramos en pequeños indicios, muchos de ellos cotidianos, y también en grandes sucesos, siempre que sepamos eliminar en ellos la grandiosidad. Lo que bebe el pájaro, lo que quisiera beber, es lo que acontece sin que medie en ello razón alguna, dada que la razón, tanto en su uso común como en el científico, arbóreo o plano, siempre trabaja atendiendo a resultados. Digamos que lo que bebe el pájaro es un trazo o una estela, la de un punto en movimiento. El pájaro lo encuentra porque está sediento.» (‘El pájaro. Variaciones sobre poesía y pensamiento’ en ‘La baba del caracol’)

Chantal Maillard, Lo que bebe el pájaro en la fuente y no es el agua. Poesía reunida 2004-2020. Galaxia Gutenberg, 2022.

En librerías el 2 de febrero 2022

Maneras de estar vivo. Baptiste Morizot

Hace mucho tiempo surgió una especie que decidió separarse de las otras diez millones de especies que habitaban la Tierra: aunque todas eran necesariamente sus parientes, optó por llamarlas «la naturaleza», y así empezó a verlas como cosas, meros recursos a su disposición.

Este relato es nuestra herencia, y su inimaginable violencia ha dado lugar a la actual y devastadora crisis ecológica. El presente libro pretende dar un golpe de timón frente a esta situación: armar (en el doble sentido de la palabra) una filosofía de los seres vivos que sea tanto una política como una praxis.

Para ello Morizot se aleja de toda creación convencional de pensamiento, pues su filosofía surge de la práctica sobre el terreno y de la experiencia del rastreo. Morizot no es un naturalista al uso. Ni siquiera un biólogo. Es un filósofo que reflexiona sobre lo vivo como ningún otro que hayas leído, un perseguidor que puede pasar largas jornadas rastreando a una manada de lobos o noches enteras esperando a que un oso aparezca en la pantalla de una cámara térmica. Entre el thriller etológico y la filosofía salvaje, con las botas perdidas de barro, oliendo a sudor y a bosque, Morizot trata de ofrecer respuesta a las preguntas que hoy de verdad nos importan:

¿Cómo reconectar con los seres vivos mediante una ecosofía sencilla, resiliente y alegre?

¿Cómo oponer al tecnocapitalismo una reactivación de nuestras propias fuerzas vitales anestesiadas?

¿Cómo sustituir la pulsión de control y domesticación por un ethos del encuentro y la acogida?

¿Cómo comportarse de un modo adecuado con todo aquello que vive y, sin embargo, difiere de nosotros?

¿Cómo construir colectivamente un planteamiento político que aúne la imprescindible convivencia con los otros seres vivos y la lucha sin cuartel contra aquellos que destruyen el tejido de la vida?

Baptiste Morizot, Maneras de estar vivo. LA crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Trad. Silvia Moreno Parrado, Ed. Errata Naturae, 2021.

«Baptiste Morizot, auténtico filósofo de campo, es sin duda la referencia intelectual del actual pensamiento ecológico. No sólo inventa un nuevo cosmopolitismo, sino que dibuja una nueva y esperanzadora diplomacia de lo salvaje». Nicolas Truong, Le Monde

«Baptiste Morizot lidera una batalla cultural para repensar la convivencia entre el ser humano y el animal, uno de los grandes temas del siglo XXI». Mathieu Vidar, France Inter

«Maneras de estar vivo es un ensayo extraordinario. En él, el filósofo Baptiste Morizot, figura emergente del pensamiento ecológico, da un vuelco a los marcos habituales de interpretación de la crisis de la biodiversidad y nos invita a repensar radicalmente nuestra relación con los seres vivos no humanos que nos rodean». Mathieu Dejean, Les Inrockuptibles

«Maneras de estar vivo nos propone un nuevo humanismo descentrado que se desarrolla mediante una forma rica y original de investigación en la frontera de la literatura, la etología y la filosofía». Alexandre Gefen, Le Nouveau Magazine Littéraire

Chantal Maillard: “Hay cosas que no pueden enseñarse si no es callando”

Chantal Maillard ©Bernabé Fernández

Esther Peñas 3/11/2021

Resulta molesto restringir a Chantal Maillard (Bruselas, 1951) a una única etiqueta, sea la traductora, ensayista, filósofa o especialista en religiones en la India, así que escojamos la más genérica, profunda y vital, la de poeta. Su último texto, Las venas del dragón (Galaxia Gutenberg), es una propuesta para que revisemos nuestros modelos de pensamiento a partir de las enseñanzas de las tres corrientes de sabiduría china: el confucianismo, el taoísmo y el budismo, de manera que podamos incorporar algunas cuestiones que podrían ser beneficiosas no sólo para cada uno de nosotros, sino para la sociedad y el planeta, como cierta educación del carácter, una sabiduría (y política) del hábitat que supere el discurso eco-lógico o la necesidad del silencio y la atención.

Tal vez el colapso, no ya que se pronostica sino que se está produciendo, pueda reconducirse con un buen gobierno (método de Confucio), la armonía con el entorno (enseñanza de Laozi) y una honda comprensión de nuestra naturaleza (sabiduría de Gautama). Tal vez.

Cierra este ensayo Maillard con un capítulo dedicado a las artes, indispensables en el pensamiento chino para vaciar la mente. Tal vez sea provechoso pensar las cosas de otro modo. Hacer las cosas de otro modo. Tal vez.

Se cita en el pórtico del libro a Bai Juyi, uno de los más grandes poetas de la dinastía Tang (siglos VII-X), [citando a Laozi]: “El que habla, no sabe, el que sabe se calla”. Pero si “el que sabe calla”, ¿cómo aprenderemos el resto?

La ironía del poeta desarma, en efecto. Aristóteles decía que tenemos la obligación moral de enseñar a los demás lo que hemos aprendido. Pero, claro, la moral es política, y no es a ese orden de cosas a lo que Laozi se refería. La diferencia entre Aristóteles y Laozi es la que separa los saberes exotéricos, los que se enseñan en las academias, de los esotéricos, aquellos que se transmiten a puerta cerrada pues tienen que ver con un tipo de observación que requiere cierto retiro y silencio. Hay cosas que no pueden enseñarse si no es callando. La serenidad, por ejemplo, ante los males que nos afectan, o la conciencia del yo, cosas a las que sólo se puede acceder aprendiendo a invertir la mirada. Sin embargo, me parece que ha llegado el momento de difuminar la línea que separa lo exotérico de lo esotérico.

“Ver lo propio a partir de lo ajeno es mucho más interesante, casi siempre, que considerar lo ajeno desde lo propio”

Cuando el filósofo Michel Serres utilizó el paso del Noroeste entre el océano Atlántico y el Pacífico como metáfora del tipo de razón que pudiese salvar la distancia entre las denominadas “ciencias exactas” y las “ciencias humanas”, entre el saber establecido y “el saber salvaje”, como lo llamaba, no imaginaba que los hielos de Groenlandia y de Alaska llegarían a fundirse. Quizás sea este el momento de que, a imagen de lo que está ocurriendo en la geografía marítima, se abriese ahora ese paso entre las distintas formas que tenemos de acercarnos al mundo. Quizás sea tiempo de que los grandes hielos de la objetividad científica se derrumben y la razón adopte otros caminos, sumando a la lógica del entendimiento la intuición sensible y la capacidad de invertir la mirada para observar, en lo propio, ese lugar donde el conocimiento se fragua al tiempo que el paso de las imágenes, los estados anímicos y los procesos no conscientes.

Bucear en las antiguas sabidurías, no sólo de la tradición heredada sino de las ajenas, puede ayudarnos en esa empresa. Ver lo propio a partir de lo ajeno es mucho más interesante, casi siempre, que considerar lo ajeno desde lo propio, como hemos hecho hasta ahora.

Parménides tuvo la culpa. A partir de él, los griegos (y, por extensión, los occidentales) comenzamos a pensar en términos del ser (y no ser), es decir, conceptos que, como en el árbol de Porfirio, resultan excluyentes. Taoísmo, Confucionismo y Budismo, integran. ¿De qué modo condiciona la manera de estar en el mundo ese modo contrapuesto de pensar?

El problema no es tanto pensar en términos de opuestos como otorgarle valor a uno de los polos en detrimento del otro. Desde tiempos ancestrales, los chinos han concebido el universo como un sistema dinámico cuyo proceso depende de la alternancia de los opuestos: dos principios activos o fuerzas complementarias que intercambian sus valores cuando llegan a su extremo (lo fuerte se convierte en débil, la luz en sombra, etcétera). Mientras los griegos apostaban por el “hay” en busca de definiciones, los chinos nunca perdieron de vista la función indispensable del “no-hay”, así en su cosmología como en sus matemáticas, en las que operaban, desde muy antiguo, con números negativos.

“Pensar el mundo como proceso, como transformación e interdependencia es, sin duda, lo que necesitamos”

¿Qué pueden aportar hoy en día estas tres corrientes al modo de pensar occidental?

Concebir el mundo a partir del ser es apostar por una realidad estable, susceptible de ser controlada y manipulada. Estamos teniendo últimamente muchos ejemplos de que no es así, y de que es más útil saber adaptarse y prever que intervenir en el proceso. Esta previsión es lo que los chinos buscaban con la observación de los patrones de los cambios. El Libro de las mutaciones, que está en la base tanto de la cosmología taoísta como de la ética confuciana (recordemos que sólo estas dos corrientes son autóctonas; el budismo se importaría de India más tarde), más que un libro de adivinación, como se ha querido entender, es un sistema de representación basado en el cálculo binario. La observación de sus posibles combinaciones les permitía estimar las situaciones, inferir las posibilidades de su desarrollo y, por tanto, tomar las decisiones más adecuadas. Podría entenderse como un diagrama de la complejidad. Pensar el mundo como proceso, como transformación e interdependencia es, sin duda, lo que necesitamos ahora para poder construir la ethopolítica necesaria para un cambio de rumbo.

¿Es posible un entendimiento entre estas sendas que buscan la quietud, el sosiego, el equilibrio, y nuestro sistema, que promueve la agitación, el ajetreo constante?

Somos conscientes de que, sin ciertas importantes modificaciones, este sistema acabará por explotarnos entre las manos. La agitación que caracteriza nuestras sociedades, y de la que el sistema se alimenta, está llegando a un punto de desequilibrio difícilmente recuperable. Sólo hemos de ver el estado de pérdida absoluta de la población joven cuando las redes se caen por unas horas. Des-vinculados, dejan de saber qué hacer consigo mismos, ni cómo restablecer los vínculos naturales sustituidos por las máquinas, de los que ya ni siquiera son conscientes. Introducir en nuestra vida y la de los más jóvenes ciertos momentos de silencio y de atención interior podría ser una de las primeras medidas que hiciese posible cierta (aunque improbable) reversión del proceso.

“El cuerpo tiene modos de conocer más intuitivos (más inmediatos) y abarcantes que la mente abstracta”

En términos taoístas, se trataría de hallar y procurar mantenerse en el punto neutro en el que, equilibradas, las fuerzas opuestas suspenden su movimiento. Esa vacuidad, esa quietud, es también el punto en el que se origina todo cuanto acontece.

Usted propone que el discurso ecológico se sustituya por una ecosofía cuyas raíces encontramos en estos sistemas de pensamiento. ¿Por qué no sirve la ecología y sí podría hacerlo una oiko-sophia, una ‘sabiduría del hábitat’?

Es, más que nada, una cuestión terminológica. Pero, como bien sabemos, los conceptos acarrean ideas y modos de actuar. Cambiar la eco-logía por una eco-sophía, supone salir del orden racional del discurso (logos) acerca del hábitat (oikos) para entrar en otro tipo de racionalidad en la que a la capacidad intelectiva se sume la percepción sensible o, mejor dicho, sensorial. El cuerpo tiene modos de conocer más intuitivos (más inmediatos) y abarcantes que la mente abstracta. Se trataría de recuperarlos. Es lo que en otra parte he denominado “razón estética”.  

Estas tres corrientes se ‘pervierten’ cuando se instituyen, cuando se convierten en institución, y se normativizan las enseñanzas de los maestros. ¿Indefectiblemente todo intento de consignar la sabiduría de este modo está abocado al fracaso?

Este es el gran escollo de los aprendices de sabios que, no habiendo aprendido el fondo, se ciñen a la letra y la propagan. Vacía de materia prima, al nombre del maestro se le adhiere un -ismo (bud-ismo, cristian-ismo, tao-ismo, material-ismo, comun-ismo, etc.) y, de esta manera, cargada de ideología, la enseñanza se convierte en doctrina. Y nada hay más peligroso que una doctrina cuando a las ideas se les asocia una emoción.

Lamentablemente, las tres escuelas de las que nos ocupamos se convirtieron muy pronto en religiones. La necesidad que tenemos los humanos de perdurar más allá de la muerte es una debilidad de la que muchos se aprovechan. De allí que deba hacerse hincapié en la necesidad de separar las enseñanzas originales de sus derivaciones doctrinarias o pseudo-místicas.

¿Es posible creer en la bondad del ser humano, como aseguraba Mencio, uno de los filósofos más eminentes del confucianismo (siglos IV y III a. C.)?

La polémica que en Europa se entabló en los siglos XVII y XVIII con Rousseau y Hobbes a este respecto, había tenido lugar en China ya en el siglo IV entre dos seguidores de Confucio, Mencio y Xunzi. Mencio creía en la bondad natural del ser humano; Xunzi, en cambio, defendía su maldad constitutiva.

Los taoístas, por su parte, zanjarían la cuestión de forma expeditiva. Las distinciones de orden moral lo único que hacen es sembrar confusión –dirá Zhuangzi–, no pienso entrar en estas cuestiones. ¿Cuánto dista el bien del mal? –preguntará Laozi– El sabio ha dejado de saberlo.     

¿Tiene sentido el yo –sea lo que quiera que sea– sin su dimensión social (vemos cómo se está hurtando: los cuerpos al otro lado de la pantalla, las relaciones que se crean y desarrollan en redes…)?

Al otro lado de la pantalla estamos todos, en Occidente como en Oriente, en el Norte como en el Sur. Pero, aunque estemos en persona frente a otro, ¿no estamos siempre de algún modo al otro lado de la pantalla? ¿No es el yo la máscara (la “per-sona”) que, fabricada a lo largo de los años mediante la repetición, ofrecemos al otro? Y ¿no llegamos acaso a vernos, luego, tal y como el otro nos ve? Este síndrome de auto-representación que nos lleva ahora a construirnos la imagen para colgarla en las redes ¿no es acaso la mejor prueba de que sin ellas, sin nuestras imágenes, no hay nada, en realidad, que nos defina?

“El deseo es la causa del sufrimiento”, pero Lacan dijo que somos seres deseantes. ¿No hay manera de conjugar ambas posturas?

No son contradictorias. Precisamente porque somos seres fundamentalmente deseantes es por lo que sufrimos. Todo aquel que desea algo, si lo tiene o si lo alcanza teme perderlo, si no lo alcanza lamenta no tenerlo. Tanto el deseo de tener lo que no se tiene como el deseo de no tener lo que se tiene originan malestar y sufrimiento. El budismo parte de ese punto.

“Es preciso volver a insertar la muerte en el propio continuo de la vida. Todo lo que vive viene cargado de muerte”

Si todo se transforma, ¿no hay muerte posible?

La revisión del concepto de la vida es sin duda una tarea que tenemos pendiente los occidentales. Es preciso volver a insertar la muerte en el propio continuo de la vida. Todo lo que vive viene cargado de muerte, la de los otros de los que se alimenta, y la suya propia; y toda muerte da origen a la vida. No son dos estados sino un solo proceso ininterrumpido.

Desde esa perspectiva, una vez desasido de la propia individualidad ¿qué o quién podría permanecer?, pero, al mismo tiempo, ¿qué o quién podría morir?  

Hay muchos más, pero especialmente tres nombres sustentan estas páginas: Confucio, Laozi y Gautama. ¿Qué importancia tiene la figura del maestro? ¿Cómo sabe el maestro que su enseñanza ha concluido?

Todo depende del fin que se persigue. La meta de Confucio era que sus discípulos supiesen situarse en el justo medio. La de Siddharta Gautama, eliminar el deseo (y, por tanto, calmar el proceso mental). En el caso de Laozi (que nunca formó escuela), la idea era vivir en armonía con el curso. La noción de dao, que, por cierto, es muy anterior al taoísmo, además de significar “vía”, “camino” o “curso”, también significa “método”, un término cuya etimología griega nos remite igualmente a la idea de estar en camino (odós). De modo que, en estas enseñanzas, el fin es algo que no se alcanza nunca de una vez por todas, sino que ha de reactualizarse continuamente. La idea de alcanzar un fin tan sólo tiene sentido desde la perspectiva de un universo lineal y cerrado; en un mundo en perpetua mutación todo fin coincide con el comienzo. El camino consiste precisamente en estar en camino.   

Ese no hacer de Zhuangzi, ¿tiene algo que ver con el preferiría no hacerlo, de Bartleby?

No creo que debamos extrapolar los discursos. El no-hacer del taoísmo no es un no hacer nada, sino un actuar sin que el yo intervenga. No se trata de dejar de actuar, sería imposible –la existencia es acción y decidir no hacer algo también es una acción–, se trata de desprenderse del interés personal. Todo, en el universo, está interrelacionado y funciona de acuerdo con un orden. La voluntad humana se equivoca si interviene sin tener en cuenta las relaciones entre las distintas cosas y los distintos reinos. No-hacer es, por tanto, aprender a no intervenir. Adaptarnos al proceso en vez de tratar de adaptar el proceso a nuestros fines. Esto es algo que debería hacernos reflexionar.

El último capítulo del ensayo está dedicado a la estética como sabiduría. ¿De qué manera la belleza es sabia y muestra o enseña a quien la contempla?

La belleza es un invento europeo que data del siglo XVII. El término proviene, en realidad, del adjetivo bonum, bueno. No existe ese concepto en otras tradiciones, en las que el arte siempre ha tenido una utilidad. Si las artes, en China, pueden entenderse como camino de sabiduría es porque son un instrumento para la concentración, algo previo e indispensable para conseguir vaciar la mente y suspender su curso. Sólo entonces el artista estará en disposición de captar la resonancia de las cosas y sumarse a su trayectoria.  

La gran aportación taoísta a la estética china es el trabajo con el blanco, con el vacío; mientras que al occidental le produce vértigo y tiende a rellenarlos, en la pintura china las líneas están al servicio de realzar ese blanco. ¿Por qué nos cuesta tanto mirar al vacío?

Bueno, esta es la diferencia entre entender que lo que hay esencialmente es el “ser” o entender que lo que hay es “vacío”. Para la concepción china, todas las formas surgen del vacío. El vacío está, digamos, preñado de formas, que nunca se mantienen, sino que continuamente se de-forman y trans-forman. Lo que el artista chino quiere aprehender y re-presentar es esa evanescencia, esa vacuidad original.

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https://ctxt.es/es/20211101/Culturas/37688/chantal-maillard-las-venas-del-dragon-confucio-laozi-gautama.htm

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Viajar por las venas del dragón con Chantal Maillard

Desde épocas ancestrales el universo ha sido concebido en China como un sistema de resonancias en el que no existen cosas ni seres sino fuerzas activas en perpetua mutación. No hay nada en él que actúe por separado, nada que no dependa de todo lo demás. Considerar el medio desde esa perspectiva puede sin duda ayudarnos en la elaboración de la ecosofía y la ethopolítica que se precisan actualmente para transformar nuestras sociedades.

Nunca como ahora ha sido tan acuciante la percepción de la necesidad de un cambio de parámetros y tan imperiosa, por tanto, la responsabilidad de educarnos en este sentido. Las enseñanzas iniciales de las tres corrientes de pensamiento de las que se ocupa este libro pueden ayudarnos en este empeño. El buen gobierno (confucionismo), la armonía con el entorno (taoísmo) y la profunda comprensión de nuestra propia naturaleza (budismo) se presentan como tres ingredientes imprescindibles para evitar la catástrofe que se avecina.

Que estas propuestas lleguen alguna vez a ser conjuntamente algo más que una utopía es realmente poco probable, pero quizás valga la pena recuperarlas ahora desde otros lugares.

Chantal Maillard, Las venas del dragón. Confucionismo, taoísmo y budismo. Galaxia Gutenberg, 2021.

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En librerías este próximo miércoles 29

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En la estela del mito con Mireia Rosich

Editorial Kairós: En la estela del mito

¡Nuestra particular enhorabuena a nuestra compañera de manada, Mireia Rosich, que ha inscrito su primera huella en la estela de otros.as estudiosos.as de estos valiosos mapas del conocimiento de la psique humana que son los relatos míticos!

Las grandes verdades de la humanidad presentes en la mitología continúan vigentes porque son relatos que hablan a lo más profundo de nuestra psique. Aquello que sucede en el mito nos pasa a nosotros. Este libro explora de forma original la resonancia que estas historias milenarias tienen en la actualidad.

La autora nos invita a un viaje apasionante alrededor de doce figuras femeninas, a través de las cuales actúan las fuerzas divinas, mostrándonos su ambivalencia y sus contradicciones. Con una mirada fresca que entrelaza mito, símbolo, arte y vivencias, descubrimos que, quizá sin saberlo, hoy luchamos como una Amazona, nos arrebata la pasión como a Helena, abrimos cajas prohibidas como hizo Pandora, tejemos y destejemos como Penélope. Cada personaje trae consigo un mensaje que proyecta un reflejo en nuestro interior. Los mitos que nunca fueron están siempre aconteciendo, los encarnamos día a día.

Mireia Rosich, En la estela del mito. Doce figuras femeninas de la Antigüedad clásica. Ed. Kairós, 2021.

Soñar en tiempos de pandemia con Chantal Maillard

Chantal Maillard nos presenta 7 utopías para soñar con los ojos bien abiertos

¿Tienen las utopías más posibilidad de concretarse como posibilidad en estos tiempos extraños? ¿O bien la muerte que acecha –ahora en forma de virus– se convertirá muy pronto en otro de los fantasmas cuyas apariciones desarticulamos para que no nos afecten y podamos seguir con nuestra inercia individual y social? ¿Podemos plantear la posibilidad de un cambio de mentalidad que nos permita comprender que formamos parte de un planeta para el que nuestra especie es pandémica?

La filósofa y poeta Chantal Maillard impartió el lunes 22 a las 18:30 horas una conferencia bajo el título Soñar en tiempos de pandemia, en la que se debatirán todas estas cuestiones y muchas otras.

El acto se puede seguir íntegramente en La Vanguardia, así como de forma presencial con reserva o en diferido. El filósofo, periodista y director de la Escola Europea d’Humanitats, Josep Ramoneda, presentará el encuentro, que cuenta con el apoyo de la Fundació La Caixa y se celebra en el Palau Macaya de Barcelona.

A cargo de: Chantal Maillard, filósofa y poeta

Presentador y moderador: Josep Ramoneda, filósofo, periodista y director de la Escola Europea d’Humanitats, presentará el encuentro, que cuenta con el apoyo de la Fundació La Caixa y se celebra en el Palau Macaya de Barcelona.

https://palaumacaya.org/es/p/sonar-en-tiempos-de-pandemia_a14067173

La escritura indómita de Mary Oliver

«Esta colección de ensayos nos muestra cómo se entrelazan el mundo natural, espiritual y artístico en la obra de Mary Oliver. Página tras página, el libro crece y se expande. Un libro poderoso». The New York Times

Mary Oliver es una de las voces más influyentes de la literatura contemporánea. En Estados Unidos ha sido laureada con las más importantes distinciones en el ámbito de la poesía, pero Mary Oliver es también una ensayista excepcional, a la altura de las figuras más destacadas de la nature writing, como Annie Dillard o Robert Macfarlane. Y, entre sus obras de no ficción, La escritura indómita ha sido reconocida como su libro de referencia. A lo largo de esta serie de ensayos, la autora va conformando su visión de la naturaleza, de la poesía y del sagrado cordel que liga a la una con la otra, pero siempre alejada de toda teoría y a partir de los recursos más inesperados, vitales y fructíferos: recuerdos en principio azarosos, paseos sin destino, sonidos que se hacen voz, lecturas que retornan… 

A través de una prosa que, como no podía ser de otro modo, conserva un profundo aliento poético, La escritura indómita se funda en una suerte de impulso ético, pero siempre embarrado, ligado a la tierra y al camino, como debe ser toda ecología. Así, de un texto a otro de este volumen aprendemos o recordamos que lo que nos hace mejores no es ser «buenos», sino permitir que el esquivo animal que habita nuestro cuerpo ame aquello que de verdad ama. Que no estamos en el mundo para conocer, sino para prestar atención. Que ciertas aves saben más de la vida que nosotros, que hay que escuchar a las flores cuando hablan y que los ríos son importantes porque en ellos encontramos compañía. Que si de pronto me siento feliz es mi deber entregarme a esa felicidad. Y que, al final, la existencia consiste en una única tarea: aprende a amar este mundo. Mary Oliver se pregunta continuamente cómo vivir, y sus ensayos no dan respuesta, pero sí consuelo.

«Leer a Mary Oliver es desprenderse de la mota de polvo que enturbia nuestra mirada y enfocar la vista hacia la cúpula celeste que nos rodea. Cuando terminas cada una de sus frases, perfectas, bellas y reveladoras, no puedes evitar sentir la inmersión transformadora que produce la prosa de esta poeta siempre en estado de gracia». Chicago Tribune

Mary Oliver, La escritura indómita, trad. Regina López Muñoz, prólogo de Elena Medel, Errata Naturae, 2021.

© Rachel Giese Brown

Y mientras preparaba esta entrada, encontré este fragmento acerca de la atención extraído del libro de Mary Oliver, “Our World”. Os lo dedico pensando en la sesión lobuna de ayer cuando hablamos en torno a la importancia de la cultura de la atención a raíz de la intervención de Montserrat.

“Se ha remarcado con frecuencia acerca de mi forma de escribir, que yo enfatizo la noción de atención. Esto empezó de forma simple; observar la manera en la que vuela el pájaro carpintero es muy diferente de la manera en la que la golondrina juega en el aire dorado del verano. Me proporcionaba placer darme cuenta de estas cosas, lo consideraba un buen primer paso. Pero, más adelante, viendo la manera en la que M. sacaba fotos, y observándola en el cuarto oscuro, al revelarlas, y además viendo la intensidad y la apertura con la que trataba con sus amigos, y con los extraños, entendí lo que significaba de verdad prestar atención. Empecé a comprender que la atención sin emoción no es más que un reportaje. Se necesita una apertura, una empatía, para prestar verdadera atención.”

Extracto de Mary Oliver, “Our World” (Fotografías de Molly Malone Cook, texto de Mary Oliver). Boston, Beacon Press, 2007.

Mary Oliver fue una de las poetisas americanas más influyentes. Ganó el premio Pulitzer de poesía. Murió recientemente, en enero del 2019, a los 84 años. La fotógrafa Molly Malone Cook, que murió en 2005, fue su pareja durante años. A los dos años de su fallecimiento, Mary quiso homenajearla en un libro, mitad recuerdo evocador mitad reflexión sobre la vida, el amor y el proceso creativo, entrelazando las fotografías de Molly con fragmentos de su diario y sus propios textos. “Our World” (Nuestro mundo) es el maravilloso resultado de este homenaje.

En busca del sueño perdido

¿Por qué soñamos? ¿Para qué? El neurobiólogo brasileño Sidarta Ribeiro se enfrenta a estas preguntas en ‘El oráculo de la noche’, un ensayo que resume los avances de una nueva disciplina: la ciencia onírica. Su libro forma parte de una creciente atención editorial al mundo del descanso nocturno en estos tiempos en que la pandemia ha acentuado el insomnio y la distracción tecnológica

JUAN ARNAU | 30 ENE 2021

'Autorretrato en el agua' (1991), de Robert Stivers.
‘Autorretrato en el agua’ (1991), de Robert Stivers.

Los sueños son como las estrellas, cuando los observamos, vemos un mundo antiguo. Además, son tan delicados que parecen no soportar nuestra mirada y el observador enseguida se transforma en observado. Pero ¿qué es un sueño?, ¿por qué soñamos?, ¿para qué soñamos? Las preguntas se multiplican. ¿Cómo extraer el sentido simbólico de los sueños? Y, más difícil todavía, ¿dónde hemos de buscar ese sentido?, ¿en la vigilia o en el propio sueño?

Para la filosofía de las upanisad, la vida es un viaje a través de diversos estados de conciencia. El sueño, la vigilia y el sueño profundo. El primero nos inspira, en el segundo situamos el significado, el tercero nos borra y borra las cosas. Cada uno tiene sus reglas, y sus cuitas. Hay un cuarto estado, es el modo en el que la mente india concibe la realidad. Se llama moksa: liberación. Para la mentalidad actual la situación es bien distinta. Esa diferencia se expresa en las lenguas modernas, que oponen el sueño a la realidad. “¡Esto no es un sueño, es real!”, decimos cuando algo nos sorprende (una pandemia, una escena surrealista, una goleada). Pero los sueños pueden ser más reales que la realidad misma. Lo vemos en las enfermedades mentales, que comparten con los sueños las alucinaciones, los delirios y cierta “flexibilización de la lógica” (o de la identidad). Desde un punto de vista cualitativo, las alucinaciones que provocan la ayahuasca, la esquizofrenia o los sueños difieren poco. Las dos primeras tienen un mayor grado de intensidad y viveza, son mejores narraciones (y más dolorosas) que la última, si se trata del sueño anodino del burgués.

Los científicos nacidos en culturas con un pasado indígena todavía vivo tienen una actitud más abierta hacia innovaciones retroprogresivas que los del mundo anglosajón (educados en el voluntarismo, el puritanismo, y devotos de un determinismo que deja poco espacio a la inspiración). El neurocientífico brasileño Sidarta Ribeiro es un buen ejemplo de esa mentalidad científica abierta y desprejuiciada. En su libro El oráculo de la noche conviven las narrativas oníricas y esa otra narración que llamamos neurociencia. Un tema fascinante y evanescente que rastrea los avances de una nueva disciplina: la ciencia onírica.

Para la Inquisición, la revelación onírica era blasfema. El racionalismo la deslegitimó como fuente de conocimiento

En el siglo XVI, la cristiandad consideraba la revelación onírica como fuente de blasfemia y la Inquisición se ocupó de aplacarla. La decadencia del sueño como fuente legítima de conocimiento fue ratificada por el racionalismo. Karl Popper sostenía que era imposible una ciencia del sueño porque el sueño era irrefutable, y para que algo sea científico tiene que ser refutable. Un buen ejemplo de esa actitud retrógrada lo tenemos en científicos influyentes como Daniel Den­nett, que se niega a aceptar la existencia de los sueños. Dennett considera que el sueño es un fenómeno de la vigilia, una rápida reelaboración realizada por el cerebro despierto. Pero las evidencias científicas en la última década han puesto en jaque esa opinión.

El arte de la noche puede penetrar en el arte del día. Los sueños son capaces de combinar con éxito ideas científicas. “El yo subliminal sabe discernir y adivinar, tiene tacto y delicadeza y triunfa donde el yo consciente ha fracasado”. Matemáticos como Poincaré (al que pertenece la cita) o Ramanujan (que recibía en sueños fórmulas matemáticas de la diosa Laksmi), químicos como Mendeleev, naturalistas como Wallace o filósofos como Descartes lo experimentaron. Pero al margen de estas excepciones, el sueño pasó a considerarse un pálido reflejo de lo que ocurre en la vigilia. Freud trató de rehabilitar los sueños como “vía regia” para explorar las profundidades de la mente, pero fue vilipendiado por la autoridad científica. La idea de que los síntomas corporales podían proceder de meros pensamientos (y no de lesiones cerebrales) no era aceptable para los neurólogos, y mucho menos la idea de que los pensamientos pueden cambiar el cerebro.

Miedo a la mente

Según la mayoría de los indicios, la esquizofrenia tiene un origen genético. Es decir, se encuentra asociada a experiencias pasadas que dejaron su rastro en la mente. Recuerdos que debían ser bloqueados vuelven cuando no tendrían que hacerlo, lo que aterroriza al paciente, que revive espectros del pasado. La psiquiatría moderna se ha centrado en bloquear esos recuerdos con inhibidores de dopamina y serotonina. Para el mundo antiguo estos delirios eran signos sagrados, presagios o guías, experiencias de contacto con el mundo sutil que hay tras los bastidores de la existencia. La civilización científica fue reduciendo esos diálogos a narraciones más elementales, con el propósito de intervenir en ellas desde fuera, con el objeto de cortar la conversación. Nadie lo ha expresado mejor que Foucault: “El conocimiento no está hecho para comprender, está hecho para zanjar”. Los locos o las personas psicóticas, que antes ardían en las hogueras, hoy se encierran o se atiborran de inhibidores de dopamina. Un signo inequívoco del miedo a la propia mente. El trabajo que antes hacía la Inquisición ahora lo hace el Estado, que asume la tarea de vigilar y castigar a esas personas en instituciones pagadas por los ciudadanos de orden.

A diferencia de la neurología, la psiquiatría trata con trastornos mucho más sutiles que no se revelan al examen neurológico. La investigación moderna ha detectado dos grandes tendencias en los delirios, la psicótica y la neurótica. En ambos casos está en juego la consideración de la identidad personal. El neurótico tiende a sublimar el yo; el psicótico, a diluirlo. Salvación del yo o liberación del yo, un viejo dilema que ya planteó el budismo. Nuestro mundo es esencialmente neurótico, y el antiguo e indígena, psicótico, aunque no faltan interferencias cruzadas entre ambos. En la medicina india tradicional, al esquizofrénico no se le saca de su estado por debajo (con depresores) sino por arriba, alentando su euforia. Los psicóticos han levantado el velo, mientras que los neuróticos viven enterrados en un montón de mantas. Ambos extremos claman por un equilibrio. Los primeros viven en un sueño intenso; los segundos, en uno anodino.

El sueño, que consolida los recuerdos, podría ser un episodio de psicosis indispensable para la salud mental

La tesis de Ribeiro es que el sueño podría ser un episodio de psicosis indispensable para la salud mental. Los estudios de neuroimagen muestran una notable similitud entre el sueño REM y la psicosis. Las fantasías oníricas podrían tener relación con los delirios esquizofrénicos y eso suponía un gran potencial terapéutico: la “vía regia” de Freud para acceder a las profundidades de la mente. Pero cuando se descubren los antipsicóticos, fármacos capaces de bloquear la dopamina del cerebro (muy útil para los familiares de los enfermos), pierde interés esa línea de investigación. Como en el caso de la ficción y la realidad, los dominios de la vigilia y el sueño no parecen completamente separados. Hay estudios que sugieren que la psicosis puede ser resultado de la intrusión del sueño en la vigilia. Lo interesante es que esas incursiones ocurren generalmente en el campo del lenguaje: “La mayoría de los síntomas psicóticos son auditivos, voces sarcásticas, acusadoras o imperativas, a veces incesantes, que suenan dentro de la cabeza”. Parece como si un antiguo yo esgrimiera reproches y reclamara deudas pendientes. La voz del padre de Lacan, aunque esas voces pueden ser más antiguas. Julian Jaynes sostiene que los psicóticos de hoy representan la persistencia, socialmente inaceptable, de una mentalidad antigua. Serían fósiles vivientes de otra forma de conciencia. De un tiempo en que no era infrecuente escuchar voces. De ahí el deseo del esquizofrénico de escapar al bosque o a la montaña. Prefiere el riesgo de la naturaleza al malestar en la cultura.

Memoria renovada

El sueño REM participa en la consolidación de la memoria, cuya eficacia depende del olvido. Los sueños hacen olvidar lo que no importa y dan relevancia a lo importante. La supresión de recuerdos no deseados es un hecho cerebral cuantificable (desactivación del hipocampo y la amígdala). Investigaciones recientes sugieren que los recuerdos no son de fiar. Pierden las patas y ganan alas, reciben con gusto nuevos detalles y asociaciones, pasan por el filtro de la seducción, la censura o el deseo. Sabemos que los recuerdos no se fijan una vez vividos, sino que ofrecen diversas versiones cada vez que son reactivados. Una renovación que depende del mismo proceso (regulación de genes y producción de proteínas) que se activa durante el aprendizaje. Cada vez que rememoramos algo, lo reconstruimos. De ahí que los recuerdos carezcan de lugar. El recuerdo es más una actividad que un objeto. Y dado que se activan cuando dormimos, los sueños los consolidan.

“El alma humana, cuando sueña, desembarazada del cuerpo, es a la vez el teatro, los actores y el auditorio”. A la frase de Addison, Borges añade que es también el autor de la pieza que se representa. Pero se trata de un autor desconocido, que ni uno mismo reconoce. Por eso hay tantos sueños como los géneros literarios (satíricos, alegóricos y proféticos, banales y mudos). Hay sueños inventados por el sueño y sueños inventados por la vigilia. Pensar que los sueños vienen de dentro (del interior del cerebro) es la opción moderna. La antigua fue pensar que carecen de lugar, que nos visitan y nos guían entre bastidores (una idea antigua planteada por el budista Vasubandhu). En las capas más profundas del inconsciente se almacenan incontables imágenes y experiencias compartidas que pueden aflorar en cualquier momento. Un legado viviente al que Jung accedía mediante pacientes que sufrían intensas alteraciones emocionales. En ellas se ponen de manifiesto arquetipos e imágenes primigenias de la psique, que gozan de energía propia y considerable autonomía. Imágenes capaces de dirigir el comportamiento e incluso adueñarse de la voluntad.

La ciencia moderna, hasta hace muy poco, negaba la autoridad de los sueños. La tendencia ahora es recuperar esa voz. Pero hay un riesgo. Cuando las técnicas chamánicas se introducen en el laboratorio, se corre el riesgo de perder sus marcos simbólicos y rituales

Para las culturas antiguas el sueño no significa irrealidad, sino un estado de conciencia particular del que se puede extraer conocimiento. La vigilia convive con el sueño, pero no tiene más realidad que este. Para los amerindios, los sufíes o los budistas, los sueños son el umbral de otro plano de realidad. Un ámbito que existía antes de que naciera el soñante y que lo sobrevivirá. Todas estas tradiciones tienen un largo historial de conocimientos de plantas y hongos. Cada vez resulta más evidente que la criminalización puritana de estas sustancias debe terminar y que las sustancias psicodélicas pueden ayudar al tratamiento de enfermedades mentales. Soñar mejora la salud del cuerpo y la plasticidad neuronal. La molécula de DMT o el té de ayahuasca produce poderosas experiencias visuales y es muy utilizada con fines terapéuticos en Brasil. Produce una purga psíquica que incluye una fuerte autocrítica y revivir actos del pasado. Los psicodélicos serotoninérgicos como el LSD o la psilocibina son los que mejor emulan el estado onírico. Esta última reduce la depresión y la ansiedad cuando se administra en dos dosis durante las sesiones de psicoterapia. Está probado que el MDMA, el principio activo del éxtasis, es una solución efectiva para el estrés postraumático. Cuando no está contaminado con otras sustancias, produce una intensa liberación de serotonina en el propio cerebro desatando “estados de gracia”, un amor intenso por los demás y una felicidad inmensa de existir. Estas dos moléculas están muy cerca de ser aceptadas por la psiquiatría tradicional.

La ciencia moderna, hasta hace muy poco, negaba la autoridad de los sueños. La tendencia ahora es recuperar esa voz. Pero hay un riesgo. Cuando las técnicas chamánicas se introducen en el laboratorio, se corre el riesgo de perder sus marcos simbólicos y rituales. Monjes y chamanes no entienden la necesidad de probar lo que les resulta evidente. Las últimas investigaciones han confirmado el sueño lúcido que, según Ribeiro, ocurre de forma espontánea a todo el mundo al menos una vez en la vida y cuya frecuencia decrece tras la adolescencia. El tráfico entre ambos mundos es cada vez más intenso. El tema es fascinante. Mirar hacia dentro puede ser tan revelador como mirar hacia fuera. Los sueños tienen todavía mucho que decirnos.

https://elpais.com/babelia/2021-01-29/en-busca-del-sueno-perdido.html

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