Maneras de estar vivo. Baptiste Morizot

Hace mucho tiempo surgió una especie que decidió separarse de las otras diez millones de especies que habitaban la Tierra: aunque todas eran necesariamente sus parientes, optó por llamarlas «la naturaleza», y así empezó a verlas como cosas, meros recursos a su disposición.

Este relato es nuestra herencia, y su inimaginable violencia ha dado lugar a la actual y devastadora crisis ecológica. El presente libro pretende dar un golpe de timón frente a esta situación: armar (en el doble sentido de la palabra) una filosofía de los seres vivos que sea tanto una política como una praxis.

Para ello Morizot se aleja de toda creación convencional de pensamiento, pues su filosofía surge de la práctica sobre el terreno y de la experiencia del rastreo. Morizot no es un naturalista al uso. Ni siquiera un biólogo. Es un filósofo que reflexiona sobre lo vivo como ningún otro que hayas leído, un perseguidor que puede pasar largas jornadas rastreando a una manada de lobos o noches enteras esperando a que un oso aparezca en la pantalla de una cámara térmica. Entre el thriller etológico y la filosofía salvaje, con las botas perdidas de barro, oliendo a sudor y a bosque, Morizot trata de ofrecer respuesta a las preguntas que hoy de verdad nos importan:

¿Cómo reconectar con los seres vivos mediante una ecosofía sencilla, resiliente y alegre?

¿Cómo oponer al tecnocapitalismo una reactivación de nuestras propias fuerzas vitales anestesiadas?

¿Cómo sustituir la pulsión de control y domesticación por un ethos del encuentro y la acogida?

¿Cómo comportarse de un modo adecuado con todo aquello que vive y, sin embargo, difiere de nosotros?

¿Cómo construir colectivamente un planteamiento político que aúne la imprescindible convivencia con los otros seres vivos y la lucha sin cuartel contra aquellos que destruyen el tejido de la vida?

Baptiste Morizot, Maneras de estar vivo. LA crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Trad. Silvia Moreno Parrado, Ed. Errata Naturae, 2021.

«Baptiste Morizot, auténtico filósofo de campo, es sin duda la referencia intelectual del actual pensamiento ecológico. No sólo inventa un nuevo cosmopolitismo, sino que dibuja una nueva y esperanzadora diplomacia de lo salvaje». Nicolas Truong, Le Monde

«Baptiste Morizot lidera una batalla cultural para repensar la convivencia entre el ser humano y el animal, uno de los grandes temas del siglo XXI». Mathieu Vidar, France Inter

«Maneras de estar vivo es un ensayo extraordinario. En él, el filósofo Baptiste Morizot, figura emergente del pensamiento ecológico, da un vuelco a los marcos habituales de interpretación de la crisis de la biodiversidad y nos invita a repensar radicalmente nuestra relación con los seres vivos no humanos que nos rodean». Mathieu Dejean, Les Inrockuptibles

«Maneras de estar vivo nos propone un nuevo humanismo descentrado que se desarrolla mediante una forma rica y original de investigación en la frontera de la literatura, la etología y la filosofía». Alexandre Gefen, Le Nouveau Magazine Littéraire

Chantal Maillard: “Hay cosas que no pueden enseñarse si no es callando”

Chantal Maillard ©Bernabé Fernández

Esther Peñas 3/11/2021

Resulta molesto restringir a Chantal Maillard (Bruselas, 1951) a una única etiqueta, sea la traductora, ensayista, filósofa o especialista en religiones en la India, así que escojamos la más genérica, profunda y vital, la de poeta. Su último texto, Las venas del dragón (Galaxia Gutenberg), es una propuesta para que revisemos nuestros modelos de pensamiento a partir de las enseñanzas de las tres corrientes de sabiduría china: el confucianismo, el taoísmo y el budismo, de manera que podamos incorporar algunas cuestiones que podrían ser beneficiosas no sólo para cada uno de nosotros, sino para la sociedad y el planeta, como cierta educación del carácter, una sabiduría (y política) del hábitat que supere el discurso eco-lógico o la necesidad del silencio y la atención.

Tal vez el colapso, no ya que se pronostica sino que se está produciendo, pueda reconducirse con un buen gobierno (método de Confucio), la armonía con el entorno (enseñanza de Laozi) y una honda comprensión de nuestra naturaleza (sabiduría de Gautama). Tal vez.

Cierra este ensayo Maillard con un capítulo dedicado a las artes, indispensables en el pensamiento chino para vaciar la mente. Tal vez sea provechoso pensar las cosas de otro modo. Hacer las cosas de otro modo. Tal vez.

Se cita en el pórtico del libro a Bai Juyi, uno de los más grandes poetas de la dinastía Tang (siglos VII-X), [citando a Laozi]: “El que habla, no sabe, el que sabe se calla”. Pero si “el que sabe calla”, ¿cómo aprenderemos el resto?

La ironía del poeta desarma, en efecto. Aristóteles decía que tenemos la obligación moral de enseñar a los demás lo que hemos aprendido. Pero, claro, la moral es política, y no es a ese orden de cosas a lo que Laozi se refería. La diferencia entre Aristóteles y Laozi es la que separa los saberes exotéricos, los que se enseñan en las academias, de los esotéricos, aquellos que se transmiten a puerta cerrada pues tienen que ver con un tipo de observación que requiere cierto retiro y silencio. Hay cosas que no pueden enseñarse si no es callando. La serenidad, por ejemplo, ante los males que nos afectan, o la conciencia del yo, cosas a las que sólo se puede acceder aprendiendo a invertir la mirada. Sin embargo, me parece que ha llegado el momento de difuminar la línea que separa lo exotérico de lo esotérico.

“Ver lo propio a partir de lo ajeno es mucho más interesante, casi siempre, que considerar lo ajeno desde lo propio”

Cuando el filósofo Michel Serres utilizó el paso del Noroeste entre el océano Atlántico y el Pacífico como metáfora del tipo de razón que pudiese salvar la distancia entre las denominadas “ciencias exactas” y las “ciencias humanas”, entre el saber establecido y “el saber salvaje”, como lo llamaba, no imaginaba que los hielos de Groenlandia y de Alaska llegarían a fundirse. Quizás sea este el momento de que, a imagen de lo que está ocurriendo en la geografía marítima, se abriese ahora ese paso entre las distintas formas que tenemos de acercarnos al mundo. Quizás sea tiempo de que los grandes hielos de la objetividad científica se derrumben y la razón adopte otros caminos, sumando a la lógica del entendimiento la intuición sensible y la capacidad de invertir la mirada para observar, en lo propio, ese lugar donde el conocimiento se fragua al tiempo que el paso de las imágenes, los estados anímicos y los procesos no conscientes.

Bucear en las antiguas sabidurías, no sólo de la tradición heredada sino de las ajenas, puede ayudarnos en esa empresa. Ver lo propio a partir de lo ajeno es mucho más interesante, casi siempre, que considerar lo ajeno desde lo propio, como hemos hecho hasta ahora.

Parménides tuvo la culpa. A partir de él, los griegos (y, por extensión, los occidentales) comenzamos a pensar en términos del ser (y no ser), es decir, conceptos que, como en el árbol de Porfirio, resultan excluyentes. Taoísmo, Confucionismo y Budismo, integran. ¿De qué modo condiciona la manera de estar en el mundo ese modo contrapuesto de pensar?

El problema no es tanto pensar en términos de opuestos como otorgarle valor a uno de los polos en detrimento del otro. Desde tiempos ancestrales, los chinos han concebido el universo como un sistema dinámico cuyo proceso depende de la alternancia de los opuestos: dos principios activos o fuerzas complementarias que intercambian sus valores cuando llegan a su extremo (lo fuerte se convierte en débil, la luz en sombra, etcétera). Mientras los griegos apostaban por el “hay” en busca de definiciones, los chinos nunca perdieron de vista la función indispensable del “no-hay”, así en su cosmología como en sus matemáticas, en las que operaban, desde muy antiguo, con números negativos.

“Pensar el mundo como proceso, como transformación e interdependencia es, sin duda, lo que necesitamos”

¿Qué pueden aportar hoy en día estas tres corrientes al modo de pensar occidental?

Concebir el mundo a partir del ser es apostar por una realidad estable, susceptible de ser controlada y manipulada. Estamos teniendo últimamente muchos ejemplos de que no es así, y de que es más útil saber adaptarse y prever que intervenir en el proceso. Esta previsión es lo que los chinos buscaban con la observación de los patrones de los cambios. El Libro de las mutaciones, que está en la base tanto de la cosmología taoísta como de la ética confuciana (recordemos que sólo estas dos corrientes son autóctonas; el budismo se importaría de India más tarde), más que un libro de adivinación, como se ha querido entender, es un sistema de representación basado en el cálculo binario. La observación de sus posibles combinaciones les permitía estimar las situaciones, inferir las posibilidades de su desarrollo y, por tanto, tomar las decisiones más adecuadas. Podría entenderse como un diagrama de la complejidad. Pensar el mundo como proceso, como transformación e interdependencia es, sin duda, lo que necesitamos ahora para poder construir la ethopolítica necesaria para un cambio de rumbo.

¿Es posible un entendimiento entre estas sendas que buscan la quietud, el sosiego, el equilibrio, y nuestro sistema, que promueve la agitación, el ajetreo constante?

Somos conscientes de que, sin ciertas importantes modificaciones, este sistema acabará por explotarnos entre las manos. La agitación que caracteriza nuestras sociedades, y de la que el sistema se alimenta, está llegando a un punto de desequilibrio difícilmente recuperable. Sólo hemos de ver el estado de pérdida absoluta de la población joven cuando las redes se caen por unas horas. Des-vinculados, dejan de saber qué hacer consigo mismos, ni cómo restablecer los vínculos naturales sustituidos por las máquinas, de los que ya ni siquiera son conscientes. Introducir en nuestra vida y la de los más jóvenes ciertos momentos de silencio y de atención interior podría ser una de las primeras medidas que hiciese posible cierta (aunque improbable) reversión del proceso.

“El cuerpo tiene modos de conocer más intuitivos (más inmediatos) y abarcantes que la mente abstracta”

En términos taoístas, se trataría de hallar y procurar mantenerse en el punto neutro en el que, equilibradas, las fuerzas opuestas suspenden su movimiento. Esa vacuidad, esa quietud, es también el punto en el que se origina todo cuanto acontece.

Usted propone que el discurso ecológico se sustituya por una ecosofía cuyas raíces encontramos en estos sistemas de pensamiento. ¿Por qué no sirve la ecología y sí podría hacerlo una oiko-sophia, una ‘sabiduría del hábitat’?

Es, más que nada, una cuestión terminológica. Pero, como bien sabemos, los conceptos acarrean ideas y modos de actuar. Cambiar la eco-logía por una eco-sophía, supone salir del orden racional del discurso (logos) acerca del hábitat (oikos) para entrar en otro tipo de racionalidad en la que a la capacidad intelectiva se sume la percepción sensible o, mejor dicho, sensorial. El cuerpo tiene modos de conocer más intuitivos (más inmediatos) y abarcantes que la mente abstracta. Se trataría de recuperarlos. Es lo que en otra parte he denominado “razón estética”.  

Estas tres corrientes se ‘pervierten’ cuando se instituyen, cuando se convierten en institución, y se normativizan las enseñanzas de los maestros. ¿Indefectiblemente todo intento de consignar la sabiduría de este modo está abocado al fracaso?

Este es el gran escollo de los aprendices de sabios que, no habiendo aprendido el fondo, se ciñen a la letra y la propagan. Vacía de materia prima, al nombre del maestro se le adhiere un -ismo (bud-ismo, cristian-ismo, tao-ismo, material-ismo, comun-ismo, etc.) y, de esta manera, cargada de ideología, la enseñanza se convierte en doctrina. Y nada hay más peligroso que una doctrina cuando a las ideas se les asocia una emoción.

Lamentablemente, las tres escuelas de las que nos ocupamos se convirtieron muy pronto en religiones. La necesidad que tenemos los humanos de perdurar más allá de la muerte es una debilidad de la que muchos se aprovechan. De allí que deba hacerse hincapié en la necesidad de separar las enseñanzas originales de sus derivaciones doctrinarias o pseudo-místicas.

¿Es posible creer en la bondad del ser humano, como aseguraba Mencio, uno de los filósofos más eminentes del confucianismo (siglos IV y III a. C.)?

La polémica que en Europa se entabló en los siglos XVII y XVIII con Rousseau y Hobbes a este respecto, había tenido lugar en China ya en el siglo IV entre dos seguidores de Confucio, Mencio y Xunzi. Mencio creía en la bondad natural del ser humano; Xunzi, en cambio, defendía su maldad constitutiva.

Los taoístas, por su parte, zanjarían la cuestión de forma expeditiva. Las distinciones de orden moral lo único que hacen es sembrar confusión –dirá Zhuangzi–, no pienso entrar en estas cuestiones. ¿Cuánto dista el bien del mal? –preguntará Laozi– El sabio ha dejado de saberlo.     

¿Tiene sentido el yo –sea lo que quiera que sea– sin su dimensión social (vemos cómo se está hurtando: los cuerpos al otro lado de la pantalla, las relaciones que se crean y desarrollan en redes…)?

Al otro lado de la pantalla estamos todos, en Occidente como en Oriente, en el Norte como en el Sur. Pero, aunque estemos en persona frente a otro, ¿no estamos siempre de algún modo al otro lado de la pantalla? ¿No es el yo la máscara (la “per-sona”) que, fabricada a lo largo de los años mediante la repetición, ofrecemos al otro? Y ¿no llegamos acaso a vernos, luego, tal y como el otro nos ve? Este síndrome de auto-representación que nos lleva ahora a construirnos la imagen para colgarla en las redes ¿no es acaso la mejor prueba de que sin ellas, sin nuestras imágenes, no hay nada, en realidad, que nos defina?

“El deseo es la causa del sufrimiento”, pero Lacan dijo que somos seres deseantes. ¿No hay manera de conjugar ambas posturas?

No son contradictorias. Precisamente porque somos seres fundamentalmente deseantes es por lo que sufrimos. Todo aquel que desea algo, si lo tiene o si lo alcanza teme perderlo, si no lo alcanza lamenta no tenerlo. Tanto el deseo de tener lo que no se tiene como el deseo de no tener lo que se tiene originan malestar y sufrimiento. El budismo parte de ese punto.

“Es preciso volver a insertar la muerte en el propio continuo de la vida. Todo lo que vive viene cargado de muerte”

Si todo se transforma, ¿no hay muerte posible?

La revisión del concepto de la vida es sin duda una tarea que tenemos pendiente los occidentales. Es preciso volver a insertar la muerte en el propio continuo de la vida. Todo lo que vive viene cargado de muerte, la de los otros de los que se alimenta, y la suya propia; y toda muerte da origen a la vida. No son dos estados sino un solo proceso ininterrumpido.

Desde esa perspectiva, una vez desasido de la propia individualidad ¿qué o quién podría permanecer?, pero, al mismo tiempo, ¿qué o quién podría morir?  

Hay muchos más, pero especialmente tres nombres sustentan estas páginas: Confucio, Laozi y Gautama. ¿Qué importancia tiene la figura del maestro? ¿Cómo sabe el maestro que su enseñanza ha concluido?

Todo depende del fin que se persigue. La meta de Confucio era que sus discípulos supiesen situarse en el justo medio. La de Siddharta Gautama, eliminar el deseo (y, por tanto, calmar el proceso mental). En el caso de Laozi (que nunca formó escuela), la idea era vivir en armonía con el curso. La noción de dao, que, por cierto, es muy anterior al taoísmo, además de significar “vía”, “camino” o “curso”, también significa “método”, un término cuya etimología griega nos remite igualmente a la idea de estar en camino (odós). De modo que, en estas enseñanzas, el fin es algo que no se alcanza nunca de una vez por todas, sino que ha de reactualizarse continuamente. La idea de alcanzar un fin tan sólo tiene sentido desde la perspectiva de un universo lineal y cerrado; en un mundo en perpetua mutación todo fin coincide con el comienzo. El camino consiste precisamente en estar en camino.   

Ese no hacer de Zhuangzi, ¿tiene algo que ver con el preferiría no hacerlo, de Bartleby?

No creo que debamos extrapolar los discursos. El no-hacer del taoísmo no es un no hacer nada, sino un actuar sin que el yo intervenga. No se trata de dejar de actuar, sería imposible –la existencia es acción y decidir no hacer algo también es una acción–, se trata de desprenderse del interés personal. Todo, en el universo, está interrelacionado y funciona de acuerdo con un orden. La voluntad humana se equivoca si interviene sin tener en cuenta las relaciones entre las distintas cosas y los distintos reinos. No-hacer es, por tanto, aprender a no intervenir. Adaptarnos al proceso en vez de tratar de adaptar el proceso a nuestros fines. Esto es algo que debería hacernos reflexionar.

El último capítulo del ensayo está dedicado a la estética como sabiduría. ¿De qué manera la belleza es sabia y muestra o enseña a quien la contempla?

La belleza es un invento europeo que data del siglo XVII. El término proviene, en realidad, del adjetivo bonum, bueno. No existe ese concepto en otras tradiciones, en las que el arte siempre ha tenido una utilidad. Si las artes, en China, pueden entenderse como camino de sabiduría es porque son un instrumento para la concentración, algo previo e indispensable para conseguir vaciar la mente y suspender su curso. Sólo entonces el artista estará en disposición de captar la resonancia de las cosas y sumarse a su trayectoria.  

La gran aportación taoísta a la estética china es el trabajo con el blanco, con el vacío; mientras que al occidental le produce vértigo y tiende a rellenarlos, en la pintura china las líneas están al servicio de realzar ese blanco. ¿Por qué nos cuesta tanto mirar al vacío?

Bueno, esta es la diferencia entre entender que lo que hay esencialmente es el “ser” o entender que lo que hay es “vacío”. Para la concepción china, todas las formas surgen del vacío. El vacío está, digamos, preñado de formas, que nunca se mantienen, sino que continuamente se de-forman y trans-forman. Lo que el artista chino quiere aprehender y re-presentar es esa evanescencia, esa vacuidad original.

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https://ctxt.es/es/20211101/Culturas/37688/chantal-maillard-las-venas-del-dragon-confucio-laozi-gautama.htm

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Los cuentos: un mundo inmenso para explorar

Presentación del capítulo primero del estudio de Jaqueline Kelen sobre el simbolismo de los cuentos de hadas titulado «Une robe de la couleur du temps: Le sens spirituel des contes de fées». Las imágenes, que no pertenecen al libro, son de Remedios Varo. Selección y traducción de Lluïsa Vert. https://www.arsgravis.com/un-mundo-inmenso-para-explorar/

A través de todo lo que se busca, hay algo que viene de mucho más lejos que el hombre y que va mucho más lejos también. […] La gran enemiga del hombre es la opacidad. Esta opacidad está fuera y sobre todo está en el mismo hombre, con el mantenimiento de las opiniones convencionales y de toda clase de defensas sospechosas. (André Breton).

En toda historia humana existe un canto profundo y secreto que pide aflorar, un canto único que oculta cada existencia y que a menudo permanece hundido, obstruido. Cuando, en este principio del siglo XXI, se leen los himnos de las epopeyas de Sumer, o de la India, que datan de los primeros tiempos de la escritura, cuando se contemplan los vestigios grandiosos de la civilización egipcia y después se mira alrededor, cuando se escucha la verborrea contemporánea, uno está obligado a constatar que durante milenios el hombre no ha cesado de repetirse, que su visión se ha reducido terriblemente, que sus aspiraciones se han vuelto muy limitadas. La razón es muy simple: el hombre ha dejado de girarse hacia la inmensidad misteriosa del cielo para no contemplar otra cosa que a sí mismo; ha cortado los vínculos que le unían a lo sobrenatural a fin de reinar sobre su pedazo de tierra y declararse feliz así;  ha terminado por negar obstinadamente cualquier presencia que no puedan captar sus sofisticadas máquinas, toda realidad que no esté “probada científicamente”.

Así, al creer que conquistaba su independencia, negando los dioses y  los universos invisibles, el hombre moderno se ha enjaulado a sí mismo y, al despedir el alma inoportuna, se ha entregado a la muerte cierta.

Hace seis mil años, el fiero rey Gilgamesh dejó riquezas, poder y placeres para ir en busca del único bien valioso, la planta de la inmortalidad. Hace veintiséis siglos, el filósofo Empédocles se confrontó a las potencias cósmicas y meditó sobre el origen del universo y de los seres. Hace nueve siglos, hombres de valía y de conocimiento construían catedrales a la gloria de Dios sin preocuparse de dejar sus nombres en la historia. Y hace un poco más de cuatrocientos años, Don Quijote hizo una estrepitosa entrada en la escena del mundo y a causa de su loca sabiduría volvió a encender en los corazones un deseo de infinito e hizo que se levantaran de nuevo los tiempos mesiánicos.

Hace seis mil años, el fiero rey Gilgamesh dejó riquezas, poder y placeres para ir en busca del único bien valioso, la planta de la inmortalidad…

Pero el hombre continúa repitiéndose, resignado a su condición mortal. Se ha habituado a su jaula, incluso la ha decorado, sueña con hacer de ella un paraíso. El canto de los pájaros se ha detenido, enmascarado por el ruido y la indiferencia de los que pasan ocupados. ¿Pero, es que hubo alguna vez un pájaro…?

Los cuentos lo repiten con insistencia, limitado a su existencia terrestre, a su yo carnal, el individuo se revela muy pequeño. Es un Pulgarcito o una Caperucita roja, un patito feo o una sirenita. Hay que crecer, aventurarse, tomar aire, expandirse. Es necesario que el ser humano experimente la amplitud y la  libertad de la que es capaz y que le fueron ocultadas o arrebatadas.

Para volverse un verdadero hombre, el héroe del relato debe dejar su casa, el sótano, los lugares subterráneos donde se le confina, donde se le retiene con las cadenas de la dulzura o el miedo. Va a viajar, a visitar países, no solo los terrenales, sino y sobre todo los mundos innumerables exteriores e interiores que poco a poco se despiertan y se revelan en el secreto del corazón. Un día es suficiente, un hermoso día, abrir la puerta de la jaula y ponerse en camino, lo maravilloso comienza, es la historia sin igual de aquél que, a través de pruebas y encuentros, se encamina hacia su verdadera realeza, es la historia de su alma que accede a la vida eterna. Y he aquí que un joven peregrino silba y he aquí que un pájaro le responde.

Nuestro héroe a menudo avanza solo por el camino, pero jamás está aislado. No se siente separado del universo, escucha lo que dice el viento, lo que canta la lluvia, habla tanto a los árboles y a los animales que encuentra como al ogro, al hada, al gigante, recoge piedras en sus bolsillos y por la noche sonríe a las estrellas. Es una inmensa conversación con los seres que pueblan la naturaleza, con las criaturas que no tienen apariencia humana, con las presencias del mundo invisible. Todo está lleno de vida, todo merece atención. ¿Cuándo perdimos la facultad de comunicarnos libre y espontáneamente con todo lo que vive sobre la tierra y con los habitantes del mundo sobrenatural? ¿Cuándo abandonamos esta vasta y feliz conversación?  Sí, “había una vez” esta conciencia cósmica, esta inmensa inteligencia amante. Después los hombres se volvieron razonables y desconfiados, prudentes y arrogantes. Ya no hablaron a la ranita ni abrazaron a las flores. Han preferido permanecer entre ellos, tener solo contactos humanos, relaciones sociales.  Se consideran superiores, pero se han disminuido a sí mismos.

¿Cuándo perdimos la facultad de comunicarnos libre y espontáneamente con todo lo que vive sobre la tierra y con los habitantes del mundo sobrenatural?

A los pequeños humanos los cuentos tradicionales les recuerdan dos cosas principales: que han de aprender y crecer. Aprender es dejar la indolencia y la suficiencia, escuchar, hacer silencio, ser curioso y atento; abandonar las falsas certezas, experimentar, equivocarse, adquirir discernimiento; perseverar con fervor, abrirse al conocimiento que llena el corazón. Para crecer, lo primero es tomar la verdadera medida del ser humano e intuir sus posibilidades inauditas, deseos elevados y no renunciar jamás a ellos. Crecer es liberarse de las normas y los condicionamientos que obstaculizan la expansión del alma y apuntar al cielo, nada menos.

Los cuentos maravillosos no conciernen al yo temporal sino al sujeto espiritual. Más allá del viajero terrestre, se dirigen al alma peregrina. Por supuesto, de estos cuentos pueden extraerse distintos consejos y lecciones para desenvolverse en la tierra, llevar los asuntos de este mundo, para comportarse de modo justo y generoso respecto a los demás, para evitar las astucias y las maldades. Charles Perrault cuidaba de enunciar al final de sus cuentos una moralidad, a menudo maliciosa, que estaba lejos de constituir todo su sentido. Por ejemplo: la curiosidad se paga cara (Barba Azul), un pequeño mocoso puede hacer feliz a toda su familia (Pulgarcito), las jovencitas deben desconfiar de “los lobos aduladores”, que son de largo los más peligrosos (Caperucita Roja). Pero además del plano existencial, para el pequeño ser humano se trata de situarse con respecto al cielo, de desarrollar sus sentidos sutiles , de estar atento a los signos y a los sueños a fin de explorar, poco a poco, el mundo invisible y, como con las botas de siete leguas, que su alma corra por ellos. Los hermanos Grimm eran perfectamente conscientes del mensaje iniciático contenido en los cuentos que habían recogido. Según sus propios términos, estos relatos escondían “revelaciones divinas” y permitían acceder a “una sabiduría eterna”.

Los cuentos maravillosos no conciernen al yo temporal sino al sujeto espiritual. Más allá del viajero terrestre, se dirigen al alma peregrina.

Como los cuentos tradicionales se dirigen al hombre interior, para “comprenderlos” bien conviene apercibirse de lo que se oculta detrás de la historia aparente y que resuena profundamente en uno. Existen toda suerte de correspondencias e incluso de complicidades entre el mundo exterior de los fenómenos y de las cosas concretas y el universo impalpable de las realidades espirituales. “Lo que es visible abre nuestras miradas a lo invisible”, anunciaba el filósofo Anaxágoras que vivió en el siglo V antes de la era cristiana. La cáscara disimula y protege a la vez la deliciosa almendra, solo gusta el sabor del fruto el que no se queda en la superficie y se dirige al interior. Este es el modo de hacer del esoterismo en el sentido exacto del término.

Así, los diversos personajes de los cuentos, su estatus, su comportamiento, las peripecias de sus aventuras se deben entender siempre en un plano espiritual y demandan ser interiorizados. Por ejemplo, un hombre calificado de pobre designa una persona desprovista de recursos interiores, y un hombre muerto equivale al yo carnal y terrestre desconectado de toda dimensión trascendente. La ignorancia no es falta de saber, sino olvido del mundo superior invisible. Un cazador no es quien persigue la caza sino que alude al peregrino que busca sin descanso la sabiduría. Las monedas de oro, un tesoro oculto, simbolizan las riquezas espirituales adquiridas, los frutos del conocimiento, mientras que los diversos alimentos y bebidas evocan aquello de lo que se sustenta el alma. Así, se encontrarán falsas monedas y alimentos indigestos o envenenados. Los ladrones que atacan al viajero representan las bajas pasiones que se apoderan de la vida interior y despojan al ser humano de lo que tiene de más valor, el ogro es la imagen del yo devorador que impide cualquier impulso espiritual. Los zapatos en sus variadas formas permiten caminar sobre la tierra en la vida cotidiana, pero remiten también al camino espiritual, la elevación de los pensamientos y los sentimientos a otros planos de conciencia.

Los ladrones que atacan al viajero representan las bajas pasiones que se apoderan de la vida interior y despojan al ser humano de lo que tiene de más valor, el ogro es la imagen del yo devorador que impide cualquier impulso espiritual.

El niño, considerado un bendito o un simple, no está saturado por un saber cerebral, sino que posee la inteligencia limpia del corazón, la única necesaria para la salvación del alma. Siempre “bella y sabia”, la princesa pertenece al reino celeste y representa tanto el Conocimiento como la identidad divina del ser humano. En cuanto al rey, a menudo designa al Yo trascendente, al ser establecido en la dimensión eterna del Espíritu.

Todo eso son indicios, no explicaciones. Al igual que un sueño se revela mucho más rico que el sentido general dado por una llave de los sueños; un relato iniciático, lleno de ecos y que comporta numerosos niveles no podría adaptarse a un diseño predeterminado. La interpretación es soberana, ella es la que hace que el sentido brote, que se escuche la música enterrada. Pero ante la riqueza inagotable del cuento, no puede ser dogmática, y menos aún definitiva. En el fondo revela tanto la personalidad del intérprete como el significado del relato. Por eso, un psicoanalista freudiano solo verá en los cuentos símbolos sexuales, un astrólogo leerá en ellos imágenes planetarias, y el terapeuta se dedicará a encontrar remedios y recetas para el bien estar del hombre…

Es curioso que los personajes de los cuentos no posean casi nunca un apellido o un nombre propio; se trata de un sastre, de una jovencita, de un emperador, de una sirena. Otros se designan por un sobrenombre o un mote que oculta su apariencia verdadera, Barba azul, Cenicienta, Piel de asno, Caperucita roja.

Los personajes de los cuentos no posean casi nunca un apellido o un nombre propio, así, cada lector está invitado a identificarse con el héroe del relato,  por lo que este cuento se escucha y se dirige a la parte más íntima de mí ser.

Así, cada lector está invitado a identificarse personalmente con el héroe del relato, humano o animal, en lugar de guardar las distancias; es para mí, hoy, por lo que este cuento se escucha y se dirige a la parte más íntima de mí ser. Mi alma es este niño abandonado en el bosque del mundo, esta esplendorosa princesa que se maltrata aquí abajo; en mí se alberga un patito desgraciado, rechazado por sus congéneres y que sueña con otros lugares, y también un asno que un día huyó de su servidumbre para tocar la lira. Si los cuentos de hadas tienen un alcance universal, atraviesan los siglos y gustan a cualquier edad es porque su mensaje de orden espiritual nos concierne a cada uno de nosotros y en nosotros se dirigen a aquello que no perece. En el fondo, cada uno se siente príncipe o princesa, hecho para vivir rodeado de belleza en un universo de alegría y destinado a un amor extraordinario. Tal es el clima propio del espíritu: inmensamente libre, luminoso y alegre. De esta vida superior e indestructible es de lo que hablan los cuentos tradicionales, de la Edad de Oro del ser humano. Su final es también siempre feliz puesto que se sitúa en un plano trascendente y en un tiempo que no es otro que la eternidad. Pero si se tiende a rebajar el mensaje de los cuentos a un nivel existencial, se mantendrán toda una serie de mentiras e ilusiones respecto a la felicidad terrestre, a un matrimonio perfecto, una familia ideal, y las señoritas esperarán durante mucho tiempo la venida de un príncipe inexistente, por decirlo con propiedad.

Los cuentos de hadas que he escogido están entre los más conocidos. No han llegado por el francés Charles Perrault (1628-1703), por los hermanos Grimm, Jacob (1785-1863) y Wilhem (1786-1859), que los recogieron pacientemente en Alemania, y por Hans Christian Andersen (1805-1875), originario de Dinamarca. Frente al pensamiento cartesiano, frente al racionalismo del Siglo de las Luces, y después al positivismo y al cientifismo, que ocuparon sucesivamente estos tres siglos, las recopilaciones de los cuentos maravillosos ofrecen un contrapunto saludable, recuerdan que la sabiduría es más preciosa que el saber, que la intuición es superior a la razón y que la grandeza del género humano reposa en la aspiración de su alma. Igualmente, para interpretarlos he escogido presentarlos en un orden que me parece que corresponde a una progresión en la vida espiritual. Un viaje en el que un modesto artesano se convierte en rey y el viajero terrestre se muda en hombre de luz.

Un viaje iniciático en el que un modesto artesano se convierte en rey y el viajero terrestre se muda en hombre de luz.

INFORMACIÓN DEL LIBRO

Carl Jung, la noche cósmica del alma

La obra del padre de la psicología analítica nos aporta una visión del individuo y la realidad que desafía al pensamiento científico, señalando la necesidad de integrar en nuestras vidas lo mágico, misterioso y sobrenatural

RAFAEL NARBONA, 2 febrero 2021

Carl Jung
Carl Gustav Jung

Carl Jung habló sin miedo de los mitos, el alma, Dios, la parapsicología, la alquimia y los platillos volantes. Nunca le pareció convincente la imagen de la realidad construida por la ciencia, que solo reconoce como verdad objetiva los datos de la experiencia. Cuando en 1959 un entrevistador de la BBC le preguntó si creía en Dios, le contestó: “No tengo necesidad de creer en Dios. Lo conozco”. Carl Gustav Jung nació en 1875 en Kesswil, un pueblecito suizo situado a orillas del lago Constanza. De ascendencia alemana, su padre era pastor luterano, pero albergaba grandes dudas sobre su fe y no era feliz en su matrimonio. Su mujer era ambivalente en sus afectos y fluctuaba entre la euforia y la depresión. De niño, Carl era tímido, fantasioso e introvertido. Estudió medicina en la Universidad de Basilea. Su tesis doctoral analizó el caso de una joven médium, que cambiaba de personalidad durante las sesiones de espiritismo. Se ha especulado que su investigación reflejaba los problemas psicológicos de su madre. Freud le consideró su delfín, pero con los años protagonizaron una estrepitosa ruptura intelectual. Jung afirmó que Freud era víctima de la neurosis y se había convertido en un rehén de sus propias teorías: “Es una figura trágica, pero un gran hombre”. 

Aunque no sentía ningún aprecio por la teología y las distintas iglesias, Jung consideraba que el hombre era un animal religioso “por naturaleza”, lo cual no significa que identificara a Dios con una deidad externa al mundo. Para Jung, Dios es el nombre que hemos asignado a una especie de mente cósmica que contiene todas las formas de conciencia. En colaboración con Wolfgang Ernst Pauli, Premio Nobel de Física en 1945 y uno de los fundadores de la mecánica cuántica, Jung intentó sincronizar su interpretación de la psique humana con la microfísica atómica para justificar ciertos fenómenos que parecían irracionales, como la experiencia extracorporal, la precognición, la telepatía, la levitación o el éxtasis místico. Nunca despreció la dimensión biológica del ser humano: “El encuentro de dos personas es como el contacto entre dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”. Poco antes de morir, justificó sus intuiciones con una confesión sorprendente: “A diferencia de la mayoría de los hombres, mis tabiques son transparentes. Esta es mi peculiaridad. En los demás frecuentemente son tan espesos que no ven nada tras ellos y por eso creen que allí no hay nada. Yo percibo en cierto modo los procesos del inconsciente y por ello tengo seguridad interna”.

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Jung adquirió experiencia clínica en la Clínica Burghölzli. Se dedicó a entrevistar a esquizofrénicos, inventando los test de libre asociación, que ayudaban al paciente a verbalizar las pulsiones inconscientes. No tardó en opinar que los delirios debían interpretarse como expresiones de conflictos psíquicos, no como meros síntomas de un desorden biológico. Sus entrevistas clínicas inspiraron su primera obra, Sobre la psicología de la demencia precoz. Le envió un ejemplar a Freud, que le había deslumbrado con sus teorías. Comenzó así un intenso y breve “idilio intelectual”. Después de unos años de estrecha colaboración, Jung rechazó que los sueños, los mitos y las obras de arte pudieran reducirse a contenidos sexuales reprimidos: “El sueño es una pequeña puerta oculta abriéndose a la noche cósmica que era el alma mucho antes de la aparición de la conciencia”. Tampoco aceptó que el origen de la neurosis se hallara siempre en la infancia, pues entendía que a veces era producto de conflictos de la edad adulta, y objetó que el complejo de Edipo no expresaba un deseo sexual, sino el anhelo de reinventarse como un ser autónomo e independiente. Freud interpretó la discrepancia como “el asesinato del padre” que acontece en la relación transferencial y, según algunos testimonios, experimentó desmayos y pesadillas, atormentado por la insubordinación de su “príncipe heredero”. 

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Sigmund Freud y Carl Gustav Jung

Carl Jung continuó su camino en solitario, alumbrando su propio método terapéutico: la “psicología analítica”. Descartó el uso del diván, que establecía una relación asimétrica, y la transferencia, que le parecía “degradante” para el paciente y “peligrosa” para el analista. La sesión debía discurrir como una conversación normal y la terapia no debía exceder los tres años. El terapeuta no puede limitarse a acumular datos y experiencia clínica: “Conozca todas las teorías. Domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana”. La gran aportación de Jung consistió en descubrir el inconsciente colectivo. En la estructura de la psique, hay un inconsciente personal donde se conserva y agita todo lo que la conciencia quiere reprimir y silenciar, y un inconsciente colectivo, que contiene la memoria biológica de la especie. El inconsciente “es idéntico en todos los hombres y constituye un substrato psíquico común, de naturaleza suprapersonal. Abarca una masa indescriptible de estratificaciones depositadas en el curso de la vida de nuestros antepasados. Contiene uno o dos millones de años de evolución”. El inconsciente colectivo está poblado por arquetipos. No son símbolos o imágenes heredadas, sino estructuras vacías e innatas que representan las vivencias cruciales de nuestra especie: la imagen del padre y de la madre, la imagen de uno mismo, la relación entre los sexos, la figura del héroe, del sabio, del embaucador. Los arquetipos se manifiestan en los sueños, pero también en la mitología, el arte y las tradiciones religiosas. El Sí-mismo (Selbst) es el arquetipo central del inconsciente colectivo. Expresa la totalidad del ser humano, su “yo consciente” y su “psique inconsciente”. La personalidad individual se forja mediante la interacción entre esas dimensiones opuestas. Jung se inspiró en el yin y el yang, los conceptos fundamentales del taoísmo, que reflejan la dualidad de todo lo existente. El Sí-mismo se representa simbólicamente mediante la mándala, un círculo inscrito dentro de una forma cuadrangular. Los arquetipos no son unidimensionales. No son algo individual y concreto, sino un conjunto de significados. Por eso, el Sí-mismo también es el arquetipo de la divinidad y de la ley moral universal. 

El Yo es el arquetipo complementario del Sí-mismo. Comprende la dimensión interna de la psique y el mundo externo en su aspecto físico y sociocultural. El Yo es el mediador entre lo interior y lo exterior. Posee una voluntad libre, autónoma, que se canaliza mediante el lenguaje, la memoria y la imaginación. Se podría decir que el Yo es la función consciente del Sí-mismo. A partir de este eje bidimensional, surgen los tres arquetipos que estructuran la personalidad: la Persona, el Alma y la Sombra. La Persona es nuestra “máscara social”, la parte de nosotros mismos que hacemos visible, nuestra imagen pública. El Alma es nuestro modo de ser más íntimo y profundo. Es inconsciente y se desdobla en anima y animus. En el hombre, el anima es la imagen de la mujer, el eterno femenino. En la mujer, el animus es la imagen del hombre, lo masculino. En ambos casos, se percibe al otro sexo como algo fascinante y aterrador. La Sombra representa los sentimientos más oscuros e inaceptables, el tabú, lo prohibido y reprobado. Es esa dimensión tenebrosa que identificamos con el mal y nos produce culpabilidad, pues nos seduce y atrae. No hay que tener miedo a la Sombra: “Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino adquiriendo conciencia de la oscuridad. Lo que no se hace consciente, se manifiesta en nuestras vidas como destino”.

El Héroe es el arquetipo que expresa la lucha contra la Sombra. Es el salvador, el guía y el redentor. Jung cita como ejemplo a los héroes de la mitología grecorromana, pero considera que ninguno puede compararse en grado de elaboración con las figuras de Buda y Cristo. El Héroe siempre es tutelado y orientado por el arquetipo del Sabio, y soporta la amenaza del Embaucador. Si nos fijamos en Cristo, Yahveh dirige sus pasos y Satanás intenta confundirlo. No hay un número definitivo y cerrado de arquetipos. Jung consideraba imposible realizar una lista exhaustiva de los contenidos del inconsciente colectivo, pues es un territorio con grandes zonas inexploradas

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Dibujo mandálico de Jung sacado de su Libro Rojo

Freud hablaba de libido. Jung transforma esa fuerza en “energía psíquica”. Estructurada por las experiencias del inconsciente colectivo y los arquetipos ancestrales, la energía psíquica se escinde en dos actitudes predominantes: la extraversión y la introversión. La extraversión suele reflejar la aceptación de los convencionalismos sociales y el anhelo de éxito social y laboral. La introversión se caracteriza por la introspección y la reserva. El concepto de éxito es diferente, pues depende de metas interiores. Estas dos actitudes se combinan con nuestras funciones racionales (pensar y sentir) e irracionales (percibir e intuir), produciendo los distintos tipos de personalidad. Cada vida participa en el desarrollo de la conciencia cósmica de la totalidad. Las existencias improductivas demoran ese proceso, exigiendo una reiteración correctora: “Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de la vida, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma”. 

A diferencia de Freud, Jung opinaba que los sueños no pueden traducirse o interpretarse en un solo sentido. Pueden expresar deseos sexuales reprimidos, pero también premoniciones, conflictos de identidad, deseo de afirmación del yo, creencias míticas o religiosas. Su contenido desborda la razón y el lenguaje. Por eso deben abordarse en clave simbólica. Los sueños desempeñan una función compensatoria, que contribuye a mantener nuestro equilibrio. Jung atribuía una enorme importancia a la experiencia religiosa, pero su visión no coincidía con el punto de vista de ninguna iglesia o tradición. Desde su punto de vista, la experiencia religiosa es una apertura a lo desconocido, no un dogma. El ser humano siempre tiende a ir más allá, pero el mundo, con sus límites físicos y temporales, frustra ese empuje, confinándole en lo natural y empírico. Sin embargo, la psique se descompensa, si se excluye de su órbita el misterio. Lo trascendente es inexplicable, pero resulta necesario para la salud mental del individuo y la comunidad: “En épocas más antiguas —escribe Jung—, los llamados neuróticos, no se habrían visto disociados de sí mismos, pues se mantenía un estrecho contacto con el mito, la magia y el culto a los antepasados”. Jung pensaba que la cultura occidental, lastrada por un racionalismo intransigente, había menospreciado el pensamiento oriental. En la introducción que escribió para el I Ching, libro oracular chino, sostiene que el concepto de causa sólo explica lo particular, nunca la totalidad. 

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La Torre de Bollingen, Zurich, Suiza

Jung fue un viajero incansable, que recorrió el norte de África, la India, Nuevo México y las principales ciudades europeas. Cuando el nazismo llegó al poder, simpatizó con algunas de sus tendencias, como el anticomunismo y el culto por lo legendario, especialmente en lo relacionado con el Santo Grial, pero no secundó el antisemitismo ni la agresiva política bélica. Documentos desclasificados de la CIA, han revelado que desde 1942 colaboró con el espionaje norteamericano. Siempre se opuso a la disolución del individuo en la masa. El ser humano no debía renunciar en ningún caso a su peculiaridad y no existían fórmulas universales que valieran para todos: “Un zapato que se adapta a una persona, puede quedar mal en otra. No existe una receta para vivir que se adapte a todos”. Al finalizar la guerra, se estableció en Bollingen, cerca del Lago de Zurich, donde en 1923 había comenzado a construir una mansión a la que llamó “La Torre”. No se trataba de un simple edificio, sino de un conjunto de chozas agrupadas en círculos. Pensaba que cada ampliación representaba un nuevo estrato de su personalidad, lo cual acarreaba necesariamente cambiar constantemente la ubicación de su despacho, una habitación privada a la que solo él tenía acceso. No era un lugar de retiro, sino su mándala, su centro espiritual y simbólico. En el dintel de la puerta principal, hizo grabar una vieja enseñanza revelada al oráculo de Delfos: “Invocado o no llamado, el dios está presente”. Con tendencias depresivas, consideró que la única forma de derrotar a esta enfermedad del alma consistía en afrontar su irrupción y oír sus razones: “La depresión es como una señora de negro. Si llega, no la expulses, más bien invítala como una comensal en la mesa, y escucha lo que tiene que decir”. Rehuir los conflictos nunca le pareció una alternativa razonable: “Las personas hacen lo que sea, no importa lo absurdo, para evitar enfrentarse con su propia alma”. No hay que tener miedo al sufrimiento psíquico: “Un hombre que no ha pasado a través del infierno de sus pasiones, no las superará nunca”. No hay que caer en el fatalismo ni pensar que somos marionetas en manos de la adversidad: “Yo no soy lo que me sucedió, yo soy lo que elegí ser.” Nunca le inspiró temor la muerte: “Creo sinceramente que alguna parte del yo o del alma humana, no está sujeta a las leyes del espacio y del tiempo”. Morir significa solo transitar hacia otro estado de mayor plenitud: “De una manera u otra somos partes de una sola mente que todo lo abarca, un único gran ser humano”. Jung falleció el 6 de junio de 1961, con 86 años. En el instante de su muerte, un rayo partió el árbol cuya sombra le había servido para protegerse del sol y la lluvia en infinidad de ocasiones. Era el rincón favorito de su jardín, donde solía leer, escribir, meditar y soñar. ¿Qué nos puede aportar Jung hoy en día? Al margen del poder sugestivo de su prosa, una visión del individuo y la realidad que desafía al pensamiento científico, señalando la necesidad de integrar en nuestras vidas lo mágico, misterioso y sobrenatural. No debemos menospreciar la visión de la realidad de otras culturas. La ciencia no es la única llave y, en cualquier caso, no puede eliminar la incertidumbre. Vivir es aceptar el riesgo, lo incomprensible, lo pasional e intuitivo. No debemos contemplar la existencia desde fuera, como si fuera algo lejano y ajeno. Esa forma de estar en el mundo es altamente insatisfactoria y estéril. “La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”, escribió Jung. Más que una frase, podemos decir que fue su lema vital. Siempre eludió las condenas que menosprecian lo diferente e ininteligible: “No podemos cambiar nada sin antes comprender. La condena no libera, oprime”. La vida y la obra de Jung nos invitan a convertir nuestra existencia en una aventura, buscando en nuestro interior las respuestas a los enigmas del cosmos: “Tu visión se hará más clara solamente cuando mires dentro de tu corazón. Aquel que mira fuera, sueña. Quien mira en su interior, despierta”.

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Cómo Louise Bourgeois utilizó el dibujo para aliviar la ansiedad

Louise Bourgeois Dibujos Hauser y Wirth
Louise Bourgeois en su casa de West 20th Street, Nueva York, 2000 | Fotografía: © Jean-François Jaussaud; © The Easton Foundation / Con licencia de VAGA en Artists Rights Society (ARS), Nueva York

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La fundamental artista Louise Bourgeois recurría al dibujo como a un medio de terapia; en tiempos como estos, quizás sus obras complejas y coloridas también puedan ofrecernos algún alivio.

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25 DE MARZO DE 2020 | Belle Hutton

Vivir una pandemia con todos los cambios y desafíos desconocidos con los que nos enfrentamos, se convierte en una época de ansiedad. Cuando la difunta artista Louise Bourgeois sentía llegar una oleada de preocupación, dibujaba. “Sé que cuando termino un dibujo, mi nivel de ansiedad disminuye”, dijo una vez. “Cuando dibujo significa que algo me molesta, pero no sé qué es. Así que el dibujo se convierte en un tratamiento para la ansiedad”. En estos tiempos inciertos, las instituciones de arte de todo el mundo han tenido que cerrar para frenar la propagación del Coronavirus y, por consiguiente, encontrar formas alternativas de presentar el arte en una realidad que, de repente, se hizo mucho más virtual. Para su exposición inaugural en línea, la galería internacional  Hauser & Wirth presenta Louise Bourgeois: Drawings 1947 – 2007, una apuesta que percibimos como una elección pertinente, dado el alivio que la propia artista buscaba al crear sus obras.

Louise Bourgeois: 12 dibujos. 1947-2007

Famosa por sus esculturas de arañas, sus estampados en tela y sus grabados, Bourgeois comenzó a dibujar a una edad temprana ayudando a sus padres en su estudio de restauración de tapices en las afueras de París. Arañas y espirales se repiten a lo largo de los dibujos de Louise Bourgeois –comparó a su amada madre, que murió cuando el artista tenía poco más de veinte años, con una araña– y sus piezas, dibujadas con tinta, acuarela y lápiz, abarcan desde lo abstracto a lo realista. La propia artista dijo acerca de estas variaciones: “Los dibujos más realistas son para mí una forma de concretar una idea. No quiero perderla. Con los dibujos abstractos, cuando me suelto, puedo deslizarme hacia el inconsciente”.

Los dibujos de la exposición de Hauser & Wirth abarcan varias décadas y fueron elegidos por Jerry Gorovoy, un ex-asistente de estudio y amigo de Bourgeois, que es ahora el presidente de la Fundación Easton, creada en nombre de la difunta artista. A lo largo de su vida, Bourgeois recurrió constantemente al arte como a un medio de terapia; utilizaba su creatividad para trabajar con emociones intensas, tanto positivas como negativas. “Como víctima del síndrome de Tourette, siempre sintió que tenía que confesarlo todo, lo que podía resultar incómodo para los demás, una vez se llamó a sí misma la mujer sin secretos”, escribió Gorovoy tras su muerte en 2010 . “En su arte no tenía ningún miedo, mientras que en su vida real decía que era como un ratón detrás del radiador”. Bourgeois describió el arte como una “garantía de cordura”.

Louise Bourgeois Dibujos Hauser y Wirth
Louise Bourgeois trabajando en un dibujo en espiral en su casa en West 20th Street, Nueva York, 1970© The Easton Foundation / Con licencia de VAGA en Artists Rights Society (ARS), Nueva York

La naturaleza terapéutica del arte de Louise Bourgeois es también, de alguna manera, universal, se extiende más allá de su propia relación con la obra, y resuena con los espectadores de una manera única. “La primera vez que vi su trabajo lo sentí tan personal”, dijo la diseñadora Simone Rocha a AnOther el año pasado. La colección Otoño/Invierno 2019 de Rocha se inspiró en Bourgeois y ofreció estampados y bordados de telarañas. “Simplemente sentí que mis sentimientos estaban representados como en una página… Era la misma sensación que con mis diarios de adolescencia pero, obviamente, bajo una forma más hermosa”. Los dibujos también eran como unos diarios para Bourgeois; un lugar en el que atemperaba sus ansiedades, trabajaba con sus recuerdos de infancia y expresaba sus emociones. “He llevado un diario desde que tengo uso de memoria y mis dibujos son realmente otro tipo de diario”, dijo.

Los complejos y coloridos dibujos de Louise Bourgeois –una constante a lo largo de su vida, aunque no tan conocidos como sus famosas series Cells o su gigantesca escultura Maman– fueron una parte importante de su práctica artística, pero también cumplieron un propósito. Creó arte sin descanso hasta su muerte, acaecida a la edad de 98 años, según parece como una forma de permanecer cuerda. En momentos como estos, tomarnos una pausa para mirar los atractivos dibujos de Louise Bourgeois podría ayudarnos también a hacer lo mismo.

La exposición en línea  Louise Bourgeois: Drawings 1947-2007 estará abierta a partir del 25 de marzo de 2020.

https://www.anothermag.com/art-photography/12375/louise-bourgeois-drawings-anxiety-hauser-wirth-online-exhibition

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El sueño de una lengua común de Adrienne Rich

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La poesía ha sido en todo tiempo un gesto de rebeldía y de emancipación. Todos los poetas soñaron alguna vez que las palabras tenían un poder tan grande que con ellas serían capaces de acometer la transformación de los sistemas políticos, acabar con la sinrazón y crear una justicia verdadera. Adrienne Rich, una de las poetas estadounidenses más populares y celebradas del siglo xx, también soñó con el fin de la desgracia humana y con la instauración de una nueva armonía. Todo su combate contra la opresión de las mujeres lo concentró en las palabras: en redefinirlas, en darles un nuevo uso, un nuevo sentido, donde toda la historia de violencia contra ellas fuese juzgada y reescrita.

El sueño de una lengua común es uno de sus libros más emblemáticos, el poemario en el que su combate y sus ideas encontraron su punto más alto y más claro. En él habla del poder de las mujeres, de los amores entre ellas, hermosos y prohibidos, y retoma una de las metáforas más antiguas de la tradición literaria: la naturaleza y su semejanza con el cuerpo femenino. Pero sobre todo es un libro que cuestiona la opresión y el silencio de las mujeres, y que imagina lo que sólo los grandes poetas han soñado: la creación de una lengua común que permita comprendernos de forma verdadera, sin herirnos, sin violentarnos, donde la existencia no sea una batalla entre todos nosotros sino la afirmación de una nueva armonía, entre hombres y mujeres, entre el ser humano y la naturaleza, una lengua para soñar por fin juntos nuestra humanidad común.

http://sextopiso.es/esp/item/450/el-sueno-de-una-lengua-comun

https://elpais.com/cultura/2019/10/15/babelia/1571150116_098095.html

 

 

Chantal Maillard: “La ira no cambia nada”, conferencia al CCCB

20191127_185516Chantal Maillard durante su conferencia, el 27 de noviembre 2019 / Foto: Muriel Chazalon


“¿Son el exceso de violencia, la codicia y el ansia algo congénito de la especie humana o más bien algo que heredamos de las sociedades guerreras que dominaron nuestros territorios hace pocos milenios?

¿Qué representan las figuras iracundas y terribles como Equidna, las Gorgonas, Medea, Durga o Kali en en las culturas indoeuropeas de Europa y de India? ¿Tuvieron las criaturas híbridas una función política? ¿Es la ira un factor de cambio o un elemento del universo patriarcal? 

Reconvertir los mitos, remplazar la moral del semejante por una ética que trascienda las diferencias, hallar un nuevo paradigma para una edad postantropocéntrica, ¿es esto posible?” Ch. M.


La Vanguardia | Magí Camps | 28 Nov 2019

El Festival Clàssics cerró ayer su primera edición al mismo tiempo que inauguraba la segunda. Así como en noviembre del 2019 fue el escritor Alessandro Baricco, con su conferencia sobre la belleza, quien plantó la simiente de las propuestas culturales que se han mostrado este último mes, ayer fue la escritora y filósofa belgaespañola Chantal Maillard quien disertó sobre la ira, el tema sobre el que pivotará la segunda edición del festival, en otoño del 2020.

En un hall del CCCB lleno de público, Maillard se preguntó si la ira servía para cambiar el sistema en el que vivimos y, después de recorrer la mitología griega y la india, contraponiendo dos modos de pensar distintos, concluyó: “La ira no produce cambios, es mercenaria y sólo sirve a los que más la excitan”. Maillard consideró necesario un cambio de paradigma para avanzar y calificó de insuficiente cambiar el patriarcado por un matriarcado: “Es necesario un trabajo de la conciencia para superar los cercos de raza, género o especie”.

Para Maillard, solo viendo la diferencia del otro como una dualidad y no como el enemigo –como hicieron los griegos con las criaturas híbridas de sus mitos, que consideraron monstruos, a diferencia de la tradición india– “no conseguiremos ampliar los cercos en que nos sentimos seguros y cómodos” y no mejoraremos nuestra sociedad.

https://www.pressreader.com/spain/la-vanguardia/20191128/282522955322140

Vídeo de la conferencia de Chantal Maillard, “La ira. Híbridos y figuras terribles en la cultura patriarcal indoeuropea”, al CCCB, el 27 de noviembre de 2019.

 

El arte mágico de André Breton

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De las pinturas rupestres a Gauguin pasando por Grecia y Roma, El Bosco y Mondrian, André Breton compuso en ‘El arte mágico’ una de sus obras esenciales, una provocadora historia de la cultura desde el punto de vista de su contenido simbólico y surreal.

Nuria Azancot

 

«La magia es vista como una capacidad innata de la humanidad que siempre vuelve a emerger, especialmente tras largos períodos de racionalismo, y que ni la religión, ni la ciencia ni la política consiguen erradicar jamás.»

                                                             Nadia Choucha, Surrealism and the Occult

Durante años, El arte mágico de André Breton fue un auténtico libro de culto, objeto de deseo de los bibliófilos parisinos. Publicado en 1957 por el Club Français du Livre en una tirada limitada, a ojos de su autor representaba el anhelo de toda una vida: nada menos que una historia universal del arte, desde sus orígenes prehistóricos hasta nuestro tiempo, acompañada de una iconografía irreprochable, de la que estaba convencido que sería uno de sus mensajes más duraderos. La particularidad de esta historia, cuyas notas y documentos visuales había ido acumulando a lo largo de los años, es la de estar contada con las premisas del surrealismo. Por sus páginas desfilan: el Bosco, Brueghel, Uccello, Durero, Grünewald, Altdorfer, Holbein, Arcimboldo, Caron, Desiderio, Blake, Füssli, Goya, Friedrich, Böcklin, Gauguin, Gustave Moreau, Rousseau, De Chirico, Picasso, Duchamp, Kandinsky, Miró, Tanguy, Max Ernst…, sin olvidar el arte religioso de las más diversas épocas y culturas del mundo. Toda esta fabulosa corriente visual, compuesta por más de doscientas reproducciones de gran calidad, constituye el último sueño de Breton.

El volumen se cierra con una interesante e insólita sección de ciento cincuenta páginas sobre el valor y la significación de lo mágico en nuestra época, en forma de encuesta realizada a personajes de la talla de Martin Heidegger, Octavio Paz, René Magritte, Georges Bataille, Claude Lévi-Strauss, Julien Gracq, Benjamin Péret, Pierre Klossowski, Roger Caillois, Juan Eduardo Cirlot, Leonora Carrington, Julius Evola, Maurice Blanchot, René Nelli… 

El arte mágico

 

 

La magia del arte según Breton

http://www.alejandradeargos.com/index.php/es/completas/10-otras-artes/41767-andre-breton-el-arte-magico

https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-andre-breton-busca-magico-201911200256_noticia.html

https://www.lavanguardia.com/vida/20191019/471058919822/cuando-la-magia-se-hizo-arte-segun-andre-breton.html

https://elpais.com/cultura/2019/11/11/actualidad/1573496796_050414.html