Judith Butler: Por una nueva solidaridad contra la violencia

En su nuevo ensayo, que llega este jueves a las librerías, Judith Butler ofrece un conjunto de propuestas esenciales para afrontar esta época marcada por el conflicto permanente. Ofrecemos un adelanto.

 

La filósofa estadounidense Judith Butler, durante una visita a Barcelona en 2018.
La filósofa estadounidense Judith Butler, durante una visita a Barcelona en 2018. MIQUEL TAVERNA/CCCB

 

Julio Cortázar encarna una tradición de imaginación literaria y activismo político extraordinarios. Tengo en mente aquella advertencia que hizo Pablo Neruda hace algunos años: “Cualquiera que no lea a Cortázar está condenado”. Cortázar creía que debemos ser conscientes del lenguaje que empleamos a la hora de describir el mundo, pues está plagado de significados inconscientes, historias sociales, un legado de lucha y sometimiento. Puede que el lenguaje que más claro nos resulta se acabe revelando como el más opaco, e incluso engañoso, cuando empezamos a excavar en la historia del uso que se ha hecho de él.

En una clase de literatura que impartió en 1980 en la Universidad de California, en Berkeley, universidad donde soy profesora, Cortázar les dijo a sus alumnos: “El lenguaje está ahí y es una gran maravilla y es lo que hace de nosotros seres humanos, pero ¡cuidado! antes de utilizarlo hay que tener en cuenta la posibilidad de que nos engañe, es decir, que nosotros estemos convencidos de que estamos pensando por nuestra cuenta y en realidad el lenguaje esté un poco pensando por nosotros, utilizando estereotipos y fórmulas que vienen del fondo del tiempo y pueden estar completamente podridas”.

Y, no obstante, Cortázar no le dio nunca la espalda al lenguaje, ni a la política, ni a la esperanza. Debemos cuestionarnos críticamente la manera como reproducimos en nuestro lenguaje formas de poder a las que somos contrarios, y debemos también esforzarnos por usar el lenguaje de un modo nuevo que abra una posibilidad de esperanza al mundo. Utopía no es una palabra fácil de usar, pero Cortázar no la rechazó: Cortázar proclamó, como saben, que Cuba era una utopía alcanzable. Y con ello, otorgó esperanza a la posibilidad de materializar una igualdad radical de carácter político en este mundo. No sabía si sucedería, ni se embarcó en predicciones, pero estaba dispuesto, no pero estaba dispuesto, no obstante, a proclamar, a movilizar el acto del habla como una forma de combatir el escepticismo y el nihilismo de su época. De hecho, como es sabido, en cuanto que miembro del Tribunal Russell II, unió fuerzas con otros para condenar públicamente los crímenes cometidos por los regímenes dictatoriales de América Latina. Él no era juez, y el Tribunal Russell II no era un tribunal de justicia, pero cuando los tribunales no cumplen con su labor, o cuando la fe en la ley se tambalea, existe aún la posibilidad de formular contundentes juicios públicos; en particular cuando la gente conviene en revisar en público las evidencias.

 

Si las diferencias de clase, raza o de género se inmiscuyen en el criterio con que juzgamos qué vidas tienen derecho a ser vividas, la desigualdad social desempeña un papel muy importante en nuestro modo de abordar la cuestión de qué vidas merecen ser lloradas

 

Como escritor, Cortázar se ganó el derecho a hablar en público, y escogió hacerlo en nombre de los subordinados, los censurados, los criminalizados por formar parte de la resistencia frente a las dictaduras, pero también de los torturados, y los desaparecidos, de aquellos cuya muerte sigue sin constar y sin el reconocimiento de los gobiernos responsables de su desaparición. El Tribunal Rusell era una alianza transnacional compuesta por personas que se arrogaron el derecho y el poder de juzgar allí donde los tribunales fracasaron o donde el sistema jurídico demostró incluso ser cómplice de los crímenes.

Hoy me gustaría hablar de la necesidad de reconocimiento público de estas pérdidas que continúan sin contar y sin llorarse. Y, para hacerlo, comenzaré con una pregunta: ¿en qué circunstancias es posible llorar una vida perdida? ¿De quiénes son las vidas que se consideran llorables en nuestro mundo público? ¿Cuáles son esas vidas que, si se pierden, no se considerarán en absoluto una pérdida? ¿Es posible que algunas de nuestras vidas se consideren llorables y otras no? Planteo estas preguntas difíciles y perturbadoras porque yo, como ustedes, me opongo a la muerte violenta; a la muerte por medio de la violencia humana; a la muerte resultado de acciones humanas, institucionales o políticas; a la muerte provocada por una negligencia sistémica por parte de los estados o por modos de gobernanza internacionales.

Si convenimos en que toda persona debería ser libre de aspirar a una vida vivible y despojada de violencia, entonces estamos aceptando que toda vida debería ser, idealmente, libre de ejercer ese derecho, y que todos aquellos que son privados de su vida por medio de la violencia son víctimas de una injusticia radical.

Sin embargo, si solo les reconocemos a ciertas vidas el derecho a aspirar a una vida vivible; si solo lloramos cuando son esas las vidas que desaparecen por obra de la violencia, entonces debemos preguntarnos por qué lloramos esas vidas y otras no. Parte de lo que dice nuestro dolor —si el dolor hablase—, parte de lo que implica ese dolor, es que las vidas que se han perdido deberían haber tenido la oportunidad de vivir, de aspirar a una vida que no fuera de continuo sufrimiento y desplazamiento, sino una vida vivible, una vida que le permitiera a una persona querer la vida que le ha sido dada vivir.

Así pues, si las diferencias de clase, raza o de género se inmiscuyen en el criterio con que juzgamos qué vidas tienen derecho a ser vividas, se hace evidente que la desigualdad social desempeña un papel muy importante en nuestro modo de abordar la cuestión de qué vidas merecen ser lloradas. Pues si una vida se considera carente de valor, si una vida puede destruirse o hacerse desaparecer sin dejar rastro o consecuencias aparentes, eso significa que esa vida no se concebía plenamente como viva y, por tanto, no se concebía plenamente como llorable.

 

Por una nueva solidaridad contra la violencia

 

Estamos en contra de la pérdida de determinadas vidas por medio de la violencia porque es una injusticia, pero tan importante es oponerse a la pérdida de vidas violentamente destruidas por no considerarse dignas de ser lloradas. Afirmamos que esas vidas eran valiosas, que deberían haber tenido la oportunidad de vivir y que la pérdida de esas vidas es una pérdida que lloramos abiertamente. El dolor da carta de naturaleza a la pérdida, es un reconocimiento del valor de la vida que se ha perdido, pero reconoce también que esa vida era en efecto una vida, que estaba viva; que su pérdida es una pérdida, la pérdida de una vida futura, de la futuridad que define una vida vivible.

El acto del duelo enlaza con el acto de la justicia precisamente aquí, porque no solo estamos diciendo que esa era una vida que merecía ser vivida y que nadie debería haberla destruido, sino también que tal destrucción es injusta. De modo que lloramos, y con ello al mismo tiempo nos oponemos a la injusticia. El despliegue de un duelo público se alía con una oposición militante frente a la injusticia. Y del mismo modo que nos oponemos a la violencia por medio de nuestro dolor y de nuestra rabia, estamos practicando la no violencia cuando nos dolemos y militamos en contra de la continuación de la violencia y la destrucción.

Las poblaciones se dividen a menudo, demasiado a menudo, entre aquellos cuyas vidas son dignas de protegerse a cualquier precio y aquellos cuyas vidas se consideran prescindibles. Dependiendo del género, de la raza y de la posición económica que ostentemos en la sociedad, podemos sentir si somos más o menos llorables a ojos de los demás.

Pensemos en las víctimas de feminicidio en Latinoamérica, especialmente en Honduras, Guatemala, Brasil, Argentina, El Salvador, pero también aquí, en México, que incluyen a toda persona brutalizada o asesinada por el hecho de ser feminizada, y eso incluye un número enorme de mujeres trans y de miembros de la comunidad travesti. A menudo estas muertes se dan a conocer o se publican como noticias sensacionalistas en los periódicos; les sigue una manifestación momentánea de conmoción pública, y al tiempo vuelve a suceder. Cuando se conocen, se produce una reacción horrorizada, no cabe duda, pero la reacción no siempre viene acompañada de un análisis enfocado a una movilización en contra de esas muertes tan generalizadas. En ocasiones se dice que los hombres que cometen estos crímenes sufren alguna clase de patología, o se considera una tragedia, o la historia se aborda como la enésima y periódica incidencia de algo aberrante. Pensemos, sin embargo, en la descripción de las feministas, que están intentando teorizar la situación con el objetivo de conocer los términos con que debería enmarcarse y entenderse. Montserrat Sagot, por ejemplo, de Costa Rica, sostiene que “el femicidio expresa de forma dramática la desigualdad de relaciones entre lo femenino y lo masculino, y muestra una manifestación extrema de dominio, terror, vulnerabilidad social, de exterminio e incluso de impunidad”. En su opinión, no procede explicar estos actos asesinos en términos de características individuales, patologías o incluso de agresividad masculina, sino que deben entenderse como la reproducción de una estructura social de dominación masculina y, en este sentido, como la forma más extrema de terrorismo sexista. A juicio de Sagot, el asesinato es la forma más extrema de dominación, y otras, como la discriminación, el acoso, la violencia física, deben concebirse dentro de un continuum con el feminicidio. Este razonamiento nos conduce a una paradoja, puesto que si el exterminio es la meta, entonces, en caso de alcanzarla, sus perpetradores ya no ostentarían el dominio, pues quien domina necesita quien se someta, y que dicho sometimiento le devuelva al dominador su propio reflejo. Si se interrumpe la vida de la persona o de la clase subordinada, el dominador deviene la norma, y la relación impuesta de desigualdad da paso al genocidio. Nadie domina sobre los muertos, salvo si borra por completo su rastro.

 

El feminicidio no implica solo el asesinato activo, sino que incluye también el mantenimiento de un clima de terror, en el que cualquier mujer puede ser asesinada, incluidas las mujeres trans

 

La situación del feminicidio no implica solo el asesinato activo, sino que incluye también el mantenimiento de un clima de terror, uno en el que cualquier mujer, incluidas las mujeres trans, puede ser asesinada. Dediquemos, pues, un momento a recordar lo importante que es para las alianzas que se forman en torno al duelo —alianzas encaminadas a ejercer una oposición política frente a la violencia— conseguir cerrar la brecha que separa el feminismo del activismo transgénero. Las mujeres son asesinadas, podríamos decir, no por nada que hayan hecho, sino por lo que otros perciben que son. En cuanto que mujeres, son consideradas propiedad del hombre, es el hombre el que ostenta el poder sobre sus vidas y sus muertes. No hay ninguna razón natural que justifique esta estructura fatal e injusta de dominación y terror: forma parte de convertirse en género en los términos de la norma dominante. Convertirse en hombre, desde esta perspectiva, consiste en ejercer el poder sobre la vida y la muerte de las mujeres; matar es la prerrogativa del hombre al que se le ha asignado un determinado tipo de masculinidad. Se espera, pues, de todos aquellos a quienes se les asigna al nacer el género de varón que asuman una trayectoria masculina, que su desarrollo y vocación sean masculinos. Por tanto, las personas trans que quieren ser mujeres, que buscan ser reconocidas como mujeres trans, rompen con ese pacto implícito que une a los hombres, que permite y afirma su violenta propiedad sobre las mujeres. Las mujeres trans son un objetivo en parte porque son femeninas, o están feminizadas, y se las castiga no solo por rechazar el camino de la masculinidad sino por abrazar abiertamente su propia feminidad.

Las estadísticas, como sabemos, son aterradoras. Ocurre en todas partes, pero en los últimos años han sido asesinadas más de 2.500 personas trans en todo el mundo. Brasil y México son también los países con los índices más altos de violencia y asesinato de personas transgénero. Tal vez se deba a que en estos países hay grupos en defensa de los derechos humanos que llevan el recuento de víctimas, pero también puede ser porque los mismos países latinoamericanos que han ido avanzando hacia la igualdad de derechos, hacia una mayor diversidad, y mayores libertades legales para las personas LGTBQ son el objetivo de la violencia reaccionaria. Esos movimientos sociales responden frente a formas de desigualdad y violencia, pero son también el blanco del odio de aquellos que temen sus progresos. De modo que, hoy día, pensando en la violencia contra la mujer, contra las mujeres trans, contra los hombres trans, podríamos decir que son el resultado de la misoginia y la transfobia, y por descontado, esto es cierto, pero debemos comprender también las nuevas formas de violencia en cuanto que expresión de antifeminismo, en cuanto que oposición política a los derechos LGTBQ, una reacción frente a los que defienden el derecho de las personas trans a vivir libremente su género y a contar con el amparo de la ley. De manera que parte de la violencia que vemos y conocemos es una reacción frente a los progresos que hemos hecho, y eso significa que debemos seguir avanzando y aceptar que se trata de una lucha continuada, una lucha en la que los principios fundamentales de la democracia, la libertad, la igualdad y la justicia están de nuestro lado.

 

La violencia, como saben, no es un acto aislado, y tampoco es solo una manifestación de las instituciones o de los sistemas en los que vivimos. Es también una atmósfera, una toxicidad que invade el aire

 

La violencia, como saben, no es un acto aislado, y tampoco es solo una manifestación de las instituciones o de los sistemas en los que vivimos. Es también una atmósfera, una toxicidad que invade el aire. Estamos aquí por cuanto estamos vivos, por cuanto seguimos viviendo, pero las mujeres que siguen vivas persisten en una atmósfera de daño potencial, de una muerte repentina y violenta. La población de mujeres aún vivas viven hasta cierto punto aterrorizadas por la prevalencia de los asesinatos contra ellas. Algunas aceptan la subordinación para esquivar ese funesto destino, pero tal subordinación solo sirve para recordarles que son en principio una clase asesinable. “Sométete o muere” se convierte en el imperativo que se impone a las mujeres que viven en estas situaciones de terror. Y es este poder de aterrorizar el que, por descontado, recibe el respaldo, el apoyo, el refuerzo de la policía que se niega a proteger, o a procesar, o que inflige ella misma violencia sobre las mujeres que se atreven a denunciar legalmente la violencia que sufren o de la que son testigos, o que se unen en grupos para protestar o se suman a alianzas transregionales o transnacionales para plantar cara a la violencia contra las mujeres y las personas trans.

Sabemos que asesinar es un acto violento, claro está, pero ¿cómo definimos esa violencia que atañe a la reproducción del terror institucionalizado? La violencia no siempre adopta la forma de un golpe, o podría ser que el golpe no sea más que un instante en la reproducción estructural y social de la violencia. Debemos impedir el golpe, pero debemos impedir también la situación estructural que posibilita ese golpe y que le proporciona una justificación tanto antes como después del hecho. Algunas instituciones, formales e informales, incluidos el gobierno y la policía, los propios cárteles, están implicadas en la reproducción social de la violencia. La violencia es al mismo tiempo acto e institución, pero es también, como he mencionado, una atmósfera tóxica de terror. Cada una le sirve de sostén a la otra, están de hecho encadenadas, conectadas una a otra en una dialéctica potenciadora del terror.

Es por esto que tenemos por delante una labor teórica tan grande por hacer: ¿cómo entendemos la especificidad del terror sexual? ¿Qué relación tiene con la dominación y el exterminio? ¿Hay una teoría general de la sexualidad y la violencia que pueda explicar este fenómeno? Estas preguntas nos ayudan a comprender cómo podría llevarse a cabo una intervención a escala global con la que exigir una reconceptualización de estos asesinatos en cuanto que manifestaciones de un poder social que se ejerce una y otra vez a un ritmo letal. Solo entonces sabremos cómo rebatir los relatos que culpan a las mujeres de sus propias muertes violentas, o que presentan a los hombres como personajes patológicos, o que aportan una imagen compasiva de su ira: “un crimen pasional”.

 

En Estados Unidos, seguimos acumulando historias individuales porque somos comprometidamente individualistas. El #MeToo es una serie impresionante de historias que señalan la estructura generalizada de acoso y agresión

 

Por terrible e individual que pueda ser cualquiera de estas pérdidas, se enmarcan en una estructura social que no considera que las vidas de las mujeres, incluidas las mujeres trans, sean dignas de ser lloradas. Las categorías que omiten el ejercicio del poder social en estos casos suponen un obstáculo para una oposición política eficaz contra tales condiciones. Por descontado, quedan muchas cuestiones pendientes en torno a los usos del discurso de los derechos humanos o el recurso a regímenes legales que a menudo reproducen las desigualdades, y también acerca de la necesidad de comprender las posibilidades de la resistencia, que las mujeres continúan ejerciendo en circunstancias tan aterradoras. El movimiento Ni Una Menos, que como saben ha sacado al menos a dos millones de mujeres a las calles, es un estupendo ejemplo. “No perderemos ni una más”. Su voz es la del colectivo de las que todavía viven, de las que existen y persisten; han transformado la categoría de mujer en un colectivo, y no perderán ni a una más de entre sus filas, de entre su género. En Estados Unidos, seguimos acumulando historias individuales porque somos comprometidamente individualistas. El movimiento #MeToo es, claro está, una serie impresionante de historias que señalan la estructura generalizada de discriminación, acoso y agresión. También en Latinoamérica las historias individuales importan, sin duda, y ese es uno de los motivos por los que nos interesan las memorias, las biografías, los testimonios que reflejan el mundo en el que habitualmente vivimos. Y, sin embargo, Ni Una Menos es una forma de afirmar la voz del colectivo, una solidaridad entre las vivas, cuya proclama es “vamos a seguir viviendo y no perderemos a ni una más de las nuestras”. Es un acto de expresión del “nosotras” que agrupa todas nuestras voces cada vez que se reúne. El colectivo protege al individuo de un destino violento, el colectivo exige un mundo en el que esa lucha contra la muerte violenta se libre —o así debería ser— por todos los sectores de la sociedad. Y afirma también que las mujeres vivirán, que seguirán viviendo, que reivindican con el propio acto de vivir su derecho a vivir, a disfrutar, a ser un cuerpo que conecta apasionadamente con otros cuerpos en el mundo. Ni Una Menos es una declaración viva por parte de las vivas, unidas para que no se produzca ni una sola muerte violenta más.

Desde luego, hay una diferencia entre el duelo público y la lucha por la justicia. No todas nuestras pérdidas son políticas, y no todas nuestras luchas por la justicia dependen del derecho y de la posibilidad de llorarlas. Y sin embargo, el duelo público puede convertirse en un acto político. Pensemos en las Abuelas de la Plaza de Mayo, en las Mujeres de Negro, en las Familias de Ayotzinapa. Quienes exigen este derecho al duelo no van a desaparecer de los medios o de las plazas. Están reivindicando públicamente su derecho a llorar, están reivindicando su derecho a llorar públicamente. Y sin embargo llorar sin evidencia de la muerte no es del todo posible; no lo es llorar sin conocer la causa de la muerte. Como dice la Antígona de Sófocles, tenemos que poder enterrar el cuerpo para aceptar y llorar la pérdida. Tenemos que saber dónde y cómo muere una persona para emerger del escándalo de la injusticia y abrazar la práctica reparadora del duelo. Quienes han perdido a los que aman, quienes dicen “tengo derecho a llorar, y no lloro aún porque necesito saber dónde y cómo murieron mis seres amados”, están vinculando las demandas de justicia con la capacidad misma de acceder al duelo. No habrá duelo si no hay justicia y asunción de responsabilidades, y ser privado del derecho al duelo es en sí mismo una injusticia. El duelo y la reivindicación de justicia van de la mano y se necesitan el uno a la otra; reúnen el dolor y la rabia en un esfuerzo por construir un nuevo consenso y una nueva solidaridad contra la violencia.

 

Judith Butler es filósofa estadounidense y profesora en la Universidad de Berkeley (California). Este texto pertenece a Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy (Taurus), que se publica el 9 de julio.

https://elpais.com/cultura/2020/07/07/babelia/1594150567_495046.html

 

Baba Yagá puso un huevo. Dubravka Ugrešic

 

Justo en medio de la pandemia (se publicó en marzo), y acompañando nuestra lectura del cuento de Vasalisa, la sabia (“El rastreo de los hechos: la recuperación de la intuición como iniciación” de mano de Clarissa Pinkola Estés), llega este magistral cuento de cuentos que, lleno de ingenio y perspicacia, pone en el punto de mira la archiconocida figura de la anciana bruja. Un viaje fascinante en el que Baba Yagá, adoptando numerosos disfraces, nos invita a explorar el mundo de los mitos y a reflexionar sobre la identidad, los estereotipos femeninos y el poder de las fábulas.

Baba Yagá es una criatura oscura y solitaria, un ser híbrido, mitad humano-mitad animal, que rapta niños y vive en el bosque, en una casa que se sustenta sobre patas de gallina. Pero también viaja a través de las historias, y en cada una de ellas adopta una nueva forma: una escritora que regresa a la Bulgaria natal de su madre, que, atormentada por la vejez, le pide que visite los lugares a los que ella ya no podrá volver; un trío de ancianas misteriosas que se hospedan durante unos días en un spa especializado en tratamientos de longevidad; y una folclorista que investiga incansable la figura tradicional de la bruja. Ancianas, esposas, madres, hijas, amantes. Todas ellas confluyen en Baba Yagá.

A caballo entre la autobiografía, el ensayo y el relato sobrenatural, su historia se convierte en la de Medusa, Medea y tantas otras figuras malditas, dibujando un tríptico apasionante sobre cómo aparecen y desaparecen las mujeres de la memoria colectiva. La tercera y última parte de este tríptico, “Baba Yagá para principiantes”, es absolutamente deliciosa y de lectura obligada para nosotras durante el verano.

No es un ensayo sobre feminismo ni sobre la tercera edad sino una novela, escribe Alejandro Luque, pero una que integra una mirada muy fresca sobre el ocaso de la mujer, esa fase en la que una se convierte en poco más que hojarasca al margen de la sociedad. Abuelitas inofensivas, pensará más de uno al cruzárselas por la calle. Pero esas abuelitas tienen detrás una larga vida y, a menudo, un largo combate. Son todo menos inofensivas, cuando se lo proponen. Y cuando se topan con la afilada pluma de Dubravka Ugresic (Kutina, Croacia, 1949). En estas páginas regresa la alumna aventajada de Danilo Kiš, de Miroslav Krleža, por citar dos de sus compatriotas yugoslavos más frecuentados, del propio Kundera o del maestro húngaro Gyrörgy Konrád. Pero Ugresic es ya una autora de absoluta madurez: una indiscutible maestra.

Aquí va un extracto para hacer boca.

<< Al principio no te das cuenta de que están ahí…

Al principio no te das cuenta de que están ahí. Y, de repente, un detalle casual capta tu atención, como cuando ves un ratón por la calle: el bolso de una señora mayor, una media caída que se pliega sobre un tobillo hinchado, guantes de ganchillo en las manos, escaso pelo gris con reflejos azules y, posado en la cabeza, un sombrero algo anticuado. La dueña del pelo azulado mueve la cabeza como un perro mecánico y sonríe con cansancio.

Sí, al principio son invisibles. Se cruzan contigo, como sombras, picotean el aire que les llega, andan zapateando, caminan arrastrando los pies por el asfalto, dan pasitos de ratón, tiran de un carrito, se agarran a algún transeúnte, permanecen quietas, rodeadas por una serie de sacos y bolsas inútiles, como un desertor ataviado aún con la parafernalia militar. Algunas de ellas siguen ‘‘en forma’’; llevan vestidos de verano escotados, con un fular de piel sobre los hombros y un abrigo de astracán medio apolillado, y van con el maquillaje todo corrido (¿¡Quién, después de todo, puede maquillarse en condiciones, cuando necesita unos anteojos para hacerlo!?).

Pasan a tu lado rodando como una pila de manzanas secas. Murmuran algo para sí mismas; conversan con interlocutores invisibles, como los indios americanos lo hacen con los espíritus. Van en los autobuses, en los tranvías y en el metro como si fueran equipaje abandonado; duermen con la cabeza inclinada hacia el pecho; o andan de un lado a otro embobadas, preguntándose en qué parada tienen que bajarse, o si realmente deberían bajarse. A veces te detienes un instante (sólo un instante) en frente de una casa de gente mayor y las ves a través de las cristaleras: se sientan en mesas, palpan migajas como si estuvieran pasando los dedos por una página de braille para mandarle mensajes ininteligibles a alguien.

Dulces, adorables, señoras mayores. Al principio no te das cuenta de que están ahí. Y de repente ahí están, en el tranvía, en la oficina de correos, en la tienda, en la consulta del médico, en la calle, ahí hay una, ahí hay otra, allí hay una cuarta, una quinta, una sexta, ¿cómo puede ser que hayan tantas de repente? Tus ojos van poco a poco de un detalle al siguiente: los pies hinchados como donuts por los zapatos apretados; la piel que cae desde el pliegue del codo; las uñas protuberantes; los capilares que surcan la piel. Miras de cerca su cutis: o está bien cuidado o está descuidado. Te percatas de su falda gris y de su blusa blanca con el cuello bordado (¡que está sucio!). La blusa está desgastada y desteñida de tanto lavarla. Se la ha abrochado coja; intenta desabrochársela pero no puede, sus dedos están agarrotados, los huesos están viejos, cada vez son más ligeros y huecos, como los de los pájaros. Otras dos señoras le echan una mano, y con sus esfuerzos colectivos consiguen ponérsela bien. Parece una niña pequeña, con la blusa abrochada hasta la barbilla. Las otras dos le alisan el bordado del cuello, murmurando con admiración: a ver hasta dónde llega el bordado; era de mi madre, oh, antes todo se hacía tan bien y quedaba tan bonito. Una de ellas es bajita y corpulenta, y tiene un bulto pronunciado en la parte de atrás de la cabeza: parece un bulldog viejo. La otra es más elegante, pero la piel del cuello le cuelga como el moco de un pavo. Se mueven en formación, como tres polluelas…

Al principio son invisibles. Y entonces, de golpe, empiezas a localizarlas. Van por el mundo arrastrando los pies, como ejércitos de ángeles ancianos. Una de ellas te mira a la cara de cerca. Lo hace fijamente, con los ojos bien abiertos y la mirada de un azul apagado, y expresa su petición con un tono orgulloso y condescendiente. Te está pidiendo ayuda; necesita cruzar la calle pero no puede hacerlo sola, o necesita subir a un tranvía pero tiene las rodillas flojas, o necesita encontrar una calle y el número de una casa pero ha olvidado sus anteojos. Sientes una punzada de simpatía por la señora, te conmueve, realizas una buena acción, arrastrado por la emoción que produce la galantería. Es precisamente en este momento cuando deberías echar el freno, resistirte al canto de la sirena, esforzarte por hacer bajar la temperatura de tu corazón. Recuerda, sus lágrimas no significan lo mismo que las tuyas. Porque si cedes, si sucumbes, si intercambias unas pocas palabras más, te convertirás en su siervo. Te adentrarás en un mundo en el que no tenías intención de entrar, porque todavía no es el momento; tu hora, por el amor de Dios, no ha llegado aún.

Ve allí, no sé adónde,
y tráeme algo que me falta >>

 

Dubravka UgrešicBaba Yagá puso un huevo, traducción de Luisa Fernanda Garrido y de Tihomir Pistelek, Impedimenta, 2020.

 

Dubravka Ugrešic nació en 1949 en Kutina, un pueblecito cercano a Zagreb. Tras estallar la Guerra de los Balcanes, se exilió de su país. Desde entonces ha enseñado en numerosas universidades de Europa y América, como Harvard, Columbia y la Free University de Berlín. Entre sus obras, que han sido traducidas a numerosos idiomas, destacan El museo de la rendición incondicional (1996) y Baba Yaga puso un huevo (2008), así como los ensayos Gracias por no leer (2003) y Karaoke Culture (2010), que quedó finalista del National Book Critics Circle Award en 2011. También ha recibido el Premio del Estado Austriaco a la Literatura Europea (1998), galardón que han distinguido a otros autores como Stanislaw Lem, Marguerite Duras o Mircea Cartarescu, y en 2009 quedó finalista del Premio Booker. Actualmente reside en Ámsterdam.

 

http://impedimenta.es/libros.php/baba-yaga-puso-un-huevo

https://es.wikipedia.org/wiki/Dubravka_Ugre%C5%A1i%C4%87

 

Dead Man. Jim Jarmusch

 

En esta escena entramos en territorio lobuno, espacio limítrofe de Artemisa, en la que el anti-héroe, William Blake, él mismo un fugitivo, se tumba en el suelo del bosque al lado de un cervatillo muerto y se pinta el rostro con su sangre. Allí, se alcanza entonces algo muy simple y profundo –es totemismo en estado puro, pero sobre todo es un reencuentro: perseguido, William Blake, que era al inicio del film un simple oficinista, se adentra en el bosque a una velocidad sorprendente y, sin embargo, lo hace por etapas, como en una iniciación real, y allí recobra el acceso a la vida salvaje. Los dos cuerpos acostados uno al lado del otro, sobre aquel suelo del que están hechos los bosques –ramitas, musgo, hojas caídas secas o podridas–, la bestia muerta y el hombre vivo, sobre la tierra con el agua (la de los ojos, la de la boca) y la sangre, allí el hombre se encomienda al animal, le sustrae el alma y se entrega, confiado, a él, a ella, y viaja con ella, su alma-animal… William Blake, ese antihéroe fugitivo, que ha roto con la civilización conquistadora, y que lleva, sin saberlo, el nombre del poeta visionario inglés inventa un ritual, un residuo de sacrificio que le abre la vía de una reintegración. En esa escena de chamanismo improvisado, la muerte y la vida se abrazan en un apaciguamiento prodigioso…

Dead Man, de Jim Jarmusch, 1995, 120 min. Estados Unidos.

Música: Neil Young

Fotografía: Robby Müller (B&W)

Reparto: Johnny Depp, Gary Farmer, Lance Henriksen, Michael Wincott, Crispin Glover, Iggy Pop, Robert Mitchum, Steve Buscemi, Alfred Molina, Gabriel Byrne, John Hurt, Mili Avital, Eugene Byrd, Billy Bob Thornton, Jared Harris

Pandora Film / Bac Films / Newmarket Capital Group / JVC Entertainment Networks / 12 Gauge Productions. Género: Western | Película de cultoCine independiente USA

 

El “earth-body” de Ana Mendieta

Desde la añoranza de naturaleza, que muchos.as tenemos en ese largo periodo de confinamiento, qué mejor que convocar una vez más, en esta bitácora lobuna, el sugerente arte de Ana Mendieta, su earth-body (tierra-cuerpo): en el cuerpo, sentir “la tierra no bautizada de los orígenes”, decía, “el tiempo que nos mira desde el interior de la tierra”… Desnudarnos y des-cubrirnos, en la inmanencia del mundo…

 

Ana Mendieta, Creek, juillet 1974, San Felipe Creek, Oaxaca, Mexique, film Super 8, color, silencioso, colección de la Cruz Collection Contemporary Art Space, Miami.

 

 

El arte de Ana Mendieta tiene un alto componente de evento, de ritual. Por eso la importancia no solo de los materiales –sangre, fuego, tierra– sino también de los movimientos del cuerpo. Su semejanza con los ritos de las culturas precolombinas le añaden un componente metafísico a los performance de la cubana.

En Siluetas –la serie más conocida de la artista–, Mendieta utiliza su cuerpo o construcción en medio de la naturaleza una silueta hecha de pólvora, de piedras o de barro, y la deja interactuar con el ambiente. [ir a https://blogdelesllobes.com/2016/05/05/el-arte-de-la-tierra-y-de-la-sangre-de-ana-mendieta-serie-siluetas/

La artista nació en La Habana en 1948 en el seno de una familia activa en política. Cuando Fidel Castro subió al poder en 1961, ella y su hermana fueron enviadas a Estados Unidos. Estudió pintura en la Universidad de Iowa e hizo un MFA en Intermedia en la misma universidad. Durante el programa, Mendieta comenzó a experimentar con la fotografía, el video y el rendimiento.

La artista también tiene estos medios para denunciar la violencia contra las mujeres. En Untitled, Rape Scene (1973) recreó la escena en la que se hizo víctima imaginaria de una violación.

Mendieta murió en Nueva York en 1985. En 2009 la prestigiosa Fundación Cintas de Cuba reconoció su legado, galardonándose con el premio Vida y Obra. Su obra será expuesta en la X Bienal de Berlín.

Ana Mendieta en Berlín

 

Ana Mendieta

Ana Mendieta: extensiones de la naturaleza y desbordamientos del cuerpo: http://portavoz.tv/ana-mendieta-extensiones-de-la-naturaleza/

 

 

El abrazo amoroso del universo vs Medea

© Pintura de Frida Kahlo_‘El abrazo amoroso del Universo’

 

fragmento 38

 

EL animal acude.
Presta atención y escucha.

 

Todas somos la fuente
a la que otras acuden
a abrevarse.

 

Atiende.

 

No intentes descifrar con el entendimiento
aquello que percibas.

 

Sus voces son de otra

naturaleza.

 

Atiende
como atiende la sierpe
al corazón vibrante de la piedra.

 

 

Entrar donde se está ha de hacerse
al oído.

 

*

 

fragmento 39

 

HAY una puerta estrecha
o no es una puerta sino
una abertura
por la que introducirse
con el cuerpo encogido
que luego se despliega si con suerte.

Una abertura o tal vez una llama
siempre encendida
aunque a menudo oculta
pues la mente se ocupa en mil delirios
y con la mente todo acaba confundido.

Hay una puerta estrecha
que no es una puerta
sino una abertura que conduce
más abajo del mí
y también más abajo
del abajo
donde el lenguaje no procede.

 

Más
abajo del abajo
todo

 

resulta inexplicable.

 

*

 

fragmento 40

 

HAY una abertura
que no es una puerta sino un
desgarro en la membrana
por el que introducirse y descender
más abajo del mí

 

y también más abajo
del abajo.

 

Aquel que allí penetra con el ánimo
en calma
y la conciencia alerta advierte
que todos nuestros actos tienen
el mismo origen.

 

Del mismo ovillo se devanan
en su raíz común las emociones.
El odio la ternura
la ira el rencor el miedo
son colores que tiñen
el hilo que aferramos
al nacer.

 

Pero nadie penetra en el abajo
del abajo
sin haberse
desprendido de sí.
El hilo ha de perderse en el descenso.

 

El hilo y
la personal historia que nos lastra
y oculta a nuestros ojos
la abertura.

 

*

 

fragmento 48

 

CONFÍA. El animal conoce
las sendas.

 

Sabe
que los hilos son fuertes
que el tejido resiste
la intemperie

 

pero sabe también
que existen agujeros. Unos dan al abajo
y otros lo atraviesan.

 

Confía. El animal
vigila.

 

Mantén
erguida la cabeza
oteando —aprendiz de viento— la traza
o germen
de las deformaciones.

 

 

Chantal Maillard, Medea, Tusquets, 2020.

© Pintura de Frida Kahlo, El abrazo amoroso del Universo.

 

Pido disculpa, una vez más (ya me pasó algo similar, ¡por culpa de la configuración misma del blog que no acepta variaciones!, con la edición de un poema de Jorie Graham), pues me ha sido imposible respetar la sugerente disposición de los poemas tal y como los compuso la autora sobre la página. No puedo sino remitiros encarecidamente al poemario. ¡¡¡GRRRRRRRRR!!!

 

 

Chantal Maillard, nueva web

nueva web chantal

 

En estos días de confinamiento, una opción puede ser visitar la nueva página web de Chantal Maillard con toda la información actualizada. Aquí os dejo el enlace: chantalmaillard.com

También encontraréis el enlace anclado en la columna fija de la derecha, en “Enllaços sobre dones” / Chantal Maillard_web”

¡Buena exploración maillardiana!

 

Fabienne Verdier, de Cézanne a Soulages

Emisión radiofónica de France Culture, del 10 de diciembre 2019

“Cuestionar las formas que tenemos ante nosotros”, así define la pintura Fabienne Verdier, con ocasión de su retrospectiva “Sur les terres de Cézanne” al Musée Granet de Aix-en-Provence (hasta el 5 de enero 2020).

Fabienne VerdierFabienne Verdier  Crédits : Gerard Mortier – AFP

Del 21 de junio 2019 al 5 de enero de 2020, el Museo Granet expone “Fabienne Verdier. Sur les terres de Cézanne”. Esta primera gran retrospectiva de la artista en Francia incluye la selección de unas cincuenta obras monumentales, incorporando su más reciente trabajo pictórico sobre la Montagne Sainte-Victoire, iniciado en 2017. Este considerable trabajo, “un campo de aniquilamiento”, tal como ella lo describe, representó para la artista una agotadora salida del taller que implicó “codearse” tanto con los elementos de la naturaleza como con el aura de Cézanne. Bruno Ely, curador de la exposición y director del Museo Granet, fue el instigador de esta empresa que duró dos años.

 

Perderse por las montañas, hacer inmersión, salir del taller, conectarse con las fuerzas que están obrando en la naturaleza, e intentar comprender lo que sucede detrás del velo de lo real… Confrontarse con estas turbulencias, con estos fenómenos… Pienso que pintar, como nos lo recuerda Didi-Huberman, no es sólo retratar (‘peindre n’est pas seulement dépeindre’), así como escribir no es sólo describir. (Fabienne Verdier)

 

Nacida en 1962 en París, Fabienne Verdier suele decir que el arte es lo que ha dado sentido a su vida. A los seis años, su padre le enseñó a pintar. Después de pasar por estudios de Bellas artes en Toulouse, la artista vivió diez años en China, en Chongqing, para aprender el arte de la caligrafía de manos de Huang Yuan y del grabador de sellos Cheng Yun. De vuelta a Europa, se dedica a establecer un diálogo pictórico con los maestros del pasado, así como con las otras artes. Testimonio de ello es la gran exposición que presentó en Brujas, un homenaje a los maestros flamencos, o su último trabajo en la Julliard School de Nueva York, donde se la ha visto experimentar un modo creativo donde convocaba simultáneamente pintura y música.

 

Tuve la gran suerte de poder trabajar con Kenny Burrell […] ¿Cómo llegar a compartir nuestras experiencias? El jazz es una experiencia extraordinaria, porque tiene el sentido del grupo, y el grupo me sacó de la soledad de mi pintura, y traté de intercambiar espontáneamente, en el fulgor, emociones y cosas de gran profundidad, sin pasar por el lenguaje de las palabras.
(Fabienne Verdier)

 

Evoca para nosotros la extrema dureza de las condiciones de trabajo, cuando instaló en la falda de la Montagne Sainte-Victoire un “taller-nómada” de más de trescientos kilos, que había trasladado allí con la ayuda de burros. Y fue allí, en la montaña, donde aprendió a lidiar con los elementos, en la continuidad de un trabajo que expone al desnudo el parentesco de las estructuras que conforman lo real. Así, esa arborescencia que traza el viento en la pintura todavía húmeda le parece similar al mismo paisaje de Aix. Para realizar este trabajo, Fabienne Verdier eligió el negro, un color cuyas potencialidades luminosas ya reveló Pierre Soulages, el “pintor del outrenoir” al que el Museo del Louvre dedicará una exposición a partir del 5 de diciembre de 2019.

 

Admiro mucho a los artistas que, precisamente, se atreven a apartarse del discurso científico. Y Soulages se burló de los científicos que dijeron que un cuerpo de material pictórico negro no podía reflejar ninguna radiación visible de luz. Sabemos que el pigmento negro devora, absorbe, todos los fotones que caen sobre él. Por lo que los científicos estaban hablando de un no color. Dándole […] un cuerpo-relieve a su material pictórico, Soulages encuentra una manera de reflejar, de devolvernos las variaciones de la luz. (Fabienne Verdier)

 

[Traducción Muriel Chazalon]

https://www.franceculture.fr/emissions/la-grande-table-culture/fabienne-verdier-de-cezanne-a-soulages?fbclid=IwAR0VK56eULKyULENfJ_d5I0bwh-o4jQCrjMKf3cFvruFciBlhCMZb0Uy41I

 

El ciclo. Equinoccio de otoño

Este lunes 23 de septiembre, a las 7:50 UTC (las 09:50h hora española), el Sol cruzará el ecuador celeste del planeta Tierra, momento del equinoccio de otoño en que la duración de la noche es igual a la del día (aequinoctium) en todos los lugares de la tierra. 

Con esta entrada nos sumamos al grito de ¡Basta! que está sembrando la generación Greta para detener la mayor crisis ecológica y climática originada por los seres humanos… Ojalá aprendamos también nosotros a andar en equilibrio con el planeta, con el cosmos… “tal vez aún apenas sea posible nunca”…

 

 

En 1942 Robert Oppenheimer se integró al Proyecto Manhattan, destinado a gestionar la investigación y el desarrollo, por parte de científicos británicos y estadounidenses, de la energía nuclear con fines militares. La sede central, el laboratorio secreto de Los Álamos, en Nuevo México, fue elegida por el propio Oppenheimer.

Tras presenciar la explosión de prueba de la primera bomba atómica en Nuevo México, Robert Oppenheimer y el Padre Michael DeLisle Lyons, leyeron un verso del décimo capítulo, cuarta estrofa del texto hindú de la Bhagavad Gita : “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”. Robert Oppenheimer limitó su comentario a esta estrofa y nunca mencionó las siguientes palabras en la misma línea – “Yo soy el origen de las cosas a ser”.

Ryuichi Sakamoto compuso este aria para su ópera Life, en 1999. Esta música acompañada del texto leído por el mismo Oppenheimer se convierte en algo de obligada visión para no volver a repetir tamaños errores. Sakamoto compuso el Aria para Oppenheimer sobre una filmación del científico cuyos ojos trasmiten todo el horror que llevó durante toda su vida.

“Supimos que el mundo no sería el mismo. Unas pocas personas rieron, unas pocas lloraron, muchas estuvieron en silencio. Recuerdo la línea de la escritura Hindú, el Bhagavad-Gita. Vishnu está tratando de persuadir al Príncipe para que haga su deber y para impresionarlo toma su forma con múltiples brazos y dice, ‘Ahora, me he convertido en la muerte, destructora de mundos.’ Supongo que todos pensamos eso, de una u otra forma.” – Robert Oppenheimer, 16 Julio 1945. Los Alamos, Nuevo Méjico.

https://juan314.wordpress.com/2013/05/09/aria-para-oppenheimer-oppenheimers-aria-by-ryuichi-sakamoto-1999/