El gran magma de Gary Snyder

Con el corazón encogido estos días por los incendios de California, a tan sólo 50 kilómetros de la casa de Snyder en los bosques de Sierra Nevada, enviando pensamientos de lluvia hasta allí…

 

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El camino

La dinastía Shang desapareció alrededor del comienzo del primer milenio a. C. y fue seguida por la Zhou. Esta se afianzó durante quinientos años como una federación de estados cada vez más divididos, hasta que se fragmentó por entero. El periodo siguiente se denomina el de los «Reinos combatientes».

La China civilizada se había dividido en dos culturas considerablemente distanciadas: por un lado, una red patriarcal, militarista y pragmática de linajes y dirigentes con vínculos familiares que se entrecruzaban sobre las fronteras de los diversos reinos en liza y, por otro, una «gente común» con una cultura tradicional arraigada en un largo y saludable pasado y una vigorosa cuota de gobernanza local que sobrevivía asentada en la costumbre. Los dirigentes de la Edad de Bronce tenían incluso una religión propia –mantenían que «los ritos no se transmiten a la gente común»– que giraba alrededor de los augurios y el sacrificio. Augurios porque un linaje reinante apuesta sobre el futuro a largo plazo, al igual que una persona con dinero en acciones comienza súbitamente a calcular intereses y se preocupa por el «clima» económico. El sacrificio, una curiosa perversión de la sacralidad de la cadena trófica, se ofrecía mayormente al legendario recuerdo de los triunfantes antepasados del clan que se hicieron con el poder, padres del Estado, a los que se consideraba «ancestros en el cielo».

Los mandatarios y los estudiosos chinos del siglo IV a. C. eran personas obsesionadas por la sociedad y sus conflictos. De la clase alfabetizada de contables, astrólogos, profesores y escribientes que llevaban registros surgían individuos con ideas para reformar el escenario político y social… o suprimirlo por completo.

Algunos de estos individuos han llegado hasta nosotros a través de la historia como «sabios». Los miembros de las clases oprimidas que albergaban pensamientos similares pueden ser llamados «carismáticos profetas campesinos» o «virulentas curanderas creyentes»; en ocasiones sencillamente se retiraban a las montañas para convertirse en eremitas leñadores. A menudo los sabios chinos posteriores aspiraban a ser considerados como estos.

Una escuela filosófica, el legalismo, estaba completamente a favor del Estado y argumentaba únicamente que los dirigentes debían ser más severos y purgarse de cualquier consideración hacia los sentimientos del pueblo llano. Confucio y su escuela intentaban mediar entre la arrogancia de los aristócratas y la gente sobre la que imperaban, impartiendo una filosofía de gobierno humanitario regido por profesionales virtuosos. Una buena parte del confucionismo es sugerente y emotivo, pero el sesgo hacia el Estado se hace patente desde el principio.

Los seguidores de Mo Zi, una escuela poco conocida hoy pero pujante en su tiempo, parecían aliados en las formas, si no en espíritu, con la gente corriente. Vestían ropa tosca, comían alimentos ordinarios y trabajaban incansablemente, profesando una doctrina de amor universal. Su sentir en cuanto al Estado era ambiguo; creían abiertamente en la guerra como medio de defensa y en el gobierno de los virtuosos.

Esto nos acerca a la visión del mundo más impactante de todo el Extremo Oriente y una de las dos o tres principales de todo el planeta: el taoísmo filosófico. ¿Bajo qué estándares puede uno aventurarse a juzgar una sociedad en su conjunto?

Se puede criticar una sociedad contrastándola con un conjunto de creencias religiosas recibidas, como hacen, por ejemplo, los amish o los testigos de Jehová. También, como a menudo sucede en el mundo contemporáneo, es posible suscribir un análisis de la sociedad y de la historia que sostenga que existen alternativas mejores de orden racional, humanitario y material. Una crítica verdaderamente científica de una sociedad debería nutrirse de toda la información que hoy recopilamos globalmente de la antropología, la ecología, la psicología y demás, y ese método está todavía en pañales.

Los antiguos místicos —los artesanos y pensadores que hoy llamamos «taoístas»—buscaron un sustrato de valores en el orden visible de la naturaleza y sus analogías intuitivas con la condición humana. La expansión mental que esto les permitía, y sus irreve- rentes, ingeniosos, afables y precisos juicios, todavía restallan hoy en nuestro mundo. Sus textos claves son el Tao te king y los titulados Zhuang zi y Lie zi.

Tao se traduce como sendero, o camino, la forma que tienen las cosas, la senda «más allá de una senda». Eran visionarios sociales, naturalistas y místicos que vivían en una China todavía colmada de vida salvaje y bosques de montaña.

La actitud social de los taoístas invoca un mundo precivilizado, de orientación maternal, que existió una vez y que podría existir de nuevo:

He escuchado decir que en la antigüedad las fieras y los pájaros eran muchos y la gente poca. Las personas anidaban todas en los árboles para defenderse del peligro, durante el día recolectando bellotas y castañas, con la puesta de sol subiendo de nuevo a los árboles para dormir. Por eso se les llamaba la gente que hacen nidos. En la antigüedad la gente no conocía la ropa. Durante el verano amontonaban grandes haces de leña y en invierno los quemaban para calentarse. Por eso se les llamaba «la gente que sabe cómo permanecer viva». En la época de Sheng Nung la gente dormía en paz y tranquilidad, y se despertaba con los ojos abiertos y en blanco. Conocían a sus madres pero no a sus padres, y vivían junto a los alces y los ciervos. Comían de su labranza, tejían para vestirse y no albergaban en su corazón intención alguna de hacer daño a los demás. Esta era la más alta y encumbrada virtud. [Chuang Tzu]

De acuerdo a Marcel Granet y otros estudiosos, parece que la sociedad neolítica china era de hecho matrilineal y matrilocal, con una buena dosis de vida religiosa liderada por los wu, o chamanes, mujeres en su mayor parte.

El confucionismo se inhibió de observar en detalle la naturaleza. Los taoístas no solo eran buenos observadores, sino que se elevaron sobre el utilitarismo antropocéntrico, como en esta historia de Lie Zi:

Tian de Qi daba en el jardín de su casa un banquete al que asistían mil comensales. Cuando se sirvió el pescado y los patos, Tian lanzó un suspiro y dijo: «¡Cuán generoso es el cielo con el hombre! Para su provecho hace crecer los cinco cereales y nacer los peces y las aves». La aprobación de todos los invitados resonó en el jardín. El hijo del señor Pao, de doce años, que estaba sentado en segunda fila, avanzó y dijo: «Las cosas no son como vos decís. Todos los seres del mundo son de diferentes especies, pero su vida en nada difiere de la nuestra. No se puede decir que unas especies sean nobles y otras despreciables. La jerarquía entre ellas se basa en el tamaño, la inteligencia o la fuerza. Unas se comen a las otras, pero eso no es algo determinado por su propia naturaleza. El hombre se apodera de aquello que le sirve de alimento y se lo come, más, ¿cómo podría afirmarse que el cielo lo ha engendrado para el hombre? Los mosquitos y cínifes nos pican la piel y los tigres y los lobos devoran la carne humana, ¿acaso se puede decir que el cielo ha engendrado al hombre para los mosquitos y la carne humana para los tigres y los lobos?». [Lie Zi]

Al perseguir el conocimiento de la naturaleza —«naturaleza» en chino es ziran, «así, por sí mismo», aquello que es autosuficiente y espontáneo—, adentrándose en la condición humana y el oscuro interior de los fenómenos, los escritores taoístas ensalzan la suavidad, la ignorancia, el flujo, una sabia receptividad, el silencio. Presentan una paradoja crítica; en concreto, que la energía térmica fluye hacia la indisponibilidad y aparentemente se pierde para siempre: la entropía. La vida parece ser una compleja estrategia para demorar y utilizar ese flujo. Pero lo que podría llamarse energía «espiritual» a menudo se refuerza solo cuando «dejas ir» –abandonas–, «desechas cuerpo y mente», y te fundes con el proceso. El texto de Lao Zi dice:

«El espíritu del valle no muere»
se dice de la hembra oscura.

«La puerta de la hembra oscura»
se dice de la raíz del cielo y de la tierra.

Infinitamente sutil, parece perpetua.
Se usa sin que se consuma.» [Lao Zi]

Este principio es la llave para entender el taoísmo. No hagas nada contra la corriente y todo se completará. Los taoístas enseñaban que tanto los asuntos humanos, como también sistemas y subsistemas, se mueven apaciblemente por cuenta propia; todo orden llega de dentro, el de todas sus partes, y la idea de la necesidad de un gobernante centralizado, divino o político, es una trampa.

¿Cómo fue entonces que la humanidad perdió el camino? Los taoístas solo pueden contestar que a causa de la intromisión, las dudas y algunos errores. Y realmente el camino puede perderse. Siglos más tarde, los budistas chan (zen) abordaron esto con la intensidad paradójica que les caracteriza: «El Camino Perfecto no tiene dificultad: ¡Esfuérzate!». China se ha estado esforzando durante todos estos siglos.

 

Gary Snyder. El gran magma. Memorias y apuntes sobre naturaleza e historia en Asia Oriental. Trad. Nacho Fernández R.  Varasek Ediciones, 2018.

http://www.varasekediciones.es/el-gran-magma-gary-snyder/

 

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Gary Snyder (San Francisco-EEUU, 1930). Poeta esencial de la generación beatnik,  ensayista y activista del medio ambiente. Perteneciente a la Generación Beat y autor de más de veinte libros de poesía y prosa, obtuvo el Premio Pulitzer en 1975. Es considerado el moderno Henry David Thoreau, un eco-poeta y un eco-luchador. Ha realizado todo tipo de trabajos, granjero, leñador, marinero y forestal, además de profesor universitario. Ha viajado durante años, sobre todo por Japón, China e India. Snyder es el protagonista del libro de culto “Los vagabundos del Dharma” de Jack Kerouac. Es el autor del imprescindible libro de ensayos “La Práctica de lo Salvaje” y del diario del viaje con Ginsberg, Orlovsky y Kyger “Viaje por la India”, publicados en esta misma colección.  En la actualidad vive en Tamalpais, en las colinas de la Sierra Nevada.

 

Presentación de La isla de la tortuga, de Gary Snyder.

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En 1975, le concedieron el premio Pulitzer a Gary Snyder por “Turtle Island” publicado en Estados Unidos en 1974. Turtle Island es el nombre que le otorgaron los nativos a Norteamérica. Ahora “La isla de la tortuga” acaba de ser traducido en castellano por José Luis Regojo. Pronto estará en las librerías bajo el sello de Kriller 71 ediciones.

Presentación del libro en Barcelona, el Viernes 24 de marzo a las 20h en el bar la Createca, Comte Borrell 122, a cargo de José Luis Regojo, Nacho Fernández y Mónica Caldeiro.

¡Allí nos encontraremos!


«Como poeta cultivo los valores más arcaicos que existen, desde el Paleolítico tardío: la fertilidad de la tierra, la magia de los animales, la visión del poder en la soledad, la iniciación terrorífica y el renacimiento, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo común de la tribu.»  


«La naturaleza y los hombres necesitan variedad, diversidad y libertad para crecer. Cualquier forma de monocultivo mental es signo de estancamiento y muerte.»


«Es preciso comenzar a crecer con menos.»


Gary Snyder


La práctica sostenida

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Debido a que la atención a las cuestiones de la individuación puede provocar una intensificación de los pensamientos y los sentimientos, tenemos que procurar no convertirnos en unos simples coleccionistas de ideas y experiencias y dedicar también una considerable cantidad de tiempo a la tarea de aplicar lo que hemos aprendido en la vida cotidiana. Mi práctica diaria y la que enseño a otras personas es principalmente la de una contemplación del mundo, con todas las complejidades que semejante situación lleva aparejadas. Cualquiera que sea el lugar o la manera con que se empiece, hay que insistir en la necesidad de una práctica regular. No es necesario que ésta sea muy larga, pero sí concentrada durante el tiempo que se le dedique, enfocada de la manera más pura posible y, como es natural, ejercitada a diario.

Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos. Ediciones B, 1998 [Apéndice, nota 5]. (Las pequeñas modificaciones en la traducción son mías.)

*

Un término clave es la práctica, entendida como un esfuerzo sostenido, deliberado y consciente por acompasarnos con mayor sutileza con nosotros mismos y la verdadera condición del mundo existente. El mundo, exceptuando una mínima intervención humana, es en última instancia un lugar salvaje. Es esa la parte de nuestro ser que dirige la respiración y la digestión, y cuando se observa y aprecia es una fuente de lúcida inteligencia. Las enseñanzas del budismo son realmente sobre la práctica y muy poco teóricas, aunque la teoría es tan atrayente que a lo largo de su historia ha provocado una ligera y sugerente desorientación en muchos.

La práctica de lo salvaje propone que nos ocupemos de algo más que de la ética medioambiental, la acción política o un activismo útil e ineludible. Debemos enraizarnos en la oscuridad de nuestro ser más profundo.

Gary SnyderLa práctica de lo salvaje [prólogo]. Varasek ediciones, 2016

*

El mí, ese personaje interno que emite juicios al tiempo que experimenta agrado o desagrado, que piensa, cree, se emociona, se turba, se atemoriza, se defiende, se admira o se confunde y que siempre se identifica con sus estados, era el objeto [de observación] ahora. Identificarse con los propios estados mentales es la condición natural del ser humano; observarlos no es propio de esa condición, es el resultado de un entrenamiento, algo así como un ejercicio de esquizofrenia controlada mediante el que se procura establecer una distancia entre el mí (los estados sentimentales que aparecen en continua sucesión) y la conciencia que observa.

Chantal Maillard, Diarios indios, reeditado in India. Pretextos, 2014 [p.24]


Gary Snyder, la vida íntegra

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Artículo de Juan Malpartida publicado en ABC Cultural, el 19 de julio 2016

Hablar de Gary Snyder no es hablar sólo de un poeta de la generación «beat». En tanto que estudioso de la Naturaleza, es también un ecologista, como se desprende de «La práctica de lo salvaje»

Para situar rápidamente este hermoso y lúcido libro de Gary Snyder [Juan Malpartida reseña aquí La práctica de lo salvaje], me remito a la idea de Claude Lévi-Strauss, citada por el propio poeta, de que las artes son el territorio salvaje que sobrevive en la imaginación. Snyder es integrado siempre, y no sin razón, con los poetas, novelistas y personajes de la generación «beat». Nació en San Francisco en 1930, y creció en una «pequeña granja en el Noroeste del Pacífico norteamericano, en la Isla de la Tortuga». Estudió antropología y lenguas asiáticas, y en 1962 residió en la India. Además de un estudioso del budismo y de la Naturaleza, fue de joven montañero y trabajador forestal. Ha sido y es un gran defensor de la Naturaleza salvaje y para ello, además de escribir notables ensayos, ha desempeñado tareas prácticas en las montañas y bosques del Oeste americano, pero también en Japón, Taiwán y Nepal.

Toda su reflexión y actividad está asistida por «una suerte de budismo arcaico, que no ha perdido su vínculo con las raíces animistas y chamánicas». Sí, es un ecologista, pero es algo más. Está lejos de creer que el mundo vegetal y animal es un instrumento, y profesa la creencia y el conocimiento de que formamos parte de un universo animal y vegetal que debemos cuidar, amar y respetar si queremos tener una vida digna y perdurable.

Donde hay un lince

En «La práctica de lo salvaje» no sólo encontraremos datos y reflexiones que vale la pena tener en cuenta y pensar, sino una admirable actitud ante la vida, y, como escritor, pasajes memorables en los que vemos, literalmente, un mundo natural lleno de fuerza, y asistimos a enseñanzas exigentes y al tiempo razonables sobre un buen vivir, que siempre ha de suponer nuestra inserción en el conjunto de lo vivo.

Para Snyder lo salvaje forma parte de la libertad, y esta se apoya en la aceptación de las condiciones que le son inherentes: una realidad transitoria, abierta, imperfecta y no pocas veces dolorosa. La libertad existe porque no hay un universo preestablecido. Lo propio de lo salvaje, por otro lado, como proceso de lo natural, también es una ordenación de lo transitorio. Para Snyder, como para algunos místicos y científicos modernos, todo es natural, incluidas nuestras ciudades, aunque para el poeta norteamericano Madrid y Nueva York serían naturales sin ser salvajes (bueno, hay días en que uno afirmaría lo contrario…).

Pasajes memorables en los que vemos, literalmente, un mundo natural lleno de fuerza

Un sistema salvaje lo es cuando un ecosistema funciona plenamente y, por lo tanto, todo lo que lo constituye está presente en su red de actividad. De ahí venimos. Por otro lado, en nosotros habita también esa realidad: «Las profundidades de la mente, el inconsciente, son nuestras áreas salvajes interiores, y es ahí donde ahora hay un lince», afirma Snyder. No se trata de un lince individual, sino del que va «de sueño en sueño». «El cuerpo se encuentra en la mente. Ambos son salvajes».

Cerebro en red

Antonio Damasio diría que el cerebro surgió para ayudar al cuerpo en la subsistencia. Pero el naturalista Mancuso iría más lejos al afirmar que los árboles tienen un cerebro en red. Snyder, siguiendo en esto a la tradición «samkhya», pero también a Charles Darwin, no duda en afirmar que en un sistema ecológico «la información que recorre el sistema es inteligencia». Es obvio que la noción de inteligencia trasciende lo que entendemos por pensamientos, opiniones, ideas y conceptos, porque para Snyder, citando a Dogen, el fundador de la escuela soto del zen japonés, mente «significa árboles, postes de una cerca, tejas y hierbas».

Como ecologista, Gary Snyder aboga por un «contrato natural» a escala planetaria, que impida los saqueos y destrucción llevados a cabo como botín por empresas y Estados. Apela a una conciencia sobre los recursos de fuente común. Un mundo en el que la cultura y la Naturaleza son sombras, y la política y la economía enrarecidas son lo real, significa para Snyder que vivimos en «tiempos retrógrados», aunque creamos que el sistema es firme y progresa.

Cedros de incienso

Por otro lado, junto al «contrato natural» planetario, el antropólogo y activista Snyder considera necesaria una «conciencia biorregional» que nos hace prestar atención a que nuestro vínculo con el mundo natural no transcurre en abstracto sino en un lugar, y «debe enraizarse en un sustrato de información y experiencia». También lo dice de manera algo hegeliana: «El biorregionalismo es el acceso del “lugar” en la dialéctica de la Historia». No me resisto a citar la descripción de su propio lugar: «Ladera oeste de la Sierra Nevada, en la cuenca del río Yuba, al norte del brazo sur del río en la cota de los 900 metros, en una comunidad de roble negro, cedros de incienso, madroños, abetos Douglas y pino ponderosa». Exactitud de naturalista y de poeta que recela de las abstracciones.

Debemos vigilar nuestra disposición cotidiana en relación al mundo animal y vegetal: «La actitud hacia los animales y la forma de tratarlos que predomina hoy en la producción de carne en el mundo occidental son francamente enfermizas y antiéticas, y una fuente ilimitada de mala suerte para esta sociedad». Una vida ética ha de tener buenas maneras, ser considerada. Pensamos que podemos hacer cualquier cosa. Es un error. Pero no podemos alcanzar la percepción correcta sin una práctica adecuada, y por ello valora la noción de lo sagrado en cuanto que suponga la salida de nuestra individualidad, más allá de nuestra especie, para participar de aquello que, por encima de ideas y conceptos, preceptos y opiniones, nos constituye.

No se trata de una fusión mística sino de percibir y mantener las diferencias y la igualdad. Los seres humanos y nuestras ciudades no podemos prescindir del resto de la Naturaleza, y para ello es necesario, según Snyder, una ecología compleja, que supone que la respuesta a las necesidades humanas esté sumida en una conciencia integral. El autor vislumbra que «nuestro próximo diálogo será entre todos los seres, hacia un discurso de relaciones ecológicas». Esto no implica menospreciar lo humano: «El estudio correcto de la humanidad es qué significa ser humano».

 

Las lecciones de lo salvaje de Gary Snyder

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El jueves pasado, asistimos en La Central del Raval de Barcelona a la presentación de dos libros de Gary Snyder de la mano de sus traductores, Nacho Fernández, José Luis Regojo y Jaime Subirana. Acompañados por su ritmo pausado, recorrimos la Nueva antología de poesía y prosa, La mente salvaje, poemas y ensayos, ahora reeditada por Árdora Ediciones, y el libro de ensayo más sustancial del poeta norteamericano, La práctica de lo salvaje, publicado por Varasek Ediciones. Complementarios, sendos libros forman un binomio que su traductor y compilador, Nacho Fernández, ilustró acertadamente colocando el libro de ensayos La práctica de lo salvaje como base sustentadora en la que se enraizaba la antología de poemas La mente salvaje. Dos perspectivas, un mismo camino, para adentrarse en una verdadera “ecología del lenguaje” de la mano de ese gran pensador-poeta-activista llamado Gary Snyder.

En esta ocasión, la nueva antología (la pequeña edición del 2008 se había agotado) adopta un mayor formato y se amplia con 43 poemas con su versión original en inglés, y cuatro ensayos inéditos procedentes de los tres últimos libros publicados por el escritor norteamericano hasta la fecha. Tal y como lo subraya la editorial Árdora, “esta nueva publicación ofrece un completo recorrido por toda la obra de Snyder: desde sus primeros poemas celebratorios sobre el trabajo manual en bosques y montañas hasta su reivindicación de nuestra pertenencia a la comunidad natural, incorporando visiones de su experiencia vital, el antiguo saber de las comunidades nativas y la enseñanza ética del budismo.

“La obra de Gary Snyder (San Francisco, 1930) plantea una esclarecedora revisión de nuestra pertenencia al mundo natural. En su poesía convergen la atención detallada a la condición salvaje, el conocimiento y la permeabilidad a la tradición literaria oriental, el legado ético del budismo —residió en Japón durante una década— y una escucha atenta a las relaciones de las culturas primigenias con su entorno.

“Inicialmente vinculado a la generación beat y pensador crucial sobre cuestiones ecológicas, Gary Snyder es hoy uno de los poetas vivos más respetados en lengua inglesa, además de autor de una obra ensayística que asume una posición ética y política tan creativa como rigurosa.”

Nuestras habilidades y trabajos no son más que pequeños reflejos del mundo salvaje, cuyo orden es innato y libre. No hay nada como salirse de la calzada y adentrarse en una parte nueva de la división de aguas. No por la novedad en sí, sino por la sensación de llegar a casa, a todo nuestro territorio. “Abandonar el sendero” es otra forma de llamar el Camino, y deambular alejándose del sendero es la práctica de lo salvaje. Es ahí también donde, paradójicamente, damos lo mejor de nosotros mismos. Aun así, necesitamos caminos y senderos, y los mantendremos siempre. Primero debes estar en el camino, antes de poder echar a andar en otro sentido y adentrarte en lo salvaje.  Gary Snyder


Un modo de percibir, de defender y de estar en el mundo salvaje (aguda observación del espacio natural y de sus ecosistemas, exploración del sustrato imaginativo del lenguaje estrechamente vinculado a nuestro ser biológico, atención a la auto-organización, regulación y mantenimiento de nuestro cuerpo-mente) que Gary Snyder, permaneciendo en el camino, fuera del sendero, traduce magistralmente en poemas, ensayos y actitudes.

Leedlo despacio, dejaros llevar en la canoa de sus poemas, entrad en relación con la amplitud de su pensamiento sembrado de múltiples referencias sobre budismo, antropología, lingüística, etnobotánica, geología, prehistoria, mitología… seguidlo allí donde se borran todos los senderos, en el camino de lo salvaje…

FUERA

el silencio
de la naturaleza
dentro.

el poder dentro.
el poder

fuera.

el camino es todo lo que pasa–
no tiene objetivo en sí mismo.

la meta es
la gracia –la liberación–

curar,
no salvar.

cantar
                   la prueba

la prueba del poder dentro.

Gary Snyder. La mente salvaje, poemas y ensayos. Edición y selección de Nacho Fernández RocafortÁrdora Ediciones, 2016.

http://www.ardora.com/content/la-mente-salvaje-nueva-antologia-poemas-y-ensayos

Aquí tenéis el enlace al audio de la presentación de los libros de Gary Snyder: www.ivoox.com/11894780

 

La práctica de lo salvaje: “Naturaleza, salvaje y selva”. Gary Snyder

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Se publica por primera vez en castellano «La práctica de lo salvaje», una recopilación de los ensayos completos de Gary Snyder. En estas 260 páginas el autor propone la recuperación de una condición esencial que nos vincule verdaderamente con el territorio, la comunidad natural y con nuestro propio ser salvaje.


Las palabras naturaleza, salvaje [wild] y selva [wilderness] (1)

Comencemos por naturaleza. La palabra naturaleza proviene del latín natura, “nacimiento, constitución, carácter, curso de las cosas”, originalmente de nasci, nacer. De ella derivan nación, natal, nativo, preñada. La probable raíz indoeuropea (a través del griego gna, de ahí cognado y agnado) es gen, que proviene del sánscrito jan, que a su vez nos da generar y género, y las palabras kin y kind en inglés.

La palabra tiene dos significados ligeramente diferentes. Uno es “el exterior”, el mundo físico, que incluye a todos los seres vivos. Por definición, la naturaleza es un ordenamiento del mundo que se aparta de las características o creaciones de la civilización y la voluntad humana. Se dice que son “antinaturales” la máquina, el artefacto, lo inventado o lo extraordinario (como una ternera bicéfala). El otro significado, más amplio, es “el mundo material o el conjunto de sus objetos y fenómenos”, incluyendo los productos de la acción e intención humana. En tanto agente, la naturaleza se define como “la acción física creadora y reguladora que opera en el mundo material y es causa inmediata de todos sus fenómenos”. El pensamiento científico y algunos tipos de misticismo proponen correctamente que todo es natural. En este marco la ciudad de Nueva York no tiene nada de antinatural, ni tampoco los desechos tóxicos o la energía atómica, y por definición nada de lo que hacemos o experimentamos en la vida es “antinatural”.

¿Qué constituye entonces lo “sobrenatural”? Una manera de abordarlo es decir que designa fenómenos ocurridos a tan pocas personas que se duda de su existencia. Sin embargo, estos hechos –fantasmas, dioses, transformaciones mágicas y demás– se describen con suficiente frecuencia como para que sigan intrigándonos y, para algunos, sean creíbles.

Preferiría usar la palabra naturaleza referida al universo físico y todas sus propiedades. Pero, a veces, incluso aquí, aparecerá con el significado de “aire libre” o “lo no humano”.

La palabra wild es como un zorro gris alejándose al trote por el bosque, ocultándose tras los arbustos, apareciendo y desapareciendo. De cerca, a primera vista, es “wild” [salvaje]; observado nuevamente más lejos entre los árboles será wyld, y por vía del antiguo noruego villr y el antiguo teutónico wilthijaz, retrocede a un vago y preteutónico ghweltijos, que aún significa “salvaje” y quizás “boscoso” (wald). Ahí se esconde, con conexiones posibles con will, con el latín silva (selva, salvaje) y con su raíz indoeuropea ghwer, origen del latín ferus, del cual provienen feral y feroz (que nos lleva nuevamente a lo que Thoreau llama “la terrible ferocidad”, que comparten los amantes y las personas virtuosas).

El Oxford English Dictionary describe el término de la siguiente manera:

Animales: sin domar, sin domesticar, rebeldes.
Plantas: sin cultivar.
Tierra: deshabitada, inculta.
Cosechas: producidas o surgidas sin labranza.
Sociedades: incivilizadas, rudimentarias, que se resisten al Gobierno constituido.
Individuos: sin restricciones, insubordinados, licenciosos, viciosos, rústicos. (“Viudas salvajes y maliciosas”, 1614).
Conductas: violentas, destructivas, crueles, rebeldes.
Conductas: simples, libres, espontáneas. (“[…] trina las salvajes notas de sus bosques nativos”. John Milton)

Salvaje se define principalmente en nuestros diccionarios por lo que, desde el punto de vista humano, no es. Con esa perspectiva no puede revelarse lo que sí es. Veámoslo de otra manera:

Animales: agentes libres, cada uno con sus propias cualidades, viviendo dentro de los sistemas naturales.
Plantas: que proliferan y se mantienen por sí mismas, creciendo de acuerdo a sus cualidades innatas.
Tierra: un lugar en el que la vegetación y la fauna originales y potenciales están intactas, en interacción plena, y en el que los accidentes del terreno son enteramente el resultado de fuerzas no humanas. Prístino.
Cosechas: suministro de alimentos provisto y sostenible por la abundancia y la fertilidad naturales de las plantas silvestres en su crecimiento y producción de frutas y semillas.
Sociedades: aquellas cuyo orden surge intrínsecamente y se mantiene por la fuerza del consenso y la costumbre, en contraposición a una legislación explícita. Las culturas primigenias, que se consideran a sí mismas moradoras originales y eternas de su territorio. Sociedades que confrontan la dominación económica y política de la civilización. Sociedades cuyo orden económico está en relación cercana y sostenible con el ecosistema local.
Individuos: que siguen los hábitos, estilos y protocolo locales sin preocuparse por los estándares de la urbe o de los lugares de intercambio más cercanos. Valeroso, autosuficiente, independiente. “Orgulloso y libre”.
Carácter: que resiste ferozmente cualquier opresión, confinamiento o explotación; atrevido, escandaloso, “malo”, admirable.
Conducta: natural, libre, espontánea, no condicionada. Expresiva, física, abiertamente sexual, extática.

La mayoría de los sentidos de esta segunda lista se acerca a la manera en que los chinos definen el término tao, “el camino” de la gran naturaleza; supone eludir el análisis, ir más allá de las categorías, ser auto-organizado, auto-informado, lúdico, sorprendente, transitorio, insustancial, autónomo, completo, ordenado, sin mediaciones, con legitimidad y disposición propias, complejo, bastante simple. Simultáneamente vacío y lleno. En algunos casos lo llamaríamos sagrado y no está lejos del término budista dharma en sus sentidos originales de formarse y afirmarse.

La palabra selva [wilderness], antes wyldernesse, del inglés antiguo wildeornes, quizás derivado de wild-deer-nessdeor: ciervos y otros animales del bosque–, aunque más probablemente de wildern-ness, tiene estas acepciones:

– Una extensión amplia de tierra salvaje, con flora y fauna originales, que puede ser desde una jungla cerrada o bosque húmedo hasta terrenos árticos y alpinos de “selva blanca”.
– Tierra baldía, un área sin uso o inservible como pasto o tierra de labor.
– Un espacio de mar o aire, como en la cita de Shakespeare, “Ahora soy como aquel que está sobre una roca, rodeado por un desierto de mar” (Tito Andrónico). Los océanos.
– Un lugar peligroso y difícil donde se asumen riesgos, se depende de la propia pericia y no se cuenta con ser rescatado.
– El mundo, en contraposición al cielo. “Caminé a través de la selva de este mundo” (El progreso del peregrino).
– Un lugar de abundancia, como en la frase de John Milton “una selva de bienes”.

El uso que Milton hace de la palabra selva captura las verdaderas cualidades de energía y riqueza presentes tan a menudo en los sistemas salvajes. “Una selva de bienes” se asemeja a los billones de pequeños arenques o caballas en el océano, a los kilómetros cúbicos de kril, a las semillas de la hierba de las praderas salvajes, que llevan al pan de nuestros días, hecho de los gérmenes de las hierbas, y a la increíble fecundidad de todos los pequeños animales y plantas que alimentan la red. Pero, por otra parte, lo selvático sugiere el caos, el eros, lo desconocido, el ámbito del tabú, el hábitat tanto de lo extático como de lo demoníaco. En ambos sentidos es un lugar arquetípico de poder, enseñanza y desafío.

La condición salvaje

De manera que podemos afirmar que las ciudades de Nueva York y Tokio son “naturales” sin ser “salvajes”. No se desvían de las leyes de la naturaleza, pero se trata de hábitats tan exclusivos en cuanto a quién y a qué dan cobijo –además de tan intolerantes para con otros seres– que constituyen una verdadera rareza. Un entorno salvaje es un lugar en el cual el potencial salvaje se expresa de lleno, como en la diversidad de seres vivos y no vivos que florecen de acuerdo a su propio sentido del orden. En ecología hablamos de “sistemas salvajes”. Cuando un ecosistema funciona plenamente, todos sus miembros están presentes en la asamblea. Hablar de naturaleza salvaje es hablar de totalidad. Los seres humanos surgieron de ella, y considerar la posibilidad de reactivar nuestra pertenencia a la asamblea de todos los seres no es en absoluto retrógrado. […]”

______________

(1): Wilderness: en el texto original, el autor rastrea en detalle la etimología de esta palabra. Su traducción al castellano por “selva” no tiene la misma correspondencia etimológica, pero hemos preferido no alterar una argumentación que consideramos importante. (N. d T.)

Extractos del libro de Gary Snyder, La práctica de lo salvaje. Trad. Nacho Fernández R. y José Luis Regojo. Varasek ediciones, 2015.

Aquí podéis leer las 40 primeras páginas del libro que ya está en las librerías:

http://www.varasekediciones.es/wp-content/uploads/2016/02/la-practica-de-lo-salvaje.pdf

 

Snyder

Gary Snyder (San Francisco, 1930) es un poeta, traductor, ensayista, conferencista y activista del medio ambiente estadounidense, perteneciente a la Generación Beat y al renacimiento de San Francisco; inspiró «Los vagabundos del Dharma» de Jack Kerouac. Autor de más de veinte colecciones de poesía y prosa, Snyder ganó el Pulitzer en 1975 y fue finalista del National Book Critics Award en 1992 y 2005. Ha obtenido los premios Bollingen Poetry Prize, el Robert Kirsch Lifetime Achievement Award y el Premio Ruth Lilly de Poesía 2008. Ferlinghetti habló de él como el Thoreau de la generación beatnik. Se le ha descrito como un eco-poeta y un eco-luchador. Apunta a William Blake, Walt Whitman, Jeffers, Ezra Pound, el drama Noh, los aforismos Zen, Federico García Lorca y Robert Duncan como influencias significativas, pero añade «la influencia del haiku y de la poesía china es más profunda». Ha realizado todo tipo de trabajos: ha sido granjero, leñador, marinero y forestal además de profesor universitario, novicio budista en Japón y Vagabundo del Dharma. Ha viajado durante años sobre todo por Japón e India. Y es íntimo conocedor del entorno natural de la Sierra Nevada californiana donde vive desde hace años, en Tamalpais, o de fronteras remotas como Alaska.

«La práctica de lo salvaje propone que nos ocupemos de algo más que de la ética medioambiental, la acción política o un activismo útil e ineludible. Debemos enraizarnos en la oscuridad de nuestro ser más profundo».


 «Lo salvaje, tantas veces despachado como caótico y brutal por los pensadores civilizados, responde en realidad a un orden imparcial, implacable y hermoso, a la vez que libre».


La práctica de lo salvaje. Prólogo de Gary Snyder

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Todos nosotros, especialmente cuando somos jóvenes, nos enfrentamos a preguntas: ¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué está pasando? Crecí en una pequeña granja en el Noroeste del Pacífico norteamericano, en la Isla de la Tortuga. Las aguas colmadas de salmones del estrecho de Puget estaban cerca, y “lo que estaba pasando” era la implacable deforestación de uno de los más imponentes bosques de todos los tiempos.

La vasta extensión de enormes árboles en el litoral del Pacífico Noroeste era un fenómeno botánico y ecológico de formidables proporciones. Originó, junto con los bosques de secuoya roja algo más al sur, las coníferas más grandes del mundo. A esta expresión maravillosa de los procesos naturales llegaron los euroamericanos, que, de inmediato, devastaron el crecimiento de siglos para transformarlo en las casas de las ciudades cada vez más grandes de la Costa Oeste. Para mí, la pregunta “¿quién soy yo?” estaba ligada a mi pertenencia juvenil a una sociedad en expansión sin conciencia alguna del pasado o del futuro medioambiental. Nuestra granja se encontraba lo bastante cerca de ese mundo original de la naturaleza salvaje como para absorber algunas enseñanzas de primera mano de las lagunas, los bosques y la alta montaña. El valor de esas experiencias se consolidó con mi posterior formación intelectual, y me dediqué al estudio juvenil de la historia humana y natural, con un ojo puesto en reconocer las huellas de la injusticia y la explotación.

A los diecisiete años me hice socio de la Wilderness Society, una organización que todavía lleva a cabo una buena labor, y más tarde me afilié a un club de montañismo llamado Mazamas, con sede en Oregón. Me convertí no solo en montañero y trabajador forestal temporal –incluyendo faenas de leñador–, sino también en un defensor de la naturaleza salvaje. A lo largo de los años he desempeñado mi trabajo en montañas y bosques de todo el Oeste americano, y después en Japón, y un poco en Taiwán y Nepal. Comencé a impartir talleres para pequeños grupos, y clases por toda Norteamérica, enseñando la disciplina, el conocimiento y las destrezas que creía necesarias para apreciar la feroz ordenación de lo salvaje.

Trabajar con personas de lugares remotos de Alaska, o del centro de Manhattan o de Tokio en cuestiones relacionadas con la ecología y las estrategias medioambientales, las especies amenazadas, las culturas primarias y las religiones de Asia oriental es lo que ha dado pie a estos ensayos.

También plantean un enfoque espiritual. Mi propio camino es una suerte de budismo arcaico, que no ha perdido su vínculo con las raíces animistas y chamánicas. El respeto por todos los seres vivos es una parte primordial de esta tradición. He intentado enseñar a otros a meditar y adentrarse en las zonas salvajes de la mente. Como sugiere uno de estos ensayos, incluso el lenguaje puede ser visto como un sistema salvaje.

Un término clave es la práctica, entendida como un esfuerzo sostenido, deliberado y consciente por acompasarnos con mayor sutileza con nosotros mismos y la verdadera condición del mundo existente. El mundo, exceptuando una mínima intervención humana, es en última instancia un lugar salvaje. Es esa la parte de nuestro ser que dirige la respiración y la digestión, y cuando se observa y aprecia es una fuente de lúcida inteligencia. Las enseñanzas del budismo son realmente sobre la práctica y muy poco teóricas, aunque la teoría es tan atrayente que a lo largo de su historia ha provocado una ligera y sugerente desorientación en muchos.

La práctica de lo salvaje propone que nos ocupemos de algo más que de la ética medioambiental, la acción política o un activismo útil e ineludible. Debemos enraizarnos en la oscuridad de nuestro ser más profundo. Una recopilación de ensayos posterior, A place in Space, sugiere que la mayor parte de ese arraigo tiene lugar en comunidades, que existen, lo sepamos o no, en “naciones naturales” conformadas por cadenas de montañas, cursos de ríos, planicies y humedales.

Nada de lo que aquí se dice pretende poner en duda la elegancia, el refinamiento, la belleza o la llamativa complejidad de eso que llamamos civilización, particularmente aquella que prima la cualidad sobre la cantidad y que no es solo una excusa para la piratería global internacional. Me atrae la idea de que la cultura misma tenga un sesgo salvaje. Como manifestó hace años Claude Lévi-Strauss, las artes son el territorio salvaje que sobrevive en la imaginación, como parques nacionales en el interior de las mentes civilizadas. El abandono y el deleite al hacer el amor, tantas veces cantado, es parte de nuestro gozoso carácter salvaje. ¡Sexo y arte por igual! Lo que quizás no vimos con tanta claridad era que la realización personal, e incluso la iluminación, es otro aspecto de nuestra condición salvaje, un vínculo de esa cualidad que hay en nosotros con los procesos (salvajes) del universo.

Mi motivación debe mucho a ser un euroamericano viviendo en el Nuevo Mundo, en un lugar semisalvaje. Considerando el planeta en su conjunto, se observa que los problemas no son muy diferentes en cualquier lugar de la Tierra. El mundo entero tenía buenos bosques y mucha fauna salvaje hasta hace unos cuantos siglos. Las comunidades humanas disfrutaban de un gran espacio, excelente agua y buena tierra. Y sumando o restando unos pocos miles de años, todos hemos estado viviendo en pequeñas comunidades de subsistencia durante la mayor parte de la historia humana. Ese tipo de vida tenía sus inconvenientes, pero hay lecciones y destrezas relativas a esa larga historia que todavía no hemos asumido ni incorporado a nuestras actuales ocupaciones.

Lo salvaje, tantas veces despachado como caótico y brutal por los pensadores civilizados, responde en realidad a un orden imparcial, implacable y hermoso, a la vez que libre. Su expresión, la plenitud de la vida animal y vegetal en el planeta, que incluye las tormentas, los vendavales, las serenas mañanas de primavera y a nosotros mismos, es el mundo real, al que todos pertenecemos. Estoy profundamente agradecido por haber podido recorrer este sendero, estudiando con maestros en Oriente y Occidente, y haber disfrutado de la oportunidad de escribir y expresar mis ideas para todo aquel que ha querido escuchar.

Gary Snyder 25.10.98-12.05.10


Gary SnyderLa práctica de lo salvaje. Trad. Nacho Fernández y José Luis Regojo. Varasek ediciones, 2016

Fotografía de Jim Brandenburg. Timber Wolf (Canis lupus) three running across frozen lake in Minnesota.

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2011/05/17/gary-snyder-a-barcelona-primeres-impressions/


La práctica de lo salvaje. Gary Snyder

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Hace tiempo que esperábamos la traducción de este ensayo de Gary Snyder sobre la vida salvaje! Reconoceréis muchos de los temas que abordamos en los talleres. Su aparición en las librerías es ahora inminente! Para hacer boca y compartirlo, me he permitido traducir, humilde y torpemente, algunos fragmentos de la edición francesa, “La pratique sauvage”:


Una palabra clave aquí es la “práctica”, en el sentido de un esfuerzo sostenido, consciente y deliberado para aprender a encontrar un modo de armonización con nosotros mismos y con la verdadera condición del mundo. A fin de cuentas, el mundo, exceptuando una ínfima parte de intervención humana, es un lugar salvaje. Es aquella faceta connatural de nuestro ser humano que guía no sólo la respiración y la digestión sino que es también, cuando sabemos observarla y apreciarla, una fuente de profunda inteligencia. […]

*

Así que, de nuevo, hay que comprender la sutil pero esencial diferencia de sentido que existe entre las palabras naturaleza y salvaje. Decimos que la naturaleza es el objeto de la ciencia. Podemos testar y examinar la naturaleza en sus mínimos detalles, tal como lo hace la microbiología. Lo salvaje, en cambio, no es sujeto ni objeto de estudio; para aproximarnos a él, hay que aceptarlo desde dentro, como una cualidad intrínseca de lo que somos. La naturaleza, en última instancia, no está amenazada: lo salvaje sí lo está. Aun cuando lo salvaje es indestructible, es posible que lo perdamos de vista.

Es entonces cuando se da forma a una cultura del espacio salvaje. La civilización está en la naturaleza: nuestros egos se enraízan en el terreno del inconsciente, la historia tiene lugar en el Holoceno, la cultura humana está enraizada en lo primitivo y el Paleolítico, y nuestras almas están allí fuera en el espacio salvaje.

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La idea que la cultura esté sostenida por una fuerza salvaje me intriga profundamente. Tal como Claude Lévi-Strauss lo anotó hace ya muchos años, las modalidades artísticas son unas zonas salvajes que sobreviven en el imaginario, como parques naturales en el centro de las mentes civilizadas. El sentimiento de gozo y de abandono que procuran el amoroso acto sexual forma parte de nuestra naturaleza salvaje. ¡El sexo y el arte al lado el uno del otro! ¡Nos lo imaginábamos! En cambio, quizá no habíamos percibido claramente que la realización de uno mismo, incluso el despertar de la conciencia, representa otra dimensión de nuestro ser salvaje mediante la relación que se establece entre lo salvaje en nosotros y la realidad absoluta del universo.

Si consideramos el planeta en su conjunto, nos damos cuenta que los problemas, estemos donde estemos, son más o menos similares. Hace tan sólo algunos siglos, el mundo entero era bastante salvaje, rebosaba de bosques sanos y de animales en libertad. Podemos también reconocer que hace miles de años aún, es decir, durante la mayor parte de la historia humana, todos vivíamos en el seno de pequeñas comunidades caracterizadas por culturas de subsistencia. Existen lecciones y técnicas de este largo pasado que todavía no hemos sabido apreciar en su justo valor o que no hemos integrado en nuestra práctica de vida.

Lo Salvaje, sinónimo en la civilización occidental de salvajismo y de caos, es, de manera imparcial e implacable, fundamentalmente libre en su belleza formal. Y su expresión —la riqueza de la vida vegetal y animal (nosotros incluidos) sobre el planeta, las lluvias torrenciales, los vientos violentos y las tranquilas mañanas de primavera, la curva de un meteoro cruzando la oscuridad— es la auténtica realidad de este mundo al que pertenecemos.

*

Sepamos apreciar la elegancia de las fuerzas que dan forma al mundo y a la vida, las que modelan las líneas de nuestros cuerpos, nuestras uñas y nuestros dientes, nuestras cejas, nuestros pezones. Procuremos también comportarnos de la manera menos nociva posible, no sólo con nuestros hermanos humanos, sino también con todos los seres vivos. Seamos abiertos y generosos, procuremos no explotar a nadie. Hay suficiente sufrimiento en el mundo tal y como está.

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«Salvaje y libre». […] Mi intención aquí es contemplar la palabra salvaje en todos sus aspectos, y estudiar los lazos que teje con la idea de libertad, poniendo de relieve el profundo alcance de este vínculo. Para ser verdaderamente libre, hemos de aceptar nuestra condición tal como es en sí misma, dolorosa, efímera, abierta, imperfecta, y sentir agradecimiento por esta no-permanencia y la libertad que nos ofrece. Pues, en un universo fijo y estable no existiría libertad. Es esta libertad la que nos permite mejorar el hábitat, educar a nuestros hijos y cazar a los tiranos. El mundo es natural e inevitablemente salvaje a largo plazo, porque lo salvaje, que es la esencia y el proceso mismo de la naturaleza, es el principio de orden en el corazón de la no-permanencia.

Aunque el término naturaleza no sea en sí mismo amenazador, la idea de “salvaje” a menudo viene acompañada, en las sociedades civilizadas (tanto en Europa como en Asia), de las nociones de desorden, indisciplina y violencia. El término chino para naturaleza, zi-ran (shizen en japonés), significa “la talidad”. […] La idea según la cual la sabiduría pueda surgir de lo no-civilizado tan sólo se llega a concebir en los primeros taoístas.

Thoreau decía: «Busco un estado natural, salvaje, que ninguna civilización sabría sostener». Esto no es algo difícil. Lo que resulta mucho más dificultoso es concebir una civilización que un estado natural, salvaje, lograría sostener y, sin embargo, esa es la meta a alcanzar. El entorno salvaje no es sólo la “condición de existencia del mundo”, es el mundo. Hace mucho tiempo que las civilizaciones, tanto en el Este como en el Oeste, entraron en colisión con la naturaleza salvaje, y hoy en día, son en su mayoría los países desarrollados los que, por su poder absurdo, destruyen no sólo individuos sino también especies enteras, mecanismos enteros, hasta la Tierra incluso. Necesitamos una civilización que sepa desplegarse plenamente y en armonía con el espacio natural.

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Nuestros cuerpos son salvajes. El repentino movimiento de la cabeza en respuesta a un grito, la sensación de vértigo frente al precipicio, la garganta anudada ante un momento de peligro, el aliento cortado, los momentos de calma cuando nos relajamos, la mirada fija cuando reflexionamos: todas son respuestas universales de nuestros cuerpos de mamíferos. Podemos observarlas en cualquier entorno. El cuerpo no necesita intervención alguna del intelecto consciente para respirar, o para mantener las pulsaciones cardíacas. Se regula perfectamente él solo, él es su propia vida.[…]

Las profundidades de la mente, el inconsciente, son nuestras propias extensiones salvajes; de hecho, en este mismo instante, un lobo habita en ellas, no un lobo connatural a la psique de cada uno, sino aquel lobo que aparece en nuestros sueños. El ego consciente y planificador ocupa una porción ínfima del territorio, apenas una pequeña garita cerca de la puerta, vigilando las entradas y las salidas (tramando de vez en cuando complots expansionistas); todo lo demás cuida de sí mismo. El cuerpo en cierto modo está en la mente. Ambos son salvajes. […] Sería falso creer que los seres humanos se han vuelto “más inteligentes” en un momento dado, inventando primero el lenguaje, y luego la sociedad. El lenguaje y la cultura surgen de nuestra existencia natural social y biológica… El lenguaje es un sistema del cuerpo-mente que evolucionó al mismo tiempo que nuestro sistema nervioso y nuestras necesidades. Del mismo modo que la imaginación, el lenguaje se despliega sin ser solicitado. Su complejidad escapa a nuestras capacidades intelectuales y racionales. […]

*

Toda tierra, sin importar su grado de explotación y de devastación, alcanzará un punto de equilibrio entre productividad y estabilidad biológica en cuanto esté abandonada a sí misma (“zi-ran“, la talidad). Una forma de agricultura posindustrial que fuera a la vez una “vía primitiva y del porvenir” plantea la siguiente pregunta: ¿No habría un modo de ir en el sentido de la naturaleza en lugar de ir en su contra?
*

En el taoísmo chino primitivo, “formarse” no significaba eliminar de sí mismo todo elemento salvaje, sino desembarazarse de todo condicionamiento arbitrario e ilusorio. Tchuang Tse parece decir que todos los valores sociales son artificiales y al servicio del ego.

*

No nos precipitemos en sacralizar de nuevo todas las cosas. Seamos pacientes, hay que dar mucho tiempo a la tierra para que esté en condiciones de poder hablar de nuevo, sea a nuestra generación o a las del futuro. El grito de un pájaro carpintero, el curioso chirrido apresurado de una ardilla gris, el sonido seco de las bellotas que caen sobre el tejado de la granja son otras tantas señales…

*

Cada sistema ecológico es un mandala diferente, una retícula imaginaria única. De nuevo, viene a mi mente el término ainu “iworu”, el campo de los seres. […] Ya es hora de imaginar y visualizar la disposición (l’agencement) de las jerarquías y de las redes de la realidad no-dualista. La teoría de los sistemas nos proporciona ecuaciones pero pocas metáforas. En el “Sutra de las montañas y de los ríos“, leemos: “No es sólo que hay agua en el mundo, sino que, más bien, hay todo un mundo en el agua. Y esto no sucede sólo con el agua. En las nubes, en el viento, en el fuego, en la tierra también hay todo un mundo de seres sensibles […], incluso en una brizna de hierba.”

*

Los relatos son una de las trazas que dejamos en el mundo. Todas nuestras literaturas son residuos, son del mismo orden que los mitos de los pueblos del espacio salvaje que no dejan tras sí más que historias y algunas herramientas de piedra.

Continuará…

Fragmentos extraidos del libro “The practice of the Wild“, de Gary Snyder, North Point Press, San Francisco, 1990.
Versión castellana de Muriel Chazalon a partir de la traducción francesa, “La pratique sauvage” , Éditions du Rocher, 1999. Mi agradecimiento a Susanna por revisar la traducción.

Próximamente en las librerías, Gary Snyder. La práctica de lo salvaje. Trad. Nacho Fernández R. y José Luis Regojo. Varasek Ediciones, 2016

Les muntanyes són la teva ment (2)

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… El núvol murmura

les muntanyes són la teva ment.

Hi ha un costat domesticat, i també salvatge, de la ment humana. El costat domesticat, com el camp d’un agricultor, ha estat disciplinat i conreat per produir un rendiment desitjat. És útil, però limitat. El costat salvatge és més gran, més profund, més complex, i encara que no pot ser conegut del tot, pot ser explorat. Els exploradors de la ment salvatge són sovint escriptors i artistes. La “imaginació poètica” de la qual William Blake va parlar amb tanta eloqüència és el territori de la ment salvatge. Al seu interior té paisatges i criatures que ens sorprendran. Ens pot refrescar i espantar. La ment salvatge reflecteix la gran veritat del nostre ésser antic, del nostre antic ésser animal i espiritual.

L’antropòleg francès Claude Lévi-Strauss va dir una vegada una cosa com ara “L’art sobreviu dins de la civilització moderna més aviat en forma de petites illes silvestres guardadas per ensenyar-nos d’on venim”. Algú altre també va dir un dia que el que fa que un bon text ho sigui és allò salvatge que conté. Allò salvatge dóna cor, valor, amor, esperit, perill, compassió, habilitat, feresa i dolçor, tot alhora, al llenguatge.

Gary Snyder. Les muntanyes són la teva ment. Trad. José Luis Regojo i Jaume Subirana. Tushita ediciones, 2013

***

Cremant les petites branques

mortes

trencades de sota

l’atapeït i gran

pi d’escorça blanca.

cent estius

neu fosa        roca       i aire

crepiten en una branca retorçada.

Granit de sierra,

Mount Ritter –

roca negra el doble de vella.

Deneb, Altair

foc ventós.

***

Tornant a pujar la sierra Mattherhorn trenta-un anys després

Serra rere serra de muntanyes

any rere any rere any.

Segueixo enamorat.