María Zambrano. La palabra danzante

 

Karlik danza teatro en su 25 aniversario (2016) desea rendir homenaje a María Zambrano, filósofa española, cuando se cumple también 25 años de su fallecimiento. Tras casi medio siglo de exilio España reconocerá la figura de María Zambrano otorgándole en 1981 el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y en 1988 será la primera mujer en recibir el Premio Miguel de Cervantes de Literatura.

Rendir homenaje a la figura de María Zambrano como mujer, pensadora, creadora a través de la palabra danzante, de la imagen, la metáfora y el símbolo desde el pensamiento poético, la emergencia del logos femenino, el desarrollo de lo humano esencial, la transculturalidad, la universalidad.

María Zambrano nos adentrará en el pensar desde las entrañas, desde la voluntad, desde el amor para comprender que sólo hombres nuevos podrán crear una nueva sociedad haciendo de la vida la verdadera obra de arte de todo ser humano destinada a cambiar la historia.

 

“Vivimos en estado de alerta, sintiéndonos parte de todo lo que acontece, aunque sea como minúsculos  actores en la trama de la historia y aun en la trama de la vida de todos los hombres. No es el destino, sino  simplemente comunidad –la convivencia– lo que sabemos nos envuelve: sabemos que convivimos con  todos los que aquí viven y aun con los que vivieron. El planeta entero es nuestra casa.”


María Zambrano. Persona y democracia, ed. Anthropos, 1988

 


Cuadro artístico:
– Intérpretes: Cristina Pérez Bermejo, Elena Sánchez Nevado
– Dirección y Dramaturgia: Cristina D. Silveira
– Coreografías: Cristina Pérez Bermejo, Elena Sánchez Nevado, Cristina D. Silveira
– Ayudante de dirección e investigación: Pedro Luis López Bellot
– Composición Musical Original: Álvaro Rodríguez Barroso
– Escenografía, Vestuario y Diseño gráfico: Susana de Uña
– Investigación y Realización Video /Fotografía: Yorgos Karailias
– Diseño de Iluminación y Dirección técnica: David Pérez Hernando
– Cantante: Anna Picornell Hernández
– Voces off: María Zambrano, Elena Sánchez Nevado, Pedro Luis López Bellot
– Realización de escenografía: Antonio Ollero, La Nave del Duende
– Realización de vestuario: Luisa Penco, Lali Moreno
– Técnico de Iluminación: Alfonso Rubio
– Edición y Animación vídeo: Mara Núñez Berrocoso
– Ayudante de producción: María López Martín
– Producción: David Pérez Hernando

http://www.karlikdanza.com

 

El claro del bosque. María Zambrano

Kiki-Smith_Cathedral Wolf_2012

El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención.

[…]

Un centro en toda su plenitud, por esto mismo, porque el humano esfuerzo queda borrado, tal como desde siempre se ha pretendido que suceda en el templo edificado por los hombres a su divinidad, que parezca hecho por ella misma, y las imágenes de los dioses y seres sobrehumanos que sean la impronta de esos seres, en los elementos que se conjugan, que juegan según ese ser divino.

Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada. Ya que parece que la nada y el vacío —o la nada o el vacío— hayan de estar presentes o latentes de continuo en la vida humana. Y para no ser devorado por la nada o por el vacío haya que hacerlos en uno mismo, haya a lo menos que detenerse, quedar en suspenso, en lo negativo del éxtasis. Suspender la pregunta que creemos constitutiva de lo humano. La maléfica pregunta al guía, a la presencia que se desvanece si se la acosa, a la propia alma asfixiada por el preguntar de la conciencia insurgente, a la propia mente a la que no se le deja tregua para concebir silenciosamente, oscuramente también, sin que la interruptora pregunte la suma en la mudez de la esclava. Y el temor del éxtasis que ante la claridad viviente acomete hace huir del claro del bosque a su visitante, que se torna así intruso. Y si entra como intruso, escucha la voz del pájaro como reproche y como burla: «me buscabas y ahora, cuando te soy al fin propicio, te vuelves a ese lugar donde respirar no puedes», o algo por ese estilo suena en su desigual canto. Y un cierto sosiego puede procurar ese reproche y esa burla. […]

Y aparece luego en el claro del bosque, en el escondido y en el asequible, pues que ya el temor del éxtasis lo ha igualado, el temblor del espejo, y en él, el anuncio y el final de la plenitud que no llegó a darse: la visión adecuada al mirar despierto y dormido al par, la palabra presentida a lo más. Se muestra ahora el claro como espejo que tiembla, claridad aleteante que apenas deja dibujarse algo que al par se desdibuja. Y todo alude, todo es alusión y todo es oblicuo, la luz misma que se manifiesta como reflejo se da oblicuamente, mas no lisa como espada. Ligeramente se curva la luz arrastrando consigo al tiempo. Y no se olvidará nunca que la curvatura de luz y tiempo no es castigo, o que no lo es solamente, sino testimonio y presencia fragmentada de la redondez del universo y de la vida, y que el temblor es irisación de la luz que no deja de descender y de curvarse en todo recoveco oscuro, que se insinúa así, ya que directamente no puede sin violencia arrolladora permitirse entrar en nuestro último rincón de defensa. Y los colores mismos nacen para hacernos la luz asequible. Y el Iris resplandece, antes que arriba en los cielos, abajo entre lo oscuro y la espesura, creando así un imprevisible claro propicio. […]

Y luego hay que seguir de claro en claro, de centro en centro, sin que ninguno de ellos pierda ni desdiga nada. Todo se da inscrito en un movimiento circular, en círculos que se suceden cada vez más abiertos hasta que se llega allí donde ya no hay más que horizonte.

Alguna figura en esta lejanía anda a punto de mostrarse al borde de la corporeidad, o más bien más allá de ella, sin ser un esquema ni un simple signo. Figuras que la visión apetece en su ceguera nunca vencida por la visión de una figura luminosa ni por esplendor alguno. Algún animal sin fábula mira desde esta lejanía. Algún jirón se desprende de una blancura no vista, algo, algo que no es signo. Nada es signo, como si se vislumbrase un reino donde lo que significa y lo significado fuera uno y lo mismo, donde el amor no tiene que ser sostenido ni la naturaleza ande como oveja perdida o sorprendida que se aparece y se esconde. Y la luz no se refleja ni se curva ni se extiende. Y el tiempo sin derrota no transcurre, allá lejos donde se enuncia el centro al que espejan en instantes los claros de este bosque.

Y la visión lejana del centro apenas visible, y la visión que los claros del bosque ofrecen, parecen prometer, más que una visión nueva, un medio de visibilidad donde la imagen sea real y el pensamiento y el sentir se identifiquen sin que sea a costa de que se pierdan el uno en el otro o de que se anulen.

Una visibilidad nueva, lugar de conocimiento y de vida sin distinción, parece que sea el imán que haya conducido todo este recorrer análogamente a un método de pensamiento. […]

Y se recorren también los claros del bosque con una cierta analogía a como se han recorrido las aulas. Como los claros, las aulas son lugares vacíos dispuestos a irse llenando sucesivamente, lugares de la voz donde se va a aprender de oído, lo que resulta ser más inmediato que el aprender por letra escrita, a la que inevitablemente hay que restituir acento y voz para que así sintamos que nos está dirigida. Con la palabra escrita tenemos que ir a encontrarnos a la mitad del camino. Y siempre conservará la objetividad y la fijeza inanimada de lo que fue dicho, de lo que ya es por sí y en sí. Mientras que de oído se recibe la palabra o el gemido, el susurrar que nos está destinado. La voz del destino se oye mucho más de lo que la figura del destino se ve. Y así se corre por los claros del bosque análogamente a como se discurre por las aulas, de aula en aula, con avivada atención que por instantes decae —cierto es— y aun desfallece, abriéndose así un claro en la continuidad del pensamiento que se escucha: la palabra perdida que nunca volverá, el sentido de un pensamiento que partió. Y queda también en suspenso la palabra, el discurso que cesa cuando más se esperaba, cuando se estaba al borde de su total comprensión. Y no es posible ir hacia atrás. Discontinuidad irremediable del saber de oído, imagen fiel del vivir mismo, del propio pensamiento, de la discontinua atención, de lo inconcluso de todo sentir y apercibirse, y aun más de toda acción. Y del tiempo mismo que transcurre a saltos, dejando huecos de atemporalidad en oleadas que se extinguen, en instantes como centellas de un incendio lejano. Y de lo que llega falta lo que iba a llegar, y de eso que llegó, lo que sin poderlo evitar se pierde. Y lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá; ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo, la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo quizá también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque. Y el silencio. Todo ello no conduce a la pregunta clásica que abre el filosofar, la pregunta por «el ser de las cosas» o por «el ser» a solas, sino que irremediablemente hace surgir desde el fondo de esa herida que se abre hacia dentro, hacia el ser mismo, no una pregunta, sino un clamor despertado por aquello invisible que pasa sólo rozando. «¿Adónde te escondiste?…» A los claros del bosque no se va, como en verdad tampoco va a las aulas el buen estudiante, a preguntar.

Y así, aquel que distraídamente se salió un día de las aulas, acaba encontrándose por puro presentimiento recorriendo bosques de claro en claro tras del maestro que nunca se le dio a ver: el Único, el que pide ser seguido, y luego se esconde detrás de la claridad. Y al perderse en esa búsqueda, puede dársele el que descubra algún secreto lugar en la hondonada que recoja al amor herido, herido siempre, cuando va a recogerse.

María ZambranoClaros del bosque. Edición de Mercedes Gómez Blesa. Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2011.

Imagen: Kiki SmithCathedral Wolf, 2012 | Arazzo Jacquard Tapestry, 2896 x 1905 cm | Courtesy the artist

Claros del bosque. María Zambrano

Breves extractos del libro de María Zambrano, Claros del bosque (1977)


“Se queda sordo y mudo en ocasiones, circunstancialmente, el corazón. Se sustrae encerrándose en impenetrable silencio o se va lejos. Deja entonces todo el lugar a las operaciones de la mente que se mueven así sin asistencia alguna, abandonadas a sí mismas. Y al menos entre nosotros, los occidentales, tan reacios al silencio, las percepciones se convierten en seguida en juicio dentro de una actitud imperativa; esa actitud que precede al contenido del juicio, a lo “juzgado”. Y no siempre lo juzgado lo sería cuando el corazón estuviese ligero o cuando prosigue simplemente su rítmica marcha, aparecería entonces eso juzgado de otra manera, sin arrojar carga de peso, sin ocasionar pesar. Ya que es el peso de ciertos contenidos que se presentan en la conciencia lo que determina en ocasiones, y refuerza en otras, el juicio que sobre ellas recae.

[…]

Hay una linea imperceptible, un nivel desde el cual el corazón comienza a sentirse sumergido. No encuentra resistencia en torno por falta de respuesta a su incesante llamada, pues que su latir es al propio tiempo un llamar. Y hay la invocación silenciosa, la indecible, que parte en una dirección indefinida, no porque lo sea, sino por rebasar toda dirección conocida. Ya que es la mente habitual la que marca las direcciones, la que establece los puntos cardinales dejándolos sin significación. La mente discursiva, la gran ordenadora que todo lo encubre.

Y ninguna dirección que le sea ofrecida por la mente al uso puede abrir paso a esta llamada indecible del corazón sumergido.

Y si la llamada es indecible es porque ninguna palabra de las ya dicha le sirve. Lo que no significa que entre las palabras que conoce no haya algunas o una sola que sea la que busca indeciblemente. Busca un oído; oír y que le oigan sin darse cuenta, sin distinción. Y que su llamada se pierda en la inmensidad de la única respuesta.”

Ay, la incertidumbre…

Un párrafo-tornado de Clarice Lispector sacado de su libro La pasión según G.H.

Si tengo coraje, me dejaré seguir perdida.
Pero tengo miedo de lo nuevo y tengo miedo de vivir lo que no entiendo.
Quiero tener siempre la garantía de por lo menos estar pensando que entiendo.
No sé entregarme a la desorientación.
¿Cómo se explica que mi mayor miedo sea ser?

*

Un frase-guía de María Zambrano, al final de su precioso y luminoso librito Los bienaventurados, frase tantas veces citada en nuestros talleres…

Hay una esperanza que nada espera, que se alimenta de su propia incertidumbre: la esperanza creadora; la que extrae del vacío, de la adversidad, de la oposición, su propia fuerza sin por eso oponerse a nada, sin embalarse en ninguna clase de guerra.

La soledad deliberada de María Zambrano

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Para abonar nuestras reflexiones últimas sobre la soledad y el silencio en nuestro afán por “volver a casa”, comparto estos fragmentos de María Zambrano perdidos y re-encontrados en su obra Claros del bosque. Hacen parte de la octava sección: La entrega indescifrable, y son sacados del apartado La mirada remota.


La soledad, aquella más pura no tocada por el afán de independencia ni por el sentimiento de encontrarse aislado, la soledad aceptada en el abandono, recibe el don de la mirada remota que la sostiene.

El silencio es la nota dominante de esta aceptada soledad que puede darse aun en medio del rumor y del bullicio, y que florece bajo la música que se escucha enteramente. Es el silencio que acalla el rumor interior de la psique y el continuo parlar de ese personaje que llevamos dentro, y que la exterioridad ha ido formando a su imagen y semejanza: banal, discutidor, contestatario; el que tiene razón sin descanso, capaz de hacerla valer sin tregua, frente a algo, y a solas frente a nada; guardián del yo socializado y sobretodo de eso que se llama la personalidad, el que no puede quedarse callado y en alta voz lo dice, añadiendo como causa y motivo de su incesante hablar “frente a la injusticia”. “Frente a la iniquidad”, aunque luego cuando ellas están ahí ante sus ojos suele callarse. Y colabora con sus razones para enconar la soledad del aislado y no permitirle que su aislamiento ascienda a ser soledad pura, que acaba así siendo al modo de un delirio de la psique sometida a la representación social y aun más a la representación del papel social del que el sujeto que lo alberga se cree investido.

Viene el silencio como si descendiera desde lo más alto sobre la soledad y la recoge como ofreciéndola, casi dándole un nombre, y la conduce sin crear movimiento alguno en el ánimo; imperceptiblemente la envuelve. Todo es inmediato y no hay camino. La mirada remota se hace sentir. Una mirada sin intención y sin anuncio alguno de juicio o de proceso. La mirada que todo lo nacido ha de recibir al nacer y por la cual el naciente forma parte del universo.