Donna Haraway: Pensar, imaginar, tejer modos de vida en un planeta herido

Emma Rodríguez © 2020 / 

Aquí y ahora, en los denominados tiempos de nueva normalidad, pero que seguramente sería mejor definir como de urgencia, me ha resultado estimulante leer a Donna Haraway, quien recurre una y otra vez a esta palabra, “urgencia”. En proceso de recuperación de una pandemia devastadora a nivel global, situados en el territorio de la inquietud y la incerteza, hemos recordado la fragilidad de nuestra condición y estamos siendo conscientes de que algo lleva mucho tiempo yendo mal, como indicaba el historiador Tony Judt; de que el sistema socioeconómico voraz en el que estamos inmersos va en contra del futuro del planeta y de nuestra vida, de la continuidad de la vida.

La ruptura de los equilibrios, la quiebra de la biodiversidad, tiene que ver con lo que estamos viviendo. Los científicos alertan de la llegada de nuevas olas de infección en años venideros debido a la constante degradación natural; a la desaparición de especies que actúan como escudos ante los virus y a la expansión de los mercados de animales salvajes, hecho en el que sin duda influye la extrema pobreza y la desigualdad. Todo está relacionado. El sistema depredador capitalista tiene graves consecuencias. En su ensayo Seguir con el problema.Generar parentesco en el Chthulucenopublicado en castellano por la editorial vasca Consonni, Haraway parte de la agresión que los seres humanos hemos causado a “otros organismos” que deberíamos haber cuidado como compañeros de camino, habla de generar alianzas entre especies y se sitúa frente al que es el mayor desafío de la humanidad, el cambio climático. Gran parte del desastre ya no tiene solución. Es imposible partir de cero, pero aún podemos pensar e imaginar futuros de supervivencia, tejer redes de recuperación en una tierra dañada.

Entrar en el territorio Haraway, acceder a sus claves, no es sencillo. La ruta debe realizarse desde la disposición de quien disfruta explorando, de quien no teme abandonar los senderos trillados y los prejuicios para dejarse deslumbrar. Pero una vez dentro, en lo esencial, hay momentos en los que todo resulta cristalino, pues la red en la que nos envuelve la autora es la red de lo colectivo, del sentido de colaboración, de responsabilidad con todo lo que nos rodea. Haraway nos dice que somos el ahora, el antes y el después; que los que se fueron y los que han de llegar forman parte de la continuidad que debemos preservar, siendo responsables de mantener en marcha la Historia, la línea temporal. Y nos lleva a imaginar un abrazo inmenso con todos los seres, humanos, animales, vegetales, que conforman el planeta, sin dejar de mostrar confianza en lo mejor de la tecnología, en las máquinas con las que la humanidad habrá de convivir. 

Dependemos los unos de los otros. Es simple y a la vez resulta radical cuando nos hemos creído excepcionales, poderosos, el centro del universo. Para las desmemoriadas, uniformadas poblaciones del siglo XXI, esta idea básica puede parecer incluso revolucionaria, pero es muy antigua. Su hilo nos lleva hasta los pueblos indígenas, es el tronco del budismo… ¡Parece mentira que hayamos perdido esa sabiduría!

DONNA HARAWAY NOS ENVUELVE EN LA RED DE LO COLECTIVO, DEL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD CON TODO LO QUE NOS RODEA. NOS DICE QUE SOMOS EL AHORA, EL ANTES Y EL DESPUÉS; QUE LOS QUE SE FUERON Y LOS QUE HAN DE LLEGAR FORMAN PARTE DE LA CONTINUIDAD QUE DEBEMOS PRESERVAR.

Como dice el sociólogo y antropólogo francés Bruno Latour, tan afín a Haraway, cuando nos integramos en lo Terrestre ya no podemos acercarnos a la naturaleza desde las premisas de la producción y la explotación, sino de la dependencia, porque todos los seres vivos, todos los elementos que conforman el planeta, se influyen los unos a los otros. El sistema tierra reacciona a las acciones humanas y ya es hora de que “los terrestres descubran de qué otros seres necesitan para subsistir” y aprendan a depender de ellos.

Trazadas estas coordenadas, debo deciros que si os decidís a sumergiros en la lectura de Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno os aguardan no pocas sorpresas e iluminaciones. Son poderosos los efectos que provoca la obra de Donna Haraway. Este libro es capaz de expandir la mente, de agitarnos, de sacarnos del ruido de la actualidad y hacernos ver más allá. No se trata solo de sus contenidos y análisis, de las muchas revelaciones que contiene, sino también del lenguaje. La autora utiliza estructuras, palabras, expresiones, de gran originalidad para hablarnos de aquello que no hemos atisbado aún. La terminología de siempre, los estereotipos, no se adaptan al fondo de sus análisis, al arriesgado vuelo de su imaginación. Por ello inventa nuevos vocablos, juega con ellos, hila sentidos renovados. Podría hablarse de un tipo de ensayo visionario, poético, que nos despierta, que alumbra los paisajes y nos lleva a descubrirlos desde una mirada extrañada, curiosa, perpleja. Si pertenecéis al grupo de quienes anhelan cambios; de quienes no se resignan a creer que no hay opciones de mejora; de quienes en este 2020 hemos percibido que el suelo ha empezado a moverse bajo nuestros pies, aún más, y ya no somos los mismos, este ensayo pasará a ser un punto de partida para comenzar a pensar de otra manera. De nuevo acude a mí el concepto de lecturas transformadoras del que tanto se nutre Lecturas Sumergidas.  

LA AUTORA UTILIZA ESTRUCTURAS, PALABRAS, EXPRESIONES, DE GRAN ORIGINALIDAD PARA HABLARNOS DE AQUELLO QUE NO HEMOS ATISBADO AÚN. LA TERMINOLOGÍA DE SIEMPRE, LOS ESTEREOTIPOS, NO SE ADAPTAN AL FONDO DE SUS ANÁLISIS, AL ARRIESGADO VUELO DE SU IMAGINACIÓN

Tras la manera de contar, de reflexionar e imaginar de Donna Haraway (Denver, Colorado, 1944), fluye un cauce muy intenso de investigaciones, lecturas, influencias, juegos y complicidades. Feminista, filósofa y bióloga, profesora emérita del Departamento de Historia de la Conciencia y de Estudios Feministas de la Universidad de Santa Cruz, en California, nuestra protagonista se alimenta de los datos y estudios científicos y toma impulso en la manera de fabular y especular de la ciencia ficción. De ahí su capacidad para generar maneras tan creativas de exposición y análisis. De ahí su gusto por generar diálogos, por entablar cauces de entendimiento entre distintas disciplinas: la ciencia, el arte, la tecnología, el activismo…

Antes de adentrarnos en Seguir con el problema, conviene recordar el famoso Manifiesto Cyborguna entrega también visionaria y compleja donde, a grandes rasgos, la autora profundiza en los cauces de la cibernética e indaga en el significado de los géneros y en sus estereotipos, en las posibles combinaciones y transformaciones que pueden darse en un mundo altamente tecnologizado.

En el ensayo del que os hablo la autora se centra en los lazos entre humanos y no humanos en un nuevo horizonte que ya se visualiza, en tiempos de precariedad y peligro. El apartado final del libro es pura ficción –ciencia ficción– y se centra en las Historias de Camille, protagonista de las comunidades del compost, un bebé nada convencional, fruto de la interacción entre especies, que tiene distintos progenitores y cuyo desarrollo se sigue a través de cinco generaciones. Un ser capaz de sobrevivir en un planeta devastado, donde la población se ha reducido drásticamente porque los recursos son limitados y se ha de alcanzar un equilibrio entre lo humano y lo no humano.Publicidad

Como os decía, Haraway nos lleva a pensar en otras realidades, a imaginar otros mundos, siguiendo la estela de su admirada Ursula K. Le Guin. Mientras la leo no puedo dejar de reflexionar en la cortedad de miras de la mayor parte de las informaciones que consumimos, atentas a la absoluta inmediatez, incapaces de abrir ventanas por las que entren aires frescos, renovadores. En este libro nos acercamos a experiencias y experimentos que no solemos encontrar en los medios, que ya se mueven en territorios de adaptación a un tiempo por venir.

Haraway forma parte de la estirpe de los adelantados a su tiempo, de los que despliegan las alas. Hablamos de filósofos, economistas, poetas, científicos, creadores diversos, activistas. Y en este apartado no quiero dejar de incluir a la gente de a pie inconformista, capaz de pensar a contracorriente, de no someterse a las reglas de lo establecido, de denunciar, criticar, y dando un paso más adelante, actuar, intervenir, en la manera en que le sea posible. Leer a Haraway es un estímulo para iniciarse en acciones colaborativas, en cadenas de solidaridad, de cuidados. Las mujeres campesinas de distintos lugares del mundo, los colectivos indígenas son un gran ejemplo para ella.

Pero volvamos al comienzo de este texto. Volvamos al aquí y al ahora. En un encuentro online, organizado recientemente por la Fira Literal de Barcelona, dentro del programa Radical May, Donna Haraway mantuvo una intensa conversación –abierta al público– con su traductora, la socióloga y especialista en su obra Helen Torres alrededor de Seguir con el problema. Y, por supuesto, se le preguntó por la Covid-19, por la dureza del momento que vivimos. “La pandemia ha intensificado la conciencia de que la tierra ha sido dañada”, puso de manifiesto, haciendo hincapié, pese a la experiencia de la catástrofe, en el hecho de que se ha visibilizado la necesidad de proteger cada vez más los sistemas de salud y los lugares de cuidados como las residencias de ancianos. Y también en la atención a los suministros de alimentos, mirando hacia mercados locales más fuertes, con mayor protección para los trabajadores de la agricultura y de otros servicios esenciales. Sumándote a la Newsletter de Lecturas Sumergidas estarás al tanto de todas nuestras novedades. 

LA PANDEMIA HA INTENSIFICADO LA CONCIENCIA DE QUE LA TIERRA HA SIDO DAÑADA”, HA SEÑALADO HARAWAY, HACIENDO HINCAPIÉ EN EL HECHO DE QUE SE HA VISIBILIZADO LA NECESIDAD DE PROTEGER CADA VEZ MÁS LOS SISTEMAS DE SALUD Y LOS LUGARES DE CUIDADOS.

Podemos sobrevivir con el virus, con la infección, ya que es parte de la complejidad del mundo biológico, pero no con el fascismo”, declaró en otro momento, explicando que las pandemias no son para nada ajenas a las prácticas destructivas del capitalismo global; haciendo responsables a líderes como Trump o Bolsonaro de medidas tan peligrosas para el futuro como el negacionismo climático, que lleva a seguir con la utilización continuada de combustibles fósiles, sin tener en cuenta las consecuencias para el Medio Ambiente, o la destrucción final de zonas como la Amazonía brasileña.

Fotograma del documental «Donna Haraway: Story telling for Earthly Survival» («Cuentos para la supervivencia terrenal»), del cineasta Fabrizio Terranova. La imagen de cabecera y otras que ilustran este texto pertenecen al mismo trabajo.

Todos los seres vivimos sobre la Tierra “en tiempos perturbadores, tiempos confusos, tiempos turbios y problemáticos”, señala la autora muy al comienzo de su ensayo. “Los tiempos confusos están anegados de dolor y alegría (…), de un innecesario asesinato de la continuidad, pero también de un resurgimiento necesario”, prosigue, animando a seguir con la tarea de “generar problemas, suscitar respuestas potentes a acontecimientos devastadores, aquietar aguas turbulentas y reconstruir lugares tranquilos (…) crear futuros para las generaciones venideras”.

En este párrafo está condensado el espíritu inquieto de Donna Haraway. Nuestra bióloga se inventa un término original, Chthuluceno, que tiene  que ver con las arañas y la figura mítica de Medusa, con las redes tentaculares que definen un nuevo tiempo de relaciones entre todo tipo de criaturas, “un tiempo de comienzos, un tiempo para la continuidad, para la frescura”. En ese vocablo de nuevo cuño, caben las “herencias” y las “memorias”, pero también las “llegadas”, el cultivo de lo que “aún puede llegar a ser”. Lo antiguo y lo de última hora se encuentran en este espacio temporal que respeta la continuidad, que augura florecimientos multiespecies sobre la Tierra, que se opone a las fuerzas exterminadoras del Antropoceno y el Capitaloceno, conceptos que hacen referencia al dominio de los humanos sobre el planeta, un dominio basado en la explotación de los recursos en nombre del beneficio, del poder. 

LA BIÓLOGA SE INVENTA UN TÉRMINO ORIGINAL, «CHTHULUCENO», UN ESPACIO TEMPORAL QUE RESPETA LA CONTINUIDAD, QUE AUGURA “FLORECIMIENTOS MULTIESPECIES SOBRE LA TIERRA”, QUE SE OPONE A LAS FUERZAS EXTERMINADORAS DEL ANTROPOCENO.

“¿Hay un punto de inflexión importante que cambia el nombre del “juego” de la vida sobre la tierra para todas las cosas y todo el mundo?”, se pregunta Donna Haraway. Y argumenta: “Es más que el “cambio climático”; se trata también de cargas extraordinarias de química tóxica, minería, contaminación nuclear, agotamiento de lagos y ríos encima y debajo del suelo, simplificación de ecosistemas, vastos genocidios de personas y otros bichos, etcétera, etcétera, en patrones sistémicamente conectados que amenazan con un colapso significativo del sistema…”Publicidad

La autora se apoya en Jason Moore, coordinador de la World-Ecology Research Network, quien sostiene que la naturaleza barata está llegando a su fin, que “abaratar la naturaleza ya no puede funcionar para sostener la extracción y producción en y del mundo contemporáneo, porque la mayoría de las reservas de la tierra han sido drenadas, quemadas, agotadas, envenenadas, exterminadas o extenuadas”. Y recurre a la antropóloga, feminista y teórica cultural Anna Tsing. Esta señala que en el largo período del Holoceno “los refugios, los lugares de refugio, aún existían, incluso abundaban, para sostener la reconfiguración de mundos en una rica diversidad cultural y biológica”. Pero en el Antropoceno asistimos a la “destrucción de lugares y tiempos de refugio para personas y otros bichos”.

Al respecto Haraway señala: “El Antropoceno marca graves discontinuidades; lo que viene después no será como lo que vino antes. Creo que nuestro trabajo es hacer que el Antropoceno sea lo más corto/estrecho posible y cultivar de manera recíproca, de todas las formas imaginables, épocas venideras que puedan restaurar refugios. Ahora mismo, la tierra está llena de refugiados, humanos y no humanos, sin refugio”.

Compromiso, trabajo, responsabilidad compartida, “juegos colaborativos profundos con otros terranos”… para hacer posible “el florecimiento de ricos ensamblajes multiespecies que incluyan a las personas”. He aquí la era del Chthuluceno a la que se refiere la bióloga. Pasado, presente y lo que está por venir en una línea de continuidad que hay que mantener y cuidar. Ella habla de “nutrir, inventar, descubrir o improvisar de alguna manera formas de vivir y morir bien de manera recíproca en los tejidos de una tierra cuya misma habitabilidad está amenazada”. 

Para avanzar hacia ese nuevo tiempo hay que dejar atrás, nos dice Haraway, dos argumentaciones habituales. Por un lado, la «fe cómica» en  soluciones tecnológicas que vengan a rescatarnos del desastre total. La tecnología no es el enemigo y sin duda puede contribuir a seguir adelante, pero no debemos dormirnos en los laureles soñando en su milagro, como tampoco esperar a la mano salvadora de Dios. Y por otra parte, hay que vencer la destructiva creencia de que no hay nada que hacer, de que es demasiado tarde para introducir cambios, ya que el juego está terminado. Este cinismo amargo, que encontramos en sectores de la comunidad científica, la política y la cultura, es demoledor, paralizante, como constata la investigadora.

En un diálogo que mantuvo en 2018 Haraway con Marta Segarra, catedrática de Literatura Francesa y de Estudios de Género de la Universidad de Barcelona, en el Centro de Cultura Contemporánea de la Ciudad Condal (recogido por el sello Icaria en un breve volumen bajo el título El mundo que necesitamos), Segarra le recuerda su resistencia a los discursos apocalípticos, “puesto que sugieren que no hay nada que hacer para cambiar este futuro próximo”. Y le pregunta: “¿Se puede aplicar esto a los discursos de denuncia o crees que los discursos de denuncia son todavía necesarios?”

Ha aquí la respuesta: “Creo que en la actualidad la crítica y la denuncia son herramientas retóricas importantísimas (…) Sin embargo, la dificultad reside en que muchos teóricos no van más allá de la crítica, le confieren demasiado peso (…) Pero todavía queda mucho por hacer para inventar lo que aún no es pero debería ser. Esta labor de habitar e imaginar no es una tarea de la crítica, es algo que va más allá (…) Si denunciar el capitalismo implicara su destrucción, ya no tendríamos capitalismo. Pero el problema de la denuncia es que puede ser emocionalmente muy satisfactoria, pero resulta del todo inefectiva...”

«SI DENUNCIAR EL CAPITALISMO IMPLICARA SU DESTRUCCIÓN, YA NO TENDRÍAMOS CAPITALISMO. PERO EL PROBLEMA DE LA DENUNCIA ES QUE PUEDE SER EMOCIONALMENTE MUY SATISFACTORIA, PERO RESULTA DEL TODO INEFECTIVA», ESCRIBE HARAWAY.

La autora sigue el hilo de los investigadores Philippe Pignarre e Isabelle Stengers, quienes reflexionan en su obra sobre la ineficacia de la denuncia y apoyan “colectivos sobre el terreno, capaces de inventar nuevas prácticas de imaginación, resistencia, revuelta, reparación y duelo, así como de vivir y morir bien”. Ellos nos recuerdan que “otro mundo no solo es urgentemente necesario, sino también posible, pero solo si no sucumbimos al hechizo de la desesperación, al cinismo o al optimismo y al discurso de la creencia y la incredulidad del Progreso”, declara Haraway, apuntando hacia la “creatividad sostenida de personas que se preocupan y actúan”.

En el capítulo dos de Seguir con el problema, titulado Pensamiento tentacular. Antropoceno, Capitaloceno, Chthulucenola bióloga plantea una cuestión esencial: “¿Qué pasa cuando el excepcionalismo humano y el individualismo limitado, esos antiguos clichés de la filosofía y la economía política occidentales, se vuelven impensables en las mejores ciencias, sean naturales o sociales?”. Y a continuación exclama: “¡No cabe duda e que un tiempo tan transformador sobre la tierra no debe llamarse Antropoceno!

Donna Haraway tira de muchos hilos en este ensayo, entabla diálogos altamente enriquecedores. La importancia de pensar, pensar sin prejuicios, sin ataduras, evitando las ideas inoculadas por el sistema establecido y asimiladas por el rebaño, es uno de los pilares que sostienen su filosofía. “Importa qué ideas usamos para pensar otras ideas”, toma en sus manos la inspiradora frase de Marilyn Strathern, una etnógrafa de prácticas del pensamiento. Y a partir de ahí nos dice: “Importa qué pensamientos piensan pensamientos. Importa qué conocimientos conocen conocimientos. Importa qué relaciones relacionan relaciones. Importa qué mundos mundializan mundos. Importa qué historias cuentan historias”.

¿Qué significa renunciar a la capacidad de pensar?”, lanza la ensayista esta pregunta crucial en tiempos en los que debemos afanarnos por defender la verdad frente a quienes le restan importancia, la vapulean, parapetados tras la mezquina práctica de la mentira y, en ocasiones, en la peligrosa equidistancia que rehuye tomar partido, esclarecer, contrastar, combatir. ¿Qué significa renunciar a la capacidad de pensar?, nos pregunta Haraway en estos –sigo sus palabras– “tiempos de urgencia para todas las especies, incluidos los humanos: tiempos de muertes y extinciones masivas; de avalanchas de desastres cuyas impredecibles especificidades son tomadas estúpidamente como si fueran la ininteligibilidad en sí misma; del rechazo a conocer y cultivar la capacidad de respons-habilidad; del rechazo a estar presentes para el embiste de la catástrofe; de un mirar para otro lado sin precedentes...”

Y en este punto alude a Hannah Arendt y a su análisis sobre la  incapacidad para pensar del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann. “En esa renuncia a pensar yace la particular “banalidad del mal” que podría llegar a hacer que el desastre del Antropoceno, con sus genocidios y especidios rampantes, se haga realidad. Este resultado aún está en riesgo; ¡pensar debemos, debemos pensar!”, se muestra contundente Haraway. En la interpretación que hace encontramos muchas de las claves de su manera de ver, de enfocar el presente y atisbar el porvenir. Su discurso es apasionado, estimulante, lleno de convicciones, de resistencia. 

Lo que Arendt vio en Eichmann no fue un monstruo incomprensible, sino algo mucho más terrorífico: negligencia común y corriente (…) Aquí hay alguien que no puede ser un caminante, que no se puede enredar, que no puede rastrear las líneas de vivir y morir, que no puede cultivar la respons-habilidad, que no puede hacer presente para sí aquello que está haciendo, que no puede vivir en consecuencia ni con las consecuencias, que no puede hacer compost. Para Eichmann, el propósito importaba, el deber importaba, pero no así el mundo. El mundo no importa en la negligencia común y corriente… No había manera posible de que el mundo deviniera una “materia del cuidado” para Eichmann y sus herederos (¿nosotros, nosotras?). El resultado fue una participación activa en el genocidio”.

Cuando recupera la figura de Eichmann Donna Haraway nos está poniendo frente al espejo. Nos dice que no vale desviar la mirada mientras el desastre sigue su curso. Los gestos, por mínimos que nos parezcan, las acciones, los votos, las manifestaciones de adhesión a la defensa de los derechos humanos, del Medio Ambiente, de la justicia social, de “las relaciones multiespecies” tan determinantes en su trabajo, sí cuentan, así como la creación de redes de apoyo, de solidaridad, de cuidados, pueden decidir la dirección de los mundos futuros. La bióloga nos habla de supervivencia colaborativa, de prácticas de pensamiento imposibles para herederos de Eichmann”. Si algo consigue este ensayo del que os estoy hablando es anular la idea de que los cambios no son posibles. Haraway responde a la creencia instalada de la derrota con creatividad e imaginación.

El feminismo es otro de los robustos troncos en los que se apoya esta mujer inquieta, de innata capacidad visionaria. Cuando Marta Segarra le pregunta si cree que el feminismo “o, mejor dicho, los feminismos en plural y, sobre todo, las feministas han contribuido de manera significativa a pensar de forma diferente, no solo sobre las mujeres y el género, sino también sobre el planeta”, su respuesta corta es “sí” y su argumentación larga, cargada de referencias mitológicas, concluye con su identificación con la figura de Medusa. “Medusa vive dentro de mí, sus antenas serpentiformes son una invitación para aventurarnos a una especie de saludo afectuoso con la Tierra”, señala, y a continuación se refiere a la manera en que el feminismo ha reformulado el pensamiento a través de “conexiones múltiples”, en el sentido de que “todo pensamiento es también una práctica del cuidado”.

Todo tipo de reflexión es una práctica del cuidado, por lo que es muy importante qué pensamientos piensan pensamientos, qué historias narran historias. No es cierto que todo valga. Reflexionar y crear (…) es una acción de acción-pensamiento-cuidado…”, transcribo las palabras de la ensayista, quien más adelante, respondiendo a otra pregunta de su interlocutora, explica su idea de crear parentescos [Crear parentescos en el Chthuluceno es el subtítulo de su libro], otra de las bases de su recorrido. 

LA AUTORA DE «SEGUIR CON EL PROBLEMA» SE REFIERE A LA MANERA EN QUE EL FEMINISMO HA REFORMULADO EL PENSAMIENTO A TRAVÉS DE “CONEXIONES MÚLTIPLES”, EN EL SENTIDO DE QUE “TODO PENSAMIENTO ES TAMBIÉN UNA PRÁCTICA DEL CUIDADO”.

En esta ocasión se hermana con importantes figuras del feminismo como la filósofa Judith Butler, quien se refiere a los “modos de alianza íntima” o la investigadora Frances Bartkowski, que establece como parientes a todas aquellas criaturas por las que nos preocupamos. “El parentesco es difuso, es una solidaridad perdurable a lo largo del tiempo en capas de seres que vienen al mundo en relación los unos con los otros, y que pueden y deben demandarse cosas los unos con los otros”, argumenta Haraway. 

Para entenderla hay que despojarse de clichés, de verdades asumidas, de creencias interiorizadas a lo largo de los siglos, en el devenir de las generaciones. Los parentescos a los que se refiere, denominados “parentescos raros”, no tienen nada que ver con “los aparatos capitalistas de la producción y la reproducción”. Se trata de pensar que no son algo exclusivamente humano, de ampliar las estructuras y relaciones tradicionales con los hijos, con la familia. Uno de sus lemas más controvertidos es el de Generen parientes, no bebés”. Detrás del mismo hay toda una argumentación sobre la necesidad de hacer frente a la superpoblación del planeta, pero también se trata de una invitación a ir más allá de los modelos convencionales de convivencia, a elegir otras formas de relación en las que no entren solo los humanos. El tema es complejo y nos llevaría a otra obra fundamental en el trayecto de Haraway, su Manifiesto cyborg, donde las máquinas cibernéticas también se pueden considerar parientes. 

En las Historias de Camille, resultado de unos talleres creativos desarrollados en Normandía, en los que, a través de la fabulación especulativa, distintos grupos de trabajo se dedicaron a imaginar futuros posibles. Haraway compartió equipo con el cineasta Fabrizio Terranova, autor del documental Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival, y con la psicóloga y filósofa Vinciane Despret]. Juntos llevaron la idea de los parentescos hasta las últimas consecuencias. Camille y las Niñas y Niños del Compost surgieron de ese creativo cruce colectivo. En la narración, que ocupa un espacio temporal de cinco generaciones, se parte de la idea del florecimiento multiespecies. Los bebés que nacen son raros pero muy preciados, comparten progenitores y entablan asociaciones simbióticas con otras especies.

Está claro que Las historias de Camille se inscriben en el terreno de la ciencia ficción, pero son también una hermosa metáfora de la aceptación de la diversidad, de la acogida y de la búsqueda de refugios, de los lazos de solidaridad y cooperación entre todas las criaturas del planeta, del “resurgimiento y florecimiento multiespecies” al que se refiere la visionaria Haraway, “de la práctica de reparación de lugares dañados”, a la que alude una y otra vez, tan necesaria ya en el ahora. 

La creación, el juego creativo como impulsor de relaciones, de búsquedas, de armonías, está muy presente en la entrega. Las figuras de cuerdas y los arrecifes de coral de croché son proyectos de colaboración que visibilizan ideas, filosofías, caminos de vida, de equilibrio, solidaridad y belleza. Se trata de colectivos que tejen y siguen tirando del hilo para encontrar respuestas, posibles soluciones en compañía, en pos del florecimiento entre especies. Tiene que ver, como dice la autora, con “transmitir conexiones que importan, sobre contar historias con manos sobre manos”.

La obra de Donna Haraway no se queda en el terreno meramente lúdico, especulativo, teórico, utópico. En Seguir con el problema hay fabulación y diálogos enriquecedores en los que se enredan soñadores, investigadores, creadores y activistas, pero estos no solo nos regalan sus ideas sino que son capaces de poner en marcha proyectos, experimentos, alternativas que van abriendo camino. Entre los muchos méritos de este ensayo está el de acercarnos a experiencias y aventuras que desconocemos en la uniformada realidad que las noticias de actualidad nos muestran.

Me pregunto llegada a este punto, como tantas otras veces, qué pasaría si los modelos que tanto se promociona no fueran banqueros, empresarios y futbolistas de éxito, si los espacios mediáticos fuesen ocupados por buscadores de nuevos horizontes, por tantas personas que trabajan, muchas veces de manera anónima, desde la precariedad y la sobriedad, por imaginar y hacer posibles otros mundos. Sí, muchos hombres y mujeres hoy, aquí y ahora, están pensando, tejiendo, propuestas para seguir adelante con el problema. Imposible dar cuenta en este artículo de todos los nombres y trabajos a los que alude Donna Haraway en un libro que también es un tapiz de complicidades, de afinidades.

De la ya mencionada Anna Tsing, a la que presenta como conocedora de los tejidos del capitalismo heterogéneo, el globalismo, los mundos viajeros y los sitios locales, Haraway toma el bellísimo lema, propósito, de “las artes de vivir en un planeta dañado, título de un libro que lleva como subtítulo “La posibilidad de vida en las ruinas capitalistas”.

Vivimos en tiempos de urgencia que necesitan historias y las historias, las sendas, propuestas y ejemplos de los que parte Tsing inspiran a Haraway. Frente a la precariedad y el fracaso de las mentirosas promesas del Progreso Moderno, esta investigadora busca “erupciones de vitalidad inesperada y prácticas contaminadas y no deterministas, continuas e inacabadas, del vivir entre ruinas”. Y fija la atención en la especie de setas matsutake, que con su tipo de supervivencia colaborativa y su “predisposición a surgir en paisajes erosionados nos permite explorar las ruinas que se han transformado en nuestro hogar colectivo” y “nos guía hacia coexistencias posibles dentro de la turbulencia medioambiental”.

En la misma línea, resulta apasionante lo que se cuenta sobre los arrecifes de coral, “con todo lo que necesitan para la continuidad de la vida y la muerte de su miríada de bichos”. La alta biodiversidad de este ecosistema marino es una inspiración permanente. “Los corales, junto con los líquenes, son también una de las primeras instancias de simbiosis reconocidas por los biólogos; son los bichos que les enseñan a entender la estrechez mental de sus propias ideas sobre individuos y colectivos. Estos bichos enseñaron a gente como yo que todos somos líquenes, corales. Además, los arrecifes de aguas profundas en algunos lugares parecen ser capaces de funcionar como refugios para el reabastecimiento de corales dañados en aguas menos profundas. Los arrecifes de coral son los bosques del mar...”, vamos leyendo.

LA ESPECIE DE SETAS MATSUTAKE, CON SU TIPO DE SUPERVIVENCIA COLABORATIVA Y SU “PREDISPOSICIÓN A SURGIR EN PAISAJES EROSIONADOS NOS GUÍA HACIA COEXISTENCIAS POSIBLES DENTRO DE LA TURBULENCIA MEDIOAMBIENTAL”.

Los bosques, tan diezmados en nuestra época, la necesidad de su bienestar, “una de las las prioridades más urgentes para el florecimiento –y, de hecho, para la supervivencia– a lo largo y ancho de la tierra”, ocupan, por supuesto la atención de la autora. Y el Ártico, que “se está calentando al doble de velocidad de la tasa media global”. Nos dice al respecto Haraway que “una tormenta geofísica y geopolítica de proporciones inauditas está cambiando prácticas de vivir y morir en el norte. Las coaliciones de pueblos y bichos haciendo frente a esta tormenta son críticas para las posibilidades de resurgimiento de los poderes de la tierra”.

Otro compañero de ruta en Seguir con el problema es el filósofo ecológico y etnógrafo multiespecies Thom van Dooren, quien también aborda en su trabajo “las complejidades del vivir en tiempos de extinción, exterminio y recuperación parcial”, a través de sus observaciones y análisis de campo con especies de pájaros que viven en el límite de la extinción. En sus publicaciones el científico se refiere, por ejemplo, a la conservación de los cuervos de Hawái, “cuyos hogares y alimentos en los bosques, así como sus amistades, sus polluelos y parejas han desaparecido en su gran mayoría”. Como nos dice Haraway “Van Dooren argumenta que no son solo las personas quienes lloran la pérdida de sus seres queridos, de sus lugares o formas de vida, sino que otros seres también se ponen de luto. Los córvidos también lloran sus pérdidas. La cuestión está en las ciencias bioconductuales y la historia natural íntima; ni la capacidad ni la práctica del duelo son especialidades humanas. Fuera de los dudosos privilegios del excepcionalismo humano, las personas pensantes tienen que aprender a llorar-la-muerte-con”.

Llegada a este punto no me puedo resistir a transcribir el hermoso párrafo en el que la ensayista se refiere al duelo compartido. “El duelo trata sobre convivir con una pérdida y llegar a apreciar lo que significa, sobre cómo ha cambiado al mundo y cómo nosotros debemos cambiar y renovar nuestras relaciones si queremos seguir adelante a partir de aquí. En este contexto, el duelo genuino debería abrirnos a una conciencia de nuestra dependencia de y nuestras relaciones con esas innumerables alteridades llevadas al límite de la extinción (…) La aflicción por la muerte es un sendero hacia la comprensión del enredo de vivir y morir; los seres humanos deben afligirse con, ya que estamos dentro y somos parte de esta tela del deshacer...”

En este ensayo hay interesantes historias de relación entre animales y seres humanos a lo largo del tiempo. Las palomas, por ejemplo, que tanto reclaman nuestra atención por el daño ecológico y el trastorno biosocial que provocan en las urbes, son protagonistas de aventuras muy antiguas y también de novedosas experiencias. Haraway se detiene en la pasión colombófila, nos acerca a relatos de palomas viajeras y mensajeras, nos invita a conocer palomares como el de Batman Park en Melbourne, “construido en los años noventa para atraer a las palomas y alejarlas de las calles y edificios de la ciudad”, y nos habla de un equipo de ingeniería, arte e investigación de California que tiene a estas aves como compañeras “en proyectos de justicia medioambiental que buscan reparar barrios y relaciones sociales deterioradas”.

Las palomas de carrera bien equipadas son capaces de recoger datos constantes de contaminación atmosférica en tiempo real, al moverse por el aire a alturas inaccesibles a los instrumentos gubernamentales, y también por el suelo, desde donde son lanzadas para que vuelen de regreso a sus hogares”, vamos leyendo. Os aseguro que os sorprenderá saber más de esta unión de pájaros, tecnología y personas que demuestra la eficacia de la colaboración multiespecies.

Los detalles importan. Los detalles enlazan seres reales a respons-habilidades reales”, señala Haraway, quien da cuenta de muchos más proyectos en marcha, llevados a cabo por colectivos, por activistas que desarrollan fuertes movimientos de justicia social y medioambiental, muchos de ellos liderados por comunidades y organizaciones indígenas. Merece mucho la pena conocerlos, constatar que las cosas se mueven, que los hilos siguen enredándose, construyendo posibilidades de futuro.

Consciente de que me dejo muchas cosas fuera, pese a la extensión de este texto, quiero terminarlo con la reflexión que hace la autora sobre el sentido de Seguir con el problema, un ensayo que parte de un planteamiento básico, lo que puede “llegar a significar el pensamiento en la civilización en la que nos encontramos”.

¿Cómo reemprendemos una aventura colectiva que es múltiple e incesantemente reinventada, no sobre una base individual, sino de manera tal que pase el testigo, es decir, que afirme nuevas obviedades y nuevas incógnitas?”, se preguntaY prosigue: “Tenemos que pasar el relevo de alguna manera, heredar el problema y reinventar las condiciones para un florecimiento multiespecies, no solo en un tiempo de incesantes guerras y genocidios humanos, sino en un tiempo de extinciones masivas y genocidios multiespecies impulsados que arrastran a personas y bichos a un torbellino. Tenemos que “atrevernos a ‘generar’ el relevo; es decir, crear, fabular, para no desesperar; para quizás llegar a inducir una transformación...” Os lo decía, si a algo impulsa Donna Haraway es a no rendirse. No dejemos de pensar, de imaginar, de actuar. Pese a todo, no nos rindamos.

Donna Haraway con Cayenne

Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno» de Donna Haraway, ha sido publicado por la editorial Consonni. Con traducción de Helen Torres.

El mundo que necesitamos, diálogo entre Donna Haraway y Marta Segarra, ha sido publicado por Icaria. Edición y notas de Fernanda Bustamante Escalona.

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Los humanos solo somos uno más. Francis Hallé

El botánico Francis Hallé cree que ha llegado el momento de reconocernos como otra más de las especies que habitan el planeta. Su libro ‘La vida de los árboles’ sostiene que. como depuradoras de aire, son herramientas de futuro con un pasado arraigado

ANATXU ZABALBEASCOA – 3 NOV 2020 – 

Ilustración de Francis Hallé para un taller en la Fundación Cartier de París,
Ilustración de Francis Hallé para un taller en la Fundación Cartier de París.

“Solo me dedico a plantar árboles: sé que soy demasiado viejo y que no disfrutaré de sus frutos ni de su sombra, pero no veo una manera mejor de ocuparme del porvenir”. Jean Giono escribió esto en El hombre que plantaba árboles (1953).

Lo único que pide un árbol es que se le deje en paz. Discretos, totalmente pacíficos y extraordinariamente autónomos, los árboles son muy útiles para los humanos. Por eso el biólogo y botánico Francis Hallé (82 años) lleva media vida tratando de demostrarlo con libros y conferencias. La que dio en 2011, La vida de los árboles (Gustavo Gili), acaba de ser traducida por Cristina Zelich. En ella parte de que el 90% de la biomasa, es decir, el peso acumulado de todo lo que está vivo, está compuesto de árboles. Para afirmar que si eres comerciante, pescador, músico, arzobispo o médico, tarde o temprano tendrás la impresión de estar perdiendo el tiempo. Solo existe una excepción: si plantas árboles seguro que lo que haces está bien.

Hallé deja claro que no todo el mundo valora igual la importancia de los árboles. Cuenta que en Esperando a Godot (1952) Samuel Beckett hace decir a Estragón, uno de sus personajes: “el árbol no sirve para nada, solo puede servir para que uno se ahorque”. Y recuerda que, siendo presidente de Estados Unidos, cuando Ronald Reagan fue a visitar las secuoyas de California, la visita fue breve: “vista una, vistas todas”, dijo.

Él remite al ensayista y poeta Francis Ponge para establecer que “los animales equivalen a lo oral y las plantas a lo escrito”. Por eso cita una frase certera de Valéry, “el árbol deja ver su tiempo”, escrita en el Diálogo del árbol. Para Hallé, un árbol es “el tiempo hecho visible”.

Los humanos solo somos uno más

Algunos árboles son potencialmente inmortales. El Pinus Longaeva, californiano, tiene 5.000 años. Germinaron cuando los faraones egipcios construían las pirámides. Aunque Hallé señala que el más antiguo actualmente es un acebo real que está en Tasmania y data del Pleistoceno, la era geológica anterior a la actual: tiene 43.000 años. Está convencido de que se encontrarán más antiguos.

Nelson Mandela pasó 27 años encarcelado en la isla de Robben, frente a la Ciudad del Cabo. Siempre contó que logró sobrevivir gracias a los bidones donde cultivaba plantas. Comenzó sembrando para sus compañeros de celda. Luego pasó a hacerlo para todos los prisioneros. Terminó plantando para toda la isla de Robben. También árboles frutales. “Estoy en prisión, pero mis plantas son libres”, dijo. Y Hallé recuerda que “los árboles necesitan muy poco y logran mucho”. No solo frenan el viento, también dan sombra y frutos, protegen las cosechas, vallan sin separar, también son fundamentales para terminar con la polución. Consumen CO2. Un árbol es una depuradora de aire. También parece un salvoconducto frente al cambio climático, basta con unas hectáreas de bosque para que llueva.

Tenemos 26.000 genes. Nacemos y morimos con ellos. Pero algunos se desactivan con el paso de los años. El arroz tiene muchos más genes que nosotros porque esta más evolucionado. El genetista Axel Kahn explica por qué: “Intentad pasar el invierno con los pies metidos en agua fría, alimentándoos exclusivamente de un sol pálido de dióxido de carbono. Nuestro genoma es demasiado pequeño para alcanzar ese tipo de rendimiento. Las plantas son mucho más resistentes que nosotros porque tienen muchos más genes. “Han ido más lejos en su dirección que nosotros en la nuestra”, añade Hallé.

Ilustración de Francis Hallé para 'The Atlas of poetic botany'.
Ilustración de Francis Hallé para ‘The Atlas of poetic botany’. MIT PRESS

El libro es en realidad una conferencia que el botánico y biólogo dio hace una década e incluye las preguntas del público y las respuestas del conferenciante. En él habla de la comunicación entre los árboles, algo que hacía reír al mundo hasta que en 1990, en la Universidad de Pretoria, en Sudáfrica, Wouter Van Hoven demostró que las acacias caffra se comunicaban para evitar ser devoradas por los antílopes Kudús. Lo hacían cambiando la bioquímica de sus hojas, volviéndose tóxicas y poniéndose a favor del viento. No son las raíces la vía de comunicación de los árboles, son sus hojas que, en un tamaño diminuto, también se encuentran en las raíces.

Los árboles son testigos del tiempo. Y el tiempo ha enseñado a acompañarlos, a tratarlos y a aprovecharlos. Hallé explica por qué en Suiza una casa hecha de madera puede durar cientos de años y por qué pueden existir hasta chimeneas de madera: “Hay que cortar la leña para la calefacción en la fase creciente y la madera para los edificios en la decreciente”. En pleno invierno, cuando la luna es invisible, es cuando los leñadores que trabajan para hacer Stradivarius talan sus árboles.

Buda Gautama supo ver la generosidad de los árboles: “Tan generosos que ofrecen su sombra a quienes van a cortarlo”. Y Hallé lo cuenta en su libro. Al diferencia de Mandela, él no ha vivido nunca en la cárcel, pero durante la ocupación alemana vivió con su familia (de nueve personas) en un terreno que no medía ni una hectárea. Su padre, que era agrónomo, cultivó plantas para todos, incluso para sus vecinos. Desde entonces, desde su infancia, para Hallé los árboles son el lugar donde sacar frutos y leña. “Son la solución. Siempre lo serán”.

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Baba Yagá puso un huevo. Dubravka Ugrešic

 

Justo en medio de la pandemia (se publicó en marzo), y acompañando nuestra lectura del cuento de Vasalisa, la sabia (“El rastreo de los hechos: la recuperación de la intuición como iniciación” de mano de Clarissa Pinkola Estés), llega este magistral cuento de cuentos que, lleno de ingenio y perspicacia, pone en el punto de mira la archiconocida figura de la anciana bruja. Un viaje fascinante en el que Baba Yagá, adoptando numerosos disfraces, nos invita a explorar el mundo de los mitos y a reflexionar sobre la identidad, los estereotipos femeninos y el poder de las fábulas.

Baba Yagá es una criatura oscura y solitaria, un ser híbrido, mitad humano-mitad animal, que rapta niños y vive en el bosque, en una casa que se sustenta sobre patas de gallina. Pero también viaja a través de las historias, y en cada una de ellas adopta una nueva forma: una escritora que regresa a la Bulgaria natal de su madre, que, atormentada por la vejez, le pide que visite los lugares a los que ella ya no podrá volver; un trío de ancianas misteriosas que se hospedan durante unos días en un spa especializado en tratamientos de longevidad; y una folclorista que investiga incansable la figura tradicional de la bruja. Ancianas, esposas, madres, hijas, amantes. Todas ellas confluyen en Baba Yagá.

A caballo entre la autobiografía, el ensayo y el relato sobrenatural, su historia se convierte en la de Medusa, Medea y tantas otras figuras malditas, dibujando un tríptico apasionante sobre cómo aparecen y desaparecen las mujeres de la memoria colectiva. La tercera y última parte de este tríptico, “Baba Yagá para principiantes”, es absolutamente deliciosa y de lectura obligada para nosotras durante el verano.

No es un ensayo sobre feminismo ni sobre la tercera edad sino una novela, escribe Alejandro Luque, pero una que integra una mirada muy fresca sobre el ocaso de la mujer, esa fase en la que una se convierte en poco más que hojarasca al margen de la sociedad. Abuelitas inofensivas, pensará más de uno al cruzárselas por la calle. Pero esas abuelitas tienen detrás una larga vida y, a menudo, un largo combate. Son todo menos inofensivas, cuando se lo proponen. Y cuando se topan con la afilada pluma de Dubravka Ugresic (Kutina, Croacia, 1949). En estas páginas regresa la alumna aventajada de Danilo Kiš, de Miroslav Krleža, por citar dos de sus compatriotas yugoslavos más frecuentados, del propio Kundera o del maestro húngaro Gyrörgy Konrád. Pero Ugresic es ya una autora de absoluta madurez: una indiscutible maestra.

Aquí va un extracto para hacer boca.

<< Al principio no te das cuenta de que están ahí…

Al principio no te das cuenta de que están ahí. Y, de repente, un detalle casual capta tu atención, como cuando ves un ratón por la calle: el bolso de una señora mayor, una media caída que se pliega sobre un tobillo hinchado, guantes de ganchillo en las manos, escaso pelo gris con reflejos azules y, posado en la cabeza, un sombrero algo anticuado. La dueña del pelo azulado mueve la cabeza como un perro mecánico y sonríe con cansancio.

Sí, al principio son invisibles. Se cruzan contigo, como sombras, picotean el aire que les llega, andan zapateando, caminan arrastrando los pies por el asfalto, dan pasitos de ratón, tiran de un carrito, se agarran a algún transeúnte, permanecen quietas, rodeadas por una serie de sacos y bolsas inútiles, como un desertor ataviado aún con la parafernalia militar. Algunas de ellas siguen ‘‘en forma’’; llevan vestidos de verano escotados, con un fular de piel sobre los hombros y un abrigo de astracán medio apolillado, y van con el maquillaje todo corrido (¿¡Quién, después de todo, puede maquillarse en condiciones, cuando necesita unos anteojos para hacerlo!?).

Pasan a tu lado rodando como una pila de manzanas secas. Murmuran algo para sí mismas; conversan con interlocutores invisibles, como los indios americanos lo hacen con los espíritus. Van en los autobuses, en los tranvías y en el metro como si fueran equipaje abandonado; duermen con la cabeza inclinada hacia el pecho; o andan de un lado a otro embobadas, preguntándose en qué parada tienen que bajarse, o si realmente deberían bajarse. A veces te detienes un instante (sólo un instante) en frente de una casa de gente mayor y las ves a través de las cristaleras: se sientan en mesas, palpan migajas como si estuvieran pasando los dedos por una página de braille para mandarle mensajes ininteligibles a alguien.

Dulces, adorables, señoras mayores. Al principio no te das cuenta de que están ahí. Y de repente ahí están, en el tranvía, en la oficina de correos, en la tienda, en la consulta del médico, en la calle, ahí hay una, ahí hay otra, allí hay una cuarta, una quinta, una sexta, ¿cómo puede ser que hayan tantas de repente? Tus ojos van poco a poco de un detalle al siguiente: los pies hinchados como donuts por los zapatos apretados; la piel que cae desde el pliegue del codo; las uñas protuberantes; los capilares que surcan la piel. Miras de cerca su cutis: o está bien cuidado o está descuidado. Te percatas de su falda gris y de su blusa blanca con el cuello bordado (¡que está sucio!). La blusa está desgastada y desteñida de tanto lavarla. Se la ha abrochado coja; intenta desabrochársela pero no puede, sus dedos están agarrotados, los huesos están viejos, cada vez son más ligeros y huecos, como los de los pájaros. Otras dos señoras le echan una mano, y con sus esfuerzos colectivos consiguen ponérsela bien. Parece una niña pequeña, con la blusa abrochada hasta la barbilla. Las otras dos le alisan el bordado del cuello, murmurando con admiración: a ver hasta dónde llega el bordado; era de mi madre, oh, antes todo se hacía tan bien y quedaba tan bonito. Una de ellas es bajita y corpulenta, y tiene un bulto pronunciado en la parte de atrás de la cabeza: parece un bulldog viejo. La otra es más elegante, pero la piel del cuello le cuelga como el moco de un pavo. Se mueven en formación, como tres polluelas…

Al principio son invisibles. Y entonces, de golpe, empiezas a localizarlas. Van por el mundo arrastrando los pies, como ejércitos de ángeles ancianos. Una de ellas te mira a la cara de cerca. Lo hace fijamente, con los ojos bien abiertos y la mirada de un azul apagado, y expresa su petición con un tono orgulloso y condescendiente. Te está pidiendo ayuda; necesita cruzar la calle pero no puede hacerlo sola, o necesita subir a un tranvía pero tiene las rodillas flojas, o necesita encontrar una calle y el número de una casa pero ha olvidado sus anteojos. Sientes una punzada de simpatía por la señora, te conmueve, realizas una buena acción, arrastrado por la emoción que produce la galantería. Es precisamente en este momento cuando deberías echar el freno, resistirte al canto de la sirena, esforzarte por hacer bajar la temperatura de tu corazón. Recuerda, sus lágrimas no significan lo mismo que las tuyas. Porque si cedes, si sucumbes, si intercambias unas pocas palabras más, te convertirás en su siervo. Te adentrarás en un mundo en el que no tenías intención de entrar, porque todavía no es el momento; tu hora, por el amor de Dios, no ha llegado aún.

Ve allí, no sé adónde,
y tráeme algo que me falta >>

 

Dubravka UgrešicBaba Yagá puso un huevo, traducción de Luisa Fernanda Garrido y de Tihomir Pistelek, Impedimenta, 2020.

 

Dubravka Ugrešic nació en 1949 en Kutina, un pueblecito cercano a Zagreb. Tras estallar la Guerra de los Balcanes, se exilió de su país. Desde entonces ha enseñado en numerosas universidades de Europa y América, como Harvard, Columbia y la Free University de Berlín. Entre sus obras, que han sido traducidas a numerosos idiomas, destacan El museo de la rendición incondicional (1996) y Baba Yaga puso un huevo (2008), así como los ensayos Gracias por no leer (2003) y Karaoke Culture (2010), que quedó finalista del National Book Critics Circle Award en 2011. También ha recibido el Premio del Estado Austriaco a la Literatura Europea (1998), galardón que han distinguido a otros autores como Stanislaw Lem, Marguerite Duras o Mircea Cartarescu, y en 2009 quedó finalista del Premio Booker. Actualmente reside en Ámsterdam.

 

http://impedimenta.es/libros.php/baba-yaga-puso-un-huevo

https://es.wikipedia.org/wiki/Dubravka_Ugre%C5%A1i%C4%87

 

El ciclo. Aullidos sanadores para saludar el solsticio de verano

Lobo_Andoni Canela

Los lobos adoran la noche. En esas horas encuentran la oscuridad donde pueden moverse como fantasmas. Esta noche es la más corta del año. (Y el día más largo con unas 15 horas de luz.) Hoy sábado empieza el verano a las 23.43, hora oficial peninsular, y termina esta primavera tan extraña.

El solsticio de verano marca la entrada del sol en el signo de Cáncer. Se traduce en un movimiento aparente del Sol hacia su punto más al norte en la bóveda celeste. Tras ese momento “reinicia su recorrido” hacia el sur. De ahí el origen etimológico de la palabra, que viene del latín solstitium (sol sistere), que significa “Sol quieto”: parece que el astro se queda quieto para luego volver a bajar en el cielo.

El aullido de un lobo es la esencia misma de la Naturaleza. El espíritu de Lo Salvaje. ¡Que tengáis un buen verano!

 

La fotografía de Andoni Candela de un lobo avistado en la Cordillera Cantábrica en una noche de verano aparece como portada de su libro Durmiendo con lobos que podéis encontrar aquí: https://www.andonicanela.com/producto/durmiendo-con-lobos)

 

Chantal Maillard: “El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido”

LA VANGUARDIA

Carmen Sigüenza |

La filosofa y poeta Chantal Maillard, que acaba de publicar su nuevo poemario, “Medea”, habla con Efe de la situación actual, la pandemia del coronavirus, la naturaleza, la muerte, la violencia, la compasión o el miedo. “El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido”, dice.

Chantal Maillard©Fotografía de Bernabé Fernández

 

Nacida en Bruselas en 1951, Maillard renunció a la nacionalidad belga para adoptar la española. Reside en Málaga desde 1963. Es especialista en filosofía y religiones de la India, y autora de numerosos libros de poesía como “Matar a Platón” y de ensayos. También es especialista en María Zambrano, y Premio Nacional de Poesía y de la Crítica, entre otros muchos galardones.

P.-¿Cómo valora lo que está pasando en esta crisis debido a la pandemia del coronavirus?

R.- De vez en cuando algo nos recuerda que nada es permanente. Una pandemia no es ninguna cosa “de otro mundo”. La humanidad nunca estuvo libre de desastres, y es bueno que de vez en cuando algo nos recuerde que este es un mundo incierto.

P.- Lo único claro en esto es la muestra de vulnerabilidad del ser humano y que en algún momento todos vamos a morir. ¿Cree que el ser humano aprenderá algo, será más humilde, o seguiremos siendo iguales? ¿Nos resistiremos a evolucionar y crear una nueva forma de vida?

R.-Sería deseable que muchas de las reflexiones que han generado esta pandemia nos condujesen a un cambio radical, que esta sacudida fuese suficiente como para llevarlo a cabo. Pero es más que dudoso que así ocurra. Esto que nos parece tan importante ahora, mañana se habrá olvidado y cada uno recuperará su extraña “normalidad”. Los niños volverán a confinarse en las guarderías, los ancianos en los geriátricos, y los demás, cada cual a su galera. La regeneración de las relaciones empáticas retornarán a su estado larvario. El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido, y así parece que ha de ser. Si el animal –que también somos– no fuese capaz de olvidar se suicidaría en masa.

P.- Ahora parece que la naturaleza y el silencio vuelven, mientras el ser humano se queda en casa. En estas semanas se escucha a los pájaros, los animales pasean por la ciudad, las aguas están más limpias, los cielos están más claros…¿Qué ignora el ser humano de la naturaleza, de los animales, qué no comprende, o, mejor, qué no sabe sentir el ser humano de la vida?

R.- Nos resistimos a pensar que somos parte integrante de un sistema natural en el que nada es independiente. Aún funcionamos de acuerdo con el viejo antropocentrismo bíblico y el precepto de una antigua población en riesgo: crecer y multiplicarse. Cuando en tiempos de bonanza una especie sigue multiplicándose se convierte en plaga. Lo que nos distingue de otros animales no es lo que hemos ganado, sino lo que hemos perdido: pasar sin perturbar el orden que mantiene en equilibro el planeta.

P.- Se ha demostrado que necesitamos una sociedad con un buen sistema sanitario y con profesionales dedicados a los cuidados, con un trato y un pago digno. ¿Cree qué eso cambiará?

R.- Lo que necesitamos, ante todo, es eliminar los factores que hacen de la nuestra un sociedad enferma (alimentos desvitalizados, medio ambiente corrupto, aturdimiento acústico, estimulación compulsiva, enajenación laboral, estrés escolar, aislamiento geriátrico, aturdimiento sonoro, hipermedicalización, etc.) y, luego, algo que hemos olvidado: saber morir. La muerte no es el envés de la vida, sino su posibilidad. La dignidad consiste en aceptar el fin –el propio y el ajeno– cuando este llega, y en querer que así sea. Si no comprendemos que la desaparición forma parte de la vida es que hemos desaprendido lo fundamental.

librito violencia

P.- ¿El capitalismo y la globalización están heridos de muerte?

R.- En absoluto. De los desastres generados por catástrofes naturales el capitalismo siempre sale fortalecido. Un ejemplo reciente es cómo, apenas iniciado el estado de alarma, la Junta de Andalucía se apresuró a modificar seis leyes y veintiún decretos que eliminan los trámites para la construcción en áreas protegidas. En cuanto a la globalización, ésta es la lógica consecuencia de un sistema que, al tener como fin su propio crecimiento, necesita extenderse y colonizar indefinidamente.

P.- En su ensayo “¿Es posible un mundo sin violencia?” (Vaso Roto), dice que “tanto el ansia como la insatisfacción descansan sobre el miedo” ¿En qué se traducirá el miedo que siente ahora toda la población? ¿Y la distancia con el otro?

R.-La muerte tiene muchos disfraces. Cuando aparece con uno de ellos confundimos el vacío de su ser con su apariencia, y el miedo –al dolor, a la pérdida, a la desaparición– adopta los colores de su vestimenta. Si toma forma de virus, tememos al virus. En cuanto el virus desaparezca dejaremos de temerlo. Pero el miedo seguirá allí, latiendo, aunque dejemos de tenerlo presente. Nuestra ansias, nuestras compras compulsivas, nuestra constante insatisfacción, nuestro descontento, nuestras fobias, nuestra incapacidad para el sosiego y el silencio serán los síntomas que nos permitan detectarlo.

P.- En su último poemario, “Medea” (Tusquets), donde hace un estudio de la culpa y la compasión, dice: “Todo aquello que vive se sostiene sobre el hambre. Y el hambre es el otro…” ¿Podría profundizar en ello?

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R.- Este es un mundo en el que la violencia es ley. El hambre es violencia. No obstante, todo animal es inocente. No mata por codicia ni por placer, sino para alimentarse. De ahí que compadecerle sea fácil. La compasión es todo lo contrario del sentimentalismo. La compasión es padecer con otro la violencia que sobre él se ejerce y también la que él está obligado a ejercer. Pero a la natural, el ser humano añade otra violencia, ejercida por crueldad, por ambición o por placer. De ahí que compadecerle resulte más difícil. De la inocencia participamos en la medida y tan sólo en la medida en que aún habite en nosotros el animal que fuimos.

P.- “Todo aquel que subvierte la norma es peligroso”, dice en el poemario. ¿Tras esta crisis usted cree que habrá un mayor sometimiento y un recorte de libertades por parte de los líderes totalitarios o populistas?

R.- El problema no son tanto los líderes, como la fuerza del capital al que sirven, su cadena de corrupción. La monitorización de los individuos está prevista desde hace tiempo, a la espera tan sólo de la ocasión para ponerla en marcha. Es la cara oculta de la globalización informática y el precio que pagaremos por los beneficios de los que no queremos prescindir. Es evidente que, debilitada por el miedo, la población acepta de buena gana lo que en otros momentos no aceptaría. Y, lamentablemente, la rebeldía es un bien escaso.

https://www.lavanguardia.com/cultura/20200511/481089172422/chantal-maillard-el-olvido-es-mucho-mas-poderoso-que-el-dano-padecido.html

 

Sonando casi a nada | Carlos de Hita

Durante el confinamiento provocado por la pandemia de coronavirus ha habido un silencio en las ciudades y el medio rural que no se conocía desde hace décadas. El naturalista y experto en grabación Carlos de Hita describe la increíble limpieza de la atmósfera sonora en estos días. Y nos ofrece un ejemplo sonoro a través de un amanecer en la alta sierra. “Parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo”, afirma.



Se cuenta del director Leopold Stokovski que, descentrado por las toses y murmullos del público durante un concierto, paró a la orquesta y, encarándose con el patio de butacas, recordó que, así como un pintor traza su obra sobre un lienzo, los músicos trazan la suya sobre el silencio. “Nosotros ponemos la música, ustedes el silencio”, ironizó. Y mandó callar.

Nos acercamos a los dos meses de confinamiento y España, uno de los países más ruidosos del mundo, ha conocido el silencio. Los ciudadanos han abierto las ventanas, se han quitado los auriculares y descubierto, muchos con asombro, que hay vida más allá del ruido. La sociedad entera, que tiende al bullicio por naturaleza, se ha puesto a escuchar. Y lo que oye le ha gustado. Gorriones, estorninos, palomas y tórtolas, vencejos, algunos mirlos. Pero también campanas, carrillones, vientos, el sonido de la lluvia en los charcos y muchas voces en diferentes idiomas. Una atmósfera acústicamente transparente por la que los mensajes se propagan desde la distancia y sorprenden por su calidez inmediata. En consecuencia, muchos han creído que la naturaleza recupera sus dominios, avanza y nos invade. Pero la realidad es que todos esos sonidos estaban ya ahí, como las hierbas que crecen en las aceras y a las que nadie hace caso. El ruido, su ausencia, caracteriza estos momentos históricos.

Esta es la situación en las ciudades. En el campo, por decirlo en pocas palabras, es como si hubiéramos retrocedido 100 años.

 

“Parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo”

 

Se puede definir el silencio de muchas maneras. Para mí, básicamente, es el sosiego, lo que no excluye el sonido, pero sí la perturbación. El tapiz de silencio, pues, no está totalmente vacío. Ahora que, al fin, parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo, bien está recordar a qué suena la naturaleza cuando se expresa a través de una atmósfera limpia.

 

Un tapiz de silencio

Al registrar un sonido, como al hacer una fotografía, grabar un vídeo o pintar un paisaje, la realidad se convierte automáticamente en ficción. Como es natural, cuando un animal habla dirige sus mensajes a sí mismo, a sus competidores por el territorio, a sus compañeros de viaje. Él cuenta su historia, pero yo utilizo su voz para contar la mía. Lo que sigue es el relato personal de un amanecer contra un silencio perfecto, las primeras horas de un día en una primavera silenciosa.

Madrugada del cinco al seis de mayo. El escenario es el valle de Valsaín, en la ladera de Peñalara, a unos 1.400 metros de altitud, en una vaguada donde se entremezclan pinos silvestres y robles melojos. Luna casi llena, atmósfera quieta y templada. De una grabación continua de 24 horas nos interesa solo el final, desde la alta noche hasta que el sol asoma por encima de las cumbres de la sierra. El tapiz, sinónimo del fondo sonoro sobre el que se construye el concierto natural, es el sonograma del vídeo, generado, a su vez, por los sonidos grabados. Vemos y oímos las horas que preceden al coro del alba, la expresión con que se denomina a estas primeras cantatas de la mañana.

 

“Al registrar un sonido, como al hacer una fotografía, grabar un vídeo o pintar un paisaje, la realidad se convierte automáticamente en ficción”

 

El tapiz, su urdimbre, es un murmullo sin matices. Parece plano, pero, en realidad, está formado por la suma de miles de ruidillos, de la brisa, de las aguas, los ecos y las reverberaciones, filtradas por la vegetación y la distancia. Toda la actividad latente del bosque se convierte en este suave relleno. Una línea continua, como una cenefa, enmarca el borde inferior. Es el retumbo de fondo, las ondas sonoras más graves y, por así decir, el margen residual de la acústica del valle. Algunos sonidos sutiles, que nadie se atrevería a calificar como ruido, enriquecen el lienzo. Un murmullo fluye y traza una línea azul: un regato que mana de una tolla, agua discreta que escurre y suena casi a nada.

Como una perturbación del espacio, el viento forma ondas en el tapiz. Crepitan las ramas, una ráfaga sisea en las acículas de los pinos, tabletea en las hojas planas, aún a medio salir, de los robles. Muy lejos, ronronea un chotacabras gris. El bosque apenas levanta su voz, sin amenazar al silencio.

Unas notas moduladas, lejanas, pespuntean la noche. Ululan los cárabos. Para ellos su voz es una llamada de desafío que compartimenta el lienzo, el bosque, en territorios. Para sus presas, roedores y pajarillos, es motivo de tranquilidad, porque cuando el cárabo anda de caza no emite sonido alguno. Para nuestros oídos intrusos, el cárabo es el paso de las horas.

A la vez, unos sutiles pulsos agudos, alfilerazos en la parte alta del cuadro, sobrevuelan el bosque. Son la parte audible de los ultrasonidos de los murciélagos, que navegan, literalmente, de oídas. Ultrasonidos que pueblan otro lienzo, invisible para nosotros, pero que, por definición, no manchan el silencio.

Hay también sonidos broncos que crean el contraste necesario para que el silencio se haga más espeso. Los ladridos de los corzos, como voces asustadas donde nada les amenaza, arrugan el tapiz por unos segundos. Al alejarse ladera abajo sus toses se estiran, reverberan, rellenan el espacio y hacen un dibujo sin líneas del valle.

Hasta que, aún de noche y antes de que el cielo empiece a clarear por el este, aparecen en el bosque algunos trazos sutiles. Un trino, como una fina hebra, se enreda en el lienzo. Es un petirrojo que, somnoliento, lanza varias frases y calla. Pasa un rato antes de que se escuche una serie de notas dobles, espaciadas regularmente: un cuco dice su nombre. La luz se abre paso en los claros del arbolado mientras que las sombras permanecen bajo las copas. Y, como bajo la batuta de un director de orquesta, a medida que sube la luz, suben los colores del lienzo, las voces del bosque. Estalla un chochín, parlotea un petirrojo, silba, rotundo, un zorzal. Y con la aparición de un mirlo llega la música, en sentido estricto, al tapiz forestal.

 

“Como bajo la batuta de un director de orquesta, a medida que sube la luz, suben los colores del lienzo, las voces del bosque”

 

A partir de entonces todo es un griterío. Una voz aislada es un pájaro, pero dos son un conflicto territorial, una pelea a voces. Y muchas voces juntas forman una comunidad. Si se mezclan con otras y se le añade el viento, el agua y la distancia tenemos un bosque. El tapiz es ahora una maraña, una secuencia sonora entrelazada. Ahí está todo. Abajo, el arrullo grave, ronco de las palomas torcaces. Un poco más arriba los graznidos de las cornejas. Ocupando todo el ancho de la banda, los trallazos de los picos picapinos contra la madera. En el centro se amontonan las líneas. Pinzones, mirlos zorzales, carboneros comunes y garrapinos. Y arriba, como coronando la composición, unas crestas de trazos muy finos y apretados, como puntadas de hilo que salen de las gargantas de los más pequeños, reyezuelos sencillos, agateadores comunes y herrerillos. Cierran la secuencia los gritos rápidos de un azor.

Un bullicio. Pero mientras el tráfico se mantenga detenido, por muchos trinos, susurros, gritos, tamborileos, crujidos y rechinos, para la mayoría de los oyentes todo esto seguirá siendo un clamoroso silencio.


Sonando casi a nada

 

Viajando con el oído “bajo el suelo del bosque” con Hildegard Westerkamp

 

Beneath the Forest Floor [Bajo el suelo del bosque] se compone de sonidos grabados en los bosques antiguos de la costa oeste de la Columbia Británica. Nos lleva a atravesar el bosque visible, hasta su mundo de sombras, hasta su espíritu; y nos conduce hacia lo que afecta a nuestro cuerpo, a nuestro corazón y a nuestra mente mientras experimentamos el bosque.

La mayoría de los sonidos de esta composición se grabaron en un lugar específico, el Valle de Carmanah en la Isla de Vancouver. Esta antigua selva tropical contiene algunos de los abetos de Sitka más altos del mundo, y unos cedros que tienen más de un milenio de edad. La quietud de este lugar es enorme, puntuada ocasionalmente sólo por el sonido de pequeños pájaros cantores, de cuervos y de arrendajos, de ardillas, de moscas y mosquitos. Aunque el arroyo Carmanah es una presencia acústica constante, nunca perturba la paz. Su sonido entra y sale del silencio del bosque mientras el sendero entra y sale de los claros cerca del arroyo. Unos pocos días en el valle de Carmanah logran crear una profunda paz interior, transmitida, sin duda, por los árboles que se alzan en ese mismo lugar desde hace cientos de años.

Beneath The Forest Floor trata de proporcionar un espacio en el tiempo que nos permita experimentar esta paz. Mejor aún, esta pieza sonora alienta a los oyentes a visitar un lugar como el valle de Carmanah, que ya ha sido destruido a medias por la deforestación.

 

«Además de permitirnos experimentar su enorme quietud y silencio, una visita a este lugar también transmitirá un conocimiento muy real de lo que se pierde si estos antiguos bosques desaparecen: no sólo perderemos los árboles, sino también ese espacio de paz interior que nos transmiten —un sentido de equilibrio y de recentramiento, de nueva energía y vida. El bosque interior, el bosque en cada uno de nosotros.»

Hildegard Westerkamp

 

Carmanah

Nota de la compositora: Beneath the Forest Floor fue comisionado por CBC Radio durante dos nuevas horas y producido en el Centro de Producción de Audio Avanzado de CBC en Toronto con la asistencia técnica de Joanne Anka y Rod Crocker. Gracias a Norbert Ruebsaat por proporcionarme sus grabaciones de un cuervo adulto y de un joven cuervo de Haida Gwaii. Todas las demás grabaciones las hice yo misma principalmente en el valle de Carmanah y en los bosques cerca del lago Cowichan en la isla de Vancouver, también en la isla de Galiano y en el parque del faro cerca de Vancouver. Todos los sonidos fueron grabados durante el verano de 1991. Gracias a Peter Grant por ayudar en gran parte del proceso de grabación. Un agradecimiento especial a David Jaeger, productor de Two New Hours por hacer esto posible y por darme la oportunidad de trabajar en la instalación totalmente digital mencionada anteriormente en CBC Radio, Toronto.

Beneath the Forest Floor recibió una mención en el Prix Italia 1994 y fue recomendado para su transmisión por la Tribuna de Música Electroacústica del Consejo Internacional de Música en 1992.

Extractos de Beneath the Forest Floor aparecen en Elephant (2003), una película de Gus van Sant.

 

H. Weseterkamp 1992, Banff | Foto: Peter Grant

 

Hildegard Westerkamp nació en Osnabrück, Alemania, en 1946 y emigró a Canadá en 1968. Después de completar sus estudios de música en la Universidad de Columbia Británica a principios de los años setenta, se unió al World Soundscape Project bajo la dirección de R. Murray Schafer en la Universidad Simon Fraser (SFU). Su participación en este proyecto no solo activó en ella profundas preocupaciones sobre el ruido y el estado general del entorno acústico, sino que también cambió su forma de pensar sobre la música, la escucha y la creación de sonido. La Radio Cooperativa de Vancouver, fundada en esta época, le brindó una oportunidad invaluable para aprender mucho sobre la transmisión, y finalmente le permitió producir y presentar su programa semanal Soundwalking en 1978-1979.

Se podría decir que su carrera en la composición del paisaje sonoro y la ecología acústica surgió de estas dos experiencias fundamentales y que encontró apoyo en la vitalidad cultural y política de Vancouver en ese momento. Además, compositores como John Cage y Pauline Oliveros han tenido una influencia significativa en su trabajo.

Mientras completaba su tesis de maestría en la década de 1980, titulada  Listening and Soundmaking – A Study of Music-as-Environment, también impartió cursos de comunicación acústica hasta 1990 en la Escuela de Comunicación de SFU junto con su colega Barry Truax. Desde entonces, ha escrito numerosos artículos y textos que abordan temas del paisaje sonoro, la ecología acústica y la escucha, ha viajado mucho, dando conferencias y realizando talleres de paisajes sonoros a nivel internacional.

En 1993, ayudó a fundar el Foro Mundial para la Ecología Acústica (www.wfae.net), una red internacional de organizaciones afiliadas e individuos que comparten una preocupación común por el estado de los paisajes sonoros del mundo. Fue editora en jefe de su revista Soundscape entre 2000 y 2012.

En 2003, Vancouver New Music (VNM) la invitó a coordinar y dirigir sondeos públicos como parte de su temporada anual de conciertos. Esto a su vez inspiró la creación de The Vancouver Soundwalk Collective, cuyos miembros continúan el trabajo de manera regular. Desde hace algunos años, ha sido mentora de varios compositores más jóvenes, de diseñadores de sonido, de líderes de soundwalk y personas que buscan trabajar en relación a los paisajes sonoros y la ecología acústica.

Las composiciones de Hildegard se han realizado y transmitido en muchas partes del mundo. La mayor parte de su producción trata aspectos del entorno acústico: con paisajes sonoros urbanos, rurales o silvestres, con las voces de niños, hombres y mujeres, con ruido o silencio, música y sonidos de los medios, o con los sonidos de diferentes culturas. Ha compuesto bandas sonoras de películas, documentos de sonido para radio y ha producido y presentado programas de radio como  Soundwalking y  Musica Nova  en la Radio Cooperativa de Vancouver.

En varias composiciones, ha combinado su tratamiento de los sonidos ambientales con la poesía del escritor canadiense Norbert Ruebsaat y Sharon Thesen. También ha escrito sus propios textos para una serie de piezas de interpretación para texto hablado y banda sonora ambiental. Además de sus composiciones electroacústicas, ha creado piezas para “sitios” específicos, como Harbor Symphony y L’institut polytechnique. En piezas como The India Sound Journal, explora las implicaciones más profundas de transferir sonidos ambientales de otra cultura al contexto norteamericano y europeo de música contemporánea, y composición electroacústica y audio arte. En 1998, colaboró ​​con sus colegas indios Mona Madan, Savinder Anand y Veena Sharma en una instalación de sonido en Nueva Delhi titulada Nada: una experiencia de sonido, patrocinada por el New Delhi Goethe Institut (Max Mueller Bhavan) y el Centro Nacional Indira Ghandi para las artes (IGNCA).

En 2000 creó junto con la fotógrafa Florence Debeugny, At the Edge of Wilderness , una instalación sonora sobre pueblos fantasmas en Columbia Británica, encargada por la Western Front Society de Vancouver. Y en su composición de 8 canales Für Dich — For You, basada en la poesía de Rainer Maria Rilke con traducción de Norbert Ruebsaat, explora el tema del amor y la conexión con los sonidos y los idiomas de su propia vida germano-canadiense.

Más recientemente, involucró a sus dos nietos en la creación de su trabajo Once Upon a Time y colaboró ​​con el compositor y grabador Terri Hron en Beads of Time Sounding  y con la pianista Rachel Iwaasa en Klavierklang que tuvo su estreno mundial en los World Music Days de ISCM en Vancouver, en noviembre de 2017. Su trabajo compositivo ha sido analizado en varios artículos, pero más extensamente en la disertación de Andra McCartney, Sounding Places: Sit Conversations through the Soundscape Work de Hildegard Westerkamp, Universidad de York, Toronto, 1999. Sus composiciones llaman nuestra atención sobre el acto de escucharse a sí mismo, así como de escuchar los espacios internos y ocultos de los entornos que habitamos y aquellos detalles tanto familiares como extraños en nuestro entorno acústico.

Dead Man. Jim Jarmusch

 

En esta escena entramos en territorio lobuno, espacio limítrofe de Artemisa, en la que el anti-héroe, William Blake, él mismo un fugitivo, se tumba en el suelo del bosque al lado de un cervatillo muerto y se pinta el rostro con su sangre. Allí, se alcanza entonces algo muy simple y profundo –es totemismo en estado puro, pero sobre todo es un reencuentro: perseguido, William Blake, que era al inicio del film un simple oficinista, se adentra en el bosque a una velocidad sorprendente y, sin embargo, lo hace por etapas, como en una iniciación real, y allí recobra el acceso a la vida salvaje. Los dos cuerpos acostados uno al lado del otro, sobre aquel suelo del que están hechos los bosques –ramitas, musgo, hojas caídas secas o podridas–, la bestia muerta y el hombre vivo, sobre la tierra con el agua (la de los ojos, la de la boca) y la sangre, allí el hombre se encomienda al animal, le sustrae el alma y se entrega, confiado, a él, a ella, y viaja con ella, su alma-animal… William Blake, ese antihéroe fugitivo, que ha roto con la civilización conquistadora, y que lleva, sin saberlo, el nombre del poeta visionario inglés inventa un ritual, un residuo de sacrificio que le abre la vía de una reintegración. En esa escena de chamanismo improvisado, la muerte y la vida se abrazan en un apaciguamiento prodigioso…

Dead Man, de Jim Jarmusch, 1995, 120 min. Estados Unidos.

Música: Neil Young

Fotografía: Robby Müller (B&W)

Reparto: Johnny Depp, Gary Farmer, Lance Henriksen, Michael Wincott, Crispin Glover, Iggy Pop, Robert Mitchum, Steve Buscemi, Alfred Molina, Gabriel Byrne, John Hurt, Mili Avital, Eugene Byrd, Billy Bob Thornton, Jared Harris

Pandora Film / Bac Films / Newmarket Capital Group / JVC Entertainment Networks / 12 Gauge Productions. Género: Western | Película de cultoCine independiente USA

 

El “earth-body” de Ana Mendieta

Desde la añoranza de naturaleza, que muchos.as tenemos en ese largo periodo de confinamiento, qué mejor que convocar una vez más, en esta bitácora lobuna, el sugerente arte de Ana Mendieta, su earth-body (tierra-cuerpo): en el cuerpo, sentir “la tierra no bautizada de los orígenes”, decía, “el tiempo que nos mira desde el interior de la tierra”… Desnudarnos y des-cubrirnos, en la inmanencia del mundo…

 

Ana Mendieta, Creek, juillet 1974, San Felipe Creek, Oaxaca, Mexique, film Super 8, color, silencioso, colección de la Cruz Collection Contemporary Art Space, Miami.

 

 

El arte de Ana Mendieta tiene un alto componente de evento, de ritual. Por eso la importancia no solo de los materiales –sangre, fuego, tierra– sino también de los movimientos del cuerpo. Su semejanza con los ritos de las culturas precolombinas le añaden un componente metafísico a los performance de la cubana.

En Siluetas –la serie más conocida de la artista–, Mendieta utiliza su cuerpo o construcción en medio de la naturaleza una silueta hecha de pólvora, de piedras o de barro, y la deja interactuar con el ambiente. [ir a https://blogdelesllobes.com/2016/05/05/el-arte-de-la-tierra-y-de-la-sangre-de-ana-mendieta-serie-siluetas/

La artista nació en La Habana en 1948 en el seno de una familia activa en política. Cuando Fidel Castro subió al poder en 1961, ella y su hermana fueron enviadas a Estados Unidos. Estudió pintura en la Universidad de Iowa e hizo un MFA en Intermedia en la misma universidad. Durante el programa, Mendieta comenzó a experimentar con la fotografía, el video y el rendimiento.

La artista también tiene estos medios para denunciar la violencia contra las mujeres. En Untitled, Rape Scene (1973) recreó la escena en la que se hizo víctima imaginaria de una violación.

Mendieta murió en Nueva York en 1985. En 2009 la prestigiosa Fundación Cintas de Cuba reconoció su legado, galardonándose con el premio Vida y Obra. Su obra será expuesta en la X Bienal de Berlín.

Ana Mendieta en Berlín

 

Ana Mendieta

Ana Mendieta: extensiones de la naturaleza y desbordamientos del cuerpo: http://portavoz.tv/ana-mendieta-extensiones-de-la-naturaleza/

 

 

La vida poética de R. M. Rilke

-RILKE_1.jpg de Archivo ABC-

 

Hay libros a los que hemos de volver una y otra vez, y que releídos a la luz o a la sombra de ciertos acontecimientos contrastan lo más sombrío con un brillo específico, y subrayan lo más luminoso con una línea de sombra. En toda crisis, sea ésta personal o colectiva, es decir, en todas aquellas épocas –como la presente– que se vuelven punto de inflexión en la vida individual o en la de una colectividad, las palabras de Rilke son siempre ese abrevadero donde acude para desalterarse nuestra alma-anima-animal…

 

Click to access cartas.pdf

 

 

Me disculpo doblemente, pues ni encontré el nombre del traductor de esas cartas que Rilke escribió en alemán (el archivo deslizante que os adjunto proviene de la Facultad de Humanidades, Argentina), ni recuerdo de dónde saqué la fotografía de Rilke leyendo, que tenía en mi archivo personal.