Feather to Fire. Grégory Colbert

 

Feather to fire

Fire to blood

Blood to bone

Bone to marrow

Marrow to ashes

Ashes to snow.

 

Pluma a fuego

Fuego a sangre

Sangre a hueso

Hueso a tuétano

Tuétano a ceniza

Ceniza a nieve. 

 

“Cuando empecé Ashes and Snow en 1992, quería explorar la relación entre el hombre y los animales desde adentro hacia afuera. Al descubrir el lenguaje compartido y las sensibilidades poéticas de todos los animales, estoy trabajando para restaurar el territorio común que existió alguna vez, cuando la gente vivía en armonía con los animales.”

 

Ashes and Snow, del artista canadiense Gregory Colbert, es una instalación compuesta por obras fotográficas, videos y una novela escrita en cartas, que viaja en el Museo Nómada (The Nomadic Museum), una estructura temporal construida únicamente para la exposición. Las obras exploran la sensibilidad poética que comparten los seres humanos y los animales.

https://es.wikipedia.org/wiki/Ashes_and_Snow

https://es.wikipedia.org/wiki/Gregory_Colbert

https://gregorycolbert.com

 

“Todas las culturas, desde los egipcios, pasando por los mayas y los nativos americanos hasta los beduinos, crearon bestiarios que les permitían expresar su relación con la naturaleza. Ashes and Snow es un bestiario del siglo veintiuno, lleno de especies de alrededor del mundo. La orquesta de la naturaleza incluye no solo al Homo sapiens, sino también a los elefantes, ballenas, manatíes, águilas, guepardos, orangutanes y muchos otros más.”

 

 

Joseph Campbell. Las máscaras de Dios: Mitología creativa

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Pocas obras se han escrito en el ámbito de la mitología con mayor ambición y calado que Las máscaras de Dios. A lo largo de cuatro volúmenes, Joseph Campbell efectúa un exhaustivo estudio comparativo de las diversas mitologías del mundo, revelando su carácter unitario y universal, y cómo todas ellas siguen vivas en el mundo moderno.

En este cuarto y último volumen de Las máscaras de Dios, Campbell desarrolla su idea de la mitología creativa, en el sentido shakespeariano del término, es decir, como espejo para mostrar a la virtud y al vicio su verdadero aspecto, y a las generaciones de cada siglo su auténtica forma y fisonomía. Se trata, pues, de una vertiente de la mitología que no proviene de los dictados y análisis teológicos de las altas esferas sacerdotales, como sucede en la mayoría de las religiones, sino que brota de las intuiciones, los sentimientos, las ideas y las visiones de los artistas y escritores que, fieles a su experiencia íntima, han creado nuevos relatos e imágenes míticas, como es el caso de las historias medievales en torno a los caballeros de la Mesa Redonda, el Grial o Tristán e Isolda, o de las obras de Dante, Nietzsche, Wagner, Thomas Mann y Joyce, o en el Guernica de Picasso.

Mitología primitiva, el primer volumen de esta obra magna, publicada entre 1959 y 1968, indaga en los motivos mitológicos de las culturas prehistóricas a la luz de los descubrimientos arqueológicos, antropológicos y psicológicos más recientes. El segundo volumen, Mitología oriental, se ocupa de las religiones de Egipto, la India, China y Japón. El tercero, Mitología occidental, es un estudio comparativo de los temas universales que subyacen en el arte, los cultos y los textos de la cultura europea. La obra se completa con Mitología creativa, que trata sobre la importancia de la herencia mitológica en el mundo moderno y sobre el ser humano como creador de sus propias mitologías. [Atalanta]

Joseph Campbell. Las máscaras de Dios. Mitología creativa (IV volumen). Trad. Belén Urrutia en edición revisada por Santiago Celaya. Atalanta, 2018.

 

 

Una reseña de Santos Domingo Ramos:

Desde mediados del siglo XII, una desintegracion cada vez más acelerada ha ido anulando la formidable tradición ortodoxa que alcanzó su apogeo en ese siglo, y, con su caída, han irrumpido los poderes creativos liberados de un gran grupo de individuos sobresalientes, de modo que, en cualquier estudio del espectáculo de nuestra era titánica, debe tenerse en cuenta no una, ni dos ni tres, sino una galaxia de mitologías, tantas, podríamos decir, como la multitud de sus genios, escribe Joseph Campbell en Mitología creativa, la cuarta y última parte de su monumental obra Las máscaras de Dios que publica Atalanta con traducción de Belén Urrutia en edición revisada por Santiago Celaya.

En este volumen Campbell hace un recorrido por la mitología europea del individualismo desde la Edad Media hasta la época contemporánea a través de la literatura, la filosofía y el arte para ofrecer un análisis de la cultura moderna y una reivindicación del hombre como creador de su propia mitología.

 

Porque –explica Campbell– en el contexto de una mitología tradicional, los símbolos se presentan en ritos mantenidos socialmente a través de los cuales el individuo debe experimentar, o pretender que ha experimentado, ciertos sentimientos, intuiciones y compromisos. En lo que denomino mitología ‘creativa’, el orden se invierte: el individuo tiene una experiencia propia -de orden, horror, belleza o mera alegría- que trata de comunicar mediante signos. Y si su vivencia ha sido de cierta profundidad y significado, su comunicación tendrá el valor y la fuerza del mito vivo para aquellos que, por decirlo de alguna manera, la reciban y respondan a ella por sí mismos, con reconocimiento, sin coerciones.

Las leyendas artúricas –La búsqueda del Santo Grial, Tristán e Isolda, El Rey Pescador, La Tierra Baldía– están en la base de esta indagación interpretativa de un fondo mitológico creativo que pasa por Dante y la Divina Comedia, por Wagner, Schopenhauer y Nietzsche para llegar hasta el Ulysses y Finnegans Wake, hasta Los Buddenbrook y La montaña mágica, T. S. Eliot o el Guernica de Picasso.

Un libro imprescindible para entender una parte fundamental de la literatura, el arte y la filosofía de los últimos siglos.


El gran magma de Gary Snyder

Con el corazón encogido estos días por los incendios de California, a tan sólo 50 kilómetros de la casa de Snyder en los bosques de Sierra Nevada, enviando pensamientos de lluvia hasta allí…

 

portada-Magma

 

El camino

La dinastía Shang desapareció alrededor del comienzo del primer milenio a. C. y fue seguida por la Zhou. Esta se afianzó durante quinientos años como una federación de estados cada vez más divididos, hasta que se fragmentó por entero. El periodo siguiente se denomina el de los «Reinos combatientes».

La China civilizada se había dividido en dos culturas considerablemente distanciadas: por un lado, una red patriarcal, militarista y pragmática de linajes y dirigentes con vínculos familiares que se entrecruzaban sobre las fronteras de los diversos reinos en liza y, por otro, una «gente común» con una cultura tradicional arraigada en un largo y saludable pasado y una vigorosa cuota de gobernanza local que sobrevivía asentada en la costumbre. Los dirigentes de la Edad de Bronce tenían incluso una religión propia –mantenían que «los ritos no se transmiten a la gente común»– que giraba alrededor de los augurios y el sacrificio. Augurios porque un linaje reinante apuesta sobre el futuro a largo plazo, al igual que una persona con dinero en acciones comienza súbitamente a calcular intereses y se preocupa por el «clima» económico. El sacrificio, una curiosa perversión de la sacralidad de la cadena trófica, se ofrecía mayormente al legendario recuerdo de los triunfantes antepasados del clan que se hicieron con el poder, padres del Estado, a los que se consideraba «ancestros en el cielo».

Los mandatarios y los estudiosos chinos del siglo IV a. C. eran personas obsesionadas por la sociedad y sus conflictos. De la clase alfabetizada de contables, astrólogos, profesores y escribientes que llevaban registros surgían individuos con ideas para reformar el escenario político y social… o suprimirlo por completo.

Algunos de estos individuos han llegado hasta nosotros a través de la historia como «sabios». Los miembros de las clases oprimidas que albergaban pensamientos similares pueden ser llamados «carismáticos profetas campesinos» o «virulentas curanderas creyentes»; en ocasiones sencillamente se retiraban a las montañas para convertirse en eremitas leñadores. A menudo los sabios chinos posteriores aspiraban a ser considerados como estos.

Una escuela filosófica, el legalismo, estaba completamente a favor del Estado y argumentaba únicamente que los dirigentes debían ser más severos y purgarse de cualquier consideración hacia los sentimientos del pueblo llano. Confucio y su escuela intentaban mediar entre la arrogancia de los aristócratas y la gente sobre la que imperaban, impartiendo una filosofía de gobierno humanitario regido por profesionales virtuosos. Una buena parte del confucionismo es sugerente y emotivo, pero el sesgo hacia el Estado se hace patente desde el principio.

Los seguidores de Mo Zi, una escuela poco conocida hoy pero pujante en su tiempo, parecían aliados en las formas, si no en espíritu, con la gente corriente. Vestían ropa tosca, comían alimentos ordinarios y trabajaban incansablemente, profesando una doctrina de amor universal. Su sentir en cuanto al Estado era ambiguo; creían abiertamente en la guerra como medio de defensa y en el gobierno de los virtuosos.

Esto nos acerca a la visión del mundo más impactante de todo el Extremo Oriente y una de las dos o tres principales de todo el planeta: el taoísmo filosófico. ¿Bajo qué estándares puede uno aventurarse a juzgar una sociedad en su conjunto?

Se puede criticar una sociedad contrastándola con un conjunto de creencias religiosas recibidas, como hacen, por ejemplo, los amish o los testigos de Jehová. También, como a menudo sucede en el mundo contemporáneo, es posible suscribir un análisis de la sociedad y de la historia que sostenga que existen alternativas mejores de orden racional, humanitario y material. Una crítica verdaderamente científica de una sociedad debería nutrirse de toda la información que hoy recopilamos globalmente de la antropología, la ecología, la psicología y demás, y ese método está todavía en pañales.

Los antiguos místicos —los artesanos y pensadores que hoy llamamos «taoístas»—buscaron un sustrato de valores en el orden visible de la naturaleza y sus analogías intuitivas con la condición humana. La expansión mental que esto les permitía, y sus irreve- rentes, ingeniosos, afables y precisos juicios, todavía restallan hoy en nuestro mundo. Sus textos claves son el Tao te king y los titulados Zhuang zi y Lie zi.

Tao se traduce como sendero, o camino, la forma que tienen las cosas, la senda «más allá de una senda». Eran visionarios sociales, naturalistas y místicos que vivían en una China todavía colmada de vida salvaje y bosques de montaña.

La actitud social de los taoístas invoca un mundo precivilizado, de orientación maternal, que existió una vez y que podría existir de nuevo:

He escuchado decir que en la antigüedad las fieras y los pájaros eran muchos y la gente poca. Las personas anidaban todas en los árboles para defenderse del peligro, durante el día recolectando bellotas y castañas, con la puesta de sol subiendo de nuevo a los árboles para dormir. Por eso se les llamaba la gente que hacen nidos. En la antigüedad la gente no conocía la ropa. Durante el verano amontonaban grandes haces de leña y en invierno los quemaban para calentarse. Por eso se les llamaba «la gente que sabe cómo permanecer viva». En la época de Sheng Nung la gente dormía en paz y tranquilidad, y se despertaba con los ojos abiertos y en blanco. Conocían a sus madres pero no a sus padres, y vivían junto a los alces y los ciervos. Comían de su labranza, tejían para vestirse y no albergaban en su corazón intención alguna de hacer daño a los demás. Esta era la más alta y encumbrada virtud. [Chuang Tzu]

De acuerdo a Marcel Granet y otros estudiosos, parece que la sociedad neolítica china era de hecho matrilineal y matrilocal, con una buena dosis de vida religiosa liderada por los wu, o chamanes, mujeres en su mayor parte.

El confucionismo se inhibió de observar en detalle la naturaleza. Los taoístas no solo eran buenos observadores, sino que se elevaron sobre el utilitarismo antropocéntrico, como en esta historia de Lie Zi:

Tian de Qi daba en el jardín de su casa un banquete al que asistían mil comensales. Cuando se sirvió el pescado y los patos, Tian lanzó un suspiro y dijo: «¡Cuán generoso es el cielo con el hombre! Para su provecho hace crecer los cinco cereales y nacer los peces y las aves». La aprobación de todos los invitados resonó en el jardín. El hijo del señor Pao, de doce años, que estaba sentado en segunda fila, avanzó y dijo: «Las cosas no son como vos decís. Todos los seres del mundo son de diferentes especies, pero su vida en nada difiere de la nuestra. No se puede decir que unas especies sean nobles y otras despreciables. La jerarquía entre ellas se basa en el tamaño, la inteligencia o la fuerza. Unas se comen a las otras, pero eso no es algo determinado por su propia naturaleza. El hombre se apodera de aquello que le sirve de alimento y se lo come, más, ¿cómo podría afirmarse que el cielo lo ha engendrado para el hombre? Los mosquitos y cínifes nos pican la piel y los tigres y los lobos devoran la carne humana, ¿acaso se puede decir que el cielo ha engendrado al hombre para los mosquitos y la carne humana para los tigres y los lobos?». [Lie Zi]

Al perseguir el conocimiento de la naturaleza —«naturaleza» en chino es ziran, «así, por sí mismo», aquello que es autosuficiente y espontáneo—, adentrándose en la condición humana y el oscuro interior de los fenómenos, los escritores taoístas ensalzan la suavidad, la ignorancia, el flujo, una sabia receptividad, el silencio. Presentan una paradoja crítica; en concreto, que la energía térmica fluye hacia la indisponibilidad y aparentemente se pierde para siempre: la entropía. La vida parece ser una compleja estrategia para demorar y utilizar ese flujo. Pero lo que podría llamarse energía «espiritual» a menudo se refuerza solo cuando «dejas ir» –abandonas–, «desechas cuerpo y mente», y te fundes con el proceso. El texto de Lao Zi dice:

«El espíritu del valle no muere»
se dice de la hembra oscura.

«La puerta de la hembra oscura»
se dice de la raíz del cielo y de la tierra.

Infinitamente sutil, parece perpetua.
Se usa sin que se consuma.» [Lao Zi]

Este principio es la llave para entender el taoísmo. No hagas nada contra la corriente y todo se completará. Los taoístas enseñaban que tanto los asuntos humanos, como también sistemas y subsistemas, se mueven apaciblemente por cuenta propia; todo orden llega de dentro, el de todas sus partes, y la idea de la necesidad de un gobernante centralizado, divino o político, es una trampa.

¿Cómo fue entonces que la humanidad perdió el camino? Los taoístas solo pueden contestar que a causa de la intromisión, las dudas y algunos errores. Y realmente el camino puede perderse. Siglos más tarde, los budistas chan (zen) abordaron esto con la intensidad paradójica que les caracteriza: «El Camino Perfecto no tiene dificultad: ¡Esfuérzate!». China se ha estado esforzando durante todos estos siglos.

 

Gary Snyder. El gran magma. Memorias y apuntes sobre naturaleza e historia en Asia Oriental. Trad. Nacho Fernández R.  Varasek Ediciones, 2018.

http://www.varasekediciones.es/el-gran-magma-gary-snyder/

 

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Gary Snyder (San Francisco-EEUU, 1930). Poeta esencial de la generación beatnik,  ensayista y activista del medio ambiente. Perteneciente a la Generación Beat y autor de más de veinte libros de poesía y prosa, obtuvo el Premio Pulitzer en 1975. Es considerado el moderno Henry David Thoreau, un eco-poeta y un eco-luchador. Ha realizado todo tipo de trabajos, granjero, leñador, marinero y forestal, además de profesor universitario. Ha viajado durante años, sobre todo por Japón, China e India. Snyder es el protagonista del libro de culto “Los vagabundos del Dharma” de Jack Kerouac. Es el autor del imprescindible libro de ensayos “La Práctica de lo Salvaje” y del diario del viaje con Ginsberg, Orlovsky y Kyger “Viaje por la India”, publicados en esta misma colección.  En la actualidad vive en Tamalpais, en las colinas de la Sierra Nevada.

 

La muntanya viva de Nan Shepherd

 

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“El lloc i la ment penetren l’un dins l’altre fins que la naturalesa de tots dos s’altera. No puc explicar en què consta aquest moviment, només puc narrar-lo.”

 

Mujer libre, aventurera, entusiasta caminante, observadora exhaustiva, Nan Shepherd (Peterculter, 1893-Aberdeen, 1981) es una brillante y, para nosotros hasta ahora, desconocida escritora escocesa que cultivó tanto la poesía como la narrativa. Una narrativa apasionada, sensible, minuciosa que descubrimos en este libro recién editado por Sidillà, traducido al catalán por Aurora Ballester. La muntanya viva, escrito en los años 1940 durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial – la propia autora describía la escritura de este libro como “mi lugar secreto de tranquilidad”– permaneció inédito hasta el año 1977. En él Shepherd nos lleva a recorrer los Cairngorms escoceses montaña adentro.

 

“En penetrar més profundament en la vida de la muntanya, profunditzo més en la meva… No estic fora de mi, sinó en mi mateixa.”

 

La muntanya viva es una obra profundamente arraigada en el conocimiento del mundo natural, una meditación poética y filosófica sobre nuestro anhelo de lugares sagrados. La manera de Nan Shepherd de describir desde dentro el paisaje de este macizo escocés testimonia del profundo vínculo que unía la escritora a la montaña. La escritora ponía énfasis en conocer y hacer conocer la geología y la historia natural de aquella área particular de los Cairngorms. Llegó a conocer y a amar este territorio en profundidad, de tal manera que, bajo su pluma, lo local se convirtió en universal.

 

“He caminat fins a surtir del cos i entrar a la muntanya”.

 

La mirada de Nan Shepherd es la de “una subjetividad en movimiento” que a lo largo de 12 capítulos recorre el altiplano y sus hondonadas, sus elementos, el agua, el hielo y la nieve, el aire y la luz, sus animales, aves e insectos, sus plantas, la presencia del ser humano, los sonidos y los sentidos (aguzados)… No hay en aquella mirada diferencias entre el cuerpo y la mente en la fina y sutil percepción de las texturas y de las superficies de las rocas, del viento y del agua, y en todas sus interacciones con la vida silvestre. En ella, conocimiento y sensibilidad van acorde.

 

“Cal entrenar i disciplinar els sentits: l’ull per mirar, l’orella per escoltar, el cos s’ha d’entrenar a moure’s amb les harmonies adecuades. Puc ensenyar diverses habilitats al meu cos perquè aprengui la natura de la muntanya. Una de les més essencials es la quietud.”

 

“La montaña no hace nada, absolutamente nada, es en sí misma…” escribió Nan Shepherd. Sentía un profundo parentesco con la naturaleza, una verdadera conexión espiritual que fue estableciendo en sus prolongados paseos, humildes peregrinaciones laicas sin ningún afán en alcanzar la cima, similares a las caminatas meditativas de perspectiva budista. “Las montañas tienen un interior”, dijo Nan Shepherd, desde un espíritu puramente taoísta o zen, que recoge Robert Macfarlane en su magnífico prólogo (autor recientemente editado por Pre-Textos, Las viejas sendas, 2017).

La muntanya viva es un libro espléndido y imprescindible para recobrar la conciencia de estar vivo en un mundo dinámico y siempre cambiante, aprendiendo a hacer parte de un lugar natural con amor, respecto y conocimiento. Tal vez, no erraríamos demasiado si abordásemos a La muntanya viva como una investigación geopoética avant la lettre

 

“Però sovint la muntanya es dona més completament quan no tinc destinació, quan no arribo a cap lloc concret, sinó que simplement hi he anat per estar amb la muntanya, com quan visites un amic sense cap altra intenció que estar amb ell.”

 

Nan Shepherd. La muntanya viva. Trad. Aurora Ballester. Pròlegs de Núria Picas i de Robert Macfarlane. Edicions Sidillà, 2018.

 

nan-pics035Nan (Anna) Shepherd fue una novelista y poeta escocesa. Fue una de las primeras escritores modernistas escoceses, que escribió tres novelas independientes ambientadas en pequeñas comunidades del norte de Escocia. El paisaje y el clima escoceses desempeñaron un papel importante en sus novelas y fueron el foco de su poesía. Ejerció como profesor de literatura inglesa carismática en Aberdeen hasta jubilarse en 1956, y sus fuertes principios feministas, muy adelantados a su tiempo, orientaron siempre su enseñanza. Nan fue una profesora de literatura inglesa carismática que adoptó un enfoque feminista muy adelantado a su época.

https://www.edicionssidilla.cat/els-nostres-llibres/illa-roja-de-narrativa/853-la-muntanya-viva,-de-nan-shepherd

https://www.nuvol.com/noticies/germana-muntanya-nan-shepherd-roger-clara/

https://en.wikipedia.org/wiki/Nan_Shepherd

 

Entrar en el otoño en compañía de Henry D. Thoreau

La laguna de WaldenWalden Pond, Concord (Massachussetts). La laguna donde Thoreau vivió 2 años en una cabaña que construyó él mismo y donde redactó su libro más conocido, “Walden o La vida en los bosques”.

 

Hojas caídas

Alrededor del seis de octubre, las hojas suelen empezar a caer, en sucesivos chaparrones, tras una lluvia o una helada; pero la principal cosecha de hojas, el súmmum del otoño, suele ser alrededor del dieciséis. Alguna mañana de esa fecha, quizá nos encontremos con la mayor helada nunca vista y, cuando empieza a soplar el viento matinal, las hojas caen a chaparrones más densos que nunca. Forman repentinamente un lecho o una alfombra espesa sobre el suelo que, con la suave brisa o incluso sin viento alguno, tiene la forma y el tamaño del árbol de arriba. Algunos árboles, como el nogal americano, parecen desprenderse de sus hojas instantáneamente, como un soldado que baja las armas ante una orden. Y las del nogal americano, como aún son amarillas brillantes, aunque marchitas, reflejan un resplandor luminoso desde el suelo donde yacen. Caen por todas partes al primer toque de la varita mágica del otoño y suenan como gotas de lluvia. Por el contrario, después de un tiempo húmedo y frío, notamos la cantidad de hojas que han caído durante la noche, aunque aún no sea el toque que hace caer las hojas del arce del Canadá. Las calles están cubiertas por una capa espesa de trofeos, y las hojas caídas de los olmos crean un pavimento oscuro bajo nuestros pies. Tras uno o varios días especialmente cálidos del veranillo de San Martín, percibo que es el calor inusual lo que provoca, más que nada, la caída de las hojas, quizá cuando no ha habido ni lluvia ni heladas durante un tiempo. El calor intenso las madura y marchita repentinamente, igual que ablanda y pone a punto a los melocotones y otras frutas y las hace caer.

Las hojas del arce rojo tardío, brillantes aún, están esparcidas sobre la tierra, con frecuencia un fondo amarillo con manchas rojas, como manzanas silvestres, pero sólo conservan esos colores sobre la tierra uno o dos días, especialmente si llueve. Cruzo por pasos elevados rodeados de árboles por doquier, todos desnudos y oscuros, después de haber perdido su ropaje brillante; pero allí yace, casi tan brillante como siempre, a un lado del suelo, dibujando una figura tan regular como antes sobre el árbol. Preferiría decir que observo los árboles así, estirados sobre la tierra, como una sombra de color indeleble, que me invitan a buscar las ramas que los sostienen. Una reina se sentiría orgullosa de caminar sobre estos árboles gallardos que han extendido un manto brillante sobre el lodo. Veo unos carros pasar por encima de ellos como una sombra o un reflejo, y a los cocheros prestarles tan poca atención como antes a sus sombras.

Los nidos de los pájaros en los arándanos y otros arbustos, y en los árboles, ya están llenos de hojas marchitas. Han caído tantas en el bosque, que una ardilla no puede correr tras una nuez sin que la oigan. Los niños las rastrillan en las calles, sólo por el placer de tratar con un material tan fresco y crujiente. Algunos barren los senderos y los dejan escrupulosamente limpios, para quedarse a mirar el siguiente soplo que esparza nuevos trofeos. El suelo está cubierto por una capa espesa y el Lycopodium lucidulum de pronto parece más verde allí en medio. En bosques densos, las hojas cubren a medias las charcas de quince a veinte metros de largo. El otro día, apenas pude encontrar un manantial que conocía bien, y hasta llegué a sospechar que se había secado, porque estaba completamente oculto bajo las hojas recién caídas. Y, cuando las aparté y aquél quedó a la vista, fue como golpear la tierra con la vara de Aarón para que apareciera un nuevo manantial. Los terrenos húmedos junto a los pantanos parecen secos cubiertos de hojas. En uno de ellos, donde estaba investigando, creía que iba a pisar sobre una orilla frondosa, y metí el pie en el agua a más de treinta centímetros de profundidad.

Cuando voy al río al día siguiente de la gran caída de hojas, el dieciséis, me encuentro con mi barca toda cubierta, fondo y asientos incluidos, por las hojas del sauce dorado bajo el que está amarrada, y zarpo con una carga que cruje bajo mis pies. Si la vacío, mañana volverá a estar llena. No las considero desperdicios que haya que tirar, sino que las acepto como paja o una esterilla apropiada para el fondo de mi carruaje. Cuando entro en la embocadura del Assabet, que es boscoso, toda una flota de hojas me recibe en la superficie, como si estuvieran saliendo del mar, con espacio para dar bordadas; pero, junto a la orilla, un poco más allá, son más espesas que la espuma y casi llegan a ocultar el agua a lo ancho de cinco metros, debajo y entre los alisos, los cefalantos y los arces, perfectamente secas aún, livianas y con la fibra tensa; y, en un recodo rocoso, donde se reúnen y el viento de la mañana las detiene, a veces forman una especie de media luna amplia y densa que cruza casi todo el río. Cuando viro la proa hacia allí y la ola que forma las golpea, oigo el placentero susurro que producen estas sustancias secas al entrechocar unas con otras. A menudo es sólo esta ondulación lo que permite ver el agua que hay debajo. Este susurro también delata cada movimiento de la tortuga de bosque en la orilla. Incluso en medio del canal, cuando aumenta el viento, las oigo silbar con un susurro. Más arriba, giran y giran lentamente en un gran remolino que forma el río, a la altura de las coníferas, donde el agua es más profunda y la corriente las arrastra a la orilla.

Tal vez, por la tarde de aquel día, cuando las aguas están perfectamente calmas y llenas de reflejos, remo con suavidad por el brazo principal y, río arriba por el Assabet, llego a una caleta silenciosa, donde inesperadamente me veo rodeado por millares de hojas, como si fueran compañeras de viaje con el mismo propósito, o falta de propósito, que yo. Mirad esa gran flota de hojas-barco dispersas entre las que remamos por la bahía de este río plano, cada una de ellas curvada hacia arriba gracias al talento del sol, cada nervadura rígida, como las canoas de piel, con todos los posibles dibujos, probablemente como la barca de Caronte navegando entre las demás, algunas con proas y popas elevadas, como los majestuosos navíos de la antigüedad, que avanzaban despacio sobre las aguas mansas, o como las densas ciudades flotantes chinas, en las que uno se pierde como al entrar en alguna feria de Nueva York o de Cantón, por lo abigarrado del conjunto. ¡Con qué suavidad han sido depositadas sobre las aguas! Sin ninguna violencia, aunque, quizá, algunos corazones palpitantes estuvieron presentes en la botadura. Hay también patos coloridos, el espléndido pato americano, que a menudo sale a navegar entre las hojas pintadas, corbetas de un modelo aún más noble. ¡Qué saludables tisanas habrá ahora en los pantanos! ¡Qué generosos aromas medicinales de las hojas en descomposición! La lluvia que cae sobre las hierbas y las hojas recién secadas que llenan las charcas y las zanjas en las que han caído limpias y rígidas pronto se convertirá en una infusión —tés verdes, negros, marrones y amarillos, de todos los grados de intensidad—, con fuerza suficiente para poner a toda la naturaleza a cotillear. Las bebamos o no, estas hojas, antes de que se extraiga toda su sustancia, secadas en la gran tetera de la naturaleza, tienen unos tonos tan delicados y puros como los que han hecho famosos a los tés orientales.

¡Cómo se mezclan todas las especies, robles y arces, castaños y abedules! Pero la naturaleza no se recarga de ellas; es un perfecto granjero que las almacena a todas. ¡Imaginad qué inmensa cosecha es derramada cada año sobre la tierra! Ésta, más que ningún grano o semilla, es la gran recolección del año. Los árboles devuelven a la tierra con intereses lo que han tomado de ella. Están a punto de añadir una capa de hojas a la profundidad del suelo. Mientras converso con un hombre que me habla sobre el azufre y los costes de transporte, pienso que de esta bella forma la naturaleza obtiene el mantillo. Gracias a esta descomposición todos somos más ricos. Me interesa más este cultivo que el césped inglés o el grano. Prepara el humus virgen para futuros maizales y bosques con los que la tierra prospera. Mantiene nuestra casa en buenas condiciones.

En cuanto a diversidad de belleza no hay cultivo que pueda comparársele. Aquí no se trata sólo del mero amarillo de los granos, sino casi de todos los colores que conocemos, sin exceptuar el azul más brillante: el arce temprano ruborizado, el zumaque venenoso enarbolando sus pecados escarlata, la morera, el rico amarillo cromado de los álamos, el rojo brillante de los arándanos que pinta el fondo de las montañas. Los toca la helada y, con el soplo más ligero del retorno del día o la sacudida más leve sobre el eje de la tierra, ¡mirad qué lluvia de colores cae de ellos! La tierra está engalanada. Y, a pesar de todo, las hojas siguen viviendo allí en el suelo, a cuya fertilidad y volumen contribuyen, y en los bosques de los que vienen. Caen para elevarse, para subir más alto en los próximos años, por medio de una química sutil, trepando por la savia a los árboles y a los primeros frutos que caen de los árboles jóvenes, trasmutadas al fin en una corona que, al cabo de los años, las convierte en el monarca de los bosques.

Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos! Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. ¡Cuántas revolotean antes de descansar en silencio en sus tumbas! Ya han volado tan alto que vuelven al polvo con enorme satisfacción y se depositan allí abajo, resignadas a yacer y a descomponerse al pie del árbol para ocuparse de la alimentación de las nuevas generaciones de su especie y volver a ondear en lo alto. Nos enseñan a morir. Uno se pregunta si llegará el momento en que los hombres, con su presuntuosa fe en la inmortalidad, yazcan con la misma elegancia y madurez, y, en un veranillo de San Martín como aquél, se desprendan de sus cuerpos como de sus cabellos y sus uñas.

Cuando caen las hojas, toda la tierra se convierte en un agradable cementerio al que entrar. Me encanta pasear y cavilar sobre sus sepulturas. Aquí no hay epitafios vanos. ¿Y qué si uno no tiene su sepulcro en Mount Auburn? La tumba seguramente estará preparada en algún rincón de este extenso cementerio, consagrado desde tiempos inmemoriales. Aquí no hace falta asistir a una subasta para asegurarse un sitio. Hay suficiente lugar. Las prímulas florecerán y el pájaro de los arándanos cantará sobre vuestros huesos. El leñador y el cazador serán vuestros sacristanes, y los niños pisarán los canteros tanto como quieran. Entremos en el cementerio de las hojas… el auténtico cementerio de la floresta.

Henry David ThoreauColores de otoño. Trad. de Silvia Komet. José J. de Olañeta editor, 2011.

https://www.textos.info/henry-david-thoreau/colores-de-otono/pdf

 

11Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 12 de julio de 1817-6 de mayo de 1862) fue naturalista, agrimensor, jardinero, carpintero, maestro de escuela, conferenciante y fabricante de lápices; hoy se le considera uno de los padres de la literatura norteamericana, profeta de la ecología y la ética ambiental, inventor de la desobediencia civil y conceptualizador de la no violencia.  Fue el autor de Walden y La desobediencia civil, y de un diario que mantuvo desde los 20 años hasta su muerte y que fue el trabajo de su vida compuesto por unas 7000 páginas. Se han publicado extractos del diario en castellano en dos tomos publicados en 2013 por Capitán Swing (ISBN: 978-84-947051-0-6).

https://es.wikipedia.org/wiki/Henry_David_Thoreau

 

Artemisa & Georgia O’Keeffe, según Jean Shinoda Bolen

Huntress of Skipton_Anna & the Willow_Castle-Woods-in-North-Yorkshire-UK. Photo_Fiona French‎_Ancient and Sacred Trees of Britain

 

Artemisa, a quien los romanos denominaban Diana, era la diosa de la caza y la luna. Esa alta y encantadora hija de Zeus y Leto vagaba por los bosques, las montañas, las llanuras y los claros indómitos con su séquito de ninfas y su jauría de perros cazadores. Vestida con una túnica corta y armada con un arco de plata y un carcaj de flechas a su espalda, era la arquera que no erraba jamás el objetivo.

Como diosa de la luna, se la representa en las estatuas como la portadora de la luz, con una antorcha en la mano o con la luna y las estrellas coronándola. Artemisa, simbolizada por una luna en cuarto creciente, representaba el primero de los aspectos de aquella diosa tripartita que antaño se reverenciaba: el de la doncella. Selene era la luna llena o ya crecida y Hécate la luna en cuarto menguante. Como trinidad, el reino de Artemisa era la tierra, Selene poseía los cielos y Hécate, el mundo subterráneo. Sin embargo, de las tres sólo Artemisa fue una las principales divinidades griegas.

Como diosa de la vida salvaje, se la asociaba a animales monteses que compartían con ella sus características. El ciervo y la paloma eran símbolos de su espíritu esquivo, el oso representaba su papel de fiera protectora de los jóvenes, y el jabalí (al cual en una ocasión desató iracunda para que destruyera una campiña) encarnaba su aspecto destructivo. […]

 

e7675738a25a9d40e7ba819818421459 Georgia O’Keeffe, Deer Horns, 1938

 

A los tres años Artemisa ya sabía con exactitud lo que quería: un arco y unas flechas, una jauría de perros para ir a cazar, un séquito de ninfas, una túnica corta que no le impidiera correr, montañas y naturaleza salvaje, por ser sus lugares favoritos, y la castidad eterna. Zeus le concedió todos sus deseos, más el privilegio de poder elegir ella misma. Se le dio autonomía y se le prometió que jamás la violarían ni sería subyugada por el poder masculino.

Como arquetipo, Artemisa personifica el espíritu femenino independiente que le permite a la mujer buscar sus propios objetivos en el ámbito elegido por ella. […]

Georgia O’Keeffe presentó rasgos de Artemisa durante toda su vida, y su madurez duró cuatro décadas. Conservó su nombre al casarse, y fue una artista que al romper con la tradición para crear su propio arte, se vio obligada a capear las dudas personales y a los críticos de arte. No fue madre, elección que parece ser que la angustió mucho, porque sentía que sólo podía ser madre o artista, no ambas cosas a la vez. Se enamoró de la belleza agreste de los desiertos y las montañas de Nuevo México, y allí iba de vez en cuando para pintar. Eso comportaba estar meses separada de su marido Alfred Stieglitz, incluso cuando la salud de él empezaba a deteriorarse. Al morir su marido, ya nada la retuvo en el este, y se trasladó a vivir a Nuevo México, donde pasaría el resto de su vida. Pintó hasta que perdió la vista, y luego trabajó con arcilla. Vivió donde quería vivir, y llevando la vida que deseaba, en el empeño de crear un corpus artístico que la sitúa entre los artistas más famosos del mundo. En una ocasión dijo que lo que la diferenciaba de los demás era que ella sabía lo que quería. Georgia O’Keefe poseyó una intensa capacidad de centrar su voluntad y su talento en los objetivos que había elegido, tanto si era para crear como para conseguir cualquier otra cosa.

 

“Consigues todo aquello que eres capaz de declarar.” Georgia O’Keeffe

 

okeeffe_faraway-nearby Georgia O’Keeffe, From the faraway Nearby, 1937

 

Jean Shinoda BolenLas diosas de la mujer madura. Trad. Silvia Alemany, Kairós, 2013

Imagen primeraHuntress of Skipton. Anna & the Willow. Castle Woods in North Yorkshire, UK. Obra fotografiada por Fiona French‎, Ancient and Sacred Trees of Britain.

 

La luna de la mitóloga Jules Cashford

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“El mito fundamental asociado con la Luna es el de la muerte y el renacimiento. Las gentes del pasado remoto percibían el crecimiento y la mengua del satélite como el desarrollo y la agonía de un ser celestial, cuya muerte iba seguida por su renacimiento en forma de luna nueva. El perpetuo drama de las fases de la luna se convirtió en un modelo para observar la existencia de un patrón en la vida humana, animal y vegetal, incluida la idea de la vida más allá de la muerte.” Jules Cashford

 

Hasta que la filosofía y, posteriormente, la ciencia se convirtieron en las disciplinas que hoy conocemos, los mitos eran el medio principal con el que las sociedades humanas explicaban su experiencia anímica y los grandes misterios de la vida. Sus poéticas imágenes y relatos protagonizados por dioses, diosas, animales o cuerpos celestes, como la Luna o el Sol, simbolizaban ideas complejas que formaban los pilares sobre los que se asentaba el conocimiento del mundo.

Desde la Ilustración, se ha dado por sentado que son formas de pensamiento caducas, pertenecientes a un pasado remoto, a las que la ciencia y la filosofía modernas deben asignar un carácter meramente poético y narrativo. Pero nada más lejos de la verdad, pues la obra de Jung, Campbell, Eliade o Barfield, entre otros muchos autores, ha evidenciado que las imágenes míticas, si son entendidas en su verdadero significado psicológico y especulativo, nunca están ausentes de cualquier pretensión de comprender el universo del alma humana.

Este libro es un desarrollo de la larga y fascinante historia de los mitos y los símbolos que, desde el Paleolítico hasta nuestros días, tienen como protagonista a la Luna. Apoyándose en 220 ilustraciones, nos habla eruditamente, desde el punto de vista de la imaginación, sobre las imágenes poéticas que nuestro satélite ha generado en la consciencia humana. [Atalanta]

Jules Cashford. La luna. Símbolo de transformación. Trad. Francisco López Martín. Ed. Atalanta, 2018

Jules Cashford es coautora, con Anne Baring, de El mito de la diosa: evolución de una imagen (Siruela, 2005), considerado un clásico contemporáneo. Ha traducido al inglés los Himnos homéricos y en la actualidad escribe y da conferencias sobre mitología y literatura.

 

 

«La Luna ha alumbrado mitos y ha sido símbolo o metáfora en todas las civilizaciones, además de tema literario y religioso desde la más remota antigüedad, todo un acervo cultural que la experta en mitología Jules Cashford ha tratado de reunir y explicar. […] Jacobo Siruela ha dicho que Cashford, “en la línea de Joseph Campbell y Heinrich Zimmer, es actualmente una de las mejores mitólogas vivas, porque, como ellos, sabe traducirlos con claridad y hondura psicológica a nuestro propio lenguaje y mentalidad para que podamos asimilar sus misterio.»

[Alfredo Valenzuela, Agencia Efe]

https://www.eldiario.es/c…/Todas-caras-Luna_0_826967438.html

 

Nox | La noche de la muda ceniza de Anne Carson

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Si buscáis una obra de Anne Carson en una librería, os remitirán a la sección “Poesía”. Pero en ninguno de los libros de la poeta canadiense encontraréis lo que entendemos tradicionalmente por poesía. Sus textos suelen hacer trizas los renglones versados, las categorías y los géneros literarios al uso. Los suyos son libros del flujo, inauguran una escritura puramente “carsoniana”, reiteradamente híbrida. Cada una de sus obras es un espacio textual de experimentación y de análisis del lenguaje que desmantela y, asimismo, reconstruye el uso del ensayo, del poema, de la narración, de la traducción, de la escenificación, de la didascalia…

Nox es un ¿libro? de duelo que Anne Carson escribió y compuso en 2010 tras la muerte de su hermano mayor que llevaba los últimos veintidós años huido de la familia (en todo este lapso apenas intercambiaron cinco llamadas telefónicas y algunas postales), raptado por las drogas, fugado de la justicia, sombra errante que vagó por Europa e India con nombre y pasaporte falsos, y que muere inesperadamente en Copenhague en el año 2000.

Sin ser un poemario al uso, Nox es sin embargo una de sus obras más impregnada de poesía, quiero decir de ritmo, de pulso, de intensidades microscópicas, de secuencias rítmicas y vibratorias que entran en resonancia unas con otras: la hermana con su hermano, el aquí con su allá, la vida con la muerte, las lenguas muertas con la viveza de la lengua, la forma con el contenido, las sombras con la luz, la ocultación con la verdad, la ficción con la no ficción, la mudez con el poema, el tiempo bruscamente interrumpido con las interrupciones del tiempo de la memoria… Nox es una vertiginosa línea de fuga.

Luego, si Nox es un libro lo será por antonomasia : un conjunto de pliegos plegados en uno solo. Pliegues de la historia que “puede ser a la vez concreta e indescifrable”. Carson vs. Herodoto nos señala que quien la cuenta “puede ser el perro de la historia que merodea en torno a Asia menor recolectando fragmentos de silencio como zumbidos de su propia piel”. 

Nox es el sonido inaudible de este zumbido mudo. Mutmut.

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Nox es un exquisito artefacto con forma de caja que contiene los pliegues. Una tersa lápida de piedra gris que se abre y se desenrolla como un pergamino doblado en acordeón. Una única página-ola sin numeración reproduce el cuaderno original en el que la poeta fue ensamblando sus notas-huesos sobre el hermano —fragmentos de la Historiae de Herodoto, anotaciones manuscritas, recortes, postales, fotografías, collages, dibujos-garabatos, recuerdos de la vida de Michael—. Nox, conjunto de retazos para una vida fragmentaria. Carson tantea los pliegues de la pérdida rastreando una historia que contarse ante la ausencia del hermano. Con ese ¿QUIÉN ERAS TÚ? garabateado en blanco sobre la página ennegrecida (sección 2.1), Carson se muda en Isis y sale en busca de los pedazos de su hermano-Osiris. La caja-libro deviene sarcófago para el hermano muerto, huellas impresas en la ceniza muda. Caja de luto. Caja donde {des}hacer el duelo. Nox. Memorial. Epitafio. Elegía disgregada. Nox, un luminoso tributo a la ignorancia, a la oscuridad, a la inconsistencia de nuestro saber. Nox, la temida diosa primigenia de la noche, nacida de esa hendidura cósmica llamada Caos, madre del sueño, del destino y de la muerte — Noctis, nocte, noctum.

 

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Diez borrosos versos latinos, el poema 101 que Catulo dedica a su propio hermano muerto en circunstancias similares, abren la puerta del descenso acompañando a modo de salvoconducto a Carson-la-hermana que se adentra en las sombras: “Multas per gentes et multa per aequora vectus / advento has miseras, frater, ad inferias…”  “Muchas naciones y muchos mares atravesé, / hermano, para advenir a estas míseras exequias tuyas…”. Palabras de una lengua muerta para decir el hermano muerto, para interrogar en vano la ceniza muda —et mutam nequiquam alloquerer cinerem. Si no llegamos {siempre a tientas} a una traducción ¿definitiva?, si no logramos dar coherencia a un lenguaje desconocido, si no amamos las palabras muertas, ¿cómo hacemos las paces con los muertos? 

 

<< 1. 0.    Quería llenar mi elegía con diferentes tipos de luz. Pero la muerte nos hace mezquinos. No gastemos más tiempo en ello, pensamos, él está muerto. El amor nada puede cambiar. Las palabras nada pueden añadir. Por más que trate de evocar al brillante chico que era, sigue siendo una simple, inaudita historia. Entonces comencé a meditar sobre la historia. >>

 

Una por una, las sesenta y tres palabras que conforman los versos del poeta romano se vuelven puertas levógiras — entradas textuales (¿o son voces? ¿plegarias?) de ese lexicón del inframundo. La filología es el método al que acude Carson en busca de una luz lexicográfica para transitar por esa “habitación de la que no puedo salir”, de este lugar “compuesto enteramente de entradas” : traslada las palabras latinas al inglés, su idioma materno, como quien ronda y recoge los huesos perdidos para contar la historia desgajada que le permita convivir con la muerte de Michael sin ser succionada por ella. A medida que descompone, palabra a palabra, hueso a hueso, el poema latino sobre la ¿página izquierda?, reconstruye el relato de la vida del hermano muerto sobre la ¿página derecha? Nox es la columna vertebral medular, giróvaga, de Michael-Osiris-Lázaro, resucitado bajo nuestras manos de lectores ciegos cuando, siempre a tientas, desenrollamos la noche y tendemos un vertiginoso oído a la muda melopea de la ceniza liberándose de sus pliegues.

 

<< Perseguir los significados de una palabra, perseguir la historia de una persona, inútil esperar que llegue un torrente de luz. Las palabras humanas carecen de interruptor principal. Tan sólo son chispazos en la oscuridad. Después, la luminosa, vasta, trémula, precipitada, contumaz y vociferante red que las une se aferra a tu mente al regresar a la página que estabas intentando traducir. >>

 

Escribir. Traducir. Buscar el interruptor en la oscuridad. Conjurar el escalofrío del dolor. Exorcizar la muerte. Subsistir.

Carson escribe su noche como quien araña la lengua hasta desenterrar algo oculto arrastrándolo hacia la luz.

Nosotros abrimos la caja.

Ut nox.

Muriel Chazalon

7-9 octubre 2018

 

 

Anne Carson. Nox. Trad. Jeannette L. Clariond. Editorial Vaso Roto, 2018. 45€

 

 


Photograph © Beowulf Sheehan/PEN American Center
Anne Carson nació en Toronto (Canadá) en 1950.
Ensayista, traductora, en la actualidad enseña clásicas en la Universidad de Michigan, en Ann Arbor. Latinista y helenista, conoce el mundo clásico grecolatino tan bien como todos los movimientos de vanguardia del siglo XX. De esta fusión surge una de las poesías más originales.

Foto de A.C. : Ben Okri © 2010 Beowulf Sheehan/PEN American Center

 

 

Marta Carrasco baila Perra de nadie

El último solo de Marta Carrasco, uno de los grandes nombres de la danza teatro de Catalunya. Un montaje multipremiado sobre empoderamiento femenino.

 

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Perra de nadie es el último y premiado espectáculo de Marta Carrasco, referencia destacada de la danza teatro en nuestro país. Una artista única que ha reunido en este montaje a los personajes que durante años la han acompañado con sus confesiones en los escenarios.

 

A Girona, el 12 de octubre, a les 20h30. Sala La Planeta

Espectáculo casi sin texto.

 

  • Creación: Marta Carrasco
  • Dirección: Marta Carrasco, Pep Cors y Antoni Vilicic
  • Intérprete: Marta Carrasco
  • Iluminación: Quico Gutiérrez
  • Vestuario: Pau Fernández y Cia. Marta Carrasco
  • www.martacarrasco.com

De la misma artista de: B. Flowers (TA13), No sé si (TA11), Dies Irae (TA09), Bin & Go (TA08), Eterno? Això sí que no!(TA03), Mira’m (se dicen tantas cosas) (TA00), Blanc d’Ombra. Recordant Clamille Claudel (TA97), Aiguardent (TA95)

 

https://www.temporada-alta.com/es/espectaculo/perra-de-nadie/

 

 

La Mujer salvaje, la Loba, la naturaleza fundamental de las mujeres

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<< El arquetipo de la Mujer Salvaje se puede expresar en otros términos igualmente idóneos. Esta poderosa naturaleza psicológica se puede llamar naturaleza instintiva, pero la Mujer Salvaje es la fuerza que se oculta detrás de ella. Se puede llamar psique natural, pero detrás de ella está también el arquetipo de la Mujer Salvaje. Se puede llamar la naturaleza innata y fundamental de las mujeres. Se puede llamar la naturaleza autóctona o intrínseca de las mujeres. En poesía se podría llamar lo “Otro” o los “siete océanos del universo” o “los bosques lejanos” o “La Amiga”. En distintas psicologías y desde distintas perspectivas quizá se podría llamar el “id“, el Yo, la naturaleza medial. En biología se llamaría la naturaleza típica o fundamental. De hecho, en el inconciente psicoide —un inefable estrato de la psique, del cual emana este fenómeno— la Mujer Salvaje es tan inmensa que no tiene nombre. Pero, dado que esta fuerza engendra todas las facetas importantes de la feminidad, aquí en la tierra se la denomina con muchos nombres, no sólo para poder examinar la miríada de aspectos de su naturaleza sino también para aferrarse a ella. Puesto que al principio de la recuperación de nuestra relación con la Mujer Salvaje, ésta se puede esfumar en un instante, al darle un nombre podemos crear para ella un ámbito de pensamiento y sentimiento en nuestro interior. Entonces vendrá y, si la valoramos, se quedará.

Así pues, en español yo la llamo Río bajo el Río; La Mujer Grande; Luz del Abismo; La Loba o La Huesera.

En húngaro se llama Ö, Erdöben, Ella la de los Bosques, y Rozsomák, el Tejón Hembra. En navajo es Na’ashjé’ii Asdzáá, La Mujer Araña que teje el destino de los seres humanos y los animales, las plantas y las rocas. En Guatemala, entre otros muchos nombres, es Humana de Niebla, el Ser de la Niebla, La mujer que siempre ha existido. En japonés es Amaterasu Omikami, la Divinidad que trae toda luz y toda conciencia. En el Tíbet se llama Dakini, la fuerza danzante que otorga clarividencia a las mujeres. Y la lista de nombres sigue. Ella sigue.

[…]

Dicen que hay un lugar del desierto en el que el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos se reúnen a través del tiempo… Dicen que hay una vieja que vive en un escondrijo del alma que todos conocen pero muy pocos han visto… la vieja espera que los que se han extraviado, los caminantes y los buscadores acudan a verla…

La vieja, La Que Sabe, está dentro de nosotras. Prospera en la más profunda psique de las mujeres, en el antiguo y vital Yo salvaje. Su hogar es aquel lugar del tiempo en el que se juntan el espíritu de las mujeres y el espíritu de La Loba, el lugar donde se mezclan la mente y el instinto, el lugar donde la vida profunda de una mujer es el fundamento de su vida corriente. Es el lugar donde se besan el Yo y el Tú, el lugar donde las mujeres corren espiritualmente con los lobos… Es el eje en torno al cual giran los dos mundos. >>

Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos, Ediciones B, 2008.

Ilustración: Gina Lima, Wolf Alice (para Angela Carter), 2011.