Le chant des étoiles de Fabienne Verdier

El particular homenaje de Fabienne Verdier a todos los muertos por Covid-19. “Cada pintura quiere ser un icono de consuelo” comenta la artista.

La exposición aborda la obra de Fabienne Verdier de manera inédita, en relación con las pinturas de los grandes maestros del Museo Unterlinden. Es el testimonio del encuentro de la artista francesa con las obras maestras del museo, entre el 2019 y el 2022, y especialmente con el Retablo de Issenheim (1512-1516).

Planificada en dos etapas, la exposición muestra primero una selección de pinturas significativas de la artista, pintadas entre 2006 y 2018, en diálogo con una selección de obras de arte antiguas y modernas. Continúa en la sala de exposiciones del Ackerhof, presentando la monumental instalación Rainbows (76 lienzos) y el Grand Vortex of Unterlinden (políptico), realizados en el contexto de la pandemia de 2020. Fabienne Verdier compara nuestro final de vida con el de las estrellas: representando el aura luminosa y vibratoria producida por la desaparición de las estrellas, aborda la representación de la muerte como una energía transmitida a los vivos. La muerte engendra la vida, la vida engendra la muerte… ¿Os resuena esto, no?

Fabienne Verdier
Nacida en París en 1962, Fabienne Verdier comenzó a estudiar en la Escuela des Bellas-Artes de Toulouse en 1979. A los veinte años decide irse a China para estudiar con los últimos grandes maestros de la pintura tradicional. Aquejada de una grave enfermedad, regresa a Europa con treinta años y, en 2003, publica la novela autobiográfica Passagère du silence. Dix ans d’initiation en Chine (hay traducción en castellano, Pasajera del silencio, diez años de iniciación en China). Fabienne Verdier abandona la pintura de caballete e imagina una nueva forma de pintura en vertical donde la fuerza de la gravedad se vuelve central. En 2006 diseña pinceles monumentales con los que hace cuerpo para crear sus pinturas en el suelo. Colabora regularmente con músicos, escritores y científicos para captar las fuerzas que generan las formas. Sus obras están presentes en muchas colecciones públicas y privadas de todo el mundo.

Fabienne Verdier – Le chant des étoiles

01. 10. 2022 – 27. 03. 2023 en el Musée Unterlinden a Colmar, Francia.

Commissaire d’exposition : Frédérique Goerig-Hergott, conservatrice en chef

Assistante d’exposition : Léa Rosenfeld

¡¡¡Así que, lobas y ascesianas, quizá, hemos de ir pensando en pegar un gran salto hasta Colmar, en los albores de la primavera, para ir a ver y a escuchar este canto estelar de Fabienne!!!

Además de la susodicha exposición, Fabienne Verdier expone sus dibujos en el Saarlandmuseum – Moderne Galerie à Saarbruck (Alemania), del 3 septiembre 2022 al 5 de febrero 2023.

Una trenza de hierba sagrada

Como botánica, Robin Wall Kimmerer formula preguntas sobre la naturaleza con las herramientas de la ciencia. Como miembro de la Citizen Potawatomi Nation, comparte la idea de que las plantas y los animales son nuestros maestros más antiguos. En Una trenza de hierba sagrada, Kimmerer une estas dos lentes del conocimiento para guiarnos en «un viaje que es tan mítico como científico, tan sagrado como histórico, tan inteligente como sabio», en palabras de la escritora Elizabeth Gilbert.
Basándose en su vida como científica, indígena, madre y mujer, nos muestra cómo otros seres vivos nos ofrecen regalos e importantes lecciones, incluso aunque hayamos olvidado cómo escuchar sus voces. En una rica trenza de reflexiones que van desde la creación de Isla Tortuga hasta las fuerzas que amenazan hoy su florecimiento, Kimmerer despliega su idea central: el despertar de una conciencia ecológica requiere el reconocimiento y la celebración de nuestra relación recíproca con el resto del mundo viviente. Solo cuando podamos escuchar los lenguajes de otros seres seremos capaces de comprender la generosidad de la tierra y aprender a dar nuestros propios dones a cambio. Una trenza de hierba sagrada está destinado a ser un clásico de la escritura sobre la naturaleza.

Robin Wall Kimmerer, Una trenza de hierba sagrada. Saber indígena, conocimiento científico y las enseñanzas de las plantas. Trad. David Muñoz Mateos. Ed. Capitán Swing, 2021.

“Las historias antiguas indígenas nos contaban que había que entender a la tierra como un ser vivo, un ser sagrado por el que los seres humanos tienen una responsabilidad moral. Todo lo contrario a la visión del mundo que tiene el colonizador, que entiende el mundo como una propiedad, como una mercancía, como un simple objeto que hay que poseer y explotar. El sistema colonial trató de erradicar esta historia, el entender la tierra como algo vivo y sagrado, porque se interponía en su única y propia narrativa de expansión, propiedad y dominación. Querían que olvidáramos nuestras historias, pero no lo hicimos. Y hoy las recordamos y nos inspiran para una nueva -en realidad, volvemos a la de siempre- forma de habitar y relacionarnos con la tierra. Ya hay gente de todo el mundo que ha empezado a rechazar la visión de la tierra como un mero objeto para explotar solo con el fin enriquecernos y que desean, por el contrario, tener una relación respetuosa con la naturaleza, basada en el amor y el respeto. A todo esto me refiero cuando digo que somos libres de contarnos una historia diferente. Si todos nos pusiéramos de acuerdo colectivamente en creer que la Tierra es un regalo que debemos cuidar, en lugar de tratarla como un mero recurso de consumo, el planeta y nosotros nos encontraríamos en una situación totalmente diferente. No se trata de si podemos cambiar la narrativa, es que no nos queda otra si queremos sobrevivir.” [de la entrevista «Nuestros monstruos ahora se esconden detrás del estatus, propagando la enfermedad del consumismo»]

El ciclo. Equinoccio de otoño 2022

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« El otoño devuelve a la tierra las hojas que ella le prestó en verano. »

George Christoph Lichtenberg

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Este año, el cambio de estación se produce astronómicamente este viernes 23 de septiembre, a las 3:04 horas (horario peninsular). Durará 89 días y 21 horas hasta concluir el 21 de diciembre, cuando comenzará el invierno, según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional (OAN). Las variaciones de fecha de un año a otro responden al modo en que encaja la secuencia de años según el calendario (unos bisiestos, otros no) con la duración de cada órbita de la Tierra alrededor del Sol, conocida como año trópico. De hecho, la Tierra gira alrededor del Sol en 365 días, 5 horas y 46 minutos. Un ajuste se requiere, entonces, cada 4 años por la inclusión del 29 de febrero durante los años bisiestos. Razón por la cual el equinoccio se ve desplazado cada año, iniciándose el otoño el 21, 22, 23 o, incluso, el 24 de septiembre.

El inicio del otoño en el hemisferio norte, marcado por el equinoccio, señala el instante en que la Tierra pasa por el punto de su órbita desde el cual el centro del Sol cruza el ecuador celeste en su movimiento aparente hacia el sur. Cuando esto sucede, la duración del día y la noche prácticamente coinciden. Damos entonces la bienvenida al otoño en el hemisferio norte, y a la primavera en el hemisferio sur.

Y con el otoño, nosotras volvemos a reactivar nuestros encuentros lobunos.

Ojalá también recordemos devolver a la tierra lo que nos prestó durante el verano. Vida cíclica, vida salvaje… ¡Buen equinoccio, lobas!

(La foto es mía.)

En las montañas de Wu-t’ai, una mujer

Shitao, Farewell Landscape for Mr. Wuweng, 1689

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En 1607, el monje Chen-i conoció a una mujer que había pasado muchos años en las Montañas de Wu-t’ai.

La mujer vivía bajo una techumbre de juncos con goteras, de un metro de altura; casi nunca comía; llevaba el cabello enmarañado.

Cuando le preguntaban su nombre, respondía: “No tengo nombre”.

Cuando le preguntaban su edad: “No tengo edad”.

Cuando le preguntaban por su método de meditación: “Sólo estoy sentada. No hay ningún método”.

Cuando le preguntaban qué había logrado entender: “Mis oídos oyen el sonido del viento, la lluvia y los pájaros”.

in Eliot Weinberger, Algo elemental, Atalanta, 2010.

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Parafraseando a María Negroni, siempre pensé que esa mujer sin nombre, sin edad, sin método hubiera podido habitar, sin desmerecerla, la escritura de Chantal Maillard. Me la imagino así, sentada en silencio en medio de esos poemas delicados, sin premuras ni sobresaltos, sin hacerle preguntas al lenguaje, abocada sólo al don más difícil: aquel que es en la medida en que deja de ser. Cuando ella salga de esta página, quedará una estela. Una diáfana incertidumbre, hecha de mundos imposibles, de tan reales.

El ciclo. Equinoccio de primavera 2022

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La primavera

cubre el monte Tatsuta (y la montaña del Montseny)

de nubes blancas:

en la cumbre de Ogura (y en la cima de les Agudes)

flor fragante se mira.

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Fujiwara no Teika

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Hoy a las 15:33 horas UTC, es decir a las 16:33 horas, hora peninsular española, entra el sol en el signo de Aries, iniciándose la primavera en el hemisferio norte y el otoño en el hemisferio sur. Durará 92 días, hasta el 21 de junio, cuando deje paso al comienzo del verano, según recoge el Observatorio Astronómico Nacional (OAN).

¡A pesar, o justamente por la que está cayendo, feliz primavera lobuna a todas.os!

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El Cazador Celeste. Roberto Calasso

¿Qué es dios y qué no es dios, y qué hay en medio?
EURÍPIDES, Helena

I. EN LOS TIEMPOS DEL GRAN CUERVO

En los tiempos del Gran Cuervo también lo invisible era visible y se transformaba continuamente. Los animales, entonces, no eran necesariamente animales. Podía darse el caso de que fueran animales, pero también hombres, dioses, señores de una estirpe, demonios, antepasados. De modo que los hombres no eran necesariamente hombres; podían ser también la forma transitoria de otra cosa. No había intuiciones que permitieran reconocer lo que aparecía. Era necesario haberlo ya conocido, como se conoce a un amigo o a un adversario. Todo sucedía en el interior de un único flujo de formas, desde las arañas a los muertos. Era el reino de la metamorfosis.

El cambio era continuo, como, más tarde, solo sucedería en la caverna de la mente. Cosas, animales, hombres: distinciones nunca claras, siempre provisorias. Cuando una gran parte de lo existente se retiró hacia lo invisible, no por eso dejó de suceder. Pero se volvió más fácil pensar que no sucedía.

¿Cómo podía lo invisible volver a ser visible? Golpeando el tambor. Esa piel tensa de un animal muerto era la cabalgadura, era el viaje, el torbellino dorado. Conducía hasta allí donde la hierba ruge, donde los juncos gimen, donde ni siquiera una aguja podría clavarse en la espesura gris.

Cuando empezó la caza no había un hombre que perseguía a un animal. Había un ser que perseguía a otro ser. Nadie habría podido decir con certeza cuál era cuál. El animal perseguido podía ser un hombre transformado o un dios o simplemente un animal o un espíritu o un muerto. Un día, a las muchas invenciones los hombres agregaron otra: empezaron a rodearse de animales que se adaptaban a los hombres, en tanto que durante un tiempo muy largo habían sido los hombres los que imitaban a los animales. Se volvieron sedentarios –y ya un tanto envejecidos.

¿Por qué semejante excitación antes de emprender la caza del Oso? Porque el Oso podía ser también el Hombre. Era necesario mostrarse cautos al hablar, porque el Oso oía todo lo que se decía de él, por lejos que estuviera. Incluso cuando se retiraba a su guarida, incluso cuando dormía, el Oso seguía los acontecimientos del mundo. «La tierra es la oreja del Oso», se decía. Cuando se reunían para decidir la caza, el Oso nunca era nombrado. En general, si se hablaba del Oso, no se lo denominaba nunca con su nombre; era «el Viejo», «el Viejo Negro», «el Primo», «el Venerable», «la Bestia Negra», «el Tío». Quien se preparaba para la caza evitaba abrir la boca. Prudentes, concentrados, sabían que el mínimo sonido habría bastado para arruinar la empresa. Si el Oso aparece inesperadamente en el bosque lo aconsejable es apartarse, quitarse el sombrero y decir: «Sigue tu camino, muy honorable.» O bien se intentará matarlo. Todo, en el Oso, es de gran valor. Su cuerpo es una medicina. Cuando lograban abatirlo huían, enseguida, rápidamente. Después reaparecían en el lugar, como por casualidad, como si estuvieran paseando. Descubrían con gran estupor que unos desconocidos habían matado al Oso.

El primer ser divino cuyo nombre se prohibió pronunciar fue el Oso. En este aspecto, el monoteísmo no fue una innovación sino un recomienzo, un entumecimiento. La novedad fue la prohibición de las imágenes.

Hablaban con el Oso antes de atacarlo –o inmediatamente después–, a sabiendas de que el Oso entendía sus palabras. «No hemos sido nosotros», decían algunos. Le agradecían al Oso que se dejara matar. Con frecuencia se disculpaban. Algunos llegaban a decir: «Soy pobre, por eso te estoy cazando.» Algunos cantaban, mientras mataban al Oso, de modo que el Oso, muriendo, pudiera decir: «Me gusta esa canción.» 

Colgaban la calavera del Oso entre las ramas de un árbol, a veces con tabaco entre los dientes. A veces adornado con tiras rojas. Le ataban cintas, juntaban los huesos en un hatillo y los colgaban de otro árbol. Si un hueso se perdía, el espíritu del Oso consideraba responsable al cazador. El hocico iba a parar a un lugar secreto, en el bosque.


Cuando capturaban un osezno lo metían en una jaula. Con frecuencia era amamantado por la mujer del cazador. Así crecía hasta que un día la jaula se abría y «el querido pequeño ser divino» era invitado a la fiesta en la que sería sacrificado. Todos danzaban y batían las manos alrededor del Oso. La mujer que lo había amamantado lloraba. Después un cazador le dirigía al Oso algunas palabras: «Oh, tú, divino, has sido enviado al mundo para que nosotros te cazáramos. Oh, tú, preciosa pequeña divinidad, nosotros te adoramos; escucha nuestra plegaria. Te hemos alimentado y criado con tantas penurias, porque te queremos. Ahora que te has hecho mayor, estamos a punto de enviarte con tu padre y tu madre. Cuando llegues junto a ellos habla bien de nosotros y diles qué amables hemos sido; por favor vuelve a nosotros y nosotros te sacrificaremos.» A continuación lo mataban.


El pensamiento más antiguo, aquel que por primera vez no sintió la necesidad de ofrecerse como relato, se manifestó en la forma de los aforismos sobre la caza. Como un susurro, entre tiendas de campaña y fuegos, se transmitieron como cantilenas:

«La presa es semejante a los seres humanos, pero más santa.»
«La caza es algo puro. La presa ama a los hombres puros.»
«¿Cómo podría cazarlo si antes no lo dibujaba?»
«El mayor peligro de la vida reside en que el alimento de los hombres está hecho enteramente de almas.»
«El alma del Oso es un Oso en miniatura que se encuentra en su cabeza.»
«El Oso podría hablar, pero prefiere abstenerse.»
«Quien habla con el Oso llamándolo por su nombre lo vuelve amable e inerme.»
«Un inepto que sacrifica consigue mayor número de presas que un cazador hábil que no sacrifica.»
«Los animales que se cazan son como mujeres que flirtean.»
«Las hembras de los animales seducen a los cazadores.»
«Toda caza es caza de almas.»

Al principio no estaba claro para qué servía la caza. Como un actor que, en el escenario, intenta meterse en el personaje, trataban de convertirse en predadores. Pero ciertos animales corrían más veloces. Otros eran imponentes y cautelosos. Además, ¿qué era matar? Algo no muy distinto que matarse. Si el hombre se convertía en el Oso, al matarlo se hería a sí mismo. Aún más oscura era la relación entre matar y comer. Quien come hace que algo desaparezca. Esto era incluso más misterioso que matar. ¿Dónde va lo que desaparece? Va a lo invisible, que, al final, está lleno de presencias. No hay nada más animado que la ausencia. ¿Qué hacer, entonces, con todos esos seres? Quizá había que facilitar su pasaje a la ausencia, acompañarlos durante una parte de su viaje. El matar era como un saludo. Como todo saludo, exigía ciertos gestos, ciertas palabras. Empezaron a celebrar sacrificios.

La caza nace como acto inevitable y termina como acto gratuito. Elabora una secuencia de prácticas rituales que preceden al acto (la matanza) y lo continúan. El acto puede solo ceñirse en el tiempo, como la presa en el espacio. Pero el curso de la caza mismo es innombrable e indomable, como el coito. No se sabe qué sucede entre el cazador y la presa cuando se enfrentan. Es verdad, sin embargo, que antes de la caza el cazador cumple gestos de devoción. Después de la caza, siente la obligación de descargarse de una culpa. Acoge en su cabaña al animal muerto como un noble huésped. Frente al Oso apenas troceado, el cazador susurra una plegaria muy dulce, que causa vértigo: «Permíteme también matarte en el futuro.»
 

La presa debe ser enfocada: la mirada la aísla y restringe el campo visual sobre un punto. Es un conocimiento que procede por cesuras sucesivas, recortando figuras a partir de un fondo. Al circunscribirlas, las aísla como blanco. Desde ya, el gesto de recortarlas es el mismo que las hiere. De otro modo no nace la figura. Los mitos son cada vez superpuestos sobre los perfiles recortados. Llevando al extremo este modo de conocimiento, acumulando siluetas, empieza a recomponerse la tela del fondo, de la que fueron arrancados. Este es el conocimiento del cazador.


Con la ganadería y la agricultura, el animal pasa a ser solo animal, separado para siempre del hombre. Para el cazador, en cambio, el animal era todavía otro ser, ni animal ni hombre, cazado por seres que no eran ni animales ni hombres. Cuando tuvo lugar ese acontecimiento que fue el acontecimiento de toda historia antes de la historia, cuando se produjo la separación de algo que iba a llamarse animal por parte de algo que iba a llamarse hombre, nadie pensó que la sabiduría –la vieja y la nueva sabiduría– pudiera ser encontrada sino por alguien que participara de ambas formas de vida. Entre las grutas y los bosques del monte Pelión, Quirón el Centauro se convierte en la fuente de la sabiduría, aquel que, más que ningún otro, podía enseñar la justicia, la astronomía, la medicina y la caza. Era casi todo lo que entonces se podía enseñar.

Para los héroes criados por Quirón, la caza fue el primer elemento de la paideia. Pero esa «educación», esa primera prueba de la aretḗ, de esa «virtud» que más tarde sería evocada con frecuencia, se desarrollaba fuera de los confines de la sociedad. No era útil. La caza que practicaban los héroes no servía para alimentar a la comunidad. Era un ejercicio sanguinario y solitario, practicado sin otro fin. En la caza, el animal se volvía en contra de sí mismo e intentaba matarse. Antes de que los protagonistas de muchas historias de metamorfosis, los grandes cazadores fueron, ellos mismos, el resultado de una metamorfosis. Antes de matar al lobo y a los ratones, Apolo fue lobo y ratón. Antes de matar a las osas, Artemisa había sido osa. El pathos de la caza, la complicidad entre el cazador y la presa, se remonta al origen, cuando el cazador era él mismo el animal, cuando Apolo fue general de un ejército de ratones y el jefe de una manada de lobos. El fundamento de la caza fue un descubrimiento de la lógica: la obra de la negación. Este descubrimiento fundacional y embriagador exigía ser permanentemente corroborado, vuelto a recorrer. Mientras la vida de la ciudad latía, otra –en paralelo– le correspondía en las montañas. Incansables y solitarios, Apolo y Artemisa, e incluso Dioniso, seguían cazando. La energía que desprendían sus gestos era el sobrentendido necesario, la urdimbre escondida detrás de los intercambios del mercado, el sueño de las familias, la fatiga de los campos. Nada de todo eso que constituía la vida de la ciudad hubiera podido existir sin esas carreras, esas emboscadas por los montes, sin esas flechas disparadas y esa sangre. Se diría que la sociedad no se había sentido nunca lo suficientemente viva, y acaso real, sin esa vida paralela y superflua, vagante, de los cazadores perdidos en los bosques. 

Como la oración del monje, la carrera silenciosa de los dioses cazadores mantenía en pie los muros que rodeaban la ciudad. Esa carrera era lo que los cercaba, como un remolino perpetuo.

Roberto Calasso, El Cazador Celeste, Trad. Edgardo Dobry, Anagrama, 2020.

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/el-cazador-celeste/9788433980748/PN_1035

El poder del perro. Jane Campion

El Poder del perro (The power of the dog), una adaptación de la novela de Thomas Savage de 1967, es llevada al cine por la directora neozelandesa Jane Campion, quien regresa al mundo de las películas luego de una década de haber estado alejada. La película ganó el León de Oro en Venecia y el público ovacionó de pie al actor inglés Benedict Cumberbatch, que regala una de sus mejores actuaciones.

Título original: The Power of the Dog, 2021, Australia

Dirección y guión: Jane Campion

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Ari Wegner

Reparto: Benedict CumberbatchJesse PlemonsKirsten DunstKodi Smit-McPheeThomasin McKenzieFrances ConroyKeith CarradineGeneviève LemonPeter CarrollAdam BeachKarl WillettsYvette ParsonsTatum Warren-Ngata, ver 23 más

Productora Coproducción Australia-Reino Unido-Nueva Zelanda; See-Saw Films, Max Films Productions, BBC Films, Brightstar Films, Max Films International, Cross City Films. Distribuidora: Netflix

https://www.infobae.com/que-puedo-ver/2021/12/04/el-poder-del-perro-benedict-cumberbatch-en-el-mejor-rol-de-su-carrera/

https://www.elantepenultimomohicano.com/2021/09/critica-el-poder-del-perro.html

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Maneras de estar vivo. Baptiste Morizot

Hace mucho tiempo surgió una especie que decidió separarse de las otras diez millones de especies que habitaban la Tierra: aunque todas eran necesariamente sus parientes, optó por llamarlas «la naturaleza», y así empezó a verlas como cosas, meros recursos a su disposición.

Este relato es nuestra herencia, y su inimaginable violencia ha dado lugar a la actual y devastadora crisis ecológica. El presente libro pretende dar un golpe de timón frente a esta situación: armar (en el doble sentido de la palabra) una filosofía de los seres vivos que sea tanto una política como una praxis.

Para ello Morizot se aleja de toda creación convencional de pensamiento, pues su filosofía surge de la práctica sobre el terreno y de la experiencia del rastreo. Morizot no es un naturalista al uso. Ni siquiera un biólogo. Es un filósofo que reflexiona sobre lo vivo como ningún otro que hayas leído, un perseguidor que puede pasar largas jornadas rastreando a una manada de lobos o noches enteras esperando a que un oso aparezca en la pantalla de una cámara térmica. Entre el thriller etológico y la filosofía salvaje, con las botas perdidas de barro, oliendo a sudor y a bosque, Morizot trata de ofrecer respuesta a las preguntas que hoy de verdad nos importan:

¿Cómo reconectar con los seres vivos mediante una ecosofía sencilla, resiliente y alegre?

¿Cómo oponer al tecnocapitalismo una reactivación de nuestras propias fuerzas vitales anestesiadas?

¿Cómo sustituir la pulsión de control y domesticación por un ethos del encuentro y la acogida?

¿Cómo comportarse de un modo adecuado con todo aquello que vive y, sin embargo, difiere de nosotros?

¿Cómo construir colectivamente un planteamiento político que aúne la imprescindible convivencia con los otros seres vivos y la lucha sin cuartel contra aquellos que destruyen el tejido de la vida?

Baptiste Morizot, Maneras de estar vivo. LA crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Trad. Silvia Moreno Parrado, Ed. Errata Naturae, 2021.

«Baptiste Morizot, auténtico filósofo de campo, es sin duda la referencia intelectual del actual pensamiento ecológico. No sólo inventa un nuevo cosmopolitismo, sino que dibuja una nueva y esperanzadora diplomacia de lo salvaje». Nicolas Truong, Le Monde

«Baptiste Morizot lidera una batalla cultural para repensar la convivencia entre el ser humano y el animal, uno de los grandes temas del siglo XXI». Mathieu Vidar, France Inter

«Maneras de estar vivo es un ensayo extraordinario. En él, el filósofo Baptiste Morizot, figura emergente del pensamiento ecológico, da un vuelco a los marcos habituales de interpretación de la crisis de la biodiversidad y nos invita a repensar radicalmente nuestra relación con los seres vivos no humanos que nos rodean». Mathieu Dejean, Les Inrockuptibles

«Maneras de estar vivo nos propone un nuevo humanismo descentrado que se desarrolla mediante una forma rica y original de investigación en la frontera de la literatura, la etología y la filosofía». Alexandre Gefen, Le Nouveau Magazine Littéraire