Feather to Fire. Grégory Colbert

 

Feather to fire

Fire to blood

Blood to bone

Bone to marrow

Marrow to ashes

Ashes to snow.

 

Pluma a fuego

Fuego a sangre

Sangre a hueso

Hueso a tuétano

Tuétano a ceniza

Ceniza a nieve. 

 

“Cuando empecé Ashes and Snow en 1992, quería explorar la relación entre el hombre y los animales desde adentro hacia afuera. Al descubrir el lenguaje compartido y las sensibilidades poéticas de todos los animales, estoy trabajando para restaurar el territorio común que existió alguna vez, cuando la gente vivía en armonía con los animales.”

 

Ashes and Snow, del artista canadiense Gregory Colbert, es una instalación compuesta por obras fotográficas, videos y una novela escrita en cartas, que viaja en el Museo Nómada (The Nomadic Museum), una estructura temporal construida únicamente para la exposición. Las obras exploran la sensibilidad poética que comparten los seres humanos y los animales.

https://es.wikipedia.org/wiki/Ashes_and_Snow

https://es.wikipedia.org/wiki/Gregory_Colbert

https://gregorycolbert.com

 

“Todas las culturas, desde los egipcios, pasando por los mayas y los nativos americanos hasta los beduinos, crearon bestiarios que les permitían expresar su relación con la naturaleza. Ashes and Snow es un bestiario del siglo veintiuno, lleno de especies de alrededor del mundo. La orquesta de la naturaleza incluye no solo al Homo sapiens, sino también a los elefantes, ballenas, manatíes, águilas, guepardos, orangutanes y muchos otros más.”

 

 

Arte, naturaleza y espiritualidad. María Eugenia Manrique

Tao Foto sacada del twitter de presentación del libro en Casa Asia

 

Este libro es una exquisita invitación a desarrollar –a través del arte y los principios de la filosofía taoísta– una visión de la naturaleza como algo manifiesto en nuestro propio ser. Se trata de comprender que los seres humanos somos naturaleza, tanto en su diversidad como en su integridad.

En un estilo sencillo, la autora nos expone la relevancia de establecer un vínculo fundamental entre el ser humano, el arte, la naturaleza y la espiritualidad. La pintura, la caligrafía y la poesía se entienden como vías de correspondencia con las que el artista y el observador entran en armonía con la naturaleza, a través de un estado de resonancia donde se desvanecen los límites del yo. Se abre, así, una vivencia profundamente humana de espiritualidad, como reflejo de la propia existencia. [Editorial Kairós]

 

img_51091 Maria Eugenia Manrique en su estudio [web de la autora]

 

<< La China actual es sin duda un país de extremos, en el que lo contemporáneo y la occidentalización contrastan con la cultura y los valores más tradicionales. Sin embargo, desde la sensibilidad de mi experiencia, el trazo único del pincel continúa siendo la máxima expresión de su cultura milenaria, en cuya esencia filosófica se establece la extraordinaria relación existente entre la naturaleza, el arte y la espiritualidad. Relación que pude sentir cuando al subir la cima del Tai Shan, una de las cinco montañas sagradas de China, me encontré con los llamados «pintores del aire», que, entre las brumas que alcanzan las alturas, intentaban captar la grandeza del paisaje en sus manos, siguiendo con ellas los movimientos del pincel, para luego llevar el espíritu de la naturaleza a la pintura, en la soledad y el si- lencio de su estudio.

Escribir este libro ha significado para mí una experiencia de observación y encuentro, a través de la cual he intentado transmitir con sencillez los principios y fundamentos de una tradición artística que, si bien pertenece en sus orígenes y evolución a la cultura china, considero desde mi perspectiva personal, que es también un acervo cultural de la humanidad. Un arte que, si lo contemplamos desde la visión taoísta, puede llevarnos al despertar de la consciencia, de la sensibilidad y de la intuición natural y, por encima de todo, al sosiego espiritual de nuestro ser interior. […]

A medida que profundizaba en la escritura, uno de los aspectos que han estimulado más mi perspectiva reflexiva es el de las comparaciones que suelen establecerse entre el arte occidental y el arte oriental, las cuales generalmente concluyen mencionando una serie de diferencias que parecen insalvables, con las que se propone un distanciamiento de esencia entre ambas artes. Al haber recibido una formación artística primeramente en occidente y posteriormente en China y Japón, mis reflexiones al respecto se sustentan en base a mi propia experiencia.

Es evidente que, al existir diferencias culturales, estas se ven reflejadas en las expresiones artísticas de cada cultura. Sin embargo, en lo que se refiere a los fundamentos del arte tradicional chino y el arte occidental, desde mi apreciación, estas diferencias aparte de ser culturales, se encuentran principalmente en las bases de la formación académica. Mientras que en Occidente la educación artística se centra en la enseñanza de una gran variedad de técnicas, con el propósito de destacar y demostrar la capacidad creadora buscando siempre la innovación, al tiempo que se exige el desarrollo de un estilo propio, en Oriente la enseñanza de la pintura tradicional contempla la evolución del espíritu a partir del aprendizaje de un método, el cual se estructura principalmente en el ejercicio y la práctica del pincel.

Otra gran diferencia que también se observa en la formación de bellas artes es que, desde la visión occidental, el ser humano se sitúa en el centro de la creación artística, mientras que en Oriente el centro de la creación y la transformación es la naturaleza, conjuntamente con el Qi o fuerza vital que rige en el ser humano, al igual que en todas las formas distintas que constituyen el Universo, siendo este uno de los puntos principales en los que se articula la expresión artística oriental con la filosofía taoísta.

Ahora bien, tal como yo lo contemplo, estas diferencias que encontramos en el período de formación no continúan necesariamente en la evolución del artista occidental. Con relación a esta opinión que expongo, me gustaría compartir lo que mi maestro y tutor del último año de bellas artes me dijo al concluir mis estudios: «El llegar satisfactoriamente al término de los estudios de arte no significa que seas una artista. Es ahora cuando comenzarás tu evolución como artista, y esto depende del camino que decidas seguir».

Como una reverberación de estas palabras, las reflexiones escritas por los propios artistas occidentales alcanzan en profundidad principios similares a los textos taoístas, porque representan la magnitud del arte cuando el artista entra en contacto con su naturaleza interna a través de la contemplación y la resonancia del universo.

No pienso que llegar a este nivel de conciencia dependa de la cultura ni de la formación académica, sino del camino que ha elegido el artista para su evolución espiritual como ser humano en armonía con la naturaleza. Este paralelismo entre el pensamiento de un arte considerado taoísta y un arte naturalista occidental se desvela en la siguiente frase de Caspar David Friedrich, pintor paisajista del romanticismo alemán del siglo XlX: «Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y con las piedras, para ser lo que soy. Necesito la soledad para entrar en comunicación con la naturaleza». >>

 

María Eugenia Manrique. Arte, naturaleza y espiritualidad. Evocaciones taoístas. Kairós, 2018.

 

MariaEugeniaManriquewebLicenciada en Bellas Artes, Maria Eugenia Manrique ha realizado estudios de formación en caligrafía y pintura tradicional china. En 2012 obtiene el grado de 4º Dan en caligrafía japonesa otorgado por la fundación Nihon Shuji Kyoiku Zaidan, Japón. Miembro de la International Chinese Calligraphy and Ink Painting Society – Japón. En 2014 recibe el gran premio de Sumie – Exposición Internacional de Caligrafía y Pintura China, Museo de Anshan, China En 2013 recibe un reconocimiento de mérito especial en la Exposición Internacional de Caligrafía y Pintura China, Museo de Anshan, China. En 1990 obtiene el Bronce Price, premio de pintura Osaka International Triennale de Osaka, Japón. Reside en Barcelona, España, donde imparte clases de Pintura Oriental / Sumie.

http://www.mariaeugeniamanrique.wordpress.com

 

 

El gran magma de Gary Snyder

Con el corazón encogido estos días por los incendios de California, a tan sólo 50 kilómetros de la casa de Snyder en los bosques de Sierra Nevada, enviando pensamientos de lluvia hasta allí…

 

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El camino

La dinastía Shang desapareció alrededor del comienzo del primer milenio a. C. y fue seguida por la Zhou. Esta se afianzó durante quinientos años como una federación de estados cada vez más divididos, hasta que se fragmentó por entero. El periodo siguiente se denomina el de los «Reinos combatientes».

La China civilizada se había dividido en dos culturas considerablemente distanciadas: por un lado, una red patriarcal, militarista y pragmática de linajes y dirigentes con vínculos familiares que se entrecruzaban sobre las fronteras de los diversos reinos en liza y, por otro, una «gente común» con una cultura tradicional arraigada en un largo y saludable pasado y una vigorosa cuota de gobernanza local que sobrevivía asentada en la costumbre. Los dirigentes de la Edad de Bronce tenían incluso una religión propia –mantenían que «los ritos no se transmiten a la gente común»– que giraba alrededor de los augurios y el sacrificio. Augurios porque un linaje reinante apuesta sobre el futuro a largo plazo, al igual que una persona con dinero en acciones comienza súbitamente a calcular intereses y se preocupa por el «clima» económico. El sacrificio, una curiosa perversión de la sacralidad de la cadena trófica, se ofrecía mayormente al legendario recuerdo de los triunfantes antepasados del clan que se hicieron con el poder, padres del Estado, a los que se consideraba «ancestros en el cielo».

Los mandatarios y los estudiosos chinos del siglo IV a. C. eran personas obsesionadas por la sociedad y sus conflictos. De la clase alfabetizada de contables, astrólogos, profesores y escribientes que llevaban registros surgían individuos con ideas para reformar el escenario político y social… o suprimirlo por completo.

Algunos de estos individuos han llegado hasta nosotros a través de la historia como «sabios». Los miembros de las clases oprimidas que albergaban pensamientos similares pueden ser llamados «carismáticos profetas campesinos» o «virulentas curanderas creyentes»; en ocasiones sencillamente se retiraban a las montañas para convertirse en eremitas leñadores. A menudo los sabios chinos posteriores aspiraban a ser considerados como estos.

Una escuela filosófica, el legalismo, estaba completamente a favor del Estado y argumentaba únicamente que los dirigentes debían ser más severos y purgarse de cualquier consideración hacia los sentimientos del pueblo llano. Confucio y su escuela intentaban mediar entre la arrogancia de los aristócratas y la gente sobre la que imperaban, impartiendo una filosofía de gobierno humanitario regido por profesionales virtuosos. Una buena parte del confucionismo es sugerente y emotivo, pero el sesgo hacia el Estado se hace patente desde el principio.

Los seguidores de Mo Zi, una escuela poco conocida hoy pero pujante en su tiempo, parecían aliados en las formas, si no en espíritu, con la gente corriente. Vestían ropa tosca, comían alimentos ordinarios y trabajaban incansablemente, profesando una doctrina de amor universal. Su sentir en cuanto al Estado era ambiguo; creían abiertamente en la guerra como medio de defensa y en el gobierno de los virtuosos.

Esto nos acerca a la visión del mundo más impactante de todo el Extremo Oriente y una de las dos o tres principales de todo el planeta: el taoísmo filosófico. ¿Bajo qué estándares puede uno aventurarse a juzgar una sociedad en su conjunto?

Se puede criticar una sociedad contrastándola con un conjunto de creencias religiosas recibidas, como hacen, por ejemplo, los amish o los testigos de Jehová. También, como a menudo sucede en el mundo contemporáneo, es posible suscribir un análisis de la sociedad y de la historia que sostenga que existen alternativas mejores de orden racional, humanitario y material. Una crítica verdaderamente científica de una sociedad debería nutrirse de toda la información que hoy recopilamos globalmente de la antropología, la ecología, la psicología y demás, y ese método está todavía en pañales.

Los antiguos místicos —los artesanos y pensadores que hoy llamamos «taoístas»—buscaron un sustrato de valores en el orden visible de la naturaleza y sus analogías intuitivas con la condición humana. La expansión mental que esto les permitía, y sus irreve- rentes, ingeniosos, afables y precisos juicios, todavía restallan hoy en nuestro mundo. Sus textos claves son el Tao te king y los titulados Zhuang zi y Lie zi.

Tao se traduce como sendero, o camino, la forma que tienen las cosas, la senda «más allá de una senda». Eran visionarios sociales, naturalistas y místicos que vivían en una China todavía colmada de vida salvaje y bosques de montaña.

La actitud social de los taoístas invoca un mundo precivilizado, de orientación maternal, que existió una vez y que podría existir de nuevo:

He escuchado decir que en la antigüedad las fieras y los pájaros eran muchos y la gente poca. Las personas anidaban todas en los árboles para defenderse del peligro, durante el día recolectando bellotas y castañas, con la puesta de sol subiendo de nuevo a los árboles para dormir. Por eso se les llamaba la gente que hacen nidos. En la antigüedad la gente no conocía la ropa. Durante el verano amontonaban grandes haces de leña y en invierno los quemaban para calentarse. Por eso se les llamaba «la gente que sabe cómo permanecer viva». En la época de Sheng Nung la gente dormía en paz y tranquilidad, y se despertaba con los ojos abiertos y en blanco. Conocían a sus madres pero no a sus padres, y vivían junto a los alces y los ciervos. Comían de su labranza, tejían para vestirse y no albergaban en su corazón intención alguna de hacer daño a los demás. Esta era la más alta y encumbrada virtud. [Chuang Tzu]

De acuerdo a Marcel Granet y otros estudiosos, parece que la sociedad neolítica china era de hecho matrilineal y matrilocal, con una buena dosis de vida religiosa liderada por los wu, o chamanes, mujeres en su mayor parte.

El confucionismo se inhibió de observar en detalle la naturaleza. Los taoístas no solo eran buenos observadores, sino que se elevaron sobre el utilitarismo antropocéntrico, como en esta historia de Lie Zi:

Tian de Qi daba en el jardín de su casa un banquete al que asistían mil comensales. Cuando se sirvió el pescado y los patos, Tian lanzó un suspiro y dijo: «¡Cuán generoso es el cielo con el hombre! Para su provecho hace crecer los cinco cereales y nacer los peces y las aves». La aprobación de todos los invitados resonó en el jardín. El hijo del señor Pao, de doce años, que estaba sentado en segunda fila, avanzó y dijo: «Las cosas no son como vos decís. Todos los seres del mundo son de diferentes especies, pero su vida en nada difiere de la nuestra. No se puede decir que unas especies sean nobles y otras despreciables. La jerarquía entre ellas se basa en el tamaño, la inteligencia o la fuerza. Unas se comen a las otras, pero eso no es algo determinado por su propia naturaleza. El hombre se apodera de aquello que le sirve de alimento y se lo come, más, ¿cómo podría afirmarse que el cielo lo ha engendrado para el hombre? Los mosquitos y cínifes nos pican la piel y los tigres y los lobos devoran la carne humana, ¿acaso se puede decir que el cielo ha engendrado al hombre para los mosquitos y la carne humana para los tigres y los lobos?». [Lie Zi]

Al perseguir el conocimiento de la naturaleza —«naturaleza» en chino es ziran, «así, por sí mismo», aquello que es autosuficiente y espontáneo—, adentrándose en la condición humana y el oscuro interior de los fenómenos, los escritores taoístas ensalzan la suavidad, la ignorancia, el flujo, una sabia receptividad, el silencio. Presentan una paradoja crítica; en concreto, que la energía térmica fluye hacia la indisponibilidad y aparentemente se pierde para siempre: la entropía. La vida parece ser una compleja estrategia para demorar y utilizar ese flujo. Pero lo que podría llamarse energía «espiritual» a menudo se refuerza solo cuando «dejas ir» –abandonas–, «desechas cuerpo y mente», y te fundes con el proceso. El texto de Lao Zi dice:

«El espíritu del valle no muere»
se dice de la hembra oscura.

«La puerta de la hembra oscura»
se dice de la raíz del cielo y de la tierra.

Infinitamente sutil, parece perpetua.
Se usa sin que se consuma.» [Lao Zi]

Este principio es la llave para entender el taoísmo. No hagas nada contra la corriente y todo se completará. Los taoístas enseñaban que tanto los asuntos humanos, como también sistemas y subsistemas, se mueven apaciblemente por cuenta propia; todo orden llega de dentro, el de todas sus partes, y la idea de la necesidad de un gobernante centralizado, divino o político, es una trampa.

¿Cómo fue entonces que la humanidad perdió el camino? Los taoístas solo pueden contestar que a causa de la intromisión, las dudas y algunos errores. Y realmente el camino puede perderse. Siglos más tarde, los budistas chan (zen) abordaron esto con la intensidad paradójica que les caracteriza: «El Camino Perfecto no tiene dificultad: ¡Esfuérzate!». China se ha estado esforzando durante todos estos siglos.

 

Gary Snyder. El gran magma. Memorias y apuntes sobre naturaleza e historia en Asia Oriental. Trad. Nacho Fernández R.  Varasek Ediciones, 2018.

http://www.varasekediciones.es/el-gran-magma-gary-snyder/

 

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Gary Snyder (San Francisco-EEUU, 1930). Poeta esencial de la generación beatnik,  ensayista y activista del medio ambiente. Perteneciente a la Generación Beat y autor de más de veinte libros de poesía y prosa, obtuvo el Premio Pulitzer en 1975. Es considerado el moderno Henry David Thoreau, un eco-poeta y un eco-luchador. Ha realizado todo tipo de trabajos, granjero, leñador, marinero y forestal, además de profesor universitario. Ha viajado durante años, sobre todo por Japón, China e India. Snyder es el protagonista del libro de culto “Los vagabundos del Dharma” de Jack Kerouac. Es el autor del imprescindible libro de ensayos “La Práctica de lo Salvaje” y del diario del viaje con Ginsberg, Orlovsky y Kyger “Viaje por la India”, publicados en esta misma colección.  En la actualidad vive en Tamalpais, en las colinas de la Sierra Nevada.

 

La muntanya viva de Nan Shepherd

 

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“El lloc i la ment penetren l’un dins l’altre fins que la naturalesa de tots dos s’altera. No puc explicar en què consta aquest moviment, només puc narrar-lo.”

 

Mujer libre, aventurera, entusiasta caminante, observadora exhaustiva, Nan Shepherd (Peterculter, 1893-Aberdeen, 1981) es una brillante y, para nosotros hasta ahora, desconocida escritora escocesa que cultivó tanto la poesía como la narrativa. Una narrativa apasionada, sensible, minuciosa que descubrimos en este libro recién editado por Sidillà, traducido al catalán por Aurora Ballester. La muntanya viva, escrito en los años 1940 durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial – la propia autora describía la escritura de este libro como “mi lugar secreto de tranquilidad”– permaneció inédito hasta el año 1977. En él Shepherd nos lleva a recorrer los Cairngorms escoceses montaña adentro.

 

“En penetrar més profundament en la vida de la muntanya, profunditzo més en la meva… No estic fora de mi, sinó en mi mateixa.”

 

La muntanya viva es una obra profundamente arraigada en el conocimiento del mundo natural, una meditación poética y filosófica sobre nuestro anhelo de lugares sagrados. La manera de Nan Shepherd de describir desde dentro el paisaje de este macizo escocés testimonia del profundo vínculo que unía la escritora a la montaña. La escritora ponía énfasis en conocer y hacer conocer la geología y la historia natural de aquella área particular de los Cairngorms. Llegó a conocer y a amar este territorio en profundidad, de tal manera que, bajo su pluma, lo local se convirtió en universal.

 

“He caminat fins a surtir del cos i entrar a la muntanya”.

 

La mirada de Nan Shepherd es la de “una subjetividad en movimiento” que a lo largo de 12 capítulos recorre el altiplano y sus hondonadas, sus elementos, el agua, el hielo y la nieve, el aire y la luz, sus animales, aves e insectos, sus plantas, la presencia del ser humano, los sonidos y los sentidos (aguzados)… No hay en aquella mirada diferencias entre el cuerpo y la mente en la fina y sutil percepción de las texturas y de las superficies de las rocas, del viento y del agua, y en todas sus interacciones con la vida silvestre. En ella, conocimiento y sensibilidad van acorde.

 

“Cal entrenar i disciplinar els sentits: l’ull per mirar, l’orella per escoltar, el cos s’ha d’entrenar a moure’s amb les harmonies adecuades. Puc ensenyar diverses habilitats al meu cos perquè aprengui la natura de la muntanya. Una de les més essencials es la quietud.”

 

“La montaña no hace nada, absolutamente nada, es en sí misma…” escribió Nan Shepherd. Sentía un profundo parentesco con la naturaleza, una verdadera conexión espiritual que fue estableciendo en sus prolongados paseos, humildes peregrinaciones laicas sin ningún afán en alcanzar la cima, similares a las caminatas meditativas de perspectiva budista. “Las montañas tienen un interior”, dijo Nan Shepherd, desde un espíritu puramente taoísta o zen, que recoge Robert Macfarlane en su magnífico prólogo (autor recientemente editado por Pre-Textos, Las viejas sendas, 2017).

La muntanya viva es un libro espléndido y imprescindible para recobrar la conciencia de estar vivo en un mundo dinámico y siempre cambiante, aprendiendo a hacer parte de un lugar natural con amor, respecto y conocimiento. Tal vez, no erraríamos demasiado si abordásemos a La muntanya viva como una investigación geopoética avant la lettre

 

“Però sovint la muntanya es dona més completament quan no tinc destinació, quan no arribo a cap lloc concret, sinó que simplement hi he anat per estar amb la muntanya, com quan visites un amic sense cap altra intenció que estar amb ell.”

 

Nan Shepherd. La muntanya viva. Trad. Aurora Ballester. Pròlegs de Núria Picas i de Robert Macfarlane. Edicions Sidillà, 2018.

 

nan-pics035Nan (Anna) Shepherd fue una novelista y poeta escocesa. Fue una de las primeras escritores modernistas escoceses, que escribió tres novelas independientes ambientadas en pequeñas comunidades del norte de Escocia. El paisaje y el clima escoceses desempeñaron un papel importante en sus novelas y fueron el foco de su poesía. Ejerció como profesor de literatura inglesa carismática en Aberdeen hasta jubilarse en 1956, y sus fuertes principios feministas, muy adelantados a su tiempo, orientaron siempre su enseñanza. Nan fue una profesora de literatura inglesa carismática que adoptó un enfoque feminista muy adelantado a su época.

https://www.edicionssidilla.cat/els-nostres-llibres/illa-roja-de-narrativa/853-la-muntanya-viva,-de-nan-shepherd

https://www.nuvol.com/noticies/germana-muntanya-nan-shepherd-roger-clara/

https://en.wikipedia.org/wiki/Nan_Shepherd

 

Diálogo con Kenneth White. Álvaro García

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Entrevista y traducción: Álvaro García

“Esta entrevista inédita con Kenneth White es –ay– de 1997. El gran poeta en inglés y prosista en francés me envió por correo postal sus respuestas, escritas a mano. No sé por qué se quedó inédita, a diferencia de mi traducción de su libro Atlántica, que White estaba a punto de viajar a Málaga a presentar. Lamento no haber tenido –supongo– dónde publicar la entrevista, y después olvidarla. En ella se habla, entre otras muchas cosas, del neologismo whiteano que inspiró el nombre del festival español Cosmopoética. Kenneth White había hecho su tesis doctoral sobre nomadismo intelectual y había fundado el Instituto Internacional de Geopoética, con sede en varios países. La edición en español de Atlántica, que sólo circuló entre amigos, no tuvo, creo recordar, más que una reseña de Enrique Carratalá. Tantos años después, valga resarcir en parte aquel silencio con la recuperación de esta entrevista.” [Alvaro García]

[Nota mía: he añadido fotos (menos el retrato de K.W. inicial) y vídeos a la entrevista de Alvaro García.]

 

— Parece usted, como creador-investigador, muy consciente de los pasos que propone a la poesía. Ha acuñado, por ejemplo, los términos «biocosmopoesía» y «caoticismo».

— Me gusta mucho esa expresión tuya: creador-investigador. Lo que en nuestra cultura, o más bien pseudocultura, se entiende por «creación», puede venir de distintos niveles del ser humano, a veces muy superficiales y de distintos campos de la experiencia, a menudo muy restringidos. Antes de hablar de creación, me gusta practicar la investigación, seguir pistas, despertar el conocimiento, ir al fondo de la condición humana. Y después llevar todo eso al límite; eso es lo que yo entiendo por poetizar, por poética. La palabra «poesía» no tiene verdadera fuerza o eficacia en nuestra civilización. Es casi tan imprecisa como la palabra «literatura». Para la mayoría de la gente, poesía significa «yo y mis emociones», «yo y mis fantasías», «yo y mi sufrimiento», «yo y mi pasión». Para los más sofisticados, lenguaje sobre el lenguaje, idealismo vacuo, ironía cínica, etc. Nada de eso me interesa. Para nombrar lo que me interesa y lo que entiendo por poesía cuando uso esa palabra, he inventado palabras y conceptos. Biocosmopoesía es una de ellas. Es una palabra grande, como una roca en el mar. Pero vista de cerca es suficientemente clara. Lo que expresa es que todo comienza con la energía animal (bio), luego viene la expansión de esa energía (cosmo) y después el intento de hallar un lenguaje para esa expansión (poesía). El otro término, caoticismo, viene de la intuición de un orden complejo: que hay orden en el desorden, que el orden puede hablar de una manera desordenada con bellas formas nuevas, que no hay frontera entre el caos y el cosmos. Yo lo llamaría intuición poética. Pero es algo que también la física moderna ha concluido. En una verdadera cultura –la que me gustaría que hubiera– no están separadas la poesía, la filosofía y la ciencia.

 

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— ¿Por qué el título de Atlántica?

— Es una palabra perfecta para el título del libro. No es ni inglesa, ni francesa, ni española. Es una formación elemental latina que significa «las cosas atlánticas». Se refiere, en principio, al Atlántico. He investigado sobre él por ser mi propio territorio originario; le he dedicado años de trabajo, mientras exploraba otros territorios. Durante mucho tiempo, el océano Atlántico fue lo desconocido. Para los griegos, fue el misterioso Mar Hiperbóreo; para los romanos, el Mare Tenebrosum. Píndaro dice que ningún griego debe ir más allá de las columnas de Hércules. Ulises se atreve al Atlántico y naufraga. Así que el Atlántico simboliza bien el «área difícil» –así titulé mi primer libro– en que la poesía se adentra desde, digamos, Rimbaud y Nietzsche. Me interesa la gente que va al exterior. O quienes hablan de antiguos periplos, como Avieno, que tuvo acceso a los archivos fenicios. Y me interesan las singladuras por ese mar desconocido, como las de los monjes-poetas celtas que se movieron, sobre todo, por el archipiélago escocés, pero también llegaron a Islandia y tal vez hasta las Canarias. Hay, por lo tanto, una presencia del Atlántico en sí. Pero no puedo pronunciar su nombre sin pensar también en los cuadernos de Leonardo da Vinci, conocidos como el Codex Atlanticus. Dicho de otro modo, Atlántica es también una dimensión mental cuya carencia ha hecho que nuestra cultura se hunda en el fárrago de una nulidad sin sentido o, si no, como reacción, se haya vuelto a lo religioso, la metafísica o la ideología. Debo añadir que para mí no hay oposición entre el Mediterráneo y el Atlántico. Los monjes celtas que he mencionado trabajaban en griego, latín, hebreo y celta. Yo he hecho lo mismo. El Mediterráneo no puede hacer lo contrario, vivir vuelto sobre sí mismo. Hay que pensar que si las aguas del Atlántico no entraran en el Mediterráneo, éste sería un mar de sal, un mar muerto. La oceanografía actual tiende a hablar no de espacios marítimos separados, sino del océano del mundo. Atlántica, donde tiene un gran protagonismo el Mediterráneo y lo seguirá teniendo, es mi incursión en ese Océano del Mundo.

— Este libro abre un camino para la poesía contemporánea, por su búsqueda de un espacio nuevo, lo que usted llama un «espacio elemental». Parece resultado de un largo despojamiento, un ejercicio de depuración, casi de desintoxicación, de higiene. ¿Le han ayudado sus trabajos en prosa?

— El ser humano está tan saturado de sí mismo, de meras emociones personales, de cine mental, que no puede ir a ninguna parte. Salir es liberarse de uno mismo. Pero a la mayoría esto le da pánico, lo temen tanto como al silencio: se sienten más seguros, aunque se aburran o se diviertan superficialmente, en la jovialidad y el ruido. Cuesta trabajo y tiempo. Cualquier cultura verdadera lo sabe. En la Amerindia se recomendaba a todo el mundo, no sólo a los chamanes, salir de la comunidad de vez en cuando, irse al bosque o al desierto, salir de uno mismo y probar un yo expandido. Con un nombre nuevo, y con un poema en la cabeza, podían volver a la comunidad en beneficio de ésta, porque una comunidad de individualidades expandidas vive mejor, trabaja mejor que una de tipos cerrados. Nuestra mente tiene tantos estratos y estratos de cultura intermedia y muerta, que nos impiden ver el mundo. Si se trabaja en ello, esos estratos desaparecen. Lo he intentado de muchas maneras. Para resumirlo, con la meditación y el movimiento, como indica el subtítulo de Atlántica. El movimiento está específicamente en el tipo de frase que escribo, ni novela ni documental, sino «libro-itinerario», libros que parten de una congestión, generalmente la de una gran ciudad, y poco a poco se abren a un espacio mayor. Es un proceso de liberación. Hago de hecho tres tipos de libro: el libro-poema, el libro de prosa narrativa y el libro-ensayo. Los tres son necesarios para mí y se influyen entre sí. He comparado esta triple actividad a una flecha: los ensayos son las plumas de la flecha, para mantener la dirección; los poemas en prosa narrativa son el cuerpo de la flecha, y el poema es la punta. La prosa explora caminos, los poemas se concentran en ellos y los ensayos son la cartografía de esos movimientos y momentos.

 

2005081910530674_low K. White en la biblioteca de su estudio atlántico en la costa norte de la Bretaña

 

— ¿Qué importancia le da usted a la escritura? Me refiero a lo físico de la poesía, no a su espíritu. A la técnica, incluso al estilo. Entiendo que para usted sería una especie de truco, de engaño, o por lo menos una limitación. Por contra, tanto el poeta como sus personajes –Brandan, etc.– buscan la palabra, la expresión. ¿Entendería el estilo como eficacia en lugar de como adorno, o ni siquiera como eficacia y es la poesía la que surge al margen del lenguaje?

— Mi actitud no es la de un esteticismo formal o un formalismo estético. Ese fue el último refugio de los metafísicos idealistas, equivalente literario del dandi existencial. Yo no soy un dandi; soy, para citarte a ti de nuevo, un creador-investigador. Dicho esto, he experimentado mucho con maneras de escribir y pensado mucho en lo físico de la poesía, que alguna vez he comparado con un jardín zen, aparentemente asilvestrado, pero con una armonía y una lógica interior. Me costó diez años llegar, desde una masa de material heterogéneo, a un campo de energía, la forma abierta pero poderosa que buscaba. Hablaría de lo físico de la poesía casi en un sentido científico, menos en términos de arquitectura que de energía cuántica. He intentado despegarme del noble, trágico o melancólico tono tan frecuente en poesía y conectar con lo físico del universo, lo que significa, entre otras cosas, meter la prosa en la poesía: ritmos de conversación, formas orales. Hay mucha oralidad en mi escritura. Tanto, que prefiero hablar más de litoralidad que de literatura. Además de comunicación, el lenguaje es expresión de una presencia en el universo. Contacto entre el hombre y el cosmos. Cuando ese contacto es fuerte, el lenguaje está al límite del lenguaje y se produce la mayor poesía.

— ¿Influye en su obra el paisaje donde escribe?

— Muchísimo. Desde el movimiento de las mareas y la escritura de las olas en la arena en la costa oeste de Escocia, las distintas piedras, el vuelo de los pájaros, las crípticas marcas de los troncos de los abedules, la morfología de las rocas, es el paisaje lo que ha configurado mi sentido de las cosas y mi sentido del arte. También, pasear por la playa vacía, los páramos vacíos, escuchando sólo el viento interrumpido por el graznido de las aves. Para mí, por ejemplo, un pájaro nunca será el «símbolo de la libertad» ni ninguna de esas nociones seudopoéticas, que aborrezco. Será un cuerpo físico entre corrientes variables, con alevosía de alas.

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— Como catedrático que ha sido de poesía del siglo XX, ¿qué resumen podría hacer de lo contemporáneo?

— Pocas veces lo contemporáneo es interesante. Y nuestra situación contemporánea, en general, con excepciones individuales, no es interesante en absoluto. Es un batiburrillo de confusión, agitación y mediocridad ruidosa. Se han abolido los antiguos criterios, pero los nuevos no se han generalizado más que en su vertiente trivial y sentimental. Los medios de comunicación, con pocas excepciones, se complacen en ella, avivándola día a día, semana tras semana, hasta crear su propia subcultura, un muro entre la verdadera obra creativa y la gente. No es sólo mediocridad, es mediocracia. La mediocridad convertida en un poder, lo cual es, junto a la demagogia, el peor enemigo de una democracia exigente. He vivido mucho tiempo alejado y en silencio para poder hacer lo que considero el trabajo fundamental. Necesitamos una nueva base, un nuevo campo. La enseñanza ha sido para mí, como los recitales, una extensión de mi escribir en silencio. En la Sorbona yo mismo definí mi área de trabajo y el programa. No «poesía», sino «poéticas». No me sentía vinculado a todo lo que se ha escrito en el siglo XX en nombre de la poesía, sino al trabajo poético que ha ayudado a dar cierta forma al siglo, a servidores de algo más que el vuelo personal: Pound, Olson, Williams, Eliot, Lawrence, Yeats; atento al mismo tiempo a lo que les faltaba. Llevándolos a sus límites, perfilaba los contornos de algo más. En un seminario sobre poética del mundo, acerca de lo que significa una «cultura viva», un mundo vivo, podía referirme a textos sánscritos, sagas nórdicas, taoísmo chino, navegación polinesia, chamanismo siberiano, lo mismo que a estudios biológicos, geológicos, lingüísticos y físicos. Todo esto, rumbo a una poética nueva.

— Esa poética nueva, ¿tendría algo que ver con lo que algún crítico ha llamado «postvanguardismo que reúne las piezas del mundo», sus culturas, sus lugares y sus épocas?

— Creo en la necesidad de conceptos nuevos. Hay posibilidades y uno nunca está solo, hay afinidades. Una cultura viva las ofrece. En nuestro tiempo, cualquier persona puede acceder a todas las culturas del mundo, las referencias pueden ser múltiples y es la primera vez que esto ocurre en la historia de la humanidad. Es una oportunidad magnífica. Puede darse algo parecido a una literatura mundial. Hace falta, desde luego, mucha energía, un gran horizonte investigador, capacidad de síntesis y una poética capaz de abarcar sin perder intensidad. Así es como concibo mi trabajo.

— Por eso su obra ha podido ser calificada como «primera expresión coherente de la posmodernidad».

— Es verdad que un crítico lo ha dicho. Pero, para que incidiese en la época, esa coherencia tendría que ser capaz de proyectarse hacia la sociedad, más allá de lo moderno o lo posmoderno. Y es a lo que aspiro.

— En este sentido de universalidad, podemos hablar de su tarea como fundador y director del Instituto Internacional de Geopoética. ¿Cuál es su objetivo? ¿En qué países funciona y con qué sistema?

— El concepto de geopoética me vino a la cabeza, hace años, como unión del espacio al que tendía mi obra y otro que veía surgir de la ciencia, la filosofía y la poesía. Trabajé en esa convergencia hasta que, en 1989, decidí fundar el Instituto. Al principio, la organización era centralista, para situar bien la teoría y la práctica. Después, con una base de referencia ya constituida, decidí pasar a lo que llamo la archipielización del Instituto, la creación de varios grupos, centros de estudios que llegaran a ser autónomos. Hoy funcionan en Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Escocia, Serbia, Macedonia, Canadá, India. Otros se están formando en Suiza, Bulgaria, etc. A partir de la condición local, esos centros investigan en el terreno de la geopoética, unos concretándola en la geografía y la psicología, otros en las artes.

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— ¿Hay frutos ya?

— Sí, muchos. La mayoría de los grupos tienen su propia revista, uno ha fundado una editorial y todos organizan simposios, coloquios, etc. Se han hecho tesis sobre literatura, lingüística y arquitectura. Me encantaría que hubiera un centro de geopoética en España que adivinara una línea geopoética en la literatura española, que seguro que existe.

— Como poeta, ofrece usted una opción frente al fárrago y el silencio absoluto, una salida. Como ciudadano, ¿cree que la hay para el mundo? ¿Es posible una política todavía o todo eso acabó en la basura?

— Sé algo de política. Vengo de una familia obrera, socialista y sindicalista. Mi padre, que trabajaba de guardabarreras, me decía frases en español de sus lecturas sobre la Guerra Civil y las Brigadas Internacionales. En Glasgow y en París me adentré en la teoría y la práctica del comunismo. Participé en el Mayo del 68 y, después del 68, abandoné la política activa.

— ¿Por qué?

— No porque me volviese apolítico, sino por pensar que el problema político tenía que ser abordado desde un nivel más profundo que la política. El mayor problema es cultural. Cuando a principios de los 60, en Glasgow, formé un grupo, hablaba en términos de revolución cultural. Hoy pienso más en términos de evolución. Tal vez si abrimos un nuevo campo cultural podríamos llegar a alguna parte, incluso políticamente.

— ¿Cómo es su vida en los distintos lugares donde vive y trabaja? ¿Viaja constantemente, pasa largas temporadas en Bretaña, en Escocia?

— Paso la mayor parte del tiempo en mi estudio atlántico de la costa norte de Bretaña. Si soy, hasta cierto punto, un hombre nómada, también lo soy sedentario. De hecho, si viajo tanto, física o intelectualmente, es para poder residir mejor.

— También por obligación, supongo.

— El año pasado he dado conferencias y recitales en doce países, pero son viajes adecuados a mi necesidad de renovar sensaciones, entrar en contacto con distintas localidades y después volver a un centro.

— ¿Había estado antes en España?

— No me atrevería a decir que conozco España. Hay regiones enteras del país en las que nunca he estado. Pero viví en los Pirineos diecisiete años y cruzaba la frontera de vez en cuando para ir a Vizcaya o a San Sebastián, y a Aragón, a Huesca, a San Juan de la Peña. También he estado en Cataluña, concretamente en Barcelona, sobre la que escribí un texto. Y he visitado las islas Baleares. Tengo una idea. Pero necesito desarrollarla.

— ¿Le produce extrañeza verse traducido?

— No soy de los que piensan que la traducción es siempre una traición. Más aún, diría algo que para muchos puede parecer paradójico: cuanto más lejos llega una poesía, más traducible es. Más allá de todo color o tonalidad locales, logra el tono fundamental, toca una cuerda universal.

— De Málaga, antes de llegar, tendría noticia por su querido Avieno.

— Este viaje a Andalucía lo ansiaba. Siempre me he imaginado Málaga como una ciudad blanca junto al mar. Y en cuanto a su descripción por Avieno en su Ora maritima, que traduje al inglés y al francés hace años, estoy encantado, lo tomo como un signo. Si inauguramos un centro de Geopoética en Málaga, podría llamarse Grupo Avieno.

[Cuadernos hispanoamericanos nº 791, mayo 2016]

http://www.aecid.es/Centro-Documentacion/Documentos/Publicaciones%20AECID/CHA_791_MAYO_2016.pdf

Kenneth White. Atlántica (Movimientos y meditaciones). Trad. Álvaro García. Área de Cultura de la Diputación provincial de Málaga – Centro Cultural de la Generación del 27, 1997.

 

[Los 2 primeros vídeos están subtitulados en castellano]

 

 

 

http://www.kennethwhite.org

http://www.institut-geopoetique.org/fr/

https://en.wikipedia.org/wiki/Kenneth_White

 

Entrar en el otoño en compañía de Henry D. Thoreau

La laguna de WaldenWalden Pond, Concord (Massachussetts). La laguna donde Thoreau vivió 2 años en una cabaña que construyó él mismo y donde redactó su libro más conocido, “Walden o La vida en los bosques”.

 

Hojas caídas

Alrededor del seis de octubre, las hojas suelen empezar a caer, en sucesivos chaparrones, tras una lluvia o una helada; pero la principal cosecha de hojas, el súmmum del otoño, suele ser alrededor del dieciséis. Alguna mañana de esa fecha, quizá nos encontremos con la mayor helada nunca vista y, cuando empieza a soplar el viento matinal, las hojas caen a chaparrones más densos que nunca. Forman repentinamente un lecho o una alfombra espesa sobre el suelo que, con la suave brisa o incluso sin viento alguno, tiene la forma y el tamaño del árbol de arriba. Algunos árboles, como el nogal americano, parecen desprenderse de sus hojas instantáneamente, como un soldado que baja las armas ante una orden. Y las del nogal americano, como aún son amarillas brillantes, aunque marchitas, reflejan un resplandor luminoso desde el suelo donde yacen. Caen por todas partes al primer toque de la varita mágica del otoño y suenan como gotas de lluvia. Por el contrario, después de un tiempo húmedo y frío, notamos la cantidad de hojas que han caído durante la noche, aunque aún no sea el toque que hace caer las hojas del arce del Canadá. Las calles están cubiertas por una capa espesa de trofeos, y las hojas caídas de los olmos crean un pavimento oscuro bajo nuestros pies. Tras uno o varios días especialmente cálidos del veranillo de San Martín, percibo que es el calor inusual lo que provoca, más que nada, la caída de las hojas, quizá cuando no ha habido ni lluvia ni heladas durante un tiempo. El calor intenso las madura y marchita repentinamente, igual que ablanda y pone a punto a los melocotones y otras frutas y las hace caer.

Las hojas del arce rojo tardío, brillantes aún, están esparcidas sobre la tierra, con frecuencia un fondo amarillo con manchas rojas, como manzanas silvestres, pero sólo conservan esos colores sobre la tierra uno o dos días, especialmente si llueve. Cruzo por pasos elevados rodeados de árboles por doquier, todos desnudos y oscuros, después de haber perdido su ropaje brillante; pero allí yace, casi tan brillante como siempre, a un lado del suelo, dibujando una figura tan regular como antes sobre el árbol. Preferiría decir que observo los árboles así, estirados sobre la tierra, como una sombra de color indeleble, que me invitan a buscar las ramas que los sostienen. Una reina se sentiría orgullosa de caminar sobre estos árboles gallardos que han extendido un manto brillante sobre el lodo. Veo unos carros pasar por encima de ellos como una sombra o un reflejo, y a los cocheros prestarles tan poca atención como antes a sus sombras.

Los nidos de los pájaros en los arándanos y otros arbustos, y en los árboles, ya están llenos de hojas marchitas. Han caído tantas en el bosque, que una ardilla no puede correr tras una nuez sin que la oigan. Los niños las rastrillan en las calles, sólo por el placer de tratar con un material tan fresco y crujiente. Algunos barren los senderos y los dejan escrupulosamente limpios, para quedarse a mirar el siguiente soplo que esparza nuevos trofeos. El suelo está cubierto por una capa espesa y el Lycopodium lucidulum de pronto parece más verde allí en medio. En bosques densos, las hojas cubren a medias las charcas de quince a veinte metros de largo. El otro día, apenas pude encontrar un manantial que conocía bien, y hasta llegué a sospechar que se había secado, porque estaba completamente oculto bajo las hojas recién caídas. Y, cuando las aparté y aquél quedó a la vista, fue como golpear la tierra con la vara de Aarón para que apareciera un nuevo manantial. Los terrenos húmedos junto a los pantanos parecen secos cubiertos de hojas. En uno de ellos, donde estaba investigando, creía que iba a pisar sobre una orilla frondosa, y metí el pie en el agua a más de treinta centímetros de profundidad.

Cuando voy al río al día siguiente de la gran caída de hojas, el dieciséis, me encuentro con mi barca toda cubierta, fondo y asientos incluidos, por las hojas del sauce dorado bajo el que está amarrada, y zarpo con una carga que cruje bajo mis pies. Si la vacío, mañana volverá a estar llena. No las considero desperdicios que haya que tirar, sino que las acepto como paja o una esterilla apropiada para el fondo de mi carruaje. Cuando entro en la embocadura del Assabet, que es boscoso, toda una flota de hojas me recibe en la superficie, como si estuvieran saliendo del mar, con espacio para dar bordadas; pero, junto a la orilla, un poco más allá, son más espesas que la espuma y casi llegan a ocultar el agua a lo ancho de cinco metros, debajo y entre los alisos, los cefalantos y los arces, perfectamente secas aún, livianas y con la fibra tensa; y, en un recodo rocoso, donde se reúnen y el viento de la mañana las detiene, a veces forman una especie de media luna amplia y densa que cruza casi todo el río. Cuando viro la proa hacia allí y la ola que forma las golpea, oigo el placentero susurro que producen estas sustancias secas al entrechocar unas con otras. A menudo es sólo esta ondulación lo que permite ver el agua que hay debajo. Este susurro también delata cada movimiento de la tortuga de bosque en la orilla. Incluso en medio del canal, cuando aumenta el viento, las oigo silbar con un susurro. Más arriba, giran y giran lentamente en un gran remolino que forma el río, a la altura de las coníferas, donde el agua es más profunda y la corriente las arrastra a la orilla.

Tal vez, por la tarde de aquel día, cuando las aguas están perfectamente calmas y llenas de reflejos, remo con suavidad por el brazo principal y, río arriba por el Assabet, llego a una caleta silenciosa, donde inesperadamente me veo rodeado por millares de hojas, como si fueran compañeras de viaje con el mismo propósito, o falta de propósito, que yo. Mirad esa gran flota de hojas-barco dispersas entre las que remamos por la bahía de este río plano, cada una de ellas curvada hacia arriba gracias al talento del sol, cada nervadura rígida, como las canoas de piel, con todos los posibles dibujos, probablemente como la barca de Caronte navegando entre las demás, algunas con proas y popas elevadas, como los majestuosos navíos de la antigüedad, que avanzaban despacio sobre las aguas mansas, o como las densas ciudades flotantes chinas, en las que uno se pierde como al entrar en alguna feria de Nueva York o de Cantón, por lo abigarrado del conjunto. ¡Con qué suavidad han sido depositadas sobre las aguas! Sin ninguna violencia, aunque, quizá, algunos corazones palpitantes estuvieron presentes en la botadura. Hay también patos coloridos, el espléndido pato americano, que a menudo sale a navegar entre las hojas pintadas, corbetas de un modelo aún más noble. ¡Qué saludables tisanas habrá ahora en los pantanos! ¡Qué generosos aromas medicinales de las hojas en descomposición! La lluvia que cae sobre las hierbas y las hojas recién secadas que llenan las charcas y las zanjas en las que han caído limpias y rígidas pronto se convertirá en una infusión —tés verdes, negros, marrones y amarillos, de todos los grados de intensidad—, con fuerza suficiente para poner a toda la naturaleza a cotillear. Las bebamos o no, estas hojas, antes de que se extraiga toda su sustancia, secadas en la gran tetera de la naturaleza, tienen unos tonos tan delicados y puros como los que han hecho famosos a los tés orientales.

¡Cómo se mezclan todas las especies, robles y arces, castaños y abedules! Pero la naturaleza no se recarga de ellas; es un perfecto granjero que las almacena a todas. ¡Imaginad qué inmensa cosecha es derramada cada año sobre la tierra! Ésta, más que ningún grano o semilla, es la gran recolección del año. Los árboles devuelven a la tierra con intereses lo que han tomado de ella. Están a punto de añadir una capa de hojas a la profundidad del suelo. Mientras converso con un hombre que me habla sobre el azufre y los costes de transporte, pienso que de esta bella forma la naturaleza obtiene el mantillo. Gracias a esta descomposición todos somos más ricos. Me interesa más este cultivo que el césped inglés o el grano. Prepara el humus virgen para futuros maizales y bosques con los que la tierra prospera. Mantiene nuestra casa en buenas condiciones.

En cuanto a diversidad de belleza no hay cultivo que pueda comparársele. Aquí no se trata sólo del mero amarillo de los granos, sino casi de todos los colores que conocemos, sin exceptuar el azul más brillante: el arce temprano ruborizado, el zumaque venenoso enarbolando sus pecados escarlata, la morera, el rico amarillo cromado de los álamos, el rojo brillante de los arándanos que pinta el fondo de las montañas. Los toca la helada y, con el soplo más ligero del retorno del día o la sacudida más leve sobre el eje de la tierra, ¡mirad qué lluvia de colores cae de ellos! La tierra está engalanada. Y, a pesar de todo, las hojas siguen viviendo allí en el suelo, a cuya fertilidad y volumen contribuyen, y en los bosques de los que vienen. Caen para elevarse, para subir más alto en los próximos años, por medio de una química sutil, trepando por la savia a los árboles y a los primeros frutos que caen de los árboles jóvenes, trasmutadas al fin en una corona que, al cabo de los años, las convierte en el monarca de los bosques.

Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos! Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. ¡Cuántas revolotean antes de descansar en silencio en sus tumbas! Ya han volado tan alto que vuelven al polvo con enorme satisfacción y se depositan allí abajo, resignadas a yacer y a descomponerse al pie del árbol para ocuparse de la alimentación de las nuevas generaciones de su especie y volver a ondear en lo alto. Nos enseñan a morir. Uno se pregunta si llegará el momento en que los hombres, con su presuntuosa fe en la inmortalidad, yazcan con la misma elegancia y madurez, y, en un veranillo de San Martín como aquél, se desprendan de sus cuerpos como de sus cabellos y sus uñas.

Cuando caen las hojas, toda la tierra se convierte en un agradable cementerio al que entrar. Me encanta pasear y cavilar sobre sus sepulturas. Aquí no hay epitafios vanos. ¿Y qué si uno no tiene su sepulcro en Mount Auburn? La tumba seguramente estará preparada en algún rincón de este extenso cementerio, consagrado desde tiempos inmemoriales. Aquí no hace falta asistir a una subasta para asegurarse un sitio. Hay suficiente lugar. Las prímulas florecerán y el pájaro de los arándanos cantará sobre vuestros huesos. El leñador y el cazador serán vuestros sacristanes, y los niños pisarán los canteros tanto como quieran. Entremos en el cementerio de las hojas… el auténtico cementerio de la floresta.

Henry David ThoreauColores de otoño. Trad. de Silvia Komet. José J. de Olañeta editor, 2011.

https://www.textos.info/henry-david-thoreau/colores-de-otono/pdf

 

11Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 12 de julio de 1817-6 de mayo de 1862) fue naturalista, agrimensor, jardinero, carpintero, maestro de escuela, conferenciante y fabricante de lápices; hoy se le considera uno de los padres de la literatura norteamericana, profeta de la ecología y la ética ambiental, inventor de la desobediencia civil y conceptualizador de la no violencia.  Fue el autor de Walden y La desobediencia civil, y de un diario que mantuvo desde los 20 años hasta su muerte y que fue el trabajo de su vida compuesto por unas 7000 páginas. Se han publicado extractos del diario en castellano en dos tomos publicados en 2013 por Capitán Swing (ISBN: 978-84-947051-0-6).

https://es.wikipedia.org/wiki/Henry_David_Thoreau

 

Artemisa & Georgia O’Keeffe, según Jean Shinoda Bolen

Huntress of Skipton_Anna &amp; the Willow_Castle-Woods-in-North-Yorkshire-UK. Photo_Fiona French‎_Ancient and Sacred Trees of Britain

 

Artemisa, a quien los romanos denominaban Diana, era la diosa de la caza y la luna. Esa alta y encantadora hija de Zeus y Leto vagaba por los bosques, las montañas, las llanuras y los claros indómitos con su séquito de ninfas y su jauría de perros cazadores. Vestida con una túnica corta y armada con un arco de plata y un carcaj de flechas a su espalda, era la arquera que no erraba jamás el objetivo.

Como diosa de la luna, se la representa en las estatuas como la portadora de la luz, con una antorcha en la mano o con la luna y las estrellas coronándola. Artemisa, simbolizada por una luna en cuarto creciente, representaba el primero de los aspectos de aquella diosa tripartita que antaño se reverenciaba: el de la doncella. Selene era la luna llena o ya crecida y Hécate la luna en cuarto menguante. Como trinidad, el reino de Artemisa era la tierra, Selene poseía los cielos y Hécate, el mundo subterráneo. Sin embargo, de las tres sólo Artemisa fue una las principales divinidades griegas.

Como diosa de la vida salvaje, se la asociaba a animales monteses que compartían con ella sus características. El ciervo y la paloma eran símbolos de su espíritu esquivo, el oso representaba su papel de fiera protectora de los jóvenes, y el jabalí (al cual en una ocasión desató iracunda para que destruyera una campiña) encarnaba su aspecto destructivo. […]

 

e7675738a25a9d40e7ba819818421459 Georgia O’Keeffe, Deer Horns, 1938

 

A los tres años Artemisa ya sabía con exactitud lo que quería: un arco y unas flechas, una jauría de perros para ir a cazar, un séquito de ninfas, una túnica corta que no le impidiera correr, montañas y naturaleza salvaje, por ser sus lugares favoritos, y la castidad eterna. Zeus le concedió todos sus deseos, más el privilegio de poder elegir ella misma. Se le dio autonomía y se le prometió que jamás la violarían ni sería subyugada por el poder masculino.

Como arquetipo, Artemisa personifica el espíritu femenino independiente que le permite a la mujer buscar sus propios objetivos en el ámbito elegido por ella. […]

Georgia O’Keeffe presentó rasgos de Artemisa durante toda su vida, y su madurez duró cuatro décadas. Conservó su nombre al casarse, y fue una artista que al romper con la tradición para crear su propio arte, se vio obligada a capear las dudas personales y a los críticos de arte. No fue madre, elección que parece ser que la angustió mucho, porque sentía que sólo podía ser madre o artista, no ambas cosas a la vez. Se enamoró de la belleza agreste de los desiertos y las montañas de Nuevo México, y allí iba de vez en cuando para pintar. Eso comportaba estar meses separada de su marido Alfred Stieglitz, incluso cuando la salud de él empezaba a deteriorarse. Al morir su marido, ya nada la retuvo en el este, y se trasladó a vivir a Nuevo México, donde pasaría el resto de su vida. Pintó hasta que perdió la vista, y luego trabajó con arcilla. Vivió donde quería vivir, y llevando la vida que deseaba, en el empeño de crear un corpus artístico que la sitúa entre los artistas más famosos del mundo. En una ocasión dijo que lo que la diferenciaba de los demás era que ella sabía lo que quería. Georgia O’Keefe poseyó una intensa capacidad de centrar su voluntad y su talento en los objetivos que había elegido, tanto si era para crear como para conseguir cualquier otra cosa.

 

“Consigues todo aquello que eres capaz de declarar.” Georgia O’Keeffe

 

okeeffe_faraway-nearby Georgia O’Keeffe, From the faraway Nearby, 1937

 

Jean Shinoda BolenLas diosas de la mujer madura. Trad. Silvia Alemany, Kairós, 2013

Imagen primeraHuntress of Skipton. Anna & the Willow. Castle Woods in North Yorkshire, UK. Obra fotografiada por Fiona French‎, Ancient and Sacred Trees of Britain.

 

La luna de la mitóloga Jules Cashford

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“El mito fundamental asociado con la Luna es el de la muerte y el renacimiento. Las gentes del pasado remoto percibían el crecimiento y la mengua del satélite como el desarrollo y la agonía de un ser celestial, cuya muerte iba seguida por su renacimiento en forma de luna nueva. El perpetuo drama de las fases de la luna se convirtió en un modelo para observar la existencia de un patrón en la vida humana, animal y vegetal, incluida la idea de la vida más allá de la muerte.” Jules Cashford

 

Hasta que la filosofía y, posteriormente, la ciencia se convirtieron en las disciplinas que hoy conocemos, los mitos eran el medio principal con el que las sociedades humanas explicaban su experiencia anímica y los grandes misterios de la vida. Sus poéticas imágenes y relatos protagonizados por dioses, diosas, animales o cuerpos celestes, como la Luna o el Sol, simbolizaban ideas complejas que formaban los pilares sobre los que se asentaba el conocimiento del mundo.

Desde la Ilustración, se ha dado por sentado que son formas de pensamiento caducas, pertenecientes a un pasado remoto, a las que la ciencia y la filosofía modernas deben asignar un carácter meramente poético y narrativo. Pero nada más lejos de la verdad, pues la obra de Jung, Campbell, Eliade o Barfield, entre otros muchos autores, ha evidenciado que las imágenes míticas, si son entendidas en su verdadero significado psicológico y especulativo, nunca están ausentes de cualquier pretensión de comprender el universo del alma humana.

Este libro es un desarrollo de la larga y fascinante historia de los mitos y los símbolos que, desde el Paleolítico hasta nuestros días, tienen como protagonista a la Luna. Apoyándose en 220 ilustraciones, nos habla eruditamente, desde el punto de vista de la imaginación, sobre las imágenes poéticas que nuestro satélite ha generado en la consciencia humana. [Atalanta]

Jules Cashford. La luna. Símbolo de transformación. Trad. Francisco López Martín. Ed. Atalanta, 2018

Jules Cashford es coautora, con Anne Baring, de El mito de la diosa: evolución de una imagen (Siruela, 2005), considerado un clásico contemporáneo. Ha traducido al inglés los Himnos homéricos y en la actualidad escribe y da conferencias sobre mitología y literatura.

 

 

«La Luna ha alumbrado mitos y ha sido símbolo o metáfora en todas las civilizaciones, además de tema literario y religioso desde la más remota antigüedad, todo un acervo cultural que la experta en mitología Jules Cashford ha tratado de reunir y explicar. […] Jacobo Siruela ha dicho que Cashford, “en la línea de Joseph Campbell y Heinrich Zimmer, es actualmente una de las mejores mitólogas vivas, porque, como ellos, sabe traducirlos con claridad y hondura psicológica a nuestro propio lenguaje y mentalidad para que podamos asimilar sus misterio.»

[Alfredo Valenzuela, Agencia Efe]

https://www.eldiario.es/c…/Todas-caras-Luna_0_826967438.html

 

Barbacana. La huella del lobo

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Documental que aborda el conflicto entre ganaderos y lobos. El film nos transporta desde Sierra Morena a las cumbres de la cordillera cantábrica. Allí se inicia el seguimiento de una manada de lobos, narrando su día a día.

 

 

Barbacana, la huella del lobo” / España, 2017 / Dirección: Arturo Menor / Documental / 70 min. / Versión original en castellano / Todos los públicos.

http://www.cinemamalda.com

http://barbacana.org

 

“Tejer es la conciencia del intercambio”: Cecilia Vicuña

Cecilia Vicuña, poeta y artista visual: Una obra que encuentra su contexto

“Mi obra completa es un acto solitario y a la vez está en continua interacción.”

 

Kon Kon Pi, Con Con (2010)

“Hay un mar de artistas y poetas negadas iguales que yo. Creo que ha habido una voluntad de negar la creatividad mestiza y femenina, pero ahora hay una masa crítica de mujeres historiadoras, curadoras que está descubriendo lo que nosotras somos y lo que podemos hacer.”

 

Guardián (1967)

“Hay una creatividad que se comparte y que es más potente que la soledad o lo colectivo, es un estado de experimentación pleno y alegre.”

 

 

<< Mi trabajo se centra en el todavía no, el potencial futuro de lo no formado, donde el sonido, el tejido y el lenguaje interactúan para crear nuevos significados.

 

En enero de 1966 comencé a crear “precarios”, instalaciones y basuritas, objetos compuestos de escombros, estructuras que desaparecen, junto con quipus y otras metáforas de tejido. Llamé a estos trabajos “Arte Precario”, creando una nueva categoría independiente, un nombre no colonizado para ellos. Los precarios pronto se convirtieron en rituales colectivos y representaciones orales basadas en el sonido disonante y la voz chamánica. La calidad fluida y multidimensional de estos trabajos les permitió existir en muchos medios e idiomas a la vez. Creados en y por el momento, reflejan antiguas tecnologías espirituales: un conocimiento del poder de la intención individual y comunitaria de sanarnos a nosotros y a la tierra.

 

Precario significa oración, incierto, expuesto a peligros, inseguro. La oración es cambio, el instante peligroso de la transmutación.

 

El deseo es la ofrenda; el cuerpo es solo una metáfora.

 

Responder es ofrecer nuevamente. Un objeto no es un objeto. Es el testigo de una relación. En la unión complementaria, dos opuestos colisionan para crear nuevas formas. Ver y nombrar crea el espacio para que la belleza del intercambio se desarrolle.

 

Tejer es la conciencia del intercambio.

 

El “quipu que no recuerda nada”, un cordón vacío fue mi primer precario (c.1966).

 

*

 

Mis primeros trabajos no fueron documentados, existían solo para los recuerdos de unos pocos ciudadanos.

 

La historia, como un tejido de inclusión y exclusión, no los abrazó.

 

(La historia del norte excluye la del sur, y la historia del sur se excluye, abarcando solo las reflexiones del norte).

 

En el vacío entre los dos, lo precario y su no documentación establecieron su no lugar como otra realidad.

 

*

 

El poema no es discurso, no en la tierra, no en papel, sino en el cruce y unión de los tres en el lugar que no es. >>

Cecilia Vicuña

 

 

http://www.coleccioncisneros.org/es/editorial/in-their-words/conversación-con-cecilia-vicuña

http://radio.uchile.cl/2015/01/12/cecilia-vicuna-hay-que-resistir-desde-la-belleza-para-transformar-la-conciencia-humana

 

 

Norma Cecilia Vicuña Ramírez, artista visual y escritora. Nació el 22 de julio de 1948 en Santiago de Chile. Estudió en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile en 1971. Posteriormente en 1972 viajó a Londres donde realizó estudios de postgrado en la Slade School of Fine Arts del University College. En 1973 la BBC de Londres, realizó un documental sobre su trabajo poético-visual. Es considerada una de las pioneras del arte conceptual en Chile. Formó un grupo de artistas y poetas llamado Tribu No. A principios de 1970 realizó una serie de instalaciones y acciones de Arte relacionadas al tema de los símbolos del mundo indígena precolombino, la naturaleza y la mitología Sudamericana en general. Cecilia Vicuña ha publicado numerosas obras poéticas, ha dictado conferencias sobre arte. También se ha dedicado a la pintura al óleo, a la esculturas y realización de videos. En 1975 se radicó en Colombia donde continuó sus estudios sobre la cultura popular indígena americana y se desempeñó como profesora de Historia del Arte en la Fundación Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano y el curso de Poesía Latinoamericana Contemporánea en la Fundación El Arte de la Universidad Libre de Bogotá. Desde 1980 vive y trabaja en Nueva York, Estados Unidos.

ESTRATEGIA VISUAL Cecilia Vicuña conformó un lenguaje gestual mediante sonidos, lecturas poéticas y el uso de instrumentos como cultrunes e indumentarias autóctonas recreando danzas ancestrales con cantos y expresiones orales en lenguas nativas. A sus escenarios incorporó una serie de objetos de desecho como basura, semillas, hojas secas y materiales recolectados con las cuales buscaba expresar ideas sobre lo precario, lo efímero y a la vez la tierra y la fertilidad, lo ritual y lo sagrado. Entre los hechos destacados en su carrera esta la realización de una acción de arte en 1971 en la galería Forestal del Museo Nacional de Bellas Artes y que dedicó a la construcción del socialismo en Chile, consistió en cubrir el recinto con hojas secas del parque, tuvo una duración de tres días y supuestamnente no se habrían tomado fotografías con la intención de fomentar el registro del hecho solo en la memoria de los espectadores.

http://www.mnba.cl/617/w3-article-29902.html?_noredirect=1

http://www.ceciliavicuna.com

https://es.wikipedia.org/wiki/Cecilia_Vicuña