L’énergie en peinture: Fabienne Verdier sur France Culture

Fabienne Verdier en su taller de Hédouville con la serie Vortex .

“L’énergie en peinture”, série de 5 émissions avec Fabienne Verdier sur France Culture. À écouter. À savourer.

Comment devient-on peintre ? Dans cette série d’entretiens, Fabienne Verdier raconte son initiation à la peinture dès son enfance, avec son père, puis à l’école des Beaux-Arts à Toulouse. Nous la suivons en Chine où elle apprend l’art des lettrés, avant de revenir en France. Ses voyages en Suisse, en Italie, à Bruges, aux États-Unis, à Aix en Provence, au Canada sont autant de rencontres  avec les paysages, la musique, les mots, les sciences. Un parcours intellectuel autant qu’artistique qui nous fait réfléchir sur l’acte de peindre et ses rapports avec les fracas du monde et les joies de la vie.

“La energía en pintura”, ciclo de 5 programas (postcasts) con Fabienne Verdier en France Culture. A escuchar. A saborear.

¿Cómo convertirse en pintor? En esta serie de entrevistas, Fabienne Verdier relata su iniciación a la pintura desde su infancia, con su padre, luego en la Escuela de Bellas Artes de Toulouse. La seguimos a China, donde aprende el arte de los eruditos, antes de regresar a Francia. Sus viajes a Suiza, Italia, Brujas, Estados Unidos, Aix en Provence, Canadá son otros tantos encuentros con los paisajes, la música, las palabras, las ciencias. Un recorrido tanto intelectual como artístico que nos lleva a reflexionar sobre el acto de pintar y su relación con el bullicio del mundo y las alegrías de la vida.

  1. De Toulouse à Chongqing: https://www.franceculture.fr/emissions/a-voix-nue/fabienne-verdier-lenergie-en-peinture-15-de-toulouse-a-chongqing
  2. Le vieux maître Houang, la peinture et l’art du trait: https://www.franceculture.fr/emissions/a-voix-nue/fabienne-verdier-lenergie-en-peinture-25-le-vieux-maitre-huang-la-peinture-et-lart-du-trait
  3. Qu’est-ce que peindre?: https://www.franceculture.fr/emissions/a-voix-nue/fabienne-verdier-lenergie-en-peinture-35-quest-ce-que-peindre
  4. Des voyages à la musique: https://www.franceculture.fr/emissions/a-voix-nue/fabienne-verdier-lenergie-en-peinture-45-des-voyages-a-la-musique
  5. L’art, écriture de la vie: https://www.franceculture.fr/emissions/a-voix-nue/fabienne-verdier-lenergie-en-peinture-55-lart-ecriture-de-la-vie

https://www.franceculture.fr/emissions/series/fabienne-verdier-lenergie-en-peinture

Marguerite Yourcenar. Aprender

Yourcenar

 

<< Yo, como todo el mundo, he atravesado demasiadas crisis interiores, y también exteriores, para no haber guardado gratitud a los grandes escritores del pasado o del presente que me aportaron su ayuda al mostrarme que también ellos habían conocido preocupaciones y angustias análogas o, al contrario, sosteniéndome con su propia firmeza. Que yo haya venido a ser para ciertos lectores, como usted, una autora de libros que ayudan, es una gracia o una ventura a la que no acabo de acostumbrarme.
Hace usted bien en leer, releer morosamente un libro: hay que impregnarse de las obras que amamos, como un músico se impregna de una música en la que está trabajando. >>

Marguerite Yourcenar, Cartas a sus amigos. (Ésta va dirigida a Martine Petit), 1976, Alfaguara. Traducción de María Fortunata Prieto Barral.

 

<< Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender. >>

Marguerite Yourcenar, Sources II (notes de lecture), édition d’Élyane Dezon-Jones, Collection Les Cahiers de la NRF, Gallimard, 1999.

 

 

Había una vez un bosque. Francis Hallé

 

 

Entre el parque del Manu en Perú y la cuenca del río Congo en Gabón, viaje al corazón de un mundo salvaje que ha quedado en su estado original: el nacimiento de una selva tropical donde cada organismo desempeña un papel esencial. Del primer brote hasta el esplendor de los árboles gigantescos del dosel de la corona de la selva, pasando por el desarrollo de lazos ocultos entre plantas y animales, transcurren siete siglos ante nuestros ojos.

Dirigido por Luc Jacquet, el mismo director de la cinta La marcha de los pingüinos que recibió el Oscar al mejor documental,  el largometraje Había una vez un bosque está basado en una idea original de Francis Hallé, botánico de profesión, que se convierte en el protagonista del film, apoyándose en sus conocimientos específicos del mundo de los bosques.

Nominada al Premio César como Mejor Documental, esta película (2013), cuyo principal tema es el bosque, fue rodada en diferentes lugares del mundo para reunir los elementos que hacen que cada bosque sea único, tales como la selva amazónica del Perú y la selva africana de Gabón. Asimismo, para darle vida a este documental –que cuenta con seres inmóviles– el director Luc Jacquet y el operador Benjamin Vial crearon un sistema de travellings inédito que llamaron Arbracam, con una cámara sujetada por cuerdas que la hacen moverse hasta la copa de los gigantescos árboles a casi 70 metros de altura.

«Había una vez un bosque»

 

 

Con motivo del 20 aniversario del Jardín Botánico de Barcelona, Francis Hallé impartió una interesantísima conferencia en la Sala Salvador del Institut Botànic de Barcelona el 17 de octubre de 2019.
Francis Hallé (Seine-Port, 1938), botánico y biólogo francés especialista en bosques tropicales y arquitectura de los árboles, ha dedicado su vida al estudio de los árboles y la ecología forestal en todas las regiones tropicales del planeta. Ha participado en numerosas expediciones científicas, desde inicios de los años sesenta. Profesor durante muchos años en la Universidad de Montpellier, en 1970 propuso con R.A.A. Oldeman la idea de modelos arquitectónicos para describir los formas conocidas de crecimiento de los árboles, idea que, trabajada junto con P.B. Tomlinson, Hoy en día es un concepto fundamental de la morfología vegetal.

https://es.wikipedia.org/wiki/Francis_Hall%C3%A9

https://fr.wikipedia.org/wiki/Francis_Hall%C3%A9

“Había una vez un bosque”, la película completa con subtítulos en castellano:


 

Baba Yagá puso un huevo. Dubravka Ugrešic

 

Justo en medio de la pandemia (se publicó en marzo), y acompañando nuestra lectura del cuento de Vasalisa, la sabia (“El rastreo de los hechos: la recuperación de la intuición como iniciación” de mano de Clarissa Pinkola Estés), llega este magistral cuento de cuentos que, lleno de ingenio y perspicacia, pone en el punto de mira la archiconocida figura de la anciana bruja. Un viaje fascinante en el que Baba Yagá, adoptando numerosos disfraces, nos invita a explorar el mundo de los mitos y a reflexionar sobre la identidad, los estereotipos femeninos y el poder de las fábulas.

Baba Yagá es una criatura oscura y solitaria, un ser híbrido, mitad humano-mitad animal, que rapta niños y vive en el bosque, en una casa que se sustenta sobre patas de gallina. Pero también viaja a través de las historias, y en cada una de ellas adopta una nueva forma: una escritora que regresa a la Bulgaria natal de su madre, que, atormentada por la vejez, le pide que visite los lugares a los que ella ya no podrá volver; un trío de ancianas misteriosas que se hospedan durante unos días en un spa especializado en tratamientos de longevidad; y una folclorista que investiga incansable la figura tradicional de la bruja. Ancianas, esposas, madres, hijas, amantes. Todas ellas confluyen en Baba Yagá.

A caballo entre la autobiografía, el ensayo y el relato sobrenatural, su historia se convierte en la de Medusa, Medea y tantas otras figuras malditas, dibujando un tríptico apasionante sobre cómo aparecen y desaparecen las mujeres de la memoria colectiva. La tercera y última parte de este tríptico, “Baba Yagá para principiantes”, es absolutamente deliciosa y de lectura obligada para nosotras durante el verano.

No es un ensayo sobre feminismo ni sobre la tercera edad sino una novela, escribe Alejandro Luque, pero una que integra una mirada muy fresca sobre el ocaso de la mujer, esa fase en la que una se convierte en poco más que hojarasca al margen de la sociedad. Abuelitas inofensivas, pensará más de uno al cruzárselas por la calle. Pero esas abuelitas tienen detrás una larga vida y, a menudo, un largo combate. Son todo menos inofensivas, cuando se lo proponen. Y cuando se topan con la afilada pluma de Dubravka Ugresic (Kutina, Croacia, 1949). En estas páginas regresa la alumna aventajada de Danilo Kiš, de Miroslav Krleža, por citar dos de sus compatriotas yugoslavos más frecuentados, del propio Kundera o del maestro húngaro Gyrörgy Konrád. Pero Ugresic es ya una autora de absoluta madurez: una indiscutible maestra.

Aquí va un extracto para hacer boca.

<< Al principio no te das cuenta de que están ahí…

Al principio no te das cuenta de que están ahí. Y, de repente, un detalle casual capta tu atención, como cuando ves un ratón por la calle: el bolso de una señora mayor, una media caída que se pliega sobre un tobillo hinchado, guantes de ganchillo en las manos, escaso pelo gris con reflejos azules y, posado en la cabeza, un sombrero algo anticuado. La dueña del pelo azulado mueve la cabeza como un perro mecánico y sonríe con cansancio.

Sí, al principio son invisibles. Se cruzan contigo, como sombras, picotean el aire que les llega, andan zapateando, caminan arrastrando los pies por el asfalto, dan pasitos de ratón, tiran de un carrito, se agarran a algún transeúnte, permanecen quietas, rodeadas por una serie de sacos y bolsas inútiles, como un desertor ataviado aún con la parafernalia militar. Algunas de ellas siguen ‘‘en forma’’; llevan vestidos de verano escotados, con un fular de piel sobre los hombros y un abrigo de astracán medio apolillado, y van con el maquillaje todo corrido (¿¡Quién, después de todo, puede maquillarse en condiciones, cuando necesita unos anteojos para hacerlo!?).

Pasan a tu lado rodando como una pila de manzanas secas. Murmuran algo para sí mismas; conversan con interlocutores invisibles, como los indios americanos lo hacen con los espíritus. Van en los autobuses, en los tranvías y en el metro como si fueran equipaje abandonado; duermen con la cabeza inclinada hacia el pecho; o andan de un lado a otro embobadas, preguntándose en qué parada tienen que bajarse, o si realmente deberían bajarse. A veces te detienes un instante (sólo un instante) en frente de una casa de gente mayor y las ves a través de las cristaleras: se sientan en mesas, palpan migajas como si estuvieran pasando los dedos por una página de braille para mandarle mensajes ininteligibles a alguien.

Dulces, adorables, señoras mayores. Al principio no te das cuenta de que están ahí. Y de repente ahí están, en el tranvía, en la oficina de correos, en la tienda, en la consulta del médico, en la calle, ahí hay una, ahí hay otra, allí hay una cuarta, una quinta, una sexta, ¿cómo puede ser que hayan tantas de repente? Tus ojos van poco a poco de un detalle al siguiente: los pies hinchados como donuts por los zapatos apretados; la piel que cae desde el pliegue del codo; las uñas protuberantes; los capilares que surcan la piel. Miras de cerca su cutis: o está bien cuidado o está descuidado. Te percatas de su falda gris y de su blusa blanca con el cuello bordado (¡que está sucio!). La blusa está desgastada y desteñida de tanto lavarla. Se la ha abrochado coja; intenta desabrochársela pero no puede, sus dedos están agarrotados, los huesos están viejos, cada vez son más ligeros y huecos, como los de los pájaros. Otras dos señoras le echan una mano, y con sus esfuerzos colectivos consiguen ponérsela bien. Parece una niña pequeña, con la blusa abrochada hasta la barbilla. Las otras dos le alisan el bordado del cuello, murmurando con admiración: a ver hasta dónde llega el bordado; era de mi madre, oh, antes todo se hacía tan bien y quedaba tan bonito. Una de ellas es bajita y corpulenta, y tiene un bulto pronunciado en la parte de atrás de la cabeza: parece un bulldog viejo. La otra es más elegante, pero la piel del cuello le cuelga como el moco de un pavo. Se mueven en formación, como tres polluelas…

Al principio son invisibles. Y entonces, de golpe, empiezas a localizarlas. Van por el mundo arrastrando los pies, como ejércitos de ángeles ancianos. Una de ellas te mira a la cara de cerca. Lo hace fijamente, con los ojos bien abiertos y la mirada de un azul apagado, y expresa su petición con un tono orgulloso y condescendiente. Te está pidiendo ayuda; necesita cruzar la calle pero no puede hacerlo sola, o necesita subir a un tranvía pero tiene las rodillas flojas, o necesita encontrar una calle y el número de una casa pero ha olvidado sus anteojos. Sientes una punzada de simpatía por la señora, te conmueve, realizas una buena acción, arrastrado por la emoción que produce la galantería. Es precisamente en este momento cuando deberías echar el freno, resistirte al canto de la sirena, esforzarte por hacer bajar la temperatura de tu corazón. Recuerda, sus lágrimas no significan lo mismo que las tuyas. Porque si cedes, si sucumbes, si intercambias unas pocas palabras más, te convertirás en su siervo. Te adentrarás en un mundo en el que no tenías intención de entrar, porque todavía no es el momento; tu hora, por el amor de Dios, no ha llegado aún.

Ve allí, no sé adónde,
y tráeme algo que me falta >>

 

Dubravka UgrešicBaba Yagá puso un huevo, traducción de Luisa Fernanda Garrido y de Tihomir Pistelek, Impedimenta, 2020.

 

Dubravka Ugrešic nació en 1949 en Kutina, un pueblecito cercano a Zagreb. Tras estallar la Guerra de los Balcanes, se exilió de su país. Desde entonces ha enseñado en numerosas universidades de Europa y América, como Harvard, Columbia y la Free University de Berlín. Entre sus obras, que han sido traducidas a numerosos idiomas, destacan El museo de la rendición incondicional (1996) y Baba Yaga puso un huevo (2008), así como los ensayos Gracias por no leer (2003) y Karaoke Culture (2010), que quedó finalista del National Book Critics Circle Award en 2011. También ha recibido el Premio del Estado Austriaco a la Literatura Europea (1998), galardón que han distinguido a otros autores como Stanislaw Lem, Marguerite Duras o Mircea Cartarescu, y en 2009 quedó finalista del Premio Booker. Actualmente reside en Ámsterdam.

 

http://impedimenta.es/libros.php/baba-yaga-puso-un-huevo

https://es.wikipedia.org/wiki/Dubravka_Ugre%C5%A1i%C4%87

 

El ciclo. Aullidos sanadores para saludar el solsticio de verano

Lobo_Andoni Canela

Los lobos adoran la noche. En esas horas encuentran la oscuridad donde pueden moverse como fantasmas. Esta noche es la más corta del año. (Y el día más largo con unas 15 horas de luz.) Hoy sábado empieza el verano a las 23.43, hora oficial peninsular, y termina esta primavera tan extraña.

El solsticio de verano marca la entrada del sol en el signo de Cáncer. Se traduce en un movimiento aparente del Sol hacia su punto más al norte en la bóveda celeste. Tras ese momento “reinicia su recorrido” hacia el sur. De ahí el origen etimológico de la palabra, que viene del latín solstitium (sol sistere), que significa “Sol quieto”: parece que el astro se queda quieto para luego volver a bajar en el cielo.

El aullido de un lobo es la esencia misma de la Naturaleza. El espíritu de Lo Salvaje. ¡Que tengáis un buen verano!

 

La fotografía de Andoni Candela de un lobo avistado en la Cordillera Cantábrica en una noche de verano aparece como portada de su libro Durmiendo con lobos que podéis encontrar aquí: https://www.andonicanela.com/producto/durmiendo-con-lobos)

 

“No em sents”: l’artista india Nalina Malani a la Fundació Joan Miró de Barcelona 

 

Fundació Joan Miró. Barcelona

Exposició de Nalina MalaniNo em sents

Dates: del al

Comissariat: Martina Millà

L’artista índia Nalini Malani, guardonada amb el Premi Joan Miró 2019, presenta una selecció d’obres de tota la seva trajectòria artística, marcada pel pensament feminista i la denúncia i condemna de la violència.

Les obres de Malani evoquen la vulnerabilitat i la precarietat de l’existència humana amb una iconografia personal que beu de mitologies antigues i universals. La justícia social, feminista i ecològica són el cor del seu treball artístic i prenen forma a l’exposició amb un conjunt d’instal·lacions immersives de gran format -projeccions de films i animacions, ombres xineses o panells pintats-. L’artista també ha creat una sèrie de dibuixos a la paret específics per a la Fundació Joan Miró.

El títol, No em sents, interpel·la directament el patriarcat, un interlocutor que, per a Nalini Malani, es mostra indiferent i insensible a les demandes justes de les persones vulnerables, i especialment de les dones.

Segons el jurat del Premi Joan Miró, Nalini Malani comparteix amb Joan Miró la imaginació radical i la consciència sociopolítica. El jurat també considera que els uneixen una extraordinària curiositat intel·lectual i un continu diàleg amb algunes de les figures més destacades del seu temps, que han influït en les seves produccions.

https://www.fmirobcn.org/ca/exposicions/5762/nalini-malani-no-em-sents

Guia de sala descarregable

 

https://www.fmirobcn.org/ca/exposicions/5762/nalini-malani-no-em-sents

El compromiso de Nalini Malani con los silenciados, premio Joan Miró 2019:

https://elpais.com/ccaa/2019/05/23/catalunya/1558615150_676983.html

 

 

Chantal Maillard: “El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido”

LA VANGUARDIA

Carmen Sigüenza |

La filosofa y poeta Chantal Maillard, que acaba de publicar su nuevo poemario, “Medea”, habla con Efe de la situación actual, la pandemia del coronavirus, la naturaleza, la muerte, la violencia, la compasión o el miedo. “El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido”, dice.

Chantal Maillard©Fotografía de Bernabé Fernández

 

Nacida en Bruselas en 1951, Maillard renunció a la nacionalidad belga para adoptar la española. Reside en Málaga desde 1963. Es especialista en filosofía y religiones de la India, y autora de numerosos libros de poesía como “Matar a Platón” y de ensayos. También es especialista en María Zambrano, y Premio Nacional de Poesía y de la Crítica, entre otros muchos galardones.

P.-¿Cómo valora lo que está pasando en esta crisis debido a la pandemia del coronavirus?

R.- De vez en cuando algo nos recuerda que nada es permanente. Una pandemia no es ninguna cosa “de otro mundo”. La humanidad nunca estuvo libre de desastres, y es bueno que de vez en cuando algo nos recuerde que este es un mundo incierto.

P.- Lo único claro en esto es la muestra de vulnerabilidad del ser humano y que en algún momento todos vamos a morir. ¿Cree que el ser humano aprenderá algo, será más humilde, o seguiremos siendo iguales? ¿Nos resistiremos a evolucionar y crear una nueva forma de vida?

R.-Sería deseable que muchas de las reflexiones que han generado esta pandemia nos condujesen a un cambio radical, que esta sacudida fuese suficiente como para llevarlo a cabo. Pero es más que dudoso que así ocurra. Esto que nos parece tan importante ahora, mañana se habrá olvidado y cada uno recuperará su extraña “normalidad”. Los niños volverán a confinarse en las guarderías, los ancianos en los geriátricos, y los demás, cada cual a su galera. La regeneración de las relaciones empáticas retornarán a su estado larvario. El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido, y así parece que ha de ser. Si el animal –que también somos– no fuese capaz de olvidar se suicidaría en masa.

P.- Ahora parece que la naturaleza y el silencio vuelven, mientras el ser humano se queda en casa. En estas semanas se escucha a los pájaros, los animales pasean por la ciudad, las aguas están más limpias, los cielos están más claros…¿Qué ignora el ser humano de la naturaleza, de los animales, qué no comprende, o, mejor, qué no sabe sentir el ser humano de la vida?

R.- Nos resistimos a pensar que somos parte integrante de un sistema natural en el que nada es independiente. Aún funcionamos de acuerdo con el viejo antropocentrismo bíblico y el precepto de una antigua población en riesgo: crecer y multiplicarse. Cuando en tiempos de bonanza una especie sigue multiplicándose se convierte en plaga. Lo que nos distingue de otros animales no es lo que hemos ganado, sino lo que hemos perdido: pasar sin perturbar el orden que mantiene en equilibro el planeta.

P.- Se ha demostrado que necesitamos una sociedad con un buen sistema sanitario y con profesionales dedicados a los cuidados, con un trato y un pago digno. ¿Cree qué eso cambiará?

R.- Lo que necesitamos, ante todo, es eliminar los factores que hacen de la nuestra un sociedad enferma (alimentos desvitalizados, medio ambiente corrupto, aturdimiento acústico, estimulación compulsiva, enajenación laboral, estrés escolar, aislamiento geriátrico, aturdimiento sonoro, hipermedicalización, etc.) y, luego, algo que hemos olvidado: saber morir. La muerte no es el envés de la vida, sino su posibilidad. La dignidad consiste en aceptar el fin –el propio y el ajeno– cuando este llega, y en querer que así sea. Si no comprendemos que la desaparición forma parte de la vida es que hemos desaprendido lo fundamental.

librito violencia

P.- ¿El capitalismo y la globalización están heridos de muerte?

R.- En absoluto. De los desastres generados por catástrofes naturales el capitalismo siempre sale fortalecido. Un ejemplo reciente es cómo, apenas iniciado el estado de alarma, la Junta de Andalucía se apresuró a modificar seis leyes y veintiún decretos que eliminan los trámites para la construcción en áreas protegidas. En cuanto a la globalización, ésta es la lógica consecuencia de un sistema que, al tener como fin su propio crecimiento, necesita extenderse y colonizar indefinidamente.

P.- En su ensayo “¿Es posible un mundo sin violencia?” (Vaso Roto), dice que “tanto el ansia como la insatisfacción descansan sobre el miedo” ¿En qué se traducirá el miedo que siente ahora toda la población? ¿Y la distancia con el otro?

R.-La muerte tiene muchos disfraces. Cuando aparece con uno de ellos confundimos el vacío de su ser con su apariencia, y el miedo –al dolor, a la pérdida, a la desaparición– adopta los colores de su vestimenta. Si toma forma de virus, tememos al virus. En cuanto el virus desaparezca dejaremos de temerlo. Pero el miedo seguirá allí, latiendo, aunque dejemos de tenerlo presente. Nuestra ansias, nuestras compras compulsivas, nuestra constante insatisfacción, nuestro descontento, nuestras fobias, nuestra incapacidad para el sosiego y el silencio serán los síntomas que nos permitan detectarlo.

P.- En su último poemario, “Medea” (Tusquets), donde hace un estudio de la culpa y la compasión, dice: “Todo aquello que vive se sostiene sobre el hambre. Y el hambre es el otro…” ¿Podría profundizar en ello?

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R.- Este es un mundo en el que la violencia es ley. El hambre es violencia. No obstante, todo animal es inocente. No mata por codicia ni por placer, sino para alimentarse. De ahí que compadecerle sea fácil. La compasión es todo lo contrario del sentimentalismo. La compasión es padecer con otro la violencia que sobre él se ejerce y también la que él está obligado a ejercer. Pero a la natural, el ser humano añade otra violencia, ejercida por crueldad, por ambición o por placer. De ahí que compadecerle resulte más difícil. De la inocencia participamos en la medida y tan sólo en la medida en que aún habite en nosotros el animal que fuimos.

P.- “Todo aquel que subvierte la norma es peligroso”, dice en el poemario. ¿Tras esta crisis usted cree que habrá un mayor sometimiento y un recorte de libertades por parte de los líderes totalitarios o populistas?

R.- El problema no son tanto los líderes, como la fuerza del capital al que sirven, su cadena de corrupción. La monitorización de los individuos está prevista desde hace tiempo, a la espera tan sólo de la ocasión para ponerla en marcha. Es la cara oculta de la globalización informática y el precio que pagaremos por los beneficios de los que no queremos prescindir. Es evidente que, debilitada por el miedo, la población acepta de buena gana lo que en otros momentos no aceptaría. Y, lamentablemente, la rebeldía es un bien escaso.

https://www.lavanguardia.com/cultura/20200511/481089172422/chantal-maillard-el-olvido-es-mucho-mas-poderoso-que-el-dano-padecido.html

 

Sonando casi a nada | Carlos de Hita

Durante el confinamiento provocado por la pandemia de coronavirus ha habido un silencio en las ciudades y el medio rural que no se conocía desde hace décadas. El naturalista y experto en grabación Carlos de Hita describe la increíble limpieza de la atmósfera sonora en estos días. Y nos ofrece un ejemplo sonoro a través de un amanecer en la alta sierra. “Parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo”, afirma.



Se cuenta del director Leopold Stokovski que, descentrado por las toses y murmullos del público durante un concierto, paró a la orquesta y, encarándose con el patio de butacas, recordó que, así como un pintor traza su obra sobre un lienzo, los músicos trazan la suya sobre el silencio. “Nosotros ponemos la música, ustedes el silencio”, ironizó. Y mandó callar.

Nos acercamos a los dos meses de confinamiento y España, uno de los países más ruidosos del mundo, ha conocido el silencio. Los ciudadanos han abierto las ventanas, se han quitado los auriculares y descubierto, muchos con asombro, que hay vida más allá del ruido. La sociedad entera, que tiende al bullicio por naturaleza, se ha puesto a escuchar. Y lo que oye le ha gustado. Gorriones, estorninos, palomas y tórtolas, vencejos, algunos mirlos. Pero también campanas, carrillones, vientos, el sonido de la lluvia en los charcos y muchas voces en diferentes idiomas. Una atmósfera acústicamente transparente por la que los mensajes se propagan desde la distancia y sorprenden por su calidez inmediata. En consecuencia, muchos han creído que la naturaleza recupera sus dominios, avanza y nos invade. Pero la realidad es que todos esos sonidos estaban ya ahí, como las hierbas que crecen en las aceras y a las que nadie hace caso. El ruido, su ausencia, caracteriza estos momentos históricos.

Esta es la situación en las ciudades. En el campo, por decirlo en pocas palabras, es como si hubiéramos retrocedido 100 años.

 

“Parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo”

 

Se puede definir el silencio de muchas maneras. Para mí, básicamente, es el sosiego, lo que no excluye el sonido, pero sí la perturbación. El tapiz de silencio, pues, no está totalmente vacío. Ahora que, al fin, parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo, bien está recordar a qué suena la naturaleza cuando se expresa a través de una atmósfera limpia.

 

Un tapiz de silencio

Al registrar un sonido, como al hacer una fotografía, grabar un vídeo o pintar un paisaje, la realidad se convierte automáticamente en ficción. Como es natural, cuando un animal habla dirige sus mensajes a sí mismo, a sus competidores por el territorio, a sus compañeros de viaje. Él cuenta su historia, pero yo utilizo su voz para contar la mía. Lo que sigue es el relato personal de un amanecer contra un silencio perfecto, las primeras horas de un día en una primavera silenciosa.

Madrugada del cinco al seis de mayo. El escenario es el valle de Valsaín, en la ladera de Peñalara, a unos 1.400 metros de altitud, en una vaguada donde se entremezclan pinos silvestres y robles melojos. Luna casi llena, atmósfera quieta y templada. De una grabación continua de 24 horas nos interesa solo el final, desde la alta noche hasta que el sol asoma por encima de las cumbres de la sierra. El tapiz, sinónimo del fondo sonoro sobre el que se construye el concierto natural, es el sonograma del vídeo, generado, a su vez, por los sonidos grabados. Vemos y oímos las horas que preceden al coro del alba, la expresión con que se denomina a estas primeras cantatas de la mañana.

 

“Al registrar un sonido, como al hacer una fotografía, grabar un vídeo o pintar un paisaje, la realidad se convierte automáticamente en ficción”

 

El tapiz, su urdimbre, es un murmullo sin matices. Parece plano, pero, en realidad, está formado por la suma de miles de ruidillos, de la brisa, de las aguas, los ecos y las reverberaciones, filtradas por la vegetación y la distancia. Toda la actividad latente del bosque se convierte en este suave relleno. Una línea continua, como una cenefa, enmarca el borde inferior. Es el retumbo de fondo, las ondas sonoras más graves y, por así decir, el margen residual de la acústica del valle. Algunos sonidos sutiles, que nadie se atrevería a calificar como ruido, enriquecen el lienzo. Un murmullo fluye y traza una línea azul: un regato que mana de una tolla, agua discreta que escurre y suena casi a nada.

Como una perturbación del espacio, el viento forma ondas en el tapiz. Crepitan las ramas, una ráfaga sisea en las acículas de los pinos, tabletea en las hojas planas, aún a medio salir, de los robles. Muy lejos, ronronea un chotacabras gris. El bosque apenas levanta su voz, sin amenazar al silencio.

Unas notas moduladas, lejanas, pespuntean la noche. Ululan los cárabos. Para ellos su voz es una llamada de desafío que compartimenta el lienzo, el bosque, en territorios. Para sus presas, roedores y pajarillos, es motivo de tranquilidad, porque cuando el cárabo anda de caza no emite sonido alguno. Para nuestros oídos intrusos, el cárabo es el paso de las horas.

A la vez, unos sutiles pulsos agudos, alfilerazos en la parte alta del cuadro, sobrevuelan el bosque. Son la parte audible de los ultrasonidos de los murciélagos, que navegan, literalmente, de oídas. Ultrasonidos que pueblan otro lienzo, invisible para nosotros, pero que, por definición, no manchan el silencio.

Hay también sonidos broncos que crean el contraste necesario para que el silencio se haga más espeso. Los ladridos de los corzos, como voces asustadas donde nada les amenaza, arrugan el tapiz por unos segundos. Al alejarse ladera abajo sus toses se estiran, reverberan, rellenan el espacio y hacen un dibujo sin líneas del valle.

Hasta que, aún de noche y antes de que el cielo empiece a clarear por el este, aparecen en el bosque algunos trazos sutiles. Un trino, como una fina hebra, se enreda en el lienzo. Es un petirrojo que, somnoliento, lanza varias frases y calla. Pasa un rato antes de que se escuche una serie de notas dobles, espaciadas regularmente: un cuco dice su nombre. La luz se abre paso en los claros del arbolado mientras que las sombras permanecen bajo las copas. Y, como bajo la batuta de un director de orquesta, a medida que sube la luz, suben los colores del lienzo, las voces del bosque. Estalla un chochín, parlotea un petirrojo, silba, rotundo, un zorzal. Y con la aparición de un mirlo llega la música, en sentido estricto, al tapiz forestal.

 

“Como bajo la batuta de un director de orquesta, a medida que sube la luz, suben los colores del lienzo, las voces del bosque”

 

A partir de entonces todo es un griterío. Una voz aislada es un pájaro, pero dos son un conflicto territorial, una pelea a voces. Y muchas voces juntas forman una comunidad. Si se mezclan con otras y se le añade el viento, el agua y la distancia tenemos un bosque. El tapiz es ahora una maraña, una secuencia sonora entrelazada. Ahí está todo. Abajo, el arrullo grave, ronco de las palomas torcaces. Un poco más arriba los graznidos de las cornejas. Ocupando todo el ancho de la banda, los trallazos de los picos picapinos contra la madera. En el centro se amontonan las líneas. Pinzones, mirlos zorzales, carboneros comunes y garrapinos. Y arriba, como coronando la composición, unas crestas de trazos muy finos y apretados, como puntadas de hilo que salen de las gargantas de los más pequeños, reyezuelos sencillos, agateadores comunes y herrerillos. Cierran la secuencia los gritos rápidos de un azor.

Un bullicio. Pero mientras el tráfico se mantenga detenido, por muchos trinos, susurros, gritos, tamborileos, crujidos y rechinos, para la mayoría de los oyentes todo esto seguirá siendo un clamoroso silencio.


Sonando casi a nada

 

Calma urgente. Accionando el freno de emergencia | Roger López Cuenca y Elo Vega

Calma urgente 1

 

Estado de excepción. En aislamiento. Sin más contacto con el exterior que la red de pantallas de la que nos hemos ido rodeando. Tus emociones, el miedo, la perplejidad, la expresión de los afectos reducidos a carne de big data. La inquietante sensación de los ratones albinos en un laboratorio —tamaño del planeta— donde se ponen a prueba los límites del consentimiento, las condiciones de la rendición.

Las ventanas, los balcones, las terrazas se han revelado de pronto como espacios de una desconocida intensidad simbólica. En los nuestros, como en muchos otros, las semillas, los brotes, los plantones se han convertido en la más resiliente metáfora de la fuerza de la vida; de la que precedió a estos días de vigilancia; de la que permanece más allá del ruido amenazante de los media, y continúa, al ritmo del silencio de la calle; también en nuestra voluntad de no dejarnos arrastrar por la inercia suicida del prometido regreso a una “normalidad” de desigualdad y precariedad, de extractivismo inmediato y frenético.

A estas plantas les espera el futuro, lo mismo que a nosotras, fuera. Serán distribuidas, regaladas, para ser luego árboles y aspirar a ser bosque, en estas bolsas que hemos fabricado con las páginas de los periódicos de estos días sombríos —los consabidos profesionales gestos y las envanecidas proclamas de las élites, pero también iluminados por esos rostros y voces normalmente ignorados y que se han demostrado indispensables en la defensa de nuestra extrema vulnerabilidad. Las imágenes, los textos irán amarilleando hasta que lentamente se hagan ilegibles, antes de finalmente desaparecer. Mientras eso sucede, estas plantas encontrarán su sitio. En los balcones, en las ventanas hemos visto la manera de mirar hacia atrás para atisbar el porvenir; el modo colectivo en que podemos accionar —como Walter Benjamin supo presagiar— el freno de emergencia.

 

Calma urgente 2

 

Nerja (Málaga), España. 14 de marzo de 2020. A causa de la expansión del coronavirus COVID-19, el Gobierno central ha decretado el estado de alarma, cuyos límites a la libre circulación en el espacio público constituyen en la práctica un confinamiento efectivo de la población en sus lugares de residencia.

En este contexto se ha hecho pública la reactivación de un convenio firmado en 2015 entre el Ayuntamiento de Nerja y la Sociedad Azucarera Larios S. A. (Salsa Inmobiliaria). El acuerdo persigue la recalificación de alrededor de dos millones de metros cuadrados de suelo. El objetivo es la construcción de un campo de golf, varios hoteles y 680 viviendas de lujo. Sin embargo, estos terrenos no son urbanizables por gozar actualmente de un estatuto de especial protección agrícola.

La propuesta —sorprendente, dada su imposibilidad legal— se hace comprensible a la luz de la promulgación por parte del Gobierno regional (Junta de Andalucía), también durante el estado de excepcionalidad del confinamiento, de un macro-decreto por el cual se modifican de un golpe seis leyes y 21 decretos existentes. Se argumenta que con la finalidad de “limpiar de trabas burocráticas”, simplificando o directamente eliminando hasta un centenar de trámites administrativos. El decreto es oficialmente justificado en nombre de la agilidad y flexibilidad exigida por la libre empresa “para cuando llegue el momento de la vuelta a la normalidad”.

A pesar del aislamiento físico, estamos en contacto con familiares, con amigas, vecinas y compañeras. Compartimos las noticias, la indignación, la rabia ante el oportunismo y la ruindad de estas actuaciones. Y debatimos medidas a tomar como respuesta. El estado de alarma impide otras acciones más allá de la virtualidad de las redes. A través de estas divulgamos lo que para la mayoría —en el estado de shock provocado por la pandemia y la reclusión— ha podido pasar desapercibido. Comentamos, discutimos, datos, informaciones, fechas, nombres. En las conversaciones, inevitablemente, aparece la necesidad de releer hacia atrás la historia; de que solo mirando hacia el pasado podemos acercarnos a entender la lógica de estos planes que aspiran a diseñar nuestro futuro; y dilucidar de qué manera enfrentarnos a ellos.

La economía andaluza —la de Málaga, la de Nerja— se apoya en la actualidad, de modo preponderante, en el sector terciario; en la prestación de servicios ligados a la industria turística; también en la construcción, igualmente vinculada al turismo. La actividad económica se encuentra en estos momentos bajo mínimos, inerte, a causa de la conmoción ocasionada por un microscópico virus, tan inesperado como mortífero.

No es la primera vez. A mediados del siglo XIX un insecto parásito de la vid se expandió, en menos de una década, por el mundo entero, dando lugar a una crisis sin precedentes. La filoxera (Phylloxera vaxtratrix) hizo su aparición en Málaga en 1877, provocando el desmoronamiento irreversible de una entonces boyante economía, que tenía su pilar básico en la viticultura e industrias derivadas, principalmente el vino.

La plaga fue especialmente dañina en la zona oriental de la provincia, donde el viñedo llegó a desaparecer por completo. En esa comarca, la Axarquía (la Oriental, en árabe), a lo largo de toda su franja costera, otro cultivo, el de la caña de azúcar, tuvo durante siglos —desde la época de al Ándalus— un predominio tal que en torno suyo se delimitaron las relaciones sociales y de poder. La industrialización de este producto, iniciada a mediados del siglo XIX, convirtió el litoral en un monocultivo, y a una destacada familia de la plutocracia malagueña, los Larios, en su terrateniente máximo.

Mediante una agresiva política de préstamos a muy alto interés a pequeños empresarios y agricultores, que acababan deviniendo arrendatarios suyos, la Sociedad Azucarera Larios —fundada en 1890— va a llegar a poseer hasta 14 fábricas de azúcar y alcoholes, acumulando más de 10.000 hectáreas de terreno dedicadas a la producción de caña.

El progresivo declive de esta industria en la segunda mitad del siglo XX lleva a los Larios a abandonarla en 1976, reorientando su actividad al negocio inmobiliario. Para la explotación de los más de diez millones de metros cuadrados de suelo de su propiedad se constituyó en 1994 Salsa Inmobiliaria. Al agrobusiness se consagra otra de sus filiales, Salsa Agrícola, que dedica cerca de 80.000 hectáreas al cultivo intensivo de frutos tropicales (aguacate), así como a arrendamientos rústicos.

La agroindustria y su uso de fertilizantes y plaguicidas es el principal agente contaminante del suelo y del agua, y el mayor consumidor de esta. Por su parte, el turismo multiplica por cuatro el consumo medio de la población residente. Es lo que explica que Andalucía sea la mayor consumidora de agua de España; y la costa de Málaga, la mayor de Andalucía. El crecimiento exponencial del modelo low cost —desde las aerolíneas y el alojamiento hasta el alquiler de coches— ha conducido a un grado de masificación nunca visto. España recibió en 2019 más de 83 millones de turistas, rompiendo por séptimo año consecutivo su propio récord.

Sin embargo, este tipo de turismo masivo —ahora en estado de parón global— no deja de manifestar síntomas de agotamiento. De un lado, debido a las consecuencias de la reaparición en el mercado de otros destinos más competitivos al sur y al este del Mediterráneo; y de otro, por la sobreexplotación de recursos que conlleva, forzando al límite la capacidad de carga del territorio.

En ese momento empiezan a aparecer como una coletilla permanente asociada al término “turismo”, expresiones como “de calidad”, o el inexcusable adjetivo de moda, “sostenible”, que en el vocabulario neoliberal ostenta un monstruoso vaciamiento y perversión de su significado: seguir por donde íbamos, continuar “creciendo” a fuerza de ladrillo, acelerando hacia el colapso final.

La crisis actual no trae incorporada la puerta de salida. No vamos a regresar, sin más, a aquella deriva sin sentido que llamábamos “normalidad”. Junto con los visos autoritarios que el experimento está dejando al descubierto en las instituciones, el riesgo principal es el de nuestra propia supervivencia. Todo va a depender de que hayamos aprendido qué es lo verdaderamente indispensable frente a la idiocia desarrollista, la absurda movilidad sin fin, el consumismo siempre insatisfecho y el lucro como único designio a costa de una cada vez mayor desigualdad.

Nuestra supervivencia estribará en que hayamos entendido —del mismo claro modo en que se nos ha hecho visible lo valioso, lo imprescindible de aquello normalmente despreciado— que no existen las catástrofes “naturales”, sino que estas tienen su origen en la abusiva explotación de los recursos, en el saqueo de la biodiversidad: que la única salida es defender el precario y frágil equilibrio de la naturaleza, de la que formamos parte de modo indisoluble, y que es la única que nos puede proteger.

Autoría:

Rogelio López Cuenca y Elo Vega

Título:

Calma urgente. Accionando el freno de emergencia

Formato:

Acción germinal

Fecha:

2020

Más información:

www.lopezcuenca.com
www.elovega.net

Biografía

Rogelio López Cuenca (Nerja, España, 1959) y Elo Vega (Huelva, España, 1967), artistas visuales e investigadoras, centran su práctica artística en el análisis de los medios de comunicación masiva y la construcción de identidades. Colaboran en proyectos artísticos que son al mismo tiempo dispositivos de crítica de la cultura como instrumento político. Mediante producciones audiovisuales, exposiciones, publicaciones, intervenciones en espacios públicos y en las redes, su trabajo presta una atención principal a su carácter procesual, no constituyendo su objetivo fundamental la producción específica de objetos sino su aspiración a disolverse en procesos de más largo recorrido, desbordando con frecuencia el campo de las prácticas artísticas para diseminarse en otras direcciones, otros territorios y otras utilidades.

https://www.museoreinasofia.es/linternationale/artistas-cuarentena/rogelio-lopez-cuenca-elo-vega