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Boris Cyrulnik, neurólogo y psiquiatra: “Después de una catástrofe, siempre hay una revolución”

Cuando todo el planeta está amenazado por el coronavirus, hablamos con el mayor experto en resiliencia, el neurólogo y psiquiatra Boris Cyrulnik, sobre cómo superar el trauma. Por Carlos Manuel Sánchez

 Ocho consejos para hacerse resistente frente a la amenaza del coronavirus

Si alguien ha contribuido a difundir a nivel mundial el concepto de resiliencia –es decir, la capacidad de superar la adversidad–, es el neurólogo y psiquiatra francés Boris Cyrulnik, de 82 años. Acaba de publicar Escribí soles de noche (Gedisa), donde profundiza en la creatividad humana para superar el trauma. Es decano de la Universidad de Toulon y asesor de Emmanuel Macron en política educativa.

XLSemanal. La incertidumbre se ha apoderado de la humanidad. Dígame, ¿cómo salimos de esta?

Boris Cyrulnik. Tenemos una ventaja. No estamos entrando en un territorio desconocido. Desde que el ser humano apareció sobre la Tierra, hemos padecido epidemias: peste negra y bubónica, cólera, encefalitis virales… Y hemos salido adelante. Como especie, sabemos de qué va esto.

XL. ¿Y cómo individuos?

B. C. El confinamiento machaca psicológicamente. Resisten mejor los que ya tenían una buena disposición. Su fortaleza se basa en tres factores: confianza en sí mismos, un dominio del lenguaje que les permite contar lo que les pasa. Y tener a alguien a quién contárselo; es decir, una red afectiva de familiares y amigos.

XL. No todos se adaptan…

B. C. Bueno, también ayudan elementos externos, como tener una vivienda espaciosa, un jardín… Evidentemente, no todo el mundo disfruta de esas ventajas. Por eso es tan importante tener un mundo interior rico. Estar acostumbrado a meditar, a leer, a escribir, disfrutar con la música… La espiritualidad también ayuda. Incluso cocinar.

 

“Resiste mejor quien tiene una red afectiva de familiares y amigos”

 

XL. ¿Qué le diría a los que se ven sobrepasados?

B. C. Que todo el mundo tiene miedo. En un contexto como este, es difícil mantener la serenidad. Pero el miedo es un mecanismo de defensa. Si no se apodera de ti, te mantiene alerta.

XL. Ansiamos recuperar nuestras vidas, pero no sabemos si todo volverá a ser como antes…

B. C. Si no evaluamos las causas que nos han conducido al desastre, estamos condenados a que se repitan. Los napolitanos, después de la erupción del Vesubio, volvieron a construir sus casas en el camino de los ríos de lava. Durante una crisis, hay que protegerse. Pero no basta. Hay que comprender las causas. Y esta comprensión nos llevará a organizar nuestra vida en común de una manera diferente.

Boris Cyrulnik, neurólogo y psiquiatra: "Después de una catástrofe, siempre hay una revolución" 2

Boris Cyrulnik nos envió un borrador con sus respuestas manuscritas 

XL. ¿Muy diferente?

B. C. Mire, después de cada catástrofe hay una revolución cultural, incluso biológica. Toda evolución, sea de animales, plantas o personas, se produce mediante saltos hacia lo desconocido. Una estrella que se apaga es el final. Ahí no hay resiliencia posible. Pero siempre que quedan trozos dispersos se pueden volver a unir. La vida se reanuda después de un desastre. Pero serán otra flora, otra fauna, otra manera de ver el mundo las que van a dominar a partir de ese momento.

XL. ¿Estamos ante una crisis existencial, en el sentido en que amenaza la existencia misma de la sociedad tal y como la teníamos organizada?

B. C. Sí. Pero recuerde que en este planeta se han producido cinco extinciones masivas que han destruido hasta el 95 por ciento de las especies vivas. Hemos pasado por glaciaciones y calentamientos. La subida del nivel de los mares ya acabó con plantas, animales y alguna civilización. Cuando las aguas se retiran, encontramos fósiles de organismos marinos en la montaña, o restos de culturas desaparecidas. Pero el ser humano se adapta. Durante los periodos de frío, se hizo cazador; en las épocas templadas, agricultor. Después del coronavirus, habrá cambios profundos, nuevas leyes y valores. Es la regla.

 

“Si no analizamos las causas que nos han conducido al desastre, lo repetiremos”

 

XL. ¿Podemos sacar alguna lección de todo esto?

B. C. Durante la vida del ser humano no escasean los traumas. Algunas personas no consiguen superarlos. Las que acaban con estrés postraumático se quedan ancladas en los sucesos de su pasado. Ya no logran disfrutar de la vida, amar, trabajar. Por el contrario, otros transforman su desgracia en una experiencia. Se convierten en escritores, psicólogos, educadores o filósofos; y le dan sentido a lo que han vivido. Lo comparten y ayudan a otros.

XL. Sinceramente, ¿cree que el coronavirus traerá algo positivo?

B. C. Sin duda, cuando la pandemia se supere, reflexionaremos. Y discutiremos la manera de construir una nueva forma de vivir juntos. Tenemos la referencia de la peste negra. En pocos años, murieron la mitad de los europeos. Ya no se podía cultivar, no había suficiente mano de obra. Desaparecieron viñedos y campos de cereal. Pues incluso algo tan terrible como aquello tuvo efectos insospechados. La mano de obra de los supervivientes se convirtió en algo tan caro que desaparecieron los siervos. Antes de la peste de 1348, la mayoría de los seres humanos se vendían como parte de la tierra. Las ciudades perdieron población, pero las casas se abarataron y esto facilitó el éxodo rural. Cuando yo nací, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, no había Seguridad Social, ni un sistema de pensiones. Pero después de cada crisis hay cambios culturales. Luego, vistos en perspectiva, los consideramos inevitables, aunque ahora lo que nos llega es confusión y desconcierto. Después del coronavirus, creo que la familia y la pareja se verán reforzadas.

XL. Emmanuel Macron dice que estamos en guerra.

B. C. Yo prefiero hablar de resistencia. La humanidad se reorganiza. Quizá vivamos un cambio con una profunda raíz ecológica. Una vida más pausada. La economía mundial, en estado de hibernación, ya ha provocado una disminución de la contaminación. En China, en estos meses, se calcula que ha habido unos diez mil casos menos de cáncer.

 

Superviviente desde niño

Boris Cyrulnik, neurólogo y psiquiatra: "Después de una catástrofe, siempre hay una revolución" 1

La propia vida de Boris Cyrulnik es una epopeya. De familia judía, su padre desapareció en Auschwitz. Su madre, también víctima del Holocausto, envió a Boris a una pensión para que no fuera detenido. «Cuando tenía seis años, caí en una redada con otras 1700 personas, pero escapé gracias a que una mujer me escondió. Fuimos los dos únicos supervivientes… Mi tía me encontró tras la guerra. Apenas había ido al colegio, pero recuperé el retraso. Los primeros años de vida son decisivos, igual que los primeros movimientos de una partida de ajedrez. Pero eso no quiere decir que uno no se pueda sobreponer a un mal comienzo», resume.

Boris Cyrulnik, neurólogo y psiquiatra: “Después de una catástrofe, siempre hay una revolución”

 

Byung-Chul Han: “El dataísmo es una forma pornográfica de conocimiento que anula el pensamiento”

El filósofo coreano, que en su último ensayo afirma que la conversión de la producción y el rendimiento en valores absolutos está desritualizando cada vez más a la sociedad, cree que la violencia que el ser humano ejerce contra la naturaleza se está volviendo contra él con más fuerza.


Byung Chul Han
El filósofo coreano Byung-Chul Han, en Barcelona en 2018. MASSIMILIANO MINOCRI

El filósofo alemán vivo más leído en todo el mundo es coreano. Byung-Chul Han (Seúl, 1959), profesor en la Universidad de las Artes de Berlín, se dio a conocer en todo el mundo hace 10 años con La sociedad del cansancio. Desde entonces ha publicado más de una decena de ensayos formalmente similares —muy breves y con una escritura clara y directa— en los que desarrolla una peculiar crítica comunitarista de distintos aspectos del capitalismo contemporáneo. Su último trabajo es La desaparición de los rituales (Herder, 2020). Esta entrevista se hizo por correo electrónico.

PREGUNTA. En su libro define los rituales como acciones simbólicas que generan una comunidad sin necesidad de comunicación. En cambio, según plantea, en las sociedades actuales abundaría más bien la comunicación sin comunidad. ¿Cómo imagina esa “comunidad-sin-comunicación” perdida? Los ejemplos que usted pone pertenecen al pasado o a pequeños pueblos campesinos e insiste en que el causante de esa destrucción comunitaria es el neoliberalismo. ¿Ha habido otras épocas del capitalismo más abiertas a los rituales? ¿Es incompatible la modernidad y la comunidad o la incompatibilidad se da exclusivamente entre capitalismo y comunidad?

RESPUESTA. La desaparición de los rituales señala sobre todo que, en la actualidad, la comunidad está desapareciendo. La hipercomunicación consecuencia de la digitalización nos permite estar cada vez más interconectados, pero la interconexión no trae consigo más vincu­lación ni más cercanía. Las redes sociales también acaban con la dimensión social al poner el ego en el centro. A pesar de la hipercomunicación digital, en nuestra sociedad la soledad y el aislamiento aumentan. Hoy en día se nos invita continuamente a comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos o preferencias, incluso a que contemos nuestra vida. Cada uno se produce y se representa a sí mismo. Todo el mundo practica el culto, la adoración del yo. Por eso digo que los rituales producen una comunidad sin comunicación. En cambio, hoy en día prevalece la comunicación sin comunidad. Cada vez celebramos menos fiestas comunitarias. Cada uno se celebra solo a sí mismo. Deberíamos liberarnos de la idea de que el origen de todo placer es un deseo satisfecho. Solo la sociedad de consumo se orienta a la satisfacción de deseos. Las fiestas no tienen que ver con el deseo individual. En el juego colectivo uno no procura satisfacer su propio deseo. Antes bien, se entrega a la pasión por las reglas. No estoy diciendo que tengamos que volver al pasado. Al contrario. Sostengo que tenemos que inventar nuevas formas de acción y juego colectivo que se realicen más allá del ego, el deseo y el consumo, y creen comunidad. Mi libro va encaminado a la sociedad que viene. Hemos olvidado que la comunidad es fuente de felicidad. La libertad también la definimos desde un punto de vista individual. Freiheit, la palabra alemana para “libertad”, significa en origen “estar con amigos”. “Libertad” y “amigo” tienen una etimología común. La libertad es la manifestación de una relación plena. Por tanto, también deberíamos redefinir la libertad a partir de la comunidad.

P. Su descripción de nuestro mundo como crecientemente alejado de los rituales se opone a quienes ven el capitalismo como una sociedad hiperritualizada. Desde ese punto de vista, que usted critica, el consumo tendría una fuerte dimensión ritual e incluso religiosa: los supermercados o los estadios serían nuestros templos. ¿Por qué le parece incorrecto interpretar las prácticas capitalistas o burocráticas como formas secularizadas de rituales religiosos?

R. Rechazo la tesis de que el capitalismo es una religión. Los centros comerciales son todo lo contrario de un templo. En los centros comerciales, y en el capitalismo en general, domina una atención particular. Todo gira en torno al ego. Según Malebranche, la atención es la oración natural del alma. En los templos encontramos una forma totalmente diferente de atención. Se presta atención a cosas que no se pueden alcanzar con el ego. Los rituales me alejan de mi ego. El consumo refuerza la obsesión con él. No soy creyente, pero me gusta asistir a las celebraciones religiosas, católicas por supuesto. Cuando me dejo embriagar por los cánticos, la música del órgano y el aroma del incienso me olvido de mí mismo, de mi ego, y experimento una hermosa sensación de comunidad. En mi libro cito un apunte de Peter Handke: “Con ayuda de la misa, los curas aprenden a tratar bien las cosas: la manera delicada de sostener el cáliz y las hostias, la limpieza sosegada de los vasos, la manera como pasan las páginas del libro; y el resultado de ese hermoso modo de tratar las cosas: una alegría que da alas al corazón”. Hoy en día damos un uso muy diferente a las cosas. Las agotamos, las consumimos y las destruimos. En los rituales las tratamos de una manera totalmente distinta, con cuidado, como si fuesen amigas. Las cosas ritualizadas también pueden crear comunidad.

Los rituales poseen un factor de repetición, pero es una repetición animada y vivificadora. No tiene nada que ver con la repetición burocrática-automática. Hoy en día vamos constantemente a la caza de nuevos estímulos, emociones y experiencias, y olvidamos el arte de la repetición. Lo nuevo se trivializa rápidamente y se convierte en rutina. Es una mercancía que se consume y vuelve a inflamar el deseo de algo nuevo. Para escapar de la rutina, del vacío, consumimos aún más estímulos nuevos, nuevas emociones y experiencias. La sensación de vacío es precisamente la que activa la comunicación y el consumo. La “vida intensa” que actúa como reclamo del neoliberalismo no es sino consumo intenso. Existen formas de repetición que crean auténtica intensidad. Me encanta Bach. He tocado más de 10.000 veces las arias de las Variaciones Goldberg, y cada vez experimento una felicidad. Personalmente, no necesito nada nuevo. Me encantan las repeticiones, los rituales de la repetición.

P. Una tesis muy sugerente de su libro es que los rituales permiten que los valores de una comunidad se asimilen corporalmente. Me parece una idea cercana a aquello que decía Pascal: “Si no crees, arrodíllate, actúa como si creyeras y la creencia llegará por sí sola”. Usted plantea que, en cambio, vivimos en una sociedad de las pasiones marcada por el culto narcisista a la autenticidad, donde lo único que cuenta es la sinceridad de nuestras emociones.

R. Los rituales anclan la comunidad en el cuerpo. Sentimos físicamente la comunidad. Precisamente en la crisis del coronavirus, en la que todo se desarrolla por medios digitales, echamos mucho de menos la cercanía física. Todos estamos más o menos conectados digitalmente, pero falta la cercanía física, la comunidad palpable físicamente. El cuerpo que entrenamos solos en el gimnasio no tiene esa dimensión de comunidad. También en la sexualidad, en la que lo único que importa es el rendimiento, el cuerpo es, en cierto modo, algo solitario. En los rituales, el cuerpo es un escenario en el que se inscriben los secretos, las divinidades y los sueños. El neoliberalismo produce una cultura de la autenticidad que pone el ego en el centro. La cultura de la autenticidad va de la mano con la desconfianza hacia las formas de interacción ritualizadas. Solo las emociones espontáneas, es decir, los estados subjetivos, son auténticas. El comportamiento formalizado se rechaza como falto de autenticidad o como externo. Un ejemplo es la cortesía. En mi libro hago un alegato en contra de la cultura de la autenticidad, que conduce al embrutecimiento de la sociedad, y a favor de las formas bellas.

P. ¿Cree que los partidarios de la nueva derecha radical podrían sentirse identificados con su reivindicación de los rituales y la comunidad? ¿Qué diferencia su propio comunitarismo del de la ultraderecha emergente?

R. La comunidad no se define necesariamente por la exclusión del otro. También puede ser muy hospitalaria. La comunidad a la que se acoplan las derechas está vacía de contenido. Por eso encuentra su sentido en la negación del otro, del extranjero. Está dominada por el miedo y el resentimiento.

P. En el prefacio dice muy explícitamente que este no es un libro nostálgico, pero a menudo hace comparaciones con el pasado muy desfavorables para nuestro presente. En el capítulo dedicado a la guerra, por ejemplo, defiende los antiguos valores guerreros frente a la guerra automatizada moderna, que sería una matanza sin reglas. ¿No está idealizando la guerra antigua? Al fin y al cabo, a lo largo de la historia encontramos una amplia serie de genocidios. La matanza indiscriminada no es exactamente un invento capitalista.

R. Solo quería señalar que la cultura humana se está desritualizando cada vez más, que la conversión de la producción y el rendimiento en valores absolutos está acabando con los rituales. Por ejemplo, la pornografía aniquila los rituales de seducción. En las órdenes de caballería europeas el objetivo principal no era matar al adversario. El honor y el valor también eran importantes. En la guerra con drones, en cambio, lo fundamental es matar al enemigo, que es tratado como un criminal. Después de la misión, a los pilotos de los drones se les hace entrega solemne de una “tarjeta de puntuación” que certifica cuántas personas han matado. También cuando se trata de matar, lo que más cuenta es el rendimiento. En mi opinión, esto es perverso y obsceno. No pretendía decir que las guerras del pasado fuesen mejores que las actuales. Por el contrario, lo que quería señalar es que hoy en día todo se ha convertido en una cuestión de rendimiento y producción. No solo en la guerra, sino también en el amor y la sexualidad.

P. En su ensayo relaciona el auge del big data con un giro en nuestra concepción del conocimiento, que cada vez más entendemos como algo producido maquinalmente. Llega a hablar de un “giro dataísta” análogo al “giro antropológico” de la Ilustración. ¿Es el dataísmo la conclusión de un camino irreversible que ya estaba anticipado en los orígenes de la modernidad?

R. El dataísmo es una forma pornográfica de conocimiento que anula el pensamiento. No existe un pensamiento basado en los datos. Lo único que se basa en los datos es el cálculo. El pensamiento es erótico. Heidegger lo compara con el eros. El batir de alas del dios Eros lo acariciaba cada vez que daba un paso significativo en el pensamiento y se atrevía a aventurarse en un terreno inexplorado. La transparencia también es pornográfica. Peter Handke dice en una de sus anotaciones: “¿Quién dice que el mundo ya está descubierto?”. El mundo es más profundo de lo que pensamos.

P. La pandemia de la covid-19 está teniendo un impacto enorme no sólo en términos sanitarios o económicos, sino también en nuestra subjetividad compartida. En apenas unos días, la noción de “biopolítica” se ha vuelto muy intuitiva. ¿En qué medida cree que la comunicación-sin-comunidad que usted diagnostica en nuestras sociedades está afectando a la manera en que estamos viviendo la epidemia?

R. La crisis del coronavirus ha acabado totalmente con los rituales. Ni siquiera está permitido darse la mano. La distancia social destruye cualquier proximidad física. La pandemia ha dado lugar a una sociedad de la cuarentena en la que se pierde toda experiencia comunitaria. Como estamos interconectados digitalmente, seguimos comunicándonos, pero sin ninguna experiencia comunitaria que nos haga felices. El virus aísla a las personas. Agrava la soledad y el aislamiento que, de todos modos, dominan nuestra sociedad. Los coreanos llaman corona blues a la depresión consecuencia de la pandemia. El virus consuma la desaparición de los rituales. No me cuesta imaginar que, después de la pandemia, los redescubramos.

P. ¿Cree que la pandemia constituye un hito histórico similar a la crisis de 2008, que se traducirá en transformaciones políticas de calado? ¿Qué tipo de cambios sociales cree que vamos a experimentar a raíz del coronavirus?

R. A consecuencia de la pandemia nos dirigimos a un régimen de vigilancia biopolítica. El virus ha dejado al descubierto un punto muy vulnerable del capitalismo. A lo mejor se impone la idea de que la biopolítica digital, que convierte al individuo y a su cuerpo en objeto de vigilancia, basta para hacer al capitalismo invulnerable al virus. Sin embargo, el régimen de vigilancia biopolítico significa el fin del liberalismo. En ese caso, el liberalismo no habrá sido más que un breve episodio. Pero yo no creo que la vigilancia biopolítica vaya a derrotar al virus. El patógeno será más fuerte. Según el paleontólogo Andrew Knoll, el ser humano es solamente la guinda de la evolución. El verdadero pastel se compone de bacterias y virus que amenazan con atravesar cualquier superficie frágil, e incluso reconquistarla, en cualquier momento. La pandemia es la consecuencia de la intervención brutal del ser humano en un delicado ecosistema. Los efectos del cambio climático serán más devastadores que la pandemia. La violencia que el ser humano ejerce contra la naturaleza se está volviendo contra él con más fuerza. En eso consiste la dialéctica del Antropoceno: en la llamada Era del Ser Humano, el ser humano está más amenazado que nunca.

https://elpais.com/cultura/2020/05/15/babelia/1589532672_574169.html

 

Chantal Maillard: “El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido”

LA VANGUARDIA

Carmen Sigüenza |

La filosofa y poeta Chantal Maillard, que acaba de publicar su nuevo poemario, “Medea”, habla con Efe de la situación actual, la pandemia del coronavirus, la naturaleza, la muerte, la violencia, la compasión o el miedo. “El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido”, dice.

Chantal Maillard©Fotografía de Bernabé Fernández

 

Nacida en Bruselas en 1951, Maillard renunció a la nacionalidad belga para adoptar la española. Reside en Málaga desde 1963. Es especialista en filosofía y religiones de la India, y autora de numerosos libros de poesía como “Matar a Platón” y de ensayos. También es especialista en María Zambrano, y Premio Nacional de Poesía y de la Crítica, entre otros muchos galardones.

P.-¿Cómo valora lo que está pasando en esta crisis debido a la pandemia del coronavirus?

R.- De vez en cuando algo nos recuerda que nada es permanente. Una pandemia no es ninguna cosa “de otro mundo”. La humanidad nunca estuvo libre de desastres, y es bueno que de vez en cuando algo nos recuerde que este es un mundo incierto.

P.- Lo único claro en esto es la muestra de vulnerabilidad del ser humano y que en algún momento todos vamos a morir. ¿Cree que el ser humano aprenderá algo, será más humilde, o seguiremos siendo iguales? ¿Nos resistiremos a evolucionar y crear una nueva forma de vida?

R.-Sería deseable que muchas de las reflexiones que han generado esta pandemia nos condujesen a un cambio radical, que esta sacudida fuese suficiente como para llevarlo a cabo. Pero es más que dudoso que así ocurra. Esto que nos parece tan importante ahora, mañana se habrá olvidado y cada uno recuperará su extraña “normalidad”. Los niños volverán a confinarse en las guarderías, los ancianos en los geriátricos, y los demás, cada cual a su galera. La regeneración de las relaciones empáticas retornarán a su estado larvario. El olvido es mucho más poderoso que el daño padecido, y así parece que ha de ser. Si el animal –que también somos– no fuese capaz de olvidar se suicidaría en masa.

P.- Ahora parece que la naturaleza y el silencio vuelven, mientras el ser humano se queda en casa. En estas semanas se escucha a los pájaros, los animales pasean por la ciudad, las aguas están más limpias, los cielos están más claros…¿Qué ignora el ser humano de la naturaleza, de los animales, qué no comprende, o, mejor, qué no sabe sentir el ser humano de la vida?

R.- Nos resistimos a pensar que somos parte integrante de un sistema natural en el que nada es independiente. Aún funcionamos de acuerdo con el viejo antropocentrismo bíblico y el precepto de una antigua población en riesgo: crecer y multiplicarse. Cuando en tiempos de bonanza una especie sigue multiplicándose se convierte en plaga. Lo que nos distingue de otros animales no es lo que hemos ganado, sino lo que hemos perdido: pasar sin perturbar el orden que mantiene en equilibro el planeta.

P.- Se ha demostrado que necesitamos una sociedad con un buen sistema sanitario y con profesionales dedicados a los cuidados, con un trato y un pago digno. ¿Cree qué eso cambiará?

R.- Lo que necesitamos, ante todo, es eliminar los factores que hacen de la nuestra un sociedad enferma (alimentos desvitalizados, medio ambiente corrupto, aturdimiento acústico, estimulación compulsiva, enajenación laboral, estrés escolar, aislamiento geriátrico, aturdimiento sonoro, hipermedicalización, etc.) y, luego, algo que hemos olvidado: saber morir. La muerte no es el envés de la vida, sino su posibilidad. La dignidad consiste en aceptar el fin –el propio y el ajeno– cuando este llega, y en querer que así sea. Si no comprendemos que la desaparición forma parte de la vida es que hemos desaprendido lo fundamental.

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P.- ¿El capitalismo y la globalización están heridos de muerte?

R.- En absoluto. De los desastres generados por catástrofes naturales el capitalismo siempre sale fortalecido. Un ejemplo reciente es cómo, apenas iniciado el estado de alarma, la Junta de Andalucía se apresuró a modificar seis leyes y veintiún decretos que eliminan los trámites para la construcción en áreas protegidas. En cuanto a la globalización, ésta es la lógica consecuencia de un sistema que, al tener como fin su propio crecimiento, necesita extenderse y colonizar indefinidamente.

P.- En su ensayo “¿Es posible un mundo sin violencia?” (Vaso Roto), dice que “tanto el ansia como la insatisfacción descansan sobre el miedo” ¿En qué se traducirá el miedo que siente ahora toda la población? ¿Y la distancia con el otro?

R.-La muerte tiene muchos disfraces. Cuando aparece con uno de ellos confundimos el vacío de su ser con su apariencia, y el miedo –al dolor, a la pérdida, a la desaparición– adopta los colores de su vestimenta. Si toma forma de virus, tememos al virus. En cuanto el virus desaparezca dejaremos de temerlo. Pero el miedo seguirá allí, latiendo, aunque dejemos de tenerlo presente. Nuestra ansias, nuestras compras compulsivas, nuestra constante insatisfacción, nuestro descontento, nuestras fobias, nuestra incapacidad para el sosiego y el silencio serán los síntomas que nos permitan detectarlo.

P.- En su último poemario, “Medea” (Tusquets), donde hace un estudio de la culpa y la compasión, dice: “Todo aquello que vive se sostiene sobre el hambre. Y el hambre es el otro…” ¿Podría profundizar en ello?

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R.- Este es un mundo en el que la violencia es ley. El hambre es violencia. No obstante, todo animal es inocente. No mata por codicia ni por placer, sino para alimentarse. De ahí que compadecerle sea fácil. La compasión es todo lo contrario del sentimentalismo. La compasión es padecer con otro la violencia que sobre él se ejerce y también la que él está obligado a ejercer. Pero a la natural, el ser humano añade otra violencia, ejercida por crueldad, por ambición o por placer. De ahí que compadecerle resulte más difícil. De la inocencia participamos en la medida y tan sólo en la medida en que aún habite en nosotros el animal que fuimos.

P.- “Todo aquel que subvierte la norma es peligroso”, dice en el poemario. ¿Tras esta crisis usted cree que habrá un mayor sometimiento y un recorte de libertades por parte de los líderes totalitarios o populistas?

R.- El problema no son tanto los líderes, como la fuerza del capital al que sirven, su cadena de corrupción. La monitorización de los individuos está prevista desde hace tiempo, a la espera tan sólo de la ocasión para ponerla en marcha. Es la cara oculta de la globalización informática y el precio que pagaremos por los beneficios de los que no queremos prescindir. Es evidente que, debilitada por el miedo, la población acepta de buena gana lo que en otros momentos no aceptaría. Y, lamentablemente, la rebeldía es un bien escaso.

https://www.lavanguardia.com/cultura/20200511/481089172422/chantal-maillard-el-olvido-es-mucho-mas-poderoso-que-el-dano-padecido.html

 

Sonando casi a nada | Carlos de Hita

Durante el confinamiento provocado por la pandemia de coronavirus ha habido un silencio en las ciudades y el medio rural que no se conocía desde hace décadas. El naturalista y experto en grabación Carlos de Hita describe la increíble limpieza de la atmósfera sonora en estos días. Y nos ofrece un ejemplo sonoro a través de un amanecer en la alta sierra. “Parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo”, afirma.



Se cuenta del director Leopold Stokovski que, descentrado por las toses y murmullos del público durante un concierto, paró a la orquesta y, encarándose con el patio de butacas, recordó que, así como un pintor traza su obra sobre un lienzo, los músicos trazan la suya sobre el silencio. “Nosotros ponemos la música, ustedes el silencio”, ironizó. Y mandó callar.

Nos acercamos a los dos meses de confinamiento y España, uno de los países más ruidosos del mundo, ha conocido el silencio. Los ciudadanos han abierto las ventanas, se han quitado los auriculares y descubierto, muchos con asombro, que hay vida más allá del ruido. La sociedad entera, que tiende al bullicio por naturaleza, se ha puesto a escuchar. Y lo que oye le ha gustado. Gorriones, estorninos, palomas y tórtolas, vencejos, algunos mirlos. Pero también campanas, carrillones, vientos, el sonido de la lluvia en los charcos y muchas voces en diferentes idiomas. Una atmósfera acústicamente transparente por la que los mensajes se propagan desde la distancia y sorprenden por su calidez inmediata. En consecuencia, muchos han creído que la naturaleza recupera sus dominios, avanza y nos invade. Pero la realidad es que todos esos sonidos estaban ya ahí, como las hierbas que crecen en las aceras y a las que nadie hace caso. El ruido, su ausencia, caracteriza estos momentos históricos.

Esta es la situación en las ciudades. En el campo, por decirlo en pocas palabras, es como si hubiéramos retrocedido 100 años.

 

“Parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo”

 

Se puede definir el silencio de muchas maneras. Para mí, básicamente, es el sosiego, lo que no excluye el sonido, pero sí la perturbación. El tapiz de silencio, pues, no está totalmente vacío. Ahora que, al fin, parece que estamos ya cerca del final, la bestia empieza a rugir de nuevo y queda poco para que el estruendo de aviones, tráfico, maquinaria y motosierras vuelva a invadirlo todo, bien está recordar a qué suena la naturaleza cuando se expresa a través de una atmósfera limpia.

 

Un tapiz de silencio

Al registrar un sonido, como al hacer una fotografía, grabar un vídeo o pintar un paisaje, la realidad se convierte automáticamente en ficción. Como es natural, cuando un animal habla dirige sus mensajes a sí mismo, a sus competidores por el territorio, a sus compañeros de viaje. Él cuenta su historia, pero yo utilizo su voz para contar la mía. Lo que sigue es el relato personal de un amanecer contra un silencio perfecto, las primeras horas de un día en una primavera silenciosa.

Madrugada del cinco al seis de mayo. El escenario es el valle de Valsaín, en la ladera de Peñalara, a unos 1.400 metros de altitud, en una vaguada donde se entremezclan pinos silvestres y robles melojos. Luna casi llena, atmósfera quieta y templada. De una grabación continua de 24 horas nos interesa solo el final, desde la alta noche hasta que el sol asoma por encima de las cumbres de la sierra. El tapiz, sinónimo del fondo sonoro sobre el que se construye el concierto natural, es el sonograma del vídeo, generado, a su vez, por los sonidos grabados. Vemos y oímos las horas que preceden al coro del alba, la expresión con que se denomina a estas primeras cantatas de la mañana.

 

“Al registrar un sonido, como al hacer una fotografía, grabar un vídeo o pintar un paisaje, la realidad se convierte automáticamente en ficción”

 

El tapiz, su urdimbre, es un murmullo sin matices. Parece plano, pero, en realidad, está formado por la suma de miles de ruidillos, de la brisa, de las aguas, los ecos y las reverberaciones, filtradas por la vegetación y la distancia. Toda la actividad latente del bosque se convierte en este suave relleno. Una línea continua, como una cenefa, enmarca el borde inferior. Es el retumbo de fondo, las ondas sonoras más graves y, por así decir, el margen residual de la acústica del valle. Algunos sonidos sutiles, que nadie se atrevería a calificar como ruido, enriquecen el lienzo. Un murmullo fluye y traza una línea azul: un regato que mana de una tolla, agua discreta que escurre y suena casi a nada.

Como una perturbación del espacio, el viento forma ondas en el tapiz. Crepitan las ramas, una ráfaga sisea en las acículas de los pinos, tabletea en las hojas planas, aún a medio salir, de los robles. Muy lejos, ronronea un chotacabras gris. El bosque apenas levanta su voz, sin amenazar al silencio.

Unas notas moduladas, lejanas, pespuntean la noche. Ululan los cárabos. Para ellos su voz es una llamada de desafío que compartimenta el lienzo, el bosque, en territorios. Para sus presas, roedores y pajarillos, es motivo de tranquilidad, porque cuando el cárabo anda de caza no emite sonido alguno. Para nuestros oídos intrusos, el cárabo es el paso de las horas.

A la vez, unos sutiles pulsos agudos, alfilerazos en la parte alta del cuadro, sobrevuelan el bosque. Son la parte audible de los ultrasonidos de los murciélagos, que navegan, literalmente, de oídas. Ultrasonidos que pueblan otro lienzo, invisible para nosotros, pero que, por definición, no manchan el silencio.

Hay también sonidos broncos que crean el contraste necesario para que el silencio se haga más espeso. Los ladridos de los corzos, como voces asustadas donde nada les amenaza, arrugan el tapiz por unos segundos. Al alejarse ladera abajo sus toses se estiran, reverberan, rellenan el espacio y hacen un dibujo sin líneas del valle.

Hasta que, aún de noche y antes de que el cielo empiece a clarear por el este, aparecen en el bosque algunos trazos sutiles. Un trino, como una fina hebra, se enreda en el lienzo. Es un petirrojo que, somnoliento, lanza varias frases y calla. Pasa un rato antes de que se escuche una serie de notas dobles, espaciadas regularmente: un cuco dice su nombre. La luz se abre paso en los claros del arbolado mientras que las sombras permanecen bajo las copas. Y, como bajo la batuta de un director de orquesta, a medida que sube la luz, suben los colores del lienzo, las voces del bosque. Estalla un chochín, parlotea un petirrojo, silba, rotundo, un zorzal. Y con la aparición de un mirlo llega la música, en sentido estricto, al tapiz forestal.

 

“Como bajo la batuta de un director de orquesta, a medida que sube la luz, suben los colores del lienzo, las voces del bosque”

 

A partir de entonces todo es un griterío. Una voz aislada es un pájaro, pero dos son un conflicto territorial, una pelea a voces. Y muchas voces juntas forman una comunidad. Si se mezclan con otras y se le añade el viento, el agua y la distancia tenemos un bosque. El tapiz es ahora una maraña, una secuencia sonora entrelazada. Ahí está todo. Abajo, el arrullo grave, ronco de las palomas torcaces. Un poco más arriba los graznidos de las cornejas. Ocupando todo el ancho de la banda, los trallazos de los picos picapinos contra la madera. En el centro se amontonan las líneas. Pinzones, mirlos zorzales, carboneros comunes y garrapinos. Y arriba, como coronando la composición, unas crestas de trazos muy finos y apretados, como puntadas de hilo que salen de las gargantas de los más pequeños, reyezuelos sencillos, agateadores comunes y herrerillos. Cierran la secuencia los gritos rápidos de un azor.

Un bullicio. Pero mientras el tráfico se mantenga detenido, por muchos trinos, susurros, gritos, tamborileos, crujidos y rechinos, para la mayoría de los oyentes todo esto seguirá siendo un clamoroso silencio.


Sonando casi a nada

 

Calma urgente. Accionando el freno de emergencia | Roger López Cuenca y Elo Vega

Calma urgente 1

 

Estado de excepción. En aislamiento. Sin más contacto con el exterior que la red de pantallas de la que nos hemos ido rodeando. Tus emociones, el miedo, la perplejidad, la expresión de los afectos reducidos a carne de big data. La inquietante sensación de los ratones albinos en un laboratorio —tamaño del planeta— donde se ponen a prueba los límites del consentimiento, las condiciones de la rendición.

Las ventanas, los balcones, las terrazas se han revelado de pronto como espacios de una desconocida intensidad simbólica. En los nuestros, como en muchos otros, las semillas, los brotes, los plantones se han convertido en la más resiliente metáfora de la fuerza de la vida; de la que precedió a estos días de vigilancia; de la que permanece más allá del ruido amenazante de los media, y continúa, al ritmo del silencio de la calle; también en nuestra voluntad de no dejarnos arrastrar por la inercia suicida del prometido regreso a una “normalidad” de desigualdad y precariedad, de extractivismo inmediato y frenético.

A estas plantas les espera el futuro, lo mismo que a nosotras, fuera. Serán distribuidas, regaladas, para ser luego árboles y aspirar a ser bosque, en estas bolsas que hemos fabricado con las páginas de los periódicos de estos días sombríos —los consabidos profesionales gestos y las envanecidas proclamas de las élites, pero también iluminados por esos rostros y voces normalmente ignorados y que se han demostrado indispensables en la defensa de nuestra extrema vulnerabilidad. Las imágenes, los textos irán amarilleando hasta que lentamente se hagan ilegibles, antes de finalmente desaparecer. Mientras eso sucede, estas plantas encontrarán su sitio. En los balcones, en las ventanas hemos visto la manera de mirar hacia atrás para atisbar el porvenir; el modo colectivo en que podemos accionar —como Walter Benjamin supo presagiar— el freno de emergencia.

 

Calma urgente 2

 

Nerja (Málaga), España. 14 de marzo de 2020. A causa de la expansión del coronavirus COVID-19, el Gobierno central ha decretado el estado de alarma, cuyos límites a la libre circulación en el espacio público constituyen en la práctica un confinamiento efectivo de la población en sus lugares de residencia.

En este contexto se ha hecho pública la reactivación de un convenio firmado en 2015 entre el Ayuntamiento de Nerja y la Sociedad Azucarera Larios S. A. (Salsa Inmobiliaria). El acuerdo persigue la recalificación de alrededor de dos millones de metros cuadrados de suelo. El objetivo es la construcción de un campo de golf, varios hoteles y 680 viviendas de lujo. Sin embargo, estos terrenos no son urbanizables por gozar actualmente de un estatuto de especial protección agrícola.

La propuesta —sorprendente, dada su imposibilidad legal— se hace comprensible a la luz de la promulgación por parte del Gobierno regional (Junta de Andalucía), también durante el estado de excepcionalidad del confinamiento, de un macro-decreto por el cual se modifican de un golpe seis leyes y 21 decretos existentes. Se argumenta que con la finalidad de “limpiar de trabas burocráticas”, simplificando o directamente eliminando hasta un centenar de trámites administrativos. El decreto es oficialmente justificado en nombre de la agilidad y flexibilidad exigida por la libre empresa “para cuando llegue el momento de la vuelta a la normalidad”.

A pesar del aislamiento físico, estamos en contacto con familiares, con amigas, vecinas y compañeras. Compartimos las noticias, la indignación, la rabia ante el oportunismo y la ruindad de estas actuaciones. Y debatimos medidas a tomar como respuesta. El estado de alarma impide otras acciones más allá de la virtualidad de las redes. A través de estas divulgamos lo que para la mayoría —en el estado de shock provocado por la pandemia y la reclusión— ha podido pasar desapercibido. Comentamos, discutimos, datos, informaciones, fechas, nombres. En las conversaciones, inevitablemente, aparece la necesidad de releer hacia atrás la historia; de que solo mirando hacia el pasado podemos acercarnos a entender la lógica de estos planes que aspiran a diseñar nuestro futuro; y dilucidar de qué manera enfrentarnos a ellos.

La economía andaluza —la de Málaga, la de Nerja— se apoya en la actualidad, de modo preponderante, en el sector terciario; en la prestación de servicios ligados a la industria turística; también en la construcción, igualmente vinculada al turismo. La actividad económica se encuentra en estos momentos bajo mínimos, inerte, a causa de la conmoción ocasionada por un microscópico virus, tan inesperado como mortífero.

No es la primera vez. A mediados del siglo XIX un insecto parásito de la vid se expandió, en menos de una década, por el mundo entero, dando lugar a una crisis sin precedentes. La filoxera (Phylloxera vaxtratrix) hizo su aparición en Málaga en 1877, provocando el desmoronamiento irreversible de una entonces boyante economía, que tenía su pilar básico en la viticultura e industrias derivadas, principalmente el vino.

La plaga fue especialmente dañina en la zona oriental de la provincia, donde el viñedo llegó a desaparecer por completo. En esa comarca, la Axarquía (la Oriental, en árabe), a lo largo de toda su franja costera, otro cultivo, el de la caña de azúcar, tuvo durante siglos —desde la época de al Ándalus— un predominio tal que en torno suyo se delimitaron las relaciones sociales y de poder. La industrialización de este producto, iniciada a mediados del siglo XIX, convirtió el litoral en un monocultivo, y a una destacada familia de la plutocracia malagueña, los Larios, en su terrateniente máximo.

Mediante una agresiva política de préstamos a muy alto interés a pequeños empresarios y agricultores, que acababan deviniendo arrendatarios suyos, la Sociedad Azucarera Larios —fundada en 1890— va a llegar a poseer hasta 14 fábricas de azúcar y alcoholes, acumulando más de 10.000 hectáreas de terreno dedicadas a la producción de caña.

El progresivo declive de esta industria en la segunda mitad del siglo XX lleva a los Larios a abandonarla en 1976, reorientando su actividad al negocio inmobiliario. Para la explotación de los más de diez millones de metros cuadrados de suelo de su propiedad se constituyó en 1994 Salsa Inmobiliaria. Al agrobusiness se consagra otra de sus filiales, Salsa Agrícola, que dedica cerca de 80.000 hectáreas al cultivo intensivo de frutos tropicales (aguacate), así como a arrendamientos rústicos.

La agroindustria y su uso de fertilizantes y plaguicidas es el principal agente contaminante del suelo y del agua, y el mayor consumidor de esta. Por su parte, el turismo multiplica por cuatro el consumo medio de la población residente. Es lo que explica que Andalucía sea la mayor consumidora de agua de España; y la costa de Málaga, la mayor de Andalucía. El crecimiento exponencial del modelo low cost —desde las aerolíneas y el alojamiento hasta el alquiler de coches— ha conducido a un grado de masificación nunca visto. España recibió en 2019 más de 83 millones de turistas, rompiendo por séptimo año consecutivo su propio récord.

Sin embargo, este tipo de turismo masivo —ahora en estado de parón global— no deja de manifestar síntomas de agotamiento. De un lado, debido a las consecuencias de la reaparición en el mercado de otros destinos más competitivos al sur y al este del Mediterráneo; y de otro, por la sobreexplotación de recursos que conlleva, forzando al límite la capacidad de carga del territorio.

En ese momento empiezan a aparecer como una coletilla permanente asociada al término “turismo”, expresiones como “de calidad”, o el inexcusable adjetivo de moda, “sostenible”, que en el vocabulario neoliberal ostenta un monstruoso vaciamiento y perversión de su significado: seguir por donde íbamos, continuar “creciendo” a fuerza de ladrillo, acelerando hacia el colapso final.

La crisis actual no trae incorporada la puerta de salida. No vamos a regresar, sin más, a aquella deriva sin sentido que llamábamos “normalidad”. Junto con los visos autoritarios que el experimento está dejando al descubierto en las instituciones, el riesgo principal es el de nuestra propia supervivencia. Todo va a depender de que hayamos aprendido qué es lo verdaderamente indispensable frente a la idiocia desarrollista, la absurda movilidad sin fin, el consumismo siempre insatisfecho y el lucro como único designio a costa de una cada vez mayor desigualdad.

Nuestra supervivencia estribará en que hayamos entendido —del mismo claro modo en que se nos ha hecho visible lo valioso, lo imprescindible de aquello normalmente despreciado— que no existen las catástrofes “naturales”, sino que estas tienen su origen en la abusiva explotación de los recursos, en el saqueo de la biodiversidad: que la única salida es defender el precario y frágil equilibrio de la naturaleza, de la que formamos parte de modo indisoluble, y que es la única que nos puede proteger.

Autoría:

Rogelio López Cuenca y Elo Vega

Título:

Calma urgente. Accionando el freno de emergencia

Formato:

Acción germinal

Fecha:

2020

Más información:

www.lopezcuenca.com
www.elovega.net

Biografía

Rogelio López Cuenca (Nerja, España, 1959) y Elo Vega (Huelva, España, 1967), artistas visuales e investigadoras, centran su práctica artística en el análisis de los medios de comunicación masiva y la construcción de identidades. Colaboran en proyectos artísticos que son al mismo tiempo dispositivos de crítica de la cultura como instrumento político. Mediante producciones audiovisuales, exposiciones, publicaciones, intervenciones en espacios públicos y en las redes, su trabajo presta una atención principal a su carácter procesual, no constituyendo su objetivo fundamental la producción específica de objetos sino su aspiración a disolverse en procesos de más largo recorrido, desbordando con frecuencia el campo de las prácticas artísticas para diseminarse en otras direcciones, otros territorios y otras utilidades.

https://www.museoreinasofia.es/linternationale/artistas-cuarentena/rogelio-lopez-cuenca-elo-vega

 

Viajando con el oído “bajo el suelo del bosque” con Hildegard Westerkamp

 

Beneath the Forest Floor [Bajo el suelo del bosque] se compone de sonidos grabados en los bosques antiguos de la costa oeste de la Columbia Británica. Nos lleva a atravesar el bosque visible, hasta su mundo de sombras, hasta su espíritu; y nos conduce hacia lo que afecta a nuestro cuerpo, a nuestro corazón y a nuestra mente mientras experimentamos el bosque.

La mayoría de los sonidos de esta composición se grabaron en un lugar específico, el Valle de Carmanah en la Isla de Vancouver. Esta antigua selva tropical contiene algunos de los abetos de Sitka más altos del mundo, y unos cedros que tienen más de un milenio de edad. La quietud de este lugar es enorme, puntuada ocasionalmente sólo por el sonido de pequeños pájaros cantores, de cuervos y de arrendajos, de ardillas, de moscas y mosquitos. Aunque el arroyo Carmanah es una presencia acústica constante, nunca perturba la paz. Su sonido entra y sale del silencio del bosque mientras el sendero entra y sale de los claros cerca del arroyo. Unos pocos días en el valle de Carmanah logran crear una profunda paz interior, transmitida, sin duda, por los árboles que se alzan en ese mismo lugar desde hace cientos de años.

Beneath The Forest Floor trata de proporcionar un espacio en el tiempo que nos permita experimentar esta paz. Mejor aún, esta pieza sonora alienta a los oyentes a visitar un lugar como el valle de Carmanah, que ya ha sido destruido a medias por la deforestación.

 

«Además de permitirnos experimentar su enorme quietud y silencio, una visita a este lugar también transmitirá un conocimiento muy real de lo que se pierde si estos antiguos bosques desaparecen: no sólo perderemos los árboles, sino también ese espacio de paz interior que nos transmiten —un sentido de equilibrio y de recentramiento, de nueva energía y vida. El bosque interior, el bosque en cada uno de nosotros.»

Hildegard Westerkamp

 

Carmanah

Nota de la compositora: Beneath the Forest Floor fue comisionado por CBC Radio durante dos nuevas horas y producido en el Centro de Producción de Audio Avanzado de CBC en Toronto con la asistencia técnica de Joanne Anka y Rod Crocker. Gracias a Norbert Ruebsaat por proporcionarme sus grabaciones de un cuervo adulto y de un joven cuervo de Haida Gwaii. Todas las demás grabaciones las hice yo misma principalmente en el valle de Carmanah y en los bosques cerca del lago Cowichan en la isla de Vancouver, también en la isla de Galiano y en el parque del faro cerca de Vancouver. Todos los sonidos fueron grabados durante el verano de 1991. Gracias a Peter Grant por ayudar en gran parte del proceso de grabación. Un agradecimiento especial a David Jaeger, productor de Two New Hours por hacer esto posible y por darme la oportunidad de trabajar en la instalación totalmente digital mencionada anteriormente en CBC Radio, Toronto.

Beneath the Forest Floor recibió una mención en el Prix Italia 1994 y fue recomendado para su transmisión por la Tribuna de Música Electroacústica del Consejo Internacional de Música en 1992.

Extractos de Beneath the Forest Floor aparecen en Elephant (2003), una película de Gus van Sant.

 

H. Weseterkamp 1992, Banff | Foto: Peter Grant

 

Hildegard Westerkamp nació en Osnabrück, Alemania, en 1946 y emigró a Canadá en 1968. Después de completar sus estudios de música en la Universidad de Columbia Británica a principios de los años setenta, se unió al World Soundscape Project bajo la dirección de R. Murray Schafer en la Universidad Simon Fraser (SFU). Su participación en este proyecto no solo activó en ella profundas preocupaciones sobre el ruido y el estado general del entorno acústico, sino que también cambió su forma de pensar sobre la música, la escucha y la creación de sonido. La Radio Cooperativa de Vancouver, fundada en esta época, le brindó una oportunidad invaluable para aprender mucho sobre la transmisión, y finalmente le permitió producir y presentar su programa semanal Soundwalking en 1978-1979.

Se podría decir que su carrera en la composición del paisaje sonoro y la ecología acústica surgió de estas dos experiencias fundamentales y que encontró apoyo en la vitalidad cultural y política de Vancouver en ese momento. Además, compositores como John Cage y Pauline Oliveros han tenido una influencia significativa en su trabajo.

Mientras completaba su tesis de maestría en la década de 1980, titulada  Listening and Soundmaking – A Study of Music-as-Environment, también impartió cursos de comunicación acústica hasta 1990 en la Escuela de Comunicación de SFU junto con su colega Barry Truax. Desde entonces, ha escrito numerosos artículos y textos que abordan temas del paisaje sonoro, la ecología acústica y la escucha, ha viajado mucho, dando conferencias y realizando talleres de paisajes sonoros a nivel internacional.

En 1993, ayudó a fundar el Foro Mundial para la Ecología Acústica (www.wfae.net), una red internacional de organizaciones afiliadas e individuos que comparten una preocupación común por el estado de los paisajes sonoros del mundo. Fue editora en jefe de su revista Soundscape entre 2000 y 2012.

En 2003, Vancouver New Music (VNM) la invitó a coordinar y dirigir sondeos públicos como parte de su temporada anual de conciertos. Esto a su vez inspiró la creación de The Vancouver Soundwalk Collective, cuyos miembros continúan el trabajo de manera regular. Desde hace algunos años, ha sido mentora de varios compositores más jóvenes, de diseñadores de sonido, de líderes de soundwalk y personas que buscan trabajar en relación a los paisajes sonoros y la ecología acústica.

Las composiciones de Hildegard se han realizado y transmitido en muchas partes del mundo. La mayor parte de su producción trata aspectos del entorno acústico: con paisajes sonoros urbanos, rurales o silvestres, con las voces de niños, hombres y mujeres, con ruido o silencio, música y sonidos de los medios, o con los sonidos de diferentes culturas. Ha compuesto bandas sonoras de películas, documentos de sonido para radio y ha producido y presentado programas de radio como  Soundwalking y  Musica Nova  en la Radio Cooperativa de Vancouver.

En varias composiciones, ha combinado su tratamiento de los sonidos ambientales con la poesía del escritor canadiense Norbert Ruebsaat y Sharon Thesen. También ha escrito sus propios textos para una serie de piezas de interpretación para texto hablado y banda sonora ambiental. Además de sus composiciones electroacústicas, ha creado piezas para “sitios” específicos, como Harbor Symphony y L’institut polytechnique. En piezas como The India Sound Journal, explora las implicaciones más profundas de transferir sonidos ambientales de otra cultura al contexto norteamericano y europeo de música contemporánea, y composición electroacústica y audio arte. En 1998, colaboró ​​con sus colegas indios Mona Madan, Savinder Anand y Veena Sharma en una instalación de sonido en Nueva Delhi titulada Nada: una experiencia de sonido, patrocinada por el New Delhi Goethe Institut (Max Mueller Bhavan) y el Centro Nacional Indira Ghandi para las artes (IGNCA).

En 2000 creó junto con la fotógrafa Florence Debeugny, At the Edge of Wilderness , una instalación sonora sobre pueblos fantasmas en Columbia Británica, encargada por la Western Front Society de Vancouver. Y en su composición de 8 canales Für Dich — For You, basada en la poesía de Rainer Maria Rilke con traducción de Norbert Ruebsaat, explora el tema del amor y la conexión con los sonidos y los idiomas de su propia vida germano-canadiense.

Más recientemente, involucró a sus dos nietos en la creación de su trabajo Once Upon a Time y colaboró ​​con el compositor y grabador Terri Hron en Beads of Time Sounding  y con la pianista Rachel Iwaasa en Klavierklang que tuvo su estreno mundial en los World Music Days de ISCM en Vancouver, en noviembre de 2017. Su trabajo compositivo ha sido analizado en varios artículos, pero más extensamente en la disertación de Andra McCartney, Sounding Places: Sit Conversations through the Soundscape Work de Hildegard Westerkamp, Universidad de York, Toronto, 1999. Sus composiciones llaman nuestra atención sobre el acto de escucharse a sí mismo, así como de escuchar los espacios internos y ocultos de los entornos que habitamos y aquellos detalles tanto familiares como extraños en nuestro entorno acústico.

Dead Man. Jim Jarmusch

 

En esta escena entramos en territorio lobuno, espacio limítrofe de Artemisa, en la que el anti-héroe, William Blake, él mismo un fugitivo, se tumba en el suelo del bosque al lado de un cervatillo muerto y se pinta el rostro con su sangre. Allí, se alcanza entonces algo muy simple y profundo –es totemismo en estado puro, pero sobre todo es un reencuentro: perseguido, William Blake, que era al inicio del film un simple oficinista, se adentra en el bosque a una velocidad sorprendente y, sin embargo, lo hace por etapas, como en una iniciación real, y allí recobra el acceso a la vida salvaje. Los dos cuerpos acostados uno al lado del otro, sobre aquel suelo del que están hechos los bosques –ramitas, musgo, hojas caídas secas o podridas–, la bestia muerta y el hombre vivo, sobre la tierra con el agua (la de los ojos, la de la boca) y la sangre, allí el hombre se encomienda al animal, le sustrae el alma y se entrega, confiado, a él, a ella, y viaja con ella, su alma-animal… William Blake, ese antihéroe fugitivo, que ha roto con la civilización conquistadora, y que lleva, sin saberlo, el nombre del poeta visionario inglés inventa un ritual, un residuo de sacrificio que le abre la vía de una reintegración. En esa escena de chamanismo improvisado, la muerte y la vida se abrazan en un apaciguamiento prodigioso…

Dead Man, de Jim Jarmusch, 1995, 120 min. Estados Unidos.

Música: Neil Young

Fotografía: Robby Müller (B&W)

Reparto: Johnny Depp, Gary Farmer, Lance Henriksen, Michael Wincott, Crispin Glover, Iggy Pop, Robert Mitchum, Steve Buscemi, Alfred Molina, Gabriel Byrne, John Hurt, Mili Avital, Eugene Byrd, Billy Bob Thornton, Jared Harris

Pandora Film / Bac Films / Newmarket Capital Group / JVC Entertainment Networks / 12 Gauge Productions. Género: Western | Película de cultoCine independiente USA

 

Bona diada 2020, malgrat el confinament!

Xulio-Formoso.-Pascal-Quignard

 

El libro es un pedazo de silencio en las manos del lector. Quien escribe calla. Quien lee no rompe el silencio.

 

Pascal Quignard. Pequeños tratados I. trad. Miguel Morey. Sexto Piso, 2016.

Imagen © Pascal Quignard, per Xulio Formoso.

https://periodistas-es.com/pascal-quignard-el-personaje-y-su-obra-102064

 

 

El “earth-body” de Ana Mendieta

Desde la añoranza de naturaleza, que muchos.as tenemos en ese largo periodo de confinamiento, qué mejor que convocar una vez más, en esta bitácora lobuna, el sugerente arte de Ana Mendieta, su earth-body (tierra-cuerpo): en el cuerpo, sentir “la tierra no bautizada de los orígenes”, decía, “el tiempo que nos mira desde el interior de la tierra”… Desnudarnos y des-cubrirnos, en la inmanencia del mundo…

 

Ana Mendieta, Creek, juillet 1974, San Felipe Creek, Oaxaca, Mexique, film Super 8, color, silencioso, colección de la Cruz Collection Contemporary Art Space, Miami.

 

 

El arte de Ana Mendieta tiene un alto componente de evento, de ritual. Por eso la importancia no solo de los materiales –sangre, fuego, tierra– sino también de los movimientos del cuerpo. Su semejanza con los ritos de las culturas precolombinas le añaden un componente metafísico a los performance de la cubana.

En Siluetas –la serie más conocida de la artista–, Mendieta utiliza su cuerpo o construcción en medio de la naturaleza una silueta hecha de pólvora, de piedras o de barro, y la deja interactuar con el ambiente. [ir a https://blogdelesllobes.com/2016/05/05/el-arte-de-la-tierra-y-de-la-sangre-de-ana-mendieta-serie-siluetas/

La artista nació en La Habana en 1948 en el seno de una familia activa en política. Cuando Fidel Castro subió al poder en 1961, ella y su hermana fueron enviadas a Estados Unidos. Estudió pintura en la Universidad de Iowa e hizo un MFA en Intermedia en la misma universidad. Durante el programa, Mendieta comenzó a experimentar con la fotografía, el video y el rendimiento.

La artista también tiene estos medios para denunciar la violencia contra las mujeres. En Untitled, Rape Scene (1973) recreó la escena en la que se hizo víctima imaginaria de una violación.

Mendieta murió en Nueva York en 1985. En 2009 la prestigiosa Fundación Cintas de Cuba reconoció su legado, galardonándose con el premio Vida y Obra. Su obra será expuesta en la X Bienal de Berlín.

Ana Mendieta en Berlín

 

Ana Mendieta

Ana Mendieta: extensiones de la naturaleza y desbordamientos del cuerpo: http://portavoz.tv/ana-mendieta-extensiones-de-la-naturaleza/