Eso de Inger Christensen

 

eso  Inger Christensen

 

Alguien entra en una casa y contempla la calle desde la ventana.
Alguien sale de una casa y contempla la ventana desde la calle.
Alguien camina por una calle y contempla a los otros por el camino.
Alguien entra en una casa que hay en su camino y la contempla como propia.
Alguien está siempre en camino y nunca repara en casa alguna.
Alguien no repara nunca en los otros que andan por la calle.
Alguien repara siempre en sí mismo cuando da un paseo.
Alguien da un paseo por las calles para reparar en sí mismo.
Alguien repara siempre en sí mismo y entra en las casas de los otros.
Alguien sale de las casas de los otros pero no las contempla.
Alguien regresa a su propia casa y ni siquiera enciende la luz.
Alguien no quiere que lo vean y por eso está sentado en la oscuridad.
Alguien pasea en la oscuridad buscando la luz en una casa.
Alguien ha encendido la luz en su casa pero no espera que llegue nadie.
Alguien espera siempre a alguien pero ha olvidado encender la luz.
Alguien espera a alguien que va a llegar y sale a invitarle a entrar en la casa.
Alguien muestra a alguien que la casa ha desaparecido entre las otras.
Alguien muestra a alguien que esa casa no puede ser la verdadera casa.
Alguien apagó la luz de la verdadera casa y se marchó.
Alguien salió a dar un paseo para no enseñar a nadie la casa equivocada.
Alguien se ha ido porque contemplaba la casa de manera equivocada.
Alguien ha desaparecido en otra casa que en cualquier caso está abandonada.
Alguien ha desaparecido en la calle y no se muestra a nadie.
Alguien ha sido abandonado y sólo sale cuando cae la oscuridad.
Alguien abandona su casa y posteriormente nunca regresa a ella.
Alguien allana una casa y después vive en ella tanto como puede.
Alguien vive en una casa que de otro modo está abandonada noche y día.
Alguien vive en una casa cuyas ventanas no dan a la calle.
Alguien vive en una casa sin ventanas y ha dejado de mirar.
Alguien vive en una casa sin luz y nunca se contempla a sí mismo.
Alguien ha dejado de esperar a alguien y nunca sale de casa.
Alguien ha dejado de mirar a la luz y finalmente se ha quedado ciego.
Alguien ha dejado de mostrar lo solo que está en la oscuridad.
Alguien ha desaparecido en su casa y nunca se ha visto a sí mismo.
Alguien está solo en su casa y nunca necesita a los otros.
Alguien ha desaparecido entre los otros y no ha sido visto desde entonces.
Alguien está solo consigo mismo y no ha conocido nunca a los otros.
Alguien está solo con los otros y nunca se ha conocido a sí mismo.
Alguien está solo porque él ha sido incapaz de imaginar otra cosa.
Alguien está solo porque él sí ha sido capaz de imaginar otra cosa.
Alguien está solo porque él ha desaparecido en sus pensamientos.
Alguien está siempre solo y se contempla como un moribundo.
Alguien está muerto y yace en una casa con ventanas que dan a la calle.
Alguien está muerto y yace en una casa donde están encendidas las luces.
Alguien está muerto en una casa que por cierto está completamente abandonada.
Alguien está muerto donde uno jamás hubiera pensado encontrar a nadie.
Alguien está muerto y de repente se presenta ante todos los demás.
Alguien está muerto y es contemplado por los que en todo caso pasan por allí.
Alguien está muerto y es sacado de su casa cuando cae la oscuridad.
Alguien está muerto y es contemplado por alguien que finalmente se ha quedado
[ciego.
Alguien permanece inmóvil y está finalmente solo con el otro muerto.

***

Veo que existen poderes más grandes
Que la mayor parte de mí se controla a sí misma
Que la mayor parte de las células dirigen mi vida
Como si yo no estuviese presente

[…]

Inger Christensen. Eso. Editorial Sexto Piso, 2015. Trad. Francisco J. Uriz.

 

Nota de la editorial Sexto Piso: 

Pocos poemas en la historia de la literatura han tenido la repercusión de ESO en el momento de su publicación en Dinamarca en 1969. Sus versos pronto aparecieron sobre los muros de diversas ciudades como una forma de protesta política. Los gobernantes, por su parte, los citaban en sus discursos. La crítica universitaria y el gran público coincidieron en aclamarlo. Los grupos de música rock se lo apropiaron, y las canciones surgidas de sus páginas se volvieron grandes éxitos. Algunos fragmentos del poema fueron tan célebres que se convirtieron en expresiones de uso coloquial. ESO, como si volviera al origen de la poesía y de toda tradición occidental, es un poema de la creación; es una cosmogonía que, a medida que surge, va creando el mundo; es un himno que celebra todas las cosas que existen sobre la tierra; es un tratado poético sobre el origen del lenguaje y del ser; es una reflexión sobre la sustancia misma de la que está forjada la realidad, y sobre la percepción que tenemos de ella; es una crítica a las instituciones mentales y políticas que rigen la vida humana; es una construcción arquitectónica cuyos versos han sido medidos y modelados siguiendo un esquema matemático muy preciso; es una edificación verbal cuyas palabras son exactas y salvajes a un mismo tiempo; ESO, como muy pocos textos de la tradición europea, es un poema total; es un camino que nos conduce más allá de las palabras, a un lugar –oscuro y luminoso a la vez– que da sustento a todo, a lo inexplicable y a la razón, al delirio y a los sueños, al miedo y a la valentía, a las ilusiones políticas y a la barbarie, a la belleza y a la imaginación, a la existencia y a la nada; a ESO, en definitiva.

http://www.sextopiso.es/8020-eso/

 

Gary Snyder, la vida íntegra

Gary Snyder_abc cutural

Artículo de Juan Malpartida publicado en ABC Cultural, el 19 de julio 2016

Hablar de Gary Snyder no es hablar sólo de un poeta de la generación «beat». En tanto que estudioso de la Naturaleza, es también un ecologista, como se desprende de «La práctica de lo salvaje»

Para situar rápidamente este hermoso y lúcido libro de Gary Snyder [Juan Malpartida reseña aquí La práctica de lo salvaje], me remito a la idea de Claude Lévi-Strauss, citada por el propio poeta, de que las artes son el territorio salvaje que sobrevive en la imaginación. Snyder es integrado siempre, y no sin razón, con los poetas, novelistas y personajes de la generación «beat». Nació en San Francisco en 1930, y creció en una «pequeña granja en el Noroeste del Pacífico norteamericano, en la Isla de la Tortuga». Estudió antropología y lenguas asiáticas, y en 1962 residió en la India. Además de un estudioso del budismo y de la Naturaleza, fue de joven montañero y trabajador forestal. Ha sido y es un gran defensor de la Naturaleza salvaje y para ello, además de escribir notables ensayos, ha desempeñado tareas prácticas en las montañas y bosques del Oeste americano, pero también en Japón, Taiwán y Nepal.

Toda su reflexión y actividad está asistida por «una suerte de budismo arcaico, que no ha perdido su vínculo con las raíces animistas y chamánicas». Sí, es un ecologista, pero es algo más. Está lejos de creer que el mundo vegetal y animal es un instrumento, y profesa la creencia y el conocimiento de que formamos parte de un universo animal y vegetal que debemos cuidar, amar y respetar si queremos tener una vida digna y perdurable.

Donde hay un lince

En «La práctica de lo salvaje» no sólo encontraremos datos y reflexiones que vale la pena tener en cuenta y pensar, sino una admirable actitud ante la vida, y, como escritor, pasajes memorables en los que vemos, literalmente, un mundo natural lleno de fuerza, y asistimos a enseñanzas exigentes y al tiempo razonables sobre un buen vivir, que siempre ha de suponer nuestra inserción en el conjunto de lo vivo.

Para Snyder lo salvaje forma parte de la libertad, y esta se apoya en la aceptación de las condiciones que le son inherentes: una realidad transitoria, abierta, imperfecta y no pocas veces dolorosa. La libertad existe porque no hay un universo preestablecido. Lo propio de lo salvaje, por otro lado, como proceso de lo natural, también es una ordenación de lo transitorio. Para Snyder, como para algunos místicos y científicos modernos, todo es natural, incluidas nuestras ciudades, aunque para el poeta norteamericano Madrid y Nueva York serían naturales sin ser salvajes (bueno, hay días en que uno afirmaría lo contrario…).

Pasajes memorables en los que vemos, literalmente, un mundo natural lleno de fuerza

Un sistema salvaje lo es cuando un ecosistema funciona plenamente y, por lo tanto, todo lo que lo constituye está presente en su red de actividad. De ahí venimos. Por otro lado, en nosotros habita también esa realidad: «Las profundidades de la mente, el inconsciente, son nuestras áreas salvajes interiores, y es ahí donde ahora hay un lince», afirma Snyder. No se trata de un lince individual, sino del que va «de sueño en sueño». «El cuerpo se encuentra en la mente. Ambos son salvajes».

Cerebro en red

Antonio Damasio diría que el cerebro surgió para ayudar al cuerpo en la subsistencia. Pero el naturalista Mancuso iría más lejos al afirmar que los árboles tienen un cerebro en red. Snyder, siguiendo en esto a la tradición «samkhya», pero también a Charles Darwin, no duda en afirmar que en un sistema ecológico «la información que recorre el sistema es inteligencia». Es obvio que la noción de inteligencia trasciende lo que entendemos por pensamientos, opiniones, ideas y conceptos, porque para Snyder, citando a Dogen, el fundador de la escuela soto del zen japonés, mente «significa árboles, postes de una cerca, tejas y hierbas».

Como ecologista, Gary Snyder aboga por un «contrato natural» a escala planetaria, que impida los saqueos y destrucción llevados a cabo como botín por empresas y Estados. Apela a una conciencia sobre los recursos de fuente común. Un mundo en el que la cultura y la Naturaleza son sombras, y la política y la economía enrarecidas son lo real, significa para Snyder que vivimos en «tiempos retrógrados», aunque creamos que el sistema es firme y progresa.

Cedros de incienso

Por otro lado, junto al «contrato natural» planetario, el antropólogo y activista Snyder considera necesaria una «conciencia biorregional» que nos hace prestar atención a que nuestro vínculo con el mundo natural no transcurre en abstracto sino en un lugar, y «debe enraizarse en un sustrato de información y experiencia». También lo dice de manera algo hegeliana: «El biorregionalismo es el acceso del “lugar” en la dialéctica de la Historia». No me resisto a citar la descripción de su propio lugar: «Ladera oeste de la Sierra Nevada, en la cuenca del río Yuba, al norte del brazo sur del río en la cota de los 900 metros, en una comunidad de roble negro, cedros de incienso, madroños, abetos Douglas y pino ponderosa». Exactitud de naturalista y de poeta que recela de las abstracciones.

Debemos vigilar nuestra disposición cotidiana en relación al mundo animal y vegetal: «La actitud hacia los animales y la forma de tratarlos que predomina hoy en la producción de carne en el mundo occidental son francamente enfermizas y antiéticas, y una fuente ilimitada de mala suerte para esta sociedad». Una vida ética ha de tener buenas maneras, ser considerada. Pensamos que podemos hacer cualquier cosa. Es un error. Pero no podemos alcanzar la percepción correcta sin una práctica adecuada, y por ello valora la noción de lo sagrado en cuanto que suponga la salida de nuestra individualidad, más allá de nuestra especie, para participar de aquello que, por encima de ideas y conceptos, preceptos y opiniones, nos constituye.

No se trata de una fusión mística sino de percibir y mantener las diferencias y la igualdad. Los seres humanos y nuestras ciudades no podemos prescindir del resto de la Naturaleza, y para ello es necesario, según Snyder, una ecología compleja, que supone que la respuesta a las necesidades humanas esté sumida en una conciencia integral. El autor vislumbra que «nuestro próximo diálogo será entre todos los seres, hacia un discurso de relaciones ecológicas». Esto no implica menospreciar lo humano: «El estudio correcto de la humanidad es qué significa ser humano».

 

Las migas del infinito. Chantal Maillard


Regardons voir quelle tête on fait ce matin

 

  Estamos a un metro de distancia el uno del otro. Mirándonos. Él, la cabeza inclinada; yo, el alma. Sé que será por poco tiempo, que ambos estamos aquí, mirándonos, por poco, muy poco tiempo. Y sé también que ése es todo el tiempo del que disponemos. Si no cruza por mi mente la idea de un después, ese tiempo será infinito.

     El gorrión ha volado. Mi presente son las migas de pan que alguien dejó para él en la mesa vecina.

Chantal Maillard. Bélgica: 126. Pre-Textos, 2011


Secreto de familia. Blanca Varela

Blanca Varela_poesia reunida


soñé con un perro

con un perro desollado

cantaba su cuerpo su cuerpo rojo silbaba

pregunté al otro

al que apaga la luz al carnicero

qué ha sucedido

por qué estamos a oscuras

es un sueño estás sola

no hay otro

la luz no existe

tú eres el perro tú eres la flor que ladra

afila dulcemente tu lengua

tu dulce negra lengua de cuatro patas

la piel del hombre se quema con el sueño

arde desaparece la piel humana

sólo la roja pulpa del can es limpia

la verdadera luz habita su legaña

tú eres el perro

tú eres el desollado can de cada noche

sueña contigo misma y basta

Blanca VarelaValses y otras falsas confesiones (1972)

 

Blanca Varela

Poeta peruana, nacida en Lima (1926-2009), cuya voz lírica alcanzó un tono personal, intenso y reconocible que le ha dado un puesto sobresaliente en la poesía hispanoamericana contemporánea. Su evolución fue pausada y no muy abundante en libros, pero sí rigurosa y profunda. La suya no es una poesía fácil de clasificar, aunque algunas de sus raíces estéticas puedan identificarse, porque se mantuvo al margen de corrientes en boga y permaneció fiel a una búsqueda interior que no hizo sino perfeccionarse. En la década de 1940, además de seguir estudios universitarios, hizo periodismo, frecuentó la tertulia literaria de la Peña Pancho Fierro que presidía José María Arguedas, y cultivó la amistad, entre otros, de escritores como Sebastián Salazar Bondy y Emilio Adolfo Westphalen. Allí conoció al pintor Fernando de Szyszlo, con quien estuvo casada largos años. Colaboró en la revista Las moradas, dirigida por Westphalen. En 1949, marchó a París y empezó a escribir poesía, aparte de dedicarse al periodismo y la traducción. El clima intelectual europeo de esa época (sobre todo el existencialismo y los rescoldos todavía candentes del surrealismo) influyeron en ella; frecuentó también a escritores hispanoamericanos que residían en esa ciudad, como Ernesto Cardenal, Julio Cortázar y Octavio Paz, quien estimularía su trabajo poético, prologaría su primer libro y le sugeriría su título: Ese puerto existe (1959). Tras un breve retorno al Perú, en 1955, vivió entre 1957 y 1960 en Washington. Desde entonces residió casi permanentemente en su ciudad natal, con contactos muy esporádicos con el ambiente literario. A fines de la década de 1960, colaboró en otra importante revista de Westphalen: Amaru. Fue secretaria General del Centro Peruano del PEN Club Internacional y dirigió la oficina del Fondo de Cultura Económica en Lima. Después del libro mencionado, la autora publicó los siguientes: Luz del día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto villano (1978), Camino a Babel (1986), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993), Poesía escogida (1993) y Del orden de las cosas (1993). Bajo el título Canto villano (1986) recopiló su obra poética desde 1949 a 1983. Sus más recientes títulos fueron Concierto animal (1999) y la antología Donde todo termina abre las alas: poesía reunida 1949-2000 (2001). En 2001 recibió el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, y en el 2007 el Premio Reina Sofía de Poesía. © M.E.

http://www.epdlp.com/escritor.php?id=4082

Las lecciones de lo salvaje de Gary Snyder

La-mente-salvaje_Gary Snyder

 

El jueves pasado, asistimos en La Central del Raval de Barcelona a la presentación de dos libros de Gary Snyder de la mano de sus traductores, Nacho Fernández, José Luis Regojo y Jaime Subirana. Acompañados por su ritmo pausado, recorrimos la nueva antología de poesía y prosa, La mente salvaje, poemas y ensayos, ahora reeditada por Árdora Ediciones, y el libro de ensayo más sustancial del poeta norteamericano, La práctica de lo salvaje, publicado por Varasek Ediciones. Complementarios, sendos libros forman un binomio que su traductor y compilador, Nacho Fernández, ilustró acertadamente colocando el libro de ensayos La práctica de lo salvaje como base sustentadora en la que se enraizaba la antología de poemas La mente salvaje. Dos perspectivas, un mismo camino, para adentrarse en una verdadera “ecología del lenguaje” de la mano de ese gran pensador-poeta-activista que es Gary Snyder.

En esta ocasión, la nueva antología (la edición del 2008 habiéndose agotada) adopta un mayor formato y se amplia con 43 poemas con su versión original en inglés, y cuatro ensayos inéditos procedentes de los tres últimos libros publicados por el escritor norteamericano hasta la fecha. Tal y como lo subraya la editorial Árdora, “esta nueva publicación ofrece un completo recorrido por toda la obra de Snyder: desde sus primeros poemas celebratorios sobre el trabajo manual en bosques y montañas hasta su reivindicación de nuestra pertenencia a la comunidad natural, incorporando visiones de su experiencia vital, el antiguo saber de las comunidades nativas y la enseñanza ética del budismo.

“La obra de Gary Snyder (San Francisco, 1930) plantea una esclarecedora revisión de nuestra pertenencia al mundo natural. En su poesía convergen la atención detallada a la condición salvaje, el conocimiento y la permeabilidad a la tradición literaria oriental, el legado ético del budismo —residió en Japón durante una década— y una escucha atenta a las relaciones de las culturas primigenias con su entorno.

“Inicialmente vinculado a la generación beat y pensador crucial sobre cuestiones ecológicas, Gary Snyder es hoy uno de los poetas vivos más respetados en lengua inglesa, además de autor de una obra ensayística que asume una posición ética y política tan creativa como rigurosa.”

Nuestras habilidades y trabajos no son más que pequeños reflejos del mundo salvaje, cuyo orden es innato y libre. No hay nada como salirse de la calzada y adentrarse en una parte nueva de la división de aguas. No por la novedad en sí, sino por la sensación de llegar a casa, a todo nuestro territorio. “Abandonar el sendero” es otra forma de llamar el Camino, y deambular alejándose del sendero es la práctica de lo salvaje. Es ahí también donde, paradójicamente, damos lo mejor de nosotros mismos. Aun así, necesitamos caminos y senderos, y los mantendremos siempre. Primero debes estar en el camino, antes de poder echar a andar en otro sentido y adentrarte en lo salvaje.  Gary Snyder


Un modo de percibir, de defender y de estar en el mundo salvaje (aguda observación del espacio natural y de sus ecosistemas, exploración del sustrato imaginativo del lenguaje estrechamente vinculado a nuestro ser biológico, atención a la auto-organización, regulación y mantenimiento de nuestro cuerpo-mente) que Gary Snyder, permaneciendo en el camino, fuera del sendero, traduce magistralmente en poemas, ensayos y actitudes.

Leedlo despacio, dejaros llevar en la canoa de sus poemas, entrad en relación con la amplitud de su pensamiento sembrado de múltiples referencias sobre budismo, antropología, lingüística, etnobotánica, geología, prehistoria, mitología… seguidlo allí donde se borran todos los senderos, en el camino de lo salvaje…

FUERA

el silencio
de la naturaleza
dentro.

el poder dentro.
el poder

fuera.

el camino es todo lo que pasa–
no tiene objetivo en sí mismo.

la meta es
la gracia –la liberación–

curar,
no salvar.

cantar
                   la prueba

la prueba del poder dentro.

Gary Snyder. La mente salvaje, poemas y ensayos. Edición y selección de Nacho Fernández RocafortÁrdora Ediciones, 2016.

http://www.ardora.com/content/la-mente-salvaje-nueva-antologia-poemas-y-ensayos

Aquí tenéis el enlace al audio de la presentación de los libros de Gary Snyder: www.ivoox.com/11894780

 

Hay dos tipos de cura. Chantal Maillard

David Escalona_Serie Vendados_XL


La superficie es donde la mayoría de los individuos conviven durante la casi totalidad de su existencia. Mantenerse en ella o descender depende de la velocidad a la que vibre la mente. En la superficie, la vibración es más rápida. O bien le digo superficie a ese estado en el que vivo cuando la vibración se acelera. […]

Quien se sitúa en el abajo permanece esencialmente vinculado a lo que ocurre y lo que ocurre es, en esa dimensión, infinito, inabarcable. Alguien que ha muerto es infinito. Ni su eliminación ni su ausencia pueden expresarse con palabras porque las palabras están hechas para limitar lo indecible, fragmentarlo, gramatizarlo para hacerlo comunicable en la diferencia. La cura de lo que ocurre en su dimensión infinita ha de efectuarse en el abajo.

Hay dos tipos de cura. La primera, la cura de superficie, «realiza» el abajo, circunscribe lo inabarcable por medio del lenguaje, lo reduce a dimensiones controlables, eficaces. Devuelve al individuo a la «normalidad» para que pueda seguir siendo útil en el engranaje social. Su comprensión (superficial) será la que derive de encajar las piezas, previamente recortadas a estos efectos dentro del marco que les corresponda. Al igual que con el psicoanálisis, puede que resulte de ello cierto alivio, pero aliviar no es curar. En realidad, no es más que «formalizar» el drama, simplificarlo en la palabra, hacerlo comunicable, común, reconocible. En lo reconocido, la singularidad del hecho se pierde y con ello, para bien y para mal, su dimensión infinita.

El abajo no es inconsciente, es simplemente inconmensurable. La otra cura pertenece a esa otra dimensión. Es comprensión en la unidad, antes de las diferencias, antes del lenguaje.

Sólo la voz poética acierta a veces a decir (sin decir) lo-que-ocurre en el abajo. La voz del abajo es el poema.

Aún hay otra lentitud. Y otra indiferencia o, más exactamente, una no-diferencia. Más allá del abajo, en un más abajo –o más arriba, según se mire– que es un más allá del mí. Allí el tiempo (casi) deja de existir. Es un lugar común, aunque no comunicable. Sin tiempo: sin diferencias. Por eso la cura, la auténtica cura, allí es posible.

Quien arriba a estas latitudes con el mí silenciado, el ánimo en calma y la atención despierta, logra entonces comprender lo que en superficie jamás podría. Pero es necesaria la brecha. El túnel o pasaje. Que esto lo facilite una sustancia o el sueño o la detención ejercitada de la voluntad es del todo indiferente.

Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015 [Libro I, IV. Y del abismo una voz, p. 157]

Imagen: David Escalona. Serie Vendados, dibujo sobre papel vegetal.

 

“Mi Ítaca es, o ha sido, Bélgica”. El exilio de Chantal Maillard


Ítaca, cualquier Ítaca, es un lugar interior. Ese origen al que, en determinados momentos de nuestra vida marcados por un esencial cansancio, anhelamos volver no es un lugar geográfico, ni tampoco metafísico, es un estado. Volver al origen es volver a ese estado inicial en el que, desprovista la mente de elementos suficientes para establecer comparaciones y, por lo tanto inhábil aún para el juicio, somos dilatada conciencia, vivencia inmediata de un presente envolvente. Acaso la inocencia no sea otra cosa que la incapacidad para el juicio, y ésta sea la razón de que, en los primeros albores de la existencia, el mundo sea experimentado con sencilla y gozosa plenitud. Ese gozo sin motivo, esa plenitud es a lo que nos referimos cuando hablamos de “la infancia” con nostalgia, es lo que esa palabra significa, lo que señala. Y si del territorio en el que transcurrió nos vimos, por cualquier motivo, exiliados, es a él al que ingenuamente creemos que hemos de volver para recuperarla. Mi Ítaca es, o ha sido, Bélgica. (18)

El exilio puede entenderse como cualquier desarraigo que se nos impone y es experimentado como pérdida. Del estado original todos somos exiliados. Aquellos, sin embargo, para quienes el exilio interior estuvo acompañado de una desterritorialización geográfica tienen, paradójicamente, una ventaja sobre quienes permanecieron en su lugar de origen, y es que, al no haberse transformado junto con el entorno, éste se convierte con mayor facilidad, para ellos, en un universo de signos. Ver transformarse los lugares y objetos, en efecto, y transformarse con ellos, ya sea porque desaparezcan o porque simplemente nos acompañan, hace que dejen de ser signos de una anterioridad. Sin signos, no hay retorno posible, no hay puente, no hay migas de pan. Quedan los recuerdos, pero no hay manera de recuperar lo olvidado. Y eso, lo olvidado, no la memoria-recuerdo, es lo que interesa para la búsqueda. Los recuerdos son imágenes o impresiones que viven con nosotros y a las que vamos modificando y reinterpretando de acuerdo con nuestras necesidades. Lo olvidado, en cambio, puede, por el efecto de alguna asociación que la mente efectúe casualmente, presentarse de repente tal cual vivimos entonces, y hasta con un plus, un aumento en la calidad de las sensaciones. Estos destellos son lo que interesa para la recuperación de aquel estado remoto. (19)

Chantal Maillard. Bélgica. Cuadernos de la memoria. Pre-Textos, 2011


Volver del exilio, de una vida de exilio, al lugar de la infancia: un charquito de agua de lluvia en la que se condensó la mirada. […] Viajes de reconocimiento, en los que una no busca tanto sorprenderse como recuperarse.

Chantal Maillard. Husos. Pre-Textos, 2006 (p. 91)


Hacerse un hueco, justo en el límite, hacerse un hueco en el lugar de nadie puede que haya sido el lema de mi vida o, al menos, la inconsciente tenacidad con la que he procurado vivir frente a todas las convenciones y a pesar de ellas. Se genera una extraña fuerza al sumir la propia historia y defenderla porque es propia, simplemente porque nos pertenece. Cuando supe que asumir la propia historia no consiste en decantarse por una cosa u otra, por este grupo o por el otro, por el antes o el después, empecé a sentir que se dignificaba mi condición de apátrida, porque si bien es cierto que el último instante es deudor de todo lo que le precede, es apátrida, siempre, el ahora, y el ahora es la intensidad que impregna la trama de la existencia. La escritura, simplemente, agudiza la atención, ilumina las hebras.

Chantal Maillard. En la antología Ellas tienen la palabra. Hyperion, 1998 (p. 147-148).

 


La entrega de Clarice Lispector


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Por fin, por fin mi envoltura se había roto realmente, y yo era ilimitado. Por no ser, yo era. Hasta el fin de aquello que no era, era. Lo que no soy, soy. Todo estará en mí si no soy; pues “yo” es solamente uno de los espasmos instantáneos del mundo. Mi vida no tiene un sentido solamente humano, es mucho mayor, es tan grande, que, en relación con lo humano, no tiene sentido. De la organización general que era mayor que yo, hasta entonces no había distinguido los fragmentos. Mas ahora, yo era mucho menos que humana, y sólo realizaría mi destino específicamente humano si me entregaba, como me estaba entregando, a lo que ya no era yo, a lo que ya era inhumano.

Y entregándome con la confianza de pertenecer a lo desconocido. Pues sólo puedo rezar a lo que no conozco. Y sólo puedo amar la evidencia desconocida de las cosas, y sólo puedo unirme a lo que desconozco. Solo ésta es una entrega real.

Y tal entrega es la única superación que no me excluye. Yo era ahora tan grande que no me veía. Tan grande como un paisaje lejano. Me hallaba lejana, pero perceptible en mis más últimas montañas y en mis más remotos ríos: la actualidad simultánea no me asustaba ya, y en mi más última extremidad podía por fin sonreír sin ni siquiera sonreír. Por fin me extendía más allá de mi sensibilidad.

El mundo no dependía de mí; ésta era la confianza a que había llegado: el mundo no dependía de mí, y no comprendo lo que digo, ¡nunca! Nunca más comprenderé lo que diga. Pues, ¿cómo podré hablar sin que la palabra mienta por mí? ¿Cómo podré decir, sino tímidamente: la vida me es? La vida me es, y no comprendo lo que digo. Y entonces adoro…

Clarice Lispector, La pasión según G. H. Siruela, 2013

Olvido García Valdés: una meditación: ¿Dónde nos sentimos vivir?

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He vuelto a leer en estos últimos días del año la obra de Olvido García Valdés, magnífica poeta y, a la par, aguda pensadora (¿cómo no?).
En uno de sus textos sobre el proceso de la escritura, recogido al final de su “poesía reunida” (
Esa polilla que delante de mí revolotea, editado por Galaxia Gutenberg), encuentro unas reflexiones que depositaré aquí como unos guijarros al borde del camino, así como dos poemas sacados de “Del ojo al hueso”, título que se me antoja tan en consonancia con nuestro trabajo!


 

En una entrevista, Gary Snyder se refería a la meditación con estas palabras: “De hecho, como sabe cualquiera que haya praticado suficientemente la meditación, aquello a lo que se apunta no es nunca lo que se alcanza. Aquello a lo que se apunta no es, curiosamente, lo que se obtiene; la voluntad consciente no puede alcanzarlo. Hay que practicar una especie de distracción cuidadosa, pero en verdad relajada, que permita al inconsciente hacer su propio trabajo de ascenso y manifestación. Sin embargo, en el momento en que uno, alerta, se dispone a apresarlo, se escapa, se desliza hacia el fondo. Es algo muy semejante a lo que ocurre en la caza estática: te detienes en algún lugar en el bosque y permaneces inmóvil hasta que las cosas comienzan a vivir, empiezan a aparecer ardillas, gorriones y conejos que estaban ahí desde el principio, pero que se zambullen en algún rincón cuando se los mira de cerca. También la meditación es así”.
Como la poesía.

*

A veces me acometen crisis de irrealidad; no de identidad, sino de irrealidad; no quién soy, sino si estoy. ¿Dónde vivimos? (El plural acoge a muchos, pero solos.) No dónde se nos ve, se nos encuentra, sino dónde nos sentimos vivir. ¿Qué lugar es ése, semejante a los del sueño en que no es el de la vida real? Hay estratos ahí, no de profundidad, sino de coloración, de presencia de ciertas afecciones.

*

fulgor de los espinos y el musgo, casa
no hay para nadie, en los bosques
moramos

(Del ojo al hueso)

*

Habla de líquenes, materia
de la memoria, forma
que se toma a lo informe
por sedimento y desgaste, huella
y gesto del conocer. Nos cría el enemigo, de él
absorbemos potencia, ¿lo que quema nos salva?
Deja el nombre su muesca, su torcido
colmillo, deja su luz.

Ahora me pregunto
qué es un poema y qué la enfermedad, los grados
de sufrimiento tras los que corre
el alma. No sé dónde va el alma, conozco
en cambio bien figuras
que la noche espolea. No sé
de los poemas, sólo por semejanza.

(Del ojo al hueso)