Alejandra Pizarnik: “El quehacer poético implica exorcizar, conjurar, y reparar”

ALEJANDRA-PIZARNIK


Entrevista a Alejandra Pizarnik de Martha Isabel Moia, publicada en El deseo de la palabra, Ocnos, Barcelona, 1972.


M.I.M. – Hay, en tus poemas, términos que considero emblemáticos y que contribuyen a conformar tus poemas como dominios solitarios e ilícitos como las pasiones de la infancia, como el poema, como el amor, como la muerte. ¿Coincidís conmigo en que términos como jardín, bosque, palabra, silencio, errancia, viento, desgarradura y noche, son, a la vez, signos y emblemas?

A.P. – Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos. 0, más exactamente, los términos que designas en tu pregunta serían signos y emblemas.

M.I.M. – Empecemos por entrar, pues, en los espacios más gratos: el jardín y el bosque.

A.P. – Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice en el país de las maravillas: – «Sólo vine a ver el jardín». Para Alice y para mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con las palabras de Mircea Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El jardín es verde en el cerebro. Frase mía que me conduce a otra siguiente de Georges Bachelard, que espero recordar fielmente: El jardín del recuerdo- sueño, perdido en un más allá del pasado verdadero.

M.I.M. – En cuanto a tu bosque, se aparece como sinónimo de silencio. Mas yo siento otros significados. Por ejemplo, tu bosque podría ser una alusión a lo prohibido, a lo oculto.

A.P. – ¿Por qué no? Pero también sugeriría la infancia, el cuerpo, la noche.

M.I.M. – ¿Entraste alguna vez en el jardín?

A.P. – Proust, al analizar los deseos, dice que los deseos no quieren analizarse sino satisfacerse, esto es: no quiero hablar del jardín, quiero verlo. Claro es que lo que digo no deja de ser pueril, pues en esta vida nunca hacemos lo que queremos. Lo cual es un motivo más para querer ver el jardín, aun si es imposible, sobre todo si es imposible.

M.I.M. – Mientras contestabas a mi pregunta, tu voz en mi memoria me dijo desde un poema tuyo: mi oficio es conjurar y exorcizar.*

A.P. – Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.

M.I.M. – Entre las variadas metáforas con las que configuras esta herida fundamental recuerdo, por la impresión que me causó, la que en un poema temprano te hace preguntar por la bestia caída de pasmo que se arrastra por mi sangre.* Y creo, casi con certeza, que el viento es uno de los principales autores de la herida, ya que a veces se aparece en tus escritos como el gran lastimador.*

A.P.
 – Tengo amor por el viento aun si, precisamente, mi imaginación suele darle formas y colores feroces. Embestida por el viento, voy por el bosque, me alejo en busca del jardín.

M.I.M. – ¿En la noche?

A.P. – Poco sé de la noche pero a ella me uno. Lo dije en un poema: Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche.*

M.I.M. – En un poema de adolescencia también te unís al silencio.

A.P. – El silencio: única tentación y la más alta promesa. Pero siento que el inagotable murmullo nunca cesa de manar (Que bien sé yo do mana la fuente del lenguaje errante). Por eso me atrevo a decir que no sé si el silencio existe.

M.I.M. – En una suerte de contrapunto con tu yo que se une a la noche y aquel que se une al silencio, veo a «la extranjera»; «la silenciosa en el desierto»; «la pequeña viajera»; «mi emigrante de sí»; la que «quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria». Son estas, tus otras voces, las que hablan de tu vocación de errancia, la para mí tu verdadera vocación, dicho a tu manera.

A.P. – Pienso en una frase de Trakl: Es el hombre un extraño en la tierra. Creo que, de todos, el poeta es el más extranjero. Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra.

M.I.M. – Hay un miedo tuyo que pone en peligro esa morada: el no saber nombrar lo que no existe.* Es entonces cuando te ocultás del lenguaje.

A.P. – Con una ambigüedad que quiero aclarar: me oculto del lenguaje dentro del lenguaje. Cuando algo – incluso la nada tiene un nombre, parece menos hostil. Sin embargo, existe en mí una sospecha de que lo esencial es indecible.

M.I.M. – ¿Es por esto que buscas figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las aluden?*

A.P. – Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas.

M.I.M. – Sin embargo, ahora ya no buscas esa exactitud.

A.P. – Es cierto; busco que el poema se escriba como quiera escribirse. Pero prefiero no hablar del ahora porque aún está poco escrito.

M.I.M. – El no saber nombrar* se relaciona con la preocupación por encontrar alguna frase enteramente tuya.* Tu libro Los trabajos y las noches es una respuesta significativa, ya que en él son tus voces las que hablan.

A.P. – Trabajé arduamente en esos poemas y debo decir que al configurarlos me configuré yo, y cambié. Tenía dentro de mí un ideal de poema y logré realizarlo. Sé que no me parezco a nadie (esto es una fatalidad). Ese libro me dio la felicidad de encontrar la libertad en la escritura. Fui libre, fui dueña de hacerme una forma como yo quería.

M.I.M. – Con estos miedos coexiste el de las palabras que regresan.* ¿Cuáles son?

A.P. – Es la memoria. Me sucede asistir al cortejo de las palabras que se precipitan, y me siento espectadora inerte e inerme.

M.I.M. – Vislumbro que el espejo, la otra orilla, la zona prohibida y su olvido, disponen en tu obra el miedo de ser dos,* que escapa a los límites del döppelganger para incluir a todas las que fuiste.

A.P. – Decís bien, es el miedo a todas las que en mí contienden. Hay un poema de Michaux que dice: Je suis; je parle à qui je fus et qui- je- fus me parlent. ( … ) On n’est pas seul dans sa peau.

M.I.M. – ¿Se manifiesta en algún momento especial?

A.P. – Cuando «la hija de mi voz» me traiciona.

M.I.M. – Según un poema tuyo, tu amor más hermoso fue el amor por los espejos. ¿A quién ves en ellos?

A.P. – A la otra que soy. (En verdad, tengo cierto miedo de los espejos.) En algunas ocasiones nos reunimos. Casi siempre sucede cuando escribo.

M.I.M. – Una noche en el circo recobraste un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros.* ¿Qué es ese algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas?*

A.P. – Es el lenguaje no encontrado y que me gustaría encontrar.

M.I.M. – ¿Acaso lo encontraste en la pintura?

A.P. – Me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores. Además, me atrae la falta de mitomanía del lenguaje de la pintura. Trabajar con las palabras o, más específicamente, buscar mis palabras, implica una tensión que no existe al pintar.

M.I.M. – ¿Cuál es la razón de tu preferencia por «la gitana dormida» de Rousseau?

A.P. – Es el equivalente del lenguaje de los caballos en el circo. Yo quisiera llegar a escribir algo semejante a «la gitana» del Aduanero porque hay silencio y, a la vez, alusión a cosas graves y luminosas. También me conmueve singularmente la obra de Bosch, Klee, Ernst.

M.I.M. – Por último, te pregunto si alguna vez te formulaste la pregunta que se plantea Octavio Paz en el prólogo de El arco y la lira: ¿no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?

A.P. – Respondo desde uno de mis últimos poemas: Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir*.

* Los asteriscos que aparecen hacen referencia a poemas de Alejandra Pizarnik.

https://es.wikipedia.org/wiki/Alejandra_Pizarnik

El aullido primaveral de Nikai

 

Nikai es un lobo gris nacido en cautividad en el Wolf Conservation Center (WCC), una organización sin fines de lucro, en South Salem, Nueva York. Es uno de los cuatro “lobos embajadores” del WCC que ayudan a enseñar al público el papel vital del lobo en el ecosistema y a conocerlos mejor.

http://www.nywolf.org

https://www.facebook.com/nywolforg

Ushio Amagatsu. Butô

Umusuna, el nombre de la última coreografía del bailarín japonés contemporáneo Ushio Amagatsu, está sacado del japonés arcaico, significa “el lugar donde hemos nacido”. Para el coreógrafo japonés, esa palabra quiere decir el vientre de la madre, o el planeta Tierra. Umusuna, memoria de antes de la historia, de toda historia. El trabajo de Ushio Amagatsu pone en escena todos los sentimientos humanos comunes a todas las culturas. Su arte es universal. “Tenemos tendencia a olvidarlo en la vida cotidiana, dice el artista, pero el cuerpo humano se comporta de la misma manera en todas las culturas del mundo. Por ejemplo, un bébé, independientemente de su origen, necesita un año para ponerse en pie, es un rasgo universal del cuerpo humano. Ese aprendizaje puede describirse como un lento dialogo entre el ser humano y la tierra. Es ese intercambio mudo con la gravedad terrestre que intento expresar a través de la danza.”

Explorar el alma humana es la esencia del butô de la que se inspira Ushio Amagatsu. La danza Butô (ankoku butô, “danza de las tinieblas o danza del cuerpo oscuro”) nace en el Japón post-Hiroshima, a finales de los años 50. Es una danza que crea las bases de una aproximación radical de la danza contemporánea para expresar lo indecible, el sufrimiento y el horror, y la decisión de seguir construyendo sobre las cenizas atómicas. Desde entonces, esta danza no ha dejado de empujar los límites de lo que un cuerpo puede llegar a suscitar y a expresar. En 1975, Ushio Amagatsu (nacido en 1949, hace parte de la segunda generación de bailarines de Butô), crea su propia compañía Sankaï Juku compuesta únicamente por hombres. “Creo que hay [en mi danza], como en el animal, un equilibrio entre primitivismo y sofisticación” comenta el coreógrafo. Un espectaculo de Sankai Juku nos devuelve siempre a los orígenes del mundo, al caos orgánico de donde nace la vida para ir hacia la muerte… Por medio de una geometría en espejo muy precisa en el escenario donde irradia Umusuna, la danza de los hombres, acompañada por las bellas composiciones musicales de Takashi KakoYas-Kaz y Yoichiro Yoshikawa, integra como en una caligrafía el ritmo de las líneas curvas con la dinámica de la respiración. La visión de los bailarines con su cráneo rapado y su maquillage de polvo blanco, el minucioso despliegue de sus gestos, sus meticulosos rituales, sus cuerpos desnudos envueltos con telas color arena-piel, suscita una profunda emoción, verdaderamente única. Un trance dulce y potente a la vez. Una metamorfosis del cuerpo cuya piel de arena parece dejar vivir en el gesto algo del alma.

Fuera de su compañía Sankai Juku, Amagatsu ha creado dos piezas para bailarinas y bailarines occidentales en USA y a Tokio. También ha creado coreografías para la bailarina india Shantala Shivalingappa (de la que hemos hablado en este blog en alguna ocasión). Ha puesto en escena el Barba Azul de Béla Bartók en Japón y las creaciones mundiales de las óperas Tres hermanas y Lady Sarashina del compositor húngaro Péter Eötvös en la Ópera de Lyon.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Ushio_Amagatsu

http://shantalashivalingappa.com/en/

En el catálogo “Fabienne Verdier: L’esprit de la peinture” que acompañó la exposición en la que la pintora francesa homenajeaba a los maestros flamencos (y  que algunas de nosotras tuvimos el inmenso placer de disfrutar en el 2013 en Brujas y en Bruselas) hay una entrevista entre Hélène Kelmachter y el coreógrafo Ushio Amagatsu, titulada “L’émotion du geste” (La emoción del gesto). Tanto Verdier como Amagatsu reconocen su obra como un diálogo con la gravedad. Movimiento, materia, gravedad, tinieblas y luz, verticalidad y horizontalidad, tensión y relajación, Oriente y Occidente, están en el núcleo del trabajo de ambos y le otorgan una dimensión cosmogónica a su obra.

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¿Es posible un mundo sin violencia? Chantal Maillard

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[…] En cualquier caso, mientras tanto, nos toca intentar regular de la mejor manera posible el mundo que tenemos entre manos. Para ello no se me ocurre otra cosa, para empezar, que unas simples indicaciones prácticas tendentes a promover un cambio en dirección a un reequilibrio:

-Lo primero, abrir los ojos.

-Lo segundo, ampliar el cerco de lo que nos atañe. Adquirir visión global.

-Después, disminuir el ansia. Aquietarnos. Querer menos. Necesitar menos.

-Desarticular el sistema de consumo en sus raíces controlando el ansia.

-Invertir los valores de la verticalidad (crecimiento, progreso, ganancia).

-Decrecer. Repartir. Equilibrar la balanza. Hay opciones. No es éste el único sistema posible y, desde luego, no es el mejor.

-Decrecer en todos los sentidos. Tomar conciencia de nuestra dimensión de plaga.

-Disminuir en orgullo de especie y en voluntad de perdurar por encima de todo(s). Atemperar el miedo que nos hace desear la inmortalidad. Tomar conciencia de la transitoriedad de toda existencia.

-Y, finalmente, ensanchar el horizonte del principio de racionalidad. Reemplazar la moral de la reciprocidad por el sentido de la compasión. Añadir a la justicia (equivalencia), comprensión; a la inteligencia, sabiduría.

la_colera_de_occidenteUn programa utópico, no se me escapa. Visto desde parámetros científicos, a todas luces, ingenuo. Insuficiente, por supuesto. Pero es un punto de partida. Y, dada la ingenuidad científica que nos domina, un factor de equilibrio. Siempre he entendido que una reforma política y social no obtendría resultados duraderos salvo que empezase por el esclarecimiento individual de las conciencias. Porque los conceptos no existen. Lo que existe existe en singular. En singular se sufre, en singular se teme y en singular se padece la insatisfacción y el ansia. El cambio habremos de lograrlo entre todos, pero su posibilidad tendrá que gestarse en cada uno, de uno en uno, pues la lucidez no es algo que pueda obtenerse en plural, sino que le incumbe a cada cual. Y la lucidez es la condición de posibilidad para que el cambio, de darse, no sea simplemente otra oscilación dialéctica, sino un cambio radical. (Mantenerse en la ceguera, por supuesto, es otra opción.)

Recordemos a Friedrich Nietzsche en Turín, abrazado al cuello del caballo, pidiéndole perdón por la humanidad. Invirtiendo con un gesto universalmente compasivo el orden jerárquico que sitúa al ser humano en la cúspide. Ojalá llegue un tiempo en el que aquel gesto del filósofo sea considerado como de la más alta cordura.

Chantal Maillard, “¿Es posible un mundo sin violencia?” (fragmento), en La cólera de Occidente. Perspectivas filosóficas sobre la guerra y la paz. (Diversos autores y autoras participantes). Plaza y Valdés editores, 2013

 

Chantal Maillard: “En el abajo uno permanece sin palabras”

ENTREVISTA POR , 21 OCTUBRE 2016
chantal maillard

Fotografía de portada: Anna Oswaldo Cruz.

«¿Puede haber un estado de conciencia que no sea discursivo y de cuyo contenido podamos tener conocimiento?». «¿Y el animal? El animal es antes». «¿Es posible, realmente, la compasión?». Estas son algunas de las preguntas con las que Chantal Maillard (Bruselas, 1951) nos invita a volver a las bases sobre las que se construye nuestra subjetividad, para poder entender su origen y reconsiderar su lógica. En las líneas que siguen hablamos de cuerpos concretos en dolor y contexto. También, de manera crítica, del proceso que implica el acto de contar-se, de contar-los. 

Con el compromiso de un trabajo perenne y agudo, la obra en creciente de Chantal Maillard enriquece de forma clave la poesía y el pensamiento en lengua española. Su práctica filosófica invita a la exploración de la voluntad menguada, el presente total, sin negar o excluir el placer del juego y el descanso que a veces proporcionan las representaciones: «Porque con las palabras se sube a la superficie donde todo es comunicable y de esta manera lo vivido pierde su inconmensurabilidad».

Frente a la tradición dualista que ordena el mundo en pares antagónicos, tu escritura propone «desvíos». Señalas hacia «lo otro» del pensamiento y hacia «el animal»… 

El otro lado… Tratar de hablar de «otro lado» para evitar las dicotomías es un tanto contradictorio, ¿no es cierto? Pero no se trata de evitarlas, al menos mientras se habla. Dejémoslas donde están: el discurso lógico procede con y a partir de ellas. Sin diferencias no hay discurso, no hay juicio posible. El lenguaje es el gran mapa de las diferencias. Un gato no-es un grillo, ni una nube, ni un cuenco, etc. Toda palabra limita, de-termina, recorta partes en una totalidad que de lo contrario carecería de sentido para el entendimiento. 

Así que la pregunta, más bien es: ¿hay alguna forma de pensamiento en el que no intervenga el lenguaje? Depende lo que se entienda por pensar. Allí donde la voluntad interviene hay discurso. Y donde no lo hay, en cuanto queramos poner algo de esto en palabras ya habremos vuelto al ámbito del lenguaje, lo habremos re-flexionado. Tomar conciencia de que es imposible hablar fuera de la propia mente es importante. Es cuando uno topa con los límites, como el protagonista de El show de Truman cuando, después de atravesar el océano, choca contra el horizonte. 

La siguiente pregunta sería entonces: ¿puede haber un estado de conciencia que no sea discursivo y de cuyo contenido podamos tener conocimiento? 

Lo que llamamos mente es una sucesión de imágenes o impresiones. Es un proceso continuo del que, por lo general, ni siquiera nos damos cuenta. Pero podemos situarnos frente a ello y observar. También hay formas de detenerlo. Lo hacemos a veces inconscientemente. La escritura puede ser un procedimiento, pero no por lo que con ella se cuente, sino por lo que requiere de concentración. Hay entonces algo que va haciéndose debajo o… ¿en otro lado? del discurso. 

¿Y el animal? El animal es antes. El animal-en-mí es el que posee el saber anterior, aquél de los comienzos, aquel saber sin juicio, inmediato, natural, que todo ser vivo posee y que permite que entre todos exista un equilibro (prefiero el término equilibrio al de armonía, que utilizan frecuentemente los que hablan de ecosistema, por el matiz positivo que reviste el segundo. No entiendo, no puedo desde mi razón entender como algo positivo el círculo del hambre. Pero en él estamos y mientras no decidamos darnos de baja y salirnos de él es de buen gusto acatar sus reglas). 

Ciertamente, entre este estado anterior del animal-en-mí y el estado sin mente hay cierto parecido. En ambos casos se trata de un fuera del discurso mental.

En el intercambio que se da en un ecosistema humano, donde todos los vivos interactuamos con nuestro entorno inmediato o virtual, ¿qué función cumplen los usos poéticos del lenguaje?

¿Qué función cumple el poema en nuestras sociedades actuales? ¿Qué función cumplen las artes cuando su uso y su necesidad se han perdido? Esa es la cuestión. Las artes, antiguamente, cumplían, cada una, una función. Se trataba de elaborar imágenes para el culto o para la memoria o, en el caso de las artes del lenguaje, de saber pronunciar un discurso convincente, contar o inventar los hechos para mantener la unidad de un pueblo con una historia común, o interpretar los designios de los dioses o de los poderes superiores. Pintar, esculpir, contar, componer poemas, danzar, tocar un instrumento, todas las artes tenían una función social bien determinada. Pero hubo un momento, en la historia de Occidente, en que se le puso mayúscula a la palabra y el Arte se distinguió de las artes adquiriendo una finalidad en sí mismo. El Arte se contempló en el espejo y se encontró hermoso –esto fue antes de que Rimbaud sentara a la Belleza en sus rodillas y la encontrase amarga. Habiendo perdido la finalidad y, por tanto, el uso y la necesidad que de ella tenía la sociedad, es lógico que ocurriese lo que ocurrió: la obra se convirtió en un valor de cambio, un valor comercial, y la palabra adquirió su título de grandeza: la obra pasó a ser obra de arte. ­–«Obra de arte» es una expresión redundante, ya que la palabra «arte» significa «obra». El artista es un hacedor, articula, construye, al igual que el poietés, el poeta: la palabra poíesis también significa elaboración–. Aquí, entonces, se planteó la cuestión del valor de la obra, pues ¿quién juzga, y a partir de qué? La obra vino a ser, además, cada vez más conceptual, cada vez menos carente de materia. ¿Cómo juzgar de su valor, con qué criterio? Tirar por la tangente fue sencillo: lo que vale no es la obra sino el artista. Y el artista, entonces, se contempló a sí mismo en el espejo y se encontró hermoso… Lástima que Rimbaud no estuviese también allí en ese momento para sentarle en sus rodillas. 

Así que, ¿qué función cumplen las artes en el momento actual aparte de alimentar la egomanía de algunos, abarrotar los sótanos de museos y editoriales y poblar el mundo de falsos valores? ¿Qué función cumple la poesía? ¿O deberíamos hablar de poema? ¿Sabemos aún lo que es un poema? Porque si pretendemos ser poetas estamos muy lejos de serlo. Antes hay que aprender a pasar desapercibido, como el caracol, en el borde/margen del sendero. Y eso es un largo aprendizaje. Tal vez sería cuestión de querer emprenderlo. 

Dices «escritura inútil» y sin embargo sobrevivir aparece íntimamente ligado a ese proceso de registro, minucioso y atento, por parte de la viviente, de la observadora atenta a sus propias transformaciones. ¿Cómo se engancha la escritura a la vida y de qué forma aparece como sedimento de los procesos vitales? 

Sí. Parece contradictorio, en efecto. Pero siempre hay que contextualizar lo dicho. También dije que nada es inútil para ver. Y hablé de saberes inútiles, eso sí. Y del inútil parloteo. Depende del contexto. Creo que te refieres a un párrafo de Husos. Entonces tenemos que situarnos en ese contexto. Husos es un cuaderno de duelo. Lo que se cuenta allí tiene que ver con la imposibilidad de poner en palabras lo que ocurre en el abajo, donde la experiencia tiene lugar en toda su amplitud. Las palabras limitan, delimitan, y hacen comunicable tan sólo aquello que hemos pactado que son las cosas, consensualmente. La palabra no acierta a hacer comunicable todo el referente. Cuando la experiencia es intensa ocurre en ese lugar al que llamo el abajo, una dimensión en la que lo que ocurre tiene lugar con una intensidad inusual. En el abajo uno permanece sin palabras. Por eso el empeño de los psicólogos de hacer que el paciente ponga en palabras su experiencia. Porque con las palabras se sube a la superficie donde todo es comunicable y de esta manera lo vivido pierde su inconmensurabilidad. Lo real es inconmensurable, es infinito. Es infinito porque la razón no puede abarcarlo. 

Si pudiésemos asomarnos al cuarto donde la escribiente trabaja y contemplarla largo rato en silencio… Una vez finalizado el proceso, después de haber hablado, satisfecho el deseo-de-decir: ¿Quién-qué queda? ¿En qué momento del cuerpo la-lo encontramos? 

De pie, con los nervios soliviantados de cintura para abajo.

La ausencia física de un interlocutor parece ser una de las condiciones sin las cuales el acto de escribir no puede darse. Si aceptamos que la ausencia es condición de la escritura, ¿cómo es tu relación con las que te acompañan y ocupan el lugar de lo que en el habla sería un destinatario particular, empírico? ¿Piensas que la ausencia física es condición de la escritura? 

Ciertamente, si quieres comunicarte con alguien que está presente lo lógico es que le hables, no que le escribas. (Se me ocurre, al hilo, que el hecho de que se haya escrito tanto acerca de lo divino sería una prueba fehaciente de que, para los mismos creyentes, Dios es ante todo el gran Ausente). En mi caso, es cierto que casi siempre me dirijo a un interlocutor, tanto si se trata de un asunto teórico (está claro que la finalidad de un ensayo es comentar ciertas cosas con quienes se interesen por ellas) como si se trata de otros géneros. En algunos casos, el interlocutor interviene incluso hasta el punto de convertirse en uno de los personajes del libro, lo cual es, entre otras cosas, una manera de tenerle presente, de (man)tenerle presente. Supongo que su presencia (al fin y al cabo la ausencia es una forma de presencia) me conforta. Al fin y al cabo, si empecé a escribir fue para poder leerle a mi amiga un nuevo capítulo cada día en el gran recreo. Era recíproco. Nuestras respectivas novelas era la manera de contarnos algo; nos inventamos el serial avant la lettre... Supongo que también es por eso por lo que me gusta el género de la entrevista, porque me permite responder en vez de hablar en vacío. Por otra parte, en la inter-locución a veces se abren brechas y eso es lo interesante. 

No hay imaginación sin espectralidad. ¿Cuál es la naturaleza del fantasma?

La mente jamás piensa sin phantasma, decía Aristóteles. Lo que llamamos pensar (imaginar, recordar, percibir, juzgar, calcular, etcétera) son actos mentales que se suceden en un encadenamiento que raras veces se suspende. A cada uno de estos actos le corresponde alguna imagen, algún phantasma. No puede pensarse sin imagen, ésa es la idea. Y si no, hagan la prueba. Deténganse un momento, un minuto cronometrado, por ejemplo, cierren los ojos, imaginen el anverso de la frente como una pantalla y contemplen allí los actos de pensamientos sucediéndose… Es este el primer paso de la observación. Otro día os cuento más.

Uno de tus últimos libros, La mujer de pie (Galaxia Gutenberg, 2015), nos enfrenta a la experiencia concreta de un cuerpo localizado: localizado en el repertorio de sus capacidades (las que tiene, las que recuerda haber tenido); localizado también en el espacio concreto que habita, en su dolor y sus necesidades biológicas. El título mismo pone atención sobre la importancia de la postura de ese cuerpo: está de pie. Siguiendo tu voluntad de no construir discurso a partir de las dicotomías, también deshaces la idea de género en la neutralidad de las voces que componen tu obra. Sin embargo, en esta ocasión, parece imperativo decir la diferencia: es una mujer quien está de pie. 

Hay una diferencia importante entre, por ejemplo, el personaje Cual, que aparece al final de Hilos, y La mujer de pie, y es que pertenecen a dos niveles distintos de experiencia. Cual es el resultado de un progresivo auto-desprendimiento. Cual ha ido desprendiéndose de todo, objetos, cosas, hábitos, apegos; su voluntad ha ido menguando –por intervalos– hasta prácticamente desaparecer. Termina viviendo en puro presente, en contacto con cosas diminutas, insignificantes. Desprovisto ya de todo sentimiento-respuesta aprendido, aprecia, por ejemplo, el aguijón de una abeja en su cráneo. Cual es un ser menguando. 

La mujer de pie, en cambio, vive en/con un cuerpo del que no puede desprenderse aunque quisiera. Un cuerpo enfermo, doliente, que le recuerda continuamente su ser de carne atado a una realidad que es tiempo sucesivo. Un cuerpo concreto, con una anatomía particular, que es el de una mujer. No hay en ello voluntad de discurso de género, tan sólo un acercamiento a esa experiencia concreta. Es fácil universalizar y andarse entre conceptos cuando el cuerpo no se siente. El cuerpo se ausenta cuando está sano, y la mente se identifica entonces fácilmente con los vuelos metafísicos o los enredos en/con los que se ocupa. Pero cuando está herido, vuelve a pisar el suelo. Y si bien Cual nace como resultado de un extremo sufrimiento, La mujer de pie tiene que lidiar con otro tipo de prueba, la del dolor físico. 

Cuando en el libro reflexionas sobre la discontinuidad de la percepción haces referencia a las «velocidades» de la mente. Si entiendo bien, la velocidad es productiva en cuanto que genera «realidades» o situaciones de percepción dispares: desde la sensación de paz y reposo a lo que llamaste «velocidad del pánico»…

No exactamente. Lo que precisamente descubre la mujer de pie, al ingerir ciertos fármacos, es que algunos aceleran mientras que otros ralentizan la velocidad del proceso mental (del que hablábamos antes) y que la percepción del tiempo guarda relación con esa velocidad. Dice así:

Le fascina comprobar la relación que guarda la percepción del tiempo con la velocidad del proceso mental, que se acelera o disminuye según qué fármaco. Descubre que el tiempo es cuestión de velocidad: si lo mental se aquieta, el tiempo desaparece; si se acelera, vuelve a aparecer, y lo hace acompañado de la sensación de una caída y un aprisionamiento. Al tiempo se cae, dice.

Cuanto mayor sea la velocidad del proceso mental, es decir, con cuanta mayor rapidez se sucedan los actos de pensamiento (percibir es uno entre otros) más fácil será identificarse con las ideas que forman y que son como burbujas en la cadena del proceso. Esto genera un estado de mayor confusión. La paz requiere la disminución de esa velocidad, su aquietamiento.

En Husos: Notas al margen (Pre-Textos, 2006) hablas sobre el Abismo: «Hemos tenido que negociar con el Abismo para poder existir. Lo hemos nombrado para poder convivir (…) Pero a veces, sólo a veces, un gesto ocurre, que detiene el discurso». ¿Es el gesto indicio del Abismo que irrumpe en nuestra construcción de lo cotidiano?

Lo que ocurre en el abismo del «abajo», como comentábamos más arriba, es imposible de comunicar. Cuando de lo que se trata es de algo terrible, es absolutamente insoportable. Para sobrevivir hay que subir a la superficie, donde lo terrible adquiere las formas de lo conocido, de lo reconocido. Los rituales acompañan en ese trance. Un ritual permite que lo inabarcable pueda abarcarse. Situarlo en un objeto, en un recuadro: un templum (de ahí la palabra «templo»), es procurarle un lugar concreto en el mundo de las cosas concretas. De esta manera se puede seguir (con)viviendo. Pero, ciertamente, no nos inmuniza: a veces algo mínimo, un simple gesto, es suficiente para abrirnos de nuevo el abismo que creíamos sellado. 

En La herida en la lengua (Tusquets, 2015) despliegas todo el ancho de la duda: ¿Cómo narrar la desolación? Jacques Derrida se preguntaba: «Decir el acontecimiento: ¿es posible?». Pienso en las imágenes de violencia resultado de la guerra civil siria y en la narrativización de la experiencia de los refugiados. ¿Crees posible contar el dolor y la injusticia sin que esto conlleve un ejercicio de reducción y normalización? 

No, no lo creo. Toda narración mantiene en superficie lo que ocurre. Lo comunicable nunca es lo que ocurre. Eso por una parte. 

Por otra parte, no olvidemos que lo que nos cuentan los telediarios son acontecimientos elegidos ex profeso para ser narraciones, seriales a los que el espectador se engancha como a un reality show. Como cualquier empresa, las cadenas televisivas necesitan consumidores, en este caso audiencia. Lo que vemos no es ni mucho menos todo lo que ocurre en el mundo, ni tampoco todo lo importante, sino algunas cosas que tienen sus ventajas políticas si, como dice la expresión al uso, «forma opinión» o, simplemente, a fin de mantener la tasa de miedo que será hábilmente equilibrada con un tipo de diversión (fútbol, competiciones, lidias taurinas) que fomente la diferencia, la adhesión a una bandera y la violencia. 

Pero hay más aún: el horror atrae. Cuestión de placer: toda representación es placentera. Cuando los sucesos violentos nos llegan a través de los medios de espectacularidad, lo hacen por el mismo conducto y de la misma manera que las películas de ficción. Los recibimos en el recuadro de nuestras pantallas como si fuesen representaciones. Y la representación tiene la peculiaridad de hacer que las emociones naturales emerjan en nosotros con un añadido de placer que las transforma en lo que se ha denominado «emoción estética». La pena, por ejemplo, o el miedo que experimentaríamos con desagrado en momentos terribles o pavorosos se convertirán en esa mezcla de terror y placer con la que nos deleitamos ante ciertas películas. Bien, pues, esto que es parte integrante de cualquier espectáculo de ficción se convierte en algo muy perverso cuando es utilizado para otros fines. En ello consiste el peligro de las artes, un tema sobre el que he escrito mucho, por cierto (en Contra el arte y otras imposturas, entre otros). 

Siguiendo en las coordenadas de la pregunta anterior, los medios de comunicación nos implican en una relación donde aparecemos necesariamente como depositarios de relatos del dolor de los otros. La experiencia de este «otros» es, al mismo tiempo, escandalosamente material e indeterminada. Una vez nos reconocemos en esta intersección, la empatía o los saberes del cuerpo parecen el único vehículo de «conocimiento» justo. En una de las notas a Husos subrayas la necesidad de entender la diferencia entre «bondad» y «compasión»: «Bondad… ¿bondad? No hablemos de bondad. Releguemos el término al ámbito moral, que es al que pertenece. En el del espíritu, hablemos de compadecimiento. La bondad es requerida cuando hemos olvidado la compasión».

Recordemos el párrafo del Dao De Jing (cito de memoria): «Perdida la armonía (el tao: el curso), apareció su virtud (te) / perdida su virtud, apareció la bondad (jen: la virtud de la «humanidad») / perdida la bondad, se echó mano de la justicia / perdida la justicia apareció la cortesía (los ritos). Pero la cortesía es debilitamiento de la confianza y principio del desorden, y su conocimiento, el principio de la estupidez».

Un espléndido párrafo que es por sí sólo todo un tratado de ética y de política. La bondad es una virtud moral: pertenece a un código consensuado para la convivencia. Si el ser humano necesita de estos códigos no es, como nos quisieron hacer creer, porque el animal humano sea más listo que otros y su cerebro más complejo, sino simplemente porque ha perdido el saber anterior, el que todo animal posee y transmite a su prole. 

En cuanto a la compasión, hay que distinguir muy bien la capacidad de empatía (esa capacidad de resonar que tiene la cuerda de una guitarra cuando, sin ser tañida responde a otra del mismo tono que sí lo es) de la proyección: ¿me duele el dolor del otro o me duele mi dolor al verlo representado en el otro? Y mi pregunta: ¿es posible, realmente, la compasión? 

Propone Deleuze que la historia se ha escrito siempre desde el punto de vista de los sedentarios: «Lo que no existe es una Nomadología, justo lo contrario de una historia». ¿Qué diferencias imaginas entre una escritura que nace de la estabilidad y otra que surgiese del movimiento?

Una de las grandes diferencias entre los pueblos nómadas y los sedentarios es que en general los primeros son patriarcales mientras que los segundos han tenido, en su mayor parte, una estructura matriarcal. La razón es simple: los pueblos nómadas se desplazan con su ganado, mientras que los sedentarios son agrarios. Por eso los dioses de los primeros suelen ser personificaciones de los elementos naturales, que son los que siempre les acompañan, mientras los pueblos sedentarios, cuyo valor necesario es la fertilidad suelen tener diosas madres. Por eso también, a diferencia de los nómadas portadores, in nuce, de una economía de capital (conquistan, roban, arrasan, esclavizan, polinizan), los sedentarios poseían una economía de subsistencia. Pienso en los antiguos pobladores del subcontinente indio, por ejemplo, los drávidas, que adoraban a la Diosa, y al falo como símbolo y signo de la fertilidad. Y pienso en los arios, que penetraron en el subcontinente indio atravesando los Himalayas acompañados de sus dioses: Vayu, el dios del viento, Agni, el dios del fuego, Indra, el dios de la lluvia y el trueno, y el padre de estos últimos, Dyaus Pita: el padre (pita) de los cielos (dyaus). Esta palabra es la que en griego se pronunciaría Zeus y en latín Ju (nombre al que los romanos también devolvieron el epíteto piter (padre), lo cual formó el conocido Júpiter), mientras alguna secta, como la cristiana, seguiría utilizando la palabra aria Dyaus que se transformaría en Dios. Como vemos las expresiones Dios Padre y Dios de los Cielos no las inventaron los cristianos; tienen una larga historia que explica, entre otras cosas, por qué no deberíamos extrañarnos de que Occidente haya sido y sea patriarcal. 

Si la historia se hubiese escrito como nomadología, puede que no hubiésemos pretendido «tener raíces», «identidad» u otras necesidades inventadas para consolidar las fronteras y el poder de unos cuantos pero, por otra parte, deberíamos habernos sabido asumir como conquistadores, invasores, esclavistas, destructores de otros pueblos, deberíamos haber asumido lo que Occidente ha sido, lo que somos.


La voz del mundo natural. Bernie Krause

Bernie Krause ha estado grabando los sonidos salvajes —el viento en los árboles, el canto de los pájaros, los sonidos sutiles de larvas de insectos— reuniendo así, durante 45 años, un archivo audio de incalculable valor. Durante todo este tiempo, ha visto (a través del oído) muchos ambientes alterados radicalmente por la acción de los humanos, a veces incluso por unas prácticas que, pensamos, son ambientalmente seguras. Una escucha sorprendente que ensancha nuestra mirada sobre lo que podemos aprender a través de las sinfonías de la naturaleza, desde los gruñidos de una anémona de mar a los tristes lamentos de un castor que está de luto.

Durante muchos años, Bernie Krause grabó los sonidos del Parque natural Sugarloaf en California. Aquí tenemos un espectograma (una ilustración gráfica del sonido) en la que una comparación de sonidos entre el 2004 y el 2014 muestra los efectos drásticos de la sequía en la ecología local y la desaparición progresiva de la riqueza biofónica del entorno natural. La voz del mundo natural progresivamente silenciada…

http://www.huffingtonpost.com/entry/bernie-krause-soundscape-ecology-extinction_us_5746a423e4b0dacf7ad3fe0a

 

Naciendo en otra especie. Antología de poesía Capital Animal

capital animalObras de Sergio Pilán que ilustran la portada (izquierda) y la contraportada (derecha) de ‘Naciendo en otra especie’, antología de poesía Capital Animal.

 

Casi medio centenar de poetas participan en la antología de poesía Capital Animal que se presentará en La Casa Encendida de Madrid el miércoles 8 de junio de 2016, a las 19 horas. Su título, Naciendo en otra especie, se inspira en un verso de Antonio Gamoneda: “Estoy naciendo en otra especie / y el exterior es lívido”, de su poema ‘Malos recuerdos’, publicado en 1980 en su libro Blues castellano (Bartleby Editores, 2007). La presentación contará con una acción poética coral, a modo de letanía, basada en el libro La tierra prometida, de Chantal Maillard, quien será su voz principal. chantal-maillard-la-tierra-prometida

La antología Naciendo en otra especie, publicada por Plaza&Valdés, cuenta con poemas de Jesús Aguado, Marta Agudo, Teresa Agustín, Noni Benegas, Miguel Ángel Bernat, Dionisio Cañas, Iñaki Carrasco González, Miguel Casado, Laura Casielles, Alejandro Céspedes, Antonio Colinas, Jordi Doce, Rafael Doctor, Patricia Esteban Erlés, Enrique Falcón, Antonio Gamoneda, Concha García, Alberto García-Teresa, Olvido García Valdés, Laura Giordani, José Antonio Llera, Esperanza López Parada, Chantal Maillard, Juan Carlos Mestre, Luna Miguel, M. Cinta Montagut, Marta Navarro García, Antonio Orihuela, María Antonia Ortega, Eloísa Otero, Katy Parra, Ana Pérez Cañamares, Cecilia Quílez, Esther Ramón, Inés Ramón, Jorge Riechmann, Xisco Rojo, Ada Salas, Iván Sáinz-Pardo, Juan Carlos Suñén, Ruth Toledano, José Tono Martínez y Julieta Valero. La selección de los poemas ha sido realizada por Ruth Toledano y Marta Navarro García.

Como explica Ruth Toledano, “en esta emocionante antología, Marta Navarro García y yo hemos tenido la enorme satisfacción de sumar voces diversas: unas, de un compromiso explícito con el sufrimiento que los humanos infligen a los otros animales; otras, cercanas a ellos a través de una relación siempre fascinante”.

Hace ya unos meses que la plataforma “CAPITAL ANIMAL” impulsada por Ruth Toledano, Rafael Doctor Roncero y Concha López escogió el poema “Malos recuerdos” de Antonio Gamoneda, perteneciente a su libro “Blues castellano”—escrito entre 1961 y 1966 pero que no vio la luz hasta 1982 por problemas de censura—, como emblema de esta antología, que se inscribe dentro de una campaña de reflexión y concienciación sobre los derechos de los animales no humanos y el sufrimiento que les infligimos en forma de tortura y muerte.

Como apuntó en su día Ruth Toledano, “CAPITAL ANIMAL es un proyecto de activismo animalista desde la creación artística y la producción cultural, y consideramos que la poesía debe estar también. (…) Y este poema de Gamoneda es para mí de referencia cuando quiero pensar en la vergüenza en términos poéticos. Ilustra a la perfección lo que andamos buscando”.

La experiencia general con el proyecto CAPITAL ANIMAL está superando con creces las expectativas de sus promotores. “Las exposiciones y actividades relacionadas están teniendo una enorme acogida de público y medios, por lo que creemos que el mensaje principal, de respeto y debate sobre la relación con los otros animales, está calando en muchas personas, que era nuestro objetivo”, añade Ruth Toledano.

Precisamente La Casa Encendida, donde se presentará la antología el miércoles 8 de junio, acoge estos días la exposición Animalista. Representación, violencia, respuestas, comisariada por Rafael Doctor, que pretende concienciar y revindicar los derechos de los animales y plantear posibles soluciones. Enrique Marty, Ruth Montiel Arias, Ruth Toledano, El Roto, Ouka Lele, Pierre Gonnord, El Hortelano, Paco Catalán Forges son algunos de los muchos artistas y creadores que participan o colaboran con esta muestra, que cuenta además con  una serie de actividades paralelas: congreso de pensamiento y acción animalista, mercado vegano, conciertos, actividades infantiles, etc.


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Animalista. Representación, violencia, respuestas. En La casa encendida, Madrid. Del 13 Mayo al 12 Junio, cada día, de 10:00 a 21:45 h.

El Alfabeto de Inger Christensen

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Alfabeto

Los alfabetos existen
la lluvia de los alfabetos
la lluvia que se cuela
la gracia, la luz
interespacios y formas
de las estrellas, de las piedras

el curso de los ríos
y las emociones del espíritu

las huellas de los animales
sus calles y caminos

la construcción de nidos
consuelo de los hombres

luz diurna en el aire
los signos del cernícalo

comunión del sol y del ojo
en el color

la manzanilla silvestre
en el umbral de las casas

el montón de nieve, el viento
la esquina de la casa, el gorrión

escribo como el viento
que escribe con la escritura
serena de las nubes

o rápidamente en el cielo
como con golondrinas
en trazos que desaparecen
escribo como el viento
que escribe en el agua
estilizada y monótonamente

o rueda con el pesado alfabeto
de las olas
sus hilos de espuma
escribo en el aire
como escriben las plantas
con tallos y hojas

o dando vueltas como con flores
en círculos y mechones
con puntos e hilos

escribo como el borde de la playa
escribe una orla
de crustáceos y algas

o delicadamente como con nácar
los pies de la estrella de mar
y la baba del mejillón

escribo como la primavera
temprana que escribe
el alfabeto común
de anémonas, de hayas
de violetas y de acederillas

escribo como el verano
infantil como el trueno
sobre las cúpulas de la linde del bosque
como blanco oro cuando maduran
el relámpago y el campo de trigo

escribo como un otoño
marcado por la muerte escribo
como esperanzas inquietas
como tormentas de luz
atravesando recuerdos brumosos

escribo como el invierno
escribo como la nieve
y el hielo y el frío
y la oscuridad y la muerte
escriben

escribo como el corazón
que late escribo
el silencio del esqueleto
y de las uñas y de los dientes
del pelo y del cráneo

escribo como el corazón
que late escribo
el susurro de las manos
de los pies, de los labios
de la piel y del sexo

escribo como el corazón
que late escribo
los sonidos de los pulmones
de los músculos
del rostro, del cerebro
y de los nervios

escribo como el corazón
el corazón que late
los gritos de la sangre y de las células
de las visiones, del llanto
y de la lengua.

***

Lo efímero

La piedra en la playa se evapora.
El lago perece bajo el sol.
Los esqueletos de los animales
están ocultos bajo las arenas eternas
del desierto.
Las cosas caminan,
mueren una en la otra,
navegan como pensamientos
en el alma del espacio.
Caravanas de arena viva.

¿Es esto una amenaza?
¿Dónde está mi corazón?
Prisionero en la piedra.
Escondido en un lago.
Latiendo profundamente
en un camello jorobado,
que yace en la arena
gimiendo y va a morir.

Alfabeto. Inger Christensen. Editorial Sexto Piso, 2014. Trad. Francisco J. Uriz.

 

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Inger Christensen, escritora danesa nacida en Vejle (Dinamarca, 1935-Copenhague, 2009). Hija de un sastre, tras graduarse en magisterio cursó también estudios de medicina, así como de matemáticas y química. A pesar de ser más conocida por su faceta de poetisa, también ha cultivado otros géneros, como la novela, el teatro o el ensayo. En realidad no le gusta distinguir entre géneros, por lo que escribe indistintamente en prosa y en verso. Su obra es compleja, con numerosos referentes que demuestran un exigente nivel cultural. En su poesía, que ella gusta recitar, juega con la acentuación y utiliza con frecuencia la aliteración, con lo que el valor fonético del lenguaje alcanza un protagonismo evidente. En sus dos primeros poemarios, Luz de 1962, y Hierba de 1963, hay una fuerte presencia de la naturaleza y de los fenómenos relativos a ella. Esta naturaleza se descubre como muy cercana a la autora, en la que aparecen los paisajes de su Vejle natal, sus animales, sus aves, el mar y las playas, y en especial los inviernos nevados. A partir de la publicación de Eso en 1969, comenzó a ser reconocida internacionalmente. Se trata de un poema que, a lo largo de 200 páginas, ofrece una especie de génesis del origen del lenguaje y del mundo, partiendo de las teorías del lingüista Noam Chomsky. En él describe los fascinantes secretos de la creación y el poder de la naturaleza. Según su propio testimonio, escribe muy poco, y sólo lo hace cuando la poesía viene hacia ella, en ningún momento la busca. Así, tuvieron que transcurrir diez años para que publicara su siguiente libro, Alphabet (1981). La peculiaridad de este libro es que Christensen utiliza una secuencia, descubierta por el matemático italiano Leonardo Fibonacci, para medir el metro y el número de estrofas, de tal manera que cada eslabón de la serie resulta la suma de los anteriores. En cuanto al contenido, en este libro, además de cantar el asombro ante la belleza de la tierra, también se suma la preocupación por la devastación del hombre. En 1991 publicó El valle de las mariposas. Consta de catorce sonetos rimados y un soneto magistral que en sus catorce versos repite el primer verso del resto de poemas; es un juego de forma clásica basado en la idea de que un poema entero puede estar envuelto en el primer verso, incluido en una sola palabra. Autora reconocida tanto en su país como en el extranjero, el año 1999 ha visto la aparición de sus obras completas en una edición alemana; asimismo, ese mismo año publicó su último libro, La habitación perdida.  © L.H.C.M.  http://www.epdlp.com/escritor.php?id=6042

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/02/babelia/1412269392_824769.html

 

Michal Iwanowski, el fotógrafo que preguntó al paisaje todo lo que su abuelo no le contó

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Michal Iwanowski ha recorrido más de 2.200 kilómetros a pie para rehacer el camino de su abuelo huyendo del Gulag

Por Virginia Mendoza

«Cuando murió mi abuelo, a la muy respetable edad de 90 años, entré en shock y fue ahí cuando me di cuenta de que me estaba despidiendo de toda una generación». Aquello fue para el fotógrafo como la canción de Laurie Anderson que evoca uno de los más célebres proverbios africanos sobre la sabiduría de los mayores: «when my father died, it was like a whole library had burnt down». Vivió arrepentido desde entonces y cree que esa es la razón por la que decidió rehacer la huida de su abuelo. «En ese momento me vi preparado para prestar atención a aquello a lo que no supe prestársela cuando él aún vivía», relata.

No todo estaba perdido. El tío de Michal estaba ahí para contarle, de primera mano, la historia que compartió con su hermano: los dos huyeron juntos y llegaron hasta Polonia. Él mismo, de hecho, había publicado un libro con sus memorias gracias a cuyos mapas el fotógrafo pudo seguir el recorrido que los hermanos hicieron juntos.

Iwanowski visitó a su tío, le contó su proyecto y fue él quien le dio todos los detalles de la huída. «Hablamos de los recuerdos, compartimos fotos y nos reímos. Grabé una conversación que tuve con él. Tristemente, fue nuestra última oportunidad de estar juntos», lamenta. Nadie, de entre los vivos, podría relatar mejor que él aquella historia que ya no pertenecía a su dueño.

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Al fotógrafo le anima saber que, aunque su tío murió un año después, lo hizo sabiendo que aquella historia no se iba con él a la tumba. La última vez que se vieron, Michal pudo percibir cómo el anciano había empezado a despedirse. En aquella reunión sintió que estaba recibiendo la antorcha del relevo, mientras recordaba a la juventud «cuán horrible es un bautismo de fuego como la guerra y lo frágil y épica que puede ser la vida de cualquier individuo».

En 2012 Michal Iwanowski consiguió una residencia artística en Kaunas (Lituania). Aunque el fotógrafo llegó desde Gales, sus abuelos habían vivido en Vilna hasta casi el final de la guerra, así que llegó al lugar idóneo para recuperar lo que andaba buscando. «De forma instintiva, me puse las botas y empecé a caminar desde Kaunas hasta Vilna, en busca de lugares, gente y olores; recuerdos que no me pertenecían pero que conocía bien a través de las historias que había escuchado».

El fotógrafo se propuso, a modo de peregrinación, llegar caminando hasta el lugar en el que sus abuelos habían crecido. «Necesitaba investigar esas curiosas sensaciones que estaba experimentando allí, como el sentido de pertenencia, de estar en casa, a pesar de que no conocía ese lugar», recuerda. Aquel propósito se convirtió en un proyecto fotográfico que ha tomado la forma de libro y que se publicará este verano: Clear of people. […]

Gracias a la lentitud con la que cambia el paisaje, Iwanowski pudo descubrir aquellos lugares casi idénticos a los que vio su abuelo a su paso y, mientras caminaba, llegó a sentirse «dentro de una cápsula de tiempo». «Los árboles, las carreteras, las piedras y las colinas eran igual ante mí que ante mi abuelo. Estoy seguro», se reconforta.

«El proyecto me ha ralentizado. Está bien ser lento y está bien ser silencioso»

Iwanowski tiene claro cuál es su medio de transporte favorito: sus pies. En Kaunas descubrió que era capaz de utilizarlos durante 30 kilómetros diarios sin dificultad y que caminar es su mejor forma de hacer fotos porque le permite «el ritmo adecuado para que los ojos puedan escanear lo que los rodea sin cansarse». Cree que nació precondicionado para trabajar de esta manera y lo disfruta. Por eso no le resultó difícil cubrir la distancia que recorrió su abuelo. Iwanowski es consciente de cómo el propio cerebro altera los momentos vividos al rememorarlos. «Fue bastante satisfactorio. O al menos así es como lo recuerdo ahora», dice. […]

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Para él, aquella situación no era nada si la comparaba con lo que habían soportado su abuelo y su tío. «No dejaba de recordar lo difícil que sería para los verdaderos fugitivos. Yo no estaba en peligro. Yo no pasé hambre. Tenía un smartphone con el que podría haber llamado si hubiese necesitado ayuda. Así que no hay forma de justificar que me autocompadezca, aunque me hubiese sentido tentado en algunas ocasiones», relata.

A pesar de que el fotógrafo estuvo solo durante todo el trayecto en la inmensidad de los bosques, descubrió algo paradójico: fue entonces cuando logró conectar mejor con las personas y lo hizo a otro nivel, «especialmente con el hombre en general, los fugitivos, toda esa gente que huye de conflictos tanto en botes como por tierra, tanto ahora como antes».

Solo y en silencio, Iwanowski logró no sólo cambiar su forma de entender el tiempo. También, y quizá como consecuencia de ello, ha aprendido a ser más paciente y ha aprendido a llevar una vida más tranquila. «El proyecto me ha ralentizado. Está bien ser lento y está bien ser silencioso», concluye.

Si Iwanowski se puso en marcha, aunque diga que lo hizo de forma instintiva, fue para que aquella historia que dio por perdida cuando murieron sus abuelos, no muriese en él porque sabía que vidas como la de sus abuelos, a pesar de ser inusuales o excepcionales, «no tienen cabida en los libros de historia».

Artículo completo de Virginia Mendoza, con fotos de Michal Iwanowski, aquí en yorokobu: http://www.yorokobu.es/fotografo-pregunto-al-paisaje-lo-abuelo-no-le-conto/

Al abrir este enlace de la página del fotógrafo encontraréis un dibujo de la línea de su viaje con las fotografías a modo de mojones. Un mapa para sanar las heridas abiertas por el exilio… http://www.michaliwanowski.com/clear-of-people/4577315405

Todas las fotografías, y el vídeo Clear of People, son de Michal Iwanowski.


 

Chantal Maillard: ¿Una diosa como antídoto?

Mujer, naturaleza y economía de subsistencia

thumb_IMG_0127_1024[…] En las zonas rurales [de la India], las diosas parecen tener un fundamento mucho más inmediato. Allí donde la tradición pre-védica está más arraigada, ha habido y sigue habiendo movimientos de mujeres que, como antiguamente, se sienten responsables de la supervivencia del pueblo. Es importante tener en cuenta la presencia de ese principio femenino a la hora de considerar los movimientos de oposición a la industrialización que se han gestado en estas poblaciones, en concreto, los que relacionados con la tala de los bosques, que atañe de cerca de su economía de subsistencia. La mujer india tiene, por lo general, una fuerza poco común. El movimiento feminista indio es amplio y muy bien cimentado; se proyecta hacia realidades candentes, muy alejadas de las discusiones semánticas que les son caras a un amplio sector del feminismo occidental. Puede ponerse como ejemplo el feminismo ecológico de Vandana Shiva, una mujer que participó activamente, en las últimas décadas, en la lucha por la supervivencia de las mujeres campesinas. Vinculada al movimiento Chipko, iniciado por las mujeres de Garhwal (Uttar Pradesh) que protegían los árboles a costa de su vida (1), ella propone, frente al modelo de desarrollo patriarcal basado en una tecnología agresiva, una alternativa no violenta fundamentada en el principio femenino de subsistencia (2). Según Vandana Shiva, los supuestos del “desarrollo patriarcal” son evidentes: dado que se considera improductivo toda producción que no dé ganancias y no genere capital, la naturaleza por sí misma es improductiva. Consecuentemente, la producción que se entienda como economía de subsistencia es una producción “improductiva”.

Movimiento-Chipko_India Movimiento Chipko iniciado por Amrita Devi hace 300 años en Rajasthan, India

La concepción de la naturaleza como fuerza viva está íntimamente unida a la concepción de la mujer como generadora tanto de vida como de medios de subsistencia. Pensar la naturaleza como recurso explotable es típicamente occidental y proviene de considerarla como algo inerte, distinto y separado de lo humano, inferior y controlable. Los indios, en cambio, han pensado siempre la naturaleza como principio femenino, como fuerza vital de inagotable actividad, productividad, creatividad, diversidad, y ha sido siempre evidente para ellos la interrelación de todos los seres. Ambas concepciones de la naturaleza han tenido y tienen consecuencias diametralmente opuestas en la consideración del alimento. Si, por un lado, se entiende que el fin de la producción es satisfacer una necesidad básica, la de alimentarse, el alimento se considera un valor de subsistencia; si, en cambio, se entiende que el fin de la producción es satisfacer una necesidad creada, la ganancia (el capital), alimentarse deja de ser un fin último y el alimento se convierte en valor comercial.

La ideología de género también sufre, con Vandana Shiva, un cambio importante. Ella propone que el modelo de género (ejemplificado tanto por el feminismo de Simone de Beauvoir, que entendía la liberación de la mujer como masculinización de lo femenino, como por el de Marcuse, que la quería ver como feminización del mundo) se sustituya por el modelo de la inseparabilidad de los opuestos: purusa-prakrti. El supuesto sobre el que construiríamos nuestras sociedades, en tal caso, no sería la necesaria dominación de uno u otro polo, ni tampoco la identidad de los géneros (el supuesto de la identidad de género, según Vandana Shiva, es una construcción ideológica, social y política), sino la absoluta y necesaria complementariedad de las diferencias.

¿Una diosa como antídoto?

Chinnamasta standing on Kamadeva and Rati_ Indian-Pahari-About-1825 Todo supuesto es, evidentemente, una construcción ideológica. A estas alturas, no se trata de hallar verdades ni de alzar nuevas banderas, ni de rodear nuestras acciones de un halo de nueva espiritualidad. Se trata de que nuestros símbolos sean activos, “correctamente” activos. Esto significa que la actividad que fomenten ha de estar lo más acorde posible con nuestra naturaleza y, dado que ésta es, según parece, en su mayor medida cultural, significa que han de poder adaptarse a los valores en los que estamos viviendo o queremos vivir.

Nos enfrentamos a las previsibles consecuencias del ejercicio de un tipo de racionalidad profundamente enraizada en la consideración bíblica y patriarcal de la naturaleza como despensa de la humanidad. Es tiempo de modificar nuestros símbolos o de adoptar otros nuevos. Es necesario empezar a pensar desde el círculo, y no desde la línea recta, desde las mareas y no desde el ciclo solar, desde una totalidad relacional en vez de desde las individualidades separadas, desde el grupo y no desde las cápsulas unifamiliares, desde la inteligencia y la capacidad de adaptación del animal y no desde el pobre saber que la razón alcanza para lo que más nos importa.

Cuando nuestros dioses, vivos o muertos, sirven de arma arrojadiza a los gobiernos patriarcales, tal vez sea tiempo de pensar en otros símbolos, una diosa por ejemplo, una diosa conocedora del poder de ilusión, una diosa que nos muestre cuándo conviene construir mundos ilusorios y creer en ellos y cuando conviene destruirlos en provecho de todos. Puede que la gran diosa india, en todas sus facetas, fuese el símbolo con que podríamos aprender a convivir sobre los restos de verdades en que hemos creído. Evidentemente, seguiremos construyendo ficciones –no podemos vivir sin ellas– pero, al menos, que sean habitables. Ojalá Kālī, la gran heterodoxa, ruja sobre nuestro universo, vuelva cenizas nuestros ejércitos, inútiles nuestras armas y nos ayude a construir mundos en que no haya que creer, a los que no haya que defender con las armas.

(1) Históricamente, este movimiento se inició con Amrita Devi, hace trescientos años, en Rajasthan, donde más de 300 personas sacrificaron sus vidas para salvar los árboles abrazándose a ellos.

(2) Vandana Shiva, H; Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo, Madrid, Horas y Horas, 1995

Chantal Maillard. Diosas y esclavas. Función simbólica y social de la mujer en la India (1999), in India, Pre-Textos, 2014 (recogido anteriormente en Contra el arte: 251-274. Pre-Textos, 2009). Recomiendo encarecidamente que leáis este ensayo Diosas y esclavas en su totalidad, así como el que le sigue (en este libro-río que es India), titulado “Naturaleza, materia matricial” al que dedicaremos pronto una entrada en esta bitácora lobuna.

En las imágenes, la gran diosa oscura, Kālī. En la segunda, bajo su aspecto de Cinnamastā, la decapitada: Chinnmastā sentada sobre la pareja Kamadeva-Rati, Indian Pahari. Aprox. 1825