Therigatha: poemas budistas de mujeres sabias

therigathaEl Therigatha (literalmente “Poemas de ancianas sabias” o de mujeres que han crecido en sabiduría) está considerado la primera antología universal de literatura femenina. Se trata de los poemas que transmitieron las primeras mujeres que se unieron a la orden budista. Por tanto, forman un testimonio de la máxima importancia para conocer el budismo de los orígenes, un material que más tarde fue incorporado en el canon budista en lengua pali. Su calidad espiritual y hondura literaria no tiene parangón. Y, sin embargo, hasta la fecha no habían sido traducidos ni publicados en español.

La presente edición ha sido cuidadosamente traducida por el poeta Jesús Aguado. Cada poema viene contextualizado (con el material biográfico disponible de cada autora) y se ha procurado que el resultado final sea lo más poético posible según los criterios estilísticos y retóricos de la lengua castellana.

http://editorialkairos.com/catalogo/therigatha


Después de quince días,
llena de sí la luna resplandece.
Haz lo mismo y sé sabia poco a poco

y con tu propia luz ábrete paso
por la densa ignorancia de la noche.

Punna


“¡Libre, soy libre! Libre de la cocina y del mortero. (…) Libre de mi marido insoportable. Libre también de la sombrilla bajo la que trenzaba cestas de bambú (recordarla me da escalofríos). Apenas un susurro, y me abandonan la lujuria y el odio. Y me siento a los pies de algún árbol frondoso y empiezo a meditar en la felicidad que me hace libre”. Así habló una de las primeras mujeres budistas, contemporáneas de Buda, y que recoge Therigatha (Kairós), que significa literalmente poemas de ancianas sabias, y que ha traducido, versionado e interpretado el poeta Jesús Aguado. Una colección de poemas considerada la primera antología universal de literatura femenina. “Su calidad y hondura propiamente literarias”, asegura Aguado, “ha sido atestiguada por todos los que las conocen, algunos de los cuales las igualan en importancia a las grandes composiciones de esos genios de la poesía y la espiritualidad de la India que fueron Kalidasa, Kabir, Mirabai. Forman, además, por ser contemporáneos del mismo Buda, un testimonio esencial para conocer el budismo de los orígenes según lo vivieron estas mujeres devotas y valientes que no dudaron en enfrentarse a las convenciones para conseguir la liberación y la iluminación”.

“Los hombres llevamos siglos siendo dueños del discurso. Ya nos toca sentarnos a escuchar en lugar de sentarnos a decir… Ellas tenían una relación directa con los acontecimientos del mundo. Hoy nuestra vida es muy compleja, nos desborda, y para no perderse en los laberintos del mundo contemporáneo hay que dejarse guiar por la sencillez y por la experiencia directa de lo cotidiano. Las verdades esenciales ya estaban contadas por ellas y muy bien contadas”. Jesús Aguado


http://www.lavanguardia.com/cultura/20161225/412853658284/jesus-aguado-amante-budismo-femenino.html


Descenso. Chantal Maillard | Anish Kapoor

 


Olfateé los pólenes, la humedad del aire.
Me senté sobre el liquen. Contemplé mis manos. Sopesé. Mi cuerpo, balanza.
La niebla descendió por la ladera soleada y, agua también al fin y al cabo, algo de mí halló, lenta, las vías del descenso.

*

La superficie es donde la mayoría de los individuos conviven durante la casi totalidad de su existencia. Mantenerse en ella o descender depende de la velocidad a la que vibre la mente. En la superficie, la vibración es más rápida. O bien le digo superficie a ese estado en el que vivo cuando la vibración se acelera.

*

Tarareo unas notas. Atiendo a su melodía: frase abierta, inquietante.
Pruebo el modo de la nana. Burbujas musicales, círculos pequeños que apaciguan.

Dicen que hay lugares donde el canto adopta las curvas suaves del paisaje.
Aprender a cerrar. Consentir el descenso.

*

Atrás. La mano sobre el pecho donde a veces las otras acuden. Inicio el descenso de la memoria. Pues de descender se trata aunque, de acuerdo con la apreciación del tiempo sucesivo en el estado de vigilia, se lo llamaría retroceder. Sigo bajando hasta que me encuentre con algún obstáculo, algo que me impida pasar con soltura entre las imágenes. Ahí está. Me detengo. La mano. Atiendo. Y acude una sensación. Percibo el miedo.

*

Tal vez sea el amanecer, la bruma levantándose, el horizonte austero. O tal vez este don del viaje que, sustraído al imperio del mí, algo se encuentra liberado y sin estar en sí se reconoce, sostenido sobre un lago de ternura. Allí es el refugio.

Cuidar el descenso. Proteger el núcleo sin sofocarlo. Ésa es la tarea.

Pero, en cuanto vuelva al mí y los objetos familiares asalten mis sentidos, ¿no se disolverá como azúcar en el fondo de una taza de té?

Y esa voz antigua de cuyo aliento me aparté hace tiempo sopló en mi oído: El pájaro se posa, hace su nido y lo abandona para volver de nuevo a las regiones cálidas. El centro es la morada que el viajero construye en su andadura. De noche la despliega y de día la levanta y recoge, como hace con el aire al respirar. Así que ve y no pierdas en las regiones bajas lo que ahora custodias con esmero.

*

Tan efímero todo, ¡tan efímero!

 

Chantal Maillard. La mujer de pie (fragmentos). Galaxia Gutenberg, 2015

 

 

Imágenes: Anish Kapoor. (1) Building for a void, 1992 | (2) Descent into Limbo, 1992

 

“Entre nubes blancas”, un documental de Edward A. Burger

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“Entre Nubes Blancas” (Amongst White Clouds, 2007) recorre el día a día de ascetas, maestros y aprendices que viven solos, dispersos por los picos y valles de la zona montañosa china de Zhongnan. Las Montañas de Zhongnan han sido la morada de buscadores solitarios desde hace aproximadamente cinco mil años. En este marco de vida sencilla, dedicada a la agricultura de subsistencia y a la contemplación, el documental enseña, con el ejemplo de sus protagonistas, hasta qué punto lo espiritual puede estar ligado a la simplicidad del aire, el agua, el fuego y la tierra.

El  director americano Edward A. Burger ha sido uno de los pocos extranjeros que han podido conocer en persona la vida de estos ermitaños, que constituyen una tradición milenaria de la vía budista zen en China.

Primera parte (ambas partes con subtítulos en español)
Duración: 41:18

Segunda parte
Duración: 45:01

http://comandodharma.blogspot.com.es/2010/04/entre-nubes-blancas.html

 

Canto chamánico de María Sabina, “la mujer que mira hacia adentro”

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«Soy la mujer que sólo nací.
Soy la mujer que sola caí.
Soy la mujer que espera.
Soy la mujer que examina.
Soy la mujer que mira hacia adentro.
Soy la mujer que mira debajo del agua.
Soy la nadadora sagrada
porque puedo nadar en lo grandioso.

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Soy la mujer luna.

Soy la mujer que vuela.
Soy la mujer aerolito.
Soy la mujer constelación huarache.
Soy la mujer constelación bastón.
Soy la mujer estrella, Dios
porque vengo recorriendo los lugares desde su origen.

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Soy la mujer de la brisa.

Soy la mujer rocío fresco.
Soy la mujer del alba.
Soy la mujer del crepúsculo.
Soy la mujer que brota.
Soy la mujer arrancada.
Soy la mujer que llora.
Soy la mujer que chifla.
Soy la mujer que hace sonar.
Soy la mujer tamborista.
Soy la mujer trompetista.
Soy la mujer violinista.
Soy la mujer que alegra
porque soy la payasa sagrada.

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Soy la mujer piedra del sol.

Soy la mujer luz de día.
Soy la mujer que hace girar.
Soy la mujer del cielo.
Soy la mujer de bien.
Soy la mujer espíritu
porque puedo entrar y puedo salir
en el reino de la muerte.»

maria-sabinaCanto chamánico de Maria Sabina (Huautla de Jiménez, México, 22 de julio 1894 – 22 de noviembre 1985).

Curandera indígena originaria del pequeño poblado de Huautla de Jiménez, ubicado en la Sierra Mazateca, al sur de México. Sin proponérselo, María Sabina se convirtió en una celebridad nacional e internacional, debido a su extenso conocimiento en el uso ceremonial y curativo de los hongos alucinógenos que usualmente crecen en su natal Oaxaca. María Sabina fue conocida como una mujer sabia en todo el mundo, y se convirtió en un icono para muchos seguidores y simpatizantes del movimiento hippie, pero antes que nada, fue una mujer exploradora.

Llamada curandera, chamán o Chjota Chjine (la que sabe) por sus conocimientos, basados principalmente en su interacción con los hongos sagrados conocidos como Teonanacatl, de la familia Psilocibe, a los cuales ella los llamaba cariñosamente “angelitos” o “niñitos”. Nativa del pueblo Huautla de Jiménez, en la sierra de Oaxaca, esta sanadora mazateca practicó la videncia y la medicina, cantando durante largas ceremonias, mezclando los conocimientos prehispánicos con la influencia de la corriente católica.

María Sabina fue visitada por innumerables personas. Entre los conocidos podemos citar a los Beatles, Bob Dylan, los Rolling Stones, Aldous Huxley y hasta Walt Disney. Pero fue conocida en el mundo occidental en su mayor parte gracias al investigador Robert Gordon Wasson y su esposa Valentina Pavlovna, considerados los padres del estudio de los hongos, quienes han escrito invalorables libros, estudiando entre otros los usos de la amanita muscaria, que se representa en los cuentos de niños con su sombrero rojo y pintas blancas. Gordon Wasson tuvo su primera experiencia con ella en 1955, y a partir de allí comenzó a publicar sus experiencias en revistas y libros, e inclusive un disco que registra los cantos de Sabina durante una ceremonia (“Mushroom Ceremony of the Mazatech Indians of Mexico”, 1957. Smithsonian Folkways Recordings); otro libro escrito por Wasson es titulado: “The Wonderous Mushroom“; uno de los hongos empleados en las ceremonias del “Hongo Sagrado”, antes no habían sido clasificado, por lo que lo catalogó como psilocibe wassonni.


“Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo que está lejos, también cercano e invisible. Ahí es donde vive Dios, donde vive el muerto y los santos. Un mundo donde todo ha pasado ya, y se sabe todo. Ese mundo habla. Tiene un idioma propio. Yo informo lo que dice. El hongo sagrado me toma de la mano y me lleva al mundo donde se sabe todo. Allí están los hongos sagrados, que hablan en cierto modo que puedo entender. Les pregunto y me contestan. Cuando vuelvo del viaje que he tomado con ellos, digo lo que me han dicho y lo que me han mostrado.” María Sabina.


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María Sabina. Soy la mujer remolino. Dibujos de María Tzu. Carla Zarebska Editora_Zare Books & Editorial Almadía, Oaxaca de Juárez, Oaxaca, 2008.
ISBN: 978-84-86279-55-4

La cueva de Chauvet. John Berger

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Descubierta en 1994 en el sureste de Francia, la cueva contiene las manifestaciones artísticas más antiguas de la humanidad (alrededor de 35.000 años), anteriores a Altamira y Lascaux. El crítico de arte y escritor británico John Berger ha tenido el raro privilegio de recorrerlas y tomar apuntes de las pinturas, y ha elaborado un intenso relato de esa experiencia.

Durante un periodo relativamente cálido de la última era glacial, la temperatura, aquí, era entre 3° y 5° centígrados más fría que hoy. Los únicos árboles eran abedules, pinos albares y enebros. La fauna comprendía muchas especies ahora extintas: mamuts, ciervos megaceros, leones de las cavernas, sin melena, aurochs y osos que medían tres metros de alto, además de renos, íbices, bisontes, rinocerontes y caballos salvajes. Los pobladores humanos, cazadores-recolectores que tenían una existencia nómada, eran escasos y vivían en grupos de 20 a 25 personas. Los paleontólogos denominan a estos pobladores Cro-Magnon, un término que, al principio, inspira distancia; pero esa distancia puede resultar exagerada. No existían ni la agricultura ni la metalurgia. Sí la música y las joyas. La expectativa de vida era de 25 años.

La necesidad de compañía de los seres vivos era la misma. Sin embargo, la respuesta de los Cro-Magnon a la primera y eterna pregunta del ser humano -¿dónde estamos?- era distinta a la nuestra. Los nómadas eran muy conscientes de ser una minoría, y de que los animales eran mucho más numerosos. No habían nacido en un planeta, sino en plena vida animal. No eran guardianes de los animales: los animales eran los guardianes del mundo y del universo a su alrededor, que nunca se detenía. Detrás de cada horizonte siempre había más animales.

Al mismo tiempo, eran distintos de los animales. Sabían hacer fuego y, por tanto, tenían luz en la oscuridad. Podían matar desde lejos. Creaban muchas cosas con las manos. Hacían tiendas para uso propio, sujetas sobre huesos de mamut. Hablaban. (Quizá también los animales). Sabían contar. Podían transportar agua. Morían de otra forma. Su libertad respecto a los animales era posible porque constituían una minoría y, por tanto, los animales se la podían perdonar.

***

Silencio. Apago la lámpara del casco. Oscuridad. En la oscuridad, el silencio se hace enciclopédico y condensa todo lo que ha ocurrido en el intervalo entre entonces y ahora.

chauvet-3 En una roca, delante de mí, un grupo de puntos rojos de forma cuadrada. La frescura del rojo es asombrosa. Tan presente e inmediata como un olor, o como el color de las flores en una tarde de junio, cuando el sol se pone. Los puntos se hicieron aplicando un pigmento rojo de óxido en la palma de la mano y colocándola sobre la roca. Gracias a un dedo meñique dislocado, se ha identificado una mano concreta cuya huella también aparece en otros lugares de la cueva.

En otra roca, otros puntos semejantes que forman una silueta, un bisonte visto de lado. Las huellas de las manos rellenan el cuerpo.

Oscuridad.

Antes de que llegaran hombres, mujeres y niños (en la cueva se ve la huella de un niño de unos 11 años), y después de que se fueran para siempre, este refugio estaba habitado por osos. Seguramente también por lobos y otros animales, pero los osos eran los amos con los que los nómadas tenían que compartir la cueva. En todas las paredes se ven zarpazos. Hay huellas que muestran el recorrido de una osa con su cría, mientras intentaba abrirse camino en la oscuridad. En la cámara más grande y más céntrica de la caverna, que tiene 15 metros de altura, existen numerosos revolcaderos, unas depresiones en la arcilla del suelo en las que dormían los osos durante su hibernación. Se han encontrado 150 cráneos de oso. Uno de ellos había sido colocado -probablemente por un Cro-Magnon- en una especie de pedestal de piedra al fondo de la cueva.

Silencio.

***

En el silencio, la dimensión del lugar adquiere más importancia. La cueva tiene kilómetro y medio de largo y, en algunos puntos, 50 metros de ancho. Pero las medidas geométricas no sirven, porque es como estar dentro de un cuerpo.

Las rocas que se alzan y sobresalen, las paredes circundantes con sus concreciones, los pasos, los huecos que se han creado mediante el proceso geológico de diagénesis, se parecen extraordinariamente a los órganos y huecos de un cuerpo humano o animal. Lo que todos tienen en común es que parecen formas creadas por una corriente de agua.

Los colores de la cueva también son anatómicos. Las rocas carbonatadas tienen el color de los huesos y las tripas, las estalagmitas son escarlatas y muy blancas, las colgaduras y concreciones de calcita son anaranjadas y viscosas. Las superficies brillan como si estuvieran recubiertas de una mucosa.

Una enorme estalagmita ha crecido (crecen a razón de un centímetro cada siglo) hasta parecerse vagamente a un intestino y, en un momento de su descenso, los tubos parecen las cuatro patas, la cola y el tronco de un mamut en miniatura. Es fácil no ver la referencia, de modo que un pintor, con cuatro trazos rojos, ha traído el mamut más cerca.

Muchas paredes en las que podrían haber pintado están sin tocar. Los cuatrocientos y pico animales representados aquí están repartidos con tanta discreción como en la naturaleza. No hay grandes escenas como en Lascaux o Altamira. Hay más vacíos, más secretos, tal vez una mayor complicidad con la oscuridad. Sin embargo, aunque estas pinturas tienen 15.000 años más de antigüedad, en general revelan tanta destreza, capacidad de observación y elegancia como cualquiera de las posteriores. Se diría que el arte nace como un potrillo, que sabe caminar inmediatamente. O, para decirlo de forma menos intensa (todo es intenso en la oscuridad): el talento para crear arte acompaña a la necesidad de ese arte; nacen juntos.

***

Entro arrastrándome en un espacio anexo, bajo y en forma de taza, con un diámetro de cuatro metros; allí, dibujados en rojo sobre sus paredes curvas e irregulares, hay tres osos, macho, hembra y cría, como en el cuento de hadas que se contaría muchos milenios más tarde. Me siento en cuclillas y los contemplo. Tres osos y, detrás de ellos, dos pequeños íbices. El artista conversaba con la roca a la luz parpadeante de su antorcha de carbón. Una protuberancia permite que la garra delantera del oso oscile hacia afuera con su tremendo peso mientras avanza torpemente. Una fisura sigue con precisión la línea de la espalda de un íbice. El artista tenía un conocimiento íntimo y exhaustivo de estos animales; sus manos eran capaces de imaginarlos en la oscuridad. Lo que la roca le decía era que ellos -como todo lo demás que existía- estaban dentro de la pared y que él, con el pigmento rojo en su dedo, podía convencerles para que salieran a la superficie rocosa, a su membrana, para rozarse con ella e impregnarla de olores.

Hoy día, debido a la humedad ambiental, muchas de esas superficies pintadas se han vuelto tan sensibles como una membrana, y sería fácil limpiarlas con un trapo. De ahí la veneración que despiertan.

***

Al salir de la cueva volvemos al torbellino del paso del tiempo. Recuperamos los nombres. Dentro de la cueva, todo es presente y anónimo. Dentro de la cueva existe el miedo, pero ese miedo está en perfecto equilibrio con una sensación de protección.

Los Cro-Magnon no vivían en la cueva. Entraban en ella para participar en determinados ritos sobre los que se sabe poca cosa. La sugerencia de que, en cierto modo, era una sociedad chamánica, parece convincente. Es posible que el número de personas reunidas en un momento dado en la cueva no fuera nunca superior a 30.

¿Con qué frecuencia venían? ¿Trabajaron aquí varias generaciones de artistas? No hay respuestas. Tal vez nunca las haya. ¿Es posible que tengamos que conformarnos con imaginar que venían aquí para experimentar unos instantes especiales de equilibrio perfecto entre el peligro y la supervivencia, el miedo y la sensación de protección, y para conservarlos en su memoria? ¿Acaso podemos esperar más?

La mayoría de los animales pintados en Chauvet, en la vida real, eran feroces; sin embargo, las imágenes no delatan ningún miedo. Respeto, sí, un respeto fraternal e íntimo. Por eso, en cada imagen animal, hay una presencia humana. Una presencia revelada por el placer. Cada criatura aquí presente está a gusto en el hombre; una formulación extraña, pero indiscutible.

***

la-grotte-chauvet-200x800 En la cámara más lejana están dos leones, dibujados con carbón negro. De tamaño natural, aproximadamente. Uno junto a otro, de perfil, el macho detrás y la hembra, con el cuerpo en contacto y en paralelo, más cerca de mí.

Son una presencia única, incompleta (faltan las patas delanteras y las garras posteriores, que, me da la impresión, nunca se dibujaron) pero total. La superficie de la roca a su alrededor, que tiene, como es natural, color de león, se ha convertido en león. En este caso fue seguramente el color de la roca lo que movió al pintor, que quiso completarla con su dibujo de los animales.

Intento dibujarlos. La leona está junto al león, se frota contra él, dentro de él. Y esta ambivalencia es el resultado de una elisión increíblemente ingeniosa, que hace que ambos animales compartan un mismo contorno. El borde inferior del lomo, el vientre y el pecho pertenecen a los dos, y lo comparten con elegancia animal. Luego sus contornos se separan. Las líneas de la cola, espalda, cuello, frente y hocico de cada uno son independientes, se acercan, se separan, convergen y terminan en distintos puntos, porque el león es mucho más largo que la leona.

Dos animales de pie, macho y hembra, unidos por la línea de sus vientres, el lugar en el que son más vulnerables y tienen menos pelo.

***

Estoy dibujando en papel japonés absorbente, que he escogido porque pensé que la dificultad de pintar en él con tinta negra me ayudaría algo a comprender las dificultades de dibujar con carbón (que quemaban y fabricaban aquí mismo, en la cueva) sobre una superficie rocosa. En los dos casos, la línea no es del todo obediente, hay que forzarla y engatusarla.

Dos renos avanzan en direcciones opuestas, hacia el Este y el Oeste. No comparten ningún perfil, sino que están dibujados uno sobre otro, de forma que las patas delanteras del de arriba cruzan, como grandes costillas, el flanco del de abajo. Son inseparables: los dos cuerpos están encerrados en el mismo hexágono, el rabo del de arriba corresponde a la cornamenta del de abajo y la cabeza alargada del primero -con un perfil como el de un buril de sílex- sopla sobre el metatarso de la pata posterior del otro. Forman un solo signo y, para ello, danzan en círculo.

Cuando el dibujo estaba casi terminado, el artista abandonó el carbón y siguió pintando con un dedo impregnado de negro intenso (como el del cabello negro mojado) el vientre y la papada del animal inferior. Luego hizo lo mismo con el de encima, y mezcló la pintura con el sedimento blancuzco de la roca para que no resultara tan violento.

Mientras dibujo, me pregunto si acaso mi mano obedece el ritmo visible de la danza de los renos y, por tanto, baila con la mano que los pintó.

Todavía es posible encontrarse un trozo de carbón roto que cayó al suelo mientras se trazaba una línea.

***

Varios rebaños se dirigen hacia el Oeste. Entre ellos, los animales cercanos, muy pequeños, tocan los más lejanos, de un tamaño gigantesco. En la estación seca, un buen fuego recién encendido puede prender con tanta rapidez que los que lo observan pueden ver cómo se consume el aire.

La pintura de los Cro-Magnon no respeta los bordes. Fluye cuando hace falta, se deposita, se superpone, sumerge imágenes anteriores y cambia sin cesar la escala de lo que representa. ¿Cómo era el espacio imaginativo en el que vivían?

Es posible que, para los nómadas, la noción de pasado y futuro esté subordinada a la noción de otra parte. Una cosa que ha desaparecido o que se aguarda está oculta en otra parte.

Tanto para los cazadores como para los cazados, saber ocultarse es un requisito indispensable para sobrevivir. La vida depende de tener un refugio. Todo se esconde. Lo que ha desaparecido se ha escondido. Una ausencia -como la desaparición de los muertos- se considera una pérdida, pero no un abandono. Los muertos están escondidos en otra parte.

Algunos comentan, asombrados, que los pintores paleolíticos conocían los rudimentos de la perspectiva. Cuando dicen eso, están pensando en la perspectiva renacentista. La verdad es que cualquiera que dibuje o haya dibujado alguna vez sabe que unas cosas están más cerca y otras más lejos. Es un dato conocido, tanto táctil como óptico. Lo que cambia es la forma de expresar en imágenes esa experiencia de observar que unas cosas avanzan y otras retroceden, dentro de los límites de la concepción dominante sobre lo que significa el espacio. Una concepción que varía de una cultura a otra. La perspectiva no es una ciencia, sino una esperanza. El arte chino tradicional miraba la tierra desde la cima de una montaña confuciana; el arte japonés miraba de cerca, rodeando biombos; el arte del Renacimiento italiano examinaba la naturaleza conquistada a través de la ventana o la puerta de un palacio. Para los Cro-Magnon, el espacio es un terreno metafísico de apariciones y desapariciones constantemente intermitentes.

***

Hay un íbice macho, con cuernos curvos tan largos como su cuerpo, dibujado a carbón sobre una roca blancuzca. ¿Cómo describir la negrura de sus trazos? Es un negro que convierte la oscuridad en algo tranquilizador, un negro que sirve para reforzar lo inmemorial. Sube por una suave pendiente, con pasos delicados, el cuerpo redondeado y el rostro plano. Cada línea está tan tensa como una cuerda estirada, y el dibujo tiene una doble energía que está perfectamente compartida: la energía del animal que se ha hecho presente, y la del brazo y el ojo del hombre que lo dibuja a la luz de la antorcha.

Estas pinturas en la roca se hicieron donde están para que pudieran existir en la oscuridad. Fueron hechas para la oscuridad. Estaban ocultas en la oscuridad para que lo que encarnaban sobreviviese a todo lo visible y fuera, quizá, una promesa de supervivencia.

***

Los Cro-Magnon vivían con miedo y asombro en una cultura de llegadas, en la que se enfrentaban a muchos misterios. Su cultura duró alrededor de 20.000 años. Vivimos en una cultura dominante de constantes partidas, de progreso, que, hasta ahora, ha durado dos o tres siglos. La cultura actual, en vez de hacer frente a los misterios, intenta tercamente soslayarlos.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Este articulo apareció en El País, en la edición impresa del sábado 28 de septiembre de 2002

http://elpais.com/diario/2002/09/28/babelia/1033167967_850215.html


 

El Alfabeto de Inger Christensen

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Alfabeto

Los alfabetos existen
la lluvia de los alfabetos
la lluvia que se cuela
la gracia, la luz
interespacios y formas
de las estrellas, de las piedras

el curso de los ríos
y las emociones del espíritu

las huellas de los animales
sus calles y caminos

la construcción de nidos
consuelo de los hombres

luz diurna en el aire
los signos del cernícalo

comunión del sol y del ojo
en el color

la manzanilla silvestre
en el umbral de las casas

el montón de nieve, el viento
la esquina de la casa, el gorrión

escribo como el viento
que escribe con la escritura
serena de las nubes

o rápidamente en el cielo
como con golondrinas
en trazos que desaparecen
escribo como el viento
que escribe en el agua
estilizada y monótonamente

o rueda con el pesado alfabeto
de las olas
sus hilos de espuma
escribo en el aire
como escriben las plantas
con tallos y hojas

o dando vueltas como con flores
en círculos y mechones
con puntos e hilos

escribo como el borde de la playa
escribe una orla
de crustáceos y algas

o delicadamente como con nácar
los pies de la estrella de mar
y la baba del mejillón

escribo como la primavera
temprana que escribe
el alfabeto común
de anémonas, de hayas
de violetas y de acederillas

escribo como el verano
infantil como el trueno
sobre las cúpulas de la linde del bosque
como blanco oro cuando maduran
el relámpago y el campo de trigo

escribo como un otoño
marcado por la muerte escribo
como esperanzas inquietas
como tormentas de luz
atravesando recuerdos brumosos

escribo como el invierno
escribo como la nieve
y el hielo y el frío
y la oscuridad y la muerte
escriben

escribo como el corazón
que late escribo
el silencio del esqueleto
y de las uñas y de los dientes
del pelo y del cráneo

escribo como el corazón
que late escribo
el susurro de las manos
de los pies, de los labios
de la piel y del sexo

escribo como el corazón
que late escribo
los sonidos de los pulmones
de los músculos
del rostro, del cerebro
y de los nervios

escribo como el corazón
el corazón que late
los gritos de la sangre y de las células
de las visiones, del llanto
y de la lengua.

***

Lo efímero

La piedra en la playa se evapora.
El lago perece bajo el sol.
Los esqueletos de los animales
están ocultos bajo las arenas eternas
del desierto.
Las cosas caminan,
mueren una en la otra,
navegan como pensamientos
en el alma del espacio.
Caravanas de arena viva.

¿Es esto una amenaza?
¿Dónde está mi corazón?
Prisionero en la piedra.
Escondido en un lago.
Latiendo profundamente
en un camello jorobado,
que yace en la arena
gimiendo y va a morir.

Alfabeto. Inger Christensen. Editorial Sexto Piso, 2014. Trad. Francisco J. Uriz.

 

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Inger Christensen, escritora danesa nacida en Vejle (Dinamarca, 1935-Copenhague, 2009). Hija de un sastre, tras graduarse en magisterio cursó también estudios de medicina, así como de matemáticas y química. A pesar de ser más conocida por su faceta de poetisa, también ha cultivado otros géneros, como la novela, el teatro o el ensayo. En realidad no le gusta distinguir entre géneros, por lo que escribe indistintamente en prosa y en verso. Su obra es compleja, con numerosos referentes que demuestran un exigente nivel cultural. En su poesía, que ella gusta recitar, juega con la acentuación y utiliza con frecuencia la aliteración, con lo que el valor fonético del lenguaje alcanza un protagonismo evidente. En sus dos primeros poemarios, Luz de 1962, y Hierba de 1963, hay una fuerte presencia de la naturaleza y de los fenómenos relativos a ella. Esta naturaleza se descubre como muy cercana a la autora, en la que aparecen los paisajes de su Vejle natal, sus animales, sus aves, el mar y las playas, y en especial los inviernos nevados. A partir de la publicación de Eso en 1969, comenzó a ser reconocida internacionalmente. Se trata de un poema que, a lo largo de 200 páginas, ofrece una especie de génesis del origen del lenguaje y del mundo, partiendo de las teorías del lingüista Noam Chomsky. En él describe los fascinantes secretos de la creación y el poder de la naturaleza. Según su propio testimonio, escribe muy poco, y sólo lo hace cuando la poesía viene hacia ella, en ningún momento la busca. Así, tuvieron que transcurrir diez años para que publicara su siguiente libro, Alphabet (1981). La peculiaridad de este libro es que Christensen utiliza una secuencia, descubierta por el matemático italiano Leonardo Fibonacci, para medir el metro y el número de estrofas, de tal manera que cada eslabón de la serie resulta la suma de los anteriores. En cuanto al contenido, en este libro, además de cantar el asombro ante la belleza de la tierra, también se suma la preocupación por la devastación del hombre. En 1991 publicó El valle de las mariposas. Consta de catorce sonetos rimados y un soneto magistral que en sus catorce versos repite el primer verso del resto de poemas; es un juego de forma clásica basado en la idea de que un poema entero puede estar envuelto en el primer verso, incluido en una sola palabra. Autora reconocida tanto en su país como en el extranjero, el año 1999 ha visto la aparición de sus obras completas en una edición alemana; asimismo, ese mismo año publicó su último libro, La habitación perdida.  © L.H.C.M.  http://www.epdlp.com/escritor.php?id=6042

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/02/babelia/1412269392_824769.html

 

Michal Iwanowski, el fotógrafo que preguntó al paisaje todo lo que su abuelo no le contó

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Michal Iwanowski ha recorrido más de 2.200 kilómetros a pie para rehacer el camino de su abuelo huyendo del Gulag

Por Virginia Mendoza

«Cuando murió mi abuelo, a la muy respetable edad de 90 años, entré en shock y fue ahí cuando me di cuenta de que me estaba despidiendo de toda una generación». Aquello fue para el fotógrafo como la canción de Laurie Anderson que evoca uno de los más célebres proverbios africanos sobre la sabiduría de los mayores: «when my father died, it was like a whole library had burnt down». Vivió arrepentido desde entonces y cree que esa es la razón por la que decidió rehacer la huida de su abuelo. «En ese momento me vi preparado para prestar atención a aquello a lo que no supe prestársela cuando él aún vivía», relata.

No todo estaba perdido. El tío de Michal estaba ahí para contarle, de primera mano, la historia que compartió con su hermano: los dos huyeron juntos y llegaron hasta Polonia. Él mismo, de hecho, había publicado un libro con sus memorias gracias a cuyos mapas el fotógrafo pudo seguir el recorrido que los hermanos hicieron juntos.

Iwanowski visitó a su tío, le contó su proyecto y fue él quien le dio todos los detalles de la huída. «Hablamos de los recuerdos, compartimos fotos y nos reímos. Grabé una conversación que tuve con él. Tristemente, fue nuestra última oportunidad de estar juntos», lamenta. Nadie, de entre los vivos, podría relatar mejor que él aquella historia que ya no pertenecía a su dueño.

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Al fotógrafo le anima saber que, aunque su tío murió un año después, lo hizo sabiendo que aquella historia no se iba con él a la tumba. La última vez que se vieron, Michal pudo percibir cómo el anciano había empezado a despedirse. En aquella reunión sintió que estaba recibiendo la antorcha del relevo, mientras recordaba a la juventud «cuán horrible es un bautismo de fuego como la guerra y lo frágil y épica que puede ser la vida de cualquier individuo».

En 2012 Michal Iwanowski consiguió una residencia artística en Kaunas (Lituania). Aunque el fotógrafo llegó desde Gales, sus abuelos habían vivido en Vilna hasta casi el final de la guerra, así que llegó al lugar idóneo para recuperar lo que andaba buscando. «De forma instintiva, me puse las botas y empecé a caminar desde Kaunas hasta Vilna, en busca de lugares, gente y olores; recuerdos que no me pertenecían pero que conocía bien a través de las historias que había escuchado».

El fotógrafo se propuso, a modo de peregrinación, llegar caminando hasta el lugar en el que sus abuelos habían crecido. «Necesitaba investigar esas curiosas sensaciones que estaba experimentando allí, como el sentido de pertenencia, de estar en casa, a pesar de que no conocía ese lugar», recuerda. Aquel propósito se convirtió en un proyecto fotográfico que ha tomado la forma de libro y que se publicará este verano: Clear of people. […]

Gracias a la lentitud con la que cambia el paisaje, Iwanowski pudo descubrir aquellos lugares casi idénticos a los que vio su abuelo a su paso y, mientras caminaba, llegó a sentirse «dentro de una cápsula de tiempo». «Los árboles, las carreteras, las piedras y las colinas eran igual ante mí que ante mi abuelo. Estoy seguro», se reconforta.

«El proyecto me ha ralentizado. Está bien ser lento y está bien ser silencioso»

Iwanowski tiene claro cuál es su medio de transporte favorito: sus pies. En Kaunas descubrió que era capaz de utilizarlos durante 30 kilómetros diarios sin dificultad y que caminar es su mejor forma de hacer fotos porque le permite «el ritmo adecuado para que los ojos puedan escanear lo que los rodea sin cansarse». Cree que nació precondicionado para trabajar de esta manera y lo disfruta. Por eso no le resultó difícil cubrir la distancia que recorrió su abuelo. Iwanowski es consciente de cómo el propio cerebro altera los momentos vividos al rememorarlos. «Fue bastante satisfactorio. O al menos así es como lo recuerdo ahora», dice. […]

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Para él, aquella situación no era nada si la comparaba con lo que habían soportado su abuelo y su tío. «No dejaba de recordar lo difícil que sería para los verdaderos fugitivos. Yo no estaba en peligro. Yo no pasé hambre. Tenía un smartphone con el que podría haber llamado si hubiese necesitado ayuda. Así que no hay forma de justificar que me autocompadezca, aunque me hubiese sentido tentado en algunas ocasiones», relata.

A pesar de que el fotógrafo estuvo solo durante todo el trayecto en la inmensidad de los bosques, descubrió algo paradójico: fue entonces cuando logró conectar mejor con las personas y lo hizo a otro nivel, «especialmente con el hombre en general, los fugitivos, toda esa gente que huye de conflictos tanto en botes como por tierra, tanto ahora como antes».

Solo y en silencio, Iwanowski logró no sólo cambiar su forma de entender el tiempo. También, y quizá como consecuencia de ello, ha aprendido a ser más paciente y ha aprendido a llevar una vida más tranquila. «El proyecto me ha ralentizado. Está bien ser lento y está bien ser silencioso», concluye.

Si Iwanowski se puso en marcha, aunque diga que lo hizo de forma instintiva, fue para que aquella historia que dio por perdida cuando murieron sus abuelos, no muriese en él porque sabía que vidas como la de sus abuelos, a pesar de ser inusuales o excepcionales, «no tienen cabida en los libros de historia».

Artículo completo de Virginia Mendoza, con fotos de Michal Iwanowski, aquí en yorokobu: http://www.yorokobu.es/fotografo-pregunto-al-paisaje-lo-abuelo-no-le-conto/

Al abrir este enlace de la página del fotógrafo encontraréis un dibujo de la línea de su viaje con las fotografías a modo de mojones. Un mapa para sanar las heridas abiertas por el exilio… http://www.michaliwanowski.com/clear-of-people/4577315405

Todas las fotografías, y el vídeo Clear of People, son de Michal Iwanowski.


 

“Mi Ítaca es, o ha sido, Bélgica”. El exilio de Chantal Maillard


Ítaca, cualquier Ítaca, es un lugar interior. Ese origen al que, en determinados momentos de nuestra vida marcados por un esencial cansancio, anhelamos volver no es un lugar geográfico, ni tampoco metafísico, es un estado. Volver al origen es volver a ese estado inicial en el que, desprovista la mente de elementos suficientes para establecer comparaciones y, por lo tanto inhábil aún para el juicio, somos dilatada conciencia, vivencia inmediata de un presente envolvente. Acaso la inocencia no sea otra cosa que la incapacidad para el juicio, y ésta sea la razón de que, en los primeros albores de la existencia, el mundo sea experimentado con sencilla y gozosa plenitud. Ese gozo sin motivo, esa plenitud es a lo que nos referimos cuando hablamos de “la infancia” con nostalgia, es lo que esa palabra significa, lo que señala. Y si del territorio en el que transcurrió nos vimos, por cualquier motivo, exiliados, es a él al que ingenuamente creemos que hemos de volver para recuperarla. Mi Ítaca es, o ha sido, Bélgica. (18)

El exilio puede entenderse como cualquier desarraigo que se nos impone y es experimentado como pérdida. Del estado original todos somos exiliados. Aquellos, sin embargo, para quienes el exilio interior estuvo acompañado de una desterritorialización geográfica tienen, paradójicamente, una ventaja sobre quienes permanecieron en su lugar de origen, y es que, al no haberse transformado junto con el entorno, éste se convierte con mayor facilidad, para ellos, en un universo de signos. Ver transformarse los lugares y objetos, en efecto, y transformarse con ellos, ya sea porque desaparezcan o porque simplemente nos acompañan, hace que dejen de ser signos de una anterioridad. Sin signos, no hay retorno posible, no hay puente, no hay migas de pan. Quedan los recuerdos, pero no hay manera de recuperar lo olvidado. Y eso, lo olvidado, no la memoria-recuerdo, es lo que interesa para la búsqueda. Los recuerdos son imágenes o impresiones que viven con nosotros y a las que vamos modificando y reinterpretando de acuerdo con nuestras necesidades. Lo olvidado, en cambio, puede, por el efecto de alguna asociación que la mente efectúe casualmente, presentarse de repente tal cual vivimos entonces, y hasta con un plus, un aumento en la calidad de las sensaciones. Estos destellos son lo que interesa para la recuperación de aquel estado remoto. (19)

Chantal Maillard. Bélgica. Cuadernos de la memoria. Pre-Textos, 2011


Volver del exilio, de una vida de exilio, al lugar de la infancia: un charquito de agua de lluvia en la que se condensó la mirada. […] Viajes de reconocimiento, en los que una no busca tanto sorprenderse como recuperarse.

Chantal Maillard. Husos. Pre-Textos, 2006 (p. 91)


Hacerse un hueco, justo en el límite, hacerse un hueco en el lugar de nadie puede que haya sido el lema de mi vida o, al menos, la inconsciente tenacidad con la que he procurado vivir frente a todas las convenciones y a pesar de ellas. Se genera una extraña fuerza al sumir la propia historia y defenderla porque es propia, simplemente porque nos pertenece. Cuando supe que asumir la propia historia no consiste en decantarse por una cosa u otra, por este grupo o por el otro, por el antes o el después, empecé a sentir que se dignificaba mi condición de apátrida, porque si bien es cierto que el último instante es deudor de todo lo que le precede, es apátrida, siempre, el ahora, y el ahora es la intensidad que impregna la trama de la existencia. La escritura, simplemente, agudiza la atención, ilumina las hebras.

Chantal Maillard. En la antología Ellas tienen la palabra. Hyperion, 1998 (p. 147-148).

 


Cemetery of Splendour. Apichatpong Weerasethakul

Cemetery of Splendour

Se acaba de estrenar en las salas españolas Cemetery of Splendour, la última película de Apichatpong Weerasethakul. Un verdadero hechizo en el que el director tailandés, sumergiéndonos en imágenes oníricas, fascinantes, magnéticas, explora la luz y el tiempo en una exquisita concordancia de forma y fondo. De la mano de sus protagonistas –especialmente de la de Jenrija, una voluntaria que acude al hospital para cuidar a uno de los soldados que no tiene ningún pariente–, vamos deslizándonos entre el mundo “ordinario” y otros mundos. Escenarios y encuadres muy cuidados revelan múltiples dimensiones del tiempo plegadas sobre un espacio a su vez laminado: un hospital ocasional, donde 27 soldados aquejados de una enfermedad del sueño son custodiados por unas hipnóticas máquinas luminescentes, reemplaza una antigua escuela abandonada, que a su vez fue construida sobre el “cementerio de reyes” del palacio de la antigua ciudad Khon Kaen, tal vez la clave del misterio del estupor narcoléptico que padecen los soldados tailandeses…
Este presentimiento de una superposición de las funciones de estos edificios discretos en el tiempo funcionan como una metonimia del enterramiento de las historias de las personas, una supresión auspiciada por los recesos oscuros de los sueños, las pesadillas y el mundo de sus fantasmas…” escribe Daniel Kasman en su crítica. http://www.elumiere.net/exclusivo_web/Cannes15/01_web/13_cannes2015_Apichatpong.php

El film de Apichatpong Weerasethakul promueve la empatía, la comunión, el silencio de la escucha, el delicado cuidado del otro. El espectador es invitado a perderse en el objeto de su contemplación. “Les recomiendo que se dejen llevar, decía el director en la presentación de su película en el Festival Internacional de Cine de Gijón 2016, olvídense de las reglas del cine comercial, imaginen que asisten por primera vez a una proyección cinematográfica. No me molestaría que incluso se durmieran, en serio, tal vez un estado alternado de somnolencia y vigilia sea la forma más natural de ver la película: asociar los sueños con la realidad resultaría una experiencia fantástica”. Y doy fe: así lo experimenté: a ratos somnolé. En esa alternancia de somnolencia y vigilia, las palabras y las imágenes del film habitaron, como una ola, el hueco que apareció al retirarse la atención despierta. Aconteció un extraño traspase entre el film y mi mente de espectadora, como un fundido, como un plegarse una dentro del otro. Fue una experiencia desacostumbrada y, en ello, extra-ordinaria: el film de Apichatpong me miró a mí al menos tanto, o más, como yo a él. Tal vez por eso, a pesar (¿?) de su trasfondo triste y oscuro siempre latente, la película resultó ser un ejercicio terapéutico, como si Apichatpong estuviese masajeando mi alma, el alma de todos. La máquina hipnótica del cine para ir a otra parte. Una forma de hipnosis que nos hace bien. Un modo de estar despierto en el laberinto del sueño. Una manera de dormir con los ojos bien abiertos. Una práctica de meditación para despertar del letargo en el que estamos sumidos. “Dime lo que ves”.


Cemetery of Splendour (Título original Rak ti Khon Kaen), Tailandia, 2015. Director y guión: Apichatpong Weerasethakul. Fotografía: Diego García. Reparto: Jenjira Pongpas,  Banlop Lomnoi,  Jarinpattra Rueangram,  Petcharat ChaiburiTawatchai Buawat,  Sakda Kaewbuadee,  Sujittraporn Wongsrikeaw,  Bhattaratorn Senkraigul,  Pongsadhorn Lertsukon,  Apinya Unphanlam,  Sasipim PiwanseneeProductora: Coproducción Tailandia-México-Gran Bretaña-Francia-Alemania-Malasia; Kick the Machine / Detalle Films.

A propósito de su manera de entender el cine, Apichatpong dice (ver enlace entrevista completa): “El medio cinematográfico es joven y limitado. Creo que podemos ir mucho más lejos a la hora de entender cómo funciona nuestro cerebro. El ritmo es más importante que la historia. A veces, en el montaje desorganizo toda la película para seguir ese principio. Veo las películas no tanto como una narrativa sino como capas de instantes. Eso no tiene nada que ver con Hollywood. Me sorprende mucho la estructura tan rígida de los guiones americanos. No entiendo por qué seguimos esas normas, es muy estúpido. Está demasiado pegado a la literatura y al drama. El cine no es eso, el cine es libertad. No depende del texto. No es cemento, es luz. Espero que el cine progrese de una manera más rápida de lo que lo ha hecho hasta ahora.” http://www.elcultural.com/revista/cine/Apichatpong-Weerasethakul-Mi-carrera-es-una-exploracion-de-la-luz-y-del-tiempo/37914

Si a alguien le apeteciera adentrarse más en la obra del cineasta, dejo aquí las grabaciones íntegras –¡idóneas para una noche de insomnio!– de la Master Class titulada “Delirium”, ofrecida por el realizador tailandés Apichatpong Weerasethakul el día 12 de noviembre de 2010 en el Malba (Buenos Aires) en la que recorre su filmografía: