Imagen del mito. Joseph Campbell

https://issuu.com/atalantaweb/docs/69_-_campbell_issuu

 

Traducida por primera vez a nuestra lengua por la editorial Atalanta en 2012, Imagen del mito es una de las obras fundamentales del gran mitólogo norteamericano Joseph Campbell. Este libro hace un extenso recorrido por la mitología de las culturas de todo el mundo a lo largo de más de cinco mil años de historia y 423 ilustraciones del arte de Mesopotamia, Egipto, India, China, Europa, Oceanía o la cultura olmeca mexicana.

Campbell distingue dos maneras de elaborar mitos: la de las tradiciones populares de las culturas iletradas, relativamente simples, y la de las culturas más complejas que han desarrollado la escritura, como es el caso de las tres grandes religiones universales: budismo, cristianismo e islam. Traza líneas esenciales de todas estas mitologías y de la enorme influencia que han ejercido en el mundo, mostrando, a través de un cuidadoso análisis de los textos y las imágenes, las importantes diferencias que existen entre la cultura asiática y occidental con respecto a la idea del mundo como sueño, el orden cósmico y los ciclos y eones del tiempo, el símbolo del loto y la rosa, las transformaciones interiores del yoga y la psicología jungiana, para terminar con el sacrificio ritual y el despertar.

Imagen del mito es un inmejorable acercamiento a la comprensión del significado profundo que tienen los mitos del pasado, tan ajeno y desconocido para el lector de hoy, pues, si cualquier mitología se muestra en su forma exterior y literal como una serie de fábulas, contemplada desde el ángulo interior y simbólico se revela como una sucesión de realidades psicológicas llenas de sabiduría espiritual.

Joseph CampbellImagen del mito, trad. Roberto Bravo, Editorial Atalanta, 2012.

 

https://es.wikipedia.org/wiki/Imagen_del_mito

Joseph Campbell. Las máscaras de Dios: Mitología oriental

 

Nadie como Joseph Campbell ha hecho comprender mejor a nuestra época el sentido mítico del mundo. En su prólogo al monumental estudio comparativo de las mitologías, cuya nueva edición continúa publicando Atalanta con este segundo volumen, afirma que el hombre no puede sostenerse en el universo sin otorgar un sentido a las ideas míticas heredadas, porque la crónica de nuestra especie no es sólo la de su historia biológica, o la que se apoya en el desarrollo tecnológico, sino también la historia espiritual de las diferentes razas humanas.

Publicada entre 1959 y 1968, Las máscaras de Dios está dividida en cuatro volúmenes. El primero, dedicado a la Mitología primitiva indaga los motivos mitológicos de las culturas prehistóricas a la luz de los descubrimientos arqueológicos, antropológicos y psicológicos más recientes. El segundo volumen, Mitología oriental, se ocupa de las religiones de Egipto, la India, China y Japón. El tercero (que será publicado durante el año 2018), Mitología occidental, es un estudio comparativo de los temas universales que subyacen en el arte, los cultos y los textos de la cultura europea. La obra se completa con Mitología creativa, que trata sobre la importancia que ha tenido la herencia mitológica en el mundo moderno y sobre el ser humano como creador de sus propias mitologías.

Esta nueva edición en castellano de Mitología oriental ha sido revisada por la Fundación Joseph Campbell con el fin de conservar toda su vigencia científica como libro de referencia. [Editorial Atalanta]

Joseph Campbell, Las máscaras de Dios: Mitología oriental (tomo 2). Trad. Belén Urrutia, Atalanta, 2017, 704 págs.

 

joseph-campbell

Joseph Campbell (Nueva York, 1904–Honolulú, 1987) fue junto a Mircea Eliade el mitólogo más importante de la segunda mitad del siglo XX. Profesor emérito de literatura en el Sarah Lawrence College de Nueva York, fue un reconocido escritor y conferenciante de temas de mitología y religiones comparadas. Entre sus numerosos libros merecen destacarse: El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito (1949; Fondo de Cultura Económica, 1959), Las máscaras de Dios (4 volúmenes, 1959-1969; Alianza, 1991, reeditados en la actualidad por Atalanta), Las extensiones interiores del espacio exterior: La metáfora como mito y como religión (último libro editado antes de su muerte acaecida en 1987, y editado por Atalanta en 2013), Imagen del mito (Atalanta, 2012); “The Mythic Dimension: Selected Essays” (1959-1987), Transformations of Myth Through Time (1990), A Joseph Campbell Companion: Reflections on the Art of Living (1991), Mythic Worlds, Modern Words: On the Art of James Joyce (1993), Thou Art That: Transforming Religious Metaphor (2001) y Myths of Light: Eastern Metaphors of the Eternal (2003).

 

La sal curativa de Motoi Yamamoto

Motoi Yamamoto (山本基) es un artista japonés nacido en 1966, en Onomichi, que actualmente vive y trabaja en Kanazawa.  
Lo peculiar del artista nipón es que utiliza sal como material para construir sus obras. En Japón, la sal es un elemento de purificación. Por eso se considera un material indispensable en los rituales de la muerte: se suele entregar un puñado de sal a los asistentes al final de los funerales para que limpien su cuerpo tras asistir al entierro. Así, esparciendo los granos sobre ellos mismos, alejan los males espíritus y los aspectos negativos.
 
Yamamoto comenzó a utilizar este elemento cuando su hermana menor murió de cáncer cerebral con apenas 24 años. Tras el trágico fallecimiento, el artista construyó enormes y detallados laberintos de sal como ejercicio necesario para su recuperación.  Utilizar la sal como material exclusivo en sus instalaciones tiene para él un claro significado memorístico. De hecho, el artista pensaba que este material podía ayudarle a recordar los momentos vividos con su hermana, seguir la huella de aquellos recuerdos escondidos en su memoria.

Obras artísticas elaboradas con sal

Obras artísticas elaboradas con sal

Pero sobretodo, Motoi Yamamoto utiliza la sal –símbolo de la vida y de la muerte, elemento conector con la naturaleza– para purificar los espacios que interviene. Durante horas, Yamamoto dibuja en el suelo con una botella de plástico a la que añadió un caño por donde se vierte la sal empleada en armoniosos e intrincados patrones de hipnótica belleza. A su minucioso trabajo, casi obsesivo, a la repetición de su gesto ritual que se vuelve mantra, hay que añadir la elección del laberinto (o formas laberínticas) en sus creaciones (océanos, jardines flotantes, surcos de agua, universos cósmicos…). Crear o recorrer un laberinto representa, en todas las culturas del planeta, un rito de iniciación en el que superar una prueba para lograr así transformarse y renacer; en el caso de Yamamoto la prueba sería mantener viva la memoria de su hermana y compartir sus recuerdos con nosotros.


“Dibujar un laberinto con sal es como seguir el rastro de una memoria. Las memorias parecen cambiar y dispersarse con el tiempo. De cualquier modo, lo que busco es la forma de tocar un momento precioso dentro de mis memorias, algo que no puede conseguirse mediante textos o imágenes. Siempre sigo silenciosamente el rastro, que es tanto controlado como descontrolado a partir del punto de inicio, tras haberlo completado.”

Es enorme la carga expresiva que el artista japonés consigue plasmar en cada una de sus obras. Haciéndonos partícipe de su experiencia personal, Motoi Yamamoto logra atraparnos tanto a nivel estético como emocional. Su arte da en el blanco: convierte una vivencia íntima en una experiencia universal en la que todos podemos reconocernos. El artista nipón hace de su arte una cura que, sanando a uno, cuida la herida de todos.


http://www.motoi.biz

 

 

Emmeleia | Dead Can Dance

Canción dedicada a las participantes del taller La Ascesis creadora

 

Sota mono tratao no trateja mon
Uto traja satija totaja tom
Ima toja satao no trateja mon
Uto traja satija tom satija tom
Sadom sadom
Sadom sadom
Una torti sadom
Una parki sadom

Suta mono tratao na trateja ton
Uto traja satija totaja ton
Ima toja satao uno trateja ton
Uto traja satija tom satija tom
Sadom sadom

Sadom sadom
Una torti sadom
Una parki sadom

Suta mono tratao na trateja ton
Uto traja satija totaja ton
Ima toja satao no trateja ton
Uto traja satija tom satija tom
Sadom sadom
Sadom sadom
Una torti sadom
Una parki sadom

 

Emmeleia es una palabra griega ἐμμέλεια que significa “armonía” o “gracia”. Era el nombre de la danza ceremonial y solemne de la tragedia en el teatro de la antigua Grecia. La letra de la canción deriva de la habitual glossolalia de Lisa Gerrard, pero aquí, para cantarla con Brendan Perry, escribió una versión fonética mucho más estructurada. Os he añadido la transcripción escrita pero en ella no se puede reconocer ningún idioma.

La canción Emmeleia pertenece al álbum de Dead Can Dance, Into the Labyrinth.  

La ascesis de Fabienne Verdier

Fabienne in her improvised dorm room 1985

Suelen preguntarme cómo logré sobrellevar durante mis muchos años en China una existencia tan difícil, por qué no me marché, como tantos otros. Leed la vida de los artistas, ejemplar en todos los ámbitos. Conocieron principios difíciles no a causa de una vaga maldición bíblica que exige que tengamos hijos con dolor. La calidad de una obra no depende del talento innato de su creador, aun cuando sea necesario al principio, lo cual no es seguro. La diferencia reside en la perseverancia, en la encarnizada voluntad de proseguir. […]

Al llegar a China, comprendí que mi estancia sólo tendría sentido si me plegaba a un aprendizaje riguroso; si quería dominar el trazo, debía, en efecto, seguir la vía de los grandes pintores. Al dominar la técnica, no tardé en darme cuenta de que, para ir más allá, debía iniciarme en su filosofía. Debo mucho a mi maestro, que jamás ha disociado la pintura del pensamiento chino e insistió en enseñarme ambos de forma paralela. En China me formé en un estilo de pintura, pero tal vez, ante todo, formé mi mente, aprendí a manejarla para convertirme por fin en adulta. Acaso sólo hoy he llegado a calmar, domar, dominar los pensamientos y deseos que se agitaban en mí como una tribu de monos enloquecidos.

A la luz del taoísmo y del budismo, aprendí que es posible orientar la mente en una dirección elegida, y no sólo dejarse condicionar por la sociedad que nos rodea; y que a través de la ascesis, una vez superada ésta, resulta posible alcanzar la inaccesible estrella: un grano de sabiduría que, por fortuna, constituye asimismo un grano de locura.

El calígrafo es un nómada, un pasajero del silencio, un funámbulo. Le gusta el vagabundeo intuitivo por los territorios infinitos. Se posa aquí y allá, explorador del universo en movimiento por el espacio-tiempo. Lo anima el deseo de conferir un deje de eternidad a lo efímero. Mis grandes obras caligráficas son como “cuadros poéticos”, una especie de arquitectura del pensamiento intuitivo. Animo un espacio de meditación en fusión.

¿Cuál ha sido mi búsqueda? Aprehender los fenómenos en su totalidad movediza y captar de ese modo el espíritu de la vida. De él emana una atmósfera de fuerza y plenitud. Se diría que la serenidad nace de un movimiento incesante, como la cadencia regular de una fuga de Bach, las salmodias de los monjes, interpretaciones que mezclan lo móvil y lo inmóvil mediante un recitativo incesante y consiguen superar nuestras contingencias terrestres para alcanzar un más allá. Incluso el principiante puede seguir la salmodia de la escritura si se halla en estado receptivo. No hay ninguna necesidad de comprender los ideogramas chinos para percibir la belleza en movimiento y alcanzar lo que Séneca denominaba “la tranquilidad del alma”.

[…] Para favorecer mi concentración, me retiré del mundo. Las épocas de vacuidad, de percepción íntima, son propicias al desapego. Cuanto más avanzo, en mayor medida busco una banalidad en el día a día que me ofrezca una soledad gozosa. Esta búsqueda de simplicidad despierta en mí una profunda receptividad a las manifestaciones de lo viviente y sus lecturas, siquiera ínfimas. Solamente en ese estado de serenidad es posible captar la fuente del propio corazón. He invertido mucho tiempo en aprehender esta ascesis, en practicarla de verdad. Entre la teoría y el despertar real a los misterios de la vida, el aprendizaje es tan largo que cuesta creerlo. Una cosa es cierta: la práctica diaria del despertar es lo que permite acceder al auténtico conocimiento. Habré necesitado viente años de reflexión, veinte años para que el pensamiento de mi viejo maestro se decante por sí mismo.

No soy más que una aprendiza de pintora en el campo del arte. Mis obras carecen de la madurez necesaria. Son demasiado jóvenes, vivarachas como el cabrito en la montaña, dichoso de respirar… Sólo recientemente he comprendido el principio interno, la alquimia que proporciona la vida. Para alcanzar esa pintura más sublime, más divina todavía, debo llegar a una verdad íntima, indecible. Trabajar lo insípido. Seguir buscando la humildad, la libertad con respecto a la maestría adquirida. Es preciso que me vuelva bendan, como dicen en chino, “idiota” o “cabeza de chorlito”, según la gran teoría de los maestros taoístas. Con el tiempo y la embriaguez, ¿quién sabe?, tal vez lo consiga…

Fabienne VerdierPasajera del silencio. Díez años de iniciación en China. Salamandra, 2007: 246-249

Foto: Fabienne Verdier en su habitación improvisada en taller a Chongqing, en la provincia del Sichuan, China, 1985.


Saberse ignorante. Fabienne Verdier

 

Al cabo de meses y meses de aprendizaje, una mañana de invierno rompí a llorar ante mi maestro:

– Esto no funciona; ya no sé ni dónde estoy. En una palabra, ya no comprendo nada de nada.

– Bien, bien.

– Ya no sé adónde voy.

– Bien, bien.

– Ni siquiera sé ya quién soy.

– ¡Todavía mejor!

– Ya no conozco la diferencia entre el “yo” y la “nada”.

– ¡Bravo!

Cuantas más pestes echaba yo, más se regocijaba él, con expresión feliz y estupefacta. Incluso daba patadas en el suelo, con los ojos humedecidos. Yo proseguía, agobiada por un dolor interior, creyendo que no comprendía lo que estaba diciéndole:

– Después de estos años de práctica, me doy cuenta de que sigo siendo igual de ignorante ante el universo. Jamás llegaré a realizar lo que me pides.

– Sí, de eso se trata exactamente –decía él, palmoteando de alegría.

Bailaba en el sitio con un júbilo incomprensible. En ese momento pensé que deliraba.

–¡No sabes hasta qué punto acabas de hacerme feliz! Hay personas a quienes una vida no basta para comprender su ignorancia. –Reflexionó unos instantes y me tendió su mugrienta pañuelo para que me enjugara las lágrimas–. Soy ya muy viejo y no lo he conseguido. Pero tú, pobre tonta, tal vez tú, con ese corazón solitario y tenaz, lo logres. En ese preciso momento lo he intuido. El hecho de que reconozcas que eres una ignora ante lo eterno es la actitud que deseaba que tuvieras para acercarte a la pintura. Se trata de la única válida para llegar a ser pintor; de lo contrario, no vale la pena intentarlo. ¡Por fin una comprensión repentina, acertada, de la realidad! Es la primera vez que muestras una reacción espontánea, una inteligencia clara, límpida. Por fin te hallas en el camino de la sabiduría por el que desde hace años intento conducirte, en el de la auténtica pintura, la que está en armonía con el curso natural de las cosas. Te noto agotada , ven a casa esta noche. Te prepararé sopa de ravioli y beberemos  para celebrar tan gozoso acontecimiento.

Antes de marcharme, agobiada, rememoré un pensamiento de Fernando Pessoa cuya profundidad no había comprendido hasta entonces.

– “Aquel que intentó no ser, fue” –traté de traducirlo.

– ¡Ah, bien! –repuso el maestro–. ¿Cómo un occidental pudo comprender esa sabiduría vital? –Al cabo de un silencio, me preguntó con malicia–: ¿Quién era ese tal Pei Zua?


Fabienne VerdierPasajera del silencio. Díez años de iniciación en China. Salamandra, 2007


El proceso de despertar. Peter Kingsley

Kore del Peplo_ca. 530 a. C._Museo de la Acrópolis


Podría decirse que este proceso de despertar es profundamente sanador si no fuera porque hemos llegado a una idea de salud tremendamente superficial. Para la mayoría de nosotros, la curación es lo que hace que nos sintamos cómodos y lo que alivia el dolor. Es lo que mitiga, lo que nos protege. Y, sin embargo, con frecuencia aquello de lo que queremos ser sanados es lo mismo que nos curará si podemos soportar la incomodidad y el dolor.

Queremos curarnos de la enfermedad, pero precisamente, a través de la enfermedad crecemos y nos sanamos de nuestra apatía autocomplaciente. Tememos la pérdida y, sin embargo, precisamente a través de lo que perdemos somos capaces de averiguar que no pueden quitarnos nada. Huimos corriendo de  la tristeza y la depresión, pero, si dejamos de ignorar la tristeza, veremos que habla con la voz de nuestro anhelo más profundo; y si seguimos  prestándole atención un poco más, encontraremos que nos enseña la manera de alcanzar lo que deseamos.

¿Y cuál es nuestro anhelo? […]

Nuestros anhelos pocas veces son gran cosa. Apenas consisten en ir de un deseo a otro; eso es todo. Nos dispersamos por todas partes buscando una cosa u otra: satisfacer nuestros deseos sin satisfacernos a nosotros mismos. Y nunca podemos estar satisfechos. Nuestro anhelo es tan profundo, tan inmenso, que en este mundo de apariencias nada puede sostenerlo o contenerlo. Así que, en lugar de ello, lo desguazamos, lo tiramos: queremos esto, luePortada-Kingsleygo lo otro, hasta que somos viejos y estamos agotados.

Parece fácil, todo el mundo lo hace. Pero es difícil huir del vacío que todos sentimos dentro, de la heroica tarea de encontrar sucedáneos para llenar el vacío.

Y la otra manera es muy fácil, pero parece difícil. Es sólo un asunto de saber dar la vuelta y hacer frente a nuestros deseos sin interferir en ellos ni hacer nada. Y esto va contra la tendencia de todas nuestras costumbres, porque se nos ha enseñado en muchos sentidos a escapar de nosotros mismos, a encontrar miles de buenas razones para desoír nuestros anhelos.

Algunas veces aparece como depresión, que nos aleja de todo aquello que creemos que queremos y nos hunde en la oscuridad de nosotros mismos. La voz es tan familiar que huimos de ella de todas las maneras que sabemos: cuanto más fuerte es la llamada, más lejos corremos. Tiene la capacidad de enloquecernos y, sin embargo, es muy inocente: es nuestra propia voz que nos llama. Lo raro es que el aspecto negativo no está en la depresión, sino en esa huida de la depresión. Y aquello a lo que tenemos miedo, en realidad, no es lo que nos da miedo.

Siempre queremos aprender del exterior, absorbiendo el conocimiento de los demás. Así es más seguro. El problema es que en este caso se trata siempre de un conocimiento ajeno. Ya tenemos todo lo que necesitamos saber en la oscuridad de nuestro interior. El anhelo es lo que nos da la vuelta hasta que encontramos el sol, la luna y las estrellas en nuestro interior.

Peter Kingsley. En los oscuros lugares del saber. Trad. Carmen Francí. Ediciones Atalanta, 2006. 5ª reed. 2017


peter-kingsley

Peter Kingsley (n. 1953) es un filósofo británico, autor de cuatro libros y numerosos artículos en el área de la filosofía antigua, incluyendo Ancient Philosophy, Mystery and Magic (Filosofía antigua, misterios y magia), In the Dark Places of Wisdom (En los oscuros lugares del saber), Reality y A Story Waiting to Pierce You. Su obra trata en profundidad la labor filosófica y el contexto histórico de los presocráticos Parménides y Empédocles.

https://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Kingsley_(filósofo)



Imagen: Kore del Peplo | ca. 530 a. C. | Museo de la Acrópolis, Atenas


Joseph Campbell. Las máscaras de Dios: Mitología primitiva

Para deleitarnos, nos llegan desde la editorial Atalanta las 38 páginas iniciales del primer volumen Mitología primitiva –¡magníficamente editado!– de la obra magna de Joseph Campbell Las máscaras de Dios. No dejéis de sumergiros en ese complejo de mitos y símbolos universales que el mismo Campbell llamaba “gran historia de la humanidad”.

https://issuu.com/atalantaweb/docs/110_-_las_mascaras_de_dios_1_issuu

Joseph Campbell: larga vida a los mitos

Joseph Campbell

Reseña de Iván Pintor Iranza en Cultura/s de La Vanguardia, 11 mars 2017

Los mitos nos permiten entender lo que pensamos. Si, a menudo, tan solo comprendemos el pensamiento que engarza unas palabras con otras y del que no puede surgir nada excepto lo que ya hemos depositado en él, los mitos, los dioses y las imágenes arquetípicas son capaces de sortear el escollo de nuestra mente para acoger esa otra mente formada por las experiencias, emociones y sufrimientos que constituyen la historia de la humanidad. Frente a las preguntas ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos aquí? y, sobre todo, ¿existe algo más allá del umbral de la muerte?, los mitos se revelan como vehículos para cubrir la distancia entre lo uno y lo múltiple, el trayecto de padres a hijos y de hijos a nietos a través de la propia desaparición. Durante el lustro que pasó en una cabaña en mitad del bosque de Woodstock a principios de los años treinta, Joseph Campbell no sólo adquirió unos conocimientos ingentes de historia, antropología, literatura y religión sino que sembró la semilla de una mitología comparada que no ha dejado de trascender el ámbito académico para convertirse en la referencia fundamental de los guionistas de ficción cinematográfica y televisiva.

Campbell 1 “El héroe es el hombre de la sumisión alcanzada por sí mismo. Pero sumisión ¿a qué?”, interpela la introducción de El héroe de las mil caras (1949), desde la que Campbell define el monomito, una matriz mítica transcultural cuyo centro es el viaje del héroe en pos de un objeto, de un Grial. Ya sea siguiendo la historia de Jasón y los argonautas, el mito egipcio de Horus y Osiris, la Divina comedia de Dante o las leyendas polinesias, una misma secuencia de situaciones arquetípicas ilumina el itinerario del monomito, a partir de cuya estela han sido construidas sagas como Star Wars, Matrix, Juego de tronos y Los juegos del hambre, y un sinfín de series televisivas, de Doctor en Alaska a Fringe, Walking Dead y Stranger Things. La partida del hogar, el cruce del umbral, la prueba suprema que precede al encuentro con la Diosa y el retorno a casa o la fundación de un nuevo hogar son algunas de las fases de un esquema que encuentra su coherencia en la sumisión del héroe a una sola razón: la regeneración, la palingenesia, el nacimiento de algo nuevo.

“La gran proeza del héroe supremo es llegar al conocimiento de esta unidad en la multiplicidad y luego darla a conocer”.

Tanto el aprendizaje del sánscrito y el japonés, como el contacto con Jiddu Krishnamurti y el acercamiento a la obra de Jung fueron el fermento del siguiente proyecto de Campbell: el estudio del contraplano de la figura del héroe, Dios. Casi al mismo tiempo que el antropólogo francés Gilbert Durand publicaba su estudio Las estructuras antropológicas de lo imaginario, un atlas de la imaginación fundado en la respuesta hacia la figuración del temor humano a la muerte, aparecía Mitología primitiva (1959), el primero de los cuatro volúmenes de Las máscaras de Dios, una auténtica “historia natural de los dioses”. Motivos como el robo del fuego, el diluvio, el andrógino primordial, el nacimiento virginal y la resurrección reaparecen en todas las culturas como engramas que liberan energía, como formas vivas que es necesario conocer para sostener una doble visión consciente sobre el mundo. La expresión lila en sánscrito o asobu en japonés determinan la idea lúdica de un “hacer como si”, la mirada al sesgo bajo la cual es posible establecer una relación dialéctica con la imaginación.

La mitología de Campbell es referencia fundamental para los guionistas de ficción en cine y televisión.

Que la editorial Atalanta haya decidido publicar de manera integral esta obra descatalogada durante años es más que un acontecimiento editorial, pues pone a disposición del lector una herramienta básica de pensamiento narrativo, mitológico y  Campbell 2antropológico. ¿Cómo no ver en las descripciones del mito melanesio del laberinto que conduce a la Tierra de los muertos el icono que guía la serie televisiva Westworld? ¿Acaso las incisiones en el vientre que caracterizan al hombre maduro en los rituales Aranda como padre vaginal no abren modelos de comprensión fundamentales para la construcción contemporánea del género masculino? Con la traducción diáfana de Isabel Cardona, la revisión de Santiago Celaya y una minuciosa puesta al día de datos científicos realizada por los antropólogos Sydney Yeager y Andrew Gurevicht, Las máscaras de Dios aparece surcada por constantes iluminaciones: reconocer en el gesto del sacerdote cristiano durante la consagración el movimiento con el que las sacerdotisas alzaban la espiga de trigo durante los rituales de Eleusis resulta tan revelador como la reivindicación de un nuevo tipo de mitología integradora.

Tanto los descensos al inframundo del escritor japonés Haruki Murakami como la obsesión por la redención, los zombis o los mecanismos de representación del poder en las series televisivas podrían cobrar nuevos significados a la luz de un trayecto que Campbell inicia con las huellas de la primera infancia y el chamanismo de los cazadores y plantadores primitivos, y que extiende hasta las correspondencias entre la representación del cuerpo y el cosmos. Placer, poder, y deber, los sistemas de referencia de las sociedades primitivas, comparecen asimismo como pilares centrales en la marea contemporánea de las imágenes. Tanto los estudios de James Frazer y Mircea Eliade como la Völkerpsychologie de Wilhelm Wundt, la psicología gestáltica de Köhler o las investigaciones conductuales del zoólogo Niko Timbergen dan pie a una dramaturgia colectiva de las imágenes que vertebran realidad e imaginación.

En el primer sueño del que la humanidad conserva memoria, escrito hace más de tres mil años sobre unas tablillas de arcilla, la procuradora del palacio de Mari en Mesopotamia, Addudûri, se lamenta de la imagen aterradora de un templo vacío, del que la diosa Bêlit-ekallim habría sido hurtada junto al resto de las divinidades. No se trata sólo de que la ausencia de Dios bajo la máscara constituya uno de los terrores fundamentales del ser humano. En la angustia provocada por la falta de mediación, de lo que Campbell denomina un mesocosmos, se dibuja una pregunta aún mayor: ¿Cómo nos relacionamos con las imágenes?

¿Hay una pérdida que precede a toda presencia? ¿Acaso, como ha señalado Pascal Quignard, no emerge toda iconografía de la búsqueda de esa imagen que falta, y que es la de nuestra concepción, la de la oscuridad que nos precedió?

Campbell 3 Tanto en Las máscaras de Dios como en Imagen del mito y Las extensiones interiores del espacio exterior, ambos también publicados por Atalanta, o en la serie de entrevistas El poder del mito, retransmitida por la PBS en 1988, un año después de la muerte de Campbell, el motor principal de la mitología no se identifica nunca con la agonía de la búsqueda sino con el rapto del éxtasis y la revelación. “No la muerte sino la resurrección ¡aleluya!”, sentencia Campbell, que solía recordar que la función de los mitos es hilvanar conciencia, ser y felicidad –Sat-Chit-Ananda, en el sánscrito de las Upanishad– para poder entender lo que somos y lo que pensamos, para poder conocer la tradición.

Desde el antiguo Egipto hasta ‘Stranger things’ se puede identificar el itinerario arquetípico del monomito.


https://www.pressreader.com/spain/la-vanguardia-culturas/20170311/281479276216433


El estudioso de mitología y religión comparada, Joseph Campbell (New York, 1904-Honolulu, 1987), definió la figura del “héroe de mil caras” como mito central en la historia humana. Su vasta obra abarcó múltiples aspectos de la experiencia humana. Editorial Atalanta recupera ahora los 4 volúmenes de su obra magna, Las máscaras de Dios, hoy en día descatalogada. Esta misma semana sale el primer volumen “Mitología primitiva”; en otoño, “Mitología oriental”; y los otros dos, “Mitología occidental” y “Mitología Creativa” serán editados en 2018.

http://www.edicionesatalanta.com/libro.php?id=126


Mujeres de sabiduría. Descenso y resurrección. Tsultrim Allione.

mujeres-de-sabiduriaSiempre ha habido mujeres inmersas en la vida espiritual, pero existe una literatura muy escasa sobre ellas. Por esto las mujeres que siguen una vida espiritual tienen más que todo modelos masculinos, aunque deben afrontar problemas que son propios a su condición femenina, y no es el menor de ellos el prejuicio cultural que las sitúa como incapaces de conseguir los más altos estados de consciencia. Por medio de las ricas biografías de seis místicas tibetanas y describiendo su propia experiencia, primero como monja budista tibetana y posteriormente como esposa y madre, Tsultrim Allione nos proporciona las sugestivas vidas de unas mujeres que, en situaciones difíciles, se liberaron y alcanzaron la iluminación. [Prólogo de Chogyam Trungpa]


Al hilo de mi anterior entrada, os invito a la lectura de este extracto de la introducción del libro de Tsultrim Allione, Mujeres de sabiduría, en el que reconoceréis sin duda muchos de los temas que giran en torno al gran ciclo de los descensos (catabasis) y de las resurrecciones (anabasis). En su introducción, y especialmente en el apartado titulado “Descenso y resurrección”, la autora se refiere específicamente al cuento de La Doncella Manca; son estos párrafos los que he traído aquí para proporcionaros varios elementos de reflexión alrededor de uno de los cuentos con el que trabajamos, y en los que reconoceréis también tramas de otros cuentos, en concreto de La Mujer esqueleto, y de Vasalisa la Sabia.


El poderoso y evocador mito del “descenso”, paralelo en tantas culturas, también lo encontramos en varias de las biografías que se incluyen en este libro. Es una situación opresiva o inconsciente que te lleva a una crisis, “muerte”, descenso o iniciación en la oscuridad, seguido por una resurrección o resurgimiento. Lo que vivimos en la oscuridad ilumina todo nuestro ser y, a través de esta experiencia, tienen lugar cambios irrevocables, nos fortalecemos. También encontramos este tipo de experiencia en los mitos de Perséfone, y Psiquis, el antiguo mito semita del “Descenso de Innana”, en los ritos iniciáticos griegos, en las ceremonias iniciáticas chamánicas y en los cuentos como “La Bella durmiente”, “La rosa silvestre”, “La Muchacha sin manos” y “Los siete cuervos” en las fábulas de la Madre Hulda y Baba Yaga. También ha sido identificado por las psicólogas modernas tales como Sylvia Perera, Marie-Louise von Franz y Nor Hall. Otras mujeres sin más modelos o guías que ellas mismas y que han luchado por integrarse espiritualmente dentro de una cultura patriarcal, también han descubierto este ciclo. Si el mito del descenso se entiende correctamente puede ser de una tremenda utilidad, por ser la clave al proceso iniciático universal, en el que debemos participar si nuestro deseo es evolucionar o comprendernos. Estas experiencias nos afectan a un nivel tan profundo que, si luego las volvemos a integrar, podemos pasar por un renacimiento consciente, en vez de ser influenciados inconscientemente por las presiones y convenciones sociales.

Podemos valorar y crecer a partir de nuestras épocas oscuras, viéndolas como trampolines y no como digresiones inútiles. Podemos aprender a diferenciar entre ser arrastradas pasivamente hacia la oscuridad y la decisión voluntaria de penetrar en el mundo velado. Podemos ver qué y quién nos puede ayudar a digerir e incorporar las intuiciones tenidas durante nuestros descensos voluntarios o forzados.

En esta recopilación de biografías, la de Nangsa Obum es la que ilustra con más claridad el mito del descenso. Es la biografía de una “delog” (das.log) –la persona que muere y luego resucita. […]

En muchos cuentos, vemos que el nacimiento de una heroína o héroe viene después de un periodo de esterilidad, el cual va seguido por el nacimiento de un hijo sobrenatural. En nuestras propias vidas, vemos con frecuencia como también pasamos por épocas de reflexión en las que nos detenemos, sin hacer apenas nada, antes de que surja una transformación importante en nosotros o una obra creativa. […]

En el cuento “La Muchacha sin Manos”, una chica inocente que, a través de la conjura de un demonio, no es comprendida por su esposo (o por su padre en algunas versiones), es conducida al bosque donde ha de vivir sola. “La dejan en plena naturaleza, donde deberá aprender a conectar con su realidad positiva, interna, en vez de dejarse llevar por las normas colectivas, y deberá entrar en estados de profunda introversión. Se trata del bosque como podría ser el desierto, una isla en medio del mar o bien la cima de una montaña.” (Marie-Louise von Franz, La mujer en los cuentos de hadas).

[…]

A veces, los procesos internos más profundos han de mantenerse en secreto, de no ser así pueden ser obstaculizados o distorsionados por aquellos cuyos valores descansan en el mundo materialista…

La “muerte” de Nangsa es de un gran valor arquetípico, nos encontramos con este elemento en las tradiciones de los chamanes, en la antigua Grecia y en las ceremonias iniciáticas tibetanas.

Básicamente el proceso es el de la iniciación, en la que uno escoge voluntariamente entrar en la oscuridad. Apartarse conscientemente de la luz del sol para penetrar en los niveles más profundos de sí mismo. En las iniciaciones tibetanas se utiliza como símbolo una venda de ropa que cubre los ojos. Atravesando la oscuridad, uno penetra en otra dimensión (de sí mismo) diferente.

En la antigua Grecia, los buscadores de oráculos debían introducirse en la cueva de Zeus –Trofonios– a través de un estrecho agujero similar al canal del nacimiento, de la cual salían después de tres días ayudados por los “terapeutas”.

En Asia central, los chamanes Yakut describen como “los espíritus malignos se llevan al alma del futuro chamán al otro mundo, encerrándole en una casa durante tres años donde lleva a cabo su iniciación. Los espíritus cortan la cabeza del candidato mostrándosela, ya que debe presenciar su propio desmembramiento, y continúan cortando en pequeños pedazo todo su cuerpo, repartiéndolos entre los espíritus de las diferentes enfermedades. Únicamente pasando por esta prueba, obtendrá el futuro chamán el poder para curar. Entonces, los huesos son cubiertos con carne nueva y en algunos casos se renueva toda la sangre.” (Mircea Eliade, El chamanismo).

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También se puede “viajar” al otro mundo a través de una depresión, en la que se llega a niveles muy profundos y se experimenta la oscuridad de la muerte. Si la persona enferma sale a flote, utilizando estas experiencias, ello es equivalente a la introversión del ermitaño que penetrando voluntariamente en los niveles más bajos de su ser, surge de nuevo con un conocimiento que puede ayudar a los demás. Este tipo de experiencia puede convertirse en un punto de partida que permita el crecimiento y el renacimiento. Es fundamental que la persona sea capaz de recordar lo vivido durante el descenso, de no ser así, habrá sido inútil.

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Muchas mujeres occidentales, después de pasar una época de crisis, deciden vivir solas, sabiendo, intuitivamente, que la confrontación con su soledad las llevará a una comprensión más profunda. Estas mujeres (a las que nuestra sociedad considera desdichadas) pueden encontrar un apoyo en estas biografías de yoguinis tibetanas.

También ellas buscan el apoyo en otras mujeres o la ayuda de psicoterapeutas para resurgir de sus descensos; de la misma manera que las yoguinis buscaban la guía de sus maestros o amigos espirituales, así como los griegos necesitaban la ayuda de los “terapeutas” para dar un sentido a lo experimentado en la cueva de los oráculos.

Sobre el tema del mito del descenso, la analista junguiana M.L. von Franz, basándose en sus experiencias en las regresiones terapéuticas controladas, describe el proceso del descenso con relación a la historia de “La Muchacha sin Manos”:

En la Edad Media había muchos ermitaños. En Suiza existían los llamados “Hermanos y Hermanas del Bosque”, personas de ambos sexos que, sin querer llevar una vida monástica, deseaban vivir solos en el bosque; tenían una proximidad con la naturaleza, a la vez que poseían un gran conocimiento espiritual. Podían ser personalidades de alto nivel, con una fuerte tendencia espiritual que renunciaban a la vida activa durante un tiempo para encontrar, en soledad, su propia relación con Dios. No difiere mucho de lo que hacen los chamanes de las tribus polares o los hechiceros en todas partes del mundo, para tener en soledad, una experiencia religiosa personal.”

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Si rechazamos el descenso por miedo a lo que podemos descubrir de nosotros mismos en el “otro mundo” bloqueamos un poderoso proceso de transformación, reconocido tanto por los psicólogos modernos como por las antiguas tradiciones.

 

Tsultrim Allione, Mujeres de sabiduría. Ed. Los libros de la Liebre de Marzo, 1990, reed. 2007.

http://www.liebremarzo.com/autores/allione-tsultrim