La ascesis de Fabienne Verdier

Fabienne in her improvised dorm room 1985

Suelen preguntarme cómo logré sobrellevar durante mis muchos años en China una existencia tan difícil, por qué no me marché, como tantos otros. Leed la vida de los artistas, ejemplar en todos los ámbitos. Conocieron principios difíciles no a causa de una vaga maldición bíblica que exige que tengamos hijos con dolor. La calidad de una obra no depende del talento innato de su creador, aun cuando sea necesario al principio, lo cual no es seguro. La diferencia reside en la perseverancia, en la encarnizada voluntad de proseguir. […]

Al llegar a China, comprendí que mi estancia sólo tendría sentido si me plegaba a un aprendizaje riguroso; si quería dominar el trazo, debía, en efecto, seguir la vía de los grandes pintores. Al dominar la técnica, no tardé en darme cuenta de que, para ir más allá, debía iniciarme en su filosofía. Debo mucho a mi maestro, que jamás ha disociado la pintura del pensamiento chino e insistió en enseñarme ambos de forma paralela. En China me formé en un estilo de pintura, pero tal vez, ante todo, formé mi mente, aprendí a manejarla para convertirme por fin en adulta. Acaso sólo hoy he llegado a calmar, domar, dominar los pensamientos y deseos que se agitaban en mí como una tribu de monos enloquecidos.

A la luz del taoísmo y del budismo, aprendí que es posible orientar la mente en una dirección elegida, y no sólo dejarse condicionar por la sociedad que nos rodea; y que a través de la ascesis, una vez superada ésta, resulta posible alcanzar la inaccesible estrella: un grano de sabiduría que, por fortuna, constituye asimismo un grano de locura.

El calígrafo es un nómada, un pasajero del silencio, un funámbulo. Le gusta el vagabundeo intuitivo por los territorios infinitos. Se posa aquí y allá, explorador del universo en movimiento por el espacio-tiempo. Lo anima el deseo de conferir un deje de eternidad a lo efímero. Mis grandes obras caligráficas son como “cuadros poéticos”, una especie de arquitectura del pensamiento intuitivo. Animo un espacio de meditación en fusión.

¿Cuál ha sido mi búsqueda? Aprehender los fenómenos en su totalidad movediza y captar de ese modo el espíritu de la vida. De él emana una atmósfera de fuerza y plenitud. Se diría que la serenidad nace de un movimiento incesante, como la cadencia regular de una fuga de Bach, las salmodias de los monjes, interpretaciones que mezclan lo móvil y lo inmóvil mediante un recitativo incesante y consiguen superar nuestras contingencias terrestres para alcanzar un más allá. Incluso el principiante puede seguir la salmodia de la escritura si se halla en estado receptivo. No hay ninguna necesidad de comprender los ideogramas chinos para percibir la belleza en movimiento y alcanzar lo que Séneca denominaba “la tranquilidad del alma”.

[…] Para favorecer mi concentración, me retiré del mundo. Las épocas de vacuidad, de percepción íntima, son propicias al desapego. Cuanto más avanzo, en mayor medida busco una banalidad en el día a día que me ofrezca una soledad gozosa. Esta búsqueda de simplicidad despierta en mí una profunda receptividad a las manifestaciones de lo viviente y sus lecturas, siquiera ínfimas. Solamente en ese estado de serenidad es posible captar la fuente del propio corazón. He invertido mucho tiempo en aprehender esta ascesis, en practicarla de verdad. Entre la teoría y el despertar real a los misterios de la vida, el aprendizaje es tan largo que cuesta creerlo. Una cosa es cierta: la práctica diaria del despertar es lo que permite acceder al auténtico conocimiento. Habré necesitado viente años de reflexión, veinte años para que el pensamiento de mi viejo maestro se decante por sí mismo.

No soy más que una aprendiza de pintora en el campo del arte. Mis obras carecen de la madurez necesaria. Son demasiado jóvenes, vivarachas como el cabrito en la montaña, dichoso de respirar… Sólo recientemente he comprendido el principio interno, la alquimia que proporciona la vida. Para alcanzar esa pintura más sublime, más divina todavía, debo llegar a una verdad íntima, indecible. Trabajar lo insípido. Seguir buscando la humildad, la libertad con respecto a la maestría adquirida. Es preciso que me vuelva bendan, como dicen en chino, “idiota” o “cabeza de chorlito”, según la gran teoría de los maestros taoístas. Con el tiempo y la embriaguez, ¿quién sabe?, tal vez lo consiga…

Fabienne VerdierPasajera del silencio. Díez años de iniciación en China. Salamandra, 2007: 246-249

Foto: Fabienne Verdier en su habitación improvisada en taller a Chongqing, en la provincia del Sichuan, China, 1985.


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