La última película de la japonesa Naomi Kawase es una absoluta maravilla. “Una pastelería en Tokio” habla de pérdida y de duelo, de enfermedad y de dolor, de soledad y de vidas al margen, de ciclos y de sanación, de intensidad y de ligereza a modo de las flores de los cerezos. Habla el idioma de la ternura derramada. Ternura que te envuelve durante dos horas en las que entras en una profunda meditación y cambias de plano. Dos horas en las que eres puro corazón derramándose. Derramándose con todos ellos.
Circulus vitiosus deus. Pascal Quignard
Probablemente, uno de los primeros mapas de Çatal Höyük, datado de 6.200 BC.
Catal Hüyük, la primera ciudad, es una ciudad construida contra los leones, los bisontes, las serpientes, los ratones.
Un círculo de piedras de al menos dos millones de años en la garganta de Olduvai. Es el refugio más antiguo (hogar para mujeres y niños humanos) de la Historia.
La predación deriva de la fascinación, que deriva a su vez de la satelización morfológica. Las abejas y su vida extraordinaria conforman una danza alrededor de su nido. Esta danza es un lenguaje nutritivo que retorna y convoca. El nacimiento del lenguaje viene inspirado por la predación. El lenguaje es una llamada. El lenguaje es una predación como, antes de su invención, el sueño en los animales es una predación no ya de presas sino de la silueta de las presas.
Planteo una gravitación carnívora silenciosa, luego lingüística, en la fuente de la ronda errante que inventó la danza que inventó el círculo.
En su retórica especulativa, Frontón dice que el lenguaje humano (las lenguas) come las imágenes como los cuerpos arrancan, con los dientes, las carnes.
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Hay una danza antes de la danza porque el círculo designa, simplemente, el retorno al remitente. Hay un goce concéntrico mortal. Hay un enigma del suplicio fundador de los grupos humanos que se concentran, se arrodillan, alzan los brazos, mascullan, se hacen uno en torno al supliciado, luego imponen un progresivo silencio en torno a la presa inerte, justo antes de la primera palabra del lenguaje que pronuncia la emoción de la muerte bajo la mirada de los supervivientes que los rodean a todos, en silencio, al menos en un silencio aún imitado, el “silencio total” de aquel a quien han arrebatado la vida.
Es Isaac en la cima de un monte.
Es el rey Penteo en la cima de un monte.
Es Jesús en la cima de un monte.
Las palabras que reputamos humanas son esos gritos ahogados que se elevan cuando la violencia se aplaca. Cada una de ellas designa a un ser que ya no está.
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La especie humana es espontáneamente alucinadora (más que auto-disimuladora).
Es inconsciente no por lo que rechaza sino porque jamás percibe lo real.
Los hombres rara vez abren los ojos a la aterradora anarquía de la crónica humana. A ojos humanos, es decir, en el fondo de su memoria inevitablemente lingüística, toda catástrofe deviene un calvario que tiene un sentido. Este sentido equivale a la saciedad, es decir, a la paz. El narrador social (el mito) siempre defiende la reproducción del orden social, que inscribe violentamente en el paraje, contra el “parásito” que desaloja en la sangre y cuya muerte violenta devora, y la apariencia y hasta el recuerdo. Cada pueblo se distribuye sus acontecimientos orientados, sus asociaciones retrospectivas, sus mentiras, sus “facta falsa”, de lengua en lengua, es decir, de comunidad en comunidad. El futuro siempre es bueno, la situación es positiva, el grupo es, en líneas generales, inocente, los niños son más o menos amables, la paz no tardará en llegar aunque no ha estado presente ni siquiera una hora.
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El hecho de decir se olvida bajo lo que se ha dicho.
El quod de la lengua se olvida en beneficio del quid del pensamiento.
El significante se olvida bajo el significado.
El sacrificio sangriento se olvida bajo el Dios.
El señuelo social se olvida bajo el padre.
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Cuando los fragmentos sexuales se unen, las bocas sexuales diferentes de la mujer y del hombre imitan una manducación que se inhibe. Se encarnizan en la ternura. Esto se llama seducir en quienes fingen seguir siendo herbívoros. Pero la palabra masacre es el viejo nombre francés de la unión sexual. En latín unión sexual se decía unio carnalis. Hay que remontar incesantemente el antaño de la devoración.
El encarnizamiento define estrictamente la adquisición de lo carnívoro.
Encarnizarse es ofrecerse a la carne sangrante que surge bajo la piel muerta.
Encarnizar a un halcón, encarnizar a un perro, a fin de hacerlos cazadores.
Somos una especie encarnizada.
En los pueblos cristianos, durante un milenio, los viernes correspondían a la prohibición de la carne (carne roja) y al domingo correspondía la prohibición de la masacre (en el sentido de coito).
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Expulsa lo natural, y volverá al galope.
Expulsa la animalidad, y el alma humana abre sus ojos de rape y su hocico de tigre.
Cubre los cuerpos de tejidos, de telas, de seda, de lujo, de tatuajes, de joyas, y la arcaica desnudez simiesca surge de pronto al borde de una costura o en un pliegue.
Traducción: Antonio F. Rodríguez
http://revistakokoro.com/circulus.html
Pascal Quignard. Les désarçonnés. Cap. LXXVII, Grasset, 2012 (éd. de poche “folio” , 2014). Trad.: Los desarzonados, El cuenco de plata, 2013.
Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) es un prodigioso escritor y lingüista francés, autor de una obra ya considerable (novelas, ensayos, tratados, cuentos…). Procede del seno de una familia con larga tradición musical. Él mismo fue músico, violonchelista, y fundó y dirigió el Festival de Ópera y el Teatro Barroco de Versalles; también escribió el guión del film Tous les matins du monde. Sus textos, impregnados de una honda sensibilidad rítmica y de una estremecedora delicadeza musical, dibujan continuos meandros que serpentean por la etimología de las palabras. Su escritura, poética e hipnótica, se abreva en la cultura clásica y requiere del lector una lectura pausada, meditada y reiterada. Siendo niño sufrió fases de autismo y anorexia, que se repitieron en la pubertad, trastornos que contribuyeron a que el lenguaje tomase forma dentro de su cabeza de una forma completamente diferente a como lo hubiera hecho de haber gozado de un desarrollo (más) sano y normal. Esta dolorosa y temprana experiencia personal sin duda no es ajena a la naturaleza singular, híbrida, heterodoxa, del pensamiento y de la escritura de Quignard. Según él mismo ha declarado, ese silencio forzado fue lo que le llevó hasta la escritura y la lectura, “pude hacer el siguiente trato: estar en el lenguaje callándome”. En 1976, se unió al comité de lectura de la prestigiosa editorial Gallimard hasta el año 1994, fecha decisiva en que abandonó todos los cargos públicos, y se aisló por completo para centrarse en la escritura. Les désarçonnés hace parte de una serie de 14 libros, un amplio proyecto de escritura fragmentaria (un conjunto de pequeños tratados, de aforismos, de anotaciones, de cuentos…) iniciado en el 2002 llamado Dernier royaume que, a día de hoy, consta de nueve tomos. El último publicado se titula Mourir de penser (2014), Morir por pensar (El cuenco de plata, 2015).
“La palabra ‘verdad’ ya no está en mis diccionarios”. Entrevista a Chantal Maillard
—La mujer de pie es una invitación a la escucha. ¿A quién escucha usted?
—Me gusta escuchar a los pájaros y a alguna niña canturreando. Me tapo los oídos a ciertas voces que hablan sin pensar, que son sólo ruido. Como el piar de los pájaros cuando van a dormir. Prefiero a los pájaros porque no entiendo lo que dicen.
—¿Quién es La mujer de pie?
—Alguien que no puede sentarse porque, en cuanto lo intenta, el dolor le hace levantarse como a los diablos aquellos que saltaban de sus cajas a abrirlas.
—La enfermedad y el dolor suelen estar presentes en su obra, ¿qué libros le han herido más?
—Los libros no hieren, lo que hiere es la existencia. No escribo a partir de otros libros, si a eso se refiere, hay cosas que han de ser experimentadas. Lo que la escritura pretende no es herir, sino comunicar. Reconocer la propia herida en palabras de otro es un bálsamo.
—¿Sin herida no hay escritura?
—Claro que la hay, la herida es sólo un tema entre otros posibles. Si he tratado del dolor en mis trabajos es porque he conocido algunas de sus variantes (son infinitas) y considero que es un tema importante, pero no el único. El proceso mental, las pasiones, la memoria, la indiferencia están presentes en mis libros. Tengo un especial cariño a Cual, ese personaje irónico, tierno y despojado que aparece en Hilos.
—¿Se arrepiente de algún libro propio?
—De todos los que contienen alguna afirmación.
—“Ningún animal se siente responsable de lo ocurrido a otro, salvo el humano”, ¿cómo se escribe la culpa?
—La culpa no es algo que exista, es algo que se construye. Culpable se le llama a aquel que transgrede las reglas de un determinado código moral. Fuera del orden establecido no hay culpa, sino un proceso en el que todo lo que adviene deriva de lo anterior. Ser capaces de libertad es saber saltar fuera de las normas del juego en el que se está. Escribir debería ser un acto de libertad.
—¿Dónde hay más verdad: en la filosofía, en la poesía o en la novela?
—La palabra “verdad” ya no está en mis diccionarios.
—Usted es doctora en Filosofía, ¿qué pierden los alumnos que ya no recibirán esta asignatura?
—La Filosofía es ante todo un ejercicio lógico, de lenguaje. ¿Qué pierde una sociedad que se construye sobre un cúmulo de errores lógicos?, sería la pregunta. Pues, como las ciudades erigidas sobre aguas pantanosas, están destinadas a hundirse.
—¿Alguna vez ha perdido el hilo?
—La cuestión es más bien cómo lograr perderlo. O mejor aún, cortarlo.
—¿Encuentra algo positivo en el ser humano?
—¿Me repite la pregunta?
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/11/05/babelia/1446727038_949401.html
La recuperación del cuerpo por medio del canto
“La Mujer Esqueleto canta para poder adquirir un cuerpo lozano. Este cuerpo que la Mujer esqueleto evoca con su canto es válido en todos los sentidos; no es un conjunto de partes y piezas de carne de mujer idolatradas por algunos en ciertas culturas sino un cuerpo femenino entero capaz de amamantar a los hijos, hacer el amor, bailar y cantar y sangrar sin morir.
Esta recuperación de la carne por medio del canto es otro tema popular muy común. En los cuentos africanos, papes, judíos, hispánicos e inuit, los huesos se transforman en una persona. La mexicana Coatlicue extrae seres humanos maduros de los huesos de los muertos del mundo subterráneo. Un chamán tlingit le quita cantando la ropa a la mujer que ama. En los cuentos de todo el mundo el fruto de los cantos es la magia. Y en todo el mundo las distintas hadas, ninfas y gigantas tienen unos pechos tan largos que se los pueden echar sobre los hombros. En Escandinavia, entre los celtas y en la región circumpolar, los cuentos hablan de mujeres capaces de crear sus cuerpos a voluntad.”
Clarissa Pinkola Estés, “La Mujer Esqueleto“, in Mujeres que corren con los lobos, Ediciones B, 1999.
*
“Volver a cantar. Volver a en-tonar el habla en el registro adecuado. El habla que no dice, o dice de otro modo lo que la voz transmite.
Hablar en dos registros: fuga de ámbitos. La voz del concepto modulada en una trama paralela. Arriba, el razonamiento: la razón extralimitándose en lo abstracto. Abajo, el canto.
Si no os pegáis a la letra, prometo cantar.
Cuidad –cuidaos– del extravío en las palabras. Adaptad el alma al vehículo, paralelamente.
Prometo volver a cantar, aunque por un tiempo breve, muy breve. Fuera del hábito, me esperan –¿quién espera?– Nadie. No hay nadie. –En todo caso sería descortés hacerles esperar ahí donde no hay nadie.
Pero ¿no será impostada, mi voz, en cualquiera de los lenguajes que hable a partir de ahora? Mejor pedidme el silencio, pedidme mi silencio. Lleva lo poco que puede ser enseñado.”
Chantal Maillard, Husos. Notas al margen, Pre-Textos, 2006
Si pudieras, ¿qué cambiarías de tu cuerpo?
ADIVINA LO QUE PIDIERON LOS NIÑOS…
La entrega de Clarice Lispector
Por fin, por fin mi envoltura se había roto realmente, y yo era ilimitado. Por no ser, yo era. Hasta el fin de aquello que no era, era. Lo que no soy, soy. Todo estará en mí si no soy; pues “yo” es solamente uno de los espasmos instantáneos del mundo. Mi vida no tiene un sentido solamente humano, es mucho mayor, es tan grande, que, en relación con lo humano, no tiene sentido. De la organización general que era mayor que yo, hasta entonces no había distinguido los fragmentos. Mas ahora, yo era mucho menos que humana, y sólo realizaría mi destino específicamente humano si me entregaba, como me estaba entregando, a lo que ya no era yo, a lo que ya era inhumano.
Y entregándome con la confianza de pertenecer a lo desconocido. Pues sólo puedo rezar a lo que no conozco. Y sólo puedo amar la evidencia desconocida de las cosas, y sólo puedo unirme a lo que desconozco. Solo ésta es una entrega real.
Y tal entrega es la única superación que no me excluye. Yo era ahora tan grande que no me veía. Tan grande como un paisaje lejano. Me hallaba lejana, pero perceptible en mis más últimas montañas y en mis más remotos ríos: la actualidad simultánea no me asustaba ya, y en mi más última extremidad podía por fin sonreír sin ni siquiera sonreír. Por fin me extendía más allá de mi sensibilidad.
El mundo no dependía de mí; ésta era la confianza a que había llegado: el mundo no dependía de mí, y no comprendo lo que digo, ¡nunca! Nunca más comprenderé lo que diga. Pues, ¿cómo podré hablar sin que la palabra mienta por mí? ¿Cómo podré decir, sino tímidamente: la vida me es? La vida me es, y no comprendo lo que digo. Y entonces adoro…
Clarice Lispector, La pasión según G. H. Siruela, 2013
El tambor del corazón, el canto
I
Se dice que toda la creación estuvo acompañada por un sonido o una palabra pronunciada en voz alta, un sonido o una palabra susurrados o pronunciados con el aliento. En los mitos, se considera que el canto procede de una misteriosa fuente que confiere sabiduría a toda la creación, todos los animales y los seres humanos, los árboles, las plantas y cualquier ser que lo escuche. En los cuentos se dice que todo lo que tiene “savia” tiene canto.
El himno de la creación produce un cambio psíquico. […]
El canto es una modalidad especial de lenguaje que permite alcanzar cosas que la voz hablada no podría. Desde tiempos inmemoriales el canto, como el tambor, se ha utilizado para crear una conciencia no ordinaria, un estado de hipnosis o un estado de plegaria. La conciencia de todos los seres humanos y de muchos animales se puede alterar mediante el sonido. Ciertos sonidos, como el goteo de un grifo o el insistente claxon de un automóvil, pueden provocar ansiedad e incluso irritación. Otros sonidos, como el rumor del océano o el aullido del viento entre los árboles, nos pueden llenar de sentimientos satisfactorios. El sonido sordo –como el de unas pisadas– hace que una serpiente experimente una tensión negativa. Pero un suave canto puede hacerla bailar.
La palabra pneuma (aliento) comparte su origen con la palabra psique; ambas se consideran denominación del alma. […]
El canto de la canción y el empleo del corazón como tambor son actos místicos que despiertan unos estratos de la psique no demasiado utilizados ni vistos. El aliento o pneuma que se derrama sobre nosotros abre ciertas puertas y despierta ciertas facultades que de otro modo no serían accesibles.
Clarissa Pinkola Estés. Mujeres que corren con los lobos, El tambor y el canto del corazón.
II
¡Canta! – los temores están allí – agazapados – como duendes hambrientos – al acecho. – Acalla la habladora y ¡canta! – Que no hable – ella – la creadora de objetos – que no hable. – En las palabras creemos. – ¡Que no hable!– Canta. – ¡Canta!
*
Existir es una agitación. Decirlo es producto de esa agitación.
Relajarse. Confiar. Abandonarse.
Desatender la voluntad para que actúe la sabia, la otra conciencia, la que no falla, la que desoímos.
Callar la habladora, la que dice “yo”. Dejar paso a la otra, la Anciana, la que canta. Con ella de la mano, ir. Dejarse Ir. Convertirse en ella.
Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015
Ingoma Nshya, tambores que curan mujeres en Ruanda
Seguimos trabajando con nuestro cuento de La mujer esqueleto y, entrando ahora en la tarea del tambor y el canto del corazón, este vídeo me pareció un formidable testimonio de la capacidad de revitalización y de re-energetización de las mujeres, de la regeneración de su fuerza física y moral y de su valentía en circunstancias muy adversas… Fueron capaces juntas, tal como sale reflejado en la filmación, de crear “un espacio liberado de los demonios de nuestra vida cotidiana” y, uniéndose en el ritmo, encontraron un espacio de alegría compartida, y una cura… El tambor suena, los cuerpos vibran, comienza el hechizo, disfrutad del espectáculo!
“En un país que estaba completamente dividido, la gente necesitaba espacios para compartir. Y las actividades creativas resuenan más profundamente que cualquier discurso”.
El genocidio también alteró el orden y las jerarquías sociales en Ruanda. Ingoma Nshya, el primer grupo de mujeres tamborileras del país es un ejemplo de ello. Antes de las masacres, los tambores sólo podían ser tocados por algunos hombres, cuidadosamente seleccionados. Hoy en días las mujeres tamborileras de Ingoma están reconocidas internacionalmente, han realizado giras por todo África, Europa y Estados Unidos. Sin embargo, a la vez que un modo de dar recursos a las mujeres participantes, esta idea de Odile Katese que se ha desarrollado en el marco de la Universidad de Butare, es y ha sido sobretodo una forma de terapia colectiva que, a través de la creación y del arte, ha ayudado a la sanación de este grupo de mujeres.
Vídeo perteneciente al Especial http://despuesdelapaz.periodismohumano.com
La mente es la siempre hambrienta. Entrevista con Chantal Maillard
Entrevista: Esther Peñas. Foto: Ana Cruz Oswaldo
Hay lecturas de las que uno no sale indemne. Lecturas que modifican el ángulo. Que dejan traza. Lecturas después de las cuales uno ya no es (el mismo) para ser (un tanto otro). ‘La mujer de pie’ (Galaxia Guterberg), por ejemplo, un texto que no es poesía, no es ensayo, no es novela. Es una escucha. Una voz que exige interlocutor y que se convierte, en cierto modo, en diálogo intersubjetivo. Es una reflexión sostenida llena de hilos y de husos, que sugiere, apunta, propone, insinúa. Uno no va solo por entre estas páginas hipnóticas, uno se siente acompañado a cada palabra. Su autora, Chantal Maillard (Bruselas, 1951) vuelve a conseguirlo: e-mocionar, con-mover, per-turbar, des-colocar. Ya lo advierte. Ella escribe “para que el agua envenenada pueda beberse”.
“No poder sentarse. Quedar de pie, lo justo. Herido en la base. Cuerpo sin sujeción”. La mujer de pie, ¿qué perspectiva adquiere sobre la vida?
La mujer de pie es alguien que no puede sentarse. Imagine. ¿Lo siente? No puede. Nadie se duele en cuerpo ajeno. Por eso la mujer de pie ha de ser un ejercicio de imaginación: usted es alguien que no puede sentarse. Detrás del visillo que vemos moverse en cualquier ventana puede haber un cuerpo malherido, mutilado, discapacitado o simplemente envejecido. Usted es ese cuerpo. Imagine.
Cuando uno está en el límite, como quien oye/escucha en la primera parte del libro, ¿ese límite distorsiona lo que se oye o, por el contrario, nos aclara y aporta nitidez?
En un capítulo de libro se habla de un fenómeno acústico bastante común, ese sonido agudo que muchos oímos cuando el silencio es grande. Los científicos (a quienes les gusta hablar de “síntomas” porque el síntoma lo es siempre de una enfermedad y a los científicos les gustan las enfermedades) le han dado el nombre de tinnitus. Puede que hubiésemos tenido siempre ese sonido en el oído, dicen, sin que lo oyésemos, hasta que de repente reparamos en él. El caso es que cuando reparamos en él es muy difícil dejar de oírlo. Pues bien, algo parecido ocurre con el discurso mental. Siempre está ahí, no para, pero no nos percatamos de él por la sencilla razón de que nos identificamos con lo que dice, creemos que nosotros somos quien habla. Pero no es así. Y si de repente tomamos distancia y lo oímos, ya está, no podemos dejar de oírlo.
Para situarse en el límite y no perder el equilibrio es preciso haberse distanciado del ruido mental.
“La palabra con la que definimos a una persona no es solo una palabra, sino a la vez el centro y el punto de fuga de un haz de relaciones”. ¿Con qué palabra se encuentra usted más usted, más en síntesis de sí misma?
Si me identificase con una palabra, ¿no entraría en contradicción con lo que cita? No somos, sucedemos. Y si bien una palabra es un punto y todo punto permite una cierta detención, nosotros somos aquello que se fuga, apenas una trayectoria que se modifica al contacto con otras. El “sí mismo” es una solidificación, un nódulo de repeticiones.
Desembarazarse del ‘yo’. Una preocupación constante en sus escritos pero, ¿es posible observarse desde una conciencia despojada por completo del yo? ¿Sería sano? ¿Acaso una porción del yo no nos permite vivir?
Definamos. Llamemos yo a esas solidificaciones a las que me refería antes: ideologías, creencias, opiniones, sistemas de todo tipo. La araña-mente los construye, los adopta o, por lo general, los hereda. A partir de allí, sigue tejiendo, individual y colectivamente, y reforzando su tela allí donde advierte cualquier desgarro.
¿Que si es sano despojarse del yo? Considere: sin la identificación con el discurso mental, sin esa firme creencia en la individualidad y sus cápsulas diferenciales (personal, familiar, grupal, tribal, racial, humana, etc.) probablemente nos habríamos ahorrado las colonizaciones, las cruzadas, las guerras, la destrucción del ecosistema del que formamos parte, etc… La supervivencia de la propia especie en el reino animal nunca se hizo en detrimento de las demás especies.
La ética -y la política- aplicada empieza por el conocimiento de uno mismo. De lo contrario, seguiremos construyendo sobre aguas residuales. Un sistema ético y político acorde con estos tiempos tendrá en cuenta no las raíces ni los puntos de apoyo sino la complejidad del rizoma que formamos entre todos y su continua transformación, y esto requiere que quienes lo dicten hayan saneado el terreno de la propia conciencia.
“Todo lo que se mueve nos atrae”. ¿Quizás porque la quietud nos evoca la muerte y eso nos aterra?
Quizás. La vida es movimiento, sin duda. Pero a la mente le atrae sobre todo porque necesita alimentarse. Ella es la siempre hambrienta. Si enfoca un punto fijo se inquieta, se pone nerviosa, y termina enfocando cualquier cosa que se mueva.
Cuando uno “se sitúa en la intemperie”, ¿qué gana y qué pierde, respecto de los demás y para consigo mismo?
Situarse a la intemperie significa optar por hablar en primera persona, con la responsabilidad que esto implica. Se gana en honestidad.
¿Cuál es la linde que separa el ‘yo’ del ‘mi’?
El mí es una acumulación de gestos habituales (mentales, físicos, emocionales), pliegues que vuelven a plegarse una y otra vez sobre sí mismos. El yo es la creencia añadida de que detrás o debajo de esa acumulación hay alguien. “Escuchad: no somos”, dice la mujer de pie. “No hay nadie tras los pliegues”.
¿Es posible la disolución de quien escribe en lo escrito?
Permítame responder a esto con el fragmento de un poema de Hilos, pues no sabría explicarlo mejor: “Disolver, alguien dice. Disolver / el mí. –¿Quién disuelve? / Un disolver, tal vez. ¿En el decir? / El decir es el método”.
“El deseo es guía; la creencia, territorio”. ¿Es un binomio que parece exigirse el uno al otro. ¿En qué creer en un mundo sustentado en la apariencia?
¿Hay acaso alguna diferencia entre apariencia y realidad? ¿Podemos percibir el mundo de otra manera que mediante nuestros órganos de percepción y nuestra mente? Real… ¿qué es real? Wittgenstein decía que creemos ver el mundo pero que lo que vemos en realidad no es sino el marco de la ventana por la que miramos. Nada más cierto. A efectos prácticos, saberlo no sirve de nada, pero aún así es importante.
“El abajo no es inconsciente, es simplemente inconmensurable (…) La voz de abajo es el poema.” El abajo, ¿nos conforma de un modo más auténtico que la superficie?
La autenticidad, como la verdad, es un término comparativo. Si no hay falsedad, no hay autenticidad. No creo que esta dicotomía pueda aplicarse aquí. El abajo, la superficie, el antes o el fuera describen estados que resultan de distintas frecuencias vibratorias. La percepción del tiempo es diferente según la mente se aquiete o se acelere. En el abajo el tiempo se dilata, puede llegar a ser infinito. Lo que ocurre allí entonces es incomunicable. Si la voz del abajo es el poema es porque sólo el poema es capaz de aprehender lo inabarcable. La desaparición, por ejemplo.
“No está descrito, dice el científico. No está descrito, luego no ocurre”. ¿Qué lugar ocupa lo sagrado, el presagio, lo incomprensible en nuestra sociedad?
Lo que el sistema no neutraliza, lo margina, sencillamente. O le otorga el carné de inexistencia. Lo que no entiende la mente-araña sistémica es que todo, en este mundo, es absolutamente incomprensible, además de absurdo.
Sin los mitos que le han configurado a través de los siglos, ¿el hombre moderno tiene futuro?
Parece que el ser humano no puede vivir sin algún mito que le explique los comienzos. Esto no sería un problema si no se equivocase de mito. Hemos elegido aquellos que fomentan la discordia. El futuro que deparan es, obviamente, el presente que estamos viviendo.
¿Qué sucede si uno, como recomienda la última línea del libro –libro como panóptico del sentir-, da un paso hacia las sombras?
Habrá que preguntárselo a la mujer de pie.
Vídeo de la presentación de La mujer de pie en La Central de Barcelona
El miércoles 16 de septiembre, Chantal Maillard, acompañada del director de Galaxia Gutenberg, Joan Tarrida, y del filósofo Miguel Morey, presentó su último libro La mujer de pie. Más que asistir a una presentación ad hoc, celebramos un acontecimiento. Sólo remarcaré que fue un placer oír la atinada introducción de Miguel Morey que resultó ser una valiosa guía para acceder a la multidimensionalidad de los planos y capas que configuran este libro inclasificable que es La mujer de pie. Luego quedó vibrar, oscilar, en aquellas brechas y fisuras que la intensa voz de Chantal Maillard iba abriendo, ahuecando, desfondando, cauterizando, modulando adentro y en derredor de todos los ahí presentes… Agradecidos y agradecidas estamos, siempre.
Filmación y edición de nuestra compañera Dulce Rosas.








