El aullido primaveral de Nikai

 

Nikai es un lobo gris nacido en cautividad en el Wolf Conservation Center (WCC), una organización sin fines de lucro, en South Salem, Nueva York. Es uno de los cuatro “lobos embajadores” del WCC que ayudan a enseñar al público el papel vital del lobo en el ecosistema y a conocerlos mejor.

http://www.nywolf.org

https://www.facebook.com/nywolforg

El cisne negro. Chantal Maillard

El 23 de noviembre del 2016, el ACEC (l’Associació Col·legial d’Escriptors de Catalunya) invitó a Chantal Maillard a participar en el Ateneo Barcelonés en las XV Jornadas Poéticas dedicadas en esta ocasión a la mística hebrea y árabe. Acabo de encontrar los vídeos de su lectura. La intervención de la poeta y filósofa hispano-belga es afilada como un bisturí. Con precisión de cirujana, Maillard corta, desmenuza, desbroza, depura el corpus teológico dejando a la vista el hueso lingüístico de dios. Esa tarde juraría que un cisne negro cruzó la sala. Los que teníamos oídos pudimos escuchar el aleteo de sus potentes alas –¿o era conjuro de poeta? “para curar –vaivén-sutura– las heridas“…

 


Escribo sobre el lomo del cisne negro,

aquel que desbarata

todas

las conclusiones.


Chantal Maillard

La mujer de pie


Joseph Campbell. Las máscaras de Dios: Mitología primitiva

Para deleitarnos, nos llegan desde la editorial Atalanta las 38 páginas iniciales del primer volumen Mitología primitiva –¡magníficamente editado!– de la obra magna de Joseph Campbell Las máscaras de Dios. No dejéis de sumergiros en ese complejo de mitos y símbolos universales que el mismo Campbell llamaba “gran historia de la humanidad”.

https://issuu.com/atalantaweb/docs/110_-_las_mascaras_de_dios_1_issuu

El claro del bosque. María Zambrano

Kiki-Smith_Cathedral Wolf_2012

El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención.

[…]

Un centro en toda su plenitud, por esto mismo, porque el humano esfuerzo queda borrado, tal como desde siempre se ha pretendido que suceda en el templo edificado por los hombres a su divinidad, que parezca hecho por ella misma, y las imágenes de los dioses y seres sobrehumanos que sean la impronta de esos seres, en los elementos que se conjugan, que juegan según ese ser divino.

Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada. Ya que parece que la nada y el vacío —o la nada o el vacío— hayan de estar presentes o latentes de continuo en la vida humana. Y para no ser devorado por la nada o por el vacío haya que hacerlos en uno mismo, haya a lo menos que detenerse, quedar en suspenso, en lo negativo del éxtasis. Suspender la pregunta que creemos constitutiva de lo humano. La maléfica pregunta al guía, a la presencia que se desvanece si se la acosa, a la propia alma asfixiada por el preguntar de la conciencia insurgente, a la propia mente a la que no se le deja tregua para concebir silenciosamente, oscuramente también, sin que la interruptora pregunte la suma en la mudez de la esclava. Y el temor del éxtasis que ante la claridad viviente acomete hace huir del claro del bosque a su visitante, que se torna así intruso. Y si entra como intruso, escucha la voz del pájaro como reproche y como burla: «me buscabas y ahora, cuando te soy al fin propicio, te vuelves a ese lugar donde respirar no puedes», o algo por ese estilo suena en su desigual canto. Y un cierto sosiego puede procurar ese reproche y esa burla. […]

Y aparece luego en el claro del bosque, en el escondido y en el asequible, pues que ya el temor del éxtasis lo ha igualado, el temblor del espejo, y en él, el anuncio y el final de la plenitud que no llegó a darse: la visión adecuada al mirar despierto y dormido al par, la palabra presentida a lo más. Se muestra ahora el claro como espejo que tiembla, claridad aleteante que apenas deja dibujarse algo que al par se desdibuja. Y todo alude, todo es alusión y todo es oblicuo, la luz misma que se manifiesta como reflejo se da oblicuamente, mas no lisa como espada. Ligeramente se curva la luz arrastrando consigo al tiempo. Y no se olvidará nunca que la curvatura de luz y tiempo no es castigo, o que no lo es solamente, sino testimonio y presencia fragmentada de la redondez del universo y de la vida, y que el temblor es irisación de la luz que no deja de descender y de curvarse en todo recoveco oscuro, que se insinúa así, ya que directamente no puede sin violencia arrolladora permitirse entrar en nuestro último rincón de defensa. Y los colores mismos nacen para hacernos la luz asequible. Y el Iris resplandece, antes que arriba en los cielos, abajo entre lo oscuro y la espesura, creando así un imprevisible claro propicio. […]

Y luego hay que seguir de claro en claro, de centro en centro, sin que ninguno de ellos pierda ni desdiga nada. Todo se da inscrito en un movimiento circular, en círculos que se suceden cada vez más abiertos hasta que se llega allí donde ya no hay más que horizonte.

Alguna figura en esta lejanía anda a punto de mostrarse al borde de la corporeidad, o más bien más allá de ella, sin ser un esquema ni un simple signo. Figuras que la visión apetece en su ceguera nunca vencida por la visión de una figura luminosa ni por esplendor alguno. Algún animal sin fábula mira desde esta lejanía. Algún jirón se desprende de una blancura no vista, algo, algo que no es signo. Nada es signo, como si se vislumbrase un reino donde lo que significa y lo significado fuera uno y lo mismo, donde el amor no tiene que ser sostenido ni la naturaleza ande como oveja perdida o sorprendida que se aparece y se esconde. Y la luz no se refleja ni se curva ni se extiende. Y el tiempo sin derrota no transcurre, allá lejos donde se enuncia el centro al que espejan en instantes los claros de este bosque.

Y la visión lejana del centro apenas visible, y la visión que los claros del bosque ofrecen, parecen prometer, más que una visión nueva, un medio de visibilidad donde la imagen sea real y el pensamiento y el sentir se identifiquen sin que sea a costa de que se pierdan el uno en el otro o de que se anulen.

Una visibilidad nueva, lugar de conocimiento y de vida sin distinción, parece que sea el imán que haya conducido todo este recorrer análogamente a un método de pensamiento. […]

Y se recorren también los claros del bosque con una cierta analogía a como se han recorrido las aulas. Como los claros, las aulas son lugares vacíos dispuestos a irse llenando sucesivamente, lugares de la voz donde se va a aprender de oído, lo que resulta ser más inmediato que el aprender por letra escrita, a la que inevitablemente hay que restituir acento y voz para que así sintamos que nos está dirigida. Con la palabra escrita tenemos que ir a encontrarnos a la mitad del camino. Y siempre conservará la objetividad y la fijeza inanimada de lo que fue dicho, de lo que ya es por sí y en sí. Mientras que de oído se recibe la palabra o el gemido, el susurrar que nos está destinado. La voz del destino se oye mucho más de lo que la figura del destino se ve. Y así se corre por los claros del bosque análogamente a como se discurre por las aulas, de aula en aula, con avivada atención que por instantes decae —cierto es— y aun desfallece, abriéndose así un claro en la continuidad del pensamiento que se escucha: la palabra perdida que nunca volverá, el sentido de un pensamiento que partió. Y queda también en suspenso la palabra, el discurso que cesa cuando más se esperaba, cuando se estaba al borde de su total comprensión. Y no es posible ir hacia atrás. Discontinuidad irremediable del saber de oído, imagen fiel del vivir mismo, del propio pensamiento, de la discontinua atención, de lo inconcluso de todo sentir y apercibirse, y aun más de toda acción. Y del tiempo mismo que transcurre a saltos, dejando huecos de atemporalidad en oleadas que se extinguen, en instantes como centellas de un incendio lejano. Y de lo que llega falta lo que iba a llegar, y de eso que llegó, lo que sin poderlo evitar se pierde. Y lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá; ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo, la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo quizá también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque. Y el silencio. Todo ello no conduce a la pregunta clásica que abre el filosofar, la pregunta por «el ser de las cosas» o por «el ser» a solas, sino que irremediablemente hace surgir desde el fondo de esa herida que se abre hacia dentro, hacia el ser mismo, no una pregunta, sino un clamor despertado por aquello invisible que pasa sólo rozando. «¿Adónde te escondiste?…» A los claros del bosque no se va, como en verdad tampoco va a las aulas el buen estudiante, a preguntar.

Y así, aquel que distraídamente se salió un día de las aulas, acaba encontrándose por puro presentimiento recorriendo bosques de claro en claro tras del maestro que nunca se le dio a ver: el Único, el que pide ser seguido, y luego se esconde detrás de la claridad. Y al perderse en esa búsqueda, puede dársele el que descubra algún secreto lugar en la hondonada que recoja al amor herido, herido siempre, cuando va a recogerse.

María ZambranoClaros del bosque. Edición de Mercedes Gómez Blesa. Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2011.

Imagen: Kiki SmithCathedral Wolf, 2012 | Arazzo Jacquard Tapestry, 2896 x 1905 cm | Courtesy the artist

Henry D. Thoreau. Todas las cosas buenas son salvajes y libres.

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«En una palabra todas las cosas buenas son salvajes y libres. Hay algo en unos acordes musicales, sean producidos por un instrumento o por la voz humana –por ejemplo, el sonido de una corneta en una noche de verano– que por su salvajismo, hablando sin ánimo de ironizar, me recuerda a las voces que profieren los animales salvajes en sus bosques originarios. Puedo entender mucha de su naturalidad. […] Me encanta, incluso, ver a los animales domésticos reafirmar sus derechos innatos, cualquier evidencia de que no han perdido del todo sus hábitos originarios y salvajes ni su vigor; como cuando la vaca de mi vecino se escapa del pastizal a principios de primavera y nada alegremente por el río, una corriente fría y gris de unas veinticinco o trenta pértigas de anchura, crecida por el deshielo. Es el bisonte cruzando el Mississippi. A mis ojos, esta hazaña confiere cierta dignidad al rebaño… tan digno de por sí. Las semillas del instinto se conservan bajo los gruesos cueros de las reses y los caballos, como la simiente en las entrañas de la tierra, durante un periodo indefinido

Henry D. Thoreau. Caminar. Trad. Federico Romero. Árdora exprés, 2001

 

Presentación de La isla de la tortuga, de Gary Snyder.

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En 1975, le concedieron el premio Pulitzer a Gary Snyder por “Turtle Island” publicado en Estados Unidos en 1974. Turtle Island es el nombre que le otorgaron los nativos a Norteamérica. Ahora “La isla de la tortuga” acaba de ser traducido en castellano por José Luis Regojo. Pronto estará en las librerías bajo el sello de Kriller 71 ediciones.

Presentación del libro en Barcelona, el Viernes 24 de marzo a las 20h en el bar la Createca, Comte Borrell 122, a cargo de José Luis Regojo, Nacho Fernández y Mónica Caldeiro.

¡Allí nos encontraremos!


«Como poeta cultivo los valores más arcaicos que existen, desde el Paleolítico tardío: la fertilidad de la tierra, la magia de los animales, la visión del poder en la soledad, la iniciación terrorífica y el renacimiento, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo común de la tribu.»  


«La naturaleza y los hombres necesitan variedad, diversidad y libertad para crecer. Cualquier forma de monocultivo mental es signo de estancamiento y muerte.»


«Es preciso comenzar a crecer con menos.»


Gary Snyder


La tortue rouge (La tortuga roja)

La tortue rouge (2016) és una bellíssima pel·lícula d’animació que explica un conte, sense paraules, sobre un nàufrag que arriba a una illa poblada de tortugues, crancs i aus.

La història és un cant a la natura: el protagonista forma part i integra la pròpia naturalesa. És també una mena de viatge interior que em recorda algun dels contes del llibre de Clarissa P. Estés “Mujeres que corren con los lobos”: “Piel de foca” i “La mujer esqueleto”.

M’han emocionat la bellesa de les imatges i de la música i m’ha agradat també perquè sap transmetre i comunicar sense utilitzar la paraula com a llenguatge. Una pel·lícula “de llobes”!

https://fr.wikipedia.org/wiki/La_Tortue_rouge

https://es.wikipedia.org/wiki/La_tortuga_roja

http://www.fotogramas.es/Festival-de-San-Sebastian/2016/La-tortuga-roja-una-verdadera-joya-de-la-animacion-inunda-de-magia-el-festival

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Direcció: Michael Dudok de Wit
Música: Laurent Perez del Mar
Títol original: ‘La tortue rouge’
Producció:  Japó – França – Bèlgica
Durada: 80 minuts
Any: 2016
Gènere: Animació

 

 

  • Aquí podeu escoltar la banda sonora de la pel·lícula

Amar a los dragones verdaderos

Los nueve dragones_(ch. 九龙图:九龙图)_Chen Rong( (陈容:陈容)

Existe una expresión budista que dice: “No ames a los dragones al igual que Sekko”.
Había un hombre llamado Sekko que adoraba a los dragones. Su casa estaba llena de imágenes de dragones en todas sus formas: esculturas, pinturas, figurines y adornos.
Un día, un dragón real oyó hablar de Sekko y supuso que, ya que le gustaban tanto los dragones, este hombre estaría feliz al ver uno de verdad y decidió visitar a su admirador.
Pero en cuanto el dragón se hizo presente en la casa de Sekko y asomó la cabeza por la ventana de su habitación, éste quedó aterrorizado y salió corriendo.

Sekko es un símbolo de aquellos que prefieren la imitación al objeto real. Una persona que le dice a todos lo importante que es para ella la práctica y, en cuanto empieza, renuncia debido a que le resulta muy difícil, es alguien a quien tan sólo le gustan los dragones esculpidos.

El poder de la vida que yace profundamente enterrado dentro de cada uno, no puede surgir a menos que uno esté convencido de estar caminando la única vía posible para si.

Cuando uno encuentra al “verdadero dragón” debe llenarse de alegría, decidirse a aceptarlo y luchar con el.

Kosho Uchiyama. Abrir la mano del pensamiento. Fundamentos de la práctica del Budismo Zen. Editorial Kairós, 2004

Los nueve dragones_detalles_(ch. 九龙图:九龙图)_Chen Rong( (陈容:陈容)

Imágenes: Sección de rollo «Nueve Dragones», pintado en 1244 a. C. por Chen Rong durante la dinastía Song. 46,3 cm x 1.096,4 cm. Museo de Bellas Artes de Boston

En este enlace podéis visualizar entero ese hermoso rollo pintado por Chen Rong, Nueve Dragones (deslizando el “handscroll”). Soporte de ensoñación, meditación, contemplación, y gozo.

 

Intrusión. Denise Levertov

Pensando en nuestra Doncella Manca

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Después de cortarme las manos
y de que me hubieron crecido otras

algo que mis antiguas manos habían anhelado
vino pidiendo ser mecido.

Después de que mis ojos arrancados
estuvieron marchitos y me hubieron crecido otros

algo por lo que mis antiguos ojos hubieran llorado
vino en busca de conmiseración.

Versión castellana: Isaías Garde


Denise Levertov – Intrusion

After I had cut off my hands / and grown new ones//
something my former hands had longed for / came and asked to be rocked.//
After my plucked out eyes / had withered, and new ones grown //
something my former eyes had wept for / came asking to be pitied.


denise-levertov Denise Levertov (1923-1997)

Nació en Ilford (Inglaterra), el 24 de octubre de 1923. Se formó literariamente en su propio hogar. Su madre leía para toda la familia obras de autores clásicos. Su padre, sacerdote anglicano, fomentó su interés por el misticismo. Cuando contaba 12 años remitió algunos poemas suyos a T.S. Eliot, que le contestó ofreciéndole su consejo.

Su primer libro de poemas, La imagen doble, se editó en 1946. Al año siguiente se casó con el escritor estadounidense Mitchell Goodman, marchando con él a vivir a los Estados Unidos. Tras tener un hijo, la pareja se divorció. Denise adoptó la nacionalidad estadounidense en 1956.

Su segundo libro de poemas fue Aquí y ahora (1957), al que siguieron A las islas por tierra (1958) y Gustar y ver (1964).

Por esos años se compromete activamente en el movimiento pacifista contra la guerra de Vietnam. En 1967 escribió su principal poemario, La danza de la tristeza, donde expone sus sentimientos de dolor ante la guerra. Ingresa en la Liga de Resistencia a la Guerra; su compromiso con el feminismo y el pacifismo le impulsa a utilizar de forma consciente la poesía como herramienta de lucha política y social. Trabajó como editora de poesía en The Nation; ello le permitió apoyar y publicar obras de poetas feministas y activistas de izquierda. En los años siguientes, dedicó su tiempo a la educación en diversas universidades. Finalmente, tras retirarse de la enseñanza, viajó por el país realizando lecturas de poesía.

Además de los poemarios ya citados, cabe señalar La respiración del agua (1987), Una puerta en la colmena (1989), Tren de la tarde (1992) y Ensayos nuevos y escogidos (1992). En total escribió veinte libros de poesía y crítica, cuyos variados temas se relacionan con la política, la guerra y la religión.

Denise Levertov falleció a consecuencia de un linfoma a los 74 años, el 20 de diciembre de 1997.


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https://es.wikipedia.org/wiki/Denise_Levertov

http://deniselevertov.blogspot.com.es

Imagen: Meret Oppenheim: Pelzhandschuhe, 1936, Ursula Hauser Collection, Switzerland.

Foto: Stefan Altenburger Photography, Zürich © VG Bild-Kunst, Bonn, 2013