Un mapa fractal para nuestros descensos: rastreando los poemas-trazas de Chantal Maillard
“Observarme en la pena, en el dolor, y construir o, simplemente, sobrevivir. Sin esa escritura, sin ese decirme desde la distancia que la escritura procura, no habría sobrevivido a tanta pérdida.”
“El mí: husos. Un haz de husos tensos.”
“Se deslizan tus ojos por los caracteres impresos. Hay cierto placer en esa redundancia de lo escrito. Paradójico placer, cuando lo escrito, en vez de consolidar la superficie, la horada.”
Chantal Maillard
Chantal Maillard habla, en varias ocasiones, de su proceso de escritura como de una estrategia de resistencia. Exorcismos. Conjuros. Gritos. Letanías. Todos encauzamientos para el ejercicio de la rebeldía, estrategias de lucidez para sobrevivir, para abrir(se) paso. El núcleo mismo de su escritura, tanto en sus diarios como en sus poemas, ha sido siempre la conciencia. Su escritura se convierte en el método de entrenamiento para la observación de ese yo que observa su mente, revelando así sus mecanismos, sus trampas, sus jaulas, su ambigüedad esencial. De esta manera, para Chantal, la escritura se torna, como decía ella misma haciendo referencia a la pintura de Michaux, “un instrumento para el testigo”. Testigo de sus devaneos, de sus trayectorias inciertas, de sus descensos… Sus poemas son sus trazos, sus trazas, rastros depurados en la página que se convierte en un mapa fragmentado y abierto sobre territorios de intensidad; cada poema, un objeto fractal.
Ofrezco aquí este rastreo de algunos poemas y textos en los que Chantal Maillard hace referencia al dentro y al abajo, ese descenso al “Jaos” (al Caos, al Tao). Son los poemas-testigos de sus descensos, de sus bajadas, de sus abismos, profundidades, declinaciones, declives, ocasos… Me ha parecido que este amplio recorrido viene a bordear la orilla de nuestro trabajo lobuno en nuestra tarea de ahondamiento con el cuento de los siete descensos: “La doncella manca”.
Descender. Gritar. Balbucear. En la escritura, enmudecer. Habitar el abajo. ¿El dentro? ¿La nada? Trazar el trazo. Volver a la superficie. Sobrevivir. Vivir. Tal vez, el gozo. Sí, el gozo.
Muriel Chazalon
31 de enero 2010
De Lógica borrosa:
INICIACIÓN
Estoy creciendo de la nada.
Mis ojos tantean
la claridad difusa
mis manos
se posan y tantean
abro agujeros
mi cuerpo agujeros
en el cielo agujeros
tanteo las estrellas
agujeros que llueven
y es dolor
y el dolor penetra
mi cuerpo tantea
el dolor tal vez
el gozo
indaga
descubre el mí
mi boca dice
vuelvo sobre mí
misma y tanteo
¡es tanta la ceguera!
cierro los ojos
lo cierro todo
y de repente me abro
veo
veo lo que no hay
veo
estoy creciendo de la nada.
*
AXIS MUNDI
Desciendo
desciendo al cuerpo y hallo
– tenue bajada –
la lombriz de mi espíritu
alojada en mi vientre.
Subo, subo en espiral
hacia el motor del mundo
huyendo
huyendo del mareo
del mal de ser sola
tan sola entre las vísceras
subo al latido
me alojo
en su arritmia y descubro
mi rostro de lombriz
adherida a las válvulas
y asciendo
sigo ascendiendo en busca
de una razón que diera
sentido a mi existencia
me deslizo en la tráquea
bloqueo las palabras
asciendo
resbalo. Hay un agua
viscosa tras los ojos
resbalo y se me pegan
imágenes de un mundo
apenas insinuado
asciendo y al llegar
a la cúpula descubro
que sus paredes lisas
transparentes, vacías
tienen la textura
carnosa de mi vientre.
He bajado al espíritu
he subido al instinto.
La misma lombriz tensa
el eje que mantiene
erguida mi cintura.
El nombre que le pongo
ahora será el tuyo
pero su nombre es el
de aquellos que he amado
de aquellos que amaré
es todos y ninguno
el eje que mantiene
erguida mi cintura
me previene de ti
te crea a mi medida
y asume el reto
de ser muchos
de ser tantos
que da la impresión
que no cabrá mi espíritu
adentro de este cuerpo
que no cabrá este cuerpo
adentro de mi espíritu
por eso muero un poco
cada vez que te nombro
y sin nombrarte apenas
alcanzo a definirme.
Mi vientre es quien pronuncia
las sílabas secretas
que se inscriben arriba
en la cúpula.
Mi existencia es señal
de un fuego
que arde eternamente
en sí mismo.
De Hilos:
AÚN
En superficie.
Para sobrevivir.
Para seguir viviendo sobre.
Aún.
Porque abajo no.
Y en el dentro no hay.
Abajo es dolor.
Aún.
Abajo no llora.
El llanto es el límite
entre arriba y abajo.
Abajo, atónito,
dice lágrima y
no entiende. Es más.
Más que lágrima. Llanto
detenido.
Por la caída.
Oblicua.
Entonces el rito.
La mano, a tientas con el óvalo.
Y el mí vuelve a decirse
en el trazo,
conmovido.
Y el trazo
conduce al mí más
abajo del abajo,
en el dentro
donde a veces se detiene
todo
*
EL TEMA I
…
Algo despierta y mira dentro
(el dentro de la superficie, que
no es un dentro sino un debajo, como
el forro de un abrigo), buscando algo
en lo que anclarse. Un tema, busca
un tema. Para
sobrevivir. – ¿Sobrevivir?
Decidme, ¿quién o qué
sobrevive? – Volver al tema.
En el tema el mí se reconoce
porque alguna parte suya
es afectada y se conmueve.
Como cuando las lágrimas. Por la imagen.
A la mente le gustan las
imágenes. Con ellas, teje.
Y el tejido hace mundo o lo refuerza,
lo hace consistente.
…
*
ESTRATEGIAS
Evitar las imágenes-dolor.
Apartarlas.
No abrir el abajo. Acudir
en superficie. Allí,
el grito cada vez más débil.
Una condensación del hálito.
Cierta condescendencia en
lo irremediable. No obstante,
cuidar el gesto bajo el hielo.
Salvar el hálito y prolongarlo.
La lucidez es frágil.
*
Ver cerrarse el día.
No como un libro
sino como una faja demasiado
apretada. La niebla, alrededor,
comprimiéndolo todo. – ¿ Todo?
– Todo es donde se está.
donde se está tan sólo hay
un centro que pronuncia y escribe.
Un centro, o una esquina.
Alrededor, como la niebla,
lo demás. Irreal.
Lo vivo, abajo. Inhabitable.
Oír sellarse las compuertas.
Querer sobrevivir
ha de ser la costumbre.
De Hainuwele y otros poemas/sección “Filosofía en los días críticos” (párrafo 290):
Arriba, tras la frente, ahí donde la mente engarza pensamientos, ahí donde tan a menudo construimos nuestra casa, arriba, las ideas brotan, incesantes.
Más abajo, en los poros, el mundo. El canto de un pájaro, el silencio cuyo cuerpo es un rayo de sol. Allí, bajo el flujo de los pensamientos, la vida. Bajo el proceso, lo simultáneo; bajo la línea, la materia; bajo el texto, la totalidad de lo sólido.
Más abajo, el fuego. (Del fuego ahora no hablaré, pues está bien que esté contenido, sin dolor, adormecido por un tiempo con fines terapéuticos.)
Más abajo aún, el vacío.
El observador se sitúa en el límite, en el espacio intermedio entre el vacío y la existencia.
En la superficie, el texto, el mundo y el fuego. Abajo, el vacío.
El mundo se construye en superficie. El observador, en la línea de base, que no es línea, sino un espacio imperceptible, un no-lugar, una suspensión. Todo lo que hay se construye. Los personajes deambulan.
Abajo – ¿llamaremos “verdad” a aquellas profundidades? – no hay personajes, no hay nadie. Y, sin embargo, sé que allí es a donde pertenezco con mucha más razón, con mucha más fuerza. Pero legítimamente: según ley, el peso y la medida me otorgan un lugar en la superficie, un lugar y un tiempo; mi medida: el lugar; mi peso: el tiempo. Soy, en superficie, según lo determina la ley de la Posibilidad.
Y voy tejiendo. Fuera del abismo todos vamos tejiendo, y el “todos” es la primera gran hebra, la más consistente. “Todos” son los muchos que en el vacío del abismo eran uno y lo mismo. Todos es la primera diferencia que proclama la posibilidad del tejido. Tejer es la ley. En el límite, la conciencia se subordina.
He dejado de ser una y empiezo a conocer. En superficie, los tres ámbitos: fuego, materia – compacta y sonora –, y mente. Abajo: vacío. Yo vengo del vacío para poblar la superficie.
No hay otra realidad que ésta; la manera de moverse en ella es el deslizamiento. Cualquier otro movimiento desrealiza.
De Filosofía en los días críticos (párrafos 21, 288, 353):
21. Estar despierta abajo, en la oscuridad. Estar despierta es estar ahí abajo, en la cámara oscura. De lo que hablo es real, no es ninguna metáfora, ni es especulación. La conciencia trascendental es un supuesto racional: no es de ello de lo que hablo. Hablo de un espacio, de dos espacios. El primero es un lugar compacto; el otro, ni siquiera es un lugar, aunque bien podría denominarse espacio para situar lo que ocurre. En realidad, en ese espacio sólo hay eso: lo-que-ocurre. Pero la conciencia puede asentarse en lo-que-ocurre; de hecho es lo que suele hacer; entonces se pierde como mirada inocente, empieza a cobrar peso, el peso de lo que ocurre en el agrado o en el desagrado. La mirada, la conciencia cuando es mirada pura no tiene peso. Importa estar despierta, abajo, estar en lo oscuro, ahí, despierta, sin peso. En la superficie: el reino de las imágenes, imágenes-llamas, imágenes en llamas. A partir de la mirada que surge de lo oscuro, hagamos leves las imágenes, hagámoslas lo que son, atrevámonos a jugar sin perder de vista el juego.
288. Toda la existencia transcurre en superficie. Luego está el embudo, abajo, con el gran agujero.
Situarse en superficie: vivir.
Situarse abajo: nada. Descanso. Nada.
Todo ocurre en superficie. Yo que quería ver la “realidad” allí, en la existencia, quería elevar el agujero, instalarlo en la superficie, llamarle “profundidad”. Ciertamente, el vacío es lo más auténtico de mí, pero en él no hay nada, ni yo misma. Yo ocurro en superficie, con todos los que sufren por querer ser algo más que vacío. Y lo somos: no hay otra realidad más que la que construimos entre todos.
Tal vez todo sea más fácil; tal vez sea cuestión de decir quiero que me necesites como yo te necesito a ti; quiero que seas tú mi gran vacío; quiero ser yo el tuyo. Sólo así podré andar en superficie con el corazón sereno.
353. Mientras la mente se afana en cumplir el rito laboral, la vida, mi vida sigue su curso, por debajo. Algo sigue haciéndose, algo que transcurre ajeno al tiempo del suceso, algo que se construye sin que yo intervenga, algo, algo que soy, muy dentro, sigue su curso de la misma manera que quien duerme vive, sigue viviendo, respirando, mientras sueña. Me hago, me construyo sin saber, sin pensar, correctamente, sí, porque las pautas se trazan y se siguen, ahí abajo, ahí adentro, sin que intervenga el miedo o el deseo, sin que intervengan más que las huellas que han dejado otros miedos, otros deseos que el cuerpo ha asimilado y tiene en cuenta. Todo se tiene en cuenta en el subsuelo, porque todo se acumula. Hoy soy un poco más que ayer, soy el resultado de lo que se teje bajo el sueño, bajo la ocupación diurna que es el sueño de los cuerdos. Cuando me detengo y ausculto las regiones interiores, abro el canal que comunica ambos extremos: el de arriba, en superficie, con el de adentro.
Entonces, no sé si se hace permeable la piel hacia arriba o hacia abajo, no sé qué es lo que afloja en superficie. Luego me doy cuenta de que aquel dentro no es más que una resonancia de lo que ya había pronunciado al mirarme en el espejo. Bajo los actos cotidianos, mi conciencia entumecida repetía mi nombre, por costumbre, porque sabía que no tardaría mucho en volver a ella, pues nada me es más fiel que yo misma, esa condenada costumbre de volver a sentirme, a saberme a mí misma en todo lo que pienso, hago o deseo.
La tristeza no es sino la enfermedad del yo cuando se asola y se contempla en lo otro.
De Husos. Notas al margen:
Descargada. No de un peso, no, de fuerza, de poder. Sin poder. No puedo. Desposeída de fuerza, no puedo poder. Deshabitada: sin hábito del dentro.
Necesidad de templo. Des-templada. Fiebre de ausencia en los dedos que crujen, rígidos. Ausencia en los huesos. Me florecen angustias en los dedos.
Entono un canto. Ocho notas. Entro en el tono de la angustia. Caverna, resonancia devuelta a su nota. Asolada reflexión de la materia en su germen. Sin cauce. No llega. No hay llegar. El mí quiere salirse. No, yo quiero salir del mí. Pero el cansancio. Me re-pliego.
Repliegue en el mí. El menor esfuerzo: el pliegue ya trazado.
Sin embargo la fuerza, la fuerza del dentro. La que se agita y mengua, concentrada en sí misma, caverna del sí mismo que se ahoga en su esfuerzo por ser algo más que una y misma.
Despoblada. Enferma de des-población. Deshabitada del pueblo que fuimos, al unísono, sonido unificado, fuerza de los muchos. Desasida, desasistida de pueblo. Despoblada.
*
Mantenerse en superficie. Para sobrevivir. Ahuyentando imágenes como si fuesen osos merodeando en torno a los despojos. Osos que bajan de las montañas o vienen de las estepas heladas para alimentarse de pasado. Las sobras de los vivos, los que saben vivir en superficie, los que pueden, aún.
Mis subterráneos están llenos de metralla, fragmentos que se incrustan, día tras día, más hondos en la carne. Tan endeble, la superficie por la que me deslizo, que a cada paso temo la caída. Por eso me hago leve, tan leve que apenas respiro y me extraño de poder sostenerme en pie sobre la fina capa de hielo en la que me ejecuto.
*
Sobrevivir. A plazos. Plazos cortos. Plazos para sobrevivir. Vivir sobre.
Abajo, la aterradora, ineludible condición. Vivir a condición de sobrevivir. Condicionada al sobre. Dentro, nada. Dentro, llora. Infinitamente.
En superficie, entonces, deslizarse. O ni siquiera eso: morar en el plazo. Morar. Demorarse. A pequeñas sacudidas, des-plazarse. De plazo en plazo. Levemente. Tercamente. Para sobrevivir.
*
Granos de arena. Arena que se filtra en mis fronteras. Cayendo, verticalmente, en el dentro. Arena permeable, frontera móvil. Y en el límite forma dunas, promontorios que me alzan, me invitan a acudir a lo otro. Invitación a ser, desde el dolor aún, en lo otro.
Y el desierto ocurre en mí, salvando al mí, como salvan las fronteras los granos de arena. Apenas. Aún apenas. Sin persistencia. Como quien abre escotillas para el náufrago.
*
En superficie. Hablar en superficie. Vivir en dos niveles pero sobrevivir en superficie.
Incluso del otro nivel, el abajo, incluso del abajo hablar arriba, en superficie.
Abajo. Abajo, llora.
Y el grito, abajo. La punzada al descender, cada vez que se desciende. Igual, siempre, el antes presente, antes en el ahora. Ahora es siempre. Siempre antes. Ahora es siempre antes.
Ahí abajo. Y la punzada adentra, empuja en el adentro.
Entonces, el impulso. Y de nuevo arriba, en superficie. En el huso de la razón.
[…]
En el dentro, sangra. La herida se abre y sangra con el pulso. El grito la abre. O se abre y es grito. El grito es. Largo, inacabable. Yo lo habito. Habito el grito. Y lo escribo para dejar de oírlo, o para oírlo menos, atemperado en la redundancia del decir, demorado en su representación. Entonces las membranas se debilitan y remonto a la superficie, por un tiempo. Y lo ocupo. Ocupo el tiempo, ocupo la nada haciendo tiempo para seguir viviendo.
Para sobrevivir.
*
La superficie no resiste. Huyo hacia delante llevando el dolor cosido a los talones. Ninguna acequia en la que ahogarlo, ninguna huella en la que perderlo. Decido enfrentarlo como se enfrenta al cielo el desierto: a descubierto.
Habré de perderme a mí ya que en el mí se aloja todo dolor. Digo dolor para nombrarlo, exorcizarlo, y en el nombre me digo, para exorcizar el mí. Escribo el mí para que resbale hacia la página, pero se me pega a los dedos y no acierto, no acierto a diluir en la tinta el llanto. A sacudidas me digo, a sacudidas, la letra, y luego…
Contra lo irremediable me alzo, alzo el grito, contra lo irremediable. Vago por el mundo dejando un rastro de gritos. Cada saludo, un grito; cada sonrisa, un grito. Mi sonrisa oculta
el primer grito del mundo, el único, el mismo, aquel que brota en el final, cuando ya nada importa. Intrusa de mi mundo y del ajeno, no hallo lugar para el descanso. La fe de loscomienzos, no; el perdón, no. Sólo el balbuceo. La salvación, no. Sólo el balbuceo. Después del grito, el balbuceo. Asolada, el balbuceo.
*
Toda revelación ha de merecerse. Merecer: no se trata de merced concedida ni tampoco de gracia divina. Merecer es haber hecho hueco.
El sufrimiento abre hueco. El sufrimiento es la voluntad del mí (voluntad-deseo) anegada.
Por eso hace hueco. Libera el espacio donde la revelación adviene. Donde puede advenir, siempre. Siempre que haya desocupación. Abajo.
He comprendido el milagro. Vuelvo a la superficie. Ningún dios me ampara.
*
En superficie. Para sobrevivir. Para seguir viviendo sobre. Aún.
Porque abajo no. Y en el dentro no hay. Abajo es el dolor. Aún.
Abajo no llora. El llanto es el límite entre arriba y abajo. Abajo, atónito, dice lágrima y no entiende. Es más. Más que lágrima. Llanto detenido. Por la caída. Oblicua.
Y aún el rito. El rito de la mano que a tientas describe. Se describe, en el círculo. Que vuelve a decirse, se dice en el mí y se conmueve, en el decir se conmueve, hacia el trazo, en el trazo.
Y al trazar conduce al mí más abajo del abajo, en el dentro
donde a veces se detiene
todo
*
Hablo de lo que importa a todos, aunque no a cada uno. Pues a cada uno, lo que le importa, verdaderamente, es abajo.
El adentro donde llora, en cualquier latitud.
*
Meditar… Sentarse a meditar… ¿Sentarse? No necesito sentarme. No necesito recordar el viejo hábito de mirar la propia mente desde un repliegue de la misma. Yo enfrento el Abismo por debajo de todo lo que ocurre, en los entrepliegues, en los diminutos agujeros de lo que ocurre o eso que llamáis vida cotidiana. Lo cotidiano, entendedme, lo cotidiano, para mí, es el Abismo. Me es más presente que yo misma. En, entre, debajo del mí asoma,
en las mil formas en que el lenguaje lo niega para hacerlo transitable. Hemos tenido que negociar con el abismo para poder existir. Lo hemos nombrado para poder convivir. Lo nombramos en todo lo que hacemos, en los gestos pequeños tanto como en los mayores. Pero a veces, sólo a veces, un gesto ocurre, que detiene el discurso. No es posible ya dejarse engañar. Todo lo más, tratar de vivir en el filo. Bascular allí. Y hacer como que logras engañarte, porque no te entenderían.
Y entonces dices. Lo dices con palabras al uso. Una y otra vez, lo dices, hablas de ello. Puedes hablar de ello, sí, pero sabes que no lo dices, en realidad. Cumples el ritual porque ellos creen comunicarse en la palabra. Y comunican hechos, sí, se comunican. Pero lo infinito del hecho, no; el Abismo, no. En la palabra, lo infinito se vuelve finito; los márgenes del Abismo permanecen inalcanzables.
En el Abismo, todos los infinitos convergen.
*
Ocupada por el gozo como por un intruso. Dentro, muy dentro, contra el otro dentro que insiste en el terror y la angustia o en la justicia de la condena. Contradiciendo la conciencia que se empeña en rebelarse. Contradiciendo la lucidez de la razón que a la razón obliga. Inconfesable gozo que despunta y dice recuerda los primeros albores de la dicha, antes, en la inocencia.
Contradiciendo la voz que inculpa y hace recuentos de los méritos. Contradiciendo el no que estalla como fruta demasiado madura. a pesar del anatema, de la blasfemia, penetrándola, sosteniéndola, sumándose a ella desde abajo, sin acallarla.
Liviano como los pájaros, mineral como las piedras, bajo el flujo de las palabras que reniegan, sobrellevándolas como la corriente de un río a las barcas y a los remos que la hienden, así el gozo, bendiciendo a quien de él se defiende, así
el gozo.
Chantal Maillard: un salto al vacío con tan sólo la trama del poema

Otra tarde gris y sin lluvia – tarde de invierno esta vez. Otra lectura de Chantal Maillard. La librería Pròleg se va llenando de gente. Finalmente llega Chantal acompañada por la poeta Concha García quien presenta el tema esencial que atraviesa toda la escritura de la filósofa-poeta: la conciencia… “Este estar aguijoneado por la conciencia se hace presente en todos sus textos. Nadie como ella piensa la conciencia misma, que es como el trazado de un camino mediante la indagación del yo, a base de observarse constantemente. La conclusión a la que se llega, sin ningún ruido, perturba: no hay nada… Con una meticulosidad de cirujana, Chantal nos muestra en el papel el doblez de la existencia…”
Luego, Chantal toma la palabra – o más bien… la busca… balbucea… “Buenas tardes… Confieso que por primera vez no he hecho los deberes… que no sé por donde empezar… que siempre tengo urdida una trama para la lectura… una trama que tiene que dar resultado, pues en esto consiste el arte y la poética… por supuesto es una trama-trampa… que con sus efectos, con su retórica, atrae, atrapa, engaña y así, sin querer, nos quedamos atrapados… no sólo en las palabras sino en lo que estas palabras soportan y portan a través de… Esta vez no tengo urdida esa trama… aunque cada poema es una trama por supuesto…”
Chantal Maillard, en verdad, está aquí esta tarde para presentar su libro Hainuwele y otros poemas. “Este libro es una recapitulación de la primera etapa mía, dice la poeta, hace mucho tiempo que lo he escrito, redondea algo que ha llegado a un término, es una obra que de alguna manera finaliza… No sé si para empezar otra cosa – o no.” Hace hincapié, en el proceso de su escritura poética, en la articulación entre los diarios y los libros de poemas: “Hubiese querido en esta lectura – “fui un poco ambiciosa”, reconoce – hacer algún tipo de recorrido y dar cuenta de cómo los diarios van engarzándose con los libros de poemas… Pero no sabía qué hilo coger… ¿De qué tema estamos tratando? ¿Qué es lo que se quiere mostrar? ¿Qué es lo que se quiere decir? Porque si no se quiere decir nada, es mejor callar. Como venía diciendo Concha, mi tema es la conciencia. Nunca fue otra cosa.” Entonces decide iniciar su lectura por el final, por la última página de Husos, transformada ahora en poema “El gozo”. “Así termina el cuaderno de duelo Husos que es una de las cosas más tremebundas que he podido escribir, confiesa Chantal, y sin embargo, termina con una página que trata del gozo”… Sin saberlo aún, empieza su lectura del mismo modo en que la acabará, con ese aleteo del gozo alzando el vuelo… “Como un intruso, el gozo dentro, muy dentro más abajo / de la angustia o el justo reparto de las culpas / Contradiciendo la conciencia que insiste en rebeldías // y hace recuento de los méritos // contradiciendo el no que estalla / maduro entre los labios / y la razón que lo juzga blasfemia // Inconfesable gozo que emerge en el dolor / como un aleteo en un campo de escarcha / y ajeno al eros, libre de ansias y de anhelos, / en su inocencia / dice recordar los primeros albores de la dicha // Liviano como un ave, arcano y mineral como la piedra / alzando como un río a sus barcas / el aluvión de voces que lo niegan / así, // el gozo”…
Lentamente, Chantal va estirando los hilos de sus pensamientos. A medida que se adentra en la lectura, se va transfigurando, y me viene a la mente una frase de nuestro querido Henri Michaux: “El arte es lo que ayuda a salir de la inercia”… Chantal Maillard va transitando de un huso al otro, de una modalidad sentimental a otra, y nos lleva, mediante el hilo de su voz, desde el huso de los ciclos menstruales (“¡parece un tabú todavía hoy!”) al huso de la extrañeza, atravesando, visiblemente emocionada, el huso del dolor-memoria hasta el de la ironía, saltando del huso de la tristeza al huso del enamoramiento. “La conciencia: este es el tema, puntualiza Chantal. Es el tema de Husos, porque los husos son modalidades emotivas, sentimentales, tal como yo los veo… Y nos es posible saltar, de hecho lo hacemos continuamente, saltar de uno a otro… De manera que esto puede ser terapéutico… puesto que si nos alejamos de este “mí” que se va formando continuamente, cuando entendemos que lo que nos pasa nos pasa a nosotros, es decir, que el yo es el sujeto que soporta y construye, se construye, en esto que está viviendo… si podemos alejarnos, distanciarnos un poco de este “mí” que se va construyendo, podemos también observar cómo el dolor ocurre fuera de nosotros. De esto se trata. De esto trata el cuaderno Husos”… A lo largo de esta tarde, como si de una granada se tratase, Chantal Maillard va desgranando su obra: los textos de los diarios (“un cierto ritmo atraviesa la prosa poética”), los poemas (“cada poema es un artefacto, está trabajado, muy trabajado”), uno a uno, hasta llegar finalmente a Hainuwele. “Éste es un libro muy querido… Aquella diosa o joven… esa pequeña muchacha que camina por el bosque, sola, es algo muy tierno. Ella no sabe nada de eso de mirar el “mí”, no sabe nada del yo ni del observador del “mí”… Es otro tema… El observador es otro tema… Mirar los husos es otro tema… Todo son temas, todos son ideas… Nada cae fuera de los hilos, todo es un hilo… De manera que uno no puede saltar sobre su propia sombra, y nuestra mente, lo que llamamos mente, es nuestra sombra… Bueno pues, Hainuwele no sabe nada de todo esto. Hainuwele está enamorada. ¡Otro huso es el enamoramiento! Y tal vez, esa es la mejor manera de vivir – no de existir, de estar fuera, sino de vivir – simplemente de estar bien… Y ella vive… Hainuwele está enamorada del Señor de los bosques, y el Señor de los bosques por supuesto no existe, porque todo lo que hay en el bosque y el bosque mismo es el Señor de los bosques, con lo cual ella está enamorada de todo lo que vive, y todo vive… Y desde luego, es un frescor recuperar estos poemas después de los de Husos…” “Tus espíritus tienen multitudes de lenguajes: / el grito de una hiena, / el rastro de las aves sobre el agua, / el caminar paciente de una oruga / o la fruta que estalla al caer, / todos me llevan a tu nombre…”
Han transcurrido casi dos horas, como en un soplo. “Creo que voy a terminar con algo ineludible” dice la poeta, y empieza a leer su largo poema “Escribir”: “Escribir // para curar / en la carne abierta / en el dolor de todos / en esa muerte que mana / en mí y es la de todos…” Pero finalmente no lo lee entero, lo deja en suspenso, abierto como un vuelo de aves. Como si en el transcurso de la tarde, en un progresivo giro ascendente en espiral, ella fuese ahora este pájaro liviano del gozo: “He de volar muy alto esta noche. / He de volar sin lastre. / Hasta que amanezca.” … Aquí deja el poema suspendido en el aire de la sala… Y desaparece en él como ese famoso pintor chino quien, una vez pintada su obra maestra en la pared del palacio del emperador, se adentra en ella y, gozoso, desaparece en su pintura. Acaso, ¿no es está la máxima virtud del artista, del poeta? Desaparecer. “Des-aparecer es el objetivo”. Dejando tan sólo un fino entramado de rastros sobre la tierra, poemas-trazos que “ya le preceden, que siempre le han precedido”, fugaces filamentos luminosos en el cielo…
Se me ocurre ahora que, tal vez, un título más apropiado para lo que sucedió esa tarde de invierno hubiese sido: “Chantal Maillard – un salto en el poema con tan sólo la trama del vacío”. Gesto amoroso per se… Chantal, sin duda, “est passée maître en cet art”. Y lo comparte, generosa. Nosotros, agradecidos.
Muriel Chazalon
17 de enero 2010
Chantal Maillard otra vez
Poemas-miniaturas, poemas-mínimos, sacados de Diarios indios:
“El blanco”
Me apuntaron a mí,
pero cuando llegó el dardo
no había nadie. – ¿O sí lo había?-
Yo acechaba detrás de un árbol.
Vi algo caer.
***
“La ofrenda”
Poner un marco a la ofensa.
Bajo la herida, un cuenco.
Recoger
la sangre y bebérsela frente al cuadro.
Como ofrenda.
Por los actos el yo
busca afianzarse.
Por los actos el yo es ofendido.
Por los actos el daño. Por los actos
el conocimiento.
Nada de lo que se hace a ciegas es
inútil para ver.
……
La tierra prometida. Chantal Maillard
“La tierra prometida”: Letanía por los animales en peligro de extinción
“Este poema circular es a la vez un manifiesto y un memorial. También es una letanía inscrita en un rosario o molinillo de plegarias. Una letanía es un conjuro. Un gesto de la palabra. Quienes la repiten concentran en ella su voluntad, su energía. Los nombres de las especies en extinción irrumpen en la plegaria sin interrumpirla, como espíritus que viniese a pedirnos ayuda. Al pronunciarlos, sus nombres van inscribiéndose en el tiempo; la lista que resulta de ello es la que figuraría en un monumento para la memoria, la de todos los que estamos y los que vendrán. La tierra prometida es una estela. […]”
Chantal Maillard. Prólogo de La tierra prometida. Ed. Milrazones, 2009
http://www.milrazon.es/Libros/La-tierra-prometida-de-Chantal-Maillard.aspx
La Tierra prometida de Chantal Maillard: letanía para los animales en peligro de extinción

Es una tarde otoñal, una tarde gris pero sin lluvia. Llego a La Central y encuentro el libro. La tierra prometida. El libro negro, blanco, rojo. No un libro-objeto sino un libro-cosa. Áspero. Una cosa animalesca, desplegada en dibujos-rasgaduras, en rastros, en huellas, cada uno una herida estremecida, una herida electrizada, emborronada, garrapateada, un-borrón-y-cuenta-nueva. Una larga letanía. Letanía negra que se despliega lentamente, puntuada ¿sembrada? por el rojo nombre de los animales que se extinguen, extinguidos. Extinguida la naturaleza salvaje afuera. Los animales extinguidos adentro nuestro. Nosotros exangües. No lo vemos, aún. No lo vemos, porque nuestra mirada que mira afuera no ve. La visión falla. La visión ciega. Acaso, ¿sólo el ciego ve lo visible? Sólo él ¿nosotros? ve lo que aquí, rojo sangre, salta a la vista, agrediéndola y, sin embargo, orientándola en una invocación, un conjuro. Esta visión oye, escucha el ruido de cada animal cayendo en los mataderos, cayendo en el bosque, cayendo fuera de nuestra mirada cuando giramos la vista y miramos hacia otra parte, especies animalescas cayendo fuera de nuestra mirada inatenta. In-atendidos, los animales extinguidos, en la voz de Chantal Maillard. Tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible… Ella no habla de ellos. Ella habla por ellos, por cada uno de ellos. Ella habla para ellos, para nosotros. Ellos son el rojo grito que salta a la vista en la línea negra de cada página, el hilo rojo de la vida extinguida. Ellos son el pálpito de la vida. El latido después de nosotros, antes de nosotros, de cada uno de nosotros, los animales, las especies todas, nuestra especie. Hasta que algo no se nombra, no existe. Entonces la poeta nombra los nombres a punto de extinguirse. La poeta frágil, casi traslúcida, aquí de pie, delante de nosotros, la poeta que ya es la voz de todos nosotros en un solo aliento recitando la plegaria. Su voz quebradiza tiembla, se hace oír, suena como la cuerda de un arco que ya no pretende cazar sino tan sólo vibrar, resonante, porque el disparo ya dio en el blanco. El disparo incesantemente está dando en el blanco. El blanco somos cada uno de nosotros, humanos exangües, cada vez que una especie se extingue. Es de noche. Despertemos. Es preciso recitar con ella, juntos, esta letanía. Tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca lobo tal vez aún apenas sea posible…
Muriel Chazalon
13 de noviembre 2009
Chantal Maillard. La tierra prometida, Ed. Milrazones, 2009. Dibujos de Joan Cruspinera. Diseño de Josep Bagà.
L'abisme
“Es difícil llegar a uno mismo. Tal vez porque también es difícil hallarse en situaciones desacostumbradas en las que sentirse absolutamente desamparado. Este es el problema: todo se nos ha hecho demasiado habitual, todo está siempre dispuesto. Y es que sólo las situaciones, digamos, “aporéticas”, aquellas en las que nos encontramos totalmente desprovistos de recursos, son las que , cerrándonos el mundo exterior, nos obligan a franquear los límites del nuestro, interior.
Nadie penetra en la profunda oscuridad de sí mismo si no es forzado por las circunstancias. El abismo atrae -es un tópico- pero para que la atracción sea algo más que un dirigirse incipiente, una inestable inclinación del ánimo, para que logre su fin y se convierta en caída, es preciso elaborar un paisaje que elimine la tentación del mundo: de lo acostumbrado, la llanura y sus colores; es menester que las formas hayan dejado de ser amables.”
Extret de Diarios indios de Chantal Maillard. – Pre-textos, 2005
