Un mapa fractal para nuestros descensos: rastreando los poemas-trazas de Chantal Maillard

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“Observarme en la pena, en el dolor, y construir o, simplemente, sobrevivir. Sin esa escritura, sin ese decirme desde la distancia que la escritura procura, no habría sobrevivido a tanta pérdida.”

“El mí: husos. Un haz de husos tensos.”

“Se deslizan tus ojos por los caracteres impresos. Hay cierto placer en esa redundancia de lo escrito. Paradójico placer, cuando lo escrito, en vez de consolidar la superficie, la horada.”

Chantal Maillard

 

Chantal Maillard habla, en varias ocasiones, de su proceso de escritura como de una estrategia de resistencia. Exorcismos. Conjuros. Gritos. Letanías. Todos encauzamientos para el ejercicio de la rebeldía, estrategias de lucidez para sobrevivir, para abrir(se) paso. El núcleo mismo de su escritura, tanto en sus diarios como en sus poemas, ha sido siempre la conciencia. Su escritura se convierte en el método de entrenamiento para la observación de ese yo que observa su mente, revelando así sus mecanismos, sus trampas, sus jaulas, su ambigüedad esencial. De esta manera, para Chantal, la escritura se torna, como decía ella misma haciendo referencia a la pintura de Michaux, “un instrumento para el testigo”. Testigo de sus devaneos, de sus trayectorias inciertas, de sus descensos… Sus poemas son sus trazos, sus trazas, rastros depurados en la página que se convierte en un mapa fragmentado y abierto sobre territorios de intensidad; cada poema, un objeto fractal.

Ofrezco aquí este rastreo de algunos poemas y textos en los que Chantal Maillard hace referencia al dentro y al abajo, ese descenso al “Jaos” (al Caos, al Tao). Son los poemas-testigos de sus descensos, de sus bajadas, de sus abismos, profundidades, declinaciones, declives, ocasos… Me ha parecido que este amplio recorrido viene a bordear la orilla de nuestro trabajo lobuno en nuestra tarea de ahondamiento con el cuento de los siete descensos: “La doncella manca”.

Descender. Gritar. Balbucear. En la escritura, enmudecer. Habitar el abajo. ¿El dentro? ¿La nada? Trazar el trazo. Volver a la superficie. Sobrevivir. Vivir. Tal vez, el gozo. Sí, el gozo.

Muriel Chazalon
31 de enero 2010


De Lógica borrosa:

INICIACIÓN

Estoy creciendo de la nada.
Mis ojos tantean
la claridad difusa
mis manos
se posan y tantean
abro agujeros
mi cuerpo agujeros
en el cielo agujeros
tanteo las estrellas
agujeros que llueven
y es dolor
y el dolor penetra
mi cuerpo tantea
el dolor tal vez
el gozo
indaga
descubre el mí
mi boca dice
vuelvo sobre mí
misma y tanteo
¡es tanta la ceguera!
cierro los ojos
lo cierro todo
y de repente me abro
veo
veo lo que no hay
veo
estoy creciendo de la nada.

*

AXIS MUNDI

Desciendo
desciendo al cuerpo y hallo
– tenue bajada –
la lombriz de mi espíritu
alojada en mi vientre.
Subo, subo en espiral
hacia el motor del mundo
huyendo
huyendo del mareo
del mal de ser sola
tan sola entre las vísceras
subo al latido
me alojo
en su arritmia y descubro
mi rostro de lombriz
adherida a las válvulas
y asciendo
sigo ascendiendo en busca
de una razón que diera
sentido a mi existencia
me deslizo en la tráquea
bloqueo las palabras
asciendo
resbalo. Hay un agua
viscosa tras los ojos
resbalo y se me pegan
imágenes de un mundo
apenas insinuado
asciendo y al llegar
a la cúpula descubro
que sus paredes lisas
transparentes, vacías
tienen la textura
carnosa de mi vientre.
He bajado al espíritu
he subido al instinto.
La misma lombriz tensa
el eje que mantiene
erguida mi cintura.
El nombre que le pongo
ahora será el tuyo
pero su nombre es el
de aquellos que he amado
de aquellos que amaré
es todos y ninguno
el eje que mantiene
erguida mi cintura
me previene de ti
te crea a mi medida
y asume el reto
de ser muchos
de ser tantos
que da la impresión
que no cabrá mi espíritu
adentro de este cuerpo
que no cabrá este cuerpo
adentro de mi espíritu
por eso muero un poco
cada vez que te nombro
y sin nombrarte apenas
alcanzo a definirme.
Mi vientre es quien pronuncia
las sílabas secretas
que se inscriben arriba
en la cúpula.
Mi existencia es señal
de un fuego
que arde eternamente
en sí mismo.


De Hilos:

AÚN

En superficie.
Para sobrevivir.
Para seguir viviendo sobre.
Aún.

Porque abajo no.
Y en el dentro no hay.
Abajo es dolor.
Aún.

Abajo no llora.
El llanto es el límite
entre arriba y abajo.
Abajo, atónito,
dice lágrima y
no entiende. Es más.

Más que lágrima. Llanto
detenido.
Por la caída.
Oblicua.
Entonces el rito.
La mano, a tientas con el óvalo.
Y el mí vuelve a decirse
en el trazo,
conmovido.

Y el trazo
conduce al mí más
abajo del abajo,
en el dentro
donde a veces se detiene

todo

*
EL TEMA I

Algo despierta y mira dentro
(el dentro de la superficie, que
no es un dentro sino un debajo, como
el forro de un abrigo), buscando algo
en lo que anclarse. Un tema, busca
un tema. Para

sobrevivir. – ¿Sobrevivir?
Decidme, ¿quién o qué
sobrevive? – Volver al tema.
En el tema el mí se reconoce
porque alguna parte suya
es afectada y se conmueve.
Como cuando las lágrimas. Por la imagen.

A la mente le gustan las
imágenes. Con ellas, teje.
Y el tejido hace mundo o lo refuerza,
lo hace consistente.

*
ESTRATEGIAS

Evitar las imágenes-dolor.
Apartarlas.
No abrir el abajo. Acudir
en superficie. Allí,

el grito cada vez más débil.
Una condensación del hálito.
Cierta condescendencia en
lo irremediable. No obstante,

cuidar el gesto bajo el hielo.
Salvar el hálito y prolongarlo.
La lucidez es frágil.

*

Ver cerrarse el día.
No como un libro
sino como una faja demasiado
apretada. La niebla, alrededor,
comprimiéndolo todo. – ¿ Todo?
– Todo es donde se está.

donde se está tan sólo hay
un centro que pronuncia y escribe.
Un centro, o una esquina.
Alrededor, como la niebla,
lo demás. Irreal.
Lo vivo, abajo. Inhabitable.

Oír sellarse las compuertas.

Querer sobrevivir
ha de ser la costumbre.


De Hainuwele y otros poemas/sección “Filosofía en los días críticos” (párrafo 290):

Arriba, tras la frente, ahí donde la mente engarza pensamientos, ahí donde tan a menudo construimos nuestra casa, arriba, las ideas brotan, incesantes.

Más abajo, en los poros, el mundo. El canto de un pájaro, el silencio cuyo cuerpo es un rayo de sol. Allí, bajo el flujo de los pensamientos, la vida. Bajo el proceso, lo simultáneo; bajo la línea, la materia; bajo el texto, la totalidad de lo sólido.

Más abajo, el fuego. (Del fuego ahora no hablaré, pues está bien que esté contenido, sin dolor, adormecido por un tiempo con fines terapéuticos.)

Más abajo aún, el vacío.
El observador se sitúa en el límite, en el espacio intermedio entre el vacío y la existencia.

En la superficie, el texto, el mundo y el fuego. Abajo, el vacío.
El mundo se construye en superficie. El observador, en la línea de base, que no es línea, sino un espacio imperceptible, un no-lugar, una suspensión. Todo lo que hay se construye. Los personajes deambulan.

Abajo – ¿llamaremos “verdad” a aquellas profundidades? – no hay personajes, no hay nadie. Y, sin embargo, sé que allí es a donde pertenezco con mucha más razón, con mucha más fuerza. Pero legítimamente: según ley, el peso y la medida me otorgan un lugar en la superficie, un lugar y un tiempo; mi medida: el lugar; mi peso: el tiempo. Soy, en superficie, según lo determina la ley de la Posibilidad.

Y voy tejiendo. Fuera del abismo todos vamos tejiendo, y el “todos” es la primera gran hebra, la más consistente. “Todos” son los muchos que en el vacío del abismo eran uno y lo mismo. Todos es la primera diferencia que proclama la posibilidad del tejido. Tejer es la ley. En el límite, la conciencia se subordina.

He dejado de ser una y empiezo a conocer. En superficie, los tres ámbitos: fuego, materia – compacta y sonora –, y mente. Abajo: vacío. Yo vengo del vacío para poblar la superficie.
No hay otra realidad que ésta; la manera de moverse en ella es el deslizamiento. Cualquier otro movimiento desrealiza.


De Filosofía en los días críticos (párrafos 21, 288, 353):

21. Estar despierta abajo, en la oscuridad. Estar despierta es estar ahí abajo, en la cámara oscura. De lo que hablo es real, no es ninguna metáfora, ni es especulación. La conciencia trascendental es un supuesto racional: no es de ello de lo que hablo. Hablo de un espacio, de dos espacios. El primero es un lugar compacto; el otro, ni siquiera es un lugar, aunque bien podría denominarse espacio para situar lo que ocurre. En realidad, en ese espacio sólo hay eso: lo-que-ocurre. Pero la conciencia puede asentarse en lo-que-ocurre; de hecho es lo que suele hacer; entonces se pierde como mirada inocente, empieza a cobrar peso, el peso de lo que ocurre en el agrado o en el desagrado. La mirada, la conciencia cuando es mirada pura no tiene peso. Importa estar despierta, abajo, estar en lo oscuro, ahí, despierta, sin peso. En la superficie: el reino de las imágenes, imágenes-llamas, imágenes en llamas. A partir de la mirada que surge de lo oscuro, hagamos leves las imágenes, hagámoslas lo que son, atrevámonos a jugar sin perder de vista el juego.

288. Toda la existencia transcurre en superficie. Luego está el embudo, abajo, con el gran agujero.
Situarse en superficie: vivir.
Situarse abajo: nada. Descanso. Nada.
Todo ocurre en superficie. Yo que quería ver la “realidad” allí, en la existencia, quería elevar el agujero, instalarlo en la superficie, llamarle “profundidad”. Ciertamente, el vacío es lo más auténtico de mí, pero en él no hay nada, ni yo misma. Yo ocurro en superficie, con todos los que sufren por querer ser algo más que vacío. Y lo somos: no hay otra realidad más que la que construimos entre todos.
Tal vez todo sea más fácil; tal vez sea cuestión de decir quiero que me necesites como yo te necesito a ti; quiero que seas tú mi gran vacío; quiero ser yo el tuyo. Sólo así podré andar en superficie con el corazón sereno.

353. Mientras la mente se afana en cumplir el rito laboral, la vida, mi vida sigue su curso, por debajo. Algo sigue haciéndose, algo que transcurre ajeno al tiempo del suceso, algo que se construye sin que yo intervenga, algo, algo que soy, muy dentro, sigue su curso de la misma manera que quien duerme vive, sigue viviendo, respirando, mientras sueña. Me hago, me construyo sin saber, sin pensar, correctamente, sí, porque las pautas se trazan y se siguen, ahí abajo, ahí adentro, sin que intervenga el miedo o el deseo, sin que intervengan más que las huellas que han dejado otros miedos, otros deseos que el cuerpo ha asimilado y tiene en cuenta. Todo se tiene en cuenta en el subsuelo, porque todo se acumula. Hoy soy un poco más que ayer, soy el resultado de lo que se teje bajo el sueño, bajo la ocupación diurna que es el sueño de los cuerdos. Cuando me detengo y ausculto las regiones interiores, abro el canal que comunica ambos extremos: el de arriba, en superficie, con el de adentro.
Entonces, no sé si se hace permeable la piel hacia arriba o hacia abajo, no sé qué es lo que afloja en superficie. Luego me doy cuenta de que aquel dentro no es más que una resonancia de lo que ya había pronunciado al mirarme en el espejo. Bajo los actos cotidianos, mi conciencia entumecida repetía mi nombre, por costumbre, porque sabía que no tardaría mucho en volver a ella, pues nada me es más fiel que yo misma, esa condenada costumbre de volver a sentirme, a saberme a mí misma en todo lo que pienso, hago o deseo.
La tristeza no es sino la enfermedad del yo cuando se asola y se contempla en lo otro.


De Husos. Notas al margen:

Descargada. No de un peso, no, de fuerza, de poder. Sin poder. No puedo. Desposeída de fuerza, no puedo poder. Deshabitada: sin hábito del dentro.

Necesidad de templo. Des-templada. Fiebre de ausencia en los dedos que crujen, rígidos. Ausencia en los huesos. Me florecen angustias en los dedos.

Entono un canto. Ocho notas. Entro en el tono de la angustia. Caverna, resonancia devuelta a su nota. Asolada reflexión de la materia en su germen. Sin cauce. No llega. No hay llegar. El mí quiere salirse. No, yo quiero salir del mí. Pero el cansancio. Me re-pliego.

Repliegue en el mí. El menor esfuerzo: el pliegue ya trazado.
Sin embargo la fuerza, la fuerza del dentro. La que se agita y mengua, concentrada en sí misma, caverna del sí mismo que se ahoga en su esfuerzo por ser algo más que una y misma.

Despoblada. Enferma de des-población. Deshabitada del pueblo que fuimos, al unísono, sonido unificado, fuerza de los muchos. Desasida, desasistida de pueblo. Despoblada.

*

Mantenerse en superficie. Para sobrevivir. Ahuyentando imágenes como si fuesen osos merodeando en torno a los despojos. Osos que bajan de las montañas o vienen de las estepas heladas para alimentarse de pasado. Las sobras de los vivos, los que saben vivir en superficie, los que pueden, aún.

Mis subterráneos están llenos de metralla, fragmentos que se incrustan, día tras día, más hondos en la carne. Tan endeble, la superficie por la que me deslizo, que a cada paso temo la caída. Por eso me hago leve, tan leve que apenas respiro y me extraño de poder sostenerme en pie sobre la fina capa de hielo en la que me ejecuto.

*
Sobrevivir. A plazos. Plazos cortos. Plazos para sobrevivir. Vivir sobre.

Abajo, la aterradora, ineludible condición. Vivir a condición de sobrevivir. Condicionada al sobre. Dentro, nada. Dentro, llora. Infinitamente.

En superficie, entonces, deslizarse. O ni siquiera eso: morar en el plazo. Morar. Demorarse. A pequeñas sacudidas, des-plazarse. De plazo en plazo. Levemente. Tercamente. Para sobrevivir.

*

Granos de arena. Arena que se filtra en mis fronteras. Cayendo, verticalmente, en el dentro. Arena permeable, frontera móvil. Y en el límite forma dunas, promontorios que me alzan, me invitan a acudir a lo otro. Invitación a ser, desde el dolor aún, en lo otro.

Y el desierto ocurre en mí, salvando al mí, como salvan las fronteras los granos de arena. Apenas. Aún apenas. Sin persistencia. Como quien abre escotillas para el náufrago.

*

En superficie. Hablar en superficie. Vivir en dos niveles pero sobrevivir en superficie.

Incluso del otro nivel, el abajo, incluso del abajo hablar arriba, en superficie.

Abajo. Abajo, llora.

Y el grito, abajo. La punzada al descender, cada vez que se desciende. Igual, siempre, el antes presente, antes en el ahora. Ahora es siempre. Siempre antes. Ahora es siempre antes.
Ahí abajo. Y la punzada adentra, empuja en el adentro.
Entonces, el impulso. Y de nuevo arriba, en superficie. En el huso de la razón.
[…]
En el dentro, sangra. La herida se abre y sangra con el pulso. El grito la abre. O se abre y es grito. El grito es. Largo, inacabable. Yo lo habito. Habito el grito. Y lo escribo para dejar de oírlo, o para oírlo menos, atemperado en la redundancia del decir, demorado en su representación. Entonces las membranas se debilitan y remonto a la superficie, por un tiempo. Y lo ocupo. Ocupo el tiempo, ocupo la nada haciendo tiempo para seguir viviendo.
Para sobrevivir.

*

La superficie no resiste. Huyo hacia delante llevando el dolor cosido a los talones. Ninguna acequia en la que ahogarlo, ninguna huella en la que perderlo. Decido enfrentarlo como se enfrenta al cielo el desierto: a descubierto.

Habré de perderme a mí ya que en el mí se aloja todo dolor. Digo dolor para nombrarlo, exorcizarlo, y en el nombre me digo, para exorcizar el mí. Escribo el mí para que resbale hacia la página, pero se me pega a los dedos y no acierto, no acierto a diluir en la tinta el llanto. A sacudidas me digo, a sacudidas, la letra, y luego…

Contra lo irremediable me alzo, alzo el grito, contra lo irremediable. Vago por el mundo dejando un rastro de gritos. Cada saludo, un grito; cada sonrisa, un grito. Mi sonrisa oculta
el primer grito del mundo, el único, el mismo, aquel que brota en el final, cuando ya nada importa. Intrusa de mi mundo y del ajeno, no hallo lugar para el descanso. La fe de loscomienzos, no; el perdón, no. Sólo el balbuceo. La salvación, no. Sólo el balbuceo. Después del grito, el balbuceo. Asolada, el balbuceo.

*

Toda revelación ha de merecerse. Merecer: no se trata de merced concedida ni tampoco de gracia divina. Merecer es haber hecho hueco.

El sufrimiento abre hueco. El sufrimiento es la voluntad del mí (voluntad-deseo) anegada.
Por eso hace hueco. Libera el espacio donde la revelación adviene. Donde puede advenir, siempre. Siempre que haya desocupación. Abajo.

He comprendido el milagro. Vuelvo a la superficie. Ningún dios me ampara.

*

En superficie. Para sobrevivir. Para seguir viviendo sobre. Aún.

Porque abajo no. Y en el dentro no hay. Abajo es el dolor. Aún.

Abajo no llora. El llanto es el límite entre arriba y abajo. Abajo, atónito, dice lágrima y no entiende. Es más. Más que lágrima. Llanto detenido. Por la caída. Oblicua.

Y aún el rito. El rito de la mano que a tientas describe. Se describe, en el círculo. Que vuelve a decirse, se dice en el mí y se conmueve, en el decir se conmueve, hacia el trazo, en el trazo.

Y al trazar conduce al mí más abajo del abajo, en el dentro

donde a veces se detiene

todo

*

Hablo de lo que importa a todos, aunque no a cada uno. Pues a cada uno, lo que le importa, verdaderamente, es abajo.
El adentro donde llora, en cualquier latitud.

*

Meditar… Sentarse a meditar… ¿Sentarse? No necesito sentarme. No necesito recordar el viejo hábito de mirar la propia mente desde un repliegue de la misma. Yo enfrento el Abismo por debajo de todo lo que ocurre, en los entrepliegues, en los diminutos agujeros de lo que ocurre o eso que llamáis vida cotidiana. Lo cotidiano, entendedme, lo cotidiano, para mí, es el Abismo. Me es más presente que yo misma. En, entre, debajo del mí asoma,
en las mil formas en que el lenguaje lo niega para hacerlo transitable. Hemos tenido que negociar con el abismo para poder existir. Lo hemos nombrado para poder convivir. Lo nombramos en todo lo que hacemos, en los gestos pequeños tanto como en los mayores. Pero a veces, sólo a veces, un gesto ocurre, que detiene el discurso. No es posible ya dejarse engañar. Todo lo más, tratar de vivir en el filo. Bascular allí. Y hacer como que logras engañarte, porque no te entenderían.

Y entonces dices. Lo dices con palabras al uso. Una y otra vez, lo dices, hablas de ello. Puedes hablar de ello, sí, pero sabes que no lo dices, en realidad. Cumples el ritual porque ellos creen comunicarse en la palabra. Y comunican hechos, sí, se comunican. Pero lo infinito del hecho, no; el Abismo, no. En la palabra, lo infinito se vuelve finito; los márgenes del Abismo permanecen inalcanzables.

En el Abismo, todos los infinitos convergen.

*

Ocupada por el gozo como por un intruso. Dentro, muy dentro, contra el otro dentro que insiste en el terror y la angustia o en la justicia de la condena. Contradiciendo la conciencia que se empeña en rebelarse. Contradiciendo la lucidez de la razón que a la razón obliga. Inconfesable gozo que despunta y dice recuerda los primeros albores de la dicha, antes, en la inocencia.

Contradiciendo la voz que inculpa y hace recuentos de los méritos. Contradiciendo el no que estalla como fruta demasiado madura. a pesar del anatema, de la blasfemia, penetrándola, sosteniéndola, sumándose a ella desde abajo, sin acallarla.

Liviano como los pájaros, mineral como las piedras, bajo el flujo de las palabras que reniegan, sobrellevándolas como la corriente de un río a las barcas y a los remos que la hienden, así el gozo, bendiciendo a quien de él se defiende, así

el gozo.

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