Estoy entrando disimuladamente en contacto con una realidad nueva para mí y que todavía no tiene pensamientos correspondientes, y mucho menos aún una palabra que la signifique. Es sobre todo una sensación más allá del pensamiento.
¿Cómo explicarte? Lo intentaré. Es que estoy percibiendo una realidad sesgada. Vista a través de un corte oblicuo. Sólo ahora he intuido lo oblicuo de la vida. Antes solo veía a través de cortes rectos y paralelos. No percibía el insípido trazo sesgado. Ahora adivino que la vida es otra. Que vivir no es sólo desarrollar sentimientos densos; es un sortilegio mayor y más grácil, sin que por ello pierda su sutil vigor animal. Sobre esta vida insólitamente sesgada he puesto mi pata que pesa, haciendo así que la existencia fenezca en lo que tiene de oblicuo y fortuito y sin embargo al mismo tiempo sutilmente fatal. He comprendido la fatalidad del azar y no existe en eso contradicción.
La vida oblicua es muy íntima. No digo más sobre esa intimidad para no herir el pensar-sentir con palabras secas. Para dejar esa oblicuidad en su independencia desenvuelta. […]
¿La vida oblicua? Sé bien que hay un desencuentro leve entre las cosas, casi chocan, hay un desencuentro entre los seres que se pierden unos a otros entre palabras que ya casi no dicen nada. Pero casi nos entendemos en ese leve desencuentro, en ese casi que es la única forma de soportar la vida plena, porque un encuentro brusco cara a cara con ella nos asustaría, ahuyentaría sus delicados hilos de tela de araña. Nosotros somos de soslayo para no comprometer lo que presentimos de infinitamente otro en esa vida de la que te hablo.
Y yo vivo al margen, en un lugar donde la luz central no me quema. Y hablo muy bajo para que los oídos se vean obligados a estar atentos y a escucharme.
Clarice Lispector. Agua viva. Siruela, 2010: 73-75
No es que vaya al cine con mucha frecuencia pero este mes, en el lapso de 15 días, fui a ver dos películas. Podría decirse, literalmente, que fui del cielo al infierno. El cielo fue la última película de la cineasta japonesa Naomi Kawase “Una pastelería en Tokio”, y el infierno fue El club, la nueva cinta del director chileno Pablo Larraín. A la vez drama y thriller, El Club pone el dedo en la brecha que Dios instauró entre la luz y las tinieblas, señalando magistralmente las penumbras del alma humana. El director chileno aborda con maestria, delicadeza, ironía y frialdad, los peores tabúes de la organización eclesiástica: pederastia y homosexualidad. Pone en escena a cuatro curas penitentes condenados a la exclusión (la condena se cumple de puertas para dentro), y una monja que les sirve de carcelera, ocultados por la Iglesia en un pueblo costero por su oscuro pasado de delitos y pecados. La llegada de un quinto “curita” desatará la violencia latente. A medida que transcurre la película, nos va faltando el aire como al galgo que en su entrenamiento, día tras día, hora tras hora, corre tras una presa ficticia sin poder alcanzarla jamás. La escenificación perturbadora se va volviendo asfixiante como el paisaje de bruma de este “invierno mental” (así lo califica el propio director). Miradas enfocando la cámara, confesándonos a nosotros, espectadores-testigos, sus pecados. Atmósfera de violencia soterrada que termina estallando. Salpicándonos. En un momento dado, salí incluso de la sala (¡pero aún así, vi de reojo la escena de la matanza de los inocentes galgos, oí el golpe seco!). Cuando terminó la película me quedé hundida en la butaca, sin leer siquiera los créditos que desfilaban en la pantalla, sin poder hablar con mi acompañante, sin lograr articular lo que había visto, lo que había sentido. El director, acompañado por un magnífico elenco de actores, consiguió plenamente su propósito. La película me incomodó, me violentó, me inquietó profundamente. Salí turbada, enojada. ¿Pueden purgarse los pecados? ¿Podemos salirnos del yo doliente, liberar el espíritu apresado, redimirnos? ¿Es suficiente pretender rendir cuentas solamente a Dios? ¿Pueden repararse los daños repudiando al verdugo? ¿Es posible desalojar el mal incrustado a golpes en el alma humana? Y ¿cómo lograrlo sin afinar, sin “armonizar de nuevo las cuerdas des-templadas de aquellas entrañas dañadas”?
El día siguiente, dos de los oblicuos textos de Chantal Maillard me proporcionaron la necesaria distancia para la observación. ¿Para la comprensión? Tal vez. Aquí los comparto.
PAPEL DE SEDA
Usted –¡ah, es usted ; apareció de nuevo !– se me queda mirando. Hay cierta dulzura en su mirada. Llevo observándole desde hace algún tiempo. Cierto es que su estado le ha procurado esa demora necesaria para el perdón. Sí, tiene usted razón, ya sé que el perdón lo otorga quien puede, a imagen del dios de arriba. Rectifico pues: quise decir esa demora necesaria para la comprensión: en comprender hay un respeto que nunca se hallará en quien perdona. El respeto es a la comprensión lo que la dignidad al perdón. Matices del lenguaje, si se quiere. La dignidad es rígida y usted ha aprendido a permanecer de pie, flexible aunque le cueste. A fines prácticos, por supuesto.
*
En el huso de la cólera. ¿No? Haga un pequeño esfuerzo; es fácil. Concéntrese. Sitúese. Tiene una causa: búsquela. ¿La encuentra? No, ésta es la causa más inmediata; hay otra, anterior. A la causa mayor siempre se adhieren otras más próximas, punzantes, a las que aquella guía y anima con razones que parecen evidentes. La causa mayor tiene que ver con la herida en su origen, la de todos. Las demás también tienen que ver con ello, pero desde la pequeñez de la existencia, que siempre es individual.
*
Sienta el dolor del otro en su violencia. ¿Cuántas sensaciones antiguas se suman en una sensación? Sienta el dolor del otro en su violencia porque es allí donde su propia violencia acaba: él es la diana para la flecha.
Si, apartado en sus propios márgenes, toma distancia del mí, percibirá algo así como un crujir de papel de seda: ese sonido, el de las entrañas dañadas, desafinadas, désaccordées: en su acuerdo de cuerdas, desunidas.
Nadie crece si no es afinando, armonizando las cuerdas que, sometidas a los embates del exterior, se destemplan y pierden el tono.
*
Ya no hay espacio entre los gestos. Estos huecos que hacen el tiempo –o la conciencia del tiempo, en realidad es lo mismo–. Y ahora que no hay tiempo, decide exponer a la observación el instrumento que entretiene la ilusoria tramoya del drama. Pero observar ¿en qué espacio, si no hay tiempo? ¿O lo sigue habiendo, puesto que hablamos?
*
El universo, tejido de causas y causas de sus causas, zozobra. Todos zozobramos. Nada hay que nos sostenga, ni los hombros de un Atlas, ni la mano de un Dios, ni la tortuga-Visnu. Considere cuánto daño hicieron las iglesias, cuánto la necesidad de creer, cuánto el miedo, y cuánto la avaricia. Cuánto dolor causa nuestra ignorancia. Considere. Iniciemos el duelo.
*
Detrás de un arbusto, le pareció entrever un objeto pálido. Ha pasado de largo. Del camino, o del texto. Se detiene. Quiere volver atrás. Hace el ademán de volverse. No lo haga, siga adelante. No lo sepa, no. Deje, siempre que pueda, algo sin saber, algo sin ver del todo, algo sin entender. No se vuelva. Deje que la ignorancia acuda a la conciencia y realice en usted el milagro de la humildad.
LA TENDENCIA DEL OJO
Todos éramos inocentes. La primera vez que herimos. La primera vez que matamos. La primera vez.
*
¿Qué víctima no es culpable? ¿Qué verdugo no es víctima? Inextinguible la rueda de la acción. La existencia-rueda. Y fuera de ella ¿qué? El eco de los desamparados, verdugos y víctimas de todos los que fuimos, de todos los que somos y habremos de ser.
*
Séneca: “Perdoné a uno por su dignidad, a otro por su bajeza; cuando no encontré ninguna razón de misericordia, me perdoné a mí mismo”.
*
Cuidar los actos, su intención: la tendencia del ojo. Todo aquello que miramos deja en el ojo un residuo que se extiende por todo el organismo.
Un organismo ciego, el que formamos con todo y entre todos. Cuidarlo es cuidarnos, destruirlo es destruirnos.
Chantal Maillard. La mujer de pie, Galaxia Gutenberg, 2015
Atrás. La mano sobre el pecho donde a veces las otras acuden. Inicio el descenso de la memoria. Pues de descender se trata aunque, de acuerdo con la apreciación del tiempo sucesivo en el estado de vigilia, se lo llamaría retroceder. Sigo bajando hasta que me encuentre con algún obstáculo, algo que me impida pasar con soltura entre las imágenes. Ahí está. Me detengo. La mano. Atiendo. Y acude una sensación. Percibo el miedo. Hay fuego en la chimenea. La niña juega con los rescoldos. Los papeles arden, las cenizas revolotean y terminan posándose en su pelo como copos de nieve sucia. Ceniza delatora. No juegues con el fuego: una orden, la primera orden de un padre al que acaba de conocer. Una prohibición es suficiente para que se repare en el objeto prohibido: había fuego y se podía jugar con él. La confianza, tan reciente y endeble, puesta a prueba y, luego, la transgresión. La niña tiembla. Percibo el temblar. Entonces le hablo, le dicto los gestos. La guío hacia él, hacia el regazo nunca ofrecido, nunca deseado. Y son ellas, ahora, todas ellas, las que ponen su mano múltiple en el pecho del padre donde, inesperadamente, percibo algo insospechado: la razón o raíz de su retraimiento, de su tristeza, su íntima condena. Su soledad, también. La niña lo abrazó. Por su mediación, yo le abracé. Su consuelo, ahora, es en mí, y de ambos su paz. Que los muertos descansen en paz significa que hemos de curarles, procurarles la paz con la cura.
Lo que hacemos aquí, se hace en otra parte. Lo que se hace ahora, se hace en otros tiempos.
[…]
*
Somos más de una, somos muchas.
Y los tiempos de una existencia son reversibles.
Enviar a la que sabe hacia aquella que no sabe.
Hacerse compañía.
[…]
*
Necesidad de mediación. Se necesitan mediadores (dioses, ángeles, santos, animales y otros, según el código que se utilice) cuando se desconoce el poder de la voluntad –lo cual es sin duda un bien en épocas oscuras–. Quienes lo conocen saben que el invocado, quien invoca y la propia invocación son una misma cosa.
Acudo a ellas, las que fui, y mi presencia allí las cura en mí.
Retroacción para la cura.
¿Cómo arranca el movimiento circular? Con una convicción, una demanda y una escucha.
La fuente está donde la voluntad. No teniendo, entonces, se tiene. Quién hace daño deliberadamente, se seca.
Metáforas antiguas que podrán, sin duda, renovarse, pero cumplen, no obstante, su función, por el momento.
*
¡Duele tanto, a veces, el otro! Y no es en mí donde duele, el mí no interviene, sino en Mí. Pues el centro es en todos el mismo centro. Centro-corazón que, más allá de razón alguna, no necesita conocimiento.
*
Cuanto más dejas de ser más te acercas al núcleo común. Y cuanto más te acercas al núcleo común más férrea es la ética. Entonces tú ya no eres quien requiere tus cuidados sino todos ellos.
Ocurre en el alma una transformación. Ya nada es misterio.
[…]
Chantal Maillard. La mujer de pie, Galaxia Gutenberg, 2015
Me ensoñé. Una tras otra, desde la más antigua hasta la última. Con la mano derecha allí donde el latido, para curar su herida. Las niñas sucesivas, las niñas de la angustia, todas, la misma herida en el tórax pequeño. Allí puse la mano y acuné. Una tras otra, les fui durmiendo el miedo, apaciguando aquellos sobresaltos de invierno bajo cielos como sábanas duras. Y aquél era el milagro, que cada una de ellas fue sumándose, que en mí era yo más que una sola, y que la mano que acunaba vino a ser la de todas las que me precedían, hasta que la primera en mí las recibía, bendecida. Y que en virtud de esta multiplicidad, a medida que avanzaban en edad, más numerosas eran las voces, a la vez madres y amantes de la misma, y todas solidarias. Y así hasta llegar a la que pudo habernos cambiado a todas el destino. Por ella, por su cercanía, su presencia en la mente que razona, el obstáculo aún persistía, siendo así que su herida y la mía eran de idéntica naturaleza y procedencia.
Llegadas a este punto, me dormí. No sé cuánto tiempo real transcurrió bajo el sueño. Lo siguiente ocurrió de repente. Un golpe, una sacudida se hizo imagen. Así adviene el símbolo: como urdimbre de amor, como resultado. De un antebrazo vendado una mano y de esa mano, como brota una flor de su tallo, otro antebrazo vendado y así, en sucesión infinita, vertical, la columna de brazos iba elevándose de la misma manera que, antaño, de niña, aquella otra columna visionaria se irguiera desde el sueño. Mientras, en mi propia caverna, el corazón, dilatado, se licuaba, en ternuras confundido.
Columna infinita somos, troncos cuyas heridas son las hojas que al caer dejan señal y cicatriz. Sucesivamente, cada herida, en el ser que crece, va dando lugar a otra, y solamente si sabemos mantenernos unidas habrá consuelo para las que han de venir.
Pequeñas almas mías que acuno en la edad madura. Han esperado tanto que no sé cómo no llegó a quebrarse el eje endurecido de su tallo. Tanta espera, tanta angustia florecida, tanta estremecida mansedumbre tornada rebeldía.
Con el dolor presente hago crisol –pues aquí converge la savia.
Lo bebo todo entero. Para bien de las que he sido.
[…]
Chantal Maillard. La mujer de pie, Galaxia Gutenberg, 2015
Éclats. Éclaboussures. Del antes. En el ahora.
Ensamblajes.
Analogías que iluminan.
Comprehensión.
*
Segmentos sonoros. Melodía no. Letras como burbujas que acuden a la superficie del agua estancada. Modulándose lentas, por resonancia. “En Occidente las formas musicales se han convertidas en una paráfrasis de la memoria, pero la memoria también puede operar de otro modo”, comentaba Morton Feldman. Definía su obra como “un intento consciente de formalizar la desorientación de la memoria”.
*
Presente, presente, presente.
Aquí.
Menos, si cabe. O más, según se vea.
Sin seguimiento. Espacio esbozado en la nota.
Espacio, no: resonancia. Entre punto y punto, trazándose.
Cada nota, un punto. El peso de un punto: su tiempo.
(Interrupción del dolor. Atención captada. Capturada.)
Vaivén. Juego de niños: comba describiendo círculos que alteran el espacio.
Música, no. Ya no son tiempos para la música.
Música no, ¡oíd!: resonancia. Punto ensanchado.
Y el sabor de la tiza en la boca.
Chantal Maillard, La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015
Grete Stern (Alemania, 1904-Buenos Aires, 1999) estudió artes gráficas en Stuttgart y fotografía en la Escuela de la Bauhaus, donde conoció al fotógrafo argentino Horacio Coppola, con quien se casó en 1935. Al año siguiente, la pareja se trasladó definitivamente a Buenos Aires, donde Stern permaneció hasta su muerte, en 1999.
En 1948, comenzó su colaboración con la revista Idilio, elaborando fotomontajes que surgían del análisis de los sueños que las lectoras enviaban a la redacción. El sociólogo Gino Germani, director de la publicación, era el encargado de interpretarlos, bajo el seudónimo de Richard Rest. La colaboración de Stern con este medio duró alrededor de tres años y publicó más de un centenar de trabajos.
Grete Stern representó a través del fotomontaje conflictos, hasta entonces silenciados, asociados a las mujeres de clase social humilde en Argentina: frustraciones diarias, apetencias inconfesables, peleas maritales… Mediante composiciones surrealistas, realizó un trabajo crítico, ingenioso, único y absolutamente revolucionario.
Fecha:
30.09.2015 > 31.01.2016
Organiza:
CBA (Círculo de Bellas Artes de Madrid). Sala Minerva
¿Te imaginas ver el mundo con los ojos de un lobo, un elefante africano o un bisonte americano? El fotógrafo Andoni Canela ha viajado a los lugares más inhóspitos de la Tierra para observar de cerca estos animales y de paso conocer el estado de salud de nuestro planeta.
Andoni Canela es un fotógrafo que, desde hace 20 años, sigue y fotografía con paciencia y respeto a los animales en su estado natural a lo largo y ancho de este mundo. Acaba de presentar su último trabajo recogido en un libro autofinanciado que se titula La llamada del puma (Looking for the Wild)y puede que sea la culminación perfecta de una forma de entender el fotoperiodismo documental: una aventura de 15 meses por todo el mundo en el que Andoni —en compañía de toda su familia, su pareja, Meritxell Margarit, y sus hijos, Amaia y Unai— ha atravesado selvas, desiertos, bosques y montañas en busca del bisonte (América del Norte), el puma (América del sur), el pingüino papúa (Antártida), el cocodrilo de agua salada (Oceanía), el lobo ibérico (Europa), el elefante del desierto del Namib (África) y el impresionante calao bicorne de las selvas del sureste de Asia.
«Fotoperiodismo documental de naturaleza con acento marcado en la fauna y su conservación, sí; pero también presencia humana —indirecta y sugerida—. Fotoperiodismo documental de naturaleza construido a base de compromiso con el trabajo. Imágenes de fauna con historia y siempre basadas en seguimientos, entrevistas, documentación, lecturas, cartografía, rastros. Cada foto de Andoni Canela significa trabajo e implicación personal. Cada foto es pasión en sentido puro», comenta el autor del reportage, Pere Ortín, viejo amigo del fotógrafo, ahora director de Altaïr Magazine.
El año pasado, Andoni Canela publicaba Durmiendo con lobos, en busca del lobo ibérico, reuniendo las fotografías de lobos ibéricos en libertad que había tomado durante los últimos veinte años en algunos de los paisajes más agrestes de España: las montañas de Riaño, el valle de Somiedo, los Ancares, la Sierra de la Culebra y el entorno de los Picos de Europa.
«No se trata —ha comentado Andoni Canela en la prensa— de hacer postales de la naturaleza, sino de utilizar también la palabra y dar cuenta de cuál es el contexto de la fauna que se retrata». Se puede decir más alto, pero no más claro.
¡Id a olfatear este reportaje con fotos y vídeos espléndidos! Pasearos por aquellos territorios de la Mujer salvaje en estado puro ¡y disfrutad! Aaaauuuuuuuuu Auuuuuuuuu!
Si es suave, lo tiro. Si es amable, complaciente, hermoso, lo tiro. Si es agradable, bonito, sonoro, femenino, lo tiro. Si habla de amor, lo tiro. Si habla de ti, lo tiro. Si es normal, lo tiro. Si es como tú, lo tiro. Si dudo, lo tiro. Si me relaja, lo tiro. Si gusta, desconfío. Si puede leerlo mi madre sin morir de frío, lo tiro. Si hace llorar, lo tiro. Si no habla de ti, de todos, de cada uno de nosotros, lo tiro. Si se parece a esto, probablemente lo tiro.
Si soy la misma que antes de escribirlo, lo tiro.
Si rima, lo tiro. Si miente, lo tiro. Si no hay ritmo, lo tiro. Si es bonito, lo quemo, y luego lo tiro. Si menciona la palabra emoción, lo tiro. Si no la evoca, lo tiro.
Si lo encuentro, y lo había olvidado, lo tiro también. Si no está mal, lo tiro. Si no puedo imaginarlo gritado, lo tiro.
Si no puede leerse en silencio, lo tiro. Si se entiende, lo tiro. Si es fácil, lo tiro. Si no se entiende, lo tiro. Si llega al corazón, no reconoceré haberlo escrito.
Si gana, lo tiro. Si pierde, lo tiro. Si es terapéutico, es mentira; al infierno con ello.
Si cura, lo tiro. Si podría no haberlo escrito, lo tiro. Si no sangra, lo tiro. Si no duele, lo tiro. Si no produce placer, lo tiro.
Si el poema es tibio, sobre todo si es tibio, lo tiro.
Si al escribirlo,
el leopardo hambriento aparece, y abre las fauces –el destello de luz en su estómago–, y ese rugido hace temblar el deseo de callarme: no lo tiro.
Solo quiero agarrar del cuello a ese animal, mirarlo a los ojos,
y decirle
que soy yo la que decide
aquí
quién come primero.
Lo que queda, si queda, es el poema.
*
DESTRUCCIÓN
¿Asustada?
Asustada.
Porque antes creía conocer el miedo.
Y no lo conocía.
¿Herida?
Herida.
Porque antes creía conocer el dolor.
Y no lo conocía.
¿Abatida?
Abatida.
Porque antes creía conocer el abismo.
Y no lo conocía.
¿Aislada?
Aislada.
Porque antes creía conocer el vértigo.
Y no lo conocía.
¿Asfixiada?
Asfixiada.
Porque antes creía conocer el pánico.
Y no lo conocía.
Creía conocer el límite de mi debilidad.
Y no lo conocía.
No tenía ni idea.
¿Sensible?
No. Soy de acero puro.
Sólo me hago daño al sol.
La madrugada es el tiempo de la resignación.
Pero el día es largo
y la madrugada oscura.
Estoy muda y tengo miedo:
no es que ahora pueda hablar
sino que las palabras son pavesas
en estas manos inútiles y huecas.
Nada debería existir:
ni la luna ni el sol ni yo.
Ni este paisaje frío
que nos regala el otoño
cada vez que llega.
Porque
el otoño
es un cuerpo
en descomposición.
Dejar que el pus anide
hasta que llegue a la garganta,
y que sea lo que él quiera ser:
niño o niña.
Vómito o náusea.
Esperanza es el nombre de la destrucción.
(de 37´6, Editorial Legados, colección Netwriters Poesía)
Tulia Guisado (Barcelona, 1979) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona; más tarde obtuvo el postgrado “Crítica literaria en la prensa” en la Universidad Pompeu Fabra. Realizó estudios de doctorado en el programa de literatura Historia e invención de los textos literarios hispánicos en la UB y un máster de “Cultura Histórica y Comunicación” en la Facultad de Historia de la misma universidad. Dedicada a la enseñanza y a la edición, ha participado en las antologías poéticas Las noches de LUPI en Madrid (Ed. La única puerta a la izquierda, Madrid, 2014) y Amor se escribe sin sangre (Ed. Lastura, Toledo, 2015). En 2015 ha publicado su primer libro, 37´6 (Ed. Legados, Colección Netwriters Poesía).
1/.- ¿Qué nos puede enseñar la naturaleza en la praxis poética? ¿Por qué está tan presente en tu obra?
La materia de la naturaleza pulsa todavía en lo que nos rodea: la carne del árbol en la silla, la tierra cocida en esta taza, el coltán arrancado a las entrañas de la tierra por un niño que morirá prematuramente por el trabajo en la mina, dando latido al móvil… No es posible sustraerse de la naturaleza. Escribimos en medio del ecocidio, ¿Cómo olvidar ese gran sacrificio que sostiene nuestro “bienestar”? ¿Cómo puede la palabra poética olvidarlo y ensimismarse, narcotizarse con la musiquita de los ascensores?
A nivel biográfico, tuve el privilegio de pasar mi infancia en un lugar muy al sur, entre árboles y más árboles, cerca de un río lento, sin pantallas, jugando con lombrices en la tierra recién llovida. Esa huella es indeleble.
2/.- Escribes una poética de la compasión en un mundo economicista y beligerante, ¿Crees que hay valores por incorporar a la vida que afloran desde la poesía que leíste y la que proponen tus libros? ¿Cuáles serían?
Vivimos en un sistema economicista y competitivo: anti-poético, en definitiva. La sensibilidad poética requiere detenimiento y este sistema tiene pánico a la lentitud y al silencio; su nota clave es el vértigo, la prisión de un relato que nos lanza a un futuro que se desplaza indefinidamente. Las llamadas “humanidades” y asignaturas artísticas están siendo expulsadas del sistema educativo como un claro síntoma de una agenda deshumanizante.
A mis ocho años, de camino a la escuela, encontré un pájaro muerto a pedradas. Me quedé mirándolo un buen rato, agachada junto a su cuerpo… por mis pies subía un frío desconocido hasta entonces. Tomé conciencia de la crueldad humana, del sinsentido de esa muerte. Cuando entré al aula, la clase ya había empezado y no sé si la maestra me preguntó algo, pero rompí a llorar y le conté mi “hallazgo”. Su respuesta fue rotunda: “no es para tanto, ya te vas a acostumbrar”, entre las risas burlonas de algunos compañeros. Quedé absolutamente expuesta, con un intenso sentimiento de inadecuación. La escritura poética ha sido mi íntima resistencia, mi manera de viajar desde el futuro hasta aquella niña de ocho años y decirle: “no me acostumbré, su ortopedia para sobrellevar el horror no funcionó. Me siguen doliendo esos pájaros”. Demorar con la escritura el frío que subía desde aquellas baldosas para que no hiele nuestro corazón. No todavía.
3/.- ¿Qué consideras que es saber leer bien? ¿Por qué hay poca atención al goce de leer en profundidad y con el cuidado y amor hacia lo primordial o suficiente?
No sé qué es saber leer bien, quizás nada muy distinto a la buena escucha: atención, receptividad, auscultar entre líneas, sobre todo, lo que las palabras no pueden decir del todo. Hospitalidad, en suma. Y supongo que hay poca atención a la lectura en profundidad por los mismos motivos por los que este sistema expulsa la sensibilidad poética: la velocidad, el vértigo, la cultura del zapping, la evanescencia y final igualación de los contenidos compartidos en las redes sociales por su equidistancia mortal e igual a nada.
4/.- ¿Cómo superar los miedos a lo extranjero, extraño, desplazado, minoritario? En tu poesía parece que hay una delicadeza y seguimiento de este asunto. ¿Por qué no hay mayor conciencia de hospitalidad en las prácticas culturales hegemónicas de Occidente? ¿Es tu poesía también desde ahí una exiliada, una extraña?
En este punto, no creo en soluciones cosméticas. La única manera duradera de “superar” ese miedo es dejar de considerar al otro como algo amenazante, separado y ajeno a mí. Hay que des-hacer el error de partida, sanar como humanidad esa falsa percepción hasta que el “otro” devenga lo mío, lo de todos.
En mi infancia, viví junto a mi familia unos años de exilio, pero ¿qué ser humano no vive algún exilio en alguna dimensión de su vida? La poesía es una exiliada del lenguaje, de los circuitos normalizados y los sentidos convenidos. Difícil concebir una poesía que no se constituya en esa tierra extraña, en esa extrañeza radical de quien se ha sacudido el polvo de la percepción ordinaria de los párpados. Y junto a los exilios también prolifera la hospitalidad lectora, la palabra convertida por un instante de epifanía en casa común.
5/.- ¿Cómo impulsar la lectura hacia gran parte de la ciudadanía alejada de lo poético, ya no como género, sino como esa constelación que abarca a las artes y prácticas culturales con suma sensibilidad y amor hacia los fracturados de la historia, hacía los olvidados o hacia la naturaleza expoliada y arrasada?
Los programas educativos deberían alentar esa sensibilidad poética y lectora desde muy temprano. No talar indiscriminadamente lo intacto que aun habita a los niños: la capacidad de asombro, la curiosidad y esa apertura al mundo. Incluir contenidos motivadores, actividades como talleres de lectura y escritura, de auto-edición, contacto con los autores, amor por las palabras. Pero hay un trabajo más profundo que realizar que excede el ámbito curricular: nuestro sistema educativo fue concebido para producir sujetos útiles, no plenos. Por más “transversalidad” y “valores” declamados a nivel de ideario. No se trata simplemente de incluir historia de la literatura o enseñar todas las figuras poéticas, sino de convocar esa sensibilidad para que no se necrose, proponer una forma diferente de respirar que conjure la asfixia.
De lo contrario, la poesía no solo será cada vez más escasa, minoritaria y minorizada al modo de reserva o parque protegido, sino un gesto exquisito y vacuo en medio de la matanza. En un mundo que repite “paz”, mientras no cesa de abrir nuevas guerras las palabras se nos devuelven vaciadas, abusadas y con ese material de derribo debemos trabajar. Devolverles el latido, reanimarlas como al cuerpo de un ahogado.
Laura Giordani González es una poetisa argentina. Nació el año 1964 en Córdoba (Argentina). Huyendo de la dictadura militar argentina, a finales de la década de los setenta su familia se exilia en España, país en el que ha residido prácticamente la mitad de su vida. Vivió alternativamente en Argentina y España. Cursa estudios de psicología, Bellas artes y lengua inglesa. Siguiendo los pasos de su madre, profesora de literatura, comenzó a escribir a los 17 años, especialmente poesía y relato.
Publica en la editorial Tigres de Papel su obra Antes de desaparecer, su tercer libro de poemas después de Noche sin clausura, (Amargord, 2012) y Materia oscura (Baile del Sol, 2010).
“En su escritura, Laura Giordani siempre tiene presente lo pequeño, lo casi invisible, la lentitud, el cuidado, ese “milagro que acontece siempre en voz baja“. Todo ello late en su tratamiento de los textos, tanto en los temas que aborda como en el uso del lenguaje.
En este Antes de desaparecer vuelve sobre la ausencia, la violencia soterrada, el desarraigo, la inocencia arrebatada, con recursos desprovistos de artificio y que sin embargo abocan a la reflexión y la emoción irrenunciables.”