L’ours. L’instinct de survie
Film de Jean-Jacques Annaud, 1988. Un clásico sobre naturaleza salvaje!
Hannah Arendt: la pel·lícula
No ens oblidem que aquest agost encara podem veure “Hannah Arendt” als cinemes Verdi de Barcelona: http://www.cines-verdi.com/barcelona/ca/pelicula/hannah-arendt/
Podeu veure una altra entrada al blog sobre aquest tema a https://blogdelesllobes.wordpress.com/2012/10/27/hannah-arendt-la-banalidad-del-mal/
¡Sí, tienen conciencia los animales! Pero, ¿tenemos nosotros capacidad cordial?

Primero, leeros el enlace.
Luego, ¡vayamos, por puntos, a lo que saben todos los que han convivido con un gato!
- Le preguntan a la poeta-filósofa Chantal Maillard:
¿Qué le saca a usted -inevitablemente- de quicio, y qué le pone -inmediatamente- de buen humor?
Ella responde:
Las matanzas de animales, la falta de lógica de los razonamientos, los discursos mal construidos. ¿De buen humor? Un frase inteligente, o un animal en libertad.
2. En otra ocasión, el entrevistador alude de nuevo:
En varios pasajes, destacas la mirada neutra de los búfalos (que pudiste ver en India)…
Respuesta:
En cuanto a los animales, sean búfalos indios, vacas pirenaicas u otros, su mirada más que cualquier Tratado me enseña lo que somos y la humildad con que recibirlo o combatirlo.
3. En su presentación de La Tierra prometida, libro circular, libro-plegaria, libro-cuenco en el que figuran los nombres genéricos de algunos de los miles de animales que han perecido, que perecen, o están a punto de perecer, Chantal Maillard explicita :
La tierra prometida (…) también es fuego y obelisco, columna y ofrenda para aquellos desconocidos como individuos que perecen, y perecieron y perecerán por obra de otros animales que proliferan por encima de los límites de lo que el organismo terrestre nos permite y en detrimento de todos los demás a los que maltratamos y hemos maltratado…
Ellos (los animales) son víctimas inocentes que, por más desconocimiento, ni siquiera nombramos como tales individuos, sino en tanto que especie, tal vez porque aún tenemos que pedir perdón y avergonzarnos de pedir un lugar para ellos. Porque cuando hablamos de “especies” parece que nos estamos refiriendo a algo que nos atañe, la supervivencia del planeta, por ejemplo. Hablamos de hacer leyes para los grandes simios porque se nos parecen. Empezamos a respetar a las ballenas y a los delfines cuando averiguamos que también ellos tienen lenguaje. No nos paramos a pensar que tal vez sea que nuestra mente sea tan limitada que no puede comprender el lenguaje que sí tienen las demás especies, que su forma de comunicarse sea demasiado ajena a aquella tan limitada de las palabras y la gramática.
(…) Es evidente que los saberes de la mente han suplantado la sabiduría del cuerpo, esa que para los taoístas era la clave para la cura y que la gran mayoría de los seres humanos siguen fiel a la corriente que les lleva como focas dormidas en el fondo del océano. Es evidente.
Pero aún así y, pese a toda su codicia, su imbecilidad, su fatuidad, me atrevo a creer que hay en el ser humano un reducto, una capacidad cordial que bien puede que corresponda con el latido, esa respiración que al fin y al cabo es común a todos y nos une a través del aire que nos penetra. Como cuando vamos en un autobús repleto y no nos percatamos de que estamos respirando lo que sale de los pulmones de las otras personas, o en el zoológico, cuando sale de los simios, cuando sale de los pájaros y entra en el nuestro y vuelve a ellos.
Esa capacidad cordial es a la que denominamos, a veces, compasión (padecer con otros). Y no sé muy bien por qué entiendo que va a la par con la capacidad para detectar la inocencia, algo que, cuando lo experimentamos, puede causarnos a la vez un gran dolor y un delicioso sentimiento de ternura.
Bien, pues entiendo y defiendo que el animal es inocente. También el animal tratado y encubierto en su ser-hombre y tan ingenuo, el nuestro, en su falso paternalismo, tan ignorante de las leyes de aquello que cree controlar. Y esa inocencia es la que me ha motivado a producir esta letanía. ¿Para qué?, ¿qué podemos conseguir con ello?, me preguntaron. Un efecto resonancia, contesto. Si un ejército puede hacer saltar un puente al que atraviesa a paso rítmico, ¿no podremos nosotros impedir que desaparezcan algunos animales, si repetimos sus nombres al unísono, con insistencia y con la voluntad de que perduren? Si creyese en algo sería en el efecto del deseo proyectado en un objeto. Tal vez podamos enfocar en ellos intensamente nuestra voluntad mientras nos unimos en el recitado de esta letanía que es una plegaria dirigida a todos nosotros por todos ellos.
Empezamos a pensar en su desaparición cuando ésta es un síntoma de algo que nos atañe y porque nos atañe. No hablamos desde la compasión, sino desde el miedo. Cierto es que también podríamos hablar racionalmente, puesto que la racionalidad no es emotiva, no tiene miedos, desde un supuesto ojo cósmico. Es decir que esta sería la manera en que la tierra, célula a su vez del universo, ha iniciado su propia destrucción. Como instrumentos de la naturaleza, nuestro destino sería entonces el de ser entre todos el gran verdugo y apostar por la vida, por su continuidad, sería, en tal caso, contravenir los designios galácticos.
(…) Por compasión, pues, no sabiendo, y como animal que soy, pronuncio e invito a pronunciar el ensalmo, tomando partido por la inocencia, la de ellos, por encima de mí, de nosotros, del animal racional, pero también por él, porque él es un punto más en la trama y aunque éste no deba ser jamás un argumento a utilizar para protegerles porque sin ellos, sin todas y cada una de estas múltiples formas de vida, nosotros tampoco sobreviviremos. Es por todos, pues, que invito a entonar “tal vez aún apenas sea posible, nunca tan vez…”… … …
4. Para deleitaros, os dejo otro artículo de Chantal en esta misma vibración El tigre que ama: ” Pero el animal no juzga, la planta no juzga, la montaña y la roca no juzgan, el mar no juzga. ¿De allí nuestra superioridad sobre ellos? No, de allí nuestra soledad, nuestra condena. “
http://www.webislam.com/articulos/64637-el_tigre_que_ama.html
La pregunta es: ahora que sabemos científicamente lo que hemos olvidado empáticamente, a saber, que los animales tienen conciencia (sic), ¿seremos nuevamente capaces de vivir en cordialidad, en íntima comprensión del sentir del otro, de practicar un conocimiento sintiente? Huelga decir que la pregunta, en mi opinión, es de plena y dolorosa actualidad tanto para los animales a plumas, pelos, garras, caparazones y demás vestiduras como para el animal humano en sus múltiples variantes… Desafortunadamente, una cosa llama a la otra. Afortunadamente, quizás sea cierto también al revés, y además de conciencia nos quede tiempo…
Tal vez aún apenas sea posible… Cacareemos. Gruñemos. Bereemos. Aullemos.
El lobo ibérico. La conservación de una especie clave.
Lobos y oso comiendo una carroña
Encontré este video en la página de Fapas, Fondo para la protección de los animales salvajes. He añadido su web a nuestros enlaces sobre lobos. Les agradezco desde aquí su activo y eficiente trabajo para la protección y la conservación de los ecosistemas y su profundo conocimiento de la naturaleza salvaje que difunden y comparten con pasión desde 1982!
http://www.fapas.es/index.php/proyectos-fapas-2/proyecto-lobo
Vengo del ayer
Video-poema de Jenny Londoño, voz de Mercedes Pérez, música de Carmina Burana…
Aquí encontraréis la letra del poema "Reencarnaciones" de Jenny Londoño: http://ideasfem.wordpress.com/textos/l/l15/
Reescribiendo el final del cuento de la Vendedora de fósforos
La propuesta hecha a las mujeres de los grupos de lectura fue re-escribir el final del cuento de La Vendedora de fósforos. El propósito del ejercicio era aplicar los recursos de los que disponemos para eludir la trampa mortal de la fantasía evitando, de este modo, la congelación de nuestras posibilidades creativas ante una situación crítica que nos pide una acción contundente en lugar de una evasión fácil y anestesiante.
Aquí teneís una muestra de la desbordante creatividad y vitalidad de algunas las participantes…!
*
Un soplo de aire gélido, apagó la cerilla.
“Me quedé quieta en la oscuridad, como hipnotizada, viendo cómo humeaba la cabeza carbonizada del fósforo. Oí uno de los sonidos del bosque, un aullido, y levanté la mirada. Mil luces brillaron más allá de los tejados, como si todas aquellas cerillas hubieran seguido habitando otros mundos. Helada de frío, me levanté. Creo que quería acercarme más a las estrellas.”
Una luna finita, sonriente, se asomó entre los edificios del callejón. La niña se giró. No buscaba ya la salida del callejón, hacia las calles atestadas de gente que paseaban sus vidas. Guiada por las estrellas, comenzó a caminar en dirección contraria, hacia la zona más oscura. Al fondo del estrecho pasaje, se encontró una puerta desvencijada. Casi sin saber qué hacía, se coló dentro. Caminó a tientas hasta llegar a una enorme sala. La luz de neón se colaba por los ventanales sobre cascadas de libros que se extendían por las paredes. Escaleras que subían y bajaban, escritorios, un diván, una mesita. Una vela. Volvió a sacar su cajita de fósforos, y prendió uno, y con una llama se desplegaron dos, la de la vela encendida, y la de la cerilla, que poco a poco se apagó. Durante un rato, envolvió la llama con sus manitas heladas. Acurrucada en el diván, durmió, envuelta en luz de fuego y estrellas.
El sol le despertó. Se dio cuenta de que estaba en una gran biblioteca. Las telarañas decoraban los rincones y parecía que nadie había entrado allá hacía mucho, mucho tiempo. Volvió a buscar la salida hacia la calle, ¡tenía hambre! Era temprano y las calles nevadas y enceguecedoras estaban casi vacías. Vio la silueta de una mujer muy muy viejecita. Parecía que tuviera mil años. La siguió un poco temerosa, tenía ganas de volver corriendo a su refugio de libros. La vio acercarse pausadamente a la pastelería cuyos escaparates la habían deslumbrado el día anterior, ahora con la persiana cerrada. Junto a ella, había unas cajas. La archianciana extrajo de una de ellas varios panes y bizcochos. Metiéndolos en su cesta, continuó su camino. La niña esperó a que la mujer desapareciera. Se acercó a la puerta de la pastelería, e incrédula, se asomó a una de las bolsas. Estaba llena de pan y algunos pastelitos con aspecto delicioso. La cogió y corrió de nuevo hacia el callejón, hacia los pasajes y la sala llena de libros. Comió con avidez y se puso a caminar por las distintas estancias del lugar.
En una sala pequeña, había una chimenea, y junto a ella, leña apilada cuidadosamente. Sacó su inseparable cajita de fósforos, y trató de encender el fuego. Necesitaba papel. Volvió a la sala de los libros y hojeó unos cuantos. Encontró algunos libros de cuentos, que le capturaron inmediatamente. Se los puso bajo el brazo y siguió buscando. También encontró algunos libros repletos de fórmulas incomprensibles, que le servirían para prender la leña. El fuego comenzó a tomar forma. Parecía que le hablaba, con su crujido de maderas y el chisporroteo de las llamas. Sentada en una mecedora llena de cojines, junto a las llamas, se puso a leer. El patito feo. Barbazul. Las zapatillas rojas…
“Me dejé abrazar por los cuentos, que se enredaban con mis sueños, mientras la luz de las estrellas crepitaba en la chimenea. Dejé que transcurriera el invierno, saliendo sólo al alba, cuando las calles estaban vacías, en busca de alimentos. Un día, cuando el sol logró derretir el último cristal de escarcha, me asomé a la calle a esa hora en que toda la ciudad vibraba llena de transeúntes. Despacito, bañada por la luz del sol, me encaminé a la plaza. Me senté junto a la fuente, entonando una cancioncilla que alguna vez había escuchado, quizá dentro de mí. Unas niñas se acercaron curiosas. – ¿Eres nueva? – preguntaron. Me dio como risa. Y comencé a contarles un cuento.”
Y la brisa movió las aguas de la fuente, donde el sol se reflejó en mil fragmentos. (Irantzu P.)
*
La venedora de mistos no tenia pares. Estava sola i sols tenia una caixa de mistos per encendre. No era valora’t el que posseïa i tornava del bosc plorant. Es va posar a ploure i aquesta aigua serena, la va amansir i consolar. Va aixecar el cap i va mirar més enllà dels seus peus. Últimament havia tingut fantasies que apuntaven a tenir una casa, a tenir escalfor, a tenir menjar… Estava cansada de tanta precarietat. Ella sola podia moure poc, però va observar nens i nenes que també com ella necessitaven protegir-se del fred, de la nit, de l’hivern. Va quedar-se pensant en el que havia observat fan molts animals com les formigues, les abelles… Seria bo d’ajuntar-se i així poder sumar les forces, ells eren petits i no en tenien molta, però junts podien recollir llenya, construir una cabana, fer una llar de foc, fer foc per a que els escalfes. Podien distribuir les feines i així cuidar-se d’alimentar el foc, fer el menjar, recollir fruits del bosc, construir eines. Només calia creure en el que va pensar i buscar a altres que també hi estesin interessats. La noia es va posar en acció i així va poder resguardar-se junt amb altres. Una vegada van aconseguir cobrir les primeres necessitats, cadascú va seguir buscant. Encara ara sé la veu pel bosc, cercant idees i compartint al vespre a la calor del foc. (Nuria P.)
*
Un fuerte dolor la despertó sacándola del estado de ensoñación en el que se encontraba. Se dio cuenta que estaba tirada en la calle en medio de la oscuridad a punto de morirse de frío y encendiendo una cerilla tras otra de forma impulsiva. Por suerte para ella una de esas cerillas le quemó la punta de los dedos y el dolor la hizo reaccionar. Con esfuerzo se puso en pie y empezó a dar pequeños saltitos para ayudar a su cuerpo a desentumecerse y cuando pudo echó a correr por las heladas y solitarias calles del pueblo. De pronto se paró ante la fachada de una de las casas más grandes y luminosas, llamó y pidió auxilio a los que allí vivían; le ofrecieron un lugar dónde resguardarse del frío y acurrucarse al pie de una chimenea para recobrar el calor y la sensatez que había perdido. (Luz Marina L.)
*
Había una niña que no tenía madre ni padre y que vivía en la espesura del bosque. Había una aldea en el lindero del bosque y ella había averiguado que allí podía comprar fósforos a medio penique y después venderlos por la calle a un penique.
Segundo, tercer y cuarto párrafo: … una noche se sentó diciendo: “tengo cerillas, puedo encender fuego y calentarme” pero no tenía leña.
Recordó que alrededor de su cobertizo del bosque había mucha leña para quemar y si usaba sus cerillas se podía calentar mientras pensaba cómo podía hacer para obtener un cobijo y el sustento que necesitaba.
Así lo hizo recogió la leña que necesitó y al calor del fuego, tranquilamente, meditó qué podía hacer y se le ocurrió que podía ofrecerse en las grandes casas durante el día para trabajar en las cocinas. Así podría estar caliente y podría de tanto en tanto “echarse algo a la boca”.
Se puso en camino y aunque tuvo que ofrecerse en varias de ellas, en una la dama de llaves le pidió que fuera al día siguiente y comenzó a trabajar en la cocina donde aprendió a hacer muchas y sabrosas recetas y ya no pasó más frío. (Juana Teresa N.)
*
La niña vagaba por las calles y preguntaba si por favor le querían comprar cerillas, pero nadie se detenía y le prestaba atención.
Así que volvió a su refugio y pensó que no podía hacer nada, por hoy, volvería a salir de nuevo un día y quizá al día siguiente… (pudiera ser o pudiera ser demasiado tarde…)
Se cantó, una cancioncilla para sí, esto de inmediato, despertó su corazón que latía ahora con más fuerza y éste canto atrajo a su vez a un bello animal, una yegua, que andaba por el bosque, se acercó a la niña, le acarició los pies, le lamio las manos y ella abrió los ojos.
La yegua, se sentó, sobre la fría nieve y bajó su lomo para que ella se subiera, así lo hizo, de inmediato, y pudo sentir el calor del animal.
La yegua, caminó por un rato hasta que llegó a una cabaña, donde freno su andar y posó a la niña en la tierra.
La niña, vio aquella cabaña, escuchó las voces que salían de dentro , el calor, la luz…y decidió a llamar a la puerta.
Toc , toc , toc.
Una niña, de su edad, le abrió la puerta, y sus sonrisas se abrieron reconociéndose como iguales.
La invitó a pasar.
Allí, observó boquiabierta, todo un espectáculo, mujeres de varias edades, grandes, más pequeñas, corpulentas, altas, anchas, delgadas, joviales y hombres, con barba gris, blanca, marrón, sonriéndola.
Y los niños y niñas revoloteando.
Parecía haber una celebración y la mesa estaba llena de ricos y alimentos que olían tan bien que salivó.
Ella, les ofreció los fósforos a cambió de pasar unos días allí, o toda la vida, pensaba, ¡vaya lugar!
La rodearon, entre todos y todas, y la escucharon. La escucharon hablar, y así, se convirtió en una agradable conversación donde unos y otras charlaban. (María Purificación G.)
*
Cuando la niña está encendiendo fósforos inútilmente, que no calientan y la llevan a ensoñar huyendo de la realidad, se quema con un de ellos, el dolor es muy fuerte ya que como estaba ensoñando no se da cuenta hasta que la quemadura es profunda.
El dolor la “despierta” ve que el camino escogido no es el correcto. Justo pasaba por ahí, entre los que no le hacían caso o le daban malos consejos, un anciano. Un anciano de barba blanca y una mirada llena de luz, le pregunta que le pasa y cuando le enseña la quemadura se la lleva a su casa para curarla.
Le pone un ungüento para la quemadura, a la vez que le hace contar su historia, escuchándola con amor y sin palabras.
La niña al contar su historia, cobijada del frío, con el dolor de la mano y con una persona amorosa y sabia al lado, se da cuenta que lo que estaba haciendo no era lo correcto y decide con la ayuda del hombre sabio buscar otro camino. (Montse B.)
*
“… pero justo cuando ella estaba alargando la mano hacia aquellos manjares, la visión se esfumó.
La niña se encontró de nuevo en la nieve. … (ahora en vez de encender la tercera cerilla que es su muerte)…
El frío le corría por todo el cuerpo, empezaba a no sentirlo, estaba como muerto. De repente sintió mucho miedo y angustia y un chispazo en su mente, en un momento lo supo, que iba a morir, que quedarse allí y encender su última cerilla sería su muerte. Dejó de esperar que el mundo, o la vida, o lo que fuera, fuera justo con ella. Dejó de esperar nada de nadie. Yo, yo, yo. Desesperada levantó la mirada. No veía salida pero tenía que “hacer” algo. Se levantó del suelo y se obligó a empezar a andar aunque no tenía esperanza. Miró a su alrededor, la oscuridad la rodeaba y una total soledad, no había nadie en la calle, el frío la estaba matando, la niña no sabía qué hacer. Sus pies se movían lentamente, un paso, un pie delante, otro paso, el otro pie se movía, otro paso. Sus huellas iban quedando en la nieve. Enfiló una calle y de repente vio un resquicio de luz: la puerta de una casa medio abierta dejaba salir algo de luz en aquella oscuridad. Cuando se acercó pudo ver a través de aquella pequeña apertura una chimenea con un gran fuego, revoloteando, chispeando, el calor llegaba hasta ella. Se acercó a la puerta, la empujó y la abrió del todo. Una anciana de ojos negros y profundos, estaba allá, rotunda, vigorosa, serena. La miró a los ojos y sin decir nada, con un gesto la invitó a entrar y le señaló uno de los dos sofás frente al fuego. La niña no podía creer lo que estaba pasando. Se sentó. Primero inquieta. Luego el calor fue entrando en su cuerpo, en sus pies, en sus manos, le quemaban mientras la sangre volvía a circular por sus extremidades, la cara, los labios, las entrañas, su corazón. La niña suspiró y con ese suspiro lágrimas empezaron a rodar, primero lentamente, luego eran como un río: lágrimas de alivio. La anciana la miraba y le sonrió, traía en sus manos un vaso de agua que puso en las manos de la niña: “bebe”. Y mientras la niña bebía, las dos sentadas ante el fuego, muy juntas, la anciana empezó a cantar suavemente una canción, una canción de celebración, hablaba del nacimiento de un niño en una noche estrellada, era una canción cálida como el fuego que chisporroteaba. Y la niña empezó a serenarse. Algo había pasado, algo diferente y había empezado con un solo paso. Cerca de la ventana, ante una mesa preparada para cenar, había un gran árbol adornado con campanas doradas que colgaban, tintineando si algo las movía, y arriba una gran estrella plateada parecía que señalaba el camino… (Mercé C.)
*
Estoy convencida de que si es huérfana, si nadie la escucha, si no tiene animus para enfrentarse a la situación y salir de sí, la clave está en la abuela. Si lo único que tiene son ensoñaciones, alguna de las ensoñaciones tiene que darle una clave para salir del sopor.
“A la luz de la cuarta cerilla….Como llovida del cielo se le apareció su amable y cariñosa abuela y ella se llenó de alegría al verla. Mientras se abrazaba a ella la oyó decir: Niña, hay muchas mujeres como tú, con pocas cerillas y huérfanas, pero que observando, fijándose en otras mujeres, en lo que pasa a su alrededor, han encontrado la manera de no pasar frío. Piensa en mí, nunca me rendí, por eso llegué a viejita, no lo hagas tú tampoco. Sal, ve a buscar leña, enciende un fuego de verdad, que te caliente los huesos. Y una vez reconfortada frente a las llamas, piensa que puedes hacer para no volver a pasar frío, tienes cerillas para salir adelante, úsalas, y, cuando yo no esté, recuerda… y sigue el camino de las mujeres valientes.
Poco después la abuela empezó a esfumarse. Y la niña encendió otro fósforo para conservar a su abuela a su lado. Cuando vio que no volvía se decidió a seguir sus consejos y se encaminó al bosque a buscar leña para encender una buena hoguera. Pasó toda la noche frente a la hoguera recordando en su abuela y pensando en lo que le había dicho. A la mañana siguiente la niña……” (Mercé F.)
*
La nena es troba de nou enmig de la neu. Els genolls i els llavis ja no li fan mal, el fred coïa i s’anava obrint camí pel braços i el tronc, la nena s’asseu al terra contempla els llumins i es pregunta:
–Què haig de fer?
–On haig d’anar?
–Com ho puc fer?
Un munt de pensament s’amunteguen en el seu cap.
De sobte sent dins seu la veu de l’àvia que li pregunta:
–Què sents?
–Molt fred.
–Doncs aixeca’t i posa’t a caminar, escolta la teva veu interior, ves fent camí, ja trobaràs la solució, si et quedes quieta, llavors et gelaràs i no sentiràs res.
–Tinc uns llumins, els puc encendre.
–No gastis l’energia. Guarda-te’ls, en un altre moment et poden fer falta. Posa’t en camí.
La nena es posa a caminar, no veu res, és negra nit, té por… Quan porta molta estona caminant ja no té fred. Troba una altra nena que porta un feix de llenya però no té llumins.
Totes dues continuen fent camí, troben una casa, entren, a dins hi ha una dona gran que està molt trista perquè no pot encendre la xemeneia i té molt fred.
Les nenes li diuen que no es preocupi que elles ja ho faran i mantindran la llar sempre encesa.
La casa està a prop del camí i tots els viatgers que volen reposar forces, s’aturen per descansar, escalfar-se, beure, menjar i conversar.
Cada dia tenen més feina però les tres estan molt contentes que la casa estigui plena de vida.
(Magda C.)
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Mi abuela me rodeó con sus manos huesudas manchadas por el paso del tiempo.
Sentí la fuerza y el calor de la sangre de sus venas,
Inundada, desperté de la anestesia fría de la noche helada,
Acurrucada, mi vieja empezó a entonar el canto bello de la vida y empecé a recordar. (Maribel P.)
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La vendedora de fósforos fue buscando lo que la hacía feliz….. poco a poco fue descubriendo que el altruismo le hacía feliz hacer algún voluntariado.
Darse cuenta de su parte artística e ir desarrollándola, pintando descubrió su parte espontánea donde no había mente sólo creaba y disfrutaba.
En el baile le ocurría lo mismo, había un momento en que no pensaba que bailaba y así fue descubriendo su parte espontánea y creativa y le hacía feliz.
La gratitud también le hacía ser feliz como dar las gracias, pensar en cosas que puede agradecer y dar las gracias a personas en concreto. En dedicar mucho tiempo a su conocimiento personal. Formándose como enfermera, como terapeuta, formándose en centros de energía e ir conociendo y trabajando los chacras. En estar en contacto con la belleza, en deleitarse la vista y los sentidos estando en contacto con la naturaleza.
En ir aceptando poco a poco mi historia personal y así poco a poco ir creando mi propia felicidad conectando cada vez más con mi intuición y mi creatividad.
Colin colorado este cuento se ha acabado. (Ina C.)
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Al ver que no vendía las cerillas decidió volver al bosque. Entre la oscuridad de la noche consiguió ver un tronco de árbol hueco y decidió refugiarse en él, estaba tan cansada que se quedó dormida. Pasó toda la noche temblando de frio y soñando, soñaba entre otras cosas con pequeñas muñequitas de madera vestidas con preciosos vestidos de lana. Le costó mucho despertar, el frio de la noche la había dejado paralizada, pero el recuerdo de aquellas muñecas la animó a salir al bosque y buscar los primeros rayos del sol para calentarse. Caminó de nuevo hacia el pueblo y por el camino fue recogiendo las ramitas que se iba encontrando, acumulándolas y abrazándoles contra su pecho. Nada más atravesar el bosque las piernas ya no la sostenían mas, hacía días que prácticamente no comía y el frio era espantoso. Se sentó en el suelo apoyada en el muro de una casa y puso las ramitas sobre su falda. Con sus frágiles manos empezó a aderezar las ramitas como si fuesen cuerpos de muñeca. Rompió trocitos de sus harapientos vestidos y deshizo los flecos de su bufanda para con ello vestirlas e intentar darles el aspecto de las muñecas con las que había soñado.
Estaba totalmente perdida en su mundo cuando una señora se paró a mirarla, le sobrecogió la imagen de aquella niña desamparada pero le asombró aun mas observar bar su juego y el amor con que vestía y hablaba a sus ramitas. Unos minutos le bastaron para ver cuanta imaginación había en ese cuerpecillo. Se acercó a ella y le dijo:
–¿Qué haces aquí? Hace un frio espantoso.
–Visto a mis muñecas, ellas también tienen frio.
Realmente con 4 aderezos había conseguido que tuviesen un aspecto humano y tierno. El amor que desprendía la mirada de la niña l conmovió a la señora, que le dijo:
–Ven, acompáñame , en mi casa podrás calentarte y te proporcionaré telas y lanas para que puedas abrigarlas bien y de paso quizás te vaya bien comer un poco.
–Gracias , contestó la niña débilmente, si consigo que sean muy bonitas podré venderlas y conseguir algo de dinero hasta que llegue la primavera
La señora abrigó a la niña con su chal de lana mientras pensaba como se las arreglaría para conseguir una plaza para ella en la escuela. La niña apenas podía caminar pero no paraba de imaginar cómo serían sus muñecas una vez acabadas. (Elena F.)
*
La niña se encontró de nuevo en la nieve. Pero ahora las rodillas y los labios ya no le dolían. Ahora el frío le escocía y se estaba abriendo camino por sus brazos y su tronco, por lo que ella decidió encender la tercera cerilla…fue entonces cuando la oyó, aquella voz, lejana pero firme, tan real. Abrió los ojos y miró a su alrededor, no vio nada. Las palabras resonaban en su cabeza: levántate y usa aquello que tienes! Como en un estado de trance se puso en pie y comenzó a andar buscando por las calles, no sabía muy bien qué. Corría sin rumbo y a medida que aceleraba su paso iba recuperando la sensibilidad en sus manos, brazos y piernas. Se detuvo en una plaza porque algo llamó su atención. En el suelo alguien había dejado un montón de periódicos viejos o quizás la ventisca los había arrastrado hasta allí. Pensó que si usaba su última cerilla podría hacer una fogata. Dudó pero en un instante se vio prendiendo fuego a aquellos papeles en el centro de la plaza. El pequeño punto de luz de una cerilla dio lugar a una enorme llamarada tan potente como efímera, de modo que debía avivarla echando algo más. Sin pensarlo, empezó a despojarse de sus harapos y uno a uno los fue arrojando a la hoguera. De nuevo el fuego creció, tanto que los destellos se reflejaban en los cristales de las casas. Mi niña como si ya no estuviera a la intemperie inició una danza alrededor del fuego, giraba y giraba, sin parar, al tiempo que entonaba una vieja canción, de la cual ni siquiera recordaba la letra. La melodía brotaba de su vientre como si no fuera la dueña de sus actos, de su voz, de sus pensamientos. El movimiento le reportaba sensación de calor a pesar de que se había deshecho de toda su vestimenta. Entonces una puerta se abrió en aquel ahora, en aquel aquí y una mujer salió caminando hacia la hoguera. Aquella anciana lo había visto todo desde su ventana, ella siempre lo veía todo, pero esperó, quizás demasiado, porque nada la había hecho salir antes de su letargo. La niña entregada a su baile vehemente sintió una calidez que no le era desconocida, se detuvo, ya no tenía frío. Ambas se miraron y caminaron hasta encontrarse una frente a la otra. La anciana sin decir nada cubrió a mi niña con su manto rojo, suave, tejido por ella misma y la llevó hasta su casa. Le ofreció un dulce brebaje preparado con semillas, flores y raíces, que ella misma había recogido. Se propuso darle cobijo durante un período, el necesario para mostrarle todo cuanto ella sabía. La anciana estaba sola y no le quedaba mucho tiempo de vida , tal y como los humanos la conocemos, pero deseaba irse sabiendo que alguien podría nutrirse de sus experiencias y aquella pequeña merecía su dedicación. Le enseñó a sacar partido de todo lo que la naturaleza podía ofrecerle para sobrevivir, cómo reconocer las plantas y los frutos, como cultivar, como elaborar alimentos y remedios que podría ofrecer a otras personas a cambio de comida, ropa o tal vez algunas monedas. Así había vivido ella siempre y así había llegado a la vejez. Pronto descubrió que aquella niña tenía una gran habilidad para preparar sabrosos manjares con los más sencillos alimentos y debía emplear sus energías en mejorar sus destrezas. Trabajaron mucho hasta que llegó el día en que la niña debía emprender su camino.
–¿Dónde voy a vivir ahora? ¿Cómo voy a empezar mi nueva vida sin ti?- preguntó la pequeña.
–Vivirás en todas partes, irás de un lado a otro porque así es tu naturaleza, debes aceptarla. No tengas miedo de ser quien eres, mira en tu interior y sabrás siempre lo que debes hacer. Recuerda este tiempo tan hermoso que hemos pasado juntas pero camina. Aprecia la grandeza de la existencia en todas sus dimensiones, nútrete de los latidos de todo cuanto te rodea y siente la alegría de estar viva.
La anciana regaló a la niña una pequeña carreta donde transportar sus pertenencias, el manto rojo de lana y unos cuantos frascos con mermeladas, aceites esenciales, remedios…pero lo más valioso que se llevaba era el saberse capaz de hacer cosas útiles con sus propias manos, cosas que elevaban su alma y la de sus semejantes. Y así, siguiendo el vaticinio de la vieja, rodó por el mundo, pasó por aldeas, pueblos, pequeñas ciudades, ofreciendo su saber y viviendo de sus habilidades. Quizás algún día encontraría un lugar donde establecerse y descansar, o no, o sencillamente entregaría a otro hermoso ser todo lo que la vida le había prestado antes de expirar el último aliento y no importaba el dónde, ni el cuándo, ni a quién. (Nuria T.)
*
… cuando moría un alma, caía una estrella.
Como llovida del cielo, se le apareció su amable y cariñosa abuela y ella se llenó de alegría al verla.
Sintió su fortaleza y conectó con la vitalidad que ella siempre le transmitió.
Por más vicisitudes que hubo de afrontar a lo largo de su vida, su querida abuela siempre demostró un gran coraje.
La niña quiso encender la cuarta cerilla para poder ver mejor a su abuela.
La humedad fría de la noche que hacía crujir sus huesos también había empapado el fósforo y éste se deshizo al frotarlo contra la superficie rugosa.
Entonces, volvió a recordar la presencia de su abuela y una fuerza interior la impulsó a levantarse del frío suelo. Siguió caminando erráticamente y poco a poco se fue alejando de la aldea en la que nadie le había mostrado un gesto amable.
Sin darse cuenta, se fue internando en la espesura del bosque y cuando las escasas fuerzas que la sostenían ya casi la habían abandonado, sintió el aullar de una manada de lobos.
El escalofrío de pavor que recorrió su debilitado cuerpo, la hizo temblar de tal manera que cayó desplomándose y perdió el conocimiento.
Los lobos encontraron el cuerpo inerme de la niña y gracias a su instinto protector permanecieron junto a ella y la rodearon con sus cálidos pelajes hasta el amanecer.
Cuando el sol empezaba a despuntar, la llevaron a su cercana guarida donde la loba alfa la amamantó. Sus labios cedieron al tibio contacto del pezón y pudo succionar la leche vivificante que tanto precisaba.
Fueron necesarios los cuidados de la manada durante varios largos días. Al despertar, la niña sintió que estaba en casa. (Sonia G.)
*
… Como llovidas del cielo se le aperecieron sus amables y cariñosas madre y abuela materna y ella se llenó de alegría al verlas. Tomaron entre las dos mujeres una gran y calentita manta y la rodearon con ella, estrecharon a la niña con fuerza entre ambas, para que entrase en calor.
Pero poco después esa bella imágen comenzó a desdibujarse en la imaginación de la niña, hasta que finalmente desapareció por completo.
La niña desesperada, fue encendiendo un fósoro, tras otro, por tal de recuperar de nuevo esa maravillosa imágen y sensación, però, los fósforos se le gastaron y ya no tenía nada que la hiciese entrar en calor, ni fósforos, ni imaginación ,pues tenía demasiado frio como para seguir respirando siquiera;cada vez le costaba más mantenerse viva….
Finalmente justo antes de dormirse para siempre, escuchó con mucha fuerza y claridad la voz de su madre: Hija pide ayuda!!!!!!!! grita!!!!!!
La niña así lo hizo, saco de lo más profundo de sus entrañas un gran rugido, pidiendo auxilio.
A la mañana siguiente se despertó en una habitación humilde, en una cama humide, però calentita, rodeada de la presencia amable y preocupada de su nueva família, aquella que respondió y acudió en su ayuda. (Montse Karla F.)
Chantal Maillard: la mirada que da
No hay mirada que no modifique el campo del mirar.
Hay un mirar que da, y otro mirar que quita. El mirar que da es aquel que no sólo contempla lo que hacemos, sino que también se ocupa del objeto de esa acción. Es un mirar que aumenta la pulsión del gesto y lo acompaña. En cambio, el mirar que quita es el mirar crítico, aquel que cuando se dirige hacia nosotros nos despoja de la energía que nos hace ser lo que somos. Disminuimos. Se hace fuerte el que mira y nos somete. Sufrimos entonces algo parecido a un desahucio. El cuerpo queda como una cáscara, vaciado el dentro, abducido por la mirada ajena. Si el núcleo no es resistente nos sentimos “perdidos”.
Las opiniones fuertes –sobre uno mismo y sobre el mundo– hacen las veces de escudo. Preservan. El egoísmo es una defensa eficaz. Se confunde, por ello, fácilmente, con el núcleo. Pero el núcleo no es eso, no es el mí. El núcleo es un punto de energía neutra, sin juicios, sin opiniones:”pura”. El núcleo es condensación de energía, consciente a otro nivel, autoconsciente, a la que podemos remitirnos cuando bajamos las defensas, hacemos transparentes las murallas del yo y confiamos. Ella, esta energía mínima, centro, diosa interior o alma, tan oculta generalmente, tan porosa, sin embargo, la membrana que protege su acceso, ella no se inmuta, no le daña el mirar ajeno porque ella ve en el otro lo que su mirar oculta. Lo que recibe es la tristeza tranquila de aquellos puntos o núcleos que no se han desarrollado, que apenas palpitan, que a veces se extinguen. Lo que recibe es la quietud del fuego apagado, su ceniza, o a veces el rescoldo que aún espera ser reanimado. En el mirar que hiere y se adueña de su presa, ella ve cómo la energía-ego se apropia de sí misma en el otro, cómo se carga y se engorda, ve cómo va trazándose el puente entre las fuerzas de quien es mirado y quien mira, y cómo se entabla el pulso.
Los búfalos miran desde su centro. La calma del núcleo se instala, al tiempo que la neutralidad moral, cuando miro el búfalo mirarme.
No proyectemos nuestra moral en los animales, no los “domestiquemos”, no marquemos en su piel nuestras dicotomías. La moral es el convenio que regula las relaciones periféricas: las del mí. Las relaciones nucleares son del ethos. La ética es del habitar en lo propio allí donde la fuerza se iguala, condensada en la no-diferencia.
¿Qué es lo que de mí puede ser herido por las miradas? Aquello, vulnerable, que no pertenece al núcleo, aquello que pertenece al mí. El mí es lo inestable que recubre el núcleo. Materia de intercambio. De fusión a veces (en el amor). El núcleo está a salvo. Las heridas son agujeros en las capas intermedias, desgarros en la superficie, mordeduras, absorción. Intercambios, al fín y al cabo.
Dar, antes de exponerse a la absorción: evitar la violencia de aquel que necesita reforzar sus murallas, las capas múltiples que protegen su núcleo como la grasa el hueso al que recubre y el hueso al tuétano.
Chantal Maillard. Diarios indios. Pre-Textos. (p.100)
Para no olvidar quienes somos…
Os dejo un regalito lobuno para las vacaciones… ¡no será que nos olvidemos de quienes somos!
