pensant en el gos… Clarice Lispector

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El crimen del profesor de matemáticas

[…]

Entonces se puso a pensar con dificultad en su verdadero perro como si intentase pensar con dificultad en su verdadera vida. El hecho de que el perro estuviera distante, en otra ciudad, dificultaba la tarea, aunque la nostalgia lo aproximara en el recuerdo.

«Mientras yo te hacía a mi imagen, tú me hacías a la tuya», pensó entonces, auxiliado por la nostalgia. «Te di el nombre de José para darte un nombre que te sirviera al mismo tiempo de alma. ¿Y tú?, ¿cómo saber jamás qué nombre me diste? Cuánto me amaste, más de lo que yo te amé», reflexionó, curioso.

«Nosotros nos comprendíamos demasiado, tú con el nombre humano que te di, yo con el nombre que me diste y que nunca pronunciaste sino con tu mirada insistente», pensó el hombre sonriendo con cariño, libre ahora de recordar a su gusto.

«Me acuerdo de cuando eras pequeño», pensó divertido, «tan pequeño, bonitillo y flaco, moviendo el rabo, mirándome, y yo sorprendiendo en ti una nueva manera de tener alma. Pero, desde entonces, ya comenzabas a ser todos los días un perro que podía ser abandonado. Mientras tanto, nuestros juegos se tornaban peligrosos por tanta comprensión», recordó el hombre con satisfacción, «tú terminabas mordiéndome y gruñendo, yo terminaba arrojándote un libro y riendo. Pero quién sabe qué significaba aquella risa mía, sin ganas. Todos los días eras un perro que se podía abandonar».

«¡Y cómo olías las calles!», pensó el hombre riéndose un poco, «en verdad, no dejaste piedra por oler… Ése era tu lado infantil. ¿O era tu verdadera manera de ser perro: y el resto solamente el juego de ser mío? Porque eras irreductible. Y, abanicando tranquilamente la cola, parecías rechazar en silencio el nombre que yo te había dado. Ah, sí, eras irreductible: yo no quería que comieses carne para que no te volvieras feroz, pero un día saltaste sobre la mesa y, entre los gritos felices de los niños, agarraste la carne y con una ferocidad que no viene de lo que se come, me miraste mudo e irreductible, con la carne en la boca. Porque, aunque mío, nunca me cediste ni un poco de tu pasado ni de tu naturaleza. E, inquieto, yo comenzaba a comprender que no exigías de mí que yo cediera nada de la mía para amarte, y eso comenzaba a importunarme. En el punto de realidad resistente de dos naturalezas, ahí es donde esperabas que nos entendiéramos. Mi ferocidad y la tuya no deberían cambiarse por dulzura: era eso lo que poco a poco me enseñabas, y era también eso lo que se estaba tornando pesado. No pidiéndome nada, me pedías demasiado. De ti mismo, exigías que fueses un perro. De mí, exigías que yo fuera un hombre. Y yo, yo me disfrazaba como podía. A veces sentado sobre tus patas delante de mí, ¡cómo me mirabas! Entonces yo miraba al techo, tosía, disimulaba, me miraba las uñas. Pero nada te conmovía: tú me mirabas. ¿A quién irías a contarlo? Finge —me decía—, finge rápido que eres otro, da una falsa cita, hazle una caricia, arrójale un hueso; pero nada te distraía: tú me mirabas. Qué tonto era yo. Yo, que temblaba de horror, cuando eras tú el inocente: si yo me volviese de pronto y te mostrase mi rostro verdadero y, erizado, alcanzado, te levantarías hacia la puerta herido para siempre. Oh, todos los días eras un perro que podía abandonarse. Podía elegirse. Pero tú, confiado, meneabas la cola.

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«A veces, conmovido por tu perspicacia, yo podía ver en ti tu propia angustia. No la angustia de ser perro, que era tu única forma posible. Sino la angustia de existir de un modo tan perfecto que se tornaba una alegría insoportable: entonces dabas un salto y venías a lamer mi rostro con amor enteramente entregado y cierto peligro de odio como si fuese yo quien, por amistad, te hubiese revelado. Ahora estoy muy seguro de que no fui yo quien tuvo un perro. Fuiste tú el que tuviste una persona».

«Pero poseíste una persona tan poderosa que podía elegir: y entonces te abandonó. Con alivio te abandonó. Con alivio, sí, pues exigías —con la incomprensión serena y simple de quien es un perro heroico— que yo fuese un hombre. Te abandonó con una disculpa que todos en casa aprobaron: porque ¿cómo podría yo hacer un viaje de mudanza, con equipaje y familia, y además un perro, con la adaptación al nuevo colegio y a la nueva ciudad, y además un perro? “Que no cabe en ninguna parte”, dijo Marta, práctica. “Que molestará a los pasajeros”, explicó mi suegra sin saber que previamente me justificaba, y los chicos lloraron, y yo no miraba ni a ellos ni a ti, José. Pero sólo tú y yo sabemos que te abandoné porque eras la posibilidad constante del crimen que yo nunca había cometido. La posibilidad de que yo pecara, el disimulo en mis ojos, ya era pecado. Entonces pequé en seguida para ser culpable en seguida. Y este crimen sustituye el crimen mayor que yo no tendría coraje de cometer», pensó el hombre cada vez más lúcido».

«Hay tantas formas de ser culpable y de perderse para siempre y de traicionarse y de no enfrentarse. Yo elegí la de herir a un perro», pensó el hombre. «Porque yo sabía que ése sería un crimen menor y que nadie va al Infierno por abandonar un perro que confió en un hombre. Porque yo sabía que ese crimen no era punible.»

Sentado en la llanura, su cabeza matemática estaba fría e inteligente. Sólo ahora él parecía comprender, en toda su helada plenitud, que había hecho con el perro algo realmente impune y para siempre. Pues todavía no habían inventado castigo para los grandes crímenes disfrazados y para las profundas traiciones.

[…]

Clarice Lispector. Cuentos reunidos. Siruela, 2008 (trad. Cristina Peri Rossi)

 

Lullaby to elephant



En el vídeo, Lek está cantando una nana al elefante Faa Mai. Esta mujer sabia proviene de una tribu de las montañas del norte de Tailandia, más arriba de Chiang Mai. Creó Elephant Nature Park Chiang Mai, un santuario y un centro de rescate para los elefantes maltratados. Lek vuelve a comprar elefantes maltrechos a los mahout (palabra que significa en hindi “montador de elefantes”, los que manejan y conocen a los elefantes) y los acoge en este lugar único, abierto, donde los elefantes forman de nuevo grupos, familias, se curan y se ayudan mutuamente. Un lugar sin cercados en el que vuelven a ser elefantes…

Entrad también vosotr@s en el apaciguamiento del canto…

http://www.elephantnaturepark.org

www.saveelephant.org

 

Hallar un pueblo sabio. Chantal Maillard

 

Hieronymus Bosch _detail from The Garden of Earthly Delights_ca. 1490-1510


Diez millones.

Un número.

Un número tan sólo

para diez

millones

de casas incendiadas

de cuerpos mutilados

de gritos

silenciados

uno

a

uno

en boca que arde y

no entiende.

 

1

0

 

0

0

0

 

0

0

0

 

siete

veces

el signo de la nada sobre

diez

millones

de historias

que nunca contará

la lengua de los otros.

 

Dos palabras.

Cuatro sílabas.

 

Un globo que soltamos

Al final de la fiesta.

La piñata que espera

el golpe de una mano

nunca

inocente.

 

*

 

Pero he aquí que diez

millones de tigres

elefantes

y ballenas

de aves

y de lobos de

reptiles

diez millones

por diez

millones de panteras

de seres voladores

animales que duermen

con los ojos abiertos

insectos, musarañas

y grandes paquidermos

diez millones por diez

millones de hormigas,

de abejas y de búfalos,

diez millones de seres

unidos por un fin

en la tregua del hambre

barrieron los humanos

como si fuese arena

y empujándoles hasta

los confines del mundo

devolvieron

al caos

lo que le pertenece.

 

(Sobrevivió una anciana.

Viste la piel de un perro vagabundo.

Sin luces, balbucea.

No tiene descendencia.)

 

*

 

¿Que qué pasó? Señora, eso aquí nadie lo pregunta.

El diablo se escapó y anduvo por los poblados.

Durante cien días anduvo entre nosotros con

el machete afilado.

No, Señora, aquí nadie pregunta.

Quien no aprende a perdonar

no tendrá paz dentro de sí.

(le respondió a la periodista la

                                                                superviviente de un genocidio.)

 

*

 

El campo de Kobe, al sudeste de Etiopía.

Los campos saharauis de Tinduf.

los campos de Saklepeha, en Liberia.

Los campos de Bahai, Ereba, Guerida, Forshana, Goz-

Beida y Nigrana, Djabal y Goz Amer, en el Chad.

Los campos de Kibati, Bulenbgo, Buhimba y

Mugunga, en la República congoleña. Los de Mweso y

Masisi.

El campo somalí de Dadaab, al noreste de Kenia. Los

de Hagadera, Ifo, Dagahale, en su frontera.

El campo de Domeez, en el Kurdistán iraquí.

El campo sirio de Za’atari, en Jordania. El de

Muraiyeb al Fohud y el de Anmar al Hmud.

La Franja de Gaza.

 

Mientras tanto Europa, la esclarecida Europa,

duerme como aquel monje su sueño de

trescientos años oyendo cantar a un pájaro.

Otros pájaros, oscuros, habrán de despertarla.

 

*

[…]

*

 

Hocicos temblorosos. Sacudidas. Uno de los cautivos trepa por los barrotes. Suspendido atraviesa la jaula y baja y vuelve a trepar. Dos paseantes se detienen. –El trapecista, dice él acercando los dedos al hocico. –Qué artista, dice ella. Y se alejan torciendo la boca en una sonrisa cómplice. El pequeño animal ha cruzado la jaula por la parte inferior, donde sus compañeros, ovillados, tiritan unos contra otros, y ha vuelto a subir royendo frenéticamente los barrotes. Pienso angustia, pienso libertad. Sin libertad, ¿qué nos impulsa a seguir vivos sino el deseo de esa misma libertad?

Por sobrevivir, cualquier animal embiste las paredes de su celda, atraviesa continentes, camina hasta extenuarse, desplaza a otros, se defiende y mata. Ninguno, sin embargo, esclaviza a otro por provecho o diversión, ninguno encarcela a otro para contemplar las piruetas que da tratando de hallar salida. La crueldad no son las fauces del tigre en el cuello de una gacela, no, la crueldad es moral, y la moral es humana. La estupidez también.

 

*

 

No nos enseñaron a desconfiar de los buenos.

La tierra yerma se estremece. Bajo su piel el pueblo de las ratas huye en desbandada.

 

*

 

Nunca suficientemente desolados para tocar fondo y arañar el lodo. Tan sólo acariciarlo con la punta de los pies quebrados, huesos Egon Schiele, suspendidos. Levitación en ciernes. Detenida ascensión y vuelo tan sólo permitidos en la fase más leve del sueño.

Soportados por millones de esclavos que arrojados al frío olvidaron su origen y sus cuentos para no recordar el trayecto de ser otro a ser nadie, ¿qué haremos con la vigilia?

Breve temblor de vasos en la mesa. Los pájaros emigran.

Quién tuviese aún tatuada en la piel la segura trayectoria de las aves y la suerte de morir en vuelo, sin sorpresa, sin un grito. Quién pudiese aún vivir en la inocencia, sin preguntas, sin temor y sin vergüenza.


*


Desandar lo andado. Aspirar a encontrar un pueblo sabio, un pueblo antiguo, un pueblo elefante, cuya fuera no estuviese al servicio de la agresión, la conquista o el poder, que tan sólo exigiese que se respetará su derecho de paso: el camino sagrado por el que la manada atraviesa los territorios sin dañarlos.

Hallar un pueblo sabio. Desear salvar la tierra si tan sólo se hallase uno.


Chantal Maillard. La herida en la lengua. Tusquets, 2015


Imagen: Hieronymus Bosch, detalle de The Garden of Earthly Delights, ca. 1490-1510


 

El caballo de Turín. Béla Tarr

A la película El caballo de Turín del cineasta húngaro, Béla Tarr, es a quien se refiere Chantal Maillard en su texto El séptimo día cuando escribe “puede que nuestra inestimable cordura sea la razón por la que Béla Tarr no le concede al ser humano un séptimo día” (ver entrada anterior). En el relato bíblico de la creación, el séptimo día es el día en que Dios descansó, satisfecho de su creación, después de haber creado (el sexto día) toda clase de animales, y al Hombre para dominar a las bestias [Génesis 1: 24-26]. Sin duda, la (mala) elección de ese relato cosmogónico, en el mundo occidental, no es ajena a las graves consecuencias éticas y ecológicas de esa vieja jerarquía piramidal que hoy todos padecemos. Mythos versus logos. ¿Otro logos entonces? ¿Otro inicio? Cuestionar el(los) lenguaje(s), es decir, la(s) mirada(s). Tal vez, son precisos diminutos gestos al margen del juicio. Antes del logosS‘abêtir. Des-activar la mente, acallar la habladora, propone Maillard: “Atender al balbuceo. Sobre todo, atender al silencio, ese silencio: la callada inocencia recobrada, antes del logos, el no saber cargado de compasión por los seres que viven con su hambre“.


Artículo de Rafael Argullol, Nietzsche y el caballo:  http://cultura.elpais.com/cultura/2012/04/04/actualidad/1333533760_793957.html

https://es.wikipedia.org/wiki/El_caballo_de_Tur%C3%ADn

Chantal Maillard, El séptimo dia:   https://blogdelesllobes.wordpress.com/2016/01/07/el-septimo-dia-chantal-maillard/

Chantal Maillard, El sexto día: http://lestacio.cat/no-1-tardor-2015/?lang=es

 

El séptimo día. Chantal Maillard

 

Imagen: Mariana Laín Claesson

 

En una de las que serían sus últimas noches, al ir a cruzar la calle, Friedrich Nietzsche se detiene. Un cochero impaciente lacera a latigazos el lomo del caballo que no puede tirar de la carga. El filósofo corre hacia el animal, se abraza a su cuello y, llorando, le pide perdón en nombre de la humanidad. La historia considera este episodio como uno de los síntomas de su locura.

Puede que nuestra inestimable cordura sea la razón por la que Béla Tarr no le concede al ser humano un séptimo día.

*

Mil quinientos lobos y cuarenta y seis millones de humanos ocupan el territorio ibérico. Tres mil quinientos tigres y siete mil millones de humanos habitan este mundo. Demasiado graves las cifras, demasiada desmesura.

Me duelen centenares de miles de lobos y tigres y panteras y elefantes. En el reino de las bestias yo soy la intrusa.

*

Quién tuviese aún tatuada en la piel la segura trayectoria de las aves y la suerte de morir en vuelo, sin sorpresa, sin un grito. Quién pudiese aún vivir sin preguntas, sin ataduras, sin temor y sin vergüenza.

Nunca suficientemente desolada para tocar fondo y arañar el lodo. Tan sólo acariciarlo con la punta de los pies quebrados, huesos Egon Schiele, suspendidos. Levitación en ciernes. Detenida ascensión y vuelo tan sólo permitidos en la fase más leve del sueño.

Alimentados en el círculo del hambre por incontables seres a cuyos ojos acuden el mismo miedo y la misma ternura, y soportados por millones de esclavos que han perdido su origen y sus cuentos, ¿qué haremos con la vigilia?

Breve temblor de vasos en la mesa. Los pájaros emigran.

*

Desandar lo andado. Aspirar a encontrar un pueblo sabio, un pueblo antiguo, un pueblo elefante, cuya fuerza no estuviese al servicio de la agresión, la conquista o el poder, que tan sólo exigiese que se respetara su derecho de paso: el camino sagrado por el que la manada atraviesa los territorios sin dañarlos.

Hallar a un pueblo sabio. Desear salvar la tierra si tan sólo se hallase uno.

*

No nos enseñaron a desconfiar de los buenos.

La tierra yerma se estremece. Bajo su piel, el pueblo de las ratas huye en desbandada.

Mis palabras: un sonajero de semillas en la mano de un niño.


Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015

Imagen: Mariana Laín Claesson

 

Der Panther. Rainer Maria Rilke


La Pantera
«Jardín des Plantes, Paris»

Del deambular de las barras se ha cansado tanto

su mirada, que ya nada retiene.

Es como si hubiera mil barras

y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.


El suave andar de pasos flexibles y fuertes,

que gira en el más pequeño círculo,

es como una danza de fuerza entorno un centro

en el que se yergue una gran voluntad dormida.


Sólo a veces se abre mudo el velo

de las pupilas. Entonces las penetra una imagen,

recorre la tensa quietud de sus miembros

y en el corazón su existencia acaba.


Traducción: Sergio Ismael


Der Panther

Im Jardin des Plantes, Paris

 Sein Blick ist vom Vorübergehn der Stäbe / so müd geworden, dass er nichts mehr hält. / Ihm ist, als ob es tausend Stäbe gäbe / und hinter tausend Stäben keine Welt.

Der weiche Gang geschmeidig starker Schritte, / der sich im allerkleinsten Kreise dreht, / ist wie ein Tanz von Kraft um eine Mitte, / in der betäubt ein grosser Wille steht.

Nur manchmal schiebt der Vorhang der Pupille / sich lautlos auf -. Dann geht ein Bild hinein, / geht durch der Glieder angespannte Stille – / und hört im Herzen auf zu sein.


rainer_maria_rilke 

Rainer María Rilke (Praga, 4 de diciembre de 1875–Val-Mont, Suiza, 29 de diciembre de 1926) es considerado uno de los poetas más importantes en alemán y de la literatura universal. Sus obras fundamentales son las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo. En prosa destacan las Cartas a un joven poeta y Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Es autor también de varias obras en francés y de una rica y amplia correspondencia. Escribió en 1903 este poema Der Panther que se volvería famoso.

https://es.wikipedia.org/wiki/Rainer_Maria_Rilke

 

Código lobuno en una manada


Código lobo_foto Cesare Brai


Los primeros 3 lobos son los más viejos y/o los enfermos, 
ellos le marcan el paso a la manada.

Si fuera al revés, se quedarían atrás y perderían contacto con el grupo,
y en el caso de una emboscada serían sacrificados.

Luego siguen en la fila los 5 lobos más fuertes, son el frente del grupo.

En el centro va la mayoría de la manada y detrás de ellos, siguiéndolos,
el segundo grupo de otros 5 fuertes.

El que va el último, va solo, el lobo Alfa.
Desde esa posición controla todo, puede verlo todo y decide la dirección.

El Alfa puede así ver a la manada completa.

El grupo se mueve acorde al paso de los mayores, se ayudan unos a otros,
se cuidan entre ellos.


Foto: Cesare Brai

Del Facebook https://www.facebook.com/nada.menos.7?fref=nf

 

“S’abêtir”: abestiarse. Chantal Maillard

Gato&Buddha


Hay en el animal una inocencia que se me antoja camino de vuelta al origen. Anterior al juicio que distingue y sopesa, le procura al gesto la precisión que la razón le niega cuando se activa en los territorios que no le pertenecen. Y cuánto esfuerzo le cuesta lograr un “acierto” donde, sin ella por guía, habría certeza. El ser humano “desarrollado” se enorgullece de los logros de su inteligencia, pero cuán torpe es, cuán pobre y desasistido cuando pretende comportarse de acuerdo con la naturaleza. Yo aprendo de un animal todo aquello que mi voluntad traba. Y aprendo, también, mi desgracia, mi inferioridad y mi condición de extraña en este mundo que no sabemos proteger lo suficiente. Contemplo, voy hacia ellas, hacia las bestias, me “abestio”, je m’abêtis, como sugería Montaigne. Aunque para el hombre enaltecido s’abêtir (“idiotizarse” sería la traducción de la palabra en su uso común) es rebajarse, volver al estado de salvajismo en el que, según sus teorías, estábamos al principio y en el que la carencia de leyes nos llevarían a matarnos unos a otros “sin razón”. Olvidan que las reglas que acorde a razones han de darse los seres humanos para convivir sin daños no son en absoluto necesarias en el reino animal. La acción de un animal, que nunca opera contra el bien de todos, no se diferencia de la ley natural.

La inocencia de las bestias, la aceptación incondicional por parte de cada una del lugar que ocupa en la cadena y la asunción, por otra parte, de ese ejercicio de crueldad que es, para cualquier buen entendimiento, un mundo organizado sobre el hambre en una rueda sin fin de resistencia, miedo, dolor y muerte, es para mí algo más que una lección de humildad. Chuang Tsé, cuya sabiduría era grande, refiere este consejo, que daba el Señor del Mar del Norte al Conde de los Ríos: “Procura que lo humano no destruya lo Celestial en ti; procura que lo intencional no destruya lo necesario”. Para conseguirlo, para conservar lo necesario se ejercitaban los taoístas en la espontaneidad. El recogimiento (no-mente) antes de lanzar la flecha o trazar la línea con el pincel, la “détente du tigre”, como decía Michaux aludiendo al gesto certero del tigre que salta sobre su presa, pero también la conciencia del gesto cotidiano, esos gestos que realizamos sin necesidad de que el pensamiento los anticipe. No creo equivocarme al pensar que también a ello aludían Hui-Neng y otros maestros del budismo chan cuando hablaban de la necesidad de hallar el “rostro original”. Lo celestial, el rostro original, no es otra cosa, a mi entender, que la sabiduría de las bestias.

Chantal Maillard. Hainuwele y otros poemas. Nota a la edición. Tusquets, 2009

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2015/09/23/el-animal-perdido-en-mi-chantal-maillard/