El proceso de despertar. Peter Kingsley

Kore del Peplo_ca. 530 a. C._Museo de la Acrópolis


Podría decirse que este proceso de despertar es profundamente sanador si no fuera porque hemos llegado a una idea de salud tremendamente superficial. Para la mayoría de nosotros, la curación es lo que hace que nos sintamos cómodos y lo que alivia el dolor. Es lo que mitiga, lo que nos protege. Y, sin embargo, con frecuencia aquello de lo que queremos ser sanados es lo mismo que nos curará si podemos soportar la incomodidad y el dolor.

Queremos curarnos de la enfermedad, pero precisamente, a través de la enfermedad crecemos y nos sanamos de nuestra apatía autocomplaciente. Tememos la pérdida y, sin embargo, precisamente a través de lo que perdemos somos capaces de averiguar que no pueden quitarnos nada. Huimos corriendo de  la tristeza y la depresión, pero, si dejamos de ignorar la tristeza, veremos que habla con la voz de nuestro anhelo más profundo; y si seguimos  prestándole atención un poco más, encontraremos que nos enseña la manera de alcanzar lo que deseamos.

¿Y cuál es nuestro anhelo? […]

Nuestros anhelos pocas veces son gran cosa. Apenas consisten en ir de un deseo a otro; eso es todo. Nos dispersamos por todas partes buscando una cosa u otra: satisfacer nuestros deseos sin satisfacernos a nosotros mismos. Y nunca podemos estar satisfechos. Nuestro anhelo es tan profundo, tan inmenso, que en este mundo de apariencias nada puede sostenerlo o contenerlo. Así que, en lugar de ello, lo desguazamos, lo tiramos: queremos esto, luePortada-Kingsleygo lo otro, hasta que somos viejos y estamos agotados.

Parece fácil, todo el mundo lo hace. Pero es difícil huir del vacío que todos sentimos dentro, de la heroica tarea de encontrar sucedáneos para llenar el vacío.

Y la otra manera es muy fácil, pero parece difícil. Es sólo un asunto de saber dar la vuelta y hacer frente a nuestros deseos sin interferir en ellos ni hacer nada. Y esto va contra la tendencia de todas nuestras costumbres, porque se nos ha enseñado en muchos sentidos a escapar de nosotros mismos, a encontrar miles de buenas razones para desoír nuestros anhelos.

Algunas veces aparece como depresión, que nos aleja de todo aquello que creemos que queremos y nos hunde en la oscuridad de nosotros mismos. La voz es tan familiar que huimos de ella de todas las maneras que sabemos: cuanto más fuerte es la llamada, más lejos corremos. Tiene la capacidad de enloquecernos y, sin embargo, es muy inocente: es nuestra propia voz que nos llama. Lo raro es que el aspecto negativo no está en la depresión, sino en esa huida de la depresión. Y aquello a lo que tenemos miedo, en realidad, no es lo que nos da miedo.

Siempre queremos aprender del exterior, absorbiendo el conocimiento de los demás. Así es más seguro. El problema es que en este caso se trata siempre de un conocimiento ajeno. Ya tenemos todo lo que necesitamos saber en la oscuridad de nuestro interior. El anhelo es lo que nos da la vuelta hasta que encontramos el sol, la luna y las estrellas en nuestro interior.

Peter Kingsley. En los oscuros lugares del saber. Trad. Carmen Francí. Ediciones Atalanta, 2006. 5ª reed. 2017


peter-kingsley

Peter Kingsley (n. 1953) es un filósofo británico, autor de cuatro libros y numerosos artículos en el área de la filosofía antigua, incluyendo Ancient Philosophy, Mystery and Magic (Filosofía antigua, misterios y magia), In the Dark Places of Wisdom (En los oscuros lugares del saber), Reality y A Story Waiting to Pierce You. Su obra trata en profundidad la labor filosófica y el contexto histórico de los presocráticos Parménides y Empédocles.

https://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Kingsley_(filósofo)



Imagen: Kore del Peplo | ca. 530 a. C. | Museo de la Acrópolis, Atenas


Joseph Campbell. Las máscaras de Dios: Mitología primitiva

Para deleitarnos, nos llegan desde la editorial Atalanta las 38 páginas iniciales del primer volumen Mitología primitiva –¡magníficamente editado!– de la obra magna de Joseph Campbell Las máscaras de Dios. No dejéis de sumergiros en ese complejo de mitos y símbolos universales que el mismo Campbell llamaba “gran historia de la humanidad”.

https://issuu.com/atalantaweb/docs/110_-_las_mascaras_de_dios_1_issuu

Joseph Campbell: larga vida a los mitos

Joseph Campbell

Reseña de Iván Pintor Iranza en Cultura/s de La Vanguardia, 11 mars 2017

Los mitos nos permiten entender lo que pensamos. Si, a menudo, tan solo comprendemos el pensamiento que engarza unas palabras con otras y del que no puede surgir nada excepto lo que ya hemos depositado en él, los mitos, los dioses y las imágenes arquetípicas son capaces de sortear el escollo de nuestra mente para acoger esa otra mente formada por las experiencias, emociones y sufrimientos que constituyen la historia de la humanidad. Frente a las preguntas ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos aquí? y, sobre todo, ¿existe algo más allá del umbral de la muerte?, los mitos se revelan como vehículos para cubrir la distancia entre lo uno y lo múltiple, el trayecto de padres a hijos y de hijos a nietos a través de la propia desaparición. Durante el lustro que pasó en una cabaña en mitad del bosque de Woodstock a principios de los años treinta, Joseph Campbell no sólo adquirió unos conocimientos ingentes de historia, antropología, literatura y religión sino que sembró la semilla de una mitología comparada que no ha dejado de trascender el ámbito académico para convertirse en la referencia fundamental de los guionistas de ficción cinematográfica y televisiva.

Campbell 1 “El héroe es el hombre de la sumisión alcanzada por sí mismo. Pero sumisión ¿a qué?”, interpela la introducción de El héroe de las mil caras (1949), desde la que Campbell define el monomito, una matriz mítica transcultural cuyo centro es el viaje del héroe en pos de un objeto, de un Grial. Ya sea siguiendo la historia de Jasón y los argonautas, el mito egipcio de Horus y Osiris, la Divina comedia de Dante o las leyendas polinesias, una misma secuencia de situaciones arquetípicas ilumina el itinerario del monomito, a partir de cuya estela han sido construidas sagas como Star Wars, Matrix, Juego de tronos y Los juegos del hambre, y un sinfín de series televisivas, de Doctor en Alaska a Fringe, Walking Dead y Stranger Things. La partida del hogar, el cruce del umbral, la prueba suprema que precede al encuentro con la Diosa y el retorno a casa o la fundación de un nuevo hogar son algunas de las fases de un esquema que encuentra su coherencia en la sumisión del héroe a una sola razón: la regeneración, la palingenesia, el nacimiento de algo nuevo.

“La gran proeza del héroe supremo es llegar al conocimiento de esta unidad en la multiplicidad y luego darla a conocer”.

Tanto el aprendizaje del sánscrito y el japonés, como el contacto con Jiddu Krishnamurti y el acercamiento a la obra de Jung fueron el fermento del siguiente proyecto de Campbell: el estudio del contraplano de la figura del héroe, Dios. Casi al mismo tiempo que el antropólogo francés Gilbert Durand publicaba su estudio Las estructuras antropológicas de lo imaginario, un atlas de la imaginación fundado en la respuesta hacia la figuración del temor humano a la muerte, aparecía Mitología primitiva (1959), el primero de los cuatro volúmenes de Las máscaras de Dios, una auténtica “historia natural de los dioses”. Motivos como el robo del fuego, el diluvio, el andrógino primordial, el nacimiento virginal y la resurrección reaparecen en todas las culturas como engramas que liberan energía, como formas vivas que es necesario conocer para sostener una doble visión consciente sobre el mundo. La expresión lila en sánscrito o asobu en japonés determinan la idea lúdica de un “hacer como si”, la mirada al sesgo bajo la cual es posible establecer una relación dialéctica con la imaginación.

La mitología de Campbell es referencia fundamental para los guionistas de ficción en cine y televisión.

Que la editorial Atalanta haya decidido publicar de manera integral esta obra descatalogada durante años es más que un acontecimiento editorial, pues pone a disposición del lector una herramienta básica de pensamiento narrativo, mitológico y  Campbell 2antropológico. ¿Cómo no ver en las descripciones del mito melanesio del laberinto que conduce a la Tierra de los muertos el icono que guía la serie televisiva Westworld? ¿Acaso las incisiones en el vientre que caracterizan al hombre maduro en los rituales Aranda como padre vaginal no abren modelos de comprensión fundamentales para la construcción contemporánea del género masculino? Con la traducción diáfana de Isabel Cardona, la revisión de Santiago Celaya y una minuciosa puesta al día de datos científicos realizada por los antropólogos Sydney Yeager y Andrew Gurevicht, Las máscaras de Dios aparece surcada por constantes iluminaciones: reconocer en el gesto del sacerdote cristiano durante la consagración el movimiento con el que las sacerdotisas alzaban la espiga de trigo durante los rituales de Eleusis resulta tan revelador como la reivindicación de un nuevo tipo de mitología integradora.

Tanto los descensos al inframundo del escritor japonés Haruki Murakami como la obsesión por la redención, los zombis o los mecanismos de representación del poder en las series televisivas podrían cobrar nuevos significados a la luz de un trayecto que Campbell inicia con las huellas de la primera infancia y el chamanismo de los cazadores y plantadores primitivos, y que extiende hasta las correspondencias entre la representación del cuerpo y el cosmos. Placer, poder, y deber, los sistemas de referencia de las sociedades primitivas, comparecen asimismo como pilares centrales en la marea contemporánea de las imágenes. Tanto los estudios de James Frazer y Mircea Eliade como la Völkerpsychologie de Wilhelm Wundt, la psicología gestáltica de Köhler o las investigaciones conductuales del zoólogo Niko Timbergen dan pie a una dramaturgia colectiva de las imágenes que vertebran realidad e imaginación.

En el primer sueño del que la humanidad conserva memoria, escrito hace más de tres mil años sobre unas tablillas de arcilla, la procuradora del palacio de Mari en Mesopotamia, Addudûri, se lamenta de la imagen aterradora de un templo vacío, del que la diosa Bêlit-ekallim habría sido hurtada junto al resto de las divinidades. No se trata sólo de que la ausencia de Dios bajo la máscara constituya uno de los terrores fundamentales del ser humano. En la angustia provocada por la falta de mediación, de lo que Campbell denomina un mesocosmos, se dibuja una pregunta aún mayor: ¿Cómo nos relacionamos con las imágenes?

¿Hay una pérdida que precede a toda presencia? ¿Acaso, como ha señalado Pascal Quignard, no emerge toda iconografía de la búsqueda de esa imagen que falta, y que es la de nuestra concepción, la de la oscuridad que nos precedió?

Campbell 3 Tanto en Las máscaras de Dios como en Imagen del mito y Las extensiones interiores del espacio exterior, ambos también publicados por Atalanta, o en la serie de entrevistas El poder del mito, retransmitida por la PBS en 1988, un año después de la muerte de Campbell, el motor principal de la mitología no se identifica nunca con la agonía de la búsqueda sino con el rapto del éxtasis y la revelación. “No la muerte sino la resurrección ¡aleluya!”, sentencia Campbell, que solía recordar que la función de los mitos es hilvanar conciencia, ser y felicidad –Sat-Chit-Ananda, en el sánscrito de las Upanishad– para poder entender lo que somos y lo que pensamos, para poder conocer la tradición.

Desde el antiguo Egipto hasta ‘Stranger things’ se puede identificar el itinerario arquetípico del monomito.


https://www.pressreader.com/spain/la-vanguardia-culturas/20170311/281479276216433


El estudioso de mitología y religión comparada, Joseph Campbell (New York, 1904-Honolulu, 1987), definió la figura del “héroe de mil caras” como mito central en la historia humana. Su vasta obra abarcó múltiples aspectos de la experiencia humana. Editorial Atalanta recupera ahora los 4 volúmenes de su obra magna, Las máscaras de Dios, hoy en día descatalogada. Esta misma semana sale el primer volumen “Mitología primitiva”; en otoño, “Mitología oriental”; y los otros dos, “Mitología occidental” y “Mitología Creativa” serán editados en 2018.

http://www.edicionesatalanta.com/libro.php?id=126


El claro del bosque. María Zambrano

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El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención.

[…]

Un centro en toda su plenitud, por esto mismo, porque el humano esfuerzo queda borrado, tal como desde siempre se ha pretendido que suceda en el templo edificado por los hombres a su divinidad, que parezca hecho por ella misma, y las imágenes de los dioses y seres sobrehumanos que sean la impronta de esos seres, en los elementos que se conjugan, que juegan según ese ser divino.

Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada. Ya que parece que la nada y el vacío —o la nada o el vacío— hayan de estar presentes o latentes de continuo en la vida humana. Y para no ser devorado por la nada o por el vacío haya que hacerlos en uno mismo, haya a lo menos que detenerse, quedar en suspenso, en lo negativo del éxtasis. Suspender la pregunta que creemos constitutiva de lo humano. La maléfica pregunta al guía, a la presencia que se desvanece si se la acosa, a la propia alma asfixiada por el preguntar de la conciencia insurgente, a la propia mente a la que no se le deja tregua para concebir silenciosamente, oscuramente también, sin que la interruptora pregunte la suma en la mudez de la esclava. Y el temor del éxtasis que ante la claridad viviente acomete hace huir del claro del bosque a su visitante, que se torna así intruso. Y si entra como intruso, escucha la voz del pájaro como reproche y como burla: «me buscabas y ahora, cuando te soy al fin propicio, te vuelves a ese lugar donde respirar no puedes», o algo por ese estilo suena en su desigual canto. Y un cierto sosiego puede procurar ese reproche y esa burla. […]

Y aparece luego en el claro del bosque, en el escondido y en el asequible, pues que ya el temor del éxtasis lo ha igualado, el temblor del espejo, y en él, el anuncio y el final de la plenitud que no llegó a darse: la visión adecuada al mirar despierto y dormido al par, la palabra presentida a lo más. Se muestra ahora el claro como espejo que tiembla, claridad aleteante que apenas deja dibujarse algo que al par se desdibuja. Y todo alude, todo es alusión y todo es oblicuo, la luz misma que se manifiesta como reflejo se da oblicuamente, mas no lisa como espada. Ligeramente se curva la luz arrastrando consigo al tiempo. Y no se olvidará nunca que la curvatura de luz y tiempo no es castigo, o que no lo es solamente, sino testimonio y presencia fragmentada de la redondez del universo y de la vida, y que el temblor es irisación de la luz que no deja de descender y de curvarse en todo recoveco oscuro, que se insinúa así, ya que directamente no puede sin violencia arrolladora permitirse entrar en nuestro último rincón de defensa. Y los colores mismos nacen para hacernos la luz asequible. Y el Iris resplandece, antes que arriba en los cielos, abajo entre lo oscuro y la espesura, creando así un imprevisible claro propicio. […]

Y luego hay que seguir de claro en claro, de centro en centro, sin que ninguno de ellos pierda ni desdiga nada. Todo se da inscrito en un movimiento circular, en círculos que se suceden cada vez más abiertos hasta que se llega allí donde ya no hay más que horizonte.

Alguna figura en esta lejanía anda a punto de mostrarse al borde de la corporeidad, o más bien más allá de ella, sin ser un esquema ni un simple signo. Figuras que la visión apetece en su ceguera nunca vencida por la visión de una figura luminosa ni por esplendor alguno. Algún animal sin fábula mira desde esta lejanía. Algún jirón se desprende de una blancura no vista, algo, algo que no es signo. Nada es signo, como si se vislumbrase un reino donde lo que significa y lo significado fuera uno y lo mismo, donde el amor no tiene que ser sostenido ni la naturaleza ande como oveja perdida o sorprendida que se aparece y se esconde. Y la luz no se refleja ni se curva ni se extiende. Y el tiempo sin derrota no transcurre, allá lejos donde se enuncia el centro al que espejan en instantes los claros de este bosque.

Y la visión lejana del centro apenas visible, y la visión que los claros del bosque ofrecen, parecen prometer, más que una visión nueva, un medio de visibilidad donde la imagen sea real y el pensamiento y el sentir se identifiquen sin que sea a costa de que se pierdan el uno en el otro o de que se anulen.

Una visibilidad nueva, lugar de conocimiento y de vida sin distinción, parece que sea el imán que haya conducido todo este recorrer análogamente a un método de pensamiento. […]

Y se recorren también los claros del bosque con una cierta analogía a como se han recorrido las aulas. Como los claros, las aulas son lugares vacíos dispuestos a irse llenando sucesivamente, lugares de la voz donde se va a aprender de oído, lo que resulta ser más inmediato que el aprender por letra escrita, a la que inevitablemente hay que restituir acento y voz para que así sintamos que nos está dirigida. Con la palabra escrita tenemos que ir a encontrarnos a la mitad del camino. Y siempre conservará la objetividad y la fijeza inanimada de lo que fue dicho, de lo que ya es por sí y en sí. Mientras que de oído se recibe la palabra o el gemido, el susurrar que nos está destinado. La voz del destino se oye mucho más de lo que la figura del destino se ve. Y así se corre por los claros del bosque análogamente a como se discurre por las aulas, de aula en aula, con avivada atención que por instantes decae —cierto es— y aun desfallece, abriéndose así un claro en la continuidad del pensamiento que se escucha: la palabra perdida que nunca volverá, el sentido de un pensamiento que partió. Y queda también en suspenso la palabra, el discurso que cesa cuando más se esperaba, cuando se estaba al borde de su total comprensión. Y no es posible ir hacia atrás. Discontinuidad irremediable del saber de oído, imagen fiel del vivir mismo, del propio pensamiento, de la discontinua atención, de lo inconcluso de todo sentir y apercibirse, y aun más de toda acción. Y del tiempo mismo que transcurre a saltos, dejando huecos de atemporalidad en oleadas que se extinguen, en instantes como centellas de un incendio lejano. Y de lo que llega falta lo que iba a llegar, y de eso que llegó, lo que sin poderlo evitar se pierde. Y lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá; ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo, la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo quizá también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque. Y el silencio. Todo ello no conduce a la pregunta clásica que abre el filosofar, la pregunta por «el ser de las cosas» o por «el ser» a solas, sino que irremediablemente hace surgir desde el fondo de esa herida que se abre hacia dentro, hacia el ser mismo, no una pregunta, sino un clamor despertado por aquello invisible que pasa sólo rozando. «¿Adónde te escondiste?…» A los claros del bosque no se va, como en verdad tampoco va a las aulas el buen estudiante, a preguntar.

Y así, aquel que distraídamente se salió un día de las aulas, acaba encontrándose por puro presentimiento recorriendo bosques de claro en claro tras del maestro que nunca se le dio a ver: el Único, el que pide ser seguido, y luego se esconde detrás de la claridad. Y al perderse en esa búsqueda, puede dársele el que descubra algún secreto lugar en la hondonada que recoja al amor herido, herido siempre, cuando va a recogerse.

María ZambranoClaros del bosque. Edición de Mercedes Gómez Blesa. Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2011.

Imagen: Kiki SmithCathedral Wolf, 2012 | Arazzo Jacquard Tapestry, 2896 x 1905 cm | Courtesy the artist

Y si enemigo no hubiese | David Escalona & Chantal Maillard

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Y SI ENEMIGO NO HUBIESE. Donde mueren los pájaros III
David Escalona / Chantal Maillard.

Una familia española exiliada hablan evocan los años crueles. Imágenes documentales en blanco y negro muestran la huida despavorida de rostros descompuestos por el miedo. Aviones, pájaros de guerra, descargan sus buches sobre Bilbao. La famosa secuencia de El espejo (1975) de Andrei Tarkovsky es una metáfora de los avatares de la recordación. ¿Son esas imágenes tan reales? Acaso parecen ilusorias ¿Es la memoria una caprichosa conformadora de ficciones? En la misma película, algunos pájaros son testigos mudos de la historia de la destrucción humana, de la dilatación de su dolor, de los espacios del sufrimiento. Desde allí arriba, el pájaro no participa. Sólo anuncia. Partimos de una dualidad: un enemigo por cada aliado, una derrota por cada victoria. En la conformación de una sociedad habituada a la desidia, se requiere un espacio amplio de negligencia. Los prósperos cimientos de nuestro lado del mundo se asientan en la voz callada de los olvidados. Pero, ¿y si enemigo no hubiese?

David Escalona (Málaga, 1981) conversa con Chantal Maillard (Bruselas, 1951) para hallar aquellos términos comunes donde la desventura se presenta por igual. Desde una lectura de la historia como acumulación irrefutable de cuitas, el descubrimiento es sobre-vivir –sobre la montaña de cadáveres, sobre el abusivo dolor del que deambula de cama en cama–. La historia se concreta como un despliegue de azotes que anulan la primigenia inocencia del que escucha al margen de la aceleración de los tiempos. David construye un espacio donde las conexiones ocultas entre objetos-metáforas reabre una nueva dimensión; aquella en la que el mal aparece despojado y se presenta como uno solo. Cinco camas en hilera y una brecha por la que se aleja la posibilidad de representación. Allí mismo, al mismo tiempo, la embaucadora atracción del vértigo. Aves paralizadas que son testigo del deambular. Dos fantasmales esgrimistas en sillas de ruedas que insisten en la embestida. Los juguetes de los recluidos en un Hospital. Todas las voces tenues escondidas en los muros del edificio, y de fondo, en la caída, el canto de un mirlo que bien podría escuchar, desde su celda, San Juan de los Enfermos, el Vendedor de Libros.

Organiza #FACBA

Más información: FACBA (Festival de Arte Contemporáneo de la universidad de Bellas Artes de Granada) : http://facba.tumblr.com/ 

Inauguración el 2 de Marzo a las 20.30 h, con una lectura poética de Chantal Maillard en el crucero del Hospital Real de Granada.

Exposición de David Escalona & Chantal Maillard, Capilla del Hospital Real C/Cuesta del Hospicio s/n, 18012 Granada #HospitalReal#Granada

Unas palabras de Chantal Maillard, presentando “Y si enemigo no hubiese”, la tercera parte de Donde mueren los pájaros: “En diálogo, esta vez, con la presencia-ausencia de aquella multitud de marginados (enfermos, huérfanos, dementes, etc.) que habitaron este hospital reconvertido ahora en el rectorado de la Universidad de Granada. Frente a la enseñanza de un saber pretendidamente universal por parte de las universidades a lo largo de su historia, hemos querido traer a este mismo lugar la memoria doliente de algunos de estos seres, pues quien sufre siempre lo hace en singular y el dolor no es cosa de universales.

“La dolorosa huella de una ausencia de David Escalona y Chantal Maillard”, artículo de prensa en diario Sur de Antonio Javier López (2 marzo 2017) acerca de la tercera parte de la exposición “Y si enemigo no hubiese” (Dónde mueren los pájaros III):

http://www.diariosur.es/culturas/201703/01/dolorosa-huella-ausencia-david-20170301235753.html

 

Aterida
en los surcos
graves de la culpa
palabras del anverso
mordedura refleja
circum
           loquium
que del duelo
hace trinchera
y del abismo causa


–pero ¿y si enemigo
no hubiese?

Chantal MaillardLa herida en la lengua. Tusquets, 2015


Fotografía: Detalle de la instalación “Y si enemigo no hubiese” (Dónde mueren los pájaros III) de David Escalona  ©David Escalona

Henry D. Thoreau. Todas las cosas buenas son salvajes y libres.

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«En una palabra todas las cosas buenas son salvajes y libres. Hay algo en unos acordes musicales, sean producidos por un instrumento o por la voz humana –por ejemplo, el sonido de una corneta en una noche de verano– que por su salvajismo, hablando sin ánimo de ironizar, me recuerda a las voces que profieren los animales salvajes en sus bosques originarios. Puedo entender mucha de su naturalidad. […] Me encanta, incluso, ver a los animales domésticos reafirmar sus derechos innatos, cualquier evidencia de que no han perdido del todo sus hábitos originarios y salvajes ni su vigor; como cuando la vaca de mi vecino se escapa del pastizal a principios de primavera y nada alegremente por el río, una corriente fría y gris de unas veinticinco o trenta pértigas de anchura, crecida por el deshielo. Es el bisonte cruzando el Mississippi. A mis ojos, esta hazaña confiere cierta dignidad al rebaño… tan digno de por sí. Las semillas del instinto se conservan bajo los gruesos cueros de las reses y los caballos, como la simiente en las entrañas de la tierra, durante un periodo indefinido

Henry D. Thoreau. Caminar. Trad. Federico Romero. Árdora exprés, 2001

 

Presentación de La isla de la tortuga, de Gary Snyder.

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En 1975, le concedieron el premio Pulitzer a Gary Snyder por “Turtle Island” publicado en Estados Unidos en 1974. Turtle Island es el nombre que le otorgaron los nativos a Norteamérica. Ahora “La isla de la tortuga” acaba de ser traducido en castellano por José Luis Regojo. Pronto estará en las librerías bajo el sello de Kriller 71 ediciones.

Presentación del libro en Barcelona, el Viernes 24 de marzo a las 20h en el bar la Createca, Comte Borrell 122, a cargo de José Luis Regojo, Nacho Fernández y Mónica Caldeiro.

¡Allí nos encontraremos!


«Como poeta cultivo los valores más arcaicos que existen, desde el Paleolítico tardío: la fertilidad de la tierra, la magia de los animales, la visión del poder en la soledad, la iniciación terrorífica y el renacimiento, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo común de la tribu.»  


«La naturaleza y los hombres necesitan variedad, diversidad y libertad para crecer. Cualquier forma de monocultivo mental es signo de estancamiento y muerte.»


«Es preciso comenzar a crecer con menos.»


Gary Snyder


Mente y realidad. Chantal Maillard

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Un día del año 792, Wu Daozi abrió una puerta en la montaña que acababa de pintar y desapareció tras ella. El emperador Xuan Zong no tuvo tiempo de seguirle.

Eliminar las diferencias entre realidad y ficción fue una de las metas de los pintores chinos en épocas pasadas. Mal comprendimos su enseñanza. Ver una representación como si fuese realidad es cuestión de entrenamiento. Ver la realidad como si fuese una representación también es cuestión de entrenamiento. Si con paciencia observamos, veremos cómo la mente construye lo que creemos realidad, aprenderemos sus reglas, comprobaremos su técnica y, quién sabe, puede que algún día seamos capaces de ser au(c)tores de nuestro mundo en vez de torpes marionetas.

Que la estructura mental responde a la lógica –logos– del universo no hay duda, pues ¿qué es el universo sino el nombre que le damos al conjunto de nuestras percepciones? Mente y realidad ¿no son acaso conceptos intercambiables?

 

Chantal Maillard. La mujer de pie. [La puerta de Wu Daozi]. Galaxia Gutenberg, 2016

Imagen: Pintura de Wu Daozi (680-740). Dinastía Tang.

 

La naturaleza dinámica del Tao. François Cheng

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La cultura china, por su duración, arrastró muchos avatares y elemen­tos petrificados que no hay que dudar en apartar. Su mejor parte radica en cierta concepción y cierta práctica de la vida, así como cierta expe­riencia de la belleza. Ningún chino está dispuesto a abandonar esta última parte, ya sea confuciano o taoísta, ya se haga budista, musulmán, o inclu­so marxista. Vale la pena detenerse un poco en ello.

La cosmología china se basa en la idea del Hálito, a la vez materia y es­píritu. Partiendo de la idea de Hálito, los primeros pensadores propusieron una concepción unitaria y orgánica del universo vivo en que todo está ligado y todo se sostiene. El Hálito primordial que garantiza la unidad original sigue animando todos los seres, ligándolos en una gigantesca red de entrecruzamientos y de engendramiento llamada Tao, la Vía.

En el seno de la Vía, la naturaleza del Hálito y su ritmo son ternarios, en el sentido en que el Hálito primordial se divide en tres tipos de hálitos que actúan de forma concomitante: el hálito Yin, el hálito Yang y el há­lito del Vacío medio. Entre el Yang, potencia activa, y el Yin, suavidad receptiva, el hálito del Vacío medio –que extrae su poder del Vacío original– tiene el don de impulsarlos a la interacción positiva, para que se produzca una transformación mutua, benéfica para ambos.

Desde esta óptica, lo que sucede entre las entidades vivas es igual de importante que las entidades mismas. (Esta intuición tan antigua coincide con el pensamiento de un filósofo del siglo XX: Martin Buber.) El Vacío toma aquí un sentido positivo, porque está ligado al Hálito; el Vacío es el lugar en que circula y se regenera el Hálito. Todos los seres vivos están ha­bitados por esos hálitos; sin embargo, cada uno está marcado por un papel más determinante del Yin o del Yang. Citemos, a modo de ejemplos, las grandes entidades que forman parejas: Sol-Luna, Cielo-Tierra, Montaña-Agua, Masculino-Femenino, etc. En correspondencia con esta visión taoísta, el pensamiento confuciano, como hemos visto anteriormente, tam­bién es ternario. La tríada Cielo-Tierra-Hombre afirma el papel espiritual que el hombre debe desempeñar en el seno del cosmos.

Esta concepción cosmológica basada en el Hálito conlleva principal­mente tres consecuencias que tienen que ver con el modo de captar el movimiento de la vida.

Primera consecuencia: debido a la naturaleza dinámica del Tao, y so­bre todo a la acción del Hálito que garantiza, desde el origen y de mane­ra continua, el proceso que va del no-ser hacia el ser (o el siendo) –en chino, del wu, “no hay”, hacia el you, “hay”–, el movimiento de la vida y nuestra participación en ese movimiento brotan siempre constante y mutuamente, como al principio. Dicho de otro modo, el movimiento de la vida se percibe en cada instante más como un advenimiento o un “giro” que como una mera repetición de lo mismo. Para ilustrar esta forma de comprensión, podemos citar como ejemplos dos prácticas que han atra­vesado el tiempo y han permanecido vivas: el taijiquan y la caligrafía.

Segunda consecuencia: el movimiento de la vida se encuentra preso en una red de constantes intercambios y entrecruzamientos. Podemos ha­blar de una interacción generalizada. Cada vida está ligada, aun incons­cientemente, a las demás vidas; y cada vida, como microcosmos, está liga­da al macrocosmos, cuya marcha no es sino el Tao.

meditacion-belleza Tercera consecuencia: en el seno de la marcha del Tao, que es todo menos una repetición de lo mismo, la interacción tiene como efecto la transformación. Más exactamente, en la interacción del Yin y del Yang, el Vacío medio, al drenar la mejor parte de ambos, los conduce a la trans­formación mutua, benéfica para uno y para el otro. Señalemos que el Va­cío medio actúa también en el tiempo. Si el río es la imagen del tiempo que fluye sin retorno, el pensamiento chino percibe que el agua del río, al tiempo que fluye, se evapora, asciende al cielo para convertirse en nube y vuelve a caer en forma de lluvia para realimentar el río en su fuente. Este movimiento circular impulsado por el Vacío medio es el de la renovación.

Trasladándolos al plano que nos ocupa, el de los modos de ser de la belleza, los tres puntos que acabamos de ver tienen sus respectivas corres­pondencias en los tres puntos siguientes:

– La belleza siempre es un advenir, un advenimiento, por no decir una epifanía, y más concretamente un “aparecer ahí”.

– La belleza implica un entrecruzamiento, una interacción, un encuen­tro entre los elementos que constituyen una belleza, entre esa belleza pre­sente y la mirada que la capta.

– De este encuentro, si es profundo, nace otra cosa, una revelación, una transfiguración, como un cuadro de Cézanne nacido del encuentro entre el pintor y la montaña Sainte-Victoire.

No todo el mundo es artista, pero todo el mundo puede ver su ser transformado, transfigurado por el encuentro con la belleza, puesto que la belleza suscita belleza, aumenta la belleza, eleva la belleza. El funciona­miento de la belleza también es ternario.

“La belleza es un aparecer ahí”, esta formulación puede sorprender. La belleza, si es, ¿acaso no viene ya dada, la veamos o no? ¿Por qué tiene que aparecer? Los chinos no pueden ignorar que existe una belleza “ob­jetiva”. Pero saben también que la belleza viva nunca es estática, ni se entrega totalmente. Como entidad animada por el Hálito, obedece a la ley del yin-xian, “oculto-manifiesto”. A imagen de una montaña oculta por la bruma, o de un rostro de mujer tras un abanico, su encanto reside en el desvelamiento. Toda belleza es singular y, según los momentos y las luces, su manifestación, por no decir su “surgimiento”, es siempre inesperado. Una figura de belleza, incluso una a la que estuviéramos acostumbrados, debería presentársenos cada vez como nueva, como un advenimiento. Por esta razón la belleza siempre nos conmueve. Hay bellezas llenas de una luminosa dulzura que, de repente, por encima de las tinieblas y del sufrimiento  nos remueven las entrañas; otras, surgidas de algún subterráneo, nos atrapan o nos arrebatan con su extraño sortilegio; otras, puro fulgor, subyugan, fulminan…

Hablaba antes de la montaña oculta por la bruma. Me recuerda la ex­presión “bruma y nube del monte Lu” que significa, en chino, una verdadera belleza, que es, como debe ser, misteriosa y “sin fondo”, como ya he dicho…

François Cheng, Cinco meditaciones sobre la belleza (fragmento de la Cuarta meditación). Trad. Anne-Hélène Suárez Girard. Ed. Siruela, 2007 (reed. 2012, 2016)

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Zhen Chou (1427-1509), El monte Lu. National Palace Museum, Taipei, Taiwan.


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François Cheng nació en China en 1929. Es profesor del Institut National de Langues et Civilisations orientales de l’université Paris III. Traductor, escritor, poeta, calígrafo, es miembro de la Academia Francesa.

Muy recomendable también su libro Vacío y plenitud, publicado por Siruela en 1993.

https://es.wikipedia.org/wiki/François_Cheng


 

La práctica sostenida

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Debido a que la atención a las cuestiones de la individuación puede provocar una intensificación de los pensamientos y los sentimientos, tenemos que procurar no convertirnos en unos simples coleccionistas de ideas y experiencias y dedicar también una considerable cantidad de tiempo a la tarea de aplicar lo que hemos aprendido en la vida cotidiana. Mi práctica diaria y la que enseño a otras personas es principalmente la de una contemplación del mundo, con todas las complejidades que semejante situación lleva aparejadas. Cualquiera que sea el lugar o la manera con que se empiece, hay que insistir en la necesidad de una práctica regular. No es necesario que ésta sea muy larga, pero sí concentrada durante el tiempo que se le dedique, enfocada de la manera más pura posible y, como es natural, ejercitada a diario.

Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos. Ediciones B, 1998 [Apéndice, nota 5]. (Las pequeñas modificaciones en la traducción son mías.)

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Un término clave es la práctica, entendida como un esfuerzo sostenido, deliberado y consciente por acompasarnos con mayor sutileza con nosotros mismos y la verdadera condición del mundo existente. El mundo, exceptuando una mínima intervención humana, es en última instancia un lugar salvaje. Es esa la parte de nuestro ser que dirige la respiración y la digestión, y cuando se observa y aprecia es una fuente de lúcida inteligencia. Las enseñanzas del budismo son realmente sobre la práctica y muy poco teóricas, aunque la teoría es tan atrayente que a lo largo de su historia ha provocado una ligera y sugerente desorientación en muchos.

La práctica de lo salvaje propone que nos ocupemos de algo más que de la ética medioambiental, la acción política o un activismo útil e ineludible. Debemos enraizarnos en la oscuridad de nuestro ser más profundo.

Gary SnyderLa práctica de lo salvaje [prólogo]. Varasek ediciones, 2016

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El mí, ese personaje interno que emite juicios al tiempo que experimenta agrado o desagrado, que piensa, cree, se emociona, se turba, se atemoriza, se defiende, se admira o se confunde y que siempre se identifica con sus estados, era el objeto [de observación] ahora. Identificarse con los propios estados mentales es la condición natural del ser humano; observarlos no es propio de esa condición, es el resultado de un entrenamiento, algo así como un ejercicio de esquizofrenia controlada mediante el que se procura establecer una distancia entre el mí (los estados sentimentales que aparecen en continua sucesión) y la conciencia que observa.

Chantal Maillard, Diarios indios, reeditado in India. Pretextos, 2014 [p.24]