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La astucia del vacío: cuadernos de Benarés. Jesús Aguado

La astucia del vacío

Me ha caído en las manos, no puedo soltarlo… Cada línea de este texto me devuelve a la India, ya me he ido, otra vez: el olor, el caos del tráfico, la profusión, el bullicio, los timbrazos, los mugidos, los altavoces, las sonrisas, los perros sarnosos, la transparencia del instante, su liviano pálpito, el suave velo del amanecer, vuelvo a emprender una conversación que no cesa (a veces sólo es un murmullo, un barullo interior) con Kali-la-negra, la Yagá, la devoradora, la deletreadora, la que sabe mi nombre, y lo desmiembra letra a letra…

Así empieza el texto de Jesús Aguado:

Mañana corta mi cabeza y tírasela por el balcón a las ratas. Verás cómo mastican mis ojos, cómo arrancan a dentelladas mi lengua, cómo se abren paso a través de mis fosas nasales y se disputan a mordiscos mis sesos. Su bullir laborioso y desordenado atraerá a los chuchos, a los monos, a los buitres que sobrevuelan las orillas del Ganges, a cientos de insectos y de ranas. Entre todos no dejarán nada de mi cabeza. Cuando lo comprendas, vuelve a entrar en la habitación y ámame: sólo entonces podré corresponderte.

*

Los perros acostados, acurrucados, ausentes, sobre las cenizas hace horas apagadas de los fuegos del invierno. Los calienta el recuerdo del fuego, el fuego imaginado más que el fuego real, los calienta esa modalidad del fuego que es el no-fuego. Y duermen plácidos y ajenos a los timbrazos de las bicis y a la algarabía de los vendedores. Cada vez que los miro algo en mí crepita, desde algún lugar de mí se alza una llama.
Qué tentación: pedir que, a mi muerte, y despues de incinerado, hagan un montón con mis cenizas y las dejen en una de esas calles para que algún perro duerma sobre ellas.

*

Este es un lugar para los sentidos más que para el intelecto – o mejor: aquí el intelecto se metamorfosea en piel suave, en mano despierta, en lengua feliz.

*

El tráfico: un caos con sentido, un caos humano. Hay un mínimo de normas y un máximo de impulsos. Cada cual busca su espacio y siente el de los demás. Ciencia de los milímetros: nos rozamos pero casi nunca hay choques, golpes serios, atropellos. Desde arriba y desde fuera parece un nudo, una maraña soñando con una tijera liberadora, la madeja de un tejedor loco. Desde dentro es más bien como cualquier conversación: se cruzan los temas o se cambian por otros sin transición, se superponen dos o más voces, se grita o se ausenta uno durante varios segundos, se abandona sin conclusiones. El tráfico habla a gritos, pero dice algo inteligible y sensato: hazte un hueco, busca tu sitio; y hazlo no contra los demás sino porque eso es lo que esperan, lo que necesitan los demás para poder encontrar el suyo, para seguir avanzando sin accidentes. Coordinación instintiva que sólo en casos extremos recuerda alguna clase de código de la circulación. Más semejante a una bandada de aves, a un hormiguero o a un cardumen de peces, que parecen formar una especie de única mente colectiva, que a esa procesión de solitarios agresivos y castrados de nuestras carreteras. Un caos armónico frente a un orden infernal. Ambos producen muertos, sí, claro, y no sé cuál más según las estadísiticas, pero en el primero apostaría que sobre todo por culpa del cansancio físico y en el segundo de frustraciones conscientes o inconscientes que estallan con violencia. En la India conduzco alerta: mis sentidos se despiertan y me cuidan, un regalo para el cuerpo y el alma que transportaré a otras experiencias mías; en Occidente conduzco en tensión (mi cabeza vigila a los que me vigilan, a los que me persiguen y me odian sin conocerme, a los que me sancionan, a los que buscan suicidarse acompañados sin saberlo), una carga que me pasará factura en el resto de mis actividades. Un diálogo que a distancia parece de sordos y es todo lo contrario el tráfico en la India; muchos monólogos yuxtapuestos el de Occidente. Atascos que parecen orgías (imposibles distinguir los miembros, todos se tocan con todos) y atascos que parecen tediosas procesiones de personas sin fe.

Jesús Aguado. La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés. DVD ediciones

La soledad creadora de Liliane Mizrahi

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Algunos fragmentos del libro La mujer transgresora -libro descatalogado desde hace unos años (tenemos sus páginas iniciales en pdf)- para acompañar el final de nuestra tarea con Piel de foca, piel del alma.

A veces, al soportar el propio desamparo, descubro el lugar preciso del enigma. Una clave importante para sostener el proceso de crecimiento. El sentimiento de orfandad es inevitable. La dependencia, la necesidad de sostén, de comprensión, la resonancia sensible del otro con el propio sufrimiento, el miedo a la soledad y otros dolores son propios de nuestro género humano.

Estas características generalmente nos determinan para establecer vínculos infantiles, dependientes, muchas veces simbióticos, en los que contraemos pactos de no crecimiento. Sufrimos inevitablemente en todas aquellas situaciones en las que nuestra autonomía está amenazada.

La cultura en que vivimos, los cánones sociales, los mandatos familiares y otras convenciones educativas por el estilo nos enseñan el horror de la soledad. Así, desde esta perspectiva, la soledad se convierte en vacío, aislamiento, abandono o deterioro. Se cree que la soledad es fundamentalmente carencia. Nadie nos induce a explorarla, conocerla, dialogar con ella, transformarla en un espacio de encuentro fecundo con uno mismo.

Miedos ancestrales nos ayudan a pegotearnos e incrustarnos en los otros, renunciando las más de las veces a nuestra autonomía. Cualquier cosa con tal de no estar solos. Concedemos, intentamos conciliar, negamos realidades que son obvias o dolorosas, buscamos cuanta forma de autoengaño sepamos conseguir con tal de no quedarnos, o de que no nos dejen solos. La soledad se ha convertido entonces en un malentendido con la vida.

¿Qué hago con esa vivencia de orfandad que implica la propia soledad?
Puede ser que ponga en marcha la experiencia de integrarme, acercarme un poco más a mi misma para enterarme quién soy y cómo soy. O bien puedo postergar mi propia búsqueda e iniciar la búsqueda de algún otro que calme mi ansiedad frente al vacío.

Sé por experiencia que quien no está capacitado para vivir armónicamente consigo, no está capacitado para vivir con otro. La soledad, como logro de mi propia madurez, ratifica la confianza en mi autonomía. Es solamente a partir del compromiso que asumo en la convivencia conmigo desde donde puedo elegir convivir con otro. Descubro la alteridad. En la medida en que sé quién soy, puedo darme cuenta de quién es el otro. Cuando me encuentro conmigo, descubro al otro como ser diferente y discrepante con quien puedo elegir estar o no.

El proceso de transformación del vínculo con la soledad, en tanto modifica los significados originarios que culturalmente se le adjudican, es en primera instancia una transgresión.

Convertir la soledad en un encuentro consigo mismo es una propuesta transgresora en tanto implica la ruptura con los mandatos de enajenación que fuimos recibiendo a través de la educación y a lo largo de nuestra historia. La transgresión ha iniciado su proceso ascendente cuando vamos comprendiendo que nadie se libera de una vez y para siempre. Llego a la conclusión de que no se alcanza ni la verdad ni el conocimiento en términos estáticos y definitivos, sino procesales.

Liliana Mizrahi. La mujer transgresora. Ed. Emecé, 1990.


 

Ay, la incertidumbre…

Un párrafo-tornado de Clarice Lispector sacado de su libro La pasión según G.H.

Si tengo coraje, me dejaré seguir perdida.
Pero tengo miedo de lo nuevo y tengo miedo de vivir lo que no entiendo.
Quiero tener siempre la garantía de por lo menos estar pensando que entiendo.
No sé entregarme a la desorientación.
¿Cómo se explica que mi mayor miedo sea ser?

*

Un frase-guía de María Zambrano, al final de su precioso y luminoso librito Los bienaventurados, frase tantas veces citada en nuestros talleres…

Hay una esperanza que nada espera, que se alimenta de su propia incertidumbre: la esperanza creadora; la que extrae del vacío, de la adversidad, de la oposición, su propia fuerza sin por eso oponerse a nada, sin embalarse en ninguna clase de guerra.

La soledad deliberada de María Zambrano

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Para abonar nuestras reflexiones últimas sobre la soledad y el silencio en nuestro afán por “volver a casa”, comparto estos fragmentos de María Zambrano perdidos y re-encontrados en su obra Claros del bosque. Hacen parte de la octava sección: La entrega indescifrable, y son sacados del apartado La mirada remota.


La soledad, aquella más pura no tocada por el afán de independencia ni por el sentimiento de encontrarse aislado, la soledad aceptada en el abandono, recibe el don de la mirada remota que la sostiene.

El silencio es la nota dominante de esta aceptada soledad que puede darse aun en medio del rumor y del bullicio, y que florece bajo la música que se escucha enteramente. Es el silencio que acalla el rumor interior de la psique y el continuo parlar de ese personaje que llevamos dentro, y que la exterioridad ha ido formando a su imagen y semejanza: banal, discutidor, contestatario; el que tiene razón sin descanso, capaz de hacerla valer sin tregua, frente a algo, y a solas frente a nada; guardián del yo socializado y sobretodo de eso que se llama la personalidad, el que no puede quedarse callado y en alta voz lo dice, añadiendo como causa y motivo de su incesante hablar “frente a la injusticia”. “Frente a la iniquidad”, aunque luego cuando ellas están ahí ante sus ojos suele callarse. Y colabora con sus razones para enconar la soledad del aislado y no permitirle que su aislamiento ascienda a ser soledad pura, que acaba así siendo al modo de un delirio de la psique sometida a la representación social y aun más a la representación del papel social del que el sujeto que lo alberga se cree investido.

Viene el silencio como si descendiera desde lo más alto sobre la soledad y la recoge como ofreciéndola, casi dándole un nombre, y la conduce sin crear movimiento alguno en el ánimo; imperceptiblemente la envuelve. Todo es inmediato y no hay camino. La mirada remota se hace sentir. Una mirada sin intención y sin anuncio alguno de juicio o de proceso. La mirada que todo lo nacido ha de recibir al nacer y por la cual el naciente forma parte del universo.


La visión no-dual de Schrödinger: "Eso eres tú"

Sob. Mi concepción del mundo


Aquí va un extracto del libro “Mi concepción del mundo” del físico Erwin Schröndinger (1887-1961), padre de la mecánica cuántica y premio Nobel de Física en 1933, que constituye un testimonio, sin duda iluminador, acerca de algunos de los temas que, desde los últimos meses, van surgiendo en los talleres: ¿quién o qué soy?, ¿cuál es la naturaleza del yo?, ¿qué es la conciencia?, lo real y la apariencia, la unidad y la multiplicidad, la mente y la naturaleza, la presencia plena en el ahora y la naturaleza del tiempo… Schröndinger hace referencia en este texto a la concepción vedántica, núcleo gnóstico de la tradición índica reflejada en los Upanishad, para la que “la pluralidad que percibimos es solamente una apariencia, no es real”. Y a continuación, nos ofrece la descripción de una experiencia y una profunda reflexión. Sus palabras reflejan el centro “invisible” de nuestra tarea lobuna.

“Supongamos que estoy sentado en un tronco junto a un sendero en una región de alta montaña. Estoy rodeado de laderas cubiertas de hierba, de las que emergen aquí y allí abruptamente algunas rocas; en la ladera opuesta del valle diviso un pedregal entreverado escasamente de arbustos de abedules. A ambos lados del valle, la vegetación trepa en pendientes escarpadas hasta alcanzar la línea de pastos donde cesa el arbolado; enfrente, remontándose desde las honduras del valle, se yergue poderoso un pico, de cuya cumbre desciende un glaciar entre suaves hondonadas cubiertas de nieve y agudas aristas rocosas, que en este momento acarician, tiñéndolas de un suave color rosa, los últimos rayos del sol poniente, destacándose todo ello en maravilloso contraste sobre el fondo azul, pálido y transparente, del cielo.

Según la forma ordinaria que tenemos de ver las cosas, todo eso que estoy viendo ha estado ahí durante miles de años antes de ahora, fuera de algunos cambios sin importancia. Dentro de algún tiempo, no mucho, yo habré dejado de existir, y esos bosques, esas rocas y ese cielo seguirán estando ahí más o menos igual durante miles de años después de que yo haya desaparecido.

¿Qué es lo que me ha sacado de la nada de un modo tan repentino, a fin de gozar por tan corto rato de un espectáculo al que resulto absolutamente indiferente? Las condiciones que han permitido que yo exista son casi tan antiguas como las rocas que contemplo. Durante miles de años, me han precedido otros hombres que se han esforzado, han sufrido, han engendrado, y otras mujeres que han parido a sus hijos con dolor. Tal vez hace cien años estuvo aquí mismo sentado otro hombre, y como yo, estuvo mirando a esa luz feneciente reflejarse en el glaciar, sintiéndose entre nostálgico y sobrecogido en su corazón. Como yo, había sido engendrado por un hombre y había sido parido por una mujer. Había sentido penas y breves alegrías en su vida, como yo mismo. ¿Era alguien distinto de mí? ¿No era tal vez yo mismo? ¿En qué consiste mi yo? ¿Qué condiciones fueron necesarias para que lo concebido esta vez fuera yo, justamente yo y no otro? ¿Qué significado científico claramente inteligible puede realmente corresponder a ese “otro”? Si mi madre hubiese vivido con otra persona distinta de mi padre y hubiese tenido de él un hijo, y mi padre hubiese hecho otro tanto, ¿habría yo llegado a ser? ¿O es que acaso vivía yo ya en ellos, y en los padres de mis padres, y así sucesivamente, desde hace miles de años? E incluso si fuera así, ¿por qué yo no soy mi hermano, o por qué mi hermano no es yo, o no soy yo alguno de mis primos lejanos? ¿Qué es lo que justifica el que nos empeñemos tan obstinadamente en descubrir esa diferencia – la diferencia entre mi propio yo y los demás – cuando objetivamente lo que hay en todos es la misma cosa?

Al pensar y ver las cosas de esta manera, es posible que de pronto caigamos en la cuenta de la profunda verdad que alberga la convicción básica del Vedanta: no es posible que esa unidad de conocimiento, de sentimiento y de decisiones a la que llamamos el propio yo haya saltado de la nada al ser en un momento dado hace apenas un poco de tiempo; más bien, ese conocimiento, sentimiento y decisión son en lo esencial eternos, inmutables y numéricamente unos y los mismos en todos los seres humanos, más aún, en todos los seres dotados de sensibilidad. Pero no en el sentido de que cada uno de nosotros sea una parte o una porción de un ser infinito y eterno, o un aspecto o modificación del mismo, como en el panteísmo de Spinoza. Porque entonces seguiríamos topándonos con la misma pregunta embarazosa: ¿qué parte o qué aspecto soy yo? ¿Qué es lo que objetivamente me diferencia de los demás? No es eso, sino que, por inconcebible que resulte a nuestra razón ordinaria, todos nosotros – y todos los demás seres conscientes en cuanto tales – estamos todos en todos. De modo que la vida que cada uno de nosotros vive no es meramente una porción de la existencia total, sino que en cierto sentido es el todo; únicamente, que ese todo no se deja abarcar con una sola mirada. Eso es lo que, como sabemos, expresa esa fórmula mística sagrada de los brahmines, que es no obstante tan clara y tan sencilla: Tat twan asi, eso eres tú. O también, lo que significan expresiones como: “Yo estoy en el este y en el oeste, yo estoy encima y debajo, yo soy el mundo entero.”

Podemos, pues, tumbarnos sobre el suelo y estirarnos sobre la Madre Tierra con la absoluta certeza de ser una sola y misma cosa con ella y ella con nosotros. Nuestros cimientos son tan firmes e inconmovibles como los suyos; de hecho, mil veces más firmes y más inconmovibles. Tan seguro como que mañana seré engullido por ella, con igual seguridad volverá a darme de nuevo a luz un día para enfrentarme a nuevos trabajos y padecimientos. Y no solamente “un día”: ahora, hoy, cada día, me da a luz continuamente, no ya una vez, sino miles y miles de veces, lo mismo que me va devorando miles de veces cada día. Porque eternamente, y siempre, no existe más que ahora, un único y mismo ahora; el presente es lo único que no tiene fin.”


Una loba en la Biblioteca del Bosque: un paseo por la obra de Miguel Ángel Blanco

La biblioteca del bosque

Fue en la primavera pasada cuando me topé con esta peculiar Biblioteca, guiada por una sutil y misteriosa lógica que hace que parezca natural el hecho que una loba, en sus azarosos paseos por los territorios del arte y la naturaleza, termine encontrándose con una Biblioteca del Bosque …

Una biblioteca sin una sola palabra, sin frases ni disertaciones. Otra enseñanza es ésta, otro lenguaje es el que se habla aquí, compuesto por el alfabeto mudo de la naturaleza. Un alfabeto que despierta nuestros sentidos, que nos recuerda quienes somos, de donde venimos y donde estamos, una enseñanza que nos lleva a profundizar, en un mismo gesto, en el conocimiento y la sensibilidad con respecto al entorno natural y hacia nosotros mismos, rebasando la consabida dualidad.

Esta biblioteca alberga unos libros-caja que recogen la escritura de la Tierra, el lenguaje cifrado de la naturaleza y de sus ciclos: musgos, líquenes, cortezas, acículas, piñones, pólenes, zarzas, hongos, cera, raíces, semillas, plumas, hojas, sal, algas, lavas, tierras, minerales, gotas de ámbar o resinas son algunos de los materiales que Miguel Ángel Blanco ha recolectado en sus escarceos de caminante solitario por los bosques y los desiertos, por las montañas y las orillas del mundo, a lo largo de más de 25 años… “Materiales que liberan imágenes ocultas” dice el artista-recolector… Sus libros son composiciones orgánicas que nos hablan de la vida salvaje, nos sumergen de nuevo en ella, mostrando con una inagotable fertilidad la belleza de la naturaleza. “Creo que es posible todavía sumergirse en la vida secreta de la naturaleza, escribe el artista madrileño… El bosque es uno de sus lugares privilegiados en los que se puede sentir la palpitación de la madre tierra…” Y es en el bosque, en el valle de la Fuenfría donde vivió a partir de 1980, cuando Miguel Ángel Blanco, en silencio y en soledad, volvió “a germinar”, cuando encontró lo que sería su “arte”, siguiendo intuitivamente a tres cuervos que le llevaron hasta unas cajas de madera a partir de las cuales su trabajo, sus rituales, sus visiones empezaron a encontrar un lenguaje propio que no es sino el mismo lenguaje de la naturaleza.

Miguel Angel blanco

Cada libro-caja es una invocación silenciosa, una revelación, un santuario, nos dice este genuino compilador asilvestrado. Cada uno está elaborado siguiendo un ritual preciso. Un ritual que busca recuperar nuestra sensibilidad telúrica, activando de nuevo nuestros sentidos atrofiados, acrecentando nuestra receptividad aletargada, haciéndonos partícipe del misterio de lo natural. “Dentro de una pequeña caja pueden abrirse abismos insondables, vislumbrarse lagos profundos, espacios infinitos, tormentas, arroyos, fuego… y hasta, a través de una gota de resina, la formación del Universo. Micropaisajes. El libro-caja es la memoria de lo inmemorial. Pero nunca podremos abarcar la infinitud de la dimensión íntima.”

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Cada acontecimiento (así llama Miguel Ángel Blanco a lo que viene recogido en las cajas) está introducido por unas páginas en las que se despliegan dibujos y gravados. “El sucederse de las páginas es asimilable al movimiento del alma al caminar, explica el artista, relación que otorga al libro un carácter dinámico.” Blanco hace hincapié en la elección del soporte de papel cuya textura, origen y color son determinantes pues “están ya hablando antes de convertirse en dibujos.” Además de la variedad de los papeles (desde el humilde de estraza al suntuoso de pergamino, pasando por el vegetal, los japoneses de kozo, los nepalíes de corteza de lokhte, los indios de caña de azúcar, los tailandeses de fibra de morera y otros muchos), las técnicas puestas en juego para la realización de los dibujos son también muy variadas: las aspersiones de tinta, las huellas positivas o negativas de materiales utilizados en la caja, las líneas de fuego, las marcas hídricas o distintas técnicas de grabado… Después de sellar la caja con un vidrio para mantener sus contenidos, Blanco procede a encuadernar el libro y realiza un estuche de madera para él. Finalmente, el libro (cada uno con un formato y un color diferentes) pasa a integrarse, siguiendo una disposición horizontal, en su “gran escultura”, la Biblioteca del Bosque, que concibe como “una obra en proceso de crecimiento continuo”. Un verdadero work-in-process.

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Adentrarse en esta Biblioteca del Bosque compuesta, hoy por hoy, de más de mil libros-caja, pacientemente ensamblada por la minuciosa tarea de un lobo solitario, es un verdadero placer para la inteligencia y para los sentidos. Otra manera de habitar el mundo, sintiéndonos parte integrante del conjunto de las cosas, de las fuerzas y de los fenómenos que componen el alma del universo. Una manera lobuna sin duda alguna.

http://www.bibliotecadelbosque.net

Muriel Chazalon

Lobas pintoras

img_3703.jpgimg_3702.jpgimg_3694.jpgimg_3690.jpgComo sabéis, Lors se había ofrecido invitándonos a su taller, a explicarnos los conceptos básicos para experimentar con la pintura, así que algunas respondimos a su llamada y nos reunimos allí una mañana gris y con lluvia.
En su taller, rodeadas de muebles que esperan ser restaurados y volver a la vida, Lors nos fue explicando como mezclar los colores primarios para obtener los llamados “secundarios”, como conseguir matices, nos habló de los colores “complementarios”, de los diferentes tipos de pinturas, de los papeles, de las características de los pinceles, como escogerlos, como limpiarlos….
También hicimos practicas y intentamos recoger en nuestras libretas los colores del otoño y del invierno…
Fueron horas provechosas y aprendimos mucho. !!!! Muchas gracias Lors ¡¡¡¡

Después nos fuimos a contemplar el mar… con las magnificas olas y el fuerte viento que levantaba levemente la arena de la playa… ¡¡Que bien, que agradecimiento de ser loba¡¡

Lola hacer una crónica de lo aprendido es difícil, resultaría más fácil explicártelo personalmente si quieres.
Las fotos que hice salieron bien pero no consigo que aparezcan en formato mayor.

CRONICAS DESDE EL MUSEO CHILLIDA LEKU Septiembre 2010

En relación al cuento de La doncella Manca os invito a compartir unas palabras y un dibujo de Chillida

Las manos de Chillida

“Yo había observado que tenía una facilidad grande para dibujar . Un día me di cuenta de que probablemente lo que me cerraba el camino para hacer las cosas con profundidad era precisamente la facilidad de mi mano, es decir , que mi mano no solamente no me ayudaba , si no que me entorpecía; tomé una decisión …decidí dibujar con la mano izquierda ….pasé una época difícil tenía la sensación de encontrarme en tierra de nadie , “entre el ya no y el todavía no “. Quería ir hacia delante y no podía ; intente volver hacia atrás pero no me salía porque ya me lo sabia …entonces escribí “Tengo las manos de ayer , me faltan las de mañana”…pase una época difícil en Paris tenía la sensación de estar actuando un poco condicionado por el ambiente y el medio. Tomé la decisión de volver a mi tierra con una idea “Voy a ir a ver crecer la hierba allí tranquilo” buscando la sensación de que las cosas fueran creciendo de modo natural ….Después he seguido toda la vida tratando de buscar el lugar desde donde hay que ver ; eso tan hermoso que dice Kierkegaard: “No se trata sino de buscar el lugar desde donde hay que ver”

 

ESCRITOS  Eduardo Chilllida