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Cecilia Vicuña: “El Premio Velázquez a mis ‘basuritas’ señala un cambio de conciencia”

Es una artista auténtica, invisible hasta que la última Documenta de Atenas la ‘situó’ en el mapa. Su obra es poesía espacial y la palabra su mejor arma. El CA2M de Móstoles celebra desde mañana la primera retrospectiva de Cecilia Vicuña en España con sus pinturas “pop indígena”, quipus y ‘basuritas’

LUISA ESPINO19 febrero, 2021

Cecilia Vicuña en la Documenta de Atenas. Foto: Daniela Aravena
Cecilia Vicuña en la Documenta de Atenas. Foto: Daniela Aravena

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Cecilia Vicuña (Santiago de Chile, 1948) habla sin prisa, acariciando cada palabra de la misma manera que arma con ellas toda su obra, ya sea poesía, performance, pintura o escultura. Huye de “las categorías de la cultura occidental” y se mueve libremente entre un medio y otro. Lleva décadas trabajando, desde 1980 en Nueva York, aunque la mayoría no supimos de su existencia hasta hace tres años, cuando presentó su monumental quipu inca teñido de rojo carmesí en la Documenta 14 en Atenas. Esa enorme pieza textil conectaba a las diosas andinas con la mitología griega y fue la más fotografiada de la cita. Lo recuerda Vicuña con cierta gracia: “50 años haciéndolos y la gente empieza a interesarse por esa cosa roja entonces”. Dos años después, en 2019, recibió el Premio Velázquez de las Artes Plásticas en España y, de nuevo, muchos se preguntaron quién era aquella mujer de aspecto indígena que ya peinaba –y en una larga trenza– canas. 

Parece como si esta poeta, artista y activista hubiera llegado a todo antes que los demás. Se adelantó a tendencias que hoy son imperantes como la defensa del medioambiente, el uso de materiales de desecho (basuritas) con los que construyó pequeñas esculturas en la orilla del mar y el arte textil. Todas las obras tienen un profundo sentido de compromiso y de conciencia del ser y el estar en el planeta, y la mirada puesta en el arte precolombino antes, incluso, de que circularan libros sobre el tema y de que los museos comenzaran a revisarlo.

Pregunta. No cree en categorías y sin embargo creó el arte precario, sus pequeñas esculturas efímeras, ¿cómo surgió? 

Respuesta. Fue en enero de 1966 en Concón, en Chile, aunque nunca haya sido reconocida como una creación de ese momento y de ese lugar. Estaba en la playa y sentí que el viento no solamente pasaba sino que jugaba conmigo, daba la vuelta por mi cintura. Entonces comprendí que todo a mi alrededor –la luz, el mar, la arena– todo era consciente, todo veía como yo veo. Agarré un palito y lo paré en la arena y aquello me comunicó todo lo que ella era, es decir, el bosque destruido, las ramas que viajan por el mar y son botadas en la playa, todas esas basuras de plástico que están ahí repartidas. La inmensa mayoría han desaparecido y solo de algunas existen fotos. Como dice un sabio balinés: las obras de arte son para la divinidad y nosotros, los humanos, aprovechamos sus restos materiales. El CA2M va a ser el primer museo donde no voy a hacer obras nuevas por el hecho de que por la pandemia no puedo ir para allá. Generalmente en los museos encuentro basuritas maravillosas.

“El quipu es más antiguo que la escritura alfabética. el derecho a la propiedad comunal y familiar estaba escrito en esos nudos” 

P. Su obra La ruca abstracta (1974), ¿tiene también que ver con esas basuritas

R. Claro que sí. Esa ruca está relacionada con algo que en Chile se llama las animitas. Cuando hay accidentes de tráfico, las familias de los muertos hacen unas capillitas en miniatura a modo de pequeños altares para que haya memoria de que allí murió una persona amada. La muerte de Allende fue para mí fue un dolor tan infinito… Significaba asesinar un mundo completo, un potencial de revolución democrática por la justicia. Hice entonces esta ruca como una animita para él. Estaba en Londres en un exilio miserable, apenas comía, y escogí lo que tenía a mano y pinté su retrato en un pedazo grande de madera para una muestra que había organizado con mis compañeros en el Royal College of Art. 

'La ruca abstracta', 1974, en la exposición del CA2M
‘La ruca abstracta’, 1974, en la exposición del CA2M

P. ¿Cómo explica el juego de palabras de Veroír el fracaso iluminado, el título de su exposición en el CA2M?

R. Compuse ese título pensando en qué es lo que realmente mi trabajo comunica: un modo de percepción, en el que sentipensar o veroír se fusionan como el arte y la poesía. Lo que es y lo que no es, un estado potencial. Estas conjunciones las llevo escribiendo desde hace muchas décadas, aparecen con mucha claridad en los ochenta en los primeros libros de la palabra. Pero la idea del fracaso está en mi obra desde los sesenta, cuando escribí un poema en el que cuento que yo nací bajo el signo del fracaso. Asumirlo fue para mí absolutamente liberador. 

El fracaso de la humanidad

P. ¿A qué tipo de fracaso se refiere? 

R. Al fracaso de la humanidad y al fracaso personal. El fracaso de la humanidad es también su triunfo porque es la invasión del planeta. Los virólogos dicen que nuestra especie ha tenido tanto éxito que ha ocupado todos los espacios del planeta pero si nuestra especie se extingue va a ser precisamente por eso. Entonces, ¿es triunfo o es fracaso? Es el fracaso de no haber sabido cuidar la Tierra. Esa frase del título no se puede entender ni para delante ni para atrás, pero funciona de otra manera, de una manera no lineal.

El otro corpus de trabajo fundamental en la obra de Vicuña son los quipus, un sistema de escritura de nudos que utilizaban los antiguos incas. Para realizarlos a gran escala –el de la Documenta tenía 8 metros de altura– la propia artista enrolla su cuerpo en las grandes telas. “El quipu –explica Vicuña– es más antiguo que la escritura alfabética o la escritura de Mesopotamia. Cuando los españoles llegaron encontraron que estas hebras anudadas eran como una estopa para limpiar el piso y no le dieron ninguna importancia y al cabo de casi un siglo se dieron cuenta de que el registro del derecho a la tierra, a las aguas, es decir, del derecho a propiedad comunal y familiar, estaba escrito en esos nudos. Lo prohibieron pero lo más extraordinario es que no murió, siguió en las comunidades de pastores altoandinas que lo mantuvieron en secreto”.

P. ¿Cómo fue su acercamiento al arte precolombino?

R. Mi tía, la escultora Rosa Vicuña, tenía pasión por el arte precolombino. En una época, los años 50 y 60, en que era un absoluto desconocido ella sí tenía libros y de ahí partió mi pasión. De adolescente tenía fotos de los quipus y de las cerámicas NazcaYoko Ono y los textiles, una al lado de la otra. Mi estética es una estética silvestre de los setenta, pop si quieres, pero de un pop indígena, de otro orden.

P. ¿Qué le interesaba reflejar en las representaciones de la mujer que hacía entonces? 

R. Desde un comienzo empecé a pintar la menstruación y la violencia contra la mujer. No recuerdo que el tema del feminicidio estuviera tan presente como ahora. Entonces, ¿cómo era posible que una niña tuviera conciencia de toda esa violencia? Yo creo que toda mujer es consciente del peligro. 

Vista de sus 'Basuritas'
Vista de sus ‘Basuritas’ en Kunstinstituut Melly, Róterdam

P. Se fue apartando de la pintura, ¿ha vuelto a ella?

R. No fue así. Fue la pintura la que se apartó de mí a fines de los setenta porque mi vida era tan difícil… y como nadie valoraba mi pintura, ella empezó a retirarse. Para mí fue un dolor infinito, no quería aceptarlo e hice intentos por recuperarla pero ella no quería. Entonces la dejé, efectivamente, pero sabía que yo cuando vieja iba a volver a pintar y me di cuenta de que me había convertido en viejita porque de repente estaba pintando. Estoy tratando de reencontrar esa pincelada, esa mano, esa imaginación. Pintar es como entrar en un holograma. Al pintar todo ese universo que existe entre la tela y mi mano vuelve a la vida. 

“Mi estética es una estética silvestre de los setenta, pop si quieres, pero de un pop indígena, de otro orden”

P. Su obra ha empezado a ser reconocida hace tres años, ¿de qué vivía antes?

R. Nunca tuve un trabajo conocido por eso pasaba las que pasaba. Mi trabajo era el arte y la poesía, como se dice en inglés no matter what, no importa lo que estuviera pasando, si comía, no comía, si tenía frío o calor. 

P. Últimamente son muchas las exposiciones que rescatan a mujeres artistas ya casi octogenarias… 

R. Exacto, por ejemplo la Documenta 14 era exactamente eso, una celebración de las mujeres todas viejitas, con decirte que yo a los 70 años estaba entre las jóvenes. Fue la primera experiencia en la que las mujeres ancianas tenían significado y tenían algo que decir como colectivo. Creo que esa Documenta, que fue muy vapuleada por la crítica de poca visión, eventualmente va a ser reconsiderada como un momento muy excepcional. 

Tardío reconocimiento

P. ¿Y cómo recibió en 2019 el Premio Velázquez, el más importante en España?

R. Como una gran sorpresa, primero porque no puedo ir a Madrid sin visitar a Velázquez y llorar frente a sus telas. Y que me den a mí el Premio Velázquez por mis basuritas era un paradigma de que había cambiado de planeta, un milagro, que señalaba este giro de orientación de la conciencia del arte hacia una conciencia colectiva. 

P. ¿Es su proceso creativo solitario o colectivo?

R. Tiene esa dualidad. Sucede en el silencio, en la soledad. Viene y va hacia la poesía entendida de una manera indígena, no de una manera occidental, para mí no es escritura en una página. Todo acto creativo es siempre una colaboración porque todo lo que hacemos viene de alguna parte y va a otra parte y en eso participa todo.

@LuisaEspino4

Los cuentos: un mundo inmenso para explorar

Presentación del capítulo primero del estudio de Jaqueline Kelen sobre el simbolismo de los cuentos de hadas titulado «Une robe de la couleur du temps: Le sens spirituel des contes de fées». Las imágenes, que no pertenecen al libro, son de Remedios Varo. Selección y traducción de Lluïsa Vert. https://www.arsgravis.com/un-mundo-inmenso-para-explorar/

A través de todo lo que se busca, hay algo que viene de mucho más lejos que el hombre y que va mucho más lejos también. […] La gran enemiga del hombre es la opacidad. Esta opacidad está fuera y sobre todo está en el mismo hombre, con el mantenimiento de las opiniones convencionales y de toda clase de defensas sospechosas. (André Breton).

En toda historia humana existe un canto profundo y secreto que pide aflorar, un canto único que oculta cada existencia y que a menudo permanece hundido, obstruido. Cuando, en este principio del siglo XXI, se leen los himnos de las epopeyas de Sumer, o de la India, que datan de los primeros tiempos de la escritura, cuando se contemplan los vestigios grandiosos de la civilización egipcia y después se mira alrededor, cuando se escucha la verborrea contemporánea, uno está obligado a constatar que durante milenios el hombre no ha cesado de repetirse, que su visión se ha reducido terriblemente, que sus aspiraciones se han vuelto muy limitadas. La razón es muy simple: el hombre ha dejado de girarse hacia la inmensidad misteriosa del cielo para no contemplar otra cosa que a sí mismo; ha cortado los vínculos que le unían a lo sobrenatural a fin de reinar sobre su pedazo de tierra y declararse feliz así;  ha terminado por negar obstinadamente cualquier presencia que no puedan captar sus sofisticadas máquinas, toda realidad que no esté “probada científicamente”.

Así, al creer que conquistaba su independencia, negando los dioses y  los universos invisibles, el hombre moderno se ha enjaulado a sí mismo y, al despedir el alma inoportuna, se ha entregado a la muerte cierta.

Hace seis mil años, el fiero rey Gilgamesh dejó riquezas, poder y placeres para ir en busca del único bien valioso, la planta de la inmortalidad. Hace veintiséis siglos, el filósofo Empédocles se confrontó a las potencias cósmicas y meditó sobre el origen del universo y de los seres. Hace nueve siglos, hombres de valía y de conocimiento construían catedrales a la gloria de Dios sin preocuparse de dejar sus nombres en la historia. Y hace un poco más de cuatrocientos años, Don Quijote hizo una estrepitosa entrada en la escena del mundo y a causa de su loca sabiduría volvió a encender en los corazones un deseo de infinito e hizo que se levantaran de nuevo los tiempos mesiánicos.

Hace seis mil años, el fiero rey Gilgamesh dejó riquezas, poder y placeres para ir en busca del único bien valioso, la planta de la inmortalidad…

Pero el hombre continúa repitiéndose, resignado a su condición mortal. Se ha habituado a su jaula, incluso la ha decorado, sueña con hacer de ella un paraíso. El canto de los pájaros se ha detenido, enmascarado por el ruido y la indiferencia de los que pasan ocupados. ¿Pero, es que hubo alguna vez un pájaro…?

Los cuentos lo repiten con insistencia, limitado a su existencia terrestre, a su yo carnal, el individuo se revela muy pequeño. Es un Pulgarcito o una Caperucita roja, un patito feo o una sirenita. Hay que crecer, aventurarse, tomar aire, expandirse. Es necesario que el ser humano experimente la amplitud y la  libertad de la que es capaz y que le fueron ocultadas o arrebatadas.

Para volverse un verdadero hombre, el héroe del relato debe dejar su casa, el sótano, los lugares subterráneos donde se le confina, donde se le retiene con las cadenas de la dulzura o el miedo. Va a viajar, a visitar países, no solo los terrenales, sino y sobre todo los mundos innumerables exteriores e interiores que poco a poco se despiertan y se revelan en el secreto del corazón. Un día es suficiente, un hermoso día, abrir la puerta de la jaula y ponerse en camino, lo maravilloso comienza, es la historia sin igual de aquél que, a través de pruebas y encuentros, se encamina hacia su verdadera realeza, es la historia de su alma que accede a la vida eterna. Y he aquí que un joven peregrino silba y he aquí que un pájaro le responde.

Nuestro héroe a menudo avanza solo por el camino, pero jamás está aislado. No se siente separado del universo, escucha lo que dice el viento, lo que canta la lluvia, habla tanto a los árboles y a los animales que encuentra como al ogro, al hada, al gigante, recoge piedras en sus bolsillos y por la noche sonríe a las estrellas. Es una inmensa conversación con los seres que pueblan la naturaleza, con las criaturas que no tienen apariencia humana, con las presencias del mundo invisible. Todo está lleno de vida, todo merece atención. ¿Cuándo perdimos la facultad de comunicarnos libre y espontáneamente con todo lo que vive sobre la tierra y con los habitantes del mundo sobrenatural? ¿Cuándo abandonamos esta vasta y feliz conversación?  Sí, “había una vez” esta conciencia cósmica, esta inmensa inteligencia amante. Después los hombres se volvieron razonables y desconfiados, prudentes y arrogantes. Ya no hablaron a la ranita ni abrazaron a las flores. Han preferido permanecer entre ellos, tener solo contactos humanos, relaciones sociales.  Se consideran superiores, pero se han disminuido a sí mismos.

¿Cuándo perdimos la facultad de comunicarnos libre y espontáneamente con todo lo que vive sobre la tierra y con los habitantes del mundo sobrenatural?

A los pequeños humanos los cuentos tradicionales les recuerdan dos cosas principales: que han de aprender y crecer. Aprender es dejar la indolencia y la suficiencia, escuchar, hacer silencio, ser curioso y atento; abandonar las falsas certezas, experimentar, equivocarse, adquirir discernimiento; perseverar con fervor, abrirse al conocimiento que llena el corazón. Para crecer, lo primero es tomar la verdadera medida del ser humano e intuir sus posibilidades inauditas, deseos elevados y no renunciar jamás a ellos. Crecer es liberarse de las normas y los condicionamientos que obstaculizan la expansión del alma y apuntar al cielo, nada menos.

Los cuentos maravillosos no conciernen al yo temporal sino al sujeto espiritual. Más allá del viajero terrestre, se dirigen al alma peregrina. Por supuesto, de estos cuentos pueden extraerse distintos consejos y lecciones para desenvolverse en la tierra, llevar los asuntos de este mundo, para comportarse de modo justo y generoso respecto a los demás, para evitar las astucias y las maldades. Charles Perrault cuidaba de enunciar al final de sus cuentos una moralidad, a menudo maliciosa, que estaba lejos de constituir todo su sentido. Por ejemplo: la curiosidad se paga cara (Barba Azul), un pequeño mocoso puede hacer feliz a toda su familia (Pulgarcito), las jovencitas deben desconfiar de “los lobos aduladores”, que son de largo los más peligrosos (Caperucita Roja). Pero además del plano existencial, para el pequeño ser humano se trata de situarse con respecto al cielo, de desarrollar sus sentidos sutiles , de estar atento a los signos y a los sueños a fin de explorar, poco a poco, el mundo invisible y, como con las botas de siete leguas, que su alma corra por ellos. Los hermanos Grimm eran perfectamente conscientes del mensaje iniciático contenido en los cuentos que habían recogido. Según sus propios términos, estos relatos escondían “revelaciones divinas” y permitían acceder a “una sabiduría eterna”.

Los cuentos maravillosos no conciernen al yo temporal sino al sujeto espiritual. Más allá del viajero terrestre, se dirigen al alma peregrina.

Como los cuentos tradicionales se dirigen al hombre interior, para “comprenderlos” bien conviene apercibirse de lo que se oculta detrás de la historia aparente y que resuena profundamente en uno. Existen toda suerte de correspondencias e incluso de complicidades entre el mundo exterior de los fenómenos y de las cosas concretas y el universo impalpable de las realidades espirituales. “Lo que es visible abre nuestras miradas a lo invisible”, anunciaba el filósofo Anaxágoras que vivió en el siglo V antes de la era cristiana. La cáscara disimula y protege a la vez la deliciosa almendra, solo gusta el sabor del fruto el que no se queda en la superficie y se dirige al interior. Este es el modo de hacer del esoterismo en el sentido exacto del término.

Así, los diversos personajes de los cuentos, su estatus, su comportamiento, las peripecias de sus aventuras se deben entender siempre en un plano espiritual y demandan ser interiorizados. Por ejemplo, un hombre calificado de pobre designa una persona desprovista de recursos interiores, y un hombre muerto equivale al yo carnal y terrestre desconectado de toda dimensión trascendente. La ignorancia no es falta de saber, sino olvido del mundo superior invisible. Un cazador no es quien persigue la caza sino que alude al peregrino que busca sin descanso la sabiduría. Las monedas de oro, un tesoro oculto, simbolizan las riquezas espirituales adquiridas, los frutos del conocimiento, mientras que los diversos alimentos y bebidas evocan aquello de lo que se sustenta el alma. Así, se encontrarán falsas monedas y alimentos indigestos o envenenados. Los ladrones que atacan al viajero representan las bajas pasiones que se apoderan de la vida interior y despojan al ser humano de lo que tiene de más valor, el ogro es la imagen del yo devorador que impide cualquier impulso espiritual. Los zapatos en sus variadas formas permiten caminar sobre la tierra en la vida cotidiana, pero remiten también al camino espiritual, la elevación de los pensamientos y los sentimientos a otros planos de conciencia.

Los ladrones que atacan al viajero representan las bajas pasiones que se apoderan de la vida interior y despojan al ser humano de lo que tiene de más valor, el ogro es la imagen del yo devorador que impide cualquier impulso espiritual.

El niño, considerado un bendito o un simple, no está saturado por un saber cerebral, sino que posee la inteligencia limpia del corazón, la única necesaria para la salvación del alma. Siempre “bella y sabia”, la princesa pertenece al reino celeste y representa tanto el Conocimiento como la identidad divina del ser humano. En cuanto al rey, a menudo designa al Yo trascendente, al ser establecido en la dimensión eterna del Espíritu.

Todo eso son indicios, no explicaciones. Al igual que un sueño se revela mucho más rico que el sentido general dado por una llave de los sueños; un relato iniciático, lleno de ecos y que comporta numerosos niveles no podría adaptarse a un diseño predeterminado. La interpretación es soberana, ella es la que hace que el sentido brote, que se escuche la música enterrada. Pero ante la riqueza inagotable del cuento, no puede ser dogmática, y menos aún definitiva. En el fondo revela tanto la personalidad del intérprete como el significado del relato. Por eso, un psicoanalista freudiano solo verá en los cuentos símbolos sexuales, un astrólogo leerá en ellos imágenes planetarias, y el terapeuta se dedicará a encontrar remedios y recetas para el bien estar del hombre…

Es curioso que los personajes de los cuentos no posean casi nunca un apellido o un nombre propio; se trata de un sastre, de una jovencita, de un emperador, de una sirena. Otros se designan por un sobrenombre o un mote que oculta su apariencia verdadera, Barba azul, Cenicienta, Piel de asno, Caperucita roja.

Los personajes de los cuentos no posean casi nunca un apellido o un nombre propio, así, cada lector está invitado a identificarse con el héroe del relato,  por lo que este cuento se escucha y se dirige a la parte más íntima de mí ser.

Así, cada lector está invitado a identificarse personalmente con el héroe del relato, humano o animal, en lugar de guardar las distancias; es para mí, hoy, por lo que este cuento se escucha y se dirige a la parte más íntima de mí ser. Mi alma es este niño abandonado en el bosque del mundo, esta esplendorosa princesa que se maltrata aquí abajo; en mí se alberga un patito desgraciado, rechazado por sus congéneres y que sueña con otros lugares, y también un asno que un día huyó de su servidumbre para tocar la lira. Si los cuentos de hadas tienen un alcance universal, atraviesan los siglos y gustan a cualquier edad es porque su mensaje de orden espiritual nos concierne a cada uno de nosotros y en nosotros se dirigen a aquello que no perece. En el fondo, cada uno se siente príncipe o princesa, hecho para vivir rodeado de belleza en un universo de alegría y destinado a un amor extraordinario. Tal es el clima propio del espíritu: inmensamente libre, luminoso y alegre. De esta vida superior e indestructible es de lo que hablan los cuentos tradicionales, de la Edad de Oro del ser humano. Su final es también siempre feliz puesto que se sitúa en un plano trascendente y en un tiempo que no es otro que la eternidad. Pero si se tiende a rebajar el mensaje de los cuentos a un nivel existencial, se mantendrán toda una serie de mentiras e ilusiones respecto a la felicidad terrestre, a un matrimonio perfecto, una familia ideal, y las señoritas esperarán durante mucho tiempo la venida de un príncipe inexistente, por decirlo con propiedad.

Los cuentos de hadas que he escogido están entre los más conocidos. No han llegado por el francés Charles Perrault (1628-1703), por los hermanos Grimm, Jacob (1785-1863) y Wilhem (1786-1859), que los recogieron pacientemente en Alemania, y por Hans Christian Andersen (1805-1875), originario de Dinamarca. Frente al pensamiento cartesiano, frente al racionalismo del Siglo de las Luces, y después al positivismo y al cientifismo, que ocuparon sucesivamente estos tres siglos, las recopilaciones de los cuentos maravillosos ofrecen un contrapunto saludable, recuerdan que la sabiduría es más preciosa que el saber, que la intuición es superior a la razón y que la grandeza del género humano reposa en la aspiración de su alma. Igualmente, para interpretarlos he escogido presentarlos en un orden que me parece que corresponde a una progresión en la vida espiritual. Un viaje en el que un modesto artesano se convierte en rey y el viajero terrestre se muda en hombre de luz.

Un viaje iniciático en el que un modesto artesano se convierte en rey y el viajero terrestre se muda en hombre de luz.

INFORMACIÓN DEL LIBRO

En busca del sueño perdido

¿Por qué soñamos? ¿Para qué? El neurobiólogo brasileño Sidarta Ribeiro se enfrenta a estas preguntas en ‘El oráculo de la noche’, un ensayo que resume los avances de una nueva disciplina: la ciencia onírica. Su libro forma parte de una creciente atención editorial al mundo del descanso nocturno en estos tiempos en que la pandemia ha acentuado el insomnio y la distracción tecnológica

JUAN ARNAU | 30 ENE 2021

'Autorretrato en el agua' (1991), de Robert Stivers.
‘Autorretrato en el agua’ (1991), de Robert Stivers.

Los sueños son como las estrellas, cuando los observamos, vemos un mundo antiguo. Además, son tan delicados que parecen no soportar nuestra mirada y el observador enseguida se transforma en observado. Pero ¿qué es un sueño?, ¿por qué soñamos?, ¿para qué soñamos? Las preguntas se multiplican. ¿Cómo extraer el sentido simbólico de los sueños? Y, más difícil todavía, ¿dónde hemos de buscar ese sentido?, ¿en la vigilia o en el propio sueño?

Para la filosofía de las upanisad, la vida es un viaje a través de diversos estados de conciencia. El sueño, la vigilia y el sueño profundo. El primero nos inspira, en el segundo situamos el significado, el tercero nos borra y borra las cosas. Cada uno tiene sus reglas, y sus cuitas. Hay un cuarto estado, es el modo en el que la mente india concibe la realidad. Se llama moksa: liberación. Para la mentalidad actual la situación es bien distinta. Esa diferencia se expresa en las lenguas modernas, que oponen el sueño a la realidad. “¡Esto no es un sueño, es real!”, decimos cuando algo nos sorprende (una pandemia, una escena surrealista, una goleada). Pero los sueños pueden ser más reales que la realidad misma. Lo vemos en las enfermedades mentales, que comparten con los sueños las alucinaciones, los delirios y cierta “flexibilización de la lógica” (o de la identidad). Desde un punto de vista cualitativo, las alucinaciones que provocan la ayahuasca, la esquizofrenia o los sueños difieren poco. Las dos primeras tienen un mayor grado de intensidad y viveza, son mejores narraciones (y más dolorosas) que la última, si se trata del sueño anodino del burgués.

Los científicos nacidos en culturas con un pasado indígena todavía vivo tienen una actitud más abierta hacia innovaciones retroprogresivas que los del mundo anglosajón (educados en el voluntarismo, el puritanismo, y devotos de un determinismo que deja poco espacio a la inspiración). El neurocientífico brasileño Sidarta Ribeiro es un buen ejemplo de esa mentalidad científica abierta y desprejuiciada. En su libro El oráculo de la noche conviven las narrativas oníricas y esa otra narración que llamamos neurociencia. Un tema fascinante y evanescente que rastrea los avances de una nueva disciplina: la ciencia onírica.

Para la Inquisición, la revelación onírica era blasfema. El racionalismo la deslegitimó como fuente de conocimiento

En el siglo XVI, la cristiandad consideraba la revelación onírica como fuente de blasfemia y la Inquisición se ocupó de aplacarla. La decadencia del sueño como fuente legítima de conocimiento fue ratificada por el racionalismo. Karl Popper sostenía que era imposible una ciencia del sueño porque el sueño era irrefutable, y para que algo sea científico tiene que ser refutable. Un buen ejemplo de esa actitud retrógrada lo tenemos en científicos influyentes como Daniel Den­nett, que se niega a aceptar la existencia de los sueños. Dennett considera que el sueño es un fenómeno de la vigilia, una rápida reelaboración realizada por el cerebro despierto. Pero las evidencias científicas en la última década han puesto en jaque esa opinión.

El arte de la noche puede penetrar en el arte del día. Los sueños son capaces de combinar con éxito ideas científicas. “El yo subliminal sabe discernir y adivinar, tiene tacto y delicadeza y triunfa donde el yo consciente ha fracasado”. Matemáticos como Poincaré (al que pertenece la cita) o Ramanujan (que recibía en sueños fórmulas matemáticas de la diosa Laksmi), químicos como Mendeleev, naturalistas como Wallace o filósofos como Descartes lo experimentaron. Pero al margen de estas excepciones, el sueño pasó a considerarse un pálido reflejo de lo que ocurre en la vigilia. Freud trató de rehabilitar los sueños como “vía regia” para explorar las profundidades de la mente, pero fue vilipendiado por la autoridad científica. La idea de que los síntomas corporales podían proceder de meros pensamientos (y no de lesiones cerebrales) no era aceptable para los neurólogos, y mucho menos la idea de que los pensamientos pueden cambiar el cerebro.

Miedo a la mente

Según la mayoría de los indicios, la esquizofrenia tiene un origen genético. Es decir, se encuentra asociada a experiencias pasadas que dejaron su rastro en la mente. Recuerdos que debían ser bloqueados vuelven cuando no tendrían que hacerlo, lo que aterroriza al paciente, que revive espectros del pasado. La psiquiatría moderna se ha centrado en bloquear esos recuerdos con inhibidores de dopamina y serotonina. Para el mundo antiguo estos delirios eran signos sagrados, presagios o guías, experiencias de contacto con el mundo sutil que hay tras los bastidores de la existencia. La civilización científica fue reduciendo esos diálogos a narraciones más elementales, con el propósito de intervenir en ellas desde fuera, con el objeto de cortar la conversación. Nadie lo ha expresado mejor que Foucault: “El conocimiento no está hecho para comprender, está hecho para zanjar”. Los locos o las personas psicóticas, que antes ardían en las hogueras, hoy se encierran o se atiborran de inhibidores de dopamina. Un signo inequívoco del miedo a la propia mente. El trabajo que antes hacía la Inquisición ahora lo hace el Estado, que asume la tarea de vigilar y castigar a esas personas en instituciones pagadas por los ciudadanos de orden.

A diferencia de la neurología, la psiquiatría trata con trastornos mucho más sutiles que no se revelan al examen neurológico. La investigación moderna ha detectado dos grandes tendencias en los delirios, la psicótica y la neurótica. En ambos casos está en juego la consideración de la identidad personal. El neurótico tiende a sublimar el yo; el psicótico, a diluirlo. Salvación del yo o liberación del yo, un viejo dilema que ya planteó el budismo. Nuestro mundo es esencialmente neurótico, y el antiguo e indígena, psicótico, aunque no faltan interferencias cruzadas entre ambos. En la medicina india tradicional, al esquizofrénico no se le saca de su estado por debajo (con depresores) sino por arriba, alentando su euforia. Los psicóticos han levantado el velo, mientras que los neuróticos viven enterrados en un montón de mantas. Ambos extremos claman por un equilibrio. Los primeros viven en un sueño intenso; los segundos, en uno anodino.

El sueño, que consolida los recuerdos, podría ser un episodio de psicosis indispensable para la salud mental

La tesis de Ribeiro es que el sueño podría ser un episodio de psicosis indispensable para la salud mental. Los estudios de neuroimagen muestran una notable similitud entre el sueño REM y la psicosis. Las fantasías oníricas podrían tener relación con los delirios esquizofrénicos y eso suponía un gran potencial terapéutico: la “vía regia” de Freud para acceder a las profundidades de la mente. Pero cuando se descubren los antipsicóticos, fármacos capaces de bloquear la dopamina del cerebro (muy útil para los familiares de los enfermos), pierde interés esa línea de investigación. Como en el caso de la ficción y la realidad, los dominios de la vigilia y el sueño no parecen completamente separados. Hay estudios que sugieren que la psicosis puede ser resultado de la intrusión del sueño en la vigilia. Lo interesante es que esas incursiones ocurren generalmente en el campo del lenguaje: “La mayoría de los síntomas psicóticos son auditivos, voces sarcásticas, acusadoras o imperativas, a veces incesantes, que suenan dentro de la cabeza”. Parece como si un antiguo yo esgrimiera reproches y reclamara deudas pendientes. La voz del padre de Lacan, aunque esas voces pueden ser más antiguas. Julian Jaynes sostiene que los psicóticos de hoy representan la persistencia, socialmente inaceptable, de una mentalidad antigua. Serían fósiles vivientes de otra forma de conciencia. De un tiempo en que no era infrecuente escuchar voces. De ahí el deseo del esquizofrénico de escapar al bosque o a la montaña. Prefiere el riesgo de la naturaleza al malestar en la cultura.

Memoria renovada

El sueño REM participa en la consolidación de la memoria, cuya eficacia depende del olvido. Los sueños hacen olvidar lo que no importa y dan relevancia a lo importante. La supresión de recuerdos no deseados es un hecho cerebral cuantificable (desactivación del hipocampo y la amígdala). Investigaciones recientes sugieren que los recuerdos no son de fiar. Pierden las patas y ganan alas, reciben con gusto nuevos detalles y asociaciones, pasan por el filtro de la seducción, la censura o el deseo. Sabemos que los recuerdos no se fijan una vez vividos, sino que ofrecen diversas versiones cada vez que son reactivados. Una renovación que depende del mismo proceso (regulación de genes y producción de proteínas) que se activa durante el aprendizaje. Cada vez que rememoramos algo, lo reconstruimos. De ahí que los recuerdos carezcan de lugar. El recuerdo es más una actividad que un objeto. Y dado que se activan cuando dormimos, los sueños los consolidan.

“El alma humana, cuando sueña, desembarazada del cuerpo, es a la vez el teatro, los actores y el auditorio”. A la frase de Addison, Borges añade que es también el autor de la pieza que se representa. Pero se trata de un autor desconocido, que ni uno mismo reconoce. Por eso hay tantos sueños como los géneros literarios (satíricos, alegóricos y proféticos, banales y mudos). Hay sueños inventados por el sueño y sueños inventados por la vigilia. Pensar que los sueños vienen de dentro (del interior del cerebro) es la opción moderna. La antigua fue pensar que carecen de lugar, que nos visitan y nos guían entre bastidores (una idea antigua planteada por el budista Vasubandhu). En las capas más profundas del inconsciente se almacenan incontables imágenes y experiencias compartidas que pueden aflorar en cualquier momento. Un legado viviente al que Jung accedía mediante pacientes que sufrían intensas alteraciones emocionales. En ellas se ponen de manifiesto arquetipos e imágenes primigenias de la psique, que gozan de energía propia y considerable autonomía. Imágenes capaces de dirigir el comportamiento e incluso adueñarse de la voluntad.

La ciencia moderna, hasta hace muy poco, negaba la autoridad de los sueños. La tendencia ahora es recuperar esa voz. Pero hay un riesgo. Cuando las técnicas chamánicas se introducen en el laboratorio, se corre el riesgo de perder sus marcos simbólicos y rituales

Para las culturas antiguas el sueño no significa irrealidad, sino un estado de conciencia particular del que se puede extraer conocimiento. La vigilia convive con el sueño, pero no tiene más realidad que este. Para los amerindios, los sufíes o los budistas, los sueños son el umbral de otro plano de realidad. Un ámbito que existía antes de que naciera el soñante y que lo sobrevivirá. Todas estas tradiciones tienen un largo historial de conocimientos de plantas y hongos. Cada vez resulta más evidente que la criminalización puritana de estas sustancias debe terminar y que las sustancias psicodélicas pueden ayudar al tratamiento de enfermedades mentales. Soñar mejora la salud del cuerpo y la plasticidad neuronal. La molécula de DMT o el té de ayahuasca produce poderosas experiencias visuales y es muy utilizada con fines terapéuticos en Brasil. Produce una purga psíquica que incluye una fuerte autocrítica y revivir actos del pasado. Los psicodélicos serotoninérgicos como el LSD o la psilocibina son los que mejor emulan el estado onírico. Esta última reduce la depresión y la ansiedad cuando se administra en dos dosis durante las sesiones de psicoterapia. Está probado que el MDMA, el principio activo del éxtasis, es una solución efectiva para el estrés postraumático. Cuando no está contaminado con otras sustancias, produce una intensa liberación de serotonina en el propio cerebro desatando “estados de gracia”, un amor intenso por los demás y una felicidad inmensa de existir. Estas dos moléculas están muy cerca de ser aceptadas por la psiquiatría tradicional.

La ciencia moderna, hasta hace muy poco, negaba la autoridad de los sueños. La tendencia ahora es recuperar esa voz. Pero hay un riesgo. Cuando las técnicas chamánicas se introducen en el laboratorio, se corre el riesgo de perder sus marcos simbólicos y rituales. Monjes y chamanes no entienden la necesidad de probar lo que les resulta evidente. Las últimas investigaciones han confirmado el sueño lúcido que, según Ribeiro, ocurre de forma espontánea a todo el mundo al menos una vez en la vida y cuya frecuencia decrece tras la adolescencia. El tráfico entre ambos mundos es cada vez más intenso. El tema es fascinante. Mirar hacia dentro puede ser tan revelador como mirar hacia fuera. Los sueños tienen todavía mucho que decirnos.

https://elpais.com/babelia/2021-01-29/en-busca-del-sueno-perdido.html

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Carl Jung, la noche cósmica del alma

La obra del padre de la psicología analítica nos aporta una visión del individuo y la realidad que desafía al pensamiento científico, señalando la necesidad de integrar en nuestras vidas lo mágico, misterioso y sobrenatural

RAFAEL NARBONA, 2 febrero 2021

Carl Jung
Carl Gustav Jung

Carl Jung habló sin miedo de los mitos, el alma, Dios, la parapsicología, la alquimia y los platillos volantes. Nunca le pareció convincente la imagen de la realidad construida por la ciencia, que solo reconoce como verdad objetiva los datos de la experiencia. Cuando en 1959 un entrevistador de la BBC le preguntó si creía en Dios, le contestó: “No tengo necesidad de creer en Dios. Lo conozco”. Carl Gustav Jung nació en 1875 en Kesswil, un pueblecito suizo situado a orillas del lago Constanza. De ascendencia alemana, su padre era pastor luterano, pero albergaba grandes dudas sobre su fe y no era feliz en su matrimonio. Su mujer era ambivalente en sus afectos y fluctuaba entre la euforia y la depresión. De niño, Carl era tímido, fantasioso e introvertido. Estudió medicina en la Universidad de Basilea. Su tesis doctoral analizó el caso de una joven médium, que cambiaba de personalidad durante las sesiones de espiritismo. Se ha especulado que su investigación reflejaba los problemas psicológicos de su madre. Freud le consideró su delfín, pero con los años protagonizaron una estrepitosa ruptura intelectual. Jung afirmó que Freud era víctima de la neurosis y se había convertido en un rehén de sus propias teorías: “Es una figura trágica, pero un gran hombre”. 

Aunque no sentía ningún aprecio por la teología y las distintas iglesias, Jung consideraba que el hombre era un animal religioso “por naturaleza”, lo cual no significa que identificara a Dios con una deidad externa al mundo. Para Jung, Dios es el nombre que hemos asignado a una especie de mente cósmica que contiene todas las formas de conciencia. En colaboración con Wolfgang Ernst Pauli, Premio Nobel de Física en 1945 y uno de los fundadores de la mecánica cuántica, Jung intentó sincronizar su interpretación de la psique humana con la microfísica atómica para justificar ciertos fenómenos que parecían irracionales, como la experiencia extracorporal, la precognición, la telepatía, la levitación o el éxtasis místico. Nunca despreció la dimensión biológica del ser humano: “El encuentro de dos personas es como el contacto entre dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”. Poco antes de morir, justificó sus intuiciones con una confesión sorprendente: “A diferencia de la mayoría de los hombres, mis tabiques son transparentes. Esta es mi peculiaridad. En los demás frecuentemente son tan espesos que no ven nada tras ellos y por eso creen que allí no hay nada. Yo percibo en cierto modo los procesos del inconsciente y por ello tengo seguridad interna”.

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Jung adquirió experiencia clínica en la Clínica Burghölzli. Se dedicó a entrevistar a esquizofrénicos, inventando los test de libre asociación, que ayudaban al paciente a verbalizar las pulsiones inconscientes. No tardó en opinar que los delirios debían interpretarse como expresiones de conflictos psíquicos, no como meros síntomas de un desorden biológico. Sus entrevistas clínicas inspiraron su primera obra, Sobre la psicología de la demencia precoz. Le envió un ejemplar a Freud, que le había deslumbrado con sus teorías. Comenzó así un intenso y breve “idilio intelectual”. Después de unos años de estrecha colaboración, Jung rechazó que los sueños, los mitos y las obras de arte pudieran reducirse a contenidos sexuales reprimidos: “El sueño es una pequeña puerta oculta abriéndose a la noche cósmica que era el alma mucho antes de la aparición de la conciencia”. Tampoco aceptó que el origen de la neurosis se hallara siempre en la infancia, pues entendía que a veces era producto de conflictos de la edad adulta, y objetó que el complejo de Edipo no expresaba un deseo sexual, sino el anhelo de reinventarse como un ser autónomo e independiente. Freud interpretó la discrepancia como “el asesinato del padre” que acontece en la relación transferencial y, según algunos testimonios, experimentó desmayos y pesadillas, atormentado por la insubordinación de su “príncipe heredero”. 

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Sigmund Freud y Carl Gustav Jung

Carl Jung continuó su camino en solitario, alumbrando su propio método terapéutico: la “psicología analítica”. Descartó el uso del diván, que establecía una relación asimétrica, y la transferencia, que le parecía “degradante” para el paciente y “peligrosa” para el analista. La sesión debía discurrir como una conversación normal y la terapia no debía exceder los tres años. El terapeuta no puede limitarse a acumular datos y experiencia clínica: “Conozca todas las teorías. Domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana”. La gran aportación de Jung consistió en descubrir el inconsciente colectivo. En la estructura de la psique, hay un inconsciente personal donde se conserva y agita todo lo que la conciencia quiere reprimir y silenciar, y un inconsciente colectivo, que contiene la memoria biológica de la especie. El inconsciente “es idéntico en todos los hombres y constituye un substrato psíquico común, de naturaleza suprapersonal. Abarca una masa indescriptible de estratificaciones depositadas en el curso de la vida de nuestros antepasados. Contiene uno o dos millones de años de evolución”. El inconsciente colectivo está poblado por arquetipos. No son símbolos o imágenes heredadas, sino estructuras vacías e innatas que representan las vivencias cruciales de nuestra especie: la imagen del padre y de la madre, la imagen de uno mismo, la relación entre los sexos, la figura del héroe, del sabio, del embaucador. Los arquetipos se manifiestan en los sueños, pero también en la mitología, el arte y las tradiciones religiosas. El Sí-mismo (Selbst) es el arquetipo central del inconsciente colectivo. Expresa la totalidad del ser humano, su “yo consciente” y su “psique inconsciente”. La personalidad individual se forja mediante la interacción entre esas dimensiones opuestas. Jung se inspiró en el yin y el yang, los conceptos fundamentales del taoísmo, que reflejan la dualidad de todo lo existente. El Sí-mismo se representa simbólicamente mediante la mándala, un círculo inscrito dentro de una forma cuadrangular. Los arquetipos no son unidimensionales. No son algo individual y concreto, sino un conjunto de significados. Por eso, el Sí-mismo también es el arquetipo de la divinidad y de la ley moral universal. 

El Yo es el arquetipo complementario del Sí-mismo. Comprende la dimensión interna de la psique y el mundo externo en su aspecto físico y sociocultural. El Yo es el mediador entre lo interior y lo exterior. Posee una voluntad libre, autónoma, que se canaliza mediante el lenguaje, la memoria y la imaginación. Se podría decir que el Yo es la función consciente del Sí-mismo. A partir de este eje bidimensional, surgen los tres arquetipos que estructuran la personalidad: la Persona, el Alma y la Sombra. La Persona es nuestra “máscara social”, la parte de nosotros mismos que hacemos visible, nuestra imagen pública. El Alma es nuestro modo de ser más íntimo y profundo. Es inconsciente y se desdobla en anima y animus. En el hombre, el anima es la imagen de la mujer, el eterno femenino. En la mujer, el animus es la imagen del hombre, lo masculino. En ambos casos, se percibe al otro sexo como algo fascinante y aterrador. La Sombra representa los sentimientos más oscuros e inaceptables, el tabú, lo prohibido y reprobado. Es esa dimensión tenebrosa que identificamos con el mal y nos produce culpabilidad, pues nos seduce y atrae. No hay que tener miedo a la Sombra: “Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino adquiriendo conciencia de la oscuridad. Lo que no se hace consciente, se manifiesta en nuestras vidas como destino”.

El Héroe es el arquetipo que expresa la lucha contra la Sombra. Es el salvador, el guía y el redentor. Jung cita como ejemplo a los héroes de la mitología grecorromana, pero considera que ninguno puede compararse en grado de elaboración con las figuras de Buda y Cristo. El Héroe siempre es tutelado y orientado por el arquetipo del Sabio, y soporta la amenaza del Embaucador. Si nos fijamos en Cristo, Yahveh dirige sus pasos y Satanás intenta confundirlo. No hay un número definitivo y cerrado de arquetipos. Jung consideraba imposible realizar una lista exhaustiva de los contenidos del inconsciente colectivo, pues es un territorio con grandes zonas inexploradas

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Dibujo mandálico de Jung sacado de su Libro Rojo

Freud hablaba de libido. Jung transforma esa fuerza en “energía psíquica”. Estructurada por las experiencias del inconsciente colectivo y los arquetipos ancestrales, la energía psíquica se escinde en dos actitudes predominantes: la extraversión y la introversión. La extraversión suele reflejar la aceptación de los convencionalismos sociales y el anhelo de éxito social y laboral. La introversión se caracteriza por la introspección y la reserva. El concepto de éxito es diferente, pues depende de metas interiores. Estas dos actitudes se combinan con nuestras funciones racionales (pensar y sentir) e irracionales (percibir e intuir), produciendo los distintos tipos de personalidad. Cada vida participa en el desarrollo de la conciencia cósmica de la totalidad. Las existencias improductivas demoran ese proceso, exigiendo una reiteración correctora: “Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de la vida, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma”. 

A diferencia de Freud, Jung opinaba que los sueños no pueden traducirse o interpretarse en un solo sentido. Pueden expresar deseos sexuales reprimidos, pero también premoniciones, conflictos de identidad, deseo de afirmación del yo, creencias míticas o religiosas. Su contenido desborda la razón y el lenguaje. Por eso deben abordarse en clave simbólica. Los sueños desempeñan una función compensatoria, que contribuye a mantener nuestro equilibrio. Jung atribuía una enorme importancia a la experiencia religiosa, pero su visión no coincidía con el punto de vista de ninguna iglesia o tradición. Desde su punto de vista, la experiencia religiosa es una apertura a lo desconocido, no un dogma. El ser humano siempre tiende a ir más allá, pero el mundo, con sus límites físicos y temporales, frustra ese empuje, confinándole en lo natural y empírico. Sin embargo, la psique se descompensa, si se excluye de su órbita el misterio. Lo trascendente es inexplicable, pero resulta necesario para la salud mental del individuo y la comunidad: “En épocas más antiguas —escribe Jung—, los llamados neuróticos, no se habrían visto disociados de sí mismos, pues se mantenía un estrecho contacto con el mito, la magia y el culto a los antepasados”. Jung pensaba que la cultura occidental, lastrada por un racionalismo intransigente, había menospreciado el pensamiento oriental. En la introducción que escribió para el I Ching, libro oracular chino, sostiene que el concepto de causa sólo explica lo particular, nunca la totalidad. 

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La Torre de Bollingen, Zurich, Suiza

Jung fue un viajero incansable, que recorrió el norte de África, la India, Nuevo México y las principales ciudades europeas. Cuando el nazismo llegó al poder, simpatizó con algunas de sus tendencias, como el anticomunismo y el culto por lo legendario, especialmente en lo relacionado con el Santo Grial, pero no secundó el antisemitismo ni la agresiva política bélica. Documentos desclasificados de la CIA, han revelado que desde 1942 colaboró con el espionaje norteamericano. Siempre se opuso a la disolución del individuo en la masa. El ser humano no debía renunciar en ningún caso a su peculiaridad y no existían fórmulas universales que valieran para todos: “Un zapato que se adapta a una persona, puede quedar mal en otra. No existe una receta para vivir que se adapte a todos”. Al finalizar la guerra, se estableció en Bollingen, cerca del Lago de Zurich, donde en 1923 había comenzado a construir una mansión a la que llamó “La Torre”. No se trataba de un simple edificio, sino de un conjunto de chozas agrupadas en círculos. Pensaba que cada ampliación representaba un nuevo estrato de su personalidad, lo cual acarreaba necesariamente cambiar constantemente la ubicación de su despacho, una habitación privada a la que solo él tenía acceso. No era un lugar de retiro, sino su mándala, su centro espiritual y simbólico. En el dintel de la puerta principal, hizo grabar una vieja enseñanza revelada al oráculo de Delfos: “Invocado o no llamado, el dios está presente”. Con tendencias depresivas, consideró que la única forma de derrotar a esta enfermedad del alma consistía en afrontar su irrupción y oír sus razones: “La depresión es como una señora de negro. Si llega, no la expulses, más bien invítala como una comensal en la mesa, y escucha lo que tiene que decir”. Rehuir los conflictos nunca le pareció una alternativa razonable: “Las personas hacen lo que sea, no importa lo absurdo, para evitar enfrentarse con su propia alma”. No hay que tener miedo al sufrimiento psíquico: “Un hombre que no ha pasado a través del infierno de sus pasiones, no las superará nunca”. No hay que caer en el fatalismo ni pensar que somos marionetas en manos de la adversidad: “Yo no soy lo que me sucedió, yo soy lo que elegí ser.” Nunca le inspiró temor la muerte: “Creo sinceramente que alguna parte del yo o del alma humana, no está sujeta a las leyes del espacio y del tiempo”. Morir significa solo transitar hacia otro estado de mayor plenitud: “De una manera u otra somos partes de una sola mente que todo lo abarca, un único gran ser humano”. Jung falleció el 6 de junio de 1961, con 86 años. En el instante de su muerte, un rayo partió el árbol cuya sombra le había servido para protegerse del sol y la lluvia en infinidad de ocasiones. Era el rincón favorito de su jardín, donde solía leer, escribir, meditar y soñar. ¿Qué nos puede aportar Jung hoy en día? Al margen del poder sugestivo de su prosa, una visión del individuo y la realidad que desafía al pensamiento científico, señalando la necesidad de integrar en nuestras vidas lo mágico, misterioso y sobrenatural. No debemos menospreciar la visión de la realidad de otras culturas. La ciencia no es la única llave y, en cualquier caso, no puede eliminar la incertidumbre. Vivir es aceptar el riesgo, lo incomprensible, lo pasional e intuitivo. No debemos contemplar la existencia desde fuera, como si fuera algo lejano y ajeno. Esa forma de estar en el mundo es altamente insatisfactoria y estéril. “La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”, escribió Jung. Más que una frase, podemos decir que fue su lema vital. Siempre eludió las condenas que menosprecian lo diferente e ininteligible: “No podemos cambiar nada sin antes comprender. La condena no libera, oprime”. La vida y la obra de Jung nos invitan a convertir nuestra existencia en una aventura, buscando en nuestro interior las respuestas a los enigmas del cosmos: “Tu visión se hará más clara solamente cuando mires dentro de tu corazón. Aquel que mira fuera, sueña. Quien mira en su interior, despierta”.

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Cómo Louise Bourgeois utilizó el dibujo para aliviar la ansiedad

Louise Bourgeois Dibujos Hauser y Wirth
Louise Bourgeois en su casa de West 20th Street, Nueva York, 2000 | Fotografía: © Jean-François Jaussaud; © The Easton Foundation / Con licencia de VAGA en Artists Rights Society (ARS), Nueva York

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La fundamental artista Louise Bourgeois recurría al dibujo como a un medio de terapia; en tiempos como estos, quizás sus obras complejas y coloridas también puedan ofrecernos algún alivio.

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25 DE MARZO DE 2020 | Belle Hutton

Vivir una pandemia con todos los cambios y desafíos desconocidos con los que nos enfrentamos, se convierte en una época de ansiedad. Cuando la difunta artista Louise Bourgeois sentía llegar una oleada de preocupación, dibujaba. “Sé que cuando termino un dibujo, mi nivel de ansiedad disminuye”, dijo una vez. “Cuando dibujo significa que algo me molesta, pero no sé qué es. Así que el dibujo se convierte en un tratamiento para la ansiedad”. En estos tiempos inciertos, las instituciones de arte de todo el mundo han tenido que cerrar para frenar la propagación del Coronavirus y, por consiguiente, encontrar formas alternativas de presentar el arte en una realidad que, de repente, se hizo mucho más virtual. Para su exposición inaugural en línea, la galería internacional  Hauser & Wirth presenta Louise Bourgeois: Drawings 1947 – 2007, una apuesta que percibimos como una elección pertinente, dado el alivio que la propia artista buscaba al crear sus obras.

Louise Bourgeois: 12 dibujos. 1947-2007

Famosa por sus esculturas de arañas, sus estampados en tela y sus grabados, Bourgeois comenzó a dibujar a una edad temprana ayudando a sus padres en su estudio de restauración de tapices en las afueras de París. Arañas y espirales se repiten a lo largo de los dibujos de Louise Bourgeois –comparó a su amada madre, que murió cuando el artista tenía poco más de veinte años, con una araña– y sus piezas, dibujadas con tinta, acuarela y lápiz, abarcan desde lo abstracto a lo realista. La propia artista dijo acerca de estas variaciones: “Los dibujos más realistas son para mí una forma de concretar una idea. No quiero perderla. Con los dibujos abstractos, cuando me suelto, puedo deslizarme hacia el inconsciente”.

Los dibujos de la exposición de Hauser & Wirth abarcan varias décadas y fueron elegidos por Jerry Gorovoy, un ex-asistente de estudio y amigo de Bourgeois, que es ahora el presidente de la Fundación Easton, creada en nombre de la difunta artista. A lo largo de su vida, Bourgeois recurrió constantemente al arte como a un medio de terapia; utilizaba su creatividad para trabajar con emociones intensas, tanto positivas como negativas. “Como víctima del síndrome de Tourette, siempre sintió que tenía que confesarlo todo, lo que podía resultar incómodo para los demás, una vez se llamó a sí misma la mujer sin secretos”, escribió Gorovoy tras su muerte en 2010 . “En su arte no tenía ningún miedo, mientras que en su vida real decía que era como un ratón detrás del radiador”. Bourgeois describió el arte como una “garantía de cordura”.

Louise Bourgeois Dibujos Hauser y Wirth
Louise Bourgeois trabajando en un dibujo en espiral en su casa en West 20th Street, Nueva York, 1970© The Easton Foundation / Con licencia de VAGA en Artists Rights Society (ARS), Nueva York

La naturaleza terapéutica del arte de Louise Bourgeois es también, de alguna manera, universal, se extiende más allá de su propia relación con la obra, y resuena con los espectadores de una manera única. “La primera vez que vi su trabajo lo sentí tan personal”, dijo la diseñadora Simone Rocha a AnOther el año pasado. La colección Otoño/Invierno 2019 de Rocha se inspiró en Bourgeois y ofreció estampados y bordados de telarañas. “Simplemente sentí que mis sentimientos estaban representados como en una página… Era la misma sensación que con mis diarios de adolescencia pero, obviamente, bajo una forma más hermosa”. Los dibujos también eran como unos diarios para Bourgeois; un lugar en el que atemperaba sus ansiedades, trabajaba con sus recuerdos de infancia y expresaba sus emociones. “He llevado un diario desde que tengo uso de memoria y mis dibujos son realmente otro tipo de diario”, dijo.

Los complejos y coloridos dibujos de Louise Bourgeois –una constante a lo largo de su vida, aunque no tan conocidos como sus famosas series Cells o su gigantesca escultura Maman– fueron una parte importante de su práctica artística, pero también cumplieron un propósito. Creó arte sin descanso hasta su muerte, acaecida a la edad de 98 años, según parece como una forma de permanecer cuerda. En momentos como estos, tomarnos una pausa para mirar los atractivos dibujos de Louise Bourgeois podría ayudarnos también a hacer lo mismo.

La exposición en línea  Louise Bourgeois: Drawings 1947-2007 estará abierta a partir del 25 de marzo de 2020.

https://www.anothermag.com/art-photography/12375/louise-bourgeois-drawings-anxiety-hauser-wirth-online-exhibition

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Despertar sensaciones dormidas. Chantal Maillard

Bill Brandt
Top Withens, West Riding, Yorkshire, 1945
Private collection, Courtesy Bill Brandt Archive and Edwynn Houk Gallery
©
 Bill Brandt / Bill Brandt Archive Ltd

Finales de otoño en las tierras del Norte. El viento azota mis mejillas, tumba las matas de hierba. Cruje la nieve bajo mis pies. La nieve rara, esparcida aquí y allí, sobre el manto de hierba que amortigua los pasos. Apenas un leve crujido que, al levantar la bota, deja la huella impresa sobre una fina membrana helada. Se aproximan nubarrones. Habrá tormenta de aguanieve. Ya noto –¡con qué placer!– las puntas aceradas de los cristales diminutos deshaciéndose en mi rostro. Hay algo salvaje en ese gozo. El animal que fuimos levanta el hocico y olfatea, otea, escucha…

Más, de repente, vuelvo a estar aquí, con mi vejez en las manos y una fotografía de Bill Brandt ante mis ojos. La niña que corría a contraviento por las dunas es ahora tan sólo un conjunto de sensaciones residuales. Memoria sonora. Memoria táctil. Huellas que habitan en nosotros hasta que algo las despierta, por analogía.

¿Qué hace que una representación, pictórica, fotográfica, musical u otra, sea capaz de transportarnos de esa manera a otro tiempo, de trazar puentes sinópticos entre lo percibido ahora y lo vivido hace más de cincuenta años? ¿Qué poder es éste capaz de despertar sensaciones dormidas y hacernos regresar, toda entera, a otros tiempos?

El poder de la imagen poética es su capacidad de sugerencia, decía Anandavardhana. Y ¿cómo no comprender, en la imagen de Brandt, a los personajes de Wuthering Heights tal como Emily Brontë los imaginara? ¿Cómo no cruzar los puentes que van de la propia carne a otra carne? Si el blanco y negro sugiere mucho más que el color es porque el trabajo de la imaginación es mayor. Sin imaginación, no hay enlaces posibles. Sin imaginación, la imagen es plana y estéril. Si la fotografía sugiere más que la realidad es porque es muda y que en su fijeza el tiempo se detiene. Tiempo: espacio que apela a esos lugares de la memoria donde dormitan los sonidos, los olores, el frío, esperando que algo los despierte.

Chantal Maillard es escritora.

Exposición de Bill Brandt en la Fundación Mapfre de Barcelona: https://www.fundacionmapfre.org/fundacion/es_es/exposiciones/kbr-barcelona-photo-center/bill-brandt.jsp#

https://www.fundacionmapfre.org/fundacion/es_es/exposiciones/cultura-en-movimiento/despertar-sensaciones-dormidas/

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Conjuros y ebriedades. Cantos de mujeres mayas

Especialmente dedicado a las mujeres del taller “Ascesis Creadora II“, a sus trazos y exorcismos

Este libro de artistas mayas es una antología de hechizos, himnos y encantamientos, fue grabada originalmente en lengua tzotzil (un dialecto maya), y sus textos, posteriormente, se transcribieron y tradujeron por la poeta Ámbar Past quien dice: “De la tierra nos inspiramos: fotocopiamos el fósil de una hoja tropical, la superficie de un caracol marino”. Efectivamente, el rostro de cartón respira, mira a través de la ranura de sus ojos, habla con su boca abierta dentro del papel y si lo tomamos entre las manos, los ojos nos ven, tal como dice Elena Poniatowska, y añade, “Conjuros y ebriedades es uno de los cien libros más bellos del mundo”.

Encuadernado en tablas cubiertas de papel marrón hecho a mano, con una gran cara en relieve que representa a la diosa maya del desierto llenando la portada. Las páginas finales también están hechas a mano. Alojado en una caja de cartón impresa con título blanco en el panel del lomo. Contiene 45 encantamientos poéticos, 40 ilustraciones xerografiadas, entre otras ilustraciones varias.

Estos Conjuros y ebriedades fueron soñados por mujeres mayas de los Altos de Chiapas. Las autoras tzotziles de este libro no saben leer. Ellas alegan que estos cantos les fueron entregados por sus antepasadados, los Primeros Padresmadres, quienes conservan el Gran Libro donde guardan los conjuros. Loxa Jiménes Lópes, de Epal Ch’en, Chamula, cuenta que una Anjel, hija del Dueño de las Cuevas, comenzó a hablarle en su oreja y luego en sueños le mostró el Libro con todas las palabras de los cantos.

–Ámbar Past


El Taller Leñateros que lo edita, es una comunidad de artistas mayas, fundada en 1975 por el poeta Ambar Past. Su especialidad es el papel hecho a mano, libros de artista, serigrafía y grabado (en bloques de madera y superficies afines), gráficos de pansey, tintes naturales, etcétera.  El taller capacita y da empleo a personas de su comunidad. Uno de los mejores ejemplos es Conjuros y ebriedades. Cantos de mujeres mayas en el que participaron 150 mujeres mayas.

Ámbar Past es una poeta, narradora, ensayista y artista nacida en Carolina del Norte, Estados Unidos, el 22 de noviembre de 1949. Es ciudadana mejicana desde 1972 y trabaja en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, donde, en 1975, fundó el Taller Leñateros.

Prólogo de Juan Bañuelos.
Lugar de edición: San Cristóbal de las Casas, Chiapas
Editorial: Taller Leñateros
Año de edición: 1998
ISBN: 9789709011067

Precio: 300 €

Encanto para no tener que ir al otro lado
(Xunka’ Utz’utz’ Ni’)

Toma en cuenta, Kajval,
que te estoy hablando.
Te traigo humo.
Aquí te doy tus flores.

Toma en cuenta, Kajval,
qué tanto me vas a dar.
Los otros tienen caballos.
Tienen borregos.
Tienen gallinas.
Tienen camiones.

Toma en cuenta, Kajval,
qué me vas a dar.

No quiero trabajar en ninguna finca.
No quiero ir a otra casa.
No quiero ningún trabajo lejos.
No quiero ir a Los Ángeles.
No quiero ir a La Florida.


K’u cha’al mu sa’ abtel ta nom ti smalale
(Xunka’ Utz’utz’ Ni’)

K’u yepal tana, Kajval,
chajta ta k’oponel, chajta ta ti’inel.
Tzakbo ti jbej yo xch’ail.
Tzakbo ti jbej yo xnichime.

Vo’ot xanopbe atuk tana un.
Vo’ot xat’ujbe atuk tana un, Kajval.
Ti k’usi xavak’be une, ti k’usi xak’elanbe un.
A li yan avalabe, a li yan anich’nabe, Kajval.
Oy k’usi oy yu’un.Oy ska’ik, oy xchijik.
Oy yalak’ik, oy skamyonik.

K’u yepal tana, Kajval,
k’usi xavak’bun, k’usi xak’elanbun.

Ja’ ti mu xu’ ti nom abtele.
Ja’ ti mu xu’ ti pinkae.
Ja’ ti mu xu’ ti asyentae, Kajval.
Ja’ mu jk’an xbat ta Los Anjeles.
Ja’ mu jk’an xbat ta Florida.

https://lenateros.wordpress.com/2008/07/03/conjuros-y-ebriedades/

https://farogamoneda.wordpress.com/2019/06/02/un-texto-de-antonio-gamoneda-sobre-la-poeta-ambar-past-en-la-revista-mexicana-la-otra-2014/

Grano a grano, el itinerario de Chantal Maillard

Una voz, una vida, grano a grano, se desmenuzan, contándonos un itinerario.

La voz-lanzadera de Chantal Maillard va tejiendo, en la reversibilidad de los tiempos, su trayectoria vital y poemática.

A escuchar al atardecer o, mejor, en el corazón de la noche cuando se funden las sombras y la voz, progresivamente, va musitando partituras de silencio.

Aquí encontraréis completo el itinerario: https://fonotecapoesia.com/coleccion-consentido/

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L’aliança dels aprenents genera un medi. Marina Garcés

Per a totes les dones-llobes que participen en aquesta comunitat d’aprenentatge: de transmissió, d’interrogació i de transformació

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“La composició de perspectives, sabers i antagonismes acull l’existència perquè crea un medi on poder ser. Fernand Deligny, com hem vist, feia servir aquell verb infinitiu, permetre, com a clau pràctica, política i poètica, d’una manera d’estar junts en el llindar. Però ara podem entendre que aquest llindar no existeix, disponible, com un lloc on arribar i estar-s’hi. És la composició d’un medi.


De què està fet un medi? No és només el conjunt de les circumstàncies o condicions exteriors que influeixen en el desenvolupament d’un ésser. Inclou també les activitats i els vincles que mantenen aquests éssers entre si i amb l’entorn. El medi educatiu no es redueix, per tant, al sistema educatiu. El travessa i el desborda. El problema és que així com tenim referents per reconèixer les institucions del sistema educatiu, ens en falten per percebre moltes de les realitats que componen els seus medis. La ciutat educa, els mitjans de comunicació eduquen, la família educa, les plataformes digitals eduquen, etc. Però no deixen de ser ampliacions dels escenaris per on circulen les nostres relacions afectives, socials i culturals. Quan diem que l’aliança dels aprenents genera un medi ens referim a una altra cosa: al conjunt de referents comuns que ens permeten entendre què vol dir aprendre els uns dels altres des de l’estima mútua.


Un exemple interessant de la invenció d’un medi educatiu, en el marc de la cultura occidental moderna, és el que podríem anomenar la comunitat dels lectors. La lectura no és una activitat òbvia. Trenca el fil mil•lenari de l’oralitat i les seves formes de comunitat. Amb l’escriptura, primer apareix la pregunta «qui pot escriure?». S’estableix el poder dels escribes, d’aquells que poden prendre nota de les activitats de la comunitat (comerç, organització social, lleis, cròniques, llibres sagrats…). D’orient a occident, en un primer moment, té més poder l’escriptura que la lectura. A mesura que el llibre va esdevenint un objecte replicable i assequible, la comunitat vinculada als arxius i als llibres sagrats es va multiplicant per una figura nova: la comunitat dels lectors. Qui pot llegir? Aquesta pregunta fa una primera divisió entre els qui tenen accés a la lletra i els qui no. L’analfabetisme és una producció social d’exclusió que en un altre règim cultural no existiria.


Però amb la lectura cada cop més distribuïda apareix també una altra pregunta: qui llegeix a qui? La comunitat dels lectors no és aleshores la d’aquells que estan sotmesos a la lectura a un mateix llibre o cànon, sinó la dels qui es poden llegir els uns als altres. Viscuda d’aquesta manera, la lectura saboteja el monopoli sobre la lletra i reinventa la comunitat desencaixant-la de les seves formes de representació unificades. Qui soc jo quan llegeixo? Qui som nosaltres quan llegim? L’element més important de la comunitat dels lectors és la impossibilitat de saber mai del tot què han llegit o què podran arribar a llegir els altres. Per això, la lectura desencaixa la comunitat fent-la irrepresentable, incontrolable, indisciplinada. La soledat i la complicitat teixeixen una aliança. L’aliança dels aprenents lectors és la dels qui no tenen por d’estar sols perquè poden trobar lliurement les seves complicitats. Els qui es llegeixen lliurement els uns als altres no treballen per la comunitat ja instituïda. Sempre n’estan component unes altres. Per això fan por. I per això el poder sempre s’ha dedicat a neutralitzar els efectes indisciplinats de la lectura, mirant de codificar-ne els sentits.”

Marina Garcés, Escola d’aprenents, (extracte del Cap. 8), Galaxia Gutenberg, 2020.