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La leyenda de Kópakonan, la mujer foca de las Islas Feroe

Posted on by Conbilletedevuelta

La leyenda de Kópakonan es una historia aferrada a la remota isla de Kalsoy, una de las islas más septentrionales y aisladas de las Feroe. En ese lugar inhóspito, incomunicado y azotado por los fríos vientos del ártico creció un mito que ha llegado hasta nuestros días en forma de maldición: la de que todos los hombres de Mikladalur están condenados a morir en el mar.

Pero empecemos desde el principio. Kalsoy es una de las islas más al norte de las Feroe, estrecha y alargada como una lanza. Llegar hasta su diminuto puerto cuesta a penas 200 coronas y 20 minutos en ferry bien invertidos por la majestuosidad del paisaje. El ferry discurre desde Klaksvík, la capital en el norte, y ofrece magníficas panorámicas del archipiélago – si la niebla lo permite-.

La carretera que vertebra la isla es solitaria, pero tras el desembarco del ferry los escasos diez coches que pisamos tierra nos dirigimos en convoy hacia el extremo de la isla atravesando los túneles que perforan sus montañas. Uno de nuestros objetivos en Kalsoy es visitar Mikladalur y conocer más de cerca la leyenda de Kópakonan, una escultura femenina que despierta en nosotros una gran curiosidad. Resulta difícil de explicar, pero los mitos siempre tienen un aura de misterio que alimentan el folklore popular, y también nuestras ganas de conocer la historia que se esconde tras ellos.

Kópakonan es uno de los ejemplos perfectos para definir ese estado de curiosidad permanente que despiertan en nosotros este tipo de historias. Su figura aparece con el mar de fondo en el litoral escarpado de Mikladalur, la pequeña localidad de la que habla la leyenda. El pueblo se encuentra situado al borde de un acantilado, y para acceder hasta la costa, rocosa y atormentada por las olas del Atlántico, es necesario descender una gran escalinata que nos conduce a los pies de Kópakonan.

El silencio del descenso solo lo rompen las olas al chocar contra las rocas que envuelven la figura de Kópakonan, el mito de la mujer foca de Kalsoy. Paso a paso, el influjo de su leyenda se apodera de nosotros y su historia parece cobrar vida de repente…

La leyenda de Kópakonan, la mujer foca de las Islas Feroe

La leyenda de Kópakonan cuenta que todas las focas son personas que han decidido pasar su vida bajo las aguas del océano, enfundadas en su magnífica piel de foca. Una vez al año, en la Víspera de los Tres Reyes – Eve of Three Kings – estos seres regresan a la costa de Mikladalur para reunirse en una de las muchas cuevas que perforan sus acantilados. Allí, se desprenden de su piel de foca por una noche para volver a ser personas. En el calor de la hoguera, pasan toda la noche bailando y cantando hasta las primeras luces del alba.

Uno de los jóvenes de Mikladalur, que había oído hablar de esa mágica noche, se propuso espiar a las criaturas mientras disfrutaban de su noche. Escondido tras una roca, observó la forma en que estos seres llegaban a la orilla y se desprendían de su piel, dejándola bien escondida en los recovecos de la playa para no perderla. Una de las Seal Woman, bella como ninguna otra, dejó prendado al joven, que no dejó de observarla durante gran parte de la noche. El muchacho, sabedor de que con las primeras luces del amanecer ella se marcharía, decidió robarle la piel de foca que había escondido detrás de unas rocas en la entrada de la cueva.

Con las primeras luces del alba, cuando todos estos mágicos seres volvían a ataviarse con su piel para volver al océano, la joven descubrió la treta del muchacho. Al ver al chico se acercó a él claramente irritada, pero el joven echó a correr colina arriba en dirección al pueblo. La joven, obligada a recuperar su piel, persiguió al muchacho hasta la villa sin éxito. Exhausta, no tenía más remedio que esperar a que el chico decidiese devolverle lo que era suyo. Pero el joven, conocedor de las historias populares, sabía que escondiendo la piel de foca de la joven bajo llave esta siempre estaría a su lado, sumisa y esperanzada en poder recuperarla algún día.

Los años pasaron y el muchacho se casó con la joven, con la que tuvo tres hijos. Mientras tanto, la piel de foca estaba bien custodiada en un baúl de la casa bajo llave, fuera del alcance de cualquier persona. El hombre, conocedor del riesgo que corría su matrimonio si la mujer encontraba algún día la llave, la llevaba consigo atada a su cinturón allí donde fuese.

Un buen día el marido salió a faenar con sus compañeros, ya que la pesca era la forma de vida que había heredado de sus ancestros de Mikladalur y de la isla de Kalsoy. En un momento de charlas con sus compañeros, echó mano a su cinturón para comprobar que la llave seguía en su sitio, como hacía siempre casi inconscientemente. Pero para su sorpresa, al tocarse la cintura no notó el tacto frío y rudo de la llave dorada que siempre colgaba de una de las hebillas de su cinturón… ¡Había olvidado la llave en su casa!

La leyenda de Kópakonan cuenta que el hombre, exaltado por temor a quedarse sin mujer por ese descuido, regresó rápidamente a Mikladalur. Al entrar a casa vio a los tres hijos que había tenido con la Seal Woman sentados en la cocina, en silencio y solos. Solos…

La mujer había encontrado al fin su piel de foca. Con ella en la mano, caminó hasta la orilla de la playa rocosa de Mikladalur, melancólica por abandonar a sus pequeños pero feliz de regresar a su hogar. Antes de sumergirse de nuevo en el océano, miró por última vez la silueta sombría de Mikladalur al atardecer. Bajo el estruendo de una ola al chocar contra las rocas, se giró y desapareció en las profundidades del océano.

La maldición de Kópakonan y Mikladalur

El marido y sus tres niños pasaron años esperando a su regreso mientras miraban el horizonte que dibujaba el Atlántico desde las costas abruptas de Kalsoy. Pero jamás regresó.

Cegado por el rencor y la venganza, el marido planeó junto al resto de hombres del pueblo asesinar a todas las focas que encontrase durante la próxima noche de la Víspera de los Tres Reyes. Su objetivo era acorrarlarlas en la cueva donde estuviesen celebrando su regreso al mundo de los humanos. Pero cuenta la leyenda que la noche anterior a su plan tuvo un sueño en el que su antigua esposa le hablaba directamente para advertirle de la maldición que caería sobre los hombres de Mikladalur si llevaba a cabo su malvada venganza: “Todos moriréis en el mar, algunos despeñados desde los acantilados, otros ahogados faenando, otros engullidos por una tormenta…”.

El hombre, cegado por el rencor, ignoró ese sueño y junto a los demás hombres del pueblo asesinó a todas las criaturas marinas que encontraron aquella noche. Desde entonces, jamás volvió a verse una Seal Woman por las costas de Mikladalur, y todos los hombres del pueblo cayeron en una maldición eterna que perdura hasta hoy.

Por eso, siempre que un hombre de Mikladalur muere en el mar, los ancianos del lugar hacen referencia a la maldición de Kópakonan…

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La mujer foca o el murmullo del abismo de Catherine Rondeau

Producidas como parte de una residencia artística en el Centro de Arte Contemporáneo de Glasgow (Escocia), las obras de mi serie La femme phoque (2018) exploran el arquetipo de la mujer salvaje* en el corazón del cuento La mujer foca. Un proyecto feminista de tintes trágico-lúdicos que, como en mis trabajos anteriores, continúa indagando sobre el alcance iniciático del relato en la búsqueda de la identidad, pero en un terreno ahora más personal y maduro.

Le murmure de l’abysse (2020) es una obra videográfica surreal que acompaña las imágenes fotográficas de mi serie La femme phoque.

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“¿Pueden las mujeres existir fuera de los lazos del matrimonio? ¿Aparte de su relación con los hombres y los niños? Son preguntas que plantea la historia de La Mujer Foca. Aunque la historia de origen celta tiene muchas variantes, la trama gira siempre en torno a una selkie (una criatura marina que, fuera del agua, asume la apariencia humana al quitarse la piel de foca). Un hombre le roba la piel y la obliga a casarse con él. Si bien la existencia terrenal permite a la mujer experimentar la vida conyugal y la maternidad, la llamada del mar se volverá cada vez más potente…

Más que ilustrar las distintas fases de la historia, mi intención es enfocar la trama simbólica que allí se despliega, es decir, el ciclo de pérdida y reconquista de la psique femenina, su parte instintiva, libre y vibrante. Mis imágenes exploran la relación metafórica entre la piel de foca y el poderoso fuego interior de las mujeres, a menudo enterrado bajo años y capas de socialización. Del mismo modo que en la interpretación de un sueño cada uno de los personajes representa una faceta del soñador, aquí personifico, mediante la autofiguración, a los diferentes protagonistas del cuento. Pues, cada mujer lleva dentro de sí unas zonas de sombra que inhiben, y unas zonas de luz que buscan emerger.

El hecho de ponerme a mí misma en escena acentuó el juego de imbricación de mi planteamiento. Decía, medio en broma, que me iba a Escocia para recuperar mi piel de foca, y es justo allí, durante mi residencia artística, cuando se produjo un especie de deslizamiento entre la búsqueda de la selkie y la mía: como en una curiosa sincronía, empecé a vestir prendas largas, anticuadas, vestidos pesados, engorrosos. Y fue en mi propio cuerpo, frente a la cámara, que tuvo lugar esta búsqueda de liberación y de alivio, presente en filigrana en todo el relato. “

(Traducción del francés de Muriel Chazalon)

*El arquetipo de la Mujer Salvaje es un concepto desarrollado por la narradora y psicoanalista Clarissa Pinkola Estés en su libro Mujeres que corren con lobos (1992).

Lo que el pájaro bebe en la fuente y no es el agua: la poesía reunida de Chantal Maillard

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Chantal Maillard reúne sus poemas en Lo que el pájaro bebe en la fuente y no es el agua. Más de 800 páginas al cuidado de una de las grandes conocedoras de su obra, la profesora Virginia Trueba, que introduce el volumen con un pormenorizado estudio preliminar. Lo acompaña una Posdata del filósofo Miguel Morey.

Pasar entre las formas como un animal entre la hierba, quedando tan solo la fragancia en su pelaje. Aspiro a ser el humilde aprendiz de ese animal.Así define Chantal Maillard (Bruselas, 1951) la labor de escritura que arrancó hace casi tres décadas y con la que ha fundado un territorio híbrido, abierto, fronterizo, entre la poesía y la filosofía, el ensayo y la reflexión diarística, lo personal y lo colectivo, lo humano y lo no humano… La obra de Maillard aspira a encarnar el trabajo de la conciencia y al mismo tiempo a curarnos de nuestra ceguera como especie, nuestro orgullo desmedido. Este volumen, que reúne la obra estrictamente poética compuesta en lo que llevamos de siglo, de Matar a Platón (2004; Premio Nacional de Poesía) en adelante, es una lección de vida y pensamiento, capaz de iluminarnos y darnos consuelo, alivio. Lo dice ella misma: ‘Escribo para que el agua envenenada pueda beberse’.

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«Lo que bebe el pájaro lo encontramos en pequeños indicios, muchos de ellos cotidianos, y también en grandes sucesos, siempre que sepamos eliminar en ellos la grandiosidad. Lo que bebe el pájaro, lo que quisiera beber, es lo que acontece sin que medie en ello razón alguna, dada que la razón, tanto en su uso común como en el científico, arbóreo o plano, siempre trabaja atendiendo a resultados. Digamos que lo que bebe el pájaro es un trazo o una estela, la de un punto en movimiento. El pájaro lo encuentra porque está sediento.» (‘El pájaro. Variaciones sobre poesía y pensamiento’ en ‘La baba del caracol’)

Chantal Maillard, Lo que bebe el pájaro en la fuente y no es el agua. Poesía reunida 2004-2020. Galaxia Gutenberg, 2022.

En librerías el 2 de febrero 2022

El Cazador Celeste. Roberto Calasso

¿Qué es dios y qué no es dios, y qué hay en medio?
EURÍPIDES, Helena

I. EN LOS TIEMPOS DEL GRAN CUERVO

En los tiempos del Gran Cuervo también lo invisible era visible y se transformaba continuamente. Los animales, entonces, no eran necesariamente animales. Podía darse el caso de que fueran animales, pero también hombres, dioses, señores de una estirpe, demonios, antepasados. De modo que los hombres no eran necesariamente hombres; podían ser también la forma transitoria de otra cosa. No había intuiciones que permitieran reconocer lo que aparecía. Era necesario haberlo ya conocido, como se conoce a un amigo o a un adversario. Todo sucedía en el interior de un único flujo de formas, desde las arañas a los muertos. Era el reino de la metamorfosis.

El cambio era continuo, como, más tarde, solo sucedería en la caverna de la mente. Cosas, animales, hombres: distinciones nunca claras, siempre provisorias. Cuando una gran parte de lo existente se retiró hacia lo invisible, no por eso dejó de suceder. Pero se volvió más fácil pensar que no sucedía.

¿Cómo podía lo invisible volver a ser visible? Golpeando el tambor. Esa piel tensa de un animal muerto era la cabalgadura, era el viaje, el torbellino dorado. Conducía hasta allí donde la hierba ruge, donde los juncos gimen, donde ni siquiera una aguja podría clavarse en la espesura gris.

Cuando empezó la caza no había un hombre que perseguía a un animal. Había un ser que perseguía a otro ser. Nadie habría podido decir con certeza cuál era cuál. El animal perseguido podía ser un hombre transformado o un dios o simplemente un animal o un espíritu o un muerto. Un día, a las muchas invenciones los hombres agregaron otra: empezaron a rodearse de animales que se adaptaban a los hombres, en tanto que durante un tiempo muy largo habían sido los hombres los que imitaban a los animales. Se volvieron sedentarios –y ya un tanto envejecidos.

¿Por qué semejante excitación antes de emprender la caza del Oso? Porque el Oso podía ser también el Hombre. Era necesario mostrarse cautos al hablar, porque el Oso oía todo lo que se decía de él, por lejos que estuviera. Incluso cuando se retiraba a su guarida, incluso cuando dormía, el Oso seguía los acontecimientos del mundo. «La tierra es la oreja del Oso», se decía. Cuando se reunían para decidir la caza, el Oso nunca era nombrado. En general, si se hablaba del Oso, no se lo denominaba nunca con su nombre; era «el Viejo», «el Viejo Negro», «el Primo», «el Venerable», «la Bestia Negra», «el Tío». Quien se preparaba para la caza evitaba abrir la boca. Prudentes, concentrados, sabían que el mínimo sonido habría bastado para arruinar la empresa. Si el Oso aparece inesperadamente en el bosque lo aconsejable es apartarse, quitarse el sombrero y decir: «Sigue tu camino, muy honorable.» O bien se intentará matarlo. Todo, en el Oso, es de gran valor. Su cuerpo es una medicina. Cuando lograban abatirlo huían, enseguida, rápidamente. Después reaparecían en el lugar, como por casualidad, como si estuvieran paseando. Descubrían con gran estupor que unos desconocidos habían matado al Oso.

El primer ser divino cuyo nombre se prohibió pronunciar fue el Oso. En este aspecto, el monoteísmo no fue una innovación sino un recomienzo, un entumecimiento. La novedad fue la prohibición de las imágenes.

Hablaban con el Oso antes de atacarlo –o inmediatamente después–, a sabiendas de que el Oso entendía sus palabras. «No hemos sido nosotros», decían algunos. Le agradecían al Oso que se dejara matar. Con frecuencia se disculpaban. Algunos llegaban a decir: «Soy pobre, por eso te estoy cazando.» Algunos cantaban, mientras mataban al Oso, de modo que el Oso, muriendo, pudiera decir: «Me gusta esa canción.» 

Colgaban la calavera del Oso entre las ramas de un árbol, a veces con tabaco entre los dientes. A veces adornado con tiras rojas. Le ataban cintas, juntaban los huesos en un hatillo y los colgaban de otro árbol. Si un hueso se perdía, el espíritu del Oso consideraba responsable al cazador. El hocico iba a parar a un lugar secreto, en el bosque.


Cuando capturaban un osezno lo metían en una jaula. Con frecuencia era amamantado por la mujer del cazador. Así crecía hasta que un día la jaula se abría y «el querido pequeño ser divino» era invitado a la fiesta en la que sería sacrificado. Todos danzaban y batían las manos alrededor del Oso. La mujer que lo había amamantado lloraba. Después un cazador le dirigía al Oso algunas palabras: «Oh, tú, divino, has sido enviado al mundo para que nosotros te cazáramos. Oh, tú, preciosa pequeña divinidad, nosotros te adoramos; escucha nuestra plegaria. Te hemos alimentado y criado con tantas penurias, porque te queremos. Ahora que te has hecho mayor, estamos a punto de enviarte con tu padre y tu madre. Cuando llegues junto a ellos habla bien de nosotros y diles qué amables hemos sido; por favor vuelve a nosotros y nosotros te sacrificaremos.» A continuación lo mataban.


El pensamiento más antiguo, aquel que por primera vez no sintió la necesidad de ofrecerse como relato, se manifestó en la forma de los aforismos sobre la caza. Como un susurro, entre tiendas de campaña y fuegos, se transmitieron como cantilenas:

«La presa es semejante a los seres humanos, pero más santa.»
«La caza es algo puro. La presa ama a los hombres puros.»
«¿Cómo podría cazarlo si antes no lo dibujaba?»
«El mayor peligro de la vida reside en que el alimento de los hombres está hecho enteramente de almas.»
«El alma del Oso es un Oso en miniatura que se encuentra en su cabeza.»
«El Oso podría hablar, pero prefiere abstenerse.»
«Quien habla con el Oso llamándolo por su nombre lo vuelve amable e inerme.»
«Un inepto que sacrifica consigue mayor número de presas que un cazador hábil que no sacrifica.»
«Los animales que se cazan son como mujeres que flirtean.»
«Las hembras de los animales seducen a los cazadores.»
«Toda caza es caza de almas.»

Al principio no estaba claro para qué servía la caza. Como un actor que, en el escenario, intenta meterse en el personaje, trataban de convertirse en predadores. Pero ciertos animales corrían más veloces. Otros eran imponentes y cautelosos. Además, ¿qué era matar? Algo no muy distinto que matarse. Si el hombre se convertía en el Oso, al matarlo se hería a sí mismo. Aún más oscura era la relación entre matar y comer. Quien come hace que algo desaparezca. Esto era incluso más misterioso que matar. ¿Dónde va lo que desaparece? Va a lo invisible, que, al final, está lleno de presencias. No hay nada más animado que la ausencia. ¿Qué hacer, entonces, con todos esos seres? Quizá había que facilitar su pasaje a la ausencia, acompañarlos durante una parte de su viaje. El matar era como un saludo. Como todo saludo, exigía ciertos gestos, ciertas palabras. Empezaron a celebrar sacrificios.

La caza nace como acto inevitable y termina como acto gratuito. Elabora una secuencia de prácticas rituales que preceden al acto (la matanza) y lo continúan. El acto puede solo ceñirse en el tiempo, como la presa en el espacio. Pero el curso de la caza mismo es innombrable e indomable, como el coito. No se sabe qué sucede entre el cazador y la presa cuando se enfrentan. Es verdad, sin embargo, que antes de la caza el cazador cumple gestos de devoción. Después de la caza, siente la obligación de descargarse de una culpa. Acoge en su cabaña al animal muerto como un noble huésped. Frente al Oso apenas troceado, el cazador susurra una plegaria muy dulce, que causa vértigo: «Permíteme también matarte en el futuro.»
 

La presa debe ser enfocada: la mirada la aísla y restringe el campo visual sobre un punto. Es un conocimiento que procede por cesuras sucesivas, recortando figuras a partir de un fondo. Al circunscribirlas, las aísla como blanco. Desde ya, el gesto de recortarlas es el mismo que las hiere. De otro modo no nace la figura. Los mitos son cada vez superpuestos sobre los perfiles recortados. Llevando al extremo este modo de conocimiento, acumulando siluetas, empieza a recomponerse la tela del fondo, de la que fueron arrancados. Este es el conocimiento del cazador.


Con la ganadería y la agricultura, el animal pasa a ser solo animal, separado para siempre del hombre. Para el cazador, en cambio, el animal era todavía otro ser, ni animal ni hombre, cazado por seres que no eran ni animales ni hombres. Cuando tuvo lugar ese acontecimiento que fue el acontecimiento de toda historia antes de la historia, cuando se produjo la separación de algo que iba a llamarse animal por parte de algo que iba a llamarse hombre, nadie pensó que la sabiduría –la vieja y la nueva sabiduría– pudiera ser encontrada sino por alguien que participara de ambas formas de vida. Entre las grutas y los bosques del monte Pelión, Quirón el Centauro se convierte en la fuente de la sabiduría, aquel que, más que ningún otro, podía enseñar la justicia, la astronomía, la medicina y la caza. Era casi todo lo que entonces se podía enseñar.

Para los héroes criados por Quirón, la caza fue el primer elemento de la paideia. Pero esa «educación», esa primera prueba de la aretḗ, de esa «virtud» que más tarde sería evocada con frecuencia, se desarrollaba fuera de los confines de la sociedad. No era útil. La caza que practicaban los héroes no servía para alimentar a la comunidad. Era un ejercicio sanguinario y solitario, practicado sin otro fin. En la caza, el animal se volvía en contra de sí mismo e intentaba matarse. Antes de que los protagonistas de muchas historias de metamorfosis, los grandes cazadores fueron, ellos mismos, el resultado de una metamorfosis. Antes de matar al lobo y a los ratones, Apolo fue lobo y ratón. Antes de matar a las osas, Artemisa había sido osa. El pathos de la caza, la complicidad entre el cazador y la presa, se remonta al origen, cuando el cazador era él mismo el animal, cuando Apolo fue general de un ejército de ratones y el jefe de una manada de lobos. El fundamento de la caza fue un descubrimiento de la lógica: la obra de la negación. Este descubrimiento fundacional y embriagador exigía ser permanentemente corroborado, vuelto a recorrer. Mientras la vida de la ciudad latía, otra –en paralelo– le correspondía en las montañas. Incansables y solitarios, Apolo y Artemisa, e incluso Dioniso, seguían cazando. La energía que desprendían sus gestos era el sobrentendido necesario, la urdimbre escondida detrás de los intercambios del mercado, el sueño de las familias, la fatiga de los campos. Nada de todo eso que constituía la vida de la ciudad hubiera podido existir sin esas carreras, esas emboscadas por los montes, sin esas flechas disparadas y esa sangre. Se diría que la sociedad no se había sentido nunca lo suficientemente viva, y acaso real, sin esa vida paralela y superflua, vagante, de los cazadores perdidos en los bosques. 

Como la oración del monje, la carrera silenciosa de los dioses cazadores mantenía en pie los muros que rodeaban la ciudad. Esa carrera era lo que los cercaba, como un remolino perpetuo.

Roberto Calasso, El Cazador Celeste, Trad. Edgardo Dobry, Anagrama, 2020.

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/el-cazador-celeste/9788433980748/PN_1035

El poder del perro. Jane Campion

El Poder del perro (The power of the dog), una adaptación de la novela de Thomas Savage de 1967, es llevada al cine por la directora neozelandesa Jane Campion, quien regresa al mundo de las películas luego de una década de haber estado alejada. La película ganó el León de Oro en Venecia y el público ovacionó de pie al actor inglés Benedict Cumberbatch, que regala una de sus mejores actuaciones.

Título original: The Power of the Dog, 2021, Australia

Dirección y guión: Jane Campion

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Ari Wegner

Reparto: Benedict CumberbatchJesse PlemonsKirsten DunstKodi Smit-McPheeThomasin McKenzieFrances ConroyKeith CarradineGeneviève LemonPeter CarrollAdam BeachKarl WillettsYvette ParsonsTatum Warren-Ngata, ver 23 más

Productora Coproducción Australia-Reino Unido-Nueva Zelanda; See-Saw Films, Max Films Productions, BBC Films, Brightstar Films, Max Films International, Cross City Films. Distribuidora: Netflix

https://www.infobae.com/que-puedo-ver/2021/12/04/el-poder-del-perro-benedict-cumberbatch-en-el-mejor-rol-de-su-carrera/

https://www.elantepenultimomohicano.com/2021/09/critica-el-poder-del-perro.html

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El ciclo. Solsticio de invierno 2021

Debido a que la Tierra está inclinada sobre su eje de rotación, experimentamos las estaciones. A medida que la Tierra se mueve alrededor del sol, cada hemisferio experimenta el invierno cuando se aleja del Sol y el verano cuando se inclina hacia el Sol. Este año 2021, la hora exacta del solsticio de invierno, la entrada del Sol en el signo zodiacal de Capricornio, será el martes a las 15:59, hora universal coordinada (UTC), de acuerdo con EarthSky.org y el Almanaque del Granjero. Eso es casi seis horas más tarde que el año pasado.

Los pueblos antiguos cuya supervivencia dependía de un conocimiento preciso de los ciclos estacionales conmemoraban este primer día de invierno con elaboradas ceremonias y celebraciones. Espiritualmente, estas celebraciones simbolizan la oportunidad de renovación, un abandono de los malos hábitos y sentimientos negativos y un abrazo de esperanza en medio de la oscuridad a medida que los días comienzan a alargarse una vez más.

Muchas culturas y religiones celebren un día festivo, ya sea Navidad, Hanukkah, Kwanzaa o festivales paganos, que coinciden con el regreso de los días más largos. Muchos de estos antiguos símbolos y ceremonias del solsticio de invierno siguen vivos en la actualidad o se han incorporado a tradiciones más nuevas. Estos son algunos de ellos:

Alban Arthan

En el idioma galés, “Alban Arthan” significa “Luz del invierno”, según el Almanaque del Granjero. Podría ser el festival estacional más antiguo de la humanidad. Como parte de las tradiciones druídicas, el solsticio de invierno se considera una época de muerte y renacimiento.

Newgrange, un monumento prehistórico construido en Irlanda alrededor del 3200 a. C., está asociado con el festival Alban Arthan.

Saturnalia

En la Antigua Roma, Saturnalia comenzaba el 17 de diciembre y se prolongaba durante siete días. Honraba a Saturno, el dios romano de la agricultura. La gente disfrutaba de festividades de carnaval que se asemejaban a las celebraciones de Mardi Gras modernas e incluso retrasaban la guerra. Saturnalia continuó en los siglos III y IV d.C.

A medida que el Imperio Romano cayó bajo la influencia cristiana y un eventual mando, algunas de las costumbres del festival se fusionaron con las celebraciones en torno a la Navidad y el Año Nuevo.

Dongzhi

No solo los antiguos europeos conmemoraban la ocasión anual. El Festival del Solsticio de Invierno de Dongzhi tiene sus raíces en la antigua cultura china. El nombre se traduce aproximadamente como “extremo de invierno”.

Pensaban que este era el ápice del yin (de la teoría de la medicina china). Yin representa la oscuridad, el frío y la quietud, por lo que es el día más largo del invierno. Dongzhi marca el regreso del yang y el lento ascenso de la luz y el calor. Los dumplings, bolas de masa hervida, se comen generalmente para celebrar en algunas culturas de Asia oriental.

¡Os deseo a todas.os un feliz solsticio y buenas celebraciones para este final de año!

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Imagen: https://www.facebook.com/nywolforg

Memoria | Apichatpong Weerasethakul

El director de ‘Tropical Malady’ presenta una odisea sensorial, eminentemente sonora, que explora las nociones de memoria personal, histórica e interplanetaria.

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Memoria

Escrita y dirigida por Apichatpong Weerasethakul

Co-producida internacionalmente por Colombia, Tailandia, Reino Unido, México, Francia, Alemania, Qatar, 2021.

Protagonizada por Tilda Swinton, Elkin Díaz, Jeanne BalibarJuan Pablo Urrego, Agnes Brekke y Daniel Giménez Cacho.

Tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Cannes el 15 de julio de 2021.

Premio del Jurado en Cannes 2021

Mejor Película en el Festival de Cine de Chicago 2021

Sección oficial en el Festival de Cine Europeo de Sevilla

ESTRENO EN CINES: primer semestre de 2022

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https://www.fotogramas.es/festival-de-cannes/a37050088/cannes-2021-memoria-apichatpong-weerasethakul/

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Maneras de estar vivo. Baptiste Morizot

Hace mucho tiempo surgió una especie que decidió separarse de las otras diez millones de especies que habitaban la Tierra: aunque todas eran necesariamente sus parientes, optó por llamarlas «la naturaleza», y así empezó a verlas como cosas, meros recursos a su disposición.

Este relato es nuestra herencia, y su inimaginable violencia ha dado lugar a la actual y devastadora crisis ecológica. El presente libro pretende dar un golpe de timón frente a esta situación: armar (en el doble sentido de la palabra) una filosofía de los seres vivos que sea tanto una política como una praxis.

Para ello Morizot se aleja de toda creación convencional de pensamiento, pues su filosofía surge de la práctica sobre el terreno y de la experiencia del rastreo. Morizot no es un naturalista al uso. Ni siquiera un biólogo. Es un filósofo que reflexiona sobre lo vivo como ningún otro que hayas leído, un perseguidor que puede pasar largas jornadas rastreando a una manada de lobos o noches enteras esperando a que un oso aparezca en la pantalla de una cámara térmica. Entre el thriller etológico y la filosofía salvaje, con las botas perdidas de barro, oliendo a sudor y a bosque, Morizot trata de ofrecer respuesta a las preguntas que hoy de verdad nos importan:

¿Cómo reconectar con los seres vivos mediante una ecosofía sencilla, resiliente y alegre?

¿Cómo oponer al tecnocapitalismo una reactivación de nuestras propias fuerzas vitales anestesiadas?

¿Cómo sustituir la pulsión de control y domesticación por un ethos del encuentro y la acogida?

¿Cómo comportarse de un modo adecuado con todo aquello que vive y, sin embargo, difiere de nosotros?

¿Cómo construir colectivamente un planteamiento político que aúne la imprescindible convivencia con los otros seres vivos y la lucha sin cuartel contra aquellos que destruyen el tejido de la vida?

Baptiste Morizot, Maneras de estar vivo. LA crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Trad. Silvia Moreno Parrado, Ed. Errata Naturae, 2021.

«Baptiste Morizot, auténtico filósofo de campo, es sin duda la referencia intelectual del actual pensamiento ecológico. No sólo inventa un nuevo cosmopolitismo, sino que dibuja una nueva y esperanzadora diplomacia de lo salvaje». Nicolas Truong, Le Monde

«Baptiste Morizot lidera una batalla cultural para repensar la convivencia entre el ser humano y el animal, uno de los grandes temas del siglo XXI». Mathieu Vidar, France Inter

«Maneras de estar vivo es un ensayo extraordinario. En él, el filósofo Baptiste Morizot, figura emergente del pensamiento ecológico, da un vuelco a los marcos habituales de interpretación de la crisis de la biodiversidad y nos invita a repensar radicalmente nuestra relación con los seres vivos no humanos que nos rodean». Mathieu Dejean, Les Inrockuptibles

«Maneras de estar vivo nos propone un nuevo humanismo descentrado que se desarrolla mediante una forma rica y original de investigación en la frontera de la literatura, la etología y la filosofía». Alexandre Gefen, Le Nouveau Magazine Littéraire

Cristina Peri Rossi, Premio Cervantes 2021

Cristina Peri Rossi nació el 12 de noviembre de 1941 en Montevideo (Uruguay); es una escritora que cultiva la narrativa y la poesía.
Durante la dictadura militar de Uruguay se exilió en España, país donde vive desde entonces y donde ha trabajado como articulista en diferentes publicaciones tales como “El País” y “El Mundo”. Como escritora se ha destacado por su obra “La nave de los locos“, una obra que deja en evidencia los crímenes de las dictaduras militares en latinoamérica, con una visión un tanto surrealista.
En lo que se refiere a poesía, en el 2008 recibió el Premio Loewe con su obra “Play Station“. Otras de sus obras publicadas son “Descripción de un naufragio” y “Europa después de la lluvia“, “Invitación” y “Palabra“.
Cristina asegura que su casa es la literatura, que no sabe vivir en este sistema para ganar dinero y que por eso se aferra a las letras porque está convencida de que es lo único que no pueden arrebatarle. Y esa pasión y esa entrega son las responsables de que haya podido conquistar tierras extranjeras, consiguiendo que sus creaciones trascendieran el espacio.
Actualmente vive en Barcelona, ciudad donde su labor en los medios es muy significativa, y continúa escribiendo y aportando su granito de arena para que crezca la literatura hispana.

Mi casa es la escritura

En los últimos años

he vivido en más de cien hoteles diferentes

(Algolquín, Hamilton, Humboldt, Los Linajes

Grand Palace, Víctor Alberto, Reina Sofía, City Park)

en ciudades alejadas entre sí

(Quebec y Berlín, Madrid y Montreal, Córdoba

y Valparaíso, París y Barcelona, Washington

y Montevideo)

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siempre en tránsito

como los barcos y los trenes

metáforas de la vida

En un fluir constante

Ir y venir

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No me creció una planta

no me creció un perro

.

Sólo me crecen los años y los libros

que dejo abandonados por cualquier parte

para que otro, otra

los lea sueñe con ellos

.

En los últimos años

he vivido en más de cien hoteles diferentes

en casas transitorias como días

fugaces como la memoria

.

¿cuál es mi casa?

¿dónde vivo?

Mi casa es la escritura

la habito como el hogar

de la hija descarriada

la pródiga

la que siempre vuelve para encontrar los rostros conocidos

el único fuego que no se extingue

.

Mi casa es la escritura

casa de cien puertas y ventanas

que se cierran y se abren alternadamente

Cuando pierdo una llave

encuentro otra

cuando se cierra una ventana

violo una puerta

Al fin

puta piadosa

como todas las putas

la escritura se abre de piernas

me acoge me recibe

me arropa me envuelve

me seduce me protege

madre omnipresente.

.

Mi casa es la escritura

sus salones sus rellanos

sus altillos sus puertas que se abren a otras puertas

sus pasillos que conducen a recámaras

llenas de espejos

donde yacer

con la única compañía que no falla Las palabras.

Cristina Peri Rossi, de Estrategias del deseo (2004)