De patos y de cisnes (1): la noción de “resiliencia”. Boris Cyrulnik, Barbara, Chantal Maillard


En el taller de lectura empezamos a trabajar, con algunos de los grupos, el cuento “El patito feo“. La compasión a la que nos abre el desamparo de miles de refugiados, hoy en día tan tristemente de actualidad (¿hubo un tiempo en que no lo fue?), se dobla de una reflexión necesaria mediante este cuento que trata del exilio, del rechazo social, de la identidad y del “otro”, y de las condiciones más apropiadas para desarrollar la aptitud de resiliencia, es decir, aquella capacidad de reestructuración que tiene la psique después de vivir experiencias traumáticas.  El psicólogo Boris Cyrulnik nos recuerda que la capacidad de metamorfosear el sufrimiento en obra de arte (poemas, literatura, canciones, obra plástica u obra de teatro, o de cine etc.), es una de las estrategias curativas decisiva para poder salir adelante. Hacer algo con nuestro sufrimiento, remarca Cyrulnik en el vídeo insertado más abajo, como, por ejemplo, hacer del sufrimiento un lazo hacia otros que padecen (reconocerse en otros, reconocer el otro en mí), o convertir una vivencia traumática en narración, en expresión artística, es determinante para dejar de estar sujeto al sufrimiento. Traducida en términos lobunos, esta aptitud de resiliencia anida en el meollo mismo de la Loba: la capacidad de resistencia y de adaptabilidad ante las adversidades es una de sus mayores virtudes, y su instintiva función de revitalización, de recreación y de regeneración psíquica, uno de sus mejores legados conferido al animal humano.


Reseña de Bernabé Sarabia en El Cultural del libro Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida, de Boris Cyrulnik.  Traducción de T. Fernández y B. Eguibar. Gedisa, 2002.

“Nacido en Burdeos en 1937, Boris Cyrulnik procede de una familia de rusos judíos masacrados por los nazis. Con seis años escapó de un campo de concentración. A partir de entonces queda convertido en un niño huérfano que pasa por distintas familias y centros de acogida.

Cuando todo parecía destinarle a una existencia mediocre, Cyrulnik se convierte en un médico que llega a ser una celebridad. Profesor en la Universidad de Var, lidera un grupo de investigación en etología clínica en el Hospital de Toulon.

A través de sus clases, conferencias y publicaciones, Cyrulnik ha roto varios de los supuestos más aceptados en distintas orientaciones psicológicas. Es el caso del concepto de culpa. Si a lo largo del siglo pasado se pensaba desde el psicoanálisis que la culpa estaba en la base de la neurosis y de la frustración individual y social, el psicólogo Boris Cyrulnik sostiene que ciertas formas de culpabilidad son buenas porque evitan el daño al prójimo y ayudan a tener respeto y compasión por los demás.

El subtítulo de Los patitos feos resume muy bien el contenido de este libro: La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida. El término resiliencia, inexistente en el Diccionario de la RAE, procede del latín “resalire”, volver a saltar. En los 60, la psicóloga norteamericana Emmy Werner lo acuñó para la psicología al publicar los resultados de sus trabajos durante más de 30 años en Hawai con niños que no tenían familia, no iban a la escuela y vivían en una gran pobreza. Werner encontró que un tercio de los niños se las apañaba para aprender a leer y escribir. Tras ello, eran capaces de salir de la desviación, como dicen los sociólogos, e insertarse en la sociedad.

Cyrulnik retoma el trabajo de Werner pero en un contexto mucho más amplio. Si la mitad de la población del planeta ha sufrido algún tipo de trauma psíquico, como indica la OMS, es evidente que existe un buen número de personas capaces de superar cualquier experiencia traumática y construir, no ya una vida normal sino una existencia exitosa.

La noción de resiliencia ha de entenderse en este texto de Cyrulnik como la capacidad de una persona de hacer frente a terribles problemas individuales o sociales y salir airoso. No obstante, el término ha tenido un éxito enorme y se ha incorporado al lenguaje cotidiano de países como Holanda o Alemania. Ahora mismo, en EE.UU, tras el 11-S a las torres del World Trade Center se las denomina “torres gemelas resilientes”.

Aunque al final de Los patitos feos se amplía el análisis de la resiliencia a los adultos y a sus hábitos y actitudes culturales, el grueso del libro está dedicado a la resiliencia en los niños. Cyrulnik ha montado su línea argumental apoyándose en casos de su experiencia clínica más que en textos de carácter académico. En buena medida esto se debe a que un buen número de orientaciones psicológicas tienen un carácter muy determinista. Los niños maltratados tienen esperanza para Cyrulnik. Su vida puede no sólo ser normal sino magnífica. De lo que se trata es de conseguir que exista para el niño un otro significativo bajo la forma de amigo o pariente. Si se considera que el niño es una pequeña persona y se le proporciona la ocasión de convertir su accidente traumático en una narración se está en la buena vía. En ningún caso se debe reducir al niño o a la persona a su trauma.

La enorme resonancia que están teniendo las tesis de Cyrulnik viene de que acaban con la idea extendida tras el traumatismo del nazismo en Europa de que la autoridad o la prohibición debían ser abolidas en aras de la salud mental de los niños. La novedad que introduce Cyrulnik radica en dos aspectos. El primero está en que la resiliencia es un proceso interno que puede ser estudiado y enseñado de tal modo que el daño de los traumas a los que puede ser sometido un niño sea aliviado hasta el punto de dejar de ser un obstáculo en su desarrollo personal y social. El segundo aspecto se refiere a que, si bien la familia o las instituciones han de dar ocasión a la victoria del niño, ésta la debe conseguir él aportando su propio esfuerzo.” 

http://www.elcultural.com/revista/letras/Los-patitos-feos/4678

Aquí un enlace para leer en pdf Los patitos feos, de Boris Cyrulnik:

Feu clic per accedir a doc.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Boris_Cyrulnik

Teoría del apego, del psiquiatra y psicoanalista americano John Bowlby:  https://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3%ADa_del_apego

Barbara, Le mal de vivre: 

“Y es más extraña aún, la extrañeza, cuando se cuela en esos pocos, escasísimos momentos en los que, sin razón alguna, una se siente “bien”. La joie de vivre que, como cantaba Barbara, nous prend par les reins, sobreviene sin razón, de la misma manera que sobreviene el mal de vivre, sin razón. 

“Esto también pasará”, la frase de aquel sabio indio que he colocado, a modo de saludo personal, en mi teléfono móvil, ha de poder aplicarse a todo lo que agrada como a lo que desagrada; ha de tenerse en cuenta tanto en la felicidad como en el dolor. Quien sabe aplicarla no se extraña, pues está a medio camino de ser quien es y de no serlo, a un tiempo sujeto y objeto de sí mismo y, en el intervalo, justo en medio, ahí donde se localiza el punto muerto, en aquel punto halla la sabiduría, la equidad de Confucio, la indiferencia del Buddha.” 

Chantal Maillard. Filosofía en los días críticos. Pre-Textos (párrafo 159).


–Filosofía en los días críti­cos y Diar­ios indios son dos esplén­di­dos cuader­nos poéti­cos en prosa en los que es suma­mente importante la pal­abra vuelta carne. En ellos un sin­fín de ref­er­en­cias lit­er­arias y filosóficas conviven con una enunciación con diversas e inagotables dimen­siones, ¿qué tanta relación ten­dría el dolor con una posi­ble “sal­vación” o “exor­cismo” poético, casi del mismo modo en el que Bachelard medita la poesía como un espa­cio de curación con la obra de Lautréamont?¿qué tanta relación ten­dría el dolor con una posi­ble “sal­vación” o “exor­cismo” poético, casi del mismo modo en el que Bachelard medita la poesía como un espa­cio de curación con la obra de Lautréamont? 

–Creo que el poema-letanía “Escribir”, com­puesto en un largo peri­odo de pos­tración, responde a esa pre­gunta mucho mejor de lo que pud­iese hac­erlo ahora. “Escribo porque es la forma más veloz que tengo de moverme”, decía, y era lit­eral. Y tam­bién “para que el agua enve­ne­nada pueda beberse”. Cuando uno (se) escribe se proyecta, tiene lugar un desdoblamiento, y una dis­tan­cia se abre, un espa­cio en el que la pal­abra con­jura. Uno deja de ser ese yo inte­ri­or­izado sin pal­abras con las que recono­cerse, y eso ya es cura­tivo. Aunque no deja de ser un primer nivel. El sigu­iente es que este reconocimiento con­lleve un grado de universalización. Luego está el dolor de la pér­dida, los due­los. En Hilos y en Husos trazo una geografía que le facilita la tarea al observador del que había tratado en los Diar­ios indios. La difer­en­cia entre el sufrim­iento y el dolor, lo que la mente añade a la sim­ple percep­ción del daño es algo que cualquiera puede des­cubrir si está atento al pro­ceso mental. Pero, para ello, hace falta haber creado al obser­vador. Y le diré que es sin duda aquí, en estos libros, y no en aque­l­los tan­teos de los ini­cios, donde puede encon­trarme real­mente quien me busca.

Extraído de una entrevista a Chantal Maillard, “La escritura es mi casa“: http://revistacritica.com/contenidos-impresos/entrevistas/chantal-maillard-la-escritura-es-mi-casa-por-leonarda-rivera-e-ingrid-solana

La práctica de lo salvaje. Prólogo de Gary Snyder

jim-brandenburg_timber-wolf-canis-lupus-three-running-across-frozen-lake_-minnesota

Todos nosotros, especialmente cuando somos jóvenes, nos enfrentamos a preguntas: ¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué está pasando? Crecí en una pequeña granja en el Noroeste del Pacífico norteamericano, en la Isla de la Tortuga. Las aguas colmadas de salmones del estrecho de Puget estaban cerca, y “lo que estaba pasando” era la implacable deforestación de uno de los más imponentes bosques de todos los tiempos.

La vasta extensión de enormes árboles en el litoral del Pacífico Noroeste era un fenómeno botánico y ecológico de formidables proporciones. Originó, junto con los bosques de secuoya roja algo más al sur, las coníferas más grandes del mundo. A esta expresión maravillosa de los procesos naturales llegaron los euroamericanos, que, de inmediato, devastaron el crecimiento de siglos para transformarlo en las casas de las ciudades cada vez más grandes de la Costa Oeste. Para mí, la pregunta “¿quién soy yo?” estaba ligada a mi pertenencia juvenil a una sociedad en expansión sin conciencia alguna del pasado o del futuro medioambiental. Nuestra granja se encontraba lo bastante cerca de ese mundo original de la naturaleza salvaje como para absorber algunas enseñanzas de primera mano de las lagunas, los bosques y la alta montaña. El valor de esas experiencias se consolidó con mi posterior formación intelectual, y me dediqué al estudio juvenil de la historia humana y natural, con un ojo puesto en reconocer las huellas de la injusticia y la explotación.

A los diecisiete años me hice socio de la Wilderness Society, una organización que todavía lleva a cabo una buena labor, y más tarde me afilié a un club de montañismo llamado Mazamas, con sede en Oregón. Me convertí no solo en montañero y trabajador forestal temporal –incluyendo faenas de leñador–, sino también en un defensor de la naturaleza salvaje. A lo largo de los años he desempeñado mi trabajo en montañas y bosques de todo el Oeste americano, y después en Japón, y un poco en Taiwán y Nepal. Comencé a impartir talleres para pequeños grupos, y clases por toda Norteamérica, enseñando la disciplina, el conocimiento y las destrezas que creía necesarias para apreciar la feroz ordenación de lo salvaje.

Trabajar con personas de lugares remotos de Alaska, o del centro de Manhattan o de Tokio en cuestiones relacionadas con la ecología y las estrategias medioambientales, las especies amenazadas, las culturas primarias y las religiones de Asia oriental es lo que ha dado pie a estos ensayos.

También plantean un enfoque espiritual. Mi propio camino es una suerte de budismo arcaico, que no ha perdido su vínculo con las raíces animistas y chamánicas. El respeto por todos los seres vivos es una parte primordial de esta tradición. He intentado enseñar a otros a meditar y adentrarse en las zonas salvajes de la mente. Como sugiere uno de estos ensayos, incluso el lenguaje puede ser visto como un sistema salvaje.

Un término clave es la práctica, entendida como un esfuerzo sostenido, deliberado y consciente por acompasarnos con mayor sutileza con nosotros mismos y la verdadera condición del mundo existente. El mundo, exceptuando una mínima intervención humana, es en última instancia un lugar salvaje. Es esa la parte de nuestro ser que dirige la respiración y la digestión, y cuando se observa y aprecia es una fuente de lúcida inteligencia. Las enseñanzas del budismo son realmente sobre la práctica y muy poco teóricas, aunque la teoría es tan atrayente que a lo largo de su historia ha provocado una ligera y sugerente desorientación en muchos.

La práctica de lo salvaje propone que nos ocupemos de algo más que de la ética medioambiental, la acción política o un activismo útil e ineludible. Debemos enraizarnos en la oscuridad de nuestro ser más profundo. Una recopilación de ensayos posterior, A place in Space, sugiere que la mayor parte de ese arraigo tiene lugar en comunidades, que existen, lo sepamos o no, en “naciones naturales” conformadas por cadenas de montañas, cursos de ríos, planicies y humedales.

Nada de lo que aquí se dice pretende poner en duda la elegancia, el refinamiento, la belleza o la llamativa complejidad de eso que llamamos civilización, particularmente aquella que prima la cualidad sobre la cantidad y que no es solo una excusa para la piratería global internacional. Me atrae la idea de que la cultura misma tenga un sesgo salvaje. Como manifestó hace años Claude Lévi-Strauss, las artes son el territorio salvaje que sobrevive en la imaginación, como parques nacionales en el interior de las mentes civilizadas. El abandono y el deleite al hacer el amor, tantas veces cantado, es parte de nuestro gozoso carácter salvaje. ¡Sexo y arte por igual! Lo que quizás no vimos con tanta claridad era que la realización personal, e incluso la iluminación, es otro aspecto de nuestra condición salvaje, un vínculo de esa cualidad que hay en nosotros con los procesos (salvajes) del universo.

Mi motivación debe mucho a ser un euroamericano viviendo en el Nuevo Mundo, en un lugar semisalvaje. Considerando el planeta en su conjunto, se observa que los problemas no son muy diferentes en cualquier lugar de la Tierra. El mundo entero tenía buenos bosques y mucha fauna salvaje hasta hace unos cuantos siglos. Las comunidades humanas disfrutaban de un gran espacio, excelente agua y buena tierra. Y sumando o restando unos pocos miles de años, todos hemos estado viviendo en pequeñas comunidades de subsistencia durante la mayor parte de la historia humana. Ese tipo de vida tenía sus inconvenientes, pero hay lecciones y destrezas relativas a esa larga historia que todavía no hemos asumido ni incorporado a nuestras actuales ocupaciones.

Lo salvaje, tantas veces despachado como caótico y brutal por los pensadores civilizados, responde en realidad a un orden imparcial, implacable y hermoso, a la vez que libre. Su expresión, la plenitud de la vida animal y vegetal en el planeta, que incluye las tormentas, los vendavales, las serenas mañanas de primavera y a nosotros mismos, es el mundo real, al que todos pertenecemos. Estoy profundamente agradecido por haber podido recorrer este sendero, estudiando con maestros en Oriente y Occidente, y haber disfrutado de la oportunidad de escribir y expresar mis ideas para todo aquel que ha querido escuchar.

Gary Snyder 25.10.98-12.05.10


Gary SnyderLa práctica de lo salvaje. Trad. Nacho Fernández y José Luis Regojo. Varasek ediciones, 2016

Fotografía de Jim Brandenburg. Timber Wolf (Canis lupus) three running across frozen lake in Minnesota.

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2011/05/17/gary-snyder-a-barcelona-primeres-impressions/


La práctica de lo salvaje. Gary Snyder

La práctica de lo salvaje_Gary Snyder111210snyder12LS


Hace tiempo que esperábamos la traducción de este ensayo de Gary Snyder sobre la vida salvaje! Reconoceréis muchos de los temas que abordamos en los talleres. Su aparición en las librerías es ahora inminente! Para hacer boca y compartirlo, me he permitido traducir, humilde y torpemente, algunos fragmentos de la edición francesa, “La pratique sauvage”:


Una palabra clave aquí es la “práctica”, en el sentido de un esfuerzo sostenido, consciente y deliberado para aprender a encontrar un modo de armonización con nosotros mismos y con la verdadera condición del mundo. A fin de cuentas, el mundo, exceptuando una ínfima parte de intervención humana, es un lugar salvaje. Es aquella faceta connatural de nuestro ser humano que guía no sólo la respiración y la digestión sino que es también, cuando sabemos observarla y apreciarla, una fuente de profunda inteligencia. […]

*

Así que, de nuevo, hay que comprender la sutil pero esencial diferencia de sentido que existe entre las palabras naturaleza y salvaje. Decimos que la naturaleza es el objeto de la ciencia. Podemos testar y examinar la naturaleza en sus mínimos detalles, tal como lo hace la microbiología. Lo salvaje, en cambio, no es sujeto ni objeto de estudio; para aproximarnos a él, hay que aceptarlo desde dentro, como una cualidad intrínseca de lo que somos. La naturaleza, en última instancia, no está amenazada: lo salvaje sí lo está. Aun cuando lo salvaje es indestructible, es posible que lo perdamos de vista.

Es entonces cuando se da forma a una cultura del espacio salvaje. La civilización está en la naturaleza: nuestros egos se enraízan en el terreno del inconsciente, la historia tiene lugar en el Holoceno, la cultura humana está enraizada en lo primitivo y el Paleolítico, y nuestras almas están allí fuera en el espacio salvaje.

*

La idea que la cultura esté sostenida por una fuerza salvaje me intriga profundamente. Tal como Claude Lévi-Strauss lo anotó hace ya muchos años, las modalidades artísticas son unas zonas salvajes que sobreviven en el imaginario, como parques naturales en el centro de las mentes civilizadas. El sentimiento de gozo y de abandono que procuran el amoroso acto sexual forma parte de nuestra naturaleza salvaje. ¡El sexo y el arte al lado el uno del otro! ¡Nos lo imaginábamos! En cambio, quizá no habíamos percibido claramente que la realización de uno mismo, incluso el despertar de la conciencia, representa otra dimensión de nuestro ser salvaje mediante la relación que se establece entre lo salvaje en nosotros y la realidad absoluta del universo.

Si consideramos el planeta en su conjunto, nos damos cuenta que los problemas, estemos donde estemos, son más o menos similares. Hace tan sólo algunos siglos, el mundo entero era bastante salvaje, rebosaba de bosques sanos y de animales en libertad. Podemos también reconocer que hace miles de años aún, es decir, durante la mayor parte de la historia humana, todos vivíamos en el seno de pequeñas comunidades caracterizadas por culturas de subsistencia. Existen lecciones y técnicas de este largo pasado que todavía no hemos sabido apreciar en su justo valor o que no hemos integrado en nuestra práctica de vida.

Lo Salvaje, sinónimo en la civilización occidental de salvajismo y de caos, es, de manera imparcial e implacable, fundamentalmente libre en su belleza formal. Y su expresión —la riqueza de la vida vegetal y animal (nosotros incluidos) sobre el planeta, las lluvias torrenciales, los vientos violentos y las tranquilas mañanas de primavera, la curva de un meteoro cruzando la oscuridad— es la auténtica realidad de este mundo al que pertenecemos.

*

Sepamos apreciar la elegancia de las fuerzas que dan forma al mundo y a la vida, las que modelan las líneas de nuestros cuerpos, nuestras uñas y nuestros dientes, nuestras cejas, nuestros pezones. Procuremos también comportarnos de la manera menos nociva posible, no sólo con nuestros hermanos humanos, sino también con todos los seres vivos. Seamos abiertos y generosos, procuremos no explotar a nadie. Hay suficiente sufrimiento en el mundo tal y como está.

*

«Salvaje y libre». […] Mi intención aquí es contemplar la palabra salvaje en todos sus aspectos, y estudiar los lazos que teje con la idea de libertad, poniendo de relieve el profundo alcance de este vínculo. Para ser verdaderamente libre, hemos de aceptar nuestra condición tal como es en sí misma, dolorosa, efímera, abierta, imperfecta, y sentir agradecimiento por esta no-permanencia y la libertad que nos ofrece. Pues, en un universo fijo y estable no existiría libertad. Es esta libertad la que nos permite mejorar el hábitat, educar a nuestros hijos y cazar a los tiranos. El mundo es natural e inevitablemente salvaje a largo plazo, porque lo salvaje, que es la esencia y el proceso mismo de la naturaleza, es el principio de orden en el corazón de la no-permanencia.

Aunque el término naturaleza no sea en sí mismo amenazador, la idea de “salvaje” a menudo viene acompañada, en las sociedades civilizadas (tanto en Europa como en Asia), de las nociones de desorden, indisciplina y violencia. El término chino para naturaleza, zi-ran (shizen en japonés), significa “la talidad”. […] La idea según la cual la sabiduría pueda surgir de lo no-civilizado tan sólo se llega a concebir en los primeros taoístas.

Thoreau decía: «Busco un estado natural, salvaje, que ninguna civilización sabría sostener». Esto no es algo difícil. Lo que resulta mucho más dificultoso es concebir una civilización que un estado natural, salvaje, lograría sostener y, sin embargo, esa es la meta a alcanzar. El entorno salvaje no es sólo la “condición de existencia del mundo”, es el mundo. Hace mucho tiempo que las civilizaciones, tanto en el Este como en el Oeste, entraron en colisión con la naturaleza salvaje, y hoy en día, son en su mayoría los países desarrollados los que, por su poder absurdo, destruyen no sólo individuos sino también especies enteras, mecanismos enteros, hasta la Tierra incluso. Necesitamos una civilización que sepa desplegarse plenamente y en armonía con el espacio natural.

*

Nuestros cuerpos son salvajes. El repentino movimiento de la cabeza en respuesta a un grito, la sensación de vértigo frente al precipicio, la garganta anudada ante un momento de peligro, el aliento cortado, los momentos de calma cuando nos relajamos, la mirada fija cuando reflexionamos: todas son respuestas universales de nuestros cuerpos de mamíferos. Podemos observarlas en cualquier entorno. El cuerpo no necesita intervención alguna del intelecto consciente para respirar, o para mantener las pulsaciones cardíacas. Se regula perfectamente él solo, él es su propia vida.[…]

Las profundidades de la mente, el inconsciente, son nuestras propias extensiones salvajes; de hecho, en este mismo instante, un lobo habita en ellas, no un lobo connatural a la psique de cada uno, sino aquel lobo que aparece en nuestros sueños. El ego consciente y planificador ocupa una porción ínfima del territorio, apenas una pequeña garita cerca de la puerta, vigilando las entradas y las salidas (tramando de vez en cuando complots expansionistas); todo lo demás cuida de sí mismo. El cuerpo en cierto modo está en la mente. Ambos son salvajes. […] Sería falso creer que los seres humanos se han vuelto “más inteligentes” en un momento dado, inventando primero el lenguaje, y luego la sociedad. El lenguaje y la cultura surgen de nuestra existencia natural social y biológica… El lenguaje es un sistema del cuerpo-mente que evolucionó al mismo tiempo que nuestro sistema nervioso y nuestras necesidades. Del mismo modo que la imaginación, el lenguaje se despliega sin ser solicitado. Su complejidad escapa a nuestras capacidades intelectuales y racionales. […]

*

Toda tierra, sin importar su grado de explotación y de devastación, alcanzará un punto de equilibrio entre productividad y estabilidad biológica en cuanto esté abandonada a sí misma (“zi-ran“, la talidad). Una forma de agricultura posindustrial que fuera a la vez una “vía primitiva y del porvenir” plantea la siguiente pregunta: ¿No habría un modo de ir en el sentido de la naturaleza en lugar de ir en su contra?
*

En el taoísmo chino primitivo, “formarse” no significaba eliminar de sí mismo todo elemento salvaje, sino desembarazarse de todo condicionamiento arbitrario e ilusorio. Tchuang Tse parece decir que todos los valores sociales son artificiales y al servicio del ego.

*

No nos precipitemos en sacralizar de nuevo todas las cosas. Seamos pacientes, hay que dar mucho tiempo a la tierra para que esté en condiciones de poder hablar de nuevo, sea a nuestra generación o a las del futuro. El grito de un pájaro carpintero, el curioso chirrido apresurado de una ardilla gris, el sonido seco de las bellotas que caen sobre el tejado de la granja son otras tantas señales…

*

Cada sistema ecológico es un mandala diferente, una retícula imaginaria única. De nuevo, viene a mi mente el término ainu “iworu”, el campo de los seres. […] Ya es hora de imaginar y visualizar la disposición (l’agencement) de las jerarquías y de las redes de la realidad no-dualista. La teoría de los sistemas nos proporciona ecuaciones pero pocas metáforas. En el “Sutra de las montañas y de los ríos“, leemos: “No es sólo que hay agua en el mundo, sino que, más bien, hay todo un mundo en el agua. Y esto no sucede sólo con el agua. En las nubes, en el viento, en el fuego, en la tierra también hay todo un mundo de seres sensibles […], incluso en una brizna de hierba.”

*

Los relatos son una de las trazas que dejamos en el mundo. Todas nuestras literaturas son residuos, son del mismo orden que los mitos de los pueblos del espacio salvaje que no dejan tras sí más que historias y algunas herramientas de piedra.

Continuará…

Fragmentos extraidos del libro “The practice of the Wild“, de Gary Snyder, North Point Press, San Francisco, 1990.
Versión castellana de Muriel Chazalon a partir de la traducción francesa, “La pratique sauvage” , Éditions du Rocher, 1999. Mi agradecimiento a Susanna por revisar la traducción.

Próximamente en las librerías, Gary Snyder. La práctica de lo salvaje. Trad. Nacho Fernández R. y José Luis Regojo. Varasek Ediciones, 2016

La princesa Mononoke. Hayao Miyazaki

Princesa Mononoke_cartel japonés Princess Mononoke_Cartel minimalista


La princesa Mononoke (1997) es un canto visual a la naturaleza en la que el director japonés Hayao Miyazaki (“El viaje de Chihiro” y “El increíble castillo vagabundo”) reflexiona sobre la difícil convivencia entre el hombre y la naturaleza. Pero este sobrecogedor film de animación no es un cuento simple centrado en el bien y el mal, sino la compleja historia de cómo los seres humanos, animales del bosque y dioses de la naturaleza luchan por su participación en el nuevo orden emergente

mononoke-2La película está ambientada en el periodo Muromachi (1336-1573). Para proteger a su pueblo, el príncipe guerrero Ashitaka opta por matar a un espíritu del bosque, un dios jabalí que está maldito, pero uno de los tentáculos de la bestia antes de morir le alcanza un brazo y extiende por éste una maldición que hace peligrar su vida. Su única esperanza es viajar hacia el oeste en busca de respuestas, allí donde vive el espíritu del bosque, Shishi Gami, una antigua deidad, translúcida y multiforme, ajena al devenir y al tiempo de los hombres. En su camino, llega a la ciudad de Tatara Ba, liderada por la guerrera Eboshi-sama, una fortaleza en la montaña que se dedica a la fundición de hierro para la fabricación de armas, provocando la tala de los bosques y la destrucción del entorno. Allí, nuestro joven protagonista se verá envuelto en una cruel batalla que enfrenta a mononoke_bosquelos habitantes de dicha ciudad y los clanes de lobos y jabalíes entre sí, estos últimos movidos por el odio y el recelo que tienen a los humanos por sus repetidos ataques al bosque y sus seres. Las criaturas del bosque están encabezados por San, la princesa Mononoke (que significa “espíritu vengador”), una princesa guerrera que fue criada por los lobos en las montañas, y que asocio en mi mente con nuestra Mujer salvaje y, a su vez, con su hermana especular, Hainuwele –uno de los alter ego de la poeta Chantal Maillard– enamorada del Señor de los bosques…

tumblr_mzkcr9llsv1rkeknyo1_500
Estas pequeñas criaturas de cabeza giratoria son llamadas Kodama que en japonés significa “eco”; al estar escrito en Katakana, también puede traducirse por “bolita” o “pequeño espíritu”.

 

 

 

 

https://es.wikipedia.org/wiki/La_princesa_Mononoke

http://www.filmaffinity.com/es/film890814.html

Banda sonora de Joe Hisaishi [extracto]: 

 

 

Ánima. Wajdi Mouawad

Anima Ok.indd  Anima Mouawad Babel


Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, a pesar de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo les aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses y, sin embargo, no ven los ojos de los bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio. Encerrados en su razón, la mayoría no conseguirá nunca franquear la sinrazón, o lo hará al precio de una iluminación que los dejará locos y exsangües. Lo que tienen entre manos los absorbe y, cuando las manos están vacías, se les llevan a la cara y lloran. Los humanos son así.

Wajdi Mouawad. Ánima. Destino, 2014

Mouawad_Wajdi_c_Jean-Louis_Fernandez-NB

Wajdi Mouawad (Beirut, Líbano, 16 de octubre de 1968) es un escritor, actor y dramaturgo de nacionalidad canadiense, nacido en el seno de una familia cristiano-maronita. Sus padres huyeron de Líbano a París, en 1977 a causa de los conflictos civiles que asolaron el país hasta los años noventa del siglo XX. Cinco años más tarde, en 1983, se establecieron en Quebec. Es diplomado por la Escuela Nacional de Teatro de Canadá. De 2000 a 2004, dirige el Teatro de Quat’Sous de Montreal y en 2005, funda las compañías de creación “Au carré de l’hypoténuse”, en Francia, y “Abé carré cé carré” en Montreal con Emmanuel Schwartz. Alcanzó renombre internacional tras el éxito de su tetralogía Le sang des promesses (ForêtsLittoral, Incendies, Ciels), escrita y dirigida por él.

http://lilvia.blogspot.com.es/2014/06/anima-de-wajdi-mouawad.html

http://www.devoradoradelibros.com/2014/07/anima-wajdi-mouawad.html


 

El coyote. Joseph Beuys

BEUYS and Coyote


Mayo de 1974, un artista alemán se niega a pisar suelo americano y es trasladado en ambulancia desde el aeropuerto de Nueva York hasta la galería donde pasaría tres días encerrado junto a un coyote.

Me gusta América y a América le gusto, es el irónico título de esta performance y la más célebre obra del polifacético Joseph Beuys.

Una vez llegado a la galería, ambientó la habitación como un desierto y él se envolvió en fieltro y grasa. Cada elemento del escenario es un símbolo en sí:

Beuys_coyote

  • El fieltro y la grasa son los materiales con los que los tártaros curaron a Beuys tras un accidente de avioneta en Crimea y que aparece continuamente en su obra. El padre del movimiento Fluxus, creyó haber resucitado y quiso que su vida y su arte también lo hicieran. Su intención a partir de entonces fue sanar al ser humano a través del arte, el sería el sanador, el chamán.
  • El coyote, animal sagrado para los indios norteamericanos. Dios entre lo espiritual y lo material.
  • El Walt Street Journal que fueron recibiendo durante estos días, símbolo del capitalismo y hegemonía estadounidense.

Pero, ¿qué pretendía Beuys con esto?  Es una dura crítica al daño causado por el hombre blanco a los nativos americanos y a su cultura. A través de esta acción, quiere curar a América del trauma causado por el conflicto con los indios. Reconciliacion entre cultura y naturaleza.

La mente del artista es identificar arte con vida, y utilizarlo como un motor de evolución hacia la solidaridad, la convivencia y el respeto. Joseph Beuys es considerado uno de los grandes artistas del s.XX que quiso utilizar su obra como llamada a la reflexión frente a los problemas de su tiempo.

http://queaprendemoshoy.com/el-arte-reivindicativo-del-s-xx-joseph-beuys-y-el-coyote/


¿Por qué trabajo con animales? Para expresar poderes invisibles. Uno puede aclarar esas energías si se penetra en un reino que la gente ha olvidado y donde sobreviven grandes poderes con la forma de grandes personalidades. Joseph Beuys


El espíritu del coyote es tan poderoso

que el ser humano no puede entender lo que es

y lo que puede llegar a hacer en el futuro por la humanidad.

Joseph Beuys

Beuys hace su primer viaje a Estados Unidos en 1974, tras rechazar previamente algunas invitaciones, con motivo de la actividad bélica en Viet Nam. Esta ausencia voluntaria a lo largo de los años, a medida que su reconocimiento internacional se acrecentaba, es expresión de la sensibilidad política del artista, y de la percepción que él tenia de su rol de sanador, responsable de curar las heridas de los territorios causadas por el mismo belicismo que continuaba devastando el planeta, los territorios y las vidas. Dentro de las propias fronteras norteamericanas, numerosos movimientos sociales y artísticos alzaban sus voces en disconformidad con la destructiva actitud gubernamental.

Entre los días 23 y 25 de mayo de 1974, Joseph Beuys, ya en su segunda aparición norteamericana, realizó ‘I like America and America likes me‘. La complicada relación del autor con el suelo estadounidense se plasma de manera simbólica y contundente en esta, su acción más extensa, en la cual Beuys es envuelto en fieltro en el aeropuerto mismo de la ciudad, y trasladado en una ambulancia hasta la galería, donde comparte un recinto cercado con un coyote por tres días. Tras este plazo, es devuelto al aeropuerto, de nuevo envuelto en fieltro. Su único contacto con el país ha ocurrido en la galería, en forma de su relación constante con el animal, y algunas interacciones con la audiencia.


A través de esta performance, Beuys pretendía, como en muchas otras de sus obras, ejercer una sanación a través de la energía irradiada en la acción. En este caso, las heridas eran simultáneamente las de la América nativa, invisibilizada y despreciada tras la conquista, y las que separaban a Europa y Estados Unidos en el presente, tras los traumas de guerras y los causados por la lógica capitalista dominante.


El coyote presente en esta obra se llamaba Little John, y era originario de Nueva Jersey. A lo largo de los tres días, Little John miro por la ventana, durmió alternativamente en su lecho de paja y las montañas de fieltro de Beuys, jugó con las mantas que lo envolvían, orinó sobre las copias del Wall Street Journal que éste había encargado, y se acostumbró gradualmente a la presencia del humano, y aunque se negó a ser levantado en andas, demostró una curiosa tranquilidad y templanza frente a su compañero.


El coyote es un animal autóctono americano, cuya existencia precede la de los Estados Unidos como tales. Al igual que la liebre, su vida material y su simbología son presencias que datan de tiempos inmemoriales. Los nativos americanos veían en el coyote la encarnación de arquetipos tales como el ‘trickster’, o ‘pícaro divino’, con el cual Beuys siente una peculiar afinidad, resaltada por Mark Rosenthal en su texto ‘Joseph Beuys: escenificación de la escultura’. El propio nombre del animal deriva del vocablo náhuatl ‘coyotl’, que significa justamente ‘trickster’, embustero, el que juega tretas. Si bien el coyote es venerado por numerosas tribus como una encarnación de lo divino, no es un elemento cultural solemne, sino que sus enseñanzas se imparten a través de métodos velados y complejos que involucran humor, curiosidad y sobre todo flexibilidad. Hay historias y leyendas de distintas culturas precolombinas en las que se ve antropomorfizado y convertido en ‘Coyote’, con mayúscula, y generalmente juega algún rol en narrativas sobre la creación del universo: trae la humanidad a la existencia, pero también a la muerte. Es visto como un agente de cambio, cuya aparición implica caos, o una mutación en el orden. En la mayoría de estas historias, se habla de un tiempo o dimensión ancestral, en el cual los animales y los humanos eran iguales, y podían comunicarse en una lengua universal. El coyote actúa de acuerdo a la necesidad de las historias, puede ser un personaje inteligente, un tramposo, un cobarde, un bromista, pero es, a la larga, lo que necesita ser para cumplir su rol y enseñar lecciones. Estas concepciones tienen amplios paralelismos con los roles que Beuys anhela para sí.

En el reconocimiento hecho al coyote, Beuys reconoce a las tribus nativas de América y sus creencias, buscando enmendar los daños causados por la europeización del territorio. Pero también hay un proceso de sanación y asimilación personales del artista presente en la performance: la liebre se encuentra con el coyote, el hombre-liebre con sus heridas a cuestas abandona el territorio conocido y se sumerge en la existencia del coyote-trickster originario, creador de universos, maestro y guía espiritual tribal y aprende de él a recorrer el camino secreto entre la vida y la muerte. El Beuys que le enseña a la liebre muerta el sentido del arte no es el mismo que se presenta sin máscaras ante el coyote vivo. Se enfrenta al coyote armado de sus elementos performáticos, el bastón, el fieltro y el triángulo, pero no en un rol de amo ni maestro sino en busca de conexión; el objetivo es convivir con él, no tenerlo como medio.

Las elecciones de animales que hace Beuys en su obra tienen que ver con las elecciones identitarias que hace para sí, y pasar de la liebre al coyote, de la muerte a la vida, de la presa al depredador, habla de la evolución de su auto percepción y el cambio en los roles que elige representar en sus performances y su vida artística. Uno de los grandes dones del coyote es su enorme capacidad de adaptación y supervivencia: siendo un depredador natural, es considerado un peligro para el ganado, y se enfrenta desde principios del siglo 20 a una campaña de aniquilación apoyada por el estado estadounidense, que los considera una ‘peste’: millones de coyotes mueren a través de las décadas, por infinidad de métodos más o menos crueles. Y aun así, la especie sobrevive, y coexiste con los humanos en todo el territorio, siendo de las pocas que de hecho aumentan en número con el tiempo. Sobrevivir y prosperar a pesar de la hostilidad de la sociedad es algo con lo que Beuys puede identificarse.

El coyote vivo posee la calidez que la liebre muerta ha perdido, y tal vez allí se halle también codificada parte del mensaje de esta obra: la calidez necesaria para generar cambios, derretir, ablandar, sanar, proviene en este caso de la energía interna que irradia el ser viviente. Y la irradiación, el aura, la presencia, son todos sellos de la presencia de Beuys en el mundo del arte.

Culturalmente irreemplazable, el coyote es definido por Mark Twain, un clásico autor estadounidense, como ‘una alegoría viviente y respirante del Deseo, siempre hambriento’. El cánido da nombre a canciones, vehículos, novelas, comics y películas. En 1948 aparece dibujado junto al Correcaminos, y refuerzan la dinámica dual encarnando simbólicamente Lo Inalcanzable y El Deseo, de manera cómica y llamativa. Cuando Beuys se acerca al coyote, la acción ritual y simbólica de la convivencia y el respeto mutuo tiene como intención recuperar la visión optimista y didáctica para una América que pueda encarar el futuro dejando de lado cierta seriedad materialista y capitalista. Recuperar el origen para sanar el futuro, con el eterno coyote como guía para América, y para el propio Beuys.

Mora Vitali


Aquí el artículo completo de Mora Vitali: Joseph Beuys: de liebre a coyote: http://proa.org/documents/9-Mora-Vitali.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Beuys


 

Lullaby to elephant



En el vídeo, Lek está cantando una nana al elefante Faa Mai. Esta mujer sabia proviene de una tribu de las montañas del norte de Tailandia, más arriba de Chiang Mai. Creó Elephant Nature Park Chiang Mai, un santuario y un centro de rescate para los elefantes maltratados. Lek vuelve a comprar elefantes maltrechos a los mahout (palabra que significa en hindi “montador de elefantes”, los que manejan y conocen a los elefantes) y los acoge en este lugar único, abierto, donde los elefantes forman de nuevo grupos, familias, se curan y se ayudan mutuamente. Un lugar sin cercados en el que vuelven a ser elefantes…

Entrad también vosotr@s en el apaciguamiento del canto…

http://www.elephantnaturepark.org

www.saveelephant.org

 

El séptimo día. Chantal Maillard

 

Imagen: Mariana Laín Claesson

 

En una de las que serían sus últimas noches, al ir a cruzar la calle, Friedrich Nietzsche se detiene. Un cochero impaciente lacera a latigazos el lomo del caballo que no puede tirar de la carga. El filósofo corre hacia el animal, se abraza a su cuello y, llorando, le pide perdón en nombre de la humanidad. La historia considera este episodio como uno de los síntomas de su locura.

Puede que nuestra inestimable cordura sea la razón por la que Béla Tarr no le concede al ser humano un séptimo día.

*

Mil quinientos lobos y cuarenta y seis millones de humanos ocupan el territorio ibérico. Tres mil quinientos tigres y siete mil millones de humanos habitan este mundo. Demasiado graves las cifras, demasiada desmesura.

Me duelen centenares de miles de lobos y tigres y panteras y elefantes. En el reino de las bestias yo soy la intrusa.

*

Quién tuviese aún tatuada en la piel la segura trayectoria de las aves y la suerte de morir en vuelo, sin sorpresa, sin un grito. Quién pudiese aún vivir sin preguntas, sin ataduras, sin temor y sin vergüenza.

Nunca suficientemente desolada para tocar fondo y arañar el lodo. Tan sólo acariciarlo con la punta de los pies quebrados, huesos Egon Schiele, suspendidos. Levitación en ciernes. Detenida ascensión y vuelo tan sólo permitidos en la fase más leve del sueño.

Alimentados en el círculo del hambre por incontables seres a cuyos ojos acuden el mismo miedo y la misma ternura, y soportados por millones de esclavos que han perdido su origen y sus cuentos, ¿qué haremos con la vigilia?

Breve temblor de vasos en la mesa. Los pájaros emigran.

*

Desandar lo andado. Aspirar a encontrar un pueblo sabio, un pueblo antiguo, un pueblo elefante, cuya fuerza no estuviese al servicio de la agresión, la conquista o el poder, que tan sólo exigiese que se respetara su derecho de paso: el camino sagrado por el que la manada atraviesa los territorios sin dañarlos.

Hallar a un pueblo sabio. Desear salvar la tierra si tan sólo se hallase uno.

*

No nos enseñaron a desconfiar de los buenos.

La tierra yerma se estremece. Bajo su piel, el pueblo de las ratas huye en desbandada.

Mis palabras: un sonajero de semillas en la mano de un niño.


Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015

Imagen: Mariana Laín Claesson

 

¿Por qué miramos a los animales? John Berger

Juuko-hods_el-visionario_Uganda  John Berger_MirarFotografía: Juuko Hods, El visionario (Uganda)


Escribe John Berger en su ensayo ¿Por qué miramos a los animales? (1977):

Los ojos de un animal cuando observan al hombre tienen una expresión atenta y cautelosa. El mismo animal puede mirar a otra especie del mismo modo. No reserva para el hombre una mirada especial. Pero, salvo la humana, ninguna otra especie reconocerá la mirada del animal como algo familiar. Otros animales se quedan atrapados en ella. El hombre toma conciencia de sí mismo al devolverla. El animal lo examina a través de un estrecho abismo de incomprensión. Por eso el hombre puede sorprender al animal. Pero el animal, incluso el domesticado, también sorprende al hombre. También éste observa al animal desde un abismo de incomprensión parecido, pero no idéntico. El hombre siempre mira desde la ignorancia y el miedo. Y así, cuando es él quien está siendo observado por el animal, sucede que es visto del mismo modo que ve él lo que lo rodea. El darse cuenta de esto es lo que hace que la mirada del animal le resulte familiar. Y, sin embargo, el animal es diferente y nunca se confunde con el hombre. De este modo, se le asigna un poder al animal, comparable al poder humano, si bien nunca llegan a coincidir. El animal tiene secretos que, a diferencia de los secretos que guardan las cuevas, las montañas y los mares, están específicamente dirigidos al hombre.


Si comparamos la mirada del animal con la de otro hombre, veremos más claramente esta relación. En principio, cuando la mirada es entre dos hombres, el lenguaje establece un puente entre los dos abismos. Aun cuando el encuentro sea hostil y no se utilice palabra alguna (aun cuando hablen lenguas diferentes), la existencia del lenguaje permite que al menos uno de ellos, si no los dos, se sienta confirmado por el otro. El lenguaje permite al hombre contar con los otros como consigo mismo. […]

Ningún animal confirma al hombre, ni positiva ni negativamente. El cazador puede matar y comerse al animal, a fin de que su energía se sume a la que él ya posee. El animal puede ser domesticado, a fin de que constituya una fuente de aprovisionamiento para el campesino y trabaje para él. Pero la falta de un lenguaje común, su silencio, siempre garantiza su distancia, su diferencia, su exclusión con respecto al hombre. No obstante, precisamente debido a esta diferencia, podemos considerar que la vida de los animales, que no debe confundirse nunca con la de los hombres, corre paralela a la de éstos. Sólo en la muerte convergen las dos líneas paralelas, y, tal vez, después de la muerte se cruzan para volver a hacerse paralelas: de ahí la extendida creencia en la transmigración de las almas.


Con sus vidas paralelas, los animales ofrecen al hombre un tipo de compañía diferente de todas las que pueda aportar el intercambio humano. Diferente porque es una compañía ofrecida a la soledad del hombre en cuanto especie. Esta modalidad de compañía muda se consideraba tan simétrica que no es raro encontrar la creencia de que es el hombre quien carece de la facultad de hablar con los animales: de ahí todos los cuentos y leyendas de seres excepcionales, como Orfeo, que podían hablar con los animales en su propia lengua.


¿Cuáles eran los secretos del parecido y de la diferencia del animal con respecto al hombre? Aquellos secretos cuya existencia reconocía el hombre al instante mismo de interceptar la mirada de un animal.


En cierto sentido, toda la antropología, al estudiar el paso desde la naturaleza a la cultura, constituye una respuesta a esa pregunta. Pero hay también una respuesta más general. Todos los secretos eran acerca de los animales en cuanto mediadores entre el hombre y su origen. La teoría darwiniana de la evolución, indeleblemente marcada como está por las concepciones del siglo XIX europeo, pertenece, sin embargo, a una tradición tan antigua como el propio hombre. Los animales mediaban entre el hombre y su origen porque eran al mismo tiempo parecidos y diferentes de él. […]


Lo que distinguía al hombre de los animales era la capacidad humana para el pensamiento simbólico, una capacidad inseparable de la evolución del lenguaje, en el cual las palabras no eran simples señales, sino significantes de algo diferente de ellas mismas. Sin embargo, los primeros símbolos fueron animales. Lo que distinguía a los hombres de los animales era el resultado de su relación con ellos. […]

 

Hasta el siglo XIX, sin embargo, el antropomorfismo era un elemento fundamental en la relación entre el hombre y el animal; una expresión de su proximidad. El antropomorfismo era un residuo del continuo uso de la metáfora animal. Poco a poco, durante los dos últimos siglos, los animales han ido desapareciendo. Hoy vivimos sin ellos. Y, en esta nueva soledad, el antropomorfismo nos hace sentir doblemente incómodos.


La ruptura teórica decisiva llegó con Descartes. El filósofo francés internalizó, dentro del hombre, el dualismo implícito en la relación del hombre con los animales. Al hacer una división absoluta entre el alma y el cuerpo, legó el cuerpo a las leyes de la física y la mecánica, y, puesto que los animales no tienen alma, quedaron reducidos al modelo mecánico.


Sólo muy lentamente irían apareciendo las consecuencias de la ruptura de Descartes. Un siglo después, el gran zoólogo Buffon, aunque aceptó y utilizó el modelo mecanicista para clasificar a los animales y sus capacidades, muestra, sin embargo, una ternura hacia ellos que vuelve a otorgarles temporalmente el papel de compañeros. Hasta cierto punto tal ternura es una forma de envidia. […]


Los animales desaparecen de todas partes. En los zoológicos constituyen un monumento vivo a su propia desaparición. Y por ello provocan la última metáfora animal. El mono desnudo y The Human Zoo son títulos de best-sellers mundiales. En estos libros, el zoólogo Desmond Morris propone que el comportamiento artificial de los animales en cautividad puede ayudarnos a comprender, aceptar y vencer el estrés que supone vivir en las sociedades de consumo.


Todos los lugares que entrañan una marginación forzada —los guetos, los suburbios, las prisiones, los manicomios, los campos de concentración— tienen algo en común con los zoológicos. Pero es demasiado fácil, demasiado evasivo utilizar el zoológico como símbolo. El zoológico es una demostración de las relaciones entre el hombre y los animales, y nada más. A esta marginación de los animales le sigue hoy la marginación, la eliminación, de la única clase que a lo largo de la historia permaneció en contacto con los animales y perpetuó la sabiduría que acompaña a ese contacto: el pequeño campesino. La base de esta sabiduría es la aceptación del dualismo existente en el origen mismo de la relación entre el hombre y el animal. El rechazo de este dualismo probablemente constituye un factor importante en la aparición del totalitarismo moderno. Pero no quiero traspasar los límites de aquel interrogante aprofesional e implícito que plantea el zoológico a la mayoría de sus visitantes.


El zoológico sólo puede desilusionar. El fin público de los zoológicos es ofrecer a los visitantes la oportunidad de mirar a los animales. No obstante, la mirada del intruso no encontrará la de animal alguno en todo el zoológico. Como máximo, los ojos del animal vacilan y luego pasan de largo. Miran de lado. Miran sin ver más allá de los barrotes. Escudriñan mecánicamente. Están inmunizados contra el encuentro porque ya nada puede ocupar un lugar central en su interés.


Aquí reside la consecuencia última de su marginación. Aquella mirada entre el hombre y el animal, que probablemente desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la sociedad humana y con la que, en cualquier caso, habían vivido todos los hombres hasta hace menos de un siglo, esa mirada se ha extinguido. El visitante que acude al zoológico sin compañía está completamente solo cuando mira a todos y cada uno de los animales. […]




Código lobuno en una manada


Código lobo_foto Cesare Brai


Los primeros 3 lobos son los más viejos y/o los enfermos, 
ellos le marcan el paso a la manada.

Si fuera al revés, se quedarían atrás y perderían contacto con el grupo,
y en el caso de una emboscada serían sacrificados.

Luego siguen en la fila los 5 lobos más fuertes, son el frente del grupo.

En el centro va la mayoría de la manada y detrás de ellos, siguiéndolos,
el segundo grupo de otros 5 fuertes.

El que va el último, va solo, el lobo Alfa.
Desde esa posición controla todo, puede verlo todo y decide la dirección.

El Alfa puede así ver a la manada completa.

El grupo se mueve acorde al paso de los mayores, se ayudan unos a otros,
se cuidan entre ellos.


Foto: Cesare Brai

Del Facebook https://www.facebook.com/nada.menos.7?fref=nf