El coyote. Joseph Beuys

BEUYS and Coyote


Mayo de 1974, un artista alemán se niega a pisar suelo americano y es trasladado en ambulancia desde el aeropuerto de Nueva York hasta la galería donde pasaría tres días encerrado junto a un coyote.

Me gusta América y a América le gusto, es el irónico título de esta performance y la más célebre obra del polifacético Joseph Beuys.

Una vez llegado a la galería, ambientó la habitación como un desierto y él se envolvió en fieltro y grasa. Cada elemento del escenario es un símbolo en sí:

Beuys_coyote

  • El fieltro y la grasa son los materiales con los que los tártaros curaron a Beuys tras un accidente de avioneta en Crimea y que aparece continuamente en su obra. El padre del movimiento Fluxus, creyó haber resucitado y quiso que su vida y su arte también lo hicieran. Su intención a partir de entonces fue sanar al ser humano a través del arte, el sería el sanador, el chamán.
  • El coyote, animal sagrado para los indios norteamericanos. Dios entre lo espiritual y lo material.
  • El Walt Street Journal que fueron recibiendo durante estos días, símbolo del capitalismo y hegemonía estadounidense.

Pero, ¿qué pretendía Beuys con esto?  Es una dura crítica al daño causado por el hombre blanco a los nativos americanos y a su cultura. A través de esta acción, quiere curar a América del trauma causado por el conflicto con los indios. Reconciliacion entre cultura y naturaleza.

La mente del artista es identificar arte con vida, y utilizarlo como un motor de evolución hacia la solidaridad, la convivencia y el respeto. Joseph Beuys es considerado uno de los grandes artistas del s.XX que quiso utilizar su obra como llamada a la reflexión frente a los problemas de su tiempo.

http://queaprendemoshoy.com/el-arte-reivindicativo-del-s-xx-joseph-beuys-y-el-coyote/


¿Por qué trabajo con animales? Para expresar poderes invisibles. Uno puede aclarar esas energías si se penetra en un reino que la gente ha olvidado y donde sobreviven grandes poderes con la forma de grandes personalidades. Joseph Beuys


El espíritu del coyote es tan poderoso

que el ser humano no puede entender lo que es

y lo que puede llegar a hacer en el futuro por la humanidad.

Joseph Beuys

Beuys hace su primer viaje a Estados Unidos en 1974, tras rechazar previamente algunas invitaciones, con motivo de la actividad bélica en Viet Nam. Esta ausencia voluntaria a lo largo de los años, a medida que su reconocimiento internacional se acrecentaba, es expresión de la sensibilidad política del artista, y de la percepción que él tenia de su rol de sanador, responsable de curar las heridas de los territorios causadas por el mismo belicismo que continuaba devastando el planeta, los territorios y las vidas. Dentro de las propias fronteras norteamericanas, numerosos movimientos sociales y artísticos alzaban sus voces en disconformidad con la destructiva actitud gubernamental.

Entre los días 23 y 25 de mayo de 1974, Joseph Beuys, ya en su segunda aparición norteamericana, realizó ‘I like America and America likes me‘. La complicada relación del autor con el suelo estadounidense se plasma de manera simbólica y contundente en esta, su acción más extensa, en la cual Beuys es envuelto en fieltro en el aeropuerto mismo de la ciudad, y trasladado en una ambulancia hasta la galería, donde comparte un recinto cercado con un coyote por tres días. Tras este plazo, es devuelto al aeropuerto, de nuevo envuelto en fieltro. Su único contacto con el país ha ocurrido en la galería, en forma de su relación constante con el animal, y algunas interacciones con la audiencia.


A través de esta performance, Beuys pretendía, como en muchas otras de sus obras, ejercer una sanación a través de la energía irradiada en la acción. En este caso, las heridas eran simultáneamente las de la América nativa, invisibilizada y despreciada tras la conquista, y las que separaban a Europa y Estados Unidos en el presente, tras los traumas de guerras y los causados por la lógica capitalista dominante.


El coyote presente en esta obra se llamaba Little John, y era originario de Nueva Jersey. A lo largo de los tres días, Little John miro por la ventana, durmió alternativamente en su lecho de paja y las montañas de fieltro de Beuys, jugó con las mantas que lo envolvían, orinó sobre las copias del Wall Street Journal que éste había encargado, y se acostumbró gradualmente a la presencia del humano, y aunque se negó a ser levantado en andas, demostró una curiosa tranquilidad y templanza frente a su compañero.


El coyote es un animal autóctono americano, cuya existencia precede la de los Estados Unidos como tales. Al igual que la liebre, su vida material y su simbología son presencias que datan de tiempos inmemoriales. Los nativos americanos veían en el coyote la encarnación de arquetipos tales como el ‘trickster’, o ‘pícaro divino’, con el cual Beuys siente una peculiar afinidad, resaltada por Mark Rosenthal en su texto ‘Joseph Beuys: escenificación de la escultura’. El propio nombre del animal deriva del vocablo náhuatl ‘coyotl’, que significa justamente ‘trickster’, embustero, el que juega tretas. Si bien el coyote es venerado por numerosas tribus como una encarnación de lo divino, no es un elemento cultural solemne, sino que sus enseñanzas se imparten a través de métodos velados y complejos que involucran humor, curiosidad y sobre todo flexibilidad. Hay historias y leyendas de distintas culturas precolombinas en las que se ve antropomorfizado y convertido en ‘Coyote’, con mayúscula, y generalmente juega algún rol en narrativas sobre la creación del universo: trae la humanidad a la existencia, pero también a la muerte. Es visto como un agente de cambio, cuya aparición implica caos, o una mutación en el orden. En la mayoría de estas historias, se habla de un tiempo o dimensión ancestral, en el cual los animales y los humanos eran iguales, y podían comunicarse en una lengua universal. El coyote actúa de acuerdo a la necesidad de las historias, puede ser un personaje inteligente, un tramposo, un cobarde, un bromista, pero es, a la larga, lo que necesita ser para cumplir su rol y enseñar lecciones. Estas concepciones tienen amplios paralelismos con los roles que Beuys anhela para sí.

En el reconocimiento hecho al coyote, Beuys reconoce a las tribus nativas de América y sus creencias, buscando enmendar los daños causados por la europeización del territorio. Pero también hay un proceso de sanación y asimilación personales del artista presente en la performance: la liebre se encuentra con el coyote, el hombre-liebre con sus heridas a cuestas abandona el territorio conocido y se sumerge en la existencia del coyote-trickster originario, creador de universos, maestro y guía espiritual tribal y aprende de él a recorrer el camino secreto entre la vida y la muerte. El Beuys que le enseña a la liebre muerta el sentido del arte no es el mismo que se presenta sin máscaras ante el coyote vivo. Se enfrenta al coyote armado de sus elementos performáticos, el bastón, el fieltro y el triángulo, pero no en un rol de amo ni maestro sino en busca de conexión; el objetivo es convivir con él, no tenerlo como medio.

Las elecciones de animales que hace Beuys en su obra tienen que ver con las elecciones identitarias que hace para sí, y pasar de la liebre al coyote, de la muerte a la vida, de la presa al depredador, habla de la evolución de su auto percepción y el cambio en los roles que elige representar en sus performances y su vida artística. Uno de los grandes dones del coyote es su enorme capacidad de adaptación y supervivencia: siendo un depredador natural, es considerado un peligro para el ganado, y se enfrenta desde principios del siglo 20 a una campaña de aniquilación apoyada por el estado estadounidense, que los considera una ‘peste’: millones de coyotes mueren a través de las décadas, por infinidad de métodos más o menos crueles. Y aun así, la especie sobrevive, y coexiste con los humanos en todo el territorio, siendo de las pocas que de hecho aumentan en número con el tiempo. Sobrevivir y prosperar a pesar de la hostilidad de la sociedad es algo con lo que Beuys puede identificarse.

El coyote vivo posee la calidez que la liebre muerta ha perdido, y tal vez allí se halle también codificada parte del mensaje de esta obra: la calidez necesaria para generar cambios, derretir, ablandar, sanar, proviene en este caso de la energía interna que irradia el ser viviente. Y la irradiación, el aura, la presencia, son todos sellos de la presencia de Beuys en el mundo del arte.

Culturalmente irreemplazable, el coyote es definido por Mark Twain, un clásico autor estadounidense, como ‘una alegoría viviente y respirante del Deseo, siempre hambriento’. El cánido da nombre a canciones, vehículos, novelas, comics y películas. En 1948 aparece dibujado junto al Correcaminos, y refuerzan la dinámica dual encarnando simbólicamente Lo Inalcanzable y El Deseo, de manera cómica y llamativa. Cuando Beuys se acerca al coyote, la acción ritual y simbólica de la convivencia y el respeto mutuo tiene como intención recuperar la visión optimista y didáctica para una América que pueda encarar el futuro dejando de lado cierta seriedad materialista y capitalista. Recuperar el origen para sanar el futuro, con el eterno coyote como guía para América, y para el propio Beuys.

Mora Vitali


Aquí el artículo completo de Mora Vitali: Joseph Beuys: de liebre a coyote: http://proa.org/documents/9-Mora-Vitali.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Beuys


 

Lullaby to elephant



En el vídeo, Lek está cantando una nana al elefante Faa Mai. Esta mujer sabia proviene de una tribu de las montañas del norte de Tailandia, más arriba de Chiang Mai. Creó Elephant Nature Park Chiang Mai, un santuario y un centro de rescate para los elefantes maltratados. Lek vuelve a comprar elefantes maltrechos a los mahout (palabra que significa en hindi “montador de elefantes”, los que manejan y conocen a los elefantes) y los acoge en este lugar único, abierto, donde los elefantes forman de nuevo grupos, familias, se curan y se ayudan mutuamente. Un lugar sin cercados en el que vuelven a ser elefantes…

Entrad también vosotr@s en el apaciguamiento del canto…

http://www.elephantnaturepark.org

www.saveelephant.org

 

Hallar un pueblo sabio. Chantal Maillard

 

Hieronymus Bosch _detail from The Garden of Earthly Delights_ca. 1490-1510


Diez millones.

Un número.

Un número tan sólo

para diez

millones

de casas incendiadas

de cuerpos mutilados

de gritos

silenciados

uno

a

uno

en boca que arde y

no entiende.

 

1

0

 

0

0

0

 

0

0

0

 

siete

veces

el signo de la nada sobre

diez

millones

de historias

que nunca contará

la lengua de los otros.

 

Dos palabras.

Cuatro sílabas.

 

Un globo que soltamos

Al final de la fiesta.

La piñata que espera

el golpe de una mano

nunca

inocente.

 

*

 

Pero he aquí que diez

millones de tigres

elefantes

y ballenas

de aves

y de lobos de

reptiles

diez millones

por diez

millones de panteras

de seres voladores

animales que duermen

con los ojos abiertos

insectos, musarañas

y grandes paquidermos

diez millones por diez

millones de hormigas,

de abejas y de búfalos,

diez millones de seres

unidos por un fin

en la tregua del hambre

barrieron los humanos

como si fuese arena

y empujándoles hasta

los confines del mundo

devolvieron

al caos

lo que le pertenece.

 

(Sobrevivió una anciana.

Viste la piel de un perro vagabundo.

Sin luces, balbucea.

No tiene descendencia.)

 

*

 

¿Que qué pasó? Señora, eso aquí nadie lo pregunta.

El diablo se escapó y anduvo por los poblados.

Durante cien días anduvo entre nosotros con

el machete afilado.

No, Señora, aquí nadie pregunta.

Quien no aprende a perdonar

no tendrá paz dentro de sí.

(le respondió a la periodista la

                                                                superviviente de un genocidio.)

 

*

 

El campo de Kobe, al sudeste de Etiopía.

Los campos saharauis de Tinduf.

los campos de Saklepeha, en Liberia.

Los campos de Bahai, Ereba, Guerida, Forshana, Goz-

Beida y Nigrana, Djabal y Goz Amer, en el Chad.

Los campos de Kibati, Bulenbgo, Buhimba y

Mugunga, en la República congoleña. Los de Mweso y

Masisi.

El campo somalí de Dadaab, al noreste de Kenia. Los

de Hagadera, Ifo, Dagahale, en su frontera.

El campo de Domeez, en el Kurdistán iraquí.

El campo sirio de Za’atari, en Jordania. El de

Muraiyeb al Fohud y el de Anmar al Hmud.

La Franja de Gaza.

 

Mientras tanto Europa, la esclarecida Europa,

duerme como aquel monje su sueño de

trescientos años oyendo cantar a un pájaro.

Otros pájaros, oscuros, habrán de despertarla.

 

*

[…]

*

 

Hocicos temblorosos. Sacudidas. Uno de los cautivos trepa por los barrotes. Suspendido atraviesa la jaula y baja y vuelve a trepar. Dos paseantes se detienen. –El trapecista, dice él acercando los dedos al hocico. –Qué artista, dice ella. Y se alejan torciendo la boca en una sonrisa cómplice. El pequeño animal ha cruzado la jaula por la parte inferior, donde sus compañeros, ovillados, tiritan unos contra otros, y ha vuelto a subir royendo frenéticamente los barrotes. Pienso angustia, pienso libertad. Sin libertad, ¿qué nos impulsa a seguir vivos sino el deseo de esa misma libertad?

Por sobrevivir, cualquier animal embiste las paredes de su celda, atraviesa continentes, camina hasta extenuarse, desplaza a otros, se defiende y mata. Ninguno, sin embargo, esclaviza a otro por provecho o diversión, ninguno encarcela a otro para contemplar las piruetas que da tratando de hallar salida. La crueldad no son las fauces del tigre en el cuello de una gacela, no, la crueldad es moral, y la moral es humana. La estupidez también.

 

*

 

No nos enseñaron a desconfiar de los buenos.

La tierra yerma se estremece. Bajo su piel el pueblo de las ratas huye en desbandada.

 

*

 

Nunca suficientemente desolados para tocar fondo y arañar el lodo. Tan sólo acariciarlo con la punta de los pies quebrados, huesos Egon Schiele, suspendidos. Levitación en ciernes. Detenida ascensión y vuelo tan sólo permitidos en la fase más leve del sueño.

Soportados por millones de esclavos que arrojados al frío olvidaron su origen y sus cuentos para no recordar el trayecto de ser otro a ser nadie, ¿qué haremos con la vigilia?

Breve temblor de vasos en la mesa. Los pájaros emigran.

Quién tuviese aún tatuada en la piel la segura trayectoria de las aves y la suerte de morir en vuelo, sin sorpresa, sin un grito. Quién pudiese aún vivir en la inocencia, sin preguntas, sin temor y sin vergüenza.


*


Desandar lo andado. Aspirar a encontrar un pueblo sabio, un pueblo antiguo, un pueblo elefante, cuya fuera no estuviese al servicio de la agresión, la conquista o el poder, que tan sólo exigiese que se respetará su derecho de paso: el camino sagrado por el que la manada atraviesa los territorios sin dañarlos.

Hallar un pueblo sabio. Desear salvar la tierra si tan sólo se hallase uno.


Chantal Maillard. La herida en la lengua. Tusquets, 2015


Imagen: Hieronymus Bosch, detalle de The Garden of Earthly Delights, ca. 1490-1510


 

El caballo de Turín. Béla Tarr

A la película El caballo de Turín del cineasta húngaro, Béla Tarr, es a quien se refiere Chantal Maillard en su texto El séptimo día cuando escribe “puede que nuestra inestimable cordura sea la razón por la que Béla Tarr no le concede al ser humano un séptimo día” (ver entrada anterior). En el relato bíblico de la creación, el séptimo día es el día en que Dios descansó, satisfecho de su creación, después de haber creado (el sexto día) toda clase de animales, y al Hombre para dominar a las bestias [Génesis 1: 24-26]. Sin duda, la (mala) elección de ese relato cosmogónico, en el mundo occidental, no es ajena a las graves consecuencias éticas y ecológicas de esa vieja jerarquía piramidal que hoy todos padecemos. Mythos versus logos. ¿Otro logos entonces? ¿Otro inicio? Cuestionar el(los) lenguaje(s), es decir, la(s) mirada(s). Tal vez, son precisos diminutos gestos al margen del juicio. Antes del logosS‘abêtir. Des-activar la mente, acallar la habladora, propone Maillard: “Atender al balbuceo. Sobre todo, atender al silencio, ese silencio: la callada inocencia recobrada, antes del logos, el no saber cargado de compasión por los seres que viven con su hambre“.


Artículo de Rafael Argullol, Nietzsche y el caballo:  http://cultura.elpais.com/cultura/2012/04/04/actualidad/1333533760_793957.html

https://es.wikipedia.org/wiki/El_caballo_de_Tur%C3%ADn

Chantal Maillard, El séptimo dia:   https://blogdelesllobes.wordpress.com/2016/01/07/el-septimo-dia-chantal-maillard/

Chantal Maillard, El sexto día: http://lestacio.cat/no-1-tardor-2015/?lang=es

 

El séptimo día. Chantal Maillard

 

Imagen: Mariana Laín Claesson

 

En una de las que serían sus últimas noches, al ir a cruzar la calle, Friedrich Nietzsche se detiene. Un cochero impaciente lacera a latigazos el lomo del caballo que no puede tirar de la carga. El filósofo corre hacia el animal, se abraza a su cuello y, llorando, le pide perdón en nombre de la humanidad. La historia considera este episodio como uno de los síntomas de su locura.

Puede que nuestra inestimable cordura sea la razón por la que Béla Tarr no le concede al ser humano un séptimo día.

*

Mil quinientos lobos y cuarenta y seis millones de humanos ocupan el territorio ibérico. Tres mil quinientos tigres y siete mil millones de humanos habitan este mundo. Demasiado graves las cifras, demasiada desmesura.

Me duelen centenares de miles de lobos y tigres y panteras y elefantes. En el reino de las bestias yo soy la intrusa.

*

Quién tuviese aún tatuada en la piel la segura trayectoria de las aves y la suerte de morir en vuelo, sin sorpresa, sin un grito. Quién pudiese aún vivir sin preguntas, sin ataduras, sin temor y sin vergüenza.

Nunca suficientemente desolada para tocar fondo y arañar el lodo. Tan sólo acariciarlo con la punta de los pies quebrados, huesos Egon Schiele, suspendidos. Levitación en ciernes. Detenida ascensión y vuelo tan sólo permitidos en la fase más leve del sueño.

Alimentados en el círculo del hambre por incontables seres a cuyos ojos acuden el mismo miedo y la misma ternura, y soportados por millones de esclavos que han perdido su origen y sus cuentos, ¿qué haremos con la vigilia?

Breve temblor de vasos en la mesa. Los pájaros emigran.

*

Desandar lo andado. Aspirar a encontrar un pueblo sabio, un pueblo antiguo, un pueblo elefante, cuya fuerza no estuviese al servicio de la agresión, la conquista o el poder, que tan sólo exigiese que se respetara su derecho de paso: el camino sagrado por el que la manada atraviesa los territorios sin dañarlos.

Hallar a un pueblo sabio. Desear salvar la tierra si tan sólo se hallase uno.

*

No nos enseñaron a desconfiar de los buenos.

La tierra yerma se estremece. Bajo su piel, el pueblo de las ratas huye en desbandada.

Mis palabras: un sonajero de semillas en la mano de un niño.


Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015

Imagen: Mariana Laín Claesson

 

¿Por qué miramos a los animales? John Berger

Juuko-hods_el-visionario_Uganda  John Berger_MirarFotografía: Juuko Hods, El visionario (Uganda)


Escribe John Berger en su ensayo ¿Por qué miramos a los animales? (1977):

Los ojos de un animal cuando observan al hombre tienen una expresión atenta y cautelosa. El mismo animal puede mirar a otra especie del mismo modo. No reserva para el hombre una mirada especial. Pero, salvo la humana, ninguna otra especie reconocerá la mirada del animal como algo familiar. Otros animales se quedan atrapados en ella. El hombre toma conciencia de sí mismo al devolverla. El animal lo examina a través de un estrecho abismo de incomprensión. Por eso el hombre puede sorprender al animal. Pero el animal, incluso el domesticado, también sorprende al hombre. También éste observa al animal desde un abismo de incomprensión parecido, pero no idéntico. El hombre siempre mira desde la ignorancia y el miedo. Y así, cuando es él quien está siendo observado por el animal, sucede que es visto del mismo modo que ve él lo que lo rodea. El darse cuenta de esto es lo que hace que la mirada del animal le resulte familiar. Y, sin embargo, el animal es diferente y nunca se confunde con el hombre. De este modo, se le asigna un poder al animal, comparable al poder humano, si bien nunca llegan a coincidir. El animal tiene secretos que, a diferencia de los secretos que guardan las cuevas, las montañas y los mares, están específicamente dirigidos al hombre.


Si comparamos la mirada del animal con la de otro hombre, veremos más claramente esta relación. En principio, cuando la mirada es entre dos hombres, el lenguaje establece un puente entre los dos abismos. Aun cuando el encuentro sea hostil y no se utilice palabra alguna (aun cuando hablen lenguas diferentes), la existencia del lenguaje permite que al menos uno de ellos, si no los dos, se sienta confirmado por el otro. El lenguaje permite al hombre contar con los otros como consigo mismo. […]

Ningún animal confirma al hombre, ni positiva ni negativamente. El cazador puede matar y comerse al animal, a fin de que su energía se sume a la que él ya posee. El animal puede ser domesticado, a fin de que constituya una fuente de aprovisionamiento para el campesino y trabaje para él. Pero la falta de un lenguaje común, su silencio, siempre garantiza su distancia, su diferencia, su exclusión con respecto al hombre. No obstante, precisamente debido a esta diferencia, podemos considerar que la vida de los animales, que no debe confundirse nunca con la de los hombres, corre paralela a la de éstos. Sólo en la muerte convergen las dos líneas paralelas, y, tal vez, después de la muerte se cruzan para volver a hacerse paralelas: de ahí la extendida creencia en la transmigración de las almas.


Con sus vidas paralelas, los animales ofrecen al hombre un tipo de compañía diferente de todas las que pueda aportar el intercambio humano. Diferente porque es una compañía ofrecida a la soledad del hombre en cuanto especie. Esta modalidad de compañía muda se consideraba tan simétrica que no es raro encontrar la creencia de que es el hombre quien carece de la facultad de hablar con los animales: de ahí todos los cuentos y leyendas de seres excepcionales, como Orfeo, que podían hablar con los animales en su propia lengua.


¿Cuáles eran los secretos del parecido y de la diferencia del animal con respecto al hombre? Aquellos secretos cuya existencia reconocía el hombre al instante mismo de interceptar la mirada de un animal.


En cierto sentido, toda la antropología, al estudiar el paso desde la naturaleza a la cultura, constituye una respuesta a esa pregunta. Pero hay también una respuesta más general. Todos los secretos eran acerca de los animales en cuanto mediadores entre el hombre y su origen. La teoría darwiniana de la evolución, indeleblemente marcada como está por las concepciones del siglo XIX europeo, pertenece, sin embargo, a una tradición tan antigua como el propio hombre. Los animales mediaban entre el hombre y su origen porque eran al mismo tiempo parecidos y diferentes de él. […]


Lo que distinguía al hombre de los animales era la capacidad humana para el pensamiento simbólico, una capacidad inseparable de la evolución del lenguaje, en el cual las palabras no eran simples señales, sino significantes de algo diferente de ellas mismas. Sin embargo, los primeros símbolos fueron animales. Lo que distinguía a los hombres de los animales era el resultado de su relación con ellos. […]

 

Hasta el siglo XIX, sin embargo, el antropomorfismo era un elemento fundamental en la relación entre el hombre y el animal; una expresión de su proximidad. El antropomorfismo era un residuo del continuo uso de la metáfora animal. Poco a poco, durante los dos últimos siglos, los animales han ido desapareciendo. Hoy vivimos sin ellos. Y, en esta nueva soledad, el antropomorfismo nos hace sentir doblemente incómodos.


La ruptura teórica decisiva llegó con Descartes. El filósofo francés internalizó, dentro del hombre, el dualismo implícito en la relación del hombre con los animales. Al hacer una división absoluta entre el alma y el cuerpo, legó el cuerpo a las leyes de la física y la mecánica, y, puesto que los animales no tienen alma, quedaron reducidos al modelo mecánico.


Sólo muy lentamente irían apareciendo las consecuencias de la ruptura de Descartes. Un siglo después, el gran zoólogo Buffon, aunque aceptó y utilizó el modelo mecanicista para clasificar a los animales y sus capacidades, muestra, sin embargo, una ternura hacia ellos que vuelve a otorgarles temporalmente el papel de compañeros. Hasta cierto punto tal ternura es una forma de envidia. […]


Los animales desaparecen de todas partes. En los zoológicos constituyen un monumento vivo a su propia desaparición. Y por ello provocan la última metáfora animal. El mono desnudo y The Human Zoo son títulos de best-sellers mundiales. En estos libros, el zoólogo Desmond Morris propone que el comportamiento artificial de los animales en cautividad puede ayudarnos a comprender, aceptar y vencer el estrés que supone vivir en las sociedades de consumo.


Todos los lugares que entrañan una marginación forzada —los guetos, los suburbios, las prisiones, los manicomios, los campos de concentración— tienen algo en común con los zoológicos. Pero es demasiado fácil, demasiado evasivo utilizar el zoológico como símbolo. El zoológico es una demostración de las relaciones entre el hombre y los animales, y nada más. A esta marginación de los animales le sigue hoy la marginación, la eliminación, de la única clase que a lo largo de la historia permaneció en contacto con los animales y perpetuó la sabiduría que acompaña a ese contacto: el pequeño campesino. La base de esta sabiduría es la aceptación del dualismo existente en el origen mismo de la relación entre el hombre y el animal. El rechazo de este dualismo probablemente constituye un factor importante en la aparición del totalitarismo moderno. Pero no quiero traspasar los límites de aquel interrogante aprofesional e implícito que plantea el zoológico a la mayoría de sus visitantes.


El zoológico sólo puede desilusionar. El fin público de los zoológicos es ofrecer a los visitantes la oportunidad de mirar a los animales. No obstante, la mirada del intruso no encontrará la de animal alguno en todo el zoológico. Como máximo, los ojos del animal vacilan y luego pasan de largo. Miran de lado. Miran sin ver más allá de los barrotes. Escudriñan mecánicamente. Están inmunizados contra el encuentro porque ya nada puede ocupar un lugar central en su interés.


Aquí reside la consecuencia última de su marginación. Aquella mirada entre el hombre y el animal, que probablemente desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la sociedad humana y con la que, en cualquier caso, habían vivido todos los hombres hasta hace menos de un siglo, esa mirada se ha extinguido. El visitante que acude al zoológico sin compañía está completamente solo cuando mira a todos y cada uno de los animales. […]




El amor del lobo. Hélène Cixous

11223759_877149402373020_8782039090530599125_n


MI CONCIENCIA ME MUERDE LA LENGUA CON TUS DIENTES

Los personajes reunidos bajo el techo de este volumen son animales (con los cuales estoy aliada y afiliada en cuerpo y alma desde el origen de mi vida pasional), y los libros, los que se escriben en mi nombre, me llaman y me regatean. Seres vivos, mis más próximos prójimos y que sin embargo escapan a mi ley o a mi deseo, libres e incontrolables. Naturalmente, pueden arañarme, labrarme la mejilla, el corazón, los ojos, tienen armas para ello. Una virtualidad de herida y crueldad vibra entre nosotros. Pero algo, una fuerza superior convierte en el último momento la violencia en dulzura. No antes del último momento. A esta fuerza que aterciopela las patas de los felinos y pacifica las guerras que abrasan la intimidad, la llamo el amor del lobo. Es decir el amor que siento por el lobo a causa del amor del lobo por el cordero al que no despedaza a causa del amor del cordero por el lobo que habría podido despedazarlo, el lobo del que tiene miedo que le despedace, algo que puede suceder en cualquier momento pues el lobo no se convierte pero no es imposible que suspenda por influencia del amor su ser-armado. Sólo temblando hay amor. Tenemos miedo de ese lobo que es nuestro gato, nuestra madre, nuestro libro, “nuestro” a quien estamos sometidos y rendidos por el amor que nos entrega. Amamos al lobo que no nos obedece, al libro que no nos obedece, al dios que sólo nos responde si le apetece, a mi madre que me enseña cada día los dientes de la mortalidad.

Este libro evoca las fuerzas vivas que nos atormentan, nos dividen, nos descuartizan porque nosotros les otorgamos ese poder. El miedo ama. Del amor procede el poder del miedo. El amor no tiene miedo del miedo que está en el amor. El amor tiembla de los pies a la cabeza. Hay un goce y una crueldad en ese combate de tú y yo, en mí. Esa mezcla de goce y de crueldad se llama sacrificio.

Los animales, mi madre, mis poetas, mis hijos mis libros. Mis seres de incandescencia. Mis criaturas de sueño, mis creadores de sueños. Les debo la vida. Comprendedme: les debo su vida. Les debo mis vidas. Cada vida que cada uno de ellos me hace temblar. Perder. Conservar hasta el último aliento.

Y otros remordimientos: por ello, gato o poeta o mamá, mis libros mis hijos, me llegan los remordimientos. Dicho de otro modo la conciencia cuyos personajes persigue Joyce en Ulises, pequeña erinia personal que lleva su antiguo temblor agenbite of inwit. El automordisqueo del espíritu en su intimidad. No se toma conciencia, eres tomado por ella, es ella la que nos muerde, pero seamos precisos: mi conciencia me muerde con tus dientes. Es tú en mí. Mi amor mi gato, que me dentellea hasta sangrar y me impide dormir. Y vicevergat(o) [“viceverchat”], claro está. Nos inyecta el pesar que es un deseo, y nos puebla de angustias que son nuestros venerados fantasmas.

¿Por qué esos temidos visitantes del alma? ¿Qué les causa?

La culpabilidad sin mancha, pura y retorcida.

Y es que con ella, con su contacto brota un azufre: la ineluctable traición. Me refiero a la traducción. Nosotros, viviendo bajo el mismo techo pero no el mismo yo, hablamos en lengua extranjera. Te hablo en mi lengua y el francés, cierto francés. Tú me hablas el gato, el tigre, el loro, el alemán, cierto alemán, sin mencionar la lengua extranjera nacida de mi lengua, en la que el libro mientras lo escribo se vuelva hacia y contra mí y me remuerde. Se trata de la lengua extranjera que tú me diriges, que yo intento con todas mis fuerzas traducirme sin demasiado defectos; ciertamente nos comprendemos más allá de cualquier comprendencia, nos “understand” de una lengua a las otras y es un milagro, pero resta el resto, la lengua en mi boca no es tu lengua, no sé cómo se mueve ella en tu boca, y tampoco en la mía cuando mi lengua se mueve no sé cómo, habla la sigo y no soy yo por entero.

¿Y qué decir del habla con los animales cuyo lenguaje no es de (mis) palabras? Lo entiendo pero soy incapaz de reproducirlo. ¿Cómo traicionar lo menos posible ese traducir que nos emparenta y nos extraña tan estrechamente? ¿Y qué decir del habla con las palabras, otros animales también, casi y no del todo, que nos seducen, nos impulsan y nos hacen correr por la cuneta de nosotros mismos? Todas nuestras palabras son compartidas; todas nuestras apalabras son remordidas en dos y más; nos hablamos a medias palabras que son palabras con secreto, a un cuarto de palabras a un octavo de palabras, a palabras, vamos, a suspiros. A silencios. Pensamos: ¿qué estás pensando? Respuesta en silencio: quiero, quiero, quiero.

Lo más doloroso es que no se sabe de qué partido se es, se está dividido, nunca soy del partido que soy, si soy de tu partido lo soy en parte, el corazón de tu lado la cabeza del otro. En el combate entre mi gato y el pájaro, si estoy del lado de mi gato estoy del lado del pájaro del otro lado si estoy del lado del pájaro estoy a medias desgarrada pues estoy del lado de mi gato. No hay solución.

No se sabe lo que se desea. Por lo demás, ¿para qué desear? Harás lo que te da la gana, ¿no es cierto? […]

Hélène Cixous. El amor del lobo y otros remordimientos. Trad. Manuel Serrat Crespo. Ed. Arena Libros, Madrid, 2009


cixous

Hélène Cixous nace el 5 junio 1937, en Oran, en la Argelia francesa, hija de una madre alemana judía asquenazi y de un padre argelino judío sefardí. Llega a Francia en 1955. Es una de las pensadoras francesas más influyentes del panorama intelectual actual. Generalmente asociada al posmodernismo y a la teoría feminista, su obra, sin embargo, elude toda compartimentación rígida. Escritora del margen, en sus textos (más de sesenta, entre ensayo, ficción y teatro) cuestiona cualquier noción identitaria fija, ya sea literaria, cultural o de género. Títulos claves de su producción son La venue à l’écritureLe rire de la Méduse o Voiles, escrito en colaboración con Jacques Derrida. Colaborara con el Théâtre du Soleil, desde que conoció la pieza 1789, y por ende a su directora Ariane Mnouschkine.

resenya de El amor del lobo

“La mirada tan present de Cixous cap als animals —als quals, diu, està afiliada en cos i ànima— rastreja en els instints més brutals de les persones i alhora en la pròpia intimitat. Com deixa entendre a “Ma conscience me mord la langue avec tes dents”, el trajecte que fa l’escriptora de la vida real cap al més enllà és un viatge, en certa manera iniciàtic, de remordiments que funcionen com mossegades —vegeu la similitud fònica entre mords i remords. Perquè, dins el pòsit autobiogràfic dels articles, Cixous entén la individualitat en constant relació amb una alteritat que no només ve de l’exterior, sinó de l’interior mateix; cal destacar, en aquest sentit, el joc intertextual que du a terme a “L’amour du loup” amb l’autora russa Marina Tsvetàieva: invocacions i preguntes sense resposta que Cixous va trenant en una lluita cos a cos amb si mateixa plena d’al·lucinacions lúcides que treuen a la llum allò que no es pot/vol dir/escriure.

En sintonia amb l’escriptura nocturna de la que parlava Ernesto Sábato, aquella que assalta l’autor/a amb pulsions incontrolables, Cixous parla des de la ferida; una ferida —far i motor de la mateixa escriptura— que té la gènesi en la seva extraterritorialitat de dona —i de dona algeriana—, en el sentiment de desposessió pel que fa a la llengua francesa i en l’arribada a una escriptura que vol despullada del monologisme imperant. Des d’aquesta òptica de l’alteritat, doncs, Cixous entra en terrenys inabordables com l’amor, el desig, la crueltat o la por —sobretot en la faula del llop i l’anyell—, en la falta de comunicació —que té un correlat amb la idea derridiana d’impossibilitat de traducció— i també en temes més teòrics com l’escriptura o el mateix llibre en formació.” [Ester Pino Estivill]

http://www.ub.edu/cdona/lletradedona/lamour-du-loup-et-autres-remords

https://es.wikipedia.org/wiki/Hélène_Cixous

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2014/07/16/helene-cixous-el-grito-de-la-literatura/

 

De la ausencia de compasión al milagro de la humildad: El Club de Pablo Larraín

 

No es que vaya al cine con mucha frecuencia pero este mes, en el lapso de 15 días, fui a ver dos películas. Podría decirse, literalmente, que fui del cielo al infierno. El cielo fue la última película de la cineasta japonesa Naomi Kawase “Una pastelería en Tokio”, y el infierno fue El club, la nueva cinta del director chileno Pablo Larraín. A la vez drama y thriller, El Club pone el dedo en la brecha que Dios instauró entre la luz y las tinieblas, señalando magistralmente las penumbras del alma humana. El director chileno aborda con maestria, delicadeza, ironía y frialdad, los peores tabúes de la organización eclesiástica: pederastia y homosexualidad. Pone en escena a cuatro curas penitentes condenados a la exclusión (la condena se cumple de puertas para dentro), y una monja que les sirve de carcelera, ocultados por la Iglesia en un pueblo costero por su oscuro pasado de delitos y pecados. La llegada de un quinto “curita” desatará la violencia latente. A medida que transcurre la película, nos va faltando el aire como al galgo que en su entrenamiento, día tras día, hora tras hora, corre tras una presa ficticia sin poder alcanzarla jamás. La escenificación perturbadora se va volviendo asfixiante como el paisaje de bruma de este “invierno mental” (así lo califica el propio director). Miradas enfocando la cámara, confesándonos a nosotros, espectadores-testigos, sus pecados. Atmósfera de violencia soterrada que termina estallando. Salpicándonos. En un momento dado, salí incluso de la sala (¡pero aún así, vi de reojo la escena de la matanza de los inocentes galgos, oí el golpe seco!). Cuando terminó la película me quedé hundida en la butaca, sin leer siquiera los créditos que desfilaban en la pantalla, sin poder hablar con mi acompañante, sin lograr articular lo que había visto, lo que había sentido. El director, acompañado por un magnífico elenco de actores, consiguió plenamente su propósito. La película me incomodó, me violentó, me inquietó profundamente. Salí turbada, enojada. ¿Pueden purgarse los pecados? ¿Podemos salirnos del yo doliente, liberar el espíritu apresado, redimirnos? ¿Es suficiente pretender rendir cuentas solamente a Dios? ¿Pueden repararse los daños repudiando al verdugo? ¿Es posible desalojar el mal incrustado a golpes en el alma humana? Y ¿cómo lograrlo sin afinar, sin “armonizar de nuevo las cuerdas des-templadas de aquellas entrañas dañadas”?

El día siguiente, dos de los oblicuos textos de Chantal Maillard me proporcionaron la necesaria distancia para la observación. ¿Para la comprensión? Tal vez. Aquí los comparto.

 

PAPEL DE SEDA 

Usted –¡ah, es usted ; apareció de nuevo !– se me queda mirando. Hay cierta dulzura en su mirada. Llevo observándole desde hace algún tiempo. Cierto es que su estado le ha procurado esa demora necesaria para el perdón. Sí, tiene usted razón, ya sé que el perdón lo otorga quien puede, a imagen del dios de arriba. Rectifico pues: quise decir esa demora necesaria para la comprensión: en comprender hay un respeto que nunca se hallará en quien perdona. El respeto es a la comprensión lo que la dignidad al perdón. Matices del lenguaje, si se quiere. La dignidad es rígida y usted ha aprendido a permanecer de pie, flexible aunque le cueste. A fines prácticos, por supuesto.

*

En el huso de la cólera. ¿No? Haga un pequeño esfuerzo; es fácil. Concéntrese. Sitúese. Tiene una causa: búsquela. ¿La encuentra? No, ésta es la causa más inmediata; hay otra, anterior. A la causa mayor siempre se adhieren otras más próximas, punzantes, a las que aquella guía y anima con razones que parecen evidentes. La causa mayor tiene que ver con la herida en su origen, la de todos. Las demás también tienen que ver con ello, pero desde la pequeñez de la existencia, que siempre es individual.

*

Sienta el dolor del otro en su violencia. ¿Cuántas sensaciones antiguas se suman en una sensación? Sienta el dolor del otro en su violencia porque es allí donde su propia violencia acaba: él es la diana para la flecha.

Si, apartado en sus propios márgenes, toma distancia del mí, percibirá algo así como un crujir de papel de seda: ese sonido, el de las entrañas dañadas, desafinadas, désaccordées: en su acuerdo de cuerdas, desunidas.

Nadie crece si no es afinando, armonizando las cuerdas que, sometidas a los embates del exterior, se destemplan y pierden el tono.

*

Ya no hay espacio entre los gestos. Estos huecos que hacen el tiempo –o la conciencia del tiempo, en realidad es lo mismo–. Y ahora que no hay tiempo, decide exponer a la observación el instrumento que entretiene la ilusoria tramoya del drama. Pero observar ¿en qué espacio, si no hay tiempo? ¿O lo sigue habiendo, puesto que hablamos?

*

El universo, tejido de causas y causas de sus causas, zozobra. Todos zozobramos. Nada hay que nos sostenga, ni los hombros de un Atlas, ni la mano de un Dios, ni la tortuga-Visnu. Considere cuánto daño hicieron las iglesias, cuánto la necesidad de creer, cuánto el miedo, y cuánto la avaricia. Cuánto dolor causa nuestra ignorancia. Considere. Iniciemos el duelo.

*

Detrás de un arbusto, le pareció entrever un objeto pálido. Ha pasado de largo. Del camino, o del texto. Se detiene. Quiere volver atrás. Hace el ademán de volverse. No lo haga, siga adelante. No lo sepa, no. Deje, siempre que pueda, algo sin saber, algo sin ver del todo, algo sin entender. No se vuelva. Deje que la ignorancia acuda a la conciencia y realice en usted el milagro de la humildad.


LA TENDENCIA DEL OJO

Todos éramos inocentes. La primera vez que herimos. La primera vez que matamos. La primera vez.

*

¿Qué víctima no es culpable? ¿Qué verdugo no es víctima? Inextinguible la rueda de la acción. La existencia-rueda. Y fuera de ella ¿qué? El eco de los desamparados, verdugos y víctimas de todos los que fuimos, de todos los que somos y habremos de ser.

*

Séneca: “Perdoné a uno por su dignidad, a otro por su bajeza; cuando no encontré ninguna razón de misericordia, me perdoné a mí mismo”.

*

Cuidar los actos, su intención: la tendencia del ojo. Todo aquello que miramos deja en el ojo un residuo que se extiende por todo el organismo.

Un organismo ciego, el que formamos con todo y entre todos. Cuidarlo es cuidarnos, destruirlo es destruirnos.

Chantal Maillard. La mujer de pie, Galaxia Gutenberg, 2015

 

La cura. Chantal Maillard

 

IMG_3512

 

Atrás. La mano sobre el pecho donde a veces las otras acuden. Inicio el descenso de la memoria. Pues de descender se trata aunque, de acuerdo con la apreciación del tiempo sucesivo en el estado de vigilia, se lo llamaría retroceder. Sigo bajando hasta que me encuentre con algún obstáculo, algo que me impida pasar con soltura entre las imágenes. Ahí está. Me detengo. La mano. Atiendo. Y acude una sensación. Percibo el miedo. Hay fuego en la chimenea. La niña juega con los rescoldos. Los papeles arden, las cenizas revolotean y terminan posándose en su pelo como copos de nieve sucia. Ceniza delatora. No juegues con el fuego: una orden, la primera orden de un padre al que acaba de conocer. Una prohibición es suficiente para que se repare en el objeto prohibido: había fuego y se podía jugar con él. La confianza, tan reciente y endeble, puesta a prueba y, luego, la transgresión. La niña tiembla. Percibo el temblar. Entonces le hablo, le dicto los gestos. La guío hacia él, hacia el regazo nunca ofrecido, nunca deseado. Y son ellas, ahora, todas ellas, las que ponen su mano múltiple en el pecho del padre donde, inesperadamente, percibo algo insospechado: la razón o raíz de su retraimiento, de su tristeza, su íntima condena. Su soledad, también. La niña lo abrazó. Por su mediación, yo le abracé. Su consuelo, ahora, es en mí, y de ambos su paz. Que los muertos descansen en paz significa que hemos de curarles, procurarles la paz con la cura.

Lo que hacemos aquí, se hace en otra parte. Lo que se hace ahora, se hace en otros tiempos.

[…]

*

Somos más de una, somos muchas.
Y los tiempos de una existencia son reversibles.

Enviar a la que sabe hacia aquella que no sabe.
Hacerse compañía.

[…]

*

Necesidad de mediación. Se necesitan mediadores (dioses, ángeles, santos, animales y otros, según el código que se utilice) cuando se desconoce el poder de la voluntad –lo cual es sin duda un bien en épocas oscuras–. Quienes lo conocen saben que el invocado, quien invoca y la propia invocación son una misma cosa.

Acudo a ellas, las que fui, y mi presencia allí las cura en mí.
Retroacción para la cura.
¿Cómo arranca el movimiento circular? Con una convicción, una demanda y una escucha.
La fuente está donde la voluntad. No teniendo, entonces, se tiene. Quién hace daño deliberadamente, se seca.

Metáforas antiguas que podrán, sin duda, renovarse, pero cumplen, no obstante, su función, por el momento.

*

¡Duele tanto, a veces, el otro! Y no es en mí donde duele, el mí no interviene, sino en Mí. Pues el centro es en todos el mismo centro. Centro-corazón que, más allá de razón alguna, no necesita conocimiento.

*

Cuanto más dejas de ser más te acercas al núcleo común. Y cuanto más te acercas al núcleo común más férrea es la ética. Entonces tú ya no eres quien requiere tus cuidados sino todos ellos.
Ocurre en el alma una transformación. Ya nada es misterio.

[…]

Chantal Maillard. La mujer de pie, Galaxia Gutenberg, 2015

Fotografía de Franco Zecchin, Enfant de Mongolie

 

El cuenco del perdón. Chantal Maillard

 

dibujo escalona_2

 

[…]

Me ensoñé. Una tras otra, desde la más antigua hasta la última. Con la mano derecha allí donde el latido, para curar su herida. Las niñas sucesivas, las niñas de la angustia, todas, la misma herida en el tórax pequeño. Allí puse la mano y acuné. Una tras otra, les fui durmiendo el miedo, apaciguando aquellos sobresaltos de invierno bajo cielos como sábanas duras. Y aquél era el milagro, que cada una de ellas fue sumándose, que en mí era yo más que una sola, y que la mano que acunaba vino a ser la de todas las que me precedían, hasta que la primera en mí las recibía, bendecida. Y que en virtud de esta multiplicidad, a medida que avanzaban en edad, más numerosas eran las voces, a la vez madres y amantes de la misma, y todas solidarias. Y así hasta llegar a la que pudo habernos cambiado a todas el destino. Por ella, por su cercanía, su presencia en la mente que razona, el obstáculo aún persistía, siendo así que su herida y la mía eran de idéntica naturaleza y procedencia.

Llegadas a este punto, me dormí. No sé cuánto tiempo real transcurrió bajo el sueño. Lo siguiente ocurrió de repente. Un golpe, una sacudida se hizo imagen. Así adviene el símbolo: como urdimbre de amor, como resultado. De un antebrazo vendado una mano y de esa mano, como brota una flor de su tallo, otro antebrazo vendado y así, en sucesión infinita, vertical, la columna de brazos iba elevándose de la misma manera que, antaño, de niña, aquella otra columna visionaria se irguiera desde el sueño. Mientras, en mi propia caverna, el corazón, dilatado, se licuaba, en ternuras confundido.

Columna infinita somos, troncos cuyas heridas son las hojas que al caer dejan señal y cicatriz. Sucesivamente, cada herida, en el ser que crece, va dando lugar a otra, y solamente si sabemos mantenernos unidas habrá consuelo para las que han de venir.

Pequeñas almas mías que acuno en la edad madura. Han esperado tanto que no sé cómo no llegó a quebrarse el eje endurecido de su tallo. Tanta espera, tanta angustia florecida, tanta estremecida mansedumbre tornada rebeldía.

Con el dolor presente hago crisol –pues aquí converge la savia.

Lo bebo todo entero. Para bien de las que he sido.

[…]

Chantal Maillard. La mujer de pie, Galaxia Gutenberg, 2015

Dibujo de David Escalona.