La sal curativa de Motoi Yamamoto

Motoi Yamamoto (山本基) es un artista japonés nacido en 1966, en Onomichi, que actualmente vive y trabaja en Kanazawa.  
Lo peculiar del artista nipón es que utiliza sal como material para construir sus obras. En Japón, la sal es un elemento de purificación. Por eso se considera un material indispensable en los rituales de la muerte: se suele entregar un puñado de sal a los asistentes al final de los funerales para que limpien su cuerpo tras asistir al entierro. Así, esparciendo los granos sobre ellos mismos, alejan los males espíritus y los aspectos negativos.
 
Yamamoto comenzó a utilizar este elemento cuando su hermana menor murió de cáncer cerebral con apenas 24 años. Tras el trágico fallecimiento, el artista construyó enormes y detallados laberintos de sal como ejercicio necesario para su recuperación.  Utilizar la sal como material exclusivo en sus instalaciones tiene para él un claro significado memorístico. De hecho, el artista pensaba que este material podía ayudarle a recordar los momentos vividos con su hermana, seguir la huella de aquellos recuerdos escondidos en su memoria.

Obras artísticas elaboradas con sal

Obras artísticas elaboradas con sal

Pero sobretodo, Motoi Yamamoto utiliza la sal –símbolo de la vida y de la muerte, elemento conector con la naturaleza– para purificar los espacios que interviene. Durante horas, Yamamoto dibuja en el suelo con una botella de plástico a la que añadió un caño por donde se vierte la sal empleada en armoniosos e intrincados patrones de hipnótica belleza. A su minucioso trabajo, casi obsesivo, a la repetición de su gesto ritual que se vuelve mantra, hay que añadir la elección del laberinto (o formas laberínticas) en sus creaciones (océanos, jardines flotantes, surcos de agua, universos cósmicos…). Crear o recorrer un laberinto representa, en todas las culturas del planeta, un rito de iniciación en el que superar una prueba para lograr así transformarse y renacer; en el caso de Yamamoto la prueba sería mantener viva la memoria de su hermana y compartir sus recuerdos con nosotros.


“Dibujar un laberinto con sal es como seguir el rastro de una memoria. Las memorias parecen cambiar y dispersarse con el tiempo. De cualquier modo, lo que busco es la forma de tocar un momento precioso dentro de mis memorias, algo que no puede conseguirse mediante textos o imágenes. Siempre sigo silenciosamente el rastro, que es tanto controlado como descontrolado a partir del punto de inicio, tras haberlo completado.”

Es enorme la carga expresiva que el artista japonés consigue plasmar en cada una de sus obras. Haciéndonos partícipe de su experiencia personal, Motoi Yamamoto logra atraparnos tanto a nivel estético como emocional. Su arte da en el blanco: convierte una vivencia íntima en una experiencia universal en la que todos podemos reconocernos. El artista nipón hace de su arte una cura que, sanando a uno, cuida la herida de todos.


http://www.motoi.biz

 

 

Animaliz-arte: El libro de la selva

Gabriel-Pacheco_El libro de la selva_Mowgli y lobos

Raksha, la madre loba adoptiva de Mowgli. La loba le puso ese nombre, “Mowgli”, que significa “la rana”, dado que el cachorro humano no tenía pelo.

 

Gabriel Pacheco_El libro de la selva_Mowgli y Baloo

Mowgli y el risueño oso Baloo

 

Gabriel Pacheco_El libro de la selva_Mowgli y Bagheera

Mowgli con la protectora pantera Bagheera

 

Gabriel Pacheco_El libro de la selva_Mowgli y Shere Kahn

Mowgli con el temible tigre Shere Kahn

 

El libro de la Selva de Rudyard Kipling, recreado por las preciosas ilustraciones de Gabriel Pacheco en la editorial Sexto Piso, 2013

 

 

https://es.wikipedia.org/wiki/El_libro_de_la_selva

 

Thoreau, biografía de un pensador salvaje. Robert Richardson

Se cumplen doscientos años del nacimiento de Henry David Thoreau, un autor que, sin embargo, está más vivo que nunca. Seguramente porque sus escritos se entrelazan a la perfección con muchos de nuestros intereses e inquietudes actuales: el desafío ecológico global, la lucha contra el consumismo injustificado, la legitimidad de la insubordinación ante gobiernos o leyes injustas o la búsqueda de una vida más sencilla y autónoma. Sin embargo, una vez dijo Thoreau: «Mi vida es el poema que me hubiera gustado escribir». Nada más cierto, pues más allá de sus textos, que no dejamos de leer, no cabe duda de que su propia vida fascina por igual a sus incontables lectores. Tal vez porque Thoreau vivió como muy pocos seres humanos saben hacerlo: siendo absolutamente consecuente con sus ideas y sus sentimientos, esculpiendo así su propia existencia como una obra de arte ajena a todos los dogmas y limitaciones. Thoreau no sólo nos sigue inspirando por ser uno de los padres del ecologismo o de la desobediencia civil, sino por haber sido un hombre al que no le importó ser incomprendido por sus vecinos o reclamado por la ley, que actuó siempre con la máxima libertad y buscó la felicidad para sí y el bien para los demás. Thoreau nos enseñó, como muy pocos han conseguido hacerlo, el camino de la verdadera revolución: aquella que, mediante la transformación de uno mismo y la invitación a la transformación de los otros, acaba por transformar el mundo. Este libro da cuenta de esa revolución o de esas revoluciones. Es la biografía canónica y de absoluta referencia de Thoreau, en la que se relatan los viajes interiores y exteriores de un hombre que ha marcado la historia universal.

Robert Richardson, Thoreau. Biografía de un pensador salvaje. Trad. Esther Cruz Santaella. Errata Naturae, 2017

http://erratanaturae.com/libro/thoreau-biografia-de-un-pensador-salvaje/

[Adelanto del libro en PDF]

http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-robert-richardson-mensaje-primordial-thoreau-estoico-tenemos-volver-naturaleza-201705070209_noticia.html

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/05/24/babelia/1495622154_295736.html

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/literatura/2017/05/15/thoreau-vida-clara-poema/0003_201705G15P27991.htm

 

Trece maneras de mirar un mirlo. Wallace Stevens

El mirlo_1 El mirlo 4

1

Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

2

Yo era de tres pareceres,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.

3

En el viento de otoño giraba el mirlo.
Tenía un papel muy breve en la pantomima.

4

Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.

5

Yo no sé si prefiero
la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
si el nido silbando
o después.

6

El hielo cubría el ventanal
de cristales bárbaros.
La sombra del mirlo
lo cruzaba de un lado a otro.
La fantasía
trazaba en la sombra
una causa indescifrable.

7

Oh, delgados hombres de Haddam,
¿por qué imagináis pájaros dorados?
¿No veis cómo el mirlo
anda entre los pies
de las mujeres que os rodean?

8

Conozco nobles acentos
e inevitables ritmos lúcidos;
pero también conozco
que el mirlo anda complicado
en lo que conozco.

9

Cuando el mirlo se perdió de vista
señaló el límite
de un círculo entre otros muchos.

10

Al ver mirlos
volar en la luz verde,
hasta los charlatanes de la eufonía
gritarían agudamente.

11

Viajaba por Connecticut
en un coche de cristal.
Una vez le entró el miedo,
por haber confundido
la sombra de su equipaje
con mirlos.

12

El río se mueve.
Estará volando el mirlo.

13

Toda la tarde fue de noche.
Nevaba,
iba a seguir nevando.
El mirlo se detuvo
en la rama del cedro.

Traducción: Raúl Gustavo Aguirre.
Buenos Aires, 1979


El mirlo 3 El mirlo 2

Thirteen Ways of Looking at a Blackbird

I

Among twenty snowy mountains,
The only moving thing
Was the eye of the blackbird.

II

I was of three minds,
Like a tree
In which there are three blackbirds.

III

The blackbird whirled in the autumn winds.
It was a small part of the pantomime.

IV

A man and a woman
Are one.
A man and a woman and a blackbird
Are one.

V

I do not know which to prefer,
The beauty of inflections
Or the beauty of innuendoes,
The blackbird whistling
Or just after.

VI

Icicles filled the long window
With barbaric glass.
The shadow of the blackbird
Crossed it, to and fro.
The mood
Traced in the shadow
An indecipherable cause.

VII

O thin men of Haddam,
Why do you imagine golden birds?
Do you not see how the blackbird
Walks around the feet
Of the women about you?

VIII

I know noble accents
And lucid, inescapable rhythms;
But I know, too,
That the blackbird is involved
In what I know.

IX

When the blackbird flew out of sight,
It marked the edge
Of one of many circles.

XAt the sight of blackbirds
Flying in a green light,
Even the bawds of euphony
Would cry out sharply.XI

He rode over Connecticut
In a glass coach.
Once, a fear pierced him,
In that he mistook
The shadow of his equipage
For blackbirds.

XII

The river is moving.
The blackbird must be flying.

XIII

It was evening all afternoon.
It was snowing
And it was going to snow.
The blackbird sat
In the cedar-limbs.


 

“¿Y el poema? ¿Dónde se sitúa el poema? Donde el pájaro, por supuesto. Busquemos al pájaro… El poema es lo que bebe el pájaro.”

Chantal Maillard, La baba del caracol. Vaso Roto, 2014

 

Jardins derasmus2 Jardins derasmus1


Los siete adagios de Erasmo de Rotterdam (1469-1536) que flotaban sobre los estanques eran los siguientes:

1012 : Difficilia quæ pulchra (« Las cosas bellas son difíciles »)
1193 : Ubi bene ibi patria [Quavis terra patria] (« La patria está allí dónde uno se siente bien »)
201 : Aut regem, aut fatuum nasci opportere (« Hay que nacer o rey o bufón »)
224 : Ubi amici, ibi opes (« Allí dónde están los amigos, allí esta la riqueza »)
1314 : Civis mundi sum, communis omnium vel peregrinus magis (« Soy un ciudadano del mundo, por todas partes en mi casa, o más bien, por todas partes un extranjero »)
3144 : Sidera addere cælo (« Añadirle estrellas al cielo »)
1001 : Festina lente (« Apresúrate lentamente»).

 

Joseph Campbell. Las máscaras de Dios: Mitología primitiva

Para deleitarnos, nos llegan desde la editorial Atalanta las 38 páginas iniciales del primer volumen Mitología primitiva –¡magníficamente editado!– de la obra magna de Joseph Campbell Las máscaras de Dios. No dejéis de sumergiros en ese complejo de mitos y símbolos universales que el mismo Campbell llamaba “gran historia de la humanidad”.

https://issuu.com/atalantaweb/docs/110_-_las_mascaras_de_dios_1_issuu

El claro del bosque. María Zambrano

Kiki-Smith_Cathedral Wolf_2012

El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención.

[…]

Un centro en toda su plenitud, por esto mismo, porque el humano esfuerzo queda borrado, tal como desde siempre se ha pretendido que suceda en el templo edificado por los hombres a su divinidad, que parezca hecho por ella misma, y las imágenes de los dioses y seres sobrehumanos que sean la impronta de esos seres, en los elementos que se conjugan, que juegan según ese ser divino.

Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada. Ya que parece que la nada y el vacío —o la nada o el vacío— hayan de estar presentes o latentes de continuo en la vida humana. Y para no ser devorado por la nada o por el vacío haya que hacerlos en uno mismo, haya a lo menos que detenerse, quedar en suspenso, en lo negativo del éxtasis. Suspender la pregunta que creemos constitutiva de lo humano. La maléfica pregunta al guía, a la presencia que se desvanece si se la acosa, a la propia alma asfixiada por el preguntar de la conciencia insurgente, a la propia mente a la que no se le deja tregua para concebir silenciosamente, oscuramente también, sin que la interruptora pregunte la suma en la mudez de la esclava. Y el temor del éxtasis que ante la claridad viviente acomete hace huir del claro del bosque a su visitante, que se torna así intruso. Y si entra como intruso, escucha la voz del pájaro como reproche y como burla: «me buscabas y ahora, cuando te soy al fin propicio, te vuelves a ese lugar donde respirar no puedes», o algo por ese estilo suena en su desigual canto. Y un cierto sosiego puede procurar ese reproche y esa burla. […]

Y aparece luego en el claro del bosque, en el escondido y en el asequible, pues que ya el temor del éxtasis lo ha igualado, el temblor del espejo, y en él, el anuncio y el final de la plenitud que no llegó a darse: la visión adecuada al mirar despierto y dormido al par, la palabra presentida a lo más. Se muestra ahora el claro como espejo que tiembla, claridad aleteante que apenas deja dibujarse algo que al par se desdibuja. Y todo alude, todo es alusión y todo es oblicuo, la luz misma que se manifiesta como reflejo se da oblicuamente, mas no lisa como espada. Ligeramente se curva la luz arrastrando consigo al tiempo. Y no se olvidará nunca que la curvatura de luz y tiempo no es castigo, o que no lo es solamente, sino testimonio y presencia fragmentada de la redondez del universo y de la vida, y que el temblor es irisación de la luz que no deja de descender y de curvarse en todo recoveco oscuro, que se insinúa así, ya que directamente no puede sin violencia arrolladora permitirse entrar en nuestro último rincón de defensa. Y los colores mismos nacen para hacernos la luz asequible. Y el Iris resplandece, antes que arriba en los cielos, abajo entre lo oscuro y la espesura, creando así un imprevisible claro propicio. […]

Y luego hay que seguir de claro en claro, de centro en centro, sin que ninguno de ellos pierda ni desdiga nada. Todo se da inscrito en un movimiento circular, en círculos que se suceden cada vez más abiertos hasta que se llega allí donde ya no hay más que horizonte.

Alguna figura en esta lejanía anda a punto de mostrarse al borde de la corporeidad, o más bien más allá de ella, sin ser un esquema ni un simple signo. Figuras que la visión apetece en su ceguera nunca vencida por la visión de una figura luminosa ni por esplendor alguno. Algún animal sin fábula mira desde esta lejanía. Algún jirón se desprende de una blancura no vista, algo, algo que no es signo. Nada es signo, como si se vislumbrase un reino donde lo que significa y lo significado fuera uno y lo mismo, donde el amor no tiene que ser sostenido ni la naturaleza ande como oveja perdida o sorprendida que se aparece y se esconde. Y la luz no se refleja ni se curva ni se extiende. Y el tiempo sin derrota no transcurre, allá lejos donde se enuncia el centro al que espejan en instantes los claros de este bosque.

Y la visión lejana del centro apenas visible, y la visión que los claros del bosque ofrecen, parecen prometer, más que una visión nueva, un medio de visibilidad donde la imagen sea real y el pensamiento y el sentir se identifiquen sin que sea a costa de que se pierdan el uno en el otro o de que se anulen.

Una visibilidad nueva, lugar de conocimiento y de vida sin distinción, parece que sea el imán que haya conducido todo este recorrer análogamente a un método de pensamiento. […]

Y se recorren también los claros del bosque con una cierta analogía a como se han recorrido las aulas. Como los claros, las aulas son lugares vacíos dispuestos a irse llenando sucesivamente, lugares de la voz donde se va a aprender de oído, lo que resulta ser más inmediato que el aprender por letra escrita, a la que inevitablemente hay que restituir acento y voz para que así sintamos que nos está dirigida. Con la palabra escrita tenemos que ir a encontrarnos a la mitad del camino. Y siempre conservará la objetividad y la fijeza inanimada de lo que fue dicho, de lo que ya es por sí y en sí. Mientras que de oído se recibe la palabra o el gemido, el susurrar que nos está destinado. La voz del destino se oye mucho más de lo que la figura del destino se ve. Y así se corre por los claros del bosque análogamente a como se discurre por las aulas, de aula en aula, con avivada atención que por instantes decae —cierto es— y aun desfallece, abriéndose así un claro en la continuidad del pensamiento que se escucha: la palabra perdida que nunca volverá, el sentido de un pensamiento que partió. Y queda también en suspenso la palabra, el discurso que cesa cuando más se esperaba, cuando se estaba al borde de su total comprensión. Y no es posible ir hacia atrás. Discontinuidad irremediable del saber de oído, imagen fiel del vivir mismo, del propio pensamiento, de la discontinua atención, de lo inconcluso de todo sentir y apercibirse, y aun más de toda acción. Y del tiempo mismo que transcurre a saltos, dejando huecos de atemporalidad en oleadas que se extinguen, en instantes como centellas de un incendio lejano. Y de lo que llega falta lo que iba a llegar, y de eso que llegó, lo que sin poderlo evitar se pierde. Y lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá; ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo, la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo quizá también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque. Y el silencio. Todo ello no conduce a la pregunta clásica que abre el filosofar, la pregunta por «el ser de las cosas» o por «el ser» a solas, sino que irremediablemente hace surgir desde el fondo de esa herida que se abre hacia dentro, hacia el ser mismo, no una pregunta, sino un clamor despertado por aquello invisible que pasa sólo rozando. «¿Adónde te escondiste?…» A los claros del bosque no se va, como en verdad tampoco va a las aulas el buen estudiante, a preguntar.

Y así, aquel que distraídamente se salió un día de las aulas, acaba encontrándose por puro presentimiento recorriendo bosques de claro en claro tras del maestro que nunca se le dio a ver: el Único, el que pide ser seguido, y luego se esconde detrás de la claridad. Y al perderse en esa búsqueda, puede dársele el que descubra algún secreto lugar en la hondonada que recoja al amor herido, herido siempre, cuando va a recogerse.

María ZambranoClaros del bosque. Edición de Mercedes Gómez Blesa. Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2011.

Imagen: Kiki SmithCathedral Wolf, 2012 | Arazzo Jacquard Tapestry, 2896 x 1905 cm | Courtesy the artist

Henry D. Thoreau. Todas las cosas buenas son salvajes y libres.

henry-thoreau_wild-things

 

«En una palabra todas las cosas buenas son salvajes y libres. Hay algo en unos acordes musicales, sean producidos por un instrumento o por la voz humana –por ejemplo, el sonido de una corneta en una noche de verano– que por su salvajismo, hablando sin ánimo de ironizar, me recuerda a las voces que profieren los animales salvajes en sus bosques originarios. Puedo entender mucha de su naturalidad. […] Me encanta, incluso, ver a los animales domésticos reafirmar sus derechos innatos, cualquier evidencia de que no han perdido del todo sus hábitos originarios y salvajes ni su vigor; como cuando la vaca de mi vecino se escapa del pastizal a principios de primavera y nada alegremente por el río, una corriente fría y gris de unas veinticinco o trenta pértigas de anchura, crecida por el deshielo. Es el bisonte cruzando el Mississippi. A mis ojos, esta hazaña confiere cierta dignidad al rebaño… tan digno de por sí. Las semillas del instinto se conservan bajo los gruesos cueros de las reses y los caballos, como la simiente en las entrañas de la tierra, durante un periodo indefinido

Henry D. Thoreau. Caminar. Trad. Federico Romero. Árdora exprés, 2001

 

Mente y realidad. Chantal Maillard

wu-tao-tse-wolken-ueber-den-bergen

 

Un día del año 792, Wu Daozi abrió una puerta en la montaña que acababa de pintar y desapareció tras ella. El emperador Xuan Zong no tuvo tiempo de seguirle.

Eliminar las diferencias entre realidad y ficción fue una de las metas de los pintores chinos en épocas pasadas. Mal comprendimos su enseñanza. Ver una representación como si fuese realidad es cuestión de entrenamiento. Ver la realidad como si fuese una representación también es cuestión de entrenamiento. Si con paciencia observamos, veremos cómo la mente construye lo que creemos realidad, aprenderemos sus reglas, comprobaremos su técnica y, quién sabe, puede que algún día seamos capaces de ser au(c)tores de nuestro mundo en vez de torpes marionetas.

Que la estructura mental responde a la lógica –logos– del universo no hay duda, pues ¿qué es el universo sino el nombre que le damos al conjunto de nuestras percepciones? Mente y realidad ¿no son acaso conceptos intercambiables?

 

Chantal Maillard. La mujer de pie. [La puerta de Wu Daozi]. Galaxia Gutenberg, 2016

Imagen: Pintura de Wu Daozi (680-740). Dinastía Tang.

 

La naturaleza dinámica del Tao. François Cheng

francois-cheng_caligraphe


La cultura china, por su duración, arrastró muchos avatares y elemen­tos petrificados que no hay que dudar en apartar. Su mejor parte radica en cierta concepción y cierta práctica de la vida, así como cierta expe­riencia de la belleza. Ningún chino está dispuesto a abandonar esta última parte, ya sea confuciano o taoísta, ya se haga budista, musulmán, o inclu­so marxista. Vale la pena detenerse un poco en ello.

La cosmología china se basa en la idea del Hálito, a la vez materia y es­píritu. Partiendo de la idea de Hálito, los primeros pensadores propusieron una concepción unitaria y orgánica del universo vivo en que todo está ligado y todo se sostiene. El Hálito primordial que garantiza la unidad original sigue animando todos los seres, ligándolos en una gigantesca red de entrecruzamientos y de engendramiento llamada Tao, la Vía.

En el seno de la Vía, la naturaleza del Hálito y su ritmo son ternarios, en el sentido en que el Hálito primordial se divide en tres tipos de hálitos que actúan de forma concomitante: el hálito Yin, el hálito Yang y el há­lito del Vacío medio. Entre el Yang, potencia activa, y el Yin, suavidad receptiva, el hálito del Vacío medio –que extrae su poder del Vacío original– tiene el don de impulsarlos a la interacción positiva, para que se produzca una transformación mutua, benéfica para ambos.

Desde esta óptica, lo que sucede entre las entidades vivas es igual de importante que las entidades mismas. (Esta intuición tan antigua coincide con el pensamiento de un filósofo del siglo XX: Martin Buber.) El Vacío toma aquí un sentido positivo, porque está ligado al Hálito; el Vacío es el lugar en que circula y se regenera el Hálito. Todos los seres vivos están ha­bitados por esos hálitos; sin embargo, cada uno está marcado por un papel más determinante del Yin o del Yang. Citemos, a modo de ejemplos, las grandes entidades que forman parejas: Sol-Luna, Cielo-Tierra, Montaña-Agua, Masculino-Femenino, etc. En correspondencia con esta visión taoísta, el pensamiento confuciano, como hemos visto anteriormente, tam­bién es ternario. La tríada Cielo-Tierra-Hombre afirma el papel espiritual que el hombre debe desempeñar en el seno del cosmos.

Esta concepción cosmológica basada en el Hálito conlleva principal­mente tres consecuencias que tienen que ver con el modo de captar el movimiento de la vida.

Primera consecuencia: debido a la naturaleza dinámica del Tao, y so­bre todo a la acción del Hálito que garantiza, desde el origen y de mane­ra continua, el proceso que va del no-ser hacia el ser (o el siendo) –en chino, del wu, “no hay”, hacia el you, “hay”–, el movimiento de la vida y nuestra participación en ese movimiento brotan siempre constante y mutuamente, como al principio. Dicho de otro modo, el movimiento de la vida se percibe en cada instante más como un advenimiento o un “giro” que como una mera repetición de lo mismo. Para ilustrar esta forma de comprensión, podemos citar como ejemplos dos prácticas que han atra­vesado el tiempo y han permanecido vivas: el taijiquan y la caligrafía.

Segunda consecuencia: el movimiento de la vida se encuentra preso en una red de constantes intercambios y entrecruzamientos. Podemos ha­blar de una interacción generalizada. Cada vida está ligada, aun incons­cientemente, a las demás vidas; y cada vida, como microcosmos, está liga­da al macrocosmos, cuya marcha no es sino el Tao.

meditacion-belleza Tercera consecuencia: en el seno de la marcha del Tao, que es todo menos una repetición de lo mismo, la interacción tiene como efecto la transformación. Más exactamente, en la interacción del Yin y del Yang, el Vacío medio, al drenar la mejor parte de ambos, los conduce a la trans­formación mutua, benéfica para uno y para el otro. Señalemos que el Va­cío medio actúa también en el tiempo. Si el río es la imagen del tiempo que fluye sin retorno, el pensamiento chino percibe que el agua del río, al tiempo que fluye, se evapora, asciende al cielo para convertirse en nube y vuelve a caer en forma de lluvia para realimentar el río en su fuente. Este movimiento circular impulsado por el Vacío medio es el de la renovación.

Trasladándolos al plano que nos ocupa, el de los modos de ser de la belleza, los tres puntos que acabamos de ver tienen sus respectivas corres­pondencias en los tres puntos siguientes:

– La belleza siempre es un advenir, un advenimiento, por no decir una epifanía, y más concretamente un “aparecer ahí”.

– La belleza implica un entrecruzamiento, una interacción, un encuen­tro entre los elementos que constituyen una belleza, entre esa belleza pre­sente y la mirada que la capta.

– De este encuentro, si es profundo, nace otra cosa, una revelación, una transfiguración, como un cuadro de Cézanne nacido del encuentro entre el pintor y la montaña Sainte-Victoire.

No todo el mundo es artista, pero todo el mundo puede ver su ser transformado, transfigurado por el encuentro con la belleza, puesto que la belleza suscita belleza, aumenta la belleza, eleva la belleza. El funciona­miento de la belleza también es ternario.

“La belleza es un aparecer ahí”, esta formulación puede sorprender. La belleza, si es, ¿acaso no viene ya dada, la veamos o no? ¿Por qué tiene que aparecer? Los chinos no pueden ignorar que existe una belleza “ob­jetiva”. Pero saben también que la belleza viva nunca es estática, ni se entrega totalmente. Como entidad animada por el Hálito, obedece a la ley del yin-xian, “oculto-manifiesto”. A imagen de una montaña oculta por la bruma, o de un rostro de mujer tras un abanico, su encanto reside en el desvelamiento. Toda belleza es singular y, según los momentos y las luces, su manifestación, por no decir su “surgimiento”, es siempre inesperado. Una figura de belleza, incluso una a la que estuviéramos acostumbrados, debería presentársenos cada vez como nueva, como un advenimiento. Por esta razón la belleza siempre nos conmueve. Hay bellezas llenas de una luminosa dulzura que, de repente, por encima de las tinieblas y del sufrimiento  nos remueven las entrañas; otras, surgidas de algún subterráneo, nos atrapan o nos arrebatan con su extraño sortilegio; otras, puro fulgor, subyugan, fulminan…

Hablaba antes de la montaña oculta por la bruma. Me recuerda la ex­presión “bruma y nube del monte Lu” que significa, en chino, una verdadera belleza, que es, como debe ser, misteriosa y “sin fondo”, como ya he dicho…

François Cheng, Cinco meditaciones sobre la belleza (fragmento de la Cuarta meditación). Trad. Anne-Hélène Suárez Girard. Ed. Siruela, 2007 (reed. 2012, 2016)

 Lofty_Mt.Lu_by_Shen_Zhou

Zhen Chou (1427-1509), El monte Lu. National Palace Museum, Taipei, Taiwan.


francois-cheng 

François Cheng nació en China en 1929. Es profesor del Institut National de Langues et Civilisations orientales de l’université Paris III. Traductor, escritor, poeta, calígrafo, es miembro de la Academia Francesa.

Muy recomendable también su libro Vacío y plenitud, publicado por Siruela en 1993.

https://es.wikipedia.org/wiki/François_Cheng