Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015
Fotografía: Rain. Vadim Trunov
Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015
Fotografía: Rain. Vadim Trunov
Chantal Maillard en el patio del museo Picasso de Málaga bajo una de las arañas de Louise Bourgeois donde ha estado impartiendo un taller de escritura creativa “Una o muchas arañas” en torno a la obra de la artista francesa. Para acompañar el evento, os dejo dos extractos como migajas de pan; el primero es sacado de su conferencia, En la traza, Pequeña zoología poemática, el segundo, de su último libro, La mujer de pie.
“… [La araña] pone en relación los puntos de referencia que escoge en su espacio y, entre ellos, teje su tela. El universo como tela mejor que como construcción. La madre araña en vez del demiurgo arquitecto. Lo prefiero. Femenizar el tópico: en vez de la producción del demiurgo, la subsistencia del insecto. El demiurgo produce, ofrece y pide cuentas; es la ideología del capitalismo. La araña segrega y reabsorbe; es la economía de la subsistencia.
Porque la araña no teje por placer, sino por necesidad. Al igual que el artista de los tiempos antiguos, la finalidad de su obra es exterior a la obra misma […]. Pero ¿quién actúa solamente por el placer de actuar sin atender al resultado? Y, por otra parte, en el caso del arte, ¿quién es la presa? ¿Quién, al sentirse atraído por la elasticidad de la trama, se acerca y se queda en ella prendido, preso? Tal vez se trate de eso que somos más allá del mí, de eso que somos todos, entre todos. todas las presas son la misma presa, reabsorbida una y otra vez por la araña. La madre araña. La gran diosa o el brahman –al que las upaniṣads comparan a una araña– que reabsorbe en sí las formas del universo, la diversidad ilusoria, los mí que somos todos en el gran escenario.
Sí, la araña, la tejedora, es, al fin y al cabo, una metáfora adecuada. El fin es exterior y propio al mismo tiempo. Nosotros somos la presa y también somos la araña, la tela y el acto de tejer.”
Chantal Maillard, La baba del caracol: 31-32. Vaso Roto Cardinales, 2014.
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“El cerebro segrega el pensamiento como el hígado segrega la bilis”, dijo el fisiólogo ilustrado y liberal Pierre J. G. Cabanis. Algo más tarde, ya avanzado el siglo XIX, exiliado en Suiza por razones políticas, Carl Christof Vogt, fisiólogo igualmente además de zoólogo y geólogo, afirmaba: “El cerebro segrega el pensamiento como el estómago segrega el jugo gástrico, el hígado la bilis y los riñones la orina”. Pero si bien estos científicos habían utilizar el verbo “segregar” para referirse a la función cerebral, no lo habían relacionado con el proceder de la araña. De la secreción orgánica a la secreción arácnido hay una conexión metafórica, y ésta la efectuaría Nietzsche al imaginar (pues de una imagen se trata) que producimos las nociones de espacio y tiempo con la misma necesidad con que la araña teje su tela, y al definir el concepto de “Dios” como la araña imperativa que legisla, oculta tras la tela de la causalidad. ¿Habría comentado Deussen con su amigo Nietzsche aquel sutra de la Mundaka Upanishad (1.1.7) que compara el proceder del Brahman con el de la araña: “Así como la araña (aksara) segrega su hilo y lo recoge […], así el universo surge del imperecedero”? Es posible.
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Friedrich Nietzsche (Genealogía de la moral): “Hybris es hoy en día nuestra actitud para con la naturaleza, la violencia que ejercemos sobre la naturaleza con ayuda de nuestras máquinas y la inventiva sin escrúpulos de técnicos e ingenieros; hybris, nuestra actitud para con Dios, quiero decir, para con alguna supuesta araña de imperativo moral y de finalidad que se oculta detrás del gran tejido, la gran red de la causalidad –podríamos decir, como decía Carlos el Temerario en su lucha contra Luis XI: ˝Je combats l’universelle araignée˝ [lucho contra la araña universal]–; hybris, nuestra actitud hacia nosotros mismos –pues experimentamos con nosotros como no nos permitiríamos hacerlo con ningún animal y, con satisfacción y curiosidad, diseccionamos viva nuestra alma: ¡qué nos importa ya la ˝salvación˝ del alma!”
Para combatir a la araña sin caer preso en su tela es menester tomar distancia. Pero ¿cómo, a un tiempo amigo y enemigo, observador y observado, situarse para ello?
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Luis XI de Francia era apodado “la Araña Universal” por su falta de escrúpulos para anexionarse los territorios pertenecientes a la nobleza feudal con toda clase de subterfugios.
La tela de la araña nunca excede la parte del territorio que ha de abarcar para saciar su hambre, y ésta no supera la necesidad que su cuerpo tiene para sostenerse en vida. El hambre de la mente, en cambio, es sin medida.
En el año 1476, Carlos el Temerario, último duque de Borgoña, perdió la batalla y la vida al sur de Nancy contra las tropas mercenarias de Luis XI.
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Mecanismos de expansión: cursos y dis-cursos /di-vagaciones / devaneos / dis-persiones / delirios.
Estimulada con una u otra sustancia, la araña teje de modo errático. Según el estado de su sistema neurológico, así será su tela.
Taladrada por la aguja-mezcal, la aguja-benzedrina, hidrato de cloral o cafeína, sigue salivando. Saliva sin cesar.
Araña errática que errante vaga, divaga, va. Trazando patrones extraños, extra-vagantes.
La araña errática delira: se sale del surco, línea o trazo pre-tendido. Y así abre espacios no inteligibles, hermosos de tan poco inteligibles.
La belleza de lo errático consiste precisamente en el diseño alterado de la tela.
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A imagen de la araña cósmica (akṣarabrahman), la mente de cada cual segrega su universo. Elabora la red siguiendo un orden lógico aunque, más a menudo, deja que se construya por la inercia de las asociaciones y la contigüedad.
Incontinencia del órgano mental. Araña siempre despierta -nunca vigilante- ensalivando día y noche. Sin fin ni provecho.
Al final de la vida, un hilo de saliva queda detenido al borde de los labios.
Chantal Maillard. La araña / La saliva, in La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015
Dijo Chuang tse: “Procura que lo humano no destruya lo celestial que hay en ti; procura que lo intencional no destruya lo necesario”. Lo celestial era, para Chuang Tse, esa capacidad que tiene todo ser de actuar de forma espontánea y natural, sin necesidad de someter a juicio sus movimientos. La que, por ejemplo, hace que el ciempiés pueda caminar sin tener que pensar qué pata adelantará primero. Cuando se trata de un animal, a esa capacidad la llamamos instinto, cuando de un ser humano, intuición. Cuánto menosprecio en estos términos con los que designamos lo que escapa a nuestra envanecida inteligencia. La mente (la diferenciadora) y la razón (la que ordena las diferencias) separan unas frutas de las otras y las disponen en cestos distintos para luego venderlas y sacar beneficio. Pero lo que hace crecer una manzana, el misterioso impulso de la igualmente malentendida “naturaleza” que hace brotar de la semilla la fruta que nos sustenta, esa fuerza, esa magia que a todos nos sostiene, ¿acaso logran entenderla?
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“Una marioneta nunca se andaría con melindres” escribía Heinrich von Kleist en un opúsculo sobre el teatro de marionetas. Entendía que la afectación aparece “cuando el alma (la vis motrix) se sitúa en algún punto distinto del centro de gravedad del movimiento”. Cuando la conciencia, que habría de integrarse y perderse en el movimiento, se retira y enfoca al cuerpo que se mueve, se produce un desdoblamiento: algo que de sí retrocede y de lejos atiende a aquello que se mueve, que se sigue moviendo, aunque ya “sin alma”.
Es propio de la razón pretender tomar las riendas de los actos, dirigirlos. Al hacerlo, a menudo obstaculiza el movimiento que sin su intervención se realizaría con justeza. La torpeza adviene cuando la voluntad se empeña en realizar tareas de las que la naturaleza saldría airosa sin su concurso.
El oso del relato de Kleist, además de parar todos los lances de un buen espadachín, no se dejaba engañar por las fintas; tan sólo atendía a los empeños cuya intención era dar en el blanco. Para convertir la técnica en arte, el espadachín ha de olvidar la técnica después de haberla aprendido: el artificio ha de tornarse natural; el oso no necesita dar ese rodeo. Atento a la intención, atento a la auténtica voluntad del otro y no al gesto fingido, lejos de ser una marioneta, el animal acierta. Su atención sin doblez, sin re-flexión, no desvía ni desdobla la energía que ha de estar toda entera al servicio de la acción. La “gracia” del animal, como denominaba Kleist a esta capacidad, es una integridad.
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“Amaestrar” se dice en francés élever, que literalmente significa “elevar”. El verbo también se utiliza en el sentido de “educar”. Al educar a un niño se le eleva a la condición de adulto, de la misma manera que al amaestrar a un oso se le eleva a la condición humana. Los fines ciertamente difieren (enorgullecerse del primero, burlarse del segundo), pero en ambos casos se trata de elevar al que se supone inferior haciéndole adoptar saberes o maneras de quienes se creen superiores. ¡Qué no pudiesen esos maestros elevarse al saber de las bestias y reconocer la poca valía de sus propios saberes!
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Existe una conciencia ajena tanto a la voluntad como al razonamiento que, aun oscurecida por la conciencia común, vigila. Es aquella que sabe más que tú, que te despierta del sueño si se lo pides, o te avisa en caso de peligro. No es el grillo del cuento, no es moral, no te reprende, acusa o atormenta cuando no coinciden tus actos con las normas inculcadas. Aconseja. No pongas allí las llaves, advierte la voz, endeble, inmediatamente acallada, obviada por la mente demasiado ocupada en sus quehaceres. Al día siguiente, las llaves se han perdido. ¡Si es que lo sabía!, te dices con enojo. ¿Quién o qué lo sabía? Algo de ti te avisó, claramente. Algo que sabe más que tú, que yo, ese yo ciego siempre ocupado en tareas importantes, incapaz de atender, de oír, incapaz de humildad. Algo que, al no estar entorpecido por la voluntad y el ansia, a lo mejor simplemente baraja los datos de manera más ágil. Tan irrisorios los cálculos a los que la razón alcanza.
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Dar con la palabra adecuada en el discurso siempre me ha parecido una proeza. Cuando ocurre y sale, fácil, de mi boca, nunca me atribuyo tal hazaña. Es “ello” lo que lo hace posible, justo allí, en el momento en que dejo de intentar dirigir el proceso. Ahora, al observar mis gestos: aquel, por ejemplo, con el que respondo al saludo de alguien, aquel que guía mi mano mientras escribo, aquel con que evito un obstáculo mientras camino, todos esos gestos “mecánicos”, “aprendidos”, “instintivos”, se me antojan de la misma naturaleza que aquellos aciertos discursivos. Ello es lo que procura la corrección del acto. Y a donde no acude, indefectiblemente, fallo.
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El ser humano, escribió Michel de Montaigne “se atribuye cualidades divinas, se elige a sí mismo y se separa de la multitud de las demás criaturas, divide las raciones para los animales, sus congéneres y compañeros, y les reparte la posesión de facultades y de fuerzas que a él le parece. ¿Cómo conoce, mediante el esfuerzo de su inteligencia, los movimientos internos y secretos de los animales? ¿De qué comparación entre él y nosotros deduce la necesidad que les atribuye?”
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Cicerón coincidía con Platón en la idea de que lo que diferencia a los humanos del resto de los seres vivos es la memoria, una memoria infinita. Hay en todos los seres, en efecto, una memoria infinita que conserva el recuerdo, la huella, de las primeras moléculas que formaron las galaxias. Todos los estados de la materia están presentes en el código de cada ser que vive. Y no, no es ella la que nos diferencia de las demás especies. Ningún infinito nos distingue, sino esa costumbre estéril que tiene lo mental de adherirse a sí mismo invitándonos a contemplar una y otra vez su personal historia, con la que teje sobre el Antes la red tupida del olvido. Homo sapiens obliviosus es la fórmula con la que nos define Michel Serres.
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Cuánta literatura empeñada en adornar los impulsos que, no obstante, compartimos con el resto de los seres. Cuánta necesidad de creer que nuestra voluntad es lo que guía nuestros actos. Hablamos de sentimientos para dignificar en nosotros las pulsiones que en el animal consideramos instinto. ¿Por qué no dignificar al animal, su inocencia al seguir sus impulsos, la destreza del gesto no interferido por el juicio? Dignifiquemos la naturaleza, si es que necesitamos que algo sea digno. El juicio y el razonamiento no son sino la habilidad defensiva que el más desvalido de los seres adquirió en el periplo; y la autoconciencia, una desdichada consecuencia de su extralimitación.
En cuanto a la vida: el ciclo del hambre y su tormento, no habrá conciencia libre que ante ella no sea presa de la más honda indignación.
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En la mano, el animal que llevo dentro. Sin segundas intenciones, inmediato, confiado, brutal si llega el caso, pero tierno, amable siempre incluso cuando muerde. El animal está en la mano. La mano que me dice antes que yo. Terminación del gesto y del aliento que prolonga mi cuerpo todo entero, me prolonga. En unas ocasiones apoya el decir y lo despliega; en otras mitiga su gravedad. La mano es mi animal interior.
Chantal Maillard. La mujer de pie. Ed. Galaxia Gutenberg, 2015
Photo: © N. Nikita

En este artículo se comentan los siguientes libros de Henry David Thoreau: “Musketaquid”, traducido por Miguel Ros González y publicado por Errata Naturae; “El Diario”, traducido por Ernesto Estrella para Capitán Swing; “Thoreau. Biografía esencial”, de Antonio Casado da Rocha (Acuarela & A. Machado) y “La vida sublime”, cómic con textos de Maximilien Le Roy e ilustraciones de A. Dan. Ha sido publicado por Impedimenta.
Las viñetas que ilustran este texto pertenecen al libro “La vida sublime”.
Por Emma Rodríguez. En este enlace encontraréis el artículo completo: http://lecturassumergidas.com/2014/03/28/el-rio-de-las-contemplaciones-henry-david-thoreau-ii_/
“De nuevo quise volver a Thoreau y hacerlo como la primera vez, totalmente libre de ideas preconcebidas. De nuevo quise recobrar el asombro de antaño ante una obra pródiga en deslumbramientos. Si me dieran la oportunidad de viajar en el tiempo, de visitar una época, un lugar, no lo dudaría: Concord (Massachusetts) en los tiempos que allí vivió el autor de “Walden”, a mediados del siglo XIX. Si un geniecillo salido de una lámpara mágica me diese la oportunidad de pedir un deseo, ese deseo sería poder realizar un paseo por el río en su compañía, charlando sobre los peces y los pájaros, sobre las inconsistencias de las cosas del mundo y ese prodigio del mero hecho de existir que tanto nos suele pasar desapercibido.
Henry David Thoreau es un río en sí mismo, un río caudaloso, imposible de domesticar. Son tantos los trechos a los que conduce, son tantos los secretos que guardan sus aguas, serenas unas veces, agitadas otras, que no nos cansamos de seguir su curso, confiados en encontrar esos incomparables destellos de verdad, esa energía necesaria para enfrentarnos a unos tiempos tan fronterizos, tan turbulentos, como los que él vivió. Muy presente la imagen del hombre solitario en su cabaña en el bosque que protagoniza el célebre “Walden”, muy cerca de la actitud rebelde de quien no se sometió a las reglas de la sociedad de su tiempo y alentó la “Desobediencia Civil”, título de una obra que hoy sirve de brújula a ciudadanos desesperanzados y escandaliza a políticos que cierran los ojos ante el dolor ajeno, me dispuse a abrir otras rutas, a acercarme a recodos para mí aún inexplorados.
Atenta a los reflejos que las aguas del río me iban devolviendo, me fui encontrando con todos los posibles Thoreau. Saludé al amante de la naturaleza y precursor de los movimientos ecologistas y también al pionero del activismo, que no dudó en negarse a pagar impuestos y defendió a los esclavos del yugo de sus amos, pero, sobre todo, pude observar más de cerca al hombre despegado de su leyenda, y al poeta.

El punto de partida no podía ser otro que “Musketaquid”, la bellísima narración que acaba de publicar por primera vez en nuestro país Errata Naturae y que da cuenta del viaje que Thoreau emprendió en compañía de su hermano John siguiendo las corrientes de los ríos Concord y Merrimack. Fue ese apasionante paseo en barca el que me llevó a querer saber más y me abrió las puertas al imprescindible “Diario” de este hombre múltiple, compilación realizada por Capitán Swing, y a la deliciosa “Biografía esencial” de Antonio Casado da Rocha (Acuarela & Antonio Machado). Todo ello acompañado de “La vida sublime”, un fabuloso cómic, con textos de Maximilien Le Roy y dibujos de A. Dan, que Impedimenta ha puesto en las librerías y que es una oportunidad magnífica para iniciarse en Thoreau, para acercarse a sus claves, para contagiar a los más jóvenes su amor a la naturaleza y su saludable negativa a aceptar las injusticias y a obrar dignamente en cada momento, aceptando las propias contradicciones y huyendo de las mentiras institucionalizadas. […]
Si algo llama la atención desde un principio en “Musketaquid”, denominación que los pobladores indios dieron al río Concord y que alude a su cualidad “herbosa”, es la poesía que emana de sus páginas, esa capacidad del viajero Thoreau para buscar los significados ocultos tras la hojarasca de la vida, algo también perceptible en “Walden”, que llegó después y que sin duda bebe de los descubrimientos de esta primera incursión. En manos de Thoreau el lenguaje se aclara, se vuelve agua, se confunde con la corriente del río que lo lleva. Y de las manos, de lo que toca, al corazón que siente y a la mente que va desplegando los frutos de su discernimiento. “¿Quién escucha a los peces cuando lloran?” se pregunta el Thoreau poeta, invitándonos a despertar nuestros sentidos aletargados y a disfrutar de las maravillas del entorno. […]
Thoreau reconoce el anhelo de su naturaleza “hacia todo lo salvaje”, se pregunta qué tiene él que ver con los arados y sigue argumentando: “La jardinería es cívica y social, pero carece de la libertad del bosque y el forajido (…) Hablamos de civilizar al indio, pero ésa no es la palabra que le conviene. A través de la independencia cautelosa y la discreción para la vida en los bosques, conserva su relación con sus dioses originales, y de cuando en cuando se le permite establecer una relación excepcional y peculiar con la Naturaleza. Parece beneficiarse de una protección de los astros desconocida en nuestros salones”.

Hay motivos de sobra para admirar a Thoreau: su filosofía, su originalidad, sus experiencias, su compromiso con los conflictos de su tiempo, su desprecio de los pretenciosos, de los sumisos, de los que anteponen el tener al ser. Y también: su espíritu contemplativo y a la vez combativo, el ímpetu de una obra de fuerte carga espiritual y literaria, sin dejar de lado el combate, sin temor a inmiscuirse -cuando tocaba- en los agrios asuntos de la política. “Resulta que no quiero que se me asocie con Massachusetts, ni con la posesión de esclavos, ni con la guerra de México”, dejó dicho.
Hay en este naturalista, agrimensor, hacedor de lápices en el negocio familiar, conferenciante, amante de la soledad, pero también de la buena conversación, rico en saberes y convencidamente pobre en posesiones, un gran conocimiento de los mitos, de los poetas y pensadores clásicos. Hay en él una profunda identificación con las creencias y filosofías orientales.”Aquellos sabios orientales pasaron infinidad de años y edades divinas contemplando a Brahma, pronunciando en silencio el místico “Om”, siendo absorbidos en la esencia del Ser Supremo, sin salir nunca de ellos mismos, sino adentrándose más allá y con más profundidad en su interior…”, sigo sus palabras. “La filosofía oriental se acerca sin problemas a temas más elevados que aquellos a los que aspira la moderna”, dice en otro momento, valorando el arte de la paciencia y de la contemplación.

“A fin de cuentas, ¿en qué consiste el carácter práctico de la vida? Las cosas que hay que hacer de manera inmediata son harto triviales, y podría posponerlas todas para oír cantar a este grillo. El hecho más glorioso de mi experiencia no es algo que he realizado o que deseo poder hacer, sino un pensamiento, una visión o un sueño efímero que he tenido. Cambiaría toda la riqueza del mundo, y todas las gestas de los héroes, por una sola visión verdadera. Pero, ¿cómo puedo yo, fabricante de lápices en la tierra, comunicarme con los dioses sin convertirme en un loco?”, decido guardarme, tener muy presente este mensaje que llega a mí a través del cauce de un río subterráneo, misterioso. […]
Leer sus anotaciones en el transcurso de los días produce en mí un efecto benefactor, desintoxicante. A través de la mirada fresca, de las palabras transparentes de Thoreau, puedo trasladarme a otros paisajes, abandonar la ciudad convulsa, llenarme los pulmones de aire fresco. Este volumen, tan intenso, tan lleno de las verdades que su autor se fue encontrando en el camino de la vida, es una compañía a la que sé que voy a recurrir con frecuencia. “Todo en la naturaleza nos enseña que la extinción de una vida es lo que abre espacio para la aparición de otra”, subrayo estas líneas, esta esclarecedora explicación sobre lo que muere y renace.
Estos apuntes, impresiones, comentarios, referencias, destellos de poesía, son, en cierto modo, el pozo del que el escritor extrajo el agua que riega toda su obra. La veneración por los indios, desarrollada en “A week” -“Musketaquid”- está aquí. “Más allá de los poetas perseverantes, el indio ha sido del todo olvidado”, apunta. “Le tengo bastante simpatía al indio y a los cazadores. Me parecen gente distinta y del todo respetable, nacidos para deambular y cazar, no para ser inoculados con el crepúsculo de civilización del hombre blanco”. […]

“El Diario” se puede leer de una tirada, en distintas jornadas, pero también es una de esas entregas que se prestan a que abramos sus hojas cada día al azar, a ver qué nos encontramos. Pruebo a hacerlo, a detenerme en cada una de las piezas que me salen al paso. […]
“Una ola de felicidad fluye sobre nosotros como sol sobre un campo”, anotó Thoreau el 7 de agosto de mediados del siglo XIX y ahora, casi dos siglos después, llega a mí como recién nacido. Sus apuntes, reflexivos muchas veces, impresionistas o trazados en ocasiones a la manera de aforismos, funcionan como pequeñas lecciones para afrontar el día a día, para sentir el paso del tiempo sin aspavientos, con la mirada serena.
“Me siento dichoso. Me encanta mi vida. Mi calidez se extiende a toda la naturaleza alrededor”, dice en otro momento en el que percibe haber sido premiado por los dioses “por saber esperar la llegada de horas mejores”. Thoreau habla de sus emociones, de sus estados de ánimo, de su yo, pero también se dirige en numerosas ocasiones al nosotros. Nos dice que “por lo común, no vivimos nuestras vidas con plenitud”, que “no llenamos de sangre todos nuestros poros”, que “no inspiramos y expiramos lo suficientemente a fondo, como para que la ola -grande o pequeña- de cada inspiración ruede hasta que se encuentra con la arena que nos limita, rompiendo contra nuestras costas más lejanas y devolviéndonos el sonido del oleaje”. “¿Por qué no nos abandonamos a la inundación, abriendo las compuertas, poniendo todas nuestras ruedas en movimiento?, nos pregunta. Probemos a hacerlo. Sintámonos dichosos con Thoreau. Abramos la ventana para que penetre el aire fresco, renovador, de la vida que no renuncia a expandirse.
Louise Bourgeois nació en París en 1911, en el seno de una familia acomodada que regentaba un taller de restauración de tapices medievales y renacentistas. En 1938 parte hacia Estados Unidos, en donde residirá el resto de su vida. Miembro del American Abstract Artists Group, obtuvo el reconocimiento de la crítica y el éxito comercial tras la retrospectiva que le organizó el MoMA en 1982, habiendo cumplido ya los setenta y un años. Su producción, original y compleja a la vez que diversa y fascinante, aborda la memoria, la sexualidad, la maternidad, las relaciones humanas y la búsqueda de equilibrio.
La carrera de Louise Bourgeois presenta una serie de coincidencias con la de Pablo Picasso: ambos crearon la mayor parte de su obra en otro país; la innovación y la experimentación es una constante en sus longevas trayectorias; y la obra de ambos es una referencia ineludible para las generaciones de artistas posteriores.
“LA ESCULTURA ES EL CUERPO, MI CUERPO ES LA ESCULTURA“ L.B.
Escultura, dibujo, pintura, instalación, la artista abordó todos los géneros, creando una obra autobiográfica singular, lírica y radical. Bourgeois concibió esculturas en diversos formatos, creó sugerentes dibujos y grabados, y construyó inquietantes instalaciones. En un mundo en el que la mujer ha estado considerada como artista de segunda categoría, su obra ha asumido una emblemática presencia hasta el punto de estar considerada como la mujer artista más importante de nuestro tiempo.
A partir de sus figuras esculpidas en madera en los años 40, Louise Bourgeois experimentó con la representación de fragmentos del cuerpo humano. Pero serán sus famosas arañas de bronce las que le harán mundialmente célebre, por lo que para la ocasión se ha instalado en el Museo Picasso Málaga la escultura Araña (1996), de casi 8 metros de diámetro y más de 3 metros de altura. La artista representó así a su madre: como una enorme arácnida, paciente, protectora e incansable tejedora, en directa alusión al oficio que ésta desempeñó en el taller familiar de restauración de tapices.

“HE ESTADO EN EL INFIERNO Y HE VUELTO. Y PERMÍTEME DECIRTE, FUE MARAVILLOSO” L.B.
Esta retrospectiva en el Museo Picasso Málaga muestra 101 obras de Louise Bourgeois, realizadas entre la década de los años 40 y 2009. Cuarenta y seis esculturas de bronce, tejido, látex y aluminio, una celda y una pintura se exponen junto a cincuenta y tres obras en papel y textiles, muchas de ellas de gran formato o realizadas en series. Dividida en nueve secciones – La fugitiva, Soledad, Trauma, Fragilidad, Estudios naturales, Movimiento eterno, Relaciones, Dar y recibir y Equilibrio- la selección de obras de esta exposición engloba la complejidad de su trabajo.
Como antesala de la exposición, los visitantes podrán acceder a Louise Bourgeois: Photo Album, un recorrido por la vida de la artista a través de fotografías. Además, se proyecta el documental que Nigel Finch dirigió en 1994 para la BBC, `Louise Bourgeois: No Trespassing´, así como un audiovisual producido por el Museo Picasso Málaga con entrevistas a Jerry Gorovoy, presidente de la fundación Louise Bourgeois, The Easton Foundation, Nueva York; a la comisaria de la exposición, Iris Müller-Westermann; y al director artístico del Museo Picasso Málaga, José Lebrero Stals.
Comisariada por Iris Müller-Westermann y organizada con el Moderna Museet, esta retrospectiva aúna más de cien obras de arte realizadas a lo largo de siete décadas, un tercio de las cuales nunca antes ha sido expuesto.
Tras Sophie Tauber-Arp. Caminos de vanguardia (octubre 2009-enero 2010) e Hilma af Klint. Pionera de la abstracción (octubre 2013-febrero 2014), el Museo Picasso Málaga aborda de nuevo una retrospectiva que pone en valor el trabajo artístico de la mujer en la historia del arte.
La novela de Siri Hustvedt, El mundo deslumbrante, está publicada por Anagrama.
Su protagonista es Harriet Burden, personalidad semiolvidada de la escena artística neoyorquina de los ochenta, convertida tras su muerte en objeto de estudio por parte de críticos y académicos. Más que como artista, fue conocida como esposa del poderoso marchante Felix Lord y anfitriona de deliciosas fiestas que reunían a toda la intelectualidad de Manhattan. Hasta que, en el tramo final de su vida, Harriet decidió orquestar un curioso experimento: se sirvió de tres hombres que le sirvieron de fachada para presentar sus propias creaciones ante el mundo. Escondida tras el rostro de jóvenes de perfil multirracial y sexualidad líquida, Harriet fue aclamada inmediatamente como una artista magistral.
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/02/10/babelia/1423588894_498866.html
En el siguiente enlace tenéis una reseña de esta novela escrita por Emma Rodríguez:
Esta novela es un campo absolutamente abierto, una pieza múltiple que adquiere, por momentos, la forma de una biografía, de un ensayo, con notas a pie de página incluidas, o de una crónica periodística. A través de su personaje principal, una mujer inteligente, inquieta y muy culta, la escritora nos habla de arte, de literatura, de filosofía, de Historia, de psicología, de neurociencia… Imposible dar cuenta de todo lo que abarca.
Consciente de los indudables logros del movimiento feminista, la escritora nos remite al pasado, pero también nos habla de un presente que no ha acabado de desprenderse de todas esas rémoras pese a la cada vez mayor presencia femenina en el panorama artístico, un presente en el que las presiones a las que se ven sometidas las mujeres siguen siendo llamativas. Y podemos hablar del ninguneo, de la condescendencia, de la catalogación de la obra como excesivamente sensible o sentimental.
El año anterior, en el 2013, Hustvedt publicó un libro de ensayos Vivir, pensar y mirar que me parece muy complementario a la novela (o viceversa).
En él exploraba tres núcleos temáticos sobre los que la escritora estadounidense ha reflexionado y escrito casi obsesivamente: la propia experiencia vital y las raíces familiares (la memoria, la emoción, la imaginación, la migraña…), los enigmáticos mecanismos del cerebro (la filosofía, la neurociencia, el psicoanálisis, la lectura y la escritura…) y los impactos visuales de las artes plásticas (nuestro modo de mirar, las emociones que nos transmiten…). Para ello reflexiona sobre artistas muy diferentes y alejados en el tiempo, desde el maestro de la escuela sienesa Duccio di Buoninsegna o Goya y su uso de la violencia hasta las transgresoras propuestas de Louise Bourgeois, Kiki Smith, Gerhardt Richter, Annette Messager o Margaret Bowland, pasando por el ascetismo de los bodegones de Morandi o el poder evocador de las fotografías viejas.
Francesc Deulofeu, Jane Goodall i Martí Boada Foto: DBM
La primatòloga, etnòloga i antropòloga britànica Jane Goodall ha signat un document de suport al Museu Europeu del Bosc que s’està desenvolupant a Sant Celoni, acompanyada de l’alcalde Francesc Deulofeu i el científic Martí Boada. Goodall, que és a Barcelona amb motiu del Premi Internacional Catalunya 2015 que li atorga avui la Generalitat, s’ha volgut comprometre amb el projecte “per la repercussió que tindrà sobre el territori i per el prestigi de les persones que l’impulsen”, com és el cas de Boada, amb qui té amistat.
“El suport del prestigi rotund de Jane Goodall al Museu europeu del Bosc és d’un valor incalculable: això ens esperona a seguir treballant per fer-lo realitat i situar Sant Celoni internacionalment des d’un àmbit responsable, sostenible i modern com és el de la natura“, explica l’alcalde.
Durant la trobada, l’Institut Jane Goodall i l’ajuntament de Sant Celoni han iniciat altres línies de col·laboració, com una campanya que vincula el reciclatge dels dispositius mòbils amb la guerra i la desforestació treballant amb les escoles o una investigació sobre el suro.
Els resultats de més de 40 anys d’investigacions de Goodall, que és doctora en Etologia i doctora honoris causa per més de 45 universitats de tot el món, han revolucionat el món científic.
Feu clic per accedir a 14380019641507_Suport_Jane_Goodall.pdf