El poder del perro. Jane Campion

El Poder del perro (The power of the dog), una adaptación de la novela de Thomas Savage de 1967, es llevada al cine por la directora neozelandesa Jane Campion, quien regresa al mundo de las películas luego de una década de haber estado alejada. La película ganó el León de Oro en Venecia y el público ovacionó de pie al actor inglés Benedict Cumberbatch, que regala una de sus mejores actuaciones.

Título original: The Power of the Dog, 2021, Australia

Dirección y guión: Jane Campion

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Ari Wegner

Reparto: Benedict CumberbatchJesse PlemonsKirsten DunstKodi Smit-McPheeThomasin McKenzieFrances ConroyKeith CarradineGeneviève LemonPeter CarrollAdam BeachKarl WillettsYvette ParsonsTatum Warren-Ngata, ver 23 más

Productora Coproducción Australia-Reino Unido-Nueva Zelanda; See-Saw Films, Max Films Productions, BBC Films, Brightstar Films, Max Films International, Cross City Films. Distribuidora: Netflix

https://www.infobae.com/que-puedo-ver/2021/12/04/el-poder-del-perro-benedict-cumberbatch-en-el-mejor-rol-de-su-carrera/

https://www.elantepenultimomohicano.com/2021/09/critica-el-poder-del-perro.html

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El ciclo. Solsticio de invierno 2021

Debido a que la Tierra está inclinada sobre su eje de rotación, experimentamos las estaciones. A medida que la Tierra se mueve alrededor del sol, cada hemisferio experimenta el invierno cuando se aleja del Sol y el verano cuando se inclina hacia el Sol. Este año 2021, la hora exacta del solsticio de invierno, la entrada del Sol en el signo zodiacal de Capricornio, será el martes a las 15:59, hora universal coordinada (UTC), de acuerdo con EarthSky.org y el Almanaque del Granjero. Eso es casi seis horas más tarde que el año pasado.

Los pueblos antiguos cuya supervivencia dependía de un conocimiento preciso de los ciclos estacionales conmemoraban este primer día de invierno con elaboradas ceremonias y celebraciones. Espiritualmente, estas celebraciones simbolizan la oportunidad de renovación, un abandono de los malos hábitos y sentimientos negativos y un abrazo de esperanza en medio de la oscuridad a medida que los días comienzan a alargarse una vez más.

Muchas culturas y religiones celebren un día festivo, ya sea Navidad, Hanukkah, Kwanzaa o festivales paganos, que coinciden con el regreso de los días más largos. Muchos de estos antiguos símbolos y ceremonias del solsticio de invierno siguen vivos en la actualidad o se han incorporado a tradiciones más nuevas. Estos son algunos de ellos:

Alban Arthan

En el idioma galés, “Alban Arthan” significa “Luz del invierno”, según el Almanaque del Granjero. Podría ser el festival estacional más antiguo de la humanidad. Como parte de las tradiciones druídicas, el solsticio de invierno se considera una época de muerte y renacimiento.

Newgrange, un monumento prehistórico construido en Irlanda alrededor del 3200 a. C., está asociado con el festival Alban Arthan.

Saturnalia

En la Antigua Roma, Saturnalia comenzaba el 17 de diciembre y se prolongaba durante siete días. Honraba a Saturno, el dios romano de la agricultura. La gente disfrutaba de festividades de carnaval que se asemejaban a las celebraciones de Mardi Gras modernas e incluso retrasaban la guerra. Saturnalia continuó en los siglos III y IV d.C.

A medida que el Imperio Romano cayó bajo la influencia cristiana y un eventual mando, algunas de las costumbres del festival se fusionaron con las celebraciones en torno a la Navidad y el Año Nuevo.

Dongzhi

No solo los antiguos europeos conmemoraban la ocasión anual. El Festival del Solsticio de Invierno de Dongzhi tiene sus raíces en la antigua cultura china. El nombre se traduce aproximadamente como “extremo de invierno”.

Pensaban que este era el ápice del yin (de la teoría de la medicina china). Yin representa la oscuridad, el frío y la quietud, por lo que es el día más largo del invierno. Dongzhi marca el regreso del yang y el lento ascenso de la luz y el calor. Los dumplings, bolas de masa hervida, se comen generalmente para celebrar en algunas culturas de Asia oriental.

¡Os deseo a todas.os un feliz solsticio y buenas celebraciones para este final de año!

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Imagen: https://www.facebook.com/nywolforg

Memoria | Apichatpong Weerasethakul

El director de ‘Tropical Malady’ presenta una odisea sensorial, eminentemente sonora, que explora las nociones de memoria personal, histórica e interplanetaria.

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Memoria

Escrita y dirigida por Apichatpong Weerasethakul

Co-producida internacionalmente por Colombia, Tailandia, Reino Unido, México, Francia, Alemania, Qatar, 2021.

Protagonizada por Tilda Swinton, Elkin Díaz, Jeanne BalibarJuan Pablo Urrego, Agnes Brekke y Daniel Giménez Cacho.

Tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Cannes el 15 de julio de 2021.

Premio del Jurado en Cannes 2021

Mejor Película en el Festival de Cine de Chicago 2021

Sección oficial en el Festival de Cine Europeo de Sevilla

ESTRENO EN CINES: primer semestre de 2022

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https://www.fotogramas.es/festival-de-cannes/a37050088/cannes-2021-memoria-apichatpong-weerasethakul/

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Maneras de estar vivo. Baptiste Morizot

Hace mucho tiempo surgió una especie que decidió separarse de las otras diez millones de especies que habitaban la Tierra: aunque todas eran necesariamente sus parientes, optó por llamarlas «la naturaleza», y así empezó a verlas como cosas, meros recursos a su disposición.

Este relato es nuestra herencia, y su inimaginable violencia ha dado lugar a la actual y devastadora crisis ecológica. El presente libro pretende dar un golpe de timón frente a esta situación: armar (en el doble sentido de la palabra) una filosofía de los seres vivos que sea tanto una política como una praxis.

Para ello Morizot se aleja de toda creación convencional de pensamiento, pues su filosofía surge de la práctica sobre el terreno y de la experiencia del rastreo. Morizot no es un naturalista al uso. Ni siquiera un biólogo. Es un filósofo que reflexiona sobre lo vivo como ningún otro que hayas leído, un perseguidor que puede pasar largas jornadas rastreando a una manada de lobos o noches enteras esperando a que un oso aparezca en la pantalla de una cámara térmica. Entre el thriller etológico y la filosofía salvaje, con las botas perdidas de barro, oliendo a sudor y a bosque, Morizot trata de ofrecer respuesta a las preguntas que hoy de verdad nos importan:

¿Cómo reconectar con los seres vivos mediante una ecosofía sencilla, resiliente y alegre?

¿Cómo oponer al tecnocapitalismo una reactivación de nuestras propias fuerzas vitales anestesiadas?

¿Cómo sustituir la pulsión de control y domesticación por un ethos del encuentro y la acogida?

¿Cómo comportarse de un modo adecuado con todo aquello que vive y, sin embargo, difiere de nosotros?

¿Cómo construir colectivamente un planteamiento político que aúne la imprescindible convivencia con los otros seres vivos y la lucha sin cuartel contra aquellos que destruyen el tejido de la vida?

Baptiste Morizot, Maneras de estar vivo. LA crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Trad. Silvia Moreno Parrado, Ed. Errata Naturae, 2021.

«Baptiste Morizot, auténtico filósofo de campo, es sin duda la referencia intelectual del actual pensamiento ecológico. No sólo inventa un nuevo cosmopolitismo, sino que dibuja una nueva y esperanzadora diplomacia de lo salvaje». Nicolas Truong, Le Monde

«Baptiste Morizot lidera una batalla cultural para repensar la convivencia entre el ser humano y el animal, uno de los grandes temas del siglo XXI». Mathieu Vidar, France Inter

«Maneras de estar vivo es un ensayo extraordinario. En él, el filósofo Baptiste Morizot, figura emergente del pensamiento ecológico, da un vuelco a los marcos habituales de interpretación de la crisis de la biodiversidad y nos invita a repensar radicalmente nuestra relación con los seres vivos no humanos que nos rodean». Mathieu Dejean, Les Inrockuptibles

«Maneras de estar vivo nos propone un nuevo humanismo descentrado que se desarrolla mediante una forma rica y original de investigación en la frontera de la literatura, la etología y la filosofía». Alexandre Gefen, Le Nouveau Magazine Littéraire

Cristina Peri Rossi, Premio Cervantes 2021

Cristina Peri Rossi nació el 12 de noviembre de 1941 en Montevideo (Uruguay); es una escritora que cultiva la narrativa y la poesía.
Durante la dictadura militar de Uruguay se exilió en España, país donde vive desde entonces y donde ha trabajado como articulista en diferentes publicaciones tales como “El País” y “El Mundo”. Como escritora se ha destacado por su obra “La nave de los locos“, una obra que deja en evidencia los crímenes de las dictaduras militares en latinoamérica, con una visión un tanto surrealista.
En lo que se refiere a poesía, en el 2008 recibió el Premio Loewe con su obra “Play Station“. Otras de sus obras publicadas son “Descripción de un naufragio” y “Europa después de la lluvia“, “Invitación” y “Palabra“.
Cristina asegura que su casa es la literatura, que no sabe vivir en este sistema para ganar dinero y que por eso se aferra a las letras porque está convencida de que es lo único que no pueden arrebatarle. Y esa pasión y esa entrega son las responsables de que haya podido conquistar tierras extranjeras, consiguiendo que sus creaciones trascendieran el espacio.
Actualmente vive en Barcelona, ciudad donde su labor en los medios es muy significativa, y continúa escribiendo y aportando su granito de arena para que crezca la literatura hispana.

Mi casa es la escritura

En los últimos años

he vivido en más de cien hoteles diferentes

(Algolquín, Hamilton, Humboldt, Los Linajes

Grand Palace, Víctor Alberto, Reina Sofía, City Park)

en ciudades alejadas entre sí

(Quebec y Berlín, Madrid y Montreal, Córdoba

y Valparaíso, París y Barcelona, Washington

y Montevideo)

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siempre en tránsito

como los barcos y los trenes

metáforas de la vida

En un fluir constante

Ir y venir

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No me creció una planta

no me creció un perro

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Sólo me crecen los años y los libros

que dejo abandonados por cualquier parte

para que otro, otra

los lea sueñe con ellos

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En los últimos años

he vivido en más de cien hoteles diferentes

en casas transitorias como días

fugaces como la memoria

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¿cuál es mi casa?

¿dónde vivo?

Mi casa es la escritura

la habito como el hogar

de la hija descarriada

la pródiga

la que siempre vuelve para encontrar los rostros conocidos

el único fuego que no se extingue

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Mi casa es la escritura

casa de cien puertas y ventanas

que se cierran y se abren alternadamente

Cuando pierdo una llave

encuentro otra

cuando se cierra una ventana

violo una puerta

Al fin

puta piadosa

como todas las putas

la escritura se abre de piernas

me acoge me recibe

me arropa me envuelve

me seduce me protege

madre omnipresente.

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Mi casa es la escritura

sus salones sus rellanos

sus altillos sus puertas que se abren a otras puertas

sus pasillos que conducen a recámaras

llenas de espejos

donde yacer

con la única compañía que no falla Las palabras.

Cristina Peri Rossi, de Estrategias del deseo (2004)

Chantal Maillard: “Hay cosas que no pueden enseñarse si no es callando”

Chantal Maillard ©Bernabé Fernández

Esther Peñas 3/11/2021

Resulta molesto restringir a Chantal Maillard (Bruselas, 1951) a una única etiqueta, sea la traductora, ensayista, filósofa o especialista en religiones en la India, así que escojamos la más genérica, profunda y vital, la de poeta. Su último texto, Las venas del dragón (Galaxia Gutenberg), es una propuesta para que revisemos nuestros modelos de pensamiento a partir de las enseñanzas de las tres corrientes de sabiduría china: el confucianismo, el taoísmo y el budismo, de manera que podamos incorporar algunas cuestiones que podrían ser beneficiosas no sólo para cada uno de nosotros, sino para la sociedad y el planeta, como cierta educación del carácter, una sabiduría (y política) del hábitat que supere el discurso eco-lógico o la necesidad del silencio y la atención.

Tal vez el colapso, no ya que se pronostica sino que se está produciendo, pueda reconducirse con un buen gobierno (método de Confucio), la armonía con el entorno (enseñanza de Laozi) y una honda comprensión de nuestra naturaleza (sabiduría de Gautama). Tal vez.

Cierra este ensayo Maillard con un capítulo dedicado a las artes, indispensables en el pensamiento chino para vaciar la mente. Tal vez sea provechoso pensar las cosas de otro modo. Hacer las cosas de otro modo. Tal vez.

Se cita en el pórtico del libro a Bai Juyi, uno de los más grandes poetas de la dinastía Tang (siglos VII-X), [citando a Laozi]: “El que habla, no sabe, el que sabe se calla”. Pero si “el que sabe calla”, ¿cómo aprenderemos el resto?

La ironía del poeta desarma, en efecto. Aristóteles decía que tenemos la obligación moral de enseñar a los demás lo que hemos aprendido. Pero, claro, la moral es política, y no es a ese orden de cosas a lo que Laozi se refería. La diferencia entre Aristóteles y Laozi es la que separa los saberes exotéricos, los que se enseñan en las academias, de los esotéricos, aquellos que se transmiten a puerta cerrada pues tienen que ver con un tipo de observación que requiere cierto retiro y silencio. Hay cosas que no pueden enseñarse si no es callando. La serenidad, por ejemplo, ante los males que nos afectan, o la conciencia del yo, cosas a las que sólo se puede acceder aprendiendo a invertir la mirada. Sin embargo, me parece que ha llegado el momento de difuminar la línea que separa lo exotérico de lo esotérico.

“Ver lo propio a partir de lo ajeno es mucho más interesante, casi siempre, que considerar lo ajeno desde lo propio”

Cuando el filósofo Michel Serres utilizó el paso del Noroeste entre el océano Atlántico y el Pacífico como metáfora del tipo de razón que pudiese salvar la distancia entre las denominadas “ciencias exactas” y las “ciencias humanas”, entre el saber establecido y “el saber salvaje”, como lo llamaba, no imaginaba que los hielos de Groenlandia y de Alaska llegarían a fundirse. Quizás sea este el momento de que, a imagen de lo que está ocurriendo en la geografía marítima, se abriese ahora ese paso entre las distintas formas que tenemos de acercarnos al mundo. Quizás sea tiempo de que los grandes hielos de la objetividad científica se derrumben y la razón adopte otros caminos, sumando a la lógica del entendimiento la intuición sensible y la capacidad de invertir la mirada para observar, en lo propio, ese lugar donde el conocimiento se fragua al tiempo que el paso de las imágenes, los estados anímicos y los procesos no conscientes.

Bucear en las antiguas sabidurías, no sólo de la tradición heredada sino de las ajenas, puede ayudarnos en esa empresa. Ver lo propio a partir de lo ajeno es mucho más interesante, casi siempre, que considerar lo ajeno desde lo propio, como hemos hecho hasta ahora.

Parménides tuvo la culpa. A partir de él, los griegos (y, por extensión, los occidentales) comenzamos a pensar en términos del ser (y no ser), es decir, conceptos que, como en el árbol de Porfirio, resultan excluyentes. Taoísmo, Confucionismo y Budismo, integran. ¿De qué modo condiciona la manera de estar en el mundo ese modo contrapuesto de pensar?

El problema no es tanto pensar en términos de opuestos como otorgarle valor a uno de los polos en detrimento del otro. Desde tiempos ancestrales, los chinos han concebido el universo como un sistema dinámico cuyo proceso depende de la alternancia de los opuestos: dos principios activos o fuerzas complementarias que intercambian sus valores cuando llegan a su extremo (lo fuerte se convierte en débil, la luz en sombra, etcétera). Mientras los griegos apostaban por el “hay” en busca de definiciones, los chinos nunca perdieron de vista la función indispensable del “no-hay”, así en su cosmología como en sus matemáticas, en las que operaban, desde muy antiguo, con números negativos.

“Pensar el mundo como proceso, como transformación e interdependencia es, sin duda, lo que necesitamos”

¿Qué pueden aportar hoy en día estas tres corrientes al modo de pensar occidental?

Concebir el mundo a partir del ser es apostar por una realidad estable, susceptible de ser controlada y manipulada. Estamos teniendo últimamente muchos ejemplos de que no es así, y de que es más útil saber adaptarse y prever que intervenir en el proceso. Esta previsión es lo que los chinos buscaban con la observación de los patrones de los cambios. El Libro de las mutaciones, que está en la base tanto de la cosmología taoísta como de la ética confuciana (recordemos que sólo estas dos corrientes son autóctonas; el budismo se importaría de India más tarde), más que un libro de adivinación, como se ha querido entender, es un sistema de representación basado en el cálculo binario. La observación de sus posibles combinaciones les permitía estimar las situaciones, inferir las posibilidades de su desarrollo y, por tanto, tomar las decisiones más adecuadas. Podría entenderse como un diagrama de la complejidad. Pensar el mundo como proceso, como transformación e interdependencia es, sin duda, lo que necesitamos ahora para poder construir la ethopolítica necesaria para un cambio de rumbo.

¿Es posible un entendimiento entre estas sendas que buscan la quietud, el sosiego, el equilibrio, y nuestro sistema, que promueve la agitación, el ajetreo constante?

Somos conscientes de que, sin ciertas importantes modificaciones, este sistema acabará por explotarnos entre las manos. La agitación que caracteriza nuestras sociedades, y de la que el sistema se alimenta, está llegando a un punto de desequilibrio difícilmente recuperable. Sólo hemos de ver el estado de pérdida absoluta de la población joven cuando las redes se caen por unas horas. Des-vinculados, dejan de saber qué hacer consigo mismos, ni cómo restablecer los vínculos naturales sustituidos por las máquinas, de los que ya ni siquiera son conscientes. Introducir en nuestra vida y la de los más jóvenes ciertos momentos de silencio y de atención interior podría ser una de las primeras medidas que hiciese posible cierta (aunque improbable) reversión del proceso.

“El cuerpo tiene modos de conocer más intuitivos (más inmediatos) y abarcantes que la mente abstracta”

En términos taoístas, se trataría de hallar y procurar mantenerse en el punto neutro en el que, equilibradas, las fuerzas opuestas suspenden su movimiento. Esa vacuidad, esa quietud, es también el punto en el que se origina todo cuanto acontece.

Usted propone que el discurso ecológico se sustituya por una ecosofía cuyas raíces encontramos en estos sistemas de pensamiento. ¿Por qué no sirve la ecología y sí podría hacerlo una oiko-sophia, una ‘sabiduría del hábitat’?

Es, más que nada, una cuestión terminológica. Pero, como bien sabemos, los conceptos acarrean ideas y modos de actuar. Cambiar la eco-logía por una eco-sophía, supone salir del orden racional del discurso (logos) acerca del hábitat (oikos) para entrar en otro tipo de racionalidad en la que a la capacidad intelectiva se sume la percepción sensible o, mejor dicho, sensorial. El cuerpo tiene modos de conocer más intuitivos (más inmediatos) y abarcantes que la mente abstracta. Se trataría de recuperarlos. Es lo que en otra parte he denominado “razón estética”.  

Estas tres corrientes se ‘pervierten’ cuando se instituyen, cuando se convierten en institución, y se normativizan las enseñanzas de los maestros. ¿Indefectiblemente todo intento de consignar la sabiduría de este modo está abocado al fracaso?

Este es el gran escollo de los aprendices de sabios que, no habiendo aprendido el fondo, se ciñen a la letra y la propagan. Vacía de materia prima, al nombre del maestro se le adhiere un -ismo (bud-ismo, cristian-ismo, tao-ismo, material-ismo, comun-ismo, etc.) y, de esta manera, cargada de ideología, la enseñanza se convierte en doctrina. Y nada hay más peligroso que una doctrina cuando a las ideas se les asocia una emoción.

Lamentablemente, las tres escuelas de las que nos ocupamos se convirtieron muy pronto en religiones. La necesidad que tenemos los humanos de perdurar más allá de la muerte es una debilidad de la que muchos se aprovechan. De allí que deba hacerse hincapié en la necesidad de separar las enseñanzas originales de sus derivaciones doctrinarias o pseudo-místicas.

¿Es posible creer en la bondad del ser humano, como aseguraba Mencio, uno de los filósofos más eminentes del confucianismo (siglos IV y III a. C.)?

La polémica que en Europa se entabló en los siglos XVII y XVIII con Rousseau y Hobbes a este respecto, había tenido lugar en China ya en el siglo IV entre dos seguidores de Confucio, Mencio y Xunzi. Mencio creía en la bondad natural del ser humano; Xunzi, en cambio, defendía su maldad constitutiva.

Los taoístas, por su parte, zanjarían la cuestión de forma expeditiva. Las distinciones de orden moral lo único que hacen es sembrar confusión –dirá Zhuangzi–, no pienso entrar en estas cuestiones. ¿Cuánto dista el bien del mal? –preguntará Laozi– El sabio ha dejado de saberlo.     

¿Tiene sentido el yo –sea lo que quiera que sea– sin su dimensión social (vemos cómo se está hurtando: los cuerpos al otro lado de la pantalla, las relaciones que se crean y desarrollan en redes…)?

Al otro lado de la pantalla estamos todos, en Occidente como en Oriente, en el Norte como en el Sur. Pero, aunque estemos en persona frente a otro, ¿no estamos siempre de algún modo al otro lado de la pantalla? ¿No es el yo la máscara (la “per-sona”) que, fabricada a lo largo de los años mediante la repetición, ofrecemos al otro? Y ¿no llegamos acaso a vernos, luego, tal y como el otro nos ve? Este síndrome de auto-representación que nos lleva ahora a construirnos la imagen para colgarla en las redes ¿no es acaso la mejor prueba de que sin ellas, sin nuestras imágenes, no hay nada, en realidad, que nos defina?

“El deseo es la causa del sufrimiento”, pero Lacan dijo que somos seres deseantes. ¿No hay manera de conjugar ambas posturas?

No son contradictorias. Precisamente porque somos seres fundamentalmente deseantes es por lo que sufrimos. Todo aquel que desea algo, si lo tiene o si lo alcanza teme perderlo, si no lo alcanza lamenta no tenerlo. Tanto el deseo de tener lo que no se tiene como el deseo de no tener lo que se tiene originan malestar y sufrimiento. El budismo parte de ese punto.

“Es preciso volver a insertar la muerte en el propio continuo de la vida. Todo lo que vive viene cargado de muerte”

Si todo se transforma, ¿no hay muerte posible?

La revisión del concepto de la vida es sin duda una tarea que tenemos pendiente los occidentales. Es preciso volver a insertar la muerte en el propio continuo de la vida. Todo lo que vive viene cargado de muerte, la de los otros de los que se alimenta, y la suya propia; y toda muerte da origen a la vida. No son dos estados sino un solo proceso ininterrumpido.

Desde esa perspectiva, una vez desasido de la propia individualidad ¿qué o quién podría permanecer?, pero, al mismo tiempo, ¿qué o quién podría morir?  

Hay muchos más, pero especialmente tres nombres sustentan estas páginas: Confucio, Laozi y Gautama. ¿Qué importancia tiene la figura del maestro? ¿Cómo sabe el maestro que su enseñanza ha concluido?

Todo depende del fin que se persigue. La meta de Confucio era que sus discípulos supiesen situarse en el justo medio. La de Siddharta Gautama, eliminar el deseo (y, por tanto, calmar el proceso mental). En el caso de Laozi (que nunca formó escuela), la idea era vivir en armonía con el curso. La noción de dao, que, por cierto, es muy anterior al taoísmo, además de significar “vía”, “camino” o “curso”, también significa “método”, un término cuya etimología griega nos remite igualmente a la idea de estar en camino (odós). De modo que, en estas enseñanzas, el fin es algo que no se alcanza nunca de una vez por todas, sino que ha de reactualizarse continuamente. La idea de alcanzar un fin tan sólo tiene sentido desde la perspectiva de un universo lineal y cerrado; en un mundo en perpetua mutación todo fin coincide con el comienzo. El camino consiste precisamente en estar en camino.   

Ese no hacer de Zhuangzi, ¿tiene algo que ver con el preferiría no hacerlo, de Bartleby?

No creo que debamos extrapolar los discursos. El no-hacer del taoísmo no es un no hacer nada, sino un actuar sin que el yo intervenga. No se trata de dejar de actuar, sería imposible –la existencia es acción y decidir no hacer algo también es una acción–, se trata de desprenderse del interés personal. Todo, en el universo, está interrelacionado y funciona de acuerdo con un orden. La voluntad humana se equivoca si interviene sin tener en cuenta las relaciones entre las distintas cosas y los distintos reinos. No-hacer es, por tanto, aprender a no intervenir. Adaptarnos al proceso en vez de tratar de adaptar el proceso a nuestros fines. Esto es algo que debería hacernos reflexionar.

El último capítulo del ensayo está dedicado a la estética como sabiduría. ¿De qué manera la belleza es sabia y muestra o enseña a quien la contempla?

La belleza es un invento europeo que data del siglo XVII. El término proviene, en realidad, del adjetivo bonum, bueno. No existe ese concepto en otras tradiciones, en las que el arte siempre ha tenido una utilidad. Si las artes, en China, pueden entenderse como camino de sabiduría es porque son un instrumento para la concentración, algo previo e indispensable para conseguir vaciar la mente y suspender su curso. Sólo entonces el artista estará en disposición de captar la resonancia de las cosas y sumarse a su trayectoria.  

La gran aportación taoísta a la estética china es el trabajo con el blanco, con el vacío; mientras que al occidental le produce vértigo y tiende a rellenarlos, en la pintura china las líneas están al servicio de realzar ese blanco. ¿Por qué nos cuesta tanto mirar al vacío?

Bueno, esta es la diferencia entre entender que lo que hay esencialmente es el “ser” o entender que lo que hay es “vacío”. Para la concepción china, todas las formas surgen del vacío. El vacío está, digamos, preñado de formas, que nunca se mantienen, sino que continuamente se de-forman y trans-forman. Lo que el artista chino quiere aprehender y re-presentar es esa evanescencia, esa vacuidad original.

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https://ctxt.es/es/20211101/Culturas/37688/chantal-maillard-las-venas-del-dragon-confucio-laozi-gautama.htm

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Viajar por las venas del dragón con Chantal Maillard

Desde épocas ancestrales el universo ha sido concebido en China como un sistema de resonancias en el que no existen cosas ni seres sino fuerzas activas en perpetua mutación. No hay nada en él que actúe por separado, nada que no dependa de todo lo demás. Considerar el medio desde esa perspectiva puede sin duda ayudarnos en la elaboración de la ecosofía y la ethopolítica que se precisan actualmente para transformar nuestras sociedades.

Nunca como ahora ha sido tan acuciante la percepción de la necesidad de un cambio de parámetros y tan imperiosa, por tanto, la responsabilidad de educarnos en este sentido. Las enseñanzas iniciales de las tres corrientes de pensamiento de las que se ocupa este libro pueden ayudarnos en este empeño. El buen gobierno (confucionismo), la armonía con el entorno (taoísmo) y la profunda comprensión de nuestra propia naturaleza (budismo) se presentan como tres ingredientes imprescindibles para evitar la catástrofe que se avecina.

Que estas propuestas lleguen alguna vez a ser conjuntamente algo más que una utopía es realmente poco probable, pero quizás valga la pena recuperarlas ahora desde otros lugares.

Chantal Maillard, Las venas del dragón. Confucionismo, taoísmo y budismo. Galaxia Gutenberg, 2021.

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En librerías este próximo miércoles 29

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El ciclo. Equinoccio de otoño 2021

Otoño en el Montseny. Fotografía de José Anselmo.

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Todo en la naturaleza nos enseña que la extinción de una vida es lo que abre espacio para la aparición de otra. El olmo muere en el suelo, y deja en su corteza un rico moho virgen que le dará vigor y vida al bosque que está naciendo. El pino deja un terreno seco y estéril; las maderas más duras, un moho fuerte y provechoso. Así que esta constante erosión y descomposición crea el terreno para mi futuro crecimiento. Del modo en que ahora vivo, cosecharé.
H. D. Thoreau

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Este miércoles 22 de septiembre, a las 21.21 (hora peninsular) daremos la bienvenida al otoño en el hemisferio norte, y a la primavera en el hemisferio sur. Hoy el sol se sitúa en el plano del ecuador celeste lo que significa que el día y la noche tienen la misma duración: la palabra equinoccio viene del latín: æquinoctium de æquus: igual y nox: noche.

Del mismo modo que el equinoccio de otoño indica el equilibrio entre el día y la noche, y el inicio de un maravilloso despliegue cromático en los bosques, nosotros.as podemos conectarnos con lo que en nuestra vida está necesitando volver a un equilibrio. En otoño, nada es todo blanco o negro. ¡Desplegamos nuestros matices!

La estación otoñal nos pide entrar en sintonía con el cambio de energía que nos lleva de la luz hacia la oscuridad y del calor al frío, preparándonos para adentrarnos un poco más en nuestras zonas de penumbra y de sombra, en nuestra propia oscuridad, tal vez aguzando más el oído que la vista, y llevando nuestra energía, como si fuese savia de árbol, en dirección descendente hasta lo que nos nutre y nos sostiene. Hora de despedirnos de nuestro lado expansivo y cálido, y de replegarnos en nuestra oscuridad matricial que culminará con el solsticio de invierno.

El otoño es una época de abundancia en la naturaleza que nos sintoniza con el agradecimiento por todo lo cosechado a lo largo de este año. Podemos hacer un ritual de ofrendas, físicas o/y simbólicas, con los frutos cosechados, como hacían los antiguos celtas en sus festividades en agradecimiento a la tierra. También es el tiempo de preservación de las semillas que servirán para futuras cosechas, y el momento adecuado para desechar las que no servirán. Simbólicamente, las semillas son aquellos deseos o proyectos futuros que hemos de preservar hasta su fructificación, o que hemos de descartar. Momento, pues, de balance interno.

¡Os deseo a todas.os un buen equinoccio! ¡Y un buen inicio de curso a todas las lobas!

Cuando un bosque se quema

Imagen del incendio en Sierra Bermeja (Málaga).
Imagen del incendio en Sierra Bermeja (Málaga). /L.O. /El Periódico

Cuando sopla el viento del noroeste al que, en Málaga, le llaman “terral”, siento que me crecen las alas: levanto el hocico, como hacen los otros animales, y olfateo en el aire el aroma a hierba cálida que, desde tierra adentro, atravesando montes, nos alcanza. En esos días pasados, sin embargo, las alas se me cayeron: olía diferente y los tonos carmesí y anaranjados del atardecer se cubrían de un intenso manto gris. Ardía Sierra Bermeja, una de las más bellas reservas naturales de Andalucía.

Decía Judith Butler, en uno de sus libros, que la vida es “una vida” cuando puede ser llorada. ¿No habéis llorado alguna vez ante un bosque en llamas? ¿No os ha invadido una inmensa tristeza al saber que la causa fue un acto deliberado? ¿Y, luego, al tener conocimiento de que la Ley de Montes de 2006 (que modificaba en este aspecto la de 2003) que prohibía recalificar –y, por tanto, poder urbanizar– durante un período de al menos treinta años un terreno quemado había sido anulada por el gobierno del PP en 2015, no os habéis sentido presa de la mayor impotencia?

En lo que va de año, en España han ardido 37.000 hectáreas. ¿Qué esperan, señoras y señores de las gradas, para anular la ley que permite urbanizar después de un incendio? Hablamos de transición ecológica: ¿dónde están los medios y el soporte económico para la protección de nuestros espacios naturales? ¿Por qué se negaron a incluir el paraje de Sierra Bermeja en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves como se venía pidiendo desde 2007? Y, sobre todo, ¿dónde está la educación senti-mental que se precisa?

“Cuando un bosque se quema algo tuyo se quema” es el eslogan que se utilizó en la campaña de concienciación de los años 80. Era, en realidad, una réplica del que se había utilizado ya en los tiempos de la transición, salvo que la frase se había democratizado cambiando el pronombre posesivo “suyo” por el de “tuyo”. Triste es, sin duda, tener que comprobar que, para que sea eficaces, las directrices que han de servir para el bien colectivo tengan que recurrir a la propiedad, como si sólo lo que nos pertenece fuese digno de atención, de cuidado y de protección. Como si fuese tan difícil mirar las cosas de otro modo. Pensar, por ejemplo, que el bosque no sólo no es una pertenencia sino un ente vivo cuya respiración nos permite vivir, o pensar que el bosque nos protege mucho más y mejor de lo que nosotros le protegemos a él y, además, sin exigir nada a cambio, salvo que le dejemos en paz.

Ciertas poblaciones, de las que nos permitimos el lujo de llamar primitivas, tenían al menos algo muy claro: que los árboles importan. Que importan más que el individuo que los abate, porque quien así actúa pone en riesgo la vida de todos. En ciertas tribus de África Oriental, por ejemplo, la destrucción de un cocotero equivalía a un matricidio y se aplicaba al culpable la pena correspondiente, puesto que del cocotero dependía la alimentación de la tribu. Entre los germanos, al que descortezara un árbol vivo se le cortaba el ombligo, se lo clavaban en la parte dañada del árbol y se le obligaba a dar vueltas alrededor del tronco de modo que sus intestinos se enrollasen en él. La vida de un hombre por la vida de un árbol: un rito sacrificial por el que se devuelve simbólicamente la vida que se ha robado. No todas las tradiciones fueron, por supuesto, igual de cruentas. En Japón, por ejemplo, cuando un árbol se talaba se le pedía perdón a los espíritus (kami) que viven en él y se les daba tiempo para alojarse en otro antes de utilizar su madera. En India, el árbol es sagrado, como los animales y los ríos. Que algo sea sagrado significa que es digno de respeto.

Y es que, cuando un bosque se quema, algo nuestro, en efecto, se pierde: la dignidad. La de quienes sean incapaces de reconocer lo vivo en aquello que calla. El silencio, señores, el silencio del bosque nos acusa.

 Chantal Maillard

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