Cuando un bosque se quema

Imagen del incendio en Sierra Bermeja (Málaga).
Imagen del incendio en Sierra Bermeja (Málaga). /L.O. /El Periódico

Cuando sopla el viento del noroeste al que, en Málaga, le llaman “terral”, siento que me crecen las alas: levanto el hocico, como hacen los otros animales, y olfateo en el aire el aroma a hierba cálida que, desde tierra adentro, atravesando montes, nos alcanza. En esos días pasados, sin embargo, las alas se me cayeron: olía diferente y los tonos carmesí y anaranjados del atardecer se cubrían de un intenso manto gris. Ardía Sierra Bermeja, una de las más bellas reservas naturales de Andalucía.

Decía Judith Butler, en uno de sus libros, que la vida es “una vida” cuando puede ser llorada. ¿No habéis llorado alguna vez ante un bosque en llamas? ¿No os ha invadido una inmensa tristeza al saber que la causa fue un acto deliberado? ¿Y, luego, al tener conocimiento de que la Ley de Montes de 2006 (que modificaba en este aspecto la de 2003) que prohibía recalificar –y, por tanto, poder urbanizar– durante un período de al menos treinta años un terreno quemado había sido anulada por el gobierno del PP en 2015, no os habéis sentido presa de la mayor impotencia?

En lo que va de año, en España han ardido 37.000 hectáreas. ¿Qué esperan, señoras y señores de las gradas, para anular la ley que permite urbanizar después de un incendio? Hablamos de transición ecológica: ¿dónde están los medios y el soporte económico para la protección de nuestros espacios naturales? ¿Por qué se negaron a incluir el paraje de Sierra Bermeja en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves como se venía pidiendo desde 2007? Y, sobre todo, ¿dónde está la educación senti-mental que se precisa?

“Cuando un bosque se quema algo tuyo se quema” es el eslogan que se utilizó en la campaña de concienciación de los años 80. Era, en realidad, una réplica del que se había utilizado ya en los tiempos de la transición, salvo que la frase se había democratizado cambiando el pronombre posesivo “suyo” por el de “tuyo”. Triste es, sin duda, tener que comprobar que, para que sea eficaces, las directrices que han de servir para el bien colectivo tengan que recurrir a la propiedad, como si sólo lo que nos pertenece fuese digno de atención, de cuidado y de protección. Como si fuese tan difícil mirar las cosas de otro modo. Pensar, por ejemplo, que el bosque no sólo no es una pertenencia sino un ente vivo cuya respiración nos permite vivir, o pensar que el bosque nos protege mucho más y mejor de lo que nosotros le protegemos a él y, además, sin exigir nada a cambio, salvo que le dejemos en paz.

Ciertas poblaciones, de las que nos permitimos el lujo de llamar primitivas, tenían al menos algo muy claro: que los árboles importan. Que importan más que el individuo que los abate, porque quien así actúa pone en riesgo la vida de todos. En ciertas tribus de África Oriental, por ejemplo, la destrucción de un cocotero equivalía a un matricidio y se aplicaba al culpable la pena correspondiente, puesto que del cocotero dependía la alimentación de la tribu. Entre los germanos, al que descortezara un árbol vivo se le cortaba el ombligo, se lo clavaban en la parte dañada del árbol y se le obligaba a dar vueltas alrededor del tronco de modo que sus intestinos se enrollasen en él. La vida de un hombre por la vida de un árbol: un rito sacrificial por el que se devuelve simbólicamente la vida que se ha robado. No todas las tradiciones fueron, por supuesto, igual de cruentas. En Japón, por ejemplo, cuando un árbol se talaba se le pedía perdón a los espíritus (kami) que viven en él y se les daba tiempo para alojarse en otro antes de utilizar su madera. En India, el árbol es sagrado, como los animales y los ríos. Que algo sea sagrado significa que es digno de respeto.

Y es que, cuando un bosque se quema, algo nuestro, en efecto, se pierde: la dignidad. La de quienes sean incapaces de reconocer lo vivo en aquello que calla. El silencio, señores, el silencio del bosque nos acusa.

 Chantal Maillard

https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2021/09/15/6140bdbc21efa0ce548b460e.html

2 pensaments sobre “Cuando un bosque se quema

  1. Recuerdo que ante un incendio en un bosque entre la Tour de Carol y Puymorens, Cerdaña francesa, hace unos 8-9 años, lloré desconsoladamente. Precisamente venía de estar un buen rato en otro bosque, con lago incluido, y volvía en el coche contenta y feliz; más bien en trance, consciente de haberme empapado de un gran trozo de belleza y lo que eso comporta como vivencia única para el espíritu.
    Al pasar junto a aquel incendio -ya anochecía- sentí que aquello no podía ser real , puesto que yo volvía de pasar varias horas en un entorno paradisíaco. Y, o una de dos: lo que yo había experimentado ese día había sido un sueño o lo que estaba presenciando al anochecer era un mal sueño. Dos sueños muy reales y distintos en el mismo entorno.
    Algo terrorífico me sacudió por dentro: Lloraba de impotencia, porque mi felicidad me había sido arrebatada injusta e incomprensiblemente. Lloraba porque observaba que el bosque era mi propia respiración que había sido dañada, herida, trastocada, agujereada. Lloraba porque aquel bosque se puso a gemir, a rugir ardientemente.
    Sí, el silencio del bosque nos delata. Y el rugido estruendoso del bosque nos condena, nos ahoga, nos deja una mancha de culpabilidad como una losa que arrastraremos el resto de nuestra vida.

  2. Tremendo relato, sí, cada bosque arrasado por descuido, por avaricia o por especulación, nos delata ante tantas vidas aniquiladas!
    Cuando un bosque se quema, las lobas lloran…

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