Una conversación entre Arundhati Roy y Chantal Maillard en el Museo Reina Sofía

El Museo Reina Sofía organiza un encuentro entre Arundhati Roy (Shillong, India, 1959), escritora y activista india reconocida tanto por sus libros de ficción como por sus escritos combativos sobre política, medio ambiente y derechos humanos, y Chantal Maillard (Bruselas, Bélgica, 1951), poeta y filósofa española nacida en Bélgica y especializada en filosofías y religiones de India.

4 octubre 2017 – 19:00 h / Edificio Nouvel, Auditorio 400

 

Delhi, India. 15th Dec 2013. Author and political activist Arundhati Roy at the event. Delhis LGBT community observed a 'Day of Rage' and came out in huge numbers to protest against the Supreme Courts December 11, 2013 ruling reinstating Section 377 of th

“Amar. Ser amado. No olvidar nunca la propia insignificancia. No acostumbrarse nunca a la violencia incalificable y a la vulgar incongruencia de la vida a tu alrededor. Buscar la alegría en los lugares más tristes. Perseguir a la belleza hasta su guarida. No simplificar nunca lo complicado ni complicar lo sencillo. Respetar la firmeza y la decisión, pero nunca la fuerza. Por encima de todo, observar. Probar y aprender de los errores. No mirar nunca hacia otro lado. Y nunca, nunca olvidar.“ (Arundhati Roy, El final de la imaginación)

 

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“Amar. Ser amado”… Así empieza. Qué poco se ha pensado amando. Qué poco se piensa amando. Apartándonos de los cuatro tópicos que la “historia de la filosofía” nos brinda, ¿a partir de cuándo o de qué se han desvinculado el amar y el pensar? ¿Acaso cuando se vinculó al pensar con el ser? ¿Qué clase de abstracción ésta del “ser”, que pudo sustentar la tesis de que “el ser es” sin creación, sin proceso, sin eros? ¿Y por qué perverso proceso lograría esta tesis convertirse en una verdad que nos avergonzaría poner en tela de juicio, nosotras, “filósofas”, que hemos luchado por situarnos en un mundo regentado por los hombres de la antigua jerarquía, y actuamos bajo sus estandartes, siguiendo sus parámetros, a conciencia o sin ella? […]

¿Podríamos llamar “amor” a esa fuerza que concibe en la materia y en el pensar sin hacer diferencia entre el mundo y aquello que, a modo de espejo, da razón de él?  Ni que decir tiene que el amor al que me estoy refiriendo poco tiene que ver con el sentimentalismo, ni siquiera con la sentimentalidad, sino con algo mucho más profundo: el rizoma que nos une a todos bajo la activación y el pensar de superficie. Cuando pensar y amar son una sola cosa, la comprensión es posible y el gobierno se torna innecesario. No se me oculta que, probablemente, sea ésta una propuesta demasiado imprudente y, por supuesto, utópica. Pero no por ello habré de acallarla. (Chantal Maillard, India)



“Cuando amar y pensar son dos cosas distintas”, in India, Chantal Maillard:

Una propuesta para tiempos difíciles: Chantal Maillard recupera La razón estética

 

Razón estética

 

“La conciencia colectiva de nuestras sociedades y su universo simbólico van siempre acompañados de unas determinadas categorías de la sensibilidad que varían de una época a otra y de las que derivan otras tantas maneras de entender el mundo. Si he aceptado el reto de una reedición de este libro después de veinte años es porque sigue pareciéndome importante que podamos percatarnos de estas variaciones –que son, por otra parte, indisociables de las fluctuaciones sociales– y de cómo estas van surgiendo al par que los valores que adoptamos. Una educación de la sensibilidad es, ahora más que nunca indispensable. La política no la hacen los partidos ni las agrupaciones, sino los individuos. Y si quienes gobiernan –formen éstos parte del demos o de aquellos que detentan el poder económico o el poder a secas– no han aprendido a conocerse, mal podrán gobernar. Para gobernar es preciso saber qué somos o qué estamos siendo más allá de nuestro personaje. Toda moral bien construida requiere de un fundamento extra-moral y este tiene que ver con el conocimiento de uno mismo, algo que tan sólo puede iniciarse con la observación de la propia mente. La razón estética es sin duda una propuesta para tiempos difíciles. Que sea viable o no dependerá del interés que pongamos en que esta educación se lleve a cabo.”

 

Chantal Maillard. La razón estética. Nueva edición, revisada y ampliada con un nuevo apéndice por la autora. Galaxia Gutenberg, septiembre 2017. (Primera edición 1998)

La imagen de la portada es de Lucian Freud, Bat, 1961 (?). Watercolour. 331 x 241 mm.

http://www.galaxiagutenberg.com/libros/la-razon-estetica/

Oír el sonido. Chantal Maillard

 

Oigo un sonido rítmico, como de agujas o de patitas de animales sobre el tejado. Sé que son gotas de agua. Lo sé porque el sonido acompañó muchas veces el agua que he visto caer desde el cielo. Llamamos a eso lluvia y decimos oír la lluvia. La lluvia no se oye. No se oyen los conceptos. Si pudiera simplemente oír el sonido, sin memoria, sin imagen, sin retroceso, si pudiese oír de verdad no lo que oigo sino el sonido mismo, habría penetrado en el misterio: el de ese presente sin tiempo que se abre cuando la mente no arroja las impresiones. Escucha, no pienses, no oigas, tan sólo escucha.

Filosofía en los días críticos: 162, frag. 248. Editorial Pre-Textos, 2001


 

¿Qué es un sonido? Conocer un sonido… No se conoce un sonido tan sólo oyéndolo. Conocer un sonido es experimentarlo más allá de la materia expresada en la sonoridad, es ver lo que construye, experimentar en el cuerpo el impacto de la forma sonora.

***

Dhrupad: Jugar con el sonido como con un material maleable. Buscarlo, convocarlo y, una vez hallado, seguirlo, dejar que juegue con nosotros.

Diarios indios: 106. Editorial Pre-Textos, 2005 (Reeditado en India, Pre-Textos, 2014)

 

Nota: “Dhrupad” es una de las formas fundamentales de la música clásica que encontramos en todo el subcontinente indio. La palabra viene de Dhruva que, en sánscrito, significa inmóvil y permanente. Sus notas puras tienen cualidades meditativas. Como toda la música india, Dhrupad es modal y monofónico, con una sola línea melódica y sin progresión de acordes. Cada raga tiene un marco modal en el que es habitual una abundancia de ornamentaciones microtonales.

Una muestra con uno de los mejores grupos en la actualidad, los Gundecha Brothers:


 

Ruido blanco. Chantal Maillard | Fabienne Verdier

Fabienne_Verdier_Bruits_blancs_2016Fabienne Verdier, Bruits blancs, 2016. Acrylic and mixed media on canvas, 180×272cm

 

El canto de las cigarras.
El sonido de las agujas de un reloj.
El sonido del péndulo de un reloj.
La lluvia cayendo sobre un tejado de zinc.
El viento silvando por las rendijas de una puerta.
El goteo de un grifo.
El agua de una fuente.
Las olas del mar en calma.
Desgranar cuentas de cristal.
Repetir frases o palabras sin sentido.
Repasar la tabla de multiplicar.
Imaginar formas geométricas.
Recordar una canción infantil.
Cantar una nana.
Aprender un texto de memoria.
Pulsar las teclas de una máquina de escribir.
El canto de las cigarras.
El canto de las cigarras.
El sonido de la lanzadera bajo la urdimbre.
El sonido de un tambor africano.
El sonido del pedal de una máquina de coser.

 

*****

 

Regular, continuo, como el de una piedra que en eterno vaivén rebotase en las paredes de un abismo. Abrió los ojos. Salvo la rendija de la puerta entornada, la habitación estaba a oscuras. Imposible averiguar de dónde provenía. Estaba por todas partes o en ninguna, e iba en ceceando. Gritó. La rendija iluminada se ensanchó: No pasa nada, estabas soñando, dijo la abuela. La luz que enmarcaba su silueta daba brillo a su cabello tempranamente encanecido. Entornó la puerta: la luz retornó a su tamaño habitual. Se arrebujó bajo las mantas y cerró los ojos pero, al poco, el ruido volvió a producirse, y cuando más aterrorizada la tenía, más intenso. La madre acudió. Se sentó en la cama. Escuchó el silencio. Luego, procurando tranquilizarla, preguntó dulcemente por la naturaleza de aquel sonido.

*

El sonido de la aguja atravesando el cuero a cortos intervalos.
El sonido del dedal empujando la aguja.
El sonido de la hoja de afeitar desgarrando la piel siguiendo la linea de la tiza.
El sonido de la máquina de coser.

El sonido del corazón en la oscuridad.

 


Chantal MaillardLa mujer de pie: 118-119. Galaxia Gutenberg, 2015


 

Trece maneras de mirar un mirlo. Wallace Stevens

El mirlo_1 El mirlo 4

1

Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

2

Yo era de tres pareceres,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.

3

En el viento de otoño giraba el mirlo.
Tenía un papel muy breve en la pantomima.

4

Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.

5

Yo no sé si prefiero
la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
si el nido silbando
o después.

6

El hielo cubría el ventanal
de cristales bárbaros.
La sombra del mirlo
lo cruzaba de un lado a otro.
La fantasía
trazaba en la sombra
una causa indescifrable.

7

Oh, delgados hombres de Haddam,
¿por qué imagináis pájaros dorados?
¿No veis cómo el mirlo
anda entre los pies
de las mujeres que os rodean?

8

Conozco nobles acentos
e inevitables ritmos lúcidos;
pero también conozco
que el mirlo anda complicado
en lo que conozco.

9

Cuando el mirlo se perdió de vista
señaló el límite
de un círculo entre otros muchos.

10

Al ver mirlos
volar en la luz verde,
hasta los charlatanes de la eufonía
gritarían agudamente.

11

Viajaba por Connecticut
en un coche de cristal.
Una vez le entró el miedo,
por haber confundido
la sombra de su equipaje
con mirlos.

12

El río se mueve.
Estará volando el mirlo.

13

Toda la tarde fue de noche.
Nevaba,
iba a seguir nevando.
El mirlo se detuvo
en la rama del cedro.

Traducción: Raúl Gustavo Aguirre.
Buenos Aires, 1979


El mirlo 3 El mirlo 2

Thirteen Ways of Looking at a Blackbird

I

Among twenty snowy mountains,
The only moving thing
Was the eye of the blackbird.

II

I was of three minds,
Like a tree
In which there are three blackbirds.

III

The blackbird whirled in the autumn winds.
It was a small part of the pantomime.

IV

A man and a woman
Are one.
A man and a woman and a blackbird
Are one.

V

I do not know which to prefer,
The beauty of inflections
Or the beauty of innuendoes,
The blackbird whistling
Or just after.

VI

Icicles filled the long window
With barbaric glass.
The shadow of the blackbird
Crossed it, to and fro.
The mood
Traced in the shadow
An indecipherable cause.

VII

O thin men of Haddam,
Why do you imagine golden birds?
Do you not see how the blackbird
Walks around the feet
Of the women about you?

VIII

I know noble accents
And lucid, inescapable rhythms;
But I know, too,
That the blackbird is involved
In what I know.

IX

When the blackbird flew out of sight,
It marked the edge
Of one of many circles.

XAt the sight of blackbirds
Flying in a green light,
Even the bawds of euphony
Would cry out sharply.XI

He rode over Connecticut
In a glass coach.
Once, a fear pierced him,
In that he mistook
The shadow of his equipage
For blackbirds.

XII

The river is moving.
The blackbird must be flying.

XIII

It was evening all afternoon.
It was snowing
And it was going to snow.
The blackbird sat
In the cedar-limbs.


 

“¿Y el poema? ¿Dónde se sitúa el poema? Donde el pájaro, por supuesto. Busquemos al pájaro… El poema es lo que bebe el pájaro.”

Chantal Maillard, La baba del caracol. Vaso Roto, 2014

 

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Los siete adagios de Erasmo de Rotterdam (1469-1536) que flotaban sobre los estanques eran los siguientes:

1012 : Difficilia quæ pulchra (« Las cosas bellas son difíciles »)
1193 : Ubi bene ibi patria [Quavis terra patria] (« La patria está allí dónde uno se siente bien »)
201 : Aut regem, aut fatuum nasci opportere (« Hay que nacer o rey o bufón »)
224 : Ubi amici, ibi opes (« Allí dónde están los amigos, allí esta la riqueza »)
1314 : Civis mundi sum, communis omnium vel peregrinus magis (« Soy un ciudadano del mundo, por todas partes en mi casa, o más bien, por todas partes un extranjero »)
3144 : Sidera addere cælo (« Añadirle estrellas al cielo »)
1001 : Festina lente (« Apresúrate lentamente»).

 

El monje y el mendigo. Chantal Maillard

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– Cultivé la tristeza y fui rodando hasta los confines inferiores. De gravedad enfermé y de mi propio peso me nutrí…

Mientras salmodiaba de este modo, el monje tendía la mano ofreciendo sus ojos a todo el que quisiera ver con claridad el lado más sombrío de las cosas. Nadie los rechazaba. Llenos de curiosidad, apenas los sentían parpadeando entre sus dedos, se apresuraban a colocarlos en sus propias órbitas y abandonaban los suyos a los pájaros. Luego, ardiendo en lucidez, vagaban por el mundo palpando las heridas y haciendo recuentos de las llagas. Pero un día, llegó a oídos del monje que al otro lado del mundo un mendigo ofrecía sus ojos también a quien pasaba y que quienes los recibían iban por los caminos temblando de gozo, abrazándose a los árboles y celebrando la belleza de este mundo. ¿Qué lente sería aquella?, se preguntaba el monje, ¿qué cristalino sería, capaz de tanta distorsión?

El monje fue en busca del mendigo y le ofreció realizar un intercambio. De inmediato, el mendigo se sacó con júbilo los ojos mientras el monje le entregaba los suyos lamentándose mucho de su pérdida.

Pasaron años. El mundo se había dividido entre los que lamentaban su lucidez y aquellos, menos numerosos, que libaban el dulzor de las heridas. El monje y el mendigo supieron poco el uno del otro. Hasta que una noche, la más oscura de las que se pueda recordar, sucedió algo extraño. El monje se encontraba durmiendo en la habitación de una posada. Tuvo frío y se cubrió bendiciendo el cobijo. Tuvo hambre y agradeció sentirse vivo. Halló oscuridad y entonó jubiloso un canto de alabanza. Pero, de repente, como surgiendo de aquella densa oscuridad, creyó oír la voz del mendigo entonando el canto más triste que jamás había oído. El monje calló para oírla mejor, pero sólo encontró silencio. Volvió a cantar y de nuevo la oía. Y así sucedió que cada vez que él cantaba también lo hacía el otro, y cando él callaba sólo silencio había.

Pasaron días, semanas, tal vez años. En la posada, el tiempo se había detenido, reemplazado por las voces que melodiosamente se encontraban a pesar de su aparente disonancia. Hasta que un día se quebraron al unísono. Entonces el monje salió de la posada. En el umbral dejó, en prenda, sus ojos y echó a andar. Nunca más volvió a abrir la boca. Para hacer notar su presencia carraspea, y tiende la mano para recibir los alimentos que le ofrecen. Se oyó decir que, en la otra parte del mundo, un mendigo carraspeaba de igual manera.

Chantal Maillard, La mujer de pie, Galaxia Gutenberg, 2016

Obra visual de Yornel Martinez Elías

 

“Y si enemigo no hubiese”. Conversación: David Escalona/Chantal Maillard

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D.E. –¿Por qué suena la grava si no pasa nadie?

Ch.M. – Siempre pasa alguien, algún ser, algún residuo. Siempre muere algo. Ahora mismo mueren cosas, animales, gente. Y no terminan allí donde mueren, aunque ya no pueda decirse que lo que sigue sea lo que ellos fueron. Todo ser es una línea de energía en trayectoria. La muerte es tan sólo una detención en el proceso. La grava suena para quien presta oído.

D.E. –Puede que lo terrible no sea la muerte, sino el no prestar el oído a quienes mueren injustamente. Me refiero a esos silenciados, a esos inocentes que caen en cada instante, en tierra de nadie, sobre la grava dura y fría. ¿Y la voz? ¿Cómo prestarles la voz?

Ch.M. –Es importante hacer silencio para oír. Morir nunca es justo. No lo es el ciclo del hambre en el que estamos atrapados. Injusta es la gran maquinaria. Por eso, si bien todos somos culpables (de la muerte de otros), todos también somos inocentes. Nadie pidió venir a este mundo. Y no nos dan las reglas del juego a iniciarlo. Lo iniciamos torpemente y con torpeza salimos de él. Mientras, tratamos de ponernos a salvo, cada cual como puede.

D.E. –Quizá, más que de justicia, sea cuestión de dignidad (me cuesta escribir estas palabras tan lastradas). “La herida nos precede,/ no inventamos la herida./ Venimos a ella y la reconocemos”, escribías en Matar a Platón. Con estas palabras aludías a la herida-acontecimiento, a esa grieta metafísica que resuena en las heridas de otros. De esta herida hablaba Deleuze, tomando como referencia a los antiguos estoicos y al poeta soldado Joe Bousquet, quien, tras quedar inválido en la Segunda Guerra Mundial por una bala que fracturó su columna, escribió postrado en una cama el resto de su vida. A pesar de todo, Bousquet no se limitó a resignarse y a contemplar este suceso violento como una tragedia. El escritor aceptó la herida e intuyó algo que lo excedía, como si a través de ella pudiera comunicarse con otros seres y tomar así conciencia de un extraño espacio compartido.

Ch.M. –Es que a través de lo que nos es común es como podemos llegar a comprender al otro. Y no hay nada más común que el dolor. El dolor traza puentes porque nadie se libra de él. Nos acecha a todos y, más tarde o más temprano, nos alcanza. Comprender al otro significa, desde nuestros compartimentos estancos, que seamos capaces de imaginar en el otro lo que hemos podido experimentar en propia carne. Es difícil pensar que otra forma de com-padecimiento sea posible. Cuando la comprensión no deriva de la propia experiencia, lo que puede haber son actitudes más o menos “caritativas”, más o menos “solidarias”, que resultan casi siempre no del compadecimiento, sino de la mala conciencia. Com-padecer es entender que todos somos igualmente culpables e igualmente inocentes.

D.E. –Supongo que para que pueda darse esa compasión es necesario adelgazar nuestro “yo”, olvidarnos de lo que “somos” por unos instantes e intuir esa trama que todos conformamos. Y no sólo me refiero a las personas, sino a todos los animales y plantas que habitan este planeta, seres con los que podemos establecer relaciones diferentes a las que suele propiciar la lógica o el lenguaje. Puede ser que, cuando somos víctima de un acto de violencia intencionada o de un accidente que quiebra nuestras certezas y nos hiere, es cuando podemos tomar conciencia de ese animal que también “somos”, nuestra parte quizá más inocente.
Se escucha un mirlo en el claustro. ¿Lo oyes?

Ch.M. –Lo oigo. No dejo de oírlo. Lo oigo en mi interior desde hace mucho tiempo. Imagino a aquel monje o a aquella escribana que copiaban códices. Escucharon al mirlo y dejaron de saber cómo interpretar aquellas palabras tan abstractas, tan vacías, que estaban leyendo. Aeternus… La eternidad dejó de repente de ser un concepto, ensanchado, inmenso, ocupaba el espacio, era puro presente, un presente dilatado en el que todo tenía cabida. La voz del mirlo contenía la voz del universo. Su ley distaba de las normas tanto como distan las galaxias de la corteza terrestre. Y la memoria que se abrió era tan vasta que incluía todo aquello que no les pertenecía.
¿Qué oímos cuando dejamos de pertenecernos?

D.E. – Supongo que ecos, resonancias, ritmos, variaciones, intensidades… Oímos algo que no se deja atrapar con y en los conceptos, algo que, aunque no lo podamos reconocer, nos obliga a pensar, a crear palabras o ficciones, a mantener esta conversación. Pienso que nunca dejamos de pertenecernos, nunca podemos saltar sobre nuestra propia sombra. Lo interesante es quizá llegar a otros (otras sombras) “sin mí”, como escribías en Hilos, si mal no recuerdo. Siempre hay ecos de un pasado que nunca llega a pasar y que nos afecta. En un documento, una imagen o en un espacio puede latir una catástrofe pasada. Benjamin y Warburg creían que había fuerzas o energías que se transmiten sin palabras a lo largo de generaciones, un pathos transhistórico que sólo podemos intuir cuando dejamos de vivir replegados sobre nosotros mismos, cuando dejamos de pertenecernos y nos abrimos a esa vasta “realidad” heterogénea y anacrónica que es nuestro mundo. Pienso que lo interesante es amplificar los ecos que atraviesan la Historia y hacerlos presente de alguna forma. Me refiero a las vidas truncadas de los silenciados o desaparecidos que nadie recuerda. Sin duda hablo de hacer otras lecturas fuera de los discursos dominantes, de hacernos cargo de los vencidos, cuyos deseos, de haberse efectuado, hubieran cambiado tal vez el curso de la historia.

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Ch.M. –Piensa que los vencidos son siempre más, muchos más, que los vencedores. Más los que no tienen voz que los que la tienen. Pero también están los que se callan, no aquellos a los que se silencia a la fuerza, sino aquellos que enmudecen o susurran, o aquellos que hablan con otra voz, la del pájaro, por ejemplo, o la de cualquier otro animal, lenguajes que no entendemos, que no estamos dispuestos a entender o a los que no prestamos oído. Pienso que el recluido, en su celda de piedra, de bosque o de carne, el enmudecido, es quizás el único que podría, actualmente, indicarnos el camino de retorno indispensable para el conocimiento de lo que somos.

D.E. – Si pudieran susurrarnos los muros de este imponente edificio… Si las piedras y los cipreses del Patio de los Inocentes pudieran hablarnos de aquellos que enmudecieron o hablaban el lenguaje de los pájaros. Fueron muchos los recluidos, los enfermos, los locos, los endemoniados, los huérfanos. En una de las naves encontraron unos juguetes antiguos, deteriorados por el paso del tiempo.

Ch.M. – Es realmente impactante encontrar juguetes en un sitio de reclusión. Pequeños objetos construidos con los materiales que tenían a mano en su encierro: un avión hecho con hojas de papel impreso, una pelota de cuero. Aquel que tiene la capacidad de jugar es por que no ha perdido aún la inocencia. En la pobreza más extrema y en lugares donde uno pierde la identidad, el niño o el inocente, juega. Y se pierde, sabe perderse en ello. Ése es su don, ésa su riqueza. Atraviesa el aire en las alas de un avión de papel o en la mirada que sigue la trayectoria de la pelota y en el aire es libre. Libre de la orfandad, del dolor punzante que atraviesa los pulmones, del errático vaivén de la mente, de la invalidez, del rechazo de los otros, de la burla, el agravio, la piedad, la marginación, de la muerte que acecha detrás de la cortina o en la cama contigua, del miedo. La pelota, el avión: objetos de vuelo para los pájaros. El inocente es ese pájaro que muere en cualquier lugar sin que nos percatemos de su ausencia. Pero es también el que conoce la trayectoria de las aves.

D.E. – Acabas de recordarme unas escenas de la película El espejo de Tarkovsky. En ellas aparecen unos pájaros que, a modo de testigos, sobrevuelan la Historia de los hombres en diferentes escenarios de muerte, destrucción, enfermedad y dolor. Estos seres de vuelo, que podrían relacionarse con tu “Cual-pájaro”, parecen tener la capacidad de transcender las miserias y tragedias humanas… ¿No crees que el cruel juego de la guerra tiene algo de inocencia? ¿Hasta qué punto un verdugo es inocente? Jean Améry pensaba que los miembros de la Gestapo que lo encerraron y lo torturaron, hasta reducirlo a un haz de fuerzas en su agonía, eran inocentes, pues se limitaban a acatar órdenes como autómatas. Incapaces de empatizar con sus víctimas, eran víctimas a su vez de la gran maquinaria de muerte de la que formaban parte y que fue consecuencia del capitalismo tardío. La violencia y nuestras propias heridas parecen tener siempre una dimensión social, es decir, parecen ser producidas por unas formas de vivir o unos modos de actuar normalizados. Vivimos en una sociedad bastante acelerada y violenta. “¿Qué herida no es de guerra y producida por la sociedad entera?”, preguntaba Deleuze.

Ch.M. –¿Y cuando no fue así? ¿No es acaso la violencia la ley del universo? No es el amor lo que sostiene el mundo, como a muchos les gusta pensar, sino la violencia. El Hambre es lo que mueve la maquinaria de la que los humanos formamos parte. No vivimos, exactamente, sino que sobre-vivimos: vivimos-sobre una montaña de cadáveres. Gracias a ellos. Y esto no es debido al capitalismo ni a la tecnología ni a ningún sistema o estrategia de los que nos valemos para seguir adelante, sino a la propia naturaleza de la existencia. Y si bien ahora la violencia global nos parece más impactante es por dos razones: por la existencia de los actuales medios de representación que nos hacen más conscientes de ello y porque nuestra especie es ahora mucho más numerosa de lo que era hace algunos siglos. ¿Inocentes? Sí, por supuesto: no hemos inventado la maquinaria. ¿Culpables? sí, también: no sólo no le ponemos fin sino que la consideramos hermosa.

D.E. –Somos dados a crear diferencias para excluir. Necesitamos de los otros a quienes temer, ridiculizar, agredir, insultar, odiar, negar …. Necesitamos trazar fronteras y poner alambradas, crear al enemigo para afianzar nuestra identidad individual y colectiva. Necesitamos del hambre de millones de personas para perpetuar nuestro sistema.

Ch.M. –Si, pero… ¡Y si enemigo no hubiese! Y de nuevo me remito a lo común, a lo que podría unirnos más allá de todas las diferencia, la conciencia del dolor al que todos, de una manera u otra, más tarde o más temprano, estamos abocados. Caemos al mundo con dolor, en nuestras sociedades generalmente en una cama de hospital, y salimos de él también con dolor y, muy frecuentemente, en otra cama de hospital. Nacemos con dolor, morimos de la misma manera. De una tina a otra tina, como dice un haiku. De la cuna al ataúd. Y entretanto nos enfrentamos a la pérdida, a la ausencia, a la intemperie. Si tomásemos conciencia de que la herida nos pertenece a todos, tal vez, mientras tanto, dejaríamos de inventar al enemigo.
En cada una de las camas hay agujeros, tus agujeros negros, David, a los que se asoman los pájaros. Esos agujeros-túnel nos comunican, es lo que asoma en superficie del rizoma de vida que somos bajo las sábanas.

David Escalona_Dibujo

D.E. – Te refieres a esos dibujos sobre camas de hospital de la serie “Vendados” que surgieron paralelamente a tus poemas de “Sidermitas” como un diálogo. Me pareció interesante partir de estas imágenes, en esta ocasión, para la instalación del Hospital Real de Granada, pues su historia y su arquitectura se prestaban a ello. Pensé en 5 camas de hierro alineadas. En cada cama, una ausencia. En una de ellas, un círculo, negro como los pájaros que revolotean alrededor. Este agujero simulado es un punto ciego, una densa sombra de la que podría surgir o que podría engullir todo cuanto observamos. El agujero es como un túnel que comunica con otras realidades, una hendidura por la que fugarnos hacia no se sabe dónde. Es esa inconmensurable otredad indiferenciada que, como la muerte, se resiste a ser representada. Esta apertura tenebrosa es como el universo concéntrico, concentrado sobre las sábanas-pliegues donde el dolor, el yo-dolor, se disuelve en un grito-pájaro. Pero tú lo dijiste: “una sombra no hace la noche entera”.
El agujero es la pérdida, el extravío. Pero también es el encuentro con lo desconocido, la abertura a las diferencias y a la posibilidad de cambio. Y de ahí la angustia que nos produce contemplarlo. De él emergen susurros, ecos, resonancias de otros tiempos y lugares.

Ch.M. –Sí, ese es el el universo-resonancia de los sidermitas, el no-lugar desde el que caen esos seres, ignorantes de todo cuanto ocurre, como cae todo ser al mundo de las diferencias. Nacer es caer al mundo. Y quedan atrapados en la rueda del Hambre. Víctimas que no están preparadas para el juego de la agresión. Víctimas que tendrán que convertirse en verdugos. Verdugos-víctimas que, agarrados al borde de la circunferencia-abismo querrán volver a él y no sabrán cómo. No sabrán cómo porque en superficie el agujero-túnel aparece como el azogue de un espejo en el que sólo verán reflejada su propia imagen.

D.E. –Al final de las blancas e impolutas camas, dos frágiles esgrimistas, en sillas de ruedas, con trajes asépticos y empuñando un florete, parecen estar a punto de comenzar o acabar un combate. Éstos son una metáfora del duelo, de la resiliencia o la capacidad del ser humano para superar la adversidad y salir reforzado por ella. Tras las máscaras negras de rejilla no hay nada ni nadie. Hay túnel, caída, agujero del que emerge el canto de un mirlo. El mismo mirlo que revoloteaba por el claustro cuando Ludovico lo oyó y dejó de entender lo que leía. El mismo mirlo que Juan de los Enfermos, “el vendedor de libros”, escucharía desde su celda.

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Ch.M. – A veces el combate es una manera de amarnos. Apelar a la coincidencia de los túneles, reclamar una nueva inervación de los miembros amputados del cuerpo común que formamos entre todos. La compasión no tiene nada que ver con el sentimentalismo. Este suele generarse por los modelos conceptuales que tenemos introyectados. La compasión adviene cuando quebramos el espejo y constatamos su profundidad. Los túneles son vías para el reconocimiento. ¿Se atreverá alguien a contemplar la superficie del círculo? ¿Se detendrá alguien en el patio de los Inocentes para escuchar el mirlo? No es una obra de arte lo que ofrecemos aquí, o no ha de entenderse como tal, sino como una ocasión para la escucha. Un simple, sencilla ocasión para, al amparo de estos muros, devolvernos, por un instante –un instante eterno– la dimensión de nuestra inocencia.


Exposición en el Hospital Real de Granada. Marzo 2017.
Instalaciones en la Sala de la Capilla e intervención en el el Patio de los Inocentes.
Organiza: FACBBA

Entrando en la web de David Escalona podréis acceder al portfolio de fotografías de la exposición “Y si enemigo no hubiese”, tercera parte de Dónde mueren los pájaros.

If there was no enemy. Y si enemigo no hubiese.


Lectura de Chantal Maillard en el Gutun Zuria 2017 Bilbao

En el marco del X Festival Internacional de las Letras organizado por Arkuna Zentroa, acaba de ser retransmitido en streaming el recital poético que reunía las voces de J. A. González Iglesias, Clara Janés, Darío Jaramillo, Beñat Sarasola y Chantal Maillard en la Alhóndiga de Bilbao.

La lectura de Chantal Maillard empieza en el vídeo a 00:56 y termina a 1:22 (26 mn). El tiempo suficiente para irse afinando y desafinando, para templarse y destemplarse,  para vibrar en una gran variedad de tonos sucesivos, a velocidades variables. Voz que late como ninguna otra en el silencio denso que logra ahuecar en su lectura. Lectura entre dos risas.

http://www.azkunazentroa.eus/az/cast/inicio/inicio/recital-poetico-ja-gonzalez-iglesias-clara-janes-dario-jaramillo-chantal-maillard-y-benat-sarasola/al_evento_fa

El cisne negro. Chantal Maillard

El 23 de noviembre del 2016, el ACEC (l’Associació Col·legial d’Escriptors de Catalunya) invitó a Chantal Maillard a participar en el Ateneo Barcelonés en las XV Jornadas Poéticas dedicadas en esta ocasión a la mística hebrea y árabe. Acabo de encontrar los vídeos de su lectura. La intervención de la poeta y filósofa hispano-belga es afilada como un bisturí. Con precisión de cirujana, Maillard corta, desmenuza, desbroza, depura el corpus teológico dejando a la vista el hueso lingüístico de dios. Esa tarde juraría que un cisne negro cruzó la sala. Los que teníamos oídos pudimos escuchar el aleteo de sus potentes alas –¿o era conjuro de poeta? “para curar –vaivén-sutura– las heridas“…

 


Escribo sobre el lomo del cisne negro,

aquel que desbarata

todas

las conclusiones.


Chantal Maillard

La mujer de pie


El espacio sonoro. Chantal Maillard

En homenaje a las campanas tibetanas “tingsha” que abren y cierran las sesiones del taller.

En los templos [de India], la repetición de ciertas sílabas o palabras rituales (mantras) es una de las prácticas más comunes. También lo es el tañido de las campanas. Es frecuente que una rueda de campanas acompañe a la prolongada exhalación de la caracola (el instrumento mediante el que Visnu mantiene el universo) en los ritos del amanecer y del atardecer y, en el umbral de los templos, hay siempre una campana que el devoto golpea al entrar para atraer la atención del dios que puede estar dormido o distraído. El sonido es señal de atención, de alerta, pero es también lo que llamamos, con mucho acierto, la creación de una atmósfera envolvente, esto es, la reunificación, en el entorno, de los sonidos dispersos, su concentración. El templo es, por ello, centro, lugar de reunión o concentración, un lugar en que, dentro y fuera de cada cual, vuelven a armonizarse las fuerzas del universo.

Chantal Maillard. “El espacio sonoro de la India” in Contra el arte: 243. Pre-Textos, 2009


Agradecemos a Lola que haya cedido sus campanas tingsha al inicio de cada sesión.
El montage audio y la fotografía de las campanas sobre la khata blanca son de Susanna.

http://loscuencostibetanos.com/tingsha/