Morir de pensar. El perro de Ulises. Pascal Quignard

 

Goya

 

Ulises, harapiento, es reconocido por su viejo perro Argos.

Hace 2800 años, en la Odisea, XVII, 301, Homero escribió: Enoèsen Odyssea eggus eonta. Palabra por palabra: pensó a “Ulises” en aquel que avanzaba hacia él.

La escena es asombrosa porque ningún hombre y ninguna mujer en la isla de Ítaca había reconocido a Ulises vestido de mendigo: es Argos, su viejo perro, quien repentinamente reconoce a aquel hombre. El primer ser sorprendido en el acto de pensar, en la historia europea, es un perro.

Un perro que piensa a un hombre.

Retomo la escena: el perro está echado en el estiércol. Al sonido de una voz junto a la puerta, alza la cabeza. Ve a un mendigo hablando con el porquero. Pero el disfraz no engaña al perro: piensa a Ulises en el mendigo.

Ahora bien, en ese mismo instante, de pronto, el propio Ulises percibe que ha sido reconocido en aquel espacio (que alguien “piensa” en él en el lugar). Ulises mira a su alrededor y al fin advierte, no lejos del portal, yaciendo en el montón de basura y paja sucia, a su viejo perro de caza, Argos, con el que perseguía jabalíes, ciervos, liebres, cabras montesas veinte años atrás, cuando era rey de la isla.

Ante todo, Ulises no quiere ser reconocido. Enjuga aprisa una lágrima que se desliza por su mejilla, previamente ensuciada con un pedazo de carbón a fin de no ser identificado.

Argos alza los ojos, sacude su hocico, “piensa” a Ulises en el mendigo, mueve la cola, agacha las dos orejas, muere.

Piensa y muere.

Así, el primer ser que piensa en Homero resulta ser un perro porque el verbo “noein” (verbo griego que se traduce como pensar) quería decir, en primer lugar, “oler”. Pensar es olfatear la novedad surgida en el entorno. Es intuir más allá de los andrajos, más allá del rostro embadurnado de negro, en el corazón de la falsa apariencia, en el fondo del ambiente que no cesa de modificarse, la presa, la velocidad, el propio tiempo, el salto, una muerte posible. Provenimos de una especie en la que la depredación se imponía a la contemplación. Contemplación, en griego, se decía theôria. La presa desaparecía en el devorador. La presa no se podía contemplar sin una agresión casi inmediata, sin la destrucción consecutiva a la visión, y sin su devoración exhaustiva en los restos de la carroña descoyuntada por cada depredador saciado.

Solo podían contemplarse, una vez satisfecha el hambre, los desechos de la comida: cornamenta, huesos, dientes, colmillos, garras, pieles, caparazones, plumas, excrementos, estiércol.

Es el primer léxico.

Todos esos relieves en el campo visual, vestigios de lo vivo, trazas de la motricidad de las fieras, mnemotecnias de sus muertes, son otras tantas letras (en latín, litterae) que formaban lo único que podía contemplarse.

Parménides escribió que los signos (en griego, los sèmata) son ante todo los excrementos de las bestias perseguidas, luego las huellas que señalan su camino, por último los astros (en latín, los sidera) que dan cuenta de su itinerario.

Los signos del paso de las bestias devienen signos de reconocimiento que guían a los cazadores hacia sus presas, hasta que regresan y pasan a ser indicios que permiten volver desde el lugar de la refriega hasta el “hogar”, hasta su “fuego”, hasta la cocción de las presas muertas y despedazadas, hasta la posibilidad del relato no solo de caza sino también de supervivencia, junto a los suyos, sentados en corro alrededor de las llamas que cuecen las presas muertas.

El movimiento de retroceso se dice meta-phora en griego.

El movimiento consistente en dar media vuelta se dice Tao en chino.

Los antiguos griegos de Turquía (como los antiguos chinos del taoísmo) pensaban el pensamiento como un viaje de ida y vuelta: noein y neomai. Piensan el pensar como un viaje que no olvida el camino andado. Un viaje que avanza regresando, tal es el camino, el callejón, la senda que constituye el fondo del pensamiento. Chuang-tsé escribe: ése es el Tao. En la misma época, Heráclito escribe, más sabiamente: es una enantiodromía (un trayecto que vuelve sobre sus pasos). Por esa razón los primeros pensadores de Grecia, mucho antes de que la filosofía se constituyera como tal, quisieron fundar la palabra noos (pensamiento) en la palabra nostos (regreso). Pensar era errar en cualquier dirección recordando cómo regresar vivo junto a los suyos después de la prueba mortal. Hay una añoranza (en latín, un regressus) incluso en la audacia de pensar. Hay un camino que no se olvida en lo que piensa. Es lo que significa la palabra griega método (meta-hodos): el camino inverso (la vía recapitulativa) donde precisamente el trans-porte (la meta-phora) se hace al revés. Hay algo perdido que se ama incesantemente en el movimiento nostálgico del pensar. ¿Los seres humanos pueden pensar sin retorno? No. Entendemos por qué Rabdod(i) piensa primero, antes de tomar la decisión de metamorfosear su cuerpo, antes de hundirlo en una nueva agua originaria: “¿Dónde han ido mis muertos?”. Una añoranza hace presa en él y huye del agua eterna para reencontrarse, después de tres días, donde se congregan los más numerosos: en la oscuridad del otro mundo donde se acurrucan, bajo tierra, todos los muertos que allí se descomponen.

Así es como el verso 326 del canto XVII de la Odisea de Homero describe el extraño thanatos (la voluptuosidad, la deflación, la depresión, la muerte) del perro de caza en el instante inmediatamente posterior a su noèsis (su olfato, su pensamiento). Las sombras de la muerte cubrieron los ojos de Argos justo después de percibir a Ulises, a quien llevaba esperando veinte años.

__________

(i) Caudillo pagano de Frisia (siglos VII-VIII d. C.). La leyenda asegura que Radbod estuvo a punto de bautizarse, pero cuando se le dijo que tras su muerte no encontraría a ninguno de sus ancestros en el cielo, renunció al sacramento y a entrar en la Iglesia con estas palabras: “Prefiero una eternidad en el Infierno con mis antepasados que en el Cielo con mis enemigos”.(N. del T.)

Traducción: Antonio F. Rodriguez

http://revistakokoro.com/morirdepensar.html

Pascal Quignard. Mourir de penser. Paris: Grasset, 2014. [Cap. III]

Imagen: GoyaEl perro semihundido

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2015/11/12/circulus-vitiosus-deus-pascal-quignard-2/

 

Mirar(nos) como mira un animal. Chantal Maillard

 

Ture Ekroos_Once upon

 

[…] El ecologismo, a pesar de sus buenas intenciones, no es el mejor camino. Se puede hacer, con respecto a él, la misma reflexión crítica que el filósofo japonés Kitarô Nishida hacía con respecto a la ética de los derechos humanos: tal tipo de ética, decía, es incapaz de resolver definitivamente los problemas del mundo porque pertenece a una forma dicotómica de entendimiento y los problemas entre los seres humanos han de resolverse a partir de la vacuidad, que permite comprender al otro desde lo mismo.

Proteger a la naturaleza, a los niños, a los animales, es la expresión del paternalismo propio de una tradición de control y dominio del medio que se ha desarrollado a partir de la idea bíblica de que la tierra está al servicio del hombre, ese ser que se autoproclama superior a todo lo que él mismo define como inferior. Del Génesis a la Tecnología hay una línea directa. […]

Hace falta una ecosofía (el término es de R. Panikkar) en vez de una ecología. En vez de dominar y proteger, volver a sentir, a oír, a oler incluso, a comprender oliendo, a saber sintiendo. En vez de la pancarta “no tocar” en los “espacios protegidos”, la invitación a la hierba, la educación del sentir, la religiosa invitación a saberse hierba y a pisarla como se pisa un templo en Oriente: con los pies descalzos. “No tocar” es la señal de alarma que aparta a los niños de su origen en vez de recordárselo, que nos hace peregrinar por nuestro mundo en un vehículo diáfano como aquellos autobuses en los que los turistas cruzan, como peces en un acuario, los parajes volcánicos de algunas islas. Turistas del mundo de fuera y del interior, nos vamos convirtiendo en depredadores que han olvidado la máxima de sus antepasados los viajeros: ir de lo propio a lo otro para ser lo que eres.

Lo propio: lo más común, el oikosOiko-sophía: saber de lo más propio, del hábitat, lo que nos pertenece no como posesión sino como propiedad, es decir, aquello a lo que ontológicamente pertenecemos. Sophia en vez de logos: saber en vez de conocimiento, integración en vez de discurso. Saber de la intimidad que lleva incluido el amor, pues, como escribe R. Panikkar, “conocer sin amor no es el verdadero conocimiento”. Amor que es compasión (karuna para el budista, piedad para el cristiano), un término que, como el de caridad, entendido por vía paternalista ha ido engrosando el diccionario terminológico del poder. Amor o com-pasión (cum-pathos) que es íntima comprensión del sentir del otro, de lo otro comprendido a partir de lo mismo. Conocimiento sintiente, no entendimiento, desde las húmedas entrañas, no desde la aridez de la mente. Desde las aguas, no desde el fuego. Porque en las aguas, siempre maternas, tiene el fuego (Agni) su morada, como dice el Veda, y las entrañas, el lugar de la compasión, es también el centro de unión en el que los dos polos se reconcilian. […]

Las guerras, las técnicas de espiritualidad, las teologías se nos revelan, pues, como sendas estrategias para la consecución del descanso por medio de la unificación. Todas ellas procuran eliminar la tensión a su modo, las guerras llevándola a su máximo, las místicas reduciendo al mínimo las vibraciones perturbadoras, y las teologías procediendo por abstracción y realizando síntesis progresivas hasta lograr situarse mentalmente en el Uno Lógico.

Hay otro modo, sin embargo, de conseguir el descanso que el estado de unidad parece procurar, un modo al alcance de todos, utilizado también por los místicos aunque no necesitado del concurso de ningún tipo de corpus teórico, metafísico o imaginal y cuyo gozo no resulta del esfuerzo por lograr lo otro prescindiendo de lo propio (místicas), ni del uso del procedimiento de la abstracción (religiones, metafísicas), ni de la violencia como provocación (contiendas), sino de un íntimo conocimiento que es resultado de la contemplación.

La con-templación es una “pasiva actividad” que hace del lugar común templo, lugar en el que el ánimo se templa con el del otro como si de instrumentos se tratara. Templar las cuerdas del ánimo: armonizarlas al tiempo que se homogeneiza la temperatura -la fuerza y el ímpetu. Templarse: alcanzar desde los extremos el “medio”, esa ecuanimidad que el espíritu chino entendía como la capacidad de saborear la “insipidez”,  aquel sabor que no siendo ninguno en particular es la posibilidad de serlos todos. […]

En el plano estético, es decir, aquel en el que se sitúa el individuo que adopta la actitud del espectador, esta ecuanimidad es denominada, en la terminología propia de los filósofos de Cachemira, santarasa, el estado emocional que corresponde, en la contemplación estética, al estado de calma o serenidad. También santarasa es el lugar emocional en el que todas las emociones están contenidas en potencia, del que todas surgen y al que todas vuelven. En esa calma, desde esa calma, la com-pasión es posible porque quien contempla está vacío de sí mismo y ese vacío lleno de posibilidades es el suelo común, propiamente común, de lo humano.

Pero trascendiendo el nivel psicológico de las categorías en las que la Estética se mueve, la contemplación abarca todo lo existente. No se trata, entonces, de la inmersión en este o en otro estado de ánimo, ni siquiera con el fondo común de todos los estados posibles, sino del encuentro con algo mucho más complejo que integra todo el organismo en la misma comprensión. Contemplar un lirio [R. Panikkar] o un amanecer, respirar el olor húmedo del humus en un bosque o sentir la brisa del mar acariciándonos la piel o el tacto del pelo duro o suave de un animal y, bajo los dedos, la leve reacción de aquellas extremidades de ser estremecidas, su límite inverosímil, ese no-límite de repente evidente, con una evidencia que no nos llega por vía racional sino que es producto de esa inteligencia del cuerpo más ancestral, más inmediata, más olvidada también, todo ello es templarse-con, armonizarse, sentir conjuntamente y saberse en otro, en lo mismo, en uno. Porque no existe “el Uno” sino uno-mismo cuando las barreras de las diferencias se han anulado en esa evidencia “natural”. Para estar-con, para salir del “sí mismo”, del otro que somos individualmente, sólo hace falta salvar la distancia que se abre con el juicio, aquella que nos convierte en sujeto-que-observa-un-objeto. Juzgar es establecer la distancia.

Pero el animal no juzga, la planta no juzga, la montaña y la roca no juzgan, el mar no juzga. ¿De allí nuestra superioridad sobre ellos? No, de allí nuestra soledad, nuestra condena. Si fuésemos capaces de contemplar sabríamos, como aquel pintor chino –a Shih t’ao me refiero–, que las montañas son el mar y el mar las montañas y que el mar y las montañas saben que lo sabemos.

Si fuésemos capaces de mirarnos como mira un animal tal vez fuésemos capaces de com-pasión, ésa que acompaña al amor. Porque el juicio es incapaz de dar cuenta del amor. Y ¿qué es eso? “Amor” es la palabra que empleamos para decir la ininterrupción de la corriente de energía que hace ser. Amor es la palabra que convierte un continuo en concepto para la mente, de la misma manera en que la teoría musical india entiende que la nota es el signo mental del intervalo que es el sonido mismo. Un signo es un repliegue, una re-flexión de la conciencia; el concepto da cuenta de lo que ocurre y lo establece, previniendo. El concepto previene las modificaciones. Por lo mismo, el concepto se convierte, apenas formulado, en obstáculo para la vida en el mundo primero –el de los sucesos– del que pretende dar cuenta. Es fácil, entonces, que optemos por mudarnos al mundo segundo, donde la comodidad de los conceptos apacigua la mente por medio de la repetición, la alivia un poco de tanta decisión, de tanta necesaria libertad. Sentir, vivir sintiendo es aparentemente más fatigoso, requiere una atención constante, un estado de alerta, un estar abierto sobre la cuerda tensa. Contemplar no es pasivo, es una apertura, un tensor que apunta hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo, trazando puentes, recuperándolos, un estar en el borde siempre, en el filo que nos separa de nosotros mismos estando, sin embargo, en nuestro propio centro.

Si fuésemos capaces de mirar como mira un animal sabríamos mirar desde el centro en el mismo filo de la individualidad. El amor dice la ininterrupción del flujo, y es éste el estado natural; es amando como salta el tigre sobre su presa, como la ballena o el lince se suicidan o el oso husmea en el viento.

Si fuésemos capaces de mirar como mira un animal o como mira la tierra tal vez seríamos capaces de amarnos. De amarnos antes de la palabra amor, antes de que cualquier palabra asentara los “sentimientos” troceando el continuo, haciendo de la vida fragmentos, similitudes, repeticiones. […]

Chantal Maillard ed. El árbol de la vida. La naturaleza en el arte y las tradiciones de la India. Kairós, 2001

Imagen: Ture Ekroos. Once Upon

La paz de las cosas salvajes. Wendell Berry

 

Búho_mimetismo

 

Cuando el temor por el mundo crece en mí
y despierto en la noche ante el menor sonido,
preocupado por qué será de mi vida y de las vidas de mis hijos,
voy y me acuesto allí donde el pato
descansa en su belleza en el agua, y la garza real se alimenta.
Entro en la paz de las cosas salvajes
que no ponen a prueba sus vidas con la anticipación del dolor.
Entro en la presencia del agua quieta.
Y siento sobre mi cabeza a las estrellas ciegas al día
esperando con su luz. Por un momento,
descanso en la gracia del mundo, y soy libre.

 

The Peace of Wild Things

When despair for the world grows in me
and I wake in the night at the least sound
in fear of what my life and my children’s lives may be,
I go and lie down where the wood drake
rests in his beauty on the water, and the great heron feeds.
I come into the peace of wild things
who do not tax their lives with forethought
of grief. I come into the presence of still water.
And I feel above me the day-blind stars
waiting with their light. For a time
I rest in the grace of the world, and am free.

 

Hainuwele, la Mujer Salvaje de Chantal Maillard

Mujer-árbol

He visto a Hainuwele. Su rostro dentro de un árbol como dentro de una vaina. Era un árbol grueso, de ramas vigorosas. Dancé con los brazos en alto, la cabeza enfundada, como ella, en la capucha del abrigo. La hierba resplandecía bajo el hocico de los caballos jóvenes.

Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015

*

… [Hainuwele] es mi alter ego más querido. Vive en mí aun cuando la pierdo, lo cual ocurre con frecuencia y, en el estado de confusión en el que me deja su pérdida, me conforta saber que tarde o temprano volveré a encontrarla. Para recuperarla, me basta con percibir el olor de los helechos en los bosques europeos o el sonido de las hojas secas, olfatear el viento del norte cuando llega a la costa cargado de olores o, simplemente, contemplar un animal. […]

*

Si preguntan quién soy, contesto:
vibro a mayor velocidad que un árbol.

*

Si pregunto a los hombres
qué es aquel cuerpo inmenso
que vibra al otro lado de los bosques,
me contestan: “el mar”.
Si te pregunto qué es el mar,
me dices:
“un animal de lluvia que sin tregua recorre
la distancia infinita que de sí mismo le separa”.
Quieres ponerme a prueba, pretendes confundirme.
Sé que aquel cuerpo inmenso
eres tú
cuando sales del bosque
y arrojas tu saliva sobre el mundo.

*

ayer cae la lluvia
mañana leopardos

Las niñas cantan amasando el barro
en la ribera.
Como un felino el lago eriza
su pelaje manchado y se estremece
bajo la lluvia parda.

Ayer nace mi padre
mañana nazco yo

Sonríes sobre el agua.

Chantal Maillard. Hainuwele y otros poemas.Tusquets, 2009 (1ª edición de Hainuwele, 1990)

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2011/02/16/hainuwele-la-mujer-salvaje-recobrada/

El sutil vigor animal de Clarice Lispector

Clarice Lispector_Agua viva  perdersetambienescamino


Estoy entrando disimuladamente en contacto con una realidad nueva para mí y que todavía no tiene pensamientos correspondientes, y mucho menos aún una palabra que la signifique. Es sobre todo una sensación más allá del pensamiento.


¿Cómo explicarte? Lo intentaré. Es que estoy percibiendo una realidad sesgada. Vista a través de un corte oblicuo. Sólo ahora he intuido lo oblicuo de la vida. Antes solo veía a través de cortes rectos y paralelos. No percibía el insípido trazo sesgado. Ahora adivino que la vida es otra. Que vivir no es sólo desarrollar sentimientos densos; es un sortilegio mayor y más grácil, sin que por ello pierda su sutil vigor animal. Sobre esta vida insólitamente sesgada he puesto mi pata que pesa, haciendo así que la existencia fenezca en lo que tiene de oblicuo y fortuito y sin embargo al mismo tiempo sutilmente fatal. He comprendido la fatalidad del azar y no existe en eso contradicción.

La vida oblicua es muy íntima. No digo más sobre esa intimidad para no herir el pensar-sentir con palabras secas. Para dejar esa oblicuidad en su independencia desenvuelta. […]

¿La vida oblicua? Sé bien que hay un desencuentro leve entre las cosas, casi chocan, hay un desencuentro entre los seres que se pierden unos a otros entre palabras que ya casi no dicen nada. Pero casi nos entendemos en ese leve desencuentro, en ese casi que es la única forma de soportar la vida plena, porque un encuentro brusco cara a cara con ella nos asustaría, ahuyentaría sus delicados hilos de tela de araña. Nosotros somos de soslayo para no comprometer lo que presentimos de infinitamente otro en esa vida de la que te hablo.

Y yo vivo al margen, en un lugar donde la luz central no me quema. Y hablo muy bajo para que los oídos se vean obligados a estar atentos y a escucharme.


Clarice Lispector. Agua viva. Siruela, 2010: 73-75


La cura. Chantal Maillard

 

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Atrás. La mano sobre el pecho donde a veces las otras acuden. Inicio el descenso de la memoria. Pues de descender se trata aunque, de acuerdo con la apreciación del tiempo sucesivo en el estado de vigilia, se lo llamaría retroceder. Sigo bajando hasta que me encuentre con algún obstáculo, algo que me impida pasar con soltura entre las imágenes. Ahí está. Me detengo. La mano. Atiendo. Y acude una sensación. Percibo el miedo. Hay fuego en la chimenea. La niña juega con los rescoldos. Los papeles arden, las cenizas revolotean y terminan posándose en su pelo como copos de nieve sucia. Ceniza delatora. No juegues con el fuego: una orden, la primera orden de un padre al que acaba de conocer. Una prohibición es suficiente para que se repare en el objeto prohibido: había fuego y se podía jugar con él. La confianza, tan reciente y endeble, puesta a prueba y, luego, la transgresión. La niña tiembla. Percibo el temblar. Entonces le hablo, le dicto los gestos. La guío hacia él, hacia el regazo nunca ofrecido, nunca deseado. Y son ellas, ahora, todas ellas, las que ponen su mano múltiple en el pecho del padre donde, inesperadamente, percibo algo insospechado: la razón o raíz de su retraimiento, de su tristeza, su íntima condena. Su soledad, también. La niña lo abrazó. Por su mediación, yo le abracé. Su consuelo, ahora, es en mí, y de ambos su paz. Que los muertos descansen en paz significa que hemos de curarles, procurarles la paz con la cura.

Lo que hacemos aquí, se hace en otra parte. Lo que se hace ahora, se hace en otros tiempos.

[…]

*

Somos más de una, somos muchas.
Y los tiempos de una existencia son reversibles.

Enviar a la que sabe hacia aquella que no sabe.
Hacerse compañía.

[…]

*

Necesidad de mediación. Se necesitan mediadores (dioses, ángeles, santos, animales y otros, según el código que se utilice) cuando se desconoce el poder de la voluntad –lo cual es sin duda un bien en épocas oscuras–. Quienes lo conocen saben que el invocado, quien invoca y la propia invocación son una misma cosa.

Acudo a ellas, las que fui, y mi presencia allí las cura en mí.
Retroacción para la cura.
¿Cómo arranca el movimiento circular? Con una convicción, una demanda y una escucha.
La fuente está donde la voluntad. No teniendo, entonces, se tiene. Quién hace daño deliberadamente, se seca.

Metáforas antiguas que podrán, sin duda, renovarse, pero cumplen, no obstante, su función, por el momento.

*

¡Duele tanto, a veces, el otro! Y no es en mí donde duele, el mí no interviene, sino en Mí. Pues el centro es en todos el mismo centro. Centro-corazón que, más allá de razón alguna, no necesita conocimiento.

*

Cuanto más dejas de ser más te acercas al núcleo común. Y cuanto más te acercas al núcleo común más férrea es la ética. Entonces tú ya no eres quien requiere tus cuidados sino todos ellos.
Ocurre en el alma una transformación. Ya nada es misterio.

[…]

Chantal Maillard. La mujer de pie, Galaxia Gutenberg, 2015

Fotografía de Franco Zecchin, Enfant de Mongolie

 

Triadic Memories. Chantal Maillard & Morton Feldman

 

 

Memoria:

Éclats. Éclaboussures. Del antes. En el ahora.
Ensamblajes.
Analogías que iluminan.
Comprehensión.

*

Segmentos sonoros. Melodía no. Letras como burbujas que acuden a la superficie del agua estancada. Modulándose lentas, por resonancia. “En Occidente las formas musicales se han convertidas en una paráfrasis de la memoria, pero la memoria también puede operar de otro modo”, comentaba Morton Feldman. Definía su obra como “un intento consciente de formalizar la desorientación de la memoria”.

*

Presente, presente, presente.
Aquí.
Menos, si cabe. O más, según se vea.
Sin seguimiento. Espacio esbozado en la nota.
Espacio, no: resonancia. Entre punto y punto, trazándose.
Cada nota, un punto. El peso de un punto: su tiempo.

(Interrupción del dolor. Atención captada. Capturada.)

Vaivén. Juego de niños: comba describiendo círculos que alteran el espacio.

Música, no. Ya no son tiempos para la música.
Música no, ¡oíd!: resonancia. Punto ensanchado.

Y el sabor de la tiza en la boca.


Chantal MaillardLa mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015

 

Una pastelería en Tokio. Naomi Kawase

Naomi Kawase

La última película de la japonesa Naomi Kawase es una absoluta maravilla. “Una pastelería en Tokio” habla de pérdida y de duelo, de enfermedad y de dolor, de soledad y de vidas al margen,  de ciclos y de sanación, de intensidad y de ligereza a modo de las flores de los cerezos. Habla el idioma de la ternura derramada. Ternura que te envuelve durante dos horas en las que entras en una profunda meditación y cambias de plano. Dos horas en las que eres puro corazón derramándose. Derramándose con todos ellos.


Jaos versus Tao versus Hades. Chantal Maillard


el jaos


Originalmente, la palabra Χάος no significaba desorden, sino “abertura”, “abismo”. El jaos era la inmensa abertura tenebrosa que existía en el origen, antes de que aparecieran las cosas, aquel espacio, por tanto, infinito por no medido ni medible, en el cual nada podía distinguirse. Así pues, el abismo original apunta simplemente a la no visibilidad. Los infiernos, también designados con la palabra jaos, no eran sino el lugar donde nada era visible, lo cual viene a corroborar el hecho de que la misma palabra Hades (ᾍδης) (la morada de Hades o Plutón) que se ha traducido por Infiernos, significará literalmente sin visión o invisible. La bajada a los infiernos es la pérdida de la posibilidad de visión; al morir, los seres pierden sus límites, se “des-realizan”, se hacen invisibles.

[…]

El jaos es aquello de lo cual tenemos experiencia por negación: lo que se nos muestra sin aparecer, como pura negatividad, como amenaza. Y sin embargo es un peso, algo que tiene densidad, algo que fuerza la entrada de nuestra subjetividad y que en la abertura sólo deja… tinieblas. Las tinieblas del jaos se parecen a esos agujeros negros de los que nos hablan los físicos que, llenos de materia pero insaciables, engullen todo lo que se les acerca. Su fuerza de atracción es proporcional a su densidad. Y en ello consiste la fuerza del abismo; el abismo nos atrae no por su vacío sino por su oscura densidad, y lo tememos por la misma razón por la que nos atrae: porque en la oscuridad residen todos los seres posibles, los diez mil seres que la Hembra misteriosa puede generar.

El jaos, esa boca abierta del abismo, tiene dos funciones: la de exhalar y la de engullir. Cuando exhala es Logos, verbo creador, palabra: vac, sonido original que al expandirse forma melodías y alfabetos diversos. Cuando engulle, los seres del mundo y su propio mundo son reabsorbidos. La espléndida metáfora cosmológica de la tradición sívaísta expresa esto con una imagen bellísima: el dios Síva ingiere a su esposa, Sakti, que es su propio poder de manifestación, después de haberse comido todos los alimentos –el mundo– que ella le había ofrecido. La imagen védica del sueño de Brahma y sus despertares tiene la misma significación. El hinduismo propone una teoría cíclica del universo, y también lo hace el taoísmo […].

Así pues, el Tao es el “ser caótico” que vive (sheng), es decir, que engendra, produce, fluye, de la nada al ser. Y ese vacío del Tao que es “eficacia”, fuerza productiva, es también la matriz que alberga todas las posibilidades. El Abismo –Jaos o Tao (con nombre)nos atrae y nos aterra a un tiempo porque es el espacio donde habita el germen de todo lo posible. Nos aterra porque intuimos, vagamente, que de allí venimos y allí volveremos; nos aterra porque vagamente también intuimos que en él perderemos el nombre, aquel que obtuvimos con el nacimiento y que al designarnos repetidamente fue marcándonos como individuo; nos aterra porque lo desconocido siempre es una amenaza contra lo ya constituido y bien asentado. Y nos atrae, sin embargo, por los mismas razones: porque intuimos, vagamente, que algo guarda el abismo de nuestro común origen, una plenitud anhelada y perdida; nos atrae porque perder el nombre es crearnos de nuevo; nos atrae porque lo desconocido puede abrirnos los horizontes de nuestra limitada entidad.

Chantal Maillard. La razón estética: 66-68. Ed. Laertes, 1998