Modos de ver (fragmento). John Berger

La maya desnuda (antes de 1800) Francisco de Goya y Lucientes

Según las costumbres y las convenciones, que al fin se están poniendo en entredicho, pero que no están superadas ni mucho menos, la presencia social de una mujer es de un género diferente a la del hombre. La presencia de un hombre depende de la promesa de poder que él encarna. Si la promesa es grande y creíble, su presencia es llamativa. Si es pequeña o increíble, el hombre encuentra que su presencia resulta insignificante. El poder prometido puede ser moral, físico, temperamental, económico, social, sexual… pero su objeto es siempre exterior al hombre. La presencia de un hombre sugiere lo que es capaz de hacer para tí o de hacerte a ti. Su presencia puede ser ‛‛fabricada”, en el sentido de que se pretenda capaz de Io que no es. Pero la pretensión se orienta siempre hacia un poder que ejerce sobre otros.

En cambio, la presencia de una mujer expresa su propia actitud hacia sí misma, y define lo que se le puede o no hacer. Su presencia se manifiesta en sus gestos, voz, opiniones, expresiones, ropas, alrededores elegidos, gusto; en realidad, todo lo que ella pueda hacer es una contribución a su presencia. En el caso de la mujer, la presencia es tan intrínseca a su persona que los hombres tienden a considerarla casi una emanación física, una especie de calor, de olor o de aureola.

Nacer mujer ha sido nacer para ser mantenida por los hombres dentro de un espacio limitado y previamente asignado. La presencia social de la mujer se ha desarrollado como resultado de su ingenio para vivir sometida a esa tutela y dentro de tan limitado espacio. Pero ello ha sido posible a costa de partir en dos el ser de la mujer. Una mujer debe contemplarse continuamente. Ha de ir acompañada casi constantemente por la imagen que tiene de sí misma. Cuando cruza una habitación o llora por la muerte de su padre, a duras penas evita imaginarse a sí misma caminando o llorando. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente. 

La maya vestida (1800) Francisco de Goya y Lucientes

Y así llega a considerar que la examinante y la examinada que hay en ella son dos elementos constituyentes, pero siempre distintos, de su identidad como mujer. 
Tiene que supervisar todo lo que es y todo lo que hace porque el modo en que aparezca ante los demás, y en último término ante los hombres, es de importancia crucial para lo que normalmente se considera para ella éxito en la vida. Su propio sentido de ser ella misma es suplantado por el sentido de ser apreciada como tal por otro.

Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas. En consecuencia, el aspecto o apariencia que tenga una mujer para un hombre puede determinar el modo en que este la trate. Para adquirir cierto control sobre este proceso, la mujer debe abarcarlo e interiorizarlo. La parte examinante del yo de una mujer trata a la parte examinada de tal manera que demuestre a los otros cómo le gustaría a todo su yo que le tratasen. Y este tratamiento ejemplar de sí misma por sí misma constituye su presencia. La presencia de toda mujer regula lo que es y no es “permisible” en su presencia. Cada una de sus acciones —sea cual fuere su propósito o motivación directa— es interpretada también como un indicador de cómo le gustaría ser tratada. Si una mujer tira un vaso al suelo, esto es un ejemplo de cómo trata sus propias emociones y, por tanto, de cómo desearía que la trataran otros. Si un hombre hace lo mismo, su acción se interpreta simplemente como una expresión de cólera. Si una mujer gasta una broma, esto constituye un ejemplo de cómo trata a la bromista que lleva dentro y, por tanto, de cómo le gustaría ser tratada por otros en cuanto mujer bromista. Solamente los hombres pueden permitirse el lujo de gastar una broma por el mero placer de hacerlo. 

Todo lo anterior puede resumirse diciendo: los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas. Esto determina no sólo la mayoría de las relaciones entre hombres y mujeres sino también la relación de las mujeres consigo mismas. El supervisor que lleva la mujer dentro de sí es masculino: la supervisada es femenina. De este modo se convierte a sí misma en un objeto, y particularmente en un objeto visual, en una visión. 

John Berger, Modos de ver (fragmento), 1972. Edición Gustavo Gili, 2000

Encontraréis en Youtube los 3 otros videos (subtitulados en castellano) que recogen el programa televisivo ‘Ways of seeing’, dirigido en 1972 por John Berger. En ellos Berger se propuso analizar cómo nuestros modos de ver afectan a la forma de interpretar, toma prestadas muchas ideas de ‘La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica’, el artículo de Walter Benjamin de 1936. La serie recibió diversos premios, revolucionó la teoría del arte y fue adaptada a libro, convirtiéndose desde entonces en un título indispensable de la teoría del arte y de la comunicación visual. Berger analiza cuatro aspectos de la interpretación de la pintura al óleo: su origen relacionado con el sentido de la propiedad, el uso continuado de la mujer como objeto pictórico, la relación entre la herencia visual de la pintura y la publicidad y, finalmente, la transformación del significado de la obra original en el marco de sus múltiples reproducciones.

En este segundo episodio se ocupa de la representación del desnudo femenino, una parte importante de la tradición del arte europeo. Berger examina estas pinturas y se pregunta si representan a las mujeres tal y como son o sólo como a los hombres les gustaría que fueran.

JOHN BERGER. Londres, 5 de noviembre de 1926 – Paris, 2 de enero de 2017

In memoriam. No lo añoremos. Leámoslo. Sigue siendo una mirada inteligente y sensible, un referente ético, un faro en la niebla de nuestros tiempos.

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/02/actualidad/1483383820_921335.html

Presente, presente, presente

Próspero año nuevo a todos los seres vivos del planeta,

y a todo.as lo.as que rastreéis meticulosamente esta bitácora. 

Gracias a todo.as por correr un año más con los lobos!

loup-des-bois-illusion-magnifique-photo-wolf


“Presente, presente, presente.

Aquí.

Menos si cabe. O más, según se vea.”

Chantal Maillard


Imagen sacada de https://www.lepetitshaman.com/lhomme-le-traqueur-et-tueur-de-la-beaute-sauvage/


Indignación. Chantal Maillard

IMG_4320   indignacion_y_rebeldia-_critica_de_un_tiempo_critico_-_portada_342

I. El Otro Lado

Hace unos días, Félix Duque me comentaba que son tantas y tan conocidas las razones de la indignación que resulta difícil ser original al hablar de ello. No pude más que estar de acuerdo. No obstante, luego me puse a pensar y recordé cuantas veces había tenido que descubrir que lo que era obvio para mí no lo era tanto para otros, lo cual me daba a entender que la obviedad depende de una forma de mirar, una disposición, un bagaje experiencial y, por supuesto, de unas serie de opiniones. Y es que lo obvio raras veces coincide con la verdad lógica. Así que, si me lo permiten, les haré partícipes, simplemente, de unas cuantas inquietudes relacionadas con una serie de obviedades de entre las cuales algunas serán compartidas por ustedes y otras, probablemente no.

Quisiera ante todo que nadie viese en mis palabras la intención de desacreditar los movimientos de indignación que se dan actualmente en los países víctimas de la crisis económica. Muy lejos de esto. Movimientos como el del 15M son una bocanada de aire fresco en una sociedad que parecía demasiado estancada en la abulia de su bienestar. Sin embargo –y éste es el punto de partida de mis reflexiones–, no he podido evitar sentirme a menudo indignada al comprobar cómo, en los meses que siguieron a la ocupación de la plaza del Sol, las manifestaciones fueron siendo cada vez más sectoriales y gremiales. Así que, y puesto que entiendo que la tarea de un intelectual es no dar nunca nada por sentado, me pregunté acerca de qué es lo que nos indigna y de por qué nos indigna lo que nos indigna. Pronto me di cuenta, sin embargo, de que había algo previo a lo que atender: había que definir la palabra indignación. Soy de los que piensan, con Confucio, que si nos tomamos la molestia de definir los conceptos podremos entendernos mucho mejor, así que empezaré por ello, y lo haré con una cita de Cioran:

“Leo en un semanario inglés una diatriba contra Marco Aurelio en la que se le acusa de hipocresía, filisteísmo y afectación. Furioso, me dispongo a responder, pero pensando en el emperador me contengo inmediatamente. No es justo indignarse en  nombre de quien nos ha enseñado a no indignarnos jamás”.

Lo primero que puede apreciarse en el párrafo es la expresión de un sentimiento de ira que impulsa a actuar: “furioso, me dispongo a responder”. La ira es causada por la lectura de unas acusaciones a las que juzga injustas, y esta injusticia, al parecer, le ofende. La acusación, que no va dirigida a él, es percibida por el autor como una agresión, un insulto (un “salto sobre”) o una ofensa verbal que le enfurece, instándole a responder. La indignación parece, pues, que tenga como motor la ira ante la constatación de una injusticia y sea un movimiento que tiende a restablecer el equilibrio, a re-compensar la descompensación (la injusticia) mediante una respuesta, en este caso, verbal.

Dejaré para más adelante la última parte de la cita: “no es justo indignarse en nombre de quien nos ha enseñado a no indignarnos jamás” que, por otra parte, es la que me parece la más interesante. Por ahora quisiera centrarme en ese impulso solidario de Cioran para con Marco Aurelio. ¿Por qué siente Cioran la necesidad de defender a Marco Aurelio, de batirse por él, de responder por él? Sin duda porque le importa. ¿Le importaría si, en vez del emperador filósofo al que dice considerar como su maestro, se tratase de alguien con quien no congeniase en absoluto? ¿Sería suficiente con saber que las acusaciones son falsas para sentirse indignado y dispuesto a la acción? Debería serlo, según lógica, pero no suele serlo. Defendemos aquello de lo que nos sentimos próximos, lo que nos concierne, lo que nos afecta. Uno se siente ofendido/agredido cuando una injusticia es cometida contra la propia persona y sus adherencias o, dicho de otra manera, para indignarse, hay que sentirse concernido.

Esto parece que ya contesta, aunque de modo muy general, a la segunda de las preguntas: lo que nos indigna nos indigna porque nos concierne. Así que para contestar a la anterior: qué es lo que nos indigna, sólo tendremos que preguntarnos qué cosas o qué seres pensamos/sentimos que nos incumben y, lo que tal vez sea más importante, cuáles no. Dicho de otra manera, habremos de preguntarnos por la amplitud del marco de referencia de lo que nos atañe.

Lo que no nos concierne. Márgenes de nuestra indignación

El caso es que me da la impresión de que nos indignamos generalmente dentro de un marco más bien estrecho. Nos indignamos, con razones siempre aunque no siempre con razón (con justicia), pero quizás no con la suficiente amplitud. ¿Falta de información? ¿Desinterés?

Un ejemplo: En noviembre de 2008 se perpetró una serie de atentados coordinados en Mumbai. La Estación de ferrocaril, dos hoteles de cinco estrellas (uno de ellos famoso en nuestro país por albergar una mesa bajo la que se refugió uno de nuestros representantes políticos) y otros centros turísticos fueron algunos de los objetivos. Murieron 275 personas. Fue difundido por la prensa internacional y por la prensa india. La prensa internacional se interesó porque seis de ellas eran extranjeras; la prensa india, porque los objetivos afectaban a los VIP. Sin embargo, no se habló de las matanzas que los habían precedido en el mes de septiembre. Las víctimas, claro, no pertenecían a la élite. Nadie recordó tampoco las causas de estos atentados, desde la demolición de la mezquita de Babri en Ayodhya (Uttar Pradesh) en 1992 (900 muertos) a la matanza de Gujarat, una ola de violencia en la que, en 2002, se saquearon y se incendiaron aldeas, se violaron y quemaron a las mujeres, y que provocó el éxodo de unos 15.000 musulmanes.

¿Se supo algo, en los países occidentales, de aquellas matanzas? Sí, una voz se encargó de difundirlo, como siempre la de Arundhati Roy. Pero, si llegamos a enterarnos, ¿nos afectó? ¿Nos indignó?

Otro ejemplo:

Desde 1945, las naciones europeas no han dejado de recordarse mutuamente el holocausto judío. Algunas voces hubo que se alzaron para recordar el del pueblo gitano o el armenio, pero ¿nos importó lo más mínimo el de los pueblos de Namibia, los de Kenia, o el exterminio del pueblo Ogoni (2006), en Nigeria? ¿Llegamos a saberlo? Y si lo supimos, ¿nos indignamos?
Será cosa de la vista, pensamos. Ya se sabe: corazón que no ve… El corazón parece que necesita ver. Nuestra cultura es la cultura de las apariencias, de las apariciones: comprendemos y sentimos de acuerdo con lo que se muestra. Y claro, aquello no se mostró, no lo vimos. ¿Nos hubiese afectado, de haberlo visto? ¿Nos hubiésemos sentido concernidos?

Tan sólo en los últimos sesenta años, con intervención directa o indirecta de las naciones occidentales y siempre de acuerdo con sus intereses, fueron masacrados diez millones de congoleños, siete millones de vietnamitas, dos millones de camboyanos, dos millones de kurdos, quinientos mil serbios, un millón doscientos mil argelinos, setenta mil haitianos, ochocientos mil tutsis e hutus, doscientos mil guatemaltecos, quinientos mil japoneses, trescientos mil libaneses. El número de palestinos sigue creciendo. Desde 2005, el territorio de Gaza en una prisión a cielo abierto. En 2008, el gobierno de Israel utilizó a la población para ensayar una nueva bomba compuesta de bolitas de wolframio que explotaban en el interior de las víctimas desgarrándolas por dentro. En el ataque murieron 1444 civiles palestinos, 348 eran niños y más de 6000 quedaron paralíticos, quemados o mutilados. Al año siguiente, los bombarderos acabaron con sus molinos de trigo y su depuradora de agua. El bloqueo mantiene a la población en situación de hambruna permanente. ¿Nos movilizamos por ello o sigue pillándonos muy lejos?

Veamos:

Nos es de sobra conocida la cifra de los muertos (2.752) en el atentado de las Torres Gemelas, en septiembre 2001. La población de las naciones occidentales se sintió afectada e indignada. Sin embargo, según informes fechados en julio de este mismo año, la invasión armada de Afganistán e Irak por las tropas estadounidenses había producido hasta entonces, entre la población civil, 137.000 muertos y había dejado sin hogares a más de siete millones. No faltaron imágenes de estos episodios. ¿Nos indignaron?

Mucho se ha hablado acerca de la cultura del espectáculo y de la responsabilidad de los medios en lo que respecta a la indiferencia. Cierto es que recibimos los hechos convertidos en imagen como recibimos la ficción, por el mismo conducto y con el mismo formato, el de la pantalla. Cierto es también que, al convertirse en noticia, lo ocurrido pierde su condición singular. Las figuras son intercambiables, se archivan en carpetas con etiquetas que dicen: “emigrantes”, “terroristas”, “maltratadas”, etc.: mercancía serializada. Ninguna singularidad, reducción a conceptos (universales). Descontextualizadas, las personas devienen personajes sin otra vida que aquel fragmento que se muestra en la imagen. Eso sí, algunas imágenes nos arrancarán una exclamación, pero ésta responderá a lo que Kant denominaba juicio “de gusto”, no a un juicio de conocimiento. Provendrá de una emoción estetizada, no de una emoción ordinaria. Formalmente seducidos por los ardides del arte, responderemos a la forma creyendo que respondemos al tema. En esto consiste la perversión del lenguaje artístico. Sin arte, en cambio, sin atractivo formal, otras imágenes, mostrando la misma realidad, nos resultarán indiferentes. Podemos seguir tranquilamente sentados en el autobús o en el metro frente a un anuncio de niños esqueléticos. Porque, más allá de la posible afectación que puedan producirnos las imágenes, ocurre que entendemos que no nos concierne.

¿Qué hace falta para que algo nos concierna? Seguro que todos habréis oído alguna vez a alguien exclamando, ante la pantalla de TV: “Pero si yo a éste lo conozco…” O bien: “Pero si eso es aquí, en la calle tal… ¡Y yo estuve allí precisamente esta mañana!” Y habréis notado cierta inflexión en la voz denotando que algo, de repente, hacía mella, y habréis visto a la persona examinando la pantalla con interés, como escudriñando en algo que le resultaba familiar, algo que trazaba un puente entre lo externo y lo interno… De pronto se sentía concernida. Por simple reconocimiento. Porque el reconocimiento es proximidad y semejanza.

La principal razón de la indiferencia de quienes participamos de la sociedad del “bienestar”, es que la violencia (que nuestras naciones ejercen) siempre ocurre en Otra Parte: otras tierras o, simplemente, el sótano del edificio vecino. La violencia ocurre en Otra Parte, pero se ejerce globalmente.

Que el mercado global lo construyeron las naciones occidentales esclavizando y usurpando territorios es algo que todos conocemos. Que esclavitud y colonización han sido los pilares sobre los que se construyó la sociedad capitalista y su “bienestar”, es evidente. ¿Que esto fue cosa del pasado, que hemos crecido moralmente desde entonces? ¿Quién lo dice? A nadie se le escapa que el sistema de opresión actual, el último, el más terrible y el más asesino de los que se han dado en la Historia, se llama Organización Mundial del Comercio, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, sociedades transcontinentales e ideología neoliberal. Como dijo públicamente el Ministro de Costa de Marfil Oulai Siene en Durban (2001): “Los esclavistas no han muerto. Se han transformado en especuladores bursátiles”. Sin embargo, este tipo de discurso nos sigue manteniendo al margen del problema: ¿cómo podemos sentirnos concernidos por algo tan abstracto? Vayamos a algo más concreto:

-Todos sabemos, o podemos saber que los bancos disponen de nuestras cuentas para financiar la industria armamentística y que el Estado español ha colaborado y colabora con estas empresas. (Lo que no sabemos es qué bala, qué mina antipersonas explotará gracias a nuestros ahorros).

-Sabemos que el delta del Níger perece bajo el petróleo de las empresas europeas y que al gobernante títere del Níger se le paga en barriles que se desvían a Amsterdam y cuyo beneficio va a parar a sus cuentas en Suiza.

-Sabemos que costas como las de Ghana están arruinadas y envenenadas debido a la basura tóxica de empresas como Appel.

-Sabemos o podemos saber que la cría industrial de langostinos, esos que no pueden faltarnos en época navideña, devasta las costas de Bengala, Orissa, Tamil Nadu, Goa y Maharastra, deseca los pozos de agua potable y termina desplazando a las poblaciones costeras.

-Sabemos que los alimentos siguen siempre en sentido inverso la ruta que desde nuestros puertos lleva a las costas africanas nuestra basura y que los alimentos básicos son ahora el “oro verde” con el que especula el capital financiero globalizado.

-Sabemos que, como consecuencia de las políticas del Fondo Monetario Internacional en esos territorios, tan sólo en el año 2007 treinta y seis millones de personas murieron como consecuencia de la desnutrición, nueve millones sucumbieron a enfermedades erradicadas hace tiempo en nuestros países, siete millones por beber agua contaminada, pero nos han programado para que pensemos que las hambrunas son debidas a catástrofes naturales o, incluso, a la ineptitud de las naciones pobres para autogestionarse.

-Sabemos o podemos saber que entre 1996 y 2006 han sido exterminadas 7 millones de personas en los territorios congoleños. El codiciado coltan (columbio-tantalio) del que el Congo almacena el 80% de las reservas, es indispensable para la fabricación de teléfonos celulares y otros ingenios de alta tecnología. El polvo de coltan sale del país vía Ruanda y se vende a Nokia, Motorola, Compaq, Sony Ericsson y otros fabricantes.

Sabemos o podríamos saber tantas cosas… si tan sólo nos sintiésemos mínimamente concernidos.
Y deberíamos, pues siendo así que la violencia global es una violación de territorios sin territorio, de hecho nos concierne. No hay fronteras atravesadas porque no existen fronteras en este juego; los límites son otros, o no los hay. La violencia global no es una guerra sino un juego sucio en el que, a un lado del tablero, están los reyes con su corte y, al otro, los peones. Gobiernos corruptos con gobernantes títeres, acuerdos pactados entre las élites, Sociedades Anónimas sin cabezas visibles, desplazamientos de poblaciones, chantajes, sustracciones, expropiaciones indebidas… El universo del mercado global es el Castillo de Kafka amplificado a la enésima potencia. Pero las consecuencias, para millones de seres, no son kafkianas ni son virtuales, son simplemente reales. Una realidad que se imprime en la carne, con dolor, con agotamiento. Y en todo ello estamos implicados, lo queramos o no. Nuestras naciones, nuestros gobiernos lo están, nuestra economía lo está.  Pero todo esto –les advertí– son obviedades, y ustedes me dirán, no sin razón, que lo que hemos de hacer los que nos dedicamos a la filosofía no es tanto pensar en ello como pensar a partir de ello. Sin embargo creo que, aún sabiéndolo, corremos el riesgo de perderlo de vista. No me parece correcto ni lógica ni éticamente pensar la crisis financiera sin pensar los engranajes de la sociedad de consumo, pensar la indignación local y sus causas inmediatas sin pensar las razones globales de la misma. Así que vuelvo a la pregunta:

¿Qué hace falta para que nos sintamos concernidos? ¿Qué hace falta para evitar la indiferencia? ¿Qué hace falta para que nos importe que lo que hacemos aquí tiene sus repercusiones en Otro Lado? Crecemos, nos alimentamos, “progresamos” sobre montones de cadáveres, sobre la miseria y el sufrimiento de pueblos enteros que nos son ajenos. Y no nos indignamos por ello. No salimos a la calle para protestar porque nuestras empresas desplazan a las poblaciones que se resisten a la implantación de sus fábricas y les roban el suelo, ni porque torturen a millones de animales en granjas y mataderos. Tampoco nos indignamos cuando los bancos ofrecían financiación a espuertas y la especulación urbanística favorecía nuestra economía.

Sé que estas cosas producen un tremendo malestar. No nos gusta que nos hagan sentir culpables. ¿Por qué debería yo sentirme responsable?, yo no he sido el que… O ¿Y qué puedo hacer yo? son comentarios que resultan habituales. Y ahora, amparándose en la situación actual: que si ahora no es el momento, que cada cosa a su tiempo, que cómo vamos a preocuparnos por lo que pasa en otro sitio con lo que nos está cayendo… ¿No deberemos, antes bien, preguntarnos qué es lo que se está cayendo y por qué?

No, los asuntos inmediatos no pueden hacernos perder de vista los demás, dado que los “demás” son el contexto de los inmediatos y si no le ponemos remedio al contexto, lo que hagamos con lo inmediato servirá de poco. Dicho de otro modo: nada es independiente. Sólo una visión global y una indignación global podrán ponerle freno a la violencia global, al desastre que acarrea, mitigar la náusea global que nos produce y promover acciones locales que reviertan, si no en un bienestar, sí en un mejor estado global.

Puede que el desinterés se deba, como alguien escribía, a que la complejidad de las relaciones en el mundo globalizado haya producido una ruptura de la relación entre nuestros actos y sus consecuencias, que nuestra imaginación no esté a la altura de nuestros actos de manera que seamos “incapaces de imaginarnos sus consecuencias y, por tanto, de responsabilizarnos moralmente de los mismos”. Tal vez sea eso. Que cuando aumenta demasiado su complejidad, como el poliedro de diez mil lados de Descartes, las cosas dejen de poder imaginarse.

Tal vez sea también atribuible a esa dificultad que alguno, sin demasiada preocupación por que le quiten el agua potable, el sustento y la salud, se permita proclamar que quienes hablan de “los negritos que están a cinco mil kilómetros” tienen “la sensibilidad hipertrofiada”. No señor, los “negritos” no son una postal exótica, aquellos pueblos padecen porque nuestras empresas, con la ayuda de instituciones como el FMI, manejan a los gobiernos de estos países para beneficiarse de privilegios que jamás obtendrían en los suyos y que van en detrimento de una población cuya terrible desaparición no les importa lo más mínimo. Y lo que es más: los “negritos” también seremos nosotros cuando nos llegue el turno –que ya nos está llegando– y el Capital tenga necesidad de más esclavos. –¿El Capital? ¿Pero quien es/somos, finalmente, el Capital? ¿O es que cuando las entidades financieras nos daban todas las facilidades para obtener créditos y fabricar con nuestra deuda bienes ficticios con los que especular, no acudíamos con los ojos cerrados?

Es tiempo de despertar. Hoy, la indignación no puede limitarse a defender intereses particulares. Porque sí: para todos, se trata de sobrevivir, sólo que unos siguen/seguimos viviendo sobre otros que apenas sobreviven.

II. El “semejante”

He pronunciado la palabra “despertar”. Esto hace que me sienta un tanto mesiánica, lo cual me resulta molesto. “Es tiempo de despertar”, he dicho. Y ya me estaría arrepintiendo de no ser porque recuerdo ahora las palabras de Derrida: “Lo incognoscible es el despertar”. La frase pertenece al seminario La bestia y el soberano, ahí donde el autor responde a un comentario de Lacan acerca de la crueldad. Lo propio de la crueldad, según Lacan, sería que el ser humano apunta siempre a un semejante, incluso cuando la emprende con un ser de otra especie. Ese fraternalismo del “semejante”, piensa Derrida, nos libera de cualquier obligación ética, del deber de no ser criminal y cruel con cualquier ser vivo que no sea mi semejante o que no sea reconocido como tal.

Y, ciertamente, si mirásemos atrás, veríamos que amparándose en la desemejanza es como pudieron justificar las naciones europeas tanto el genocidio de las poblaciones amerindias como la esclavitud de los africanos o, hasta no hace mucho, el sometimiento de las mujeres. Y es también, aún ahora, amparándonos en la desemejanza que las sociedades de la letra escrita nos permitimos desplazar, robar y reducir a la miseria a las poblaciones ágrafas, de cuyas estrategias de supervivencia podríamos aprender si tan sólo prestásemos oído y atención. Pero, por el contrario, se las silencia.

Derrida:

“Un principio de ética o, más radicalmente de justicia, en el sentido más difícil que he intentado  oponerle al derecho o distinguirlo de él, es quizás la obligación que compromete mi responsabilidad con lo más desemejante, con lo radicalmente otro, justamente, con lo monstruosamente otro, con lo otro incognoscible. Lo “incognoscible” […] es el comienzo de la ética, de la Ley, y no de lo humano. Mientras hay algo reconocible, semejante, la ética dormita. Duerme un sueño dogmático. Mientras sigue siendo humana, entre hombres, la ética sigue siendo dogmática, narcisista, y todavía no piensa. […] 

Lo “incognoscible” es el despertar. Es lo que nos despierta, es la experiencia de la vigilia misma. 

Lo incognoscible, por lo tanto, lo desemejante. Si nos fiamos de y nos vinculamos a una Ley que únicamente nos remite a lo semejante y no define la transgresión criminal o cruel más que en cuanto que apunta a lo semejante, eso quiere decir, correlativamente, que no tenemos obligaciones sino para con lo semejante […]. Más obligaciones para con los hombres que para con los animales, más obligaciones para con los hombres próximos y semejantes que para con los otros menos próximos y menos semejantes (en el orden de probabilidades y de semejanzas o de similitudes supuestas o imaginadas: familia, nación, raza, cultura, religión). Se dirá que es un hecho (pero, ¿puede un hecho fundar y justificar una ética?): es un hecho que experimento, en este orden, más obligaciones para con aquellos que comparten mi vida de cerca, los míos, mi familia, los franceses, los europeos, aquellos que hablan mi lengua o comparten mi cultura, etc. Pero este hecho nunca habrá fundado un derecho, una ética o una política”. 

Que de hecho sea así no quiere decir que deba ser así. La moral del “semejante” más bien parece salir al paso para justificar el hecho radical de que defendiendo a mis “prójimos”, es decir, a aquellos que tengo cerca, que me cercan, estoy defendiendo mi cerco, me estoy defendiendo a mí mismo. Esto, en efecto, no funda una ética, ni tampoco responde a un ideal de justicia. Pues la justicia, en sentido ético, transciende la legitimidad grupal.

El concepto de semejante de Lacan conduce, según Derrida, no sólo a todas las formas de racismo, también lleva a que se pueda infligir el peor sufrimiento a un animal sin ser sospechoso de la menor crueldad. No hay “crimen contra la animalidad”, dice, ni crimen de genocidio en lo que concierne a los seres vivos no humanos. Y en cuanto a las buenas intenciones, éstas están cargadas de ingenuidad antropocéntrica.

“Las declaraciones de los derechos de los animales que algunos reclaman, aparte de que nunca llegan hasta condenar cualquier asesinato, se regulan casi siempre de una forma muy ingenua de acuerdo con un derecho existente, los derechos del hombre adaptados por analogía a los animales. [Tales derechos son] solidarios e indisociable y sistemáticamente dependientes de una filosofía del sujeto de tipo cartesiano o kantiano, que es aquella misma en nombre de la cual se ha reducido al animal a la condición de máquina sin razón y sin persona”.

Es sin duda reconfortante hallar un filósofo en cuyo discurso sentirse amparada (aún cuando éste tenga, como es el caso, no pocos detractores). Sobre todo, porque hemos llegado al punto en el que generalmente suele una percibir cierta molestia en el auditorio, o incluso alguna sonrisa condescendiente ligeramente reprimida en las comisuras de algunos labios. No estamos todos de acuerdo. Porque: Esto es irrelevante, aquí, en este foro, donde se está discutiendo seriamente de “cosas serias” – es curioso cómo uno puede sentirse importante cuando se pronuncia acerca de las cosas importantes –. ¿Cómo vamos a pensar en el maltrato animal o en el deshielo cuando hay x millones de parados en este país?

Sí, el “semejante” es cosa seria. Lo “otro”, no.

¿Acaso la ética es algo que sirve tan sólo en tiempos de bonanza y se desecha cuando nos sentimos en peligro?

Pensar de este modo es como ver venir el incendio y dedicarse a consolidar la madriguera. No, por mucho que intentemos defender nuestras posesiones, no escaparemos al desastre. Porque nada es independiente. Ocuparse del grupo social al que pertenecemos, ocuparse de la manada y de su territorio, por supuesto que ha de hacerse, pero desde una conciencia más amplia. Si nos afanamos en preservar nuestros intereses gremiales y nacionales en detrimento de los intereses mundiales y planetarios no haremos más que ponerle un parche a una balsa que se hundirá tarde o temprano.

Quienes hablamos públicamente de derechos de los animales en este país lo hacemos, hay que decirlo, con cierto miedo al ridículo, con temor a que se nos juzgue culpables de una terrible infracción de la lógica, la moralidad y el sentido común: ¿cómo vamos equiparar los animales con los seres humanos?

La risa, señores, es un arma defensiva. Un residuo del gesto de enseñar los dientes, como decía Darwin. Se ridiculiza para neutralizar, por evitar algún daño, alguna brecha en las murallas. ¿Por qué se sentirá ofendido el individuo humano cuando se le equipara a un animal? Porque los considera inferiores. La inferioridad es una noción sumamente útil: justifica la utilización e, incluso, el exterminio. Hasta hace poco, los occidentales consideraron inferiores a las personas de otras etnias. Ni los pueblos andinos eran seres humanos (como se decretó en Valladolid a mediados del XVI), ni los esclavos africanos de América tenían alma. Tampoco se estaba seguro de que la tuviesen las mujeres hasta bien entrado el siglo XIX. Y aunque eso de tener alma pueda resultarnos a algunos bastante poco relevante, el caso es que marcaba una diferencia lo suficientemente significativa como para evitar que a un sector de la población se le pudiese considerar “sujeto”, es decir, un “semejante”, un ser con conciencia de sí al que nadie puede agredir o violentar sin ser inculpado (recordemos: desde la ética del “semejante” no hay crueldad ni criminalidad salvo con el “próximo”). El “alma” fue algo tan necesario para el capitalismo (después de serlo para los latifundios eclesiásticos) como el flogisto lo fue para la ciencia del XVII o la sustancia invisible para los aristotélicos medievales que condenaron a Galileo.

La inferioridad es un requisito conceptual para la dominación. Y se sustenta sobre una serie de comparaciones. En el caso de los animales, éstas se establecieron en Occidente de acuerdo con el dictado bíblico: “Creced y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (claro que el Génesis fue escrito por un hombre y no por un caballo, como decía Kundera). Las justificaciones comparativas fueron formulándose ad hoc, como la existencia del flogisto, para probar algo que había sido decretado de antemano. La semejanza o la desemejanza que validan el aprecio o el desprecio que podamos tenerle a un animal se siguen midiendo desde entonces de acuerdo a valores incuestionables e incuestionablemente antropocéntricos (que si es o no capaz de reír, o de jugar, o de fingir que finge, que si un simio puede efectuar operaciones matemáticas, que si un elefante encuentra placer en pintar, que si el silbido de los delfines es identitario, que si el ADN de la mosca del vinagre se diferencia del humano sólo en un gen…¡vaya, aquí se nos ha colado una observación interesante!) que remiten a la identidad-sujeto con que el individuo humano pretende distinguirse. Si conseguimos probar que un animal tiene conciencia de sí, esto le hará digno de respeto y tal vez incluso merecedor de ciertos derechos. Porque tener conciencia de sí es ser sujeto y sin sujeto, no hay derecho que valga. El “semejante”, de nuevo.

La cuestión, en realidad, no es tanto la evidente ingenuidad con que establecemos este tipo de comparaciones como el esquema que invita a establecerlas: un esquema jerárquico bifocal e infantil: arriba y abajo, superior-inferior. Tenemos, indudablemente, una extraña propensión a la verticalidad. Hay otras maneras, no obstante, de proceder. Cabe pensar otros modelos en los que no se proceda ni por derivación (evolucionismo) ni por comparación y equivalencias (estructuralismo). Dentro de un marco realmente ético (que no moral, es distinto), el respeto no se obtiene de acuerdo con el lugar que se ocupe, mayor cuanto más cerca se esté de la cúspide, sino por el hecho de ser lo que se es, y siéndolo plenamente.

No puedo dejar de sorprenderme ante la poca amplitud de nuestro marco de indignación. Admiro demasiado las virtudes del animal perdido en mí y deploro demasiado las macabras inclinaciones del animal humano y la falta de coherencia de una racionalidad que, teniendo la lógica (y por lo tanto la justicia) por fundamento se empeña en proteger a ultranza la propia especie en detrimento de las demás y, consecuentemente, de la suya propia. No me siento superior a ningún ser por el hecho de formar parte de una especie que ha desarrollado su capacidad intelectual a expensas de la noción sistémica que a todo animal pertenece.

Nada es independiente. No puede destruirse una especie sin que la cadena entera padezca las consecuencias y, cuando esto ocurre, también peligra la supervivencia de la especie humana, lo cual es lamentablemente para muchos la única razón del cuidado que habríamos de tener para con el planeta y la única que nos libra, a quienes hablamos de ello, de ver alzarse algunos hombros o dirigírsenos sonrisas complacientes. Razón de especie que remite al cerco limitado de nuestro territorio y sitúa la aplicación de la justicia en el espacio exiguo de nuestra balanza. Así de estrecho es nuestro marco.

¿Será demasiado amplio el sentido de la equidad desde el que pudiera entenderse que el derecho a la vida, a la libertad y al territorio de supervivencia no nos concierne tan sólo a los seres humanos?

La muy antigua fórmula de reciprocidad compartida por tantas tradiciones: “no le hagas a los demás lo que no quisieras para ti” podría volver a pensarse desde la ética del “semejante” pues, ¿quienes son “los demás”? Tanto en el Talmud como en el libro de Tobías se trata de los demás hombres, por supuesto. Confucio era bien explícito al respecto: “lo que no desees que te hagan a ti, no lo hagas a los demás hombres“. La ética del Buddha, en cambio, era más abarcante: “Todos los seres vivos desean la felicidad. Todos temen la muerte. Comparándonos con los demás deberíamos abstenernos de herir o de matar”. ¿Será que el budismo no piensa dentro de los parámetros de la equivalencia lógica? No, sigue siendo una equivalencia, sólo que aquí la semejanza no se mide atendiendo al rostro (ese rostro capaz de responder, como diría Derrida) sino atendiendo a algo más radical: la condena a morir y el temor al sufrimiento y a la muerte.

Haber nacido, haber aparecido, haber caído al tiempo, por un tiempo, desde el abismo de la no-vida merece, por el sufrimiento que de hecho implica, el respeto del morituri te salutant. Y el sufrimiento añadido que, en los seres humanos, deriva de su capacidad de anticipar el declinar irremediable, la conciencia del acaecer, la caída, y su rechazo no nos hace más dignos de respeto que cualquier otro ser, tan sólo nos hace más desdichados.

Desde la conciencia de nuestra dimensión de plaga

Ahora bien, alguien, dentro de la piel del diablo, podría preguntarme:

-Sí pero, y si el planeta le dijera que, habida cuenta del daño que la humanidad le está haciendo, iba a acabar con su vida, ¿dejaría que se la arrebatara sin ofrecer resistencia?

-Me defendería, es cierto.

-¿Ah? Pero no decía usted… Su ética…

-Sí, defendería mi vida, como cualquier animal: estamos programados de esta manera. Pero ninguno de los movimientos que hiciera para ello haría que mi razón se opusiera o que dejase de pensar que esto era lo justo. –¿Justo? ¿De qué justicia estamos hablando?

¿Es posible actuar sin ira? Justicia y acción desinteresada

La indignación suele estar precedida por otro estado de ánimo: la perplejidad. Por un momento, nos quedamos perplejos, suspendidos ante una desproporción. Luego, esa desproporción se transforma en un sentimiento, el de una injusticia. “Justo”, etimológicamente, significa lo que es según ley (ius). ¿De qué ley estamos hablando?

No es la diké de Esquilo: venganza, retribución o némesis; tampoco es exactamente la de Heráclito, la alternancia entre opuestos; la ley a la que me refiero se acerca más a aquel remoto origen de las falsas virtudes que, como la justicia, eran para Lao tsé tan sólo un sucedáneo de algo que hubiésemos perdido:

“Perdido el tao, comenzó a actuar su te (su virtud). Perdida la virtud, le sustituyó el amor (jen : virtud de la humanidad). Perdido el amor, se echó mano de la justicia. Perdida la justicia, se quiso sustituirla por la cortesía. Pero la cortesía es poca fidelidad y poca confianza y comienzo de los disturbios. La ciencia o el conocimiento de estas virtudes es sólo flor del tao y comienzo de la estupidez.”

¿Sería posible una humanidad que se propusiese remontar desde sus saberes y sus falsas virtudes a aquello a lo que éstos vinieron a sustituir?

Los principios de la economía capitalista: la conversión de los recursos del planeta en productos, de los medios de supervivencia en medios de producción es resultado del ansia que ha hecho de la insatisfacción la rueda dentada de su engranaje (la insatisfacción es una de las claves del sistema de consumo). Pero tanto el ansia como la insatisfacción descansan sobre el miedo. El miedo a perder, a perderse, a ser menos o a dejar de ser. Acumular para ser más y para seguir siendo. Nadie, tenga más o tenga menos, estará dispuesto a perder lo que tiene. Se indignará si siente en peligro los derechos que cree haber “adquirido” en “propiedad” porque sentirá el despojamiento como una ofensa. Las leyes de nuestra sociedad defienden, antes que el bien común (que no es lo mismo que el bien “público”), la propiedad “privada”. ¿Privada de qué? De relación con lo común, claro está, de responsabilidad para con lo que le concierne al otro. Y aquí no puedo evitar recordar la parte de Lacan que dejé en el tintero para seguir el discurso de Derrida: el “semejante”, el único realmente próximo, en último término, siempre es uno mismo. De ser esto cierto (y todo apunta a que lo sea), ni la justicia ni las leyes estarían fundamentadas en una equivalencia –un vaivén entre dos, un movimiento del uno al otro– sino en la identidad –la perduración en lo propio: la protección de lo mismo–. El sistema judicial se convierte así en una institución condenatoria (de cualquier ataque contra lo establecido), defensiva y, en su caso, ofensiva. Justo será que cualquiera, confundiendo su descontento con el sentimiento de injusticia que precede toda indignación, defienda la parcela de su territorio (sus bienes, sus adquiridos “derechos”).

Y aquí es donde retomaré el último párrafo de la cita de Cioran: “No es justo indignarse en nombre de quien nos ha enseñado a no indignarnos jamás”.

Decía, al inicio de esta charla, que la indignación es la manifestación de un malestar ante una injusticia o, más exactamente, ante algo que consideramos tal. Cioran experimenta ese malestar, pero se contiene al recordar la enseñanza del emperador. ¿Por qué? ¿Por qué no indignarse?

Recordemos que Marco Aurelio era seguidor de los estoicos. Por una parte, la disciplina estoica enseñaba a desprenderse. Si quien se indigna defiende algo que de alguna manera siente que le pertenece, ¿cómo habrá de indignarse quien considera que nada le pertenece?

Por otra parte, y más importante, a la ética de la Estoa primitiva acompañaba una serie de directrices para el conocimiento de los movimientos del ánimo y la comprensión de sus adherencias. “Conócete a ti mismo” es el conocido lema de las escuelas griegas. Este “sí mismo” no se refiere al conjunto de hábitos que conforman la personalidad, sino a algo más radical y más común que tiene que ver con el funcionamiento de la psique, sus procesos senti-mentales, de los que el personaje (eso que “tiene” personalidad) dará muestras de una u otra manera, según sus circunstancias. Así pues, quien se conoce a sí mismo también será capaz de conocer al otro. Y quien conoce al otro no espera de él otra cosa que lo que pueda dar. El que conoce la naturaleza del otro sabe qué puede esperar de él y qué no y, siendo así, ¿cómo podría sentirse ofendido? Y allí donde no hay ofensa difícilmente podría haber indignación.

¿Qué esperamos de quienes nos gobiernan? Sin duda no esperamos que nos procuren un mundo perfecto, pero a lo mejor esperamos que arreglen el país. Nos gustaría pedirles, al menos, honestidad, pero ¿pueden? Sabiendo que en una democracia adulterada ellos no son más que títeres deambulando por el escenario de la gran pantomima, sin la sabiduría necesaria para llevar a cabo la acción correcta, ¿qué esperamos de ellos?

Bien, pero, ¿quiere esto decir que, ante una evidente situación de injusticia, nos quedemos sin hacer nada? ¿No indignarse significa aceptar y aguantar?

No se trata de esto, en absoluto. Ni la ataraxia ni la apatheia son sinónimos de pasividad. Ambos conceptos evolucionaron, con el tiempo, hasta adquirir connotaciones en absoluto acordes con lo que fueron para las escuelas griegas. Ni la ataraxia era falta de acción, ni la apatheia, apatía. Ninguno de estos términos se referían directamente a la acción práctica sino, antes bien, al conocimiento de los movimientos del ánimo y su dominio. La ataraxia es ausencia de perturbación anímica y la apatheia, neutralidad del ánimo, ecuanimidad. Ahora bien, es con el ánimo templado, y tan sólo así, que pueden emprenderse acciones realmente justas o correctas. La ira provocada por lo que percibamos como una ofensa personal, dará como resultado respuestas igualmente personales, carentes de alcance universal y, por tanto, injustas. En una tradición aparentemente más alejada de la nuestra, aunque bien conocida por los estoicos, es también de esta neutralización de los movimientos del ánimo de lo que trataba la enseñanza que Krisna le proporciona a Arjuna cuando le ve dudar ante la necesidad de combatir contra sus familiares: actuar sin interés personal, luchar, pero con el ánimo ecuánime, es la acción justa. Para Marco Aurelio, esto sería actuar acorde con el principio racional.

Lamentablemente, la Historia de Occidente no ha evolucionado a partir de sus antiguas sabidurías. La observación de la mente y sus procesos se dejó de lado por otro tipo de observación, más inmediata, y no parece que haya tiempo ni disposición suficiente como para recuperar estos conocimientos que son la gran asignatura pendiente del Occidente capitalista y están siendo olvidados en la mayor parte de los pueblos que los poseían, al ser éstos conquistados por nuestro sistema.

Pero lo que sí puede hacerse, al menos, es explorar los términos de nuestra indignación. Sus motivos. Considerar la ira. Sus causas. Averiguar la naturaleza de nuestra respuesta y sus fines.

Si según la definición de la indignación uno no puede indignarse sin que le ataña personalmente, entonces, tal vez debería revisarse la pertinencia del concepto cuando lo aplicamos a movimientos como los del 15M, cuya naturaleza fue, al menos en un principio, de una amplitud de marco que trascendía los intereses personales de sus integrantes. A no ser que, como he sugerido, ampliásemos el marco de tal manera que lo que nos ataña deje de ser estrictamente personal, gremial o grupal, de acuerdo con el principio de racionalidad o de justicia de los que antes hablaba.

¿Somos capaces de indignarnos desinteresadamente, de considerar nuestros intereses personales dentro de una ética global? ¿Somos capaces de tener en cuenta que nuestra vida vale tanto a nuestros ojos como lo que cualquier otra vida vale para quien la vive y actuar en consecuencia? ¿Tenemos voluntad de unir los esfuerzos y los conocimientos para inventar un sistema mejor, más equitativo y respetuoso, más justo?

De no hacerlo así, debemos saber que nuestras acciones, en el mejor de los casos, no harán más que darle otra vuelta al proceso dialéctico, un cambio más dentro de una Historia que llega a su fin. De no ser que seamos capaces de actuar sin ansia, sin interés personal, con generosidad, con ecuanimidad, hagamos lo que hagamos, este sistema seguirá en pie, corrompido y funcionando, perpetuando la situación de indefensión moral y práctica en la que ahora nos encontramos.

No les ocultaré la pregunta que me inquieta: ¿qué pasaría si, pactando, se nos devolviesen los derechos (o beneficios) de los que estamos siendo privados? Mucho me temo que todos, en este país, volveríamos a dormir, tan insatisfechos como antes aunque más tranquilos, y nos abstendríamos de indignarnos por aquellas otras injusticias que sostienen nuestra ilusoria y precaria tranquilidad. Esto es a lo que Marco Aurelio llamaría, simplemente, no tener conciencia política.

Chantal Maillard, “La indignación”, en Indignación y rebeldía. Crítica de un tiempo crítico, Félix Duque y Luciana Cadahia (comps.). Abada Editores, 2013.

Hace un tiempo en esta bitácora lobuna subimos un fragmento de la segunda parte de este artículo https://blogdelesllobes.wordpress.com/2016/04/20/la-risa-senores-es-un-arma-defensiva-chantal-maillard/, y anunciábamos una próxima entrada con el texto completo. Aquí lo tenéis, en la traza de la entrada anterior: ¿Es posible un mundo sin violencia? https://blogdelesllobes.wordpress.com/2016/11/24/es-posible-un-mundo-sin-violencia-chantal-maillard/. Urge una reflexión. Estos textos la invocan, la convocan, la provocan.

¿Es posible un mundo sin violencia? Chantal Maillard

foto-chantal-maillard-web

[…] En cualquier caso, mientras tanto, nos toca intentar regular de la mejor manera posible el mundo que tenemos entre manos. Para ello no se me ocurre otra cosa, para empezar, que unas simples indicaciones prácticas tendentes a promover un cambio en dirección a un reequilibrio:

-Lo primero, abrir los ojos.

-Lo segundo, ampliar el cerco de lo que nos atañe. Adquirir visión global.

-Después, disminuir el ansia. Aquietarnos. Querer menos. Necesitar menos.

-Desarticular el sistema de consumo en sus raíces controlando el ansia.

-Invertir los valores de la verticalidad (crecimiento, progreso, ganancia).

-Decrecer. Repartir. Equilibrar la balanza. Hay opciones. No es éste el único sistema posible y, desde luego, no es el mejor.

-Decrecer en todos los sentidos. Tomar conciencia de nuestra dimensión de plaga.

-Disminuir en orgullo de especie y en voluntad de perdurar por encima de todo(s). Atemperar el miedo que nos hace desear la inmortalidad. Tomar conciencia de la transitoriedad de toda existencia.

-Y, finalmente, ensanchar el horizonte del principio de racionalidad. Reemplazar la moral de la reciprocidad por el sentido de la compasión. Añadir a la justicia (equivalencia), comprensión; a la inteligencia, sabiduría.

la_colera_de_occidenteUn programa utópico, no se me escapa. Visto desde parámetros científicos, a todas luces, ingenuo. Insuficiente, por supuesto. Pero es un punto de partida. Y, dada la ingenuidad científica que nos domina, un factor de equilibrio. Siempre he entendido que una reforma política y social no obtendría resultados duraderos salvo que empezase por el esclarecimiento individual de las conciencias. Porque los conceptos no existen. Lo que existe existe en singular. En singular se sufre, en singular se teme y en singular se padece la insatisfacción y el ansia. El cambio habremos de lograrlo entre todos, pero su posibilidad tendrá que gestarse en cada uno, de uno en uno, pues la lucidez no es algo que pueda obtenerse en plural, sino que le incumbe a cada cual. Y la lucidez es la condición de posibilidad para que el cambio, de darse, no sea simplemente otra oscilación dialéctica, sino un cambio radical. (Mantenerse en la ceguera, por supuesto, es otra opción.)

Recordemos a Friedrich Nietzsche en Turín, abrazado al cuello del caballo, pidiéndole perdón por la humanidad. Invirtiendo con un gesto universalmente compasivo el orden jerárquico que sitúa al ser humano en la cúspide. Ojalá llegue un tiempo en el que aquel gesto del filósofo sea considerado como de la más alta cordura.

Chantal Maillard, “¿Es posible un mundo sin violencia?” (fragmento), en La cólera de Occidente. Perspectivas filosóficas sobre la guerra y la paz. (Diversos autores y autoras participantes). Plaza y Valdés editores, 2013

 

Acercamiento a la experiencia zen: la realidad del dolor. Dokushô Villalba

 

A pesar de que todas las formas de vida aspiran a un estado de gozo-felicidad estable y duradero, la experiencia que más a menudo nos encontramos todos por igual es la del dolor y el sufrimiento. La experiencia del dolor y el sufrimiento es tan universal que los seres humanos la compartimos tanto con los animales como con las plantas.

En el budismo se distinguen dos aspectos en la experiencia de dolor. Hay un aspecto del dolor que es consustancial a la vida. Por ejemplo, el nacimiento es una experiencia dolorosa tanto para la madre como para el hijo. Puede ser más o menos dolorosa, según muchos factores, pero en general es una experiencia dolorosa. Evidentemente, podemos hacer que el nacimiento sea lo menos traumático posible, pero aún así sigue siendo una experiencia traumática. El crecimiento también va acompañado de malestar y de dolor, tanto corporal como emocional-psicológico. A lo largo de nuestra vida aparece a menudo la enfermedad, propia o de los seres queridos. Con el tiempo nos vamos haciendo viejos y perdemos facultades, lo que se traduce en más dolor, físico y emocional. Por último, aparece la muerte, tanto la propia como la de aquellos que nos rodean. Y estas experiencias inevitables producen dolor; así como también la pérdida del trabajo o de un ser querido, el ser abandonado por el esposo o la esposa, o tantas otras experiencias inevitables que forman parte de la existencia misma.

Existen, pues,  ciertas experiencias dolorosas que son inherentes a la existencia humana. Si bien es cierto que los grandes avances en las ciencias están permitiendo reducir o evitar muchas de las situaciones dolorosas con las que se han encontrado nuestros antecesores, es ilusorio concebir una existencia humana exenta completamente de dolor.

Hay un aspecto del dolor, el inevitable, ante el cual la única actitud adecuada es la de aceptarlo como un elemento más de nuestra vida. 

Otras formas de dolor son, por el contrario, evitables, puesto que son creadas por el propio ser humano. ¿Por qué unas personas se derrumban en un abismo de dolor y otras, sin embargo, ante una misma situación, mantienen una actitud de calma y sobriedad? La diferencia no se encuentra en el suceso objetivo, sino en la percepción subjetiva. Esto nos lleva a descubrir que gran parte de las aflicciones que padecemos son generadas por nuestra propia mente.

Por otra parte, en el budismo se distingue el dolor del sufrimiento. El dolor es siempre una experiencia que sucede en el presente y que tiene un principio y un final, como todo. Al dolor le sucede el placer; al malestar, el bienestar; al bienestar, el malestar; al placer, el dolor, en un círculo sin fin. No habría dolor sin placer ni placer sin dolor, puesto que dolor y placer son dos aspectos de la experiencia que se generan y se necesitan mutuamente. Sin dolor no habría placer y sin placer no habría dolor. Sabemos que el dolor es dolor porque sabemos que el placer es placer. Cuando llamamos a algo «dolor», lo estamos comparando con algo que llamamos «placer». De esta forma, dolor y placer son inseparables. El dolor, tanto como el placer, es una experiencia que comienza y acaba. Entonces, el displacer se vuelve placer, como cuando nos duele terriblemente una muela, tomamos un calmante y media hora después ya no sentimos dolor y respiramos aliviados.

El sufrimiento, por su parte, es una rumiación mental de un dolor presente o ya pasado. Esto hace que el sufrimiento sea una experiencia que puede extenderse indefinidamente en el tiempo, ya que es la mente la que en el presente rumia o reconstruye de manera continua una experiencia dolorosa del pasado. Aunque muchas formas de dolor son inevitables, el sufrimiento es evitable si educamos nuestra mente y la mantenemos fijada en el presente inmediato.

Así como existen tres niveles de intensidad en la experiencia de gozo-felicidad (descritos anteriormente en el libro), también existen tres niveles de dolor o malestar.

El dolor físico-sensorial

Somos un cuerpo dotado de un sistema nervioso sensible y de cinco conciencias sensoriales. A través de ellos podemos experimentar infinidad de sensaciones agradables que se encuentran en la base de nuestro estado de felicidad sensorial, pero también a través de ellos experimentamos sensaciones desagradables o muy desagradables, incluso dolorosas. Es inevitable que a lo largo de toda una vida nos encontremos continuamente con sensaciones desagradables o dolorosas. Ni siquiera en el más feliz de los mundos podemos imaginar la erradicación completa y absoluta de las sensaciones desagradables y dolorosas.

El dolor emocional-psicológico

Los seres humanos, a diferencia de los animales, somos seres altamente emocionales; estamos dotados de una estructura psicológica, llamada personalidad; sentimos un especial apego por nuestra autoimagen, y hemos desarrollado una herramienta de supervivencia única: la mente representativa que se expresa a través del lenguaje.

El bienestar emocional, psicológico y mental forma parte de nuestro anhelo de felicidad, pero, al mismo tiempo, gran parte de nuestras experiencias dolorosas están relacionadas con nuestras emociones, con nuestra autoimagen y con nuestra forma de concebir la realidad. 

¿Cómo funcionan nuestras emociones? Tanto el término “emoción” como el término “movimiento” tienen en su raíz la palabra latina motus. La emoción es la fuerza que nos pone en movimiento, la que nos hace actuar en un sentido o en otro. Aunque el número de emociones que un ser humano es capaz de experimentar es infinito, todas nuestras emociones pertenecen a tres familias:

  • La familia del deseo
  • La familia del rechazo
  • La familia de la indiferencia

La familia del deseo incluye lo que habitualmente se entiende por amor, la pasión, el ansia de posesión, la ambición, la avidez, el apego, la seducción, la avaricia, la codicia, etcétera.

La familia del rechazo incluye el odio, la aversión, la ira, etcétera.

La familia de la indiferencia incluye la abulia, la apatía, el aburrimiento, la pereza, la falta de impulso vital, etcétera.

Existe una íntima relación entre las sensaciones y las emociones. Por ejemplo, cuando consideramos que algo es sensorialmente agradable, aparece de inmediato el deseo de conseguirlo, y cuando lo hemos logrado, continúa el deseo de seguir experimentándolo. Y este deseo conduce fácilmente al apego a a la fijación en el objeto de nuestro deseo.

Por el contrario, cuando consideramos que algo es sensorialmente desagradable, aparece de inmediato el rechazo. Este puede convertirse fácilmente en aversión, y esta en odio y en ira.

Por su parte, cuando lo que experimentamos no nos resulta ni agradable ni desagradable sentimos un estado de indiferencia que puede conducirnos a la abulia, la apatía, la pereza, la desmotivación o el aburrimiento.

No hay básicamente ningún error en este mecanismo sensorial-emocional. En su origen es un mecanismo de supervivencia. En su estado natural, todo lo que amenaza la vida es considerado desagradable, odioso. Todo lo que facilita la vida es considerado agradable, ventajoso y hacia ello se dirige el deseo, principal fuerza motora de la existencia humana.

Por eso, mi maestro Taisen Deshimaru solía decir que nos pasamos la mitad de nuestra vida corriendo detrás de lo que nos resulta agradable y la otra mitad huyendo delante de lo que nos resulta desagradable, sin conocer la verdadera paz ni el descanso. No obstante, como escribió el maestro Dôgen:

Aunque las amemos, las bellas flores se marchitan.
Aunque les odiemos, las malas hierbas crecen.

Esto es, no siempre podemos obtener lo que deseamos.

Desear es fácil y no cuesta nada. Satisfacer los deseos suele ser un poco más difícil y siempre hay que pagar un precio. Por ello, deseamos y deseamos sin darnos cuenta de que vamos acumulando un excedente de deseos no satisfechos. Esta acumulación de deseos insatisfechos se convierte en frustración, y esta es una forma de dolor emocional, evitable.

Por otro lado, no siempre podemos evitar aquello que resulta desagradable o doloroso. A veces no tenemos más remedio que aceptar el dolor o la aflicción en vez de luchar obstinadamente en su contra.

Con respecto a la mente representativa, gracias a ella creamos una imagen subjetiva del mundo. En el fondo no nos relacionamos con la realidad, sino con la imagen de esta que ha creado nuestro cerebro.

Creemos que la realidad es lo que nuestro cerebro nos dice que es. Sin embargo, a veces la realidad no coincide con la imagen que nos hacemos de ella. Esta falta de coincidencia entre la imagen subjetiva y la realidad objetiva es causa de gran parte de nuestro dolor. Por ejemplo, cuando bajamos una escalera prestamos atención a los escalones. Nuestra conciencia visual registra el espacio y envía la información al cerebro. El cerebro calcula y da la orden de avanzar un paso de forma que nuestro movimiento coincida con el espacio real. Pero sucede a veces que no prestamos la atención debida, calculamos mal, es decir, nuestro cerebro comete un error de cálculo con respecto a la distancia y al movimiento necesario y, como consecuencia damos un mal paso, perdemos el equilibrio, caemos y, a veces, salimos contusionados. Esto es debido a una falta de coincidencia entre nuestra imagen subjetiva de la realidad y la realidad objetiva. Lo que acabamos de ver nos sucede a menudo en muchos aspectos de nuestra vida. El resultado es con frecuencia una experiencia desagradable, muy desagradable o bastante dolorosa.

El dolor existencial o esencial

Aunque consiguiéramos erradicar por completo todo tipo de de experiencias desagradables, muy desagradables o dolorosas y fuéramos capaces de permanecer siempre en un estado de gozo-felicidad tanto sensorial y emocional como psicológico o mental (lo cual está bastante alejado de la realidad posible), es decir, aunque lográsemos permanecer en un continuo estado de felicidad sensorial, emocional, psicológica y mental, tarde o temprano nos encontraríamos con el rey del dolor, el mayor de todos los dolores, la mayor aflicción de todas las aflicciones, con la ruina absoluta de nuestro hipotético negocio de felicidad; a saber, la muerte.

La muerte es el final de la individualidad psicosomática, de la personalidad, de la autoimagen, del yo. Cuando la muerte llega, el yo desaparece. Ningún yo puede sobrevivir a su propia muerte. Esto es un hecho.

Aunque tratemos de vivir como si eso no fuera con nosotros, todos sabemos que tarde o temprano vamos a morir. Sabemos que nuestra existencia individual tiene fecha de caducidad, un límite, un final. Quizás la especie humana sea la única especie animal que tiene autoconciencia de la propia muerte. Y la conciencia de la propia muerte es el mayor dolor de los seres autoconcientes que somos. Lo llamamos dolor existencial o angustia existencial. En general, y como también ha puesto de manifiesto la psicología occidental, esta angustia se encuentra profundamente escondida en lo más recóndito del inconsciente, protegida por complejos mecanismos de defensa psicológicos que impiden que aflore en nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, por my escondida que esté, esta angustia es la causa y el motor secreto de gran parte de nuestro comportamiento y de nuestra actividad en el mundo. Exagerando, podríamos decir que vivimos para ocultar que la muerte es nuestro destino. Vivimos como si nunca fuéramos a morir. Vivimos creyéndonos inmortales, de espaldas a la realidad de nuestra finitud, construyendo sueños de inmortalidad.

Por ello nos cuesta reconocer hasta qué punto nos aterroriza la muerte. Tal vez ni nosotros mismos sepamos conscientemente hasta qué punto la negación de nuestra propia caducidad es el motor de nuestros actos.

Seamos conscientes o no de ello, el hecho es que por muy felices que seamos en este mundo, por hábiles que hayamos sido para burlar el dolor sensorial o emocional-psicológico, cuando llega el momento de morir tenemos que dejarlo todo: tanto el placer como el dolor, tanto felicidad como desgracia, tanto éxito como fracaso.

Dicen que el dios del tiempo nos concedió al nacer un crédito de instantes limitados. Conforme vamos viviendo vamos consumiendo el crédito. Llega un momento en el que el saldo de instantes es cero; entonces debemos entregar la vida.

Ningún sueño de inmortalidad, ninguna proyección ilusoria de supervivencia más allá de la muerte han conseguido a lo largo de la historia de la humanidad calmar o negar la angustia existencial que produce el carácter transitorio de nuestra vida. Muchas religiones lo han intentado y lo siguen intentando, pero los sueños de inmortalidad desaparecen con aquel que los ha albergado.

Resulta paradójico que siendo el anhelo de felicidad el impulso básico que nos mueve, al mismo tiempo la experiencia del dolor y del sufrimiento sea la más universal, la que nos iguala a todos los seres humano, la más extendida, al parecer.

¿Por qué puede ser esto? ¿A qué puede deberse? ¿Hay algún tipo de error en la vida humana? ¿Somos acaso e producto de un dios sádico y loco que al mismo tiempo que nos inocula el virus de la sed de felicidad nos crea impotentes para alcanzarla?

El origen del dolor

Desde el punto de vista de la experiencia y la enseñanza de Buda, los seres humanos tenemos todo lo que necesitamos para acceder y permanecer en un estado de felicidad profunda y duradera.

Todos estamos dotados con la naturaleza de Buda, es decir, con cualidades de conciencia, sabiduría, conocimiento y bondad innata. Todos somos budas en potencia y tenemos capacidad para ser budas en acto. La naturaleza de Buda encuentra en lo más profundo de nuestra naturaleza humana.

Es, de hecho, nuestra naturaleza humana dormida a la espera de ser despertada. para ello necesitamos descorrer el velo que lo oculta, que no es otro que nuestra propia ignorancia.

Desde el punto de vista de la enseñanza del Buda, la ignorancia es el origen de toda forma de dolor, tanto del que es evitable como del inevitable. ¿Cómo puede ser esto?

Es la causa del dolor evitable porque debido a ella no lo evitamos. Es la causa del dolor inevitable porque debido a ella no aceptamos que el dolor inevitable es inevitable y lo convertimos en sufrimiento.

Por lo tanto, disolver la ignorancia de la propia mente es la tarea fundamental no solo de los seguidores budistas, sino de todo ser humano que aspire a la paz y la felicidad.

Ahora bien, ¿qué es esta ignorancia? En sánscrito, el término que la designa es avidya; en japonés es mumyo. Ambos designan la misma realidad: una mente poco clara, una mente oscurecida por una percepción errónea de la realidad. Con el término “ignorancia” me refiero al velo que empaña la conciencia humana y le impide tener un conocimiento claro y luminoso de la realidad. la ignorancia puede ser entendida, pues, como conocimiento deficiente, por impreciso y limitado, tanto del sujeto con respecto a sí mismo como del sujeto con respecto a la realidad. Ignoramos quiénes somos y qué es en verdad la realidad en la que vivimos; es decir, el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de la realidad es deficiente.

La ignorancia como causa básica del dolor

Este conocimiento deficiente es el resultado de un proceso cognitivo también deficiente, por impreciso y limitado. La disolución de la ignorancia, y por lo tanto del dolor y el sufrimiento, solo puede producirse por medio del conocimiento correcto de la verdadera naturaleza del yo y de la realidad.

A la experiencia de este conocimiento se la llama en el budismo “iluminación”. Esta iluminación no es un conocimiento ordinario, no tiene como base el pensamiento racional, la razón. Es más bien una “experiencia”. No obstante,  en la base de esta experiencia no se hallan las impresiones sensoriales. Más bien al contrario, esta experiencia solo aparece cuando el pensamiento racional y las impresiones sensoriales y emocionales han sido trascendidos.

Aunque he dicho que se trata de una experiencia, tendría que decir más apropiadamente que se trata de la experiencia por excelencia, ya que a través de ella la fuente de todo conocimiento que es la conciencia se conoce y se ilumina a sí misma.

Extractos del libro de Dokushô Villalba, Zen en la plaza del mercado. Kairós, 2016

Acerca del autor: Dokushô Villalba

 

Chantal Maillard: “En el abajo uno permanece sin palabras”

ENTREVISTA POR , 21 OCTUBRE 2016
chantal maillard

Fotografía de portada: Anna Oswaldo Cruz.

«¿Puede haber un estado de conciencia que no sea discursivo y de cuyo contenido podamos tener conocimiento?». «¿Y el animal? El animal es antes». «¿Es posible, realmente, la compasión?». Estas son algunas de las preguntas con las que Chantal Maillard (Bruselas, 1951) nos invita a volver a las bases sobre las que se construye nuestra subjetividad, para poder entender su origen y reconsiderar su lógica. En las líneas que siguen hablamos de cuerpos concretos en dolor y contexto. También, de manera crítica, del proceso que implica el acto de contar-se, de contar-los. 

Con el compromiso de un trabajo perenne y agudo, la obra en creciente de Chantal Maillard enriquece de forma clave la poesía y el pensamiento en lengua española. Su práctica filosófica invita a la exploración de la voluntad menguada, el presente total, sin negar o excluir el placer del juego y el descanso que a veces proporcionan las representaciones: «Porque con las palabras se sube a la superficie donde todo es comunicable y de esta manera lo vivido pierde su inconmensurabilidad».

Frente a la tradición dualista que ordena el mundo en pares antagónicos, tu escritura propone «desvíos». Señalas hacia «lo otro» del pensamiento y hacia «el animal»… 

El otro lado… Tratar de hablar de «otro lado» para evitar las dicotomías es un tanto contradictorio, ¿no es cierto? Pero no se trata de evitarlas, al menos mientras se habla. Dejémoslas donde están: el discurso lógico procede con y a partir de ellas. Sin diferencias no hay discurso, no hay juicio posible. El lenguaje es el gran mapa de las diferencias. Un gato no-es un grillo, ni una nube, ni un cuenco, etc. Toda palabra limita, de-termina, recorta partes en una totalidad que de lo contrario carecería de sentido para el entendimiento. 

Así que la pregunta, más bien es: ¿hay alguna forma de pensamiento en el que no intervenga el lenguaje? Depende lo que se entienda por pensar. Allí donde la voluntad interviene hay discurso. Y donde no lo hay, en cuanto queramos poner algo de esto en palabras ya habremos vuelto al ámbito del lenguaje, lo habremos re-flexionado. Tomar conciencia de que es imposible hablar fuera de la propia mente es importante. Es cuando uno topa con los límites, como el protagonista de El show de Truman cuando, después de atravesar el océano, choca contra el horizonte. 

La siguiente pregunta sería entonces: ¿puede haber un estado de conciencia que no sea discursivo y de cuyo contenido podamos tener conocimiento? 

Lo que llamamos mente es una sucesión de imágenes o impresiones. Es un proceso continuo del que, por lo general, ni siquiera nos damos cuenta. Pero podemos situarnos frente a ello y observar. También hay formas de detenerlo. Lo hacemos a veces inconscientemente. La escritura puede ser un procedimiento, pero no por lo que con ella se cuente, sino por lo que requiere de concentración. Hay entonces algo que va haciéndose debajo o… ¿en otro lado? del discurso. 

¿Y el animal? El animal es antes. El animal-en-mí es el que posee el saber anterior, aquél de los comienzos, aquel saber sin juicio, inmediato, natural, que todo ser vivo posee y que permite que entre todos exista un equilibro (prefiero el término equilibrio al de armonía, que utilizan frecuentemente los que hablan de ecosistema, por el matiz positivo que reviste el segundo. No entiendo, no puedo desde mi razón entender como algo positivo el círculo del hambre. Pero en él estamos y mientras no decidamos darnos de baja y salirnos de él es de buen gusto acatar sus reglas). 

Ciertamente, entre este estado anterior del animal-en-mí y el estado sin mente hay cierto parecido. En ambos casos se trata de un fuera del discurso mental.

En el intercambio que se da en un ecosistema humano, donde todos los vivos interactuamos con nuestro entorno inmediato o virtual, ¿qué función cumplen los usos poéticos del lenguaje?

¿Qué función cumple el poema en nuestras sociedades actuales? ¿Qué función cumplen las artes cuando su uso y su necesidad se han perdido? Esa es la cuestión. Las artes, antiguamente, cumplían, cada una, una función. Se trataba de elaborar imágenes para el culto o para la memoria o, en el caso de las artes del lenguaje, de saber pronunciar un discurso convincente, contar o inventar los hechos para mantener la unidad de un pueblo con una historia común, o interpretar los designios de los dioses o de los poderes superiores. Pintar, esculpir, contar, componer poemas, danzar, tocar un instrumento, todas las artes tenían una función social bien determinada. Pero hubo un momento, en la historia de Occidente, en que se le puso mayúscula a la palabra y el Arte se distinguió de las artes adquiriendo una finalidad en sí mismo. El Arte se contempló en el espejo y se encontró hermoso –esto fue antes de que Rimbaud sentara a la Belleza en sus rodillas y la encontrase amarga. Habiendo perdido la finalidad y, por tanto, el uso y la necesidad que de ella tenía la sociedad, es lógico que ocurriese lo que ocurrió: la obra se convirtió en un valor de cambio, un valor comercial, y la palabra adquirió su título de grandeza: la obra pasó a ser obra de arte. ­–«Obra de arte» es una expresión redundante, ya que la palabra «arte» significa «obra». El artista es un hacedor, articula, construye, al igual que el poietés, el poeta: la palabra poíesis también significa elaboración–. Aquí, entonces, se planteó la cuestión del valor de la obra, pues ¿quién juzga, y a partir de qué? La obra vino a ser, además, cada vez más conceptual, cada vez menos carente de materia. ¿Cómo juzgar de su valor, con qué criterio? Tirar por la tangente fue sencillo: lo que vale no es la obra sino el artista. Y el artista, entonces, se contempló a sí mismo en el espejo y se encontró hermoso… Lástima que Rimbaud no estuviese también allí en ese momento para sentarle en sus rodillas. 

Así que, ¿qué función cumplen las artes en el momento actual aparte de alimentar la egomanía de algunos, abarrotar los sótanos de museos y editoriales y poblar el mundo de falsos valores? ¿Qué función cumple la poesía? ¿O deberíamos hablar de poema? ¿Sabemos aún lo que es un poema? Porque si pretendemos ser poetas estamos muy lejos de serlo. Antes hay que aprender a pasar desapercibido, como el caracol, en el borde/margen del sendero. Y eso es un largo aprendizaje. Tal vez sería cuestión de querer emprenderlo. 

Dices «escritura inútil» y sin embargo sobrevivir aparece íntimamente ligado a ese proceso de registro, minucioso y atento, por parte de la viviente, de la observadora atenta a sus propias transformaciones. ¿Cómo se engancha la escritura a la vida y de qué forma aparece como sedimento de los procesos vitales? 

Sí. Parece contradictorio, en efecto. Pero siempre hay que contextualizar lo dicho. También dije que nada es inútil para ver. Y hablé de saberes inútiles, eso sí. Y del inútil parloteo. Depende del contexto. Creo que te refieres a un párrafo de Husos. Entonces tenemos que situarnos en ese contexto. Husos es un cuaderno de duelo. Lo que se cuenta allí tiene que ver con la imposibilidad de poner en palabras lo que ocurre en el abajo, donde la experiencia tiene lugar en toda su amplitud. Las palabras limitan, delimitan, y hacen comunicable tan sólo aquello que hemos pactado que son las cosas, consensualmente. La palabra no acierta a hacer comunicable todo el referente. Cuando la experiencia es intensa ocurre en ese lugar al que llamo el abajo, una dimensión en la que lo que ocurre tiene lugar con una intensidad inusual. En el abajo uno permanece sin palabras. Por eso el empeño de los psicólogos de hacer que el paciente ponga en palabras su experiencia. Porque con las palabras se sube a la superficie donde todo es comunicable y de esta manera lo vivido pierde su inconmensurabilidad. Lo real es inconmensurable, es infinito. Es infinito porque la razón no puede abarcarlo. 

Si pudiésemos asomarnos al cuarto donde la escribiente trabaja y contemplarla largo rato en silencio… Una vez finalizado el proceso, después de haber hablado, satisfecho el deseo-de-decir: ¿Quién-qué queda? ¿En qué momento del cuerpo la-lo encontramos? 

De pie, con los nervios soliviantados de cintura para abajo.

La ausencia física de un interlocutor parece ser una de las condiciones sin las cuales el acto de escribir no puede darse. Si aceptamos que la ausencia es condición de la escritura, ¿cómo es tu relación con las que te acompañan y ocupan el lugar de lo que en el habla sería un destinatario particular, empírico? ¿Piensas que la ausencia física es condición de la escritura? 

Ciertamente, si quieres comunicarte con alguien que está presente lo lógico es que le hables, no que le escribas. (Se me ocurre, al hilo, que el hecho de que se haya escrito tanto acerca de lo divino sería una prueba fehaciente de que, para los mismos creyentes, Dios es ante todo el gran Ausente). En mi caso, es cierto que casi siempre me dirijo a un interlocutor, tanto si se trata de un asunto teórico (está claro que la finalidad de un ensayo es comentar ciertas cosas con quienes se interesen por ellas) como si se trata de otros géneros. En algunos casos, el interlocutor interviene incluso hasta el punto de convertirse en uno de los personajes del libro, lo cual es, entre otras cosas, una manera de tenerle presente, de (man)tenerle presente. Supongo que su presencia (al fin y al cabo la ausencia es una forma de presencia) me conforta. Al fin y al cabo, si empecé a escribir fue para poder leerle a mi amiga un nuevo capítulo cada día en el gran recreo. Era recíproco. Nuestras respectivas novelas era la manera de contarnos algo; nos inventamos el serial avant la lettre... Supongo que también es por eso por lo que me gusta el género de la entrevista, porque me permite responder en vez de hablar en vacío. Por otra parte, en la inter-locución a veces se abren brechas y eso es lo interesante. 

No hay imaginación sin espectralidad. ¿Cuál es la naturaleza del fantasma?

La mente jamás piensa sin phantasma, decía Aristóteles. Lo que llamamos pensar (imaginar, recordar, percibir, juzgar, calcular, etcétera) son actos mentales que se suceden en un encadenamiento que raras veces se suspende. A cada uno de estos actos le corresponde alguna imagen, algún phantasma. No puede pensarse sin imagen, ésa es la idea. Y si no, hagan la prueba. Deténganse un momento, un minuto cronometrado, por ejemplo, cierren los ojos, imaginen el anverso de la frente como una pantalla y contemplen allí los actos de pensamientos sucediéndose… Es este el primer paso de la observación. Otro día os cuento más.

Uno de tus últimos libros, La mujer de pie (Galaxia Gutenberg, 2015), nos enfrenta a la experiencia concreta de un cuerpo localizado: localizado en el repertorio de sus capacidades (las que tiene, las que recuerda haber tenido); localizado también en el espacio concreto que habita, en su dolor y sus necesidades biológicas. El título mismo pone atención sobre la importancia de la postura de ese cuerpo: está de pie. Siguiendo tu voluntad de no construir discurso a partir de las dicotomías, también deshaces la idea de género en la neutralidad de las voces que componen tu obra. Sin embargo, en esta ocasión, parece imperativo decir la diferencia: es una mujer quien está de pie. 

Hay una diferencia importante entre, por ejemplo, el personaje Cual, que aparece al final de Hilos, y La mujer de pie, y es que pertenecen a dos niveles distintos de experiencia. Cual es el resultado de un progresivo auto-desprendimiento. Cual ha ido desprendiéndose de todo, objetos, cosas, hábitos, apegos; su voluntad ha ido menguando –por intervalos– hasta prácticamente desaparecer. Termina viviendo en puro presente, en contacto con cosas diminutas, insignificantes. Desprovisto ya de todo sentimiento-respuesta aprendido, aprecia, por ejemplo, el aguijón de una abeja en su cráneo. Cual es un ser menguando. 

La mujer de pie, en cambio, vive en/con un cuerpo del que no puede desprenderse aunque quisiera. Un cuerpo enfermo, doliente, que le recuerda continuamente su ser de carne atado a una realidad que es tiempo sucesivo. Un cuerpo concreto, con una anatomía particular, que es el de una mujer. No hay en ello voluntad de discurso de género, tan sólo un acercamiento a esa experiencia concreta. Es fácil universalizar y andarse entre conceptos cuando el cuerpo no se siente. El cuerpo se ausenta cuando está sano, y la mente se identifica entonces fácilmente con los vuelos metafísicos o los enredos en/con los que se ocupa. Pero cuando está herido, vuelve a pisar el suelo. Y si bien Cual nace como resultado de un extremo sufrimiento, La mujer de pie tiene que lidiar con otro tipo de prueba, la del dolor físico. 

Cuando en el libro reflexionas sobre la discontinuidad de la percepción haces referencia a las «velocidades» de la mente. Si entiendo bien, la velocidad es productiva en cuanto que genera «realidades» o situaciones de percepción dispares: desde la sensación de paz y reposo a lo que llamaste «velocidad del pánico»…

No exactamente. Lo que precisamente descubre la mujer de pie, al ingerir ciertos fármacos, es que algunos aceleran mientras que otros ralentizan la velocidad del proceso mental (del que hablábamos antes) y que la percepción del tiempo guarda relación con esa velocidad. Dice así:

Le fascina comprobar la relación que guarda la percepción del tiempo con la velocidad del proceso mental, que se acelera o disminuye según qué fármaco. Descubre que el tiempo es cuestión de velocidad: si lo mental se aquieta, el tiempo desaparece; si se acelera, vuelve a aparecer, y lo hace acompañado de la sensación de una caída y un aprisionamiento. Al tiempo se cae, dice.

Cuanto mayor sea la velocidad del proceso mental, es decir, con cuanta mayor rapidez se sucedan los actos de pensamiento (percibir es uno entre otros) más fácil será identificarse con las ideas que forman y que son como burbujas en la cadena del proceso. Esto genera un estado de mayor confusión. La paz requiere la disminución de esa velocidad, su aquietamiento.

En Husos: Notas al margen (Pre-Textos, 2006) hablas sobre el Abismo: «Hemos tenido que negociar con el Abismo para poder existir. Lo hemos nombrado para poder convivir (…) Pero a veces, sólo a veces, un gesto ocurre, que detiene el discurso». ¿Es el gesto indicio del Abismo que irrumpe en nuestra construcción de lo cotidiano?

Lo que ocurre en el abismo del «abajo», como comentábamos más arriba, es imposible de comunicar. Cuando de lo que se trata es de algo terrible, es absolutamente insoportable. Para sobrevivir hay que subir a la superficie, donde lo terrible adquiere las formas de lo conocido, de lo reconocido. Los rituales acompañan en ese trance. Un ritual permite que lo inabarcable pueda abarcarse. Situarlo en un objeto, en un recuadro: un templum (de ahí la palabra «templo»), es procurarle un lugar concreto en el mundo de las cosas concretas. De esta manera se puede seguir (con)viviendo. Pero, ciertamente, no nos inmuniza: a veces algo mínimo, un simple gesto, es suficiente para abrirnos de nuevo el abismo que creíamos sellado. 

En La herida en la lengua (Tusquets, 2015) despliegas todo el ancho de la duda: ¿Cómo narrar la desolación? Jacques Derrida se preguntaba: «Decir el acontecimiento: ¿es posible?». Pienso en las imágenes de violencia resultado de la guerra civil siria y en la narrativización de la experiencia de los refugiados. ¿Crees posible contar el dolor y la injusticia sin que esto conlleve un ejercicio de reducción y normalización? 

No, no lo creo. Toda narración mantiene en superficie lo que ocurre. Lo comunicable nunca es lo que ocurre. Eso por una parte. 

Por otra parte, no olvidemos que lo que nos cuentan los telediarios son acontecimientos elegidos ex profeso para ser narraciones, seriales a los que el espectador se engancha como a un reality show. Como cualquier empresa, las cadenas televisivas necesitan consumidores, en este caso audiencia. Lo que vemos no es ni mucho menos todo lo que ocurre en el mundo, ni tampoco todo lo importante, sino algunas cosas que tienen sus ventajas políticas si, como dice la expresión al uso, «forma opinión» o, simplemente, a fin de mantener la tasa de miedo que será hábilmente equilibrada con un tipo de diversión (fútbol, competiciones, lidias taurinas) que fomente la diferencia, la adhesión a una bandera y la violencia. 

Pero hay más aún: el horror atrae. Cuestión de placer: toda representación es placentera. Cuando los sucesos violentos nos llegan a través de los medios de espectacularidad, lo hacen por el mismo conducto y de la misma manera que las películas de ficción. Los recibimos en el recuadro de nuestras pantallas como si fuesen representaciones. Y la representación tiene la peculiaridad de hacer que las emociones naturales emerjan en nosotros con un añadido de placer que las transforma en lo que se ha denominado «emoción estética». La pena, por ejemplo, o el miedo que experimentaríamos con desagrado en momentos terribles o pavorosos se convertirán en esa mezcla de terror y placer con la que nos deleitamos ante ciertas películas. Bien, pues, esto que es parte integrante de cualquier espectáculo de ficción se convierte en algo muy perverso cuando es utilizado para otros fines. En ello consiste el peligro de las artes, un tema sobre el que he escrito mucho, por cierto (en Contra el arte y otras imposturas, entre otros). 

Siguiendo en las coordenadas de la pregunta anterior, los medios de comunicación nos implican en una relación donde aparecemos necesariamente como depositarios de relatos del dolor de los otros. La experiencia de este «otros» es, al mismo tiempo, escandalosamente material e indeterminada. Una vez nos reconocemos en esta intersección, la empatía o los saberes del cuerpo parecen el único vehículo de «conocimiento» justo. En una de las notas a Husos subrayas la necesidad de entender la diferencia entre «bondad» y «compasión»: «Bondad… ¿bondad? No hablemos de bondad. Releguemos el término al ámbito moral, que es al que pertenece. En el del espíritu, hablemos de compadecimiento. La bondad es requerida cuando hemos olvidado la compasión».

Recordemos el párrafo del Dao De Jing (cito de memoria): «Perdida la armonía (el tao: el curso), apareció su virtud (te) / perdida su virtud, apareció la bondad (jen: la virtud de la «humanidad») / perdida la bondad, se echó mano de la justicia / perdida la justicia apareció la cortesía (los ritos). Pero la cortesía es debilitamiento de la confianza y principio del desorden, y su conocimiento, el principio de la estupidez».

Un espléndido párrafo que es por sí sólo todo un tratado de ética y de política. La bondad es una virtud moral: pertenece a un código consensuado para la convivencia. Si el ser humano necesita de estos códigos no es, como nos quisieron hacer creer, porque el animal humano sea más listo que otros y su cerebro más complejo, sino simplemente porque ha perdido el saber anterior, el que todo animal posee y transmite a su prole. 

En cuanto a la compasión, hay que distinguir muy bien la capacidad de empatía (esa capacidad de resonar que tiene la cuerda de una guitarra cuando, sin ser tañida responde a otra del mismo tono que sí lo es) de la proyección: ¿me duele el dolor del otro o me duele mi dolor al verlo representado en el otro? Y mi pregunta: ¿es posible, realmente, la compasión? 

Propone Deleuze que la historia se ha escrito siempre desde el punto de vista de los sedentarios: «Lo que no existe es una Nomadología, justo lo contrario de una historia». ¿Qué diferencias imaginas entre una escritura que nace de la estabilidad y otra que surgiese del movimiento?

Una de las grandes diferencias entre los pueblos nómadas y los sedentarios es que en general los primeros son patriarcales mientras que los segundos han tenido, en su mayor parte, una estructura matriarcal. La razón es simple: los pueblos nómadas se desplazan con su ganado, mientras que los sedentarios son agrarios. Por eso los dioses de los primeros suelen ser personificaciones de los elementos naturales, que son los que siempre les acompañan, mientras los pueblos sedentarios, cuyo valor necesario es la fertilidad suelen tener diosas madres. Por eso también, a diferencia de los nómadas portadores, in nuce, de una economía de capital (conquistan, roban, arrasan, esclavizan, polinizan), los sedentarios poseían una economía de subsistencia. Pienso en los antiguos pobladores del subcontinente indio, por ejemplo, los drávidas, que adoraban a la Diosa, y al falo como símbolo y signo de la fertilidad. Y pienso en los arios, que penetraron en el subcontinente indio atravesando los Himalayas acompañados de sus dioses: Vayu, el dios del viento, Agni, el dios del fuego, Indra, el dios de la lluvia y el trueno, y el padre de estos últimos, Dyaus Pita: el padre (pita) de los cielos (dyaus). Esta palabra es la que en griego se pronunciaría Zeus y en latín Ju (nombre al que los romanos también devolvieron el epíteto piter (padre), lo cual formó el conocido Júpiter), mientras alguna secta, como la cristiana, seguiría utilizando la palabra aria Dyaus que se transformaría en Dios. Como vemos las expresiones Dios Padre y Dios de los Cielos no las inventaron los cristianos; tienen una larga historia que explica, entre otras cosas, por qué no deberíamos extrañarnos de que Occidente haya sido y sea patriarcal. 

Si la historia se hubiese escrito como nomadología, puede que no hubiésemos pretendido «tener raíces», «identidad» u otras necesidades inventadas para consolidar las fronteras y el poder de unos cuantos pero, por otra parte, deberíamos habernos sabido asumir como conquistadores, invasores, esclavistas, destructores de otros pueblos, deberíamos haber asumido lo que Occidente ha sido, lo que somos.


The Faraway Nearby: Georgia O’Keeffe and the New Mexico Landscapes

Georgia O’Keeffe, en 1976, hablando acerca del significado que The Far Away tenía para ella, se refirió a “a beautiful, untouched lonely-feeling place”.

okeeffe_faraway-nearby Georgia O’Keeffe. From the Faraway, Nearby. Oil on canvas, 1937


Chantal Maillard escribe también acerca de ese “muy lejos” en La mujer de pie. Lo llama “la lontananza”:

   Como si todo se hubiese detenido. Por mucho que parpadee o bata palmas no vuelve a haber lo que antes hubo. En realidad, usted no sabe lo que ha pasado, simplemente parece que algo falta, que algo había y ahora falta. Usted trata de acordarse de cosas que han ocurrido, cosas como el morir, que cuando le roza a uno deja un rastro de ceniza en el hombro y en las manos, a veces en los muslos, y un velo se posa sobre todos los objetos de la casa. Pero no, no es eso, no es nada de eso. Y, entonces, piensa que tal vez sean cosas que no pudo saber, ni ver, ni oír, ni entender de ninguna manera porque no es a usted a quien le han ocurrido y, no obstante, le atañen en lo más oscuro, más abajo del pensar o del imaginar. Cosas que en algunas, aunque raras, ocasiones se le han aparecido en un destello, al abrirse una brecha en los tiempos vacíos o en el gesto de alguien que, de repente, por un instante, desistió de sí mismo. Cosas como ésas son las que le hacen comprender que usted no es quien dice ser, ni tampoco, por supuesto, quien dicen que ha sido sino, antes bien, todos aquellos que no ha sido. Y es la voz de todos ellos, su gemido, lo que usted, sin saber, padece más adentro.

*

   Entonces, entrecierra los ojos como para el recuerdo, o para percibir un punto remoto en el horizonte. Lontananza: el tiempo que se tarda en recorrer el espacio que nos separa de lo que fuimos. Un tiempo largo –longtemps– el de la lejanía. El isleño acostumbra a hacer este gesto: levanta la cabeza y fija un punto sobre el mar en dirección a algo que no ve pero que está, sabe que está. Y así se queda, detenido, perdido para el aquí, suspendido, por un tiempo. Y así también nuestros ancianos, sentados en un banco o en una butaca del salón, se detienen, al principio durante unos instantes, que luego se convierten en horas, y después en días, con la mirada fija en algún punto del aire. Ese punto es su lontananza.


“Matar a Platón en concierto”: Chantal Maillard, Chefa Alonso & Jorge Frías

Esta misma tarde, Chantal Maillard clausuró el festival Cosmopoética 2016 en el teatro Góngora de Córdoba con ‘Matar a Platón en concierto’, una escenificación poético-musical de su libro Matar a Platón que interpreta junto con la música de Chefa Alonso (saxo soprano, percusión y kechapi) y Jorge Frías (contrabajo).

Fue un verdadero acontecimiento poder participar del concierto-poético por streaming. Ahora mismo acabamos de rescatar el vídeo, aquí lo tenéis. Dejaros impregnar como si de una lluvia fina se tratase… como si la compasión fuese aún posible en esos tiempos que corren… para ejercitarla… con “el corazón oblicuo, sí, eso es, / el corazón oblicuo. / Como las tejas de un tejado, / resbalando”…

(En este vídeo de Youtube el espectáculo empieza sólo en el minuto 6’45.)


“Soy muy exigente con mi escritura, me desentiendo muy pronto de lo escrito”. Entrevista a Chantal Maillard

La autora clausura esta tarde el festival Cosmopoética 2016 de Córdoba con el espectáculo ‘Matar a Platón en concierto’, una escenificación poético-musical sobre el poemario con el que ganó el Nacional de Poesía.

ÁNGELA ALBA | CÓRDOBA | ACTUALIZADO 08.10.2016

chantal-maillard_la-herida-en-la-lengua

Chantal Maillard


La poeta y filósofa Chantal Maillard (Bruselas, 1951) clausurará esta tarde (20:00) Cosmopoética con un espectáculo que gira en torno a su obra Matar a Platón y que se desarrollará en el Teatro Góngora. Maillard, experta en estética y filosofías y religiones de India, es una prolífica autora que ha conseguido el Premio Nacional de Poesía, el Nacional de la Crítica y el Andalucía de la Crítica. Como poeta ha publicado Poemas a mi muerteLa tierra prometidaHainuwele y otros poemas, Hilos, o La herida en la lengua; y en prosa India y La mujer de pie, entre otros. Entre sus ensayos destacan La creación por la metáforaEl crimen perfecto. Aproximación a la estética india; La razón estética; Rasa. El placer estético en la tradición india, o La baba del caracol.

-Este año se encargará de la clausura de Cosmopoética. ¿En qué consistirá su participación?

-Clausuramos con Matar a Platón en Concierto, una escenificación poético-musical de mi libro Matar a Platón, en la que intervengo con la interpretación de los poemas junto con la música de Chefa Alonso (saxo soprano, percusión y kechapi) y Jorge Frías (contrabajo). Lo hemos representado en Madrid, Palma de Mallorca, Bilbao, Málaga y Santander. Estamos muy contentos y agradecidos a la dirección de Cosmopoética por darnos la oportunidad de traerlo a Córdoba en esta ocasión.

-Con Matar a Platón consiguió el Premio Nacional de Poesía. ¿Qué ha significado esta obra para su carrera?

-Soy muy exigente con mi escritura, me desentiendo muy pronto de lo escrito. Pero hay algunas cosas que se resisten a ello. Matar a Platón es una de ellas. Trata de la compasión, de la dificultad o la incapacidad, según sea el caso, de empatizar con el dolor o la agonía de otro. En los días que corren es más vigente que nunca. De las veces que hemos representado este concierto, no hubo ni una sola vez que no lo hiciese con la conciencia de que era absolutamente necesario.

-Ha participado en proyectos multidisciplinares con artistas de diferentes ámbitos. ¿Es capaz la poesía de fundirse con cualquier arte?

-No se trata de fusionar. La fusión es a mi modo de ver la mejor manera de perder lo que tienen de genuino tanto una cosa como la otra. No se trata de eso, sino de realizar una obra nueva en la que intervengan distintas artes. Esto no puede hacerse a la ligera. Es imprescindible hallar un tono en el que se discurra al unísono. Esto no siempre se logra. Si no se logra, una de ellas (la plástica o musical) acaba siendo una ilustración, un decorado o una explicación de la otra. Para eso es preferible que cada una se muestre en solitario.

-¿Siente que su obra está alejada de lo que se entiende por literatura?

-Depende como se entienda eso de hacer literatura. Los filósofos solían decirlo con cierto desprecio, refiriéndose a una escritura “muy bonita” pero carente de peso. Creo que queda aún un gran trabajo por hacer en ese aspecto en nuestro país. No se ha logrado aún subvertir suficientemente el lenguaje. Deberíamos eliminar, de una vez por todas, las cadenas que nos ligan a la poesía entendida en sentido tradicional, la de las metáforas trilladas, las palabras bonitas y la retórica fácil. Una tarea por hacer.

-¿Qué es para usted la poesía?

-¿Así, en cuatro palabras? Me lo pone muy difícil. Lo resumiré en cuatro versos: “El poema es la concha que acercas a tu oído / como antiguamente el médico acercaba / un espejo pequeño / a los labios del muerto”.

-¿Qué momento cree que vive la poesía española?

-De efervescencia, sin duda. Lo cual tiene, como todo, su lado bueno y su lado malo. Tengo la impresión de que pasa con la poesía algo parecido a lo que pasó con las artes: desde el momento en que se dijo que todo el mundo puede ser artista se empezó a perder el criterio; cualquier cosa podía ser una obra de arte. El poema necesita algo más que la necesidad de auto-afirmación o de auto-complacencia. Y fíjese que estoy hablando de poema, no de poesía. Pues con aprender ciertas reglas poesía puede hacerla cualquiera; un poema no.

-Como experta en filosofía y pensamiento oriental, ¿cree que la sociedad actual debería tomar ejemplo de esas disciplinas para afrontar el momento socioeconómico que vivimos? ¿Se debería profundizar más en su enseñanza en los colegios?

Indudablemente. Aprender a pensar correctamente es necesario para poder actuar correctamente. Vamos a la deriva en gran medida porque la mayoría se deja guiar por la opinión en vez de por el razonamiento lógico. Claro que no es lo único que debería enseñarse en las aulas. Debería ser una prioridad enseñar a conocerse a uno mismo, me refiero a eso que llamamos “mente”. La humanidad es aquí la que tiene un largo camino que recorrer en ese aspecto.


Perejaume: “El arte implica resistencia”

Caminar como práctica artística. Dejar de hacer como acto productivo. Enmarcar trozos de naturaleza para desmuseizar nuestra percepción del mundo. Despintar para escapar del exhibicionismo del arte. Perejaume nos invita a una excursión por los límites del arte y del lenguaje. También por los confines de Algunos árboles, la exposición que inaugura el próximo jueves en la galería Nogueras Blanchard de Madrid. Aunque rehúye las entrevistas, acepta perderse en esta emboscada.

BEA ESPEJO | 09/09/2016 |


Perejaume. Foto: Martín García Pérez

 

Hablar con Perejaume (San Pol de Mar, Barcelona, 1957) es como subir una montaña. Tiene mucho de viaje épico. Implica poner en juego todas nuestras capacidades y ampliar el punto de vista desde el cual miramos el mundo. Perderse significa encontrarse y esconderse implica exponerse. A ratos, él mismo se convierte en montaña. Incluso las cuestiones de orden cultural parecen ser absorbidas por el orden natural. Pasa en su estudio, una casa perdida en el monte en la que los árboles invaden el espacio donde dibuja y escribe. Allí, lo arbóreo baila y él florece en una curiosa relación de parentesco. Una mímesis forestal que se ha colado hasta en sus últimas obras.

Perejaume nos sitúa en un lugar poco común, tenso, donde una obra aparece y desaparece reclamando tiempo y recogimiento. Lejos de buscar una estética de la contundencia, sus dibujos, pinturas, instalaciones, vídeos y libros se instalan en el otro extremo: en el silencio y en el escuchar, en el contacto directo y los pequeños gestos. A lo largo de los años, ha realizado acciones mínimas y en lugares casi inaccesibles y ha expuesto en espacios deliberadamente alejados del circuito del arte: desde dejar ir un globo aerostático con un poema impreso hasta recorrer a pie los contornos de Madrid. Hasta en los proyectos más ambiciosos, como la retrospectiva que le dedicó el MACBA en 1999, jugó al escapismo con Dejar de hacer una exposición.

Sin jerarquía territorial alguna, he tratado de habitar y generar lugar, cuanto más cercano mejor, explicarme a través de él. Despintar, desdibujar o deshacer son algunas de las estrategias con las que reflexiona sobre los límites de la representación artística y del espacio del museo, así como sobre la necesidad de restablecer una relación directa con la naturaleza, los objetos y el territorio. Sin mediaciones. Sin explicaciones. Sin entrevistas. Perejaume se escurre en cuanto vislumbra un interrogante. “La del autor delante de la obra es una posición incómoda”, dice. Así que le invito a que nos coloquemos detrás.

Pregunta.- ¿Sabe quién es Perejaume?
Respuesta.- En su página web (www.perejaume.cat) tan sólo pone: ‘Perejaume. No sabemos gran cosa de él. Nació en el año 57 y aún dibuja y escribe’.

P.- Veo que opone su misma resistencia. Y una obra de arte, ¿está hecha para comunicar?
R.- Relativamente. Tan importante como su función comunicativa es su función de resistencia. Cuando una obra de arte nos interesa es porque están muy equilibrados los aspectos seductores que tiene con los aspectos de resistirse que también tiene. Por eso se mantiene en el tiempo.

P.- Viajemos 40 años atrás, a su época de estudiante.
R.- De mi generación hay pocos artistas que estudiaran Bellas Artes porque entonces tenía bastante desprestigio la escuela. Yo opté por hacer una formación más teórica por la historia del arte, la filosofía. Hice los cursos pero no recogí nunca los títulos, porque fue más una formación entre amigos que un trabajo intelectual profundo. A veces todavía sueño si me falta alguna asignatura de tan incompleta que fue. Digamos que la mía fue y sigue siendo una formación esencialmente local, muy cercana al mundo inmediato. Cualquier palmo de mundo tiene el mismo valor y ninguno es igual al vecino. Sin jerarquía territorial alguna, he tratado de habitar y generar lugar, cuanto más cercano mejor, explicar ese lugar, explicarme a través de ese lugar…

P.- Escritura e imagen van siempre juntas en ese viaje. ¿Dónde le llevan?
R.- Siempre me he sentido atraído por la visualidad verbal que es capaz de asociar cosas muy heterogéneas. ¿Que es, en realidad, la semejanza? Ciertos mecanismos metafóricos permiten dilatar la semejanza, desplazarla o reblandecerla como una sustancia pictórica apta para las más distantes asociaciones, para las más urgentes o reveladoras.

P.- Cuéntenos su hábitat de trabajo, su día a día.
R.- Vivo delante del mar, pero cada mediodía cargo la bicicleta en el coche y un amigo me sube a Can Basuny, en pleno bosque. Por la noche desciendo los 600 metros prácticamente sin tocar el pedal. Hago exactamente el mismo camino del agua, casi cada día de cada día. Creo que la cultura es repetición: la mímesis, el patrón métrico, la secuencia rítmica, el gusto y el regusto… La novedad solamente es potente cuando consigue mover o conmover esa regularidad. Inventar no es más que transformar. La novedad pura no es asimilable, como tampoco es posible la repetición pura porque nunca nada llega a repetirse exactamente.

 

Un frame del vídeo Rondó, 2016

P.- ¿Los suyos son relatos paisajísticos?
R.- Alerta con la palabra ‘paisaje’. Aparece en el siglo XVIII como una subordinación de la naturaleza a la cultura. Prefiero defender una tierra no tan ligada a la visualidad y al confort. Hace tiempo que vengo sustituyendo ‘paisaje’ por campo. Campo aplicado a cualquier tipo de espacio, al agrícola, pero también al urbano o al más agreste, con esa idea agraria de participación de cultivo, de imbricación absoluta.


P.- Sus últimas obras nos llevan hasta Algunos árboles. Así se titula su próxima exposición en la galería Nogueras Blanchard. ¿Por qué árboles?
R.- Obreda (Obraleda) es un libro inaugural en esa correspondencia de árboles con obra y de obras con árboles. También lo es en la intención de dar al conjunto de mis imágenes y textos una posible articulación forestal. Más recientemente, en un libro aún inédito, Treure una marededéu a ballar (Sacar la imagen de una Virgen a bailar), transito a través de la talla y la policromía de imágenes de María, con especial atención a la potencia imaginativa que, a los árboles, se les otorga desde la antigüedad. Por otro lado, mi taller está en pleno bosque y el mismo taller plantea una relación paradójica entre obras y árboles, entre mi manualidad y la de las encinas, entre los árboles que querría haber hecho y la mata de árboles que se acerca e intenta entrar en el taller y emboscarlo de nuevo. El bosque combate el esfuerzo humano para dejar rastros, lo hace de una manera discreta pero rigurosa. La última mano será la suya.

 

P.- Es reacio al formato de la entrevista. Ha sido difícil convencerle…
R.- Me resulta arduo este esfuerzo que se le exige al creador para que presente y difunda su propio trabajo. Echo de menos una cierta elegancia que permita actuar más discretamente. Hace sólo unos años, una sociedad más agraria que la actual tenía presente la imagen mortal de una semilla constantemente expuesta a la luz. Ahora, en una sociedad mucho más mediática, a las formas expositivas de promoción y de divulgación no se les plantea ningún límite, es como si fueran inocuas. En realidad, tanto en un caso como en otro, y en relación a la ocultación, el resultado no es tan distinto. La agraria es una ocultación previa, seminal. La tecnoindustrial es una ocultación por acumulación, por desprecio. Me resulta arduo el esfuerzo que se le exige al creador para que difunda su propio trabajo. Echo de menos actuar más discretamente.

P.- ¿Y el espectador?
R.- Cuando veo tantas entrevistas a los autores ocupando los espacios de la crítica o de presentación de sus trabajos, pienso en el papel que juegan como receptores de su propia obra. Evidentemente que la intención es seducir a un posible lector o espectador, pero no es menor la función de pasar la obra así, sin otro comentario o resumen que el que el propio autor propone. Naturalmente, cuanto más densa o extensa es una obra, más se acude a los autores para que la resuman ellos mismos. Todo esto es perfectamente explicable en un contexto tan vasto de producción que no permite ser asimilada.

Exponerse y esconderse

P.- ¿Es posible, pues, exponerse y esconderse?
R.- La idea de exponer y esconderse, o mejor aún, la de llegar a exponer el mismo esconderse, puede resultar algo enigmática pero es real. La fascinación de las obras que nos seducen proviene en buena medida de esta resistencia que comparten con la naturaleza profunda de la vida. Existe una parte considerable de vida oculta que vive de ocultarse. “No hay noche que no tenga luz, pero está oculta”, dice el maestro Eckhart. Sorprende hasta qué punto muchos libros publicados llevan hoy la fotografía de su autor. No sé que aporta de sustancial esta intimidad. Un primer plano del rostro para qué si, sobretodo en determinados libros de literatura, estamos en otra naturaleza de encuentro. También existe otra idea potente que es la de esconderse, no de los demás, sino en los demás. Joan Miró la definió perfectamente: “El arte puede morir, lo que realmente cuenta es que haya esparcido gérmenes sobre la tierra (…) No es una obra lo que importa, sino la trayectoria del espíritu durante la totalidad de la vida, no lo que se ha hecho, sino lo que deja entrever y facilita de hacer a los demás, en una fecha más o menos lejana”.

@bea_espejo