Cemetery of Splendour. Apichatpong Weerasethakul

Cemetery of Splendour

Se acaba de estrenar en las salas españolas Cemetery of Splendour, la última película de Apichatpong Weerasethakul. Un verdadero hechizo en el que el director tailandés, sumergiéndonos en imágenes oníricas, fascinantes, magnéticas, explora la luz y el tiempo en una exquisita concordancia de forma y fondo. De la mano de sus protagonistas –especialmente de la de Jenrija, una voluntaria que acude al hospital para cuidar a uno de los soldados que no tiene ningún pariente–, vamos deslizándonos entre el mundo “ordinario” y otros mundos. Escenarios y encuadres muy cuidados revelan múltiples dimensiones del tiempo plegadas sobre un espacio a su vez laminado: un hospital ocasional, donde 27 soldados aquejados de una enfermedad del sueño son custodiados por unas hipnóticas máquinas luminescentes, reemplaza una antigua escuela abandonada, que a su vez fue construida sobre el “cementerio de reyes” del palacio de la antigua ciudad Khon Kaen, tal vez la clave del misterio del estupor narcoléptico que padecen los soldados tailandeses…
Este presentimiento de una superposición de las funciones de estos edificios discretos en el tiempo funcionan como una metonimia del enterramiento de las historias de las personas, una supresión auspiciada por los recesos oscuros de los sueños, las pesadillas y el mundo de sus fantasmas…” escribe Daniel Kasman en su crítica. http://www.elumiere.net/exclusivo_web/Cannes15/01_web/13_cannes2015_Apichatpong.php

El film de Apichatpong Weerasethakul promueve la empatía, la comunión, el silencio de la escucha, el delicado cuidado del otro. El espectador es invitado a perderse en el objeto de su contemplación. “Les recomiendo que se dejen llevar, decía el director en la presentación de su película en el Festival Internacional de Cine de Gijón 2016, olvídense de las reglas del cine comercial, imaginen que asisten por primera vez a una proyección cinematográfica. No me molestaría que incluso se durmieran, en serio, tal vez un estado alternado de somnolencia y vigilia sea la forma más natural de ver la película: asociar los sueños con la realidad resultaría una experiencia fantástica”. Y doy fe: así lo experimenté: a ratos somnolé. En esa alternancia de somnolencia y vigilia, las palabras y las imágenes del film habitaron, como una ola, el hueco que apareció al retirarse la atención despierta. Aconteció un extraño traspase entre el film y mi mente de espectadora, como un fundido, como un plegarse una dentro del otro. Fue una experiencia desacostumbrada y, en ello, extra-ordinaria: el film de Apichatpong me miró a mí al menos tanto, o más, como yo a él. Tal vez por eso, a pesar (¿?) de su trasfondo triste y oscuro siempre latente, la película resultó ser un ejercicio terapéutico, como si Apichatpong estuviese masajeando mi alma, el alma de todos. La máquina hipnótica del cine para ir a otra parte. Una forma de hipnosis que nos hace bien. Un modo de estar despierto en el laberinto del sueño. Una manera de dormir con los ojos bien abiertos. Una práctica de meditación para despertar del letargo en el que estamos sumidos. “Dime lo que ves”.


Cemetery of Splendour (Título original Rak ti Khon Kaen), Tailandia, 2015. Director y guión: Apichatpong Weerasethakul. Fotografía: Diego García. Reparto: Jenjira Pongpas,  Banlop Lomnoi,  Jarinpattra Rueangram,  Petcharat ChaiburiTawatchai Buawat,  Sakda Kaewbuadee,  Sujittraporn Wongsrikeaw,  Bhattaratorn Senkraigul,  Pongsadhorn Lertsukon,  Apinya Unphanlam,  Sasipim PiwanseneeProductora: Coproducción Tailandia-México-Gran Bretaña-Francia-Alemania-Malasia; Kick the Machine / Detalle Films.

A propósito de su manera de entender el cine, Apichatpong dice (ver enlace entrevista completa): “El medio cinematográfico es joven y limitado. Creo que podemos ir mucho más lejos a la hora de entender cómo funciona nuestro cerebro. El ritmo es más importante que la historia. A veces, en el montaje desorganizo toda la película para seguir ese principio. Veo las películas no tanto como una narrativa sino como capas de instantes. Eso no tiene nada que ver con Hollywood. Me sorprende mucho la estructura tan rígida de los guiones americanos. No entiendo por qué seguimos esas normas, es muy estúpido. Está demasiado pegado a la literatura y al drama. El cine no es eso, el cine es libertad. No depende del texto. No es cemento, es luz. Espero que el cine progrese de una manera más rápida de lo que lo ha hecho hasta ahora.” http://www.elcultural.com/revista/cine/Apichatpong-Weerasethakul-Mi-carrera-es-una-exploracion-de-la-luz-y-del-tiempo/37914

Si a alguien le apeteciera adentrarse más en la obra del cineasta, dejo aquí las grabaciones íntegras –¡idóneas para una noche de insomnio!– de la Master Class titulada “Delirium”, ofrecida por el realizador tailandés Apichatpong Weerasethakul el día 12 de noviembre de 2010 en el Malba (Buenos Aires) en la que recorre su filmografía:

 

 

Hexentanz, Danza de la bruja. Mary Wigman

Mary Wigman es una bailarina alemana conocida por su excelencia en la creación de solo y por ser una de las pioneras de la danza libre. La “danza libre” o “danza expresiva” es una técnica que rompe con los códigos de la danza clásica. Esta técnica experimenta principalmente la gravedad y la respiración (trabajo al suelo), y es el punto de partida de la danza moderna.

Su solo “La danza de la bruja” (Hexentanz), en 1914, es el primer solo compuesto e interpretado íntegramente por una mujer. Wigman pensaba que en la danza no existen movimientos feos ni grotescos, sino movimientos que nacen del ritmo orgánico de las emociones. En La bruja, Wigman crea una danza orgánica cargada de energías y emociones intensas. Quiere que su danza sea vivida desde el interior y no como una producción de movimientos acumulados. Ella expone su yo y todas sus emociones a través de movimientos bruscos e impulsos punzantes que nacen de un proceso emocional catártico. Esta coreografía es un solo que no cuenta una historia. Wigman exploraba temas fuertes, como la muerte, la guerra, la desesperación, pero no contaba una historia. Decía: “No bailamos historias, bailamos sentimientos”. Su objetivo era hacer visible y dar cuerpo a los sentimientos mediante el lenguaje de la danza. Algunos, sin duda, reconoceréis la impronta de Wigman en el trabajo de Pina Bausch (se puede dibujar una línea que uniera Isadora Duncan, Mary Wigman, Martha Graham, Pina Bausch…). En su coreografía, Wigman no usa música tradicional ni clásica, bailaba en silencio o utilizaba instrumentos de percusión asiáticos para expresar los ritmos de los impulsos emocionales. El ritmo de su cuerpo es la música orgánica que mueve la danza. La danza de la bruja es un hechizo, un conjuro, una danza-trance en la que viajamos a la profundidad del instinto y de la expresión salvaje en el ser humano.

 

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Mary Wigman (Hannover, 13 de Noviembre de 1886-Berlin, 19 de septiembre 1973) es considerada una de las figuras más importantes en la historia de la danza moderna en Europa. Natural de Alemania, Wigman era bailarina, coreógrafa y maestra de baile. A principios del siglo XX, Wigman creó la danza expresionista, una danza moderna que expresa las emociones y percepciones del bailarín mediante un lenguaje dancístico orgánico. Wigman se inició en las artes estudiando gimnasia rítmica con el músico y compositor suizo, Émile Jaques-Dalcroze. Dalcroze había creado un método para enseñar conceptos musicales mediante el movimiento. Wigman estudió tres años con Dalcroze en su escuela, en Alemania. Más que en la música, Wigman se interesó en explorar la emoción como la fuerza que genera la danza. En 1910 Wigman conoce al gran innovador de la danza y el movimiento, Rudolf von Laban. Wigman estudió con él su método de dinámica del movimiento. Y durante la Primera Guerra Mundial trabajó como su asistente.

Después de sus estudios con Dalcroze y Laban, Wigman decide desarrollar una nueva danza que no tiene precedentes ni maestros ni escuelas. Al igual que los poetas y artistas expresionistas de su época, Wigman quería crear una experiencia de arte basada en la visión personal del creador.

En 1920 Wigman fundó su escuela de danza moderna en Dresden, Alemania, hasta que fue clausurada por los nazis. La volvió a abrir más adelante en Leipzig. Su danza expresionista se propagó por Europa central mediante la labor de sus estudiantes.

Después de su gira por Estados Unidos en 1930, Mary Wigman delegó a una de sus mejores discípulas, Hanya Holm, a que dirigiera una escuela de su técnica en la ciudad de Nueva York.

Wigman enseñó su filosofía y técnica de danza en Berlín Oeste hasta su muerte a la edad de 86 años.

Entre sus obras más importantes se encuentran Las siete danzas de la vida (1918), El rito de la primavera (1957) y las coreografías para las óperas Orfeo y Eurídice (1947) y Alceste (1958) del compositor alemán Christoph Willibald Gluck. Escribió Die sprache des tanzes (El lenguaje de la danza, 1963).

http://baile.about.com/od/Danza-moderna/p/Mary-Wigman-Y-Su-Danza-Expresionista.htm

Lo que somos. Lo que olvidamos. Chantal Maillard

Reflets d'eau ou oiseaux_foto Christine Arnaud


Cuando la mirada ha perdido la capacidad de ensancharse es fácil que se empiece a vivir según las ideas. La cura, sin embargo, no está fuera de alcance. Basta con volverse hacia el propio interior y escuchar. Al principio no oiremos nada, por la sencilla razón de que estamos inmersos en el discurso mental, identificados con él y con sus significaciones. El lenguaje nos envuelve como una segunda naturaleza, nos confundimos con él, y es tan difícil desasirse de él como mudar la propia piel. En un primer momento se hace necesario una cierta vocación de serpiente. Puede hacerse uso, entonces, de esta bien aprendida lección de objetividad que nuestra cultura nos brinda, aplicando el distanciamiento a lo que suponemos ser nuestro propio interior. Al abrirse la distancia, si el yo-observador se mantiene bien atento, agazapado en el margen, el discurso aparecerá como un zumbido de palabras. Oirá cómo los significados se tensan, invitando a la participación. Será preciso mantenerse alerta, resistiéndose a ello. Con el distanciamiento de las palabras empezará entonces a abrirse el espacio de silencio en el que podrá darse la escucha.

Recibir el mundo estéticamente, o poéticamente, es ser artista. Artista es aquel que sabe ensanchar la mirada y sabe escuchar, es aquel que sabe crear ese espacio interior en el que la realidad –la propia y la del mundo– acude en estado naciente, pues la realidad siempre está aconteciendo y su manera de darse a la conciencia es el aparecer. Artista es aquel que asiste al nacimiento eterno de las cosas y que, a veces, sabe mostrarlo. Artista es aquel que, en breves momentos, se desposee y, perdiéndose en la danza de lo viviente, alcanza la inmortalidad del universo. […] El artista es aquel que sabe salirse de sí. Salirse de sí: olvidarse a sí mismo, olvidarme del , olvidarme de que “yo” soy frente a lo otro. Y, curiosamente, en ese olvido de sí, en esa pérdida, lo que se recupera es esa extraña sensación de unidad, trascendidas todas las diferencias.

El piel roja, indudablemente, era un poeta. “No hay silencio alguno en las ciudades de los blancos”, decía, “no hay ningún lugar donde pueda oír crecer las hojas en primavera y el zumbido de los insectos”. El piel roja adquiere su conocimiento por participación, unidos el sentir y la razón. Todos hemos sido poeta alguna vez, cuando el tiempo no era algo que hubiera que llenar sino el arco que describe el sol, el astro-luz que sigue cumpliendo su círculo bajo el sueño. Todo niño ha conocido esa sensación de pertenecer al acontecer, cuando la responsabilidad del tiempo concreto era de los adultos, ellos, los que sabían cómo enseñarte a morir poquito a poco, con precisión, metódicamente.

La ecología es el discurso de lo que se ha retraído, y ese discurso es “arte”, “literatura”, “escritura” en general. Lo que se ha retraído es el conocimiento del movimiento circular, del cumplimiento de nuestra órbita universal, el íntimo sentir de la conjunción de la vida y la muerte en el gesto, un gesto cíclico que no nos pertenece y que conforma el universo. […]

Lo que se ha retraído no es, en definitiva, lo propio de cada cual a diferencia de los otros, sino aquello que por ser precisamente lo más común no puede ser comunicado, pues donde no hay distancia no hay espacio para la comunicación. Aún así, estamos a punto de perder, para nosotros mismos, aquel último reducto. Lo retraído también se nos está retrayendo a la propia conciencia. […]

“Escritura” es toda tarea representativa que logre, mediante la modulación de la materia o de los signos, reconstruir el puente que une el universo natural que cabe en nuestros ojos, en nuestros oídos, en nuestra piel, con el universo interior que también es marisma, es duna, es pinar, y cíclicamente muda sus paisajes al ritmo de las mareas y las estaciones.

Esa escritura, el logos de lo retraído, no podrá darse, no podrá seguir dándose, si desaparecen los territorios de nuestro entorno que nos invitan a la escucha, aquellos donde el rocío sigue temblando en la hierba al amanecer, donde el viento descubre las raíces de los troncos, donde el agua es madre; lugares cuyo poder consiste en despertar en nosotros el recuerdo de lo que somos: una duna que avanza sepultando un pinar, una ave carroñera sobrevolando los prados, un nido de focha que flota en la marisma, el lucio que espejea bajo el sol, menguando día a día, el fango y la tierra cuarteada, un alcornoque que soporta el peso de docenas de nidos de cigüeñas, un lince que mide con su cuerpo la distancia entre la vida y la muerte, el ganso que recibe su impacto en el aire. Lo que somos. Lo que olvidamos. Lugares que desde la esfera pública tenemos la obligación de proteger porque haciéndolo estamos defendiendo el propio fundamento de lo público. Sólo quien se conoce a sí mismo puede gobernarse y sólo quien puede gobernarse a sí mismo puede gobernar un pueblo. Lo político, en su sentido original, es lo que atañe a la polispor tanto, al fundamento de lo humano: la articulación de su hábitat, su formalización y la conservación de su equilibrio. Nadie que no tenga conocimiento de lo retraído podrá defender la polis. La política ha de ser un arte, y su discurso –¡qué lejos estamos de ello!– una ecología. Para ello, como todo arte, ha de generarse a partir de la íntima comprensión de aquella estructura constituyente yo-mundo. Con esta sabiduría del oikos, con esta “ecosofía”, y desde la conciencia doliente de la lamentable y grotesca degradación de su institución, al ámbito público le corresponde evitar que la “escritura”: el arte, la poesía, tenga que recurrir a viejos moldes, a recuerdos color sepia o a las deprimentes muestras de ecología kitsh (naturaleza domesticada para visitas organizadas) para decirnos, en voz baja, lo que fuimos. A todos nos corresponde, desde esta conciencia semi-apagada que aún nos queda, hablar en público desde lo más privado, desde el grito del ave que aún desgarra, a veces, nuestra garganta.

Chantal Maillard. La razón estética: 246-248. Editorial Laertes, 1998

Fotografía: Christine Arnaud, Reflets d’eau ou oiseaux.


El abrazo de la serpiente. Ciro Guerra

El abrazo de la serpiente es un viaje en la selva de la mente. ¿De qué modo conocer? ¿Cuántos modos hay para adentrarnos en la realidad? ¿A qué llamamos “realidad”? ¿Es real el sueño? ¿Cuántas orillas tiene el río? Múltiples mundos. Tiempos simultáneos. Señales de un mundo a otro(s). Rastrear las pistas en los sueños. Escuchar.

2015, Colombia. Director: Ciro Guerra. Guión: Jacques Toulemonde, Ciro Guerra. Música: Nascuy Linares. Fotografía: David Gallego (Blanco&Negro). Producción: Cristina Gallego. Reparto: Brionne DavisNilbio TorresAntonio BolívarJan BijvoetNicolás CancinoYauenkü MigueLuigi Sciamanna. Coproducción Colombia-Venezuela-Argentina

La película narra dos historias que tienen lugar en 1909 y 1940, juntas protagonizadas por Karamakate, un chamán amazónico y último superviviente de su tribu, y su viaje con dos científicos, el alemán Theodor Koch-Grünberg y el estadounidense Richard Evans Schultes, en busca del yakruna, una planta sagrada difícil de conseguir. La película está inspirada en las fotografías y los diarios escritos por los dos científicos durante su estancia en la Amazonia colombiana.

Sinopsis: Karamakate fue en su día un poderoso chamán del Amazonas, es el último superviviente de su pueblo, y ahora vive en aislamiento voluntario en lo más profundo de la selva. Lleva años de total soledad que lo han convertido en chullachaqui, una cáscara vacía de hombre, privado de emociones y recuerdos. Pero su vida vacía da un vuelco el día en que a su remota guarida llega Evan, un etnobotánico americano en busca de la yakruna, una poderosa planta oculta, capaz de enseñar a soñar. Karamakate accede a acompañar a Evan en su búsqueda y juntos emprenden un viaje al corazón de la selva en el que el pasado, presente y futuro se confunden, y en el que el chamán irá recuperando sus recuerdos perdidos. Esos recuerdos traen consigo vestigios de una amistad traicionada y de un profundo dolor que no liberará a Karamakate hasta que no transmita por última vez su conocimiento ancestral, el cual parecía destinado a perderse para siempre. (FILMAFFINITY)

http://www.elpais.com.co/elpais/entretenimiento/noticias/hay-saber-sobre-abrazo-serpiente

 

La cueva de los sueños olvidados. Werner Herzog

Grotte Chauvet

En la cueva de Chauvet son casi unos 400 el total de los animales ilustrados. También se han descubierto huellas de pies humanos, y restos de hogueras.

En 1994 se descubrió, en el sur de Francia, la cueva que posteriormente sería nombrada como “la grotte Chauvet”, la cual conserva en sus paredes cientos de dibujos y pinturas que representan por lo menos trece especies diferentes de animales incluyendo caballos, venados, leones, panteras, osos, rinocerontes e incluso hienas.  Los métodos más precisos de datación sitúan su antigüedad entre 32 y 30 mil años antes de nuestro presente. Estas obras se remontan a una era donde los Neandertales aún vagaban por la tierra y los osos, mamuts y leones de la Edad de Hielo eran las poblaciones dominantes de Europa. Un derrumbe de la entrada de la cueva permitió que éstos se conservasen inalterados y con la apariencia de ser hechos recientemente, su estilo pictórico es uno de los más refinado jamás encontrado.

El equipo del cineasta alemán, Werner Herzog, consiguió un permiso especial sin precedentes para entrar a filmar las pinturas y llevar al público estas sublimes obras pictóricas rupestres en tres dimensiones, que hasta ahora sólo había visto el pequeño grupo de científicos selectos que las han catalogado. Estas visiones más antiguas de la humanidad se muestran junto con comentarios y entrevistas a varios arqueólogos y al personal relacionado con la cueva, llevándonos a través de un viaje onírico al interior de la montaña y de la esencia misma del ser humano.

Película completa V.O.E.

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2012/07/18/la-cueva-de-los-suenos-olvidados-o-cuando-el-espiritu-guia-la-mano-que-pinta-sobre-la-roca/

 

 

Instinto. Jon Turteltaub

“Mi lento viaje hacia [los gorilas] me emocionaba, me sentía un privilegiado, en cierto modo sentía como si regresara a algo que hacía mucho tiempo había perdido y que sólo entonces recordaba… Allí en lo más profundo de aquellos bosques, lejos de todo cuanto conoces, lejos de todo cuanto te han enseñado en la escuela o en los libros, en las canciones o en los poemas, encuentras la paz, la afinidad, la armonía, e incluso la seguridad. Es más peligroso pasar un sólo día en cualquier ciudad que vivir siempre en aquellos bosques. ¿Lo entiendes? Confusión, ¡vivís en la confusión!”

“Sólo debemos renunciar a una cosa: a la dominación. El mundo no es nuestro. No somos reyes ni dioses. ¿Sabremos renunciar? ¿Tan valioso resulta el control, tan tentador ser un dios?”


Instinct, 1999. Director: Jon Turteltaub. Duración: 110 min. Estados Unidos. Guión: Gerald DiPego (Novela: Daniel Quinn) Música: Danny Elfman. Fotografía: Philippe Rousselot. Reparto: Anthony HopkinsCuba Gooding Jr.Donald SutherlandMaura TierneyGeorge DzundzaJohn Ashton. Productora: Spyglass

Sinopsis: Dentro de la inteligente mente de Ethan Powell (Anthony Hopkins) se esconde un terrible secreto, un profundo misterio no resuelto por su familia, enemistada con él, ni por los agentes de la Ley que le han estado siguiendo y que le han arrestado por una serie de crímenes ocurridos en las junglas de Ruanda. Con una vasta educación, la verdad de Powell se oculta tras años de estudio de los gorilas de montaña, hasta el punto de haber convivido con ellos en plena naturaleza y haber sido aceptado como uno de los suyos. Ahora, cautivo en una prisión brutal para enfermos mentales con tendencias criminales, Powell, que no ha hablado una sola palabra durante años, es sometido a tratamiento por parte del psiquiatra Theo Caulder (Cuba Gooding, Jr.). La ilimitada ambición de Caulder le lleva a arriesgar, poniendo su vida al límite, con el fin último de intentar comprender las acciones de este demente acaparador de titulares. Así, ambos hombres se embarcan en un extraordinario viaje, empujados por su insaciable búsqueda de la verdad, independientemente de su coste. (FILM AFFINITY)

https://es.wikipedia.org/wiki/Instinto_(pel%C3%ADcula)

Recordé entonces al escritor D. H. Thoreau y esa pequeña joya de bolsillo titulada Caminar:

“La vida está en armonía con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje. En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación. La perdiz adora los guisantes, pero no los que la acompañan en la cazuela. En fin, que todas las cosas buenas son salvajes y libres”.

Y citando el Visnú-Purana, uno de los textos hinduistas más notable, Thoreau escribe: “Es servicio activo el que no se convierte en servidumbre; es sabiduría la que sirve a nuestra liberación: todos los demás servicios sólo sirven para agotarnos, todas las demás sabidurías sólo son habilidades de artista”.

 

De filósofos y de bestias: Elisabeth de Fontenay

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Como si el hombre hubiera sido la gran idea tras el cerebro de la evolución animal. El hombre no es en absoluto el coronamiento de la creación: “cada ser se encuentra junto a él en el mismo grado de perfección”, escribió Friedrich Nietzsche. Más allá o más acá de nuestro dominio sobre lo vivo, estamos inmersos, para lo mejor y para lo peor, en la experiencia de una comunidad de destino compartido con los animales. Su proximidad está en el horizonte de algunos de nuestros problemas más primordiales. Recordemos, por ejemplo, los episodios de las vacas locas y de la gripe aviar, los cuales, con el escándalo de las condiciones industriales y mercantiles de cría y matanza de los animales, revelaron el peligro de contaminación entre las especies. También se puede evocar la próxima factibilidad de los injertos de órganos animales en humanos o la creación de quimeras, animales híbridos, que vuelven posible en lo sucesivo la ingeniería genética.

Las investigaciones científicas convergentes de paleoantropólogos, primatólogos, zoólogos, etólogos y genetistas, y lo que llamamos teoría sintética de la evolución (el conjunto de teorías contemporáneas de la evolución), no pueden más que echar por tierra, en sus fundamentos implícitos y conformistas, la sacrosanta fe humanista y todavía un poco creacionista que tenemos en la unicidad y la preeminencia de nuestra especie. Estas disciplinas invalidan la idea de la supremacía del hombre, poniendo fin a una arrogancia occidental casi inmemorial. Frente a esta gran crisis de lo específicamente humano, los filósofos se encuentran en primera fila. Todos, desde el comienzo de la filosofía en Grecia, han hablado de la animalidad, unas veces sin mencionarla como un tema explícito, otras veces otorgándole una función capital. Algunos dualistas, como René Descartes e Immanuel Kant, oponen radicalmente lo humano y lo animal. Otros, como Aristóteles, Gottfried Wilhelm Leibniz y Edmund Husserl, imaginan una gradación de la sensibilidad, la memoria y la conciencia entre el animal y el hombre, afirmando que la naturaleza no da saltos. Sin embargo, estos pensadores continuistas no dudan en colocar al hombre aparte y por encima de los otros seres vivos, como si el autor de la clasificación tendiera a excluirse de la clasificación. Un personaje del Político de Platón declara con gracia que si las grullas pudieran hablar se situarían de un lado de la línea de demarcación y pondrían a todos los seres vivos, incluido el hombre, del otro lado…

Este derrumbe de la creencia en lo particular de los humanos pasa en la actualidad por la escritura de filósofos posmodernos, resueltamente antimetafísicos, como Gilles Deleuze y sobre todo Jacques Derrida. Es necesario, sin embargo, mantener firmemente desligadas dos interrogaciones heterogéneas: la del origen del hombre (de orden científico) y la de la significación de lo humano (de orden filosófico y político). La filosofía –pese a que participemos a través de ella en experiencias del pensamiento y que de ahí surjan conceptos capaces de originar normas– no tiene que someter su problemática a las revisiones científicas y todavía menos a las conclusiones eticopolíticas que ciertos paleoantropólogos, primatólogos, genetistas y etólogos proponen, ingenua y a veces temiblemente, a partir de sus resultados.

Los discursos huecos sobre el libre albedrío y la voluntad no quebrantarán estas tentativas –materialistas y reaccionarias– de reducir la dimensión histórica del hombre a lo meramente etológico, o de subordinar lo social a lo “natural”. Solamente una argumentación filosófica y política, atenta a los acontecimientos y al carácter trágico de los conflictos jurídicos entre los seres humanos, evitará que nos hundamos en la confusión y la indistinción entre lo animal y lo humano. El hombre es descrito y explicado por los científicos en tanto que especie, pero, en sus prácticas éticas y políticas, los hombres se proclaman, se declaran como género humano.

Fue el etnólogo y filósofo Claude Lévi-Strauss quien señaló, con mucha razón, que la noción de derechos del hombre está demasiado anclada en una filosofía de la subjetividad, de lo individual, del ser moral. Por eso defendía el principio de un derecho del hombre en tanto ser vivo, derecho de la especie humana entre otras especies. Desde luego, ya no se puede callar la apremiante exigencia de un derecho de los animales, pero ¿habrá por ello que acoger el reclamo exorbitante, y por lo tanto injusto, de una extensión de los derechos humanos a los chimpancés, gorilas y orangutanes? No, porque tomar nota de las continuidades entre hombres y animales obliga al mismo tiempo a reconocer que existen entre ellos saltos cualitativos: los que originan la aparición de lo humano.

Sí, hay que tomar nota de la herida infligida por la animalidad al consenso humanista tradicional, pero también es necesario afirmar mediante la filosofía que el destino de lo humano no se deja descifrar sólo a partir de los conocimientos sobre el origen del hombre y los genes. Salvo que se desee reconstituir una idea de lo particular del hombre en el orden metafísico o teológico, se evitará claramente definir lo humano, pues se sabe desde hace mucho tiempo que no hay una esencia del hombre. No es seguro que el hombre, aquel que se ha podido designar como animal simbólico, pueda definirse por la existencia, el ser para la muerte, la experiencia de un mundo, mientras que el animal se caracterizaría por la pobreza de su estar en el mundo y su incapacidad para representarse la muerte. Resulta cada vez más claro que los animales también cuentan con comportamientos simbólicos y que son capaces de categorizar y transmitir conocimientos prácticos. Esta es la mala jugada que la primatología y la etología asestan al humanismo metafísico.

Ya no podemos creerle a Descartes cuando convertía el lenguaje en el criterio absoluto de lo humano ni a Montaigne cuando decía que a veces hay más diferencias entre un hombre y otro hombre que entre un hombre y un animal. Hay que ser un bruto para rehusar a los animales la capacidad de sufrimiento, el lenguaje, la interioridad, la subjetividad, la mirada. Pero ¿no existe el riesgo de que nos hundamos en la estupidez si nos obstinamos en negar que los hombres sienten, comunican, expresan y producen de manera distinta y mejor que los más humanos de los animales?

ÉLISABETH DE FONTENAY
© Philosophie Magazine
Traducción de Humberto Beck

http://www.letraslibres.com/revista/convivio/la-hora-de-los-animales

Una entrevista en Le Figaro, 23 octubre 2014, “Los monos no pueden hacer la revolución”: http://www.lefigaro.fr/livres/2014/10/23/03005-20141023ARTFIG00033-elisabeth-de-fontenay-les-singes-ne-peuvent-pas-faire-la-revolution.php

En el magazine Clés, “Nuestra relación con los animales queda aún por descubrirse”: http://www.cles.com/debats-entretiens/article/notre-rapport-aux-animaux-reste-decouvrir


Le silence des bètes  le silence des betes 

Élisabeth de Fontenay. Le silence des bêtes. La philosophie à l’épreuve de l’animalité. Paris: Fayard, 1998. Reedición en bolsillo, ed. Seuil, col. Points, 2013.

Publicado en 1998, este libro de referencia analiza cómo, desde los presocráticos hasta Derrida, las diversas tradiciones de la metafísica occidental han abordado el enigma de la animalidad : este libro revela otra historia de la filosofía… En esta época, los animales estaban prácticamente inexistantes en la filosofía francesa. Desde entonces, se multiplicaron los análisis y las reflexiones sobre el desamparo que les está infligido, sobre su estatuto como seres sensibles, sobre su subjetividad, sobre su existencia de seres mudos, sobre su capacidad para comunicar y simbolizar, sobre su derecho a tener acceso a derechos, etc.  Debe poderse deconstruir la arrogancia de lo propio del hombre, sin por ello ofender al género humano…


Elisabeth de fontenay  Elisabeth de Fontenay (1934)

Maître de conférences émérite de philosophie à l’université de Paris 1 Panthéon-Sorbonne, es autora también de Diderot ou le matérialisme enchanté (1981), d’Une tout autre histoire. Questions à J.-F. Lyotard (2006), d’Actes de naissance. Entretiens avec Stéphane Bou (2011) et de La Prière d’Esther(2014).

Sus últimas publicaciones: “Sans offenser le genre humain. Réflexions sur la cause animale“, Albin Michel, 2008 ; “Cahier de L’Herne, Traduire le parler des bêtes“, 2008 (avec M.-C. Pasquier); “L’abstraction du monde” in Regards sur la crise — Réflexions pour comprendre la crise… et en sortir, ouvrage collectif dirigé par Antoine Mercier avec Alain BadiouMiguel BenasayagRémi BragueDany-Robert DufourAlain Finkielkraut…, Paris: Hermann, 2010; Actes de naissance, entretiens avec Stéphane Bou, Paris: Le Seuil, 2011.

Acerca de su libro: “Sans offenser le genre humain”: http://www.marc-villemain.net/elements/pdf/mdl14/Sans-offenser-le-genre-humain-Elisabeth-de-Fontenay.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Élisabeth_de_Fontenay

https://fr.wikipedia.org/wiki/Élisabeth_de_Fontenay


Imagen: Mural pintado por Dedos y su mujer Xochiti, un duo artístico de nombre Nomadic Alternatives, en una pared en East Village o East Handings, en Vancouver. El texto dice lo siguiente: “Estamos aquí / estamos gritando, llorando / y no nos oís / porque habéis olvidado / nuestro lenguaje”.

 

La sombra de lo salvaje. Clarissa Pinkola Estés

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Todos sentimos el anhelo de lo salvaje. Y este anhelo tiene muy pocos antídotos culturalmente aceptados. Nos han enseñado a avergonzarnos de este deseo. Nos hemos dejado el cabello largo y con él ocultamos nuestros sentimientos. Pero la sombra de la Mujer Salvaje acecha todavía a nuestra espalda de día y de noche. Dondequiera que estemos, la sombra que trota detrás de nosotros tiene sin duda cuatro patas.


Clarissa Pinkola Estés. Mujeres que corren con los lobos. Trad. María Antonia Menini. Ediciones B, 1995 [Woman Who Run With the Wolves, 1982]

Foto: “Wolf Snow” (A mi gran pesar, desconozco el nombre del autor de esta hermosa fotografía)


La práctica de lo salvaje: “Naturaleza, salvaje y selva”. Gary Snyder

Gary-Snyder


Se publica por primera vez en castellano «La práctica de lo salvaje», una recopilación de los ensayos completos de Gary Snyder. En estas 260 páginas el autor propone la recuperación de una condición esencial que nos vincule verdaderamente con el territorio, la comunidad natural y con nuestro propio ser salvaje.


Las palabras naturaleza, salvaje [wild] y selva [wilderness] (1)

Comencemos por naturaleza. La palabra naturaleza proviene del latín natura, “nacimiento, constitución, carácter, curso de las cosas”, originalmente de nasci, nacer. De ella derivan nación, natal, nativo, preñada. La probable raíz indoeuropea (a través del griego gna, de ahí cognado y agnado) es gen, que proviene del sánscrito jan, que a su vez nos da generar y género, y las palabras kin y kind en inglés.

La palabra tiene dos significados ligeramente diferentes. Uno es “el exterior”, el mundo físico, que incluye a todos los seres vivos. Por definición, la naturaleza es un ordenamiento del mundo que se aparta de las características o creaciones de la civilización y la voluntad humana. Se dice que son “antinaturales” la máquina, el artefacto, lo inventado o lo extraordinario (como una ternera bicéfala). El otro significado, más amplio, es “el mundo material o el conjunto de sus objetos y fenómenos”, incluyendo los productos de la acción e intención humana. En tanto agente, la naturaleza se define como “la acción física creadora y reguladora que opera en el mundo material y es causa inmediata de todos sus fenómenos”. El pensamiento científico y algunos tipos de misticismo proponen correctamente que todo es natural. En este marco la ciudad de Nueva York no tiene nada de antinatural, ni tampoco los desechos tóxicos o la energía atómica, y por definición nada de lo que hacemos o experimentamos en la vida es “antinatural”.

¿Qué constituye entonces lo “sobrenatural”? Una manera de abordarlo es decir que designa fenómenos ocurridos a tan pocas personas que se duda de su existencia. Sin embargo, estos hechos –fantasmas, dioses, transformaciones mágicas y demás– se describen con suficiente frecuencia como para que sigan intrigándonos y, para algunos, sean creíbles.

Preferiría usar la palabra naturaleza referida al universo físico y todas sus propiedades. Pero, a veces, incluso aquí, aparecerá con el significado de “aire libre” o “lo no humano”.

La palabra wild es como un zorro gris alejándose al trote por el bosque, ocultándose tras los arbustos, apareciendo y desapareciendo. De cerca, a primera vista, es “wild” [salvaje]; observado nuevamente más lejos entre los árboles será wyld, y por vía del antiguo noruego villr y el antiguo teutónico wilthijaz, retrocede a un vago y preteutónico ghweltijos, que aún significa “salvaje” y quizás “boscoso” (wald). Ahí se esconde, con conexiones posibles con will, con el latín silva (selva, salvaje) y con su raíz indoeuropea ghwer, origen del latín ferus, del cual provienen feral y feroz (que nos lleva nuevamente a lo que Thoreau llama “la terrible ferocidad”, que comparten los amantes y las personas virtuosas).

El Oxford English Dictionary describe el término de la siguiente manera:

Animales: sin domar, sin domesticar, rebeldes.
Plantas: sin cultivar.
Tierra: deshabitada, inculta.
Cosechas: producidas o surgidas sin labranza.
Sociedades: incivilizadas, rudimentarias, que se resisten al Gobierno constituido.
Individuos: sin restricciones, insubordinados, licenciosos, viciosos, rústicos. (“Viudas salvajes y maliciosas”, 1614).
Conductas: violentas, destructivas, crueles, rebeldes.
Conductas: simples, libres, espontáneas. (“[…] trina las salvajes notas de sus bosques nativos”. John Milton)

Salvaje se define principalmente en nuestros diccionarios por lo que, desde el punto de vista humano, no es. Con esa perspectiva no puede revelarse lo que sí es. Veámoslo de otra manera:

Animales: agentes libres, cada uno con sus propias cualidades, viviendo dentro de los sistemas naturales.
Plantas: que proliferan y se mantienen por sí mismas, creciendo de acuerdo a sus cualidades innatas.
Tierra: un lugar en el que la vegetación y la fauna originales y potenciales están intactas, en interacción plena, y en el que los accidentes del terreno son enteramente el resultado de fuerzas no humanas. Prístino.
Cosechas: suministro de alimentos provisto y sostenible por la abundancia y la fertilidad naturales de las plantas silvestres en su crecimiento y producción de frutas y semillas.
Sociedades: aquellas cuyo orden surge intrínsecamente y se mantiene por la fuerza del consenso y la costumbre, en contraposición a una legislación explícita. Las culturas primigenias, que se consideran a sí mismas moradoras originales y eternas de su territorio. Sociedades que confrontan la dominación económica y política de la civilización. Sociedades cuyo orden económico está en relación cercana y sostenible con el ecosistema local.
Individuos: que siguen los hábitos, estilos y protocolo locales sin preocuparse por los estándares de la urbe o de los lugares de intercambio más cercanos. Valeroso, autosuficiente, independiente. “Orgulloso y libre”.
Carácter: que resiste ferozmente cualquier opresión, confinamiento o explotación; atrevido, escandaloso, “malo”, admirable.
Conducta: natural, libre, espontánea, no condicionada. Expresiva, física, abiertamente sexual, extática.

La mayoría de los sentidos de esta segunda lista se acerca a la manera en que los chinos definen el término tao, “el camino” de la gran naturaleza; supone eludir el análisis, ir más allá de las categorías, ser auto-organizado, auto-informado, lúdico, sorprendente, transitorio, insustancial, autónomo, completo, ordenado, sin mediaciones, con legitimidad y disposición propias, complejo, bastante simple. Simultáneamente vacío y lleno. En algunos casos lo llamaríamos sagrado y no está lejos del término budista dharma en sus sentidos originales de formarse y afirmarse.

La palabra selva [wilderness], antes wyldernesse, del inglés antiguo wildeornes, quizás derivado de wild-deer-nessdeor: ciervos y otros animales del bosque–, aunque más probablemente de wildern-ness, tiene estas acepciones:

– Una extensión amplia de tierra salvaje, con flora y fauna originales, que puede ser desde una jungla cerrada o bosque húmedo hasta terrenos árticos y alpinos de “selva blanca”.
– Tierra baldía, un área sin uso o inservible como pasto o tierra de labor.
– Un espacio de mar o aire, como en la cita de Shakespeare, “Ahora soy como aquel que está sobre una roca, rodeado por un desierto de mar” (Tito Andrónico). Los océanos.
– Un lugar peligroso y difícil donde se asumen riesgos, se depende de la propia pericia y no se cuenta con ser rescatado.
– El mundo, en contraposición al cielo. “Caminé a través de la selva de este mundo” (El progreso del peregrino).
– Un lugar de abundancia, como en la frase de John Milton “una selva de bienes”.

El uso que Milton hace de la palabra selva captura las verdaderas cualidades de energía y riqueza presentes tan a menudo en los sistemas salvajes. “Una selva de bienes” se asemeja a los billones de pequeños arenques o caballas en el océano, a los kilómetros cúbicos de kril, a las semillas de la hierba de las praderas salvajes, que llevan al pan de nuestros días, hecho de los gérmenes de las hierbas, y a la increíble fecundidad de todos los pequeños animales y plantas que alimentan la red. Pero, por otra parte, lo selvático sugiere el caos, el eros, lo desconocido, el ámbito del tabú, el hábitat tanto de lo extático como de lo demoníaco. En ambos sentidos es un lugar arquetípico de poder, enseñanza y desafío.

La condición salvaje

De manera que podemos afirmar que las ciudades de Nueva York y Tokio son “naturales” sin ser “salvajes”. No se desvían de las leyes de la naturaleza, pero se trata de hábitats tan exclusivos en cuanto a quién y a qué dan cobijo –además de tan intolerantes para con otros seres– que constituyen una verdadera rareza. Un entorno salvaje es un lugar en el cual el potencial salvaje se expresa de lleno, como en la diversidad de seres vivos y no vivos que florecen de acuerdo a su propio sentido del orden. En ecología hablamos de “sistemas salvajes”. Cuando un ecosistema funciona plenamente, todos sus miembros están presentes en la asamblea. Hablar de naturaleza salvaje es hablar de totalidad. Los seres humanos surgieron de ella, y considerar la posibilidad de reactivar nuestra pertenencia a la asamblea de todos los seres no es en absoluto retrógrado. […]”

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(1): Wilderness: en el texto original, el autor rastrea en detalle la etimología de esta palabra. Su traducción al castellano por “selva” no tiene la misma correspondencia etimológica, pero hemos preferido no alterar una argumentación que consideramos importante. (N. d T.)

Extractos del libro de Gary Snyder, La práctica de lo salvaje. Trad. Nacho Fernández R. y José Luis Regojo. Varasek ediciones, 2015.

Aquí podéis leer las 40 primeras páginas del libro que ya está en las librerías:

Click to access la-practica-de-lo-salvaje.pdf

 

Snyder

Gary Snyder (San Francisco, 1930) es un poeta, traductor, ensayista, conferencista y activista del medio ambiente estadounidense, perteneciente a la Generación Beat y al renacimiento de San Francisco; inspiró «Los vagabundos del Dharma» de Jack Kerouac. Autor de más de veinte colecciones de poesía y prosa, Snyder ganó el Pulitzer en 1975 y fue finalista del National Book Critics Award en 1992 y 2005. Ha obtenido los premios Bollingen Poetry Prize, el Robert Kirsch Lifetime Achievement Award y el Premio Ruth Lilly de Poesía 2008. Ferlinghetti habló de él como el Thoreau de la generación beatnik. Se le ha descrito como un eco-poeta y un eco-luchador. Apunta a William Blake, Walt Whitman, Jeffers, Ezra Pound, el drama Noh, los aforismos Zen, Federico García Lorca y Robert Duncan como influencias significativas, pero añade «la influencia del haiku y de la poesía china es más profunda». Ha realizado todo tipo de trabajos: ha sido granjero, leñador, marinero y forestal además de profesor universitario, novicio budista en Japón y Vagabundo del Dharma. Ha viajado durante años sobre todo por Japón e India. Y es íntimo conocedor del entorno natural de la Sierra Nevada californiana donde vive desde hace años, en Tamalpais, o de fronteras remotas como Alaska.

«La práctica de lo salvaje propone que nos ocupemos de algo más que de la ética medioambiental, la acción política o un activismo útil e ineludible. Debemos enraizarnos en la oscuridad de nuestro ser más profundo».


 «Lo salvaje, tantas veces despachado como caótico y brutal por los pensadores civilizados, responde en realidad a un orden imparcial, implacable y hermoso, a la vez que libre».


La atracción por lo salvaje. Doug Peacock

Portada-Grizzly   doug-peacock

Esta reseña de Emma Rodríguez del libro de Doug Peacok, Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje, me ha llevado de nuevo a recordar uno de los cuentos con el que hemos ido trabajando: el cuento japonés “El oso de la luna creciente” del libro Mujeres que corren con los lobos. Recordé aquel hombre furibundo, herido, exhausto a su vuelta de la guerra, recordé cómo su parte femenina e intuitiva ha de adentrarse en la montaña para iniciar la sanación, recordé su miedo, su contacto con el oso, recordé la concentración y la sabiduría recobradas en la montaña, recordé su apaciguamiento, su serenidad, viviendo de nuevo en armonía con los ciclos naturales, recordé su despertar espiritual al despojarse de lo superfluo y de sus espejismos, recordé su agradecimiento y su alegría vital en esa vuelta a lo salvaje… (Esta tarea con el cuento del oso fue recogida en nuestro primer Quadern de la lloba. La cólera, podéis leerlo en issuu https://blogdelesllobes.wordpress.com/pagina-inicial/quaderns-de-la-lloba/).
Os dejo con extractos de la larga y jugosa reseña que Emma Rodríguez escribió sobre el libro de Doug Peacock.

Doug Peacock nos habla de la necesidad que tenemos de creer que aún existen esos lugares libres de contaminación, refugios en medio del progreso, de la civilización, del espectáculo en que se ha convertido prácticamente todo. Necesitamos saber que esos lugares sagrados, en cierto modo, evocadores, capaces de conectarnos con las edades primigenias de la humanidad, aún permanecen a salvo, lejos del afán de dominio, de poder, de usurpación, de los estados y de las grandes corporaciones.

Mezcla de memorias, de diario, de manual de supervivencia, de relato de aventuras, Mis años grizzly me cautivó desde las primeras páginas. La fuerza de la narración, los recuerdos y confesiones del autor sobre su experiencia en la guerra de Vietnam, su lucha por labrarse una nueva vida al regreso del horror, una vida fuera de los órdenes y las reglas del sistema, convierten el libro en una de esas obras que me gusta definir como obras de crecimiento, porque en ellas se da cuenta de un proceso vital de aprendizaje y porque cuando las leemos sentimos que estamos accediendo a zonas de luz, de conciencia, imposibles de descubrir por nosotros mismos.

Si os gustan los documentales sobre la naturaleza; si la lucha ecológica os mueve a la acción, a la protesta; si sois de los que consideráis que pocas cosas justifican el maltrato del planeta, de su equilibrio, este es vuestro libro, pero, aún sin cumplir todas estas condiciones, os aseguro que la entrega no os dejará en absoluto indiferentes.


Peacock remite a Thoreau, a quien él mismo cita en un momento dado. Es evidente que el ex-combatiente ha bebido mucho del autor de Waldenaunque sus experiencias y sus riesgos hayan sido mucho más extremospero a mí la entrega me ha llevado a otro libro absolutamente revelador, Alce negro habla, el diario vital, transcrito por John G. Neihardt, de las andanzas, pensamientos y visiones de un legendario sioux. El respeto, la admiración, por los antiguos pobladores de Norteamérica, que también animó a Thoreau, está presente en todo un recorrido marcado por los vestigios, por las huellas, por las creencias, de las distintas tribus de indios, cuyos descendientes ahora se hacinan en reservas y a duras penas conservan la memoria de sus tradiciones, el recuerdo de ese tiempo en el que convivieron en armonía con la naturaleza, con los animales.

Una y otra vez los lugares de poder, el cultivo de los sentidos, de la intuición de los pueblos primitivos, la sabiduría y las leyendas indias, muchas de ellas sobre el carácter sagrado y sanador de los osos, asoman en el relato. Estamos, pues, ante las confesiones y reflexiones de un explorador, de un hombre que encuentra su rumbo allí donde aún es posible sentir que no todo es trabajo, dinero, tecnología. Mis años Grizzly es un libro apasionante, insisto, capaz de sacarnos de nuestras comodidades el tiempo que dura su lectura.

Las pesadillas, los terribles recuerdos de Vietnam lo invaden noche tras noche, y decide echarse al camino, dejar atrás el alcohol y las anfetaminas, habituales vías de escape de los combatientes, y emprender rumbo a las Montañas Rocosas. En sus recorridos por parques como el de Yellowstone o el Nacional de los Glaciares, siguiendo a especímenes de grizzlies que, poco a poco, se le van haciendo familiares, encontró su propio cauce de supervivencia.


En Vietnam el depredador principal era el hombre. Si había obtenido un granito de sabiduría tras vivir la agonía de la batalla, éste no tenía nada que ver con técnicas para matar o hacer la guerra. No había iluminación alguna en el asesinato. Lo que se me había quedado grabado a fuego en lo más profundo de la conciencia eran las pequeñas acciones de gracia, lecciones que yacían latentes en el recuerdo y que ahora poco a poco rescataba de los rincones más anestesiados de mi cerebro. Nunca importaba el porquéLa propia concesión de clemencia era trascendental


[…] En sus recorridos por parques como el de Yellowstone o el Nacional de los Glaciares, siguiendo y observando a especímenes de grizzlies que, poco a poco, se le van haciendo familiares, midiéndose  con la naturaleza, fue como encontró su propio cauce de supervivencia. “Los osos me ofrecieron un calendario a mi regreso de la guerra de Vietnam, cuando un año se difuminaba en el siguiente y yo olvidaba enormes períodos de tiempo al no tener acontecimientos o personas cuyo paso recordar. Tenía problemas con un mundo cuya idea de vitalidad se restringía a la cruda realidad de estar vivo o muerto. El mundo empalideció, como también lo hizo todo lo que había sido mi vida hasta la fecha, y me descubrí ajeno a mi propio tiempo. La naturaleza salvaje y los osos grizzly solucionaron ese problema”, nos cuenta Doug Peacock muy al comienzo del recorrido.

Estar sentado en el corazón de una señora tormenta de montaña, en busca del que algunos consideran el animal más fiero de este continente, infunde una cierta dosis de humildad, una actitud que me obliga a abrirme y tener una receptividad sorprendente (…)  Yo necesito enfrentarme a unos animales enormes y fieros que a veces se alimentan de personas para recordar la concentración total del cazador. Entonces los antiguos sentidos oxidados, entumecidos por los excesos urbanos, vuelven a la vida, y escudriñan las sombras en busca de formas, sonidos y olores. A veces tengo la suerte de mirarme con unos nuevos ojos, de tener una nueva combinación de pensamientos, una metáfora que llama a las puertas del misterio”, nos cuenta Peacock.

“Sentí que algo se transmitía entre nosotros. El grizzly me dio la espalda lentamente, con elegancia y dignidad, y balanceándose se dirigió hacia el bosque, al fondo de la pradera. Entonces volví a escuchar mi respiración pesada, a sentir el flujo de sangre caliente en la cara. Tuve la sensación de que mi vida había sido tocada por un poder y un misterio inmensos”.


En una de sus incursiones tras los osos en el Parque Nacional de los Glaciares, situado en Montana, haciendo frontera con algunas provincias de Canadá, Peacock escribió en las páginas de su diario que el día que le ocupaba, era un fantástico día para estar vivo y lo explica así: “Unos diez años atrás, cuando entré en este mundo de los osos, estaba demasiado descentrado y cabreado para ser capaz de sentirme pleno. En cambio, ese día sólo sentía el calor tibio del sol y la calidad única de esa luz –eso es todo lo zen que puedo ponerme–, aunque la naturaleza sea siempre un refuerzo de esa filosofía”.

Me gusta especialmente este apunte porque da idea de la transformación del protagonista, del sentido de su trayecto. Este es un viaje sobre todo apto para buscadores de sorpresas, de aventuras, de tesoros. El autor cierra su diario en pleno invierno, atravesando el desierto de Piedras Negras, en tierras de México. Entremedias se ha casado; ha tenido una hija; ha intentado ordenar su vida y ha fracasado (Lisa, su mujer, es su compañera en algunas de las excursiones que realiza). Es Navidad y en esa geografía áspera, dura donde se encuentra, es consciente de su fragilidad y celebra haber recuperado su amor por la vida, sus ganas por volver, una vez pasado el tiempo de la hibernación, a encontrarse nuevamente con los grizzlies.

Filmación de un oso Grizzly realizada por Doug Peacock, en el Parque nacional de los Glaciares (estado de Montana, frontera con Canadá), a finales de los años 1970: El Grizzlie feliz



Doug Peacock. Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje. Trad. Miguel Ros Gonzáles. Errata Naturae, 2016



Artículo en Altair Magazine: Doug Peacock, el auténtico “grizzly Man”: 

LIBROS: Mis años grizzly, de Doug Peacock