Nadie nos dice. Blanca Varela

nick-brandt_elephant-skull_amboseli_2010

 

Nadie nos dice

Nadie nos dice cómo
voltear la cara contra la pared
y
morirnos sencillamente
así como lo hicieron el gato
o el perro de la casa
o el elefante
que caminó en pos de su agonía
como quien va
a una impostergable ceremonia
batiendo orejas
al compás
del cadencioso resuello
de su trompa
sólo en el reino animal
hay ejemplares de tal
comportamiento
cambiar el paso
acercarse
y oler lo ya vivido
y dar la vuelta
sencillamente
dar la vuelta

De El falso teclado, 2000

 

BLANCA VARELA (Lima, 1926-2009)Donde todo termina abre las alas (Poesía reunida), Círculo de Lectores, Barcelona, 2001

Imagen: Fotografía de Nick Brandt, Elephant Skull, Amboseli, 2010

 

Chantal Maillard: “En el abajo uno permanece sin palabras”

ENTREVISTA POR , 21 OCTUBRE 2016
chantal maillard

Fotografía de portada: Anna Oswaldo Cruz.

«¿Puede haber un estado de conciencia que no sea discursivo y de cuyo contenido podamos tener conocimiento?». «¿Y el animal? El animal es antes». «¿Es posible, realmente, la compasión?». Estas son algunas de las preguntas con las que Chantal Maillard (Bruselas, 1951) nos invita a volver a las bases sobre las que se construye nuestra subjetividad, para poder entender su origen y reconsiderar su lógica. En las líneas que siguen hablamos de cuerpos concretos en dolor y contexto. También, de manera crítica, del proceso que implica el acto de contar-se, de contar-los. 

Con el compromiso de un trabajo perenne y agudo, la obra en creciente de Chantal Maillard enriquece de forma clave la poesía y el pensamiento en lengua española. Su práctica filosófica invita a la exploración de la voluntad menguada, el presente total, sin negar o excluir el placer del juego y el descanso que a veces proporcionan las representaciones: «Porque con las palabras se sube a la superficie donde todo es comunicable y de esta manera lo vivido pierde su inconmensurabilidad».

Frente a la tradición dualista que ordena el mundo en pares antagónicos, tu escritura propone «desvíos». Señalas hacia «lo otro» del pensamiento y hacia «el animal»… 

El otro lado… Tratar de hablar de «otro lado» para evitar las dicotomías es un tanto contradictorio, ¿no es cierto? Pero no se trata de evitarlas, al menos mientras se habla. Dejémoslas donde están: el discurso lógico procede con y a partir de ellas. Sin diferencias no hay discurso, no hay juicio posible. El lenguaje es el gran mapa de las diferencias. Un gato no-es un grillo, ni una nube, ni un cuenco, etc. Toda palabra limita, de-termina, recorta partes en una totalidad que de lo contrario carecería de sentido para el entendimiento. 

Así que la pregunta, más bien es: ¿hay alguna forma de pensamiento en el que no intervenga el lenguaje? Depende lo que se entienda por pensar. Allí donde la voluntad interviene hay discurso. Y donde no lo hay, en cuanto queramos poner algo de esto en palabras ya habremos vuelto al ámbito del lenguaje, lo habremos re-flexionado. Tomar conciencia de que es imposible hablar fuera de la propia mente es importante. Es cuando uno topa con los límites, como el protagonista de El show de Truman cuando, después de atravesar el océano, choca contra el horizonte. 

La siguiente pregunta sería entonces: ¿puede haber un estado de conciencia que no sea discursivo y de cuyo contenido podamos tener conocimiento? 

Lo que llamamos mente es una sucesión de imágenes o impresiones. Es un proceso continuo del que, por lo general, ni siquiera nos damos cuenta. Pero podemos situarnos frente a ello y observar. También hay formas de detenerlo. Lo hacemos a veces inconscientemente. La escritura puede ser un procedimiento, pero no por lo que con ella se cuente, sino por lo que requiere de concentración. Hay entonces algo que va haciéndose debajo o… ¿en otro lado? del discurso. 

¿Y el animal? El animal es antes. El animal-en-mí es el que posee el saber anterior, aquél de los comienzos, aquel saber sin juicio, inmediato, natural, que todo ser vivo posee y que permite que entre todos exista un equilibro (prefiero el término equilibrio al de armonía, que utilizan frecuentemente los que hablan de ecosistema, por el matiz positivo que reviste el segundo. No entiendo, no puedo desde mi razón entender como algo positivo el círculo del hambre. Pero en él estamos y mientras no decidamos darnos de baja y salirnos de él es de buen gusto acatar sus reglas). 

Ciertamente, entre este estado anterior del animal-en-mí y el estado sin mente hay cierto parecido. En ambos casos se trata de un fuera del discurso mental.

En el intercambio que se da en un ecosistema humano, donde todos los vivos interactuamos con nuestro entorno inmediato o virtual, ¿qué función cumplen los usos poéticos del lenguaje?

¿Qué función cumple el poema en nuestras sociedades actuales? ¿Qué función cumplen las artes cuando su uso y su necesidad se han perdido? Esa es la cuestión. Las artes, antiguamente, cumplían, cada una, una función. Se trataba de elaborar imágenes para el culto o para la memoria o, en el caso de las artes del lenguaje, de saber pronunciar un discurso convincente, contar o inventar los hechos para mantener la unidad de un pueblo con una historia común, o interpretar los designios de los dioses o de los poderes superiores. Pintar, esculpir, contar, componer poemas, danzar, tocar un instrumento, todas las artes tenían una función social bien determinada. Pero hubo un momento, en la historia de Occidente, en que se le puso mayúscula a la palabra y el Arte se distinguió de las artes adquiriendo una finalidad en sí mismo. El Arte se contempló en el espejo y se encontró hermoso –esto fue antes de que Rimbaud sentara a la Belleza en sus rodillas y la encontrase amarga. Habiendo perdido la finalidad y, por tanto, el uso y la necesidad que de ella tenía la sociedad, es lógico que ocurriese lo que ocurrió: la obra se convirtió en un valor de cambio, un valor comercial, y la palabra adquirió su título de grandeza: la obra pasó a ser obra de arte. ­–«Obra de arte» es una expresión redundante, ya que la palabra «arte» significa «obra». El artista es un hacedor, articula, construye, al igual que el poietés, el poeta: la palabra poíesis también significa elaboración–. Aquí, entonces, se planteó la cuestión del valor de la obra, pues ¿quién juzga, y a partir de qué? La obra vino a ser, además, cada vez más conceptual, cada vez menos carente de materia. ¿Cómo juzgar de su valor, con qué criterio? Tirar por la tangente fue sencillo: lo que vale no es la obra sino el artista. Y el artista, entonces, se contempló a sí mismo en el espejo y se encontró hermoso… Lástima que Rimbaud no estuviese también allí en ese momento para sentarle en sus rodillas. 

Así que, ¿qué función cumplen las artes en el momento actual aparte de alimentar la egomanía de algunos, abarrotar los sótanos de museos y editoriales y poblar el mundo de falsos valores? ¿Qué función cumple la poesía? ¿O deberíamos hablar de poema? ¿Sabemos aún lo que es un poema? Porque si pretendemos ser poetas estamos muy lejos de serlo. Antes hay que aprender a pasar desapercibido, como el caracol, en el borde/margen del sendero. Y eso es un largo aprendizaje. Tal vez sería cuestión de querer emprenderlo. 

Dices «escritura inútil» y sin embargo sobrevivir aparece íntimamente ligado a ese proceso de registro, minucioso y atento, por parte de la viviente, de la observadora atenta a sus propias transformaciones. ¿Cómo se engancha la escritura a la vida y de qué forma aparece como sedimento de los procesos vitales? 

Sí. Parece contradictorio, en efecto. Pero siempre hay que contextualizar lo dicho. También dije que nada es inútil para ver. Y hablé de saberes inútiles, eso sí. Y del inútil parloteo. Depende del contexto. Creo que te refieres a un párrafo de Husos. Entonces tenemos que situarnos en ese contexto. Husos es un cuaderno de duelo. Lo que se cuenta allí tiene que ver con la imposibilidad de poner en palabras lo que ocurre en el abajo, donde la experiencia tiene lugar en toda su amplitud. Las palabras limitan, delimitan, y hacen comunicable tan sólo aquello que hemos pactado que son las cosas, consensualmente. La palabra no acierta a hacer comunicable todo el referente. Cuando la experiencia es intensa ocurre en ese lugar al que llamo el abajo, una dimensión en la que lo que ocurre tiene lugar con una intensidad inusual. En el abajo uno permanece sin palabras. Por eso el empeño de los psicólogos de hacer que el paciente ponga en palabras su experiencia. Porque con las palabras se sube a la superficie donde todo es comunicable y de esta manera lo vivido pierde su inconmensurabilidad. Lo real es inconmensurable, es infinito. Es infinito porque la razón no puede abarcarlo. 

Si pudiésemos asomarnos al cuarto donde la escribiente trabaja y contemplarla largo rato en silencio… Una vez finalizado el proceso, después de haber hablado, satisfecho el deseo-de-decir: ¿Quién-qué queda? ¿En qué momento del cuerpo la-lo encontramos? 

De pie, con los nervios soliviantados de cintura para abajo.

La ausencia física de un interlocutor parece ser una de las condiciones sin las cuales el acto de escribir no puede darse. Si aceptamos que la ausencia es condición de la escritura, ¿cómo es tu relación con las que te acompañan y ocupan el lugar de lo que en el habla sería un destinatario particular, empírico? ¿Piensas que la ausencia física es condición de la escritura? 

Ciertamente, si quieres comunicarte con alguien que está presente lo lógico es que le hables, no que le escribas. (Se me ocurre, al hilo, que el hecho de que se haya escrito tanto acerca de lo divino sería una prueba fehaciente de que, para los mismos creyentes, Dios es ante todo el gran Ausente). En mi caso, es cierto que casi siempre me dirijo a un interlocutor, tanto si se trata de un asunto teórico (está claro que la finalidad de un ensayo es comentar ciertas cosas con quienes se interesen por ellas) como si se trata de otros géneros. En algunos casos, el interlocutor interviene incluso hasta el punto de convertirse en uno de los personajes del libro, lo cual es, entre otras cosas, una manera de tenerle presente, de (man)tenerle presente. Supongo que su presencia (al fin y al cabo la ausencia es una forma de presencia) me conforta. Al fin y al cabo, si empecé a escribir fue para poder leerle a mi amiga un nuevo capítulo cada día en el gran recreo. Era recíproco. Nuestras respectivas novelas era la manera de contarnos algo; nos inventamos el serial avant la lettre... Supongo que también es por eso por lo que me gusta el género de la entrevista, porque me permite responder en vez de hablar en vacío. Por otra parte, en la inter-locución a veces se abren brechas y eso es lo interesante. 

No hay imaginación sin espectralidad. ¿Cuál es la naturaleza del fantasma?

La mente jamás piensa sin phantasma, decía Aristóteles. Lo que llamamos pensar (imaginar, recordar, percibir, juzgar, calcular, etcétera) son actos mentales que se suceden en un encadenamiento que raras veces se suspende. A cada uno de estos actos le corresponde alguna imagen, algún phantasma. No puede pensarse sin imagen, ésa es la idea. Y si no, hagan la prueba. Deténganse un momento, un minuto cronometrado, por ejemplo, cierren los ojos, imaginen el anverso de la frente como una pantalla y contemplen allí los actos de pensamientos sucediéndose… Es este el primer paso de la observación. Otro día os cuento más.

Uno de tus últimos libros, La mujer de pie (Galaxia Gutenberg, 2015), nos enfrenta a la experiencia concreta de un cuerpo localizado: localizado en el repertorio de sus capacidades (las que tiene, las que recuerda haber tenido); localizado también en el espacio concreto que habita, en su dolor y sus necesidades biológicas. El título mismo pone atención sobre la importancia de la postura de ese cuerpo: está de pie. Siguiendo tu voluntad de no construir discurso a partir de las dicotomías, también deshaces la idea de género en la neutralidad de las voces que componen tu obra. Sin embargo, en esta ocasión, parece imperativo decir la diferencia: es una mujer quien está de pie. 

Hay una diferencia importante entre, por ejemplo, el personaje Cual, que aparece al final de Hilos, y La mujer de pie, y es que pertenecen a dos niveles distintos de experiencia. Cual es el resultado de un progresivo auto-desprendimiento. Cual ha ido desprendiéndose de todo, objetos, cosas, hábitos, apegos; su voluntad ha ido menguando –por intervalos– hasta prácticamente desaparecer. Termina viviendo en puro presente, en contacto con cosas diminutas, insignificantes. Desprovisto ya de todo sentimiento-respuesta aprendido, aprecia, por ejemplo, el aguijón de una abeja en su cráneo. Cual es un ser menguando. 

La mujer de pie, en cambio, vive en/con un cuerpo del que no puede desprenderse aunque quisiera. Un cuerpo enfermo, doliente, que le recuerda continuamente su ser de carne atado a una realidad que es tiempo sucesivo. Un cuerpo concreto, con una anatomía particular, que es el de una mujer. No hay en ello voluntad de discurso de género, tan sólo un acercamiento a esa experiencia concreta. Es fácil universalizar y andarse entre conceptos cuando el cuerpo no se siente. El cuerpo se ausenta cuando está sano, y la mente se identifica entonces fácilmente con los vuelos metafísicos o los enredos en/con los que se ocupa. Pero cuando está herido, vuelve a pisar el suelo. Y si bien Cual nace como resultado de un extremo sufrimiento, La mujer de pie tiene que lidiar con otro tipo de prueba, la del dolor físico. 

Cuando en el libro reflexionas sobre la discontinuidad de la percepción haces referencia a las «velocidades» de la mente. Si entiendo bien, la velocidad es productiva en cuanto que genera «realidades» o situaciones de percepción dispares: desde la sensación de paz y reposo a lo que llamaste «velocidad del pánico»…

No exactamente. Lo que precisamente descubre la mujer de pie, al ingerir ciertos fármacos, es que algunos aceleran mientras que otros ralentizan la velocidad del proceso mental (del que hablábamos antes) y que la percepción del tiempo guarda relación con esa velocidad. Dice así:

Le fascina comprobar la relación que guarda la percepción del tiempo con la velocidad del proceso mental, que se acelera o disminuye según qué fármaco. Descubre que el tiempo es cuestión de velocidad: si lo mental se aquieta, el tiempo desaparece; si se acelera, vuelve a aparecer, y lo hace acompañado de la sensación de una caída y un aprisionamiento. Al tiempo se cae, dice.

Cuanto mayor sea la velocidad del proceso mental, es decir, con cuanta mayor rapidez se sucedan los actos de pensamiento (percibir es uno entre otros) más fácil será identificarse con las ideas que forman y que son como burbujas en la cadena del proceso. Esto genera un estado de mayor confusión. La paz requiere la disminución de esa velocidad, su aquietamiento.

En Husos: Notas al margen (Pre-Textos, 2006) hablas sobre el Abismo: «Hemos tenido que negociar con el Abismo para poder existir. Lo hemos nombrado para poder convivir (…) Pero a veces, sólo a veces, un gesto ocurre, que detiene el discurso». ¿Es el gesto indicio del Abismo que irrumpe en nuestra construcción de lo cotidiano?

Lo que ocurre en el abismo del «abajo», como comentábamos más arriba, es imposible de comunicar. Cuando de lo que se trata es de algo terrible, es absolutamente insoportable. Para sobrevivir hay que subir a la superficie, donde lo terrible adquiere las formas de lo conocido, de lo reconocido. Los rituales acompañan en ese trance. Un ritual permite que lo inabarcable pueda abarcarse. Situarlo en un objeto, en un recuadro: un templum (de ahí la palabra «templo»), es procurarle un lugar concreto en el mundo de las cosas concretas. De esta manera se puede seguir (con)viviendo. Pero, ciertamente, no nos inmuniza: a veces algo mínimo, un simple gesto, es suficiente para abrirnos de nuevo el abismo que creíamos sellado. 

En La herida en la lengua (Tusquets, 2015) despliegas todo el ancho de la duda: ¿Cómo narrar la desolación? Jacques Derrida se preguntaba: «Decir el acontecimiento: ¿es posible?». Pienso en las imágenes de violencia resultado de la guerra civil siria y en la narrativización de la experiencia de los refugiados. ¿Crees posible contar el dolor y la injusticia sin que esto conlleve un ejercicio de reducción y normalización? 

No, no lo creo. Toda narración mantiene en superficie lo que ocurre. Lo comunicable nunca es lo que ocurre. Eso por una parte. 

Por otra parte, no olvidemos que lo que nos cuentan los telediarios son acontecimientos elegidos ex profeso para ser narraciones, seriales a los que el espectador se engancha como a un reality show. Como cualquier empresa, las cadenas televisivas necesitan consumidores, en este caso audiencia. Lo que vemos no es ni mucho menos todo lo que ocurre en el mundo, ni tampoco todo lo importante, sino algunas cosas que tienen sus ventajas políticas si, como dice la expresión al uso, «forma opinión» o, simplemente, a fin de mantener la tasa de miedo que será hábilmente equilibrada con un tipo de diversión (fútbol, competiciones, lidias taurinas) que fomente la diferencia, la adhesión a una bandera y la violencia. 

Pero hay más aún: el horror atrae. Cuestión de placer: toda representación es placentera. Cuando los sucesos violentos nos llegan a través de los medios de espectacularidad, lo hacen por el mismo conducto y de la misma manera que las películas de ficción. Los recibimos en el recuadro de nuestras pantallas como si fuesen representaciones. Y la representación tiene la peculiaridad de hacer que las emociones naturales emerjan en nosotros con un añadido de placer que las transforma en lo que se ha denominado «emoción estética». La pena, por ejemplo, o el miedo que experimentaríamos con desagrado en momentos terribles o pavorosos se convertirán en esa mezcla de terror y placer con la que nos deleitamos ante ciertas películas. Bien, pues, esto que es parte integrante de cualquier espectáculo de ficción se convierte en algo muy perverso cuando es utilizado para otros fines. En ello consiste el peligro de las artes, un tema sobre el que he escrito mucho, por cierto (en Contra el arte y otras imposturas, entre otros). 

Siguiendo en las coordenadas de la pregunta anterior, los medios de comunicación nos implican en una relación donde aparecemos necesariamente como depositarios de relatos del dolor de los otros. La experiencia de este «otros» es, al mismo tiempo, escandalosamente material e indeterminada. Una vez nos reconocemos en esta intersección, la empatía o los saberes del cuerpo parecen el único vehículo de «conocimiento» justo. En una de las notas a Husos subrayas la necesidad de entender la diferencia entre «bondad» y «compasión»: «Bondad… ¿bondad? No hablemos de bondad. Releguemos el término al ámbito moral, que es al que pertenece. En el del espíritu, hablemos de compadecimiento. La bondad es requerida cuando hemos olvidado la compasión».

Recordemos el párrafo del Dao De Jing (cito de memoria): «Perdida la armonía (el tao: el curso), apareció su virtud (te) / perdida su virtud, apareció la bondad (jen: la virtud de la «humanidad») / perdida la bondad, se echó mano de la justicia / perdida la justicia apareció la cortesía (los ritos). Pero la cortesía es debilitamiento de la confianza y principio del desorden, y su conocimiento, el principio de la estupidez».

Un espléndido párrafo que es por sí sólo todo un tratado de ética y de política. La bondad es una virtud moral: pertenece a un código consensuado para la convivencia. Si el ser humano necesita de estos códigos no es, como nos quisieron hacer creer, porque el animal humano sea más listo que otros y su cerebro más complejo, sino simplemente porque ha perdido el saber anterior, el que todo animal posee y transmite a su prole. 

En cuanto a la compasión, hay que distinguir muy bien la capacidad de empatía (esa capacidad de resonar que tiene la cuerda de una guitarra cuando, sin ser tañida responde a otra del mismo tono que sí lo es) de la proyección: ¿me duele el dolor del otro o me duele mi dolor al verlo representado en el otro? Y mi pregunta: ¿es posible, realmente, la compasión? 

Propone Deleuze que la historia se ha escrito siempre desde el punto de vista de los sedentarios: «Lo que no existe es una Nomadología, justo lo contrario de una historia». ¿Qué diferencias imaginas entre una escritura que nace de la estabilidad y otra que surgiese del movimiento?

Una de las grandes diferencias entre los pueblos nómadas y los sedentarios es que en general los primeros son patriarcales mientras que los segundos han tenido, en su mayor parte, una estructura matriarcal. La razón es simple: los pueblos nómadas se desplazan con su ganado, mientras que los sedentarios son agrarios. Por eso los dioses de los primeros suelen ser personificaciones de los elementos naturales, que son los que siempre les acompañan, mientras los pueblos sedentarios, cuyo valor necesario es la fertilidad suelen tener diosas madres. Por eso también, a diferencia de los nómadas portadores, in nuce, de una economía de capital (conquistan, roban, arrasan, esclavizan, polinizan), los sedentarios poseían una economía de subsistencia. Pienso en los antiguos pobladores del subcontinente indio, por ejemplo, los drávidas, que adoraban a la Diosa, y al falo como símbolo y signo de la fertilidad. Y pienso en los arios, que penetraron en el subcontinente indio atravesando los Himalayas acompañados de sus dioses: Vayu, el dios del viento, Agni, el dios del fuego, Indra, el dios de la lluvia y el trueno, y el padre de estos últimos, Dyaus Pita: el padre (pita) de los cielos (dyaus). Esta palabra es la que en griego se pronunciaría Zeus y en latín Ju (nombre al que los romanos también devolvieron el epíteto piter (padre), lo cual formó el conocido Júpiter), mientras alguna secta, como la cristiana, seguiría utilizando la palabra aria Dyaus que se transformaría en Dios. Como vemos las expresiones Dios Padre y Dios de los Cielos no las inventaron los cristianos; tienen una larga historia que explica, entre otras cosas, por qué no deberíamos extrañarnos de que Occidente haya sido y sea patriarcal. 

Si la historia se hubiese escrito como nomadología, puede que no hubiésemos pretendido «tener raíces», «identidad» u otras necesidades inventadas para consolidar las fronteras y el poder de unos cuantos pero, por otra parte, deberíamos habernos sabido asumir como conquistadores, invasores, esclavistas, destructores de otros pueblos, deberíamos haber asumido lo que Occidente ha sido, lo que somos.


“Soy muy exigente con mi escritura, me desentiendo muy pronto de lo escrito”. Entrevista a Chantal Maillard

La autora clausura esta tarde el festival Cosmopoética 2016 de Córdoba con el espectáculo ‘Matar a Platón en concierto’, una escenificación poético-musical sobre el poemario con el que ganó el Nacional de Poesía.

ÁNGELA ALBA | CÓRDOBA | ACTUALIZADO 08.10.2016

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Chantal Maillard


La poeta y filósofa Chantal Maillard (Bruselas, 1951) clausurará esta tarde (20:00) Cosmopoética con un espectáculo que gira en torno a su obra Matar a Platón y que se desarrollará en el Teatro Góngora. Maillard, experta en estética y filosofías y religiones de India, es una prolífica autora que ha conseguido el Premio Nacional de Poesía, el Nacional de la Crítica y el Andalucía de la Crítica. Como poeta ha publicado Poemas a mi muerteLa tierra prometidaHainuwele y otros poemas, Hilos, o La herida en la lengua; y en prosa India y La mujer de pie, entre otros. Entre sus ensayos destacan La creación por la metáforaEl crimen perfecto. Aproximación a la estética india; La razón estética; Rasa. El placer estético en la tradición india, o La baba del caracol.

-Este año se encargará de la clausura de Cosmopoética. ¿En qué consistirá su participación?

-Clausuramos con Matar a Platón en Concierto, una escenificación poético-musical de mi libro Matar a Platón, en la que intervengo con la interpretación de los poemas junto con la música de Chefa Alonso (saxo soprano, percusión y kechapi) y Jorge Frías (contrabajo). Lo hemos representado en Madrid, Palma de Mallorca, Bilbao, Málaga y Santander. Estamos muy contentos y agradecidos a la dirección de Cosmopoética por darnos la oportunidad de traerlo a Córdoba en esta ocasión.

-Con Matar a Platón consiguió el Premio Nacional de Poesía. ¿Qué ha significado esta obra para su carrera?

-Soy muy exigente con mi escritura, me desentiendo muy pronto de lo escrito. Pero hay algunas cosas que se resisten a ello. Matar a Platón es una de ellas. Trata de la compasión, de la dificultad o la incapacidad, según sea el caso, de empatizar con el dolor o la agonía de otro. En los días que corren es más vigente que nunca. De las veces que hemos representado este concierto, no hubo ni una sola vez que no lo hiciese con la conciencia de que era absolutamente necesario.

-Ha participado en proyectos multidisciplinares con artistas de diferentes ámbitos. ¿Es capaz la poesía de fundirse con cualquier arte?

-No se trata de fusionar. La fusión es a mi modo de ver la mejor manera de perder lo que tienen de genuino tanto una cosa como la otra. No se trata de eso, sino de realizar una obra nueva en la que intervengan distintas artes. Esto no puede hacerse a la ligera. Es imprescindible hallar un tono en el que se discurra al unísono. Esto no siempre se logra. Si no se logra, una de ellas (la plástica o musical) acaba siendo una ilustración, un decorado o una explicación de la otra. Para eso es preferible que cada una se muestre en solitario.

-¿Siente que su obra está alejada de lo que se entiende por literatura?

-Depende como se entienda eso de hacer literatura. Los filósofos solían decirlo con cierto desprecio, refiriéndose a una escritura “muy bonita” pero carente de peso. Creo que queda aún un gran trabajo por hacer en ese aspecto en nuestro país. No se ha logrado aún subvertir suficientemente el lenguaje. Deberíamos eliminar, de una vez por todas, las cadenas que nos ligan a la poesía entendida en sentido tradicional, la de las metáforas trilladas, las palabras bonitas y la retórica fácil. Una tarea por hacer.

-¿Qué es para usted la poesía?

-¿Así, en cuatro palabras? Me lo pone muy difícil. Lo resumiré en cuatro versos: “El poema es la concha que acercas a tu oído / como antiguamente el médico acercaba / un espejo pequeño / a los labios del muerto”.

-¿Qué momento cree que vive la poesía española?

-De efervescencia, sin duda. Lo cual tiene, como todo, su lado bueno y su lado malo. Tengo la impresión de que pasa con la poesía algo parecido a lo que pasó con las artes: desde el momento en que se dijo que todo el mundo puede ser artista se empezó a perder el criterio; cualquier cosa podía ser una obra de arte. El poema necesita algo más que la necesidad de auto-afirmación o de auto-complacencia. Y fíjese que estoy hablando de poema, no de poesía. Pues con aprender ciertas reglas poesía puede hacerla cualquiera; un poema no.

-Como experta en filosofía y pensamiento oriental, ¿cree que la sociedad actual debería tomar ejemplo de esas disciplinas para afrontar el momento socioeconómico que vivimos? ¿Se debería profundizar más en su enseñanza en los colegios?

Indudablemente. Aprender a pensar correctamente es necesario para poder actuar correctamente. Vamos a la deriva en gran medida porque la mayoría se deja guiar por la opinión en vez de por el razonamiento lógico. Claro que no es lo único que debería enseñarse en las aulas. Debería ser una prioridad enseñar a conocerse a uno mismo, me refiero a eso que llamamos “mente”. La humanidad es aquí la que tiene un largo camino que recorrer en ese aspecto.


La llorona vs Chavela Vargas

Con uno de los grupos de lectura empezamos este mes a trabajar con el capítulo 10 –El agua clara: el alimento de la vida creativa– del libro de Clarissa Pinkola Estés “Mujeres que corren con los lobos”. Lo hacemos acompañándonos con las fotos y pinturas de Frida Khalo y la preciosa y desgarrada voz de Chavela Vargas con su versión de La Llorona, uno de los cuentos de este capítulo. ¡Ahí vamos!

Fotos y pinturas de Frida Khalo. Vídeo de Mary Omikron.

No fatigarse. Hilde Domin

Pensando en Montserrat F., estos días de lentitud, corazón-tristeza

No fatigarse
sino a la maravilla
en silencio
como a un pájaro
tender la mano.

NICHT MÜDE WERDEN

Nicht müde werden
sondern dem Wunder
leise
wie einem Vogel
die Hand hinhalten.

Hilde Domin
(versión de José-Luis Goméz Toré)

Paul KleeJardín de pájaros, Pinakothek der Moderne, Munich, 1924

Los panes y los peces de Chantal Maillard

hokusai-katsushika_peces y hojas rojas


 –¿A quién le servirán mis conocimientos? –se lamentó el filósofo–. Empeñé mi vida en un inmenso esfuerzo de lógica,  imperioso y solitario. Se averiguó inútil para la resolución de las cuestiones metafísicas, pero imprescindible para conocer los límites del conocimiento y valioso, sobremanera, para dilucidar cuestiones inmediatas. ¿Qué continuidad habrá, ahora, para tan largo empeño? Inútil es el saber que no se entrega. Soy como un panadero que, encerrado en su sótano, siguiese amasando pan a diario, lo cociera y lo colocara en los estantes a los que nunca nadie tendría acceso; cuando, al sentarse una tarde, a solas, contemplase las baldas repletas de panes cubiertos de verdín y comprendiese lo inútil de su empresa, ¿qué haría entonces el panadero?

 –¡Basta de lamentaciones! –exclamó el poeta–. El ejemplo no es adecuado. Comer pan es una necesidad; pensar, en cambio, es un esfuerzo cuyos logros a menudo son amargos; ¿a quiénes iba a interesar? Mejor únete a mí, canta tu dolor, tu gozo si lo hallaras, todos se reconocerán en tus palabras, las cantarán contigo, las seguirán cantando después de ti y hallarán en ellas consuelo.

  El filósofo levantó los ojos; había en ellos ternura y compasión.

 –Si comiesen mi pan –le dijo al poeta dulcemente–, no necesitarían hallar consuelo. Lamentándose se amparan entre todos y eso les hace fuertes, lo sé, pero ¿para qué utilizarán su fuerza? Si comiesen mi pan sabrían de la inutilidad de todas las guerras. El pan que amaso en secreto equilibra el universo.

El poeta lloró. Luego dejó de llorar.

  –Enséñame, –le dijo.

  Y de lo que hablaron fue de los límites del lenguaje, de las definiciones correctas, de la lógica que rige el pensar.

  Después de mucho tiempo, el filósofo le preguntó al poeta:

  –¿Qué has aprendido?

  –A no llorar –contestó el poeta. Y le señaló un pez de aletas doradas cuya cola guiaba como una quilla su cuerpo irisado bajo el agua. El filósofo se sentó a su lado.

  Y de lo que hablaron fue de los días, de las nubes que pasan, de los ojos de los peces, del latir bajo el pelambre cálido de los mamíferos.

Chantal Maillard. Bélgica: 125-126. Pre-Textos, 2011

Imágenes: Hokusai Katsushika (1760-1849), Peces y hojas rojas. 


Naciendo en otra especie: reseña de Jesús Aguado

capital animal

expo_capital animal_casa encendida

Traigo a colación una reseña sobre la antología Naciendo en otra especie (ed. Plaza y Valdés) que presentamos en su momento en este cubil lobuno https://blogdelesllobes.wordpress.com/2016/06/04/naciendo-en-otra-especie-antologia-de-poesia-capital-animal/

Esta reseña, publicada en La Opinión de Málaga el 31 de julio de 2016, está firmada por el poeta Jesús Aguado. Me he tomado la libertad aquí de poner en versos el poema citado de Rafael Doctor «Historia anual de los números en España».

“Este es el hermoso título de una reciente antología sobre animales (en favor de los animales) que han armado, para la editorial Plaza y Valdés, Ruth Toledano y Marta Navarro García. Vean qué palabras tan significativas han colocado en la contraportada: «Naciendo en otra especie es la respuesta a la violencia, a la vergüenza que supone el dolor infligido a los animales. Quién, si no las y los poetas, lo sentirá con ellos. Y también es la admiración por la diversidad anterior a la crueldad. Qué, si no la poesía, para apreciar esa luz». Casi 50 colaboradores, entre ellos Chantal Maillard, Olvido García, Antonio Gamoneda, Antonio Colinas, Juan Carlos Mestre, Ada Salas, Concha García, Miguel Casado, Ouka Lele o Jorge Riechmann, que hablan de gatos, perros, caballos, monos, rinocerontes, pájaros, ardillas, reses, caimanes, ballenas, cerdos y muchos otros compañeros de existencia, de planeta y de destino. Compañeros que maltratamos sin piedad porque los humanos nos consideramos superiores, especiales, dueños, elegidos, divinos. Y sin darnos cuenta de que ellos, en lo que se refiere a cómo colaborar e integrarse en la naturaleza, que es la razón de ser de cualquiera de nosotros, nos podrían dar muchas lecciones.

En el libro hay poemas extraordinarios por muchos motivos (por su hondura, la experiencia que narra, las palabras que usa, el ritmo, etc.), pero hay uno que pone los pelos de punta. Lo firma Rafael Doctor (historiador de arte, comisario y gestor cultural además de escritor), se titula «Historia anual de los números en España» y se limita a ofrecer un listado de las cifras relacionadas con los animales que se dan a lo largo de un año en nuestro país. Las ofrece desnudas, sin aparato estilístico alguno, para que impacten más y porque hablan por sí solas y porque ante tamaña contundencia la poesía poética, para entendernos, no tiene más remedio que enmudecer. Veamos algunas de ellas (algunos de sus versos):

200.000 perros abandonados,
1.800.000 jabalíes asesinados por placer (el sintagma reiterado es del autor y uno quiere respetarlo para que no se pierda ni un ápice su carácter de denuncia),
1.005.000 venados asesinados por placer,
195.811 corzos asesinados por placer,
27.112 cabras asesinadas por placer,
15.257 rebecos asesinados por placer,
80.982 gamos asesinados por placer,
65.578 muflones asesinados por placer,
14.587.843 codornices asesinadas por placer,
39.908.579 perdices asesinadas por placer,
56.026.016 conejos asesinados por placer,
13.522.860 liebres asesinadas por placer,
5.049.744 tórtolas asesinadas por placer,
688.113 becadas asesinadas por placer,
30.159.206 zorzales asesinados por placer,
1.541.466 palomas torcaces asesinadas por placer,
250.328 córvidos asesinados por placer,
40.000 galgos abandonados o asesinados,
7.742.380 cerdos asesinados (913 cada hora, especifica el autor),
800.000.000 millones de pollos y miles de millones de peces asesinados.

Escalofriante, ¿no les parece? En la primera parte de su texto se habla por extenso de los festejos taurinos, que cuesta la vida de más de 30.000 toros al año. He intentado sumar los números anteriores pero en mi calculadora no caben, así que he tenido que cobijarlos en mi corazón, que a punto ha estado de estallar ante datos tan contundentes de la crueldad de los humanos con al resto de las especies vivas.

«Naciendo en otra especie» es un libro necesario y útil: la poesía abre espacios para la convivencia de todos con todos (y de todo con todo) que conviene explorar, respetar y frecuentar para que no se nos olvide tanto que somos hermanos y no jefes tiránicos de los animales. Y que de eso, lo sepamos no, depende casi el resto de los asuntos y problemas de nuestra empobrecida y apagada Tierra.”

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2016/07/31/naciendo-especie/867205.html

Federico García Lorca, forever

Federico García Lorca_Autorretrato con animal fabuloso abrazado_1929-1931 Autorretrato con animal fabuloso abrazado, ca. 1929-1931

 

CUADRO PRIMERO

[…]

LOS CABALLOS

Los hombres, abominable.

Los caballos, blenamiboá.

Los hombres, abominable.

Los caballos, blenamiboá.

(Los CABALLOS sacan largas trompetas doradas y danzan lentamente al son de su canto.)

[…]

Federico García Lorca. El público (Drama en veinte cuadros y un asesinato), 1930

 

Cual o la identidad suspendida de Chantal Maillard

Cual_Chantal Maillard maillard3

Cual es una serie de poemas de Chantal Maillard incluidos en la segunda parte del poemario Hilos publicado en 2007 por la editorial Tusquets en su colección de poesía “Nuevos textos sagrados”. Cual es también una breve película rodada en Super 8 en el barrio chino de Málaga bajo la dirección de Gerardo Ballesteros, con Chantal haciendo de Cual. Cual también es un precioso libro artístico- de hecho una carpeta-libro, diseñada por José Oyarzábal- que abrió en diciembre del 2009 la colección de poesía “La sirena inestable” del Centro Cultural Generación del 27.

Cosas de Cual 1

La carpeta-libro contiene:

-un cuaderno de poemas, Cosas de Cual (cuaderno rojo abajo a la derecha)

-un cuaderno de fotografías de Chantal y de fotogramas de la película Cual, filmada por Gerardo Ballesteros (cuaderno amarillo arriba a la derecha)

-un DVD con la citada película Cual y un bonus: una lectura de Hilos por Chantal (DVD azul arriba a la izquierda)

-y un frágil y quebradizo poema de Cual impreso en una lámina de vidrio (bajo la carpeta negra plegada Tal Cual abajo a la izquierda, y que he dejado fuera en esta fotografía).

Citaré el final del texto en el que Chantal Maillard presenta la “emergencia y suspensión” de Cual:

“En la época del kitsch, sólo un ente suspendido “por debajo de sí” como una nota musical sin partitura, ínfimo, desprovisto, es quien podría salvarnos. Salvarnos de lo mucho y de lo poco, del tener y del no-tener, de las palabras vanas, los superlativos y las decadencias, del es y el no-es, los valores y su carencia, los paraísos y la esperanza. Sí, de la esperanza. Cual, acarreando una maleta vacía, sin argumento que blandir o que debiera resolverse augura el fin del psicoanálisis y el comienzo de la compasión.

El enigma –y el problema– es: ¿está realmente vacía la maleta?”

[Nota: La maleta antigua impresa en la cubierta la heredó Chantal de su abuela.]

Cosas de Cual

Cual junto a indignado.
Existir no es digno.
Por eso, junto a.
Junto a indignado.
Cual cabeza en alto,
erguida sobre el cuello, sobre-
elevada. Mentón paralelo al
suelo. También los párpados,
a los pies, paralelos,
que siguen en el suelo, los pies.
Agravio de la parte superior
con las extremidades inferiores,
la dignidad.

Cual junto a indignado. De existir.
Tal vez considerar
la retirada. Dignamente.
Aprender a cerrar. Con dignidad.
Ojos al bies.
Como a quien no le incumbe.
Pulgares abrochados al chaleco.
Modalidad romántica. Tardía.
Imposible oficiar sin atuendo apropiado.

Cual en ropa interior.
Por el aire. Espeso.
Canicular. Impropio. –¿Impropio?–
Borrar impropio. Por el aire.
Residual.

El botón de nácar. Patricio Guzmán

“El botón de nácar” (2015) se sitúa en la Patagonia, tierra de aguas errantes, el archipiélago más grande del mundo. Un pequeño botón es el único rastro, el único vestigio, el único resto de miles de chilenos arrojados al mar durante la dictadura de Pinochet.

El océano contiene la historia de la Humanidad entera. Adentro están las voces de la Tierra y también las voces que vienen del espacio. El agua recibe el impulso de los planetas y lo transmite a las criaturas vivientes. El agua, la frontera más larga de Chile, contiene también el secreto de un botón misterioso encontrado en su lecho.Chile, con sus 4.000 kilómetros de costa y el archipiélago más grande del mundo, nos propone un paisaje sobrenatural. Aquí están sus volcanes, sus montañas, sus glaciares. Aquí están las voces de los indígenas de la Patagonia, de los primeros navegantes ingleses y también de los presos políticos. Algunos dicen que el agua tiene memoria. Esta película demuestra que también tiene voz.“  Del director chileno, Patricio Guzmán.

“En la mirada del cineasta Patricio Guzmán, la exigencia ética del documentalista a la hora de levantar acta sobre la realidad y fijar una memoria colectiva convive con la desbordante subjetividad del poeta, capaz de encontrar inesperadas relaciones y desvelar, por así decirlo, el idioma secreto del mundo. El realizador chileno parece haber conquistado la cima de esa síntesis en sus dos últimos trabajos: ‘Nostalgia de la luz’ (2010), que usaba como campamento base el desierto de Atacama para confrontar el imponente misterio del firmamento con la culpa colectiva enterrada bajo la arena, y la presente ‘El botón de nácar‘.
En esta última, Patricio Guzmán toma otra referencia geográfica (la costa patagónica), para encontrar una rima reveladora en dos objetos separados por el tiempo, pero unidos por su condición de evidencias delatadoras de dos exterminios: el de las primeros pobladores indígenas bajo el poder depredador del colonialismo y el de los desaparecidos durante la terrible dictadura de Augusto Pinochet. La serenidad reflexiva del director pasa de lo etéreo a lo devastador con absoluta maestría.”  Jordi Costa, en Fotogramas.

El-boton-de-nacarDirección: Patricio Guzmán
Nacionalidades: Chile y España Año: 2015
Fecha de estreno: 12-02-2016
Duración: 82 min.
Género: Documental, color
Guion: Patricio Guzmán

 

 

https://es.wikipedia.org/wiki/El_botón_de_nácar