Hexentanz, Danza de la bruja. Mary Wigman

Mary Wigman es una bailarina alemana conocida por su excelencia en la creación de solo y por ser una de las pioneras de la danza libre. La “danza libre” o “danza expresiva” es una técnica que rompe con los códigos de la danza clásica. Esta técnica experimenta principalmente la gravedad y la respiración (trabajo al suelo), y es el punto de partida de la danza moderna.

Su solo “La danza de la bruja” (Hexentanz), en 1914, es el primer solo compuesto e interpretado íntegramente por una mujer. Wigman pensaba que en la danza no existen movimientos feos ni grotescos, sino movimientos que nacen del ritmo orgánico de las emociones. En La bruja, Wigman crea una danza orgánica cargada de energías y emociones intensas. Quiere que su danza sea vivida desde el interior y no como una producción de movimientos acumulados. Ella expone su yo y todas sus emociones a través de movimientos bruscos e impulsos punzantes que nacen de un proceso emocional catártico. Esta coreografía es un solo que no cuenta una historia. Wigman exploraba temas fuertes, como la muerte, la guerra, la desesperación, pero no contaba una historia. Decía: “No bailamos historias, bailamos sentimientos”. Su objetivo era hacer visible y dar cuerpo a los sentimientos mediante el lenguaje de la danza. Algunos, sin duda, reconoceréis la impronta de Wigman en el trabajo de Pina Bausch (se puede dibujar una línea que uniera Isadora Duncan, Mary Wigman, Martha Graham, Pina Bausch…). En su coreografía, Wigman no usa música tradicional ni clásica, bailaba en silencio o utilizaba instrumentos de percusión asiáticos para expresar los ritmos de los impulsos emocionales. El ritmo de su cuerpo es la música orgánica que mueve la danza. La danza de la bruja es un hechizo, un conjuro, una danza-trance en la que viajamos a la profundidad del instinto y de la expresión salvaje en el ser humano.

 

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Mary Wigman (Hannover, 13 de Noviembre de 1886-Berlin, 19 de septiembre 1973) es considerada una de las figuras más importantes en la historia de la danza moderna en Europa. Natural de Alemania, Wigman era bailarina, coreógrafa y maestra de baile. A principios del siglo XX, Wigman creó la danza expresionista, una danza moderna que expresa las emociones y percepciones del bailarín mediante un lenguaje dancístico orgánico. Wigman se inició en las artes estudiando gimnasia rítmica con el músico y compositor suizo, Émile Jaques-Dalcroze. Dalcroze había creado un método para enseñar conceptos musicales mediante el movimiento. Wigman estudió tres años con Dalcroze en su escuela, en Alemania. Más que en la música, Wigman se interesó en explorar la emoción como la fuerza que genera la danza. En 1910 Wigman conoce al gran innovador de la danza y el movimiento, Rudolf von Laban. Wigman estudió con él su método de dinámica del movimiento. Y durante la Primera Guerra Mundial trabajó como su asistente.

Después de sus estudios con Dalcroze y Laban, Wigman decide desarrollar una nueva danza que no tiene precedentes ni maestros ni escuelas. Al igual que los poetas y artistas expresionistas de su época, Wigman quería crear una experiencia de arte basada en la visión personal del creador.

En 1920 Wigman fundó su escuela de danza moderna en Dresden, Alemania, hasta que fue clausurada por los nazis. La volvió a abrir más adelante en Leipzig. Su danza expresionista se propagó por Europa central mediante la labor de sus estudiantes.

Después de su gira por Estados Unidos en 1930, Mary Wigman delegó a una de sus mejores discípulas, Hanya Holm, a que dirigiera una escuela de su técnica en la ciudad de Nueva York.

Wigman enseñó su filosofía y técnica de danza en Berlín Oeste hasta su muerte a la edad de 86 años.

Entre sus obras más importantes se encuentran Las siete danzas de la vida (1918), El rito de la primavera (1957) y las coreografías para las óperas Orfeo y Eurídice (1947) y Alceste (1958) del compositor alemán Christoph Willibald Gluck. Escribió Die sprache des tanzes (El lenguaje de la danza, 1963).

http://baile.about.com/od/Danza-moderna/p/Mary-Wigman-Y-Su-Danza-Expresionista.htm

Animaliz-arte: Hieronymus Bosch

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Tráiler del documental “El Bosco, el jardín de los sueños”, coproducido por el Museo Nacional del Prado

Dirigido por José Luis López Linares, galardonado con tres premios Goya y nominado a los Emmy, este largometraje documental de 90 minutos se estrenará en las salas de cine coincidiendo con la apertura por parte del Museo del Prado de “El Bosco. La exposición del Centenario”, la muestra más importante organizada nunca en torno al artista con la que el Prado conmemorará el V centenario de su muerte.

En 2016 se cumplen 500 años de la muerte de El Bosco. Es casi el único dato sobre el autor de “El jardín de las delicias” al que podemos poner fecha precisa. “El Bosco, el jardín de los sueños” es una película sobre su cuadro más importante, y uno de los cuadros más icónicos del mundo: El jardín de las delicias.

https://www.museodelprado.es/actualidad/noticia/el-museo-del-prado-presenta-el-trailer-del/412ed6ba-bae7-4b4c-8fba-1ebc3f3cc7ab


 

El abrazo de la serpiente. Ciro Guerra

El abrazo de la serpiente es un viaje en la selva de la mente. ¿De qué modo conocer? ¿Cuántos modos hay para adentrarnos en la realidad? ¿A qué llamamos “realidad”? ¿Es real el sueño? ¿Cuántas orillas tiene el río? Múltiples mundos. Tiempos simultáneos. Señales de un mundo a otro(s). Rastrear las pistas en los sueños. Escuchar.

2015, Colombia. Director: Ciro Guerra. Guión: Jacques Toulemonde, Ciro Guerra. Música: Nascuy Linares. Fotografía: David Gallego (Blanco&Negro). Producción: Cristina Gallego. Reparto: Brionne DavisNilbio TorresAntonio BolívarJan BijvoetNicolás CancinoYauenkü MigueLuigi Sciamanna. Coproducción Colombia-Venezuela-Argentina

La película narra dos historias que tienen lugar en 1909 y 1940, juntas protagonizadas por Karamakate, un chamán amazónico y último superviviente de su tribu, y su viaje con dos científicos, el alemán Theodor Koch-Grünberg y el estadounidense Richard Evans Schultes, en busca del yakruna, una planta sagrada difícil de conseguir. La película está inspirada en las fotografías y los diarios escritos por los dos científicos durante su estancia en la Amazonia colombiana.

Sinopsis: Karamakate fue en su día un poderoso chamán del Amazonas, es el último superviviente de su pueblo, y ahora vive en aislamiento voluntario en lo más profundo de la selva. Lleva años de total soledad que lo han convertido en chullachaqui, una cáscara vacía de hombre, privado de emociones y recuerdos. Pero su vida vacía da un vuelco el día en que a su remota guarida llega Evan, un etnobotánico americano en busca de la yakruna, una poderosa planta oculta, capaz de enseñar a soñar. Karamakate accede a acompañar a Evan en su búsqueda y juntos emprenden un viaje al corazón de la selva en el que el pasado, presente y futuro se confunden, y en el que el chamán irá recuperando sus recuerdos perdidos. Esos recuerdos traen consigo vestigios de una amistad traicionada y de un profundo dolor que no liberará a Karamakate hasta que no transmita por última vez su conocimiento ancestral, el cual parecía destinado a perderse para siempre. (FILMAFFINITY)

http://www.elpais.com.co/elpais/entretenimiento/noticias/hay-saber-sobre-abrazo-serpiente

 

Dead Can Dance. Persephone

Persephone, la diosa que re-suena en el Abajo…

(para acompañar el viaje al Gran Abajo y la postrera salida a la luz o resurrección sin olvidar otras arcaicas versiones, femeninas en este caso, de este descenso-ascenso o catábasis-anábasis…)

Impactante vídeo de Mylène Farmer en total concordancia con la canción de Dead Can Dance (aunque el vídeo fue creado inicialmente para el single de Mylène Farmer titulado Sans Logique, extraído de su disco Ainsi soit je. La canción de Mylène Farmer evoca, de una manera púdica, la esquizofrenia y los trastornos esquizofrénicos desde la mirada de una persona que padece esta enfermedad. Alude a la posibilidad de que el enfermo pueda convertirse en asesino involuntariamente y sin ni siquiera ser consciente de ello. Qué duda cabe que ése sea uno de los viajes más infernales que una.o pueda vivir…)

https://fr.wikipedia.org/wiki/Sans_logique

Dead Can Dance: https://es.wikipedia.org/wiki/Dead_Can_Dance

http://www.el-parnasillo.com/deadcandance.htm

 

Lectura de Chantal Maillard. Inauguración de la Facultad de Poesía José Ángel Valente en Almería

Inauguración de la Facultad de Poesía José Ángel Valente, el pasado 10 de febrero. Durante los primeros 17 minutos, se presenta el nuevo proyecto de la Universidad de Almería y luego se da paso a la lectura de Chantal Maillard de sus libros “Hilos” y “La herida en la lengua”.

 

araña, cisne, caballo Menchu Gutiérrez

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Cuando la mujer abandona el trabajo y camina de vuelta a su casa, se da cuenta de que deja tras de sí un rastro desequilibrado.

Junto a la huella del zapato, en la tierra húmeda del camino, aparece una doble hendidura que se transforma en un surco, en un pequeño raíl de doble vía que de pronto se quiebra. Luego aparece de nuevo un espacio vacío, y vuelta a empezar: la huella del zapato y los surcos.

Sólo entonces se da cuenta de que cojea de la pierna izquierda y siente la tensión insoportable en la rodilla, bajo la cual, sustituyendo a la pantorrilla y al pie, aparece la pata de cabra, rematada en una pezuña.

Menchu Gutiérrez. araña, cisne, caballo. Siruela, 2014



Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) es novelista, traductora y poeta. De su amplia obra destacan los libros de poesía El ojo de Newton, La mano muerta cuenta el dinero de la vida o La mordedura blanca (Premio de Poesía Ricardo Molina 1989), Lo extraño, la raíz en la editorial Vaso Roto y el ensayo biográfico San Juan de la Cruz. En Siruela ha publicado Latente (2002), Disección de una tormenta (2005), Detrás de la boca (2007), La niebla, tres veces (2011), El faro por dentro (2011) y Decir la nieve (2011).

http://revistaparaleer.com/lee/preestreno/arana-cisne-caballo-de-menchu-gutierrez/

http://www.elcultural.com/noticias/buenos-dias/Menchu-Gutierrez/7125


 

“We’re all equal”: Women’s day

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“En el Día Internacional de la Mujer apoyamos todas las mujeres, incluidas las que se encuentran entre las más vulnerables este año, las refugiadas”, dice el parlamento de la Union Europea. ¡Ojalá fuese cierto!

http://www.europarl.europa.eu/news/en/top-stories/20160226TST16212/International-Women’s-Day-2016

http://www.ara.cat/dossier/masclisme-sadapta-Als-nous-temps_0_1535246504.html

http://elpais.com/tag/dia_internacional_mujer_trabajadora/a/

http://www.unwomen.org/es/news/in-focus/international-womens-day

 

 

 

Instinto. Jon Turteltaub

“Mi lento viaje hacia [los gorilas] me emocionaba, me sentía un privilegiado, en cierto modo sentía como si regresara a algo que hacía mucho tiempo había perdido y que sólo entonces recordaba… Allí en lo más profundo de aquellos bosques, lejos de todo cuanto conoces, lejos de todo cuanto te han enseñado en la escuela o en los libros, en las canciones o en los poemas, encuentras la paz, la afinidad, la armonía, e incluso la seguridad. Es más peligroso pasar un sólo día en cualquier ciudad que vivir siempre en aquellos bosques. ¿Lo entiendes? Confusión, ¡vivís en la confusión!”

“Sólo debemos renunciar a una cosa: a la dominación. El mundo no es nuestro. No somos reyes ni dioses. ¿Sabremos renunciar? ¿Tan valioso resulta el control, tan tentador ser un dios?”


Instinct, 1999. Director: Jon Turteltaub. Duración: 110 min. Estados Unidos. Guión: Gerald DiPego (Novela: Daniel Quinn) Música: Danny Elfman. Fotografía: Philippe Rousselot. Reparto: Anthony HopkinsCuba Gooding Jr.Donald SutherlandMaura TierneyGeorge DzundzaJohn Ashton. Productora: Spyglass

Sinopsis: Dentro de la inteligente mente de Ethan Powell (Anthony Hopkins) se esconde un terrible secreto, un profundo misterio no resuelto por su familia, enemistada con él, ni por los agentes de la Ley que le han estado siguiendo y que le han arrestado por una serie de crímenes ocurridos en las junglas de Ruanda. Con una vasta educación, la verdad de Powell se oculta tras años de estudio de los gorilas de montaña, hasta el punto de haber convivido con ellos en plena naturaleza y haber sido aceptado como uno de los suyos. Ahora, cautivo en una prisión brutal para enfermos mentales con tendencias criminales, Powell, que no ha hablado una sola palabra durante años, es sometido a tratamiento por parte del psiquiatra Theo Caulder (Cuba Gooding, Jr.). La ilimitada ambición de Caulder le lleva a arriesgar, poniendo su vida al límite, con el fin último de intentar comprender las acciones de este demente acaparador de titulares. Así, ambos hombres se embarcan en un extraordinario viaje, empujados por su insaciable búsqueda de la verdad, independientemente de su coste. (FILM AFFINITY)

https://es.wikipedia.org/wiki/Instinto_(pel%C3%ADcula)

Recordé entonces al escritor D. H. Thoreau y esa pequeña joya de bolsillo titulada Caminar:

“La vida está en armonía con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje. En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación. La perdiz adora los guisantes, pero no los que la acompañan en la cazuela. En fin, que todas las cosas buenas son salvajes y libres”.

Y citando el Visnú-Purana, uno de los textos hinduistas más notable, Thoreau escribe: “Es servicio activo el que no se convierte en servidumbre; es sabiduría la que sirve a nuestra liberación: todos los demás servicios sólo sirven para agotarnos, todas las demás sabidurías sólo son habilidades de artista”.

 

De filósofos y de bestias: Elisabeth de Fontenay

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Como si el hombre hubiera sido la gran idea tras el cerebro de la evolución animal. El hombre no es en absoluto el coronamiento de la creación: “cada ser se encuentra junto a él en el mismo grado de perfección”, escribió Friedrich Nietzsche. Más allá o más acá de nuestro dominio sobre lo vivo, estamos inmersos, para lo mejor y para lo peor, en la experiencia de una comunidad de destino compartido con los animales. Su proximidad está en el horizonte de algunos de nuestros problemas más primordiales. Recordemos, por ejemplo, los episodios de las vacas locas y de la gripe aviar, los cuales, con el escándalo de las condiciones industriales y mercantiles de cría y matanza de los animales, revelaron el peligro de contaminación entre las especies. También se puede evocar la próxima factibilidad de los injertos de órganos animales en humanos o la creación de quimeras, animales híbridos, que vuelven posible en lo sucesivo la ingeniería genética.

Las investigaciones científicas convergentes de paleoantropólogos, primatólogos, zoólogos, etólogos y genetistas, y lo que llamamos teoría sintética de la evolución (el conjunto de teorías contemporáneas de la evolución), no pueden más que echar por tierra, en sus fundamentos implícitos y conformistas, la sacrosanta fe humanista y todavía un poco creacionista que tenemos en la unicidad y la preeminencia de nuestra especie. Estas disciplinas invalidan la idea de la supremacía del hombre, poniendo fin a una arrogancia occidental casi inmemorial. Frente a esta gran crisis de lo específicamente humano, los filósofos se encuentran en primera fila. Todos, desde el comienzo de la filosofía en Grecia, han hablado de la animalidad, unas veces sin mencionarla como un tema explícito, otras veces otorgándole una función capital. Algunos dualistas, como René Descartes e Immanuel Kant, oponen radicalmente lo humano y lo animal. Otros, como Aristóteles, Gottfried Wilhelm Leibniz y Edmund Husserl, imaginan una gradación de la sensibilidad, la memoria y la conciencia entre el animal y el hombre, afirmando que la naturaleza no da saltos. Sin embargo, estos pensadores continuistas no dudan en colocar al hombre aparte y por encima de los otros seres vivos, como si el autor de la clasificación tendiera a excluirse de la clasificación. Un personaje del Político de Platón declara con gracia que si las grullas pudieran hablar se situarían de un lado de la línea de demarcación y pondrían a todos los seres vivos, incluido el hombre, del otro lado…

Este derrumbe de la creencia en lo particular de los humanos pasa en la actualidad por la escritura de filósofos posmodernos, resueltamente antimetafísicos, como Gilles Deleuze y sobre todo Jacques Derrida. Es necesario, sin embargo, mantener firmemente desligadas dos interrogaciones heterogéneas: la del origen del hombre (de orden científico) y la de la significación de lo humano (de orden filosófico y político). La filosofía –pese a que participemos a través de ella en experiencias del pensamiento y que de ahí surjan conceptos capaces de originar normas– no tiene que someter su problemática a las revisiones científicas y todavía menos a las conclusiones eticopolíticas que ciertos paleoantropólogos, primatólogos, genetistas y etólogos proponen, ingenua y a veces temiblemente, a partir de sus resultados.

Los discursos huecos sobre el libre albedrío y la voluntad no quebrantarán estas tentativas –materialistas y reaccionarias– de reducir la dimensión histórica del hombre a lo meramente etológico, o de subordinar lo social a lo “natural”. Solamente una argumentación filosófica y política, atenta a los acontecimientos y al carácter trágico de los conflictos jurídicos entre los seres humanos, evitará que nos hundamos en la confusión y la indistinción entre lo animal y lo humano. El hombre es descrito y explicado por los científicos en tanto que especie, pero, en sus prácticas éticas y políticas, los hombres se proclaman, se declaran como género humano.

Fue el etnólogo y filósofo Claude Lévi-Strauss quien señaló, con mucha razón, que la noción de derechos del hombre está demasiado anclada en una filosofía de la subjetividad, de lo individual, del ser moral. Por eso defendía el principio de un derecho del hombre en tanto ser vivo, derecho de la especie humana entre otras especies. Desde luego, ya no se puede callar la apremiante exigencia de un derecho de los animales, pero ¿habrá por ello que acoger el reclamo exorbitante, y por lo tanto injusto, de una extensión de los derechos humanos a los chimpancés, gorilas y orangutanes? No, porque tomar nota de las continuidades entre hombres y animales obliga al mismo tiempo a reconocer que existen entre ellos saltos cualitativos: los que originan la aparición de lo humano.

Sí, hay que tomar nota de la herida infligida por la animalidad al consenso humanista tradicional, pero también es necesario afirmar mediante la filosofía que el destino de lo humano no se deja descifrar sólo a partir de los conocimientos sobre el origen del hombre y los genes. Salvo que se desee reconstituir una idea de lo particular del hombre en el orden metafísico o teológico, se evitará claramente definir lo humano, pues se sabe desde hace mucho tiempo que no hay una esencia del hombre. No es seguro que el hombre, aquel que se ha podido designar como animal simbólico, pueda definirse por la existencia, el ser para la muerte, la experiencia de un mundo, mientras que el animal se caracterizaría por la pobreza de su estar en el mundo y su incapacidad para representarse la muerte. Resulta cada vez más claro que los animales también cuentan con comportamientos simbólicos y que son capaces de categorizar y transmitir conocimientos prácticos. Esta es la mala jugada que la primatología y la etología asestan al humanismo metafísico.

Ya no podemos creerle a Descartes cuando convertía el lenguaje en el criterio absoluto de lo humano ni a Montaigne cuando decía que a veces hay más diferencias entre un hombre y otro hombre que entre un hombre y un animal. Hay que ser un bruto para rehusar a los animales la capacidad de sufrimiento, el lenguaje, la interioridad, la subjetividad, la mirada. Pero ¿no existe el riesgo de que nos hundamos en la estupidez si nos obstinamos en negar que los hombres sienten, comunican, expresan y producen de manera distinta y mejor que los más humanos de los animales?

ÉLISABETH DE FONTENAY
© Philosophie Magazine
Traducción de Humberto Beck

http://www.letraslibres.com/revista/convivio/la-hora-de-los-animales

Una entrevista en Le Figaro, 23 octubre 2014, “Los monos no pueden hacer la revolución”: http://www.lefigaro.fr/livres/2014/10/23/03005-20141023ARTFIG00033-elisabeth-de-fontenay-les-singes-ne-peuvent-pas-faire-la-revolution.php

En el magazine Clés, “Nuestra relación con los animales queda aún por descubrirse”: http://www.cles.com/debats-entretiens/article/notre-rapport-aux-animaux-reste-decouvrir


Le silence des bètes  le silence des betes 

Élisabeth de Fontenay. Le silence des bêtes. La philosophie à l’épreuve de l’animalité. Paris: Fayard, 1998. Reedición en bolsillo, ed. Seuil, col. Points, 2013.

Publicado en 1998, este libro de referencia analiza cómo, desde los presocráticos hasta Derrida, las diversas tradiciones de la metafísica occidental han abordado el enigma de la animalidad : este libro revela otra historia de la filosofía… En esta época, los animales estaban prácticamente inexistantes en la filosofía francesa. Desde entonces, se multiplicaron los análisis y las reflexiones sobre el desamparo que les está infligido, sobre su estatuto como seres sensibles, sobre su subjetividad, sobre su existencia de seres mudos, sobre su capacidad para comunicar y simbolizar, sobre su derecho a tener acceso a derechos, etc.  Debe poderse deconstruir la arrogancia de lo propio del hombre, sin por ello ofender al género humano…


Elisabeth de fontenay  Elisabeth de Fontenay (1934)

Maître de conférences émérite de philosophie à l’université de Paris 1 Panthéon-Sorbonne, es autora también de Diderot ou le matérialisme enchanté (1981), d’Une tout autre histoire. Questions à J.-F. Lyotard (2006), d’Actes de naissance. Entretiens avec Stéphane Bou (2011) et de La Prière d’Esther(2014).

Sus últimas publicaciones: “Sans offenser le genre humain. Réflexions sur la cause animale“, Albin Michel, 2008 ; “Cahier de L’Herne, Traduire le parler des bêtes“, 2008 (avec M.-C. Pasquier); “L’abstraction du monde” in Regards sur la crise — Réflexions pour comprendre la crise… et en sortir, ouvrage collectif dirigé par Antoine Mercier avec Alain BadiouMiguel BenasayagRémi BragueDany-Robert DufourAlain Finkielkraut…, Paris: Hermann, 2010; Actes de naissance, entretiens avec Stéphane Bou, Paris: Le Seuil, 2011.

Acerca de su libro: “Sans offenser le genre humain”: http://www.marc-villemain.net/elements/pdf/mdl14/Sans-offenser-le-genre-humain-Elisabeth-de-Fontenay.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Élisabeth_de_Fontenay

https://fr.wikipedia.org/wiki/Élisabeth_de_Fontenay


Imagen: Mural pintado por Dedos y su mujer Xochiti, un duo artístico de nombre Nomadic Alternatives, en una pared en East Village o East Handings, en Vancouver. El texto dice lo siguiente: “Estamos aquí / estamos gritando, llorando / y no nos oís / porque habéis olvidado / nuestro lenguaje”.

 

La atracción por lo salvaje. Doug Peacock

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Esta reseña de Emma Rodríguez del libro de Doug Peacok, Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje, me ha llevado de nuevo a recordar uno de los cuentos con el que hemos ido trabajando: el cuento japonés “El oso de la luna creciente” del libro Mujeres que corren con los lobos. Recordé aquel hombre furibundo, herido, exhausto a su vuelta de la guerra, recordé cómo su parte femenina e intuitiva ha de adentrarse en la montaña para iniciar la sanación, recordé su miedo, su contacto con el oso, recordé la concentración y la sabiduría recobradas en la montaña, recordé su apaciguamiento, su serenidad, viviendo de nuevo en armonía con los ciclos naturales, recordé su despertar espiritual al despojarse de lo superfluo y de sus espejismos, recordé su agradecimiento y su alegría vital en esa vuelta a lo salvaje… (Esta tarea con el cuento del oso fue recogida en nuestro primer Quadern de la lloba. La cólera, podéis leerlo en issuu https://blogdelesllobes.wordpress.com/pagina-inicial/quaderns-de-la-lloba/).
Os dejo con extractos de la larga y jugosa reseña que Emma Rodríguez escribió sobre el libro de Doug Peacock.

Doug Peacock nos habla de la necesidad que tenemos de creer que aún existen esos lugares libres de contaminación, refugios en medio del progreso, de la civilización, del espectáculo en que se ha convertido prácticamente todo. Necesitamos saber que esos lugares sagrados, en cierto modo, evocadores, capaces de conectarnos con las edades primigenias de la humanidad, aún permanecen a salvo, lejos del afán de dominio, de poder, de usurpación, de los estados y de las grandes corporaciones.

Mezcla de memorias, de diario, de manual de supervivencia, de relato de aventuras, Mis años grizzly me cautivó desde las primeras páginas. La fuerza de la narración, los recuerdos y confesiones del autor sobre su experiencia en la guerra de Vietnam, su lucha por labrarse una nueva vida al regreso del horror, una vida fuera de los órdenes y las reglas del sistema, convierten el libro en una de esas obras que me gusta definir como obras de crecimiento, porque en ellas se da cuenta de un proceso vital de aprendizaje y porque cuando las leemos sentimos que estamos accediendo a zonas de luz, de conciencia, imposibles de descubrir por nosotros mismos.

Si os gustan los documentales sobre la naturaleza; si la lucha ecológica os mueve a la acción, a la protesta; si sois de los que consideráis que pocas cosas justifican el maltrato del planeta, de su equilibrio, este es vuestro libro, pero, aún sin cumplir todas estas condiciones, os aseguro que la entrega no os dejará en absoluto indiferentes.


Peacock remite a Thoreau, a quien él mismo cita en un momento dado. Es evidente que el ex-combatiente ha bebido mucho del autor de Waldenaunque sus experiencias y sus riesgos hayan sido mucho más extremospero a mí la entrega me ha llevado a otro libro absolutamente revelador, Alce negro habla, el diario vital, transcrito por John G. Neihardt, de las andanzas, pensamientos y visiones de un legendario sioux. El respeto, la admiración, por los antiguos pobladores de Norteamérica, que también animó a Thoreau, está presente en todo un recorrido marcado por los vestigios, por las huellas, por las creencias, de las distintas tribus de indios, cuyos descendientes ahora se hacinan en reservas y a duras penas conservan la memoria de sus tradiciones, el recuerdo de ese tiempo en el que convivieron en armonía con la naturaleza, con los animales.

Una y otra vez los lugares de poder, el cultivo de los sentidos, de la intuición de los pueblos primitivos, la sabiduría y las leyendas indias, muchas de ellas sobre el carácter sagrado y sanador de los osos, asoman en el relato. Estamos, pues, ante las confesiones y reflexiones de un explorador, de un hombre que encuentra su rumbo allí donde aún es posible sentir que no todo es trabajo, dinero, tecnología. Mis años Grizzly es un libro apasionante, insisto, capaz de sacarnos de nuestras comodidades el tiempo que dura su lectura.

Las pesadillas, los terribles recuerdos de Vietnam lo invaden noche tras noche, y decide echarse al camino, dejar atrás el alcohol y las anfetaminas, habituales vías de escape de los combatientes, y emprender rumbo a las Montañas Rocosas. En sus recorridos por parques como el de Yellowstone o el Nacional de los Glaciares, siguiendo a especímenes de grizzlies que, poco a poco, se le van haciendo familiares, encontró su propio cauce de supervivencia.


En Vietnam el depredador principal era el hombre. Si había obtenido un granito de sabiduría tras vivir la agonía de la batalla, éste no tenía nada que ver con técnicas para matar o hacer la guerra. No había iluminación alguna en el asesinato. Lo que se me había quedado grabado a fuego en lo más profundo de la conciencia eran las pequeñas acciones de gracia, lecciones que yacían latentes en el recuerdo y que ahora poco a poco rescataba de los rincones más anestesiados de mi cerebro. Nunca importaba el porquéLa propia concesión de clemencia era trascendental


[…] En sus recorridos por parques como el de Yellowstone o el Nacional de los Glaciares, siguiendo y observando a especímenes de grizzlies que, poco a poco, se le van haciendo familiares, midiéndose  con la naturaleza, fue como encontró su propio cauce de supervivencia. “Los osos me ofrecieron un calendario a mi regreso de la guerra de Vietnam, cuando un año se difuminaba en el siguiente y yo olvidaba enormes períodos de tiempo al no tener acontecimientos o personas cuyo paso recordar. Tenía problemas con un mundo cuya idea de vitalidad se restringía a la cruda realidad de estar vivo o muerto. El mundo empalideció, como también lo hizo todo lo que había sido mi vida hasta la fecha, y me descubrí ajeno a mi propio tiempo. La naturaleza salvaje y los osos grizzly solucionaron ese problema”, nos cuenta Doug Peacock muy al comienzo del recorrido.

Estar sentado en el corazón de una señora tormenta de montaña, en busca del que algunos consideran el animal más fiero de este continente, infunde una cierta dosis de humildad, una actitud que me obliga a abrirme y tener una receptividad sorprendente (…)  Yo necesito enfrentarme a unos animales enormes y fieros que a veces se alimentan de personas para recordar la concentración total del cazador. Entonces los antiguos sentidos oxidados, entumecidos por los excesos urbanos, vuelven a la vida, y escudriñan las sombras en busca de formas, sonidos y olores. A veces tengo la suerte de mirarme con unos nuevos ojos, de tener una nueva combinación de pensamientos, una metáfora que llama a las puertas del misterio”, nos cuenta Peacock.

“Sentí que algo se transmitía entre nosotros. El grizzly me dio la espalda lentamente, con elegancia y dignidad, y balanceándose se dirigió hacia el bosque, al fondo de la pradera. Entonces volví a escuchar mi respiración pesada, a sentir el flujo de sangre caliente en la cara. Tuve la sensación de que mi vida había sido tocada por un poder y un misterio inmensos”.


En una de sus incursiones tras los osos en el Parque Nacional de los Glaciares, situado en Montana, haciendo frontera con algunas provincias de Canadá, Peacock escribió en las páginas de su diario que el día que le ocupaba, era un fantástico día para estar vivo y lo explica así: “Unos diez años atrás, cuando entré en este mundo de los osos, estaba demasiado descentrado y cabreado para ser capaz de sentirme pleno. En cambio, ese día sólo sentía el calor tibio del sol y la calidad única de esa luz –eso es todo lo zen que puedo ponerme–, aunque la naturaleza sea siempre un refuerzo de esa filosofía”.

Me gusta especialmente este apunte porque da idea de la transformación del protagonista, del sentido de su trayecto. Este es un viaje sobre todo apto para buscadores de sorpresas, de aventuras, de tesoros. El autor cierra su diario en pleno invierno, atravesando el desierto de Piedras Negras, en tierras de México. Entremedias se ha casado; ha tenido una hija; ha intentado ordenar su vida y ha fracasado (Lisa, su mujer, es su compañera en algunas de las excursiones que realiza). Es Navidad y en esa geografía áspera, dura donde se encuentra, es consciente de su fragilidad y celebra haber recuperado su amor por la vida, sus ganas por volver, una vez pasado el tiempo de la hibernación, a encontrarse nuevamente con los grizzlies.

Filmación de un oso Grizzly realizada por Doug Peacock, en el Parque nacional de los Glaciares (estado de Montana, frontera con Canadá), a finales de los años 1970: El Grizzlie feliz



Doug Peacock. Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje. Trad. Miguel Ros Gonzáles. Errata Naturae, 2016



Artículo en Altair Magazine: Doug Peacock, el auténtico “grizzly Man”: http://www.altairmagazine.com/blog/libros-mis-anos-grizzly/