Sophie Calle en la Virreina. Modus Vivendi

Arte  Exposiciones

Sophie Calle, dolor exquisito

Modus Vivendi

La Virreina. La Rambla, 99. Barcelona. Hasta el 7 de junio.

JAUME VIDAL OLIVERAS | 10/04/2015 |  Edición impresa


Detalle de la serie Cuídese mucho, 2007

 

A Sophie Calle (París, 1953) se la califica de artista conceptual. ¿Será un conceptual blando? Cuando a principios de los años 80 su nombre empezó a sonar, se dijo de ella que aportaba una nueva manera de narrar las cosas, singular, diferente. Turbaba la frescura y originalidad de sus historias, en las que planteaba episodios de su propia vida como tema, entre fantasmas y ficciones. Sorprendían, también, sus juegos de vouyerismo, la construcción de situaciones a partir de un material documental… Alcanzó una notable proyección en los 80 y 90. En España, por ejemplo, presentó una gran exposición en 1997. Era un momento en que se descubría el arte contemporáneo, y Sophie Calle deslumbró: era moderna, fácil… Había un aspecto especialmente destacado: sus fotografías se acompañaban de textos o, mejor dicho, sus textos se asociaban a fotografías en una fecunda y extraña relación que no ha dejado de evolucionar con el tiempo, y que aparece de nuevo en las tres series que ahora la artista presenta en La Virreina.

Les Aveugles (1986), una de las obras más difundidas de Sophie Calle, inicia el recorrido de la exposición, lo que es toda una declaración de principios. La misma artista explica que se dirigió a unas personas ciegas de nacimiento y les preguntó qué era para ellos la imagen de la belleza. La obra consiste en una serie de retratos de dichos ciegos que se acompañan de un texto con sus ideas de belleza y de una fotografía que representa esta descripción. Hay algo extraño y dramático en estos tres elementos en relación, el retrato, el texto y la representación fotográfica: en el momento en que entran en contacto, friccionan entre sí y estalla una tensión callada entre ellos. Sophie Calle habla aquí de una ausencia, de un deseo, de algo que se escapa entre el texto y la imagen, y que no conseguimos aprehender.

En una línea de continuidad, también se exhiben las series Last Seen (1991) o What Do You See? (2013), obras que se expresan en los mismos términos que la anterior: un vaivén entre ausencias y presencias. Sophie Calle explica que determinados objetos y pinturas fueron sustraídos del Museo Isabella Stewart Gardner de Boston, dejando vacíos el lugar o los marcos que ocupaban. Ella pidió a los conservadores, empleados o visitantes del museo que describieran las piezas desaparecidas. Esta serie consiste en una fotografía del lugar o marco vacío dejado por el objeto de arte completado por un minucioso texto que lo describe a partir de la memoria, pero también de la imaginación… Estas series prolongan de alguna manera la anterior: allí unos ciegos imaginaban una imagen; aquí los narradores tienen ojos, pero no ven, imaginan y recrean una pintura o un objeto de arte ausente.

El punto fuerte de la exposición es la serie titulada Cuídese mucho (2007), que de algún modo representa una continuidad y, al mismo tiempo, una reelaboración de la relación entre texto y imagen. El punto de partida es un correo electrónico en el que un amante comunica a Calle que la relación ha terminado, concluyendo con la frase de despedida “Cuídese mucho”. A partir de ese email, Sophie Calle pidió a 107 mujeres que leyeran esta carta de desamor y la interpretaran. Llamó a actrices y cantantes famosas, pero también a mujeres anónimas, de profesiones y edades variadas (y un loro hembra que se come el papel).

Todas actúan, leen, traducen, reelaboran este texto… No sin ironía, y con la conciencia de que esta carta de despedida se convierte en una ficción en otras manos, todas estas mujeres interpretan y dramatizan el texto de despedida a la luz de su experiencia, de su profesión o de su propia visión de la historia. Pero la actitud es la misma que en anteriores series: no hay historia sin interpretación. En las primeras obras, el truco (la fábula, la dramatización) pasaba desapercibida. En Cuídese mucho se hace evidente. Son dos formas de contar.

http://lavirreina.bcn.cat/es/exposiciones/sophie-calle-modus-vivendi

La mirada que escucha

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No hablar. No juzgar. No hablar juzgando, no a partir del juicio. Hablar juzgando hace daño, aparta.
Nos juzgan por los actos, por los gestos, nos juzgan por el mí. Juzgamos por el mí. Con el juicio, el dardo, la bala, la palabra. Palabra que es de fuego, acero templado, odio oculto y concentrado, odio que es deseo del yo en el otro, de un yo que quiere ser más, que quiere serlo todo, un yo enfatizado. Lanzan el proyectil, lo lanzamos, y el proyectil nos roza, o tal vez nos alcanza. Alcanza el mí, una parte del mí. Y al mí le duele la herida, la vieja herida, el mí siempre tiene alguna vieja herida que vuelve a sangrar. El mí llora. Le dejamos llorar, expresarse, re-presentarse, para que no acumule. Vemos llorar al mí. No lo consolamos, no nos apena. Ésa es su naturaleza. Le comprendemos. Es sencillo: suceden en el mismo plano el proyectil y el llanto. En el mismo plano el gesto y la respuesta. La modalidad de la energía que se manifiesta en el gesto corresponde a la modalidad de la energía que le responde. La palabra que daña y el daño tienen la misma naturaleza. El mí responde a la ofensa con toda su carga de repeticiones, con todo lo que ha sido: su “pasado”.

Otros sólo verán el llanto: la respuesta. Sólo verán el mí respondiendo. Nos confundirán con ese llanto, a no ser que sepan situarse tras su propio llanto en cualquier ocasión, que sepan viajar en los distintos planos de su naturaleza. La lágrima se convierte en compasión para quien observa su trayectoria y ve de dónde ha brotado la palabra que ofende y dónde alcanza al ofendido. Quien se observa, entonces, comprende que es la misma fuerza la que lanza y la que recibe.

Diarios indios: 94-95 


*


No hay mirada que no modifique el campo del mirar.

Hay un mirar que da, y otro mirar que quita. El mirar que da es aquel que no sólo contempla lo que hacemos, sino que también se ocupa en el objeto de esa acción. Es un mirar que aumenta la pulsión del gesto y lo acompaña. En cambio, el mirar que quita es el mirar crítico, aquel que cuando se dirige hacia nosotros nos despoja de la energía que nos hace ser lo que somos. Disminuimos. Se hace fuerte el que mira, y nos somete. Sufrimos entonces algo parecido a un desahucio. El cuerpo queda como una cáscara, vaciado el dentro, abducido por la mirada ajena. Si el núcleo no es resistente nos sentimos “perdidos”. […]

El núcleo […] no es el mí. El núcleo es un punto de energía neutra, sin juicios, sin opiniones: “pura”. El núcleo es condensación de energía, consciente a otro nivel, autoconsciente, a la que podemos remitirnos cuando bajamos las defensas, hacemos transparentes las murallas del yo y confiamos. Ella, esa energía mínima, centro, diosa interior o alma, tan oculta generalmente, tan porosa, sin embargo, la membrana que protege su acceso, ella no se inmuta, no le daña el mirar ajeno porque ella ve en el otro lo que su mirar oculta. […] En el mirar que hiere y se adueña de su presa, ella ve cómo la energía-ego se apropia de sí misma en el otro, cómo se carga y engorda, ve cómo va trazándose el puente entre las fuerzas de quien es mirado y de quien mira, y cómo se entabla el pulso.

Diarios indios: 100 

El no saber cargado de compasión. Entrevista a Chantal Maillard de L. Giordani, A. Borra y V. Gómez, Manuales de instrucciones 7/II, Fundación Inquietudes, 2010.

[…] En varios pasajes destacas la mirada neutra de los búfalos (que pudiste ver en India). Podríamos sospechar que bien podría llegarse a esa mirada a través de (o en) la poesía… Ahora bien, ¿cómo se liga esa mirada con una exigencia ética y política de solidarizarnos ante el dolor del Otro, que demanda una toma de partido más o menos explícita?

La toma de partido no es, aquí, una medida de fuerza. — Cuando digo «aquí», me estoy refiriendo a la andadura «espiritual» o como quiera llamarse lo que algunos pudiesen entrever en los escritos aludidos—. Al menos, no de fuerza armada contra (unos u/y otros), sino, más bien al contrario, una medida de fuerza interior. Es una ganancia no exenta de derivaciones en la praxis. Si nos referimos a la experiencia del poema, recordaremos aquellas palabras que Anna Ajmátova refería al inicio de su Réquiem: «Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer —los labios morados de frío— que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oido (allí se hablaba sólo en susurros): —¿Y usted puede dar cuenta de esto? Yo le dije: —Puedo. Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro».

La existencia es sufrimiento, como enseñaba el buddha, lo cual por otra parte es de una gran obviedad. A algunos nos es dado tomar conciencia de ello y com-padecernos. La com-pasión (cum-pathos) es distinta de la «solidaridad». Se trata de padecer con el otro, no de hacerse un bloque defensivo u ofensivo (sólido). Por supuesto que hay acciones políticas que puedan y deban realizarse a partir de allí. Yo me contentaría con que todos pudiésemos lograr un grado de compasión suficiente como para que estas acciones no fuesen necesarias. En cuanto a los animales, sean búfalos indios, vacas pirenaicas u otros, su mirada más que cualquier Tratado me enseña lo que somos y la humildad con que recibirlo o combatirlo.

 

[…] En el prólogo de Diarios Indios apuntas: «(…) en Bangalore me inicié en la dureza de la compasión y comprendí que ese sentimiento nace más de la fiereza que del dulce y decadente apiadarse de la burguesía cristiana…». ¿Podrías hablar de ese hontanar de fiereza, de esa roca dura o roca madre de la que surge la compasión tal como la entiendes?

Hay una gran diferencia entre la piedad, tal como suele enseñarse en las escuelas católicas para hijos de gente «bien» (bien… situada, se entiende), y la compasión. Cuando alguien «se apiada» de otro, queda situado en su propio lugar, no se desplaza, mientras que el que padece con otro ha debido desplazarse, dar el salto, ése que le permite ubicarse en el otro y sentir con él, en la medida en que esto sea posible. Porque, ciertamente, hay impedimentos: nadie se duele por otro en su propio cuerpo. Sólo es posible la recuperación del recuerdo del dolor, por lo que éste aparecerá en la mente, no en el cuerpo, salvo por lo que las células son capaces, igualmente, de recordar. La compasión, pues, es inevitablemente un movimiento de retrotracción y de proyección. No obstante, en cualquier caso, está muy lejos de parecerse a la estimulación de aquel sentimiento kitsch que se traduce en frases como: «¡Ay, pobrecito, qué lástima me da!». 

Hay quienes prefieren no ir a India porque no pueden ver, dicen, la miseria que hay allí. Es respetable. Pero «la miseria» la concebimos desde nuestros parámetros y mucho podría hablarse al respecto.

La compasión es un sentimiento fuerte porque supone situarse donde está el otro y con-vivir con él, desde él. Situarse en la herida ajena puede hacernos descubrir que la miseria no está donde la poníamos, lo cual es bastante incómodo. Porque hay sonrisas que florecen en el dolor y que nosotros ya no conseguimos que germinen en nuestras tierras saturadas.

 

El verso que da fin al intenso poema «Escribir» de Matar a Platón dice «…escribo para que el agua envenenada pueda beberse». ¿Qué tipo de alquimia operaría la escritura para convertir ese agua en potable y cuál es, en suma, ese agua que todos hemos de apurar?

En este punto, a la universalidad del poema a la que hemos de aludir, su capacidad para apuntar a lo universal a partir de lo singular. Hay en el ser humano una capacidad, digamos, de intercordialidad. Podemos vibrar, como les pasa a las guitarras, cuyas cuerdas vibran, sin ser tocadas, en el mismo tono que el de la cuerda que ha sido tañida en otra. Tal duelo, entonces, se abrirá en nosotros con algo más, una sensación bienhechora que proviene de la conciencia de un «nosotros», saber que la condición de fragilidad nos pertenece a todos y que el cuidado mutuo es lo único que puede hacernos sobrellevarla entre todos. El poema, al ser entonado, tiene la capacidad de despertarnos a ello. […]


Feu clic per accedir a el_no_saber_cargado_de_compasion-digital.pdf

Conjuro para decir mentiras y construir verdades. Chantal Maillard

“Si a alguien es lícito faltar a la verdad será únicamente a los que gobiernan la ciudad, autorizados para hacerlo con respecto a sus enemigos y conciudadanos.
Nadie más podrá hacerlo.”
[Platón, República, III)

Cuando cumplí seis años, a cambio de su amor,
mi madre me arrancó la terrible promesa
de no mentir jamás.
Así, igual que un soberano controla al pueblo al que gobierna,
ella me dió la libertad que al necio se le otorga:
actuarás dentro del margen que yo-mis leyes establecen.
No había escapatoria: su ministro de asuntos interiores
tenía su despacho montado en mi conciencia.
Yo la echaba de menos, por eso no traicioné su confianza;
fui fiel a mi promesa. Pero también, y con el tiempo,
quise ser fiel a mis instintos y extensiva se hizo la verdad
al deseo que impulsaba mis actos
Creo que confundí el orden imperioso del deseo
con el orden común de los Estados,
pues provoqué una guerra y,
después del gran naufragio, ella me preguntó:
¿no podías acaso haber mentido?
En ese instante, entonces, usurpé la corona.
Ser libre no es un don, es una reconquista,
y a menudo es preciso callar y conducir
las palabras al cauce más amable
para fundar la historia, celando,
como un largo secreto del que nadie es testigo,
los actos que nacieron del delirio. Ser libre
es cuidar de un misterio
sobre el que el alma se moldea.

Hay seres bendecidos
que comprenden temprano este principio.
Me produce ternura descubrir sus engaños
y comprobar la paz que de ellos resulta.
Admiro las mentiras bien trabadas,
la coherencia del engarce, el arte dirigido
hacia un fin. Me conmueve
la soledad de aquel que las inventa
y consiente al imperio de su lógica.
El que miente edifica el mundo que conviene
para salvaguardar la ficción de los otros, la legítima
ficción que necesitan
contra la angustia de sentirse
tan solos
sin leyes, sin verdades,
sin ese amor que creen recibir
a cambio de su alma.

Aprendo del que calla, del que miente y engaña
el fuego soterrado que aún gime en mi pecho,
aprendo a dirigir su lava en mis infiernos
para el mejor gobierno de los mundos.
Desde ahora mi mano es la que guía
el fiel de la balanza: la verdad y su opuesto
son las onzas que pongo en los platillos
según el juego lo requiera.

en “Hainuwele y otros poemas”, 2009
(1ª edición, Conjuros, Huerga & Fierro, Madrid, 2001)

Hélène Cixous, el grito de la literatura

No nos enteramos a tiempo, pero el 17 de junio Hélène Cixous va celebrar al CCCB la conferencia El grito de la literatura. La presentaba Marta Segarra.

Os dejo los dos vídeos de la página del CCCB, el primero en la versión original francesa para escuchar su voz; y el segundo, en versión catalana para comprender mejor lo que dice en el caso en que no podáis seguirla en su lengua natal.

Hélène Cixous es, sin duda, una de las voces más originales de la literatura y el pensamiento contemporáneos. Su conferencia –meditación poética, discurso literario, introspección personal– reflexiona sobre la literatura como un medio para afirmar nuestra existencia, entrar en diálogo con voces del pasado y hacer frente a la inevitabilidad de la muerte. Dice Cixous: “Primero gritamos. Después escribimos: traducimos en el ultrasilencio de la escritura los gritos agudos y breves de la realidad. La literatura es para aullar largamente, lanzar gritos hasta la música; el derecho a los gritos que la realidad y la comunidad nos prohíben. Como al alba los pájaros se reparten el territorio acústico –¿la habéis oído, la orquesta de la hora indecisa?–, oigo el grito de topo de la literatura”.

Esta conferencia se enmarca en las jornadas “Políticas de las emociones. Diálogos desde el género y la sexualidad“, organizadas por el Centre Dona i Literatura, de la Universidad de Barcelona, en colaboración con el Institut d’Humanitats de Barcelona y el CCCB.


 

 

Marie-Lise Labonté: “Sed vuestro propio laboratorio”

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No tengaís miedo de despertar y mirar de qué estaís hechos. Nadie podrá hacerlo por vosotros. Tan sólo vosotros teneís este poder.

 
Puede que creáis que disfrutar de buena salud es estar siempre alegre, ser racional, bueno y amable; no mostrar desencanto nunca, no llorar nunca, no enfadarse nunca. Esta creencia por sí sola puede llevaros a negar los movimientos espontáneos y naturales que forman parte de vuestra personalidad.

 
Disfrutar de buena salud es amarse tal como uno es, en todos los momentos de la vida, ya esté uno enfadado, feliz, desgraciado, triste, risueño, alocado, racional, intuitivo, creativo. Es amarse con las propias carencias, la falta de amor a uno mismo y a los demás, las negativas a abrirse o el placer de hacerlo.

 
No se puede alcanzar una vida espiritual intensa, no se puede acceder a la felicidad negando la naturaleza de las propias emociones, pensamientos y la realidad física.
No tengaís miedo de lo que surja en vosotros…
Daos permiso para sentiros.

 
Sed vuestro propio laboratorio.

 
Marie-Lise Labonté. Autosanar es posible. Ediciones Luciérnaga, 2012.

 

My body is a cage

Escuchemos esta preciosa canción de Arcade Fire:

“My body is a cage that keeps me
From dancing with the one I love
But my mind holds the key”
(Mi cuerpo es una jaula que impide
que baile con la persona que quiero.
Pero mi mente tiene la llave)

Y ahora esta increíble versión de Peter Gabriel:


Mientras en nuestra mente danzan las palabras lobunas de Clarissa Pinkola Estés:

En la psique instintiva, el cuerpo se considera un sensor, una red de información, un mensajero con una miríada de sistemas de comunicación: cardiovascular, respiratorio, esquelético, autónomo y también emotivo e intuitivo. En el mundo imaginativo el cuerpo es un poderoso vehículo, un espíritu que vive con nosotros, una oración de la vida por derecho propio. En los cuentos de hadas, el cuerpo personificado en los objetos mágicos que poseen cualidades y poderes sobrehumanos, se presenta dotado de dos juegos de orejas, uno para oír el mundo material y otro para oír el alma; dos juegos de ojos, uno para la visión normal y otro para la clarividencia; dos clases de fuerza, la fuerza de los músculos y la fuerza invencible del alma. La lista de los dobles elementos del cuerpo es interminable.
(…)

El cuerpo utiliza la piel, las fascias profundas y la carne para registrar todo lo que ocurre a su alrededor. Para quienes saben leerlo, el cuerpo es, como la piedra de Rosetta, un registro viviente de la vida entregada, la vida arrebatada, la vida esperada y la vida sanada. Se valora por su capacidad de reacción inmediata, su profunda sensibilidad y su previsión. El cuerpo es un ser multilingüe. Habla a través de su color y su temperatura, el ardor del reconocimiento, el resplandor del amor, la ceniza del dolor, el calor de la excitación, la frialdad, la desconfianza. Habla a través de su diminuta y constante danza, a veces balanceándose, otras moviéndose con nerviosismo y otras con temblores. Habla a través de los vuelcos del corazón, el desánimo, el abismo central y el renacimiento, de la esperanza.

El cuerpo recuerda, los huesos recuerdan, las articulaciones recuerdan y hasta el dedo meñique recuerda. El recuerdo se aloja en las imágenes y en las sensaciones de las células. Como ocurre con una esponja empapada en agua, dondequiera que la carne se comprima, se estruje e incluso se roce ligeramente, el recuerdo puede surgir como un manantial. Reducir la belleza y el valor del cuerpo a cualquier cosa que sea inferior a esta magnificencia es obligar al cuerpo a vivir sin el espíritu, la forma y la exultación que le corresponden. Ser considerado feo o inaceptable por el hecho de que la propia belleza esté al imagen de la moda actual hiere profundamente el júbilo natural que es propio de la naturaleza salvaje.

Las mujeres tienen buenos motivos para rechazar los modelos psicológicos y físicos que ofenden el espíritu y cortan la relación con el alma salvaje. Está claro que la naturaleza instintiva de las mujeres valora el cuerpo y el espíritu mucho más por su vitalidad, capacidad de reacción y resistencia que por cualquier detalle de su aspecto. Lo cual no significa rechazar a la persona o el objeto que es considerado bello por algún segmento de la cultura sino trazar un círculo más amplio que abarca todas las variedades de belleza, forma y función.”

¿Qué tal os está sentando al cuerpo-mente?

Yo, la verdad, aún estoy bajo el shock de la noticia de Angelina Jolie: optar por una masectomía preventiva de los dos pechos sanos. ¡¡¡Preventiva!!! Es cuando el cuerpo más que una jaula parece ya una trampa en la que más de una ha caído e, ingenua o prepotente, en todo caso asustada, de la que una se esfuerza en escapar. ¡Tajante! Hélas…

But my mind holds the key… Yesssss!

 

Un meravellós cas de resiliència

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Poema que surt en la pel·lícula Antwone Fisher, realitzada per Denzel Washington en 2002, i que és tota en si mateixa una meravellosa historia de resiliència… Molt recomanable!

¿Quien llorará por ese niño?

¿Quien llorará por ese niño

perdido y solitario?

¿Quien llorará por ese niño

abandonado a su suerte?

¿Quien llorará por ese niño

que llora hasta quedar dormido?

¿Quien llorará por ese niño

que nunca tuvo nada propio?

¿Quien llorará por ese niño

que caminó por la arena ardiente?

¿Quien llorará por ese niño

ese niño dentro del hombre?

¿Quien llorará por ese niño

que conocio maltrato y dolor?

¿Quien llorará por ese niño

que murió una y otra vez?

¿Quien llorará por ese niño

el niño bueno que quizó ser?

¿Quien llorará por ese niño

que llora dentro de mi?

Yo lloraré por el niño…