La supervivencia. Herramientas mínimas. Revista Shangrila nº25

A MODO DE INTRODUCCIÓN: NIÑA VENDADA CON MUÑECO DE TRAPOS

Texto: Mariel Manrique

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Pequeña Eileen Dunne, que siempre serás pequeña en la portada de nuestra revista, con tus tres años sentados en una cama anónima del Great Ormond Street Hospital for Sick Children, tus tres años heridos en un bombardeo aéreo sobre Londres, en septiembre de 1940, cuando no sabemos dónde estabas ni con quién pero sí que jamás hubieras debido estar ahí o quizá sí pero sin aviones que hicieran sangrar el cielo, nena de ojos como lagos y cabeza vendada, de venda demasiado grande y demasiado temprana para su cabeza, con tus manos invisibles desde los aviones, que aferran y protegen como una promesa o un escudo un muñeco de trapo que nos da la espalda porque tiene su rostro sobre tu corazón, como si no quisiera ver o estuviera cansado o muy perdido, perdido entre los brazos como juncos de Eileen Dunne, que cuida a su muñeco como si estuvieran los dos sobre una balsa y la balsa flotara sobre el mar, el mar de Great Ormond Street sin faros ni fareros, el mar de los rescatados por manos enfermeras, de los abiertos, cosidos y cerrados, de los amputados y los estremecidos, marcados como naipes y tan solos, pensábamos hablar sobre el Apocalipsis, porque todos lo anuncian desde siempre, como si ya no estuviera sucediendo, como si se tratara de ángeles y trompetas y fragor y truenos y no de este silencio que cae como una lluvia entre nosotros, como si la catástrofe no fueran tus ojos, Eileen Dunne, las preguntas que no sabremos responder, las palabras que habrá que inventar para decirte un día cómo fue que te hicimos la guerra, que te dejamos descalza y sin muñeco en la línea de tiro, desprevenida y doblemente huérfana, sin caramelos y sin lámpara, aquí estás a la hora que es tu hora pequeña, como todas las cosas que trajimos para montar guardia, vinimos en trineo hasta Great Ormond Street, te alegrará saber que también vino Pedro, extendimos la manta y empuñamos la linterna,

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salimos hace tanto y todavía huele a estupor y sabe a pólvora y no puede amanecer, es de noche también durante el día, el día es la obra maestra de la repetición, somos expertos en la repetición que nos condena a no ser más que esto, estos huesos menudos que no aprenden, que perseveran en sobrevivir de alguna forma, buscamos el desvío y la bifurcación hasta llegar a verte, hasta entender que la única pregunta es cómo hacemos para soportarlo, por qué no hemos montado un Gran Incendio, qué tendría de malo decir no, preferimos no hacerlo, venga a nosotros tu tan frágil reino, Eileen Dunne, fuera del hospital te esperan los ponis y los perros, ellos te lamerán la cabeza vendada y dormirán tendidos a tus pies, jamás entenderemos por qué no entran los perros ni los ponis a los hospitales, en nuestro trineo cabe el que no entra, queríamos hacerte un número en colores, hace siglos que te imaginamos, por eso guardamos chocolates en la lata, de monedas ni hablar, somos tremendos, en el margen se escuchan las plegarias y las mudanzas nacen de las desposesiones, caímos en combate y en todas las trampas, fuimos de cara a todas las tormentas, los animales de tiro se alteraron, fuera de campo era la dirección, ahí estuvimos, ahí estaba Jesús (no el de los ministerios), todos sin crédito hasta Great Ormond Street, hasta el centro inasible de la imagen que nunca está en el centro, Eileen Dunne, tenemos nieve hasta en la garganta, no recordamos cómo era dormir, Shangrila tiene una forma que no está en los mapas, un fondo que es un mapa de su especie, de algún modo te hemos merecido, convocamos de urgencia lo que amamos, muy despacito todo lo que amamos vendrá a absolvernos de lo que lloramos y a emanciparnos de lo que perdimos, la soberanía es un trineo con las cuerdas cortadas, en el sitio del daño habrá una estrella, Eileen Dunne.


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Revista Shangrila nº 25

La supervivencia. Herramientas mínimas

LA SUPERVIVENCIA. HERRAMIENTAS MÍNIMAS

Coordinación: Mariel Manrique

Vimos una niña herida de guerra. Con su muñeco de trapo entre las manos y su venda en la cabeza. Nos propusieron un número sobre el Apocalipsis pero elegimos la supervivencia. Porque nunca recordaremos el final sino el trayecto. ¿Vivimos la tercera guerra mundial, librada en cuotas? ¿Nos infecta la peste del consumo, administrada por vía endovenosa? ¿Se acabó la lucha de clases? ¿Somos nativos o anfibios digitales en un mundo global de pequeños relatos? ¿Se nos murió primero Dios y después la Ideología? Como sea, vámonos. Al margen, al extremo de la pista polar. Para eso Joseph Beuys nos dio un trineo, donde cargamos las herramientas mínimas: una manta de fieltro, una lata de grasa animal, una linterna, todo anudado con tus sogas. Las sogas son tuyas, no hay viaje sin ellas.

Aquí vive Beuys con Amy Winehouse, Beckett y el arte povera, una escultora ignota de diminutas bestias de origami, las fotos de Antoine D’Ágata, los haikus de Taneda, los desharrapados de Aristakisian. Viven las obras que sobrevivieron: poemas de contrabando, mariposas en el exterminio, plegarias que no fueron escuchadas. Perros y ponis que arrastran el trineo, expedicionarios polares, alpinistas perdidos, las huellas y el sombrero de Robert Walser. Viven los sellos inhallables y las manos lentas, el juego como arma de combate. Las trampas y peligros de la modernidad, los postres que se niegan a los pobres, la traición en las crónicas, el nervio que rompe las costuras. Lo que cuesta es vivir. Aquí nos encontramos.

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La mente es la siempre hambrienta. Entrevista con Chantal Maillard

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Entrevista: Esther Peñas. Foto: Ana Cruz Oswaldo


Hay lecturas de las que uno no sale indemne. Lecturas que modifican el ángulo. Que dejan traza. Lecturas después de las cuales uno ya no es (el mismo) para ser (un tanto otro). ‘La mujer de pie’ (Galaxia Guterberg), por ejemplo, un texto que no es poesía, no es ensayo, no es novela. Es una escucha. Una voz que exige interlocutor y que se convierte, en cierto modo, en diálogo intersubjetivo. Es una reflexión sostenida llena de hilos y de husos, que sugiere, apunta, propone, insinúa. Uno no va solo por entre estas páginas hipnóticas, uno se siente acompañado a cada palabra. Su autora, Chantal Maillard (Bruselas, 1951) vuelve a conseguirlo: e-mocionar, con-mover, per-turbar, des-colocar. Ya lo advierte. Ella escribe “para que el agua envenenada pueda beberse”.


“No poder sentarse. Quedar de pie, lo justo. Herido en la base. Cuerpo sin sujeción”. La mujer de pie, ¿qué perspectiva adquiere sobre la vida?
La mujer de pie es alguien que no puede sentarse. Imagine. ¿Lo siente? No puede. Nadie se duele en cuerpo ajeno. Por eso la mujer de pie ha de ser un ejercicio de imaginación: usted es alguien que no puede sentarse. Detrás del visillo que vemos moverse en cualquier ventana puede haber un cuerpo malherido, mutilado, discapacitado o simplemente envejecido. Usted es ese cuerpo. Imagine.

Cuando uno está en el límite, como quien oye/escucha en la primera parte del libro, ¿ese límite distorsiona lo que se oye o, por el contrario, nos aclara y aporta nitidez?
En un capítulo de libro se habla de un fenómeno acústico bastante común, ese sonido agudo que muchos oímos cuando el silencio es grande. Los científicos (a quienes les gusta hablar de “síntomas” porque el síntoma lo es siempre de una enfermedad y a los científicos les gustan las enfermedades) le han dado el nombre de tinnitus. Puede que hubiésemos tenido siempre ese sonido en el oído, dicen, sin que lo oyésemos, hasta que de repente reparamos en él. El caso es que cuando reparamos en él es muy difícil dejar de oírlo. Pues bien, algo parecido ocurre con el discurso mental. Siempre está ahí, no para, pero no nos percatamos de él por la sencilla razón de que nos identificamos con lo que dice, creemos que nosotros somos quien habla. Pero no es así. Y si de repente tomamos distancia y lo oímos, ya está, no podemos dejar de oírlo.
Para situarse en el límite y no perder el equilibrio es preciso haberse distanciado del ruido mental.

“La palabra con la que definimos a una persona no es solo una palabra, sino a la vez el centro y el punto de fuga de un haz de relaciones”. ¿Con qué palabra se encuentra usted más usted, más en síntesis de sí misma?
Si me identificase con una palabra, ¿no entraría en contradicción con lo que cita? No somos, sucedemos. Y si bien una palabra es un punto y todo punto permite una cierta detención, nosotros somos aquello que se fuga, apenas una trayectoria que se modifica al contacto con otras.  El “sí mismo” es una solidificación, un nódulo de repeticiones.

Desembarazarse del ‘yo’. Una preocupación constante en sus escritos pero, ¿es posible observarse desde una conciencia despojada por completo del yo? ¿Sería sano? ¿Acaso una porción del yo no nos permite vivir?
Definamos. Llamemos yo a esas solidificaciones a las que me refería antes: ideologías, creencias, opiniones, sistemas de todo tipo. La araña-mente los construye, los adopta o, por lo general, los hereda. A partir de allí, sigue tejiendo, individual y colectivamente, y reforzando su tela allí donde advierte cualquier desgarro.
¿Que si es sano despojarse del yo? Considere: sin la identificación con el discurso mental, sin esa firme creencia en la individualidad y sus cápsulas diferenciales (personal, familiar, grupal, tribal, racial, humana, etc.) probablemente nos habríamos ahorrado las colonizaciones, las cruzadas, las guerras, la destrucción del ecosistema del que formamos parte, etc… La supervivencia de la propia especie en el reino animal nunca se hizo en detrimento de las demás especies.
La ética -y la política- aplicada empieza por el conocimiento de uno mismo. De lo contrario, seguiremos construyendo sobre aguas residuales. Un sistema ético y político acorde con estos tiempos tendrá en cuenta no las raíces ni los puntos de apoyo sino la complejidad del rizoma que formamos entre todos y su continua transformación, y esto requiere que quienes lo dicten hayan saneado el terreno de la propia conciencia.

“Todo lo que se mueve nos atrae”. ¿Quizás porque la quietud nos evoca la muerte y eso nos aterra?
Quizás. La vida es movimiento, sin duda. Pero a la mente le atrae sobre todo porque necesita alimentarse. Ella es la siempre hambrienta. Si enfoca un punto fijo se inquieta, se pone nerviosa, y termina enfocando cualquier cosa que se mueva.

Cuando uno “se sitúa en la intemperie”, ¿qué gana y qué pierde, respecto de los demás y para consigo mismo?
Situarse a la intemperie significa optar por hablar en primera persona, con la responsabilidad que esto implica. Se gana en honestidad.

¿Cuál es la linde que separa el ‘yo’ del ‘mi’?
El mí es una acumulación de gestos habituales (mentales, físicos, emocionales), pliegues que vuelven a plegarse una y otra vez sobre sí mismos. El yo es la creencia añadida de que detrás o debajo de esa acumulación hay alguien. “Escuchad: no somos”, dice la mujer de pie. “No hay nadie tras los pliegues”.

¿Es posible la disolución de quien escribe en lo escrito?
Permítame responder a esto con el fragmento de un poema de Hilos, pues no sabría explicarlo mejor: “Disolver, alguien dice. Disolver / el mí. –¿Quién disuelve? / Un disolver, tal vez. ¿En el decir? / El decir es el método”.

“El deseo es guía; la creencia, territorio”. ¿Es un binomio que parece exigirse el uno al otro. ¿En qué creer en un mundo sustentado en la apariencia?
¿Hay acaso alguna diferencia entre apariencia y realidad? ¿Podemos percibir el mundo de otra manera que mediante nuestros órganos de percepción y nuestra mente? Real… ¿qué es real? Wittgenstein decía que creemos ver el mundo pero que lo que vemos en realidad no es sino el marco de la ventana por la que miramos. Nada más cierto. A efectos prácticos, saberlo no sirve de nada, pero aún así es importante.

“El abajo no es inconsciente, es simplemente inconmensurable (…) La voz de abajo es el poema.” El abajo, ¿nos conforma de un modo más auténtico que la superficie?
La autenticidad, como la verdad, es un término comparativo. Si no hay falsedad, no hay autenticidad. No creo que esta dicotomía pueda aplicarse aquí. El abajo, la superficie, el antes o el fuera describen estados que resultan de distintas frecuencias vibratorias. La percepción del tiempo es diferente según la mente se aquiete o se acelere. En el abajo el tiempo se dilata, puede llegar a ser infinito. Lo que ocurre allí entonces es incomunicable. Si la voz del abajo es el poema es porque sólo el poema es capaz de aprehender lo inabarcable. La desaparición, por ejemplo.

“No está descrito, dice el científico. No está descrito, luego no ocurre”. ¿Qué lugar ocupa lo sagrado, el presagio, lo incomprensible en nuestra sociedad?
Lo que el sistema no neutraliza, lo margina, sencillamente. O le otorga el carné de inexistencia. Lo que no entiende la mente-araña sistémica es que todo, en este mundo, es absolutamente incomprensible, además de absurdo.

Sin los mitos que le han configurado a través de los siglos, ¿el hombre  moderno tiene futuro?
Parece que el ser humano no puede vivir sin algún mito que le explique los comienzos. Esto no sería un problema si no se equivocase de mito. Hemos elegido aquellos que fomentan la discordia. El futuro que deparan es, obviamente, el presente que estamos viviendo.

¿Qué sucede si uno, como recomienda la última línea del libro –libro como panóptico del sentir-, da un paso hacia las sombras?
Habrá que preguntárselo a la mujer de pie.

 

Aquello que se derrama. Chantal Maillard

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Hoy me encontré un saltamontes verde. Sus alas como hojas tiernas, plegadas después del vuelo. Me acerqué. Se dejó coger. Hubo un movimiento en mi pecho, algo así como agua derramada. Le señalé la hierba. No la quiso. Subió por mi brazo, subió hasta posarse en mis labios. Yo, quieta como un árbol. A salvo el corazón, o como quiera llamarse a aquello que se derrama. Luego se aposentó en el párpado: pequeñas grapas sus patas, cosiéndome la vista. Suave, amable ceguera del ojo. Por más que le indicara el camino de vuelta a tierra, no quería, el insecto, volver a ella. No sabría decir si de amor, por su parte, se trataba. Sin otro recurso, por la mía, tuve que hablarle, tuve que despedirme.

Chantal Maillard. La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015

Fotografía: Rain. Vadim Trunov

Una o muchas arañas. Chantal Maillard

Louise Bourgeois & Chantal Maillard

Chantal Maillard en el patio del museo Picasso de Málaga bajo una de las arañas de Louise Bourgeois donde ha estado impartiendo un taller de escritura creativa “Una o muchas arañas” en torno a la obra de la artista francesa. Para acompañar el evento, os dejo dos extractos como migajas de pan; el primero es sacado de su conferencia, En la traza, Pequeña zoología poemática, el segundo, de su último libro, La mujer de pie.

“… [La araña] pone en relación los puntos de referencia que escoge en su espacio y, entre ellos, teje su tela. El universo como tela mejor que como construcción. La madre araña en vez del demiurgo arquitecto. Lo prefiero. Femenizar el tópico: en vez de la producción del demiurgo, la subsistencia del insecto. El demiurgo produce, ofrece y pide cuentas; es la ideología del capitalismo. La araña segrega y reabsorbe; es la economía de la subsistencia.

Porque la araña no teje por placer, sino por necesidad. Al igual que el artista de los tiempos antiguos, la finalidad de su obra es exterior a la obra misma […]. Pero ¿quién actúa solamente por el placer de actuar sin atender al resultado? Y, por otra parte, en el caso del arte, ¿quién es la presa? ¿Quién, al sentirse atraído por la elasticidad de la trama, se acerca y se queda en ella prendido, preso? Tal vez se trate de eso que somos más allá del mí, de eso que somos todos, entre todos. todas las presas son la misma presa, reabsorbida una y otra vez por la araña. La madre araña. La gran diosa o el brahman –al que las upaniṣads comparan a una araña– que reabsorbe en sí las formas del universo, la diversidad ilusoria, los mí que somos todos en el gran escenario.

Sí, la araña, la tejedora, es, al fin y al cabo, una metáfora adecuada. El fin es exterior y propio al mismo tiempo. Nosotros somos la presa y también somos la araña, la tela y el acto de tejer.”

Chantal Maillard, La baba del caracol: 31-32. Vaso Roto Cardinales, 2014.

*

“El cerebro segrega el pensamiento como el hígado segrega la bilis”, dijo el fisiólogo ilustrado y liberal Pierre J. G. Cabanis. Algo más tarde, ya avanzado el siglo XIX, exiliado en Suiza por razones políticas, Carl Christof Vogt, fisiólogo igualmente además de zoólogo y geólogo, afirmaba: “El cerebro segrega el pensamiento como el estómago segrega el jugo gástrico, el hígado la bilis y los riñones la orina”. Pero si bien estos científicos habían utilizar el verbo “segregar” para referirse a la función cerebral, no lo habían relacionado con el proceder de la araña. De la secreción orgánica a la secreción arácnido hay una conexión metafórica, y ésta la efectuaría Nietzsche al imaginar (pues de una imagen se trata) que producimos las nociones de espacio y tiempo con la misma necesidad con que la araña teje su tela, y al definir el concepto de “Dios” como la araña imperativa que legisla, oculta tras la tela de la causalidad. ¿Habría comentado Deussen con su amigo Nietzsche aquel sutra de la Mundaka Upanishad (1.1.7) que compara el proceder del Brahman con el de la araña: “Así como la araña (aksara) segrega su hilo y lo recoge […], así el universo surge del imperecedero”? Es posible.

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Friedrich Nietzsche (Genealogía de la moral): “Hybris es hoy en día nuestra actitud para con la naturaleza, la violencia que ejercemos sobre la naturaleza con ayuda de nuestras máquinas y la inventiva sin escrúpulos de técnicos e ingenieros; hybris, nuestra actitud para con Dios, quiero decir, para con alguna supuesta araña de imperativo moral y de finalidad que se oculta detrás del gran tejido, la gran red de la causalidad –podríamos decir, como decía Carlos el Temerario en su lucha contra Luis XI: ˝Je combats l’universelle araignée˝ [lucho contra la araña universal]–; hybris, nuestra actitud hacia nosotros mismos –pues experimentamos con nosotros como no nos permitiríamos hacerlo con ningún animal y, con satisfacción y curiosidad, diseccionamos viva nuestra alma: ¡qué nos importa ya la ˝salvación˝ del alma!”

Para combatir a la araña sin caer preso en su tela es menester tomar distancia. Pero ¿cómo, a un tiempo amigo y enemigo, observador y observado, situarse para ello?

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Luis XI de Francia era apodado “la Araña Universal” por su falta de escrúpulos para anexionarse los territorios pertenecientes a la nobleza feudal con toda clase de subterfugios.

La tela de la araña nunca excede la parte del territorio que ha de abarcar para saciar su hambre, y ésta no supera la necesidad que su cuerpo tiene para sostenerse en vida. El hambre de la mente, en cambio, es sin medida.

En el año 1476, Carlos el Temerario, último duque de Borgoña, perdió la batalla y la vida al sur de Nancy contra las tropas mercenarias de Luis XI.

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Mecanismos de expansión: cursos y dis-cursos /di-vagaciones / devaneos / dis-persiones / delirios.

Estimulada con una u otra sustancia, la araña teje de modo errático. Según el estado de su sistema neurológico, así será su tela.

Taladrada por la aguja-mezcal, la aguja-benzedrina, hidrato de cloral o cafeína, sigue salivando. Saliva sin cesar.

Araña errática que errante vaga, divaga, va. Trazando patrones extraños, extra-vagantes.

La araña errática delira: se sale del surco, línea o trazo pre-tendido. Y así abre espacios no inteligibles, hermosos de tan poco inteligibles.

La belleza de lo errático consiste precisamente en el diseño alterado de la tela.

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A imagen de la araña cósmica (akṣarabrahman), la mente de cada cual segrega su universo. Elabora la red siguiendo un orden lógico aunque, más a menudo, deja que se construya por la inercia de las asociaciones y la contigüedad.

Incontinencia del órgano mental. Araña siempre despierta -nunca vigilante- ensalivando día y noche. Sin fin ni provecho.

Al final de la vida, un hilo de saliva queda detenido al borde de los labios.

Chantal Maillard. La araña / La saliva, in La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, 2015

El animal perdido en mí. Chantal Maillard

 

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Dijo Chuang tse: “Procura que lo humano no destruya lo celestial que hay en ti; procura que lo intencional no destruya lo necesario”. Lo celestial era, para Chuang Tse, esa capacidad que tiene todo ser de actuar de forma espontánea y natural, sin necesidad de someter a juicio sus movimientos. La que, por ejemplo, hace que el ciempiés pueda caminar sin tener que pensar qué pata adelantará primero. Cuando se trata de un animal, a esa capacidad la llamamos instinto, cuando de un ser humano, intuición. Cuánto menosprecio en estos términos con los que designamos lo que escapa a nuestra envanecida inteligencia. La mente (la diferenciadora) y la razón (la que ordena las diferencias) separan unas frutas de las otras y las disponen en cestos distintos para luego venderlas y sacar beneficio. Pero lo que hace crecer una manzana, el misterioso impulso de la igualmente malentendida “naturaleza” que hace brotar de la semilla la fruta que nos sustenta, esa fuerza, esa magia que a todos nos sostiene, ¿acaso logran entenderla?

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“Una marioneta nunca se andaría con melindres” escribía Heinrich von Kleist en un opúsculo sobre el teatro de marionetas. Entendía que la afectación aparece “cuando el alma (la vis motrix) se sitúa en algún punto distinto del centro de gravedad del movimiento”. Cuando la conciencia, que habría de integrarse y perderse en el movimiento, se retira y enfoca al cuerpo que se mueve, se produce un desdoblamiento: algo que de sí retrocede y de lejos atiende a aquello que se mueve, que se sigue moviendo, aunque ya “sin alma”.

Es propio de la razón pretender tomar las riendas de los actos, dirigirlos. Al hacerlo, a menudo obstaculiza el movimiento que sin su intervención se realizaría con justeza. La torpeza adviene cuando la voluntad se empeña en realizar tareas de las que la naturaleza saldría airosa sin su concurso.

El oso del relato de Kleist, además de parar todos los lances de un buen espadachín, no se dejaba engañar por las fintas; tan sólo atendía a los empeños cuya intención era dar en el blanco. Para convertir la técnica en arte, el espadachín ha de olvidar la técnica después de haberla aprendido: el artificio ha de tornarse natural; el oso no necesita dar ese rodeo. Atento a la intención, atento a la auténtica voluntad del otro y no al gesto fingido, lejos de ser una marioneta, el animal acierta. Su atención sin doblez, sin re-flexión, no desvía ni desdobla la energía que ha de estar toda entera al servicio de la acción. La “gracia” del animal, como denominaba Kleist a esta capacidad, es una integridad.

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“Amaestrar” se dice en francés élever, que literalmente significa “elevar”. El verbo también se utiliza en el sentido de “educar”. Al educar a un niño se le eleva a la condición de adulto, de la misma manera que al amaestrar a un oso se le eleva a la condición humana. Los fines ciertamente difieren (enorgullecerse del primero, burlarse del segundo), pero en ambos casos se trata de elevar al que se supone inferior haciéndole adoptar saberes o maneras de quienes se creen superiores. ¡Qué no pudiesen esos maestros elevarse al saber de las bestias y reconocer la poca valía de sus propios saberes!

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Existe una conciencia ajena tanto a la voluntad como al razonamiento que, aun oscurecida por la conciencia común, vigila. Es aquella que sabe más que tú, que te despierta del sueño si se lo pides, o te avisa en caso de peligro. No es el grillo del cuento, no es moral, no te reprende, acusa o atormenta cuando no coinciden tus actos con las normas inculcadas. Aconseja. No pongas allí las llaves, advierte la voz, endeble, inmediatamente acallada, obviada por la mente demasiado ocupada en sus quehaceres. Al día siguiente, las llaves se han perdido. ¡Si es que lo sabía!, te dices con enojo. ¿Quién o qué lo sabía? Algo de ti te avisó, claramente. Algo que sabe más que tú, que yo, ese yo ciego siempre ocupado en tareas importantes, incapaz de atender, de oír, incapaz de humildad. Algo que, al no estar entorpecido por la voluntad y el ansia, a lo mejor simplemente baraja los datos de manera más ágil. Tan irrisorios los cálculos a los que la razón alcanza.

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Dar con la palabra adecuada en el discurso siempre me ha parecido una proeza. Cuando ocurre y sale, fácil, de mi boca, nunca me atribuyo tal hazaña. Es “ello” lo que lo hace posible, justo allí, en el momento en que dejo de intentar dirigir el proceso. Ahora, al observar mis gestos: aquel, por ejemplo, con el que respondo al saludo de alguien, aquel que guía mi mano mientras escribo, aquel con que evito un obstáculo mientras camino, todos esos gestos “mecánicos”, “aprendidos”, “instintivos”, se me antojan de la misma naturaleza que aquellos aciertos discursivos. Ello es lo que procura la corrección del acto. Y a donde no acude, indefectiblemente, fallo.

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El ser humano, escribió Michel de Montaigne “se atribuye cualidades divinas, se elige a sí mismo y se separa de la multitud de las demás criaturas, divide las raciones para los animales, sus congéneres y compañeros, y les reparte la posesión de facultades y de fuerzas que a él le parece. ¿Cómo conoce, mediante el esfuerzo de su inteligencia, los movimientos internos y secretos de los animales? ¿De qué comparación entre él y nosotros deduce la necesidad que les atribuye?”

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Cicerón coincidía con Platón en la idea de que lo que diferencia a los humanos del resto de los seres vivos es la memoria, una memoria infinita. Hay en todos los seres, en efecto, una memoria infinita que conserva el recuerdo, la huella, de las primeras moléculas que formaron las galaxias. Todos los estados de la materia están presentes en el código de cada ser que vive. Y no, no es ella la que nos diferencia de las demás especies. Ningún infinito nos distingue, sino esa costumbre estéril que tiene lo mental de adherirse a sí mismo invitándonos a contemplar una y otra vez su personal historia, con la que teje sobre el Antes la red tupida del olvido. Homo sapiens obliviosus es la fórmula con la que nos define Michel Serres.

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Cuánta literatura empeñada en adornar los impulsos que, no obstante, compartimos con el resto de los seres. Cuánta necesidad de creer que nuestra voluntad es lo que guía nuestros actos. Hablamos de sentimientos para dignificar en nosotros las pulsiones que en el animal consideramos instinto. ¿Por qué no dignificar al animal, su inocencia al seguir sus impulsos, la destreza del gesto no interferido por el juicio? Dignifiquemos la naturaleza, si es que necesitamos que algo sea digno. El juicio y el razonamiento no son sino la habilidad defensiva que el más desvalido de los seres adquirió en el periplo; y la autoconciencia, una desdichada consecuencia de su extralimitación.

En cuanto a la vida: el ciclo del hambre y su tormento, no habrá conciencia libre que ante ella no sea presa de la más honda indignación.

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En la mano, el animal que llevo dentro. Sin segundas intenciones, inmediato, confiado, brutal si llega el caso, pero tierno, amable siempre incluso cuando muerde. El animal está en la mano. La mano que me dice antes que yo. Terminación del gesto y del aliento que prolonga mi cuerpo todo entero, me prolonga. En unas ocasiones apoya el decir y lo despliega; en otras mitiga su gravedad. La mano es mi animal interior.

Chantal Maillard. La mujer de pie. Ed. Galaxia Gutenberg, 2015

Photo: © N. Nikita


 

 

H. D. Thoreau: el río de las contemplaciones

Viñeta del dibujante A.Dan en el Libro-Comic sobre Henry David Thoreau

En este artículo se comentan los siguientes libros de Henry David Thoreau: “Musketaquid”, traducido por Miguel Ros González y publicado por Errata Naturae; “El Diario”, traducido por Ernesto Estrella para Capitán Swing; “Thoreau. Biografía esencial”, de Antonio Casado da Rocha (Acuarela & A. Machado) y “La vida sublime”, cómic con textos de Maximilien Le Roy e ilustraciones de A. Dan. Ha sido publicado por Impedimenta.

Las viñetas que ilustran este texto pertenecen al libro “La vida sublime”.

41XQwGHWkcL._    Viñetas A. Dan en libro-comic Thoreau - La vida sublime (2)   51OxQ7XL1JL._   9788477742166

Por Emma Rodríguez. En este enlace encontraréis el artículo completo: http://lecturassumergidas.com/2014/03/28/el-rio-de-las-contemplaciones-henry-david-thoreau-ii_/

“De nuevo quise volver a Thoreau y hacerlo como la primera vez, totalmente libre de ideas preconcebidas. De nuevo quise recobrar el asombro de antaño ante una obra pródiga en deslumbramientos. Si me dieran la oportunidad de viajar en el tiempo, de visitar una época, un lugar, no lo dudaría: Concord (Massachusetts) en los tiempos que allí vivió el autor de “Walden”, a mediados del siglo XIX. Si un geniecillo salido de una lámpara mágica me diese la oportunidad de pedir un deseo, ese deseo sería poder realizar un paseo por el río en su compañía, charlando sobre los peces y los pájaros, sobre las inconsistencias de las cosas del mundo y ese prodigio del mero hecho de existir que tanto nos suele pasar desapercibido.

Henry David Thoreau es un río en sí mismo, un río caudaloso, imposible  de domesticar. Son tantos los trechos a los que conduce, son tantos los secretos que guardan sus aguas, serenas unas veces, agitadas otras, que no nos cansamos de seguir su curso, confiados en encontrar esos incomparables destellos de verdad, esa energía necesaria para enfrentarnos a unos tiempos tan fronterizos, tan turbulentos, como los que él vivió. Muy presente la imagen del hombre solitario en su cabaña en el bosque que protagoniza el célebre “Walden”, muy cerca de la actitud rebelde de quien no se sometió a las reglas de la sociedad de su tiempo y alentó la “Desobediencia Civil”, título de una obra que hoy sirve de brújula a ciudadanos desesperanzados y escandaliza a políticos que cierran los ojos ante el dolor ajeno, me dispuse a abrir otras rutas, a acercarme a recodos para mí aún inexplorados.

 Atenta a los reflejos que las aguas del río me iban devolviendo, me fui encontrando con todos los posibles Thoreau. Saludé al amante de la naturaleza y precursor de los movimientos ecologistas y también al pionero del activismo, que no dudó en negarse a pagar impuestos y defendió a los esclavos del yugo de sus amos, pero, sobre todo, pude observar más de cerca al hombre despegado de su leyenda, y al poeta.

Viñeta del dibujante A.Dan en el Libro-Comic sobre Henry David Thoreau

 El punto de partida no podía ser otro que “Musketaquid”, la bellísima narración que acaba de publicar por primera vez en nuestro país Errata Naturae y que da cuenta del viaje que Thoreau emprendió en compañía de su hermano John siguiendo las corrientes de los ríos Concord y Merrimack. Fue ese apasionante paseo en barca el que me llevó a querer saber más y me abrió las puertas al imprescindible “Diario” de este hombre múltiple, compilación realizada por Capitán Swing, y a la deliciosa “Biografía esencial” de Antonio Casado da Rocha (Acuarela & Antonio Machado). Todo ello acompañado de “La vida sublime”, un fabuloso cómic, con textos de Maximilien Le Roy y dibujos de A. Dan, que Impedimenta ha puesto en las librerías y que es una oportunidad magnífica para iniciarse en Thoreau, para acercarse a sus claves, para contagiar a los más jóvenes su amor a la naturaleza y su saludable negativa a aceptar las injusticias y a obrar dignamente en cada momento, aceptando las propias contradicciones y huyendo de las mentiras institucionalizadas. […]

Si algo llama la atención desde un principio en “Musketaquid”, denominación que los pobladores indios dieron al río Concord y que alude a su cualidad “herbosa”, es la poesía que emana de sus páginas, esa capacidad del viajero Thoreau para buscar los significados ocultos tras la hojarasca de la vida, algo también perceptible en “Walden”, que llegó después y que sin duda bebe de los descubrimientos de esta primera incursión. En manos de Thoreau el lenguaje se aclara, se vuelve agua, se confunde con la corriente del río que lo lleva. Y de las manos, de lo que toca, al corazón que siente y a la mente que va desplegando los frutos de su discernimiento. “¿Quién escucha a los peces cuando lloran?” se pregunta el Thoreau poeta, invitándonos a despertar nuestros sentidos aletargados y a disfrutar de las maravillas del entorno. […]

Thoreau reconoce el anhelo de su naturaleza “hacia todo lo salvaje”, se pregunta qué tiene él que ver con los arados y sigue argumentando: “La jardinería es cívica y social, pero carece de la libertad del bosque y el forajido (…) Hablamos de civilizar al indio, pero ésa no es la palabra que le conviene. A través de la independencia cautelosa y la discreción para la vida en los bosques, conserva su relación con sus dioses originales, y de cuando en cuando se le permite establecer una relación excepcional y peculiar con la Naturaleza. Parece beneficiarse de una protección de los astros desconocida en nuestros salones”.

Viñeta del dibujante A.Dan en el Libro-Comic sobre Henry David Thoreau

 Hay motivos de sobra para admirar a Thoreau: su filosofía, su originalidad, sus experiencias, su compromiso con los conflictos de su tiempo, su desprecio de los pretenciosos, de los sumisos, de los que anteponen el tener al ser. Y también: su espíritu contemplativo y a la vez combativo, el ímpetu de una obra de fuerte carga espiritual y literaria, sin dejar de lado el combate, sin temor a inmiscuirse -cuando tocaba- en los agrios asuntos de la política. “Resulta que no quiero que se me asocie con Massachusetts, ni con la posesión de esclavos, ni con la guerra de México”, dejó dicho.

Hay en este naturalista, agrimensor, hacedor de lápices en el negocio familiar, conferenciante, amante de la soledad, pero también de la buena conversación, rico en saberes y convencidamente pobre en posesiones, un gran conocimiento de los mitos, de los poetas y pensadores clásicos. Hay en él una profunda identificación con las creencias y filosofías orientales.”Aquellos sabios orientales pasaron infinidad de años y edades divinas contemplando a Brahma, pronunciando en silencio el místico “Om”, siendo absorbidos en la esencia del Ser Supremo, sin salir nunca de ellos mismos, sino adentrándose más allá y con más profundidad en su interior…”, sigo sus palabras. “La filosofía oriental se acerca sin problemas a temas más elevados que aquellos a los que aspira la moderna”, dice en otro momento, valorando el arte de la paciencia y de la contemplación.

Viñeta del dibujante A.Dan en el Libro-Comic sobre Henry David Thoreau

“A fin de cuentas, ¿en qué consiste el carácter práctico de la vida? Las cosas que hay que hacer de manera inmediata son harto triviales, y podría posponerlas todas para oír cantar a este grillo. El hecho más glorioso de mi experiencia no es algo que he realizado o que deseo poder hacer, sino un pensamiento, una visión o un sueño efímero que he tenido. Cambiaría toda la riqueza del mundo, y todas las gestas de los héroes, por una sola visión verdadera. Pero, ¿cómo puedo yo, fabricante de lápices en la tierra, comunicarme con los dioses sin convertirme en un loco?”, decido guardarme, tener muy presente este mensaje que llega a mí a través del cauce de un río subterráneo, misterioso. […]

Leer sus anotaciones en el transcurso de los días produce en mí un efecto benefactor, desintoxicante. A través de la mirada fresca, de las palabras transparentes de Thoreau, puedo trasladarme a otros paisajes, abandonar la ciudad convulsa, llenarme los pulmones de aire fresco. Este volumen, tan intenso, tan lleno de las verdades que su autor se fue encontrando en el camino de la vida, es una compañía a la que sé que voy a recurrir con frecuencia. “Todo en la naturaleza nos enseña que la extinción de una vida es lo que abre espacio para la aparición de otra”, subrayo estas líneas, esta esclarecedora explicación sobre lo que muere y renace.

Estos apuntes, impresiones, comentarios, referencias, destellos de poesía, son, en cierto modo, el pozo del que el escritor extrajo el agua que riega toda su obra. La veneración por los indios, desarrollada en “A week” -“Musketaquid”- está aquí. “Más allá de los poetas perseverantes, el indio ha sido del todo olvidado”, apunta. “Le tengo bastante simpatía al indio y a los cazadores. Me parecen gente distinta y del todo respetable, nacidos para deambular y cazar, no para ser inoculados con el crepúsculo de civilización del hombre blanco”. […]

Viñeta del dibujante A.Dan en el Libro-Comic sobre Henry David Thoreau

“El Diario” se puede leer de una tirada, en distintas jornadas, pero también es una de esas entregas que se prestan a que abramos sus hojas cada día al azar, a ver qué nos encontramos. Pruebo a hacerlo, a detenerme en cada una de las piezas que me salen al paso. […]

 “Una ola de felicidad fluye sobre nosotros como sol sobre un campo”, anotó Thoreau el 7 de agosto de mediados del siglo XIX y ahora, casi dos siglos después, llega a mí como recién nacido. Sus apuntes, reflexivos muchas veces, impresionistas o trazados en ocasiones a la manera de aforismos, funcionan como pequeñas lecciones para afrontar el día a día, para sentir el paso del tiempo sin aspavientos, con la mirada serena.

“Me siento dichoso. Me encanta mi vida. Mi calidez se extiende a toda la naturaleza alrededor”, dice en otro momento en el que percibe haber sido premiado por los dioses “por saber esperar la llegada de horas mejores”. Thoreau habla de sus emociones, de sus estados de ánimo, de su yo, pero también se dirige en numerosas ocasiones al nosotros. Nos dice que “por lo común, no vivimos nuestras vidas con plenitud”, que “no llenamos de sangre todos nuestros poros”, que “no inspiramos y expiramos lo suficientemente a fondo, como para que la ola -grande o pequeña- de cada inspiración ruede hasta que se encuentra con la arena que nos limita, rompiendo contra nuestras costas más lejanas y devolviéndonos el sonido del oleaje”. “¿Por qué no nos abandonamos a la inundación, abriendo las compuertas, poniendo todas nuestras ruedas en movimiento?, nos pregunta. Probemos a hacerlo. Sintámonos dichosos con Thoreau. Abramos la ventana para que penetre el aire fresco, renovador, de la vida que no renuncia a expandirse.

Poema, poíesis y pensamiento. Chantal Maillard

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Estos extractos están publicados, con algunas variaciones, en La baba del caracol (Ed. Vaso roto, colección de bolsillo Cardinales, 2014). Os remito a su lectura ya que el séptimo apartado del capítulo que nos ocupa, El pájaro. Variaciones sobre poesía y pensamiento, titulado La calma y L’ éveil, no viene aquí recogido.

Recuerdo que, en un programa televisivo, a un periodista (creo que era Víctor Amela) que sacaba a colación su verso “escribo para que el agua envenenada pueda beberse”, Chantal le respondió, con su habitual nitidez,  “en la infancia, y aún en la adolescencia, el agua todavía era clara, luego fue envenenándose…”. Se refería al agua del lenguaje que con el paso del tiempo fue enturbiándose hasta envenenarnos con su falseada retórica. En estas delicadas y deliciosas páginas, Chantal procura aclarar de nuevo la charca, ateniéndose a las definiciones de los términos, e invitándonos luego a traspasar los cercos, hacia nuevas comprensiones, abriendo brecha sobre el fuera, el fuera del lenguaje, ahí donde el pájaro, donde lo común, lo animal… antes de ser habla… Ahí donde el canto, a veces, entona aquella inocencia…  Ahí donde “Lo que el pájaro bebe en la fuente / y no es el agua”…

1. EL PÁJARO

La preocupación por las diferencias es algo congénito en el pensamiento occidental. Pertenece a la visión científica, que convierte el mundo en experimento. Aplicamos el método hipotético-deductivo a todo lo que se nos presenta. Lo cual no deja de tener cierta gracia cuando el pensamiento la emprende consigo mismo.

Pensemos pues el pensamiento. Pensémoslo en la filosofía y en la poesía; el pensamiento está sin duda presente tanto en la una como en la otra.

La filosofía: el punto de partida de la ciencia, el método o la manera de habérselas con el lenguaje para lograr conclusiones a partir de definiciones. Acotando, pues. Delimitando.

El poema: aprehensión de lo-que-hay, en un modo. Infringiendo los límites. / La poesía (poíesis): el conjunto de modos y maneras (amaneramientos) de la aprehensión. La preocupación «poiética» es la de cómo mostrar el qué que le pertenece al poema.

(Entre el modo y la manera, ambos sinónimos de «forma», hay, tal como aquí quiero emplear los términos, una diferencia: el modo es musical, la manera, no necesariamente).

¿Y el pensamiento? El pensamiento, por supuesto, atraviesa todas las elaboraciones lingüísticas, salvo la repetición (como manera) o la letanía (como modo). ¿Cómo no iba a ser así?

Con respecto a esta discusión viene al caso aquel pájaro filosófico que Juan Miguel Palacios nos ponía de ejemplo en sus clases de Ética. El que lee filosofía, decía, hace como el pájaro cuando bebe: toma un buche de agua, levanta la cabeza, traga y, así, sucesivamente. Así también el lector de un ensayo lee un párrafo, levanta la cabeza, entrecierra los ojos un momento y luego vuelve al libro. Me acordé de aquello mientras leía porque me sorprendí realizando aquel mismo gesto del pájaro. Levantar la cabeza, con los ojos cerrados, y volver al agua. Pero, lo curioso es que, esta vez, no estaba leyendo un ensayo, sino unos pequeños poemas aforísticos. Así que me pregunté si, siendo el gesto el mismo, no habría de ser lo mismo también lo que aconteciera en la lectura de un ensayo y en la de un poema. ¿Acaso no tendría lugar, en ambos casos, un mismo acto de comprensión? Un cierto paladeo y… algo cae. Algo que se filtra antes de asentarse en la conciencia. Una comprensión… Pero, ¿qué es la comprensión?

2. EL CERCO

La comprensión es un acuerdo entre el material (ideas, frases, párrafos) que se nos ofrece y el material que llevamos ya incorporado (ideas, frases, etc. a las que hayamos dado sentido) y al que protegemos. Lo comprendido es lo que poseemos, lo conocido, cuyo conjunto procuramos mantener dentro de un cerco. Pero hay palabras, frases, ideas, y también imágenes que no nos pertenecen y que irrumpen de repente, como intrusos, en el cerco. Los que habitan dentro del cerco los huelen, los palpan, los empujan, los ponen a prueba y, si resisten, puede que los acepten. Cuando esto ocurre, algo se transforma dentro del cerco. El color, por ejemplo, porque el intruso llevase ropas azules, o amarillas que, al lavarlas junto con las demás, hubiesen desteñido, modificando el color de todas ellas. Entonces, al ver el resultado, nos maravillamos, hablamos de «descubrimiento» o incluso de «iluminación», en cualquier caso, de comprensión.
La palabra berebere provoca esa comprensión. Los bereberes no tienen fronteras, no están dentro de ningún cerco.

En el puesto de aduana de la frontera entre Siria y Jordania, he visto como al berebere se le deja pasar sin presentar pasaporte. No tiene ninguno, porque no pertenece a ningún país; su patria es el desierto y el desierto no tiene más fronteras que sus propios confines. El berebere es un nómada que pasa las fronteras llevando cosas de un lado a otro de las mismas. Así, la palabra berebere traspasa los cercos, importa y exporta (al fin y al cabo, la comprensión no es sino el resultado de la agitación de los materiales) y, de esta manera, procura comprensión al lector que sea, igualmente, de alguna manera, berebere.

3. VERTICALIDAD Y HORIZONTALIDAD: LOS PAISAJES DEL CERCO

Pero no somos pájaros, y el agua que bebemos, la que degustamos, no es natural, es agua «tratada». El lenguaje que expresa el pensamiento no es palabra cotidiana, no es la voz que designa sin paráfrasis, la voz útil. El lenguaje tiene formas; son los paisajes del cerco.

¿Qué tipo de forma es la de la poesía, cuál, la de la filosofía? ¿Qué paisajes le ponemos de salvapantallas al cerco nuestro? ¿Qué diferencia existe entre poesía y filosofía?

El modelo filosófico es vertical; el poético, horizontal.

Hipótesis, deducción… silogística. Para hablar filosóficamente, trazamos un eje vertical. Desde unas premisas, desarrollamos y concluimos. Siempre los mismos parámetros. De lo universal, a lo singular, o viceversa. Remontando de la especie al género y descendiendo, a la inversa. Es el modelo del árbol de Porfirio. Toda definición procede arbóricamente.

Pero la filosofía no es un simple eje. Generalmente es un árbol, y ese árbol tiene ramas. Ramas que se extienden horizontalmente o, mejor incluso, oblicuamente. Entonces es cuando el discurso filosófico se vale de imágenes, metáforas que ayudan a la comprensión del discurso (como lo estoy haciendo ahora desde la verticalidad de este discurso). Cuanto más depurado de imágenes, cuanto más ciprés, más filosófico o más científico será el discurso (no olvidemos que la filosofía, en Occidente, se convirtió en ciencia en un momento dado de su historia). Cuanto más frondoso, en cambio, más se aproximará a la poesía. La prosa poética es un roble, o un castaño, o un tilo. También puede ser un sauce, la firmeza y la dirección de las ramas pudiendo servir para seguir elaborando con la metáfora en el sentido que se prefiera.

La prosa poética es una cruz, o cruceta. Vertical, como el tronco de un árbol, y horizontal, como el ramaje.

La poesía expande su material de otra forma. Es poíesis. Otro arte: otro hacer con la palabra. La poesía no es un árbol, tampoco un simple horizonte, sino una planicie, un horizonte expandido. En la planicie, se forman redes, conexiones, rizomas. A veces, por supuesto, en una encrucijada, o en algún terreno virgen, hay algún árbol o, incluso, un pequeño bosque. Cuanto más boscosa sea la planicie, más se acercará a la filosofía. Un poema vertical (arbórico) es un poema filosófico.

Resumiendo, de modo parecido a lo que ocurre con la cuerda que se tensa entre realismo e idealismo (los dos extremos de una concepción de la realidad), que cuanto más en un extremo nos situemos, más radicales seremos y cuanto más al centro, más moderados, así también entre la actitud filosófica y la poética, extremos del pensar cuya cuerda es, evidentemente, el lenguaje.

4. LA BRECHA

Ni el hacer filosófico ni el poético, sin embargo, obtendrán resultados dignos de mención si no son capaces de abrir una brecha. El intruso ha de efectuar una transformación en el cerco, dentro de alguno de los cercos. Toda palabra que no pertenezca al decir ordinario ha de poder hacerlo, y de tal manera que el habitante del cerco asuma aquel verso de Paul Celan: «Digas la palabra que digas– / agradeces / el deterioro».

No hay nada trascendente en ello. A un cerco le sucede otro cerco, y así sucesivamente. Un cerco abriendo sobre otro cerco, la palabra nómada exportándose e importándose de uno a otro más o menos frágil, más o menos sólido.

A veces, no obstante, hay brechas que no abren sobre un cerco, sino directamente sobre el fuera.

¿Qué es el fuera? Por el momento, contentémonos con decir que se trata del fuera –de los límites– del lenguaje. Esos mismos límites necesarios para que haya brecha.

5. FUERA

¿Qué bebe el pájaro? Es ésta una pregunta importante. En los modelos a los que he aludido, hay pensamiento. Amanerado o modulado. Pero, ¿es pensamiento lo que bebe el pájaro?

No creo que sea determinante la respuesta acerca de las formas de disponer las palabras. Poesía y filosofía son métodos para el acercamiento. Definir y cercar: en todo caso, elaborar los límites. Y laborar en los límites.

La pregunta por lo que bebe el pájaro apunta más allá de ellas, de su formato por supuesto, pero también del conocimiento que creemos obtener y que suele quedar reducido a su expresión.

Lo que bebe el pájaro, lo encontramos en pequeños indicios, muchos de ellos cotidianos, y en grandes sucesos también si sabemos eliminar de ellos su grandiosidad. Lo que bebe el pájaro, lo que quisiera beber, es lo que acontece sin que medie en ello razón alguna. La razón siempre trabaja con atención a unos resultados, ya sea en el uso cotidiano que hacemos de la misma, ya sea en su trazado arbórico, ya sea en la planicie.

Lo que bebe el pájaro, digamos que es una estela, un trazo. El pájaro lo reconoce porque está dispuesto. Sediento. El berebere, ahí, no tiene función alguna. Se trata tan sólo de un reconocimiento. No el que la memoria proporciona, no, ése no.

–Reparo en el movimiento «inconsciente» que Gilles Deleuze efectúa mientras habla 1. Rítmicamente, un dedo presiona otro. Él no se da cuenta. Él habla. Responde. Sin darse cuenta, algo de él encuentra la manera de traducirse en gesto y acompañar así, con el cuerpo, rítmicamente el habla. ¿Qué es eso que halla la vía? ¿Qué es aquello que se manifiesta? –

Tengo los pies descalzos sobre una toalla. Advierto, sin mirar, que hay una diferencia de medio centímetro entre el suelo y el doblez de la toalla. Me doy cuenta de ello. Se trata de una percepción. Para que una percepción se dé, ha debido ponerse en marcha la inteligencia. Todos nuestros saberes, nuestros aprendizajes están ahí reunidos y las neuronas, listas para realizar, en un instante, una operación comparativa.

La percepción del medio centímetro de «diferencia» es una deducción, aparentemente inmediata, que ha requerido de una operación comparativa. No ocurre así con el gesto de Deleuze. En la percepción hay un acto de conciencia. En aquel gesto, no. Se trata de un gesto al que decimos «inconsciente». Sin embargo, significa algo. Si Deleuze dejase de atender a lo que está diciendo y reparase en él, ¿qué pasaría? ¿Dejaría de hablar? Probablemente, pues la atención, desviada de su objeto hacia otro objeto interrumpiría algo. ¿Qué interrumpiría? El habla, y el gesto. También el gesto se interrumpiría. Se interrumpiría el flujo. El gesto y el habla es el mismo fluir. El filósofo, todo él, está proyectado en el habla. Lo está con una temperatura media, la que le permite el deterioro de su persona, su edad avanzada, el interés relativo que probablemente tenga ya, para él, aquella entrevista filmada. De ahí el gesto.

Lo que bebe el pájaro es ese flujo, esa corriente, antes de ser habla, antes de ser gesto.

En la brecha.

En la brecha, una abertura. ¿Hacia donde, hacia qué? Fuera. ¿Qué es el fuera?

(…/…/…)

El fuera es lo común, lo que a todos pertenece, lo animal. Fuera es la inocencia. La de todos. Porque fuera no hay yo, no hay alguien.

Un poema es una señal de la inocencia.

De esto, más no hablaré por ahora.

—————

1 Gilles Deleuze en una entrevista grabada en DVD (L’abécédaire de Gilles Deleuze, Éditions Montparnase).


Gansos Salvajes. Mary Oliver

  ganso

 

No tienes que ser buena.

No tienes que caminar de rodillas

cien kilómetros a través del desierto, arrepintiéndote.

Sólo tienes que dejar que el animal suave de tu cuerpo

ame lo que ama.

Háblame de desesperanza, la tuya, y yo te contaré la mía.

Mientras tanto el mundo continúa.

Mientras tanto el sol y los guijarros claros de la lluvia

avanzan a través de los paisajes,

sobre praderas y árboles profundos,

las montañas y los ríos.

Mientras tanto los gansos salvajes, altos en el aire limpio y azul,

se dirigen nuevamente a casa.

Quienquiera que seas, no importa cuán solitaria,

el mundo se ofrece a tu imaginación,

te llama como los gansos salvajes, duros y apasionantes –

una y otra vez anunciando tu lugar

en la familia de las cosas.

 

(De Dream Work, “Trabajo de ensueño”, 1986, traducido por Sara Torres)

 

Wild Geese

You do not have to be good. / You do not have to walk on your knees / for a hundred miles through the desert, repenting. / You only have to let the soft animal of your body / love what it loves. / Tell me about despair, yours, and I will tell you mine. / Meanwhile the world goes on. / Meanwhile the sun and the clear pebbles of the rain / are moving across the landscapes, / over the prairies and the deep trees, / the mountains and the rivers. / Meanwhile the wild geese, high in the clean blue air, / are heading home again. / Whoever you are, no matter how lonely, / the world offers itself to your imagination, / calls to you like the wild geese, harsh and exciting- / over and over announcing your place / in the family of things. 

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Mary Oliver. Fotografía de Rachel Gleese.

Poeta norteamericana nacida en Cleveland, Ohio, en 1935, ganadora de varios premios muy reconocidos, entre ellos el Premio Puilitzer en 1984 por su libro American Primitive. Comenzó a escribir poemas a los 14 años y a los 17 visitó la casa de Edna St. Vincent Millay, donde conoció a Norma, hermana de la poeta y se volvieron grandes amigas, ayudando a ésta a organizar los últimos papeles que Edna había dejado. Su primera colección de poemas, No Voyage and Other Poems, fue publicada en 1963, cuando ella tenía 28 años. Influenciada por Whitman y Thoreau, es conocida por sus observaciones claras y conmovedoras del mundo natural. Su creatividad es alimentada por la naturaleza, y Oliver, una ávida caminante, a menudo encuentra la inspiración cuando sus pies están en movimiento. Sus poemas están llenos de imágenes que vienen de sus paseos diarios cerca de su casa.

3 poemas de Mary Oliver traducidos por Sara Torres en la revista Kokoro

http://revistakokoro.com/MaryOliver.html

Entrevista a Chantal Maillard: “Respecto al ser humano, ya me queda muy poca compasión”

La autora presenta hoy en la Feria del Libro de Málaga su nuevo libro de poemas, ‘La herida en la lengua’.

Pablo Bujalance Málaga |  07.05.2015

friso-chantalemaillard              La escritora Chantal Maillard (Bruselas, 1951)

La conversación comienza con un apunte autobiográfico: el último domicilio que mantuvo Chantal Maillard (1951) en su Bruselas natal se encontraba a apenas dos calles del que cincuenta años antes había habitado Henri Michaux, otro belga “que se enfrentó a los belgas y que también se fue de Bélgica”. La herida en la lengua (Tusquets) es el último libro de poemas de la autora, que hoy a las 20:30 lo presenta, acompañada de Aurora Luque, en el Palmeral de las Sorpresas, dentro de la Feria del Libro de Málaga; ciudad en la que, por cierto, Maillard mantiene su residencia, a pesar de todo.

-En uno de los primeros poemas de La herida en la lengua escribe: “Descuidado de sí / por un instante / el yo / rodando va que mengua / hacia su centro”. Sin embargo, el libro se va abriendo a partir de aquí, como el campo visual en un plano cinematográfico, hasta abarcar el nosotros. ¿Es imposible entonces escribir sobre el yo sin tener en cuenta el nosotros?

-Sí, el libro va por ahí. Esa apertura se da. La primera parte es más personal. Luego, con una transición que cuestiona el yo, se expande, efectivamente, para fusionarse con la experiencia de un nosotros. Esto es algo distinto, en este libro, de la universalización que todo poema y toda obra de arte de por sí, según entiendo, debe lograr. Los otros vuelven a formar parte de la historia, como en Matar a Platón. Ha habido entretanto unos años de repliegue. Pero era hora de volver a la superficie. De nuevo hay acontecimiento, pero el escenario es mucho más amplio.

-Así que el reconocimiento del yo pasa en el libro por la asunción del dolor de los otros, de la Historia y sus demonios.

-Bueno, lo curioso es que te das cuenta de que el yo personal desaparece en el nosotros. Tú te referías antes al centro: en ese centro estamos todos. Cuando el yo alcanza el centro, mengua, incluso puede que desaparezca y empiece a serlo todo. Desde ahí, por supuesto, se habla mejor. Claro que eso no siempre sucede.

-¿Podemos entender la desaparición del yo como una experiencia de libertad?

-Depende de lo que entiendas por libertad.

-El descanso de uno mismo.

-En ese sentido, sí. Pero no sería tanto libertad como liberación.

-Hay en La herida en la lengua una referencia al episodio de Nietzsche con el caballo de Turín, y en otro poema un verso muy nietzscheano: “No nos enseñaron a desconfiar de los buenos”. ¿Cómo se puede aprender esto?

-La bondad a la que me refiero es la conformidad con un determinado código moral. Como cualquier valor moral -es decir, como valor de tribu- la bondad se concreta en determinadas pautas de convivencia, y si éstas no cuestionan se vuelven dogmas a los que hay que defender. Los buenos son los que comparten nuestros valores, nuestros juegos, nuestros saberes. Los buenos somos nosotros.

-Pero al hablar de los buenos me acordaba más bien de la advertencia que hacía Nietzsche contra los lobos que se disfrazan no de corderos, sino de pastores.

-Claro. Las películas de Hollywood nos han enseñado que los buenos son los vencedores. Y los vencedores son aquellos que mantienen el cerco territorial contra todo lo que es diferente, lo que viene de fuera. El otro, en definitiva. Los buenos somos los que estamos dentro de los límites, el prójimo es el próximo. El diferente es el que está fuera. La bondad, esta bondad de la que hablamos, fortalece esos límites. En nombre de la bondad se han infligido las mayores violencias.

-En el libro, los poemas más cercanos al yo son breves y aparecen fragmentados, casi silábicos. Los que abordan el nosotros, por el contrario, adoptan a menudo la prosa con una mayor intención lingüística. ¿Qué podemos concluir de esta correspondencia?

-El lenguaje acompaña. La verdad es que no lo había pensado así, no es premeditado. Pero en el libro ocurre. El lenguaje menguante está presente en los poemas más personales, y cuando el yo se abre al nosotros se hace más prosa. Pero es que la prosa es el lenguaje de la comunicación, donde los yoes se comunican. En lo que yo llamo el abajo no hay comunicación: la experiencia del abajo es un plano solitario, y hay que llevar eso a la superficie para que pueda comunicarse. La última parte del libro es una vuelta a la superficie, donde la comunicación se da. También se pierde algo, hay una simplificación de la experiencia cuando el abajo es infinito.

-¿Como un peaje inevitable?

-Sí. Toda expresión es una limitación y una pérdida.

La herida en la lengua incluye varias ilustraciones del artista David Escalona, con el que ha trabajado en varios proyectos. ¿Se siente tentada por la imagen como sustituta de la palabra?

-Sí. Ojalá supiese pintar. Es más amplio que la palabra, la palabra limita mucho más. La imagen me parece un camino más fácil, más inmediato. Pero con el dibujo me sucede algo extraño: durante un tiempo me puse a dibujar y lo que aparecía resultaba ser una premonición de algo terrible que iba a suceder y que finalmente sucedía. Desde entonces le tomé mucho miedo a dibujar. Pero sí que me habría gustado. Entiendo perfectamente a Michaux, a veces él se aferraba a la pintura como necesidad absoluta de una expresión más viva y más plena. La escritura no era suficiente ni correcta para lo que quería expresar.

-¿Y la música? Su obra es especialmente sonora al oído.

-Yo empecé a escribir cantando. Antes que poemas, escribí canciones, y últimamente he vuelto, más que a cantar, a entonar. Es distinto. El lugar de donde proviene la entonación es anterior, es un afuera. El canto tiene lugar ahí, en ese afuera. Y el que tiene acceso a ese lugar trae cosas anteriores, que hemos olvidado y que se traducen en esa entonación. El poema es ante todo una entonación a la que ponemos nombre a través de palabras. Y las palabras no siempre son justas, es más, casi nunca lo son. Pero es una manera de equivocarnos, no podemos evitar caer en el error si queremos comunicar.

-En alguna ocasión la he escuchado referirse a la poesía como algo distinto de la literatura.

-La poesía es literatura, el poema no.

-¿Y qué es, entonces, el poema?

-Hay una diferencia entre poesía y poema en cuanto a que la poesía es poiesis, una construcción. Es una técnica de la escritura, y como tal forma parte de los géneros literarios. Cualquiera puede hacer poesía, porque cualquiera puede aprender a hacer versos de cualquier asunto. Pero el poema necesita otra cosa, porque es otra cosa. El poema es algo que encuentras, no vas a buscarlo. Es como cuando vas un día de lluvia por el bosque y encuentras un caracol. Si coges el caracol y lo pones en tu mano sientes su traza húmeda. Pues bien, algo parecido a esto es un poema: lo encuentras y sientes una traza que luego queda luminosa cuando le da el sol. La baba del caracol es lo que queda del poema. No sé decirlo mejor, Derrida hablaba de un erizo, pero yo prefiero el caracol.

-Volviendo a La herida en la lengua: “Mientras tanto, Europa, la esclarecida Europa, / duerme como aquel monje su sueño de / trescientos años oyendo cantar a un pájaro. / Otros pájaros, oscuros, habrán de despertarla”. ¿Será peor despertar?

-Europa se ha inventado sobre todos los muertos y todos los crímenes, sobre todos los territorios expoliados. No hay una nación europea, creo, y si las hay son pocas y pequeñas, que no haya crecido a partir del expolio, de América, de África y de Asia. No hay un lugar en el mundo donde no se haya plantado la bandera de un país europeo, y nuestro bienestar se ha forjado sobre la miseria de los otros. Ahora, como última colonización, exportamos a los territorios que habíamos conquistado ese bienestar que los otros no pueden pagarse. Es terrible sentirse parte de esto, sentirse heredero de un expolio que mantiene todavía hoy unas consecuencias desastrosas. Porque no ha terminado. Más bien, todo lo contrario. De todas maneras, ni confío en el ser humano ni creo en su bondad. Respecto al ser humano, ya me queda muy poca compasión. Tan sólo del animal que hay en nosotros, que sigue habiendo, pero al que no hacemos caso ni recordamos. El animal que somos para bien.