Animales. Eva Lootz

Resultado de imagen de el cordero de zurbaránAgnus Dei. Francisco de Zurbarán. Óleo sobre lienzo, 38 x 62cm., 1635-1640. Museo del Prado.

 

En los zoológicos, los animales constituyen el monumento vivo a su propia desaparición, son el epitafio a una relación que era tan antigua como el hombre.

John Berger

 

<< Repaso a vuela pluma los animales con los que alguna vez he mantenido conversación (in effigie se entiende) entre los muros del Prado. Después de todo, lo primero que pintaron manos humanas fueron animales. Nunca dejo de hacerle una visita al oso de la planta baja y al ciervo perseguido por una jauría de perros. Ese oso que me recuerda leyendas ancestrales como la de la mujer que se casó con un oso. Y ¿no hubo un tiempo que reconocía el abolengo y la estirpe de alguien en el arte de trocear las entrañas de la caza?

Aquel toro enigmático recostado sobre un acantilado rojo (que últimamente no encuentro, debe de estar guardado en un almacén) que invierte el curso de la flecha que le persigue y se clava en el ojo del hombre que la disparó. El jilguero del Jardín de las Delicias y su séquito de pájaros. Los perros con cara humana del Triunfo de la Muerte, San Jerónimo sacando la espina de la pata del león y el cuervo llevándole un pan a San Antonio. Los perros de Ticiano, el cordero de Zurbarán.

Y la caza, siempre la caza y su anuncio de los placeres de la mesa. Faisanes, patos y liebres; sotras, erizos y lenguados. Y los gatos que acechan el descuido de la cocinera. Y los caballos. El caballo del Conde Duque de olivares. El caballo del Duque de Lerma. El caballo de Felipe Próspero. El caballo de crin rizada, tan inflado como inflada de mala uva debió de ser la reina que lo montaba.

Un mundo de continuidad entre el animal y el hombre.

[…]

 

unnamed-20.jpgNiccolò Antonio, llamado Colantonio. San Jerónimo en su estudio (1445-1450 circa). Temple sobre madera. Museo di Capodimonte. Nápoles. 

 

*

“Estás obsesionado por los animales, ¿por qué? ¿Es porque ya no son inagotables? ¿Porque los hemos agotados?”, se pregunta Elias Canetti en ese libro de apuntes y soliloquios que es El corazón secreto del reloj. Entre estos apuntes tardíos abundan las referencias a los animales. Este, por ejemplo: “¡Los animales! ¡Los animales! ¿De dónde los conoces? De todo lo que no eres y sin embargo quisieras ser. Para probar”.

O: “No tienes entre los animales ni un solo amigo. ¿Y a esto lo llamas vida?” O: “Nunca he abrazado a un animal. Toda una vida he pensado con compasión torturada en los animales, pero nunca he abrazado a ningún animal”. O: “Lloras por ellos, por las lenguas que mueren, los animales que mueren, la tierra que muere”.

*

La desaparición de los animales de nuestro mundo de vida es un hecho, por más que en algunas masías gerundenses últimamente uno pueda optar por apadrinar a una vaca. Obedeciendo a la imparable tiranía de la rentabilidad y del beneficio, nuestras sociedades de la abundancia han liquidado el respecto a los animales. Viendo pastar a una vaca en lo alto de un cerro en los montes de Ávila siempre habrá alguien que te dice: estas vacas ya no son rentables.

Y piensas: lo que pasa dentro de este sistema es que ya no es rentable la vida con un mínimo de dignidad, tanto para el hombre como para la vaca. Hemos convertido a los animales en juguetes, en marionetas, en mascotas, cuando no en materia prima. Les hemos robado la dignidad de sus habilidades características, los rasgos distintivos de su naturaleza que les hacían hábiles para sobrevivir en el nicho de su especie sin la tutela del hombre. Pero también la dignidad de una vecindad largamente pactada y cuasi fraterna, de la que aún “disfrutaban” en el seno de las sociedades agrarias, establecida en un proceso milenario de doma, domesticación y simbiosis.

En nuestro mundo ya no hace falta ni la velocidad del galgo, ni la fuerza del buey o del elefante, y sin embargo hacemos costosos viajes para filmar cómo en el interior de una yurta un grupo de músicos mongoles le cantan alabanzas a la más hábil de sus águilas amaestradas tras la hazaña de haber cazado a un lobo (¡no le cantan al cetrero, le cantan al águila!).

 

53873410_xoptimizadax-keJC--620x349@abc.jpgJheronimus van Aken, el Bosco (1490 – 1500). El jardín de las delicias. Óleo sobre tabla de madera de roble. Museo del Prado.

 

*

El penúltimo capítulo de esta sombría historia son los holocaustos animales del pasado reciente. Toneladas de animales sacrificados por unas enfermedades de las que el hombre, en última instancia, es el responsable. Primero la de Kreuzfeld-Jacob, o de las vacas locas, causada en gran medida por piensos fraudulentos, y después la epidemia causada por el virus H5N1, la llamada gripe aviar, que no por ser enfermedad real está menos relacionada con las condiciones de vida dentro de las granjas avícolas; y con cuya posible y eventual mutación, causante de una posible epidemia humana, se hicieron negocios mayúsculos. Valiéndose del miedo, de la omnipresente difusión de la prensa y de bien orquestadas campañas se lanzó un medicamento –el Tamiflu– que, a parte de ser ineficaz, desencadenó un chorreo de millones de dólares con destino a las arcas de la empresa farmacéutica que lo produce, la Gilead Sciences Inc. (véanse los informes al respecto)…

¡Y encima pudimos leer en un periódico que son las aves migratorias las que tienen la culpa!…

*

Estas y parecidas consideraciones están detrás de los dos gallos que presento a los Amigos del Museo del Prado, sobre los que planean las fatídicas letras H5N1, visibles a poco que el espectador cambie de posición frente a la imagen. Gallos vistos (y fotografiados) por mí en un mercado de Damasco, procedentes de una sociedad preinformática y en gran medida incluso preindustrial, y que aun estando presos por un cordel que les sujeta la pata, conservan algo de la belleza y dignidad de ser criaturas, aunque sean prisioneras. >>

Eva Lootz, Tener el azúcar bajo llave. Prólogo de Chantal Maillard. Ediciones Asimétricas, 2018.

 

Resultado de imagen de eva lootz librosLa artista austriaca (Viena, 1940), afincada en España desde 1967 (y nacionalizada española), reúne en este libro Tener el azúcar bajo llave” una serie de textos de crítica de arte, en gran medida inéditos, seleccionados por ella misma. Al expresar su desconfianza en una mirada frontal, Eva Lootz invita a advertir hasta qué punto la visión está trabajada por las convenciones de cada época y que el eje de la visión no puede ser confiado sino a una atención alerta e implacable.

 

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