Correr con los lobos

 

Percibimos en lo más hondo de nuestra psique el susurro lejano de un aliento conocido, notamos unos temblores en el suelo y comprendimos que algo poderoso, alguien importante, la salvaje libertad que llevábamos dentro, se había puesto en marcha.

No pudimos apartarnos de todo aquello sino que más bien lo seguimos y, de esta manera, aprendimos a saltar, correr y seguir como una sombra todas las cosas que atravesaban nuestro territorio psíquico. Empezamos a seguir como una sombra a la Mujer Salvaje y, a cambio, ella empezó a seguirnos amorosamente a nosotras. Aullaba y nosotras tratábamos de contestarle, antes incluso de recordar su lenguaje, antes incluso de saber exactamente con quién estábamos hablando.

Y ella nos esperaba y nos animaba. Éste es el milagro de la naturaleza salvaje e instintiva. Sin tener pleno conocimiento de lo que ocurría, lo sabíamos. Sin verlo, comprendíamos la existencia de una prodigiosa y amorosa fuerza más allá de los límites del simple ego.

En su infancia, Opal Whitely escribió estas palabras acerca de la reconciliación con el poder de lo salvaje:

Hoy hacia el anochecer

me adentré un poco con la niña ciega

en el bosque donde todo es

sombra y oscuridad.

La acompañé hacia una sombra

que venía a nuestro encuentro.

Le acarició las mejillas

con sus dedos de terciopelo

y ahora a ella también

le gustan las sombras.

Y el miedo que tenía se ha ido.

 

Clarissa Pinkola EstésMujeres que corren con los lobos. Ediciones B, 2009.

 

 

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