Entrevista a Chantal Maillard: “Respecto al ser humano, ya me queda muy poca compasión”

La autora presenta hoy en la Feria del Libro de Málaga su nuevo libro de poemas, ‘La herida en la lengua’.

Pablo Bujalance Málaga |  07.05.2015

friso-chantalemaillard              La escritora Chantal Maillard (Bruselas, 1951)

La conversación comienza con un apunte autobiográfico: el último domicilio que mantuvo Chantal Maillard (1951) en su Bruselas natal se encontraba a apenas dos calles del que cincuenta años antes había habitado Henri Michaux, otro belga “que se enfrentó a los belgas y que también se fue de Bélgica”. La herida en la lengua (Tusquets) es el último libro de poemas de la autora, que hoy a las 20:30 lo presenta, acompañada de Aurora Luque, en el Palmeral de las Sorpresas, dentro de la Feria del Libro de Málaga; ciudad en la que, por cierto, Maillard mantiene su residencia, a pesar de todo.

-En uno de los primeros poemas de La herida en la lengua escribe: “Descuidado de sí / por un instante / el yo / rodando va que mengua / hacia su centro”. Sin embargo, el libro se va abriendo a partir de aquí, como el campo visual en un plano cinematográfico, hasta abarcar el nosotros. ¿Es imposible entonces escribir sobre el yo sin tener en cuenta el nosotros?

-Sí, el libro va por ahí. Esa apertura se da. La primera parte es más personal. Luego, con una transición que cuestiona el yo, se expande, efectivamente, para fusionarse con la experiencia de un nosotros. Esto es algo distinto, en este libro, de la universalización que todo poema y toda obra de arte de por sí, según entiendo, debe lograr. Los otros vuelven a formar parte de la historia, como en Matar a Platón. Ha habido entretanto unos años de repliegue. Pero era hora de volver a la superficie. De nuevo hay acontecimiento, pero el escenario es mucho más amplio.

-Así que el reconocimiento del yo pasa en el libro por la asunción del dolor de los otros, de la Historia y sus demonios.

-Bueno, lo curioso es que te das cuenta de que el yo personal desaparece en el nosotros. Tú te referías antes al centro: en ese centro estamos todos. Cuando el yo alcanza el centro, mengua, incluso puede que desaparezca y empiece a serlo todo. Desde ahí, por supuesto, se habla mejor. Claro que eso no siempre sucede.

-¿Podemos entender la desaparición del yo como una experiencia de libertad?

-Depende de lo que entiendas por libertad.

-El descanso de uno mismo.

-En ese sentido, sí. Pero no sería tanto libertad como liberación.

-Hay en La herida en la lengua una referencia al episodio de Nietzsche con el caballo de Turín, y en otro poema un verso muy nietzscheano: “No nos enseñaron a desconfiar de los buenos”. ¿Cómo se puede aprender esto?

-La bondad a la que me refiero es la conformidad con un determinado código moral. Como cualquier valor moral -es decir, como valor de tribu- la bondad se concreta en determinadas pautas de convivencia, y si éstas no cuestionan se vuelven dogmas a los que hay que defender. Los buenos son los que comparten nuestros valores, nuestros juegos, nuestros saberes. Los buenos somos nosotros.

-Pero al hablar de los buenos me acordaba más bien de la advertencia que hacía Nietzsche contra los lobos que se disfrazan no de corderos, sino de pastores.

-Claro. Las películas de Hollywood nos han enseñado que los buenos son los vencedores. Y los vencedores son aquellos que mantienen el cerco territorial contra todo lo que es diferente, lo que viene de fuera. El otro, en definitiva. Los buenos somos los que estamos dentro de los límites, el prójimo es el próximo. El diferente es el que está fuera. La bondad, esta bondad de la que hablamos, fortalece esos límites. En nombre de la bondad se han infligido las mayores violencias.

-En el libro, los poemas más cercanos al yo son breves y aparecen fragmentados, casi silábicos. Los que abordan el nosotros, por el contrario, adoptan a menudo la prosa con una mayor intención lingüística. ¿Qué podemos concluir de esta correspondencia?

-El lenguaje acompaña. La verdad es que no lo había pensado así, no es premeditado. Pero en el libro ocurre. El lenguaje menguante está presente en los poemas más personales, y cuando el yo se abre al nosotros se hace más prosa. Pero es que la prosa es el lenguaje de la comunicación, donde los yoes se comunican. En lo que yo llamo el abajo no hay comunicación: la experiencia del abajo es un plano solitario, y hay que llevar eso a la superficie para que pueda comunicarse. La última parte del libro es una vuelta a la superficie, donde la comunicación se da. También se pierde algo, hay una simplificación de la experiencia cuando el abajo es infinito.

-¿Como un peaje inevitable?

-Sí. Toda expresión es una limitación y una pérdida.

La herida en la lengua incluye varias ilustraciones del artista David Escalona, con el que ha trabajado en varios proyectos. ¿Se siente tentada por la imagen como sustituta de la palabra?

-Sí. Ojalá supiese pintar. Es más amplio que la palabra, la palabra limita mucho más. La imagen me parece un camino más fácil, más inmediato. Pero con el dibujo me sucede algo extraño: durante un tiempo me puse a dibujar y lo que aparecía resultaba ser una premonición de algo terrible que iba a suceder y que finalmente sucedía. Desde entonces le tomé mucho miedo a dibujar. Pero sí que me habría gustado. Entiendo perfectamente a Michaux, a veces él se aferraba a la pintura como necesidad absoluta de una expresión más viva y más plena. La escritura no era suficiente ni correcta para lo que quería expresar.

-¿Y la música? Su obra es especialmente sonora al oído.

-Yo empecé a escribir cantando. Antes que poemas, escribí canciones, y últimamente he vuelto, más que a cantar, a entonar. Es distinto. El lugar de donde proviene la entonación es anterior, es un afuera. El canto tiene lugar ahí, en ese afuera. Y el que tiene acceso a ese lugar trae cosas anteriores, que hemos olvidado y que se traducen en esa entonación. El poema es ante todo una entonación a la que ponemos nombre a través de palabras. Y las palabras no siempre son justas, es más, casi nunca lo son. Pero es una manera de equivocarnos, no podemos evitar caer en el error si queremos comunicar.

-En alguna ocasión la he escuchado referirse a la poesía como algo distinto de la literatura.

-La poesía es literatura, el poema no.

-¿Y qué es, entonces, el poema?

-Hay una diferencia entre poesía y poema en cuanto a que la poesía es poiesis, una construcción. Es una técnica de la escritura, y como tal forma parte de los géneros literarios. Cualquiera puede hacer poesía, porque cualquiera puede aprender a hacer versos de cualquier asunto. Pero el poema necesita otra cosa, porque es otra cosa. El poema es algo que encuentras, no vas a buscarlo. Es como cuando vas un día de lluvia por el bosque y encuentras un caracol. Si coges el caracol y lo pones en tu mano sientes su traza húmeda. Pues bien, algo parecido a esto es un poema: lo encuentras y sientes una traza que luego queda luminosa cuando le da el sol. La baba del caracol es lo que queda del poema. No sé decirlo mejor, Derrida hablaba de un erizo, pero yo prefiero el caracol.

-Volviendo a La herida en la lengua: “Mientras tanto, Europa, la esclarecida Europa, / duerme como aquel monje su sueño de / trescientos años oyendo cantar a un pájaro. / Otros pájaros, oscuros, habrán de despertarla”. ¿Será peor despertar?

-Europa se ha inventado sobre todos los muertos y todos los crímenes, sobre todos los territorios expoliados. No hay una nación europea, creo, y si las hay son pocas y pequeñas, que no haya crecido a partir del expolio, de América, de África y de Asia. No hay un lugar en el mundo donde no se haya plantado la bandera de un país europeo, y nuestro bienestar se ha forjado sobre la miseria de los otros. Ahora, como última colonización, exportamos a los territorios que habíamos conquistado ese bienestar que los otros no pueden pagarse. Es terrible sentirse parte de esto, sentirse heredero de un expolio que mantiene todavía hoy unas consecuencias desastrosas. Porque no ha terminado. Más bien, todo lo contrario. De todas maneras, ni confío en el ser humano ni creo en su bondad. Respecto al ser humano, ya me queda muy poca compasión. Tan sólo del animal que hay en nosotros, que sigue habiendo, pero al que no hacemos caso ni recordamos. El animal que somos para bien.

Tomar el peso del corazón

20150417_174249     maat   La diosa Maat

En su libro Bailando entre llamas (Ed. Luciérnaga), y específicamente en el capítulo “Un corazón en equilibrio”, la psicóloga Marion Woodman habla en varias ocasiones del juicio de Maat que pertenece a la mitología del Antiguo Egipto. Ella interpreta el juicio de Maat como una representación acertada del proceso de individuación. Dice: “La mente tiene su lógica; sólo el corazón puede conocer la sabiduría, unir abismos y poner paz“.

Más adelante, Woodman escribe acerca del juicio de Maat, “El corazón de la persona se coloca en un platillo de la balanza; en el otro se coloca una pluma de avestruz del tocado de Maat. La pluma representa la verdad y la justicia, ya que en la avestruz las plumas son todas perfectamente iguales. Si el corazón pesa demasiado, si está demasiado henchido de materia, caerá en las fauces del cocodrilo. Si, en cambio, resulta demasiado liviano por falta de experiencia encarnada, saldrá volando hacia las garras del dios solar con cabeza de halcón. Asimismo, en el proceso de individuación, cuando experimentamos el mundo con un corazón transparente, cuando hay verdad en el cuerpo así como en la mente, ascendemos a un nuevo nivel de conciencia. (…) El cocodrilo devorador representa el ciclo de vida-muerte, el temor más grande del yo, que está al acecho en las profundidades del inconsciente. Pero el renacimiento hacia un nivel más elevado de la conciencia no se logra volando por el aire. El ascenso se equilibra en el descenso.

(…) Renunciar a la dualidad significa vivir en la paradoja. La paradoja es la esencia de la sabiduría y la esencia de la Diosa. La sabiduría mantiene el equilibrio entre vida/muerte, mente/cuerpo, masculino/femenino. Al mantener el equilibrio de ambos, permite que se transformen en algo nuevo. Paradoja, presencia y proceso son palabras que asociamos con la Diosa, con ella que “todo lo renueva al tiempo que ella misma perdura”.

Esto es el juicio de Maat. Ella no emite juicios ni recompensas por cumplir leyes o prácticas. Ella toma el peso del corazón. Si el corazón está equilibrado, el proceso es completo; si no está equilibrado, el proceso continuará. Deberemos empezar de nuevo, dolorosamente, partiendo del lado de su balanza en el que estemos atrapados. En el Antiguo Testamento, ella es la Sabiduría [la Sophia]. Ella es el supremo tesoro.”

No puedo sino leer también esta imagen del peso del corazón como une metáfora de la recuperación (o no) de la inocencia, del corazón transparente, la mirada inocente. Traspasar la dualidad es, en todo caso, salir de los juicios binarios y encontrar lo que en el zen llaman “el rostro original”…

Recordad esta frase de Chantal Maillard en su diario de duelo Husos: “En materia espiritual, atender al balbuceo, como mucho. Sobre todo, atender al silencio, ese silencio: la callada inocencia recobrada, el no saber cargado de compasión” (Husos, 29). Y ésta, en sus cuadernos de la memoria, Bélgica: “Acaso la inocencia no sea otra cosa que la incapacidad para el juicio, y ésta sea la razón de que, en los primeros albores de la existencia, el mundo sea experimentado con sencilla y gozosa plenitud. Ese gozo sin motivo, esa plenitud es a lo que nos referimos cuando halamos de “la infancia” con nostalgia” (Bélgica: 18). La inocencia es el sustrato de todos los estados; para recuperarla, dice Chantal, hay que hacer un sacrificio: “el sacrificio del mí, ese aluvión de repeticiones, el cúmulo de pliegues desde el que damos por conocido todo cuanto somos” (Bélgica, 17). Este sacrificio del mí es el que es preciso hacer al morir. Esto es lo que, quizás, los antiguos egipcios escenificaron en ese juicio de Osiris al tomar el peso del corazón: ligereza de un corazón inocente o corazón apesadumbrado por el mí. Tal vez, es este corazón henchido de inocencia recobrada el que la Mujer Esqueleto hace latir de nuevo en el pecho del pescador, y el que le otorga a ella nuevamente la vida después del juicio inicial del padre que la tiró por el acantilado siendo finalmente engullida por el mar profundo… ¿Quién sabe?…

Os dejo aquí una pequeña descripción de la imagen del juicio de Maat :

Osiris+judgement

La imagen que vemos aquí ilustra mediante varias escenas consecutivas el pasaje 125 del Libro de los Muertos (egipcio), que se refiere al juicio final del difunto ante el tribunal que permite el acceso a la vida de ultratumba. Su lectura comienza por la izquierda, donde aparece en primer lugar el escriba Hunefer, acompañado por Anubis, el dios de los muertos y de la momificación. Anubis es representado con cabeza de chacal y porta en su mano izquierda un símbolo de regeneración, que se denomina «llave de la vida» o ankh. En la escena siguiente, el dios de los muertos pesa el corazón de Hunefer en una balanza equilibrada por una pluma de la cabeza de Maat, diosa de la verdad, la justicia y el orden universal. Esta ceremonia se denomina psicostasis. Si la pluma tiene el mismo peso que el corazón del difunto, como en este caso, es prueba de que ha llevado una vida honesta, acorde con las leyes y los valores morales de Egipto. Si, por el contrario, el corazón pesa más que la pluma de la verdad, significa que está cargado de culpas y remordimientos por las malas acciones cometidas. En el centro de la balanza se encuentra Ammit, una diosa con cabeza de cocodrilo, los cuartos delanteros de león y los cuartos traseros de hipopótamo; este ser monstruoso se encargaba de devorar a los muertos que no superaban la prueba del pesaje. A la derecha está Thot, dios de la sabiduría representado con cabeza de ibis, que certifica en una tablilla el resultado arrojado por la balanza; los jeroglíficos titulan a Thot como «señor de las palabras divinas» y la banda sobre su pecho le identifica como sumo sacerdote. Una vez que el difunto ha superado el pesaje, el dios halcón Horus le conduce hasta su padre Osiris, juez supremo de los muertos y señor del Más Allá. El ojo de Horus está representado de forma esquemática entre estos dos dioses, como símbolo de vigilancia y clarividencia.

http://www.arteiconografia.com/2010/09/el-juicio-de-osiris.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Juicio_de_Osiris

Y en el libro de Anne Baring & Jules Cashford, El mito de la Diosa (ed. Siruela), tenéis unas páginas muy interesantes sobre Maat:

https://books.google.es/books?id=mUqw-ydNB_4C&pg=PA306&dq=el+mito+de+la+diosa+maat&hl=es&sa=X&ei=uCo5VfuoJ4LCOeahgfAN&ved=0CCoQ6AEwAA#v=onepage&q=el%20mito%20de%20la%20diosa%20maat&f=false

Chantal Maillard: “La poesía proporciona respuestas que ni la filosofía puede darnos”

El Cultural entrevista a Chantal Maillard acerca de su último poemario La herida en la lengua

JAVIER YUSTE  | 15/04/2015 |



Chantal Maillard (Bruselas, 1951) retoma el camino emprendido en Hilos en un nuevo poemario, La herida en la lengua (Tusquets), que llega tras siete años en los que la escritora no había publicada nada de poesía aunque sí diarios (Bélgica), ensayos (Contra el arte y otras imposturas y La baba del caracol) y el libro India, una recopilación de escritos sobre su experiencia en ese continente. Premio Nacional de Poesía por Matar a Platón en 2004, la Maillard demuestra una vez más una voz única y radical que no deja indiferente y que tiene en el desamparo su punto de partida.

 

Pregunta.- ¿De dónde emana la inspiración para esta nueva colección de poemas?
Respuesta.- Probablemente del desamparo. La herida de la que hablo no es la mía propia. O no sólo. Lo mío es sólo un punto más dentro de un universo que se sostiene sobre la violencia. Todo nacimiento es una violencia, para la madre tanto como para el hijo. Luego entramos en el círculo del Hambre. Toda vida se sostiene sobre la muerte de otros. Pero nuestra especie es redundante: a la violencia necesaria añade otras incontables violencias. ¿Cómo contemplar todo esto sin que la lengua se ponga a tiritar?

P.- ¿Por qué ha tardado siete años en publicar un nuevo libro de poesía?
R.- Me había quedado sin hilo.

P.- ¿Hacia dónde nos conducen los caminos visibles e invisibles de este libro?
R.- No lo sé. Los poemas conducen a cada cual a lugares insospechados. Los túneles de cada uno son distintos: compartimos la herida, pero no la forma con la que ésta se manifiesta. La sorpresa es que el poema a veces resulta ser bálsamo.

P.- ¿Por qué ese título tan fuerte, tan expresivo?
R.- Cuando una herida puede expresarse es que aún tiene remedio. Cuando supera los límites de lo expresable se nos queda en la lengua, y ésta sólo acierta a balbucear.

P.- En el libro aparece Hadewjich. ¿Qué le interesa de ella?
R.- Hadewijch es un nombre bastante común en Flandes, y que se utiliza todavía ahora. Podría haber escogido cualquier otro en realidad. El poema no tiene que ver con la conocida Hadewijch de Amberes, aunque no me molesta en absoluto que se la relacione, y no tanto porque era mística y poeta como porque, de haber vivido en la Europa del siglo XIII, el de beguina es sin duda el estado civil al que me habría apuntado…

P.- ¿Hay algo nuevo, de ruptura respecto a su anterior poesía, o cree que es una continuación?
R.- La ruptura fue Hilos, realmente. Al final me quedé con el cabo de aquel hilo en la boca -o más bien se lo quedó Cual (el personaje que aparece al final)- y parecía que allí se había acabado para mí todo decir. Por eso tardé tantos años en sacar otro poemario. Y no es que me pusiese de nuevo a escribir después de siete años, no, sino que iban saliendo tan sólo balbuceos, a los que luego fui dando forma legible.

P.- ¿Se siente una referencia para las nuevas generaciones de poetas?
R.- Ésa es una pregunta trampa… La verdad es que no puedo saber eso.

P.- ¿Podemos encontrar aquí influencias de su relación con la India aunque sea a nivel subterráneo?
R.- Todo lo que vivimos queda fluyendo, como los ríos cuando entran en la tierra. No podría desprenderme de aquella India que he vivido. Forma parte de mí. Pero no es desde luego un libro en el que se marque esa influencia.

P.- ¿Cómo ve la situación de la poesía en la actualidad?
R.- De forma muy optimista -y ésta no es una palabra que emplee a menudo. Este tipo de escritura parece proporcionar respuestas a las preguntas que ya ni la filosofía ni los demás discursos institucionalizados pueden ofrecernos. Parece que la desconfianza hacia ellos ha hecho que busquemos modos más veraces, más personales, de sabernos entre todos, y que el poema cumple esa función.

La cirugía poética de Chantal Maillard o cómo la lengua herida sutura

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Tercera lectura, ¿o es la cuarta, la quinta? ya no sé, de La herida en la lengua de Chantal Maillard. Mis ojos-oídos deslizándose lenta y atentamente en este abrupto territorio de sintaxis desmembrada, de delicados y endebles ensamblajes, de sensitivos encantamientos y balbucientes letanías, de recuentos sin concesiones… Ahora leo el poemario al revés, del final hacia el principio, desandando lo andado a lomos de un sabio elefante compasivo…

En esta nueva entrega, la poeta malagueña, ocho años después de Hilos, ha afilado escrupulosamente sus armas, adelgazando las palabras hasta volverlas agujas con las que remendar la herida/la vida que se nos escapa a destajo. Husos, hilos, vendajes, ¿antiguas artes femeninas, viejos re/medios de sutura? ante tanto desgarro…

El dolor propio confrontado. Minuciosamente descrito, imposible (¿cómo decir la amputación, la devastación?), herida la lengua, rota, roja, oblicua, retorciéndose en ese cuerpo que se hace alma, y es de todos.

El dolor ajeno –¿ajeno?– aquella herida que es de otro y me arde. Impuesto dolor por tantos genocidios, exterminios, hambrunas, merodeando en los campos de refugiados, en guetos bordeando cualquier ciudad agigantada, infligido en torturas y vejaciones, en mutilaciones, en otras tantas masacres contemporáneas. (¿Cómo contar? la lengua falsea, ¿cómo narrar? la lengua miente. ¿Cuántos ahora cantan todavía?). Balbucea la poeta… entreteje viejos conjuros con los nuevos… “Digo dolor para nombrarlo, exorcizarlo… A sacudidas me digo, a sacudidas la letra y luego contra lo irremediable me alzo. Alzo el grito. Contra lo irremediable.” El vaivén de la lanzadera. De lo propio a lo ajeno. Lo ajeno en lo propio. Lo propio enajenado.

Desde la lengua herida en su mismo centro expresivo, balbucir, los silenciados, nos/otros, balbucir, los que no tienen voz propia, nos/otros, balbucir, los desposeídos de sí, nos/otros, balbucir, los olvidados, los despreciados, nos/otros, balbucir, los renegados, los rechazados, nos/otros, balbucir, los oprimidos, los desplazados, nos/otros, balbucir, los enloquecidos de lucidez, nos/otros… testigos balbucientes…

Tan sólo balbucir asíasí si tan sólo un pueblo sabio, si tan sólo asíasí un antiguo pueblo elefante-tigre-ave-búfalo-araña-lobo, unidos por un fin en la tregua del hambre… si tan sólo nosotros asíasí… si tan sólo nombrar, mostrar, entre todos poner remedio tal vez asíasí tal vez… aún apenas sea posible…

Hocicos temblorosos. Sacudidas. Uno de los cautivos trepa por los barrotes. Suspendido atraviesa la jaula y baja y vuelve a trepar. Dos paseantes se detienen. –El trapecista, dice él acercando los dedos al hocico. –Qué artista, dice ella. Y se alejan torciendo la boca en una sonrisa cómplice. El pequeño animal ha cruzado la jaula por la parte inferior, donde sus compañeros, ovillados, tiritan unos contra otros, y ha vuelto a subir royendo frenéticamente los barrotes. Pienso angustia, pienso libertad. Sin libertad, ¿qué nos impulsa a seguir vivos sino el deseo de esa misma libertad?

Por sobrevivir, cualquier animal embiste las paredes de su celda, atraviesa continentes, camina hasta extenuarse, desplaza a otros, se defiende y mata. Ninguno, sin embargo, esclaviza a otro por provecho o diversión, ninguno encarcela a otro por contemplar las piruetas que da tratando de hallar salida. La crueldad no son las fauces del tigre en el cuello de una gacela, no, la crueldad es moral, y la moral es humana. La estupidez también.”

Chantal Maillard. La herida en la lengua. Dibujos de David Escalona. Ed. Tusquets, 2015.

Muriel Chazalon

Abril 2015

Què és real? Conferència de Chantal Maillard al CCCB

LES IDEES I EL MÓN. CICLE DE CONFERÈNCIES DUO LA PEDRERA-CCCB

La gran aspiració del pensament no ha estat només comprendre el món, sinó ampliar constantment el sentit del que és possible: redibuixar-ne els límits, il·luminar-ne les zones de foscor, crear nous espais per encabir el que encara és impensable. Aquesta revolta permanent del pensament, la negació a acceptar el món tal com és, ha ampliat radicalment el que coneixem i ha modificat les nostres condicions de vida a través de la ciència i de l’art, de l’ètica i de la política. Cal reivindicar la reflexió, ja sigui filosòfica, científica, literària o artística, com l’eina principal per entendre i donar forma a la realitat que ens envolta. Només si les grans idees de la filosofia tornen a entrar a la vida pública podrem replantejar-nos conjuntament el sentit i el propòsit de la vida col·lectiva.

https://www.lapedrera.com/ca/activitats/conferencies/les-idees-i-el-mon-conferencies-duo-la-pedrera-cccb

2 MAILLARD

QUÈ ÉS REAL?

Dilluns 13 d‘abril, a les 19.30 h, al CCCB

Estem molt acostumats, en la cultura occidental, a considerar, contra tota evidència, que el món en què estem és sòlid, i la nostra existència, real. Però des del moment en què entenem que la realitat (aquest món en què vivim) és il·lusòria, la realitat de la ficció adquireix més solidesa.

Chantal Maillard, filòsofa i poeta. Acaba de publicar La herida en la lengua (Tusquets, 2015).

Presenta: Joana Masó, professora de Literatura i Assaig francesos a la Universitat de Barcelona i investigadora del Centre Dona i Literatura.

Entrades: Venda anticipada a les taquilles del CCCB i Ticketea (tel. 902 044 226/ www.ticketea.com).

Amics del CCCB, aturats, carnet de docent i jubilats amb la Targeta Rosa: entrada gratuïta.

La mirada que escucha

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No hablar. No juzgar. No hablar juzgando, no a partir del juicio. Hablar juzgando hace daño, aparta.
Nos juzgan por los actos, por los gestos, nos juzgan por el mí. Juzgamos por el mí. Con el juicio, el dardo, la bala, la palabra. Palabra que es de fuego, acero templado, odio oculto y concentrado, odio que es deseo del yo en el otro, de un yo que quiere ser más, que quiere serlo todo, un yo enfatizado. Lanzan el proyectil, lo lanzamos, y el proyectil nos roza, o tal vez nos alcanza. Alcanza el mí, una parte del mí. Y al mí le duele la herida, la vieja herida, el mí siempre tiene alguna vieja herida que vuelve a sangrar. El mí llora. Le dejamos llorar, expresarse, re-presentarse, para que no acumule. Vemos llorar al mí. No lo consolamos, no nos apena. Ésa es su naturaleza. Le comprendemos. Es sencillo: suceden en el mismo plano el proyectil y el llanto. En el mismo plano el gesto y la respuesta. La modalidad de la energía que se manifiesta en el gesto corresponde a la modalidad de la energía que le responde. La palabra que daña y el daño tienen la misma naturaleza. El mí responde a la ofensa con toda su carga de repeticiones, con todo lo que ha sido: su “pasado”.

Otros sólo verán el llanto: la respuesta. Sólo verán el mí respondiendo. Nos confundirán con ese llanto, a no ser que sepan situarse tras su propio llanto en cualquier ocasión, que sepan viajar en los distintos planos de su naturaleza. La lágrima se convierte en compasión para quien observa su trayectoria y ve de dónde ha brotado la palabra que ofende y dónde alcanza al ofendido. Quien se observa, entonces, comprende que es la misma fuerza la que lanza y la que recibe.

Diarios indios: 94-95 


*


No hay mirada que no modifique el campo del mirar.

Hay un mirar que da, y otro mirar que quita. El mirar que da es aquel que no sólo contempla lo que hacemos, sino que también se ocupa en el objeto de esa acción. Es un mirar que aumenta la pulsión del gesto y lo acompaña. En cambio, el mirar que quita es el mirar crítico, aquel que cuando se dirige hacia nosotros nos despoja de la energía que nos hace ser lo que somos. Disminuimos. Se hace fuerte el que mira, y nos somete. Sufrimos entonces algo parecido a un desahucio. El cuerpo queda como una cáscara, vaciado el dentro, abducido por la mirada ajena. Si el núcleo no es resistente nos sentimos “perdidos”. […]

El núcleo […] no es el mí. El núcleo es un punto de energía neutra, sin juicios, sin opiniones: “pura”. El núcleo es condensación de energía, consciente a otro nivel, autoconsciente, a la que podemos remitirnos cuando bajamos las defensas, hacemos transparentes las murallas del yo y confiamos. Ella, esa energía mínima, centro, diosa interior o alma, tan oculta generalmente, tan porosa, sin embargo, la membrana que protege su acceso, ella no se inmuta, no le daña el mirar ajeno porque ella ve en el otro lo que su mirar oculta. […] En el mirar que hiere y se adueña de su presa, ella ve cómo la energía-ego se apropia de sí misma en el otro, cómo se carga y engorda, ve cómo va trazándose el puente entre las fuerzas de quien es mirado y de quien mira, y cómo se entabla el pulso.

Diarios indios: 100 

El no saber cargado de compasión. Entrevista a Chantal Maillard de L. Giordani, A. Borra y V. Gómez, Manuales de instrucciones 7/II, Fundación Inquietudes, 2010.

[…] En varios pasajes destacas la mirada neutra de los búfalos (que pudiste ver en India). Podríamos sospechar que bien podría llegarse a esa mirada a través de (o en) la poesía… Ahora bien, ¿cómo se liga esa mirada con una exigencia ética y política de solidarizarnos ante el dolor del Otro, que demanda una toma de partido más o menos explícita?

La toma de partido no es, aquí, una medida de fuerza. — Cuando digo «aquí», me estoy refiriendo a la andadura «espiritual» o como quiera llamarse lo que algunos pudiesen entrever en los escritos aludidos—. Al menos, no de fuerza armada contra (unos u/y otros), sino, más bien al contrario, una medida de fuerza interior. Es una ganancia no exenta de derivaciones en la praxis. Si nos referimos a la experiencia del poema, recordaremos aquellas palabras que Anna Ajmátova refería al inicio de su Réquiem: «Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer —los labios morados de frío— que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oido (allí se hablaba sólo en susurros): —¿Y usted puede dar cuenta de esto? Yo le dije: —Puedo. Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro».

La existencia es sufrimiento, como enseñaba el buddha, lo cual por otra parte es de una gran obviedad. A algunos nos es dado tomar conciencia de ello y com-padecernos. La com-pasión (cum-pathos) es distinta de la «solidaridad». Se trata de padecer con el otro, no de hacerse un bloque defensivo u ofensivo (sólido). Por supuesto que hay acciones políticas que puedan y deban realizarse a partir de allí. Yo me contentaría con que todos pudiésemos lograr un grado de compasión suficiente como para que estas acciones no fuesen necesarias. En cuanto a los animales, sean búfalos indios, vacas pirenaicas u otros, su mirada más que cualquier Tratado me enseña lo que somos y la humildad con que recibirlo o combatirlo.

 

[…] En el prólogo de Diarios Indios apuntas: «(…) en Bangalore me inicié en la dureza de la compasión y comprendí que ese sentimiento nace más de la fiereza que del dulce y decadente apiadarse de la burguesía cristiana…». ¿Podrías hablar de ese hontanar de fiereza, de esa roca dura o roca madre de la que surge la compasión tal como la entiendes?

Hay una gran diferencia entre la piedad, tal como suele enseñarse en las escuelas católicas para hijos de gente «bien» (bien… situada, se entiende), y la compasión. Cuando alguien «se apiada» de otro, queda situado en su propio lugar, no se desplaza, mientras que el que padece con otro ha debido desplazarse, dar el salto, ése que le permite ubicarse en el otro y sentir con él, en la medida en que esto sea posible. Porque, ciertamente, hay impedimentos: nadie se duele por otro en su propio cuerpo. Sólo es posible la recuperación del recuerdo del dolor, por lo que éste aparecerá en la mente, no en el cuerpo, salvo por lo que las células son capaces, igualmente, de recordar. La compasión, pues, es inevitablemente un movimiento de retrotracción y de proyección. No obstante, en cualquier caso, está muy lejos de parecerse a la estimulación de aquel sentimiento kitsch que se traduce en frases como: «¡Ay, pobrecito, qué lástima me da!». 

Hay quienes prefieren no ir a India porque no pueden ver, dicen, la miseria que hay allí. Es respetable. Pero «la miseria» la concebimos desde nuestros parámetros y mucho podría hablarse al respecto.

La compasión es un sentimiento fuerte porque supone situarse donde está el otro y con-vivir con él, desde él. Situarse en la herida ajena puede hacernos descubrir que la miseria no está donde la poníamos, lo cual es bastante incómodo. Porque hay sonrisas que florecen en el dolor y que nosotros ya no conseguimos que germinen en nuestras tierras saturadas.

 

El verso que da fin al intenso poema «Escribir» de Matar a Platón dice «…escribo para que el agua envenenada pueda beberse». ¿Qué tipo de alquimia operaría la escritura para convertir ese agua en potable y cuál es, en suma, ese agua que todos hemos de apurar?

En este punto, a la universalidad del poema a la que hemos de aludir, su capacidad para apuntar a lo universal a partir de lo singular. Hay en el ser humano una capacidad, digamos, de intercordialidad. Podemos vibrar, como les pasa a las guitarras, cuyas cuerdas vibran, sin ser tocadas, en el mismo tono que el de la cuerda que ha sido tañida en otra. Tal duelo, entonces, se abrirá en nosotros con algo más, una sensación bienhechora que proviene de la conciencia de un «nosotros», saber que la condición de fragilidad nos pertenece a todos y que el cuidado mutuo es lo único que puede hacernos sobrellevarla entre todos. El poema, al ser entonado, tiene la capacidad de despertarnos a ello. […]


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Conjuro para decir mentiras y construir verdades. Chantal Maillard

“Si a alguien es lícito faltar a la verdad será únicamente a los que gobiernan la ciudad, autorizados para hacerlo con respecto a sus enemigos y conciudadanos.
Nadie más podrá hacerlo.”
[Platón, República, III)

Cuando cumplí seis años, a cambio de su amor,
mi madre me arrancó la terrible promesa
de no mentir jamás.
Así, igual que un soberano controla al pueblo al que gobierna,
ella me dió la libertad que al necio se le otorga:
actuarás dentro del margen que yo-mis leyes establecen.
No había escapatoria: su ministro de asuntos interiores
tenía su despacho montado en mi conciencia.
Yo la echaba de menos, por eso no traicioné su confianza;
fui fiel a mi promesa. Pero también, y con el tiempo,
quise ser fiel a mis instintos y extensiva se hizo la verdad
al deseo que impulsaba mis actos
Creo que confundí el orden imperioso del deseo
con el orden común de los Estados,
pues provoqué una guerra y,
después del gran naufragio, ella me preguntó:
¿no podías acaso haber mentido?
En ese instante, entonces, usurpé la corona.
Ser libre no es un don, es una reconquista,
y a menudo es preciso callar y conducir
las palabras al cauce más amable
para fundar la historia, celando,
como un largo secreto del que nadie es testigo,
los actos que nacieron del delirio. Ser libre
es cuidar de un misterio
sobre el que el alma se moldea.

Hay seres bendecidos
que comprenden temprano este principio.
Me produce ternura descubrir sus engaños
y comprobar la paz que de ellos resulta.
Admiro las mentiras bien trabadas,
la coherencia del engarce, el arte dirigido
hacia un fin. Me conmueve
la soledad de aquel que las inventa
y consiente al imperio de su lógica.
El que miente edifica el mundo que conviene
para salvaguardar la ficción de los otros, la legítima
ficción que necesitan
contra la angustia de sentirse
tan solos
sin leyes, sin verdades,
sin ese amor que creen recibir
a cambio de su alma.

Aprendo del que calla, del que miente y engaña
el fuego soterrado que aún gime en mi pecho,
aprendo a dirigir su lava en mis infiernos
para el mejor gobierno de los mundos.
Desde ahora mi mano es la que guía
el fiel de la balanza: la verdad y su opuesto
son las onzas que pongo en los platillos
según el juego lo requiera.

en “Hainuwele y otros poemas”, 2009
(1ª edición, Conjuros, Huerga & Fierro, Madrid, 2001)