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Yo abro todas las puertas. Emily Dickinson

Por Carmen Oliart

La experiencia poética implica experimentar el amor y el dolor, la carencia y la plenitud. Una vida dedicada a ser “la conciencia más fiel de las contradicciones humanas”, eso es la poesía según María Zambrano, por aceptar la realidad original de todas las cosas. Emily Dickinson lo expresa en forma de bellísima paradoja en este poema (93):

El Agua, por la sed se enseña.

La Tierra – por los Océanos atravesados.

El Transporte – por la angustia –

La Paz, por sus batallas relatadas –

El Amor, por el molde del recuerdo –

Los Pájaros, por la nieve.

Water, is taught by thirst./Land – by the Oceans passed./Transport – by throe –/Peace, by it’s battles told –/Love, by memorial mold –/Birds, by the snow.

La habitación de la poeta

Su visión del tiempo se ajusta a nuestras limitaciones y también a nuestra capacidad. Las posibilidades están ahí, a nuestro alcance (1292):

En esta corta Vida que solo dura una hora

Lo mucho – lo poco – que está en nuestro poder

In this short Life that only lasts an hour/ How much – how little – is within our power

De ahí la disponibilidad, la poeta no renuncia a nada, con todas las compuertas abiertas la experiencia la inunda y la hace hablar, cantar con su propia voz (1647):

No sabiendo cuándo vendrá la Aurora,

Yo abro todas las Puertas,

O tiene ella Plumas, como un Pájaro,

U Oleadas, como una Costa –

Not knowing when the Dawn will come,/ I open every Door,/ Or has it feathers, like a Bird,/ Or Billows, like a Shore –

Hay una condición de vulnerabilidad en estar expuesta así al mundo, al dolor y a la dicha de vivir, y una muestra de enorme valentía. ED nos invita a mirar más allá de las apariencias (1252):

Es la Dócil quien lleva Valor

Demasiado potente para el Osado

It is the Meek that Valor wear/ Too mighty for the Bold

Donde todo acontece simultáneamente y parece inabarcable, Emily Dickinson pone límites mediante el lenguaje poético a la infinidad de vivencias, desde la más pequeña a la más grande (1673):

¡Sigue tu gran camino!

Las estrellas con las que te encuentres

Son exactas como Tú –

Porque ¿qué son las Estrellas sino Asteriscos

Para puntuar una Vida humana?

Go thy great way!/The Stars thou meetst/Are even as Thyself –/But what are Stars but Asterisks/To point a human Life?

La medida de un corazón grande, el espejo del universo.

Para ella, los caminos dibujados en el firmamento.

http://www.sabinaeditorial.com/blog-emily-dickinson/yo-abro-todas-las-puertas/

http://www.sabinaeditorial.com/categoria/blog-emily-dickinson/

Nota bibliográfica de Sabina editorial:

Emily Dickinson

“Emily Dickinson (1830-1886) nació, vivió y murió en Amherst, Massachusetts, un pequeño pueblo agrícola de Nueva Inglaterra. En su casa, la poeta ocupaba “Un cuarto propio”, en el que escribió sus versos a salvo de interferencias no deseadas y donde fue guardando una obra que, por su calidad y belleza, ha resistido al tiempo hasta llegar a nuestras manos.

La ocultación durante muchos años de la influencia decisiva que tuvo en su poesía la estrechísima relación que mantuvo, a lo largo de toda su vida, con su amiga de la adolescencia y después cuñada Susan Huntington Gilbert, obstaculiza y oscurece la comprensión de la obra de Emily Dickinson. De ella se han conservado 1.789 poemas, más de 1.000 cartas y algunos fragmentos de textos en forma de notas, recetas o misivas.

Después de su muerte, su hermana Lavinia encontró en un baúl cuarenta libros manuscritos, cuidadosamente cosidos por Emily, con más de 800 poemas que ella había seleccionado y agrupado estableciendo así su propio plan editorial. Lamentablemente toda su obra original ha sufrido manipulaciones diversas, que han ha llevado a interpretaciones no solo equivocadas sino contrarias a lo que la poeta dejó escrito. Actualmente, investigadoras como Martha Nell Smith, Ellen Louise Hart o Lyndall Gordon están desvelando datos que permiten conocer y comprender la vida y la escritura de Emily Dickinson con todos los matices que contiene una auténtica obra de arte como la que ella compuso.

La traducción y edición bilingüe de la obra poética de Emily Dickinson, iniciada por Sabina Editorial en 2012, se ha publicado en tres volúmenes y grabado en español en CD, formato mp3. En el último libro, que completa este proyecto, titulado Poemas 1201-1786. Nuestro Puerto un secreto, las traductoras han querido mantener una fidelidad máxima a las palabras, la sintaxis y los recursos literarios que eligió utilizar la autora. Su criterio ha sido no alejarse de lo que ella escribió y quiso dejar dicho para que resistiera al tiempo. Por eso han evitado las versiones que tratan de explicarla o de reconducir su voz con el pretexto de hacerla más fácil, ya que han comprobado que siempre la oscurecen o la vuelven otra. Además, desde el convencimiento de que vida y obra son inseparables, han tenido en cuenta la relación que mantuvo Emily Dickinson, durante toda su vida, con Susan Huntington Dickinson, la principal destinataria de su poesía, especialmente de su poesía amorosa.”

Nota de las traductoras María-Milagros Rivera Garretas y Ana Mañeru Méndez:

“Emily Dickinson fue una mujer muy culta, con conocimientos profundos y originales de Lengua, Astronomía, Botánica, Química, Geografía y Literatura. Ella leyó y se inspiró en las autoras más conocidas de su tiempo, como Charlotte, Emily y Anne Brontë, Elizabeth Barrett Browning, Elizabeth Gaskell y George Elliot. También la Biblia, la observación atenta de la Naturaleza y las obras de Shakespeare están muy presentes en sus poemas.

Con toda esta sabiduría y la genialidad incomparable de la que fue dotada por la vida, hizo de su escritura un “Camino de perfección” que no deja nada al descuido, logrando decir más y mucho más allá de lo comúnmente decible. Por eso siempre sorprende, “recrea y enamora”, porque sus palabras tocan el centro del universo, el nervio de cada dolor, la médula del amor, “el tuétano del día”, es decir, la experiencia.

A las mujeres nos gusta crear de algo ya creado, no crear de la nada, cosa esta, por lo demás, rara y difícil. En este sentido, la traducción de la poesía completa de Emily Dickinson es una creación, creación consistente en trasladar las palabras y el sentido de una obra maestra, obra que a las traductoras (y no es una coquetería) nos desborda, de la lengua materna de su autora a la nuestra. Y hacerlo con toda la fidelidad, la admiración, el amor, la devoción (¿por qué no, si solo significa “entrega a lo máximo”?), la atención y el sentido de la autoridad de que somos capaces.”

 

Añado el enlace a un artículo de Espido Freire sobre la poesía de Emily Dickinson en Sabina Editorial, “Condenada a ser su propia identidad”, que acaba de salir este 9 de diciembre 2016 en la revista digital Zenda libros:

https//: http://www.zendalibros.com/condenada-a-ser-su-propia-identidad/

 

 

 

Aullidos para esta superluna!

Aullad, aullad mucho esta noche!

Acallemos por un rato nuestro parloteo humano

y celebremos a la Loba, nuestro animal interior!

loba-en-la-luna

 

La Loba, la vieja del desierto, es una buscadora de huesos… En nuestro interior vive la vieja que recoge huesos. En nuestro interior tenemos la capacidad de volver a configurarnos como las criaturas salvajes que antaño fuimos y tenemos los huesos que nos pueden cambiar y pueden cambiar nuestro mundo, y tenemos el aliento, nuestras verdades y nuestros anhelos; juntos constituyen el canto, el himno de la creación que siempre hemos ansiado entonar… 

Clarissa Pinkola Estés. “Cantando sobre los huesos” in Mujeres que corren con los lobos


http://elpais.com/elpais/2016/11/13/ciencia/1479033772_910377.html

http://elpais.com/elpais/2016/11/13/album/1479056315_379857.html#1479056315_379857_1479056558


Acercamiento a la experiencia zen: la realidad del dolor. Dokushô Villalba

 

A pesar de que todas las formas de vida aspiran a un estado de gozo-felicidad estable y duradero, la experiencia que más a menudo nos encontramos todos por igual es la del dolor y el sufrimiento. La experiencia del dolor y el sufrimiento es tan universal que los seres humanos la compartimos tanto con los animales como con las plantas.

En el budismo se distinguen dos aspectos en la experiencia de dolor. Hay un aspecto del dolor que es consustancial a la vida. Por ejemplo, el nacimiento es una experiencia dolorosa tanto para la madre como para el hijo. Puede ser más o menos dolorosa, según muchos factores, pero en general es una experiencia dolorosa. Evidentemente, podemos hacer que el nacimiento sea lo menos traumático posible, pero aún así sigue siendo una experiencia traumática. El crecimiento también va acompañado de malestar y de dolor, tanto corporal como emocional-psicológico. A lo largo de nuestra vida aparece a menudo la enfermedad, propia o de los seres queridos. Con el tiempo nos vamos haciendo viejos y perdemos facultades, lo que se traduce en más dolor, físico y emocional. Por último, aparece la muerte, tanto la propia como la de aquellos que nos rodean. Y estas experiencias inevitables producen dolor; así como también la pérdida del trabajo o de un ser querido, el ser abandonado por el esposo o la esposa, o tantas otras experiencias inevitables que forman parte de la existencia misma.

Existen, pues,  ciertas experiencias dolorosas que son inherentes a la existencia humana. Si bien es cierto que los grandes avances en las ciencias están permitiendo reducir o evitar muchas de las situaciones dolorosas con las que se han encontrado nuestros antecesores, es ilusorio concebir una existencia humana exenta completamente de dolor.

Hay un aspecto del dolor, el inevitable, ante el cual la única actitud adecuada es la de aceptarlo como un elemento más de nuestra vida. 

Otras formas de dolor son, por el contrario, evitables, puesto que son creadas por el propio ser humano. ¿Por qué unas personas se derrumban en un abismo de dolor y otras, sin embargo, ante una misma situación, mantienen una actitud de calma y sobriedad? La diferencia no se encuentra en el suceso objetivo, sino en la percepción subjetiva. Esto nos lleva a descubrir que gran parte de las aflicciones que padecemos son generadas por nuestra propia mente.

Por otra parte, en el budismo se distingue el dolor del sufrimiento. El dolor es siempre una experiencia que sucede en el presente y que tiene un principio y un final, como todo. Al dolor le sucede el placer; al malestar, el bienestar; al bienestar, el malestar; al placer, el dolor, en un círculo sin fin. No habría dolor sin placer ni placer sin dolor, puesto que dolor y placer son dos aspectos de la experiencia que se generan y se necesitan mutuamente. Sin dolor no habría placer y sin placer no habría dolor. Sabemos que el dolor es dolor porque sabemos que el placer es placer. Cuando llamamos a algo «dolor», lo estamos comparando con algo que llamamos «placer». De esta forma, dolor y placer son inseparables. El dolor, tanto como el placer, es una experiencia que comienza y acaba. Entonces, el displacer se vuelve placer, como cuando nos duele terriblemente una muela, tomamos un calmante y media hora después ya no sentimos dolor y respiramos aliviados.

El sufrimiento, por su parte, es una rumiación mental de un dolor presente o ya pasado. Esto hace que el sufrimiento sea una experiencia que puede extenderse indefinidamente en el tiempo, ya que es la mente la que en el presente rumia o reconstruye de manera continua una experiencia dolorosa del pasado. Aunque muchas formas de dolor son inevitables, el sufrimiento es evitable si educamos nuestra mente y la mantenemos fijada en el presente inmediato.

Así como existen tres niveles de intensidad en la experiencia de gozo-felicidad (descritos anteriormente en el libro), también existen tres niveles de dolor o malestar.

El dolor físico-sensorial

Somos un cuerpo dotado de un sistema nervioso sensible y de cinco conciencias sensoriales. A través de ellos podemos experimentar infinidad de sensaciones agradables que se encuentran en la base de nuestro estado de felicidad sensorial, pero también a través de ellos experimentamos sensaciones desagradables o muy desagradables, incluso dolorosas. Es inevitable que a lo largo de toda una vida nos encontremos continuamente con sensaciones desagradables o dolorosas. Ni siquiera en el más feliz de los mundos podemos imaginar la erradicación completa y absoluta de las sensaciones desagradables y dolorosas.

El dolor emocional-psicológico

Los seres humanos, a diferencia de los animales, somos seres altamente emocionales; estamos dotados de una estructura psicológica, llamada personalidad; sentimos un especial apego por nuestra autoimagen, y hemos desarrollado una herramienta de supervivencia única: la mente representativa que se expresa a través del lenguaje.

El bienestar emocional, psicológico y mental forma parte de nuestro anhelo de felicidad, pero, al mismo tiempo, gran parte de nuestras experiencias dolorosas están relacionadas con nuestras emociones, con nuestra autoimagen y con nuestra forma de concebir la realidad. 

¿Cómo funcionan nuestras emociones? Tanto el término “emoción” como el término “movimiento” tienen en su raíz la palabra latina motus. La emoción es la fuerza que nos pone en movimiento, la que nos hace actuar en un sentido o en otro. Aunque el número de emociones que un ser humano es capaz de experimentar es infinito, todas nuestras emociones pertenecen a tres familias:

  • La familia del deseo
  • La familia del rechazo
  • La familia de la indiferencia

La familia del deseo incluye lo que habitualmente se entiende por amor, la pasión, el ansia de posesión, la ambición, la avidez, el apego, la seducción, la avaricia, la codicia, etcétera.

La familia del rechazo incluye el odio, la aversión, la ira, etcétera.

La familia de la indiferencia incluye la abulia, la apatía, el aburrimiento, la pereza, la falta de impulso vital, etcétera.

Existe una íntima relación entre las sensaciones y las emociones. Por ejemplo, cuando consideramos que algo es sensorialmente agradable, aparece de inmediato el deseo de conseguirlo, y cuando lo hemos logrado, continúa el deseo de seguir experimentándolo. Y este deseo conduce fácilmente al apego a a la fijación en el objeto de nuestro deseo.

Por el contrario, cuando consideramos que algo es sensorialmente desagradable, aparece de inmediato el rechazo. Este puede convertirse fácilmente en aversión, y esta en odio y en ira.

Por su parte, cuando lo que experimentamos no nos resulta ni agradable ni desagradable sentimos un estado de indiferencia que puede conducirnos a la abulia, la apatía, la pereza, la desmotivación o el aburrimiento.

No hay básicamente ningún error en este mecanismo sensorial-emocional. En su origen es un mecanismo de supervivencia. En su estado natural, todo lo que amenaza la vida es considerado desagradable, odioso. Todo lo que facilita la vida es considerado agradable, ventajoso y hacia ello se dirige el deseo, principal fuerza motora de la existencia humana.

Por eso, mi maestro Taisen Deshimaru solía decir que nos pasamos la mitad de nuestra vida corriendo detrás de lo que nos resulta agradable y la otra mitad huyendo delante de lo que nos resulta desagradable, sin conocer la verdadera paz ni el descanso. No obstante, como escribió el maestro Dôgen:

Aunque las amemos, las bellas flores se marchitan.
Aunque les odiemos, las malas hierbas crecen.

Esto es, no siempre podemos obtener lo que deseamos.

Desear es fácil y no cuesta nada. Satisfacer los deseos suele ser un poco más difícil y siempre hay que pagar un precio. Por ello, deseamos y deseamos sin darnos cuenta de que vamos acumulando un excedente de deseos no satisfechos. Esta acumulación de deseos insatisfechos se convierte en frustración, y esta es una forma de dolor emocional, evitable.

Por otro lado, no siempre podemos evitar aquello que resulta desagradable o doloroso. A veces no tenemos más remedio que aceptar el dolor o la aflicción en vez de luchar obstinadamente en su contra.

Con respecto a la mente representativa, gracias a ella creamos una imagen subjetiva del mundo. En el fondo no nos relacionamos con la realidad, sino con la imagen de esta que ha creado nuestro cerebro.

Creemos que la realidad es lo que nuestro cerebro nos dice que es. Sin embargo, a veces la realidad no coincide con la imagen que nos hacemos de ella. Esta falta de coincidencia entre la imagen subjetiva y la realidad objetiva es causa de gran parte de nuestro dolor. Por ejemplo, cuando bajamos una escalera prestamos atención a los escalones. Nuestra conciencia visual registra el espacio y envía la información al cerebro. El cerebro calcula y da la orden de avanzar un paso de forma que nuestro movimiento coincida con el espacio real. Pero sucede a veces que no prestamos la atención debida, calculamos mal, es decir, nuestro cerebro comete un error de cálculo con respecto a la distancia y al movimiento necesario y, como consecuencia damos un mal paso, perdemos el equilibrio, caemos y, a veces, salimos contusionados. Esto es debido a una falta de coincidencia entre nuestra imagen subjetiva de la realidad y la realidad objetiva. Lo que acabamos de ver nos sucede a menudo en muchos aspectos de nuestra vida. El resultado es con frecuencia una experiencia desagradable, muy desagradable o bastante dolorosa.

El dolor existencial o esencial

Aunque consiguiéramos erradicar por completo todo tipo de de experiencias desagradables, muy desagradables o dolorosas y fuéramos capaces de permanecer siempre en un estado de gozo-felicidad tanto sensorial y emocional como psicológico o mental (lo cual está bastante alejado de la realidad posible), es decir, aunque lográsemos permanecer en un continuo estado de felicidad sensorial, emocional, psicológica y mental, tarde o temprano nos encontraríamos con el rey del dolor, el mayor de todos los dolores, la mayor aflicción de todas las aflicciones, con la ruina absoluta de nuestro hipotético negocio de felicidad; a saber, la muerte.

La muerte es el final de la individualidad psicosomática, de la personalidad, de la autoimagen, del yo. Cuando la muerte llega, el yo desaparece. Ningún yo puede sobrevivir a su propia muerte. Esto es un hecho.

Aunque tratemos de vivir como si eso no fuera con nosotros, todos sabemos que tarde o temprano vamos a morir. Sabemos que nuestra existencia individual tiene fecha de caducidad, un límite, un final. Quizás la especie humana sea la única especie animal que tiene autoconciencia de la propia muerte. Y la conciencia de la propia muerte es el mayor dolor de los seres autoconcientes que somos. Lo llamamos dolor existencial o angustia existencial. En general, y como también ha puesto de manifiesto la psicología occidental, esta angustia se encuentra profundamente escondida en lo más recóndito del inconsciente, protegida por complejos mecanismos de defensa psicológicos que impiden que aflore en nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, por my escondida que esté, esta angustia es la causa y el motor secreto de gran parte de nuestro comportamiento y de nuestra actividad en el mundo. Exagerando, podríamos decir que vivimos para ocultar que la muerte es nuestro destino. Vivimos como si nunca fuéramos a morir. Vivimos creyéndonos inmortales, de espaldas a la realidad de nuestra finitud, construyendo sueños de inmortalidad.

Por ello nos cuesta reconocer hasta qué punto nos aterroriza la muerte. Tal vez ni nosotros mismos sepamos conscientemente hasta qué punto la negación de nuestra propia caducidad es el motor de nuestros actos.

Seamos conscientes o no de ello, el hecho es que por muy felices que seamos en este mundo, por hábiles que hayamos sido para burlar el dolor sensorial o emocional-psicológico, cuando llega el momento de morir tenemos que dejarlo todo: tanto el placer como el dolor, tanto felicidad como desgracia, tanto éxito como fracaso.

Dicen que el dios del tiempo nos concedió al nacer un crédito de instantes limitados. Conforme vamos viviendo vamos consumiendo el crédito. Llega un momento en el que el saldo de instantes es cero; entonces debemos entregar la vida.

Ningún sueño de inmortalidad, ninguna proyección ilusoria de supervivencia más allá de la muerte han conseguido a lo largo de la historia de la humanidad calmar o negar la angustia existencial que produce el carácter transitorio de nuestra vida. Muchas religiones lo han intentado y lo siguen intentando, pero los sueños de inmortalidad desaparecen con aquel que los ha albergado.

Resulta paradójico que siendo el anhelo de felicidad el impulso básico que nos mueve, al mismo tiempo la experiencia del dolor y del sufrimiento sea la más universal, la que nos iguala a todos los seres humano, la más extendida, al parecer.

¿Por qué puede ser esto? ¿A qué puede deberse? ¿Hay algún tipo de error en la vida humana? ¿Somos acaso e producto de un dios sádico y loco que al mismo tiempo que nos inocula el virus de la sed de felicidad nos crea impotentes para alcanzarla?

El origen del dolor

Desde el punto de vista de la experiencia y la enseñanza de Buda, los seres humanos tenemos todo lo que necesitamos para acceder y permanecer en un estado de felicidad profunda y duradera.

Todos estamos dotados con la naturaleza de Buda, es decir, con cualidades de conciencia, sabiduría, conocimiento y bondad innata. Todos somos budas en potencia y tenemos capacidad para ser budas en acto. La naturaleza de Buda encuentra en lo más profundo de nuestra naturaleza humana.

Es, de hecho, nuestra naturaleza humana dormida a la espera de ser despertada. para ello necesitamos descorrer el velo que lo oculta, que no es otro que nuestra propia ignorancia.

Desde el punto de vista de la enseñanza del Buda, la ignorancia es el origen de toda forma de dolor, tanto del que es evitable como del inevitable. ¿Cómo puede ser esto?

Es la causa del dolor evitable porque debido a ella no lo evitamos. Es la causa del dolor inevitable porque debido a ella no aceptamos que el dolor inevitable es inevitable y lo convertimos en sufrimiento.

Por lo tanto, disolver la ignorancia de la propia mente es la tarea fundamental no solo de los seguidores budistas, sino de todo ser humano que aspire a la paz y la felicidad.

Ahora bien, ¿qué es esta ignorancia? En sánscrito, el término que la designa es avidya; en japonés es mumyo. Ambos designan la misma realidad: una mente poco clara, una mente oscurecida por una percepción errónea de la realidad. Con el término “ignorancia” me refiero al velo que empaña la conciencia humana y le impide tener un conocimiento claro y luminoso de la realidad. la ignorancia puede ser entendida, pues, como conocimiento deficiente, por impreciso y limitado, tanto del sujeto con respecto a sí mismo como del sujeto con respecto a la realidad. Ignoramos quiénes somos y qué es en verdad la realidad en la que vivimos; es decir, el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de la realidad es deficiente.

La ignorancia como causa básica del dolor

Este conocimiento deficiente es el resultado de un proceso cognitivo también deficiente, por impreciso y limitado. La disolución de la ignorancia, y por lo tanto del dolor y el sufrimiento, solo puede producirse por medio del conocimiento correcto de la verdadera naturaleza del yo y de la realidad.

A la experiencia de este conocimiento se la llama en el budismo “iluminación”. Esta iluminación no es un conocimiento ordinario, no tiene como base el pensamiento racional, la razón. Es más bien una “experiencia”. No obstante,  en la base de esta experiencia no se hallan las impresiones sensoriales. Más bien al contrario, esta experiencia solo aparece cuando el pensamiento racional y las impresiones sensoriales y emocionales han sido trascendidos.

Aunque he dicho que se trata de una experiencia, tendría que decir más apropiadamente que se trata de la experiencia por excelencia, ya que a través de ella la fuente de todo conocimiento que es la conciencia se conoce y se ilumina a sí misma.

Extractos del libro de Dokushô Villalba, Zen en la plaza del mercado. Kairós, 2016

Acerca del autor: Dokushô Villalba

 

Boris Cyrulnik. Trauma y resiliencia: “Las almas heridas”

Durante su visita a Barcelona en febrero de 2016, el psiquiatra y psicoterapeuta Boris Cyrulnik, autor del bestseller Los patitos feos, habló sobre la resiliencia y su nuevo libro, Las almas heridas (Gedisa). Impartió conferencia en el Institut Français y el día siguiente repitió el evento con un debate sobre ‘Resiliencia y Educación’, organizado por la Fundació Jaume Bofill, también en el IF, en el que de nuevo se completó el aforo.  Aquí tenéis un enlace donde podéis seguir el acto en vídeo y donde encontraréis algunas entrevistas en la prensa: http://gedisa.com/noticias.aspx?modo=l&cod=239

 

Nadie nos dice. Blanca Varela

nick-brandt_elephant-skull_amboseli_2010

 

Nadie nos dice

Nadie nos dice cómo
voltear la cara contra la pared
y
morirnos sencillamente
así como lo hicieron el gato
o el perro de la casa
o el elefante
que caminó en pos de su agonía
como quien va
a una impostergable ceremonia
batiendo orejas
al compás
del cadencioso resuello
de su trompa
sólo en el reino animal
hay ejemplares de tal
comportamiento
cambiar el paso
acercarse
y oler lo ya vivido
y dar la vuelta
sencillamente
dar la vuelta

De El falso teclado, 2000

 

BLANCA VARELA (Lima, 1926-2009)Donde todo termina abre las alas (Poesía reunida), Círculo de Lectores, Barcelona, 2001

Imagen: Fotografía de Nick Brandt, Elephant Skull, Amboseli, 2010

 

Chantal Maillard: “En el abajo uno permanece sin palabras”

ENTREVISTA POR , 21 OCTUBRE 2016
chantal maillard

Fotografía de portada: Anna Oswaldo Cruz.

«¿Puede haber un estado de conciencia que no sea discursivo y de cuyo contenido podamos tener conocimiento?». «¿Y el animal? El animal es antes». «¿Es posible, realmente, la compasión?». Estas son algunas de las preguntas con las que Chantal Maillard (Bruselas, 1951) nos invita a volver a las bases sobre las que se construye nuestra subjetividad, para poder entender su origen y reconsiderar su lógica. En las líneas que siguen hablamos de cuerpos concretos en dolor y contexto. También, de manera crítica, del proceso que implica el acto de contar-se, de contar-los. 

Con el compromiso de un trabajo perenne y agudo, la obra en creciente de Chantal Maillard enriquece de forma clave la poesía y el pensamiento en lengua española. Su práctica filosófica invita a la exploración de la voluntad menguada, el presente total, sin negar o excluir el placer del juego y el descanso que a veces proporcionan las representaciones: «Porque con las palabras se sube a la superficie donde todo es comunicable y de esta manera lo vivido pierde su inconmensurabilidad».

Frente a la tradición dualista que ordena el mundo en pares antagónicos, tu escritura propone «desvíos». Señalas hacia «lo otro» del pensamiento y hacia «el animal»… 

El otro lado… Tratar de hablar de «otro lado» para evitar las dicotomías es un tanto contradictorio, ¿no es cierto? Pero no se trata de evitarlas, al menos mientras se habla. Dejémoslas donde están: el discurso lógico procede con y a partir de ellas. Sin diferencias no hay discurso, no hay juicio posible. El lenguaje es el gran mapa de las diferencias. Un gato no-es un grillo, ni una nube, ni un cuenco, etc. Toda palabra limita, de-termina, recorta partes en una totalidad que de lo contrario carecería de sentido para el entendimiento. 

Así que la pregunta, más bien es: ¿hay alguna forma de pensamiento en el que no intervenga el lenguaje? Depende lo que se entienda por pensar. Allí donde la voluntad interviene hay discurso. Y donde no lo hay, en cuanto queramos poner algo de esto en palabras ya habremos vuelto al ámbito del lenguaje, lo habremos re-flexionado. Tomar conciencia de que es imposible hablar fuera de la propia mente es importante. Es cuando uno topa con los límites, como el protagonista de El show de Truman cuando, después de atravesar el océano, choca contra el horizonte. 

La siguiente pregunta sería entonces: ¿puede haber un estado de conciencia que no sea discursivo y de cuyo contenido podamos tener conocimiento? 

Lo que llamamos mente es una sucesión de imágenes o impresiones. Es un proceso continuo del que, por lo general, ni siquiera nos damos cuenta. Pero podemos situarnos frente a ello y observar. También hay formas de detenerlo. Lo hacemos a veces inconscientemente. La escritura puede ser un procedimiento, pero no por lo que con ella se cuente, sino por lo que requiere de concentración. Hay entonces algo que va haciéndose debajo o… ¿en otro lado? del discurso. 

¿Y el animal? El animal es antes. El animal-en-mí es el que posee el saber anterior, aquél de los comienzos, aquel saber sin juicio, inmediato, natural, que todo ser vivo posee y que permite que entre todos exista un equilibro (prefiero el término equilibrio al de armonía, que utilizan frecuentemente los que hablan de ecosistema, por el matiz positivo que reviste el segundo. No entiendo, no puedo desde mi razón entender como algo positivo el círculo del hambre. Pero en él estamos y mientras no decidamos darnos de baja y salirnos de él es de buen gusto acatar sus reglas). 

Ciertamente, entre este estado anterior del animal-en-mí y el estado sin mente hay cierto parecido. En ambos casos se trata de un fuera del discurso mental.

En el intercambio que se da en un ecosistema humano, donde todos los vivos interactuamos con nuestro entorno inmediato o virtual, ¿qué función cumplen los usos poéticos del lenguaje?

¿Qué función cumple el poema en nuestras sociedades actuales? ¿Qué función cumplen las artes cuando su uso y su necesidad se han perdido? Esa es la cuestión. Las artes, antiguamente, cumplían, cada una, una función. Se trataba de elaborar imágenes para el culto o para la memoria o, en el caso de las artes del lenguaje, de saber pronunciar un discurso convincente, contar o inventar los hechos para mantener la unidad de un pueblo con una historia común, o interpretar los designios de los dioses o de los poderes superiores. Pintar, esculpir, contar, componer poemas, danzar, tocar un instrumento, todas las artes tenían una función social bien determinada. Pero hubo un momento, en la historia de Occidente, en que se le puso mayúscula a la palabra y el Arte se distinguió de las artes adquiriendo una finalidad en sí mismo. El Arte se contempló en el espejo y se encontró hermoso –esto fue antes de que Rimbaud sentara a la Belleza en sus rodillas y la encontrase amarga. Habiendo perdido la finalidad y, por tanto, el uso y la necesidad que de ella tenía la sociedad, es lógico que ocurriese lo que ocurrió: la obra se convirtió en un valor de cambio, un valor comercial, y la palabra adquirió su título de grandeza: la obra pasó a ser obra de arte. ­–«Obra de arte» es una expresión redundante, ya que la palabra «arte» significa «obra». El artista es un hacedor, articula, construye, al igual que el poietés, el poeta: la palabra poíesis también significa elaboración–. Aquí, entonces, se planteó la cuestión del valor de la obra, pues ¿quién juzga, y a partir de qué? La obra vino a ser, además, cada vez más conceptual, cada vez menos carente de materia. ¿Cómo juzgar de su valor, con qué criterio? Tirar por la tangente fue sencillo: lo que vale no es la obra sino el artista. Y el artista, entonces, se contempló a sí mismo en el espejo y se encontró hermoso… Lástima que Rimbaud no estuviese también allí en ese momento para sentarle en sus rodillas. 

Así que, ¿qué función cumplen las artes en el momento actual aparte de alimentar la egomanía de algunos, abarrotar los sótanos de museos y editoriales y poblar el mundo de falsos valores? ¿Qué función cumple la poesía? ¿O deberíamos hablar de poema? ¿Sabemos aún lo que es un poema? Porque si pretendemos ser poetas estamos muy lejos de serlo. Antes hay que aprender a pasar desapercibido, como el caracol, en el borde/margen del sendero. Y eso es un largo aprendizaje. Tal vez sería cuestión de querer emprenderlo. 

Dices «escritura inútil» y sin embargo sobrevivir aparece íntimamente ligado a ese proceso de registro, minucioso y atento, por parte de la viviente, de la observadora atenta a sus propias transformaciones. ¿Cómo se engancha la escritura a la vida y de qué forma aparece como sedimento de los procesos vitales? 

Sí. Parece contradictorio, en efecto. Pero siempre hay que contextualizar lo dicho. También dije que nada es inútil para ver. Y hablé de saberes inútiles, eso sí. Y del inútil parloteo. Depende del contexto. Creo que te refieres a un párrafo de Husos. Entonces tenemos que situarnos en ese contexto. Husos es un cuaderno de duelo. Lo que se cuenta allí tiene que ver con la imposibilidad de poner en palabras lo que ocurre en el abajo, donde la experiencia tiene lugar en toda su amplitud. Las palabras limitan, delimitan, y hacen comunicable tan sólo aquello que hemos pactado que son las cosas, consensualmente. La palabra no acierta a hacer comunicable todo el referente. Cuando la experiencia es intensa ocurre en ese lugar al que llamo el abajo, una dimensión en la que lo que ocurre tiene lugar con una intensidad inusual. En el abajo uno permanece sin palabras. Por eso el empeño de los psicólogos de hacer que el paciente ponga en palabras su experiencia. Porque con las palabras se sube a la superficie donde todo es comunicable y de esta manera lo vivido pierde su inconmensurabilidad. Lo real es inconmensurable, es infinito. Es infinito porque la razón no puede abarcarlo. 

Si pudiésemos asomarnos al cuarto donde la escribiente trabaja y contemplarla largo rato en silencio… Una vez finalizado el proceso, después de haber hablado, satisfecho el deseo-de-decir: ¿Quién-qué queda? ¿En qué momento del cuerpo la-lo encontramos? 

De pie, con los nervios soliviantados de cintura para abajo.

La ausencia física de un interlocutor parece ser una de las condiciones sin las cuales el acto de escribir no puede darse. Si aceptamos que la ausencia es condición de la escritura, ¿cómo es tu relación con las que te acompañan y ocupan el lugar de lo que en el habla sería un destinatario particular, empírico? ¿Piensas que la ausencia física es condición de la escritura? 

Ciertamente, si quieres comunicarte con alguien que está presente lo lógico es que le hables, no que le escribas. (Se me ocurre, al hilo, que el hecho de que se haya escrito tanto acerca de lo divino sería una prueba fehaciente de que, para los mismos creyentes, Dios es ante todo el gran Ausente). En mi caso, es cierto que casi siempre me dirijo a un interlocutor, tanto si se trata de un asunto teórico (está claro que la finalidad de un ensayo es comentar ciertas cosas con quienes se interesen por ellas) como si se trata de otros géneros. En algunos casos, el interlocutor interviene incluso hasta el punto de convertirse en uno de los personajes del libro, lo cual es, entre otras cosas, una manera de tenerle presente, de (man)tenerle presente. Supongo que su presencia (al fin y al cabo la ausencia es una forma de presencia) me conforta. Al fin y al cabo, si empecé a escribir fue para poder leerle a mi amiga un nuevo capítulo cada día en el gran recreo. Era recíproco. Nuestras respectivas novelas era la manera de contarnos algo; nos inventamos el serial avant la lettre... Supongo que también es por eso por lo que me gusta el género de la entrevista, porque me permite responder en vez de hablar en vacío. Por otra parte, en la inter-locución a veces se abren brechas y eso es lo interesante. 

No hay imaginación sin espectralidad. ¿Cuál es la naturaleza del fantasma?

La mente jamás piensa sin phantasma, decía Aristóteles. Lo que llamamos pensar (imaginar, recordar, percibir, juzgar, calcular, etcétera) son actos mentales que se suceden en un encadenamiento que raras veces se suspende. A cada uno de estos actos le corresponde alguna imagen, algún phantasma. No puede pensarse sin imagen, ésa es la idea. Y si no, hagan la prueba. Deténganse un momento, un minuto cronometrado, por ejemplo, cierren los ojos, imaginen el anverso de la frente como una pantalla y contemplen allí los actos de pensamientos sucediéndose… Es este el primer paso de la observación. Otro día os cuento más.

Uno de tus últimos libros, La mujer de pie (Galaxia Gutenberg, 2015), nos enfrenta a la experiencia concreta de un cuerpo localizado: localizado en el repertorio de sus capacidades (las que tiene, las que recuerda haber tenido); localizado también en el espacio concreto que habita, en su dolor y sus necesidades biológicas. El título mismo pone atención sobre la importancia de la postura de ese cuerpo: está de pie. Siguiendo tu voluntad de no construir discurso a partir de las dicotomías, también deshaces la idea de género en la neutralidad de las voces que componen tu obra. Sin embargo, en esta ocasión, parece imperativo decir la diferencia: es una mujer quien está de pie. 

Hay una diferencia importante entre, por ejemplo, el personaje Cual, que aparece al final de Hilos, y La mujer de pie, y es que pertenecen a dos niveles distintos de experiencia. Cual es el resultado de un progresivo auto-desprendimiento. Cual ha ido desprendiéndose de todo, objetos, cosas, hábitos, apegos; su voluntad ha ido menguando –por intervalos– hasta prácticamente desaparecer. Termina viviendo en puro presente, en contacto con cosas diminutas, insignificantes. Desprovisto ya de todo sentimiento-respuesta aprendido, aprecia, por ejemplo, el aguijón de una abeja en su cráneo. Cual es un ser menguando. 

La mujer de pie, en cambio, vive en/con un cuerpo del que no puede desprenderse aunque quisiera. Un cuerpo enfermo, doliente, que le recuerda continuamente su ser de carne atado a una realidad que es tiempo sucesivo. Un cuerpo concreto, con una anatomía particular, que es el de una mujer. No hay en ello voluntad de discurso de género, tan sólo un acercamiento a esa experiencia concreta. Es fácil universalizar y andarse entre conceptos cuando el cuerpo no se siente. El cuerpo se ausenta cuando está sano, y la mente se identifica entonces fácilmente con los vuelos metafísicos o los enredos en/con los que se ocupa. Pero cuando está herido, vuelve a pisar el suelo. Y si bien Cual nace como resultado de un extremo sufrimiento, La mujer de pie tiene que lidiar con otro tipo de prueba, la del dolor físico. 

Cuando en el libro reflexionas sobre la discontinuidad de la percepción haces referencia a las «velocidades» de la mente. Si entiendo bien, la velocidad es productiva en cuanto que genera «realidades» o situaciones de percepción dispares: desde la sensación de paz y reposo a lo que llamaste «velocidad del pánico»…

No exactamente. Lo que precisamente descubre la mujer de pie, al ingerir ciertos fármacos, es que algunos aceleran mientras que otros ralentizan la velocidad del proceso mental (del que hablábamos antes) y que la percepción del tiempo guarda relación con esa velocidad. Dice así:

Le fascina comprobar la relación que guarda la percepción del tiempo con la velocidad del proceso mental, que se acelera o disminuye según qué fármaco. Descubre que el tiempo es cuestión de velocidad: si lo mental se aquieta, el tiempo desaparece; si se acelera, vuelve a aparecer, y lo hace acompañado de la sensación de una caída y un aprisionamiento. Al tiempo se cae, dice.

Cuanto mayor sea la velocidad del proceso mental, es decir, con cuanta mayor rapidez se sucedan los actos de pensamiento (percibir es uno entre otros) más fácil será identificarse con las ideas que forman y que son como burbujas en la cadena del proceso. Esto genera un estado de mayor confusión. La paz requiere la disminución de esa velocidad, su aquietamiento.

En Husos: Notas al margen (Pre-Textos, 2006) hablas sobre el Abismo: «Hemos tenido que negociar con el Abismo para poder existir. Lo hemos nombrado para poder convivir (…) Pero a veces, sólo a veces, un gesto ocurre, que detiene el discurso». ¿Es el gesto indicio del Abismo que irrumpe en nuestra construcción de lo cotidiano?

Lo que ocurre en el abismo del «abajo», como comentábamos más arriba, es imposible de comunicar. Cuando de lo que se trata es de algo terrible, es absolutamente insoportable. Para sobrevivir hay que subir a la superficie, donde lo terrible adquiere las formas de lo conocido, de lo reconocido. Los rituales acompañan en ese trance. Un ritual permite que lo inabarcable pueda abarcarse. Situarlo en un objeto, en un recuadro: un templum (de ahí la palabra «templo»), es procurarle un lugar concreto en el mundo de las cosas concretas. De esta manera se puede seguir (con)viviendo. Pero, ciertamente, no nos inmuniza: a veces algo mínimo, un simple gesto, es suficiente para abrirnos de nuevo el abismo que creíamos sellado. 

En La herida en la lengua (Tusquets, 2015) despliegas todo el ancho de la duda: ¿Cómo narrar la desolación? Jacques Derrida se preguntaba: «Decir el acontecimiento: ¿es posible?». Pienso en las imágenes de violencia resultado de la guerra civil siria y en la narrativización de la experiencia de los refugiados. ¿Crees posible contar el dolor y la injusticia sin que esto conlleve un ejercicio de reducción y normalización? 

No, no lo creo. Toda narración mantiene en superficie lo que ocurre. Lo comunicable nunca es lo que ocurre. Eso por una parte. 

Por otra parte, no olvidemos que lo que nos cuentan los telediarios son acontecimientos elegidos ex profeso para ser narraciones, seriales a los que el espectador se engancha como a un reality show. Como cualquier empresa, las cadenas televisivas necesitan consumidores, en este caso audiencia. Lo que vemos no es ni mucho menos todo lo que ocurre en el mundo, ni tampoco todo lo importante, sino algunas cosas que tienen sus ventajas políticas si, como dice la expresión al uso, «forma opinión» o, simplemente, a fin de mantener la tasa de miedo que será hábilmente equilibrada con un tipo de diversión (fútbol, competiciones, lidias taurinas) que fomente la diferencia, la adhesión a una bandera y la violencia. 

Pero hay más aún: el horror atrae. Cuestión de placer: toda representación es placentera. Cuando los sucesos violentos nos llegan a través de los medios de espectacularidad, lo hacen por el mismo conducto y de la misma manera que las películas de ficción. Los recibimos en el recuadro de nuestras pantallas como si fuesen representaciones. Y la representación tiene la peculiaridad de hacer que las emociones naturales emerjan en nosotros con un añadido de placer que las transforma en lo que se ha denominado «emoción estética». La pena, por ejemplo, o el miedo que experimentaríamos con desagrado en momentos terribles o pavorosos se convertirán en esa mezcla de terror y placer con la que nos deleitamos ante ciertas películas. Bien, pues, esto que es parte integrante de cualquier espectáculo de ficción se convierte en algo muy perverso cuando es utilizado para otros fines. En ello consiste el peligro de las artes, un tema sobre el que he escrito mucho, por cierto (en Contra el arte y otras imposturas, entre otros). 

Siguiendo en las coordenadas de la pregunta anterior, los medios de comunicación nos implican en una relación donde aparecemos necesariamente como depositarios de relatos del dolor de los otros. La experiencia de este «otros» es, al mismo tiempo, escandalosamente material e indeterminada. Una vez nos reconocemos en esta intersección, la empatía o los saberes del cuerpo parecen el único vehículo de «conocimiento» justo. En una de las notas a Husos subrayas la necesidad de entender la diferencia entre «bondad» y «compasión»: «Bondad… ¿bondad? No hablemos de bondad. Releguemos el término al ámbito moral, que es al que pertenece. En el del espíritu, hablemos de compadecimiento. La bondad es requerida cuando hemos olvidado la compasión».

Recordemos el párrafo del Dao De Jing (cito de memoria): «Perdida la armonía (el tao: el curso), apareció su virtud (te) / perdida su virtud, apareció la bondad (jen: la virtud de la «humanidad») / perdida la bondad, se echó mano de la justicia / perdida la justicia apareció la cortesía (los ritos). Pero la cortesía es debilitamiento de la confianza y principio del desorden, y su conocimiento, el principio de la estupidez».

Un espléndido párrafo que es por sí sólo todo un tratado de ética y de política. La bondad es una virtud moral: pertenece a un código consensuado para la convivencia. Si el ser humano necesita de estos códigos no es, como nos quisieron hacer creer, porque el animal humano sea más listo que otros y su cerebro más complejo, sino simplemente porque ha perdido el saber anterior, el que todo animal posee y transmite a su prole. 

En cuanto a la compasión, hay que distinguir muy bien la capacidad de empatía (esa capacidad de resonar que tiene la cuerda de una guitarra cuando, sin ser tañida responde a otra del mismo tono que sí lo es) de la proyección: ¿me duele el dolor del otro o me duele mi dolor al verlo representado en el otro? Y mi pregunta: ¿es posible, realmente, la compasión? 

Propone Deleuze que la historia se ha escrito siempre desde el punto de vista de los sedentarios: «Lo que no existe es una Nomadología, justo lo contrario de una historia». ¿Qué diferencias imaginas entre una escritura que nace de la estabilidad y otra que surgiese del movimiento?

Una de las grandes diferencias entre los pueblos nómadas y los sedentarios es que en general los primeros son patriarcales mientras que los segundos han tenido, en su mayor parte, una estructura matriarcal. La razón es simple: los pueblos nómadas se desplazan con su ganado, mientras que los sedentarios son agrarios. Por eso los dioses de los primeros suelen ser personificaciones de los elementos naturales, que son los que siempre les acompañan, mientras los pueblos sedentarios, cuyo valor necesario es la fertilidad suelen tener diosas madres. Por eso también, a diferencia de los nómadas portadores, in nuce, de una economía de capital (conquistan, roban, arrasan, esclavizan, polinizan), los sedentarios poseían una economía de subsistencia. Pienso en los antiguos pobladores del subcontinente indio, por ejemplo, los drávidas, que adoraban a la Diosa, y al falo como símbolo y signo de la fertilidad. Y pienso en los arios, que penetraron en el subcontinente indio atravesando los Himalayas acompañados de sus dioses: Vayu, el dios del viento, Agni, el dios del fuego, Indra, el dios de la lluvia y el trueno, y el padre de estos últimos, Dyaus Pita: el padre (pita) de los cielos (dyaus). Esta palabra es la que en griego se pronunciaría Zeus y en latín Ju (nombre al que los romanos también devolvieron el epíteto piter (padre), lo cual formó el conocido Júpiter), mientras alguna secta, como la cristiana, seguiría utilizando la palabra aria Dyaus que se transformaría en Dios. Como vemos las expresiones Dios Padre y Dios de los Cielos no las inventaron los cristianos; tienen una larga historia que explica, entre otras cosas, por qué no deberíamos extrañarnos de que Occidente haya sido y sea patriarcal. 

Si la historia se hubiese escrito como nomadología, puede que no hubiésemos pretendido «tener raíces», «identidad» u otras necesidades inventadas para consolidar las fronteras y el poder de unos cuantos pero, por otra parte, deberíamos habernos sabido asumir como conquistadores, invasores, esclavistas, destructores de otros pueblos, deberíamos haber asumido lo que Occidente ha sido, lo que somos.


Georgia O’Keeffe: By Myself. BBC

Extraordinario documental sobre la obra-vida de la artista estadounidense, editado este verano, 30 años después de la muerte de Georgia, y coincidiendo con la retrospectiva de la Tate Modern. Las que acabéis de regresar de Londres no os lo perdéis, podréis seguir y oír a Georgia in vivo paseando por su casa-estudio, por sus paisajes, por sus cuadros… Las montañas de Taos cada vez más cercanas! Wonderful!

 

The Faraway Nearby: Georgia O’Keeffe and the New Mexico Landscapes

Georgia O’Keeffe, en 1976, hablando acerca del significado que The Far Away tenía para ella, se refirió a “a beautiful, untouched lonely-feeling place”.

okeeffe_faraway-nearby Georgia O’Keeffe. From the Faraway, Nearby. Oil on canvas, 1937


Chantal Maillard escribe también acerca de ese “muy lejos” en La mujer de pie. Lo llama “la lontananza”:

   Como si todo se hubiese detenido. Por mucho que parpadee o bata palmas no vuelve a haber lo que antes hubo. En realidad, usted no sabe lo que ha pasado, simplemente parece que algo falta, que algo había y ahora falta. Usted trata de acordarse de cosas que han ocurrido, cosas como el morir, que cuando le roza a uno deja un rastro de ceniza en el hombro y en las manos, a veces en los muslos, y un velo se posa sobre todos los objetos de la casa. Pero no, no es eso, no es nada de eso. Y, entonces, piensa que tal vez sean cosas que no pudo saber, ni ver, ni oír, ni entender de ninguna manera porque no es a usted a quien le han ocurrido y, no obstante, le atañen en lo más oscuro, más abajo del pensar o del imaginar. Cosas que en algunas, aunque raras, ocasiones se le han aparecido en un destello, al abrirse una brecha en los tiempos vacíos o en el gesto de alguien que, de repente, por un instante, desistió de sí mismo. Cosas como ésas son las que le hacen comprender que usted no es quien dice ser, ni tampoco, por supuesto, quien dicen que ha sido sino, antes bien, todos aquellos que no ha sido. Y es la voz de todos ellos, su gemido, lo que usted, sin saber, padece más adentro.

*

   Entonces, entrecierra los ojos como para el recuerdo, o para percibir un punto remoto en el horizonte. Lontananza: el tiempo que se tarda en recorrer el espacio que nos separa de lo que fuimos. Un tiempo largo –longtemps– el de la lejanía. El isleño acostumbra a hacer este gesto: levanta la cabeza y fija un punto sobre el mar en dirección a algo que no ve pero que está, sabe que está. Y así se queda, detenido, perdido para el aquí, suspendido, por un tiempo. Y así también nuestros ancianos, sentados en un banco o en una butaca del salón, se detienen, al principio durante unos instantes, que luego se convierten en horas, y después en días, con la mirada fija en algún punto del aire. Ese punto es su lontananza.


“Matar a Platón en concierto”: Chantal Maillard, Chefa Alonso & Jorge Frías

Esta misma tarde, Chantal Maillard clausuró el festival Cosmopoética 2016 en el teatro Góngora de Córdoba con ‘Matar a Platón en concierto’, una escenificación poético-musical de su libro Matar a Platón que interpreta junto con la música de Chefa Alonso (saxo soprano, percusión y kechapi) y Jorge Frías (contrabajo).

Fue un verdadero acontecimiento poder participar del concierto-poético por streaming. Ahora mismo acabamos de rescatar el vídeo, aquí lo tenéis. Dejaros impregnar como si de una lluvia fina se tratase… como si la compasión fuese aún posible en esos tiempos que corren… para ejercitarla… con “el corazón oblicuo, sí, eso es, / el corazón oblicuo. / Como las tejas de un tejado, / resbalando”…

(En este vídeo de Youtube el espectáculo empieza sólo en el minuto 6’45.)