Traigo la obra de este artista francés, Bruno Catalano (nacido en Marruecos, cerca de Casablanca, en 1960), prolongando nuestra reflexión sobre el exilio y el desarraigo en este tiempo incierto de masivas migraciones. Él mismo y su familia se vieron forzado al exilio, dejaron Marruecos en 1970 y se instalaron en Marsella.
Así describe Anne Maitre, en la web del artista, el trabajo que este artesano escultor (como él mismo se define) inicia en 1990:
” Una maleta, un hombre. Él la agarra y se lanza hacia lo desconocido. Un viaje voluntario a un horizonte que abraza y se antoja infinito, o un viaje forzado, forzado por el exilio y el sufrimiento, a la búsqueda de la libertad y guiado por la supervivencia. ‘El viajero’ de Bruno Catalano es ese hombre abandonado a sí mismo, un hombre impulsado hacia la infinitud del tiempo y el espacio. Su casa no es más que una maleta y su ser, progresivamente, va poco a poco despojándose de todo lo que creía necesario, de todo su ‘yo’ tan hábilmente construido por nuestras sociedades. Ya no es ‘el hombre de un mundo’ sino ‘el hombre en el mundo’, aún con su bagaje cultural pero que se ha vuelto frágil ante la inmensidad. Su aventura no estará exenta de daño. Un hombre desfragmentado, desestabilizado, despojado de sus señas de identidad, que camina hacia su salvación y su pérdida, a un mismo tiempo. Ahora tendrá que reinventarse. Este viajero escapa de sí mismo, para encontrarse con su tierra desconocida. Siempre le inspiró el tema universal del viaje. Desde sus primeras obras de arcilla, cientos de viajeros han nacido bajo sus manos. Los principales motores de su creación son el exilio y el desapego. Expresa la idea de una humanidad nómada, digna en el infortunio, y por siempre en busca de un porvenir mejor. “
« En mi trabajo, voy siempre en busca del movimiento y de la expresión de los sentimientos, saco de la inercia la forma y la cera para darles vida. Yo mismo, proviniendo de Marruecos, llevé estas maletas llenas de recuerdos que tantas veces represento. No contienen sólo imágenes sino todo lo vivido, los deseos: mis raíces en movimiento.» Bruno Catalona
Viene a la mente Cual, ese ser sin atributos que va menguando, el anónimo alter ego o anti-yo de Chantal Maillard, acarreando su maleta, cargado con su pasado. Ese no-ser, ahuecándose, despojado de todo anhelo de identidad, que aspira a pájaro…
Ser pájaro. Cual considerando. Andar desnudo. Las heridas cauterizadas por el aire. Entre las plumas, disimuladas. Cuerpo sin carga, movimiento. Ser de vuelo. Ser
pájaro. Tener por límite tan sólo la helada imprevista o la bala o
el ansia de la carne por otra carne ajena…
Presagiando la urgencia de las migraciones, Cual.
Aleteo. Un rumor de horizonte en el pulso batiendo.
(Chantal Maillard. Hilos, seguido de Cual. Tusquets, 2007)
Entre los meses de febrero y junio 2016, el espacio de Tabacalera (Madrid) acogió en su sala La Principal ‘La canción de la tierra’, una exposición que reunía la última producción de la artista Eva Lootz (Viena, 1940) junto a otras dos series de sus trabajos anteriores. Las tres series, producidas en diferentes momentos de su trayectoria y presentadas por primera vez interconectadas, toman el pulso al estado actual del planeta a través del cobre, la sal, el agua y la electricidad.
“Cascada”, uno de los vídeos de Eva Lootz en la exposición “La canción de la tierra”
“Hacer arte es crear campos de excitación, de intensidad, de experiencias extraordinarias. Y para ello hace falta pasión, intuición, disciplina, entrega, y aprender a pensar plásticamente”, así se expresa la pintora, escultora, y artista conceptual, Eva Lootz (Viena, Austria, 1940) que se formó en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Viena, licenciándose como directora de cine en la Escuela Oficial de Cinematografía y Televisión de su ciudad natal, al tiempo que se iniciaba en Bellas Artes con Hans Leinfellner. En 1965 se trasladó a España, fijando su residencia en Madrid.
Eva Lootz ha centrado su obra en la naturaleza, y en las cualidades o propiedades físicas y orgánicas de los diversos materiales con los que trabaja. Su obra, en la que existe un marcado interés por la interacción entre materia y lenguaje, se caracteriza desde el inicio por la utilización de registros heterogéneos: esculturas, collages, dibujos, estampas, fotografías, instalaciones… Un universo conceptual y muy personal en el que Eva Lootz reivindica el valor de lo fronterizo. “Hay artistas más productivos y otros más reflexivos. Yo sin duda soy de estos últimos”, dice la artista.
En una entrevista reconoce que a la vez que avanzaba como creadora descubrió la invisibilidad de la mujer en el arte. Y dice algo acerca de la devaluación tanto de la naturaleza como de la mujer que a nosotras nos resonará mucho siendo el núcleo mismo de nuestro libro lobuno: “Hay cierto paralelismo entre el trato que se da a la naturaleza y a la mujer. Al igual que se acude a una cantera para extraer materias primas, la mujer no ha tenido más valor durante siglos que ser la gran reproductora. No es algo discursivo, sino implícito”.
Dirigiendo de nuevo la atención y la escucha hacia lo que nuestra cultura ha dejado en la sombra, Eva Lootz, al referirse a las “esculturas negativas” o a los “monumentos negativos”, precisa:
“¿Qué es pues la escultura negativa?
Es el reverso de la escultura como expresión del genio.
¿Qué son los monumentos negativos?
Son el reverso de los monumentos como expresión de la autoridad en el espacio público.”
Premio Nacional de Artes Plásticas en 1994, Eva Lootz fue galardonada en 2013 en la categoría de Artista por la Fundación Arte y Mecenazgo, impulsada por “la Caixa”. La artista, en el acto de entrega del premio en 2013, reconocía que le hacía especial ilusión el hecho de que “este premio incluya la posibilidad de hacer un libro, un libro-proyecto, que me permitirá ahondar en un tema que ha sido importante para mí, aunque tal vez haya estado un tanto encubierto y no haya sido todo lo visible que hubiera podido ser, el tema que he llamado de los “monumentos negativos”. Es en el fondo el tema de la apropiación de los recursos por parte del ser humano, o, dicho de forma más poética, el tema de la escucha de la tierra y de sus entrañas, el tema de los yacimientos, las minas, las canteras, la extracción de minerales y el intercambio de materias primas… Incluye también las reflexiones acerca de la devaluación de la materia, que en nuestra tradición ha ido en paralelo con la devaluación de la mujer. Quisiera reunir en esta ocasión el material que en su día quedó guardado en carpetas y cajones e incluso, realizar en forma de libro el proyecto del río Loa que acaricio desde hace tiempo, sin haber podido avanzar mucho por falta de medios.”
“(…) El comienzo de mi trabajo lo recuerdo como un querer hacer tabula rasa. Escuchar por tanto a la materia, su calidad impasible e indiferente a lo humano, trazar sus mapas, rastrear su gramática. Fundir parafina y lacre, untarse el cuerpo de alquil, acostarse sobre un montón de plumas, derretir plomo, seguir los caminos del mercurio.
Este libro recoge en gran medida el trabajo de los años 80, aquella parte del trabajo imposible entonces de presentar en una galería de arte, recorre los yacimientos más importantes de la península y emprende un itinerario por los lugares del cobre, del mercurio, del oro, de la piedra, de la sal, de un conducto de agua, de una cuenca hidrográfica y finalmente de un oasis en vías de desaparición”.
– Eva Lootz, discurso de presentación del libro –
Texto en pdf del discurso de presentación del libro Escultura negativa de Eva Lootz:
Un viaje en primera persona alrededor de la figura, el pensamiento y la reflexión del ecoescultor Jason deCaires Taylor. El artista británico trabaja en la realización del Museo Atlántico, el primero de su tipo en Europa, que estará ubicado en la costa sur de Lanzarote, más exactamente en el fondo de sus aguas. Efectivamente, para Jason de Caires Taylor el mar es mucho más que una fuente de inspiración, es un espacio expositivo, y un museo. Allí ubica sus ecoesculturas, creadas en tierra (con materiales que no dañan el medio ambiente marino e incluso atraen la vida marina), las hunde a 10 metros bajo el nivel del mar. Sus esculturas, formas humanas en escenas mundanas, se integran poco a poco al medio y se transforman de simples esculturas sin vida en vibrantes hábitats para los corales, los crustáceos, y otras criaturas marinas. El resultante es fascinante, enigmático, inquietante. Sus figuras submarinas nos invitan a reflexionar sobre la transitoriedad de nuestra existencia y la impresionante potencia de regeneración de los océanos y de los mares.
Para nutrir e irrigar nuestra reflexión y nuestras creaciones sobre y en el “exilio”, traigo la obra de la artista cubanoaméricana Ana Mendieta, sus trazas de cuerpo-huellas… sus sugerentes siluetas… cuerpo “almado” por medio del arte de la tierra, de la sangre, del fuego, el barro, la arena, el agua, lo vegetal, la piedra…
Nacida en 1948 en La Havane, Cuba, Ana Mendieta fue enviada a los 12 años, con su hermana mayor, a un orfelinato nord-américano, en Iowa, durante la revolución castriste en 1961. Creció de casas de acogida en orfelinatos, y el exilio, la pérdida y la marginación como mujer y como hispana, configuraron su transgresora producción artística posterior. La artista cubanoaméricana consagrará su vida y una obra multifacética (performances, body art, vídeos, fotografías, dibujos, instalaciones y esculturas) a una búsqueda de los orígenes y de su identidad. Los temas en los que se volcó a lo largo de su carrera artística giran en torno al exilio, la naturaleza, lo espiritual, lo femenino.
Durante mucho tiempo, su obra quedó a la sombra de su marido, el escultor minimalista Carl André. Pero, de repente, resurgió el nombre de la artista como víctima de un trágico suceso: el 8 de septiembre de 1985, Ana Mendieta caía al vacío desde su apartamento de la 34ª planta de un edificio de Greenwich Village en Nueva York. ¿Accidente, asesinato o suicidio? Se sabía de las turbulencias de la pareja, de sus discusiones siempre violentas. Pero la duda persiste en cuanto a las causas del drama. Carl André fue exculpado después de tres años de juicio. Ana Mendieta tenía 37 años. Toda su obra es un intenso grito corporal.
De 1973 a 1980 realiza sa serie más famosa: “Siluetas”. Por medio de varias performances, Ana Mendieta entra literalmente en diálogo con la tierra, su silueta se integra en el paisaje: ofrecida al flujo de un río, abrazada a la caricia de una ola, fundida con el tronco un árbol, vuelta llama, ahuecando su tumba, en la hierba y la paja, en la arena, la piedra o el barro. Del cuerpo sólo queda la traza. Parecen las huellas dejadas por una divinidad prehistórica, los restos de un culto primitivo. La artista siempre ha reconocido en esas obras, iniciadas en un decisivo viaje a Méjico, el recuerdo de su infancia en Cuba. “Es el sentimiento de magia, de conocimiento y de poder del arte primitivo que influencia mi actitud personal hacia el arte. A través de mi arte quiero expresar la inmediatez de la vida y la eternidad de la natura”. También con estas obras busca mitigar el dolor constante del exilio, que nunca llega a apaciguar a pesar de la obtención de la nacionalidad americana en 1971. Su arte fue un rito compensatorio de su desgarramiento interior. En sus intentos de fusión con la tierra, es también esa herida la que la artista intenta reparar. Vuelve a esa forma de paganismo que se encuentra en los cultos de la santería cubana próximos al vaudú: “Mi arte se basa en la creencia en una energía universal que lo atraviesa todo, desde el insecto hasta el ser humano, desde el ser humano hasta el espectro, desde el espectro hasta la planta, desde la planta hasta la galaxia” resume la artista en sus escritos personales. “Mis obras son las venas de irrigación de ese fluido universal. A través de ellas asciende la savia ancestral, las creencias originales, la acumulación primordial, los pensamientos inconscientes que animan el mundo. No existe un pasado original que se deba redimir: existe el vacío, la orfandad, la tierra sin bautizo de los inicios, el tiempo que nos observa desde el interior de la tierra. Existe por encima de todo, la búsqueda del origen.”
En relación al cuento de La doncella Manca os invito a compartir unas palabras y un dibujo de Chillida
“Yo había observado que tenía una facilidad grande para dibujar . Un día me di cuenta de que probablemente lo que me cerraba el camino para hacer las cosas con profundidad era precisamente la facilidad de mi mano, es decir , que mi mano no solamente no me ayudaba , si no que me entorpecía; tomé una decisión …decidí dibujar con la mano izquierda ….pasé una época difícil tenía la sensación de encontrarme en tierra de nadie , “entre el ya no y el todavía no “. Quería ir hacia delante y no podía ; intente volver hacia atrás pero no me salía porque ya me lo sabia …entonces escribí “Tengo las manos de ayer , me faltan las de mañana”…pase una época difícil en Paris tenía la sensación de estar actuando un poco condicionado por el ambiente y el medio. Tomé la decisión de volver a mi tierra con una idea “Voy a ir a ver crecer la hierba allí tranquilo” buscando la sensación de que las cosas fueran creciendo de modo natural ….Después he seguido toda la vida tratando de buscar el lugar desde donde hay que ver ; eso tan hermoso que dice Kierkegaard: “No se trata sino de buscar el lugar desde donde hay que ver”
“El arte sirve para nutrirme. Recojo de la naturaleza la misma energía que hay en mí.” Así empieza el documental Ríos y Mareas donde el director Thomas Rieldessheimer recoge un sensual y poético viaje por el mundo y la mente del reconocido escultor Andy Goldsworthy, artista escocés que desde hace veinte años crea obras de arte en bosques y cauces de río con sus manos, sus dientes y algunas herramientas como una piedra afilada, espinas, plumas… Utilizando materiales de la naturaleza obtiene creaciones a base de pétalos, maderas, hojas, piedras o hielo moldeados por la luz del sol, la tierra, las mareas o la humedad. De la misma manera que la naturaleza con la que trabaja, muchas de sus creaciones son efímeras quedando sólo su existencia en las fotos que toma. En los diálogos de la película recojo lo siguiente : “He recibido sobretodo dos influencias con energía fluida, las mareas y los ríos… me han acompañado formas obsesivas de las cuales no me podía deshacer… he saludado al lugar y después he empezado a trabajar…”
El documental se inicia con un trabajo que el artista crea con témpanos de hielo “… intento hacer algo que no parezca esforzado…” y empieza el primer diálogo íntimo con la naturaleza cuando el sol ilumina por sorpresa la silueta de la escultura de hielo que ha creado sobre una piedra. Más adelante reflexiona: “Lo que da vida a la obra también le dará la muerte, no siento una destrucción de mis obras sino como si éstas fueran a otro mundo formando parte de un ciclo”, “Siento que he tocado el corazón del lugar cuando veo algo que antes no había visto pero que siempre ha estado allí. Estos son los momentos por los que vivo”.
Pero el diálogo con la naturaleza siempre comporta una tensión, un riesgo que estimula al artista porque sabe que el control absoluto puede ser la muerte para su obra. Así el trabajo se le rompe una y otra vez hasta que consigue equilibrar los movimientos con las fuerzas del peso de la tierra y la blandura de la arena. Cuando eso ocurre siente decepción pero también sabe que aún no comprende lo suficiente y persevera en el intento mientras observa cómo llega la marea.
Me ha gustado mucho el paralelismo que establece entre los mojones que marcan los caminos y las semillas plenas y maduras. Esa relación entre piedra y semilla me ha dejado perpleja. Algunas de sus piedras-semillas desaparecen en el mar cuando sube la marea y él reflexiona que como tantas cosas en la vida sabe que están allí aunque no las vea. Esa comprensión de las cosas de la naturaleza le ayuda a comprender lo que le pasa en la vida. En otros momentos se adentra en el lado oscuro de la naturaleza en busca de otras relaciones, por ejemplo con el trabajo que realiza con las ramitas de helechos. Estas son bicolores, negras en sus raíces por contacto con la tierra que las ha mantenido húmedas y calientes, y de color miel en contacto con el aire soleado, Andy Goldsworthy comprende así que el intercambio de energía con la tierra y con el aire ha determinado sus colores y su textura. Las ramitas de helecho rodean esa relación invisible, en la mirada ordinaria el nacimiento de un árbol. Para él esos helechos cada año conectan con el sol y con la tierra, es decir, con el cambio. Aún me parece oírle decir : “Vivo hace doce años en un pueblo y eso me ha permitido sentir la intensidad del lugar, comprender sus cambios, antes había vivido tiempos cortos en otros lugares y había conseguido una intensidad menor”. “Cuando llegué conocí una abuela de vida severa y dura que me dijo: mientras tu vives el nacimiento de tus hijos –creo recordar que tiene por lo menos cuatro- yo sólo veo muertes…”. Él reflexionando sobre ese capítulo dice: “…no quiero olvidar quienes han nacido ni quienes han muerto…”. A continuación recuerdo su imagen, estirado en la tierra mientras llueve intensamente, y la huella que deja cuando se levanta. El contraste mágico entre su silueta de tierra seca y el resto de la tierra mojada. ¿Poesía de lo invisible hecha visible?
Más tarde lo recuerdo recogiendo pétalos de un rojo y amarillo intenso y rellenando con ellos los huecos de las piedras que rodean el río. “De alguna forma sigo el río, impredecible en su relación con el mar y el sol”. También viene a mi memoria cómo se relaciona con la presencia de las ovejas, en su mundo las ovejas son poderosas porque no dejan crecer los árboles. Recoge la esencia de su poder en el territorio tomando lana de ovejas y resiguiendo con ella la silueta de los muros de piedra en seco del paisaje. La ausencia de los árboles que causan las ovejas se ve así retratada.“La tierra no me necesita, pero yo a ella sí”, dice el artista. “Necesito estar solo, la gente a veces me agota”. Aún le recuerdo captando las sutilezas del viento mientras éste le rompe una y otra vez una escultura de palitos que cuelgan de un árbol, pero sobretodo recuerdo su persistencia. En un momento determinado, comparte con nosotros su experiencia de muerte cercana, la de Julia, su cuñada, cuando ésta era joven, la compara como un agujero negro que a veces vemos en el tocón de algunos árboles, son agujeros que absorben pero de ellos también sale crecimiento. Desde entonces, para él, el negro no sólo será ausencia intangible, sino también regeneración.
Me vienen imágenes de espirales, ríos, mojones, semillas, remolinos, cintas de hojas río abajo, muros de arcilla trabados con pelos humanos que cuando se secan recogen las formas de las vigas que los sustentan. En un momento dado, en un bosque al lado de un río, levanta un muro en seco que serpenteando rodea a los arboles y allí reflexiona sobre su relación con los picapedreros cuando trabaja con ellos. Entonces relata que ellos siempre deshacían su trabajo cuando él hacia los muros, y comprende que su trabajo está en relación con el espacio, aunque él no tiene oficio de colocar piedras. De esta manera termina permitiendo que cada uno haga su trabajo desde el respeto y la complicidad. Y, ¡ay!, como me ha emocionado verle pulverizar las piedras rojizas de un lugar volcánico y oírle decir que el color rojo estaba en él, en su sangre. ¡Tuvo que trabajar mucho para descubrir el rojo bajo la piel de la tierra! Y no se para ahí, no, sino que es a través de ese polvo rojo que diluye en el río como manchas de sangre, que descubre que la estabilidad de la piedra sólo es momentánea, y que también puede ser líquida y fluida en ese nuevo contexto. Devuelve así a la piedra a una forma de mancha viva como cuando estaba dentro del volcán. Creo recordar que las imágenes finales del documental recogen su juego con el polvo primero de las piedras rojas pulverizadas volteadas en el aire como nubes de polvo rojo y más tarde con nubes blancas de nieve en polvo.
En resumen, es un documental sobrecogedor que me ha hecho llorar de emoción y descubrir un artista que con sus manos y su intuición recoge los cambios y el fluir de los ciclos que establecen los elementos naturales, incluyendo la naturaleza humana, porque como hemos oído mil veces en nuestros talleres, todo está conectado en red. Gracias, Muriel y Manola, por haberme invitado a visionar la última sesión en el cine, por los pelos pero llegué. Sería estupendo visionar de nuevo el documental, y habrá que investigar sobre su obra en internet. Acompaño mis recuerdos con la foto de una Aurora Boreal que un compañero de viaje, Carlos, tomó en Groenlandia este verano –Gracias Carlos-. Lo hago a modo de celebrar el cambio reflejado tanto en la obra de Goldsworthy como en la naturaleza más singular.