Der Panther. Rainer Maria Rilke


La Pantera
«Jardín des Plantes, Paris»

Del deambular de las barras se ha cansado tanto

su mirada, que ya nada retiene.

Es como si hubiera mil barras

y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.


El suave andar de pasos flexibles y fuertes,

que gira en el más pequeño círculo,

es como una danza de fuerza entorno un centro

en el que se yergue una gran voluntad dormida.


Sólo a veces se abre mudo el velo

de las pupilas. Entonces las penetra una imagen,

recorre la tensa quietud de sus miembros

y en el corazón su existencia acaba.


Traducción: Sergio Ismael


Der Panther

Im Jardin des Plantes, Paris

 Sein Blick ist vom Vorübergehn der Stäbe / so müd geworden, dass er nichts mehr hält. / Ihm ist, als ob es tausend Stäbe gäbe / und hinter tausend Stäben keine Welt.

Der weiche Gang geschmeidig starker Schritte, / der sich im allerkleinsten Kreise dreht, / ist wie ein Tanz von Kraft um eine Mitte, / in der betäubt ein grosser Wille steht.

Nur manchmal schiebt der Vorhang der Pupille / sich lautlos auf -. Dann geht ein Bild hinein, / geht durch der Glieder angespannte Stille – / und hört im Herzen auf zu sein.


rainer_maria_rilke 

Rainer María Rilke (Praga, 4 de diciembre de 1875–Val-Mont, Suiza, 29 de diciembre de 1926) es considerado uno de los poetas más importantes en alemán y de la literatura universal. Sus obras fundamentales son las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo. En prosa destacan las Cartas a un joven poeta y Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Es autor también de varias obras en francés y de una rica y amplia correspondencia. Escribió en 1903 este poema Der Panther que se volvería famoso.

https://es.wikipedia.org/wiki/Rainer_Maria_Rilke

 

¿Por qué miramos a los animales? John Berger

Juuko-hods_el-visionario_Uganda  John Berger_MirarFotografía: Juuko Hods, El visionario (Uganda)


Escribe John Berger en su ensayo ¿Por qué miramos a los animales? (1977):

Los ojos de un animal cuando observan al hombre tienen una expresión atenta y cautelosa. El mismo animal puede mirar a otra especie del mismo modo. No reserva para el hombre una mirada especial. Pero, salvo la humana, ninguna otra especie reconocerá la mirada del animal como algo familiar. Otros animales se quedan atrapados en ella. El hombre toma conciencia de sí mismo al devolverla. El animal lo examina a través de un estrecho abismo de incomprensión. Por eso el hombre puede sorprender al animal. Pero el animal, incluso el domesticado, también sorprende al hombre. También éste observa al animal desde un abismo de incomprensión parecido, pero no idéntico. El hombre siempre mira desde la ignorancia y el miedo. Y así, cuando es él quien está siendo observado por el animal, sucede que es visto del mismo modo que ve él lo que lo rodea. El darse cuenta de esto es lo que hace que la mirada del animal le resulte familiar. Y, sin embargo, el animal es diferente y nunca se confunde con el hombre. De este modo, se le asigna un poder al animal, comparable al poder humano, si bien nunca llegan a coincidir. El animal tiene secretos que, a diferencia de los secretos que guardan las cuevas, las montañas y los mares, están específicamente dirigidos al hombre.


Si comparamos la mirada del animal con la de otro hombre, veremos más claramente esta relación. En principio, cuando la mirada es entre dos hombres, el lenguaje establece un puente entre los dos abismos. Aun cuando el encuentro sea hostil y no se utilice palabra alguna (aun cuando hablen lenguas diferentes), la existencia del lenguaje permite que al menos uno de ellos, si no los dos, se sienta confirmado por el otro. El lenguaje permite al hombre contar con los otros como consigo mismo. […]

Ningún animal confirma al hombre, ni positiva ni negativamente. El cazador puede matar y comerse al animal, a fin de que su energía se sume a la que él ya posee. El animal puede ser domesticado, a fin de que constituya una fuente de aprovisionamiento para el campesino y trabaje para él. Pero la falta de un lenguaje común, su silencio, siempre garantiza su distancia, su diferencia, su exclusión con respecto al hombre. No obstante, precisamente debido a esta diferencia, podemos considerar que la vida de los animales, que no debe confundirse nunca con la de los hombres, corre paralela a la de éstos. Sólo en la muerte convergen las dos líneas paralelas, y, tal vez, después de la muerte se cruzan para volver a hacerse paralelas: de ahí la extendida creencia en la transmigración de las almas.


Con sus vidas paralelas, los animales ofrecen al hombre un tipo de compañía diferente de todas las que pueda aportar el intercambio humano. Diferente porque es una compañía ofrecida a la soledad del hombre en cuanto especie. Esta modalidad de compañía muda se consideraba tan simétrica que no es raro encontrar la creencia de que es el hombre quien carece de la facultad de hablar con los animales: de ahí todos los cuentos y leyendas de seres excepcionales, como Orfeo, que podían hablar con los animales en su propia lengua.


¿Cuáles eran los secretos del parecido y de la diferencia del animal con respecto al hombre? Aquellos secretos cuya existencia reconocía el hombre al instante mismo de interceptar la mirada de un animal.


En cierto sentido, toda la antropología, al estudiar el paso desde la naturaleza a la cultura, constituye una respuesta a esa pregunta. Pero hay también una respuesta más general. Todos los secretos eran acerca de los animales en cuanto mediadores entre el hombre y su origen. La teoría darwiniana de la evolución, indeleblemente marcada como está por las concepciones del siglo XIX europeo, pertenece, sin embargo, a una tradición tan antigua como el propio hombre. Los animales mediaban entre el hombre y su origen porque eran al mismo tiempo parecidos y diferentes de él. […]


Lo que distinguía al hombre de los animales era la capacidad humana para el pensamiento simbólico, una capacidad inseparable de la evolución del lenguaje, en el cual las palabras no eran simples señales, sino significantes de algo diferente de ellas mismas. Sin embargo, los primeros símbolos fueron animales. Lo que distinguía a los hombres de los animales era el resultado de su relación con ellos. […]

 

Hasta el siglo XIX, sin embargo, el antropomorfismo era un elemento fundamental en la relación entre el hombre y el animal; una expresión de su proximidad. El antropomorfismo era un residuo del continuo uso de la metáfora animal. Poco a poco, durante los dos últimos siglos, los animales han ido desapareciendo. Hoy vivimos sin ellos. Y, en esta nueva soledad, el antropomorfismo nos hace sentir doblemente incómodos.


La ruptura teórica decisiva llegó con Descartes. El filósofo francés internalizó, dentro del hombre, el dualismo implícito en la relación del hombre con los animales. Al hacer una división absoluta entre el alma y el cuerpo, legó el cuerpo a las leyes de la física y la mecánica, y, puesto que los animales no tienen alma, quedaron reducidos al modelo mecánico.


Sólo muy lentamente irían apareciendo las consecuencias de la ruptura de Descartes. Un siglo después, el gran zoólogo Buffon, aunque aceptó y utilizó el modelo mecanicista para clasificar a los animales y sus capacidades, muestra, sin embargo, una ternura hacia ellos que vuelve a otorgarles temporalmente el papel de compañeros. Hasta cierto punto tal ternura es una forma de envidia. […]


Los animales desaparecen de todas partes. En los zoológicos constituyen un monumento vivo a su propia desaparición. Y por ello provocan la última metáfora animal. El mono desnudo y The Human Zoo son títulos de best-sellers mundiales. En estos libros, el zoólogo Desmond Morris propone que el comportamiento artificial de los animales en cautividad puede ayudarnos a comprender, aceptar y vencer el estrés que supone vivir en las sociedades de consumo.


Todos los lugares que entrañan una marginación forzada —los guetos, los suburbios, las prisiones, los manicomios, los campos de concentración— tienen algo en común con los zoológicos. Pero es demasiado fácil, demasiado evasivo utilizar el zoológico como símbolo. El zoológico es una demostración de las relaciones entre el hombre y los animales, y nada más. A esta marginación de los animales le sigue hoy la marginación, la eliminación, de la única clase que a lo largo de la historia permaneció en contacto con los animales y perpetuó la sabiduría que acompaña a ese contacto: el pequeño campesino. La base de esta sabiduría es la aceptación del dualismo existente en el origen mismo de la relación entre el hombre y el animal. El rechazo de este dualismo probablemente constituye un factor importante en la aparición del totalitarismo moderno. Pero no quiero traspasar los límites de aquel interrogante aprofesional e implícito que plantea el zoológico a la mayoría de sus visitantes.


El zoológico sólo puede desilusionar. El fin público de los zoológicos es ofrecer a los visitantes la oportunidad de mirar a los animales. No obstante, la mirada del intruso no encontrará la de animal alguno en todo el zoológico. Como máximo, los ojos del animal vacilan y luego pasan de largo. Miran de lado. Miran sin ver más allá de los barrotes. Escudriñan mecánicamente. Están inmunizados contra el encuentro porque ya nada puede ocupar un lugar central en su interés.


Aquí reside la consecuencia última de su marginación. Aquella mirada entre el hombre y el animal, que probablemente desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la sociedad humana y con la que, en cualquier caso, habían vivido todos los hombres hasta hace menos de un siglo, esa mirada se ha extinguido. El visitante que acude al zoológico sin compañía está completamente solo cuando mira a todos y cada uno de los animales. […]




Código lobuno en una manada


Código lobo_foto Cesare Brai


Los primeros 3 lobos son los más viejos y/o los enfermos, 
ellos le marcan el paso a la manada.

Si fuera al revés, se quedarían atrás y perderían contacto con el grupo,
y en el caso de una emboscada serían sacrificados.

Luego siguen en la fila los 5 lobos más fuertes, son el frente del grupo.

En el centro va la mayoría de la manada y detrás de ellos, siguiéndolos,
el segundo grupo de otros 5 fuertes.

El que va el último, va solo, el lobo Alfa.
Desde esa posición controla todo, puede verlo todo y decide la dirección.

El Alfa puede así ver a la manada completa.

El grupo se mueve acorde al paso de los mayores, se ayudan unos a otros,
se cuidan entre ellos.


Foto: Cesare Brai

Del Facebook https://www.facebook.com/nada.menos.7?fref=nf

 

Morir de pensar. El perro de Ulises. Pascal Quignard

 

Goya

 

Ulises, harapiento, es reconocido por su viejo perro Argos.

Hace 2800 años, en la Odisea, XVII, 301, Homero escribió: Enoèsen Odyssea eggus eonta. Palabra por palabra: pensó a “Ulises” en aquel que avanzaba hacia él.

La escena es asombrosa porque ningún hombre y ninguna mujer en la isla de Ítaca había reconocido a Ulises vestido de mendigo: es Argos, su viejo perro, quien repentinamente reconoce a aquel hombre. El primer ser sorprendido en el acto de pensar, en la historia europea, es un perro.

Un perro que piensa a un hombre.

Retomo la escena: el perro está echado en el estiércol. Al sonido de una voz junto a la puerta, alza la cabeza. Ve a un mendigo hablando con el porquero. Pero el disfraz no engaña al perro: piensa a Ulises en el mendigo.

Ahora bien, en ese mismo instante, de pronto, el propio Ulises percibe que ha sido reconocido en aquel espacio (que alguien “piensa” en él en el lugar). Ulises mira a su alrededor y al fin advierte, no lejos del portal, yaciendo en el montón de basura y paja sucia, a su viejo perro de caza, Argos, con el que perseguía jabalíes, ciervos, liebres, cabras montesas veinte años atrás, cuando era rey de la isla.

Ante todo, Ulises no quiere ser reconocido. Enjuga aprisa una lágrima que se desliza por su mejilla, previamente ensuciada con un pedazo de carbón a fin de no ser identificado.

Argos alza los ojos, sacude su hocico, “piensa” a Ulises en el mendigo, mueve la cola, agacha las dos orejas, muere.

Piensa y muere.

Así, el primer ser que piensa en Homero resulta ser un perro porque el verbo “noein” (verbo griego que se traduce como pensar) quería decir, en primer lugar, “oler”. Pensar es olfatear la novedad surgida en el entorno. Es intuir más allá de los andrajos, más allá del rostro embadurnado de negro, en el corazón de la falsa apariencia, en el fondo del ambiente que no cesa de modificarse, la presa, la velocidad, el propio tiempo, el salto, una muerte posible. Provenimos de una especie en la que la depredación se imponía a la contemplación. Contemplación, en griego, se decía theôria. La presa desaparecía en el devorador. La presa no se podía contemplar sin una agresión casi inmediata, sin la destrucción consecutiva a la visión, y sin su devoración exhaustiva en los restos de la carroña descoyuntada por cada depredador saciado.

Solo podían contemplarse, una vez satisfecha el hambre, los desechos de la comida: cornamenta, huesos, dientes, colmillos, garras, pieles, caparazones, plumas, excrementos, estiércol.

Es el primer léxico.

Todos esos relieves en el campo visual, vestigios de lo vivo, trazas de la motricidad de las fieras, mnemotecnias de sus muertes, son otras tantas letras (en latín, litterae) que formaban lo único que podía contemplarse.

Parménides escribió que los signos (en griego, los sèmata) son ante todo los excrementos de las bestias perseguidas, luego las huellas que señalan su camino, por último los astros (en latín, los sidera) que dan cuenta de su itinerario.

Los signos del paso de las bestias devienen signos de reconocimiento que guían a los cazadores hacia sus presas, hasta que regresan y pasan a ser indicios que permiten volver desde el lugar de la refriega hasta el “hogar”, hasta su “fuego”, hasta la cocción de las presas muertas y despedazadas, hasta la posibilidad del relato no solo de caza sino también de supervivencia, junto a los suyos, sentados en corro alrededor de las llamas que cuecen las presas muertas.

El movimiento de retroceso se dice meta-phora en griego.

El movimiento consistente en dar media vuelta se dice Tao en chino.

Los antiguos griegos de Turquía (como los antiguos chinos del taoísmo) pensaban el pensamiento como un viaje de ida y vuelta: noein y neomai. Piensan el pensar como un viaje que no olvida el camino andado. Un viaje que avanza regresando, tal es el camino, el callejón, la senda que constituye el fondo del pensamiento. Chuang-tsé escribe: ése es el Tao. En la misma época, Heráclito escribe, más sabiamente: es una enantiodromía (un trayecto que vuelve sobre sus pasos). Por esa razón los primeros pensadores de Grecia, mucho antes de que la filosofía se constituyera como tal, quisieron fundar la palabra noos (pensamiento) en la palabra nostos (regreso). Pensar era errar en cualquier dirección recordando cómo regresar vivo junto a los suyos después de la prueba mortal. Hay una añoranza (en latín, un regressus) incluso en la audacia de pensar. Hay un camino que no se olvida en lo que piensa. Es lo que significa la palabra griega método (meta-hodos): el camino inverso (la vía recapitulativa) donde precisamente el trans-porte (la meta-phora) se hace al revés. Hay algo perdido que se ama incesantemente en el movimiento nostálgico del pensar. ¿Los seres humanos pueden pensar sin retorno? No. Entendemos por qué Rabdod(i) piensa primero, antes de tomar la decisión de metamorfosear su cuerpo, antes de hundirlo en una nueva agua originaria: “¿Dónde han ido mis muertos?”. Una añoranza hace presa en él y huye del agua eterna para reencontrarse, después de tres días, donde se congregan los más numerosos: en la oscuridad del otro mundo donde se acurrucan, bajo tierra, todos los muertos que allí se descomponen.

Así es como el verso 326 del canto XVII de la Odisea de Homero describe el extraño thanatos (la voluptuosidad, la deflación, la depresión, la muerte) del perro de caza en el instante inmediatamente posterior a su noèsis (su olfato, su pensamiento). Las sombras de la muerte cubrieron los ojos de Argos justo después de percibir a Ulises, a quien llevaba esperando veinte años.

__________

(i) Caudillo pagano de Frisia (siglos VII-VIII d. C.). La leyenda asegura que Radbod estuvo a punto de bautizarse, pero cuando se le dijo que tras su muerte no encontraría a ninguno de sus ancestros en el cielo, renunció al sacramento y a entrar en la Iglesia con estas palabras: “Prefiero una eternidad en el Infierno con mis antepasados que en el Cielo con mis enemigos”.(N. del T.)

Traducción: Antonio F. Rodriguez

http://revistakokoro.com/morirdepensar.html

Pascal Quignard. Mourir de penser. Paris: Grasset, 2014. [Cap. III]

Imagen: GoyaEl perro semihundido

https://blogdelesllobes.wordpress.com/2015/11/12/circulus-vitiosus-deus-pascal-quignard-2/

 

Lo solo del animal. Olvido García Valdés

Rudyard Kipling_The Cat That Walked by Himself


esa agua es la casa de la nutria,

el brillo oscuro,

su alegría fría,

la corriente en la noche

su rapidez de nadadora


*


Era un parque en abril. Por el declive hacia el camino el
perro se acercaba arrastrando una pata de palo con forma de
pata de chivo por toda extremidad trasera. Se arrastraba
acercándose. Antes había habido un gato agrisado. Ahora el
perro traía su pregunta. Cabía alejarse, cabía tomar en car-
ga la pata de palo con forma de pata de chivo. Venía,
no distinto del gato, no distinto
del martinete quieto, casi dentro del río,
oblongo y blanquecino salvo la capa negra,
vertical con sus patitas de mirlote grande,
en el contrafuerte, sobre el bullir del río en la crecida.

*

decía que había sido y era

en ésta y no en otra vida por

la impresión o el sonido

fijeza móvil o desdicha

bestia parda brillo maullido

negro canto


*


le envuelven los sonidos, no localiza

con precisión de dónde vienen

pareciera de enfrente y son

de atrás, le resulta lejano

y ve al pájaro ahí mismo

en esa rama, giran seres

y afectos empujándose, opaco

casi violento mirar fuera


Olvido García Valdés. Lo solo del animal. Tusquets, 2012


*


si me dejaras ir contigo en la noche,

en la hora parda del metro, antes

de amanecer, si pudiera acoger,

contemplar todo hueso tu rostro el gesto

de fiera que piensa y vive sola, si no

se removieran airadas las palabras,

si no sintiera el viento que azota los

árboles arriba; qué hice que no

recuerdo, qué hicieron, dónde

ocurre la vida y es libre y no

benigna, dónde con su herida

lo solo del animal


Olvido García Valdés. Y todos estábamos vivosTusquets, 2006


*


Si el lobo te ve antes,

te quedarás sin voz.  En las podres

entrañas zumban, bullen,

brotan en nubes y formando

racimos, de la trunca

cabeza brota el canto,

de lo podre la abeja.

 

*

 

Los animales se mueven en parejas, si uno

describe círculos

sobre el suelo blanco y luego muere,

el otro en la siguiente noche repetirá

las huellas. Late bajo los pies

el recorrido de otros pies, casi deslumbra

el suelo al encender la luz, negra

naveta diminuta

 

*

 

los dos caminan, animal

tras animal, con confianza

y cadencia, con conocimiento siguen

entre dulces encinas y crespos

robles amarillos, animales

que duermen en el campo

y con su aliento se acogen.

 

*

 

Manazana asada y frío, arropan

los amigos al cruzar, o arriba

(cierra los ojos para oír), estridencia

inflama el corazón: ¿qué

tiene que nos lleva

ese ruido animal gregario

y transparente (por qué formula

el alma y como animales nos desuella)?


Olvido García Valdés. “Del ojo al hueso” in Esa polilla que delante de mí revolotea. Poesía reunida (1982-2008). Galaxia Gutenberg, 2008


Olvido García Valdés 

OLVIDO GARCÍA VALDÉS (Santianes de Pravia, Asturias, 1950). Licenciada en Filología Románica y en Filosofía. Entre otros premios, se le concedió en 2007 el Premio Nacional de Poesía por su libro Y todos estábamos vivos (Tusquets Editores, Barcelona, 2006). En Esa polilla que delante de mí revolotea. Poesía reunida (1982-2008), editado por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona en 2008, se recoge su obra poética entre esas fechas. Posteriormente ha publicado Lo solo del animal (Tusquets Editores, Barcelona, 2012).


Una entrevista con Olvido García Valdés (2014): “Están muy solos también los animales”: http://www.abc.es/cultura/libros/20140811/abci-olvido-garca-valds-poesa-201408041118.html

Entrevista de Vicente Luis Mora en el 2006 a raíz de la publicación de su poemario “Y todos estábamos vivos” que obtuvo poco después, en 2007, el Premio Nacional de Poesía:   http://vicenteluismora.blogspot.com.es/2007/10/entrevista-olvido-garca-valds.html

Vídeo-entrevista a Olvido García Valdés en homenaje a Roberto Bolaño en la VII edición de Kosmopolis 2013 en el CCCB:   http://www.cccb.org/es/multimedia/videos/entrevista-a-olvido-garcia-valdes/211055

Imagen: Rudyard Kipling, The Cat That Walked by Himself

 

Jacques Derrida. La question de l’animal


“La cuestión del animal vuelve en todos mis textos desde el principio. Estos últimos años, le he dedicado muchas conferencias y largas publicaciones…  Es un punto muy sensible en la deconstrucción… La definición de lo que es propio del Hombre y de lo que supuestamente lo distingue del animal me ha interesado desde siempre. He trabajado mucho sobre ello…. Evito hablar del animal en general. Para mi no hay “el animal”. De hecho, cuando decimos “el animal”, empezamos a confundirnos, a no entender nada, a encerrar el animal en un bocal. Hay animales, en plural, con diferencias considerables entre diferentes tipos de animales. No hay razones para poner en la misma categoría de “animal” al mono, la abeja, la serpiente, el perro, el caballo, los antropoides o los microbios… Son tipos de organización de la vida radicalmente diferentes e, inicialmente, el gesto mismo que consiste en decir “el animal” y a poner en la misma categoría al chimpancé y a la hormiga, es un gesto de represión violenta, de encierro violento, por parte del hombre: “como todos estos seres vivos no son humanos, entonces los ponemos en la misma categoría”… En primer lugar, es un gesto estúpido, teóricamente ridículo y, luego, es un gesto que hace parte de la violencia humana generalizada hacia los animales, que conduce hacia los mataderos, hacia el procedimiento industrial de la carne de consumo… Todas las violencias contra el animal están en germen en esta simplificación conceptual que consiste en generalizar el animal. Cuando cuido mi lenguaje no digo nunca “el animal”, sino los animales, este animal o éste otro… No hay filósofos, o muy pocos, que no hayan cedido a este prejuicio sobre el animal. No quiere decir que, en la tradición filosófica, el discurso sobre la animalidad sea homogéneo, hay discursos diferentes, pero en conjunto comparten un fuerte prejuicio sobre el animal. Me refiero a los filósofos como tales, con los escritores es un poco diferente…”

El animal en general ¿qué es? ¿Qué quiere decir eso? ¿Quién es? ¿A qué corresponde «eso»? ¿A quién? ¿Quién responde a quién? ¿Quién responde al nombre común, general y singular de lo que ellos denominan así tranquilamente el «animal»? ¿Quién responde? La referencia de lo que me concierne y me mira en nombre del animal, lo que se dice entonces en nombre del animal cuando se recurre al nombre del animal: es lo que se trataría de exponer al desnudo, en la desnudez o el desamparo de quien dice, abriendo la página de una autobiografía, «he aquí quien soy».

«Pero yo ¿quién soy?»

Jacques Derrida.El animal que luego estoy si(gui)endo. Trotta, 2008

Primer capítulo del libro de Derrida El animal que luego estoy si(gui)endo [L’animal que donc je suis]: http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/jacquesderridael_animaltrotta.pdf

Artículo de Xavier Antich: http://www.lavanguardia.com/cultura/20101027/54059306310/la-cuestion-animal.html

Artículo de Marta Segarra “Sobre la humanimalidad” :

Feu clic per accedir a 2010-10-27-La-cuestión-animal-03.pdf

 

Ser animal

 

El animal autobiográfico 

Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler,
enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando,
dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar
a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior.
Julio Cortázar, Axolotl

 

El Filósofo (1) “pensó” lo animal, lo racionalizó, lo dividió y lo mecanizó. Creó todo un sistema humano en el que parecía autorreferirse. Formalizó la vida animal sin aproximársele. Formuló egológicamente una maquinaria que ignoraba la mirada del animal. Más aún, nombró lo animal sin percibir una respuesta del mismo. Pienso, luego existo se convirtió en una autoafirmación del logos humano. La mirada del animal, ése animal concreto que pudo haber interpelado al Filósofo, no sólo fue desviada, sino también ignorada.

 

El animal nos mira, nos concierne y nosotros estamos desnudos ante él. Y pensar comienza quizás ahí. Jacques Derrida (2)

 

La cuestión animal se asume verdaderamente a partir de una experiencia. Un indicio que emana de una mirada: “el animal también me mira”. Cuando miro al animal me miro a mi mismo, sus ojos me ocasionan cierta incertidumbre: ¿quién es ése que me mira?

Las críticas de Derrida al pensamiento antropocéntrico comienzan por señalar una negación tajante. El Filósofo que “pensó”, que nominó lo animal, lo hizo sin querer mirarlo.

 

Al igual que Descartes, jamás Kant, Heidegger, Lévinas, Lacan (…) evocan la posibilidad de ser mirados por el animal que ellos observan y del que hablan. (2)


Heidegger mismo, quien caracteriza a lo animal como “carente de mundo”, parece haber reconocido—al menos por un instante— en la mirada animal una manera de apertura, un reconocimiento profundo de su propia existencia.

La pobreza del mundo del animal—nos hace notar Giorgio Agamben (3)—se transforma a veces, durante el curso (de Heidegger), en una riqueza incomparable, y la tesis según la cual el animal carece de mundo es puesta en cuestión como una indebida proyección del mundo humano sobre el animal.

 

¿Pero ese gato no puede también ser, desde el fondo de sus ojos, mi primer espejo? (J. Derrida)

 

La apuesta de Derrida es paradójica: apunta a mostrar la carga autoafirmativa del hombre al hablar del animal, pero al mismo tiempo piensa al animal(es) a partir de una experiencia autobiográfica. Es a raíz de la mirada, del gato que alguna vez lo miró, que el filósofo francés se aproxima a la existencia como un espejo con el otro-animal. Yo soy en la medida en que me reflejo con el otro, soy siguiendo un rastro, si(gui)endo al animal que me mira.

 

La apertura que la mirada animal trae consigo es una invitación a reflexionar, sentir y percibir un abismo absolutamente indeterminado, un vértigo que—más allá del vacío que provoque— es un indicio que puede devenir en una nueva forma de entendimiento.

 

Veo al animal y soy el animal. No puedo mas que pensar: ¿quién soy?, ¿quién me mira?, ¿quién es el animal que luego estoy si(gui)endo? (J. Derrida)

Francisco Osorio, director editorial de la revista Opción, México

(1) El Filósofo con mayúscula metaforiza el canon discursivo filosófico, científico y político, enteramente antropocéntrico.

(2) Jacques Derrida, El animal que luego estoy si(gui)endo. Trotta, 2008.

(3) Giorgio Agamben, Lo abierto. El hombre y el animal, Adriana Hidalgo editora, 2006.

*El número 175 de la revista Opción es una invitación a pensar esa mirada.

 

Litany for the Whale. John Cage

La Litany for the Whale (Letanía para la ballena) es una obra de John Cage (1912-1992) para dos voces escrita en 1980. Hace parte de las obras vocales de John Cage, con el Aria dedicada a Cathy Berberian en 1958 o el Roaratorio de 1980. La Letanía para la ballena sólo tiene 5 notas, una por cada letra de la palabra WHALE. Consiste en una recitación y treinta dos respuestas a cappellaPaul Hillier (quien grabó la Litany) cuenta que John Cage pedía que las dos voces solistas canten de espaldas al público, aunque este dispositivo no esté precisado en la partitura.

http://www.artesonoro.net/articulos/cage.html

Mirar(nos) como mira un animal. Chantal Maillard

 

Ture Ekroos_Once upon

 

[…] El ecologismo, a pesar de sus buenas intenciones, no es el mejor camino. Se puede hacer, con respecto a él, la misma reflexión crítica que el filósofo japonés Kitarô Nishida hacía con respecto a la ética de los derechos humanos: tal tipo de ética, decía, es incapaz de resolver definitivamente los problemas del mundo porque pertenece a una forma dicotómica de entendimiento y los problemas entre los seres humanos han de resolverse a partir de la vacuidad, que permite comprender al otro desde lo mismo.

Proteger a la naturaleza, a los niños, a los animales, es la expresión del paternalismo propio de una tradición de control y dominio del medio que se ha desarrollado a partir de la idea bíblica de que la tierra está al servicio del hombre, ese ser que se autoproclama superior a todo lo que él mismo define como inferior. Del Génesis a la Tecnología hay una línea directa. […]

Hace falta una ecosofía (el término es de R. Panikkar) en vez de una ecología. En vez de dominar y proteger, volver a sentir, a oír, a oler incluso, a comprender oliendo, a saber sintiendo. En vez de la pancarta “no tocar” en los “espacios protegidos”, la invitación a la hierba, la educación del sentir, la religiosa invitación a saberse hierba y a pisarla como se pisa un templo en Oriente: con los pies descalzos. “No tocar” es la señal de alarma que aparta a los niños de su origen en vez de recordárselo, que nos hace peregrinar por nuestro mundo en un vehículo diáfano como aquellos autobuses en los que los turistas cruzan, como peces en un acuario, los parajes volcánicos de algunas islas. Turistas del mundo de fuera y del interior, nos vamos convirtiendo en depredadores que han olvidado la máxima de sus antepasados los viajeros: ir de lo propio a lo otro para ser lo que eres.

Lo propio: lo más común, el oikosOiko-sophía: saber de lo más propio, del hábitat, lo que nos pertenece no como posesión sino como propiedad, es decir, aquello a lo que ontológicamente pertenecemos. Sophia en vez de logos: saber en vez de conocimiento, integración en vez de discurso. Saber de la intimidad que lleva incluido el amor, pues, como escribe R. Panikkar, “conocer sin amor no es el verdadero conocimiento”. Amor que es compasión (karuna para el budista, piedad para el cristiano), un término que, como el de caridad, entendido por vía paternalista ha ido engrosando el diccionario terminológico del poder. Amor o com-pasión (cum-pathos) que es íntima comprensión del sentir del otro, de lo otro comprendido a partir de lo mismo. Conocimiento sintiente, no entendimiento, desde las húmedas entrañas, no desde la aridez de la mente. Desde las aguas, no desde el fuego. Porque en las aguas, siempre maternas, tiene el fuego (Agni) su morada, como dice el Veda, y las entrañas, el lugar de la compasión, es también el centro de unión en el que los dos polos se reconcilian. […]

Las guerras, las técnicas de espiritualidad, las teologías se nos revelan, pues, como sendas estrategias para la consecución del descanso por medio de la unificación. Todas ellas procuran eliminar la tensión a su modo, las guerras llevándola a su máximo, las místicas reduciendo al mínimo las vibraciones perturbadoras, y las teologías procediendo por abstracción y realizando síntesis progresivas hasta lograr situarse mentalmente en el Uno Lógico.

Hay otro modo, sin embargo, de conseguir el descanso que el estado de unidad parece procurar, un modo al alcance de todos, utilizado también por los místicos aunque no necesitado del concurso de ningún tipo de corpus teórico, metafísico o imaginal y cuyo gozo no resulta del esfuerzo por lograr lo otro prescindiendo de lo propio (místicas), ni del uso del procedimiento de la abstracción (religiones, metafísicas), ni de la violencia como provocación (contiendas), sino de un íntimo conocimiento que es resultado de la contemplación.

La con-templación es una “pasiva actividad” que hace del lugar común templo, lugar en el que el ánimo se templa con el del otro como si de instrumentos se tratara. Templar las cuerdas del ánimo: armonizarlas al tiempo que se homogeneiza la temperatura -la fuerza y el ímpetu. Templarse: alcanzar desde los extremos el “medio”, esa ecuanimidad que el espíritu chino entendía como la capacidad de saborear la “insipidez”,  aquel sabor que no siendo ninguno en particular es la posibilidad de serlos todos. […]

En el plano estético, es decir, aquel en el que se sitúa el individuo que adopta la actitud del espectador, esta ecuanimidad es denominada, en la terminología propia de los filósofos de Cachemira, santarasa, el estado emocional que corresponde, en la contemplación estética, al estado de calma o serenidad. También santarasa es el lugar emocional en el que todas las emociones están contenidas en potencia, del que todas surgen y al que todas vuelven. En esa calma, desde esa calma, la com-pasión es posible porque quien contempla está vacío de sí mismo y ese vacío lleno de posibilidades es el suelo común, propiamente común, de lo humano.

Pero trascendiendo el nivel psicológico de las categorías en las que la Estética se mueve, la contemplación abarca todo lo existente. No se trata, entonces, de la inmersión en este o en otro estado de ánimo, ni siquiera con el fondo común de todos los estados posibles, sino del encuentro con algo mucho más complejo que integra todo el organismo en la misma comprensión. Contemplar un lirio [R. Panikkar] o un amanecer, respirar el olor húmedo del humus en un bosque o sentir la brisa del mar acariciándonos la piel o el tacto del pelo duro o suave de un animal y, bajo los dedos, la leve reacción de aquellas extremidades de ser estremecidas, su límite inverosímil, ese no-límite de repente evidente, con una evidencia que no nos llega por vía racional sino que es producto de esa inteligencia del cuerpo más ancestral, más inmediata, más olvidada también, todo ello es templarse-con, armonizarse, sentir conjuntamente y saberse en otro, en lo mismo, en uno. Porque no existe “el Uno” sino uno-mismo cuando las barreras de las diferencias se han anulado en esa evidencia “natural”. Para estar-con, para salir del “sí mismo”, del otro que somos individualmente, sólo hace falta salvar la distancia que se abre con el juicio, aquella que nos convierte en sujeto-que-observa-un-objeto. Juzgar es establecer la distancia.

Pero el animal no juzga, la planta no juzga, la montaña y la roca no juzgan, el mar no juzga. ¿De allí nuestra superioridad sobre ellos? No, de allí nuestra soledad, nuestra condena. Si fuésemos capaces de contemplar sabríamos, como aquel pintor chino –a Shih t’ao me refiero–, que las montañas son el mar y el mar las montañas y que el mar y las montañas saben que lo sabemos.

Si fuésemos capaces de mirarnos como mira un animal tal vez fuésemos capaces de com-pasión, ésa que acompaña al amor. Porque el juicio es incapaz de dar cuenta del amor. Y ¿qué es eso? “Amor” es la palabra que empleamos para decir la ininterrupción de la corriente de energía que hace ser. Amor es la palabra que convierte un continuo en concepto para la mente, de la misma manera en que la teoría musical india entiende que la nota es el signo mental del intervalo que es el sonido mismo. Un signo es un repliegue, una re-flexión de la conciencia; el concepto da cuenta de lo que ocurre y lo establece, previniendo. El concepto previene las modificaciones. Por lo mismo, el concepto se convierte, apenas formulado, en obstáculo para la vida en el mundo primero –el de los sucesos– del que pretende dar cuenta. Es fácil, entonces, que optemos por mudarnos al mundo segundo, donde la comodidad de los conceptos apacigua la mente por medio de la repetición, la alivia un poco de tanta decisión, de tanta necesaria libertad. Sentir, vivir sintiendo es aparentemente más fatigoso, requiere una atención constante, un estado de alerta, un estar abierto sobre la cuerda tensa. Contemplar no es pasivo, es una apertura, un tensor que apunta hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo, trazando puentes, recuperándolos, un estar en el borde siempre, en el filo que nos separa de nosotros mismos estando, sin embargo, en nuestro propio centro.

Si fuésemos capaces de mirar como mira un animal sabríamos mirar desde el centro en el mismo filo de la individualidad. El amor dice la ininterrupción del flujo, y es éste el estado natural; es amando como salta el tigre sobre su presa, como la ballena o el lince se suicidan o el oso husmea en el viento.

Si fuésemos capaces de mirar como mira un animal o como mira la tierra tal vez seríamos capaces de amarnos. De amarnos antes de la palabra amor, antes de que cualquier palabra asentara los “sentimientos” troceando el continuo, haciendo de la vida fragmentos, similitudes, repeticiones. […]

Chantal Maillard ed. El árbol de la vida. La naturaleza en el arte y las tradiciones de la India. Kairós, 2001

Imagen: Ture Ekroos. Once Upon