El ciclo. Sobre el Solsticio de invierno

 

El Solsticio de Invierno es el momento, el instante en el que la posición del Sol se encuentra a la mayor distancia angular negativa del Ecuador. En el hemisferio norte la noche es la más larga. Solsticio viene del latín solstitium o Sol sistere, el sol quieto. Ocurre entre el 20 y el 23 de diciembre. Desde tiempo inmemorial el hombre ha mirado a las estrellas, al Sol, y ha comprendido que el paso del tiempo y los ciclos de la naturaleza tenían que ver con esa relación entre su planeta y el astro rey, aunque pensase que la Tierra fuera el centro del universo, o que su ésta girase en órbitas elípticas en torno al Sol. Es verdad, es la noche más larga, pero a partir de entonces comienza a acortarse, como si la larga oscuridad empezase a ser derrotada caminando, aunque todavía parezca que esté lejos, hacia el triunfo de la luz, de la vida que permite que los cultivos inicien su crecimiento.

El Solsticio se celebra desde que el hombre es consciente de que ocupa un lugar en el Universo. En la profunda Alemania, en Sajonia-Anhalt, está el Círculo de Goseck de unos siete mil años de antigüedad, un conjunto de anillos concéntricos excavados en el suelo. En el círculo exterior se abren dos puertas que se alinean con el Solsticio de invierno. Unos miles de años menos, al otro lado del mar, en las Islas Británicas se erige el megalito más famoso del mundo, Stonehenge (4.000 o 5.000 años de antigüedad), un escenario para que el hombre se relacionase con los astros. Cuando el sol se pone en el Solsticio de invierno, los rayos que emite se alinean con el altar central y la piedra de los sacrificios. En la vecina Irlanda se levanta un túmulo de unos 5.000 años de edad, en Newgrange, al noreste, cubierto de hierba y con túneles y canales. En el Solsticio de Invierno el sol penetra en las salas principales. Algo parecido ocurre en otro túmulo escocés.

Los celtas daban el nombre de Yule al Solsticio de invierno, término relacionado con la tradición de observar los astros y su relación con los cambios de estación. Pero, sobre todo, era el momento en el que se celebraba el renacimiento del dios y los espíritus, después de su muerte en Samhaim, que es cuando se celebraba el año nuevo druídico, en la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre. El período entre Samhaim y Yule era la estación oscura, con la menor cantidad de luz solar, las plantas parecían muertas y los animales hibernaban. En Yule se quemaba un leño, un tronco grande de pino o sauce, que se había cortado en el Yule anterior y se había guardado cuidadosamente. El rito es dirigido por el druida. Ese tronco era elegido cuidosamente. El druida hablaba con los árboles del bosque para pedirles permiso y saber cuál era el adecuado para convertirse en el leño de Yule. Una vez escogido se tallaban en su superficie símbolos sagrados relativos al renacimiento, que ese era el sentido de la celebración. También se tallaban figuras masculinas y el Sol. Pero no era una celebración de júbilo como el que estallaba en el siguiente Solsticio. El druida medita y ayuna con el fin de ayudar a la tierra a renacer para dar sus frutos. Yule implica un ejercicio de introspección, un análisis íntimo sobre lo acontecido y realizado en el año, para renacer espiritualmente. Cuando se quema el leño se cierra el ciclo y comienza otro nuevo.

Cruzando el Océano Atlántico, nos acercamos a los mayas del Yucatán. Allí, en Tulum, levantaron una construcción que tiene un orificio en la parte superior que producía un curioso efecto cuando el sol del Solsticio de invierno se alineaba con el mismo. Los incas, más al sur, celebraban el Solsticio atando el Sol a una piedra para que no se les escapase.

Regresando a nuestro mundo no podemos dejar de aludir a la importancia de las Saturnales de los romanos. Aunque existe una celebración vinculada a los triunfos de los generales victoriosos, nos interesa la relacionada con el culto a Saturno, dios de la Agricultura. Acontecía entre los días 17 y 23 de diciembre con velas y antorchas, coincidiendo con la época más oscura del año, y el nacimiento de un nuevo período de luz, el dominio del Sol Invictus, el 25 de diciembre. Las Saturnales tenían una clara vinculación agrícola porque cerraban el ciclo de trabajo invernal en el campo, al terminar la siembra del trigo, y permitía un período de descanso para el campesino y su familia. Saturno se vincula también con Cronos. No podía ser de otra manera. Si Saturno protegía la Agricultura, Crono era el dios de la edad de oro de la tierra cuando los hombres vivían felices, sin distinciones sociales ni fatigas. Esta dimensión social se conservó en las Saturnales, porque era un momento propicio para libertar esclavos, además de permitirse una cierta subversión de las distinciones entre las clases sociales romanas, entre patricios y plebeyos.

Las Saturnales romanas, al contrario de la celebración celta, eran ruidosas, festivas y alegres, con diversiones y banquetes. Nuestra civilización actual, aunque ha perdido el sentido agrícola de la festividad, ha recogido este aspecto festivo y alegre de los romanos, olvidando la introspección celta. Las fiestas comenzaban con un sacrificio en el templo de Saturno, un dios fundamental para los romanos, que solamente Júpiter terminaría por desplazar en importancia en la Triada Capitolina. El templo de Saturno estaba al pie del Capitolino, en el área más sagrada para los romanos. Terminado el sacrificio se celebraba un gran banquete para todo el pueblo.

Durante las Saturnales las familias romanas adornaban sus casas con plantas y velas encendidas para celebrar la llegada de la nueva luz. Los romanos se hacían regalos entre sí, como figurillas de barro y las propias velas.

La Iglesia triunfante consiguió sustituir las Saturnales con la Navidad, adoptando algunos aspectos, como las celebraciones y los regalos. Pero el espíritu pagano siempre se mantuvo consiguiendo sobresalir y ser predominante unas fechas después de la Navidad, en la fiesta que se produce en el cambio del año en la noche del 31 de diciembre.

Para los masones, los Solsticios son momentos claves. Si el de verano supone el paso del auge a la decadencia, del punto culminante de la luz hacia la oscuridad, el de Invierno es el símbolo de la luz, del regreso de la misma y del fin de las tinieblas. Por eso, el de verano debe celebrarse con una cena, y el de invierno con un almuerzo diurno. La celebración del Solsticio de Invierno, como del de Verano, recuerda los ciclos rigen el Universo, tanto desde el punto de vista astronómico, como filosófico. Ser conscientes de estar inmersos en distintos ciclos en la vida parece fundamental para los masones a la hora de entender lo que ocurre, para adquirir la sabiduría y hasta la paciencia para saber culminar esos ciclos, aprovecharlos y contribuir a dicha culminación.

 

http://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/sobre-el-solsticio-de-invierno/

 

 

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